viernes, 23 de octubre de 2020

Guerra civil fría


 Fue en el 2018. Nada más llegar a Barcelona el viejo amigo que me recibió tenía todos los síntomas del tormento interior. Entre tantos temas posibles solo podía hablar de Aquello. Ese Aquello era en este caso el independentismo catalán y la fractura que se había creado en toda la sociedad a raíz de su última eclosión. Mi amigo no era especialmente antiindependentista pero -decía- a partir de determinado momento ya se había hecho casi imposible celebrar reuniones familiares, cenas entre amigos, fiestas, conversaciones civilizadas. Aquello tenía la capacidad de rajar la sociedad de lado a lado y colarse en cada conversación como si en realidad fuera el único tema posible por mucho esfuerzo que se hiciera en esquivarlo. Yo trataba de consolar a mi amigo como mejor podía, tratando de comparar la crispación norteamericana de los últimos tiempos con la catalana pero, debía reconocerlo, todavía no habíamos alcanzado esos extremos.

Ahora acá ya hemos llegado a ese punto. O casi. (Soy un tipo optimista. Todo el que me conoce lo sabe.) El punto en que todas las conversaciones conducen a la misma. Esa que nos pone a gritar con las venas hinchadas a la menor contradicción. La urgencia del tema, su gravedad, nos obliga a dejar a un lado las buenas maneras, frustrados ante lo evidente que debería resultar aquello que defendemos. Como si las formas sobraran. Como si no fueran precisamente ellas las que nos permiten convivir pese a nuestras interminables diferencias, esas que tan bien simplifica el Tema del momento. Como si de nuestra incivilidad actual se pudiera sacar algo bueno. Y nos insultamos como si no hubiera mañana en el que responder a los insultos que soltamos hoy como quien se disculpa de una mala borrachera. Como si para vivir nos bastara con nosotros mismos, con nuestros cómplices más cercanos, con nuestra secta. Quizás -pensamos- mañana todo se resolverá a nuestro favor y no habrá necesidad de responder por nada. (Nos engañamos, por supuesto: la vida nunca le ha dado toda la razón a nadie). Pero en pos de aquella victoria definitiva olvidamos precisamente lo que hace el mundo habitable que no es otra cosa que la capacidad de convivir pese a nuestras minuciosas asimetrías.
No busquemos a los culpables de esta situación. Son demasiado obvios: los culpables siempre son los otros. Pensemos en la vida como es. No se acabará en dos semanas, pero tampoco será eterna. Nuestra capacidad de equivocarnos podrá ser infinita pero no nuestra existencia, una existencia que deberíamos emplear del mejor modo posible. Y recordarnos siempre la limitadísima capacidad que tenemos para mejorar el mundo y, en cambio, nuestro inagotable talento para joderlo.

jueves, 22 de octubre de 2020

La suerte de Archer Milton Huntington

Hay quien nace con suerte, hay quien se la busca y hay a quien la madre sale a buscársela. Ese último fue el caso de Archer Milton Huntington. Su madre fue Catherine Arabella Duval Yarrington, nacida en 1850 o en 1852 en Virginia o Alabama, según el momento del día en que le preguntaran. Acabándose la guerra civil en que el Norte derrotó al Sur, Arabella, todavía adolescente, se mudó al Norte, a Nueva York. A ver si mejoraba la suerte. Para cuando nació Archer (1870), su madre vivía con un tal John Archer Worsham, jugador de cartas profesional, casado y con hijos y del que no cabía esperar mucho aparte de disgustos. Pero al mismo tiempo que Arabella compartía apartamento con el jugador de cartas, salía con el potentado ferrocarrilero Collis Potter Huntington. Collis llamaba “sobrina” a Arabella quien a su vez lo llamaba si necesitaba algo.

