miércoles, 9 de agosto de 2017

Memoria de La Habana


A cargo del poeta y humorista Ramón Fernández-Larrea aparece cada sábado en La Poderosa de Miami el programa radial Memoria de La Habana dedicado a recuperar la historia de la capital cubana. Programas dedicados a diferentes barrios y calles de la ciudad, de sus personalidades más memorables o de eventos que marcaron época acompañado por la mejor música de la historia musical cubana. Dichos programas pueden además escucharse en el sitio online Memoria de La Habana. Muy recomendable.



martes, 8 de agosto de 2017

The Same Sky

Interesante "The Same Sky", la serie de Netflix sobre espías de la RDA en la RFA durante la Guerra Fría. Algo trae de lo alucinante que debió ser una ciudad partida en dos, de los contrastes de maneras de vida a ambos lados del muro. La tensa frivolidad de un lado, la ubicua chivatería y desesperación del otro. Lástima que el guion esté a cargo de una inglesa con mucha inventiva para las tramas pero ni puta idea de cómo hablaban los seres humanos al otro lado del muro. Penosa esa propensión desmedida al teque didáctico, a la filosofía barata y los kikos plásticos. Sobre todo cuando los personajes se explican a sí mismos como si aquella vida no fuera la de ellos. O cuando reaccionan como nadie nunca lo haría en esas circunstancias. Como cuando un personaje intenta integrarse a un grupo de potenciales fugitivos del sistema explicándoles las bondades de este. O cuando esa misma cuadrilla de aspirantes de fugitivos celebran la victoria del equipo local sobre la del país al que piensan escapar. Pero la serie se deja ver porque dentro de todo la historia echa mano a todos los trucos que existen desde que el mundo es mundo para captar la atención del público y los actores resultan -a pesar de todo- creíbles.



viernes, 4 de agosto de 2017

Una firma para la libertad*

Venezuela vive hoy la peor crisis de su historia. Es por ello que los intelectuales y amigos de los venezolanos que residimos en Estados Unidos, queremos solidarizarnos con el manifiesto que la Gente del Libro publica ahora en España y otros países del mundo, denunciando la violencia desatada por el gobierno, contra una población armada solo con la valentía y la esperanza de refundar un país donde pueda volver a vivir en libertad.  ​

LIBERTAD BAJO PALABRA.

GENTE DEL LIBRO EN TORNO A LA SITUACIÓN ACTUAL DEL PAÍS

Vivimos los días más difíciles de la República: una dictadura pretende acabar con ella y avanza inexorable hacia ese terrible final. Durante años, miles de venezolanos han permanecido fieles a los valores de la República y de la Democracia. Nosotros, gente del libro, hemos estado en las primeras filas de esa defensa. No consideramos otro camino, pues nuestras herramientas se encuentran presentes en la palabra, ligada siempre a la libertad.
Los poderes autónomos han sido secuestrados por un solo ente: el Ejecutivo, que usurpa todo el poder para convocar una Constituyente fraudulenta, irrespetando la letra y el espíritu de nuestra Constitución. La palabra ha sido vaciada de sentido, manipulando y pervirtiendo el lenguaje,  rebajándolo al insulto.
Hemos perdido la lengua común de la Nación.
En estos días aciagos, cuando cerca de cien venezolanos, en su mayor parte jóvenes, han fallecido a causa de la represión ejercida por fuerzas civiles y militares del régimen, cuando miles de heridos y detenidos engrosan el archivo perverso de un gobierno dictatorial y enlutan al país, llamamos a defender la libertad de las ideas y del pensamiento como formas altas del Ser y parte central de lo que nos define como individuos y habitantes de un país hermoso, que lleva poco más de doscientos años rodando por el mundo y definiendo su rostro.
Nos encontramos, insistimos, en los días más difíciles de la República. Las enfermedades han regresado a las casas, la miseria humana recorre nuestras calles y avenidas, pero aun en este tiempo nos sostenemos en las luchas libradas a través de la palabra por nuestros ancestros. Fermín Toro, Juan Antonio Pérez Bonalde, José Rafael Pocaterra, Rómulo Gallegos, Rufino Blanco Fombona, Teresa de la Parra y Andrés Eloy Blanco, entre otros, nos acompañan. Es necesario enfrentar la militarización de la sociedad, a los arrebatados de siempre en nuestra historia, los peores entre nosotros.
Somos gente del libro y la palabra, y desde la palabra hacemos un llamado a la libertad del pueblo venezolano, libertad que merecemos y que, cuando nos ha sido truncada, la hemos peleado y rescatado. Somos gente de la palabra, aquella que publicó Memorias de un venezolano de la decadencia, El libro negro de la dictadura y Se llamaba SN, que denunció con ardor los excesos de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Somos gente del libro y hemos sabido de censura, incluso en los años de la democracia, pero la hemos enfrentado y denunciado.
Somos gente de la palabra y es por ello que nos resulta un deber fundamental la defensa del idioma, y del sentido real de las palabras, tan mancillados por neolenguas y eufemismos impartidos desde el poder como parte de su sistema de subyugación.
Reconocemos el maravilloso legado de la lengua española, y desde ese lugar central que debe ocupar en la vida de los hombres y mujeres que componen esta República, llamamos a rescatar la educación, el conocimiento y su estrecho vínculo con la libertad natural que define la vida de todo habitante de esta tierra.
Entre nosotros, lo urgente ha estado casi siempre por delante de lo importante, en especial en los últimos años. Nunca más. La palabra es acción, y es un hoy que anuncia una nueva alborada: la del rescate inmediato de la República por todos los venezolanos. Rescatarla de un Estado represivo y corrupto representado en el régimen de Nicolás Maduro.
Nosotros, gente del libro y la palabra, decimos basta. Basta de represión, de asesinar a nuestros hijos, de perseguir vecinos, de encarcelar inocentes.
Desde la cólera más antigua de la lengua, pero también desde la serenidad de su historia y del legado civil de nuestro país, convocamos a todos los venezolanos de bien a levantarse y anunciar los tiempos nuevos de la vieja libertad, aquella que nunca nos ha abandonado y que vive en el corazón de todos los hombres con ardor siempre limpio.

