martes, 12 de diciembre de 2017

El árbol y la niña: un tema preocupante

Sobre una idea de Ernesto Fumero:

¿Qué haremos con una canción que tiene como protagonistas a una niña antiecológica y vándala y a un árbol pederasta?
¿La prohibimos sencillamente o le hacemos algunos cambios para que su texto original no afecte la mente de futuras generaciones?
Como que la niña, en lugar de grabar “su nombre henchida de placer” en el tronco del árbol sencillamente lo riegue.
Que el árbol, si deja caer alguna flor sea por fuerza de gravedad.
Que el árbol, en general, se calle. Nadie necesita enterarse de las emociones que pueda sentir un árbol adulto por una menor de edad.
Si alguien debe hablar es la yerba, pisoteada y desdeñada desde el principio de los tiempos y por eso en perfectas condiciones para hacer el comentario más apropiado que sirva de modelo de conducta para el futuro.
Algo así:


Un árbol la niña regaba

Cuando una flor cayó de la altura

Y la niña la echó en la basura

Reciclable porque le estorbaba

Yo, yerba que junto al árbol crece

Te felicito por el ecológico gesto

Pero de que le eches agua al árbol protesto

Porque el que con su sombra acosa no lo merece

domingo, 10 de diciembre de 2017

A tiro de Kim Jong-un


Reseña del escritor español Ignacio Vidal-Folch aparecida en el semanario Tiempo en la edición del pasado 7 de diciembre:

A tiro de Kim Jong-un
Por Ignacio Vidal-Folch
Tuve el privilegio –muy relativo– de conocer, en algunos países del bloque comunista europeo, a algunos delatores, al servicio de la Seguridad del Estado. Solo más adelante, cuando fueron públicamente desenmascarados, me enteré de que aquel señor un poco borrachín empleado en la embajada y aquella atractiva secretaria un poco enigmática de una empresa comercial despachaban informes sobre la gente con la que trataban y las conversaciones que oían. Al enterarme pensé que ya antes me había percatado de que había algo en ellos –una permanente atención prevenida, una reserva o secundarismo del carácter, una frialdad o distancia perceptible incluso en los momentos de cálido compañerismo–, que me había puesto sobre aviso, pero no hice caso a la advertencia de mi intuición y luego al enterarme por las listas publicadas en la prensa mi sorpresa fue grande. La verdad es que enterarme de aquellas deslealtades no me ofendió: me dio para pensar en ellos, sus motivos, su moralidad, etcétera. En una novela hablé de pasada sobre este asunto. Y por algún sótano abandonado debe de andar aún, si no ha ardido en algún estercolero, una carpeta con un informe sobre mi conducta, ideas y debilidades... que quizá nadie llegó siquiera a leer, pues aquel mundo totalitario ya estaba zozobrando y era el sálvese quien pueda. Todo eso me lo ha recordado un libro que explica estas realidades sociológicas –el espía, el chivato, el delator, el provocador infiltrado, el confidente, el amigo traidor–en circunstancias mucho más graves que las que alcancé a conocer: en la Cuba de la dictadura de los hermanos Castro, que empezó en 1959, sigue en marcha y por consiguiente va camino de cumplir los sesenta años. Tanta duración desde luego que merece las quinientas páginas, con 57 testimonios autobiográficos y ficciones de otros tantos autores (algunos ya previamente publicados en libros y revistas y otros escritos especialmente para la ocasión), que Enrique del Risco ha reunido y editado para Hypermedia bajo el título El compañero que me atiende. Historias sobre “el miedo que asiste a los cubanos, que nunca sabemos desde dónde, ni desde quién, llegará la vigilancia y la delación. No hay que confiar en nadie, porque cualquiera puede ser el enemigo”, como dice José Ángel Pérez, uno de los 57. Sobre la atmósfera paranoica que impone en una sociedad totalitaria la vigilancia, el espionaje y la delación, algunos documentos impresionantes que recuerdo son el tristísimo dietario de Ludvik Vaculik del año 1979, no traducido al español; las memorias del búlgaro Vesko Branev El hombre vigilado. Y la memoria póstuma de Cabrera Infante Mapa dibujado por un espía. Tres obras magistrales. Ahora a esa tradición se viene a sumar El compañero que me atiende. Si a un libro tan vario y tan interesante hubiera que reprocharle una debilidad sería la contigüidad de testimonios autobiográficos y ficciones literarias. Pero entre estas últimas hay joyas refulgentes, como los relatos de Sánchez Mejías y de Antonio José Ponte, excelentes autores que se evadieron de la isla y ahora viven y escriben en España.
Otro texto del mismo autor sobre "El compañero que me atiende" (ahora mismo en oferta por solo $18.68 en amazon) apareció en El Español.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Déjà vu

Asisto a la presentación de una novela venezolana. Vale decir: a una reunión de exiliados venezolanos. Vale decir: a un ritual colectivo de intervención post-traumática. Todo muy familiar. Los mismos lamentos que uno escucha en las reuniones de exiliados cubanos solo que el dolor se percibe mucho más fresco, más intenso. Por lo demás todo idéntico: las mismas preguntas el mismo sentido de culpabilidad “¿Cómo fue que caímos en esto?”, “¿Cómo no lo vimos venir?”. Igual convicción de que a nadie le interesa escuchar su unánime desgracia, de que nadie los entiende. Las mismas añoranzas por un país espléndido que ahora solo existe en sus recuerdos. El mismo reconocimiento tardío de una grandeza que eran incapaces de reconocer cuando la tenían frente a sí. Los mismos reproches por lo que se hizo o dejó de hacer. La misma impotencia.
De pronto alguien hace notar un mapa gigantesco que preside la sala. Un mapa en relieve del archipiélago cubano. Yo nunca había visto con tanto detalle el contraste entre la costa sur de Oriente y las elevaciones de la Sierra Maestra. O entre la planicie camagüeyana y los lomeríos villareños. Los venezolanos ven otra cosa. Poco importa que la novelista aclare que se trata del salón de clases de un viejo profesor exiliado cubano que lo ha cedido para la presentación de la novela: en el silencio tenso que sigue a su aclaración se palpa que para los allí reunidos aquel mapa equivale a la presencia onerosa del opresor.
Todo el parecido a las reuniones del exilio cubano, toda la solidaridad ante idénticos males se diluyen ante el descubrimiento de que acá yo soy el enemigo.

