martes, 19 de junio de 2018

Desastre a la entrada

Tienes una cita trascendental con la mujer de tu vida. Te metes un mes en el gimnasio, te compras ropa nueva y nada más entrar en el restaurante chocas con un camarero que lleva en la bandeja un coctel de camarones: quedas cagado de arriba abajo con la salsa roja y un camarón asoma del bolsillo de tu camisa. Algo así le sucedió a Colombia en su debut mundialista contra Japón. A los dos minutos ya le habían pitado un penalti con expulsión incluida. Jugarían el resto del partido con uno menos. Que al principio no se nota tanto pero a medida que avanza el juego pesa como haber elegido el restaurante equivocado, la chica equivocada., la vida equivocada. Así y todo Falcao, el Thomas Alba Edison colombiano, se inventó una falta al borde del área por el conocido método de empujar y dejarse caer. El árbitro tragó y Quintero coló la pelota por debajo de la barrera y dentro de la portería. Casi al final del primer tiempo.
Un juego nuevo como quien dice. Pero no. Los colombianos estaban reventados por corretearle a un japonés de más y en un corner los japoneses se fueron arriba de un buen cabezazo. Como si luego de sacudirte como mejor podías la mancha del coctel de camarones al padre de la chica se le derrame una copa de vino tinto encima de tus pantalones. “Ella no va a ser tan superficial” te dices. Y te engañas. Porque estamos en un mundial y cualquier detalle cuenta. Y te regresas a casa diciéndote que la próxima vez que abras la puerta del restaurante tendrás más cuidado. 

lunes, 18 de junio de 2018

Inglaterra 2, Túnez 1


Lo habitual es que el equipo inglés empiece todos los campeonatos de manera prometedora y se vaya desinflando por el medio del camino, hundido por un penalti fallado o por las manos de trapo de su portero. Esta vez, en cambio Inglaterra ha tenido la cortesía de evitar falsas expectativas entre sus seguidores y ha llegado desinflada al primer juego. Si generó algún entusiasmo con el primer gol de Kane poco después el VAR -abierto, democrático- concedió un penalti a Túnez que lo aprovechó sin falta. Y así empatados ambos equipos pasaron la mayor parte del juego con Inglaterra insistiendo con llegadas tan poco claras como una explicación de adulterio. Hasta que al minuto 91 Kane volvió a cabecear el rebote de un corner y resolvió el juego a favor de Inglaterra. El juego, porque lo que es hacerse ilusiones con el resto del campeonato ya es responsabilidad de cada uno. 

La historia absuelve


Hoy fue un día histórico para Panamá, equipo que debuta en mundiales. Primer partido en un mundial, primeros toques de balón, primeros lanzamientos a puerta. Primeros tres históricos goles recibidos. Un castigo un tanto excesivo para el debutante si se tiene en cuenta que Bélgica, su rival, lució menos dominante que lo que sugiere el resultado. Quedará pendiente para Panamá el primer gol anotado en un mundial, la primera victoria. Pero tampoco hay apuro. Cuando se va de pionero, de fundador, de prometido de la Historia, todo se perdona.

El totalitarismo no es un padre


Adam Zagajewski en “Solidaridad y soledad”:

“Hay una etapa transitoria, por la que pasan a menudo los jóvenes nacidos en la esclavitud, que consiste en mirar el totalitarismo comunista como los hijos de los pastores debían de mirar a sus padres: con desesperación, ira, decepción y, al mismo tiempo, con la vaga esperanza de que, debajo del cristianismo paterno –un cristianismo contaminado, contrahecho, humorístico y cruel- se ocultara el cristianismo verdadero, sereno y lleno de amor: el de Cristo. O sea que también ellos –ya no hijos de un pastor sino de un militante de un partido- están dispuestos a creer por un momento que debajo de la costra del socialismo real, se esconde un socialismo distinto, el socialismo cálido, bueno y amigable de las novelas soviéticas para jóvenes. Pero esto es imposible. El paralelismo es falso.
La situación del espíritu en el totalitarismo no es cosa de familia. Quien tiene las llaves de nuestra celda no es un pariente próximo, sino una fuerza fría y ajena, anónima y pegajosa como un sapo. […] De modo que no busquemos modelos en los hogares de los pastores protestantes ni en las familias de los comerciantes judíos. Ni tampoco en Freud. El totalitarismo no es un padre, y esto complica sobremanera la situación del espíritu que, de pronto, se encuentra frente a frente con un adversario de otra clase, con un adversario que no tiene nada de espiritual, sino que es una amalgama de fuerza anónima”
La situación del espíritu en el totalitarismo no es cosa de familia. Quien tiene las llaves de nuestra celda no es un pariente próximo , sino una fuerza fría y ajena, anónima y pegajosa como un sapo. […] De modo que no busquemos modelos en los hogares de los pastores protestantes ni en las familias de los comerciantes judíos. Ni tampoco en Freud. El totalitarismo no es un padre, y esto complica sobremanera la situación del espíritu que, de pronto, se encuentra frente a frente con un adversario de otra clase, con un adversario que no tiene nada de espiritual, sino que es una amalgama de fuerza anónima”

