martes, 4 de octubre de 2022

Abuelo*


A mi abuelo nunca le gustó Aquello. O puede que sí. Quizás durante los primeros meses en que Aquello se deshizo en promesas para todo el mundo. En que negaba lo que era y afirmaba lo que no iba a ser. “La Revolución era verde como las palmas, decían”, me recordaba mi abuelo. Y se detenía allí mismo. Como si no necesitara nada más para completar la acusación. El viejo rencor de gente que se sentía engañada porque a la revolución le habían cambiado de color. No se trataba solo de una cuestión cromática. La Revolución había llegado para frustrarle el mayor negocio de su vida. No recuerdo los detalles pero incluía una venta de ganado que luego se convertiría en algo más que a su vez se multiplicaría en dinero o propiedades. Algo así como la versión adulta del cuento de la lechera. Una trama parecida a la de los planes de Quientusabes. Con la diferencia de que los planes de mi abuelo no involucraban a todo el país. Mi padre se reía de mi abuelo, recordándole su perfecta incapacidad para los negocios. Mi abuelo, decía, fracasó con un bar que derivó en lugar de fiestas para sus amigos. Y hasta con un banco de apuestas ilegales por empeñarse en pagarle los premios a los ganadores. 

Lo que mi abuelo no le perdonaba a Aquello fue que le embargaran la finca aun estando dentro del límite permitido por las nuevas leyes. Que luego consiguiera recuperarla tras meses de reclamaciones no le bastó. Nunca les perdonó el disgusto. Vuelto a la tensa normalidad de Aquello, mi abuelo se encerró en su rencor disimulado. Alguna vez lo vi ir a la tienda de víveres a comprar la cuota que los burócratas de La Habana le habían destinado. Inspeccionaba los plátanos como si tuvieran alguna plaga y soltaba algo como “¿Y a esto le llaman plátanos?”: el colmo de la rebeldía permitido en aquellos tiempos si preferías no caer preso. No sé si mi abuelo llegó al desafío de bautizar a los bueyes de su yunta como “Comandante” y “Bandolero” para darse el gusto de insultar al origen de sus desgracias mientras araba la tierra. Sí recuerdo que una de sus vacas se llamaba “Porvenir”, lo que bastaba para que a mis seis años fuera mi favorita. ¿No era el porvenir el mejor de los tiempos posibles? ¿Acaso todo el país no luchaba para alcanzarlo? Hasta que mi abuelo me aclaró que la llamaba así porque era la última vaca que llegaba al corral, la última que quedaba por-venir. 

Mi abuelo no era inclinado a lamentarse. Del gobierno o de cualquier otra cosa. Pero cuando se encontraba con alguien de confianza, en esas conversaciones donde la complicidad hace superfluo llegar al final de las oraciones, mi abuelo soltaba alguna frase rotunda que me bastaba para saber lo que pensaba sobre el gobierno. Algo así como:

—Esto está peor que cuando Machado.

Se refería al gobierno presidido por Gerardo Machado entre 1925 y 1933. Tan bien le fue en sus primeros años que decidió proclamarse dictador. Entonces estalló la bolsa de valores de Wall Street en 1929. Desde entonces la dictadura de Machado se convirtió en el símbolo cubano del hambre. Pues en opinión de mi abuelo la mejor época de Aquello —época que el consenso popular sitúa a la altura de los años ochenta— era peor que el machadato.

Yo lo escuchaba como se escucha a los abuelos: como excentricidades de alguien que pertenece a otro tiempo, aun cuando siga en este. Como algo que no guardara contacto con mi realidad ni, por tanto, estuviera sujeto a sus correspondientes juicios morales. Mi abuelo era la única excepción que yo hacía en mi vida de creyente en Aquello.

Aún así en esa ocasión u otra parecida me atreví a comentarle a mi abuelo:

—Pero Machado mataba a la gente.

—Deja que se le reviren a este para que tú veas cómo los mata también.

No me habló de los miles de fusilados que ya había por cuenta de Aquello, muertos de los que por fuerza tenía que saber. Se limitó a mencionar el potencial de Aquello para el crimen como quien enuncia una ley física.

Eso sí: mi abuelo evitaba discutir con mi padre. Adoraba a mi padre con la devoción del hombre que se ha equivocado mucho y ha decidido enfocar toda su bondad en su único hijo. (Su único hijo dentro del matrimonio. Antes tuvo otros dos a los que no creo que tratara como tales). La única vez que los vi envueltos en algo parecido a una discusión política yo era demasiado pequeño para precisar los detalles. Todavía andaba la guerra de Vietnam. Apenas recuerdo a mi abuelo a la defensiva, eludiendo un tema que vería como una distracción de su mundo inmediato. Y a mi padre insistiendo en lo mucho que debería interesarle aquella guerra que ocurría a X kilómetros de su finca. Mi abuelo apenas se atrevió a responderle que lo que ocurriera en Vietnam no era asunto suyo. 

Fue lo más cerca que lo vi de hacerle alguna resistencia a mi padre. Por lo demás lo obedecía ciegamente. Como cuando le pidió que entregara la finca. No le faltaba razón a mi padre. No porque el Estado fuera a cuidar mejor de la tierra, pero mi abuelo ya estaba demasiado viejo para lidiar, además de los trabajos habituales que la finca demandada, con los continuos robos de animales. Demasiado para un viejo solo en un país en el que estaba prohibido contratar mano de obra. Pero mi abuelo no obedeció a mi padre porque tuviese razón. Lo hizo porque no sabía negarse a cualquier cosa que le pidiera. Como cuando años después le pidió que él y mi abuela se mudaran a Santiago de las Vegas, para tenerlos más a mano y cuidarlos mejor. A 18 kilómetros en vez de 540. Mi abuelo accedió a alejarse de los amigos, los vecinos y del resto de la familia. Él, que siempre vivió más tiempo fuera de la casa que dentro de ella.


Nunca le oí a mi abuelo quejarse de entregar la finca, vender los animales, dejar de montar a caballo cada día. Con su sombrero tejano y su cuchillo con cabo de pistola al cinto cosa impresionante en un país donde solo los policías andaban con armas de fuego. Lo más próximo a la queja que le escuché fue un día que andábamos por el campo visitando amigos. Siete u ocho años después de rendir su finca a la insistencia de mi padre. Íbamos a caballo, conversando, cuando de pronto nos detuvimos ante una buena extensión de tierra desnuda. Una calvicie inmensa en medio del verde de aquellos campos, con tractores cruzándola en todas direcciones como si no hubiera nada más importante en el mundo que levantar polvo. En medio de las nubes coloradas se alzaba una casita minúscula que entre tanto tractor pasaba por almacén de piezas de repuesto. Algo así.

Mi abuelo se limitó a decir:

—Esa era la finca.

Fue entonces que cubrí aquella tierra calva con yerba, le instalé cercas alrededor y rodeé el almacén de piezas de repuesto con un jardincito, arbustos de ajíes, corrales y galpones hasta poder aceptar que ese trozo de tierra sin sentido había sido la finca de mi abuelo, el paraíso de mis veranos. No le dije nada. ¿Qué podría haberle dicho? 

Pero mi abuelo, insisto, no era hombre inclinado a la amargura. O sabía disimularla muy bien, que es más o menos lo mismo. Cuando mi padre le pidió mudarse a La Habana lo obedeció sin entusiasmo, pero sin melancolía. Intentó adaptarse como mejor pudo. Los que temíamos que aquella criatura hecha para el aire libre y la montura del caballo se secara en medio del asfalto de aquel pueblito en las afueras de La Habana nos equivocamos. El abuelo pronto hizo amistades con los vecinos y se inventó la ocupación de ir a comprar galletas a Rancho Boyeros para revenderlas en el barrio. Menos por hacer dinero o por nostalgia de sus tiempos de negociante frustrado que por mantenerse ocupado, útil. Su modo de alejar ese punto irreversible en que los viejos se dedican a esperar cómo la muerte va a su encuentro.

Pero el Hambre también destruyó su nuevo plan de vida, su último proyecto de comerciante minúsculo. Ya no había manera en qué transportarse ni galletas que comprar y revender. En ese momento en que mi abuelo se pudo despachar con cuchara amplia todo el rencor que había acumulado contra Aquello se abstuvo de hacer cualquier comentario. En el momento en el que la realidad le daba la razón con más fuerza que nunca, el viejo nos escuchaba desahogarnos mientras mantenía el más estricto silencio. Estricto pero elocuente. Como si no entendiera nuestra molestia tardía contra unas circunstancias que siempre le habían parecido atroces. Como asombrado ante nuestra extraña sensibilidad. O quizás no. Quizás lo que le frustraba tanto como para no querer ni mencionarlo era que, una vez acostumbrado a que Aquello hubiese destruido sus sueños, hiciera lo mismo con los nuestros.

De vez en cuando salía a caminar por el barrio con su cuerpo reducido, su bamboleo cojo de barco, y sus brazos largos y todavía sólidos pero cada vez era más fácil encontrarlo en casa, sentado, leyendo el mismo libro: la poesía completa del falso poeta rústico conocido como El Cucalambé. Fue nuestro mejor momento. Por fin teníamos tiempo que dedicarnos. Yo a preguntarle por enésima vez cómo había perdido dos falanges del dedo índice. O por recuerdos que lo alegraran a él y a mí me dieran idea de cómo era vivir en un mundo tan distinto del mío. Mundo de comida abundante y bromas medievales por el que mi abuelo se desplazaba, orondo. Mundo en que se sentía vivo de una manera que ni siquiera yo era capaz de imaginar.