El compañero insiste


El director teatral Adonis Milán cuenta en 14YMedio su encuentro con la Seguridad del Estado hace unos días:

"Quieren saber mis relaciones con otros artistas censurados, advertirme de que Luis Manuel Otero, Yanelys Núñez, Lynn Cruz, Miguel Coyula, Lia Villares y Tania Bruguera son unos contrarrevolucionarios y que cualquier vínculo con ellos o sus espacios me traería problemas. Me advierten de que mis intereses y necesidad como artista están en peligro por verme con estos desafectos de la revolución.[...] El más joven de la Seguridad me dice que había asistido a una de las funciones de mi obra Máquina Hamlet, por eso era que su rostro me era tan familiar. ¿Desde cuándo la Seguridad me está persiguiendo? Habían investigado entre mis vecinos, revisado mi muro de Facebook y hasta tenían intervenidos mis teléfonos.[...] Al final, lo que querían es que yo trabajara para el DSE en calidad de informante, que les diera información acerca de los artistas censurados con los cuales yo me relaciono, especialmente sobre Tania Bruguera. Deseaban que indagara sobre sus fuentes económicas porque decían que alguien en el exterior producía esas actividades disidentes, una cabeza que unía a los artistas, activistas y opositores contra el Gobierno de los Castro"

[Leer el artículo completo aquí]

jueves, 7 de diciembre de 2017

Aprendizaje forzoso

Quien vivió en Cuba y solo aprendió a detestar el comunismo fue poco lo que aprendió (bueno, hay gente que ni eso). Es como haber vivido en el jurásico y solo saber de dinosaurios: para lo único que te va a servir es para el caso, improbable, en que vuelvas a caer en el jurásico. Y mientras tanto te entretienes creyendo que el perro de la vecina es un velocirraptor.
Pero haber vivido en un sistema como el cubano puede ser muy instructivo si no se es demasiado literal.
Puede servir para enterarse que:
No hay almuerzo gratis, ni soluciones “de una vez y por todas”.
Que la histeria, el miedo y la estupidez son contagiosos.
Que no hay motivo político suficiente para romper con un pariente o un amigo. (Ser desagradable o mala persona no es motivo político).
Aprender a  desconfiar de los salvadores de la patria, de los puritanos, de los comecandelas de toda especie o de los extremistas (que siempre son de la misma especie aunque pertenezcan a sectas distintas).
En sistemas como el cubano uno debería aprender a rechazar las adhesiones incondicionales, los entusiasmos ilimitados, las defensas a ultranza.
A prevenirse contra los que desprecian la realidad y quieren destruir la crítica; contra los generosos con el dinero ajeno, los que pretenden saberlo todo y tener soluciones para todos, los que no pierden oportunidad para abusar de su poder.
Contra los que te eligen los enemigos, las preocupaciones y los miedos.
A estar alerta contra la solemnidad forzada, la alegría inducida y el imperio de lo irracional.

A no tener miedo a decir lo que se piensa y al mismo tiempo cuestionarse constantemente si lo que se piensa sigue teniendo sentido.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Cuando Manhattan no conocía el mofongo

Aquí los dejo con el texto de mi columna mensual para Nuestra Voz en la que trato de reconstruir de manera amena la historia de la presencia hispana en la ciudad de Nueva York:
 Cuando Manhattan no conocía el mofongo
Por difícil que sea creerlo, no siempre se habló español en Nueva York. Ni los carritos de churros invadían las aceras de la Roosevelt Ave. Ni podía encontrarse mofongo en el alto Manhattan o bodegas en el Bronx. Ni siquiera Nueva York fue siempre Nueva York. Antes, entre 1624 y 1664 fue Nueva Amsterdam, fundada por colonos holandeses. Y antes, nada, era un territorio dominado por los lenapes, indígenas dedicados a cazar venados orgánicos.
Desde los primeros asentamientos europeos en el área —primero holandeses y luego ingleses— el español era la lengua del enemigo y el catolicismo, cosa de infieles. Los holandeses porque estaban envueltos en la Guerra de los Ochenta Años (en aquel tiempo le llamarían “La Guerra Que No Tiene Para Cuando Acabar”) para independizarse del imperio español. Y los ingleses porque no conseguían olvidar que tiempo atrás los españoles habían tratado de invadirlos con la Armada Invencible (Pero Perfectamente Hundible). Y estaba el detallito de la religión. Mientras que holandeses e ingleses era protestantes los españoles se habían tomado el trabajo de ser 100% católicos mediante el eficaz recurso de expulsar a los judíos (1492), a los llamados moriscos (1609) y, por las dudas, quemar a todo el que no le quedara clara su filiación religiosa. Que no hay nada como el fuego para tener las cosas claras.
De manera que no fue hasta después de la independencia de las Trece Colonias de Gran Bretaña que los católicos pudieron asentarse libremente en Manhattan y disfrutar de su tráfico abrumador y sus alquileres por el techo. Pero eso fue a finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX. Antes, entre los años que median entre la fundación de la ciudad (1624) y la independencia de Inglaterra (1783) si uno hablaba español era mejor que no se acercara a la ciudad.
But not so fast. En medio de ese páramo desprovisto de churros o mofongos encontramos un par de personajes que en nombre de España o al menos con nombre vagamente español son parte de la historia inicial de la ciudad. Hoy hablaremos de Estêvão Gomes (también conocido como Esteban Gómez) un cartógrafo y explorador portugués quien en 1525 capitaneó una expedición española que llegó hasta el río Hudson. Eso fue apenas un año después de que Giovanni da Verrazzano, un florentino al servicio de la corona francesa, explorara la zona haciendo méritos para que siglos después le dedicaran un puente larguísimo por donde correr la maratón de Nueva York.
Estêvão Gomes no era un novato en las aventuras trasatlánticas. Ya había partido con Magallanes en 1519 en la famosa expedición que le diera la primera vuelta completa al planeta. Solo que al llegar al estrecho de Magallanes, Gomes se lo pensó mejor y haciéndose del control de la nao San Antonio regresó a España. Allí llegó el 6 de mayo de 1521 donde fue apresado por desertor. No fue liberado hasta que los sobrevivientes de la expedición de Magallanes llegaron a España en septiembre del año siguiente y testificaron que el viaje no había sido precisamente un paseo. Que darle la vuelta al planeta era casi tan difícil como alimentarlo.
Pero el explorador no escarmentó con esta experiencia. Gomes o Gómez convenció al emperador Carlos V para que financiara una expedición en busca de un paso hacia Asia por el norte del Nuevo Mundo y establecer vías comerciales más rentables que la compra de los filetes de venado orgánico que le ofrecían los indígenas proto-hipsters de Norteamérica.
Estêvão no encontró el ansiado paso, por supuesto, pero mientras tanto se entretuvo poniéndole nombre a cuanto accidente geográfico se encontró a lo largo de la costa este norteamericana. Por ejemplo, al río que corría junto a la isla de Manhattan le puso San Antonio (no queda claro si lo hizo en honor al santo casamentero o a la nao con la que desertó de la expedición de Magallanes).
No obstante arrastrando la maldición de los que llegan en segundo lugar al pobre de Estêvão Gomes no solo no le dedicaron un puente como a Verrazano sino que cuando el inglés Henry Hudson a nombre de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales se asomó al río Hudson en 1609 
85 años más tarde que Gomes dijo “¡Caramba! ¡Qué coincidencia! Se llama igual que yo”. No, en serio, Hudson le puso al río Mauritius en honor de un príncipe holandés. Fue con el tiempo que le cambiaron el nombre del río al del explorador que había llegado en tercer lugar.
El viaje de Estêvão Gomes debió haber sido —si se le compara con el de Magallanes— muy refrescante: paisajes bonitos y sin turistas haciéndose selfies. Pero no eran paisajes lo que buscaba Gomes. Así que para no regresar con las manos vacías decidió cargar con cincuenta nativos para llevárselos de vuelta a su patrocinador, el emperador Carlos V, y convencerlo de lo rentable que sería dedicarse al comercio de esclavos. Se dice que el Rey, escandalizado, hizo liberar a los pobres indígenas aunque no queda claro si les pagó el viaje de vuelta.
El asunto es que este relativo fracaso no colmó el ímpetu exploratorio de Estêvão Gomes quien en 1535 se decidió unir a la expedición de Pedro de Mendoza, futuro fundador de Buenos Aires. Hasta que, por fin, en 1538 Gomes encontró lo que hacía rato estaba buscando: la muerte. Se la concedieron unos indígenas en el río Paraguay para de paso cobrarle el mal rato que Gomes les había hecho pasar a sus primos del norte.
No obstante las empresas de Estêvão Gomes no fueron totalmente en vano. Durante un tiempo en los mapas el territorio noreste de América apareció nombrado como Tierra de Estêvão Gomes. En aquellos años sería común escuchar expresiones como “¡No fastidie más y váyase a la Tierra de Estêvão Gomes!” cuando se quería tener a alguien lo más alejado posible. Algo que revolvería de contento al cadáver acribillado de flechas del explorador, donde quiera que lo hubiesen enterrado.