En fin el VAR

Gracias al VAR (Video Assistant Referee) el partido Suecia y Corea del Sur no terminó empatado a cero. Agradezcámosle entonces este acto de piedad –la misma piedad que puede haber en un tiro de gracia- a la tecnología. La tecnología todavía es incapaz de mejorar el nivel de un juego pero al menos puede darle un resultado más justo.

domingo, 17 de junio de 2018

País vertical


Brasil llegaba a este mundial como favorito y eso no es poca cosa. Sobre todo teniendo en cuenta cómo había abandonado el mundial anterior. Nada menos con una goleada de 7 a 1 a manos de los derrotados hoy por México. El 7 a 1 era cosa del pasado. O mejor. Era un mal sueño del que la selección se había despertado en estos cuatro años. Hoy, que se enfrentaba a Suiza, era momento de demostrarlo.

El principio del partido pareció confirmar esa versión optimista. Por el juego colectivo, alegre y por el golazo de Coutinho. Sambas, culos meneándose, “o hexa é nosso” y todos imaginándose una marcha triunfal imparable hacia la sexta copa mundial. El 7 a 1 no era más que un espejismo. Luego vino el gol suizo, la frustración brasileña por acercarse a la portería contraria, el empate final y se tuvo más claro cuál era el espejismo verdadero, valga la paradoja.
Nadie como Neymar resume mejor este equipo. Un tremendo talento que serviría de algo si lograra mantenerse en posición vertical un par de minutos seguidos. Pero no. Al menor empujón ya anda revolcado, escupiendo trocitos de césped y pidiendo falta. Un poco más de insistencia en su posición de homo erectus y quizás veríamos goles y resurgir a ese Brasil arrollador que dejó de existir en el 2006 al mismo tiempo que el súbito eclipse de Ronaldinho. Desde entonces solo se han asomado malas copias, espectros, jugadores talentosos pero horizontales. Una máquina del tiempo parece ser el único remedio serio. Que viaje al pasado y regrese con Pelé, Garrincha, Tostao, Rivelino, Zico, Romario, Ronaldo y Ronaldinho en su mejor momento. O al menos a Neymar en su versión vertical. Si es que existe.

Rebelión en el teocalli

Venían a chocar Alemania y México. México, el país que no gana nada desde los tiempos de Moctezuma, cuando las victorias se contaban por corazones sangrantes. El país del “sí se puede” esa frase que suena a rendición disfrazada. De los comentaristas deportivos más insoportables de la cristiandad. Un país que hay que ser muy mexicano para apoyarlo. O no tener nada más que apoyar. Del otro lado el campeón, con sus jugadores de hace tres mundiales que conservan rostros tan juveniles como para que los contrate una compañía de maquillaje y cuidado de la piel.
Los mexicanos más optimistas decían que su equipo sería capaz de evitar una goleada. Pero fuera de eso no se hablaba ni siquiera de empate. Una derrota digna sería suficiente. “Y viva México hijos de la chingada”. Los primeros minutos con una Alemania impecable y precisa parecía darle la razón a los más optimistas (o sea, que en el mejor de los casos evitarían una goleada). Pero entonces el equipo mexicano aguantó la presión alemana con un aplomo inusual y empezó a contragolpear hasta que en uno de esos contraataques consiguieron marcar un limpio gol.
Luego del gol el plan no cambió. Los alemanes atacaban y los mexicanos contraatacaban. México estuvo más cerca de ampliar la ventaja que Alemania de empatar el partido. El tiempo se acababa y al técnico alemán no se le ocurrió algo mejor que sacar una de esas momias en perfecto estado de conservación -Mario Gómez- cuya principal arma es reclamar penaltis inexistentes. Y así llegaron al final, con los mexicanos victoriosos. Lo más difícil queda por delante: convencerse de que en realidad ganaron, que no es un espejismo. Que no jugaron como nunca para perder como siempre. Que ser mexicano no es una justificación perfecta para la derrota.

Serbia 1, Costa Rica 0

De este partido no hay mucho que decir. Como no hay mucho que decir de un equipo como Costa Rica cuyo mejor jugador es el portero y el resto se encomienda a su talento. Que es como apostar al cero a cero. En el mejor de los casos. Tampoco se puede decir mucho de Serbia con sus jugadores fortísimos y hábiles pero sin demasiado sentido de equipo. El juego se resolvió como era de esperar: en una jugada a balón parado. Un tiro libre que parecía -por la distancia a que se cobró- inofensivo. Pero por la fuerza y la precisión con que se coló por la escuadra pareció un penalti. Uno que no sea cobrado por Messi dormido, por supuesto.