Archer nació cerca de Galveston, Texas, a donde Arabella fue a pasar los últimos meses de embarazo, lejos del apostador, de su “tío” y de los chismes que circulaban sobre ellos. Ya para entonces la policía había tenido la delicadeza de encerrar a John Archer Worsham y Arabella pudo estrechar aún más sus relaciones con tío Collis. Tan estrechas eran estas que Arabella terminó cuidando de la esposa del tío. Esta finalmente murió en 1883 y al año siguiente el desconsolado viudo se casó con su “sobrina” Arabella 29 o 31 años más joven que él.

A Archer la suerte le mejoró al punto que su antiguo tío lo adoptó como hijo. Pretendía que al llegar a la mayoría de edad Archer manejara sus negocios ferrocarrileros. Para algo, incluso antes de casarse con su madre, lo había enviado a las mejores escuelas privadas del país y pagado viajes a Europa. Pero cuando el muchacho tuvo edad suficiente para encargarse de los negocios ya había sido contagiado fatalmente con el virus de la cultura hispana. En parte por oír hablar español a los peones mexicanos de la finca de una tía en Texas y en parte por leer libros sobre un país misterioso, donde los gitanos practicaban el canibalismo y robaban niños, aunque no necesariamente para comérselos. De tal manera se enamoró de tan peculiar cultura que Archer contrató una profesora de español. A los 19 años, Archer viajó a México junto a mamá Arabella y tío/papá Collis y hasta cenó con el mismísimo Porfirio Díaz, quien ya andaba por su cuarto mandato presidencial (de un total de siete). Ya para entonces su español debió ser lo bastante fluido como para poder comentarle a Porfirio lo picante que estaba la comida.

No mucho después, y sin relación con la cena anterior, el tío-padre-adoptivo-posiblemente- biológico de Archer le dijo que era hora de que asumiera sus negocios en los astilleros de Newport. Archer le confesó que lo suyo no era hacer dinero sino gastarlo en obras de arte y viajes a Europa y el sueño de su vida era crear un museo dedicado a la cultura española. Collis debió acoger el proyecto de su hijastro biológico si no con entusiasmo al menos con resignación. Si su nueva esposa insistía en ser una de las coleccionistas de arte más importantes del país que Archer quisiera fundar un museo no debió sorprenderlo.

Archer, que nunca fue a la universidad, sino que prefería estudiar lo que le apetecía, prosiguió con sus planes de dedicarle un museo a la cultura española. Un día, al visitar el Museo de Historia Natural en compañía de su padre le contó sus planes al presidente de la institución, Morris Ketchum Jesup. A Ketchum le pareció ridículo que alguien perdiera su tiempo con una civilización “muerta y desaparecida” pero fue tal el ímpetu y los conocimientos con que Archer defendió su proyecto que su padre reconoció que era mejor que siguiera adelante con este (y de paso se mantuviera alejado de sus ferrocarriles y astilleros). 

[Continuará]

lunes, 21 de septiembre de 2020

Todo es bueno

 


Autor: Pedro Lorenzo

Texto original de 1992, corregido y aumentado en 2020, porque, como dijera Julio Iglesias: La Vida Sigue Igual… y lo sabes…






Todo es bueno.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

El enemigo acecha.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

El enemigo acecha buscando un resquicio.

Una brecha

Todo es bueno.

El enemigo no es bueno, claro está.

El enemigo es malo.

Maaaalo.

Hablo de nosotros, de lo nuestro.

El enemigo es malo.

Nosotros somos buenos.

Somos un bloque.

Somos un bloque monolítico.                                       

Somos un bloque monolítico contra el que se ha estrellado, se estrella y se estrellará el enemigo.

El malvado enemigo.

Con su garra asesina, su lengua traidora y su oreja peluda.                                  

Todo es bueno.

Aunque pensándolo bien, todo, absolutamente todo lo nuestro no es todo lo absolutamente bueno que debiera ser.

Y todo lo del enemigo…

¡No, por el amor de Dios ©, qué estoy diciendo!

© Fundado en 1994, todos los derechos a hablar en Su Nombre reservados por el CC del PCC y el Gobierno de la República de Cuba.

