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martes, 3 de febrero de 2026

Mi encuentro con la del perro que habla

En Cuba evitaba, en la medida de lo posible, encontrarme con representantes del régimen. Me regía por el principio puritano de con el diablo no se negocia. O se hace solo en caso de extrema necesidad. Ese fue el caso de la revista Aquelarre, una publicación dedicada al humor literario que llevaba el nombre del festival estrenado en diciembre de 1993. De hecho, la idea de la revista antecedió al festival y contribuyó crearlo, pero en medio de la ineficacia socialista y los choques con la censura no menos socialista la revista no salió a la calle sino hasta el verano del año siguiente. Salir a la calle es una expresión inexacta porque apenas llegó a los estanquillos alguien ordenó que fuera recogida y convertida en pulpa. Fue por eso, para impedir que en nuestra revista cayera en manos de la inquisición del reciclaje que pedimos una reunión con Fernando Rojas, a la sazón presidente de la Asociación Hermanos Saíz, organismo encargado de patrocinar la revista en un país en que todas las imprentas junto al resto de medios de producción pertenecían (y pertenecen) al Estado.

Al llegar a la oficina de la Editorial Abril, donde se había impreso la Aquelarre -éramos Luis Felipe Calvo, Eduardo del Llano, Orlando Cruzata, y no recuerdo si alguno más- además de encontrarnos con Fernando Rojas nos dimos de bruces con la plana mayor de la UJC nacional: el secretario general, el secretario de cultura, la secretaria ideológica y la directora o subdirectora del órgano oficial de la UJC, la inefable Arleen Rodríguez Derivet. Había llegado a los primeros planos del periodismo con la noticia de un perro que "hablaba" cuando le apretaban  el pescuezo y emitía un sonido que solo un derroche de imaginación podía hacer creer que decía "papá". Fue así que consiguió salir de su Guantánamo natal y llegar a La Habana. Muchos usan la anécdota del perro hablador para ridiculizarla. Pienso lo contrario: esa salida picaresca ya nos anuncia lo que era capaz de hacer con tal de salir adelante)
. No era la primera vez que la veía, pero sería la única que tendríamos un intercambio verbal que todavía atesoro. Antes la había visto en la redacción de Juventud Rebelde, a donde fui a visitar a un amigo corrector del periódico. Allí Arleen había resaltado con esa vulgaridad que los dirigentes cubanos intentan aparentar campechanía, cercanía a la gente y solo consiguen demostrar la bajeza de modales y de alma. Creo incluso que en medio de su desbordada gestualidad Arleen enseñó el ombligo, pero la memoria puede traicionarme.

Sorprendidos por la presencia de la jerarquía de la UJC al completo apenas tuve tiempo de recomponerme y preguntarle a Rojas justo al terminar las presentaciones:

-Pero ¿Qué hacen ellos aquí? Por qué hasta donde yo sé la Asociación Hermanos Saíz es una institución autónoma y no necesita la supervisión de la UJC.

El secretario general de la última institución aludida tampoco estaba para diplomacias y dedicó los próximos cinco minutos a humillar a Fernando Rojas frente nosotros, meros sujetos de su censura, eslabón minúsculo en la larguísima cadena alimenticia del castrismo: dijo que la AHS era una institución subordinada a la UJC y que Rojas no tenía ningún derecho a publicar Aquelarre sin contar con ellos. Cuando terminó el rapapolvo del jefe de la UJC (creo que era de apellido Nieto) a Rojas el primero se dirigió a nosotros en términos algo más respetuosos para hacernos saber que el primer número de la revista finalmente no sería secuestrado sino que saldría a la venta, pero que ese sería el final de Aquelarre. Nos habíamos tomado demasiadas libertades con la revista como para hacer apoyada por la Juventud Comunista. 
Pese a la insistencia del secretario general de que aquel era un encuentro “entre compañeros” o sea, queriendo decir que no éramos sus enemigos y no continuaríamos aquella reunión en Villa Marista, no se puede decir que la atmósfera fuera muy distendida. A mi lado, por ejemplo, el secretario de cultura de la UJC tenía en sus manos un ejemplar de la revista abierto justamente en la página donde aparecía mi breve ensayo “El humor entre la libertad y el poder”. La página aparecía masacrada por subrayados con marcador negro, indicador de lo peligroso que le resultaba mi ensayo al lector. Recuerdo que en un párrafo solo se salvó de la masacre de subrayados negros el nombre de Oscar Wilde (aunque no la frase que había parafraseado: “humor que no sea peligroso no merece ser humor”) porque, como se sabe, incluso ante el reproche de un marcador en Cuba los extranjeros deben recibir un trato distinto. Al comprender que no habría manera de publicar un segundo número nos esforzamos en salvar la mayor cantidad cantidad de ejemplar en concepto de regalías para los colaboradores de la revista. Lo cierto es que, aplastada la esperanza de seguir publicando Aquelarre la ahora momentáneamente famosa Arleen Rodríguez quiso mostrar lo que entendía por generosidad:

-Y yo me pregunto si ustedes, escritores con tanto talento, no pudieran escribir discursos para la UJC.