Dinamarca 1 - Perú 0

El segundo partido del sábado le correspondía otro enfrentamiento nórdico-sudaca, Dinamarca contra Perú. Dinamarca es un habitual en estas citas. Perú, en cambio, perdió la costumbre desde 1982, en los tiempos en los que Sendero Luminoso daba sus primeros pasos acumulando muertecitos. (O sea, una época totalmente analógica lo que para un milennial es contemporáneo con la fundación de Machu Pichu).
Los peruanos saltaron al terreno con la ansiedad de un reo que sale luego de larga estancia en prisión: asesino en serie en Estados Unidos, contrabandista de carne de res en Cuba. Amenazaban con comerse el terreno en un partido de los más intensos hasta ahora. Los peruanos intentaron de todo. Incluso dejarse caer en el área de penalti con elegancia y distinción que el VAR confirmó como pena máxima. Pero llegada la hora de cobrarla Cueva decidió que era mejor entregarle la pelota al público al que todo le debe, patada mediante.
Luego, en el segundo tiempo entre ataque y ataque peruano se coló un gol danés. Un contragolpe rápido y efectivo como venganza de narco. Y prosiguieron los peruanos sus ataques insistentes, llenos de detalles brillantes pero más ineficaces que los antidepresivos de Anthony Bourdain. Y así llegaron al final estos peruanos generosos y esforzados, con la satisfacción del deber incumplido. Porque de seguir así saldrán pronto del torneo. Y sería una lástima.

Argentina 1 Islandia, lo mismo

“No hay enemigo pequeño” deberían haber pensado los seleccionados mientras cantaban el himno y comprobar que sus rivales les sacaban un pie de estatura. (Esto es como promedio: Messi parecía directamente hijo de los islandeses). Pero no. Mientras cantaban aquello “Oíd, mortales, el grito sagrado ¡Libertad, libertad, libertad!” seguramente estaría calculando cuántos goles les meterían a un equipo que se estrena en la historia de los mundiales. Un equipo que representa a una nación de poco más de trescientos cincuenta mil habitantes y en el que cada jugador tiene además una ocupación seria por si eso de caerle a patadas a una pelotica les falla: el técnico es dentista, el portero, cineasta y el delantero Jón Dadi trabaja en una gasolinera. Y los jugadores argentinos, que en su vida se han dedicado a otra cosa que a patear la pelotica (si piensan en Maradona -sentado ayer entre el público- les advierto que catador de cocaína no es una profesión) se preguntarían si entre aquellos descendientes de vikingos no habría un jardinero que quisiera cortarles el césped. Y en eso sonó el silbato del árbitro.
No obstante, el silbato no debió sonar demasiado fuerte. Al menos no como para despertar a Messi que se quedó pensando si en el videojuego FIFA 2019 luciría más natural de lo que es en realidad. Mientras tanto el juego seguía su curso. Argentina atacaba e Islandia contraatacaba. Kun Agüero anotaba por fin su primer gol en mundiales luego de irse en blanco en los dos anteriores. Y a los pocos minutos lo imitaba uno de esos ordeñadores de osos polares para empatar el juego. Los argentinos se paseaban por la cancha con su superioridad de millonarios subcampeones mundiales y los vikingos novatos no se dejaban impresionar. Por fin uno de los jugadores argentinos –Meza- decidió desequilibrar el partido del mejor modo que pudo. Esto es dejándose caer en el área chica. El árbitro pitó penal y Messi pareció despertarse: pidió el balón para lanzar él la falta. Falsa alarma. Seguía dormido y pateó el balón sonámbulo que el cineasta islandés pudo atajar sin problemas. El resto del partido transcurrió del mismo modo pero ya sin más goles. Los únicos que ganaron fueron las aerolíneas islandesas que ahora deben estar vendiendo pasajes a Rusia al resto de los compatriotas que quedaban en la isla. 

De regreso con el mundial


Andaba de viaje y no había podido comenzar mis habituales crónicas de los mundiales (Mundial 2010, Mundial 2014). Ahora trataré de ponerme al día.

jueves, 31 de mayo de 2018

Hoy "El compañero que me atiende" en Madrid

Les recuerdo que hoy jueves 31 de mayo a las 8:00 pm de la noche en la libreria Centro de Arte moderno de Madrid la presentación de la antologia "El compañero que me atiende" (Galileo 52, metros Argüelles o Quevedo) con la presencia de los autores Ronaldo Menéndez, Antonio Jose Ponte, Gleyvis Coro Montanet, Lien Carrazana y Orestes Hurtado.


domingo, 20 de mayo de 2018

Crónica de 110 muertes anunciadas



¿Recuerdan que no hace mucho dijeron que Cubana de Aviación iba a suspender sus vuelos nacionales? Pues quizás era para evitar lo que al final terminó pasando el viernes. Esto aparecía en una noticia del 28 de marzo:

"'Literalmente no hay aviones y los que están se encuentran en muy malas condiciones. Nosotros se lo hemos comunicado a quienes vienen acá. La medida que se está tomando es trasladar en guagua a aquellos pasajeros que obtuvieron ya los boletos', comentó un agente de seguridad de la agencia que pidió no ser identificado"
Lo extraño es que no haya ocurrido antes. 

