miércoles, 22 de junio de 2016

Visiones de poder


Fascinado concluyo la lectura de las casi cuatrocientas páginas de “Visions of Power in Cuba. Revolution, Redemption and Resistance, 1959-1971” (2012), libro de la historiadora cubano-americana Lillian Guerra. Fascinado por la frescura y profundidad que el material y los datos que reune el libro aporta a la comprensión de lo que fueron los primeros doce años de ese complejo proceso conocido como la Revolución Cubana. Más fascinado aun al comprobar que buena parte del material que este libro examina y que tan revelador resulta procede no de los impermeables archivos de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado sino de sitios más al alcance del común de los historiadores –que no de los mortales- como puede ser la Colección Cubana de la Biblioteca Nacional: aparecen allí los rastros de campañas políticas y proyectos económicos (¿o son uno los dos?) ya olvidados; raptos de romanticismo revolucionario individuales y colectivos apropiadamente seguidos de defenestraciones públicas o secretas; la sucesión de discursos ideológicos y moralistas basados en principios ineludibles e innegociables que luego serán cambiados de acuerdo a las circunstancias; y sobre todo el lento, minucioso e indetenible proceso de expansión del poder castrista sobre la vida cubana, (la política pero también la cotidiana). Y eso lo consigue tanto a partir del análisis de la misma prensa gubernamental y los discursos de las principales figuras de la jerarquía de poder como de publicaciones humorísticas, de cartas privadas, de material fílmico de distinta procedencia y de entrevistas y anécdotas personales.
Emerge de este estudio una rica y compleja imagen del establecimiento del aparato de poder que hasta el día de hoy le ha permitido conservar a los hermanos Castro un control bastante cercano a lo absoluto sobre el país sin destruir del todo la ilusión –sobre todo en los años que analiza este estudio- de que el sistema no solo respondía a los intereses del pueblo sino que hasta era controlado por este. A través del variopinto material que estudia este libro se puede dibujar sin demasiado esfuerzo un modus operandi que no obstante su apariencia arbitraria y caótica respondía y satisfacía una necesidad sistemática de acaparamiento de poder.
En este sentido no menos fascinante resulta que la autora de “Visions of Power in Cuba” pese a la riqueza del material recuperado, de sus amplias posibilidades interpretativas no consiga apartarse de los viejos discursos que han intentado explicar la realidad cubana de las últimas seis décadas. Me refiero, por supuesto, a los moldes narrativos que conciben dicho proceso como la instauración de un estado totalitario policial o la de un proyecto emancipador de tal o más cual tendencia ideológica. La autora escoge una variante del segundo esquema narrativo, la del proyecto emancipador fallido bastante afín a lo que muchos participantes originales dieron en llamar la “revolución traicionada”. Sin embargo más que de revolución traicionada se trata -según las conclusiones de Guerra- de una revolución que no supo o quiso aprovechar lo suficiente las posibilidades subversivas y liberadoras que ofrecía el formidable instrumento de la movilización popular. 
Es una lástima que tras tan inteligente y laboriosa acumulación de material la autora renuncie a una construcción narrativa más sutil y novedosa como ese mismo material sugiere. Una trama histórica que ese mismo material que nos propone Guerra vuelve obsoleta, inoperante. Ni el modelo de un totalitarismo cuyo factor esencial para su instauración y conservación sería la violencia de Estado (tal y como lo definiría Hanna Arendt) ni una revolución nacionalista espontánea y popular alcanzan para explicar la realidad histórica que tan bien expresa el material reunido por el libro. De la información aportada por el libro emergería la imagen de un sistema que sin dejar de ser violento y represivo -o enarbolar moldes ideológicos más o menos dogmáticos- encuentra su mayor fuente de energía y su material más duradero en su capacidad movilizativa, en sus arranques moralistas y la articulación de su acción caótica y arbitraria en un discurso trascendente con no poca coherencia narrativa y atractivo popular. Y en su capacidad de provocar y aprovechar para sí cíclicos raptos de euforia colectiva. En ese sentido Guerra cae en la trampa de comparar la realidad con los objetivos declarados del discurso oficial, gesto que la lleva a abusar del adverbio “ironically”. Como si el “fallo” de la Revolución hubiera sido no ser más leal a su palabra. Si en cambio la autora observase la escasa distancia existente entre la violenta voluntad de poder que subyace en el discurso oficial y la realidad resultante podría ver que más que tratarse de un proyecto emancipador fallido nos hallamos ante un proyecto totalitario populista altamente exitoso. Eso sí, siempre que entendamos el totalitarismo de una manera más compleja a como se expresa en la propaganda norcoreana o en los dibujos animados del "The Wall" de Alan Parker y Roger Waters.