¡Todo lo del enemigo es malo!

¡Todo lo del enemigo es malo!

Y todo lo nuestro es bueno.

Bastante bueno.

Suficientemente bueno.

No tan bueno como desearíamos, pero, bueno, aceptablemente bueno.

Tan bueno como ha sido humanamente posible.

Aunque todo es perfectible.

Todo excepto Corea del Norte y El Jardín del Edén, pero a saber cuál de los dos estará más lejos.

Así que vamos a ver cómo lo hacemos.

Como enfrentamos esta batalla.

Este reto.

Me encanta esa palabra.

Reto.

Reeeeeeto… eeeto …eto…

Me encanta.

El reto de decir que algo de lo que ya es bueno puede aún ser más bueno sin que el enemigo se ponga contento.

Sin hacerle el juego al enemigo.

Con su garra traidora, su lengua asesina y su oreja peluda.

Se me ocurre, se me ocurre… decir que no vivo en una sociedad perfecta.

Muy bien, suena bien, cualquier día de estos va y hasta música le pongo…

Pero si no vivo en una sociedad perfecta, entonces tengo imperfecciones.

Mencionemos una imperfección.

Una solita.

Shhhh… que se entera el enemigo.

¡Eh, y qué! Si no vivo en una sociedad perfecta… que se entere, eh…

El enemigo, como siempre, tan imperfecto…

Allá va una… las guaguas, como ustedes saben, no son perfectas, pero se trabaja en esa dirección con la ayuda del Gigante Asiático, que es como se le llama ahora para no confundirse con la China aquella de Mao y los gorriones…

Allá va otra: La cadena puerto-transporte-economía interna tampoco es perfecta, pero ya se van dando pasos en ese sentido… sin pausa, pero sin prisa y con la ayuda de Rusia, que es como se le dice ahora para no confundirla con la Ex – Unión Soviética de Yeltsin, ni con la URSS de Lenin-Stalin- Jrushchov – Brézhnev – Andrópov – Chernenko – Gromyko – y el de la manchita en la calva cuyo nombre no debe mencionarse.

 Y allá les va la tercera: Lamentablemente, El Hombre del Siglo XXI no nos quedó tan bueno como esperábamos, pero dejen que vean como nos va quedando el del Siglo XXII… y La Mujer, claro, que las redes sociales están que cortan…

Y ya, que el enemigo se va a poner contento.

Y si se pone contento es porque piensa que encontró su resquicio.

Su brecha.

Ese tantico así que jamás debe dársele al enemigo.

Y se van a pensar los que me escuchan que soy un francotirador, que sea lo que sea que signifique, por los contextos y los tonos en que se dice no parece ser nada bueno.

Y eso no es bueno.

Porque el enemigo es el malo, no yo.

Yo soy bueno, se los juro que yo soy bueno.

Me puedo haber dejado llevar por mi celo de combatir al enemigo, pero se los juro que soy bueno.

Y me autocritico y esto no es autocensura porque la censura no existe, mi amor.

El enemigo es el malo.

Con su garra traidora, su lengua peluda y su oreja asesina.

Y les vuelvo a pedir disculpas, porque yo soy bueno.

Y lo nuestro es bueno.

