domingo, 10 de febrero de 2019

El general y la tuerca*

Por Enrisco
Grabado representando desembarco de López en Matanzas
Una vez que el general venezolano Narciso López diseñó una bandera para Cuba faltaba buscar la forma de irla a plantar allá. Como luego hicieron los norteamericanos con la Luna. Y soltar una frasecita como “Un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la cubanidad”. Algo así. Narciso dedicado a organizar expediciones y el gobierno norteamericano a desorganizárselas. Que no estaba bien buscarse la enemistad con el gobierno español… de momento. Así que a la segunda expedición abortada Narciso decidió cambiar de aires, irse de Nueva York y probar suerte en el Sur. En Nueva Orleans más exactamente. Allá verían con mejores ojos la idea de apoderarse de una isla repleta de esclavos.
Allá no encontró a muchos cubanos dispuestos a liberar su isla del dominio español… para enseguida convertirla en un estado más de los Estados Unidos. Pero no era problema mayor si conseguía dinero para pagar mercenarios de Mississippi o Luisiana. O prometerles la Luna, como hicieron luego con Neil Armstrong. De los 610 expedicionarios que salieron de Nueva Orleans hacia Cuba el 7 de mayo de 1850 solo cinco eran cubanos.
Por Nueva York Narciso había dejado un grupo de partidarios que le daban todo su apoyo moral: entre ellos el poeta Miguel Teurbe Tolón, el novelista Cirilo Villaverde y periodistas y hombres de negocios norteamericanos que esperaban ansiosos el desenlace de la empresa. Ya el 11 de mayo no pudieron más y cuando todavía estaban en camino el periódico The Sun dio noticia de la expedición y colgó una bandera cubana en el exterior de su edificio, en el número 89 de la calle Fulton. Así iniciaban una respetable tradición cubana: la de celebrar por anticipado eventos que no llegarían a ninguna parte.Caricatura del general venezolano Narciso López. Litografía de John L. Magee. Al pie reza en inglés: “¡Bueno! No hemos revolucionado Cuba, pero hemos conseguido lo que perseguíamos. Mis camaradas venían buscando gloria, y yo buscando cash. Yo he conseguido el dinero y ellos la gloria, así que supongo que todos estamos satisfechos. Ahora voy de vuelta para los Estados Unidos. No soporto vivir bajo el despotismo militar”.   
Aun así las autoridades españolas se las arreglaron para ser tomadas por sorpresa por la expedición que desembarcó el 19 de mayo en la ciudad de Cárdenas. Allí Narciso y sus hombres derrotaron a los españoles, plantaron por primera vez la bandera en su territorio correspondiente y, ante la falta de entusiasmo local, volvieron a montarse en el vapor “Creole” y se fueron.
Como expedición militar no sería gran cosa pero como declaración de principios fue tremenda. En Nueva York los exiliados, alborotados, desfilaron por las calles con la bandera recién estrenada convencidos de que el próximo intento sería el definitivo.
López, hombre de palabra, reunió dinero, armas y hombres y siguió organizando expediciones. Finalmente logró formar una que reunía a más de medio millar de expedicionarios en su mayoría norteamericanos, húngaros, alemanes y de otros países europeos aunque esta vez López pudo incorporar varios venezolanos, españoles, más de treinta cubanos y un boricua. Tan buena fue la publicidad de Narciso que llegó el momento en que tuvo que bajar gente del “Pampero” porque le sobraba. Por ahí debe andar el origen de los cruceros al Caribe.
El 12 de agosto de 1851 el “Pampero” desembarcó en la costa norte de Pinar del Río pero tras varios combates la práctica totalidad de los expedicionarios cayeron muertos o presos. El general López también fue apresado y el 31 de agosto lo condujeron a La Habana para ejecutarlo al día siguiente en el garrote vil (ese dispositivo con una tuerca inmensa que se usaba para partirle el cuello a los condenados). Dicen que antes de morir el diseñador de la bandera cubana exclamó “Mi muerte no cambiará los destinos de Cuba”. Fue su manera de decir: “Una pequeña vuelta de tuerca para Narciso, un gran salto para la eternidad”.
Caricatura del general venezolano Narciso López. Litografía de John L. Magee. Al pie reza en inglés: “¡Bueno! No hemos revolucionado Cuba, pero hemos conseguido lo que perseguíamos. Mis camaradas venían buscando gloria, y yo buscando cash. Yo he conseguido el dinero y ellos la gloria, así que supongo que todos estamos satisfechos. Ahora voy de vuelta para los Estados Unidos. No soporto vivir bajo el despotismo militar”

