lunes, 7 de octubre de 2019

Nitrógeno y mangostas: Julio Cortázar y la Revolución Cubana*

Bajo el notorio influjo de Borges, he imaginado este argumento que posiblemente no escribiré porque no alcanza a justificar mis tardes. Faltan pormenores, rectificaciones, ajustes; hay zonas de la historia que no me fueron reveladas aún; hoy, 7 de octubre del 2019, la vislumbro así.
Un escritor, entusiasta admirador de una revolución triunfante, digamos la de la Francia de Robespierre, la Rusia de Lenin, o la China de Mao, ha sido invitado a conocerla en carne propia, por así decirlo. O tal vez ni siquiera se trate de la primera visita, sino una de tantas en que viaja para confirmar y enriquecer su devoción, puesta a prueba por ciertos rumores que propala la prensa burguesa. 
“Más que nunca me interesa darme una vuelta —le confiesa en carta a un colega—, hablar con los amigos de la Casa, y hacerme una idea más clara de algunas cosas”.[1]
Digamos, para comodidad narrativa, que se trata de un viaje a la Cuba de Fidel Castro entre los últimos días de 1966 y finales de enero del siguiente año, y el escritor —que bien pudiera llamar Juan, Pedro o Gabriel— se llama Julio y es argentino. Julio Cortázar, para que la aspereza del apellido vasco equilibre la blandura de su oficio. 
Luego de un largo silencio epistolar —el escritor suele llevar una correspondencia intensa y compulsiva—, que se corresponde más o menos con los días que pasa en Cuba, el escritor emerge nuevamente en sus cartas con no menor entusiasmo que el que lo impulsó a hacer el viaje: 
“Volví contento porque creo que los males están infinitamente por debajo de los bienes, y que aquello sigue adelante como un torrente”, le escribirá al mismo colega al que le ha manifestado sus preocupaciones antes del viaje y al que por comodidades narrativas llamaremos Mario Vargas. Mario Vargas Llosa, para que la elegancia del apellido materno compense la vulgaridad del paterno. “Aquello” que avanza como un torrente es, por supuesto, la Revolución Cubana.
El entusiasmo del escritor por la Revolución triunfante no se apagará ni en los momentos más difíciles, cuando años después, un grupo de colegas se distancien de aquella Revolución a raíz de la prisión de cierto poeta cuyo nombre no viene al caso. Luego de un breve desliz pidiendo cuentas por el poeta encarcelado, Cortázar se mantendrá, hasta su muerte en 1984, como uno de los ejemplos más hermosos de compromiso intelectual con esa y otras revoluciones latinoamericanas. 
El narrador de esta historia es un crítico contemporáneo nuestro, alguien dedicado a estudiar la obra de un escritor del que le atraen sus muchas confirmaciones de que la invención de misterios simétricos y sorprendentes no anula la capacidad de entregarse a una causa hermosa, de que la amoralidad del oficio literario no exime de ciertos compromisos con la realidad. El propio estudioso se llama Julio, ya que su nombre fue decidido por la devoción con que su madre, en su juventud, leía al autor que ahora se siente predestinado a estudiar. 
Sin embargo a Julio Mestre, nuestro investigador, desde hace tiempo lo atormenta su incapacidad para explicar uno de los cuentos del escritor, redactado aproximadamente por los días de aquel viaje a la isla. El relato se llama “Con legítimo orgullo” y aparecerá, meses después de aquel viaje, en La vuelta al día en ochenta mundos, un libro que trae, justo en las páginas que lo suceden, una decidida defensa de la obra de un escritor cubano al que por comodidad narrativa llamaremos José Lezama Lima
(Comentemos incidentalmente que la aparición previa de dicha defensa en una revista del país “causó sensación en Cuba en momentos en que Lezama era objeto de duros ataques por razones de ‘obscenidad’; me alegré de que el azar (¿) —le escribirá a su amigo editor mexicano— me hubiera llevado a escribir inocentemente ese trabajo en un momento en que caía tan a tiempo para enderezar las cosas”).
El relato que inquieta a nuestro crítico —y el que, por cierto, no es incluido en la edición de Alfaguara de sus Cuentos completos— cuenta en la primera persona del plural la historia de un país entregado a un extraño ritual: cada noviembre todos sus pobladores se entregan a la recogida de hojas secas, solo que en lugar de recogerlas directamente utilizan mangostas, luego de haber rociado previamente las hojas con extracto de serpiente. 
Poco a poco nos enteraremos de cómo están repartidas las funciones entre la población: a los niños que “son los que más se divierten […] los destinan a diversas tareas livianas pero sobre todo a vigilar el comportamiento de las mangostas”. Por su parte, a “los viejos se les confían las pistolas de aire comprimido con las que se pulveriza la esencia de serpiente sobre las hojas secas”; a “los adultos nos toca el trabajo más pesado, puesto que, además de dirigir a las mangostas, debemos llenar las bolsas de arpillera con las hojas secas que han recogido las mangostas, y llevarlas a hombros hasta los camiones municipales”.[2]
Sin embargo, no es hasta el final que se revela quiénes son los encargados de una misión decisiva y peligrosa en exceso: la de cazar las serpientes en las temibles expediciones a las “selvas del norte”. A ellas se destinan los que no cumplen con las normas de recolección de hojas secas, los que piden que se pulverice el extracto de serpiente con más cuidado y los que incurren en cualquier otra falta menor, casi siempre relacionada con el ejercicio de la crítica o de la simple curiosidad. Aunque tampoco ser reclutado para tales expediciones puede verse como un castigo, nos advierte el narrador de “Con legítimo orgullo”: “llegado el caso —nos instruye—, reconocemos que se trata de una costumbre tan natural como la campaña misma, y no se nos ocurriría protestar”.
Nuestro narrador, Julio Mestre, comprueba que los escasos análisis de ese cuento por parte de otros estudiosos son vagos y esquemáticos. Se identifican los absurdos esfuerzos que recoge el relato con la funcionalidad del mito “como formalización de esas invariantes arquetípicas” que “implica ya un principio de orden y, por tanto, una racionalización, aunque, como ya hemos dicho, su componente es esencialmente irracional”.[3]
De esta manera, por ejemplo, se concluye que:
“En el cuento ʻCon legítimo orgullo’ el poder impone el cumplimiento de cierto ritual (recoger las hojas secas del cementerio) que implica el sometimiento del pueblo a una atroz circularidad, típica del mito y el rito, que lo inmoviliza y lo aturde y que no se cuestiona porque ni siquiera se percibe. Por eso el ritual se cumple con legítimo orgullo”.
Hay algo que sin embargo no convence a Julio Mestre, y es que el otro Julio, su admirado autor, se conformase con escribir una fabulita limitada a satirizar el empecinamiento de la humanidad en generar ciertos rituales absurdos. ¡Como si no se hubiese hecho antes, tantas veces! Llegado a este punto Julio, el estudioso, comienza a convencerse de que el enigma rebasa lo puramente fantástico, y a sospechar que se encuentra frente a una alegoría a cierta realidad, política por más señas. 
