lunes, 15 de octubre de 2018

Un destino muy manifiesto

Con esta columna cumplo un año de colaboraciones en la revista católica Nuestra Voz con una serie de entregas sobre la presencia latina en Nueva York:

Un destino muy manifiesto
Por Enrisco

No siempre los intereses de los neoyorquinos por el mundo hispano eran literarios. De vez en cuando la ciudad y el estado se tomaban en serio su sobrenombre de Empire State y miraban hacia el sur a ver qué se le podía pegar. Un paisito que añadir a la Unión Americana. Un pedacito de continente donde cupiera Inglaterra cuatro o cinco veces. Como ocurrió con Texas. En 1836, Texas se había declarado independiente de México, y en 1845 se anexó a los Estados Unidos. Bueno, eso suena demasiado impersonal. Fueron colonos norteamericanos en Texas los que se rebelaron contra México y luego, ante los intentos mexicanos por recuperar el territorio, pidieron unirse a los Estados Unidos. Eso sí, los texanos no renunciarían a su bandera de la estrella solitaria ni a amenazar con independizarse de los Estados Unidos cada vez que algo no les conviniera, ya fuera un impuesto o un presidente demócrata.


Narciso López, Gefe de los Piratas Invasores. Litografía de 1850, dibujada por Landaluze. The Historic New Orleans Collection, 1978.

Tanto entusiasmo imperial despertó el ejemplo de Texas, que el periodista John L. O’Sullivan, director de Democratic Review, declaró que Estados Unidos debía cumplir su “destino manifiesto”. Y tal destino implicaba extenderse por el continente y no parar hasta terminar comiendo alitas de pingüinos en la Patagonia. Y si por algún lado había que empezar, qué mejor aperitivo que Cuba. Precisamente en aquellos días una hermana de O’Sullivan se había casado con un rico cubano residente en Nueva York desde hacía más de veinte años: el mismo Cristóbal Mádan que recibiera al sacerdote Varela y al poeta Heredia cuando inauguraban sus respectivos exilios neoyorquinos. El plan de O’Sullivan y Mádan era sencillo. Se pondrían de acuerdo con un grupo de hacendados cubanos para obtener la isla a las buenas o a las malas.

  • A las buenas consistía en que el gobierno americano le hiciera una propuesta a España que no pudiera rechazar: como comprarle la isla por cien milloncejos de la época. Los americanos estaban acostumbrados a negocios así. En 1803 habían pagado a Napoleón quince millones de dólares por la Louisiana. Y en 1626 les habían comprado Manhattan a los indígenas por veintipico de dólares que es el equivalente actual de una franquicia de McDonalds. Pues en 1848 el presidente James Polk hizo la propuesta de comprar Cuba, pero la corona española, espiritual como siempre, respondió que prefería ver a la isla hundirse en el mar que venderla.

No le quedaba a O’Sullivan otro remedio que intentarlo por las malas. Estaba de suerte, porque en aquellos días llegó a Nueva York nada menos que Narciso López. López era un general venezolano que había peleado junto a los españoles contra las fuerzas independentistas de Bolívar. Derrotado, emigró a Cuba, donde se integró al ejército colonial asentado en la isla. Años más tarde, ya fuera porque se aburría o porque fue poseído por el espíritu de su antiguo enemigo, Bolívar, a López le dio por conspirar contra el poder español. No siendo el tipo más discreto del mundo, su conspiración fue descubierta y tuvo que huir al primer sitio que se le ocurrió. Y en esa época el primer sitio que se le ocurría a todo el que escapaba de Cuba era Nueva York.


Para liberar a Cuba del dominio español López necesitaba dos cosas. La primera era dinero (que le proporcionarían los hacendados cubanos y los inversionistas norteamericanos). La segunda era una bandera. Como la que habían diseñado los tejanos y con la que tanta suerte habían tenido. Una bandera con estrella. Es que siempre será más fácil inventarse una bandera que un país.

[Continuará]

viernes, 12 de octubre de 2018

La escoria, explicada

La escoria explicada por Ricardo Alarcón, mayo 1980:
"Toda Revolución es una fragua. […] ¿A qué sorprenderse porque en el crisol de nuestra sociedad revolucionaria hayan sobrenadado algunas substancias impuras? ¿Por qué asombrarse si los martillazos de la Historia hacen saltar algunos desechos viles y de ninguna estimación? […] Mariel es como un gran filtro que libra a la Patria de impurezas"



Un malentendido

Alguien que se presenta como "historian specializing in the Holocaust, Nazi Germany, and Europe in the era of the world wars" es capaz de afirmar:
"Both Mussolini and Hitler came to power in no small part because the fascist-conservative alliances on the right faced division and disarray on the left. The Catholic parties (Popolari in Italy, Zentrum in Germany), liberal moderates, Social Democrats, and Communists did not cooperate effectively in defense of democracy"
Como si alguna vez a los comunistas hubieran estado interesados en defender la democracia. Como si su programa político no tuviera como objetivo primordial la destrucción de lo que llamaban "democracia burguesa". Tal malentendido lleva al historiador a decir que "In Germany this reached the absurd extreme of the Communists underestimating the Nazis as a transitory challenge while focusing on the Social Democrats—dubbed “red fascists”—as the true long-term threat to Communist triumph".
No. No hay tal absurdo a menos que se pretenda que el comunismo es una socialdemocracia un tilín más radical y que le interesaba conservar el que con tanto desprecio llamaban "parlamentarismo burgués".

miércoles, 10 de octubre de 2018

Una tribu a orillas del Hudson

El viernes pasado en el museo de Coral Gables se inauguró Kindred Spirits, una exposición de diez artistas visuales cubanos asentados a orillas del río Hudson. Kindred Spirits es una exhibición diversa, deslumbrante y magnífica que da una idea aproximada del talento que se ha ido acumulando en el área a lo largo de los años. He sido testigo todos estos años que sin que medie otra institución que la amistad recíproca y la entrega más profunda a su arte este grupo de artistas y otros como ellos. Cómo a golpe de talento y esfuerzo han ido haciéndose más visibles a los museos, galerías, coleccionistas y público en general. Náufragos que poco a poco se van creando un mundo cada vez más habitable. 