*Publicado originalmente en Insularis Magazine.

martes, 13 de septiembre de 2022

Gracias Javier


De Javier Marías no mencionaré sus alabados libros, ni su exaltada prosa, ni siquiera los artículos que, enfrentado a la tontería mayoritaria de nuestro tiempo (que no por tonta es menos intimidante) publicaba semana tras otra en El País. Hablaré de un detalle que solo a mí me concierne y por eso solo yo debo dar cuenta de él.

Llevaría una semana en Madrid -acabado de salir de Cuba como de un barco en llamas- cuando ya debí haberme dado cuenta de que la posibilidad de recibir asilo político en España era bastante más difícil de lo que pensaba. Recordé entonces un artículo que había leído de Javier Marías donde hablaba de un programa de asilo para escritores creado a partir de la creación de ciertas ciudades refugios. Por supuesto que era un programa pensado para los Salman Rushdies de este mundo, para figuras más o menos conocidas quiero decir y no para principiantes cuyos únicos dos librillos al menor descuido podían escurrirse entre los cojines del sofá donde se sienta la Historia de la literatura local y ni ella misma se daría cuenta de la pérdida.

El asunto es que de alguna manera conseguí la dirección personal de Javier Marías, escribí una enfebrecida petición de ayuda y como lo único que pude conseguir habrá sido la dirección del edificio en el que vivía cerca de la glorieta de Quevedo (Vallehermoso 34, lo compruebo ahora) fui hasta allí y ya en el edificio pude averiguar el número de su apartamento. De manera que, sin pensármelo mucho porque ¿qué se piensa con detenimiento a esa edad?, introduje el sobre con mi carta por debajo de la puerta de su apartamento.

Cualquiera pudo haberme explicado en detalle de la inutilidad de gestos así. Que un escritor de la estatura y la visibilidad de Marías debía recibir cada día una abultada correspondencia de gente bastante más atendible que yo mismo con la que sus secretarios apenas podrían dar abasto y a duras penas devolver respuestas de cajón en la que si acaso la acompañaría un cuño que llevara impresa la firma del autor para darle alguna autoridad a la respuesta. Eso, en el mejor de los casos porque lo lógico es que ni siquiera el último de ellos ayudantes del escritor respondiera mi pedido. Que si alguna reacción podía provocar mi carta era una llamada a la policía para advertirle que alguien con ínfulas de escritor lo acosaba con el preocupante detalle de que conocía su lugar de residencia. El hecho es que, en esos días por no tener, no tenía siquiera nadie que me hiciese entrar en razones. Igual sobraba cualquier explicación pues yo vivía aún en una edad donde lo normal era precisamente esquivar tanto la lógica como la realidad.

Pues contra esa lógica y realidad a los pocos días recibí una respuesta del mismísimo Javier Marías. Una carta que escrita a máquina por él mismo -luego me enteraría a través de sus propias columnas que lo de los secretarios era pura invención mía, que todos sus textos los encomendaba a la artesanía de su máquina de escribir- y que los errores de la carta como las correcciones eran tan suyos como la firma que calzaba su respuesta. Me decía, en resumen, que era poco lo que me podía ayudar dado el vago llamado de auxilio que le había enviado, que tenía bastante menos poder del que le había atribuido, pero si se me ocurría alguna manera concreta en que pudiera hacerlo que se lo hiciera saber.


Hasta allí recordaba mi intercambio con el escritor acabado de fallecer y eso me bastaba para dar testimonio de su calidad humana. Nunca llegamos a vernos, pero ni hizo falta. Aquella respuesta a un perfecto desconocido -desesperado e incoherente por más señas- se fue agrandando con el tiempo. Pero incluso entonces pude comprender que aquella nota certificaba la grandeza de alguien que acometía todo en su vida, ya fueran novelas o cartas a desconocidos con el mismo nivel de compromiso y gentileza. A esa carta debo que en sus más estridentes artículos de opinión me resonara la voz tranquila y delicada de aquella carta. La de alguien a quien estamos condenados a creerle por excéntrica que nos pareciera una ética que incluía el rechazo preventivo de todo premio, incluido el codiciado Cervantes.

Esa era la opinión que tenía al menos hasta esta mañana en que, al revolver mi minúsculo archivo para buscar la carta de Marías, me encuentro, junto a esta, la respuesta de rechazo de la editorial Alfaguara a Leve historia de Cuba, libro escrito a cuatro manos con Francisco García González. (El de los rechazos editoriales en aquellos tiempos en España ocupaban una parte considerable de mi archivo de la época. De hecho, en eso consistía toda mi correspondencia con las editoriales españolas: en cartas de rechazo. Así fue hasta encontrar refugio en la lamentablemente desaparecida colección Calembé de Cádiz que me publicó mi primer libro en España cuando ya residía en Estados Unidos). Lo relevante en aquella extrañamente amable carta de rechazo es que se referían a mi libro como “la recopilación de cuentos llegados a nuestras manos a través de Javier Marías”. De haber sido aceptado aquel libro Marías se habría convertido en una suerte de padrino literario mío pero como no fue así hasta yo mismo había olvidado ese detalle.



Al parecer, luego de aquella primera carta de Marías, y ante su ofrecimiento de ayuda concreta, le habré pedido que intercediera ante una de las editoriales españolas más importantes y evidentemente lo hizo. Luego perdí contacto con el escritor. Para qué abusar -habré pensado- de alguien que había sido tan amable conmigo. Luego, en fechas más recientes, cuando leía sus artículos en donde alegremente se quejaba de los desconocidos que lo importunaban con las peticiones más inverosímiles me decía que alguna vez debía buscar aquella carta, hacerle una copia y enviársela. Agradecerle nuevamente aquel gesto que ahora entendía mucho mejor ahora, que leía sus artículos de un ser angustiado por fallarle a cualquier desconocido, por desconectado con la realidad que pareciera. Ya es demasiado tarde para agradecérselo por los medios habituales de que disponemos los que no tienen a su disposición un sistema de comunicación ultrasensorial, pero es justo en situaciones así en que uno echa de menos no haberse provisto de algún dios a quien encomendarle tales recados.

miércoles, 31 de agosto de 2022

Gracias Gorby

 



Mijaíl Gorbachov pasará a la historia entre el equívoco de haber sido un gran ingenuo o un gran visionario. La ingenuidad de creer que el comunismo era reformable o la astucia de simular que lo creía para llevar a cabo su desmontaje. A esta última versión se aferró en los últimos tiempos para esquivar la triste trascendencia de los tontos útiles. Cuesta creer, no obstante, que un régimen tan sofisticado en la detección de la disidencia fuera capaz de prohijar y llevar hasta su máximo liderazgo a quien soñaba secretamente con destruirlo.

Más creíble es la opción de la ingenuidad: pensar que un régimen incapaz de asumir la realidad en toda su extensión generara incluso entre las clases más altas un autoengaño tan completo como para no sospechar hasta qué punto su descomposición le impedía emprender con éxito cambios verdaderos y profundos. Esto nos llevaría a la conclusión -bastante saludable- que el llamado socialismo real es irreformable y solo funciona a costa de reducir la realidad a sus necesidades y no al contrario. Mientras que Gorbachov parecía convencido de que la salvación del régimen comunista estaba en la democracia política y la funcionalidad económica la realidad demostró justo lo contrario: que un régimen creado sobre el control de la sociedad por un solo partido y de toda la economía por el Estado sería incapaz de tolerar aunque fuera un poco de libertad política y de racionalidad económica sin implosionar.

Poco nos importaban aquellas disyuntivas en la asfixiante Cuba de los 80. Esperanzados por la perestroika Gorby era nuestro héroe y Novedades de Moscú -con sus denuncias de los crímenes de Stalin y hasta de Brezhniev, sus llamados inequívocos a ser más libres- era el órgano oficial de nuestra libertad recién encontrada y eso nos bastaba. También quisimos creer que el socialismo realmente existente en Cuba no era incompatible con la libertad a la que aspirábamos y la prosperidad que nos había sido esquiva hasta entonces. Y mientras los jefes de comités de bases de la Juventud Comunista decían cada vez con más fuerza que Gorby era un infiltrado de la CIA nosotros defendíamos su inocencia y con ella la nuestra. Porque lo cierto es que alguna vez creímos que aquello tenía arreglo.


Después hasta para los más ingenuos fue quedando claro que no había democratización posible dentro de los márgenes de aquel sistema y mucho menos voluntad de su dirigencia para llevarla a cabo. Cuando Gorbachov por fin visitó el país en abril de 1989 ya Novedades de Moscú llevaba meses de prohibición efectiva y todo lo que venía de la Unión Soviética -incluido el camarada secretario general del PCUS- había sido rodeado por un impenetrable cordón sanitario. Ya se le trataba con la reserva con que se le trata a un enemigo casi declarado. Ya para entonces se nos iba acabando nuestra terca ingenuidad: si el monopolio de un ramo de la industria por una sola empresa no era una buena idea, como nos decían del capitalismo, el control de toda la sociedad por el Estado -incluidos los medios de comunicación para expresarse- era bastante peor. Todo aquello que discutíamos en teoría hasta 1989 la causa número 1 bastó para llevarlo al terreno de los hechos. Después de aquellos fusilamientos ejemplares lo de menos era el pretexto del narcotráfico. Lo que quedaba claro era que el régimen era alérgico a los cambios yq que recurriría a cualquier medio para evitarlos.