No sería la primera vez. Como recordaría todo cortazariano de bien, uno de los cuentos más conocidos y tempranos que publicara el autor es, entre muchas cosas, una crítica en clave a la pasividad de la sociedad argentina ante el ascenso del peronismo: se titulaba “Casa tomada”, y reproducía a nivel doméstico y familiar la actitud pusilánime de los argentinos no seducidos aún por Juan Domingo Perón mientras veían que el país iba siendo dominado por una fuerza todopoderosa y turbiamente amenazante. 
Ya se sabe que un cuento surge “sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo”, y que de pronto el autor debe enfrentarse a “una masa informe sin palabras ni caras ni principio ni fin pero ya un cuento, algo que solamente puede ser un cuento”.[4]
No es su carácter cíclico, repetitivo sino el absurdo excepcional en la manera en que se teje la trama de mangostas —recolectores de hojas— rociadas con extracto de serpientes —cazadas en remotas expediciones, lo que invita a Julio Mestre a darle espacio concreto de nacimiento a ese prodigio de imaginación. Hay en ese tono falsamente triunfal de “Con legítimo orgullo”, en su miedo soterrado a la autoridad, en la movilización estatal de todo un país en pos de un objetivo común pero difícilmente comprensible a primera vista, cierto perfil definido que no es reconocible en el continente más que en ciertos momentos de la Historia cubana. 
Nuestro Julio suda frío. ¿Acaso podría concebirse semejante hipocresía en su autor favorito? ¿Es posible que escribiera una burla tan artera y minuciosa en los mismos días en que le escribe en una carta a una amiga cubana: “no es fácil salir de tu país […] me llevará mucho tiempo adaptarme nuevamente a la vida francesa, cortés y fría, correcta e indiferente”? 
Julio Mestre piensa en la famosa zafra de los Diez Millones que movilizó a toda la población de la isla para producir aquella cantidad de toneladas de azúcar y sacar de una vez el país de la asfixia del subdesarrollo. Comprueba las fechas y suspira aliviado: La vuelta al día en ochenta mundos apareció publicado tres años antes que el proyecto que trascendió justo por no alcanzar la meta que anunciaba en su título. 
De manera que el cuento no puede referirse a la magna cosecha más que como profecía, género quizás aceptable en el Vaticano pero no en los departamentos de literatura. No obstante, siguen ahí esas expresiones colectivas del miedo discreto y la adulación desvergonzada como “La generosidad de nuestras autoridades no tiene límites”, que solo fructifican con tal desparpajo en los Estados totalitarios. Y luego están las alusiones a labores no retribuidas que en Cuba llaman “trabajo voluntario”: “Los adultos dedicamos cinco horas diarias a recoger las hojas secas, antes o después de cumplir nuestro horario de trabajo en la administración o en el comercio”.
Con desgano, pero sin plantearse siquiera la posibilidad de renunciar a su búsqueda —porque la honradez de nuestro investigador es asunto serio—, Julio Mestre recorre el epistolario del escritor durante los meses que precedieron a la salida del libro. En una carta a su editor mexicano, intermediario del libro que ahora escribe, le comenta que:
“La verdad es que a pesar de los infinitos problemas, los errores y la tensión entre los sectarios y los fidelistas, siempre latente y a veces operante, Cuba sigue adelante de una manera admirable. Cada vez sé más que es el único país latinoamericano que ha asumido su historia, su destino, suena a frase, pero allí es una vivencia permanente y bien que se nota en la gente, en los libros, en la música. Estuvimos nueve horas corridas con Fidel, que es realmente un caballo, como le llaman cariñosamente sus compatriotas; ese hombre es sobrehumano, y nos dejó a todos literalmente pulverizados”.
A nuestro Julio se le hincha el pecho y descubre a continuación que el otro Julio había asistido a un discurso de aquel a quien llaman el Caballo. En el discurso que menciona el escritor, el del 2 de enero de 1967, el líder de la Revolución Cubana no se limita a saludar “al comandante Guevara, allí donde esté” o a la más bien aburrida exaltación de los logros económicos de su gobierno. En algún momento, cuando se refiere a los planes agrícolas, el estudioso cree hallar la misma desmesura, la misma lógica de lo irracional que se observa en el relato “Con legítimo orgullo”. 
La activa participación de niños y ancianos en la recogida de hojas secas del cuento es reemplazada en el discurso por la de las mujeres en la recogida de café —porque los hombres están empeñados en tareas aparentemente más duras como es el cultivo y la cosecha de la caña de azúcar— y el extracto de serpiente del cuento es el equivalente de los fertilizantes en el discurso. Específicamente: ese nitrógeno del que el líder revolucionario anuncia que “para 1971 aproximadamente, o 1972, estaremos aplicando a nuestra agricultura más nitrógeno que el total de nitrógeno que aplica hoy día a su agricultura uno de los países agrícolamente más desarrollados de Europa, que es Francia, con una población como de siete veces más habitantes que nosotros”.
Y las movilizaciones de la población son tan desmesuradas como las que aparecen en “Con legítimo orgullo” y no menos militarizadas, porque, para los incontables planes que esboza el líder
“[…] necesitamos mucha fuerza de trabajo. Y los soldados están participando cada vez más; los compañeros de la fuerza aérea serán responsables de fertilizar unas 70 000 caballerías de caña en avión con nitrógeno; los compañeros de ingeniería del ejército están haciendo ahora los caminos de Las Villas, están incluso ayudando con sus equipos durante esta sequía a desbrozar terreno. Ya el año que viene tendremos más equipos, los equipos de fortificaciones seguirán en fortificaciones; pero ahora los equipos de fortificaciones de las fuerzas armadas han estado en la agricultura también haciendo caminos y desbrozando terrenos”.
La obsesión azucarera —que los líderes revolucionarios ridiculizaban en el texto de Sartre bien conocido por Cortázar: “Huracán sobre el azúcar”— ha sido retomada por esos mismos líderes con la misma urgencia y fatalismo con que se afronta la recogida de hojas secas en “Con legítimo orgullo”. 
Solo que la voz narrativa del cuento —ese “nosotros” recurrente— no es la del discurso del poder que se quiere confundir en la supuesta voz de la multitud. Es un “nosotros” cuyo “legítimo orgullo” apenas puede disimular el terror a que se siente expuesto mientras apela a un entusiasmo que le suena falso incluso a nuestro estudioso
“[…] estamos convencidos de que a nadie se le ocurriría que puede dejar de recogerla”, dice esa voz atemorizada en algún momento del relato. “[…] solo un loco osaría poner en duda la utilidad de la campaña y la forma en que se la lleva a cabo”, dice en otro. No hay que tener demasiada imaginación para reconocer en esas frases la voz de un pueblo sometido —empezando por sus intelectuales— a partes variables de entusiasmo y terror. 
“[…] recuerdo que te ibas a practicar filología entre los guajiros y a desmantelar cañaverales”, le comenta Cortázar en una carta a su amigo Roberto Fernández Retamar, en una combinación de absurdos que recuerda la de “Con legítimo orgullo”.
Las aterradas palabras del cuento son el espejo —o sea: exacto pero invertido— de otras palabras dichas en el discurso escuchado por el escritor a su llegada a Cuba: 
Se trata de reproducir —da igual quién lo propusiera primero: el discurso o el cuento— el sistema de imponer a un pueblo una norma de conducta como si surgiese de su propia voluntad.