De ese mundo cubano a orillas del Hudson estos artistas no son, por supuesto, los únicos habitantes. Desde los años cincuenta venían los cubanos a los pueblos de Union City, West New York, North Bergen o el más lejano Elizabeth a trabajar en una zona que todavía era eminentemente industrial. El condado de Hudson era y sigue siendo la segunda zona con mayor concentración de cubanos después de la Florida. Aquí vivieron Celia Cruz y una larga lista de luminarias prerrevolucionarias que por alguna razón la preferían a Miami. Luego se ha nutrido con cada una de las oleadas migratorias por las que ha desaguado la desesperanza cubana. En la zona siguen viviendo músicos como Paquito D’Rivera, Pedrito Martínez, Yunior Terry o Román Filiú y una larga lista de profesionales de todo tipo. Los restaurantes cubanos se intercalan con los del resto de Latinoamérica y las pastelerías cubanas comparten clientela con las dulcerías argentinas.
Del entramado de sociedades y sedes sociales de antaño sobrevive una sede de la Asociación de Hijos y Amigos de Fomento, alguna que otra logia, la sede de la Unión de Expresos Políticos Cubanos, (el Club Cubano de Elizabeth parece condenado a desaparecer) y desde hace unos años funciona la sede de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio. La debilidad institucional y falta de espacios públicos son tratadas de subsanar por la iniciativa privada. Desde hace años el restaurante Rumba Cubana se ha convertido en el sitio donde muchos prefieren celebrar los principales eventos familiares o sociales. En fecha muy reciente han abierto sitios donde se puede escuchar música en vivo, como Trova y Cuban Spirit prácticamente inexistentes desde la desaparición de la legendaria Esquina Habanera con sus domingos de la rumba. Pero buena parte de la vida social cercada por largos inviernos se celebra en casas particulares que funcionan de hecho como salones de fiesta, salas de concierto, casas de cultura y hasta bolsas de trabajo.

En un suelto en que convocaba a una de tantas reuniones patrióticas en Nueva York Martí anotó "Aquí no somos desterrados sino fundadores". Algo parecido podría decir de sí misma la tribu cubana del condado del Hudson.








jueves, 4 de octubre de 2018

La larga muerte de Reinaldo Arenas*

Por Héctor Santiago

Aunque no me gusta hablar de mí mismo, tengo que hacerlo para establecer las coordenadas históricas y circunstancias que esclarecen este testimonio. Cuando comenzó el indetenible desangramiento de lo que aún podía considerarse un exilio político a comienzos de 1979, bajo uno de esos disfraces lingüísticos tan afines a las dictaduras, el régimen cubano utilizó una vez más, uno de sus recursos para vaciar la caldera política y social del descontento, propiciando una “emigración controlada” que llamó “reunificación familiar”. Tal emigración sería casi inmediatamente seguida por otra: los incidentes de la embajada peruana que causarían la estampida del Mariel –sin precedentes en la historia del hemisferio occidental–. Entre todos los segmentos de la sociedad cubana, a uno de ellos en especial les esperaba un traicionero destino acortando el disfrute de la libertad: la comunidad homosexual. Escapando de decenios de represión (redadas policiacas, expulsión de trabajos y centros educativos, obstáculos para ingresar y graduarse de las universidades, censura a los creadores, los “especializados” campos de concentración de la UMAP solo para homosexuales –igualmente sin antecedentes en todo el continente americano) al desembarcar en USA les esperaba agazapada en el exilio la Plaga del Sida. Llamada inicialmente el cáncer gay, después, echando por tierra los sermones mesiánicos y las campañas de los moralistas, se vería que era simplemente un virus atacando a todos por igual.

La indiferencia del gobierno del presidente Reagan y los políticos, además de los ataques de los religiosos, junto con el miedo generalizado, lo convertía en un tema tabú –desatando todos los ataques y discriminaciones imaginables. Ignorados, discriminados y sin medicamentos: los muertos fueron por miles. Todo esto hizo que la comunidad homosexual se movilizara, conscientes de que si querían detener la enfermedad, tenían que asumir la batalla con sus propias manos. En los mediados de los 80 los estragos de la Plaga devastaron a la comunidad creativa: básicamente al mundo del teatro, la industria de la moda, los curadores del arte, la decoración interior… En el ámbito cubano se filtraban lentamente los nombres del cinematógrafo Néstor Almendros, el pintor Carlos Alfonzo, el actor Manolito Martínez, el novelista Severo Sarduy. Y algunos otros, que por aún estar vivos, no debo mencionar.  Gracias a la poco conocida labor del dramaturgo cubano Pedro Monge, que en momentos donde en nuestra comunidad nadie tocaba el tema ni apenas había sido llevado al escenario hispanoparlante, tuvo la valentía y honradez intelectual no sólo de escribir Noche de Ronda sobre el SIDA sino que en unión del académico y escritor puertorriqueño Alberto Sandoval, en 1992, dedicó su revista Ollantay Theater Magazine Volume II, Number 2 a la desconocida temática teatral. Desde su revista me ofreció que hablara de mis obras donde tocaba el tema. Esto lo aproveché para también contar mi experiencia comunitaria, y salir del silencio haciendo público mi estatus como VIH positivo –que muchos calificaron como “mi locura y suicidio artístico”. Pero no yo pasé por mis desdichas con la involución cubana, para siendo un hombre libre en el exilio, vivir en el silencio y la hipocresía: bastante tuve que padecerlo en Cuba.

Al inicio de la Plaga yo me limitaba a ayudar a mis amigos y a todos los que lo necesitaran: cada día eran más. El catalizador de mi activismo social fue, cuando una tarde caminando por la Octava Avenida y la Calle 48, pasando por el restaurante puertorriqueño–cubano Juanita vi un alboroto en la calle. Al actor y escritor cubano Jorge Ronet –autor de la olvidada noveleta La mueca de la Paloma Negra sobre la UMAP– que se veía visiblemente depauperado, le habían negado servirle por tener SIDA, y como se negó a levantarse de la mesa hasta que le sirvieran, lo sacaron a rastras tirándolo a la acera. Lo ayudé a recomponerse, y mis gritos obscenos y amenazas, hicieron que llamaran a la policía. Estos, al oír “AIDS”, ni siquiera se atrevieron a acercarse y nos ordenaron que nos marcháramos. Tres semanas después Ronet moriría solitario y abandonado, en una cama apestosa y sucia, porque las enfermeras no se atrevían a tocarla cambiándola, y en torno, en el piso, los platos de comida que le dejaban y él no podía cogerlos por su estado. Yo era el único en la lista de sus contactos en el hospital y cuando me llamaron eso fue lo que encontré. Yo canalicé mi rabia. ¡Tenía que hacer algo!  


