Semana negra
Semana negra. Primero Picó, luego Robby y para rematar Cavallero. A Picó
lo vi en casa de Eltico. Ahora en verano a Eltico le ha dado por los
barbiquiúses. Con Eltico se puede hacer una novela. Al padre lo cogieron preso (político)
cuando él acababa de nacer, luego estuvo en una bronca famosa contra la
seguridad frente a la embajada americana en el 80 y ese mismo año vino para
acá. Marielito. Bueno como un santo pero le encanta meterse en problemas. Tuvo
un go go con mujeres que bailaban con las tetas al aire en Elizabeth hasta que
a los dos muertos se decidió a venderlo. Repara casas y las alquila en los
peores barrios de negros de New Jersey donde al menor descuido te roban las
ventanas, la plomería, te queman el carro o te matan. A él le ha pasado todo
eso varias veces, excepto lo último, claro. Estuvo de manager de un
supermercado en Baltimore. Era en un barrio peor todavía: la policía patrullaba
en helicópteros porque no se atrevía a andar por tierra. Sus amigos en New
Jersey rezábamos porque no lo mataran. Y salió vivo pero con una deuda enorme
que no acaba de sacarse de arriba porque el negocio en el que está ahora, el de
vender casas, no da ni para tomarse un café en la gasolinera de la esquina. Así
y todo Eltico celebra religiosamente sus barbiquiús y recoge a cuanta alma sola
y atormentada deambula por el barrio. Al Cenizo, a Orestico y ahora a Picó. Con
el Cenizo también se puede escribir una novela. Y Orestico da al menos para un
buen cuento. Un cuento sobre un alma firme y sencilla enfrentada a la fatalidad
(en su caso la fatalidad es una forma de inercia que le impide reaccionar ante
nada). Pero el personaje de esa noche fue Picó. Pintoretto estaba de visita
desde México. Lo invitaron a una exposición y me preguntó si se podía quedar en
la casa. Le dije que sí, que por supuesto. Al principio pensé dejarlo solo para
que recorriera Nueva York a su aire pero Pintoretto es de los que se pierde en
una cuarta de tierra. Para él uptown y downtown son intercambiables así que me
dediqué a llevarlo a todos lados. El día del barbiquiú de Eltico le di un paseo
por Williamsburg y Brooklyn Heights. Al regreso le expliqué que conoceríamos a Eltico
y le hablé de él. También le hablé del Cenizo. De su acento vagamente español.
De las conspiraciones en las que había estado metido cuando la dictadura de
Batista. De sus veinte años de prisión que le regaló Fidel por interceder por
alguien que ya estaba muerto. De su estoicismo zen en medio de las palizas, sus
sesiones de yoga entre los presos, su rechazo a la violencia. Todo eso unido a su
tendencia a aparecerse en cualquier rincón de la cárcel donde estuvieran
repartiendo palos. Su erudición casi infinita y un tanto anticuada, como le
toca ser a la verdadera erudición en tiempos de google. Su antiamericanismo
irredento, sus grandes planes para Latinoamérica, sus teorías de las
conspiraciones de los nexos entre el fascismo, el peronismo y el castrismo y
sobre todo su infinita paciencia para con el mundo en cada una de sus
manifestaciones incluido el cáncer que estuvo a punto de matarlo el año pasado.
Menos mal que le conté todo eso a Pintoretto porque al llegar donde Eltico apenas
tuvo tiempo de hablar con el Cenizo.
Allí estaba Picó.
A Picó se lo encontró Eltico no hace mucho. En un
supermercado. Estudiaron juntos en el preuniversitario, se cayeron a golpes unas
cuantas veces pero Eltico lo recuerda con cariño. Eltico recuerda con cariño a
casi todo el mundo. Basta con que no sea demasiado hijo de puta. Cuando se
trata de un canalla más allá de toda redención dice simplemente: “Ese tipo es
un saquito de mierda”. Y para la
cantidad de gente que conoce ha repartido muy pocos saquitos de mierda. Apenas
tres o cuatro. Eso le da a los saquitos un peso enorme, aplastante. De Picó
siempre hablaba con cariño pero para nosotros era apenas eso, un personaje de
las historia de Eltico. Hasta ese día. Picó se apareció en el barbiquiú solo un
momentico, dijo, porque iba camino al gimnasio. Pero no se movió del asiento
hasta tres horas después, cuando ya la mayor parte de los invitados de Eltico
se habían ido. Durante esas tres horas monopolizó la conversación. No es que no
dejara hablar a los demás sino que todo el tiempo que estuvo no se habló de
otra cosa que de Picó y sus problemas. Mi proyecto de conversación entre Pintoretto
y el Cenizo se frustró. Enfocamos nuestra atención en Picó, empeñado en
explicarnos lo terrible que era su vida manejando un camión catorce horas al
día. Trabajar para mandarle dinero a su familia en Cuba y llegar a la
conclusión de que la vida es, aquí y en Cuba, la misma mierda.