Todo lo nuestro es bueno.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

FIN

viernes, 18 de septiembre de 2020

Castrocomunismo: una mala palabra


Aunque la conocida anécdota del califa Omar al justificar la quema de la biblioteca de Alejandría (arguyendo que si sus libros contradecían el Corán eran blasfemos y si lo confirmaban eran innecesarios) parece ser falsa su lógica se mantiene impecable. La misma lógica que podría aplicarse al concepto “castrocomunismo”, tan alegremente utilizada por el exilio y la disidencia: si el castrismo es idéntico al comunismo sería un concepto a evitar por redundante; si no lo es debería ser evitado por impreciso y falso. Soy de los que se decanta por lo segundo. O sea, de los que piensa que el castrismo y el comunismo no son fenómenos idénticos entre sí. El comunismo, con todo y su perversidad intrínseca, (la que emana de justificar cualquier crimen en nombre del bien de la humanidad) es una ideología bien definida, con una clara concepción de sus objetivos (la eliminación de la propiedad privada y la creación de una sociedad sin clases) y sus medios (la lucha de clases) y con un repertorio de enemistades concretas: el capitalismo, la burguesía, la nación y la religión (al punto que el giro nacionalista de Stalin en los años treinta se percibió por muchos teóricos marxistas como una traición a sus principios originales).

El castrismo en cambio, que fue comunista cuando le convino, renunció a cada uno de los principios y objetivos del comunismo cuando lo creyó necesario. A lo que nunca ha renunciado es a ejercer el poder absoluto sobre la sociedad cubana y a reducir a esta a ser una sombra de lo que podría ser con tal de mantenerla bajo su control. La ideología del régimen cubano pasó de ser comunista, anticapitalista, internacionalista y atea entre 1961 y 1990 a mutar en un capitalismo militarizado de estado con una ideología ferozmente nacionalista auxiliado por los sectores religiosos más dóciles.

De esta manera el ejercito se ha convertido en el mayor capitalista del pais, sus dirigentes han devenido en buena parte buena prósperos empresarios -o le han encargado sdicha a tarea a parientes cercanos- y la “ayuda” que el régimen exportaba a mayor gloria del comunismo mundial (léase el Buró Político del PCUS) en nombre del “internacionalismo proletario” ahora se traduce en pura transacción de dinero por servicios prestados. Y lo mismo una representante de la familia real se erige en representante de la Virgen de la Caridad en la tierra que los periódicos oficialistas anuncian las predicciones anuales de babalaos no menos oficialistas con mayor énfasis que con el que informan sobre los plenos nacionales del Partido Comunista.

Luego está la cuestión estética. “Castrocomunismo” es una palabra fea, una fealdad que tanto puede provenir de su falsedad como de lo feo que suena. Y, para rematar, su uso denota menos una realidad que el énfasis excesivo de quien la emplea, ese énfasis que asociamos con los fanáticos o los farsantes. Conozco a muchos de los que lo usan que no son lo uno ni lo otro pero podrían preguntarse si la frustración o la inercia no han terminado por decidir lo que su razón desaprobaría. Luego está el asunto elemental de la comunicación. Porque más que designar una realidad el término "castrocomunismo" parecería definir la actitud en quien lo emplea. Una mala palabra, en fin, en sentido elemental que deben tener todas las palabras que es ayudar a comunicarnos.

jueves, 17 de septiembre de 2020

Entrevista*

 El escritor Enrique del Risco responde las cuatro preguntas esenciales de nuestra página. Una manera práctica de profundizar, con el creador, en su obra y sus experiencias:

Cuéntenos sobre sus inicios en la literatura. ¿Qué le impulsó a escribir y cuáles fueron sus primeros textos?

El espíritu de competencia, el ego, supongo. Eso fue lo que me haría escribir unos poemas horrendos para un concurso escolar con los que de alguna manera llegué a nivel provincial. Allí terminó mi carrera de poeta, con la suerte añadida que de aquello no queda rastro. Ningún manuscrito. Nada. Al mismo tiempo, o quizás antes, empecé a escribir sátiras, algo que considero mi verdadero inicio como escritor. Lo primero que recuerdo es una sátira de aquella escuela donde estudiaba que se llamaba “Galileo y el masarreal” y otra en la que Gregorio Samsa se despertaba en aquel internado. Tampoco de aquello quedó rastro escrito, pero al menos mantuve la actitud. Al llegar a la universidad seguí escribiendo pero no empecé a publicar hasta un par de años después. Mi primer texto publicado —ya con el seudónimo de Enrisco— fue humorístico. Allí me burlaba de la tendencia de los oradores locales a usar el plural para disimular su ego. El principal modelo que conocía de ese tipo de orador era Fidel Castro pero tuve el cuidado de no mencionarlo. Todavía no había cumplido 20 años y no es nada que me avergüence en especial. Para cuando se extinguieron todas aquellas publicaciones donde aparecían mis textos, en pleno Período Especial, ya sabía que no podía parar de escribir, publicara o no.