martes, 5 de diciembre de 2017

Cuba and the Cameraman


El documental “Cuba and the Cameraman” es un fascinante ejercicio de honradez narrativa y al mismo tiempo de indecencia intelectual. Su argumento no puede ser más elemental: cuenta la historia de los viajes del documentalista norteamericano Jon Alpert a Cuba durante más de cuarenta años y sus encuentros reiterados con Fidel Castro, con un trío de hermanos campesinos de Caimito ya ancianos al inicio del documental, y con varios jóvenes negros de la Habana Vieja y Centro Habana. Ver desfilar ante la pantalla los sueños y aspiraciones de todos ellos y en lo que estos resultaron a lo largo de los años sin otros comentarios que los que el implacable ojo de la cámara aporta –o los que hace in situ el director- es asistir a un impensable resumen de la historia cubana de los últimos cuarenta años. Poco importa que al final del documental (que concluye con el monstruoso ceremonial que se desplegó a la muerte de Fidel Castro en 2016) la admiración de Alpert por su Comandante se mantenga tan encendida como al principio. Es difícil imaginar una denuncia más descarnada venida de un observador tan favorable al castrismo. O precisamente por ello.
Con la insistencia como la única virtud –y quizás un mínimo de sensibilidad humana, esa de la que carece en absoluto su admirado comandante- Alpert, tras décadas de insistentes visitas a la isla, no puede ofrecer nada mejor que la devastadora debacle en la que se hunde un país frente la despiadada indiferencia de su gobernante. (Incluso en el caso de que quisiera presentarse el documental como una muestra de los estragos del embargo norteamericano en la economía cubana tendrá como mayor obstáculo de dicha lectura al propio Comandante: en medio de la peor crisis que haya azotado al país en su historia al ser interrogado por el documentalista su única preocupación parece ser el estado de la economía… de los Estados Unidos). La incapacidad del documentalista para llegar a las conclusiones elementales que cualquiera arribaría a partir de sus propias imágenes no limita el documental sino, a su manera indirecta ilumina otra realidad tan persistente como la del poder castrista sobre la isla: la del entusiasmo de buena parte de la izquierda occidental por eso que llama Revolución Cubana sin importar las evidencias que puedan presentársele, su fe incapaz de conmoverse ante los insistentes llamados de la realidad.   
       

“Cuba and the Cameraman” puede verse en Netflix.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Una anécdota

El académico de la AHCE Alejandro González Acosta publica reseña de la antología El compañero que me atiende enel blog de la AHCE y empieza comienza con esta imperdible anécdota:

Lichi me contó, que la última vez que estuvo en Cuba, fue a visitarlo a su casa un coronel del G-2, hermano de un famoso historiador cubano muy amigo, residente en México. Entre tragos y ya en confianza, Lichi le preguntó: “Ven acá, chico, aquí entre nosotros: seguramente ustedes me tienen cableao por todas partes, ¿verdad?” “No, Lichi –le respondió el otro- no hace falta, porque nosotros ya sabemos cómo piensas tú y hasta lo publicas…” “Además -agregó el seguroso- ya no tenemos la técnica de antes, cuando estaban los bolos: ya nos queda muy poquita en buen estado… Y la poca que tenemos, se la ponemos a los del Comité Central, porque de esos sí nos interesa saber qué están pensando y planeando…”
[Seguir leyendo aquí]

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Nuestro "compañero" en La Habana







Ayer "El compañero que me atiende" caminó por La Habana

Ayer "El compañero que me atiende" fue presentado en La Habana gracias  las gestiones de los artistas Luis Manuel Otero Alcántara, Yanelys Nuñez Leyva y su proyecto Museo de la Disidencia de Cuba. También estuvieron presentes los autores incluidos en el libro Angel Santiesteban, Yoss y Jorge Fernández Era. Diario de Cuba ha publicado una nota reseñando el evento que para alivio de todos transcurrió sin incidentes. Abajo les incluyo los videos de autores que fueron exhibidos durante la presentación de ayer:

Primero el video de Orlando Luis Pardo Lazo:


El del autor Jorge Fernández Era:



El mío:



Y el de Jorge Olivera que lamentablemente no pudo llegar a tiempo para la proyección pero que compartimos con ustedes:



Post Data: Ya me llegan los primeros reportes desde La Habana. Cito un fragmento:

"Ayer asistí a la presentación de nuestro libro. Quedó muy bien [...]. Aquello fluyó de maravillas. Me fui tan asombrado de que nadie nos inte(rrumpiera) o i(rrumpiera) en aquel sitio, que me dieron ganas de entregarme en la primera unidad de policía que encontrara en mi camino (ja). Fue una noche increíble"

martes, 28 de noviembre de 2017

HISTORIA NACIONAL DEL MIEDO

Miguel Correa, miembro de la generación del Mariel y de la revista del mismo nombre y autor de libros magníficos como Al norte del infierno y Furia del discurso humano le dedica unas palabras a El compañero que me atiende, libro que recoge, junto a textos de otros 56 autores su desternillante y terrible "Una persona decente". 