Independientemente del grado de conciencia, del alcance que se proponía con sus reformas lo cierto es que Gorbachov dio inicio a uno de los cambios más positivos en la historia universal en el último siglo, y de los menos cruentos. Que esos cambios no alcanzaran a la para él lejana isla de Cuba no significa que nos fueran indiferentes. Gracias a Gorbachov, y a la confusión que generó en la ortopedia castrista el aire de cambios que soplaba desde la sacrosanta URSS, vinimos al mundo de la conciencia en medio de una libertad ridícula en otros ambientes, pero desconocida por generaciones de cubanos. Tal clima propició desde la eclosión de la llamada plástica de los 80, a la aparición de grupos como Paideia y Tercera Opción, el movimiento de humor teatral, la Semana de Cine Soviético convertida en acontecimiento subversivo, revistas como Albur o Naranja Dulce, un mínimo relajamiento en los medios que hicieron posible El Programa de Ramón o A Capella, la salida de las catacumbas de varios grupos de rock nacional, el grupo El Establo y el resto de la generación literaria conocida como "los novísimos", la generación de músicos que se forjó en la peña de 13 y 8, el rescate de muchas obras censuradas anteriormente y, entre ellas, la fundamental de Virgilio Piñera y otros muchos fenómenos que ahora no recuerdo y que se manifestaron más allá del ámbito cultural, incluyendo el estudiantil y el laboral. Cierto que tales movimientos encontraron muchísima resistencia, tanto como que sin el clima que propició la perestroika habrían sido impensables. 

Si no llegamos a ser libres como sociedad al menos muchos de nosotros pudimos experimentar el vértigo de la libertad y en adelante supimos que sin ella la vida carecía de sentido. Por la porción en todo ello que le toca, independientemente del grado de conciencia que tuviera en ello, deberíamos agradecerle a Gorby todo lo que hizo por nosotros. Sin aquellos años que Gorbachov ayudó a modelar, nuestra vida sería diferente y, considerando la idea romántica de que somos humanos en la medida en que somos libres, bastante peor.

Dos de José Luis Medina: “Ritmo sabroso” y “Máquina de amar”

Hablaba hace unos días de Alejandro Frómeta y la peña que dio origen a los proyectos que luego se conocieron como “Habana Oculta” y “Habana Abierta”. De allí también surgió ese magnífico compositor y cantante que es José Luis Medina con sus melodías sencillas pero contundentes y frases que estallan como latigazos, de esas que dan gusto repetir lo mismo en un concierto o una descarga entre amigos. Hay sin embargo un par de canciones de Medina cuyas letras no están disponibles en internet por lo que me he tomado el trabajo de transcribirlas para tenerlas siempre a mano cuando más nos hagan falta. Son estas las del irónico “Ritmo sabroso” -canción que la realidad cubana se niega a hacerla envejecer- correspondiente al disco “Habana Oculta” de 1995 y “Máquina de amar” del “Habana Abierta” de 1997. Disfrútenlos. (Si quieren escuchar algo más reciente esto es lo último Lo sé).



Ritmo sabroso

Está este ritmo sabroso
Me robaron la cartera y el carnet
Está este ritmo sabroso
Subieron las tarifas de nuevo este mes
Está este ritmo sabroso
Está la gente idiota inventando qué hacer
Está este ritmo sabroso
Violaron a una niña y no llegaba a diez

Está este ritmo sabroso
Está un suicida colgado de mi pared
Está este ritmo sabroso
Está un balsero despidiéndose otra vez
Está el poder ahogándose entre la verdad
Está la bolsa negra cerrando la llave
Está una madre llorando qué cocinar
Está un viejo borracho tirado en la calle
Está hablando en la tele quien tú sabes...

Está este ritmo sabroso
Están las putas saboreándose en el bar
Está este ritmo sabroso
Están los intocables abriéndose atrás
Está este ritmo sabroso
Esta la policía dando palo y gas
Está este ritmo sabroso
Están sembrando miedo en toda la ciudad

Está este ritmo sabroso
Aunque cierres los ojos vas a vomitar
Está este ritmo sabroso
Están pegando bajo y no quieres gritar
Está el poder ahogándose entre la verdad
Está la bolsa negra cerrando la llave
Está una madre llorando qué cocinar
Está un viejo borracho tirado en la calle
Está hablando en la tele quien tú sabes...

Mi mente conectada a la cuchara
mi cuerpo a una bala 
mi sombra a otra revolución
Mis pasos recorriendo de memoria
Ya toda la Habana
mis ojos toda la nación

Y sé que no hay nada 
nada
y sé que no hay nada
dentro ni fuera del show

Solo el poder ahogándose entre la verdad
Solo la bolsa negra cerrando la llave
Solo una madre llorando qué cocinar
Solo un viejo borracho tirado en la calle
Solo hablando en la tele quien tú sabes...



Máquina de amar

Tiraba mis papeles al suelo
gastaba mi dinero en el bar
fumaba mi cigarro en el cielo
mi polvo de reactivo en el mar
pensabas que yo era cariño
solo una máquina de amar
pensabas que yo era mi china
solo una máquina de amar
tan solo una máquina.

Rompiste con tu risa el silencio
quemaste toda la soledad
sembraste sentimientos violentos
mezclaste con tu azúcar mi sal.

Pensabas que yo era cariño
solo una máquina de amar
pensabas que yo mi china
solo una máquina de amar.

Brincaste sobre mis cables sueltos
dándole a tu cintura palante y pa atrás
mojaste de cemento mi cuerpo
chupaste en el justo lugar.
Solo una máquina de amar
pensabas que yo era mi china
solo una máquina de amar.

Brincaste sobre mis cables sueltos
dándole a tu cintura palante y pa atrás
mojaste de cemento mi cuerpo
chupaste en el justo lugar.

Solo una máquina de amar
tan solo una máquina
solo una máquina
tan solo una máquina
solo una máquina.

Tú no juegues conmigo
que yo como candela
solo una máquina
tan solo una máquina
solo una máquina.

Buchipluma na más
eres tu mulata
solo una máquina
tan solo una máquina
solo una máquina
esa cosa que me hiciste mami, me gustó
tan solo una máquina
tan solo una máquina
tan solo una máquina







viernes, 26 de agosto de 2022

Tamagotchis

 


Mi amiga los llama tamagotchis, por esos animalitos electrónicos a los que uno los tenía que alimentar y cuidar constantemente porque si no se te morían. Estuvieron de moda a finales de los 90 y principios de los 2000. Le digo que tengo alguna idea aunque nunca vi ninguno. Para ella los compatriotas que acaban de cruzar por la frontera de México son tamagotchis. Ella tiene uno en la casa, como casi todo el mundo en Miami en estos tiempos, parece, intentando mantenerlo con vida en esta nueva realidad.

Su tamagotchi come constantemente, vacía el refrigerador en minutos, me dice, pero eso no es problema. “Ya nadie en mi casa come con esas ganas y a mí hasta me alegra verlo tragándose todo con ese entusiasmo”. Lo que le hace la vida difícil a ella y al propio tamagotchi es esa mezcla de ignorancia y arrogancia que le impide aprender, entender el terreno que pisa, adaptarse a él. “Hasta simpático es” me confiesa mi amiga, pero lo que la frustra es la actitud insufrible del que viene de vuelta de todo sin enterarse de nada.

Como mismo ella hace cuando le cuento mis propias frustraciones, trato de quitarle hierro al asunto. Le recuerdo cuando ella era una tamagotchi. O yo mismo. Y la paciencia que tuvieron entonces con nosotros, con nuestra desfachatada barbarie. Me dice que el mejor consejo lo ha recibido de otro aspirante a tamagotchi que ha sabido adaptarse bastante más rápido que el otro: si aceptaste recibirlo ten paciencia para atenderlo hasta las últimas consecuencias de manera que al final te sientas bien contigo misma. Eso le da fuerzas, me dice.

Mi amiga insiste en el daño que le ha hecho el sistema cubano a nuestros compatriotas. Mientras más tiempo permanecen en la isla más desubicados se encuentran a la hora de entender el mundo exterior, de encontrar su acomodo. Traen para acá los vicios de allá y hasta las expectativas enloquecidas que genera un mundo tan desprovisto de todo. Si en restaurante falta algo anunciado en el menú de inmediato salta: “¿Pero este no es el mundo perfecto donde no falta nada?”.

Le cuento que hace poco tuve en casa durante meses mi propio tamagotchi, con la particularidad que no era cubano: nacido en Estados Unidos y criado en Europa trataba la vida a la que trataba de adaptarse con la misma arrogancia, con la misma incapacidad para entenderla que si hubiera nacido en Cuba. “Debe de ser también una cuestión generacional”, concluye mi amiga.