Si quieres aportar también tu firma clickea aquí: http://bit.ly/2vJxuI1 

Alfredo Camejo
Alfredo Villanueva,
Álvaro Paiva-Bimbo,
Álvaro de Prat,
Ana Cristina Atencio,
Anna Maria Tiziano Vitale,
Andrea Arroyo,
Andres Correa Guatarasma,
Andrés Simón Moreno Arreche,
Angelina Jaffe,
Anita Pantin,
Antonio D. Espejo,
Asdrúbal Hernández,
Bella Kogan,
Belkys Arredondo,
Calogero Salvo,
Carlos Noyola,
Cecilia Vicuña,
Clara Sujo,
Claudia Garavini,
Cristina Guzman,
Chely Depablos,
Consuelo Hernández,
Daniel Campos,
David William Foster,
Diana López,
Dinapiera Di Donato,
Dino Armas,
Eddy Gomez,
Eduardo Lolo,
Elena Martinez, Ph.D.,
Eliseo Sierra,
Elizabeth Fuentes,
Elizabeth Villar,
Emma Matos,
Emma Yépez,
Enric Bou,
Enrique Del Risco,
Fabiola Fernández,
Felipe Delmont,
Fernando Yurman,
Flavia Romani,
Francisco Figueirido,
Gina Saraceni,
Glenn Sujo,
Graciela Pantin,
Gustavo Tarre,
Gustavo Gac-Artigas,
Ilan Stavans,
Iraida Iturralde,
Irene Sosa,
Isaac Goldemberg,
José María Calderón Rodríguez,
Jose Morabito,
Julieta Salas de Carbonell,
Karina Gerlach,
Katiuska Suarez,
Keila Vall de la Ville,
Laura Lieto,
Laura Machado Larralde,
Laura Sabani,
Leonardo Azparren Giménez,
Lourdes Vázquez,
Luis D’Elias,
Luis de la Paz,
Lupe Gerenbeck,
Mairi Bracho La Roche,
Magaly Alabau,
Manuel Adrian Lopez,
Manuel Reguera Saumell,
Mara Sánchez Llorens,
Maria Cristina Anzola,
Maria Eugenia Maury,
María Isabel Peña,
Maria Luisa Tasayco,
Maria Teresa Romero,
Mariela Provenzali,
Marina Wecksler,
Marisol García,
Mariza Bafile,
Matilde Daviu,
Mauro Bafile,
Maya Islas,
Mayra Hernández Menéndez,
Michael Schuessler,
Miguel Miguel García,
Miguel Gomes,
Miguel Pons,
Miguel Ángel Teposteco,
Milagros Gonzalez,
Nancy Noguera,
Nico Kogan,
Nora Glickman,
Norjka Farreras,
Paola Maita,
Pedro Monje Rafuls,
Patricia Avellan,
Priscilla Gac-Artigas,
Rafael Romero,
Rafael Urbina,
Ricardo Bello,
Roberto Martínez Bachrich,
Roger Santiváñez,
Roxa Smith,
Sandra Pinardi,
Sebastián de la Nuez,
Sergio Chejfec,
Sylvia Cedeño,
Soraya Morabito,
Teresa Casique,
Tomás Rodriguez,
Víctor García Ramírez,
Vicky Fulop,
Vivian Bernstein,
Zulma Bolívar,
Waldo González,
Waldo Tejada

*Tomado de Viceversa Magazine.

jueves, 13 de julio de 2017

23 años

Que no se olvide: hoy 13 de julio se cumple el 23 aniversario del hundimiento del remolcador "13 de Marzo" en el que el gobierno cubano se vio obligado a asesinar 37 personas entre ellas 10 niños.