HISTORIA NACIONAL DEL MIEDO

Por Miguel Correa

Bajo el sello de Editorial Hypermedia acaba de aparecer la colección de textos cubanos más representativos de la literatura cubana de la Revolución castrista, El compañero que me atiende.  Su editor, Enrique Del Risco, ha realizado un esfuerzo que  no se puede pasar por alto: casi todos los trabajos recogen el contexto de ansiedad y desesperación que rodeaba a los autores no oficialistas de la Cuba castrista. Para mí fue fácil presenciar la figura encorvada de esos escritores, en el silencio de la madrugada, frente a la página escrita o en blanco; muchos de ellos sin sospechar siquiera que escribirían textos heréticos que terminarían por  denunciarlos ante la ley y que se utilizarían en su contra como “pruebas” del delito.
En el estudio crítico o a forma de prólogo, Del Risco nos advierte que la sensación de terror en que la creación literaria se ha desarrollado en los últimos siglos (incluyendo el XIX, añadiría yo) no se limita exclusivamente a Cuba sino a todo sistema que viola los derechos humanos como lo es el comunista. Parodiando a José Lezama Lima, el poder siempre ha visto en los escritores a posibles detractores o a enemigos de esos sistemas, así lo fue tanto en la Europa del Este como en las dictaduras comunistas modernas. Ese ha sido el común denominador entre todas ellas.
El título de la colección parodia la frase de Padura que se utiliza como exergo al libro. Tener a un “compañero” que me atiende no es más que un eufemismo para encubrir la verdadera naturaleza de quien nos vigila y nos sigue los pasos: la Seguridad del Estado. Todos los autores incluidos en la colección están vivos para el otoño del 2017. De ahí que no aparezcan autores como Reinaldo Arenas, René Ariza o Heberto Padilla. La colección  sólo abarca la narrativa.
Dedicarse a la literatura en países sojuzgados por la opresión pudiera no entenderse a cabalidad. “No escribas más”, pudiéramos ser aconsejados. O de este otro modo: “Ese escrito tuyo te va a meter en un lío”. Pero el verdadero escritor sabe que tiene cosas que decir, cosas que ni la tenebrosa Seguridad del Estado podría persuadirlo de no hacerlo. Así funciona la mente de un escritor. No hay otra manera: después lidiaremos con el miedo.  Ante todo, el texto.

Disfrutemos pues de este libro antológico. Ahí están las voces de los que no pudieron conformarse con el silencio, de los que no pudieron callarse sin emitir un juicio  sobre su época, sobre su tiempo, sobre sus vidas,  al precio de su libertad o al precio de innombrables canalladas.

lunes, 27 de noviembre de 2017

"El compañero..." en La Habana

Este martes a iniciativa de los artistas Luis Manuel Otero Alcántara y Yanelys Nuñez Leyva fundadores del proyecto Museo de la Disidencia de Cuba (MDC) se presenta "El compañero que me atiende" en La Habana. Abajo la postal oficial del evento:


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Sentimiento


Me dejan este comentario en el post anterior:
"La Lenin no deberia dejar de existir incluso aunque cambie el gobierno y la politica. Si bien es un simbolo de la Cuba subvencionada de los años 80, tambien lo es de la juventud de muchisimos cubanos, donde escucharon a los Beatles por primera vez o dieron el primer beso, ojala se salve y en un futuro sea una escuela realmente de elite"
Se trata de una buena muestra de lo que llamo castrismo sentimental. (Y que me disculpe el comentarista por tomarlo de ejemplo). Se desprecia el régimen pero más los lazos sentimentales que va creando la vida dentro de este quedan intactos. Se condena su dimensión represiva pero se añoran las canciones de Silvio, comidas o programas de televisión más bien infames y la miserable tarequería que engendraba el sistema. Y todo es perfectamente comprensible, como comprensible sería la nostalgia que el preso sienta por la cuchara con que comía y se defendía en la cárcel.

Y ahí está otra diferencia entre el totalitarismo y una dictadura cualquiera. Mientras esta última se limita a ejercer el poder político y, si acaso, económico, el primero, al intentar transformar la vida de sus súbditos, de marcar cada espacio -social, privado y hasta íntimo- con su impronta, crea toda una cultura, una manera de existir. Y quien pide proteger cierto edificio en nombre de sus nostalgias no se detiene a pensar en cuántas otras construcciones realmente valiosas desaparecieron ante la furia destructiva de los edificadores de un mundo nuevo. Y con ellas las vidas reales de generaciones previas. Nos ofrece la oportunidad de pensar sobre cuánta destrucción se erigen nuestras actuales nostalgias.

lunes, 13 de noviembre de 2017

La Lenin, Valls y yo

Hace unos días me enviaron un cuestionario acerca de los rumores sobre el inminente cierre de la alicaída escuela Lenin. Mis respuestas fueron extensamente citadas en un reportaje posterior de la periodista Sarah Moreno. Aquí les transcribo todas mis respuestas:
  
Se rumora que va a cerrar la Lenin. ¿Te alegra, te toma por sorpresa? ¿Lo ves como un sintoma más de la decadencia de la educación en Cuba?
Sí, me sorprende. Sabía de la debacle del sistema educativo cubano pero no pensaba que llegara tan lejos como para arrastrar consigo su “joya” más preciada. Al menos si se habla de las escuelas creadas después de 1959 en los niveles primario y medio. No sabía siquiera que desde hace tiempo de la escuela funcionaba apenas un tercio de lo que había sido antes. Pero más que síntoma de la decadencia de la educación en Cuba es una muestra del desinterés de las clases dominantes cubanas por siquiera disimular lo poco que les importa dicha decadencia: resuelto el problema educativo de sus hijos y nietos con las escuelas privadas extranjeras que se han ido abriendo en Cuba todo el discurso igualitario al que todavía echan mano se hace cada vez más vacío. Y no me alegra, por supuesto. ¿Cómo me va a alegrar que los muchachos cubanos que no pertenezcan a las élites tengan menos oportunidades de acceder a una educación de calidad que antes.

Cómo definirías la escuela, y ya en lo particular, cómo recuerdas el tiempo que pasaste ahí (por cierto, de que año a qué año).
Debí de entrar en séptimo grado en 1979 pero no me gustó la idea de estar internado y pasé mi secundaria en la calle. Pero en el momento de entrar en el preuniversitario en 1982 ya se rumoraba que todas las escuelas serían mudadas para el campo. Así que al aparecer una nueva oportunidad de entrar en la escuela accedí. La escuela acababa de ser remozada para usarla como Villa Olímpica para los Centroamericanos de 1982 así que estaba en bastante buen estado. Aun así ya se escuchaban recuentos nostálgicos de glorias pasadas cuando estudiaban allí los hijos de Fidel Castro y él mismo visitaba la escuela a cada rato. Una época en que las piscinas estaban llenas y la comida era mucho mejor. Parece ser también la época de oro del bullying: tiempos en que los hijos de dirigentes campeaban por sus respetos aterrorizando a los muchachos más débiles. La escuela que recuerdo es la más exigente del país (a excepción quizás de la Humbolt 7) y la mejor equipada. Aunque ese equipamiento era engañoso. Era una escuela-vitrina en la que muchas de sus instalaciones solo se usaban en caso de visitas de delegaciones nacionales o preferiblemente extranjeras. Piscinas que apenas fueron llenadas tres o cuatro semanas en el curso de tres años; tabloncillos que se pasaban la mayor parte del tiempo cerrados y de pronto te halaban, te daban un short y te metían a correr detrás de una pelota para que un grupo de extranjeros se asombraran de la buena vida que nos dábamos; laboratorios de idiomas que nunca vi por dentro. Y no es que soportáramos callados esas falsedades porque mucho que las criticamos en cuanta reunión había. El poeta Jorge Valls luego de pasar en la prisión política “Veinte añosy cuarenta días” como reza el título de sus memorias carcelarias al sacarlo lo llevaron directamente a ver la Lenin. Querían que comprobara todo lo que había hecho la revolución a la que tanto se había resistido*. Eso fue en 1984, cuando yo todavía andaba en aquella escuela ornamental protestando por ese engaño gigantesco o convirtiéndome en el peor jugador de fútbol que haya jugado nunca en esa escuela. Por lo demás éramos adolescentes haciendo vida de adolescentes, para bien y para mal. De allí me gradué en 1985.