Nuestro investigador se siente abrumado. Una vez reconocido su parentesco, las similitudes entre el cuento y el discurso saltan por doquier. ¿Qué hacer entonces con tanto compromiso ejemplar? ¿Con la “Policrítica a la hora de los chacales”? ¿Con “Reunión”? ¿Con El libro de Manuel?
Pero sobre todo: ¿por qué Cortázar habrá escrito ese texto, que ahora se le antoja taimado, en lugar de la crítica franca, abierta y constructiva? 
Pero ni siquiera nuestro candoroso investigador se hace ilusiones al respecto. Al propio Cortázar, años después, cuando insistía en hacerse ilusiones sobre su propia libertad, un comisario de ocasión le leería públicamente la cartilla: 
“Cuando una sociedad está en vías de construcción […] las palabras […] se vuelven rigurosamente significantes”, le advierte, y le recuerda que “dentro y fuera de la revolución, participantes o espectadores de ella, no podemos seguir permitiéndonos la vieja libertad de escindir al escritor entre ese ser atormentado y milagroso que crea y el hombre que, ingenua o perversamente, está dándole la razón al lobo”.[5]
Pero todo esto el escritor lo debería saber desde mucho antes, por mucho que se resistiera a aceptarlo. Y ser tan cauto y astuto conspiraba contra la inocencia con la que el escritor quería dotar su entrega a la causa. Si escribió y publicó “Con legítimo orgullo” es porque le era absolutamente necesario. ¿Para qué? Pues para decir algo nuevo y distinto —piensa nuestro Julio—: eso bastaría para justificar el texto. 
Y ahí es donde yerran la mayoría de los críticos —sigue pensando Julio Mestre— esos que asumen que lo que aborda “Con legítimo orgullo” es la reproducción de los patrones inmemoriales del mito. Lo que deslumbrará a Cortázar en el caso cubano —piensa Mestre—, no es la supervivencia de los antiguos patrones, sino el veloz enquistamiento de los nuevos, algo que también sorprende a Fidel Castro en el discurso ya mentado: 
“Y es para nosotros una gran suerte que nuestro pueblo, en solo ocho años, haya adquirido esta conciencia”, dice. Y cuando trata de encontrarle una explicación a tanto entusiasmo, se encuentra que, al no contar con el miedo que insinúa Cortázar como origen del “legítimo orgullo”, el líder de la Revolución no puede responder más que con meros retruécanos
“¿Por qué el entusiasmo no decae al cabo de estos ocho años? Porque lejos de decaer —y esto es lo más impresionante y alentador de nuestro proceso revolucionario—, ¡cada año que pasa, en vez de disminuir el interés, el entusiasmo y el fervor revolucionario, crecen!”.
La conciencia a la que se refiere el orador es la fraguada al calor de la Revolución en reemplazo de la conciencia anterior. Y esa nueva conciencia ya es capaz de renunciar a rituales tan arraigados como la celebración de la Navidad: 
“Y por eso en estos días decenas de barcos con sus tripulantes —se calcula unos 2000— han pasado esta Nochebuena y este fin de año pescando en los océanos (APLAUSOS). Mas no solo pescando, sino pescando con qué espíritu, con qué fervor, con qué orgullo, con qué conciencia revolucionaria”. 
Ocho años le han bastado a la realidad cubana para que sus rituales absurdos resulten, como se dice en “Con legítimo orgullo”: “tan naturales que solo muy pocas veces y con gran esfuerzo volvemos a hacernos las preguntas que nuestros padres contestaban severamente en nuestra infancia”. 
Ocho años son suficientes para que los jóvenes con que Cortázar se debió haber encontrado pudieran decir igualmente: “hemos crecido en una época en que ya todo estaba establecido y codificado”. Incluso un joven tan cuestionador como el Reinaldo Arenas de 1969, reconocerá que “Mi obra, quiéralo o no, propóngamelo o no, está en relación con la Revolución”.[6]
Lo que parece decirnos Cortázar, piensa nuestro estudioso, es que la clave de tales absurdos, más que en la inercia del tiempo y las costumbres, radica en que alguna fuerza —ya sea la de la fe o la del miedo— anule toda inquietud crítica. Y esa fuerza puede provenir del temor que inspiran las expediciones a las selvas del norte de “Con su legítimo orgullo”, o en los muy reales y cubanos campos de concentración conocidos como UMAP, de los que ya Cortázar tenía noticias, aunque solo fueran de oídas: 
“¿[…] se escribe así?”, le pregunta a su corresponsal cubana cuando de pasada menciona “el problema de las UMAP”. Como si solo retuviera el sonido de aquellas siglas terribles y no su significado, porque como dice el narrador de “Con legítimo orgullo”: “De las expediciones a las selvas se habla poco entre nosotros, y los que regresan están obligados a callar por un juramento del que apenas tenemos noticia”. 
No obstante, el narrador del cuento se apresurará a aclarar que “[…] estamos convencidos de que nuestras autoridades procuran evitarnos toda preocupación referente a las expediciones a las selvas del norte, pero desgraciadamente nadie puede cerrar los ojos a las bajas”. Porque las bajas, esas ausencias que fomentan el terror que recorre en el cuento, son al mismo tiempo la fuente de su insistente entusiasmo. 
Las bajas crecen, el cementerio debe ser ampliado, y entre la profusión de tumbas y de hojas cada vez es más difícil dar con la tumba correcta pero “en cierto modo nos alegra haber tropezado con tantas dificultades para encontrar las tumbas porque eso prueba la utilidad de la campaña que va a comenzar a la mañana siguiente”. 
Nuestro investigador emerge de estas constataciones extrañamente orgulloso. Sabe que será menos difícil explicarlo que ser aceptado. Incluso cuando en la obra de Cortázar sean numerosas las alusiones a la libertad de crítica en medio del compromiso. 
“Hay cosas que no puedo tragar en una marcha hacia la luz”[7], se atreve a decir en uno de sus textos más obedientes. Defender la autonomía de lo literario ya ha pasado de herejía a lugar común. Otro lugar común es que un texto apenas mencionado tenga más peso que toda una obra porque, al igual que ocurre con los contratos, EN LITERATURA LA LETRA PEQUEÑA ES LO MÁS IMPORTANTE. 
Pero justo ahí se detiene nuestro estudioso. Esta vez no se trata de la reafirmación de la capacidad subversiva del escritor. O de ver la ficción como el espacio donde decimos con mayor o menor claridad lo que nunca nos confesaremos a nosotros mismos. Después de todo, llegar a esas conclusiones no haría más que reavivar el interés por Cortázar. Lo tremendo será que en lo adelante él, Julio Mestre, será visto como un revisionista de la peor especie, como un reaccionario que pretende denunciar una extendida complacencia en la lectura de viejos clásicos latinoamericanos. 
Y ese es el momento en que Julio cae en cuenta que su descubrimiento no es demasiado revelador y que los detalles que convierten “Con legítimo orgullo” en una sátira de los rituales (im)productivos de la isla de Fidel fueron intercalados para que los académicos del porvenir, incluso sin ser demasiado avispados, dieran con la verdad. Comprende que ellos también forman parte de la trama de Cortázar, que es la del romance con esa cosa que siguen llamando, para que no se note su olor a rancio, Revolución Cubana. 
Al cabo de tenaces cavilaciones, Julio resuelve silenciar el descubrimiento. Publica un libro dedicado a la comprometida gloria del escritor. También eso, tal vez, estaba previsto.



