miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sobre el kitsch político (3 y final)

No es el kitsch totalitario privativo de sociedades igualmente totalitarias como parece sugerir Kundera. Y es que el kitsch, sobrepasada la fase ingenua de respuesta ante emociones primarias, cuando intenta cerrar el círculo del autoengaño complaciéndose eternamente consigo mismo es de por sí totalitario. Y es que la función de eliminar “de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable” hace del kitsch un instrumento totalitario por excelencia. No solo eliminando lo inaceptable, esos detalles vulgares que como la mierda invocada por Kundera nos recuerdan nuestra irredenta vulgaridad, sino convirtiendo en aceptable lo que no debería serlo. Donde el Che Guevara dice en un rapto de honestidad que el revolucionario debe ser una “efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar” el kitsch se encarga de transformarlo en algo así como “por amor se está hasta matando para por amor seguir trabajando”. Eso explica que el novelista austriaco Hermann Broch diga que “La esencia del Kitsch es la confusión de lo ético y lo estético, el kitsch no quiere producir lo ‘bueno’ sino lo ‘bello’” aunque también, como en el caso que veíamos antes, puede ser justo lo contrario. Si algo es bello –aunque sea en relación con canon kitsch- entonces será necesariamente bueno o al menos aceptable. Fundados en una concepción supuestamente materialista los totalitarismos comunistas a la larga terminaron apelando –ante la falta de resultados concretos- más a los sentimientos que a una visión objetiva y “materialista” de la realidad. De ahí la utilidad del kitsch porque “en el reino del kitsch impera la dictadura del corazón” más allá de toda la gente que hubo que fusilar por su propio bien.

Pero para que ocurra esta operación alquímica de convertir lo malo en bello y lo bello en bueno –o cualquier otro tipo de permutación- es necesaria una radical confusión de valores en primer lugar y en segundo una defensa extrema y masiva de esta confusión. Pero no es necesario un régimen totalitario para imponer el kitsch a todos los niveles de la vida. Basta con que se haya convertido, -incluso al margen de los sistemas políticos o como una suerte e contracultura- en religión. (En el fondo se trata de una imitación bastante fiel de otro kitsch, el del cristianismo, aunque con bastante menos que ofrecer a niveles trascendentales). Esa es la razón por la que el kitsch complejo requiere de tanta seriedad a su alrededor. No solo porque esté consciente de su débil artificialidad o porque no le baste tomarse en serio a sí mismo sino porque necesita el mayor consenso posible. Y su manera de adquirir consenso es siendo mucho más elástico de lo que era el comunismo del siglo XX. Esa variante de populismo que llaman socialismo del siglo XXI ha conseguido hacerse fuerte alimentándose de casi todas las variantes del kitsch que le salgan al paso: el kitsch igualitario, el kitsch nacionalista, el kitsch machista, el kitsch feminista, el kitsch populachero, el kitsch elitista, el kitsch racista y el multiculturalista. Cualquier cosa menos la crítica. Para que este autoengaño consensuado funcione debe acallarse cualquier observación sobre sus obvias falsedades. Es que el kitsch, con todo lo omnipresente que es y lo todopoderoso que parece, es muy sensible a cualquier señalamiento que haga notar sus excesos, sus inconsistencias, su falsa seriedad, su elemental desnudez. Ya lo ha advertido Kundera:

"todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada  «amaos y multiplicaos»"

Si antes el kitsch latinoamericano era omnímodo y la progresía local gozaba de amplio prestigio la sólida alianza forjada entre estos para producir el neopopulismo los hace prácticamente indestructibles. Cualquier crítica que reciban ya no irá dirigida contra tal ideología o gobierno sino contra todo el pueblo, su cultura, sus valores más acendrados, la integridad patria, los derechos individuales de cada ciudadano y a favor de la reacción y del imperialismo norteamericano. Los intelectuales del continente han tomado nota y se cuidan mucho que la crítica pase de una cuestión de detalles. Nadie se atreve a señalar la densa cursilería que cubre al emperador por miedo a verse expulsado de un reino que ya lo ocupa casi todo.