Vuevo en un rato

Salgo de vacaciones tres semanas y junto conmigo este blog..A menos que algo más o menos importante requiera ser comentado no me esperen mucho por acá. Saludos. 

martes, 11 de julio de 2017

Hablando de este blog

A propósito de mi blog y su décimo aniversario el programa 1800 Online de Radio Martí me entrevista. A Juan Juan Almeida García y a Lizandra Díaz Blanco les agradezco sus atentas e inteligentes preguntas.



lunes, 10 de julio de 2017

Raza y caricatura

Hypermedia publica un artículo mío sobre el debate que surgió en torno a una caricatura de Lauzán publicada en Diario de Cuba. La idea original era que lo publicara la revista Identidades, dedicada a la cultura afrocubana y cuestiones raciales pero ante la muerte del director de la revista, el intelectual Juan Antonio Alvarado decidí publicarlo antes de que quedara olvidado el contexto del debate. También lo reproduzco a continuación:

Raza y caricatura

A Juan Antonio Alvarado (1953- 2017)

                                                                                  La angustia humana que exalto
no es decorativa joya
para turistas.
                                                                                  ¡Yo no canto un dolor de exportación!
                                                                                  Jorge Artel

El detonante fue una caricatura. Una caricatura que era la respuesta de Alen Lauzán, artista cubano radicado en Chile, a la decisión del gobierno de la isla de negarle la entrada ―entre otros― a la hija de un expresidente chileno invitada por la disidente Rosa María Payá. En la caricatura de Lauzán dos turistas chilenas ―mayores y apreciablemente feas― caminan por La Habana. Una de ellas comenta “Cachá weona, le negaron la entrada a la Mariana Aylwin!”. La otra le responde. “¿Pero cómo tan patuda y venirse a meter en política?”. El detalle está en que las turistas no caminan solas. Marchan del brazo de sendos cubanos negros, altos y jóvenes con camisetas que dicen “Yo soy Fidel” en un caso y “Ché” en el otro. Tampoco está de más añadir que las turistas agarran a su pareja respectiva del pene que se marca bajo sus pantalones cortos. Se trataba, sin demasiados rodeos, de ironizar sobre la falsedad de cierto apoliticismo (chileno, latinoamericano, mundial) respecto a Cuba y la realidad (profundamente política y fetichista) del turismo sexual.
Recuerdo que mi primera impresión fue de contrariedad. Que los dos jineteros fuesen negros y que estuviesen representados con narices aplastadas y labios excesivamente gruesos me resultaba incómodo. Incluso asumiendo que la intención de la caricatura no era racista, su apariencia ―y aquí entra una larga domesticación de mis propias nociones de representación racial en los moldes de la corrección política norteamericana― resultaba perturbadora. Que los dos jineteros ―a esas alturas no podía caber duda de que se trataban de ejemplares típicos del turismo sexual de la isla― fuesen negros podía inducir a una equivalencia negro=jineterismo=hipocresía política (hace mucho que nuestros jineteros aprendieron que el atractivo turístico de la isla pasa por la política convertida en camiseta-fetiche). Y esa sería la definición básica del racismo. O sea, igualar la parte al todo. O, de acuerdo a la definición de un filósofo francés, “la doctrina que hace depender el valor de los individuos del grupo biológico, o pretendidamente tal, al que pertenecen”. El cuerpo entendido como signo: “la blancura o la negrura del cuerpo revelarían las del alma”.
Conozco lo suficiente la extensa y brillante obra gráfica de Lauzán, la sutileza y precisión de su estilo, para suponer que sus intenciones no eran ridiculizar una raza, identificarla con un comportamiento que mezcla astucia comercial, oportunismo político y prostitución a secas. El hecho de que ambos jineteros fueran negros se debía ―presumí― a una cuestión técnica: la de dejar claro que los que acompañaban a las turistas del dibujo eran nativos de la isla y no turistas chilenos como ellas mismas. Enfatizar la dialéctica extranjero-nativo del turismo, en la que el fetichismo político-sexual de las visitantes era el centro de la caricatura. El tema racial era, desde la perspectiva del mensaje que comunicaba el dibujo, lateral aunque no irrelevante. La representación de los personajes negros era grotesca, sí, pero no menos que las de las turistas. O la de casi cualquier otra figura que pasa por la plumilla de Lauzán. Pero al mismo tiempo yo entendía que tal representación pudiera resultarle ofensiva a alguien con más sensibilidad racial que la mía (y con menos nociones de las disyuntivas que enfrenta la representación caricaturesca).
El escándalo fue inmediato. Sandra Abd'Allah-Alvarez Ramírez, autora del blog Negra cubana tenía que ser, declaró en su blog que la caricatura “muestra un condensado de estereotipos racistas. No les bastó con poner a un hombre negro en la posición de jinetero y que porta símbolos de la revolución cubana, sino que pusieron DOS. Se pueden realizar varias lecturas de la imagen pero el RACISMO en ella es tan obvio, que espanta”. Que la caricatura apareciera en una de las principales publicaciones diarias del exilio cubano, Diario de Cuba, subrayaba, de acuerdo con varios de sus críticos, su alcance político. Si la caricatura era racista, luego la publicación y hasta el exilio mismo compartían dicho pecado. Ante las acusaciones, la publicación llamó a entablar un debate al que los convidados no respondieron. O respondieron como el cantante Juan Gabriel cuando se le preguntó sobre sus preferencias sexuales: “lo que se ve no se pregunta”. El pretendido debate no pasó de un diálogo de mudos: ni el caricaturista ni la redacción ofrecieron unas disculpas claras por lo que pudiera resultar ofensivo incluso sin pretenderlo ni los ofendidos pasaron de darse por tales.