Mi amiga, generosísima por naturaleza, más que quejarse se desahoga, buscando paciencia y fuerzas para pasar esta prueba. Le recomiendo buena memoria, la que se necesita para recordar cuando fuimos tamagotchis. Y empatía, para entender lo difícil que nos era entender a nuestros anfitriones de antaño, lo difícil que nos es todavía. A mi amiga le preocupa sobre todo el futuro de su tamagotchi, deslumbrado por el brillo alquilado de las posesiones de algunos de sus amigos que llegaron antes, en lugar de atenerse a la vida sencilla del que se atiene a su esfuerzo al contado, un dólar sobre otro. Ese es otro problema, le digo. Bastante más complicado. Porque el que no tuvo nunca mucho adentro se apurará en echarse encima todo lo que pueda para disimular sus vacíos, su miedo a no dar pie en esta nueva realidad.

Al final colgamos sabiendo que la conversación puede dar mucho más de sí. Mi amiga, además de compartir sus angustias y delinearme un paisaje, el que deja tras sí este éxodo tan monstruoso como discreto, me he regalado una imagen que describe a toda la tribu que fuimos, que seguimos siendo: animalitos artificiales luchando por sobrevivir y, si tenemos suerte, por hacernos alguna vez reales. Tamagotchis.

lunes, 22 de agosto de 2022

Nota a nota, sin dolor

 


Vale la pena ver el documental Nota a nota sin dolor por más de un motivo. El más obvio es el de repasar la vida del músico y compositor Alejandro Frómeta, alguien a quien es difícil exagerarle sus talentos y al que los que lo hemos conocido nos sentimos inevitablemente en deuda. Fue él uno de los principales responsables de que aquella juntamenta semanal en la confluencia de las calles 13 y 8 en El Vedado empezara a tomarse a sí misma más en serio y trascendiera como lo que fue: uno de los gérmenes de la música y hasta de la cultura que vino después. Porque no se trataba solo de los que iban allí a mostrar sus creaciones sino del público que se agrandaba semana a semana atraído por esas voces distintas que le iban haciendo suyas.

El documental Notaa nota sin dolor también es necesario porque documenta como ninguno que haya visto hasta ahora el surgimiento y desarrollo de aquella generación que de no contar con tales testimonios es como si no hubiera existido nunca. En ese sentido las imágenes que comparte, milagrosamente salvadas de archivos personales, da una fe de vida de una generación que justo por su condición marginal, fue especialmente escasa en documentación gráfica. Siguiendo a su protagonista Alejandro Frómeta no solo en su actual vida en España sino de vuelta a Cuba podemos entender mejor el ambiguo legado de aquellos días: el de un grupo de músicos que le dieron un notable giro a una de las tradiciones musicales populares más relevantes del planeta -la cubana- y a los que por olvido o ignorancia no se les menciona lo suficiente. Esta generación de músicos -al que muchos creadores contemporáneos les deben muchísimo- fue, al decir de la musicóloga Elsida González Portal en el propio documental el germen de todo lo que vino después.

Esa vuelta a la raíz tan repetida en documentales similares en los últimos tiempos tienen en el caso de Nota a nota sin dolor un sentido pleno, elocuente. Frente al tono siempre cuidadoso y calmado de Frómeta al visitar la sede de la peña que les dio nombre contrasta la desfachatez de los funcionarios que no dejan al músico entrar a filmar en el interior del edificio. En lugar de sentirse honrados por su visita le cierran el paso. Por ignorar ignoran que tienen frente a sí una de las razones por las que ese rincón de la ciudad va a trascender alguna vez.

Cierto que al final del documental se resiente en algo el ritmo que había conducido la narración hasta entonces. Que se abusa de los tópicos del genio incomprendido, del triste destino del emigrado, de la lejanía sin paliativos. Como si no bastara la presencia y la palabra siempre sabia de Frómeta, la audición de su música, el impacto de sus letras. Pero ahí está ese documento en que el biografiado habla una vez más por tanto de nosotros y eso debe bastarnos.  

La Habana hambrienta de Enrique del Risco*


Por Luis Felipe Rojas 

La toma de La Habana por los hambrientos no ha ocurrido todavía. Los amos despiadados, culpables de 63 años de hambre siguen encaramados en el poder, algunos incluso han muerto sin pagar el daño. Pero no hay sepultura oficial que dure cien años ni escritor que no se resista. Por eso Enrique del Risco ha descrito en Nuestra hambre en La Habana —con precisión de relojería y en clave de humor— cada patada en el estómago que sintieron los habaneros en lo que de manera infame el totalitarismo cubano llamó Periodo Especial.

En cambio, en la región oriental, el hambre que sentimos "los palestinos" probablemente tenía, sino "cien años" al menos algunos meses de adelanto. El hambre habanera del Periodo Especial… es un eco que venía recorriendo toda la isla.

Enrisco, como se le conoce al profesor universitario y autor de una novela y algunos textos de no fiction, se ha encargado de pasar por los rayos X a la propaganda oficial cubana. No hay cifras de muertes por hambre desde que a inicios de la década de 1990 arrancara una de las peores hambrunas que haya vivido la Isla en el siglo XX. Nunca contamos los muertos a puñaladas en las colas para la cerveza, los jalones de moño que se dieron las cubanas en la larga espera por comprar diariamente el pan de la bodega, los que quedaron inválidos al ser asaltados para robarles la bicicleta o las cadenas de oro Goldfish de 10k o menos.

No creo que haya tampoco estadística exacta sobre el hambre en Rumanía.

Bitácora de la debacle

El libro fue presentado hace pocos días en el Koubek Center de Miami y si una cosa no podía hacer Enrisco era mentir. El salón estaba repleto de ex vecinos, ex condiscípulos universitarios y cubanos hambrientos de diferentes épocas y lugares a los que habría que contarles muy bien la historia del hambre para no aburrirlos. Y eso hizo, escribirlo en clave de humor.

En 1991 los hilos que tiraban desde Moscú y Berlín del último reducto de comunismo le metieron tremenda finta a su par verdeolivo en el Palacio de la Revolución. En La Habana empezó a hablarse de la Opción Cero, y cuando los mandamases dicen cero, es cero.

En el libro de Enrisco pueden verse en cámara lenta e imágenes dropadas y raídas a más no poder las bombas de gasolina repostando el maltrecho parque automotor con su última gota de combustible, los anaqueles de las tiendas vacíos, los autobuses llenándose de telaraña en los parqueaderos. La gente muriendo como en un bolero donde el marido despechado le mete una puñalada a la amante. Pero no hay cifras.

Y algunos lectores se preguntarán: "¿Bueno, y qué?", porque al fin y al cabo la biografía de la revolución cubana es la biografía del hambre desde 1959. Sin embargo, explicación de por medio, el libro está escrito para checoslovacos, si es que ese gentilicio existe, o para profesoras guatemaltecas despistadas o para turistas incautos a los que todavía les da morbo sentir el olor del derrumbe.

En clave profesoral, el escritor, quien radica en Nueva Jersey, explica que "esto" es el sistema, "Quien tú sabes" es el "Innombrable" de Fidel Castro y se segura de llamar HAMBRE al Periodo Especial.

"No la llores, enterrador"

Muchos tienen por sepulturero al que sepulta a los muertos y pocas veces se le relaciona con la exhumación. Porque a falta de estadísticas oficiales, que nadie sabe si las tendremos algún día, Enrisco se ha encargado de por lo menos marcar el día a día de la desgracia de esos tiempos con una rayita, como la única arma que guarda un prisionero en un cadalso para llevar la memoria de su condena. Lo hace escribiendo, que es como mejor puede hacerlo. Su trabajo durante un lustro en el Cementerio de Colón le ofreció la oportunidad de ver, junto al hambre que arrasaba con todo, el HAMBRE en sentido general que se llevaba casi todo a la tumba.

En esa vía su trabajo de historiador en la principal necrópolis habanera lo convirtió en un excavador, más que en un enterrador.

Un documento necesario

De los inventos del socialismo criollo, traducido para los cubanos y no cubanos que no estaban en la Isla por entonces tenemos: picadillo de soya, picadillo texturizado, ron y cerveza a granel y los camellos, esas bestias rodantes en que nos obligaron a meternos a falta de transporte público. Y pasta de oca; por cierto, ¿alguien ha vuelto a ver una oca en Cuba? El imaginario popular habla todavía de pizzas rebozadas de preservativos (condones) a falta de queso parmesano.

"En los países totalitarios (la Alemania nazi, la Unión Soviética, Cuba) la historia no se escribe sino que se rescribe constantemente", decía Cabrera Infante. Del "HAMBRE" se ha escrito más en clave de timba cubana, exabruptos del "Tosco" José Luis Cortés y su NG La Banda o el fenómeno Buen Vista Social Club que de los años del hambre atroz. La memoria es (s)electiva, ya se sabe. No se puede pedir mucho.

El hambre que trajo la zafra de los 70, la "llenura" que trajo la pacotilla de los vuelos de la Comunidad y el hastío de la Crisis de los Balseros dieron su literatura. A lo mejor por vergüenza o dolor el ahogo estomacal, político y moral, del Periodo Especial no se tenía hasta ahora un libro tan exacto.