Lógica y azúcar

Artículo aparecido en la revista Nuestra Voz:


Por Enrisco
La lógica, como ciertos equipos deportivos, funciona casi siempre excepto cuando más lo esperamos.  Como las consecuencias comerciales de las guerras de independencia en Hispanoamérica. En ellas la lógica se comportó con una eficacia digna de los Indios de Cleveland que no ganan una serie mundial desde 1948. Pues con Hispanoamérica igual. Cuando la mayoría de las antiguas colonias se liberaron del yugo español fue la gran oportunidad comercial… para los únicos dos territorios que habían quedado bajo el dominio de la Madre Patria que es como les gusta llamarle a los que no viven en ella. Y estas dos colonias eran las islas de Cuba y Puerto Rico.

Resulta que en 1816 Francisco Arango y Parreño, esforzado reformista cubano, fue nombrado por la corona española ministro del Supremo Consejo de Indias y de la Junta Real para la Pacificación de las Américas. Entre este y el ministro de Hacienda de la colonia de Cuba, andaban preocupados porque la isla de Cuba se sumara a la moda de hacerse independiente que recorría a todo el continente. Así que consiguieron que se aprobara el importante decreto real del 18 de febrero de 1818. A partir de este decreto se le permitía comerciar libremente con todos los mercados extranjeros algo que hasta entonces les estaba prohibido a todas las colonias españolas en América. De manera que mientras en el resto de Hispanoamérica se dedicaban primero a liberarse de España y luego a recuperarse de las pérdidas de la guerra los hacendados cubanos y puertorriqueños se esforzaban en producir toda la azúcar posible (gracias a la no muy voluntaria contribución de esclavos importados desde África) para vendérsela a Estados Unidos, el mercado más rentable que tenían a mano.
Así fue como Nueva York resultó el principal destino del azúcar cubano y puertorriqueño. La primacía de Nueva York no es casual. En 1817 había establecido una línea marítima directa con Liverpool y ocho años más tarde se inauguró un canal que conectaba el río Hudson con los Grandes Lagos convirtiendo a Nueva York en el principal punto de exportación del trigo norteamericano que se producía en el Medio Oeste. Los barcos que llegaban con azúcar desde el Caribe confiaban en regresar cargados de harina de trigo o importaciones inglesas. De modo que además del azúcar antillana Nueva York fue el destino de los cueros argentinos, el café brasileño y la mierda peruana. O mejor dicho, mierda de aves peruanas más conocida como guano y que –por su calidad como fertilizante- se pagaba como si fuera defecada por la gallina de los huevos de oro.
Pero nada rivalizaba —ni siquiera la mierda de gallina de los huevos de oro— con el volumen y el valor de las importaciones de azúcar desde Cuba y Puerto Rico. Ya para 1860 la mitad de las caries norteamericanas tenían origen caribeño y que los dentistas norteamericanos cada mañana dirigían sus rezos a las Antillas españolas. Y Williamsburg, Brooklyn, antes de ser la mayor productora de hipsters por metro cuadrado del país fue el centro de la producción mundial de azúcar refino. Ya en 1807 los hermanos alemanes Frederick y William Havemeyer habían establecido las primeras refinerías en Manhattan y para 1857 sus descendientes establecieron una gigantesca fábrica en Williamsburg que hizo de los Havemeyer respecto al azúcar el equivalente de los Rockefeller para el petróleo con la diferencia que un Havemeyer se hizo de la alcaldía de Nueva York más de cien años antes de un Rockefeller llegara a ser gobernador del estado.
Pero el azúcar no llegó sola. Con ella desde Cuba también llegaba la mitad de los puros que se consumían en el país (ganándose con ello la devoción de los especialistas en enfermedades pulmonares) y el mayor renglón de exportación de la isla en los últimos doscientos años: los exiliados. Pero siendo tantos y tan variados mejor hablamos de algunos de ellos en las próximas entregas.