De modo que lo que la autora define como “grassroots dictatorship” podría verse como un sistema de cesiones temporales de capacidad represiva a grupos y organizaciones de masas para desembarazarse de personalidades o grupos que interfieren en la construcción de un estado totalitario. (No es difícil seguir la lógica del sistema: la alta y media burguesía es usada para desplazar al poder batistiano primero y a la presencia norteamericana luego, la clase media para desplazar a la alta, las clases más populares para mantener a raya a la clase media, el PSP para desplazar a ciertos sectores del 26 de Julio, el Directorio Revolucionario para dinamitar a las ORI (discurso del 13 de marzo de 1962) y amedrentar al PSP (Caso "Marquitos"), la primera redacción de El Caimán Barbudo para destruir a Ediciones El Puente y así hasta el infinito.)  
No obstante y pese al cúmulo de evidencias aportadas por ella misma, Guerra intenta ver eventos como las movilizaciones populares de 1959 o la Ofensiva Revolucionaria de 1968 (por poner dos ejemplos que aborda el libro en detalle) como expresión de una dictadura del pueblo y no como reproducciones de los métodos típicos del totalitarismo populista del siglo XX desde Mussolini a Mao. De alguna manera Guerra confunde los esfuerzos del poder instaurado en Cuba desde el 59 por aprovechar el entusiasmo o la frustración popular en su favor y darle un aire espontáneo y popular a sus políticas de control social con el empoderamiento de la sociedad cubana. Llegado el momento Guerra incluso confunde la concesión del “derecho a denunciar” por parte de las organizaciones de masas o de individuos como práctica de empoderamiento social.
Lo más revelador de “Visions of Power in Cuba” es que pese a la narrativa elegida por la autora todo el material acumulado apunta a un proyecto de máxima concentración de poder en manos de la más alta dirigencia revolucionaria desde los primeros meses de 1959. Y no solo de concentración de poder político que es lo que suelen señalar otras historias sino de poder económico, social, cultural y simbólico a un nivel inédito en el continente. En este sentido y pese a sus propias conclusiones Guerra aporta evidencias más que suficientes de que dicho proceso de concentración de poder comenzó a realizarse prácticamente con el mismo triunfo de la Revolución de 1959, en momentos en que la dirigencia revolucionaria contaba con un apoyo popular casi unánime. Cuando todavía no podían invocarse la amenaza de agresiones internas o externas para justificarlas y mucho antes, por supuesto, que se adoptara oficialmente una ideología definida marxista –leninista. Y que cada vez que el régimen tuvo que decidir entre control y emancipación optó por el control.
La importancia de los hallazgos de “Visions of Power in Cuba” sospecho que rebasen con largueza el ámbito cubano. Atenuar el peso de factores como la ideología o la influencia externa ya fuera de los Estados Unidos o la Unión Soviética nos permite comprender mejor la dinámica interna de regímenes que podrían definirse –de acuerdo con el acento que se ponga en uno u otro factor- como totalitarismos con vocación populista o populismos con vocación totalitaria. Una dinámica que al mismo tiempo que pretende recuperar o reforzar la soberanía popular de hecho desplaza dicha soberanía hacia entes como la Revolución, el Estado, el Partido, la Nación o la Patria en nombre de los cuales una élite ejerce un poder cada vez más ilimitado. Y ese proceso de pérdida progresiva de soberanía popular se da en el caso cubano –como demuestra abundantemente el libro de Guerra- desde el inicio de la Revolución cuyo supuesto sentido primigenio era la recuperación de dicha soberanía. Una lectura interesada y actual de convertiría este libro en una fábula sobre cómo los derechos individuales tantas veces despreciados en nombre de razones mayores más que impedimento a la soberanía popular son justo lo opuesto: son base esencial de dicha soberanía, los árboles sin los que el bosque no es más que mera y vacía abstracción.   