Defina o mencione brevemente, por favor, aquello que los lectores descubrirán, o conocerán, a través de sus libros.

Iba a decir “la necesidad de darle sentido a la realidad y lo ridículo que resulta intentarlo” pero eso más bien suena como definición de toda literatura. La literatura es como una religión —por aquello de la aspiración al sentido absoluto de las cosas— que secretamente se burla de tales pretensiones. Al menos en mi obra esas son las dos fuerzas que siempre han estado en tensión: la búsqueda de sentido y la burla de esa misma pretensión. Ya se trate de la historia cubana (Leve Historia de CubaElogio de la levedad), la Cuba actual (Pérdida y recuperación de la inocenciaEl Comandante ya tiene quien le escribaEnrisco para presidente) o la emigración (¿Qué pensarán de nosotros en Japón?Siempre nos quedará MadridTurcos en la niebla). Más que enseñarle algo a los lectores les recuerdo lo mismo que le han dicho los humoristas de todas las épocas: que no hay nada que no luzca ridículo visto a suficiente distancia.

Mencione tres autores o libros que considere fundamentales o que le hayan inspirado o influido durante su trayectoria creativa.

Cometería una traición si no comenzara con los autores que llenaron mi infancia: Jules Vernes, Emilio Salgari y los narradores que crearon las historias maravillosas de Las mil y una noches. O el Decamerón de Boccaccio, que se desarrolla justo en medio de una de las peores pandemias que asoló Europa pero que se lee como el libro más divertido del mundo. O con Arreola o Monterroso con su compromiso con la belleza, la inteligencia y la concisión. Todos esos autores me impactaron desde muy temprano. O el polaco Slawomir Mrozek, que con El elefante me enseñó muy temprano que el comunismo funcionaba igual de mal en todas partes. O Mark Twain, Bulgakov, Platonov, Nadiezhna Mandelstam, Orwell, Brodsky, Faulkner, Piñera, Vonnegut. O Cervantes y su Quijote, ese libro infinito. Me pides traicionar a demasiada gente. Mejor te respondo con los libros que metí en el maletín cuando salí de Cuba sospechando que me marchaba para siempre: una antología de Borges, otra de cuentos de Kafka y el poemario El encanto perdido de la fidelidad, de Emilio García Montiel. Supongo que los veía como libros mágicos llenos de claves que me iban a servir para toda la vida. El hecho es que a cada rato vuelvo a ellos con el mismo fervor de siempre.

A partir de las nuevas teorías cuánticas según las cuales la esencia del universo no es la materia ni la energía, sino la información, ¿estamos a punto de descubrir que la vida es literatura?

Como dije antes, el truco de la literatura es hablar de todo lo humano y lo divino sin, en el fondo, tomarse demasiado en serio. Intentar las mismas operaciones que la magia, la religión o la ciencia —interrogar el universo, extraerle sentido— pero como si fuera un juego. Un juego lleno de intuiciones pero que no pierde de vista sus limitaciones, su fragilidad. Eso lo entendieron Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes (si no metí El Quijote en aquel maletín fue porque ya lo había leído), Dostoievski, Pessoa o Kundera. Dejemos que la ciencia descubra lo que quiera que la literatura, si quiere seguir siendo ese juego maravilloso, mantendrá esa relación íntima y a la vez distante, irónica, con la vida. Para la literatura, como para los humanos, es mejor no andarse creyendo lo que no es.