Se está con la patria o con la muerte o los buitres o cualquier otra entidad fantasmagórica que decida agitar el kitsch todopoderoso. El fenómeno ha alcanzado tales proporciones que lo de menos es cuánta cursilería pueden producir o no los disidentes de ese caso perdido para la historia contemporánea que es la siempre fiel isla de Cuba. Bastante más preocupante son las escasas posibilidades de una recuperación inmediata de cierta racionalidad política y hasta cultural en el continente. Queda esperar que el sostenido soborno de la voluntad pública no la haya hecho renunciar de manera definitiva al sentido común, el único que puede garantizar evitarnos el facilismo del absurdo y la idiotez. Pero sin pretender, por supuesto, en convertirse en cruzada destinada a exterminar al kitsch en nuestras tierras, algo que sólo confirmaría al fin que no hemos entendido nada.

Coda española

El muy reciente desarrollo de la formación política Podemos de Pablo Iglesias hasta alcanzar el primer lugar en la intención de votos entre el electorado español bastaría para anular cualquier pretensión de autoctonía del kitsch político latinoamericano. No hace falta analizar ni su abigarrado y confuso programa político o ni siquiera acudir al fácil festín de las declaraciones políticas de sus principales dirigentes. Es suficiente con atender a sus gustos musicales. Ni siquiera habrá que detenerse en “La Internacional” hurtada, como tantas otras cosas, a los antiguos comunistas. Pienso más bien en esos cantos del bando republicano durante la guerra civil, tan anacrónicos ahora. No es que aquellos himnos, entonados en medio de las trincheras bajo el fuego de la artillería enemiga tuviera nada de kitsch. Pero que estos niñatos de Podemos entonen (es un decir) a coro y con el puño en alto canciones salpicadas de la metralla de los bombardeos de hace casi ochenta años es de un mal gusto apabullante con aquellos que se jugaban la vida en las trincheras en las afueras de Madrid o a orillas del Ebro. Que no les basten los himnos producidos en los estertores del franquismo o en plena transición, que se acojan a la furia de la última guerra española da una idea más clara de su falsedad que sus reclamos de pureza (nunca puesta a prueba) frente a la corrupta casta gobernante. Tanta alusión bélica nos habla a las claras no del ardor con que piensan entrar en la liza electoral sino de lo mucho que le van a pedir a cambio al resto de sus compatriotas empezando –como diría Ignatius Reilly, protagonista de “La conjura de los necios”- por su geometría y buen gusto.    

Sobre el kitsch político (2)

Podría suponerse que siendo un discurso subversivo “por naturaleza” el de la disidencia cubana debería, por lo mismo, rehuir del kitsch totalitario y hasta del kitsch en general. Pero claro, eso es demasiado suponer. Y no sólo por lo consustancial que es el kitsch a toda comunicación política. También debe tener en cuenta que ese pastiche de lugares comunes de las culturas europeas e indígenas que es la llamada cultura latinoamericana no puede ignorarse sin convertirse en elitismo insufrible. Y si muchos disidentes pueden darse el lujo como intelectuales de ser elitistas como políticos, no. El kitsch es a la cultura y a la comunicación lo que la alquimia es a la química: si bien la imita en los procedimientos y recombinaciones su diferencia fundamental está en lo que prometen. Como si no fuera magia suficiente obtener una nueva sustancia a partir de otras dos el kitsch, como la alquimia, promete ese imposible que es la obtención de la piedra filosofal a partir sustancias más o menos vulgares.

No es poca la tentación de los opositores cubanos de prometer una democracia perfecta o al menos funcional a partir de una sociedad carente de los más elementales gestos comunitarios, civilizatorios. (Esos que hablan de capitalismo salvaje deberían acercarse a estos poscomunismos totalitarios antes de aplicarlos a sociedades bastante más domesticadas por el interés común). Para obtener tanto de tan poco incluso el kitsch de la alquimia parece insuficiente. Y más cuando un mundo que se gastó todo su entusiasmo anticomunista tras la caída del Muro de Berlín le escatima a los demócratas cubanos la solidaridad más elemental. Unos porque ven a los demócratas cubanos, tras un nuevo ciclo de agotamiento democrático en buena parte del mundo, con curiosidad pero no mucha simpatía hacia gente tan ingenua que consigue ver en la democracia un fin, un destino deseable. Más grave aún es la hostilidad que le ofrece Latinoamérica a la disidencia cubana. Tras el fracaso en la mayoría de sus países latinoamericanos del experimento democrático el continente, hundido en su renovado arrebato populista, ha tomado al sistema que denuncian los demócratas cubanos como precursor e inspiración cuando no como asesor en manipulación social y represiones diversas.