Alguna vez hemos comentado que la gente de la Lenin se creían mejores, es verdad esto? ¿De dónde crees que surge esa percepción?
Puede que sí se creyeran mejores sobre todo si debían compararse con muchachos de otras escuelas pero la Lenin resultó para muchos una cura de humildad. De ser los primeros expedientes con las notas más altas en sus respectivas escuelas la mayoría pasábamos a ser estudiantes promedio donde solo unos pocos sobresalían. Si no mejores seguramente se sentirían distintos al resto de los muchachos. Eran seis años de una vida bastante enclaustrada, siguiendo las mismas rutinas, conociendo a las mismas personas, compartiendo vida con ellos: era inevitable que tuvieran modos de convivir y hasta hablar muy específicos. Una de las primeras cosas que tuve que hacer al entrar fue aprender ese dialecto de la Lenin con palabras, giros y chistes muy específicos. Y los apodos espectaculares que les ponían a los profesores. Incluso la manera de usar el uniforme con el monograma rojo, las corbatas (que solo se usaban al salir de la escuela) o las medias blancas de las muchachas contribuía a marcar una diferencia. Yo y en general los que entramos en décimo siempre nos sentimos un poco intrusos, siempre nos sentimos “los nuevos” en comparación con los que estaban allí desde séptimo grado. En fin, existía una dinámica más o menos común de todo grupo que tiene ciertos privilegios en un ambiente más bien miserable.

A diferencia de personas de otros países que se sienten orgullosos de las escuelas a las que asistieron, ¿crees que no es motivo de orgullo, o más bien algo que uno esconde, el hecho de que fue a la Lenin?
En lo personal por todo lo que te dije anteriormente  no me avergüenza pero tampoco me enorgullece demasiado. Al fin y al cabo fueron tres años de mi vida y no seis como ocurrió con la mayoría de mis compañeros de graduación. Pero en general lo que me encuentro es orgullo de haber pertenecido a una escuela de élite. A casi todo el mundo le encanta sentirse especial, por una razón o por otra. En mi caso más importante fue la Universidad de La Habana donde estudié cinco años y viví experiencias mucho más decisivas. Pero es innegable que la Lenin es una de las escuelas más grandes y con mayor tradición en los últimos cincuenta años de historia cubana (gracias sobre todo a que las anteriores fueron eliminadas). Donde quiera se encuentra uno con antiguos estudiantes de la Lenin con los que, al margen de las diferencias de todo tipo, puede establecer un tipo de complicidad muy especial. Los pobres que se encuentran en medio de ese intercambio no saben qué hacer porque no entienden nada de lo que decimos. Y los compadezco.


*El poeta y ex prisionero político Jorge Valls dice en sus memorias: “En el Instituto Lenin el director me facilitó una serie de estadísticas para demostrarme lo bien que funcionaba todo. Era un colegio de lujo, con muchos jardines, museos y patios de recreo. Me acordaba de la hija de Osvaldo Figueroa, a la que habían expulsado de aquel colegio porque su padre era un preso político que no había aceptado el plan de reeducación. Pensaba en cómo aquello la había puesto en contra de su padre”

lunes, 6 de noviembre de 2017

¿Y ahora qué? ¿Bye, bye, Cataluña?

Segundo mes que intento hablar de la presencia histórica de los hispanos en Nueva York y segunda vez que debo dejarlo por temas más urgentes. Primero fue la estatua de Colón, ahora la independencia de Cataluña. ¡Qué suerte la mía!: nada más se me ocurre hablar de la hispanidad y ya ésta empieza a encogerse. ¿Qué pasará el mes que viene? ¿Argentina pedirá su anexión a Italia? ¿México adoptará el esperanto como lengua oficial? ¿Venezuela iniciará su éxodo hacia el Medio Oriente guiada por el ayatollah Maduro?
El caso es que ahora media Cataluña quiere independizarse de España. Y de la otra media Cataluña. “Todo pueblo tiene derecho a la autodeterminación…” dicen. Como mismo pueden decir “todo adolescente tiene derecho a que le den las llaves de la casa”. O “todo adulto tiene derecho a emborracharse”. ¿Quién va a entender mejor a los catalanes que nosotros los hispanoamericanos? ¿Nosotros, que cada año, y a falta de clasificación para el Mundial de fútbol usamos un aniversario más de nuestra independencia de España como pretexto para abrir unas cervezas y disparar fuegos artificiales?
Pero también ¿quién peor para entenderlos que nosotros mismos? Porque cada vez que nos va mal maldecimos la hora que a nuestros tatarabuelos se les ocurrió quedarse con las llaves de la casa y salir a emborracharse y nos da por recuperar la nacionalidad perdida de nuestros tatarabuelos. Y agradecemos que al otro lado del Atlántico haya algún país donde se hable español para desembarcar en él.
Pero para entender el fenómeno independentista hay que afrontar una realidad evidente para el que conozca de cerca a la Madre Patria. Quien la haya visto alguna vez levantarse desgreñada y legañosa a preparar el desayuno. Y esa realidad es que los españoles, sean de donde sean, nunca se han soportado mucho entre sí.
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Si lo quiere comprobar váyase al sitio donde cada pueblo expresa sus interioridades más profundas con mayor franqueza. O sea, a cualquier servicio sanitario público. Entre toda la pornografía artesanal encontrará un letrerito diciendo “Andalucía independiente”; o “Viva Burgos libre”; o “Independencia para Pontevedra”; o “Viva el Frente de Liberación Nacional de Vallecas”. Y en eso de no soportar al resto de los españoles los catalanes demuestran ser más españoles que las alpargatas.
Y es que la palabra “España” ya no enamora a casi nadie. Panamá va a celebrar su clasificación para el Mundial de Rusia hasta que el istmo desaparezca de la faz de la Tierra mientras que España ganó el Mundial y a las dos semanas ya se les pasó. Por alguna razón inescrutable España, con su rica y dilatada historia parece haberse convertido en propiedad exclusiva de un dictador muerto hace más de cuarenta años. Me refiero claro a Francisco Franco Bahamonde. Sacar una bandera española al balcón se considera algo propio de fachas. Por no tener España no tiene ni letra en el himno.
Y el problema a mi modo de ver no es la independencia que, mala o buena idea, deberán decidir en algún momento. Problema serio es el nacionalismo, esa borrachera contagiosa. No es que se te pierda la llave y te vomites los zapatos acabados de comprar. Es que descubras en los zapatos encharcados de vómito una bonita seña de identidad y empiecen a molestarte que otros prefieran usar el calzado limpio.
Porque la tontería además de ridícula es contagiosa. Hay por ahí historiadores catalanistas tratando de demostrar (y no es broma) que Roma fue imperio gracias a los catalanes. O que catalanes eran Cervantes, Santa Teresa de Ávila, Colón (el que llegó a América, no el responsable del exterminio indígena) Américo Vespucci y Leonardo Da Vinci. Pronto aparecerá alguno que querrá demostrar que la rueda y el iPhone son inventos catalanes como la Sagrada Familia y el pan con tomate.
Tan contagiosa es la tontería que ya tenemos al gobierno español queriendo recuperar el amor perdido de Cataluña a base de porrazos y gases lacrimógenos. A partir de ahí no será difícil imaginar a la Madre Patria convertida en una multitud de barrios independientes entre sí. Entonces no quedará otro remedio que mudar el centro de la hispanidad para Miami, ese eje cultural, que de inmediato sustituirá los Institutos Cervantes (ahora dedicados a difundir la lengua catalana) por Institutos de Apreciación del Reguetón. Pero independientemente de lo que ocurra con España el mes que viene les prometo empezar a hablar de la historia de la presencia hispana en Nueva York. A menos que…