Notas:
[i] Cortázar, Julio: Cartas 1965-1967, Alfaguara, Buenos Aires, 2012.
[ii] ____________: La vuelta al día en ochenta mundos. Editorial RM, México, 2010.
[iii] Huici, Norman Adrián: “El mito y su crítica en la narrativa de Julio Cortázar, en Cauce. Revista de Filología y su didáctica, Números 14-15, (1991-1992), p. 414.
[iv] Cortázar, Julio: “Del cuento breve y sus alrededores”, en Último round, Siglo XXI Editores, México, 1969, p. 72.
[v] Collazos, Oscar, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa: Literatura en la revolución y revolución en la literatura (polémica), Siglo XXI Editores, México, 1970, p. 37.
[vi] Arenas, Reinaldo: Libro de Arenas. Prosa dispersa. (1965-1990), DGE Equilibrista y CONACULTA, México, 2013, p. 99.
[vii] Cortázar, Julio: “Policrítica a la hora de los chacales”, en Cuadernos de Marcha, 1971, 49, p. 35.

*Acabado de publicar por Hypermedia Magazine.

domingo, 6 de octubre de 2019

El misterio de "Para bailar"

Hace tiempo me preguntaba cómo la atmósfera cerrada de los setentas que apenas dejaba pasar música norteamericana por la televisión se diera un fenómeno tan raro en aquellos días y que conectó tanto con la gente como Para Bailar. He podido comunicarme con uno de los protagonistas de aquel fenómeno mediático que nos pegaba a la pantalla todos los domingos a las dos de la tarde, Armando León Viera (Mandy). Y esto es lo que ha terminado escribiendo. Le estoy profundamente agradecido lo en serio que se ha tomado mi curiosidad.