Diálogo de sordos fue el que se entabló en las redes sociales: muchos gritos y pocas razones. La ansiedad por acusar al otro de algo que rimara con “ista” (“racista”, “castrista”) impidió que el escándalo inicial se tradujese en debate real. Porque no bastaba con afirmar que esa caricatura habría sido retirada de inmediato en Alemania o Estados Unidos. O que allí el debate sobre lo impropias y ofensivas que son ciertas representaciones étnicas o raciales hace mucho quedó atrás (o al menos es lo que se pretende). En el caso de la caricatura de Lauzán, tratándose de un público unido en su mayoría por el origen nacional, pero separado por casi todo lo demás, sí quedaba espacio para el debate. No se trataba de debatir por qué la representación de los negros en dicha caricatura puede resultar ofensiva para los que se identifiquen a sí mismos como negros o afrodescendientes. Lo que debió debatirse es por qué no les resulta ofensiva a todos los demás. Incluso aunque entre las intenciones del caricaturista no estuviera ofender a una parte considerable de la población cubana. Y allí, en el aborto de una discusión más que necesaria se nos escapó una buena oportunidad de intentar entendernos, de reiniciar una conversación diferida innumerables veces, tanto en la isla como en nuestra distendida diáspora. De intentar, en medio de esa dispersión, actualizarnos unos a otros en un tema tan fundamental como urgente. De situarnos en la misma página.
Tal página, si nos atenemos a la nacionalidad e historia compartida, debe ser justo la de las relaciones raciales en la isla, la misma que genera e incentiva este debate. Y si nos atenemos a la página cubana, no podemos menos que reconocer ciertas circunstancias. Como por ejemplo que, a diferencia de en los Estados Unidos o Alemania, la población negra y mestiza tuvo un papel mucho más activo y protagónico en la formación de la Nación. Que a diferencia de aquellos países, los afrodescendientes no son minoría sino amplia mayoría por mucho que les cueste reconocer su identidad racial. (Esa sería quizás la muestra más visible y escandalosa del racismo cubano: que a pesar de que una distinguible mayoría del país es negra o mestiza, en el censo del 2012 el 64,1%  de la población se asumía como blanca y sólo un 9,3 como negra y el restante 26,6% como “mulata”). También deberá tenerse en cuenta que, a diferencia de Occidente, cualquier reclamo de igualdad racial en Cuba debe pasar por la comprensión de que todos los cubanos están privados de derechos humanos y civiles fundamentales como los que garantizan la libertad de expresión y de asociación. O sea, que poco consigue cualquier grupo social en Cuba con igualarse con la supuesta mayoría si tal igualdad se verifica en un marco político y jurídico basado en la negación de derechos humanos fundamentales. Situarnos en la misma página significa reconocer que, a décadas de la supuesta abolición del racismo en el territorio nacional, lo que realmente se abolió fue todo debate público sobre el tema. Significa reconocer cuánto se ha estancado e incluso retrocedido la lucha contra la exclusión racial en Cuba comparada con el resto de Occidente y sobre todo, cómo el cancelar dicho debate público ha afectado la conciencia de dicha exclusión.
Al racismo y la discriminación intencional que recorre la historia cubana hasta el presente hay que añadirle el inconsciente y sin embargo sistemático desprecio que se sedimenta en tantas de nuestras rutinas sociales: en “chistes” de los que debemos reírnos al reconocer ciertos rasgos que supuestamente identifican a una raza; en la supuesta sabiduría de ciertos proverbios; en el desdén soterrado de ciertas muestras de familiaridad; en la falsa comodidad de los estereotipos; en la condescendencia y paternalismo con que suponemos a los negros ciertos defectos esenciales y ciertas virtudes elementales y menores; en muchas de nuestras más arraigadas y admiradas tradiciones; en productos culturales que admiramos casi unánimemente (como la película Vampiros en La Habana con su famoso personaje negro, el “Tigre”, con rasgos tan exagerados y estereotípicos como los de la mentada caricatura de Lauzán y que el blog Negra cubana tenía que ser recomienda como una de las “Ocho comedias cubanas que no puedes dejar de ver”). 
Fotograma del film ‘Vampiros en La Habana’, de Juan Padrón (1985)
También habrá que reconocer que el oportunismo de quienes acusan al exilio de racista y miran para otro lado cuando el gobierno cubano maltrata o asesina a disidentes negros no les quita necesariamente la razón en lo primero. Poco se hace por la democracia y los derechos humanos en general si no empezamos por respetar los derechos de individuos o grupos concretos. Contra esa variante tan perversa y persistente del desprecio que es el racismo cubano no nos inmuniza nada: ni admirar a personalidades negras, ni disfrutar de productos cubanos de origen africano, ni tener amigos o amantes negros. Ni siquiera estar casado con una persona negra, o tener hijos con esta (“Yo, que estoy adentro, te puedo decir que…”). Ni siquiera ser negro.