Esa misma semana, un par de días después del encuentro
con Picó vimos a Robby. Era el cumpleaños de la mujer. No soporto a la mujer de
Robby, y el mismo Robby, si uno no está totalmente decidido a seguirle la
corriente, es abrumador. Porque la corriente que hay que seguirle es siempre la
misma: tan espesa y profunda que si tratas de remontarla te ahoga. Lo mejor con
Robby es mantenerse en la orilla, bebiéndose un mojito y fumando un tabaco en
el balcón de la casa que da para un parqueo horrendo. Por la gente que se reúne
en las fiestas de Robby y Adriana pensé que sería bueno llevar a Pintoretto a
esa fiesta y así de paso conociera otro tipo de personajes que nos gastamos por
aquí. Porque es un ambiente muy diferente al de los barbiquiús de Eltico. Robby
nació aquí en Nueva Jersey, de padres cubanos, pero consideraría altamente
ofensivo que no se lo considerara tan cubano como a cualquiera nacido en La
Habana o en Mayarí Arriba. Fue a Cuba a realizar el trabajo de campo de su
doctorado en etnomusicología y en Holguín conoció a su mujer, un ser paliducho
e histérico tan difícil de resistir como un cigarro encendido dentro de los
calzoncillos. Antes me compadecía de Robby pero ahora comprendo que, cada cual
a su modo, son igual de insoportables. Lo alivia, por suerte, el que Robby conozca
un montón de músicos que, si están de buenas y Robby lo permite, sacan los
instrumentos y arman descargas memorables. El problema es que Robby suele echar
mano a un tema serio de conversación que casi siempre es el mismo: el derrumbe
de la República Americana bajo el peso de sus propias insuficiencias. Lo que
consigue es que todo el mundo se le aleje: empezando por su mujer y terminando
por mí. La excepción son, por supuesto, los novatos que, a falta de una
advertencia oportuna, se le acercan atraídos por su porte elegante, su voz
profunda, sus ademanes lentos. Esta vez le tocó a Pintoretto.
A Cavallero fui a verlo por culpa de Pintoretto. Nunca
había ido a su casa. Y habría mantenido toda la vida esa virginidad pero temí
que en medio de la noche Pintoretto se perdiera en Manhattan y fuera incapaz de
llegar a New Jersey. Pintoretto tiene una relación mágica con las cosas y como
encima tiene la suerte de que esa idea equivocada de la vida le funcione con
bastante frecuencia anda convencido de que la razón lo acompaña. Siempre. Eso
explica también su relación con Cavallero, un tipo sinuoso y calculador que sin
embargo tiene en Pintoretto una especie de guía espiritual. O más bien como su
espejo mágico particular. Como Pintoretto orientó sus primeras lecturas serias
lo considera, si ya no un mentor, al menos un punto de referencia para
determinar cuánto ha trascendido en su incesante búsqueda de la inmortalidad
como crítico de arte. Desde que Pintoretto le comentó que su último libro le
parecía fallido no deja de acosarlo para convencerlo de que está equivocado.
Pero si bien su acoso es sofocante no es agresivo. Como si temiera romper con
la más fiel referencia que ha encontrado para establecer su valor real. Pintoretto
es la única persona a la que le profesa un verdadero respeto. Al resto de la
humanidad la trata o bien con un insondable desprecio ―si es esa inmensa
mayoría que considera por debajo de él― o, si se trata de aquellos a los que
quiere sacarles algo, con total sumisión. Sólo Pintoretto habita ese desolado
término medio. Yo, en cambio, soy uno de los tantos que desprecia y a los que,
si tiene oportunidad de encontrarlos a su merced, les pisará los dedos. Vive
convencido de que: a) los conocidos de hoy pueden ser los enemigos de mañana;
b) y de que los escrúpulos sólo sirven para impedir actuar de la manera que más
le convenga. En la galería de arte en que lo encontramos insistió en que lo
acompañáramos a su casa. En un aparte le dije a Pintoretto que fuera y se
quedara esa noche en casa de Cavallero y así me quitaba la preocupación de cómo
regresaría a mi casa. Pero Pintoretto si a algo teme más que a perderse en
Manhattan es al extraño sentido de la hospitalidad de Cavallero (ya una vez lo
dejó en la calle en medio del invierno) me rogó que lo acompañara.