Armando León Viera:

En estos días he tenido la satisfacción de poder intercambiar con mi amigo de Facebook Enrique del Risco, un compatriota y colega radicado en New York al que admiro, entre otras virtudes, por su agudeza, fina ironía y sentido del humor.
Enrique, que en 1978 era uno de aquellos niños que no se perdían una emisión de Para Bailar, me pregunta cómo fue posible que, en medio de tanta mediocridad, censura y férreo control ideológico sobre la Televisión Cubana, nuestro espectáculo pudiera gozar de una imagen más bien relajada, no tan ideologizada y hasta “liberal”.
Es una brillante observación, una pregunta muy interesante que me da la posibilidad de explicar algo que ya ha revelado nuestro director fundador y creador del proyecto, Eduardo Cáceres Manso, pero que yo tengo la excepcional posibilidad de documentar como corresponde, para que no quede la menor duda.
Y es que el Partido Comunista de Cuba y su organización juvenil, la UJC, convirtieron no solo a la televisión, sino a todos los demás medios de comunicación también, en instrumentos de adoctrinamiento e ideologización antes que en servicios culturales y de entretenimiento.
Independientemente de los atractivos de programas como Buenas Tardes y Joven Joven, y de las capacidades de sus realizadores y presentadores, el “padrinazgo” de las entidades políticas los convirtió, salvo períodos puntuales un poco menos rígidos, en aburridos mecanismos divulgadores de la “emulación socialista” y el accionar de centros de trabajo, de estudios y unidades militares desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí. Tan simple y triste como eso: puro “teque” invadiendo espacios de música y entretenimiento, siempre con el mal gusto típico de los manipuladores en el poder. Puedo imaginar la frustración de tantos creadores sometidos, sin remedio, al imperio estalinista criollo.
Y sí, es cierto, en medio de aquella grisura, vísperas de la celebración en La Habana del XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, se crearon algunos nuevos espacios, incluyendo nuestro concurso de bailes. Estaba previsto que durase cuatro semanas, hasta la inauguración de aquel evento, pero en los cuatro sábados que se emitió, tuvo una acogida tal que los directivos y funcionarios con cierto nivel de decisión consideraron probar a extenderlo, a ver qué pasaba.
No recuerdo exactamente cuándo, pero fue más temprano que tarde que trasladaron la emisión a los domingos, a las 2 p.m. Resultó que la competencia entre nueve parejas de baile, al ritmo de las orquestas más populares del país y de una selección de buena música de muy diversas latitudes y culturas, atrapó poco a poco a la teleaudiencia, al punto increíble de que en aquel horario el tráfico vehicular disminuía considerablemente y las calles se veían inusualmente vacías.
No sería justo obviar el aporte de los nueve presentadores fundadores del espacio: Salvador Blanco, Lili Rentería, Cary Ravelo, Albertico Pujol, Rey Batista, Vicky Rodríguez, Néstor Jiménez, Mara Roque y quien escribe estas líneas, a los que se sumaron gradualmente, desde 1979, Carlos Otero y otros nombres, en la medida en que los iniciadores iban desapareciendo. Algunos con cierta experiencia artística, otros de absoluto estreno, constituimos un equipo compacto capaz de conducir fluidamente el concurso danzario, declamar cuando había que hacerlo, interpretar pinceladas humorísticas, bailar con más o menos éxito las coreografías que nos montaban los especialistas, hacer parodias e imitaciones de artistas de referencia y, en resumen, entretener y llevar alegría a la población de una manera inédita.
Lo cierto es que las competencias semanales, mensuales y trimestrales, de las que tres parejas triunfadoras pasaban al siguiente nivel para completar el cuadro de nueve, se afianzaron en la preferencia popular al punto de monopolizar la transmisión televisiva de la llegada del año nuevo con su concurso anual, que paralizaba literalmente la celebración del 31 de diciembre en todo el país.
Retomando el hilo inicial de este relato, al ver el inusitado éxito y la popularidad creciente del espacio, los ideólogos se afilaron los dientes y trataron de aprovecharlo para hacer lo habitual, ideologizarlo todo, imponer su cansino discurso. Solo Eduardo Cáceres, nuestro director Cachito y su equipo, saben bien cuánto tuvieron que soportar y resistir el embate del Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas. Aquello era un verdadero asedio a una plaza sitiada y muy deseada por los asaltantes. No aceptaban un no por respuesta; la apetecida fruta de moda no podía escapar a sus hambrientas fauces. Era cuestión de tiempo, muy poco tiempo…
Y en aquel contexto, cuando más falta hacía y deseábamos escapar a nuestra indefensión, llegó el milagro. Y lo hizo de puño y letra de uno de los ideólogos del sistema, uno de los más notorios representantes de la ideología comunista, de los más ortodoxos dirigentes del bolchevismo moscovita y el estalinismo en Cuba, el muy singular Carlos Rafael Rodríguez (Cienfuegos, Cuba, 23 de mayo de 1913-La Habana, Cuba, 8 de diciembre de 1997), viejo zorro de la política republicana que se integró a las altas esferas del poder “revolucionario”, con importantes rango y responsabilidades hasta su muerte.
Hombre de cultura enciclopédica, dirigió una respetuosa y sustanciosa misiva a nuestro director, en la que le pedía, encarecidamente, que no permitiera la politización de aquel programa que los cubanos habían hecho suyo de manera espontánea y casi unánime. No sé si Carlos Rafael Rodríguez fue consciente o no, pero sus palabras se convirtieron en la coraza que necesitábamos, en la muralla inexpugnable para quienes amenazaban con robarnos el show para sus egoístas intereses partidistas. Desde aquel minuto, Cachito sintió que contaba con un salvoconducto para rechazar cualquier tentativa de imponer lo que acabaría con la frescura de nuestro hacer.
Debo añadir que el original de esta carta histórica que les muestro en formato digital, lo atesora en Miami su destinatario, que con tanto valor y honestidad defendió aquel hermoso proyecto hasta que la burocracia y los ejercedores del poder le hicieron la vida imposible y, con gallardía total, presentó su renuncia y se alejó de nuestra pequeña pantalla y, eventualmente, de su amada isla.
Sin más, les presento la carta y les sugiero leerla en su totalidad, para que puedan aquilatar su efectividad e importancia histórica.