La Noria número 12


Sale número 12 de la revista santiaguera La Noria que incluye textos de Oscar Cruz, Carlos A. Aguilera, Néstor Díaz de Villegas, Javier Marimon, Fernando Villaverde y un servidor, entre otros. IN-CUBADORA  se ha encargado de convertirla en PDF. Acá adelanto mi texto:

Semana negra
Semana negra. Primero Picó, luego Robby y para rematar Cavallero. A Picó lo vi en casa de Eltico. Ahora en verano a Eltico le ha dado por los barbiquiúses. Con Eltico se puede hacer una novela. Al padre lo cogieron preso (político) cuando él acababa de nacer, luego estuvo en una bronca famosa contra la seguridad frente a la embajada americana en el 80 y ese mismo año vino para acá. Marielito. Bueno como un santo pero le encanta meterse en problemas. Tuvo un go go con mujeres que bailaban con las tetas al aire en Elizabeth hasta que a los dos muertos se decidió a venderlo. Repara casas y las alquila en los peores barrios de negros de New Jersey donde al menor descuido te roban las ventanas, la plomería, te queman el carro o te matan. A él le ha pasado todo eso varias veces, excepto lo último, claro. Estuvo de manager de un supermercado en Baltimore. Era en un barrio peor todavía: la policía patrullaba en helicópteros porque no se atrevía a andar por tierra. Sus amigos en New Jersey rezábamos porque no lo mataran. Y salió vivo pero con una deuda enorme que no acaba de sacarse de arriba porque el negocio en el que está ahora, el de vender casas, no da ni para tomarse un café en la gasolinera de la esquina. Así y todo Eltico celebra religiosamente sus barbiquiús y recoge a cuanta alma sola y atormentada deambula por el barrio. Al Cenizo, a Orestico y ahora a Picó. Con el Cenizo también se puede escribir una novela. Y Orestico da al menos para un buen cuento. Un cuento sobre un alma firme y sencilla enfrentada a la fatalidad (en su caso la fatalidad es una forma de inercia que le impide reaccionar ante nada). Pero el personaje de esa noche fue Picó. Pintoretto estaba de visita desde México. Lo invitaron a una exposición y me preguntó si se podía quedar en la casa. Le dije que sí, que por supuesto. Al principio pensé dejarlo solo para que recorriera Nueva York a su aire pero Pintoretto es de los que se pierde en una cuarta de tierra. Para él uptown y downtown son intercambiables así que me dediqué a llevarlo a todos lados. El día del barbiquiú de Eltico le di un paseo por Williamsburg y Brooklyn Heights. Al regreso le expliqué que conoceríamos a Eltico y le hablé de él. También le hablé del Cenizo. De su acento vagamente español. De las conspiraciones en las que había estado metido cuando la dictadura de Batista. De sus veinte años de prisión que le regaló Fidel por interceder por alguien que ya estaba muerto. De su estoicismo zen en medio de las palizas, sus sesiones de yoga entre los presos, su rechazo a la violencia. Todo eso unido a su tendencia a aparecerse en cualquier rincón de la cárcel donde estuvieran repartiendo palos. Su erudición casi infinita y un tanto anticuada, como le toca ser a la verdadera erudición en tiempos de google. Su antiamericanismo irredento, sus grandes planes para Latinoamérica, sus teorías de las conspiraciones de los nexos entre el fascismo, el peronismo y el castrismo y sobre todo su infinita paciencia para con el mundo en cada una de sus manifestaciones incluido el cáncer que estuvo a punto de matarlo el año pasado. Menos mal que le conté todo eso a Pintoretto porque al llegar donde Eltico apenas tuvo tiempo de hablar con el Cenizo.
Allí estaba Picó.
A Picó se lo encontró Eltico no hace mucho. En un supermercado. Estudiaron juntos en el preuniversitario, se cayeron a golpes unas cuantas veces pero Eltico lo recuerda con cariño. Eltico recuerda con cariño a casi todo el mundo. Basta con que no sea demasiado hijo de puta. Cuando se trata de un canalla más allá de toda redención dice simplemente: “Ese tipo es un saquito de mierda”.  Y para la cantidad de gente que conoce ha repartido muy pocos saquitos de mierda. Apenas tres o cuatro. Eso le da a los saquitos un peso enorme, aplastante. De Picó siempre hablaba con cariño pero para nosotros era apenas eso, un personaje de las historia de Eltico. Hasta ese día. Picó se apareció en el barbiquiú solo un momentico, dijo, porque iba camino al gimnasio. Pero no se movió del asiento hasta tres horas después, cuando ya la mayor parte de los invitados de Eltico se habían ido. Durante esas tres horas monopolizó la conversación. No es que no dejara hablar a los demás sino que todo el tiempo que estuvo no se habló de otra cosa que de Picó y sus problemas. Mi proyecto de conversación entre Pintoretto y el Cenizo se frustró. Enfocamos nuestra atención en Picó, empeñado en explicarnos lo terrible que era su vida manejando un camión catorce horas al día. Trabajar para mandarle dinero a su familia en Cuba y llegar a la conclusión de que la vida es, aquí y en Cuba, la misma mierda.
Esa misma semana, un par de días después del encuentro con Picó vimos a Robby. Era el cumpleaños de la mujer. No soporto a la mujer de Robby, y el mismo Robby, si uno no está totalmente decidido a seguirle la corriente, es abrumador. Porque la corriente que hay que seguirle es siempre la misma: tan espesa y profunda que si tratas de remontarla te ahoga. Lo mejor con Robby es mantenerse en la orilla, bebiéndose un mojito y fumando un tabaco en el balcón de la casa que da para un parqueo horrendo. Por la gente que se reúne en las fiestas de Robby y Adriana pensé que sería bueno llevar a Pintoretto a esa fiesta y así de paso conociera otro tipo de personajes que nos gastamos por aquí. Porque es un ambiente muy diferente al de los barbiquiús de Eltico. Robby nació aquí en Nueva Jersey, de padres cubanos, pero consideraría altamente ofensivo que no se lo considerara tan cubano como a cualquiera nacido en La Habana o en Mayarí Arriba. Fue a Cuba a realizar el trabajo de campo de su doctorado en etnomusicología y en Holguín conoció a su mujer, un ser paliducho e histérico tan difícil de resistir como un cigarro encendido dentro de los calzoncillos. Antes me compadecía de Robby pero ahora comprendo que, cada cual a su modo, son igual de insoportables. Lo alivia, por suerte, el que Robby conozca un montón de músicos que, si están de buenas y Robby lo permite, sacan los instrumentos y arman descargas memorables. El problema es que Robby suele echar mano a un tema serio de conversación que casi siempre es el mismo: el derrumbe de la República Americana bajo el peso de sus propias insuficiencias. Lo que consigue es que todo el mundo se le aleje: empezando por su mujer y terminando por mí. La excepción son, por supuesto, los novatos que, a falta de una advertencia oportuna, se le acercan atraídos por su porte elegante, su voz profunda, sus ademanes lentos. Esta vez le tocó a Pintoretto.
A Cavallero fui a verlo por culpa de Pintoretto. Nunca había ido a su casa. Y habría mantenido toda la vida esa virginidad pero temí que en medio de la noche Pintoretto se perdiera en Manhattan y fuera incapaz de llegar a New Jersey. Pintoretto tiene una relación mágica con las cosas y como encima tiene la suerte de que esa idea equivocada de la vida le funcione con bastante frecuencia anda convencido de que la razón lo acompaña. Siempre. Eso explica también su relación con Cavallero, un tipo sinuoso y calculador que sin embargo tiene en Pintoretto una especie de guía espiritual. O más bien como su espejo mágico particular. Como Pintoretto orientó sus primeras lecturas serias lo considera, si ya no un mentor, al menos un punto de referencia para determinar cuánto ha trascendido en su incesante búsqueda de la inmortalidad como crítico de arte. Desde que Pintoretto le comentó que su último libro le parecía fallido no deja de acosarlo para convencerlo de que está equivocado. Pero si bien su acoso es sofocante no es agresivo. Como si temiera romper con la más fiel referencia que ha encontrado para establecer su valor real. Pintoretto es la única persona a la que le profesa un verdadero respeto. Al resto de la humanidad la trata o bien con un insondable desprecio ―si es esa inmensa mayoría que considera por debajo de él― o, si se trata de aquellos a los que quiere sacarles algo, con total sumisión. Sólo Pintoretto habita ese desolado término medio. Yo, en cambio, soy uno de los tantos que desprecia y a los que, si tiene oportunidad de encontrarlos a su merced, les pisará los dedos. Vive convencido de que: a) los conocidos de hoy pueden ser los enemigos de mañana; b) y de que los escrúpulos sólo sirven para impedir actuar de la manera que más le convenga. En la galería de arte en que lo encontramos insistió en que lo acompañáramos a su casa. En un aparte le dije a Pintoretto que fuera y se quedara esa noche en casa de Cavallero y así me quitaba la preocupación de cómo regresaría a mi casa. Pero Pintoretto si a algo teme más que a perderse en Manhattan es al extraño sentido de la hospitalidad de Cavallero (ya una vez lo dejó en la calle en medio del invierno) me rogó que lo acompañara.    