*Publicado originalmente en Nuestra Voz

lunes, 4 de febrero de 2019

La tinta de Grandes

Almudena Grandes hace en su columna habitual una exhibición de sinsentidos a propósito de Maduro, el último gran reto retórico para la izquierda universal. Se decide al fin por el sistema de defensa de los pulpos. Lanzar un chorro de tinta a ver consigue confundir al lector. A continuación les presento el texto comentado:


No hace tanto tiempo, unos pocos intelectuales españoles intentaron implantar la idea de que el franquismo no había sido una dictadura, sino un régimen autoritario, sin más. El intento por fortuna fracasó, pero les recuerdo ahora, mientras los líderes a quienes seguramente apoyan llaman tirano a Nicolás Maduro [¿qué le pasó al resto de la oración? ¿qué trata de recordarnos la autora?]. Personalmente, hace bastantes años que no veo el momento de que Maduro abandone el poder y, en consecuencia, los argumentarios de la derecha española, que usa el régimen venezolano como algodón mágico para limpiar cualquier mancha [es obvio que más que Maduro, lo que le molesta a la Grandes son los argumentos en contra de este]. Personalmente, no siento la menor simpatía por él, [cuando lo original y meritorio sería tenérsela] pero no me parece tan sencillo calificarle como tirano [¿cómo? con lo fácil que resulta]. Creo que si ejerciera una tiranía clásica, una sanguinaria dictadura del siglo XX, [al menos es defensora del clasicismo] como la que mantuvo a Francisco Franco [¿Franco sí Maduro no?] en el poder durante cuatro décadas, resultaría más fácil derrocarle [igual de fácil que a Franco, supongo]. Pero Guaidó vive en su casa, convoca manifestaciones multitudinarias, habla ante las cámaras de todo el mundo, y lo va a seguir haciendo [y Leopoldo López todos los días saca a pasear al perro]. Maduro no cometerá el error de detenerle, porque sabe que eso sería su fin [porque entonces hasta a la Grandes le sería fácil llamarle "tirano"]. No hay que descartar, por tanto, que pese al reconocimiento de Guaidó por parte de la comunidad internacional, la situación pueda llegar a enquistarse y alargarse indefinidamente. Los españoles sabemos de sobra que las simpatías internacionales, los bloqueos diplomáticos, las declaraciones de la ONU, no derrocan dictadores, y mucho menos regímenes autoritarios de difícil clasificación [lo anterior tiene algo de sentido y es por tanto totalmente incoherente con el resto del artículo]. A nosotros no nos libraron del nuestro, y eso que ni siquiera quienes lo protegían en secreto negaban en público que fuera un dictador [imagínese este que lo defiende en público quien reconoce que no le tiene simpatía]. La única incógnita a despejar en Venezuela es si Trump se atreverá o no a asumir una intervención militar [que le permitirá a la Grandes sacar su ajuar de guerrera antimperialista]. Todo lo demás son solo palabras [todo menos lo anterior, claro].