Espero, pues, haber satisfecho la curiosidad de mi querido Enrisco y de muchos otros cubanos que tal vez se hayan hecho la misma pregunta en los 41 años transcurridos desde la salida al aire de Para Bailar el 10 de junio de 1978.

viernes, 4 de octubre de 2019

¿Existe una literatura cubana post-exilio?*


Disipado el fervor planetario que trajera el anuncio de la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos este entusiasmo ha sido substituido por pequeñas esperanzas particulares. Y es que el homo sapiens es más que un animal que sueña con su muerte. El humano es un animal que espera. Que espera, sobre todo, rellenar la distancia que lo separa de su muerte con alguna razón para ilusionarse. Frente a la certeza del fin, juega con la posibilidad de con algo que le dé sentido a lo irremediable. Los cubanos no somos animales menos ilusos que el resto de los humanos. Si acaso inspiramos en estos días más ilusión. No es que el anuncio simultáneo de Barack Obama y Raúl Castro el 17 de diciembre de 2014 haya sido, hasta ahora, infecundo en beneficios. Sucede que solo ha beneficiado a los mismos de siempre y si acaso a dos o tres listillos más. Ante esa evidencia habrá que buscarse nuevas consolaciones y, como ocurre muchas veces, en lugar de ir a buscar el consuelo a su hábitat natural, la religión, termina buscándose en la literatura.  