Fuimos a su apartamento en Lexington y la 25 y nos sentamos en la terraza del penthouse. Se acababa de mudar. La terraza tenía una vista preciosa del Gramercy Park y de los edificios más emblemáticos de Manhattan. Alguien que lo conocía desde el preuniversitario me había dicho: “Cavallero solo se dirige a ti por estas tres razones: para pedirte algo, para sacarte alguna información o para restregarte algo en la cara”. A falta de que otra razón se revelara a lo largo de la noche Cavallero nos había llevado hasta allí para restregarnos el apartamento que acababa de conseguir.
El tema principal que tenía preparado para disertar esa noche en la terraza era el racismo en los Estados Unidos. Un racismo según él omnipresente y asfixiante. Y lo que lo hacía peor que el racismo cubano es que no se detenía ante las diferencias de tonalidades. “Una gota de sangre negra basta para que te consideren negro” decía y en sus palabras se sentía el crepitar de las cruces de fuego del Klu Klux Klan.
Cavallero es mulato. Tiene la piel de un chocolate muy claro y el pelo rizado.
La piel de Robby es mucho más oscura. De un negro cerrado y mate.
Picó es la noche misma.
Quizás esos detalles ayuden a aclarar un poco sus obsesiones. Pero no del todo.
Picó dice que apenas duerme. Solo unas cuatro horas al día. El resto del tiempo lo pasa manejando el camión y mandando paquetes para su familia. Todo para que al visitarlos en Pinar del Río darse cuenta de que ellos allá viven mejor que él aquí. Cuenta que acá un hermano inválido para el que no encuentra suficiente atención médica. Y aclara que no se considera un inmigrante político sino económico. Cuba y Estados Unidos son parte de la misma mierda. El que está arriba siempre está tratando de joderte y no puedes hacer otra cosa que aguantar.
Robby dice que la república norteamericana ha perdido su propio sentido de legalidad. Que presionada por sus necesidades imperiales viola a cada minuto las bases sobre las que se constituyó. No tiene sentido compararla con Cuba porque Cuba es un caso anómalo en el que la propia idea de república, de constitución y de leyes está fuera de lugar.
Cavallero no encuentra otro ejemplo concreto de racismo que el recuerdo del día en que se mudó a un edificio (otro, no ese en el que vive ahora) y alguien lo tomó por un empleado del lugar. Y Cavallero achaca esa confusión al color de su piel.
Cada vez que comienza a hablar Picó dice “en mi criterio…” con el tono del que está convencido de que fuera de Cuba todo lo que se dice en nombre de un criterio personal es indiscutible.
“Indiscutiblemente” es la muletilla con la que Robby encabeza cada una de sus afirmaciones.    
Cavallero no usa ninguna muletilla al comienzo de sus frases. En cambio, cada vez que expone sus argumentos de por qué el racismo norteamericano es más opresivo que el cubano termina diciendo: “I’m sorry pero es así”.
Picó no llega a decir que se siente tremendamente solo. Robby no menciona el detalle de que nunca terminó la tesis por la que fue a investigar a Cuba y que, al no graduarse su ilusión de convertirse en profesor universitario está condenada a no hacerse realidad. Cavallero no menciona su puesto de profesor en Princeton ni los libros o artículos de crítica de arte que publica pero, al menor descuido, nos pone en las manos la última antología en que aparece un texto suyo. Tiene ejemplares en todas partes. En un librero junto a la terraza, en el baño, debajo de la gorra que puse en la mesa frente a la que estamos sentados.
Le comento a Picó que no se debe engañar. Si no regresa es porque sabe que si lo hace a su vida se le acabará el poco sentido que le queda. Me responde que a donde le gustaría regresar es al pasado. Al momento inmediatamente anterior a su salida. A encontrarse con todas las cosas que tenía en ese momento y no apreciaba.
A Cavallero le pregunto si no le parece tan racista considerar negro a todos los que tengan una gota de sangre negra como considerarse superior por contener menos sangre negra que otros. Cavallero se niega a la comparación: el segundo caso le parece de una sofisticación superior y, por tanto, más aceptable. Luego de eso bajo a la calle a fumar.
Robby permite que se fume en el balcón. A él solo me le acerco para preguntarle dónde están las cervezas.
Picó finalmente confiesa qué es lo que le quita el sueño: no es rico. No quiere regresar a Cuba y vivir de los ahorros o del retiro que ha acumulado en los Estados Unidos. No. Quiere tener dinero para tirar a manos llenas.  
Robby desea que los Estados Unidos retomen los ideales republicanos sobre los cuáles fueron fundados.
Cavallero aparentemente lo tiene todo. No queda claro si desea que el racismo desaparezca de raíz o convertirse él mismo en blanco, como Michael Jackson, aunque de una manera más discreta.
No es difícil ver a los tres como manifestaciones del mismo fenómeno, el complejo de la raza. La conciencia de una injusticia fundamental e irremediable. Picó posiblemente piense que si fuera blanco al menos tendría mujer. Robby no pretende ser blanco. Reivindica con energía su condición de negro y sin embargo intenta distanciarse ―en su modo de hablar, de conducirse, en los temas de conversación que escoge― de la imagen folklórica del negro ligero y divertido. Así hasta el punto en que no parece ni negro ni blanco sino una especie de robot ligeramente humanizado. Cavallero es una variante de la misma actitud. Habla de un escritor mulato que ganó recientemente el Pulitzer por escribir un libro que a él le parece insufriblemente folklórico. Como insinuando que si escribiera sobre arte tercermundista en vez de dedicarse al europeo ―o si llevara en la piel un color que no supusiera determinados temas― ya habría recibido un Pulitzer hacía rato. Su condiscípulo del preuniversitario tenía razón: invitó a Pintoretto a verlo para restregarle lo bien que le va pese al racismo imperante en el país. Para que se imagine que de no ser por el racismo ya habría ganado el Nobel.
Yo, que albergo casi la misma porción de genes africanos que Cavallero nunca he pensado mucho a qué raza pertenezco. Alguna vez le pregunté a mi abuela cuál era mi color porque ―le decía extendiendo un brazo para que la piel diera testimonio por mí― blanco no era.
-Tú eres trigueño. Color cartucho.
Y con eso dejó zanjado el asunto por las próximas dos décadas, las más decisivas para cualquiera en lo que atañe a la creación de complejos.
Bendita sea mi abuela.
Las mujeres. Ese es un tema en el que los tres vuelven a distanciarse. Robby se siente totalmente dependiente de una mujer que lo detesta por no comportarse como un ser humano en casi ninguna circunstancia. O porque ella solo estaría satisfecha con alguien que estuviera a la altura de lo que ella cree merecer. O que al menos la despreciara al punto de conseguir que ella se sintiese inferior. A Cavallero le gustaría zafarse de la rumana fría y pálida casi hasta la transparencia que tiene por mujer y unirse a cualquiera de las admiradoras de su entorno, de esas que no lo conocieron cuando era pobre y se habría camino contrabandeando obras de arte  y muebles antiguos. La obsesión de Picó con el dinero se afinca en la esperanza de que su soñada solvencia les haga olvidar a las mujeres lo feo que es.
Pero la mayor diferencia entre ellos es de carácter. Picó es un alma simple perdida en circunstancias que lo superan, circunstancias que trata de esquivar planteándose falsos problemas. Robby es un sufridor que ante el temor de no alcanzar la altísima idea que tiene de sí mismo, prefiere no hacer nada. Esa idea de sí pasa sin embargo por una alta exigencia moral que le impide hacerle daño a alguien que no sea él mismo. O quizás es al revés: quizás sean sus exigencias morales las que le impiden funcionar en un mundo que considera esencialmente sucio.
Cavallero, bueno.
Cavallero es un saquito de mierda.