domingo, 3 de febrero de 2019

De Platón a Aristófanes, como quien no quiere la cosa (en sí)*

Por Alexis Romay

En la antesala de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, Enrique Del Risco le hace un guiño cómplice al lector desde sendas citas a Friedrich Nietzsche y Mark Twain. Ahí está la clave del libro. No es casual la referencia al escritor estadounidense. (Siempre he pensado en Del Risco como un heredero cubano del genio y la gracia del autor de Un yanqui de Connecticut en la corte del rey Arturo). El axioma de Twain sugiere que ante cierta circunstancia en la vida uno debe detenerse y reflexionar, dos cualidades, dicho sea de paso, para las que el [estereotipo (del)] cubano parece sufrir una incapacitación congénita. Tampoco es baladí la frase de Nietzsche. En su breve dictum, el filósofo alemán presenta par de contrarios dialécticos: el ser y el aparentar.
Si en el párrafo anterior menciono varias parejas de atributos
se debe a que este libro está poblado —quizá más preciso sería decir hecho— de dualidades. Me detengo en las más notables, si acaso porque están telegrafiadas en el título: quiénes somos y cómo nos perciben. Cuando Del Risco escudriña el nosotros y el ellos implícito en la conjugación del verbo pensar, esa distancia antropológica presupone a su vez una lejanía física: un aquí y un allá. Nos ubica frente a un ellos y un nosotros mutantes, que en estos siete cuentos exploran el dilema de la asimilación a un espacio ajeno y van desde un fugitivo de alguna post-dictadura latinoamericana que malvive en Ipanema haciéndose pasar por periodista; a la versión caribeña de Cocodrilo Dundee y su hijo en una aventura en el metro de Nueva York; a un poeta que se debate entre su vida y el sueño recurrente que lo acosa; a un albañil salvadoreño en Madrid que se desdobla en escritor (o viceversa), a otro par de cubanos en una parranda literaria para el recuerdo en Monterrey; a un aprendiz y su chamán en un pueblo fronterizo de Los Ángeles; a un grupo de amigos en una fiesta en Nueva Jersey con un huésped inesperado. Y, en general, a las constantes amenazas que todas estas criaturas fuera de (su) sitio representan para el “fragilísimo contrato social” que impera en las ciudades que bien que mal los han acogido. De igual manera cambian de lugar el aquí y el allá, que de tanto mudarse se trastocan. “Allá es Cuba. A veces es aquí. Depende”, aclara el narrador en el cuento que da título al libro. En “Zihuatanejo”, las coordenadas, de tanto mezclarse, se fusionan: ya no estamos ni allá (Cuba) ni aquí (Estados Unidos), sino en un punto intermedio: el México lindo y querido de los chilaquiles del Chipinque.
El libro da tumbos por el mapa —pasando por Río de Janeiro, San Salvador, Ciudad México, Nueva York, Madrid, Monterrey— y, en esos andares, Del Risco alude a regímenes paramilitares latinoamericanos y sus respectivas insurrecciones Fantasmas que salen incluso hasta en sueños. No exagero. En uno de los cuentos, un personaje es acosado por una pesadilla recurrente en la que —a la manera de Joseph K.— le hacen un juicio en el que se escuchan ecos del juicio que condenó a muerte al poeta salvadoreño Roque Dalton. Otro juicio, igual de kafkiano, sale a relucir en “Zihuatanejo”, que más que un cuento es —como el libro que lo contiene— una muñeca rusa: un cuento dentro de un cuento dentro de un cuento...
Otra pareja dispareja en el libro es la que enfrenta a la seriedad de Platón contra la comicidad de Aristófanes. En el cuento antes citado, el protagonista y su amigo (se) debaten (entre) estas antípodas. Del Risco no pasa esos apuros: él entiende que la gravedad de Platón y la levedad de Aristófanes no tienen por qué ser mutuamente excluyentes y, una vez más, hace que su lector ría mientras piense y piense mientras ría.
La intersección entre el ser y el aparentar, regresa una y otra vez a las páginas del libro. En el propio “Zihuatanejo”, mientras cuestionan la importancia de la verosimilitud en la ficción histórica, los protagonistas se divierten con el humor involuntario de un libro sobre Corea del Norte y, obvio, no pueden menos que preguntarse qué pensarán de ellos los habitantes de Pyongyang. De igual modo, en “El Monstruo y la Muerte”, el protagonista trata de imaginarse “qué pensarán [de nosotros] los paramédicos [angloparlantes] al entrar en un patio repleto de gente vestida de blanco alrededor de un moribundo”.
Aunque se resiste a ser didáctico, el libro regala —en boca de sus personajes— algunas definiciones básicas que (nos) serán útiles en la tierra natal del autor, isla tristemente célebre por carecer de una cultura y un vocabulario cívicos. Si en los cuentos de Del Risco, ser neoyorquino es “ser inmune al asombro”, la “democracia no es hacer lo que a uno le dé la gana sino (...) hacer las cosas que uno quiera sin molestar a los demás”, la felicidad “es el sentimiento de que unaresistencia ha quedado superada” y escribir sobre una relación es un intento “de darle sentido a partir del pasado, como mismo hacen los matrimonios o las naciones”. Aprender esto no será poca cosa en un país en el que todavía los escritores, a decir de Del Risco (que suscribo), se enfrentan a dos tipos de obstáculos: sus problemas políticos y sus problemas literarios, en ese orden.
Los cubanos, bajo el castrismo, hemos vivido una doble vida. Con esto no me refiero únicamente a ese proceder tan típico en la isla de pensar una cosa en privado y decir lo contrario en público, sino al simple hecho de que tener que hablar de la realidad cubana sugiere la existencia de su contraparte: la irrealidad. Pero esta irrealidad ha viajado con tal suerte que es muchas veces capaz de reemplazar a la realidad. Solo así se explica que esos turistas de dictaduras tropicales —gente que ni habla español ni podría ubicar Matanzas en un mapa o, en palabras de Del Risco: gente que “confunde un mapa con un país”— insistan en explicarnos a los exiliados cubanos quiénes somos y de dónde venimos.
Fui lector de este libro en su fase manuscrita; lo celebré cuando recibió el Premio iberoamericano de relatos “Cortes de Cádiz” en 2008; lo compré; lo regalé a amigos y parientes; lo recomendé a cuanta persona estuvo a tiro de piedra; lamenté que la editorial Calembé, en la distante Andalucía, no tuviera a este lado del Atlántico la visibilidad ni la distribución que merecía la obra; y desde que se agotó la tirada le insistí al autor que saliera la búsqueda de una edición aquí, aquende los mares. Además de releerlo, quería asignar este libro de cuentos a mis clases de literatura, pero la imposibilidad logística me la ponía en China (o en Japón). Tanto dio mi cántaro en la fuente que Del Risco accedió. Lo otro, convencer al editor, fue tarea harto más fácil. (Ya que estamos, aprovecho para agradecer a la editorial Sudaquia el buen tino de darle una segunda vida a estos cuentos).
“Uno nunca sabe lo que está celebrando”, dice el narrador de “Zihuatanejo” ante una efeméride doble. Me atrevo a contradecirlo: celebro esta reedición de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (Redux) —corregida y aumentada con los dos cuentos finales— como quien festeja el cumpleaños de un amigo entrañable o la caída de un muro ignominioso o las dos cosas juntas.
Claro, en medio del jolgorio y luego de tanto tiempo y tantas distancias, igual cabría preguntarse: ¿qué pensarán de nosotros en La Habana?