domingo, 12 de junio de 2016

El silencio y la muerte

Reniego por naturaleza de las teorías conspirativas pero –más allá de mis inclinaciones- a veces las circunstancias insisten en darles la razón. Como en el caso del extraño incidente en el que el escritor Héctor Zumbado fue golpeado sufriendo con ello secuelas que afectaron severamente su capacidad de comunicación verbal y lo apartaron por completo de la escritura hasta su reciente muerte. Desde aquel febrero de 1990 en que sufriera lesiones de las que nunca se recuperó del todo muchos achacaron el origen del ataque al gobierno cubano, teoría que persiste hasta hoy.
La teoría tomaba como base los pocos hechos comprobados de un incidente oscurísimo por otra parte: un individuo -que luego resultó ser el escritor Héctor Zumbado- fue encontrado inconsciente por miembros de la PNR en las inmediaciones del Círculo Camilo Cienfuegos quienes lo llevaron al hospital Calixto García. Llamaba la atención que la policía no procediera a identificar el sujeto (a pesar que llevaba consigo el carnet de identidad) ni levantara acta sobre lo sucedido o intentara comunicarse con los familiares. Así fue que Zumbado estuvo horas en la sala de emergencias sin ser atendido hasta que un doctor lo identificó y se encargó del caso salvándole la vida. Luego se comprobaría, al revisar sus pertenencias que al escritor no le habían robado nada descartando el robo como motivo del ataque. Esto y la falta de señales de pelea hicieron pensar a muchos que el motivo era silenciar una de las voces más inconformistas dentro de los medios oficiales.
En contra de la teoría estaba el hecho de que Zumbado incluso siendo uno de los escritores menos complacientes con el establishment distaba de ser considerado como un disidente o que en aquellos días para acallar a un escritor no era necesario golpearlo: bastaba con cerrársele todo acceso a la prensa y las editoriales nacionales. Puedo añadir que cuando Zumbado hubo recuperado en algo sus capacidades comunicativas le pregunté sobre los hechos de aquella noche y -como me temía- este no recordaba nada.
Transcurridos 26 años desde aquel terrible y oscuro incidente llama la atención que ni en páginas oficiales ni en la prensa del gobierno se haga la más mínima mención a aquellos hechos que sacaron de circulación al más fino y punzante crítico de la cotidianidad cubana de aquellos días. Como si 26 años de silencio forzoso fueran poca cosa. Como si no fuese necesario explicar ese vacío inmenso que aparece en sus biografías oficiales. (Tanta es la falta de información que incluso en medios del exilio mencionan un "accidente cerebrovascular" como si se tratase de un derrame cerebral cualquiera y no un golpe terrible que le fracturó el cráneo). 
No se trata de reactivar viejas teorías conspirativas (pero tampoco de descartarlas por completo ante la patente conspiración de silencio que han tejido los medios oficiales cubanos alrededor de aquellos hechos: visto en puridad la tesis de que Zumbado fue atacado por los órganos de seguridad ni siquiera es una teoría alternativa. Ante la ausencia de tesis oficiales -ausencia que parece tratar de convencernos de que tal incidente nunca ocurrió- es la única explicación -oficial o extraoficial- que se haya ofrecido hasta el momento). Alguna disculpa se le debe a los lectores de Zumbado que nunca tuvieron oportunidad de enterarse por qué uno de sus escritores favoritos ha callado durante tantos años. Se trata de no dejar, en fin, que el silencio se anote otra victoria, de que la muerte sea menos completa.