Ya comenzaban los actos guerrilleros de la organización Act-Up en los que participé. Pero viniendo de la experiencia represiva cubana, no me sentía cómodo con su innata violencia y espíritu anarquista: aunque los sabía necesarios para sacudir la indolencia de la sociedad, me desequilibraban bastante al revivir las turbas fascistas cubanas con sus actos de repudio.   Además yo creía que su aspecto político se priorizaba sobre la parte práctica de la Plaga: buscar y aplicar los tratamientos, la prevención y su cura. Por lo que participé en otras organizaciones como el Gay Men’s Health Crisis. Este en sus comienzos estaba formado por elementos de la clase media gay, predominantemente liberal y blanca, donde no tenían representación las mujeres, los más pobres de las comunidades negras e hispanas, ni los drogadictos. A veces permanecía sentado largas horas en el teléfono respondiendo a la línea abierta en español. Tal línea nominalmente existía para cumplir con el dinero que daba la ciudad pero en la práctica sólo la atendíamos dos personas, limitadamente, pues éramos voluntarios que compartíamos nuestros trabajos y descanso. El pánico fue mayor, cuando el virus “gay” se hizo presente en los hemofílicos, heterosexuales y bisexuales, haciendo que se rompiera el silencio y la indiferencia: el Sida era de todos. Entonces el dinero comenzó a llegar. Proliferaron muchas organizaciones que aprendían de la experiencia de los grupos homosexuales y les pedían asistencia. Yo asesoraba a las que ofrecían servicios bilingües y a la vez buscaba alguna que pudiera satisfacerme. Encontré muchas organizaciones fantasmas, auténticos atracos que le sacaban tajadas a la ocasión, concesiones de los políticos demócratas corruptos a los miembros de sus piñas y otras sacándoles partido a determinadas etnias: cumpliendo con el sistema neoyorquino de las cuotas a las minorías. Sus directores me recibían en oficinas con relucientes muebles de piel y buróes costosísimos, en las paredes originales de Andy Warhol, banderas y fotos de los políticos. Sus Consejos de Dirección organizaban viajes de “intercambio de información científica” a las Bermudas y Cancún y “conferencias” en París. Cuando les preguntaba por su labor concreta siempre “la estaban preparando”. Finalmente, en una pequeña organización llamada Body Positive, metiendo a la fuerza una oficina en unos pocos metros y con equipos donados encontré lo que estaba buscando: un grupo de jóvenes voluntarios, que salían de sus trabajos y trabajaban allí hasta la medianoche, y procedían de los diversos estratos de las comunidades pobres afectadas por la Plaga. En vez de permanecer encerrados en lujosas oficinas se lanzaban a la calle, visitando los barrios que la población homosexual del Village ni sabía que existían –y aterrorizados jamás hubieran visitado–. Además, era la única organización que por no poseer prejuicios antirreligiosos liberales trabajó con los sacerdotes y monjes franciscanos y establecieron el primer refugio para enfermos terminales, junto con un comedor para los desamparados positivos. Ellos nos daban espacios para nuestras conferencias y reuniones, y -contra la política oficial de la Iglesia- nos permitían repartir condones.
Cena en honor de Reinaldo Arenas a poco de llegar a Nueva York, en septiembre de 1980. De izquierda a derecha: Reinaldo Arenas, Nancy Pérez-Crespo, Vicente Echerri, Fabian Pérez-Crespo, Liliam Bertot, Guillermo Martinez-Márquez y Alicia Rodríguez [Foto cortesía de Nancy Pérez-Crespo]
Me uní a una lesbiana puertorriqueña exdrogadicta y positiva, que provenía del gueto y sabía hablar su idioma. Yo por mi parte conocía a la comunidad hispana y ya había trabajado con la comunidad negra en Brooklyn. Nos metíamos en los sótanos donde se inyectaban, las calles donde trabajaban las prostitutas, la Corte donde los juzgaban por drogadictos, los parques oscuros del sexo gay, los centros de rehabilitación de drogas, las organizaciones comunitarias: ofreciendo conferencias, dando condones, agujas hipodérmicas y folletos bilingües traducidos por nosotros. Las iglesias solo nos cedían sus espacios si no hablábamos de sexo ni homosexualismo. ¡En un virus que se trasmitía sexualmente y en ese momento mataba primariamente a los homosexuales!

Con una intención más práctica, formada por un grupo de doctores, enfermeras e investigadores se creó People with Aids Coalition. Tal organización mantenía una clínica y un laboratorio para investigaciones, una farmacia clandestina donde se distribuían tratamientos no aprobados por las autoridades –comprados en Tijuana y a través de todo el mundo, conectados con el Instituto Pasteur de París, y mantenían una red informativa a nivel mundial. A esta me integré en mi doble papel de voluntario y positivo. Estando la atención médica dominada por el miedo a lo desconocido, era bastante deleznable e inhumana, a la vez que las leyes obligaban –y obligan– a los enfermos, durante largo tiempo a permanecer unidos a tubos y máquinas. Muchos deseaban la libertad de poner fin a sus tormentos con la eutanasia. Tal derecho les estaba (y está) negado: apoyado por la oposición y las campañas de las religiones organizadas en Nueva York. Muchos médicos se exponían, ayudándolos de manera que no dejaran trazos que los pudieran inculpar. Así que el trato medico se convirtió en el nuevo frente de batalla.
Entonces es cuando entra en el mecanismo de la Plaga la Hemlock Society, una sociedad clandestina que abogaba por la eutanasia –centrada básicamente en el cáncer terminal, el parkinson, el alzheimer’s, y la enfermedad de Lou Gehrig–. Nos acercamos a ellos e incluyeron al Sida en su batalla. Su fundador y director Derek Humphry reunió todas sus investigaciones y métodos, y en 1992 los publica en su exitoso libro Final Exit: un tratado práctico sobre los métodos para morir. Entre los enfermos terminales del Sida, el más utilizado era el ingerir barbitúricos con vodka, y cuando se adormecían meter una bolsa plástica en sus cabezas y atarlas al cuello, asfixiándolos en la inconciencia. Pero a veces tomaba un largo tiempo, otras había que redoblarles la dosis de alcohol y pastillas, y no pocas en un ataque de pánico se la quitaban –pues aun en los suicidas se manifiesta de manera intuitiva el deseo por sobrevivir–. Lo discutiría con Reinaldo, que enmascarando su miedo me dijo burlón. “Será como ir de compras al supermercado y comprar un melón [su cabeza] trayéndolo a casa en una bolsa”. Finalmente la HS encontró un método más efectivo: una enorme pastilla azul que paralizaba en minutos el corazón y las vías respiratorias cuya sustancia se utiliza hoy en día para inyectarla a los condenados a muerte. No era un proceso fácil sino largo y angustioso: había que llevar a la HS el certificado de la enfermedad y los últimos análisis, entrevistarse con un médico que evaluaba el estado de la persona, y un psicólogo que determinaba la competencia mental para tomar tal decisión. Si decidían que no estaban en la etapa final, o pasaban simplemente por una depresión, debían regresar hasta tener la nota terminal del médico, reiniciando angustiosamente el proceso cumpliendo con ciertos requisitos de exoneración legal, y manteniéndolo en el más absoluto secreto. Solo un pequeño grupo intimo sabía que Reinaldo estaba enfermo. Hasta que no fue evidente su deterioro físico él supo ocultarlo muy bien. No se mostraba mucho en público, enmascaraba la palidez de su anemia vistiendo camisas y pulóveres de fuertes colores –preferiblemente rojos–. Cuando apareció en su rostro la mancha morada del Sarcoma de Kaposi (KS) un cáncer de la piel, yo lo llevé a la tienda Bloomingdale’s, al mostrador de cosméticos de la firma Clarins, que había lanzado un maquillaje para ocultar las cicatrices y quemaduras, o las tapaba con unos esparadrapos. Una muestra de cómo usaba el humor y su muy mala leche, fue en el lanzamiento de su novela Arturo la estrella más brillante, publicada por la Editorial Montesinos y presentada en la America’s Society en Park Avenue. Cuando subió al podio en medio de un desagradable silencio y muchos mirándolo insistentemente para ver si descubrían los rasgos de la enfermedad, dijo: “¡Esto parece un velorio!” 
Reinaldo sabía que yo era positivo y estaba al tanto de mi labor comunitaria. Fue testigo de la batalla de su amigo el cineasta Néstor Almendros, la larga agonía de Jorge Ronet –con el cual se iba a los sex shop de la Calle 42– y muchos de nuestros amigos nucleados en el barrio Hell Kitchen. Pero jamás hablaba del Sida. Como si no existiera. Una mañana, al abrirse la puerta del elevador del People with Aids Coalition, allí estaba; en silencio nos abrazamos y comenzamos a llorar. Yo rebasé el malestar de que no hubiera confiado en mí –realmente ni cuando comencé a temerlo me atreví a romper su privacidad y preguntárselo–. Yo conocía toda la información y los descubrimientos sobre el Sida que llegaban y se la daba. Además yo vivía cerca de su casa, mientras que Dolores Koch, Lázaro Gómez Carriles y Perla Rozencvaig y algunos otros vivían algo distantes –aunque siempre acudían a su llamado–. 
No me vale la pena recordar los pros y los contras de su personalidad tan compleja. Ni en La Habana ni en Nueva York, jamás utilizó conmigo ese látigo despiadado y burlón que le conocía. Ni tampoco era el único que yo conocía, con la dicotomía de ser una persona muy difícil y a la vez un gran escritor –eso sí: un gran y fiel amigo–. Su importancia en las letras cubanas-hispanas-gais, su honestidad intelectual y su valentía política, lo trascendía todo. La única discusión acalorada que tuvimos en muchos años fue cuando le sugerí que escribiera un artículo en la revista Body Positive, donde yo colaboraba o me permitiera entrevistarlo. Necesitábamos en el ámbito hispano nombres y rostros para humanizar la Plaga –que ya Rock Hudson había dado al mundo gay anglo y después Magic Johnson entre los heterosexuales–. Pero se negó rotundamente, arguyendo que el régimen cubano –y sectores de Miami–, ya trataban de utilizar su homosexualismo para desprestigiarlo y silenciarlo, y el Sida les daría un arma más. Además, siendo un conocido opositor al régimen cubano, los liberales norteamericanos –que lo odiaban– lo acusarían de politizar contrarrevolucionariamente la Plaga, Irónicamente, a su muerte un periodista gay publicó en el Village Voice que Antes que anochezca era producto de su demencia causada por el Sida. Seguimos discutiendo hasta que comprendí que era su elección y debía aceptarlo.