  

viernes, 18 de mayo de 2018

Cuba queer

El pasado martes participé en la presentación de la magnífica antología Cuba Queer editada por el estudioso Ernesto Fundora que reúne 27 obras teatrales en torno a la sensibilidad e identidad queer. Ahí va el penúltimo párrafo de mi presentación:

"Hoy, con una sociedad cubana razonablemente domesticada, cuando ya no se hace necesario utilizar la ecuación homosexual = contrarrevolucionario, se promueve la imagen del homosexual feliz. Un ser sin otro deseo que el de agradecer infinitamente la protección que le ofrece la hija de su antiguo represor. Sí, porque la hija del principal responsable de los campos de concentración de hace medio siglo es quien hoy monopoliza la voz del movimiento LGTBQ cubano. Especialmente delicada y compleja es la labor de los dramaturgos cubanos en medio de tanta “protección”. Conservar la esencia rebelde que define la condición queer, su resistencia a todo tipo de opresiones ya sean familiares, sociales o políticas, (como si no bastaran los demonios propios a la condición humana) ha sido una de las labores más arduas del actual teatro cubano, un esfuerzo que esta antología consigue reunir con brillantez"

martes, 15 de mayo de 2018

Nuestra hambre en La Habana (fragmentos)


"Esferas" revista de literatura que edita el Departamento de Español de la New York University publica su número 8. Un número está dedicado al tema de la precariedad. Invitado por su directora Lourdes Davila contribuí al número con un texto titulado "Nuestra hambre en La Habana" y que será parte de unas personales memorias sobre el Período Especial. A Lourdes le agradezco especialmente haberme impulsado a escribir sobre un tema que hasta ahora había relegado a anécdota verbal, como si aquella miseria compartida entre tantos no mereciese siquiera ser escrita:
4 de julio de 1992, día de la fallida inauguración de la Expo "Del Bobo un pelo" en el Museo 9 de abril (Mercaderes entre Obrapía y Lamparilla) tras ser censurada sucesivamente por la Seguridad del Estado, el Partido Comunista de la Habana Vieja y el Poder Popular. Las banderitas (en alusión a la que usaba siempre el Bobo) tenian por el lado contrario los créditos de la expo. De izquierda a derecha: Tejuca, Marlen, Fumero, "Cleo" y un servidor.

Nuestra hambre en La Habana (fragmentos)

En cuanto comenzara a trabajar me compraría un tocadiscos. Estaba decidido. No de inmediato, por supuesto. Con mi primer sueldo de recién graduado universitario invitaría a mis padres a comer al restaurante favorito de la familia. Pero si ahorraba una cuarta parte de mis tres siguientes sueldos mensuales de 198 pesos para principios del año siguiente uno de esos tocadiscos de la República Democrática Alemana que llevaban décadas cogiendo polvo en las tiendas de la capital sería, al fin, mío. No me importaba que la humanidad se estuviera pasando en masa al sonido cristalino de los CDs o que meses atrás hubiese caído el Muro de Berlín. Todavía en aquellos días los CDS eran una leyenda cubana y del estruendo de la caída del muro berlinés llegó apenas un rumor a la isla que en esos días era más isla que nunca. Mi sueño de contar al fin con dicho aparato que reprodujera la música que yo quisiera si no modesto al menos parecía viable. Aunque sin exagerar. Tampoco se trataría de escuchar la música que quisiera. Unos cuantos discos de producción nacional tan polvorientos como el tocadiscos que planeaba comprarme y algo de música clásica que se vendía en la Casa de la Cultura Checoslovaca, una institución que cada día reforzaba más su condición de reliquia del pasado. Un pasado en el que expresiones como “campo socialista” o “bloque soviético” tenían sentido.

No obstante, y sin que mediara ningún esfuerzo por mi parte, mi aparentemente modesta ambición con los días se convirtió en inalcanzable utopía. Luego, en nada. Al menos pude cumplir con la invitación a mis padres a comer en “El Conejito” a inicios de octubre. El día 9 de octubre de 1990 para ser exacto porque recuerdo que Cleo mencionó que era el cumpleaños de John Lennon. Entonces ignoraba que el país que producía mis anhelados tocadiscos había desaparecido días antes para unirse a su antiguo rival, la RFA. También ignoraba que iba a ser la última vez que iba a comer en aquel restaurante. O que muy pronto hasta la propia noción de restaurante iba a extinguirse. Yo, que pensaba que con aquella cena celebraba el inicio de mi vida laboral sin saberlo me estaba despidiendo del mundo tal como lo había conocido hasta entonces.

Venía del mundo de la prosperidad socialista, un oxímoron que se resolvía en colas casi interminables para casi todo, un transporte público lamentable y el ascetismo forzoso de la cartilla de racionamiento. Un mundo en que la carne, los mariscos y la cerveza eran lujos absolutos pero en el que al menos abundaban el ron y los cigarrillos. Un mundo en el que los servicios gastronómicos eran una variante del sadismo y la burocracia resultaba tan kafkiana como para darle nuevo sentido a la obra del praguense. Un mundo de pobreza regimentada que antes de que nos diéramos cuenta íbamos a añorar con toda la fuerza de nuestros corazones.