Post data: Párrafo de un mensaje que me acaba de enviar Teriana Zumbado, hija del escritor y en la que se aportan otros datos y precisiones sobre el caso:

Sería conveniente aclarar que el equipo de neurocirujanos que atendió a papi, siempre negó que hubiese sido una caída accidental por el  estado etílico en el que se encontraba papi ese día de febrero/1990. Según sus experiencias, y debido a los hematomas subdurales generados por el traumatismo craneal grave, llegaron a la conclusión que el peso físico de papi no correspondía a esa supuesta caída que según la policía comentó, porque como bien dices nunca hubo informe alguno. El golpe, según los médicos tuvo que haber sido con un objeto contundente. […] Si algo no olvido es que en esos días alguien llamó al hospital para  comunicar que los dos policías “habían sido despedidos”. Eso, sólo eso fue lo que supimos, ni nombres, ni apellidos, ni nada. Aberrante. Luego con los días, y es algo que nunca entendimos, una recepcionista de la revista Bohemia que nunca supimos quien era, dijo haber encontrado los espejuelos de papi en la calle…inaudito, incoherencia total. En esos días lo único que nos preocupaba era que papi se salvase, pues los partes médicos sólo anunciaban su estado de gravedad. Se salvó como bien dices, porque ese día entraba de guardia el Doctor neuro-cirujano Eupiérrez, quien lo reconoció en esa asquerosa sala de emergencias, en la que permaneció tirado como un perro toda la noche. Si lo hubiesen atendido a tiempo quizá la historia hubiese sido otra, según nos contó éste médico.  A éste señor le he vuelto a buscar por las redes, pero ha sido imposible, se que vive en USA. 

lunes, 6 de junio de 2016

Héctor Zumbado (1932- 2016)


Hacía tanto tiempo que se le había pasado la hora de morir con sus hábitos de bebedor suicida primero y con un misterioso y terrible accidente que lo dejó apartado para siempre de la escritura que ya pensábamos que Héctor Zumbado no moriría nunca. Acompañante incesante de mi niñez desde que descubrí un librito suyo -“Limonada-” que recogía viñetas burlonas de la vida cotidiana. Y eso no era fácil en tiempos en que nadie se atrevía a burlarse de nada excepto quizás el imperialismo porque todo lo demás, desde el transporte público hasta las croquetas eran responsabilidad exclusiva del Estado. Y quien decía Estado, decía Revolución, Patria y Demás Cosas Que Se Escribían Siempre Con Mayúsculas. Podría afirmarse sin exagerar que fue Zumbado quien enseñó a generaciones de cubanos el difícil arte de reírse en aquellos años de entusiasmo aterrado. No digo que fue el único que nos hacía reír pero nadie en aquellos días lo conseguía como él: con esa libertad, con esa inteligencia, con ese atrevimiento. Hace mucho rato que hemos perdido su voz pero saber que estaba con vida nos acompañaba a mí y a muchos más como una suerte de talismán. Quiero hacerle llegar a sus hijos y al resto de su familia mis condolencias en la conciencia de que somos muchos más los huérfanos.
P.D.: No recuerdo quién me encargó que escribiera un homenaje a Zumbado en la edición inaugural del Festival Aquelarre en 1993 y que llevara magistralmente a escena Osvaldo Doimeadiós pero se lo agradezco eternamente. Eso me permitió cumplir con aquel lema de que el mejor homenaje era el diario cumplimiento del deber y en el caso de Zumbado no había deber más sagrado que el de joder.
Gracias, maestro.  

La sagrada (des)igualdad

Varios redactores de On Cuba se le quedan en el último LASA y la revista de Hugo Cancio echa mano como pitcher relevista a Arturo Arango (y Parreño) quien viene por la goma. Este insigne redactor luego de tantos años de utopía comunista en oferta lo que nos vende ahora es resignación capitalista impuesta por Partido Comunista (eso sí, un Partido Comunista abierto e inclusivo tal y como lo concibe alguien que, obviamente, no ha leído a Lenin). Y sí, mucho respeto a la diferencia: la diferencia entre la clase dirigente y los jodidos de siempre:

"He leído que en la película Neruda, del chileno Pablo Larraín, hay una escena donde, en medio de una fiesta, una sirvienta se acerca al gran poeta y le pregunta si es verdad que en el comunismo todos seríamos iguales. A la respuesta afirmativa de Neruda la señora propone una duda devastadora: “¿Pero iguales a usted o iguales a mí?”[...]
Hoy sería enloquecido pedir a Neruda o, sobre todo, a los dueños de la casa de aquella fiesta, que se sacrifiquen por un tiempo y sean iguales que su sirvienta. Más utópico aún será esperar que la sirvienta pueda alcanzar el rango de sus empleadores, sea cual sea el crecimiento económico del país. La unidad nacional es necesaria para sostener la soberanía nacional y para crear consenso en torno a un proyecto de nación que pertenezca a la mayoría de los cubanos. El problema de la unidad, siempre, es que también supone un punto de vista: alguien, algo (un partido, un gobierno, un líder) nuclea alrededor de sí las fuerzas esenciales, y crea a partir de ellas ese consenso necesario que las ponga de acuerdo a todas. Para lograrlo, debería ser inclusivo, abrirse al diálogo, a la contradicción, y hacerlo sin prepotencia ni paternalismo, obedeciendo la voluntad y las necesidades de aquellos que, como menos tienen, menos pueden"

jueves, 26 de mayo de 2016

La campaña y la guerra


Para muchos ha sido uno de los logros más indiscutibles de la Revolución Cubana. La masiva campaña de alfabetización de 1961 que llevó la tasa de analfabetismo desde un 22% de la población adulta (sí, una de las más bajas de Latinoamérica en aquellos días me recordará alguien, pero altísima para los estándares actuales) hasta apenas el 3%. Para otros se trataba de un perverso plan de adoctrinamiento del campesinado cubano donde las primeras palabras que se armaban con la letra “F” eran “Fidel” y “fusil” y donde se daba por terminado el aprendizaje con una carta al Comandante en Jefe. Hay otros, menos, que lo consideran como un proyecto de importancia estratégica, militarmente hablando. Como una manera de infiltrar los campos cubanos, en aquellos días infestados de guerrillas anticastristas a lo largo del país, con maestros improvisados que harían las veces de activistas políticos, informantes del castrismo y –llegado el caso- mártires de la Revolución que usaría profusamente sus nombres en las campañas para demostrar la maldad infinita de los que se oponían al gobierno: un escudo humano avanzando alegre y despreocupado sobre el campo enemigo.
Una versión bastante retorcida. Incluso tratándose de Fidel Castro.
Veamos qué decía éste en los días previos al inicio de la campaña. Tomemos, por ejemplo, el discurso de clausura del primer Congreso Nacional de Consejos Municipales de Educación (algún día habrá que contar cuántos primeros congresos celebró el castrismo de cosas que no tuvieron continuidad) celebrado el 10 de octubre de 1960 y en el cual el líder de la Revolución anuncia la campaña y explica sus objetivos.

“Nos estamos proponiendo algo muy ambicioso, una tarea difícil y que, en realidad, va a poner a prueba la capacidad de todos nosotros, va a poner a prueba la capacidad de nuestro pueblo, ya que nos estamos proponiendo hacer en un año lo que no pudieron o no quisieron hacer otros en 58 años. Es decir que nos proponemos en el año 1961, que ya lo hemos calificado como el Año de la Educación, erradicar el analfabetismo en nuestro país”
Y como no se contaba con número suficiente de maestros la solución sería convertir a “todo el mundo en un maestro, todo el que sepa leer y escribir”. Pero tanto o más que de la monstruosa campaña educativa que se estaba gestando Fidel Castro habla del avance de la contrarrevolución.

“Dijimos que íbamos a hablar de educación primero y de problemas contrarrevolucionarios luego. Hemos hecho al revés: hemos hablado de problemas contrarrevolucionarios primero y falta decir algo breve —pero breve de verdad— sobre el objetivo fundamental de este congreso”
El objetivo fundamental del congreso era la organización de la campaña de alfabetización y sin embargo durante la mayor parte del discurso de clausura el principal orador no deja de hablar de la contrarrevolución, incluso cuando haga todo lo posible para disminuirla.