Fuimos a su apartamento en Lexington y la 25 y nos
sentamos en la terraza del penthouse. Se acababa de mudar. La terraza tenía una
vista preciosa del Gramercy Park y de los edificios más emblemáticos de
Manhattan. Alguien que lo conocía desde el preuniversitario me había dicho: “Cavallero
solo se dirige a ti por estas tres razones: para pedirte algo, para sacarte
alguna información o para restregarte algo en la cara”. A falta de que otra
razón se revelara a lo largo de la noche Cavallero nos había llevado hasta allí
para restregarnos el apartamento que acababa de conseguir.
El tema principal que tenía preparado para disertar esa
noche en la terraza era el racismo en los Estados Unidos. Un racismo según él
omnipresente y asfixiante. Y lo que lo hacía peor que el racismo cubano es que
no se detenía ante las diferencias de tonalidades. “Una gota de sangre negra
basta para que te consideren negro” decía y en sus palabras se sentía el
crepitar de las cruces de fuego del Klu Klux Klan.
Cavallero es mulato. Tiene la piel de un chocolate muy
claro y el pelo rizado.
La piel de Robby es mucho más oscura. De un negro cerrado
y mate.
Picó es la noche misma.
Quizás esos detalles ayuden a aclarar un poco sus
obsesiones. Pero no del todo.
Picó dice que apenas duerme. Solo unas cuatro horas al
día. El resto del tiempo lo pasa manejando el camión y mandando paquetes para
su familia. Todo para que al visitarlos en Pinar del Río darse cuenta de que ellos
allá viven mejor que él aquí. Cuenta que acá un hermano inválido para el que no
encuentra suficiente atención médica. Y aclara que no se considera un
inmigrante político sino económico. Cuba y Estados Unidos son parte de la misma
mierda. El que está arriba siempre está tratando de joderte y no puedes hacer
otra cosa que aguantar.
Robby dice que la república norteamericana ha perdido su
propio sentido de legalidad. Que presionada por sus necesidades imperiales
viola a cada minuto las bases sobre las que se constituyó. No tiene sentido
compararla con Cuba porque Cuba es un caso anómalo en el que la propia idea de
república, de constitución y de leyes está fuera de lugar.
Cavallero no encuentra otro ejemplo concreto de racismo
que el recuerdo del día en que se mudó a un edificio (otro, no ese en el que
vive ahora) y alguien lo tomó por un empleado del lugar. Y Cavallero achaca esa
confusión al color de su piel.
Cada vez que comienza a hablar Picó dice “en mi
criterio…” con el tono del que está convencido de que fuera de Cuba todo lo que
se dice en nombre de un criterio personal es indiscutible.
“Indiscutiblemente” es la muletilla con la que Robby
encabeza cada una de sus afirmaciones.
Cavallero no usa ninguna muletilla al comienzo de sus
frases. En cambio, cada vez que expone sus argumentos de por qué el racismo
norteamericano es más opresivo que el cubano termina diciendo: “I’m sorry pero
es así”.
Picó no llega a decir que se siente tremendamente solo. Robby
no menciona el detalle de que nunca terminó la tesis por la que fue a
investigar a Cuba y que, al no graduarse su ilusión de convertirse en profesor
universitario está condenada a no hacerse realidad. Cavallero no menciona
su puesto de profesor en Princeton ni los libros o artículos de crítica de arte
que publica pero, al menor descuido, nos pone en las manos la última antología
en que aparece un texto suyo. Tiene ejemplares en todas partes. En un librero
junto a la terraza, en el baño, debajo de la gorra que puse en la mesa frente a
la que estamos sentados.