Los meses siguientes iban a ser pródigos en desapariciones. Primero desparecieron de las cafeterías el ron y los cigarrillos. El ron desapareció dejando detrás las botellas de vodka soviético a merced de los borrachines que no les habían prestado atención hasta entonces. Luego el vodka también desapareció. La comida no. La comida había desaparecido hacía años de buena parte de las cafeterías: lo que hacía era reaparecer con más o menos intermitencia. Pues esa intermitencia también desapareció. Algo parecido a lo que le pasó al papel sanitario: luego de tener una relación esquiva con nuestros culos vino a ser definitivamente sustituido por el papel periódico. (Algunos, con talante más vengativo acudían a las páginas de la Constitución Socialista, de la Plataforma Programática del Partido o a las obras completas de Marx, Engels y Lenin impresas por la editorial progreso en papel cebolla).

No mucho después desaparecería el transporte público casi por completo. Los autobuses que antes pasaban cada media hora ahora lo hacían cada tres o cuatro horas. Muchas rutas de autobuses desaparecieron por completo.

También desaparecieron las bombillas que iluminaban el exterior de las casas.

O los muebles de los portales.

Y los gatos.

Y los gordos.

A los gatos los cazaban y se los comían.

Y los gordos no comían lo suficiente. Todo lo que quedaba de los obesos de antaño eran fotos en blanco y negro, enmarcadas en las salas de las casas junto a las que se sentaban enflaquecidos, con los pellejos colgantes, a evocar lo que ahora veían como sus buenos tiempos.

No todo fueron desapariciones.

También aparecieron algunas cosas y reaparecieron otras que no se habían visto en mucho tiempo, casi todas destinadas a sustituir la ausencia de comida y de transporte. O a los cigarros y el alcohol.

Nada como una buena crisis para convertir al alcohol en producto de primera necesidad.

Buena parte de los sustitutos de la comida, del transporte público y del alcohol los aportaba el propio gobierno para hacer más llevadera una crisis que se empeñaba en llamarle Período Especial.

Novedades como

picadillo de soya

perros (calientes) sin tripas

pasta de oca

picadillo texturizado

Y, las bicicletas, claro.

Las bicicletas no se comían. Eran para sustituir el transporte. Los perros, el picadillo y la pasta era igualmente incomibles pero se destinaban a sustituir la comida. (No se dejen engañar por nombres que poco tenían que ver con lo que designaban. Como mismo nuestros estómagos no se dejaban engañar cuando los intentaban digerir).

También aparecieron:

El ron a granel

El vino espumoso

Los amarillos

Los camellos

(Los amarillos eran empleados del gobierno que, apostados en las paradas de autobuses y en puntos estratégicos de la ciudad y de las carreteras estaban autorizados a detener los vehículos públicos o particulares y embutir en ellos a cuantos pasajeros pudieran. Los camellos eran camiones enormes adaptados malamente para el transporte de pasajeros al punto que los pasajeros salían de ahí convertidos en cualquier otra cosa. No en balde los camellos recibieron el sobre nombre de “la película del sábado” por las grandes dosis de sexo, violencia y lenguaje de adultos que incorporaban).

Como parte de las reapariciones hubo un tremendísimo repunte en la producción de alcoholes caseros. Y en la de nombres para designar sus diferentes variantes: Chispae’tren, Hueso de Tigre, Azuquín, Duérmete mi Niño, El Hombre y La Tierra y otros todavía más intraducibles a otro sistema de referencias.

Los cerdos se convirtieron en animales domésticos: crecían junto a la familia y dormían en la bañera para ser devorados o vendidos en cuanto adquirieran suficiente peso para ser consumidos.

Si no se lo robaban antes.

Aparecieron enfermedades apenas conocidas hasta entonces, hijas naturales de la mala alimentación. De la falta de vitaminas y de la de higiene.

(Porque los jabones y el detergente -se me olvidaba mencionarlo- también estaban entre los primeros caídos en combate).

Enfermedades que producían invalidez, ceguera o, si no se atajaban a tiempo, la muerte.

Epidemias de polineuritis, de neuropatía óptica, de beri beri, de suicidios.

Suicidios no solo de personas. En esos días recuerdo haber visto más perros atropellados en la calle que nunca y concluí que también los perros se cansaban de vivir. O los choferes de esquivarlos.

Todo lo demás todo se encogía. Las raciones de alimento que el gobierno vendía mensualmente, las horas al día con electricidad, la llama del gas de las hornillas. La vida.