*Prólogo de Alexis Romay al libro ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (Redux)

viernes, 1 de febrero de 2019

El tornado en el diván


La resistencia del gobierno cubano a aceptar que la ayuda ciudadana llegue a los afectados por el tornado del domingo no es nada nuevo. Cuba es así: un lugar donde es más fácil enviar toneladas de ayuda a un "país hermano" afectado por un terremoto que hacerle llegar un saco de arroz a un vecino de Regla o Santos Suárez. Porque en la lógica de funcionamiento del sistema cubano nunca interesará lo que el pueblo necesite si al mismo tiempo sospecha que podrá beneficiar a su enemigo. El enemigo externo, el interno, o ese gran enemigo que es la posibilidad que el pueblo se le vaya de control. O que sospeche siquiera que se puede valer por sí mismo.

Los años te obligan a acumular experiencias y a hacer algo con ellas, exigirles que te ilustren en alguna medida. Como por ejemplo la epidemia del dengue de 1981. En principio el gobierno decidió ignorarla, supongo que para no darle armas al enemigo. Por lo inaceptable que era que en Cuba, Territorio Libre de todo Mal, una epidemia pudiera llevarse decenas de vidas en cuestión de semanas. Cuando al fin Fidel Castro se resignó a reconocer la existencia de la epidemia en toda su extensión, a siete semanas de haberse iniciado, esta había afectado a “273 404 ciudadanos y nos ha costado 113 vidas, de ellas 81 niños”. La buena noticia era que podía echársele la culpa a la CIA y su infinita maldad y la batalla contra el dengue y su agente transmisor, el mosquito Aedes aegypti, se convirtió en guerra epidemiológica contra el imperialismo.

En aquellos días muchos se preguntaban en voz baja cuántas muertes podrían haberse evitado de haberse dado antes la voz de alarma. De haberle advertido de que aquellos síntomas que estaban experimentando un cuarto de millón de cubanos podían ser mortales. Pero, comentarios idchos en voz baja que en nada afectaron aquella magnífica de convertir una epidemia en componente natural de la épica revolucionaria.