Por supuesto que no estaba hablando en serio. No se conformaban con aplastar un proyecto por el que habíamos trabajado al menos un par de años: ahora nos querían hacer pasar por la humillación de trabajar para los mismos que nos censuraban.

-No gracias, nuestro talento no nos sirve para escribir discursos -respondí.

Ahora, a la luz (nunca mejor dicho) de los comentarios de Arleen de por qué la gente se quejaba de los apagones si Martí no había conocido la electricidad y había escrito lo que había escrito uno se la imagina en aquella misma oficina que nosotros frente a un Martí adolescente al que le acaba de censurar el primer número del periódico La Patria Libre. Se imagina que luego de regañarlo por el poema "Abdala" -lleno de alardes patrióticos en lo que entonces era mera colonia- le dice cambiando de tono:

-Bueno, el contenido puede ser problemático pero me asombra que a esa edad y a la luz de las velas hayas sido capaz de escribir unos versos tan bonitos. A ver, con ese talento que tienes ¿no te gustaría escribirle los discursos al capitán general o al jefe del cuerpo de voluntarios?

Sospecho que el Apóstol en ciernes habría dado una respuesta más o menos así:

-Escribirle discursos a quien me oprime rebajaría la dignidad de mi espíritu, sapinga eléctrica.

viernes, 9 de enero de 2026

Granada, 1983: sobre vivos y muertos*




A eso de la una de la tarde del 26 de octubre de 1983, los estudiantes y profesores de la Vocacional Lenin fuimos pastoreados hasta la entrada de la escuela. No se dieron explicaciones, pero no era difícil intuir que aquella reunión excepcional estaba relacionada con la invasión estadounidense a Granada, iniciada el día anterior. Resultaba que, tras la revolución socialista llevada a cabo en marzo de 1979 por Maurice Bishop y sus seguidores, la isla caribeña —desconocida por nosotros hasta entonces— ya era parte de nuestra geografía político-afectiva que dividía al mundo entre el enemigo capitalista y naciones hermanas.

Pues en cuestión de días, Granada había pasado de nación hermana a un país convulsionado primero por un golpe de estado dentro del partido de Bishop y luego amenazado por una inminente invasión norteamericana. El futuro Premio Nobel V.S. Naipaul, llegado a la isla unos días después del final de la invasión, resumió así lo que vio: «En Granada —220 kilómetros cuadrados, 110 000 habitantes— la revolución era una imposición, tan teatral y desproporcionada como la presencia militar estadounidense a la que había dado pie».

La noche anterior a aquel mediodía, los estudiantes de la vocacional —junto con el resto del país— habíamos sido instruidos de los últimos acontecimientos por el mismísimo Comandante en Jefe en una conferencia de prensa televisada. Con el pretexto de proteger a un grupo de estudiantes de su país de la explosiva situación, el presidente Reagan había ordenado a su ejército invadir la isla. El Comandante en Jefe, ni corto ni perezoso, ordenó a los más de 700 trabajadores que construían desde hacía tiempo el aeropuerto de Point Salines y a la misión militar en la isla (que ascendía a unos 40 efectivos) repeler la invasión norteamericana que, previsiblemente, comenzaría por dicho aeropuerto.

El primer enfrentamiento entre la Meca socialista del Caribe y el imperialismo norteamericano iba a tener lugar en una isla diez veces más pequeña que la Isla de la Juventud, aunque con una población similar. Y para comandar aquel esfuerzo, el Comandante había elegido personalmente al coronel Pedro Tortoló Comas, a quien vaticinó que escribiría páginas dignas de Antonio Maceo; que era su manera en clave escolar de decirnos que Tortoló era negro.


O sea, que lo que escucharíamos ese mediodía del 26 de octubre de 1983 era el resultado del primer enfrentamiento militar entre nuestra patria y el imperialismo yanki, rivales que hasta entonces solo habían competido directamente en el terreno del deporte aficionado. Fue allí, a la entrada de la escuela, que escuchamos la voz trémula del antiguo anunciador de la cerveza Hatuey, Manolo Ortega, declamar:

«A las 09:55, la Embajada de Cuba en Granada informó que el último ataque enemigo sobre nuestras posiciones fue realizado con todos los medios: aviación de cazas, helicópteros, artillería de grueso y mediano calibre y morteros. Que al final, un grupo de seis compañeros abrazados a nuestra bandera continuaban combatiendo. A las 11:17, el embajador comunicó: No hay resistencia cubana, los combatientes de último reducto no se rindieron y se inmolaron por la Patria».