Es decir que para combatir los grupitos contrarrevolucionarios del Escambray, movilizamos a las milicias del Escambray, 1 000 milicianos campesinos. Pero, además, para que no pudiera moverse un solo contrarrevolucionario, le movilizamos 700 milicianos campesinos de la Sierra Maestra y del Segundo Frente de Oriente (APLAUSOS) y, además de los responsables, es decir, de los jefes de milicias de la capital que están en entrenamiento en la provincia de Matanzas, movilizábamos también una compañía que se iba turnando”
Pero al mismo tiempo reconoce que no va a ser tan fácil hacer desaparecer los focos de resistencia al gobierno incluso tratándose de “grupitos” porque para algo está el imperialismo:

“¿Quiere decir que desaparezcan los hechos de terrorismo y de sabotaje? ¡No!, es posible que aumenten; es posible, a mayor cantidad de recursos, a mayor asistencia, a mayor apoyo del imperialismo, movilizando toda su escoria de decenas de miles de gangsters y de criminales, movilizando sus millones y millones de dólares, facilitándoles explosivos, facilitándoles medios para hacer los sabotajes; es decir que tendrá su auge, pero tendrán también su declive”
Nótese como aquellos “grupitos” súbitamente se convierten en “decenas de miles de gangsters y de criminales”. La estrategia contra estos sería organizar “militarmente al pueblo en las milicias” y “civilmente en comités de vigilancia colectiva”.
¿Por qué organizar entonces la campaña de alfabetización en momentos en que el país estaba enfrascado en una virtual guerra civil? Esta es la manera en que racionaliza Fidel Castro su plan de poner en riesgo la vida de decenas de miles de adolescentes cubanos:

la misión de nosotros en el país no es derrotar contrarrevoluciones, sino hacer revolución; esa es nuestra misión en el país. Nuestra misión en el país es crear; combatimos porque queremos crear; combatimos porque tenemos que defender lo creado; combatimos porque queremos seguir adelante; y, sobre todo, no estamos aquí por combatir, sino estamos aquí para crear.

Lo que sí sería una victoria de la contrarrevolución sería que atrasara los planes de la Revolución, que atrasara los planes de la reforma agraria, los planes de educación, los planes de industrialización, los planes de construcción de viviendas, los planes de desarrollo general de nuestra economía; esa sí sería una victoria de la contrarrevolución y por eso a la contrarrevolución hay que ganarle la batalla no solo en el campo militar; hay que ganarle la batalla en el campo de creación revolucionaria
Lo que Castro plantea como dos problemas distintos (la derrota de la contrarrevolución y el cumplimiento de la anunciada campaña alfabetizadora) los asume como uno solo: la campaña alfabetizadora será al mismo tiempo un arma para derrotar a la contrarrevolución. Si en las ciudades contaba con la organización de los CDR en el campo necesita algo que complete esa “organización civil del pueblo” que ha concebido “para vigilar a los contrarrevolucionarios, para reprimir sus actividades y para estar preparados en caso de lucha, cumplir la misión que corresponde a esos comités que deben estar organizados manzana por manzana, barrio por barrio, ciudad por ciudad, y campo por campo”.
(No sería esa después de todo la única vez que un objetivo en apariencia beneficioso para el país, independientemente del gobierno que lo emprendiera, formara parte de la estrategia de control totalitario del castrismo. Me cuenta mi padre que el plan de reforestación de los principales macizos montañosos del país fue diseñado de acuerdo con una vieja obsesión castrista: la de crear las condiciones para que en el futuro no fuera posible un alzamiento en las montañas como el que le sirvió para llegar al poder.)
Muchos años después una película que señala uno de los puntos más altos de nuestro más bien pobre realismo socialista “El brigadista” resolvía en un solo personaje el dilema que planteaba Fidel Castro en el discurso mencionado: el alfabetizador tímido y un tanto miedoso que al final de la película supera su repugnancia por la violencia matando a un alzado. Una metáfora atrevida e insidiosa pero no muy distante de lo que había ocurrido en realidad. Porque Castro –como todos los buenos aprendices totalitarios- es un seguidor hiperbólico de Clausewitz, de esos convierten cualquier cosa en medio para hacer la guerra. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Viaje a la semilla

En un discurso de 1960 Fidel Castro decia:
"Y el médico que se marcha, el médico que trabajando en una institución nacional, en un hospital del pueblo, se marcha, es sencillamente un criminal [...] Pero criminal también, criminales son también los ingenieros, o los arquitectos, o los profesionales que traidoramente abandonan su país"
Ahí mismo se trazó la política hacia la emigración de profesionales que todavía sobrevive en ciertos sectores. De cualquier manera valdría preguntarse si  uno se pregunta si los médicos que mandan a trabajar afuera siendo necesario en los hospitales de la isla son también criminales.