Semanas después del malogrado debate sobre la caricatura de Lauzán, según el reporte de El Nuevo Herald un grupo de “activistas, escritores, intelectuales, académicos y emprendedores cubanos, en su mayoría afrodescendientes, convergieron en una reunión que calificaron como ‘histórica’ en la Universidad de Harvard para celebrar los logros del movimiento afrocubano y trazar una agenda para el trabajo futuro”. Allí, entre otras cosas, volvió a hacerse mención de la caricatura de Lauzán. Según Sandra Abd'Allah-Alvarez la principal conclusión que se podía sacar de dicho incidente era que “nosotros, negros cubanos, no tenemos que esperar nada del exilio cubano racista, nos quieren callados”.
Por otra parte a varios medios les llamó la atención la ausencia en dicho evento de “organizaciones disidentes que trabajan el tema racial”. Alejandro de la Fuente director del Afro-Latin American Research Institute en el Hutchins Center, institución que organizó el evento, explicó que la no inclusión de organizaciones como el Comité Ciudadanos por la Integración Racial “fue una decisión consensuada y que se basó en el hecho de que estos grupos no consideran la lucha contra la discriminación racial como su principal objetivo”. De acuerdo con declaraciones suyas a El Nuevo Herald, a los asistentes al evento los unían no solo sus reivindicaciones sociales sino haber “seguido como estrategia mantener una interlocución con el Estado” al considerar que las soluciones a temas como la discriminación racial y la racialización de la desigualdad “pasa por la formulación de políticas públicas”.
Cabe la tentación de asociar la crítica a la mencionada caricatura a un estilo de enfrentar el racismo, una tentación tan fácil como la de convertir al autor de la caricatura en racista de tomo y lomo y con ello a todo el exilio (sin tomar en cuenta que muchos de los críticos son a su vez parte activa de ese mismo exilio). De acuerdo a esta comodidad maniquea todos los que se ofendieron con la caricatura serían entonces partidarios de excluir a los disidentes de sus debates o de “mantener una interlocución con el Estado” cautelosa, obediente de sus reglas de juego. Y estas son, tentaciones al fin, atractivas pero peligrosas. Peligrosas por ofrecer falsas disyuntivas pero sobre todo porque favorecen el inmovilismo tanto en lo que respecta al secuestro de los derechos de los cubanos en general como de la marginación de los afrodescendientes.
Pretender que se puede avanzar en la reconquista de los derechos humanos y civiles relativizando los reclamos de la población afrocubana es tan falaz como aspirar a avanzar en la lucha contra la marginación de esta población renunciando de antemano a la reivindicación de derechos políticos esenciales. Ni los afrocubanos deben ver disminuidas o diferidas sus reivindicaciones por las urgencias de otros objetivos más generales ni pueden pretender alcanzar la dignidad plena que reclaman sin alterar la constitución política y legal del régimen cubano. En el propio evento de Harvard se reconocía una y otra vez cómo la imposibilidad de todos los ciudadanos cubanos de ejercer con libertad su derecho a expresarse y a organizarse afectaba tanto o más a la población afrocubana. Como decía Soandres de Río, integrante del dúo Hermanos de Causa “Cuando tengan un proyecto que pase de un número de personas, van a ir por ustedes, si no eres hijo de [un dirigente] y si tu proyecto no responde a [los intereses de las autoridades]”. De ello podía dar fe Norberto Mesa Carbonell, detenido por intentar celebrar el Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial. “Estuve preso, hace ocho días estuve en un calabozo”. “La Cofradía de la Negritud durante nueve años estuvo haciendo una actividad ese día [21 de marzo] y este año había un programa hecho público… Y sin embargo esa actividad se mandó a prohibir desde la oficina del segundo secretario del Partido Comunista”.
La reconquista de los derechos humanos y civiles de todos los cubanos y la lucha contra la discriminación y la marginación de la población negra en la isla no solo no son incompatibles sino que pierden su sentido más profundo si una de ellas renuncia a la otra. La Historia cubana pasada y reciente exhibe modelos de lo que puede suceder cuando el discurso político general se desentiende de las reivindicaciones de grupos “particulares” o viceversa. Así el proceso independentista cubano que contaba en sus filas con una mayoría negra disolvería los reclamos de esta en el discurso independentista para que 14 años después de finalizada la guerra de independencia el ejército republicano terminara masacrando a aquellos negros que intentaron organizarse en el Partido de los Independientes de Color. Mucho más cerca en el tiempo tenemos el caso del CENESEX dirigido por la hija del jefe del gobierno. Mariela Castro se presenta en foros internacionales como defensora de los derechos de la comunidad LGTB aunque no pasa de ser una relacionista pública del régimen que preside su padre: lo representa y defiende a cambio de atenuar la represión contra la comunidad que dice defender. Más o menos en el mismo estilo con que cualquier mafia ofrece “protección” a sus clientes. (He ahí uno de los grandes logros alquímicos del castrismo tardío: hacer que una de sus herederas pase por máxima representante de uno de los grupos más perseguidos por el castrismo original).