Para describir el fascismo eterno o ur-fascismo el gran Umberto Eco apelaba, casi a gritos, a  no perder la memoria, para que el crimen no vuelva a suceder sin que al menos estemos advertidos. "Los seguidores deben sentirse humillados por la riqueza que ostentan los enemigos y por su fuerza", dice en su magnífica conferencia titulada "Contra el fascismo".

El "HAMBRE" eterna

En la Cuba subterránea, la negada a los cubanos, había "de todo". Por eso el alcohol medianamente bueno, un perfume, unos pantalones vaqueros de buena hechura, un libro reciente, un disco extranjero, eran mirados como una ostentación. El poder que humilla.

Y es que tras el hambre general descrita por Enrisco hay filigranas de la precariedad y la escasez que hablan por sí sola. Al tirar de los cables de las carencias como los zapatos nuevos, las golosinas, la falta de lugares para la intimidad, la proliferación de la chivatería, el arribismo en múltiples facetas y la falta de libertad total, aflora en ese tapiz que el régimen, todo régimen, tiende sobre la realidad más inmediata.

El trabajo de Enrisco ha sido el de desvelar un fresco oculto por una tonelada de lodo y oprobio. Sobre el hambre cubana cayó la nieve y el deshielo no llega todavía.

Entre Siempre nos quedará Madrid (Sudaquia Editores, Nueva York, 2012) y esta Nuestra hambre en La Habana no ha discurrido más que un diario puntual que Enrisco ha camuflado poniéndole subtítulos y renombrando capítulos y no con el acostumbrado fechado de los días sufridos.

Esté donde esté el hambre es una sola y ya tiene un guardagujas.


Enrique del Risco, Nuestra hambre en La Habana (Plataforma Editorial, Barcelona, España, 2022).


*Tomado de Diario de Cuba.

jueves, 18 de agosto de 2022

Repetimos: Estados Unidos no es el centro del universo



"El siglo americano” le llamaron a la segunda mitad del XX, cuando, concluida la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pasó a ser la potencia dominante en el planeta. Así tomaba el relevo del imperio inglés, en trance de disolución entonces tras el proceso de descolonización que sobrevino tras la guerra, y servía de barrera de contención del imperio soviético, también reforzado tras la guerra. Desde entonces era difícil algún rincón en el planeta en el que Estados Unidos no tuviese algún interés, alguna influencia. Los partidarios de la nueva modalidad de imperialismo que no se basaba en el establecimiento de colonias tal y como se concebían hasta entonces, alababan la influencia benéfica y la capacidad infinita de Norteamérica para transformar el mundo.

Eran los años del Plan Marshall en el marco europeo y luego, de la Alianza para el Progreso en el latinoamericano, programas que propugnaban la incesante bondad del modelo norteamericano y su capacidad para reproducirse donde quiera que llegara. A nivel de relaciones terrenales Estados Unidos pasaba a ocupar el lugar de Dios: omnipotente, ubicuo y universal propagador de virtudes democráticas.

No tardó tan idílica visión en ser contradicha por la realidad: desde el papelazo de Bahía de Cochinos hasta el cenagal interminable en que se convirtió la guerra de Vietnam pasando por el apoyo a regímenes dictatoriales en medio mundo con la justificación de detener la amenaza comunista. Aunque es difícil exagerar el peligro que representaba la expansión del comunismo para la mera existencia de la democracia en el mundo, este peligro se usó como patente de corso para cometer o justificar cualquier clase de desmanes. Si usted planeaba instaurar una dictadura y quería a Estados Unidos como patrocinador se montaba una buena amenaza comunista con la confianza firme de que sería atendido y apoyado por el Departamento de Estado. Cuando no por la CIA y el Pentágono. Nada de esto contribuyó a mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo para no hablar de la libertad de los pueblos sometidos a tales dictaduras.

El desmoronamiento del bloque comunista de Europa del Este pareció restaurar el crédito norteamericano, como si la CIA o el Departamento de Estado hubiera tenido algo que ver con la profunda disfuncionalidad de un sistema incapaz de ser reformado como el comunista. Sin embargo, luego de algunos años de entusiasmo injustificado (¿recuerdan que hasta se llegó a hablar de “el fin de la Historia”?) lo que ha predominado desde entonces es una especie de imperialismo invertido en la interpretación de la Historia. Si en algún momento se vio a Estados Unidos como reserva última de la civilización occidental o de la bondad humana, ahora ha pasado a ocupar el papel de Mefistófeles.

Escuche cualquier recuento de historia universal o local en boca de un estudiante universitario norteamericano. Parecería que le es imposible entender la dinámica de cualquier rincón del mundo sin atribuírsela a los Estados Unidos, especialmente cuando las cosas andan mal. El mismo monopolio del bien que se atribuía el país en tiempos más optimistas se ha transformado en el origen único de la maldad del universo. Da igual que se trate de golpes de Estado, guerras, genocidios, dictaduras, contaminación: todo se explica con la acción norteamericana o, en su defecto, con su inacción. No cabe espacio para más responsabilidades que las de Estados Unidos. Peor si se trata de la historia latinoamericana donde el continente es representado como un grupo de adolescentes sistemáticamente abusados por el único adulto del lugar, el gringo rubio.

No trato aquí de defender el buen nombre de Estados Unidos. No se trata de una cuestión de justicia histórica sino de un entendimiento básico de cómo funciona la realidad que debería ser, en definitiva, el objetivo de los estudios universitarios. Alcanzar cierta madurez intelectual pasaría por abandonar el ordenamiento teológico y maniqueo del mundo con el mal y el bien agrupado por zonas geográficas. De entender la realidad como un sistema complejo donde —excepto el caso de unos cuantos sicópatas— los que están en pugna no son la maldad y la bondad sino diversas concepciones del bien, ya sea para un grupo determinado o para toda la humanidad. Que el mal es, más que un objetivo en sí, el subproducto de alguna variante defectuosa del bien. Tan importante como lo anterior es concederle alguna agencia e iniciativa a las diferentes fuerzas que actúan en el mundo en lugar de ejercer el colonialismo inverso de atribuir a un único origen el funcionamiento (perverso) del mundo.

Es fácil entender el atractivo de una explicación tan simplista: aplaca los diferentes complejos de culpa (de ser norteamericano, occidental, del disfrute de privilegios con respecto al resto de la humanidad) al tiempo que evita gastar mucho tiempo en entender cómo funciona el planeta. Culpar a Estados Unidos de cada desastre universal, además de ahorrar tiempo y neuronas, le ofrece una coherencia al universo digna de las religiones monoteístas solo que en este caso la coherencia no se construye a partir de un dios como fuente única del bien sino del demonio norteamericano.

De ser así, la solución de los problemas de este mundo estarían a la vuelta de la esquina. Bastaría con colaborar de maneras directas o indirectas en la extinción de Estados Unidos para solucionar todos los problemas de la humanidad. Si se trata de pensar radicalmente, ¿por qué no buscar soluciones igualmente radicales? Solo que antes de empezar a arreglar el mundo imaginemos la historia universal de los últimos doscientos cincuenta años sin la existencia de Estados Unidos y respondámonos honestamente: sin su existencia ¿estaríamos mejor que ahora?

Con esta reflexión no intento exculpar al país en que vivimos de los muchísimos errores que ha cometido a lo largo de su historia y de las tremendas responsabilidades para con el resto del planeta en el presente y el futuro. No obstante, exagerarlos terminaría por enajenarnos de su comprensión más cabal de la realidad que es —nunca está de más recordarlo— el objetivo primero de las universidades. Entendamos además que a medida que el mundo se complejiza y más actores entren en la palestra, la importancia política y económica de este país se irá reduciendo. No así la importancia cultural y social porque a la larga, tanto en sus mayores frivolidades como en sus más abarcadores reclamos, el mundo se va volviendo más norteamericano. Para bien y para mal.

miércoles, 17 de agosto de 2022

El nombre de la cosa*


Una cuestión de principios

“Revolución Cubana” ha sido por mucho tiempo el nombre más aceptado del régimen instaurado en 1959 no solo entre sus partidarios sino incluso entre muchos que intentan juzgarla con cierta objetividad. Sus adversarios son menos unánimes al respecto: van desde el antropónimo “castrismo” al compuesto “castro-comunismo” pasando por los conceptos genéricos de comunismo, dictadura, estado totalitario, etc. A los partidarios del término “Revolución Cubana” no se les oculta que el propio concepto tiene fecha de caducidad: por laxo que sea nuestro concepto de revolución resulta difícil sostener que esta dure veinte años, para no hablar de sesenta y tres.

Una de las cuestiones que parece desvelar a los estudiosos es determinar el momento en que la Revolución Cubana dejó de serlo. O sea, cuándo dejó de comportarse como una revolución. Eso nos trae a debatir qué definición manejar: si la de revolución como cambios que terminan cristalizando en una constitución política o la de la sustitución de un sistema, mandatario o régimen por otro. De acuerdo a si se insiste en el lado legal o en el socio-político se definiría entonces el cierre de la revolución en 1976, con la aprobación de la constitución de ese año o, en 1968 con la llamada Ofensiva Revolucionaria y la eliminación de la pequeña empresa privada o, incluso, en 1961, con la proclamación oficial del carácter socialista de la Revolución. Sin embargo, ni siquiera este carácter socialista de la economía parecería ser definitorio en el caso cubano. Teniendo en cuenta la entusiasta rapacidad con que la cúpula del poder ha asumido su capitalismo hotelero desde la década de los noventa, el socialismo parece más bien un cascarón dentro del que el régimen va mutando para mantenerse con vida.