Esa demostró ser la mejor fórmula para enmudecer a cientos de adolescentes que habitualmente encontraban en casi todo un motivo de diversión: el martirologio de más de 700 compatriotas coronados por el detalle del abrazo a la bandera de los últimos seis. Nadie que haya escuchado aquella alocución olvida ese detalle y hasta juraría que en el comunicado se mencionaba que esos que abrazaban la bandera murieron cantando el himno nacional. Solo se echaría en falta un tocororo revoloteando alrededor de tanto símbolo patrio. Pero en ese momento —súbitamente entristecidos— ninguno de nosotros estaba para bromas.

Las chicas más sensibles y desinhibidas lloraban a moco tendido mientras los demás mirábamos al bueno de Faustino cuyo padre era uno de los 700 y tantos constructores presuntamente muertos. Lo mirábamos con la compasión que se dedica a los huérfanos muy recientes mientras él mostraba la pesadumbre y el desconcierto esperable en esos casos. No estábamos solos en nuestra angustia. Más tarde, pudimos comprobar que las autoridades se habían dado la maña para que a esa hora inusual todo el país estuviera frente a un televisor escuchando el comunicado en la voz trémula y cavernosa de Manolo Ortega, el único ser en la isla —junto al comandante-compositor Juan Almeida— que podía permitirse la posesión de un Alfa Romeo deportivo.

En ese estado de compunción colectiva estuvimos unas diez horas. De vuelta en los dormitorios, las luces apagadas e iniciados los trámites del sueño, un rumor, traído por profesores, se convirtió en gritería: ¡HAY MÁS DE 600 CUBANOS VIVOS! Aprovechamos la circunstancia para saltarnos los protocolos habituales y alborotar a toda la escuela con aquello de que los irremediablemente muertos de unas horas atrás estaban vivos. Y con la convicción de que el padre de Faustino estaba entre ellos. Porque al final, la cifra exacta de muertos —24— nos pareció pequeña comparada con el terrorífico comunicado leído por el propietario del Alfa deportivo. Pocos, pero más que suficientes para organizar un funeral de Estado al pie de la Raspadura de la Plaza de la Revolución en la primera oportunidad que mi generación tuvo acceso a ella. Porque más allá de la breve alegría de la rectificación numérica, se mantuvo el tono luctuoso durante un par de semanas.

Persistente luto que agradecí: por entonces trataba de aprenderme tantas canciones de Silvio Rodríguez como pudiera, tarea difícil en los días previos a sus famosos conciertos en Argentina, recién caída la dictadura allá, y que lo convirtieron en uno de los principales productos de exportación y hasta de consumo nacional —y previo a la aparición de YouTube o Spotify—. Sin embargo, alguien había decidido —con inusual perspicacia— que la única música que no desentonaba con aquella fúnebre circunstancia era la de Silvio y la del resto de la Nueva Trova. ¡Qué banquete me di de eras pariendo corazones y de cañones de futuro matando canallas! ¡Qué atracón de gerundios!

Frustrados porque la infinita maldad de los imperialistas yankis apenas hubiera dado para matar a 24 compatriotas, en paralelo al funeral colectivo se escenificó en vivo y en directo el desembarco a cuentagotas de los 59 heridos cubanos que causó la invasión. No obstante, en una de esas entrevistas en vivo la atención popular se fijó en un detalle que no cuadraba con la versión heroica que nos daban del coronel Tortoló: un herido declaraba haber estado junto al coronel mientras resistían a los invasores justo hasta que una explosión lo hirió, dejándolo inconsciente. Pero cuando el entrevistado despertó —como el dinosaurio de Monterroso— Tortoló, el supuesto émulo de Maceo, ya no estaba allí.

Durante semanas, el escarnio popular se cebó en el pobre coronel sin considerar que su supuesta cobardía y su renuencia a dejarse matar (como le ordenara el Comandante) había salvado más de 700 vidas. Durante años, Tortoló se convirtió en sinónimo de cobardía y velocidad de piernas, pero la lección de Granada sirvió para algo más que un puñado de chistes chuscos, elementales. Porque fue la primera vez que los cubanos de mi generación pudimos comprobar casi de inmediato y sincrónicamente que el régimen nos mentía. Y créanme que solo con el Granma y el ICRT a nuestra disposición no era poca cosa. El Gobierno podía aludir que había sido desinformado y hasta engañado por sus funcionarios, pero no le quedaban excusas para justificar tanta credulidad. Y si se mira con atención, se nota un gran interés por parte del máximo líder en creerse que el imperialismo yanki se había cargado 700 compatriotas de un golpe. Nunca somos más crédulos que cuando la realidad parece confirmar nuestros prejuicios.