Poco se avanzará en la reconquista de nuestros derechos humanos si no se asume como prioridad enfrentar los mecanismos políticos, institucionales, económicos, sociales y culturales concretos que limitan o denigran a quienes hoy constituyen la mayoría del país. O si no se revisa nuestra propia idea de identidad nacional y todos los tópicos que la componen. Pero tampoco avanzará mucho la población negra de la isla en tomar control de su discurso identitario y alcanzar una mayor plenitud humana si de entrada acepta el denigrante y caricaturesco relato que afirma que “los negros son personas gracias a la Revolución”; si aspira a entenderse con el Estado sin que éste reconozca sus derechos como seres humanos. Ni humanismo metafísico ni antirracismo dócil. A menos que, como tantas veces, se prefiera el rejuego de las apariencias a la transformación de lo real.   

domingo, 9 de julio de 2017

Y veinte, que no es nada...

Hace veinte años, el 9 de julio de 1997 era yo el que llegaba a Nueva York procedente de Madrid a empezar una nueva vida por tercera vez:
"Al llegar a Nueva York debemos hacer la cola larga y silenciosa de los inmigrantes permanentes, refugiados de todo el mundo, de los que antes desembarcaban por Ellis Island y saludaban a la Estatua de la Libertad: iraníes, judíos, yugoslavos y una familia rusa cuya matrona lleva, en lugar de la pierna, una prótesis que es en realidad un trozo de árbol con corteza y todo, a la que alguien tuvo la delicadeza de afinarle la punta con un hacha. Mientras esperamos que en nuestro pasaporte pongan el sello de residentes temporales, veo a un agente de aduanas negro revisando el tambor africano que trae un pasajero. De pronto, como si se olvidara de su condición de funcionario, improvisa una pequeña rumba en el tambor. Sigo buscando señales en un país lo suficientemente desenfadado como para que un agente de aduanas se tome su trabajo de esa manera. Cuando por fin salimos nos esperan nuestros patrocinadores, unos viejitos que hasta el día de hoy se han comportado como achacosos y discretos ángeles de la guarda. Salimos al aire libre y me golpea el olor a asfalto a punto de hervir que me recuerda a Cuba. Como me la recuerda la maleza hirsuta y requemada a los costados de la carretera. Todo eso me provee de la cuota mínima de familiaridad para empezar a agarrarle confianza a un lugar que deberé tratar de hacer mío"

sábado, 8 de julio de 2017

Quince años


Mi madre es ahora quinceañera. Quince años fuera de Cuba, de vita nuova. Y los anda celebrando como sus quince originales. Hace años llegó al aerpuerto JFK, bajando la voz cuando a la conversación asomaba el nombre del innombrable. “Que ya no estamos en Cuba, vieja” tuve que decirle. Y tan demacrada que con aquellas inmensas con que la gente salía de Cuba en lugar de ir a casa decidí llevarla directamente a un buffet, all you can it, para que se vengara al instante de toda el hambre reciente. Y en efecto, la cara cara le cambió luego de comer como no la había visto nunca. (Curioso que no diga que se fue de Cuba por motivos económicos). Disfruta estos quince vieja. 