En cuanto a la ideología, esta se ha demostrado incapaz de definir el régimen cubano si se tiene en cuenta que también ha mutado de acuerdo a las circunstancias: del nacionalismo de los inicios al comunismo inmediatamente posterior para retomar el nacionalismo a la caída del comunismo en Europa del Este y adscribirse al Socialismo del Siglo XXI enarbolado por su aliada Venezuela. La ideología parece así más mimetismo camaleónico que esencia del sistema.

Habrá incluso el impertinente que recuerde a Condorcet cuando escribió que “La palabra ‘revolucionario’ puede aplicarse únicamente a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad”, para afirmar que la famosa revolución nunca lo fue sino más bien resultó un amago de cambio social que degeneró muy pronto en mera tiranía. Y lo cierto es que incluso desde sus entusiastas inicios cada vez que los líderes de la revolución se vieron en la disyuntiva entre permitirles mayor margen de libertad a los cubanos y extender su poder optaron por lo segundo sin dudarlo. En cualquier caso, haya concluido la revolución en 1959, 1961, 1968 o 1976 esta constituiría una parte insignificante de los sesenta y tres años que el régimen lleva controlando los destinos del país. Antes de establecer cuándo el régimen cubano dejó de ser revolucionario tendría más provecho definir cuándo empezó a ser tiránico.

La mala palabra

“Somos continuidad” es el mantra del actual presidente de gobierno cubano. Tanta insistencia resulta sospechosa. No debería serlo. Díaz Canel es, después de todo, bastante más castrista que los fundadores del régimen que ahora aparenta dirigir. Bastante más ortodoxo al menos. Y tiene sentido: con su falta de talento político, de carisma, de personalidad y de carácter no se puede permitir improvisaciones, heterodoxias. No puede acudir ni a las crisis provocadas del primero de los Castro ni a las salidas de tono del segundo. Por su parte ni el uno ni el otro insistieron demasiado en la cuestión de la continuidad: les bastaba con la garantía del apellido —y con su antiyankismo oral— para darle una aparente cohesión al régimen en medio de sus continuos cambios ideológicos, políticos o de alianzas. No debe olvidarse que la revolución fue declaradamente humanista, nacionalista y anticomunista en un principio, comunista más tarde con ramalazos de martianismo o chavismo en las últimas décadas. O que el régimen fue prosoviético a inicios de los sesenta, antisoviético en los meses posteriores a la Crisis de los Misiles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita” fue la consigna oficiosa ante la retirada de los misiles por los soviéticos) y prosoviético de nuevo hasta más allá de la desaparición de la Unión Soviética. Ese régimen del que Díaz Canel proclama ser continuidad pasó de prochino a mediados de los sesenta, a ferozmente antichino en los setenta y ochenta para hacer las paces con el régimen de Beijing a partir del derrumbe de la Unión Soviética; de ser ostentosamente católico en los inicios para ser ferozmente ateo más tarde y aliarse a cuanto culto le ofrezca su apoyo desde hace décadas. De enemigo público número uno de Pinochet a aliado secreto de la junta militar argentina frente a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU o el Movimiento de Países No Alineados. Si en algo ha dado muestras de continuidad ha sido en su talento para las metamorfosis.

No obstante, pese a los cambios, el régimen ha conservado cierto aire de familia. Y no me refiero a la continuidad del apellido en el poder o, en su defecto, en su veneración. Si debe aislarse lo que le da origen y sentido al régimen cubano, lo que lo identifica en todo momento y a la vez le ha permitido persistir en su ser es su condición totalitaria. Ya sé. Totalitarismo es una palabra que no debiera mencionarse en un cónclave serio. Es, nos dicen, un invento de la Guerra Fría, si no directamente de la CIA, para calumniar lo que por otro lado se llamaba con resignación “socialismo real”, vaciarlo de ideología y equipararlo al fascismo y el nazismo, contaminando el ilusionante socialismo con la fama inhumana de los otros. Convirtiendo “comunismo” en sinónimo de campo de concentración.

Lo cierto es que los campos de concentración, con todo lo terribles que han sido, representaron solo una pequeña parte de la experiencia totalitaria. La mayor parte de los ciudadanos de los estados totalitarios nunca pisó un campo de concentración (a excepción de la Kampuchea de Pol Pot claro). Si acaso lo conocían como un rumor y eso bastaba. A los campos de concentración iban a parar los subproductos, los desechos de la sociedad totalitaria, ya fuera para deshacerse de ella o para reciclarla, si es que el régimen, además, tenía temperamento ecológico. Pero los campos de concentración no alcanzan a explicar el totalitarismo como mismo los basureros no alcanzan a explicar el funcionamiento de una ciudad moderna, por muy útiles que les resulten a los arqueólogos del futuro.

Por más que nos tiente asimilarlo al concepto clásico de tiranía el totalitarismo es bastante más que un régimen de poder absoluto, más o menos ilegítimo, más o menos arbitrario. El totalitarismo es una civilización. No se trata solo de un régimen político o económico: es una cultura en la más amplia acepción de la palabra. Una cultura que podrá resultarnos pobre, contrahecha y chapucera pero cultura al fin y al cabo. El totalitarismo crea un mundo material insuficiente y feo, es cierto, pero entrañable si se observa a distancia y encima se encarga de incidir en todos los aspectos de la socialidad y hasta de la intimidad. La cultura totalitaria sobrevive incluso a la desaparición del poder político que la originó como explica Svetlana Alexievich en El fin del homo sovieticus. Y, como demuestra el caso ruso, puede reencarnar con posterioridad en un nuevo régimen autoritario por pura fuerza de la costumbre y la añoranza.

Una de las críticas más insistentes al concepto de totalitarismo es que la vida real bajo los regímenes así etiquetados era mucho más compleja de lo que sugieren las caricaturas cinematográficas de la Guerra Fría o las pizarras humanas de Corea del Norte. Un argumento que, pretendiendo ser sutil, es tan absurdo como demostrar la inexistencia del capitalismo arguyendo que este es mucho más complejo que lo que sugieren las escenas de la fábrica en Tiempos modernos de Chaplin. Cierto que el totalitarismo nunca alcanzó a imponer en la sociedad el control que pretendía, pero también es cierto que su control es mucho más extendido que el de cualquier autoritarismo que lo precedió y eso, aunque no esté a la altura de sus expectativas resulta perfectamente funcional para los que ejercen el poder.  

Un poco de historia

Si dejamos de ver el castrismo como asunto ideológico, si renunciamos a regalarle esa coartada, nos evitaremos debates teológicos al estilo de si Fidel Castro ya era comunista en 1959 —algo que en esos días negó más de tres veces y luego lo afirmó muchas más— o si fue una ideología adquirida con posterioridad. Más pertinente sería preguntarse por ejemplo si en aquellos inicios ya él y el régimen que propugnaba tenía inclinaciones totalitarias o si, de lo contrario, fue arrastrado al totalitarismo por las presiones norteamericanas. Sobre este último punto muchos estudiosos, tan atentos en otros casos a lo que tuviera que decir el fundador del régimen, prefieren desoírlo. Insisten en que el comunismo y la alianza con la Unión Soviética fue más una reacción a la agresividad norteamericana que parte de su proyecto original. Si en algo concordamos tales estudiosos y yo es que a Fidel Castro no se le puede creer todo lo que dijo, pero pienso que al menos deberíamos creerle lo que dijo a pesar de sí mismo.  

No existe mejor cuaderno de bitácora del castrismo que los discursos que pronunciara su fundador entre el primero de enero de 1959 y el 26 de julio de 2006. Son éstos registro minucioso de sus proyectos, intenciones, rabias momentáneas y rencores a largo plazo. Si estas alocuciones podían ser opacas para su público inmediato que ignoraba mucha de la información que él se guardaba para sí, con la perspectiva que dan los años los discursos de Fidel Castro resultan casi transparentes. La distancia y el conocimiento nos ayudarán a distinguir las declaraciones tácticas de las convicciones profundas. De manera que, para determinar si su régimen tenía una clara vocación totalitaria desde el inicio o si fue una construcción accidental causada por las presiones externas convendría visitar aquellas eufóricas semanas que siguieron a la fuga de Batista, el que quizás fuera el momento de mayor regocijo y consenso colectivos en la historia de la nación.