Después de su ingreso en el Roosevelt Hospital con una neumonía que lo mantuvo al borde de la muerte, Reinaldo más nunca fue el mismo: vivía acompañado por la Muerte. La conciencia de lo perecedero de la vida es algo inescapable. Comenzaba el largo proceso de una de sus tantas muertes. En la antesala de ir a buscar los análisis me llamaba aterrado, iba a verlo y estábamos hablando hasta la madrugada. Cuando regresaba con los resultados –cada vez más desalentadores– yo trataba de infundirle esperanzas, trayéndole cuanto remedio encontrara: desde raíces del Barrio Chino a sahumerios holísticos. El problema era que, por su intensa vida sexual, Reinaldo se infectaba constantemente con distintas cepas del virus siendo imposible para los pocos medicamentos de entonces el poder combatirlos. Él batallaba por su cuerpo pero más que todo su lucha era contra el tiempo para terminar su obra, seguir acusando al infame régimen cubano, quebrando el silencio de lo academia liberal norteamericana, la censura de la intelligentsia europea, la complicidad de los intelectuales latinoamericanos con los desmanes de la involución cubana y otras tantas luchas. Para esto necesitaba mucha energía, mientras lo aterrorizaba la idea de verse impedido físicamente. Además de que, espiritualmente, la soledad intrínseca de todas las metrópolis y la maldita desunión ególatra del exilio, lo aniquilaban. La mancha del KS en la mejilla lo derrumbó y la pérdida de peso lo avejentó: ya no podía seguir negando que tenía Sida. También perdió su atractivo físico, impidiéndole sus socorridas escapadas en los antros neoyorquinos del sexo.

Una noche en la cocina se le cayó de las manos un vaso que se rompió. Ya antes había notado ese buscar las cosas tanteando, pegarse al rostro los manuscritos para corregirlos –o leerlos a sus amigos como le gustaba hacer–, las erráticas líneas que no podía mantener rectas cuando escribía. Cada vez le molestaba más el sol, iba perdiendo la mirada periférica y describía una danza de bolas luminosas. Dos semanas después, el médico le confirmó una de las peores infecciones asociadas con la enfermedad: el Cytomegalovirus (CMV). Común en una ciudad llena de palomas, pues las aves eran sus portadoras, además del contacto con los fluidos infectados resultando en una ceguera total y la muerte por lenta parálisis cerebral. Se horrorizó al enterarse que el único tratamiento era el ponerle un catéter permanente en una vena del pecho, para administrarse la inyección –que solía infectarse y debían cambiarlo constantemente. Cuando estuvo en el hospital por la neumonía, se juró que nunca más regresaría, prefiriendo morir en el quinto piso de su apartamento.  

Dolores Koch
Perla Rozencvaig, su traductora Dolores Koch y Julio E. Hernández-Miyares –y quizás algún otro– lo ayudaban con la intrincada solución de su herencia que dividió entre ellos y Lázaro Cariiles nombrándolos sus albaceas. También estaba Oneida, su madre, quien residía en Cuba y a la que ayudaba con una mensualidad que le enviaba en dólares. Más tarde Perla Rozencvaig y Miyares renunciaron, y Dolores Koch falleció quedando todo en poder de Lázaro Carriles. El régimen cubano respondió, pagando a un costosísimo abogado especialista en esos menesteres y las costas del proceso judicial en una corte en España para que la actriz Ingrid González, su “esposa” cubana y su hijo al que Reinaldo reconoció como suyo, fueran declarados sus herederos y cobraran sus derechos de autor en todo el mundo.

Perla Rozencvaig le llevaba sus preferidos pollos rostizados o lo invitaba a su restaurante favorito en el barrio, a veces el pollo se acumulaba apenas sin tocar en su refrigerador –esperando a que lo desmenuzara cuidadosamente–. Otros amigos le llevábamos helados, polvos para batidos de proteínas, gelatinas, compotas para niños y le hacíamos puré de papa. El KS se había extendido a su garganta y le impedía tragar comidas solidas sin grandes dolores. De todas maneras, aunque pudiera comer normalmente, ya su cuerpo había iniciado el proceso del wasting: rechazaba las proteínas y el cuerpo, al no asimilarlas, perdía una gran cantidad de masa muscular y por tanto de energía.

No quedaba más nada por hacer. Tras dos previas visitas, finalmente en la Hemlock Society le dieron la pastilla azul. Comenzaba la antesala de su muerte. Durante semanas estuvo la maldita pastilla –para mí, y salvadora para él– sobre la mesa en la cocina a la vista de todos los que lo visitaban: los pocos que sabían qué era trataban inútilmente de no mirarla e ignorarla.  
Lo mismo que lo mantuvo con vida (escribir, dejar el legado del espanto de su vida contra las mentiras, denunciar a sus verdugos y combatir la fiebre del olvido) finalmente lo enfrentó a su final. Terminando a duras penas Antes que anochezca, más allá no quedaba sino una ciega y dolorosa muerte que tratarían de prolongarle hasta lo imposible. Aunque había firmado un Living Will, ninguno de nosotros éramos sus familiares, y no teníamos poder legal para desconectarle las máquinas o cesar los tratamientos más imprescindibles. Hizo lo mismo que dos de los creadores que más admiraba: Lezama Lima y Virgilio Piñera –que en el total ostracismo escribían pese a todo y como único objetivo existencial–. Una vez que eso le fue imposible ya su vida no tenía ningún sentido.

Edificio donde vivió y murió Arenas
Una noche me hizo saber que había llegado el momento. Le pregunté si necesitaba mi ayuda y me dijo que contaba con Dolores y Lázaro, si bien no me precisó exactamente cuándo sería. ¿Qué se siente ante alguien que sabemos que ya no estará… que ésa es la última conversación… que siendo yo también positivo posiblemente me estaba mirando en el espejo de mi futuro. Fue una larga noche: hermosa, triste, con el amor de la amistad, serena, con una dolorosa nostalgia, unidos por un pasado común, lejanos y cercanos de nuestras raíces isleñas. Hablamos de cuando éramos jóvenes, cuando nos conocimos en la Biblioteca Nacional, La Habana de nuestra bohemia, las tardes en la Playita 16 de Miramar, con Virgilio en el parquecito frente a la Funeraria Rivero, en el atelier de la pintora Loló Soldevilla, la casa siempre abierta de Olga Andreu, los viajes por Regla y Casablanca con José Mario, cuando Tiqui-Tiqui un amigo gay que trabajaba en la cafetería del Parque Lenin, me vendía a sabiendas las cosas que le llevaba en su huida: yogurt, chocolate, croquetas con pan, y las frituras de calabaza de mi madre, de la isla que nos dolía, la mezquindad del exilio, nuestro lunático individualismo, las enfermizas divisiones, la complicidad de tantos bajo el llamado “Diálogo”, y por supuesto de la literatura: no parecía un adiós sino un hasta luego. Era tarde, cuando antes de despedirme le pedí que me llamara si me necesitaba –ya había asistido a otros en el viaje–. Que Dolores o Lázaro me avisaran…

No creo que fuera algo previamente escogido por Reinaldo. Pero en la historia de Cuba el 7 de diciembre es la muerte del General independentista Antonio Maceo y su ayudante Francisco Gómez Toro, en las alturas del Cacahual en Santiago de las Vegas. Cuando tomé el teléfono y escuché la voz de Dolores supe al instante que Reinaldo había muerto. Corrí al edificio en la calle 44. La puerta estaba abierta en espera de la policía. Había un silencio surreal. Reinaldo estaba en el sofá, Lázaro le había cruzado las manos sobre el pecho y estaba arrodillado en el piso rezando, Dolores estaba sentada en una silla a su lado: con esa fuerza que sólo las mujeres tienen ante el dolor. Dolores me hizo una señal para que me marchara, librándome de los procedimientos de la policía en esos casos. Bajé y me quedé en la acera. Cuando vino la policía, su pequeña nota exonerando a cualquiera de su muerte y su certificado del Sida aligeraron el proceso. Como a la media hora vino el carro de la morgue con el coroner: el responsable de levantar el cadáver. Dos negros corpulentos, con guantes amarillos de goma y mascarillas sanitarias, bajaron la camilla con el cadáver encerrado en una bolsa verde olivo de plástico y al ir a meterla en el carro dejaron caer su cuerpo a la calle. Gritaron. ¡Fuck! Dolores y Lázaro estaban en la escalera de entrada. Pero ni se excusaron, recogiéndolo y marchándose. 
Esperé unos días de sosiego para reunirme con Dolores y rellenar los vacíos de lo que sucedió. Reinaldo la había llamado. Realmente estaba muy depauperado físicamente y destrozado emocionalmente, pero aún no se atrevía a tomar la pastilla. Así que ella llamó a Lázaro. Reinaldo simplemente se quejaba. Era evidente su próxima agonía, y como no quería regresar al hospital…  Desesperado e impotente Lázaro estalló. “¡No jodas más y termina!” Reinaldo fue a la cocina. Cuando regresó dijo: “Ya lo hice”. Se acostó en el sofá y en total silencio esperaron. Una corta convulsión, la respiración agitada, y el viaje a la total libertad de quien nunca la conoció en vida. Dolores quería escribir su final pero nunca lo hizo. Su muerte me deja en libertad para hacerlo. Perla Rozencvaig y Lázaro Gómez Carriles pueden refutar mi testimonio. Y hay otros amigos, testigos de las muchas cosas lo que cuento. La película de Schnabel estableció el mito más dramático y rápido de la bolsa plástica asfixiándolo –que el mismo Lázaro ya ha negado–. Pero la realidad fue más dolorosa y larga: así murió Reinaldo Arenas. ¡No! Más bien su obra vive para siempre. Mientras que con el tiempo nadie recordará a sus verdugos: en una piedra sepulcral relegada a fotos turísticas; con el rabo entre las patas huyendo del paraíso con el carné de la diáspora…   

Exilio, Nueva York, 07, 17, 2012. Revisitado 3, 23, 2018

*Texto publicado por su autor hace años y revisitado recientemente y que nos ha cedido amablemente para su publicación.

miércoles, 3 de octubre de 2018

8-A

Hace unos días murió Juan Escalona Escalona Reguera, tristemente célebre por su papel de fiscal en el vergonzoso simulacro de juicio de la llamada Causa No. 1 contra un grupo de oficiales de las FAR y el MININT cubanos. Vale la pena revisitar el documental 8A dirigido por el imprescindible cineasta Orlando Jiménez Leal para -además de un magnífico y sobrio resumen de aquel extraño espectáculo- intentar entender la extraña concepción de justicia que guía al régimen cubano.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Recuerdos de una infancia norcoreana

Tuve una infancia todo lo norcoreana que se puede tener en el Caribe. Crecí -a principios de los setentas- entre llamados a trabajar por la Revolución, morir por la Revolución, matar por la Revolución. Se hablaba más de sacrificios que en la isla de King Kong. La televisión y en el cine la mayoría de las películas eran soviéticas, cuando no polacas o checas.  O de samurais, claro, que venían desde el Este a substituir las películas del Oeste. 

En el cine apenas se estrenaban películas americanas y cuando ocurría muchas veces eran de la década anterior en copias en blanco y negro (la semana pasada volví a ver “La chica terremoto” -What’s up Doc?” en inglés- y, como sospechaba, también tenía colores). Si acaso a cada rato estrenaban alguna comedia francesa o italiana pero como inevitablemente sacaban alguna teta no me dejaban entrar al cine. Siempre había excepciones, claro, que al final es lo único que uno recuerda. Y se queda con la idea de que se pasó la infancia viendo “El zorro” con Alain Delon.  O "Tiburón Sangriento" de Spielberg.

En música era lo mismo. Todo lo que salía en televisión eran cantantes nacionales intercalados con festivales de países socialistas. De ahí que se viera con alivio hasta la aparición de Rafaella Carrá y su fantástica fiesta. La música norteamericana casi reducida a cero. Si acaso alguna vez un video de Barry White. También recuerdo haber escuchado a James Brown en la radio de un vecino pero ahora no estoy seguro si era la nacional o en la onda corta.

Y de pronto hacia el 78 empiezan a cambiar las cosas. Empieza a aparecer en televisión a cuenta gotas la música de otro mundo, películas de esa década. Las canciones a razón de una por semana en el mejor de los casos. Luego en el programa “Para bailar” cada domingo empezaron a sonar los Boney M y hasta el funk norteamericano, casi como si fuera algo natural. Por esos mismos días comenzaron a aparecer cada sábado películas norteamericanas recientes aunque las intercalaran todavía con películas de la Gran Guerra Patria, “La nieve ardiente”, “El bloqueo de Leningrado”, como para que no nos entusiasmáramos demasiado.

Pero fue en la siguiente década cuando ocurrió el deshielo más completo que había conocido hasta entonces. Porque luego de aquellos lúgubres setentas ver música extranjera -y con extranjera quiero decir norteamericana o inglesa- durante media hora a la semana era toda una fiesta. Recuerdo el estallido de júbilo en mi secundaria cuando pasaron por televisión la primera película de Bruce Lee (“Puños de furia”) o cuando pudimos ver por primera ver cómo lucían Los Beatles o Roberto Carlos en la misma inolvidable noche. 

Desde entonces sospecho que algo tuvo que ver con ese “deshielo” tres acontecimientos vagamente conectados entre sí: los viajes de la “Comunidad”, el Festival de la Juventud y los Estudiantes de 1978 y los secesos de la embajada del Perú y el subsiguiente éxodo del Mariel pero, lo sé, es pura especulación de mi parte. ¿Alguien tiene idea qué fue lo que decidió ese minúsculo deshielo, qué nos permitió disfrutar de esa media hora semanal de MTV que llamaban “Colorama”? ¿Cuál fue la lógica de tanta liberalidad luego de años empeñados en que no nos llegara el veneno yanki?

martes, 4 de septiembre de 2018

Marielitos vs. Hombre Nuevo*

Cuenta el dramaturgo cubano Héctor Santiago de una noche en que se hallaba sentado con su amigo Reinaldo Arenas en la famosa heladería habanera Coppelia. Un empleado de la heladería conocido de ellos les advierte que la policía está a punto de lanzar una de aquellas redadas tan comunes en aquellos días. Comunes al menos para los homosexuales, hippies y otros elementos “indeseables”. 
Santiago y Arenas escapan corriendo, vagan por la ciudad hasta que deciden pasar el resto de la noche escondidos en el portal de una bodega. De pronto, ven una cucaracha avanzar hacia ellos: “Aterrado me quité el zapato […] calculando tenerla bien cerca para darle el certero y mortal zapatazo […] Entonces Reinaldo me detuvo el brazo y […], viendo mi natural asombro me dijo: ‘Nosotros somos como las cucarachas. También estamos sobreviviendo’”.
Difícil imaginar el estado al que puede ser empujado un ser humano para que se identifique con el más despreciado de los insectos. Pienso en los jóvenes que durante las primeras décadas del castrismo no se sentían especialmente atraídos por un proyecto que anunciaba la redención definitiva de la humanidad. Jóvenes que, al decir de Santiago, no se conformaban a “la imagen revolucionaria-conservadora del Hombre Nuevo guevarista”. 
También pienso en los otros, los que sí se conformaban. Porque todos debían pasar por ese engranaje que los convertía en el combustible del que se alimentaba el “proceso”. Unos y otros podrían reconocer con Reinaldo Arenas que: “La mayor parte de nuestra juventud se perdió en cortes de caña, en guardias inútiles, en asistencia a discursos infinitos donde siempre se repetía la misma cantaleta”. 
¿No será esta descripción resultado del despecho de alguien que desde joven había intentado incorporarse a la Revolución? 
¿Acaso Arenas, con su primer libro publicado a los 22 años, no se había convertido en joven promesa de la literatura nacional? ¿No podía tomarse al propio Arenas como paradigma del poder transformador de dicha Revolución? 
¿Acaso no estaba la Revolución Cubana llamada a revolucionar el ya venerable negocio de las revoluciones?
Les propongo asomarnos a uno de los textos sagrados de dicho proceso. Un texto usado con frecuencia para subrayar el carácter heterodoxo del proceso revolucionario cubano. Me refiero a “El socialismo y el hombre en Cuba”, de Ernesto Guevara, un ensayo que suele citarse por sus críticas al realismo socialista, sus advertencias ante la posible corrupción de los dirigentes revolucionarios o su denuncia de la condición no-revolucionaria de los intelectuales cubanos. 
Un texto que —recordemos— apareció en la publicación uruguaya Marcha que, aunque de izquierda, tenía un público que desde la Cuba revolucionaria podía calificarse como burgués. En cambio se evita mencionar el detalle de que el propósito declarado de dicho ensayo fuera refutar la afirmación de “los voceros capitalistas” de que “el período de construcción del socialismo en el que estamos nosotros abocados, se caracteriza por la abolición del individuo en aras del Estado”. 
De tomarse la precaución de seguir el razonamiento del Che Guevara, las intenciones declaradas de su texto, habrá que reconocer que su autor termina dando la razón a los “voceros capitalistas”. “Vistas las cosas desde un punto de vista superficial —confiesa—, pudiera parecer que tienen razón aquellos que hablan de supeditación del individuo al Estado”. De hecho, en su análisis del socialismo, la imagen que ofrece Guevara es todavía más siniestra que la que denuncian los propagandistas del capital. En vez de la supeditación del individuo al Estado, Guevara propone la supeditación de la masa a un único individuo, Fidel Castro, líder que a través de sus discursos consigue establecer una relación orgásmica con la masa: 
“En las grandes concentraciones públicas se observa algo así como el diálogo de dos diapasones cuyas vibraciones provocan otras nuevas en el interlocutor. Fidel y la masa comienzan a vibrar en un diálogo de intensidad creciente hasta alcanzar el clímax en un final abrupto, coronado por nuestro grito de lucha y victoria”.
Apartando a Fidel Castro, individuo excepcional, el resto de los individuos, según Guevara, es un “producto no acabado” que “se somete a un proceso consciente de autoeducación” para “acomodarse a una situación que siente justa y cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora”. El objetivo por el que se debe autoeducar el individuo es la edificación de la “nueva sociedad donde los hombres tendrán características distintas: la sociedad del hombre comunista”. 
Agradezcámosle al guerrillero del ensayo la franqueza de reconocer que los componentes de la masa “deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad; es la dictadura del proletariado ejerciéndose no solo sobre la clase derrotada, sino también individualmente, sobre la clase vencedora”. Para alivio del lector se aclara que el objetivo del socialismo es “ver al hombre liberado de su enajenación” y no lo contrario. Pero lo que Guevara nunca aclara es en qué consistirá la libertad dentro de normas tan estrictas.
Si Guevara no se atreve a decirle a su público de intelectuales pequeñoburgueses sudamericanos qué posibilidades tiene el individuo en la sociedad que está ayudando a construir, Fidel Castro no tendrá empacho en reconocerlo en sus discursos: 
“Nosotros no podemos estimular ni permitir siquiera actitudes egoístas en los hombres si no queremos que los hombres sigan el instinto del egoísmo, de la individualidad, […] no creemos que se forma un hombre comunista incitando la ambición del hombre, el individualismo del hombre, las apetencias individuales del hombre”. 
Para el individuo excepcional que describía Guevara en su ensayo, para ese conductor de masas que es Fidel Castro, el enemigo deja de ser una clase —la burguesía— para ser el propio individuo.
No se trataba de meras palabras. Cuando Fidel Castro hablaba lo hacía desde el puesto de mando del mecanismo de control estatal más abrumador que ha conocido el hemisferio occidental. No es que el Comandante en Jefe fuera omnipotente: a algún compromiso debía llegar esa paradójica propuesta de máxima emancipación y un orden social calculado al detalle: en el conflicto entre libertad y control cedía siempre la libertad. Y entre individuo y Estado, el individuo. La preocupación por la libertad y los derechos individuales se verá diferida hasta la construcción de la sociedad plenamente justa. Se ignoraba la advertencia de Albert Camus de que “acallar el derecho hasta que la justicia esté establecida, es acallarlo para siempre, puesto que ya no tendrá ocasión de hablar si la justicia reina para siempre”, porque “la revolución sin más límites que la eficacia histórica significa la servidumbre sin límites”. 
Ese proyecto emancipatorio que era la Revolución Cubana para quienes la admiraban a distancia, constituyó para muchos de los que vivían dentro de ella el medio de sometimiento más perverso que se pudiera concebir: todo intento de resistencia los convertía automáticamente en contrarrevolucionarios y aliados de la reacción, entre otros pecados mortales. Frente a esta trampa es que Albert Camus edifica su concepto de rebeldía como un acto de resistencia no solo contra la opresión que defiende los privilegios de una casta o clase, sino también esas otras variantes que en nombre de la emancipación definitiva de la humanidad someten las pulsiones individuales a las necesidades de la Historia y del Estado. En ese sentido, nuestros marielitos siempre se comportaron como perfectos rebeldes camusianos que, frente a las exigencias de la Revolución y el Estado, persistían en defender y ensanchar su noción de humanidad. 
De hecho, el “hombre nuevo” guevariano representaba un franco retroceso frente a la idea de hombre que propuso Geovanni Pico della Mirandola en el Renacimiento. Según el pensador italiano, cuando Dios hubo de crear un ser “que comprendiese la razón de una obra tan grande, amara su belleza y admirara la vastedad inmensa”, no pudo usar ninguno de los arquetipos previos y creó un ser “de naturaleza indefinida”. Este Dios renacentista le dice a Adán: 
“Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas”. 
Frente a la libertad propuesta por el italiano, la creación del hombre nuevo en el Caribe resulta tan miserable como un edificio de Alamar comparado con la basílica de San Pedro en Roma. El Che Guevara —en el texto que según cierto crítico es “un hito en el pensamiento social emancipatorio del siglo XX”— propone un hombre nuevo que sea carne de sacrificio. Y           —muerto Guevara— Fidel Castro reclama que el hombre nuevo sea precisamente como el Che. Y por si quedaran dudas, en otro discurso el Comandante en Jefe aclara su concepto de “revolucionario”: 
“[N]o se trata de que sean buenos, un hombre decente, no; hace falta algo más que ser bueno y ser decente, hace falta […] tener […] una actitud revolucionaria ante los problemas, […] espíritu de colaboración con los demás organismos y, sobre todo, de colaboración con el Partido, dejarse ayudar por el Partido”.
Las generaciones que crecieron bajo estos presupuestos fueron objeto de un minucioso y uniforme experimento político, social, legal, económico, educativo y cultural para producir un ser dispuesto al sacrificio, obediente y agresivo, sumiso y viril: ajeno a las frivolidades de la materia o a las veleidades del espíritu. Pero para conseguirlo la masa debió someterse a un proceso continuo de purificaciones, parametraciones y reeducaciones que primero debía separar a los candidatos a hombres nuevos de aquellos que estaban más allá de toda redención, y así evitar que los segundos contaminaran a los primeros. 
“Impedir —en palabras del Che— que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas”. (Un argumento que recuerda el utilizado para expulsar a los judíos de España en 1492: evitar que la presencia y mal ejemplo de estos desviara del recto camino a los nuevos conversos). 
Llegados a separar la cáscara de la semilla, casi nadie parecía librarse del pecado original de “no ser auténticamente revolucionario”. Uno de los principales instrumentos legales con los que contó el Estado para esta labor de criba es la llamada ley de la peligrosidad. Una ley que “considera estado peligroso la especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la conducta que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista”. Y la moral socialista —de acuerdo con la plataforma programática del Partido Comunista— “implica un alto espíritu colectivista y una elevada actitud ante el trabajo, basados en relaciones de ayuda mutua y fraternal; el cumplimiento de los demás deberes sociales, del internacionalismo proletario y del patriotismo revolucionario; el logro de la victoria de la cultura y la ideología socialistas en la conciencia social”. 
Era, en fin, demasiado fácil no estar a la altura de la moral socialista, caer bajo la suspicaz ley de la peligrosidad. El marielito Miguel Correa, en su libro Al norte del infierno,describe así los efectos concretos:
“Te ha cogido la ley de la peligrosidad. Aunque no hayas hecho nada, te ha cogido. […] Porque para que a uno lo coja la ley de la peligrosidad es eso precisamente lo que hay que hacer: nada. Porque de hacer algo, ya no te coge esa ley aunque sea la más mínima cosa la cosa que hayas hecho. Te coge el paredón o el presidio por treinta años. Pero no lo cojas tan a pecho; a todo el mundo lo viene cogiendo la ley de la peligrosidad hace muchos años”.
Una sociedad sometida a inquisición tan detallada debía producir una literatura igualmente singular… en caso de que se atreviera a hacerlo. Roberto González Echevarría, en su ya clásico Mito y archivo, afirma que la novela “forma parte de la totalidad discursiva de una época dada, y se sitúa en el campo opuesto a su núcleo de poder”. De ser cierta su tesis tendremos que reconocer que ninguna otra generación de escritores latinoamericanos debió enfrentar un andamiaje ideológico, social y legal, sustentador de “un núcleo de poder” político tan monstruoso como que el que enfrentaron los escritores que luego fundarían Mariel. 
Pienso que es a partir de la comparación con el discurso del núcleo del poder político en Cuba que mejor podremos reconocer la radical singularidad y fuerza de la literatura producida por los autores de la generación de Mariel. Hay cierta lógica en que al conjunto de discursos, libros, artículos, periódicos, propaganda pura y dura y leyes draconianas destinadas a domesticar a toda una sociedad le correspondiera la literatura desmesurada de Mariel, tan radicalmente distinta a lo que producían sus contemporáneos latinoamericanos. 
Y sin embargo, el consenso entre la crítica establece la existencia de un “desfase literario de los narradores de Mariel respecto a su contexto cultural” latinoamericano. Se insiste en su condición anacrónica y marginal. Como si no fuera absurdo pretender que estos autores escribieran como sus colegas del boom y el postboom latinoamericano; como si la crítica no tuviera en cuenta que estos narradores escribían desde el futuro al que aspiraban buena parte de sus colegas del continente, ese futuro a partir del cual los escritores latinoamericanos modelaban la crítica a sus realidades respectivas. Y una rebeldía tan distinta a la del resto de sus colegas latinoamericanos también requería modos distintos de plasmarla porque, como nos dice Camus, “el genio es una rebeldía que ha creado su propia medida”. 
Predecible era que, ante la descomunal presión social, ideológica y policial, todos los autores cubanos se plegaran a las directivas oficiales o, al menos, dejaran de escribir en un país en que el manuscrito de un poema levemente irónico podía costar cinco años de prisión. Lo milagroso es que un grupo de autores se atrevieran a ocupar su lugar “en el campo opuesto” al durísimo núcleo de poder del régimen que les tocó en suerte y que le replicaran con una fuerza comparable a la de las leyes que intentaban domesticarlos. 
Asombra que para escribir no esperaran a escapar de Cuba, sino que lo hicieran bajo las peores condiciones de vigilancia y persecución. El éxodo del Mariel los encontró ya maduros como escritores, pero al mismo tiempo les ofreció una oportunidad única en la historia de los regímenes totalitarios: la de escapar más o menos al unísono y poder nuclearse en proyectos como el de la revista Mariel, antes de que la demoledora realidad cubana los obligara a aceptar las reglas del juego. Aquel experimento totalitario que se ofició bajo la pauta de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” fue desafiado por una literatura guiada por una ambición equivalente.
“Éramos jóvenes —nos cuenta Juan Abreu— y creíamos que el arte era una fuerza sagrada por la que valía la pena arriesgarlo todo. Teníamos miedo y nunca creímos en la cultura oficial de nuestro país. Fuera de la Revolución todo, dentro de la Revolución, nada, podía haber sido nuestro lema. […] Organizábamos maratones de lecturas y tertulias, escribíamos incansablemente y estábamos convencidos de que en esas actividades radicaba el único sentido que podían tener nuestras existencias”.
Ante el proyecto guevaro-fidelista que concebía una pormenorizada definición de lo humano, este grupo de escritores propuso la más amplia gama de posibilidades humanas: desde el realismo atormentado de Carlos Victoria al surrealismo ingenuo y aterrado de Roberto Valero a las desorbitadas parodias de Miguel Correa; desde la lúcida locura de Guillermo Rosales (o la pícara de Eddy Campa) a la memoria implacable y la imaginación distópica de Juan Abreu y Reinaldo Arenas o a la picaresca rabiosa y sensual de José Abreu… O esa estremecedora versión local del Infierno de Dante que es el recuento de Nicolás Abreu sobre su encierro con más de diez mil personas en los predios de la embajada de Perú en La Habana, titulado Al borde de la
cerca: los 10 días que estremecieron a Cuba.
Ante la pacata hechura del hombre nuevo, la generación de Mariel ofrece un multiforme hombre mirandoliano, capaz de lo mejor y lo peor, con una humanidad que no pide permiso para ser. En lugar de la rígida “plenitud” del hombre guevariano, los marielitos proponen en la práctica el incesante pastoreo del elusivo ser de que habla Heidegger. Al hombre pleno de Guevara —que derivará como hemos visto en un esclavo pleno— Juan Abreu enfrenta una aspiración mínima de lo humano que encierra toda su idea de dignidad: 
“Lo que sí es cierto es que mi madre me enseñó (nos enseñó) que hay cosas que no se pueden hacer en la vida porque nos convertimos (la cito) en mierda. A veces creo que me dejaría matar antes de convertirme en un mierda, que es lo más abyecto, según la escala de valores de mi madre”. 
Esa definición mínima de lo humano que va de Arenas a Abreu, no teme compararse con las cucarachas, pero al mismo tiempo se sitúa por encima de la abyecta servidumbre del hombre nuevo.
Cuando esta generación llega al exilio, más que “integrarse a las nuevas corrientes de exploración literaria” le interesa la defensa a ultranza de su condición humana tantas veces cuestionada. Esto es: no desde una concepción angélica y victimista de lo humano, sino reafirmando las posibilidades que le ofrece su nueva libertad. Una generación que no se hace ilusiones sobre la condición humana y asume su labor creativa como “sacrificio” y “fatalidad”; “placer” y “maldición”. Que desde el primer editorial de la revista anuncia con una convicción insobornable que “Toda obra de arte es un desafío, y por lo tanto, implícita o explícitamente, es una manifestación —y un canto— de libertad”. 
La misma convicción con la que años atrás, en medio de la persecución de su amigo Arenas, Juan Abreu escribe: 
“Sé que esta dictadura merece que la despreciemos, que escribamos contra ella, que seamos contra ella, que nos comportemos decentemente contra ella […]. Pero hoy lo he visto muy claro: nuestro conflicto es con la muerte. […] Y comprendo que lo importante no es lo que haya o no al final, sino ser fiel hasta la muerte. Lo importante es que cada ser humano elija estar de parte de los que escogen la rebeldía y la libertad”.
Estos insurrectos contra el futuro han sabido, obra mediante, darle a la rebeldía el sentido que reclamaba Camus de “rechazo a ser tratado como cosa y ser reducido a simple historia” y “afirmación de una naturaleza común a todos los hombres, que escapa al mundo del poder”. Una rebeldía que se resista a los sueños de plenitud totalitaria. Que intente una última resistencia al inminente “fin de toda civilización —de toda autenticidad— de toda individualidad, de toda grandeza” y a “la muerte del hombre como tal, y de todas sus sagradas, inspiradas nobles vanidades” que temía Reinaldo Arenas. 
Una rebeldía que tiene mucho que decirle a los tiempos pusilánimes que nos han tocado en suerte.

*Artículo aparecido en Hypermedia Magazine.