"El compañero..." en la prensa


Durante la semana en que fue presentado el libro en Miami "El compañero que me atiende" recibió una amplia cobertura de prensa tanto en Miami como en la isla. Entre ellos:

El Nuevo Herald

Diario de Cuba

Tele Martí

14 y Medio

Por otro lado tanto el escritor Alexis Romay en su blog Belascoaín y Neptuno como Jorge Ferrer en El Tono de la Voz han publicado sendos adelantos del libro con sus contribuciones personales a la antología. Que cunda.

viernes, 27 de octubre de 2017

La fábula de la cigarra y el águila

La historia del ataque acústico a los diplomáticos norteamericanos ha tomado un giro esperpético.Dice el informe oficial cubano citado por Cubadebate que "durante el riguroso análisis, las grabaciones mostraron coincidencias con los sonidos emitidos por algunas especies de insectos, especialmente grillos y cigarras". Según un teniente coronel local:
"Aplicamos las mismas técnicas de procesamiento digital que aplicamos con las muestras de audio que nos entregaron, al sonido que grabamos de la cigarra, y coincidentemente pudimos comprobar que también es un sonido que está sobre los 7 kilociclos, que tiene un ancho de banda aproximadamente igual sobre los 3 KHz y que audiblemente es muy parecido. Hicimos también comparación de espectros de todas las señales aportadas con el espectro que grabamos y evidentemente este ruido común es muy parecido al ruido de una cigarra”
El ataque convertido en fábula. La fábula de la cigarra y el águila:
Había una vez un águila poderosa que dominaba los cielos pero la cigarra, que era más persistente, comenzó a tocar con su violincito desafinado. Y tanto tocó y tocó su violincito que el águila todopoderosa tuvo que regresar a casa con problemas auditivos y un poco loca. Pero entonces nadie creía que había sido la pobre cigarra la que había derrotado al águila. Moraleja: si quieres que te crean nunca uses una cigarra como explicación, aunque sea verdad.

La pelota y el tiempo


22 meses separan la condena del Granma de la deserción de los hermanos Gurrielen franca actitud de entrega a los mercaderes del béisbol rentado y profesional” del elogio en esemismo periódico por su actuación en grandes ligas (circuito al que ahora comparan con la escala de Milán). 22 meses de pasar de condenarlos en público a transmitir -con 24 horas de diferencia que el resto del mundo beisbolero- la final de las grandes ligas. Un gran paso para el castrismo, un pequeño paso para la humanidad. No soportan la competencia del “paquete” que también trafica con los partidos diferidos, pensarán algunos. O que es el aperitivo de lo que se veía venir desde la sospechosa fuga de los Gurriel: la venta de peloteros cubanos a las Grandes Ligas con Tony Castro como principal empresario. 22 meses parecen mucho comparados con las 24 horas que demora un cubano de la isla en ver cada partido de la final por televisión. O poco comparado con los 62 años que separan a los cubanos de la primera vez que pudieron una serie mundial en televisión… en vivo. Sí, aquella Serie Mundial de 1955 que enfrentó a Los Dodgers con los Yankees. Esa que consiguió llevarse instantáneamente a la isla mediante el legendario vuelo del DC-3 que dio vueltas durante tres horas sobre el estrecho de la Florida haciendo de torre de retransmisión y adelantándose a la comunicación satelital. Pero ninguna de esas cifras alcanza para determinar el anacronismo que es Cuba en este mundo.