Más interesante aun es la reflexión que me envía un amigo que sospecha que este mismo principio de exclusión y criminalización de los profesionales ha alcanzado también a la lógica de la jerarquía católica cubana:


Al leer la cita de nuestro Comandante Fidel Castro sobre los médicos, técnicos e ingenieros traidores, recordé la reciente homilía de despedida del Cardenal Ortega, donde el prelado, al dar las gracias por el trabajo y la ayuda de sus sacerdotes, afirma:"Dones de Dios para mí han sido los sacerdotes que encontré en La Habana, no pocos de ellos ordenados por mi buen y recordado predecesor, monseñor Francisco Oves. Ellos me han acompañado con amistad y afecto fraterno. Mi celo arzobispal han sido los 30 sacerdotes que he tenido la dicha de ordenar y que permanecen en Cuba, con su pueblo, en esta diócesis."
Te aclaro que, para cualquier obispo católico, no hay satisfacción mayor que aumentar las vocaciones, es decir, aumentar el número de ordenaciones sacerdotales, durante su episcopado. Es curioso que el Cardenal sólo cuente entre los destinatarios de su celo pastoral a los "que permanecen en Cuba, con su pueblo", y que lo diga además con esa frase que no sonaría fuera de lugar en un editorial de Granma. Es curioso que le parezca más importante excluir a los que se fueron (aunque quizás estén ejerciendo su ministerio sacerdotal en otros lares), que aumentar la lista de su cosecha a 40 o 50. Es curioso también porque muchos de los "idos" sirven a comunidades cubanas en Miami u otros lugares de la diáspora. ¿No son esos fieles también parte de "su pueblo"? Es curioso sobre todo si se compara con el caso de otros países. Por ejemplo, los polacos envían sacerdotes de Polonia a trabajar en las comunidades polacas de Estados Unidos. La implicación de la frase a mi (sesgado) juicio es ésta: los sacerdotes que se fueron de Cuba no cuentan. Y las comunidades católicas mayoritariamente cubanas que radican fuera de Cuba no son parte del pueblo cubano.

martes, 17 de mayo de 2016

Complicidad

Margallo, ministro de exteriores español se reúne con Raúl Castro en un clima de "complicidad". Nunca mejor dicho.
"Margallo [...] no tiene previsto reunirse en La Habana con representantes de la oposición. El argumento es que ningún visitante extranjero lo hizo –salvo el presidente estadounidense Barack Obama y su secretario de Estado, que pueden, [reunirse con la oposición] sin exponerse a represalias"
Un clima de complicidad y cobardía, vale añadir si atendemos a esa explicación. Sería un buen momento para que el PSOE le echara en cara al PP todas las críticas que le hacían cuando el PSOE era poder y el PP oposición. Pero no son tiempos de andar recordando desverguenzas ajenas, la verdad.