Permítaseme entonces la cursilería de describir a Cuba como una isla rodeada de kitsch por todas partes. (Incluso por el Norte, claro, con los norteamericanos entregados a esa otra variante del kitsch que es el paternalismo comprensivo cuando en realidad no se entiende absolutamente nada). Y es que en la base pero también más allá del kitsch político está, omnipresente el kitsch cultural, ese en el que ya están inmersas las masas y las élites cuando los políticos empiezan a hacer su trabajo. Ese kitsch que les abona el terreno o, pasando a la cursilería de las metáforas bélicas guerra, ablandan al enemigo con preparación artillera. Latinoamérica es el continente donde frente a la cursilería de la cultura de masas ha surgido una cursilería elitista que reclama ser la verdadera voz del pueblo y al mismo tiempo de la modernidad para además cumplir aquella misión del kitsch clásico de tranquilizar “al consumidor convenciéndole de haber realizado un encuentro con la cultura”. Al amparo de una suerte de proteccionismo cultural ese pastiche de cultura de masas y vanguardias no compite en pie de igualdad con el resto de los productos culturales porque en realidad están de inicio en un plano supuestamente superior. Puede o no llenar estadios pero su prestigio está garantizado de antemano.


En el despertar pseudo religioso que representa la actual ola populista en Latinoamérica todos los productos culturales que no estén iluminados por el espíritu santo del populismo están, como los personajes paganos en el infierno diseñado por Dante, condenados por el solo hecho de no reconocer su absoluta superioridad. Y poco importa que el propio Eduardo Galeano desautorice “Las venas abiertas de América Latina” como libro indigesto y aburrido; o que las canciones de Silvio Rodríguez terminen pareciéndose más a las de sus peores imitadores que a sí mismo; o que el más exitoso modo de sobrevivencia que haya encontrado la Nueva Canción latinoamericana sea al golpe del reguetón de Calle 13. No sólo seguirán siendo objetos de devoción estética y paradigmas culturales en un mundo que ha perdido hace rato cualquier referencia. Su cursilería conservará además una función política, que es nada menos que la de transformar el mundo.

[Continuará]

domingo, 16 de noviembre de 2014

Sobre el kitsch político

Hacia el final de la presentación de “Enriscopara presidente” en Nueva York hablábamos sobre lo que yo llamo lo castrismo sentimental que no es más que una variante nostálgica -pero por ello mismo persistente- de lo que Milan Kundera ha llamado el kitsch totalitario. El artista Geandy Pavón preguntó entonces si el anticastrismo no era también kitsch a lo que respondí que por supuesto, que no podía esperarse otra cosa de algo que se define así mismo a partir de otra cosa que es de por por sí profundamente kitsch como el castrismo. Fue una manera de reconocer algo bastante obvio desde el propio título de mi libro y es que “Enrisco para presidente” es también -con sus falsos programas políticos, sus estrafalarios diseños de una “Nueva Cuba”, sus clasificaciones de los diferentes tipos de anticastristas- aunque en menor medida una sátira contra el kitsch de la oposición. Y si digo “en menor medida” no es porque la oposición de por sí tenga menos predisposición al ridículo, a la cursilería que arrastra todo acto político, sino porque su carácter alterno, marginal incluso, lo hace menos opresivo. Igualar por tanto un kitsch con otro es un gesto además de injusto, pérfido, como lo puede ser otorgarle al asesino la misma compasión que extendemos hacia las víctimas. Dejemos que Kundera lo diga mejor:

“El kitsch es el ideal estético de todos los políticos, de todos los partidos políticos y de todos los movimientos. En una sociedad en la que existen conjuntamente diversas corrientes políticas y en la que sus influencias se limitan o se eliminan mutuamente, podemos escapar más o menos de la inquisición del kitsch; el individuo puede conservar sus peculiaridades y el artista crear obras inesperadas. Pero allí donde un solo movimiento político tiene todo el poder, nos encontramos de pronto en el imperio del kitsch totalitario”

Si se atiende a la definición básica que da Umberto Eco del kitsch como “comunicación que tiende a la provocación del efecto” se entiende por qué los políticos no podrían vivir sin este. La política, tal y como es entendida en estos tiempos, es el arte de la creación de efectos en las masas para moverlas en determinada dirección. Pero tampoco el resto de los seres humanos puede prescindir del kitsch. Hay circunstancias que requieren cierto abandono de las exigencias estéticas para poder ser disfrutadas confiando en los instintos más elementales y más auténticos de nuestra humanidad. Ya lo advirtió Fernando Pessoa: 

Las cartas de amor, si hay amor,/ tienen que ser/ ridículas./Pero, al fin y al cabo,/ sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor/ sí que son/ ridículas”.