Porque si se revisa sin las orejeras de la fe lo ocurrido en aquellos días, cada detalle apunta a que Fidel Castro laboró intensamente en favor de una gran masacre de cubanos a manos norteamericanas. ¿A qué otra intención obedece que insistiera —en vez de evacuar al personal cubano del sitio caótico y peligroso que era Granada tras el golpe de estado contra Bishop y su posterior asesinato— en convertir a los constructores del aeropuerto en defensores de un régimen difunto? Castro declaró en la comparecencia del 25 de octubre: «los lamentables acontecimientos ocurridos en Granada hacen moralmente imposible, ante nuestro pueblo y el mundo, el sacrificio inútil de enviar dichos refuerzos para luchar contra Estados Unidos».

Si era un sacrificio inútil mandar refuerzos a los constructores atrincherados en Granada, ¿acaso no lo era ordenarles que resistieran la invasión norteamericana hasta el último hombre y la última bala? ¿Realmente pensaba Fidel Castro que sus 700 soldados aficionados podrían resistir mínimamente a una fuerza élite diez veces superior en número y armamento? ¿Les envió acaso para dirigirlos a uno de los tantísimos oficiales de primera que habían sobresalido en sus campañas africanas? No. Pedro Tortoló Comas era por entonces el jefe del Estado Mayor de la escuela de responsables de milicias del Ejército Central, un puesto bien bajo en el escalafón guerrero del castrismo. O sea, una pieza tan desechable como aquellos cientos de constructores.

¿Piensan que exagero? El 25 de octubre, durante la conferencia de prensa que siguió a su comparecencia televisiva, un periodista extranjero tuvo el atrevimiento de preguntarle si su intención era sacrificar al personal cubano en Granada y la respuesta del primero de los Castro fue: «Bueno, no seríamos nosotros, sino Estados Unidos quien sacrificaría a los cubanos. Ellos iniciaron el ataque; ellos lo han mantenido. Nosotros, por un principio elemental de honor y el legítimo derecho a la autodefensa, nos hemos estado defendiendo de estos ataques. Si nuestros compañeros deben morir bajo ataque, morirán en un acto de defensa absoluta y legítima. Lo que no podemos hacer es decirles que dejen de defenderse si son atacados».

Más allá de los malabares gramaticales para conseguir que «nosotros» nos defendamos pero son «ellos», los constructores, los que van a morir, esa respuesta revela el plan maestro del Comandante: ya que se había perdido Granada como cabeza de playa caribeña de su imperialismo subsidiado por la Unión Soviética (en esos días el castrismo tenía personal militar en sitios tan distantes como El Salvador, Nicaragua, Angola y Etiopía), al menos quedaba la oportunidad de que los pobres constructores «aunque incapaces de resistir la abrumadora superioridad militar de las fuerzas estadounidenses —incluso perdiendo la batalla y sacrificándose— aún podrían infligir una costosa derrota moral a Estados Unidos». Y la «costosa derrota moral» consistía en convertir al ejército norteamericano en el ejecutor de una espantosa matanza de civiles malamente armados.

El mensaje enviado desde la embajada a las 11:17 a. m. del 26 de octubre (supongo que sea la hora de Granada, o sea, una hora menos en Cuba) encajaba a la perfección en la escenografía de la «derrota moral» norteamericana que tan febrilmente había preparado el Comandante en Jefe. Solo él pudo tomar la decisión de convertir la comunicación enviada desde la Embajada cubana en Granada en comunicado oficial. Solo él pudo ordenar que fuera transmitido un par de horas después a todo un país al que se le había conminado a encender los televisores a la inusual hora de la una de la tarde.

El entonces embajador cubano en Granada, Julián Torres Rizo, al atreverse a hacer el recuento de aquellos días casi 40 años después, se reconoce como responsable de no avisar «que la información enviada no estaba verificada», pero añade: «[la] decisión de hacerla pública se tomó en La Habana». Y en ese uso del impersonal se refugia el único nombre que pudo tomar tamaña decisión. Agrega Torres Rizo: «las informaciones que se tomaron para ser difundidas no fueron las únicas enviadas a La Habana desde la embajada». El embajador no explica el carácter de esas otras comunicaciones, pero que Castro les hiciera tan poco caso como a las noticias de las agencias internacionales de prensa y en su lugar eligiera la más tremebunda de todas nos habla de su tendencia a confundir deseos con realidad. Y su mayor deseo en aquellos días era el de convertir a Granada para el contexto de América Latina y el Caribe «en lo que el Moncada fue para la tiranía de Batista en Cuba». O sea, transformarla en una gigantesca campaña publicitaria sobre la maldad del contrario y el martirologio propio.