Ya que la realidad cubana no ha querido inmutarse con los gestos diplomáticos —piensan unos cuantos— indaguemos en la literatura. Toca preguntarse, por ejemplo, si existe una literatura cubana post-exilio. O sea, cuestionarse si la literatura ha sido capaz de superarse a sí misma allí donde la realidad sigue empantanada en el mismo sitio. Y entonces parece inevitable referirse al famoso discurso vienés de Roberto Bolaño. Ese en el que decía no creer en el exilio sobre todo “cuando esta palabra va junto a la palabra literatura”. O sea, que si rechazamos la mera asociación del exilio a la literatura ¿de qué valdrá preguntarnos por un postexilio literario? Pero —nos responderemos, ladinamente, con otra pregunta— ¿qué podía hacer Bolaño cuando lo invitaban a hablar de dos cosas (en este caso de literatura y exilio) si no era declarar la inexistencia de al menos una de ellas? Pero nada mejor para neutralizar a un Bolaño que otro Bolaño. Contrarrestarlo con lo que dice en el siguiente párrafo del mismo discurso sobre aquellas personas “que entendieron el exilio como en ocasiones lo entiendo yo mismo, es decir como vida o como actitud ante la vida”. El exilio, ya sea como la condición de que hablaba Joseph Brodsky o como la actitud de la que discurseaba Bolaño, parece resultar un compañero de cama de la literatura poco creíble a pesar de lo abundante que ha sido su prole. Por difícil que nos sea imaginar la literatura sin exiliados como Ovidio, Dante, Voltaire, Victor Hugo, T.S. Eliot, Ezra Pound, James Joyce, Samuel Becket, casi todos los escritores del Boom latinoamericano o todos los escritores judíos.
¿Qué decir entonces del post exilio? ¿De algo que existe solo en relación a una mera condición, a una actitud? ¿Qué hacer con un concepto (como cualquiera que contenga el prefijo post) que con sólo mencionarse resulta sospechoso? Sospechoso por la comodidad y la pereza mental que produce la invención de algo nuevo a partir del recurso de añadirle a lo viejo el prefijo “post”. Sucumbir a la tentación asumir que la realidad ha sido anulada, superada y rebasada por otra que, cuando menos, tiene la ventaja de la novedad. El prefijo “post” es una invitación a vivir en el “como si”. De manera que el concepto de lo postnacional nos invita a pensar o comportarnos como si la nación ya no existiera en la misma medida en que el postmodernismo nos invitaba a pensar y comportarnos como si la modernidad ya fuese cosa del pasado. Entonces una literatura cubana post-exilio nos estaría invitando a escribir o incluso a leer como si el exilio y las circunstancias que le dieron origen ya hubiesen desaparecido. Como si ya viviéramos en una realidad post-exiliada y post-dictatorial.
Términos como “post-dictadura” y “post-exilio” han sido utilizados en las últimas décadas para referirse a buena parte de la producción literaria latinoamericana tras la epidemia de dictaduras que asoló el continente en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, para que en el resto de Latinoamérica se hablara de una literatura post-dictatorial o post-exiliada se tuvo la precaución de esperar a que terminaran las dictaduras en sus respectivos países y sus exiliados se sintieran perfectamente libres de regresar a sus países cuando quisieran. En ese sentido un tanto anacrónico (en el de la historia política, digo) una literatura cubana post-exilio sería una literatura de anticipación. Hasta podría hablarse de una literatura cubana post-real. Los escritores cubanos —tan proclives a la novedad— estaríamos iniciando al mundo en una nueva corriente literaria. Una corriente a la que se le podría llamar post-realismo: ficciones que serán a la realidad política y social lo que la ciencia-ficción a la ciencia y a la tecnología.
Visto de cierta manera, el post-exilio, como el dinosaurio de Monterroso, siempre estuvo ahí. Ese era el discurso del poder duro cubano cuando trataba de anular la idea misma de la existencia del exilio. Era su manera de convencer al mundo (y auto convencerse) de que fuera de la Revolución efectivamente no podía existir nada. De establecer su poder castrista hecho consumado, universal e irrebatible. Literalmente. Ese discurso de anulación retórica del contrario era su manera de hacer impensable cualquier acto de resistencia interior (“los presos políticos no existen”, “la oposición no existe”, “no son otra cosa que mercenarios”) o exterior (”los exiliados no existen”, “no son otra cosa que agentes de la CIA, mercenarios del gobierno norteamericano”). Un discurso que le permitía achacar toda resistencia a su poder a su enemigo favorito que no era otro que el “imperialismo yanqui”. Esos intentos de despolitizar a la emigración cubana, de convertirla en ente neutro, han terminado engendrando hallazgos linguísticos como el de “comunidad cubana en el exterior”. O que incluso el concepto de emigración —de vieja prosapia emancipadora— se delineara como un ente que sólo podía encontrar sentido en su reintegración a la Nación. (Reintegración simbólica porque en el plano de lo real todo se mantenía en su sitio: la Nación en la isla y la Emigración —incluso la más dócil— en la distancia). Los noventa, con el pragmatismo forzoso que trajo la desaparición del bloque soviético obligó al régimen a un cambio fundamental: se pasó de convertir automáticamente en enemigo político a todo cubano que hubiese optado por emigrar (hubo un tiempo en que la simple solicitud o tenencia de un pasaporte dentro de Cuba a título particular era sospechosa) a abrir la posibilidad de que pudieran existir cubanos que emigraran por motivos diferentes a los políticos. Que no fueran automáticamente traidores. Ese fue el primer paso hacia la conversión de todos los emigrantes en económicos.  No obstante se dejaba entrever que cualquier declaración política adversa se castigaría —entre otras posibles represalias— con la negación del derecho a visitar su país de nacimiento: o sea, con el destierro más o menos oficial.
Por otra parte la misma condición exiliada ofrece unas cuantas paradojas: su carácter supuestamente temporal y contingente —algo que debería ocupar el espacio que existe entre una partida forzosa y un regreso deseado, una suerte de limbo político, psicológico o sentimental— en el caso cubano ha mutado en algo muy parecido a la eternidad. Los exilios cubanos han sido los más desmesurados del continente: sobre todo si se piensa el que transcurrió durante las últimas ocho décadas de dominación española (1823-1898), cuando el resto del continente se adentrada en su existencia independiente y en el que comenzó en 1959 y continúa hasta el presente. La extensión de estos exilios genera la paradoja de una condición o actitud contingente que se va eternizando, petrificando, hasta constituir una realidad —o una irrealidad— tan consistente y duradera como la que genera la geografía nacional. Tal contrasentido ha producido múltiples variantes de literatura post-exiliada incluidas las que intentan apartarse de las más evidentes tentaciones que trae la condición exiliada. No es la menor, desde el punto de vista creativo, considerar al exilio, en tanto trinchera de resistencia a lo real, como lugar privilegiado para la creación. Después de todo la creación siempre se ejerce a partir de una distancia y resistencia a lo real. Pero al mismo tiempo el exilio, más allá de que le asistan todas las razones y lógicas del mundo, sobre todo si se extiende demasiado, está abocado a convertirse en trampa política o en trampa moral: la trampa de la comodidad o la trampa de la pureza. El exilio te mantiene incontaminado de la realidad, tanto de la que trataste de huir como de aquella en la que transcurres. Y lo que se gana en infalibilidad política y pureza moral necesariamente se pierde en capacidad de interactuar (entender, representar, modificar) con cualquier realidad.    
Digamos que una literatura post-exilio existirá siempre que exista exilio, aunque solo sea como aspiración: la existencia del exilio es inconcebible sin la fe en un más allá político, económico y social pero también psicológico, ético o imaginativo. No obstante, escribir desde un más allá cuando todavía se está en el más acá, desde ese post-exilio un tanto precoz, contrae varios riesgos y el del ridículo no es el menor de ellos. Al contrario de la literatura exiliada la del post-exilio no se define ni por la distancia ni por la resistencia. La escritura post-exiliada puede existir tanto como crítica o intento de superación de los automatismos y vicios de la condición exiliada o como mera reconciliación con las circunstancias que dieron origen a dicho exilio. Lo pueden ser tanto las últimas novelas de Reinaldo Arenas, o los libros de Juan Abreu o de Néstor Díaz de Villegas como los textos de autores que escriben como la dictadura que los expulsó en su debido momento fuera un recuerdo lejano, casi amable. Digamos que en esa versión un tanto anticipada una literatura post-exilio puede obedecer tanto a un gesto abierta o sutilmente subversivo como a una rendición en toda regla.
Un acontecimiento político —el anuncio simultáneo de un proceso de normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos por los gobernantes de ambos países— si bien no modifica apreciablemente las circunstancias que produjeron el prolongado y masivo exilio cubano de las últimas décadas ha afectado, de una manera que sospecho irreversible, el modo en que este se percibe. Ya sea por entusiasmo mediático o por puro aburrimiento narrativo la ficción de que la dictadura cubana existía como contrapeso a la agresividad imperial norteamericana se hizo carne en la convicción de que el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos normalizaría a su vez la realidad cubana. El guión soñado por el exilio durante décadas ha sufrido una modificación radical: su fin no coincide con la salida de la familia Castro del poder sino con la normalización de tal poder en términos de aceptación internacional ante un hecho hace tiempo consumado. De manera que la condición de post-exilio si no es una realidad política al menos se ha constituido en moda. La moda de la temporada, vale decir. Poco importa si el régimen cubano sigue coartando los derechos de sus ciudadanos o si sigue produciendo exiliados: es difícil en estos días reclamar la condición de exiliado sin sentirse ridículo: tan anacrónico como un bombín o un zapato de dos tonos. Para declararse exiliado se requiere una mezcla de audacia propia y de desinterés por la opinión ajena. Es irrelevante que la realidad no haya cambiado en su esencia represiva cuando su percepción colectiva se ha modificado de manera radical. O si ciertos cambios en la dinámica del sistema desde mediados de los años 90 han estado desdibujando los límites tan claramente trazados treinta años antes. Entre el allá y el acá. Entre el “ellos” y el “nosotros”. Cierto distanciamiento de la distancia que ya implica el exilio se impone para que una obra literaria rebase el mero estado de la nostalgia definido por consignas del tipo “contra Fidel estábamos mejor”.    
En lo personal que me preocupen demasiado las etiquetas no me va a impedir ser etiquetado. Ahora mismo acabo de terminar una novela que posiblemente reciba la etiqueta de literatura post-exiliada sin habérmelo propuesto. Mientras intentaba reconstruir la existencia de una comunidad de exiliados cubanos en un sitio concreto —a orillas del río Hudson, en la confluencia de los estados de Nueva York y Nueva Jersey— en un momento concreto —el presente— me di cuenta que de lo que trataba mi historia era del fin de una época y del inicio —incierto y desalentador— de otra. Pero en realidad pensaba menos en términos de exilio político o post-exilio que en el de la rearticulación de una identidad colectiva fuera de sus límites geográficos. En la resignación o la esperanza de asumirnos como comunidad más allá de la tierra de origen o de destino.
El escritor Eduardo Mendoza alguna vez ideó la fórmula “pre-post-franquista” para referirse al franquismo a secas y para de paso advertirnos de lo ridículo que pueden resultar los circunloquios. El exilio es un circunloquio: el que eligen los que no tienen prisas por convertirse en héroes o mártires pero tampoco han perdido del todo la esperanza de ser vistos como tales. La literatura es otro circunloquio para referirse a la realidad sin exponerse directamente a ella. O sea, que literatura exiliada es pura tautología y literatura post-exiliada es algo así como tautología redoblada. Spinoza afirmaba que todas las cosas tienden a persistir en su ser. Agregar cualquier adjetivo a lo sustancial literario puede ser relevante o no siempre que no se le exija renunciar al deber primordial de ser. Incluso cuando el deber patriótico de los constructores de naciones imponga, como recomendaba Ernest Renan, el ejercicio voluntario del olvido. Eso sería lo razonable, lo sé. Pero el día en que lo literario se atenga a los principios de lo razonable habrá renunciado a lo sustancial que lo ha hecho sobrevivir a las peores circunstancias que es haber sabido zafarse —a veces sin proponérselo— de las servidumbres de la razón y la conveniencia.
Enero, 2016