Una mirada superficial, estadística, a aquellos discursos nos haría pensar en un proyecto profundamente democrático, libertario casi hasta la ingenuidad. Pero a Fidel Castro se le ha acusado casi de cualquier cosa menos de ingenuo y yo no seré el primero en hacerlo. Hago constar no obstante que en las primeras cinco semanas —más allá de las entrevistas y alocuciones televisivas más o menos informales— Fidel Castro pronunció 15 discursos oficiales, prácticamente uno cada dos días, y en ellos repitió la palabra “libertad” 187 veces, lo que equivale a más de doce por alocución. En un principio sus declaraciones en favor de la libertad no pudieron ser más diáfanas. El mismo primero de enero promete que se “decretará el restablecimiento de las garantías y la absoluta libertad de prensa y todos los derechos individuales en el país” y que…

Habrá libertad absoluta porque para eso se ha hecho la Revolución; libertad incluso para nuestros enemigos; libertad para que nos critiquen y nos ataquen a nosotros; que siempre será un placer saber que nos combaten con la libertad que hemos ayudado a conquistar para todos. Nunca nos ofenderemos, siempre nos defenderemos y seguiremos solo una norma: la norma del respeto al derecho y a los pensamientos de los demás[1].

Pero apenas dos semanas después, el 15 de enero, Castro empezaba a encontrarle inconvenientes a tanta libertad. En un discurso ante el Club Rotario de La Habana responde a los que critican los fusilamientos de miembros del antiguo régimen.

¿Qué nos dicen? ¿Que sometamos a los tribunales ordinarios a los criminales de guerra? ¿Y qué tribunales ordinarios hay en Cuba? ¡Si la dictadura no dejó tribunales de ninguna clase! ¿O es que los vamos a llevar […] a todos aquellos tribunales que eran cómplices de la dictadura en general, salvando las excepciones honrosas? […] Si se quieren escoger jueces capacitados y escogerlos por oposición, como deben escogerse, pues nos estamos cinco meses, seis, hasta terminar y tener un poder judicial. ¿Y vamos a esperar eso para juzgar a esos señores?[2]  

En el mismo discurso se molesta hasta con que hayan difundido ciertas declaraciones suyas: “Y yo creo que esa noticia no se debió haber divulgado”. Insiste en que hay “libertad, la pueden divulgar, los que lo hicieron tienen garantizado todo y si quieren una escolta para que los cuiden allí, se la pongo, porque esa es libertad [sic]; pero, honradamente, si se quiere ayudar a la Revolución, es peligroso dar este tipo de noticia”.

Ya el 21 de enero, ante el aumento de las críticas por los fusilamientos afirma —con una tendencia al exceso que pronto se hará habitual— que “hay en Cuba un respeto a los derechos humanos como no lo hay en ninguna parte del mundo”. A seguidas, para legitimar los fusilamientos, somete la cuestión al arbitrio de la multitud que lo escucha.

Imaginad, señores periodistas de todo el continente, señores representantes diplomáticos acreditados en Cuba, imaginad un inmenso jurado, imaginad un jurado de un millón de hombres y mujeres de todas las clases sociales, de todas las creencias religiosas, de todas las ideas políticas, que yo le voy a hacer una pregunta a este jurado, yo le voy a hacer una pregunta al pueblo. Los que están de acuerdo con la justicia que se está aplicando, los que están de acuerdo con que los esbirros sean fusilados, que levanten la mano. (LA MULTITUD LEVANTA LA MANO UNANIMEMENTE.) Señores representantes del Cuerpo Diplomático, señores periodistas de todo el continente: ¡El jurado de un millón de cubanos de todas las ideas y de todas las clases sociales, ha votado![3] 

Un discurso esclarecedor

Más sintomático es el discurso que dirige el 6 de febrero a los trabajadores de la sucursal cubana de la inglesa Shell. A menos de un mes de su entrada triunfal en La Habana, cuando todavía no es miembro oficial del gobierno (en diez días será nombrado primer ministro) esbozará la lógica que sigue su régimen hasta el día de hoy. Mientras rechaza la condición de dictador se presenta como intérprete del “sentimiento mayoritario del país”. Se vanagloria de que la cubana “es la única revolución en el mundo que se está haciendo con un respaldo del 95% del pueblo” y al mismo tiempo acusa a sus críticos de forzar a la revolución a convertirse en dictadura porque “si a nosotros como gobernantes nos quitan la opinión pública, no nos quedaría otra alternativa que usar la fuerza para llevar adelante la Revolución o renunciar”. No obstante, descartados —nominalmente— el uso de la fuerza o la renuncia solo queda plegarse unánimemente a esa voluntad popular que él dice encarnar.

En ese discurso Fidel Castro usa como pretexto una caricatura publicada en una popular revista para convertir cualquier crítica o sátira no solo en ofensa personal sino en ataque a la revolución y por tanto al pueblo cubano: “Los ataques contra la Revolución van contra el pueblo, los ataques contra nosotros van contra el pueblo, porque nosotros aquí no representamos otro interés que el interés del pueblo”. Más de dos años antes de las famosas “Palabras a los intelectuales” Fidel Castro ya expone su lógica totalitaria: si los dirigentes de la revolución encarnan la voluntad popular, toda crítica o burla hacia estos es traición al pueblo, al que no le quedará otro remedio que alinear su opinión con la de su líder so pena de traicionarse a sí mismo. En medio de tal unanimidad hablar y escribir se convierten en actos potencialmente criminales:

Hay muchos que hablan por hablar y escriben por escribir. Hay muchos Otto Meruelos, muchos Díaz-Balart que, bajo la capa de un idealismo que no sienten, bajo la capa de una honradez que no practican, bajo la capa de una lógica que jamás han aplicado a su conducta, hoy parece como si se empeñaran en destruir los valores que la Revolución ha creado; en destruir la fuerza más poderosa con que la Revolución cuenta, que es la fe del pueblo; en destruir la fuerza más poderosa con que la nación cuenta, que es su opinión pública[4].

Más adelante, refiriéndose a caricaturistas que lo han aludido en sus sátiras, añade: “yo no creo que nuestros artistas sean tan poco revolucionarios, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño al pueblo, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño a la Revolución, sembrando la intriga y sembrando la insidia contra la Revolución”. No significa esto que estén prohibidas las bromas. El poder mismo se permite bromear. Como cuando el propio Castro dice acatar el poder judicial: “Si un tribunal diera la orden de soltar a Sosa Blanco, yo me ajustaría al mismo principio, no desacataría la orden del tribunal.  Ahora sí, pediría que fusilaran al tribunal”. Siniestra como suena bastará un mes para que la broma se trueque en realidad más macabra aún: molesto ante la absolución de un grupo de pilotos por su actuación en la guerra, Castro anula el juicio, manda a repetirlo y, ante tamaña arbitrariedad, Félix Pena, comandante del Ejército Rebelde y presidente del tribunal, se suicida. 

El discurso del 6 de febrero de 1959 es significativo no solo por lo que puedan significar esas tempranas señales de autoritarismo. Téngase en cuenta también que en aquellos días el líder de la revolución rechazaba todo vínculo con el comunismo en lo ideológico o con el socialismo en lo económico. De hecho, el objetivo principal de dicho discurso era convencer a los trabajadores de la Shell de que el gobierno no debía nacionalizar dicha empresa ya que “sería en este momento una medida antitáctica”. Esa y otras medidas deberían ser aplicadas en “una etapa posterior”.



Aunque a la larga le resultara imprescindible el orden totalitario, Fidel Castro no tuvo que esperar por las concreciones ideológicas o económicas del socialismo. De momento le bastaba el fervor. El totalitarismo se nos muestra así como estado de fervor multitudinario donde la masa vibra en la misma frecuencia que su líder a quien le basta con la palabra para aplastar cualquier opinión incómoda. Más que la censura tradicional —que a Fidel Castro parece repugnarle— opta por el boicot o, como llamaríamos en lenguaje contemporáneo, la cancelación. De ahí que con respecto a los caricaturistas incómodos recomiende que “el pueblo se encargue de saber y de discernir quiénes son aquellos a los que no debe leer […], lo que tiene que hacer el pueblo es no leerlos”[5].

Visto así, el totalitarismo se manifiesta como una gigantesca escenificación teatral de la voluntad del líder o del partido. Lejos de ser una sociedad controlada en los más pequeños detalles conforme a una ideología de estado debe verse como el resultado grotesco de la representación de esa pretensión. Allí la sociedad actúa como si apoyara unánimemente las opiniones o decisiones del líder o más bien como si esas opiniones y decisiones no fueran más que la asunción telepática de los deseos más profundos del pueblo.

El totalitarismo debe entenderse en cierto sentido como una gran simulación: el pueblo simula que su voluntad se ve expresada al detalle en las ideas y acciones del partido y el líder junto al pueblo simulan a cada instante volver a aquel estado originario de la revolución en que parecían vibrar exactamente en la misma frecuencia. Una simulación que —espoleada por el aparato político-represivo del régimen— a fuerza de ser repetida ya no pueda distinguirse de las conductas auténticas. Una simulación que está diseñada no solo para encausar —o doblegar— la voluntad del pueblo sino para facilitar el autoconvencimiento de dirigentes y pueblo. De otra manera no se entendería tanta insistencia en realizar actos masivos, votaciones con un único candidato, referendos sin opciones reales. O explica la insistencia a través de los años en aparentar que quien ejecuta la represión de los disidentes es el pueblo por iniciativa propia como ocurre en los famosos “actos de repudio”.  