Torres Rizo relata sobre su llegada al aeropuerto José Martí el 9 de noviembre de 1983: «el comandante Piñeiro me informó que el Comandante en Jefe estaba en el aeropuerto y, tal vez, quería conversar conmigo». Sin embargo, Torres Rizo no fue «mandado a llamar, ni esa noche ni en ninguna otra ocasión, por lo que nunca más nos volvimos a encontrar». ¿No les resulta raro que apenas dos semanas después del papelazo tremendo de anunciar una falsa matanza en Granada el Comandante en Jefe no le hubiera pedido explicaciones al responsable? Me dirán que ese silencio casa con el estilo mafioso de hundir al subordinado en falta en el desprecio más profundo, pero ¿no sería mucho más importante en ese momento reunir la mayor cantidad de información posible?

Ya sé que cuesta trabajo ponerse bajo la gorra de alguien como el Comandante en Jefe, pero la más elemental conclusión que se me ocurre es que no había nada que supiera el ya exembajador de lo que Fidel Castro quisiera enterarse. Sorprende menos saber que, la misma noche de su llegada, el exembajador insistiera en que la televisión nacional le hiciera una entrevista de dos horas y que esta nunca saliera a la luz. Y, a juzgar por su recuento casi 40 años después, Torres Rizo tenía detalles interesantes que ofrecer. Como la manera en que —según él— se iniciaron las hostilidades entre la tropa norteamericana y los cubanos:

«Según informaron por la planta de radio desde la misión militar, una parte importante de los cubanos se entregaron a los invasores en la mañana del día 25. Incluso, recuerdo que me iban comunicando estimaciones del número de constructores que estaban en manos de los yanquis. Estas informaciones las transmitía para La Habana inmediatamente después de ser recibidas».

«Usando a los prisioneros como “escudos humanos”, las tropas yanquis avanzaron en dirección a la misión militar de Cuba en Granada; era un grupo numeroso de prisioneros el que usaron para exigir la rendición de esta posición y, al no conseguirlo, se generalizó el combate».

Una manera indirecta de decir que, sin objetivos claros que defender en una isla cuyo líder y aliado acababa de ser ejecutado, incluso esos 24 muertos que a nosotros nos supieron a poco pudieron haberse evitado.

Pienso en lo anterior a propósito de la noticia de los 32 militares cubanos muertos durante la operación norteamericana que terminó con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. Grandes son las diferencias de lugar, tiempo y circunstancias, pero permanece intacto el método de manipular vidas, muertes y realidades. Porque casos como estos revelan que la lógica del sistema no busca salvar vidas, sino sacarle el mejor provecho (político) a las muertes.

En su condición de soldados improvisados dispuestos a morir tras una orden del Comandante, los constructores recibieron la exposición máxima como víctimas camino al matadero. En cambio, los miembros de la escolta de Maduro no existían oficialmente hasta el momento de anunciar su muerte en las páginas del Granma. Su encomienda era igualmente mucho más concreta que infligirle una derrota moral al imperialismo yanki. Se trataba de proteger a toda costa el envío a Cuba de petróleo venezolano gratuito ayudando a mantener a Maduro en el poder. No tenemos ningún detalle sobre sus muertes. Apenas conocemos un número, unos nombres y unos rostros a los que se les puso un uniforme en Photoshop para darles cierto aspecto marcial póstumo. Datos que bastan para ciertas inferencias básicas. La de que si murieron 32 debe haber un número dos o tres veces superior de heridos y unas cuantas decenas —si no cientos— de sobrevivientes cubanos pertenecientes al dispositivo de seguridad de Maduro. Eso sin contar con los otros miles repartidos por el aparato militar y represivo, valga la redundancia, de Venezuela. No obstante, han cambiado los tiempos y más allá del nuevo revés del inexplicable mito de la invencibilidad militar cubana y de la confirmación de su persistente talento para la mentira es al régimen de La Habana al que le toca hacerse preguntas mucho más serias. Esas en la que les va la vida o la muerte.

*Publicado originalmente en El Toque.

Ver:
Torres Rizo, Julián, “Granada, septiembre–noviembre, 1983: Por el ex embajador de Cuba Julián Torres Rizo”. Cuban Studies, 2022, No. 51 (2022), pp. 227-281

martes, 9 de septiembre de 2025

La lápida de Cirilo Villaverde


A Ponte, que me acompañó ese día

A Tejuca, que consiguió la foto


Era 1994, Año 4 de la Gran Hambruna de los 90, y trabajaba yo como historiador del cementerio de La Habana. Uno de los tantos puestos sin sentido creados por la maquinaria del Estado al que yo intentaba darle alguno escribiendo cuentecillos en mi horario laboral al dorso de impresos amarillentos producidos por esa misma maquinaria. Eramos mis cuentos y yo mismo un subproducto de un subproducto, en el mejor de los casos. A veces sin embargo intentaba justificar mis funciones de historiador averiguando sobre tumbas en peligro de extinción de muertos ilustres para priorizar su reparación con los escasos medios disponibles. Algo así como la fama literaria literaria como plan de retiro póstumo.