Le comento a Picó que no se debe engañar. Si no regresa es
porque sabe que si lo hace a su vida se le acabará el poco sentido que le
queda. Me responde que a donde le gustaría regresar es al pasado. Al momento
inmediatamente anterior a su salida. A encontrarse con todas las cosas que
tenía en ese momento y no apreciaba.
A Cavallero le pregunto si no le parece tan racista
considerar negro a todos los que tengan una gota de sangre negra como
considerarse superior por contener menos sangre negra que otros. Cavallero se
niega a la comparación: el segundo caso le parece de una sofisticación superior
y, por tanto, más aceptable. Luego de eso bajo a la calle a fumar.
Robby permite que se fume en el balcón. A él solo me le
acerco para preguntarle dónde están las cervezas.
Picó finalmente confiesa qué es lo que le quita el sueño:
no es rico. No quiere regresar a Cuba y vivir de los ahorros o del retiro que
ha acumulado en los Estados Unidos. No. Quiere tener dinero para tirar a manos
llenas.
Robby desea que los Estados Unidos retomen los ideales
republicanos sobre los cuáles fueron fundados.
Cavallero aparentemente lo tiene todo. No queda claro si
desea que el racismo desaparezca de raíz o convertirse él mismo en blanco, como
Michael Jackson, aunque de una manera más discreta.
No es difícil ver a los tres como manifestaciones del
mismo fenómeno, el complejo de la raza. La conciencia de una injusticia
fundamental e irremediable. Picó posiblemente piense que si fuera blanco al
menos tendría mujer. Robby no pretende ser blanco. Reivindica con energía su
condición de negro y sin embargo intenta distanciarse ―en su modo de hablar, de
conducirse, en los temas de conversación que escoge― de la imagen folklórica
del negro ligero y divertido. Así hasta el punto en que no parece ni negro ni
blanco sino una especie de robot ligeramente humanizado. Cavallero es una
variante de la misma actitud. Habla de un escritor mulato que ganó
recientemente el Pulitzer por escribir un libro que a él le parece
insufriblemente folklórico. Como insinuando que si escribiera sobre arte
tercermundista en vez de dedicarse al europeo ―o si llevara en la piel un color
que no supusiera determinados temas― ya habría recibido un Pulitzer hacía rato.
Su condiscípulo del preuniversitario tenía razón: invitó a Pintoretto a verlo
para restregarle lo bien que le va pese al racismo imperante en el país. Para
que se imagine que de no ser por el racismo ya habría ganado el Nobel.
Yo, que albergo casi la misma porción de genes africanos
que Cavallero nunca he pensado mucho a qué raza pertenezco. Alguna vez le
pregunté a mi abuela cuál era mi color porque ―le decía extendiendo un brazo
para que la piel diera testimonio por mí― blanco no era.
-Tú eres trigueño. Color cartucho.
Y con eso dejó zanjado el asunto por las próximas dos
décadas, las más decisivas para cualquiera en lo que atañe a la creación de
complejos.
Bendita sea mi abuela.
Las mujeres. Ese es un tema en el que los tres vuelven a
distanciarse. Robby se siente totalmente dependiente de una mujer que lo detesta
por no comportarse como un ser humano en casi ninguna circunstancia. O porque
ella solo estaría satisfecha con alguien que estuviera a la altura de lo que
ella cree merecer. O que al menos la despreciara al punto de conseguir que ella
se sintiese inferior. A Cavallero le gustaría zafarse de la rumana fría y
pálida casi hasta la transparencia que tiene por mujer y unirse a cualquiera de
las admiradoras de su entorno, de esas que no lo conocieron cuando era pobre y
se habría camino contrabandeando obras de arte
y muebles antiguos. La obsesión de Picó con el dinero se afinca en la
esperanza de que su soñada solvencia les haga olvidar a las mujeres lo feo que
es.
Pero la mayor diferencia entre ellos es de carácter. Picó
es un alma simple perdida en circunstancias que lo superan, circunstancias que
trata de esquivar planteándose falsos problemas. Robby es un sufridor que ante
el temor de no alcanzar la altísima idea que tiene de sí mismo, prefiere no
hacer nada. Esa idea de sí pasa sin embargo por una alta exigencia moral que le
impide hacerle daño a alguien que no sea él mismo. O quizás es al revés: quizás
sean sus exigencias morales las que le impiden funcionar en un mundo que
considera esencialmente sucio.
Cavallero, bueno.
Cavallero es un saquito de mierda.