Un mundo nuevo 

Una lectura atenta de aquellos primeros discursos nos deja claro que pese a la repetición de la palabra libertad, no era “el poder de actuar, hablar o pensar sin traba o restricción” lo que tenía Fidel Castro en mente cuando la invocaba. O la libertad solo le parecía aceptable cuando se aplicara a sí mismo —o a los demás en la medida en que coincidieran con él— lo que viene a ser una definición bastante literal de tiranía. De las medidas que tomara Fidel Castro desde los mismos inicios de la revolución tampoco cabe hacerse ilusiones sobre sus propósitos originales. Y no hablo de medidas estrictamente represivas. En aquellos inicios populistas cada vez que entraban en conflicto la libertad y el control siempre se optó por el control, incluso en las medidas más populares como la Ley de Reforma Agraria, la Ley de Reforma Urbana, las expropiaciones a las grandes compañías, la campaña de alfabetización, etc.

La reforma agraria, lejos de convertir a la masa de campesinos pobres en propietarios de tierras, convirtió al Estado en el único latifundista del país con más del 70% del terreno cultivable. Otro tanto ocurrió con las expropiaciones de casas y negocios, incluso antes de que el régimen se planteara seriamente instaurar una economía socialista: tras cada una de aquellas medidas era el Estado y no los ciudadanos el que salía reforzado. Aún la más aplaudida de aquellas medidas iniciales, la campaña de alfabetización, estuvo concebida desde un inicio como una gigantesca operación de inteligencia y control ideológico más que de superación educativa: desde la cartilla altamente politizada que empleaban los alfabetizadores a la carta a Fidel que debían escribir los alfabetizados como testimonio de su aprendizaje para no hablar del amplio uso de los alfabetizadores como informantes en zonas rurales atestadas de guerrillas anticastristas.

Por otra parte, los congresos obreros y las elecciones estudiantiles que se realizaron en esos primeros años terminaron sometiendo ambos al mandato directo del régimen. Igual pasó con la creación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y el ICAIC. Otro tanto ocurrió con las luchas por la igualdad de mujeres y afrocubanos a los que Fidel se refirió en el discurso a los obreros de la Shell como “sectores discriminados”. La creación de la Federación de Mujeres Cubanas en 1960 no solo sirvió para agrupar las más de mil organizaciones femeninas y feministas existentes bajo el control del régimen, sino para excluir cualquier otra organización que aspirara a desarrollarse en paralelo. Bajo el pretexto de que el racismo había sido abolido por la revolución, las sociedades negras fueron disueltas y no fueron reemplazadas por ningún tipo de representación de la comunidad afrocubana.    

El régimen cubano surgido a partir de 1959 se tomó en serio la tarea de crear una sociedad nueva y para ello la vía más rápida y económica que encontró fue el reciclaje. Una de las formas más socorridas fue renombrando todo lo que encontró a su paso, desde escuelas, hospitales, fábricas, calles y plazas, hasta instituciones, organizaciones, municipios y provincias completas, de manera que las nuevas generaciones crecieran bajo la impresión de que prácticamente todo lo que los rodeaba había sido obra del nuevo régimen. Pero el cambio de nombres no siempre fue suficiente. Con el cambio de propiedad de manos particulares a las del Estado vino la refuncionalización de muchos de los movimientos, organizaciones e instituciones preexistentes. Un caso emblemático por su alcance posterior fue la reconversión de la Casa Continental de la Cultura —fundada en 1953— en la afamada Casa de las Américas, con larga y fecunda trayectoria en la proyección del régimen cubano en el continente.

En lo que sí cambió de manera profunda la sociedad cubana fue en cómo el régimen político e ideológico invadió la vida del país en todos los niveles y posibilidades: se hablaba de una cultura revolucionaria, un deporte revolucionario, una moral socialista y hasta de una caballerosidad proletaria. El antiguo calendario de fiestas y celebraciones nacionales fue reformulado completamente. A las intemporales aspiraciones humanas de crear, innovar, destacarse entre sus iguales y ayudar al prójimo se les dio nuevo sentido a través del sustantivo “revolución” y el adjetivo “revolucionario”, pero todavía se fue más eficaz en la canalización y aprovechamiento de los peores instintos individuales y colectivos. La creación del hombre nuevo no era mero alarde guevarista: el sistema educativo, los medios de difusión masiva y las organizaciones políticas se propusieron como objetivo no solo que las nuevas generaciones fueran educadas en función de los intereses del régimen, sino que no entraran en contacto con nada que contradijera la “moral socialista” y la “concepción dialéctico-materialista del mundo”. Que no lo lograran por completo no significa que no consiguieran distorsionar de manera notable la capacidad de dichas generaciones para analizar críticamente la realidad en que crecían.

Pese a todas estas restricciones el régimen cubano otorgó a sus súbditos una amplia libertad a la hora de vigilar, inmiscuirse y controlar la vida de los demás. La persecución, primero contra los asociados a la dictadura recién derrocada, luego contra los llamados contrarrevolucionarios y restos de la burguesía, y más tarde contra los religiosos, homosexuales y los aquejados de “conductas extravagantes”, “diversionismo ideológico” o “penetración cultural”, daba carta blanca a quien quisiera inmiscuirse en la conducta política, los intercambios económicos, las preferencias espirituales, sexuales, culturales, los gustos musicales o la vestimenta de cada cual. Esta combinación de disrupción social seguida de control y ortodoxia, sometimiento y conservadurismo extremos, es lo que en Cuba ha terminado respondiendo al nombre de “Revolución”. “Revolución” es, junto a la figura totémica de Fidel Castro, lo que le ha dado cohesión a un régimen político cambiante, una economía desquiciada, una ideología rígida y al mismo tiempo acomodaticia y una sociedad disfuncional. Llamar así al proceso iniciado en 1959 no solo contribuye a conservar su destartalada aureola, sino que fracasa en comprender su dinámica.

Que no es lo mismo, pero es igual

De aceptar el término “totalitarismo” para describir el régimen cubano queda preguntarse si ahora, a la altura de 2022, continúa siendo aplicable. Si el abandono de una economía socialista por una mixta, de la ideología comunista por un batiburrillo fascistoide que se dice de inspiración marxista y martiana ameritaría el término “totalitario”. Si en la medida en que una mayor porción de la población se desentiende del Estado como empleador y proveedor no puede hablarse de un sistema distinto al que imperó en los primeros treinta años. O incluso si un hecho como las protestas masivas que sacudieron toda la isla en julio de 2021 no es la demostración más fehaciente del fin de la hipnosis totalitaria del régimen sobre la población.

Los cambios ocurridos a partir de la disolución del bloque soviético y la adopción de un régimen de emergencia que pronto se hizo más o menos permanente obliga a replantearse incluso el concepto de totalitarismo. En parte porque el Estado ya no ejerce el control que ejercía antes sobre la población ni como proveedor de servicios subvencionados, ni de empleos, y ni siquiera como vigilante y represor. En parte porque la construcción de una nueva sociedad ha sido desplazada del centro del discurso oficial para dar lugar a la conservación de las supuestas conquistas ya alcanzadas. También cabría preguntarse si es compatible el ascenso del trabajo por cuenta propia y la existencia de una creciente sociedad civil con la propia idea de totalitarismo.

Prefiero no arriesgar una respuesta definitiva, pero vale la pena recordar que el totalitarismo nazi, el fascista o el franquista, no solo supieron convivir con la economía de mercado sino que incluso se propusieron como su salvaguarda frente a la socialización comunista y la monopolización capitalista. Pero si es cierto que la sociedad civil no solo da señales de vida, sino que se muestra reacia a renunciar a los espacios alcanzados en las últimas décadas, también lo es que el régimen se resiste a renunciar a sus simulacros de obediencia absoluta. La reacción del régimen a las protestas del año pasado es sintomática. En lugar de buscar algún tipo de contemporarización o pacto con los que protestaban, no solo apeló a la movilización forzosa para aplastar las protestas, sino que está aplicando condenas a los cientos de detenidos, desproporcionadas incluso para la propia idea de legalidad del régimen. Frente a una sociedad que se resiste a reducirse a los viejos moldes totalitarios, el régimen apela a ellos una vez más: mientras impone condenas monstruosas a los que protestaron actúa como si nada hubiera ocurrido.

Poco importa que al final el consenso que consiga el régimen sea más o menos simulado. Si lo logra imponer durante suficiente tiempo valdrá tanto como si fuera auténtico. De cualquier manera, los reflejos totalitarios han sido el sostén del régimen durante demasiado tiempo como para que ahora se atrevan a intentar otra cosa. Y por mucho que haya cambiado la sociedad cubana en los últimos treinta años —o cambie en el futuro— el régimen seguirá refiriéndose a sí mismo como “revolucionario” y “socialista” por la misma razón por la que insiste en utilizar métodos totalitarios para sostenerse: si hasta ahora les ha funcionado, ¿para qué cambiar?


[1] Castro Ruz, Fidel (1959): Discurso del 1 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f010159e.html

[2] Castro Ruz, Fidel (1959): Discurso del 15 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f150159e.html

[3] Castro Ruz, Fidel (1959). Discurso del 21 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f210159e.html

[4] Castro Ruz, Fidel (1959). Discurso del 6 de febrero de 1959. En línea: https://es.wikisource.org/wiki/Discurso_pronunciado_en_la_Empresa_Petrolera_Shell,_el_6_de_febrero_de_1959

[5] Ídem (1959).


*Tomado de In-cubadora.