El caso de la tumba del escritor Cirilo Villaverde, el más ilustre novelista local del siglo XIX, era ligeramente distinto al de otras destrozadas por el tiempo y la desgana estatal. El panteón perteneciente a su suegro, Inocencio Casanova, uno de los hombres más ricos del país en su época, se conservaba en bastante buen estado. Solo que no había señal visible de que allí estuviera enterrado el novelista. Ni lápida, ni una pobre jardinera que indicara lo que sí constaba en los libros de enterramientos. Que en diciembre de 1894 allí había sido enterrado el cadáver momificado del escritor, muerto en Nueva York en octubre de aquel año y trasladado al cementerio Colón. Tal olvido ya había sido señalado en 1912 por el historiador Emeterio Santovenia lamentándose de que en el centenario del nacimiento del escritor pinareño no hubiera en su tumba una inscripción que lo recordara. En el cuarto año de la hambruna de los Noventa, al cumplirse un siglo de la muerte de Villaverde, este seguía siendo un muerto anónimo en su propia tumba.

Quise subsanar tantos años de abandono, pero sin acudir al Estado que me pagaba el equivalente a dos dólares en salario mensual. Apelé a los mismos métodos manigüeros con los que se conseguía todo en aquellos tiempos. Los arquitectos del equipo técnico del cementerio Rafael Artime y Marcial Díaz me ofrecieron un viejo cojín de mármol ya sin tumba. Un viejo tallador de lápidas confinado al taller de construcción de tapas de sepulcros próximo a emigrar con su familia talló en la lápida reciclada el nombre del escritor, los años y lugares de nacimiento y muerte y una breve frase que le dedicara José Martí en su panegírico. La cuestión material del asunto, esa que en esa época resultaba insuperable, fue resuelta de modo más fácil del que suponía.

La cuestión simbólica resultó algo más complicada. Porque por muy underground que fuera mi homenaje no quería que quedara en cuestión personal pero en aquellos días si quería evitar el estamento oficial de la intelectualidad cubana quedaba muy poco a lo que acudir. ¿A quién le iba a interesar celebrar un lunes a mediodía el centenario de la muerte de un escritor reverenciado por pura inercia escolar pero al que nadie leía a derechas? Fui a casa de Antonio José Ponte, siempre dispuesto a echar una mano en menesteres heterodoxos. Me advirtió, no obstante, al mencionarle al principal investigador de la obra de Cirilo Villaverde en aquellos años, que el poeta Roberto Friol no estaría dispuesto a participar en nada que le propusiera.

Desoí a Ponte y me aparecí en el apartamento del poeta para proponerle que encabezara la inauguración de la lápida. En lugar de responderme Friol me condujo primero a su habitación para mostrarme el colchón con la mitad totalmente hundida en el que dormía su hermana y el techo desde donde habían caído unos cascotes de concreto que estuvieron a punto de matarla. El poeta también me mostró el sillón donde él mismo dormía sentado ante la falta de colchón sano. Más desgarrador aún fue sacarme al balcón donde había una gran bolsa de plástico transparente llena hasta el tope con papeles rotos.  

-Esa era mi investigación sobre Cirilo Villaverde.

Entonces me dijo que tras tanto abandono había decidido romper con todo -literalmente- y no estaba dispuesto a participar en ningún acto oficial. De nada valió que le insistiera en que en el homenaje que le proponía no estaba involucrada ninguna organización oficial. Su “no” fue tajante, inapelable, sin ser brusco. Años después supe que Friol se había reintegrado a los actos oficiales luego de que su amigo Cintio Vitier movilizara sus conexiones para conseguirle al desencantado poeta un apartamento oficial, bastante más que lo que yo pude ofrecerle cuando lo visité.

Finalmente, el lunes de octubre de 1994 nos reunimos Antonio José Ponte, Antón Arrufat, alguien más que creo que era Ismael González Castañer y yo para inaugurar la lápida. No fuimos muy ceremoniosos como tampoco era la lápida que se limitaba a consignar

Cirilo Villaverde  

San Diego de Núñez 1812

New York, 1894

Y más abajo:

“Aprovechó para bien de su país el don de imaginar”

La frase era, qué remedio, de José Martí, el panegirista universal de aquellos años. Me faltaba bastante para descubrir que Villaverde y Martí habían tenido una agria discusión por cuestiones organizativas en 1882 y presumiblemente no se dirigieron la palabra desde entonces. Lo cierto es que el Apóstol no escribiría sobre el novelista hasta asegurarse de que este había muerto en un texto que le aseguraba la condición de “patriota entero y escritor útil”.