Parafraseando a Pessoa podría decirse que toda acción política tiene que ser ridícula. ¿Cómo podría inducirse a un grupo a adoptar determinada actitud si no es a través de “intuiciones, imágenes, palabras, arquetipos, que en conjunto forman tal o cual kitsh político”? Y en ello el repertorio que compone el kitsch disidente cubano no es demasiado distinto de otras variantes de kitsch político. Su núcleo lo constituyen palabras tales como “democracia”, “libertad”, “pueblo”, “hermanos”, “esbirros”, “dictadura”, “tiranía”, “cadenas”, “torturas” que no necesariamente son falsas pero cuyo abuso van depreciando su sentido, falseándolo. 

Lo peor del kitsch no es la exageración original del mensaje o las impresiones que nos causa sino la fruición con que nos tratamos de convencer de que esa falsificación original es auténtica. La exageración pasa de la búsqueda pragmática de exaltación momentánea en pos de un objetivo concreto a un engaño o autoengaño permanente. Es el momento de la segunda lágrima de Kundera. Primero se llora ante la visión de unos niños corriendo alegres: “La primera lagrima dice: ¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!”. En cambio “La segunda lágrima dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”. Esa falsificación de segunda mano que se regodea en la exageración original de los sentimientos es lo que convierte al kitsch en un círculo vicioso del que se hace casi imposible escapar. Como reconoce Pessoa en el famoso poema: “La verdad es que hoy mis recuerdos/ de esas cartas de amor/ sí que son/ ridículos”.

Negar al kitsch por completo es negar nuestra propia humanidad, aunque no sea en su mejor versión. Tan peligroso es regodearnos en nuestras debilidades como pretender  que podemos prescindir de ellas.

“Esa canción le emociona, pero Sabina no se toma su emoción en serio. Sabe muy bien que esa canción es una hermosa mentira. En el momento en que el kitsch es reconocido como mentira, se encuentra en un contexto de no-kitsch. Pierde su autoritario poder y se vuelve enternecedor, como cualquiera otra debilidad humana. Porque ninguno de nosotros es un superhombre como para poder escapar por completo al kitsch.  Por más  que lo despreciemos, el kitsch forma parte del sino del hombre”


Pretender no engañarnos en absoluto es el inicio de un engaño mucho mayor y más perverso. Más humanamente realizable, mucho más honesto, sería aspirar a engañarnos lo menos posible. Y un buen principio sería imponernos como principio elemental que por justa que nos parezca nuestra lucha y limpios nuestros ideales no nos está permitida cualquier exageración, cualquier violación de una idea más o menos básica de decoro. Que por mucho que nos enfrentemos a una feroz y sangrienta tiranía castrocomunista que se ensaña con nuestros heroicos y pacíficos hermanos de lucha el daño que le podemos infligir a esa misma idea de decoro puede ser permanente.

[continuará, cuando pueda]

jueves, 13 de noviembre de 2014

Un podio para Enrisco

Comienzo del discurso con el que el siempre generoso Alexis Romay presentó el libro Enrisco para presidente ayer en su lanzamiento en el King Juan Carlos Center en Nueva York.
Como todo discurso cubano que se respete, este también comenzará con una frase inolvidable: Seré breve. Los miembros de la audiencia a quienes la combinación de esas dos inocentes palabras no les haya causado un inmenso pavor, felicítense de no haber vivido en Cuba. O de algo igualmente saludable: de haber olvidado cómo se vive en Cuba. Ambos sectores no tienen por qué preocuparse. Las próximas cinco horas de mi discurso tienen el objetivo de recordarles el catálogo de razones que nos congrega aquí y no en el Palacio del Segundo Cabo en La Habana.
Cubanos (y no cubanos) que me escuchan: incluso antes de comenzar, quiero advertir que quienes necesiten ir al baño deberían sacrificarse por el bien común y aguantar las ganas. Que ante la bifurcación de senderos que llevan, por un lado a las necesidades fisiológicas y, por el otro, al cumplimiento del deber, un buen patriota nunca escoge el excusado. Y Enrisco es sinónimo de patria.
[Seguir aquí]