La ración mensual de huevos se fue encogiendo al punto de que los huevos terminaron bautizados como “los cosmonautas” por aquello del conteo regresivo “8, 7, 6, 5, 4”. Recuerdo que en algún momento se redujo la ración a tres huevos al mes por persona. Luego no recuerdo nada.

El pan también se encogió hasta quedar en una porción que cabía en la mano y que, ante su evidente falta de ingredientes básicos, difícil le resultaba no desmoronarse entre los dedos antes de llegar a casa. (En la mano porque las bolsas de papel también habían desaparecido y las de plástico siempre fueron un privilegio reservado a los extranjeros). Pero ni siquiera el aspecto miserable de aquellos panes los defendía de nuestra hambre.

La lucha diaria por el pan se convirtió en una expresión estrictamente literal. Un día, visitando la casa de un actor bastante exitoso en aquellos días me vi de pronto en medio del fuego cruzado entre el actor y su hijo adolescente al que recriminaba que luego de comerse los panes de ambos ahora intentara zamparse el de su madre).

Lo único que se mantenía inalterable era el discurso oficial. Y con “discurso oficial” no me refiero a las “tendencias de elaboración de un mensaje mediante recursos expresivos y diversas estrategias”. Hablo de la acepción más concreta de “serie de las palabras y frases empleadas para manifestar lo que se piensa o se siente”. O para decirlo con más precisión lo que pensaba y sentía el máximo líder del país, que era como decir el país mismo. Palabras y frases que desfilaban durante horas para decir una y otra vez lo mismo: lo dispuestos que estábamos a defender las conquistas de la Revolución, lo mal que nos iría si se nos ocurría cambiar de régimen político. O lo mal que le iba al mundo si se comparaba con nosotros o lo bien que nos iba a nosotros si nos comparábamos con los demás, no recuerdo con precisión.

O lo indetenible que era nuestra decisión de construir el socialismo.

Porque el capitalismo al parecer se construía al menor descuido pero el socialismo requería décadas de incesante labor y todavía no se veía cuándo alcanzaríamos a ponerle techo.

La prensa escrita y la televisión seguían sin darse por enteradas de los cambios que estaban ocurriendo: el mismo discurso triunfalista, las mismas cifras de sobrecumplimiento, las mismas exuberantes cosechas de papas que luego no encontrabas en ningún sitio. En aquellos espacios nunca se dio a derechas la noticia de la caída del Muro de Berlín o de la ejecución de Nicolae Ceaucescu o de la masacre de Tiannamen.

Los eventos incómodos para el discurso oficial o se ignoraban o se comunicaban de un modo tan distante de lo real como los alcoholes caseros de los destilados industriales. 

En todos esos años no escuché en los medios oficiales pronunciar una sola vez la palabra “hambre” como no fuera para referirse a algo que siempre ocurría en un lugar lejanísimo. En aquellos años nuestra miseria no recibió otro nombre que el de Período Especial, fenómeno que tenía su origen en “dificultades de todos conocidas”. 

En esa Habana me tocó ser joven, recién graduado, feliz.

Tuve suerte. A otros les tocó ser padres y madres de familia, obligados a alimentar a sus hijos sin tener con qué. A hacer tortillas de un solo huevo para cuatro, cinco, diez personas. A prostituirse para que sus hijos se vistieran. A robar para que sus abuelos no se murieran de hambre.

Porque hubo muertos de hambre. Muchos. No se reportaban como tal. Alguien quedaba en los puros huesos y luego se lo llevaba un simple catarro, un infarto, un derrame cerebral. O se suicidaba. O se montaba en una balsa que era otra forma de suicidio. Un suicidio esperanzado. Si llegabas a la Florida o te recogía en el camino algún barco americano estabas salvado. A eso se le llamaba en esos días “pasar a mejor vida”. A irse del país, digo. Pero recorrer más de noventa millas en aquellos amasijos de maderas, redes, cuerdas y neumáticos de camión por un mar casi siempre revuelto y atestado de tiburones siempre ha estado al nivel de los milagros. Pero incluso si otorgamos igualdad de posibilidades a la muerte y al escape la disyuntiva da escalofríos.

De 1990 a 1995 al menos cuarenta y cinco mil cubanos llegaron en balsa a los Estados Unidos.

Calculen ustedes.

Pero están los otros, los que murieron en sus casas de alguna enfermedad alentada por el hambre.

De aquellas muertes nadie tiene cifras confiables. (Excepto el gobierno que, con su habitual discreción). Pero esto puede darles una idea: en 1990 el promedio de los entierros en el principal cementerio de La Habana oscilaba entre cuarenta y cincuenta diarios. Cuarenta entre semana, cincuenta los sábados y domingos. Tres años después la cifra se había duplicado: ochenta enterramientos diarios de lunes a viernes y cien los fines de semana.

Saquen sus cuentas.

En medio de esa masacre discreta yo me di muchísimos lujos. El lujo de no dejar de escribir, de ver películas, de leer, de visitar y recibir amigos. El lujo de ser insolentemente irresponsable, de ser feliz en medio de aquella hambre atroz que lo cubría todo y que hacía que la gente se desmayara en medio de las paradas de autobuses o en la consulta del dentista.

Eso no me evitaba acostarme con hambre. Levantarme con hambre. Desayunar leche en polvo y la mitad del pan ínfimo que Cleo partía conmigo. Meter en un cacharro un poco de arroz y picadillo de soya o de croquetas de pescado (se ruega no tomar demasiado al pie de la letra tales nombres: les llamábamos así por mera costumbre, para que el engaño del hambre fuera lo más eficaz posible). Luego ir en bicicleta hasta el cementerio. Sí, buena parte de mis últimos años cubanos los trabajé en el principal cementerio de la ciudad, diz que de historiador. 55 hectáreas tapizadas de cruces y mármoles. 55 hectáreas de hambre rodeadas de hambre por todas partes.

Porque incluso en pleno centro de la ciudad, en una zona antes rodeada de cafeterías, restaurantes, cafeterías, pizzerías y heladerías, los establecimientos estaban permanentemente cerrados por falta de comida.

En aquellos días de absoluto control del Estado sobre la economía la ecuación era simple: si el Estado no tenía nada que vender entonces no había nada que comer.

Y si de repente vendían fiambre de aspecto infame habría que hacer tres o cuatro horas de cola para comprarla.

Por eso debía atenerme a lo que llevara en aquella cantina plástica y devorármela antes de que el calor bestial del trópico la volviera una pasta babosa y rancia. Aprovechar hasta la última brizna porque sabía que no habría nada más que comer hasta que regresara a la casa, a las cinco de la tarde, en bicicleta.  

O no. Porque en la casa tampoco encontraría mucho que comer. Arroz, algún grano y luego cocimientos de yerbas arrancadas a escondidas de los canteros del barrio para engañar un hambre cada vez más astuta. Casi siempre prefería que el hambre me agarrara en la calle, viendo alguna película. De preferencias viejas, en la cinemateca, porque los antiguos cines de estreno no dejaban de poner películas que ya habíamos visto. Al menos en la cinemateca exhibían una y hasta dos películas diferentes cada día. Allá me encontraba con Cleo a la salida de su trabajo, y coincidía con mi hermano y su novia o con cualquiera de mis amigos. En una ciudad en que cualquier artículo valía ahora entre veinte y cincuenta veces lo que valía antes el cine seguía costando lo mismo.

Con mi sueldo mensual podía ir doscientas veces al cine. O comprarme dos jabones.

Por eso era raro el concierto, la obra de teatro, o la función de ballet que nos perdiéramos en aquella ciudad que en aquellos días. No había muchos espectáculos a los que asistir en aquellos días: cantautores locales, rockeros tercermundistas, compañías de teatro europeas perdidas en algún programa de intercambio.

La ciudad vacía y a oscuras y nosotros pedaleando y rezando porque las “dificultades de todos conocidas” no hicieran suspender la función de esa noche. Para no regresar a casa con el estómago vacío y sin siquiera la satisfacción de haber visto algo que nos alimentara el espíritu. Pedaleando con cuidado por calles oscuras y vacías, con un machete en la mano, a la vista de cualquiera que tuviera intenciones de asaltarnos para robarnos la bicicleta.

(Porque las bicicletas en aquellos días valían oro como todo lo que sirviera para moverse, emborracharse, bañarse o llenarse el estómago).

Al día siguiente se repetiría el ciclo: leche en polvo, bicicleta, arroz, frijoles, cine, bicicleta, arroz, frijoles y cocimiento.

Un ciclo accesible sólo a los que teníamos la suerte de no tener que mantener a una familia, una casa. La suerte de no tener que tomarse la vida en serio.

Entre aquel octubre en que invité a mis padres a comer a su restaurante favorito y el otro octubre en por fin me fui de Cuba pasaron cinco años. Un quinquenio espantoso, e interminable.

Y feliz, porque tuve la suerte de ser joven, irresponsable y estar bien acompañado.

Pero hasta donde recuerdo ni una vez en esos cinco años volví a pensar en ese tocadiscos. El tocadiscos que no había podido comprarme porque el país que los producía había desaparecido junto con nuestra vida de antaño.

Desaparecidos para bien y para mal.

Ahora, por fin, en medio de la ñoñería hipster por los discos de vinilo, me he comprado un pequeño tocadiscos. Un pretexto para reunir sin prisas ni pausas la colección de discos que nunca tuve.

Allá los que busquen en los discos una autenticidad desconocida en su mundo digital: para mí aquel tocadiscos tiene el sabor dulce y frío de la venganza.