viernes, 30 de junio de 2017

Reinaldo Arenas: vida, pasión y muerte en dos apartamentos

Foto tomada por Nicolás Abreu en su casa en una cena de Navidad. Juanto a Arenas el escritor Luis de la Paz
Por Enrique Del Risco*
Otra tregua fecunda
Cuando Reinaldo Arenas interrumpió los devastadores estragos del sarcoma kaposi atracándose con medicamentos y whiskey el 7 de diciembre de 1990 en su apartamento en el centro de Manhattan no hacía más que dar fin a una escena interrumpida tres años antes. “Yo pensaba morir en el invierno de 1987” son las primeras palabras del prólogo de su autobiografía. Hablaba del invierno en que una crisis de su enfermedad lo obligó a ingresar en un hospital de Nueva York. Al ser dado de alta regresó al apartamento con pocas intenciones de seguir viviendo. Pero de pronto tropieza con una revelación en forma de un matarratas:
Ya en casa, comencé a sacudir el polvo. De pronto sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo me lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle el gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Pero se trataba de algo más que de llevarle la contraria a un enemigo anónimo. La meta antes de que la muerte llegara era concluir con los proyectos que habían obsedido su carrera literaria: concluir el ciclo de cinco novelas que llamaba pentagonía y escribir su autobiografía. Según su recuento ese mismo día “como no tenía fuerzas para sentarme en la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida”.
Al año siguiente, luego de otra recaída y otro ingreso de vuelta a su apartamento de la vez anterior, (también el de su muerte) tiene lugar la escena con la que cierra su dramático prólogo de Antes que anochezca.
“Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”
Menos de dos años bastaron para arribar a la meta que él mismo se había impuesto.
La ciudad prometida
Al salir de Cuba durante el éxodo del Mariel Arenas había vivido en Miami poco más de tres meses. Fue entonces que en agosto de 1980 recibió una invitación para asistir al Segundo Encuentro de Intelectuales Cubanos Disidentes en la universidad de Columbia. Al parecer la ciudad lo fascinó al punto de trocar una visita breve en el lugar que viviría el resto de su vida. “Y de pronto, yo que había llegado solamente por tres días a Nueva York, me vi con un pequeño apartamento en la calle 43 entre la Octava y la Novena Avenida, a tres cuadras de Times Square, en el centro más populoso del mundo”. El dramaturgo Iván Acosta escribe que cuando Arenas “llegó a Nueva York vivió 21 dias en mi apartamento del Manhattan Plaza. Luego mi mamá, que era amiga del super del edificio 333 West calle 43, le consiguió un apartamento en el 4to piso”. 
Aspecto actual del 333 W 43rd Street
En su autobiografía, ya desencantado de la ciudad, Arenas explica aquella decisión como una mezcla de enamoramiento y autoengaño. “El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado. Ese rostro pensé hallarlo en Nueva York, cuando llegué aquí en 1980; la ciudad me envolvió. Pensé que había llegado a una Habana en todo su esplendor, con grandes aceras, con fabulosos teatros, con un sistema de transporte que funcionaba a las mil maravillas, con gente de todo tipo, con la mentalidad de un pueblo que vivía en la calle, que hablaba todos los idiomas; no me sentí un extranjero al llegar a Nueva York”.
Al año siguiente de su llegada Arenas seguía insistiendo en las virtudes de la ciudad: “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra”. Y en 1983 en Mariel, la revista que había fundado junto a otros compañeros de generación, define la relación con la ciudad en términos de tolerancia: ¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?”. Seis  años más tarde esa tolerancia mutua pase de ser ―a través de la inminencia de muerte que le trae la enfermedad que ha exterminado a decenas de amigos y conocidos― de Tierra Prometida a terreno baldío y hostil: 
Entrada del 333 W 43rd Street

Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?”
Dos apartamentos  
Aspecto actual del edificio del 328 W 44th Street
Aparte de la estancia de las tres semanas iniciales en el apartamento del dramaturgo Iván Acosta, a Reinaldo Arenas se le conocen sólo dos lugares de residencia en Nueva York: aquel inicial de 333W 43rd Street, cuarto piso, donde vivió entre 1980 y 1983 y el del 328 W 44th Street situado a una cuadra de distancia del anterior “en un sexto piso sin ascensor” según describe el propio Arenas. En esos lugares debió producir la mayor parte de su obra. Desde reescribir libros que le habían sido incautados por la Seguridad del Estado como es el caso de Otra vez el mar hasta producir la mayor parte de sus novelas. A su estancia en el apartamento de la 43 corresponden la aparición de las novelas Cantando en el pozo (versión revisada de su ópera prima Celestino antes del alba), y Otra vez el mar y la colección de cuentos Termina el desfile. A su estancia en el apartamento de la calle 44 se corresponde con la escritura de las novelas El porteroEl asaltoLa loma del ángel y El color del verano además de colecciones de poemas, cuentos, artículos y su famosa autobiografía.

En esa autobiografía deja constar, entre tantas cosas, las causas de su salida del apartamento de la calle 43.  “[E]n 1983 el dueño el edificio en que vivía decidió echarnos del apartamento; quería recuperar el edificio y necesitaba tenerlo vacío, para repararlo y alquilarlo por una mensualidad mayor a la que nosotros pagábamos”. El dueño, según Arenas “se las arregló para rompernos el techo de la casa y el agua y la nieve entraban en mi cuarto” de manera que “no me quedó más remedio que cargar mis bártulos y mudarme para el nuevo tugurio”, el apartamento de la 44.
Entre el mar y la buhardilla

“El mar es nuestra selva y nuestra esperanza”. Tal fue el título de la primera conferencia pronunciada por Arenas en los Estados Unidos. El mar, esa presencia constante en su obra, lo describe allí como algo que “nos hechiza, exalta y conmina”. Se sobreentiende que a la búsqueda de la libertad. Mucho se ha hablado del significado del mar para Arenas. Menos de esos recintos cerrados que le opuso en vida y obra: el “cuarto de criados de mi tía Orfelina”, las múltiples celdas de fray Servando Teresa de Mier, el cuarto del hotel Monserrate, sus apartamentos neoyorquinos. Eran estos reductos la contraparte y punto de partida hacia esa infinitud que podía identificar con el mar o con la creación. Uno de los ejes de su vida que a su vez le servía de baluarte de resistencia frente a la corrupción de las palabras. “El escritor debe preferir la buhardilla al tráfico con las palabras” dijo en aquella misma conferencia en la Florida International University. Allí también afirmó que “en última instancia la verdadera patria del escritor es la hoja en blanco”. En los alrededores de su máquina de escribir, pudo añadir.