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Hoy

Pues hoy es el día. El que no vaya que luego no me ande pidiendo ministerios. Y no entiendo de justificaciones traídas por los pelos como que viven en otro continente y cosas así:

Sudaquia Editores los invita a la presentación del libro “Enrisco para presidente” hoy miércoles 12 de noviembre en el King Juan Carlos I of Spain Center (53 Washington Square South New York, NY 10012) a las 6:30 p.m. con la presencia del autor Enrique Del Risco. El escritor Alexis Romay hará la presentación de la obra.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Freedom or Status Quo?

Hoy Orlando Luis Pardo Lazo da una charla (en inglés) bajo el titulo "Civil Society and Alternative Blogosphere in Cuba Today: Freedom or Status Quo?" en la Universidad de Brown a partir de las 6:00 pm. Pueden seguirla por aquí:


viernes, 7 de noviembre de 2014

Hoy en Guttenberg

Jairo Alfonso, artista cubano inaugura hoy exposición en Guttenberg Arts, un excelente espacio abierto creativo recientemente en la zona donde vivo a las 7:00 pm en 6903 Jackson St, Guttenberg, New Jersey 07093. Están todos invitados.



Otra muestra:



jueves, 6 de noviembre de 2014

Elogio del elogio

Raúl Flores, escritor de la llamada Generación Cero, (pues su entronización a la vida literaria se corresponde más o menos con los inicios del milenio) le dedica hoy en Diario de Cuba una reseña a mi libro "Elogio de la levedadpublicado originalmente por la editorial Colibrí en el 2007 y reeditado este año por  Hypermedia con la intención explícita de distribuirlo gratuitamente en Cuba junto a otra serie de títulos. Y sí, me complace que Flores haya dedicado unos cuantos párrafos a ese derivado de mis esfuerzos por cumplir las exigencias de mi doctorado. En parte porque la propia existencia de la reseña es prueba de que el libro ha accedido, gracias a los esfuerzos de Hypermedia, a una sobrevida que ya no le imaginaba. En parte porque del reseñista, que tiene la fortuna de no conocerme pesonalmente, he leído cuentos que me parecen magníficos y siempre es agradable ser juzgado favorable y generosamente por personas que uno respeta. Y complace más que a siete años de su primera edición y a nueve de haber sido escrito su atento lector encuentre algún borde del qué resaltar su filo.
Dice:


Los términos levedad y gravedad contrapuestos. En uno de los extremos: la maquinaria estatal de la Revolución cubana; en el otro, algo que aún no se sabe: lo invisible, lo inasible. Palabras fantasmales y una línea de fuga para esta literatura nacional cada vez más nacionalista (literatura institucional, para no decir institucionalizada, domesticada). Un volumen que puede asustar, o incomodar a los que dictan los parámetros de la cultura cubana. Un dorso que lastima, o agrada, pero nunca dejará indiferente al lector. Prosa filosa como fragmento de vidrio incrustado en el pie, en los ojos; lo que vendría después si no estuviéramos tan ocupados para darnos cuenta de que ya estuvo aquí, tocando a la puerta.

Apenas le señala un defecto (de ahí que diga que es generoso) y es que “que el estudio finalice en la década de los 90 del pasado siglo y no se interne en los recovecos de la literatura nacional hecha a partir del XXI”. El defecto es tan obvio como la excusa. A la altura en que fue terminado el libro (2005) era muy poco a lo que pude acceder de lo publicado por la Generación Cero. No es hasta fechas más o menos recientes en que he podido reunir textos como para hacerme una idea de su perfil generacional. Y es cierto: aquellas ficciones leves que parecían ser un matiz marginal en una literatura obsesionada -y no necesariamente al servicio de "la maquinaria estatal de la Revolución cubana"- con los grandes (y graves) discursos de la Nación son ahora multitudes. Y claro que merecen reflexiones y libros dedicados exclusivamente a esa literatura que viene emergiendo hace años, superadas las remoras que debimos arrastrar nosotros durante buen tiempo. Solo que me temo que ellos están en mejores condiciones de juzgarnos a nosotros que a la inversa.

Para leer la reseña completa pinchar aquí.