*Respuesta a encuesta que realizara la escritora Lizabel Mónica sobre el tema en cuestión a finales del 2015.




jueves, 12 de septiembre de 2019

La venganza de Cirilo*

A veces la literatura es la guerra por otros medios. Como la política o las cenas familiares. Como pasó con la novela Cecilia Valdés, la mulata que fue mito. Su autor, Cirilo Villaverde, se había mudado a Nueva York en 1848 porque en Cuba un tribunal español lo condenó a muerte y quizás pensó que el clima de la isla no era el más apropiado para su salud. Acá se unió al general venezolano Narciso López que conspiraba para liberar a Cuba del despótico poder español y entonces… bueno ya se vería.
Como Nueva York todavía no tenía ni estatua de la Libertad, ni puente de Brooklyn, ni teatros de Broadway y el único atractivo turístico era marcharse a Europa, Villaverde se dedicó a hacer patria: fue secretario de López cuando preparaba sus expediciones a Cuba, testigo de la creación de la bandera cubana y redactor de artículos explicando que antes de estar sometida a España era preferible que Cuba fuera de otro, lo que de paso lo convirtió en precursor del bolero.
Después de que los españoles ejecutaran a Narciso López —mientras el otro (Estados Unidos) no parecía dispuesto a arriesgarse para obtener Cuba—, Villaverde se inclinó por la independencia. No por mucho tiempo: en Filadelfia conoció a Emilia Casanova. Del intercambio de impresiones sobre su mutuamente admirado Narciso López pasarán a casarse el 8 de julio de 1855. A su primer hijo lo llamaron (¿adivinan?) Narciso.
Tras una amnistía regresan a vivir en Cuba en 1858 pero dos años después vuelven a Nueva York para siempre. O casi. Acá los sorprende la guerra de independencia cubana de 1868 que Cirilo recibe con entusiasmo y más artículos. Y colabora con Emilia en la organización de expediciones en apoyo a los insurrectos. Pero luego del fracaso del Virginius las cosas pintaban para los independentistas color Titanic tras el encuentro con el iceberg.
Así fue. Como pasó con el Titanic, al principio no se notó mucho. Los mambises creyeron que podían seguir dando machete como aquellos músicos que pulsaban sus instrumentos durante el hundimiento del Titanic. Hasta que empezaron a preguntarse si tenía sentido seguir. Justo entonces Villaverde regresó al manuscrito de una novela que comenzara cuarenta años antes sobre los amores imposibles entre la mulata Cecilia y el señoritingo blanco Leonardo. Imposibles no porque se abstuvieran de meterse mano sino porque (aunque no lo sabían) eran medio hermanos: al padre de Leonardo, Don Cándido Gamboa, ser esclavista y racista militante no le había impedido aparearse con negras esclavas y, como subproducto de su intercambio cultural, engendrar a la bella Cecilia.
¿Y qué tienen que ver los amores interraciales de dos medios hermanos con la guerra que se acababa? Pues que Cirilo tenía una memoria de elefante y reprodujo La Habana de medio siglo antes con tal precisión que se siente la presencia del último de los tornillos de las calesas en las que los cocheros esclavos paseaban a sus dueños. Y como la guerra de independencia era una batalla contra la realidad colonial Cirilo supondría que reproducir una realidad tan fea con tanto detalle era una forma de combatirla.
Quien fuera comentarista de modas, cronista campestre, conspirador fallido, preso, fugitivo, periodista comprometido, organizador de expediciones y diseñador de patrias llegó, tras décadas de exilio, a publicar en 1882 en su imprenta “El Espejo” de la calle Cedar la novela que lo consagraría como el mayor novelista cubano del siglo. Ya podía morir tranquilo, pero como tampoco tenía apuro esperó más de una década para hacerlo. Y el que había pasado su vida en el exilio regresó cadáver a su patria, para lo mismo que aquel que pedía que si moría en Madrid lo enterraran en Barcelona y viceversa.
Para seguir dando guerra.

*Aparecido originalmente en Nuestra Voz