Aquel soleado mediodía en que nos reunimos junto al panteón de los Casanova. No recuerdo que fueramos muy ceremoniosos. Apenas se trataba de cuatro escritores desgastados por el hambre y el sol, tratando de añadirle un mármol más a aquel barrio enchapado en mármoles. Si acaso Ponte dijo unas palabras y yo leería algo que tenía preparado pero acudo aquí más a la fuerza de la costumbre que a la de la memoria. Sí recuerdo que Arrufat soltó algún que otro sarcasmo como quien complace una vieja tradición. Luego, como para justificar el viaje hasta el cementerio algún miembro de aquella breve comitiva sugirió visitar una tumba con una lápida que anunciaba guardar los restos de una tal Cecilia Valdés tocaya del personaje creado por Villaverde. Los conduje allí no sin advertirles que por los datos que había consultado en el archivo del cementerio no parecía creíble que aquella Cecilia fuera la de la novela. Pero nada seduce más a los lectores que sorprender algo de materia en un texto imaginario. Como si eso bastara para hacer al escritor menos creador, más humano.



Hace tiempo estaba por contar esta anécdota sobre la única huella concreta que dejé a mi paso por el cementerio habanero pero no me decidí a hacerlo hasta el sábado pasado. Interrogado por una amiga sobre mi intervención en la colocación de la tarja, mencionada por Ponte en un ensayo publicado por aquellos días, me encontré este texto de un historiador local en Facebook. Allí, junto a varias fotos del panteón Casanova el historiador dice que Villaverde "tiene un monumento funerario con columna conmemorativa, con una urna cineraria en su cima, símbolo de la muerte en su frente se puede leer la inscripción, “Propiedad de Inocencio Casanova 1879” y en su parte baja una almohadilla de mármol dice Cirilo Villaverde a manera de dedicatoria y nada para Emilia la gran poetisa y patriota en un segundo plano por las prácticas machistas de la época donde no eran reconocidos los valores propios de las mujeres como escritoras".

La cita anterior me obliga a aclarar que la ausencia del nombre de Emilia Casanova no refleja el machismo de una época en que nadie se ocupó de dejar memoria en mármol: ni del nombre de ella ni el de su marido. Si acaso la ausencia de Emilia refleja el machismo de mi época y el mío propio. Solo que cualquier alarde de autocrítica debe ser atenuado por el detalle de que por entonces la única manera que tenía de asegurarme que los restos de Emilia reposaban en el panteón familiar era contrastando su fecha de muerte con los libros de enterramiento y cualquier pesquisa tuvo que arrojar resultados negativos. Al morir el 4 de marzo de 1897 en Nueva York Emilia fue enterrada en un cementerio en el Bronx. No fue hasta hace unos años que supe que medio siglo después de la muerte de la patriota su hijo Narciso Villaverde llevaría sus restos al panteón familiar en el cementerio Colón.  

  

martes, 12 de agosto de 2025

Recordando a Pánfilo



¿Recuerdan a Pánfilo? ¿El borrachito que en el 2009 se hizo viral diciendo en un video que en Cuba había hambre? Ahora lo entrevistan y recuerda los días en que lo metieron preso y la campaña que se hizo por su liberación. Da gusto verlo, libre y deslenguado. Ese borrachito que en los cuentos le dice la verdad en la cara a los poderosos y se queda tan tranquilo. Lo triste es que lo que se ha hecho viral es el hambre de la Pánfilo hablaba en solitario en ese 2009: “pollo viejo, picadillo de soya”.

En la campaña de la que habla Pánfilo, “Jama y Libertad”, participamos muchos de muchas maneras posibles (recuerdo con especial cariño los posters de Lauzán y el jingle de Boris Larramendi) y llegamos a reunir más de cinco mil firmas, una monstruosidad para la época. Entre los firmantes, muchos de ellos muy renombrados, copio el comentario de Fernando Savater: "naturalmente, cuenta usted con mi firma para esa buena causa. Si no bastase la defensa de la libertad de expresión, saber que se trata de un borracho en apuros me hace inmediatamente simpatizar con él". “Jama y Libertad” rompió con muchísimos tabúes y su éxito impulsó otros proyectos como OZT#, la campaña que al año siguiente exigiera -también con éxito- la liberación de los presos de la Primavera Negra del 2003.

Al ser liberado Pánfilo escribió Jorge Salcedo, el coordinador de la campaña:
“No es cierta la leyenda de que a Juan Carlos González "lo sacaron de la cárcel para meterlo en Mazorra", como aún repiten algunos. A Juan Carlos González lo sacamos de la cárcel todos los que hicimos algo por su liberación (fuimos muchos) y hoy se encuentra en su casa. Habrá quien niegue cualquier relación de causalidad entre el aluvión solidario con Pánfilo desatado por esta campaña en vísperas del concierto de Juanes y la "rectificación" del gobierno cubano. Habrá quien siga repitiendo que lo sacaron de la cárcel para meterlo en Mazorra, implicando con ello que no importa lo que hagamos, que nuestra influencia en Cuba es prácticamente nula o, a lo más, contraproducente. Unos lo hacen por desconocimiento; otros, por mezquindad.
El desconocimiento es curable.
La campaña por la liberación de Pánfilo fue un éxito, y no fue un éxito aislado. Se inscribe en una tradición reciente de movilizaciones coordinadas por los cubanos en la red que ha dado resultados concretos y puede ponerse en función de metas más ambiciosas”

jueves, 23 de enero de 2025

Joker mirando al sudeste

 


El grunge -esa ola que nos trajo a Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam, Alice in Chains, Stone Temple Pilots y unos cuantos más a inicios de los noventa- fue la última versión del rock que escuché con asombro y alborozo. Y aunque ya el rock en Cuba no gozaba del aire clandestino que lo rodeaba en los 70 de entrada teníamos que resignarnos a grabaciones casi siempre infames y a unos pocos minutos en un programa televisivo cuyo nombre -Colorama- exhibía de cuerpo entero el desfase que lo había originado, el de una época en que el color en la pantalla chica todavía era noticia.

Ya uno estaba resignado a no escuchar grunge en vivo -todavía faltaba una larga década para que Audioslave tocara en La Habana como si fuera lo más natural del mundo mientras yo tenía la descortesía de no quedarme a esperarlos- y de pronto, un domingo por la tarde nos encontramos con Joker en el patio de la Casa de la Cultura de Plaza. (Sí, el mismo edificio que en su avatar anterior de Lyceum and Lawn Tennis Club había sido testigo de la batalla a pedradas entre Lezama Lima y Virgilio Piñera, entre otros eventos culturales no tan reseñables).

Joker era una banda, que al fin, que nos ponía a bailar y dar brincos -por si se notaba la diferencia- a los pelúos locales como mismo las otras, las que cantaban en inglés, lo hacían con los pelúos que salían en Colorama con aquellas melenas a las que incluso en la bruma de los televisores en blanco y negro se les adivinaba mayor intimidad con el champú que las nuestras. Brincar sobre el cemento calcinado del extinto Lyceum and Lawn Tennis Club era -como en aquel chiste soviético en que un pobre diablo le aclara a la KGB que a quien están buscando es al vecino de arriba- nuestra idea habanera de la felicidad y hasta de la libertad.

Ahora descubro que Joker no solo me alegró aquella tarde dominical sino que además se tomó el trabajo de dejar atrás unas cuantas grabaciones antes de desaparecer sin penas ni glorias, como le correspondía a cualquier banda de rock patrio no subvencionada por el prestigio oficial. Y yo, que he sufrido tantos chascos revisitando placeres de aquellos años, descubro que incluso sin el doping del calor el hambre y la desesperanza de aquellos años los de Joker no suenan tan mal. Si no están a la altura de aquel recuerdo glorioso al menos suenan mejor que aquellos diálogos de Eliseo Subiela con sus lados oscuros del corazón y sus hombres mirando hacia algún punto cardinal que alguna vez creímos profundos y que, vueltos a escuchar, descubrimos que, si alguna profundidad revelaban, era la de nuestra idiotez de entonces. 

Gracias Joker.

martes, 5 de marzo de 2024

Modales duros en Granada

Este ha sido el post más trabajoso con distancia de este blog pero creo que vale la pena. En cuanto me encontré este reportaje en la colección “El escritor y el mundo” de V.S. Naipaul quise compartirlo solo que no lo encontré en internet ni en inglés ni en español. Así que tuve que hacer screen shots de cada página del artículo como aparecía en el ebook y luego editarlo para que pudiera leerse en este blog. El trinitario Premio Nobel lo escribió a los pocos días de la invasión norteamericana a Granada, iniciada el 25 de octubre de 1983. Dado el nivel de implicación de Cuba en la frustrada revolución granadina el nivel de desinformación que teníamos en la isla al respecto era, previsiblemente, espantoso. Este texto de Naipaul ayuda a rellenarlo de manera bastante eficaz.

El escritor no solo da cuenta del estado de la isla tras la invasión norteamericana sino la secuencia de acciones que la precedieron. Esto es: el ascenso y caída del movimiento revolucionario de la isla y de su líder, Maurice Bishop a quien el escritor le basta referirse justamente como “el Líder”. La presencia cubana apenas aparece como mera escenografía pero basta leer la reconstrucción de Naipaul del proceso revolucionario para ver en ella una caricatura tragicómica de la Revolución cubana. El mismo apoyo esperanzado, las mismas medidas absurdas, las mismas esclerosis. La diferencia estriba -dimensiones aparte- en el carácter menos paranoico y feroz de su líder que entre otras cosas facilitó su caída a manos de una fracción de su propio partido.