sábado, 14 de mayo de 2016

Evgeny Dobrenko o la importancia de leer novelas realmente malas

Entrevista que le hiciera al investigador ruso Evgeny Dobrenko que apareció ayer en su versión "breve" en Diario de Cuba:  
No es que la historia la escriban los vencedores sino que es muy raro que la gente se resigne a la derrota. Lo que ocurre con bastante más frecuencia es que los vencedores de ayer y los aplausos que les dedicamos queden olvidados en la trastienda de cada cual para pasar a aplaudir a los triunfadores más recientes. De ahí lo necesario que pueden ser ciertos empecinados como Evgeny Dobrenko (Odesa, 1962).
Profesor y jefe del Departamento de Estudios Rusos y Eslavos de la Universidad de Sheffield, se ha especializado en el estudio del realismo socialista. El empeño de Dobrenko lo ha llevado a ser autor, coautor o editor de una veintena de libros como The Making of the State Writer y The Making of the State Reader. En un campo dominado por los lugares comunes, los prejuicios (más o menos justificados) o la visión chata y condescendiente, Dobrenko tiene una visión original y sofisticada del realismo socialista, tal y como se desarrolló en la época del estalinismo.
Dobrenko trata de explicar su estética "retrógrada", ya pasada de moda en el momento de surgir, como un "postmodernismo menos el modernismo". Más que como movimiento artístico, Dobrenko define al realismo socialista como una institución que creaba al mismo tiempo sus productores y consumidores y en el que el "acto de censura es transformado en parte constituyente del proceso creativo", en un intento de cada creador de alcanzar la "armonía" con el proyecto político-social comunista.
En el momento en el que la censura se transformaba "en un problema externo a él (o lo que es más, en un obstáculo), este por consiguiente dejaba de ser un escritor soviético en el sentido estricto del término". A continuación les dejo una versión abreviada de la conversación que sostuve con Dobrenko días atrás en la que, como se verá, no siempre estuvimos de acuerdo, pero que en cualquier caso fue altamente estimulante para el que quiera pensar en estos temas.
Déjeme comenzar con la que es quizás la pregunta más frecuente que le hacen como académico: ¿Por qué dedicarse a estudiar el realismo socialista, un tema en apariencia tan aburrido y soso?Todo el que estudia la literatura rusa se dedica a lo que se considera la "gran literatura": Tolstói, Dostoyevski y los grandes escritores del siglo XX. Pero el siglo XX no fue un siglo normal de ninguna manera. Incluso el siglo XIX fue más normal. Hasta el siglo XVIII con la Revolución Francesa fue más normal. En cambio, el siglo XX fue completamente anormal. Y su anormalidad proviene de un inmenso proceso  de democratización. Y lo que quiero decir con  democratización es que personas ordinarias que en el siglo XIX no tenían acceso a la educación, a la medicina, a la alta cultura o a ningún tipo de cultura —en esa época el 99% de la gente no tenía nada— y ahora tienen todo.
Por supuesto que no todo en todas partes, pero la tendencia es innegable. Y cualquier proceso a tal escala trae consecuencias: la cultura se hace más accesible para más personas y, por tanto, se extiende, pero a medida que se extiende más se hace menos densa. Así que en ese proceso la cultura pierde profundidad, muchas veces se hace más primitiva. La diferencia entre la cultura anterior y la nueva es la diferencia entre Tolstói y…
Boris Polevoi…Sí, Polevoi. El asunto es que Tolstói ahora es leído por millones y millones de personas. Pero por supuesto, la comprensión de acuerdo con el nivel cultural de estas personas es mucho más reducida. Por eso es que es importante entender esta literatura, no desde el punto de vista estético, sino desde el funcionamiento en ese mundo.
Por eso es que pienso que la cultura estalinista es un caso muy bueno para entender cómo esto funciona. La manera en que, como resultado de este proceso de ilustración y democratización, grandes masas de estas sociedades patriarcales y tradicionalistas se trasladan a las ciudades, transforman su alta cultura y crean un medio más amplio para la comprensión de esta cultura. Cómo este proceso cambia la cultura. Rusia es un excelente ejemplo de un país campesino que trató de modernizarse en el siglo XX y en este proceso acabó creando un régimen totalitario y ese es el caso de todos los países patriarcales en Europa, desde Portugal y España a Italia, los países balcánicos, Rusia y Europa del Este…
Pero, en ese caso, Alemania no es una excepción…Es una excepción pero lo es en el siguiente sentido: Alemania era, entre las grandes naciones europeas uno de los estados más jóvenes. Allí el totalitarismo no fue tanto el resultado de un proceso social como de un proceso político.
Así que, regresando a su pregunta inicial, es por eso que pienso que es importante leer novelas realmente malas: para entender el proceso de modernización en sociedades muy tradicionales y patriarcales.

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