*Aparecida en Puente a la Vista

sábado, 12 de septiembre de 2020

Mis diez películas cubanas*

 
Primera aclaración: el cine cubano no es el ICAIC. De hecho, el ICAIC muy pocas veces se permitió ser cine y, además, cubano. La mayor parte del tiempo se la pasaba haciendo pura propaganda con gracejo local incorporado. No era que la Cuba en la que vivíamos estuviera ausente del celuloide producido por el ICAIC, sino que tampoco aquella Cuba que se inventaba era especialmente atractiva, excepto para alguien cuya edad mental no rebasara la adolescencia.

El ICAIC, por otra parte, creó una sintaxis, una manera de decir excepcionalmente afectada, que a muchos cineastas cubanos les sigue pareciendo inevitable. Y encima, a pesar de producir apenas tres o cuatro películas al año, el ICAIC se daba el lujo de ser autorreferencial, como si fuera Hollywood. (Viví un ratico en el monstruo y creo saber de lo que hablo. Estuve a punto de hacer mi modesta contribución a aquella fábrica de lugares comunes, pero afortunadamente me fui a tiempo y el ICAIC me hizo el favor de negarme el crédito por lo poco que hice.)

Todo eso para explicar por qué en mi lista hay tan pocas películas engendradas en cautiverio. Por otra parte, reconozco una limitación propia: luego de tantos chascos dejé de ver cine cubano durante años y seguramente me perdí más de una película valiosa. Sin embargo, películas como Conducta me han devuelto algo de fe en el cine nacional. Al punto, incluso, de revisitar los clásicos venerados para comprobar que muchos han envejecido muy mal (Un ejemplo: Lucía, sobre todo los dos primeros cuentos. Un día de noviembre, con todo y lo fallida que es, me resultó más interesante). O llevarme la sorpresa de que la gracia de La muerte de un burócrata sigue intacta.

Lo que haré entonces es reunir películas de las que tenga un recuerdo fresco y homogéneamente feliz. Películas a las que no haya nada que perdonarles, quiero decir. No está Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea porque la última vez que la vi le sobraban unos cuantos minutos –los más “experimentales”– que parecían un pegote en medio de una historia bien contada. Ni La última cena o Los sobrevivientes del propio Titón, o De cierta manera de Sara Gómez, o Plaff El elefante y la bicicleta, ambas de Juan Carlos Tabío, cuyos recuerdos están demasiado alejados en el tiempo como para compararlos con justicia con otros más cercanos.

Incluyo, en cambio, un par de películas rodadas por directores extranjeros que consiguen atrapar Cuba con una precisión y una agudeza que les falta a casi todos los directores locales. Y de no estar limitado a diez me habría gustado incluir algunas otras como El ojo del canario de Fernando Pérez que, pese a lo irregular de las actuaciones, parece dar con las claves del más grande de entre los cubanos: inteligencia y sensibilidad en medio de la opresión familiar, incluso antes de sufrir la opresión política.

Juan de los Muertos que se anuncia –faltando a la verdad o ¿qué cosa es PM?– como la primera película independiente del cine cubano cuando en realidad reproduce muchos de los manierismos del ICAIC, pero al mismo tiempo es una comedia mucho más eficaz de lo que cabría esperarse con tales presupuestos. Seres extravagantes de Manuel Zayas, sin dudas, es una gran candidata para formar parte de la lista, como lo es Persona de Eliecer Jiménez o Rumba clave, blen blen blen de Arístides Falcón, pero no quiero que mi cercanía personal a sus realizadores enturbie mi juicio.

Esta es, en fin, más que la lista del mejor cine cubano, una selección de películas sobre esa materia huidiza que es Cuba, que he visto con placer y, en algunos casos, estremecimiento, y que recomendaría sin la menor reserva o pudor. El orden no es de preferencias sino cronológico.

–La muerte de un burócrata (1966, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

La volví a ver empezando la cuarentena. Maravillosa. La Revolución, principio activo del absurdo que genera su comicidad, está allí como Dios en el mundo: en todas partes y en ninguna. Pero a diferencia de Él, no sale bien parada.