Todas las descripciones de su último apartamento en Nueva York coinciden en su aspecto austero, casi monástico, como refugio de alguien con tan poco de monje. Lugar de trabajo y refugio antes que de vida social. El estudioso Enrico Mario Santí cuenta en una entrevista de próxima aparición: 
Vivía en pleno Hell´s Kitchen, en una época en que Times Square no era la sucursal de Disneylandia que es hoy… Su apartamento era un walkup, en un arduo quinto o sexto piso. Si años después se hablaría de la guarida en La Habana Vieja para el Diego de Fresa y chocolate, te aseguro que mucho antes Reinaldo Arenas ya tenía la suya en el exilio de Manhattan. Nunca, que yo recuerde, coincidí allí con nadie más, salvo con Lázaro Carriles, que según me dijo Reinaldo transitaba esporádicamente. El apartamento era pequeño, no recuerdo muebles ni cuadros; solo libros que, amontonados con papeles y prensa, forzaron a Arenas a alquilar el apartamento de enfrente, que funcionaba como archivo, o almacén”. 
El escritor colombiano Jaime Manrique cuenta de su única visita al apartamento de Arenas, un par de días antes de su suicidio: “Junto a una cadena de sonido anticuada y un televisor recuerdo un cuadro primitivo del campo cubano. Una mesa, dos sillas y un sofá gastado completaban la decoración”.
Ese último Arenas que describe Manrique aparece además de destruido físicamente por la enfermedad, receloso y reclusivo: “Llamé a la puerta. Oí lo que me parecía un torpe accionar de cerraduras y cadenas, lo cual incluso en Times Square parecía excesivo”.
Santí explica coincide en el recelo y da cuenta de su causa: 
“Uno de esos días que quedamos en vernos para comer y fui a recogerlo, toqué y noté que se demoraba mucho. Por fin abrió, y al entrar me di cuenta que la puerta ahora ostentaba varias cerraduras y una de esas enormes trancas de hierro que hacen presión entre puerta y suelo. Con angustia, me contó que habían entrado en el apartamento a robar, pero que extrañamente solo se habían llevado papeles. Había tenido que dejar el almacén de enfrente. Que yo sepa, nunca se aclararon esas circunstancias. Era señal que las cosas estaban cambiando. La guarida ya no era tal”.
Agonía en la guarida

La sensación de indefensión que le provocó tal incidente reforzaría la paranoia que Manrique había notado desde sus primeros encuentros con Arenas tras su llegada a Nueva York y que vio como “una extensión de la paranoia que existe en el mundo de la emigración cubana. En la Cuba de Castro los disidentes tenían que diseñar unos elaborados sistemas de comunicación para evitar que los espiaran. Habían transplantado esas actitudes a este país, como si aquí también se sintieran bajo vigilancia constantemente”.
Pero ni la enfermedad ni esa sensación de vulnerabilidad le impidieron enfrascarse en esa vorágine rabiosa de creación que debieron ser sus últimos años en aquel apartamento. De aquella visita que le hiciera Manrique observó: “Sobre la mesa descansaban montones de manuscritos, miles y miles de hojas y Reinaldo parecía un naufragio en medio de un mar de papeles. Cuando pregunté si eran copias de un manuscrito que hubiera terminado recientemente, me contó que los tres manuscritos que había sobre la mesa eran una novela, un libro de poemas y su autobiografía, Antes que anochezca
Manrique cuenta como en aquella visita Arenas fantaseó con la posibilidad de morir junto al mar. “Me gustaría irme de aquí antes de que venga el invierno. Mi sueño es ir a Puerto Rico y encontrar un sitio en la playa para morir cerca del mar”. Dos días después de la visita de Manrique el agente literario de Arenas, Thomas Colchie, “llamó para decir que Reinaldo se había suicidado la noche anterior, que había tomado pastillas tragándoselas con sorbos de Chivas Regal”. Iván Acosta rememora que la “primer persona que lo vio muerto fue una vecina de él, colombiana, que a veces le colaba café y le hacía sopas de pollo. Ella vio la puerta entrejunta y lo vio tendido sobre el sofá en la sala”.
Vista de la calle 44 desde el edificio donde muriera Arenas

De momento el apartamento donde vivió, creó y murió Reinaldo Arenas ha sobrevivido a la furia de demoliciones y reconstrucciones que parece ser la naturaleza de la ciudad. Ya Arenas hablaba en su desengañado “Adios a Manhattan” de los “viejos y acogedores edificios del West Side” que “son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de desembolsillar cientos de miles de dólares”. Y dicho proceso en la última década no ha hecho más que intensificarse. De puro milagro el edificio todavía se yergue el 328 W 44th Street, a unos doscientos metros de la frenética Times Square, justo en la cuadra del famoso club de jazz Birdland. Es de temer que el raro milagro de su subsistencia no se prolongue mucho más tiempo. 

Nota: Agradezco la colaboración para elaborar este artículo el aporte de los mencionados Iván Acosta, Enrico Mario Santí, Jaime Manrique y de Perla Rozencvaig y Miguel Correa.
*Este texto ha sido reproducido del blog de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio.