jueves, 21 de julio de 2016

Caminando

Caminaba el otro día con un amigo mientras hablábamos. De cualquier cosa, que es de lo que hablan los amigos cuando por fin encuentran tiempo para no hablar de cosas importantes.
-¿Cubanos? –nos pregunta en español un tipo con acento extraterrestre. Para el que no sepa de lo que hablo ese suele ser un inicio peligroso de conversación. Una conversación pesada, llena de los tópicos con que los extraños quieren explicarte tu país.
Pero me equivocaba. La cosa iba a ser mucho peor.
-¿Qué piensan de los cambios?
Así. Sin anestesia.
-¿Qué cambios? –respondimos haciéndonos los idiotas (esa es la especialidad de los amigos cuando se reúnen y quieren que los dejen tranquilos hablando idioteces) pero ni así. Se refería a LOS CAMBIOS. De esos que hay que hablar con mayúsculas y letra de molde. Fuimos elusivos como para que entendiera que no nos interesaba ser objetos de su curiosidad ni de su preocupación por el país que habíamos dejado atrás.   
Pero el extraño sí quería dejar bien claro que le preocupaba mucho lo que los cambios trajeran a nuestro país. Un blanco sudoroso de pantalones cortos y mochila. Bigote poblado y extenso. Una especie inédita para mí de la fauna urbana: una suerte de híbrido entre hípster y boy scout. No parecían importarle los derechos humanos de los cubanos: la libertad de expresión, de asociación, la de prensa, toda esa chatarra burguesa. Le preocupaba lo que pudiera pasar con uno de los pocos sitios en la tierra –junto a Corea de Norte pensé- todavía al margen de la influencia americana. Lo que pudiera sufrir mi pobre isla con la nefasta influencia del mercado y la cultura de masas. Muy novedoso y profundo pero como andaba en modo realmente frívolo hacía rato me había agotado las reservas de paciencia que poseo para esos casos. Así que le pregunté de dónde era.
-De Francia –me contestó como si tratara de adivinar cuál sería mi siguiente pregunta. Esta fue si él se dedicaba a decirle eso a todo el que se encontraba en su camino.
-¡Yo tengo derecho a decirle mi opinión a quien me dé la gana! –me dijo con rabia.
-Pues yo también tengo derecho a decidir a quién quiero escuchar –le respondí mientras el hípster-boy scout se alejaba dando aullidos feroces. Como si yo le hubiese pisado un rabo tan delicado como invisible.

Y de veras lo lamenté. Era una lástima que justo al final de la conversación me diera cuenta de que a él también le importaba la libertad de expresión. 

domingo, 10 de julio de 2016

La Academia de la Historia de Cuba en el Exilio

Desde el año pasado me aceptaron como miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Inc y este verano fui designado Secretario de Publicaciones y Redes Sociales lo que en la práctica se traduce en crear y mantener varias publicaciones digitales (blog, página de Facebook, de Twiter, etc.). Por esta vía quieron invitarlos a que visiten el blog de la susodicha academia que entre otras iniciativas pretende ir creado progresivamente un atlas histórico digital del exilio cubano y sus emigraciones. El objetivo de este atlas es dar a conocer aquellos lugares que tienen un significado especial para la historia y la cultura cubanas fuera de sus fronteras geográficas. Y esto es especialmente relevante en el caso cubano, un país en que el exilio no sólo precedió a la Nación sino que ha tenido un papel decisivo en su creación y desarrollo. Una de las primeras entradas ha sido justo un breve reporte sobre el primer lugar donde ondeó públicamente la bandera cubana (que no es donde suele pensarse) algo que va más allá del plano simbólico al ilustrar la materia compleja y multiforme con que se ha fabricado la historia cubana o -si lo pensamos de manera más amplia- cualquier otra. 

martes, 5 de julio de 2016

Antiguas y nuevas aventuras del racismo revolucionario

La revista Identidades publica en estos día un ensayo mío sobre lo que he dado en llamar el "racismo revolucionario". Los dejo con los dos primeros párrafos:
Antiguas y nuevas aventuras del racismo revolucionario
Por Enrique Del RiscoAntes de que, en medio de la conversión del castrismo a la fe capitalista, el fragor de la economía y los números terminen ahogando los ya apagados gritos de la ideología convengamos en una cosa: pocos regímenes como el inaugurado el primero de enero de 1959 ―si bien frustrado en lo esencial económico― puso de moda tantos productos del espíritu. Desde las barbas y melenas de sus héroes a la imagen de su Santidad Guerrillera atrapada por Korda y difundida por Feltrinelli; desde los logros deportivos a los educativos (por más que bastara ponerle un micrófono en frente a un deportista para empezar a dudar de la eficacia del sistema educativo que lo formó). De todos ellos pocos han tenido un impacto tan duradero en la conciencia universal ―les recuerdo que escribo desde una era hipster en la que han regresado las barbas aunque despojadas de melenas― como la llamada política racial de la Revolución Cubana. Poco importa que ―como señalara Sir Hugh Thomas― en el texto programático del castrismo temprano, “La Historia me absolverá” no hubiera la menor alusión al tema racial o ni siquiera se mencionara la palabra “negro” una sola vez, ni siquiera como parte del espectro cromático. O que en los albores de aquella Revolución nada anunciara que la cuestión racial se iba a convertir en leitmotiv de los primeros años de poder revolucionario.
Visto a cierta distancia se entiende. No se hubiera visto del todo coherente que un blanco hijo de inmigrante español llamara a una revolución en nombre de la equidad racial contra un gobernante mestizo ―negro en las estrictas categorías raciales norteamericanas― que mal que bien había llevado adelante una discreta política racial y que fue discriminado ―como insiste la versión oficial hasta el día de hoy― por parte de la burguesía cubana incluso después de haber llegado al poder. El mismísimo Fidel Castro ―a pocos días del triunfo de la Revolución que encabezara― diría a un periodista norteamericano que la “cuestión del color” en Cuba “did not exist in the same way as it did in the U.S.; there was some racial discrimination in Cuba but far less; the revolution would help to eliminate these remaining prejudices”. Pero no insistamos demasiado en declaraciones de la misma época en que el líder máximo de la Revolución insistía ―con persuasiva vehemencia― en que no era comunista. Apenas un par de meses después, en marzo de 1959 llamará a hacer “una campaña para que se ponga fin a ese odioso y repugnante sistema con una nueva consigna: oportunidades de trabajo para todos los cubanos, sin discriminación de razas, o de sexo; que cese la discriminación racial en los centros de trabajo”. Poco o mucho el racismo que hubiese en Cuba antes de 1959 a la Revolución (o a Fidel Castro, si es que hay alguna diferencia) le iban a bastar menos de tres años para declarar, el 4 de febrero de 1962, suprimida “la discriminación por motivo de raza o sexo”. Y la humanidad al completo necesitada de finales felices, parecía creerlo.
Luego de eso, el silencio.

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jueves, 30 de junio de 2016

Entrevistando a Habana Oculta/ Abierta

Hace días estaba por anunciar una buena nueva para la maltrecha blogosfera cubana: la aparición del blog de Boris Larramendi, uno de los cantautores cubanos más importantes de las últimas tres décadas y fundador y animador durante años de proyectos como 13 y 8, Habana Oculta y Habana Abierta hasta que desde hace algunos años decidiera lanzar su carrera en solitario. Luego de varias entradas explicando los primeros tiempos de Habana Oculta hoy publica un post sobre una entrevista que les realizara para La Tribuna Hispana. La Tribuna Hispana fue una publicación mensual editada en Madrid desde 1996 hasta al menos 1999 de la que fui el único redactor en plantilla (amén de varios y valiosos colaboradores) en sus primeros siete meses de vida. Destinada a la entonces escasa comunidad latinoamericana en España era el proyecto del dueño de una agencia de viajes y de envíon de dinero para promocionar sus empresas al tiempo que se ahorraba en publicidad pagada a otros medios. La entrevista a los que estaban en tránsito a convertirse en Habana Abierta fue uno de los primeros proyectos con los que tratamos de convencer al dueño de darle un perfil algo más cultural a una empresa pensada con fines estrictamente comerciales. Aquí va el párrafo con el que Boris generosamente presenta la entrevista que les hice:

Nuestro amigo desde los tiempos de 13 y 8, el escritor Enrique del Risco, llevaba algo así como un año en Madrid cuando aterrizamos nosotros. Como parte de sus peripecias, magistralmente narradas en su libro Siempre nos quedará Madrid, (y en el cual nos dedica todo un capítulo, hermoso y un poco triste, como le corresponde a esta historia, del que pueden leer algunos fragmentos aquí ), fue redactor de una publicación periódica de vida efímera llamada "La Tribuna Hispana". Cuando ya estábamos grabando el que sería nuestro primer disco como Habana Abierta, pero aún llamándonos Oculta, en el invierno de 1996, nos hizo esta entrevista. Que comenzó en casa de nuestro manager, Armando Gómez, en la buhardilla de Montera 33, con Medina, Pepe, Kelvis y yo, los 4 que habíamos hecho allí nuestro campamento habitual, y continuó varios días después en el estudio de grabación, habiendo regresado nosotros a Cuba, con Barbería y Vanito, recién llegado de Ecuador. Para mí es la mejor entrevista que se nos hizo en ese período, y refleja muy bien qué pensábamos y cómo nos sentíamos todos en ese momento. Un documental que nos filmó por esas mismas fechas nuestra amiga Ana Mireles también sería tremendo testimonio, pero lamentablemente nunca vio la luz, supongo que por falta de financiación, y jamás supe qué fue de aquellas entrevistas ni vi esas imágenes. Léanse este reportaje, y si quieren saber algo más de esa época, les recomiendo muchísimo el libro de Enrique del Risco, del cual ya les puse los links por allá arriba. El capítulo que nos dedica es, hasta ahora, de lo más emocionante que se haya escrito sobre nosotros.
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miércoles, 22 de junio de 2016

Visiones de poder


Fascinado concluyo la lectura de las casi cuatrocientas páginas de “Visions of Power in Cuba. Revolution, Redemption and Resistance, 1959-1971” (2012), libro de la historiadora cubano-americana Lillian Guerra. Fascinado por la frescura y profundidad que el material y los datos que reune el libro aporta a la comprensión de lo que fueron los primeros doce años de ese complejo proceso conocido como la Revolución Cubana. Más fascinado aun al comprobar que buena parte del material que este libro examina y que tan revelador resulta procede no de los impermeables archivos de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado sino de sitios más al alcance del común de los historiadores –que no de los mortales- como puede ser la Colección Cubana de la Biblioteca Nacional: aparecen allí los rastros de campañas políticas y proyectos económicos (¿o son uno los dos?) ya olvidados; raptos de romanticismo revolucionario individuales y colectivos apropiadamente seguidos de defenestraciones públicas o secretas; la sucesión de discursos ideológicos y moralistas basados en principios ineludibles e innegociables que luego serán cambiados de acuerdo a las circunstancias; y sobre todo el lento, minucioso e indetenible proceso de expansión del poder castrista sobre la vida cubana, (la política pero también la cotidiana). Y eso lo consigue tanto a partir del análisis de la misma prensa gubernamental y los discursos de las principales figuras de la jerarquía de poder como de publicaciones humorísticas, de cartas privadas, de material fílmico de distinta procedencia y de entrevistas y anécdotas personales.
Emerge de este estudio una rica y compleja imagen del establecimiento del aparato de poder que hasta el día de hoy le ha permitido conservar a los hermanos Castro un control bastante cercano a lo absoluto sobre el país sin destruir del todo la ilusión –sobre todo en los años que analiza este estudio- de que el sistema no solo respondía a los intereses del pueblo sino que hasta era controlado por este. A través del variopinto material que estudia este libro se puede dibujar sin demasiado esfuerzo un modus operandi que no obstante su apariencia arbitraria y caótica respondía y satisfacía una necesidad sistemática de acaparamiento de poder.
En este sentido no menos fascinante resulta que la autora de “Visions of Power in Cuba” pese a la riqueza del material recuperado, de sus amplias posibilidades interpretativas no consiga apartarse de los viejos discursos que han intentado explicar la realidad cubana de las últimas seis décadas. Me refiero, por supuesto, a los moldes narrativos que conciben dicho proceso como la instauración de un estado totalitario policial o la de un proyecto emancipador de tal o más cual tendencia ideológica. La autora escoge una variante del segundo esquema narrativo, la del proyecto emancipador fallido bastante afín a lo que muchos participantes originales dieron en llamar la “revolución traicionada”. Sin embargo más que de revolución traicionada se trata -según las conclusiones de Guerra- de una revolución que no supo o quiso aprovechar lo suficiente las posibilidades subversivas y liberadoras que ofrecía el formidable instrumento de la movilización popular. 
Es una lástima que tras tan inteligente y laboriosa acumulación de material la autora renuncie a una construcción narrativa más sutil y novedosa como ese mismo material sugiere. Una trama histórica que ese mismo material que nos propone Guerra vuelve obsoleta, inoperante. Ni el modelo de un totalitarismo cuyo factor esencial para su instauración y conservación sería la violencia de Estado (tal y como lo definiría Hanna Arendt) ni una revolución nacionalista espontánea y popular alcanzan para explicar la realidad histórica que tan bien expresa el material reunido por el libro. De la información aportada por el libro emergería la imagen de un sistema que sin dejar de ser violento y represivo -o enarbolar moldes ideológicos más o menos dogmáticos- encuentra su mayor fuente de energía y su material más duradero en su capacidad movilizativa, en sus arranques moralistas y la articulación de su acción caótica y arbitraria en un discurso trascendente con no poca coherencia narrativa y atractivo popular. Y en su capacidad de provocar y aprovechar para sí cíclicos raptos de euforia colectiva. En ese sentido Guerra cae en la trampa de comparar la realidad con los objetivos declarados del discurso oficial, gesto que la lleva a abusar del adverbio “ironically”. Como si el “fallo” de la Revolución hubiera sido no ser más leal a su palabra. Si en cambio la autora observase la escasa distancia existente entre la violenta voluntad de poder que subyace en el discurso oficial y la realidad resultante podría ver que más que tratarse de un proyecto emancipador fallido nos hallamos ante un proyecto totalitario populista altamente exitoso. Eso sí, siempre que entendamos el totalitarismo de una manera más compleja a como se expresa en la propaganda norcoreana o en los dibujos animados del "The Wall" de Alan Parker y Roger Waters.
De modo que lo que la autora define como “grassroots dictatorship” podría verse como un sistema de cesiones temporales de capacidad represiva a grupos y organizaciones de masas para desembarazarse de personalidades o grupos que interfieren en la construcción de un estado totalitario. (No es difícil seguir la lógica del sistema: la alta y media burguesía es usada para desplazar al poder batistiano primero y a la presencia norteamericana luego, la clase media para desplazar a la alta, las clases más populares para mantener a raya a la clase media, el PSP para desplazar a ciertos sectores del 26 de Julio, el Directorio Revolucionario para dinamitar a las ORI (discurso del 13 de marzo de 1962) y amedrentar al PSP (Caso "Marquitos"), la primera redacción de El Caimán Barbudo para destruir a Ediciones El Puente y así hasta el infinito.)  
No obstante y pese al cúmulo de evidencias aportadas por ella misma, Guerra intenta ver eventos como las movilizaciones populares de 1959 o la Ofensiva Revolucionaria de 1968 (por poner dos ejemplos que aborda el libro en detalle) como expresión de una dictadura del pueblo y no como reproducciones de los métodos típicos del totalitarismo populista del siglo XX desde Mussolini a Mao. De alguna manera Guerra confunde los esfuerzos del poder instaurado en Cuba desde el 59 por aprovechar el entusiasmo o la frustración popular en su favor y darle un aire espontáneo y popular a sus políticas de control social con el empoderamiento de la sociedad cubana. Llegado el momento Guerra incluso confunde la concesión del “derecho a denunciar” por parte de las organizaciones de masas o de individuos como práctica de empoderamiento social.
Lo más revelador de “Visions of Power in Cuba” es que pese a la narrativa elegida por la autora todo el material acumulado apunta a un proyecto de máxima concentración de poder en manos de la más alta dirigencia revolucionaria desde los primeros meses de 1959. Y no solo de concentración de poder político que es lo que suelen señalar otras historias sino de poder económico, social, cultural y simbólico a un nivel inédito en el continente. En este sentido y pese a sus propias conclusiones Guerra aporta evidencias más que suficientes de que dicho proceso de concentración de poder comenzó a realizarse prácticamente con el mismo triunfo de la Revolución de 1959, en momentos en que la dirigencia revolucionaria contaba con un apoyo popular casi unánime. Cuando todavía no podían invocarse la amenaza de agresiones internas o externas para justificarlas y mucho antes, por supuesto, que se adoptara oficialmente una ideología definida marxista –leninista. Y que cada vez que el régimen tuvo que decidir entre control y emancipación optó por el control.
La importancia de los hallazgos de “Visions of Power in Cuba” sospecho que rebasen con largueza el ámbito cubano. Atenuar el peso de factores como la ideología o la influencia externa ya fuera de los Estados Unidos o la Unión Soviética nos permite comprender mejor la dinámica interna de regímenes que podrían definirse –de acuerdo con el acento que se ponga en uno u otro factor- como totalitarismos con vocación populista o populismos con vocación totalitaria. Una dinámica que al mismo tiempo que pretende recuperar o reforzar la soberanía popular de hecho desplaza dicha soberanía hacia entes como la Revolución, el Estado, el Partido, la Nación o la Patria en nombre de los cuales una élite ejerce un poder cada vez más ilimitado. Y ese proceso de pérdida progresiva de soberanía popular se da en el caso cubano –como demuestra abundantemente el libro de Guerra- desde el inicio de la Revolución cuyo supuesto sentido primigenio era la recuperación de dicha soberanía. Una lectura interesada y actual de convertiría este libro en una fábula sobre cómo los derechos individuales tantas veces despreciados en nombre de razones mayores más que impedimento a la soberanía popular son justo lo opuesto: son base esencial de dicha soberanía, los árboles sin los que el bosque no es más que mera y vacía abstracción.   

domingo, 12 de junio de 2016

El silencio y la muerte

Reniego por naturaleza de las teorías conspirativas pero –más allá de mis inclinaciones- a veces las circunstancias insisten en darles la razón. Como en el caso del extraño incidente en el que el escritor Héctor Zumbado fue golpeado sufriendo con ello secuelas que afectaron severamente su capacidad de comunicación verbal y lo apartaron por completo de la escritura hasta su reciente muerte. Desde aquel febrero de 1990 en que sufriera lesiones de las que nunca se recuperó del todo muchos achacaron el origen del ataque al gobierno cubano, teoría que persiste hasta hoy.
La teoría tomaba como base los pocos hechos comprobados de un incidente oscurísimo por otra parte: un individuo -que luego resultó ser el escritor Héctor Zumbado- fue encontrado inconsciente por miembros de la PNR en las inmediaciones del Círculo Camilo Cienfuegos quienes lo llevaron al hospital Calixto García. Llamaba la atención que la policía no procediera a identificar el sujeto (a pesar que llevaba consigo el carnet de identidad) ni levantara acta sobre lo sucedido o intentara comunicarse con los familiares. Así fue que Zumbado estuvo horas en la sala de emergencias sin ser atendido hasta que un doctor lo identificó y se encargó del caso salvándole la vida. Luego se comprobaría, al revisar sus pertenencias que al escritor no le habían robado nada descartando el robo como motivo del ataque. Esto y la falta de señales de pelea hicieron pensar a muchos que el motivo era silenciar una de las voces más inconformistas dentro de los medios oficiales.
En contra de la teoría estaba el hecho de que Zumbado incluso siendo uno de los escritores menos complacientes con el establishment distaba de ser considerado como un disidente o que en aquellos días para acallar a un escritor no era necesario golpearlo: bastaba con cerrársele todo acceso a la prensa y las editoriales nacionales. Puedo añadir que cuando Zumbado hubo recuperado en algo sus capacidades comunicativas le pregunté sobre los hechos de aquella noche y -como me temía- este no recordaba nada.
Transcurridos 26 años desde aquel terrible y oscuro incidente llama la atención que ni en páginas oficiales ni en la prensa del gobierno se haga la más mínima mención a aquellos hechos que sacaron de circulación al más fino y punzante crítico de la cotidianidad cubana de aquellos días. Como si 26 años de silencio forzoso fueran poca cosa. Como si no fuese necesario explicar ese vacío inmenso que aparece en sus biografías oficiales. (Tanta es la falta de información que incluso en medios del exilio mencionan un "accidente cerebrovascular" como si se tratase de un derrame cerebral cualquiera y no un golpe terrible que le fracturó el cráneo). 
No se trata de reactivar viejas teorías conspirativas (pero tampoco de descartarlas por completo ante la patente conspiración de silencio que han tejido los medios oficiales cubanos alrededor de aquellos hechos: visto en puridad la tesis de que Zumbado fue atacado por los órganos de seguridad ni siquiera es una teoría alternativa. Ante la ausencia de tesis oficiales -ausencia que parece tratar de convencernos de que tal incidente nunca ocurrió- es la única explicación -oficial o extraoficial- que se haya ofrecido hasta el momento). Alguna disculpa se le debe a los lectores de Zumbado que nunca tuvieron oportunidad de enterarse por qué uno de sus escritores favoritos ha callado durante tantos años. Se trata de no dejar, en fin, que el silencio se anote otra victoria, de que la muerte sea menos completa.

Post data: Párrafo de un mensaje que me acaba de enviar Teriana Zumbado, hija del escritor y en la que se aportan otros datos y precisiones sobre el caso:

Sería conveniente aclarar que el equipo de neurocirujanos que atendió a papi, siempre negó que hubiese sido una caída accidental por el  estado etílico en el que se encontraba papi ese día de febrero/1990. Según sus experiencias, y debido a los hematomas subdurales generados por el traumatismo craneal grave, llegaron a la conclusión que el peso físico de papi no correspondía a esa supuesta caída que según la policía comentó, porque como bien dices nunca hubo informe alguno. El golpe, según los médicos tuvo que haber sido con un objeto contundente. […] Si algo no olvido es que en esos días alguien llamó al hospital para  comunicar que los dos policías “habían sido despedidos”. Eso, sólo eso fue lo que supimos, ni nombres, ni apellidos, ni nada. Aberrante. Luego con los días, y es algo que nunca entendimos, una recepcionista de la revista Bohemia que nunca supimos quien era, dijo haber encontrado los espejuelos de papi en la calle…inaudito, incoherencia total. En esos días lo único que nos preocupaba era que papi se salvase, pues los partes médicos sólo anunciaban su estado de gravedad. Se salvó como bien dices, porque ese día entraba de guardia el Doctor neuro-cirujano Eupiérrez, quien lo reconoció en esa asquerosa sala de emergencias, en la que permaneció tirado como un perro toda la noche. Si lo hubiesen atendido a tiempo quizá la historia hubiese sido otra, según nos contó éste médico.  A éste señor le he vuelto a buscar por las redes, pero ha sido imposible, se que vive en USA. 

lunes, 6 de junio de 2016

Héctor Zumbado (1932- 2016)


Hacía tanto tiempo que se le había pasado la hora de morir con sus hábitos de bebedor suicida primero y con un misterioso y terrible accidente que lo dejó apartado para siempre de la escritura que ya pensábamos que Héctor Zumbado no moriría nunca. Acompañante incesante de mi niñez desde que descubrí un librito suyo -“Limonada-” que recogía viñetas burlonas de la vida cotidiana. Y eso no era fácil en tiempos en que nadie se atrevía a burlarse de nada excepto quizás el imperialismo porque todo lo demás, desde el transporte público hasta las croquetas eran responsabilidad exclusiva del Estado. Y quien decía Estado, decía Revolución, Patria y Demás Cosas Que Se Escribían Siempre Con Mayúsculas. Podría afirmarse sin exagerar que fue Zumbado quien enseñó a generaciones de cubanos el difícil arte de reírse en aquellos años de entusiasmo aterrado. No digo que fue el único que nos hacía reír pero nadie en aquellos días lo conseguía como él: con esa libertad, con esa inteligencia, con ese atrevimiento. Hace mucho rato que hemos perdido su voz pero saber que estaba con vida nos acompañaba a mí y a muchos más como una suerte de talismán. Quiero hacerle llegar a sus hijos y al resto de su familia mis condolencias en la conciencia de que somos muchos más los huérfanos.
P.D.: No recuerdo quién me encargó que escribiera un homenaje a Zumbado en la edición inaugural del Festival Aquelarre en 1993 y que llevara magistralmente a escena Osvaldo Doimeadiós pero se lo agradezco eternamente. Eso me permitió cumplir con aquel lema de que el mejor homenaje era el diario cumplimiento del deber y en el caso de Zumbado no había deber más sagrado que el de joder.
Gracias, maestro.  

La sagrada (des)igualdad

Varios redactores de On Cuba se le quedan en el último LASA y la revista de Hugo Cancio echa mano como pitcher relevista a Arturo Arango (y Parreño) quien viene por la goma. Este insigne redactor luego de tantos años de utopía comunista en oferta lo que nos vende ahora es resignación capitalista impuesta por Partido Comunista (eso sí, un Partido Comunista abierto e inclusivo tal y como lo concibe alguien que, obviamente, no ha leído a Lenin). Y sí, mucho respeto a la diferencia: la diferencia entre la clase dirigente y los jodidos de siempre:

"He leído que en la película Neruda, del chileno Pablo Larraín, hay una escena donde, en medio de una fiesta, una sirvienta se acerca al gran poeta y le pregunta si es verdad que en el comunismo todos seríamos iguales. A la respuesta afirmativa de Neruda la señora propone una duda devastadora: “¿Pero iguales a usted o iguales a mí?”[...]
Hoy sería enloquecido pedir a Neruda o, sobre todo, a los dueños de la casa de aquella fiesta, que se sacrifiquen por un tiempo y sean iguales que su sirvienta. Más utópico aún será esperar que la sirvienta pueda alcanzar el rango de sus empleadores, sea cual sea el crecimiento económico del país. La unidad nacional es necesaria para sostener la soberanía nacional y para crear consenso en torno a un proyecto de nación que pertenezca a la mayoría de los cubanos. El problema de la unidad, siempre, es que también supone un punto de vista: alguien, algo (un partido, un gobierno, un líder) nuclea alrededor de sí las fuerzas esenciales, y crea a partir de ellas ese consenso necesario que las ponga de acuerdo a todas. Para lograrlo, debería ser inclusivo, abrirse al diálogo, a la contradicción, y hacerlo sin prepotencia ni paternalismo, obedeciendo la voluntad y las necesidades de aquellos que, como menos tienen, menos pueden"