–El súper (1979, dir. León Ichaso & Orlando Jiménez Leal)

La mejor película de ficción hecha en el exilio. Sobre el exilio. Escrita a partir de una exitosa obra teatral del dramaturgo Iván Acosta. Su fórmula: una buena historia con personajes sólidos, actuaciones creíbles, mucha humanidad, cero panfleto.

Conducta impropia (1984, dir. Néstor Almendros & Orlando Jiménez Leal)

Esta indagación sobre la homofobia de Estado en Cuba estremeció el cine cubano, de manera poco visible, subterránea, pero el estremecimiento no ha dejado de generar respuestas: desde Fresa y chocolate hasta Seres extravagantes Santa y Andrés.

–Vampiros en La Habana (1985, dir. Juan Padrón)

Rescató para mi generación una gracia republicana que se creía perdida y contiene la mayor cantidad de frases memorables que puedan caber en una película. En ese sentido, el de la acumulación de frases memorables, es nuestra Casablanca. La he vuelto a ver hace poco. Sigue viva.

–Nadie escuchaba (1987, dir. Néstor Almendros & Jorge Ulla)

Lo que podría ser un panfleto en toda regla (y con toda justificación, tratándose de las violaciones a los derechos humanos en Cuba) es uno de los documentos más humanos que pueda engendrar el horror. Y con mucha contención. Almendros comentó que cuando sus entrevistados empezaban a llorar dejaba de filmarlos. No puede verse sin que algo cambie en uno.

Utopía (2004, dir. Arturo Infante)

Apenas trece minutos le bastaron a Infante para resumir la idea aún vigente de la cultura en Cuba: una tenue capa de instrucción artística que no consigue cubrir la barbarie subyacente. Pocas veces se ha dicho tanto con tan poco.

–Habana: arte nuevo de hacer ruinas (2006, dir. Florian Borchmeyer)

Rompió (al menos para mí) el maleficio que hacía inapresable la realidad de la isla para los extranjeros. El alemán, ayudado por el verbo de Antonio José Ponte, ensarta cuatro historias como quien pesca un país.

–Efecto dominó (2010, dir. Gabriel Gauchet)

Una breve obra maestra sobre la violencia cubana desde sus expresiones más cotidianas e invisibles hasta las más brutales, que la mirada de Gauchet supo conectar sin esfuerzo aparente. Con actuación magistral de Alina Rodríguez, acompañada de los infaltables Enrique Molina y Luis Alberto García.

–Conducta (2014, dir. Ernesto Daranas)

Humana, tremendamente humana, en su conmovedora sencillez. Vehículo mayor de la inmensa actriz Alina Rodríguez que tan poco cine llegó a hacer. Para mí el mejor largometraje cubano de ficción en lo que va de siglo.

–Santa y Andrés (2016, dir. Carlos Lechuga)

Suerte de spin off de una escena del documental Seres extravagantes: esa en que el poeta Delfín Prats es detenido por la policía en su humildísima residencia en plena filmación del documental. Santa y Andrés convierte a Prats en Andrés y cuenta una historia similar a Fresa y chocolate –la de cómo un país de vigilados y vigilantes, víctimas y verdugos, puede humanizarse a muy pequeña escala–, pero sin la ñoñería ni la falsedad de esta.

*Publicado originalmente en Rialta Magazine.

martes, 25 de agosto de 2020

José Juan Tablada, viajar vivo o muerto*

 


A José Juan Tablada, poeta, periodista y diplomático mexicano nacido en Coyoacán en 1871 le encantaba viajar. Cuando en 1900 viajó a Japón se emocionó tanto como si lo hubiera descubierto él solo: escribió crónicas, poesía y al regresar a México se hizo construir una casa japonesa. Con París otro tanto: allí viajaban los artistas latinoamericanos -antes de que se llenara de turistas chinos y Notre Dame se quedara sin techo- en busca de cultura, esa cosa que existía antes de que apareciera internet. París le inspiró a Tablada otro libro de crónicas aunque de regreso a México no se hizo construir una torre Eiffel en el patio de su casa japonesa.

A Nueva York vino por una cuestión de apuestas. En el juego de la política quiero decir. Al inicio de la Revolución Mexicana Tablada apostó contra el presidente Francisco Madero -en la forma de sátiras y críticas- y ganó. Por Knockout: un golpe de estado que el general Victoriano Huerta le dio a Madero. Y encima lo mató. Luego Huerta mandó a buscar a Tablada a París para que le echara la mano en la siempre ardua tarea de justificar una dictadura.

Esa segunda apuesta le salió mal al poeta: en 1914 cayó Huerta, Venustiano Carranza llegó al poder y Tablada tuvo que escapar de México: no paró hasta llegar a Nueva York. Allí le tomó el gusto a la ciudad aunque no debía irle muy bien: dos años después su esposa, Evangelina Sierra le pedía a Carranza que perdonara al marido. Y como nunca está de más alguien con buena ortografía dispuesto a alabarte, Carranza lo perdonó.

En 1918 Carranza nombró a Tablada secretario del Servicio Exterior y este pasó por Caracas y Bogotá. En 1920 se trasladó a Quito pero renunció al puesto “a causa de la altura de esta capital”. También acababan de matar a Carranza, el presidente, un detalle que suele poner nerviosos a los diplomáticos.

    Como ya Tablada había probado lo bien que se vive frente al mar, en Manhattan, vino y en 1921 abrió la Librería de los Latinos en el 118 East 28th Street. No sabemos cómo le fue con esta empresa pero seguramente bastante peor que con un bar clandestino, el negocio más floreciente de la época. Deberían prohibirse los libros a ver si florecen las librerías clandestinas. Además de atender la librería Tablada no dejó de escribir para diferentes publicaciones. Parece que de eso dependía su sistema respiratorio, además del digestivo. Escribió de casi cualquier cosa: de arte mexicano, de cine norteamericano, de la agonizante vida nocturna neoyorquina en medio de la Ley Seca y hasta de “la cuarta dimensión y el hiperespacio” cualquier cosa que eso quiera decir.

    Más importante aún: en aquellos tiempos lejanísimos en los que se discriminaba a los mexicanos en Estados Unidos Tablada salió a defenderlos. Cuando aquello vivían en “Texas, 450,000; Nuevo México, 220,000; Arizona, 100,000; California, 250,000”. O sea, la cantidad de mexicanos que ahora asistirían a una eliminatoria de la CONCACAF entre México y Estados Unidos en Los Ángeles si el estadio tuviera capacidad suficiente.

    No pocas crónicas dedicó Tablada a describir la vida de los mexicanos pobres que huían de la inestabilidad provocada por la revolución. También propuso que las revoluciones solo se celebraran en países alternos para si fracasaban tener a dónde escapar. Bueno, es mentira que Tablada propusiera eso pero no me negarán que es una idea muy práctica.

    En 1935 Tablada regresó a México. Pero a mediados de 1945 volvió a Nueva York como siempre había soñado: con el cargo de vicecónsul, sin preocupaciones económicas y sin miedo a otra Ley Seca. Una lástima, porque apenas pudo disfrutarlo: murió en esta ciudad el 2 de agosto de ese año. No obstante, sus restos viajaron a su patria al año siguiente. Por aquello de “México lindo y querido, si muero lejos de ti…”


    *Publicado en Nuestra Voz

    Orbitando


    Les comparto este podcast del escritor Tomás Castellanos Núñez, artífice de La Juntamenta, luminoso proyecto cultural de cubanos de New Jersey adentro, y tipo formidable desde cualquier punto de vista. No es perfecto y una de esa imperfecciones lo hizo invitarme a su segunda edición de Orbitando donde hablamos hasta de cosas que nunca me había preguntado a mí mismo, que es la parte más interesante de cualquier entrevista.