En cambio el tornado del domingo es para el gobierno una mala noticia en toda regla. No por los destrozos causados en la población sino por lo detectables que son a simple vista. No podrá esperarse a que se apruebe la nueva constitución para mencionar la catástrofe. El tornado azotó La Habana, el sitio con mayor concentración de celulares y cámaras de todo el territorio nacional y con mayor conexión a internet. A diferencia de 1981 cuando enviar una foto del desastre al exterior te costaba larga dieta de fijador de vitamina D. Ahora tenemos contrapropismo, incluido el de la compasión y nuestros artistas no esperan porque el Estado vaya a resolverlo todo. Quieren sentirse como un Bono cualquiera y ayudar a los tercermundistas de su ciudad, al menos los más urgidos. Y se tropiezan con la incomprensión de las autoridades cuya psiquis anda encasquillada en aquel supuesto dengue imperialista.

Porque las prioridades del Estado son otras. Como ha advertido el ministro de comercio exterior, a la campaña que trata de aprobar la nueva constitución por abrumadora mayoría no la distraerá ningún tornado. Si acaso habrá que arreglárselas para que el tornado ayude a promover la campaña. Demostrar cómo el gobierno salvador provee la ayuda que solo puede ofrecer un Estado socialista como le gusta llamarse este sistema de los generales, por los generales, para los generales.

Pero tal objetivo, el de que el tornado les ayude a promover su campaña, se complica no solo ante la notoria incapacidad del gobierno para lidiar con los destrozos del tornado sino también para aceptar ayuda ajena, aunque provenga de los mismos cubanos, dentro o fuera de la isla. Porque aceptarla equivaldría a reconocer que no se basta para hacer frente a la catástrofe, a mostrar debilidad. Y de mostrar debilidad a la rendición no hay más que un paso.
¡Pobre del psicoanalista que tenga que lidiar con los traumas de la Revolución!

La otra mala noticia es que no pueden culpar al imperialismo del tornado. Pero algo se les ocurrirá. De momento dicen que la nueva constitución es como una gran sombrilla. Con lo mucho que ayudan las sombrillas en los tornados, claro.

miércoles, 30 de enero de 2019

"¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (Redux)": nota a la edición de Sudaquia



Nota a esta edición

Al entusiasmo del escritor Alexis Romay y de los editores de Sudaquia Asdrúbal Hernández y Marian García debo esta reedición de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?. O no. Porque se trata de algo más que de una mera reimpresión de viejos cuentos y explicarlo es lo que da sentido a esta nota. De infligirle nuevamente estos viejos cuentos a mis lectores prefería que estuvieran algo más presentables que la última vez que se presentaron en sociedad. Porque en el fondo escribo para un lector —que ignoro si existe— que no sólo ha leído todos mis libros sino que encima está dispuesto a leerse todos los que publique en el futuro. No por devoción sino simplemente para comprobar que no pretendo timar a nadie, empezando por mí mismo. De manera que además de los previsibles arreglos para hacer la prosa algo más fluida que la primera vez que salió de la imprenta, he decidido añadirle un par de cuentos más. Uno de ellos es “Opciones del guerrero”, cuento al que le correspondía ser parte de la versión original de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, pero como el Premio Cortes de Cádiz fijaba el límite máximo en las 150 cuartillas decidí dejarlo fuera. El otro añadido, “El Monstruo y la Muerte”, fue escrito un par de años después de la aparición del libro y la verdad es que desde entonces, empeñado en sacar adelante un libro de memorias, otro de artículos humorísticos y un par de novelas, no he vuelto a incursionar en el cuento. Ya a estas alturas soy consciente de que “El Monstruo y la Muerte” se parecerá mucho más a los cuentos de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? que a cualquier otro que escriba en el futuro de modo que allí estará en mejor compañía. De ahí ese añadido al título original. Como Apocalypse Now Redux, la reedición que publicó Francis Ford Coppola 22 años después de su clásico sobre la guerra de Viet Nam, ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (Redux) es algo más extenso que el original. Encima beneficia a los cuentos de la primera edición al hacerlos entrar en contacto con parientes suyos inéditos hasta ahora. De esta manera, espero que los temas que abordaba en la versión inicial del libro se enriquezcan y adquieran nuevas modulaciones y así hacerme perdonar por ese lector implacable que no sé si exista.    

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