¿Para qué sirven las elecciones en Cuba? Parece una pregunta
retórica pero no lo es. Recuerdo que meses después que se celebró aquella
famosa elección del “Vote por todos” en 1993 me tropecé con una cola en la
Calzada de 10 de Octubre. Como buen Cubano primero marqué y luego pregunté qué
vendían. Helado me dijeron. En realidad no era helado sino más bien un durofrío
con pretensiones. Algo parecido a lo que acá llaman slurpees. De limón. Era la
época en que si no llevabas un recipiente no te despachaban nada pero,
sorpresivamente, estaban sirviendo aquel helado de limón en unos cucuruchos de
papel blanco. Pues me tragué el contenido en menos de lo que ahora tardo en
teclearlo y cuando abro el envase descubro que el cucurucho estaba hecho
precisamente de una de aquellas boletas de la elección pasada. Mi pregunta es
(y no es retórica) ¿cómo está la situación con los envases de helado en estos
días en La Habana?
Blog personal y casi tan íntimo como una enfermedad venérea pensado también para liberar al pueblo cubano, aunque sea del aburrimiento. Contribuyentes: Enrisco (autor de “Obras encogidas” y “El Comandante ya tiene quien le escriba”), su alter ego, la joven promesa de más de cincuenta años, Enrique Del Risco. Espacio para compartir cosas, mías y ajenas, aunque prefiero que sean ajenas. Quedan invitados a hacer sus contribuciones, y si son en efectivo, pues mejor.
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lunes, 25 de febrero de 2019
miércoles, 20 de febrero de 2019
Memento
Solo recordarles
que el régimen de Pinochet tan (justamente) condenado por todo el mundo estuvo
tres veces menos tiempo en el poder que el castrismo (17 por 60 años), mató
tres veces menos personas (3000 por 9000, sin contar los muertos en el mar
tratando de escapar) y cuando propuso un plebiscito para continuar en el poder
fue radicalmente distinto a la votación en Cuba este domingo.
Mientras en el
plebiscito chileno se decidía entre que Pinochet siguiera en el poder (o no),
en el caso cubano se elige entre aprobar (o no) una constitución marrullera e
inconsistente que sustituiría a otra no menos marrullera e inconsistente. Constituciones
ambas que empiezan reconociendo que existe un partido político por encima de
las reglas de juego que propone. Mientras Pinochet permitió a la oposición que
hiciera propaganda a favor del NO durante quince minutos diarios por televisión
a lo largo de un mes, el castrismo hace propaganda en sitios inimaginables a
favor del SÍ mientras persiguen con saña a la más mínima manifestación en pro
del NO. Pinochet aceptó a regañadientes (y bajo presión norteamericana) el
resultado adverso y no hay la más pequeña esperanza de que el actual régimen
cubano haga lo mismo.
No digo lo
anterior para enaltecer la inexistente bondad de Pinochet sino
por dos cosas. Una para recordar la diferencia entre un tirano de los de toda
la vida y aquel que controla una maquinaria estatal montada de acuerdo al
diseño de Marx y Lenin. Entre dictadura a la vieja usanza y totalitarismo.
Lo otro es
recordarles que el domingo el régimen cubano no arriesga mucho, si acaso un
rapapolvo popular que puede maquillar a la hora de publicar las cifras. Los
cubanos con acceso al voto sí arriesgan bastante. Arriesgan, como poco, el
poderse mirar a espejo a la mañana siguiente sin sentir la humillación de haber
dicho SÍ a lo que hace mucho tiempo en la intimidad le dicen NO. En decirle Sí
a un régimen que continuamente te dice NO en todas las circunstancias, las más decisivas y las más ridículas
. Y ahorrarse esa y todas las humillaciones que se deriven de
ella no es poca cosa.
jueves, 30 de agosto de 2018
"Es mi opinión personal"
Aparecen uno tras otro videos caseros de cubanos reunidos para debatir la nueva reforma constitucional. Llama la atención que un pueblo por lo general tan contenido y disciplinado una y otra vez le enmiende la plana a los redactores del texto. Y sobre todo que el objeto de su crítica sea precisamente uno de los artículos más “liberales” que presenta: ese que pretende limitar los mandatos presidenciales en Cuba a solo dos períodos de cinco años cada uno. Lo primero que se piensa es que tantos años de domesticación social no pasan por gusto. Que el yugo, por más apretado que resulte, crea vicio.
Así hasta que aparecen en el Noticiero Nacional nuevas imágenes de rechazo a penerle límite al mandato presidencial. "Es mi opinión personal" dice la señora que expone su desacuerdo. Un par de veces. Como si fuera algo de difícil digestión y necesario énfasis. No queda otro remedio que concluir que tantas críticas a la propuesta
personal de Raúl Castro de recortar los mandatos ha sido coreografiada por el
mismo que la propuso. Asumir que tan espontánea desobediencia ha sido ordenada desde arriba. No sería la primera vez -ni la segunda- que el régimen intenta disimular su perenne vocación totalitaria como mera aceptación de la voluntad popular. Sucedía en 1959 cuando la movilización para exigir la renuncia de Urrutia y el regreso de Fidel Castro y sucede ahora con los actos de repudio y las Brigadas de Respuesta Rápida. Y no es que dude del demostrado becerrismo de la sociedad cubana pero justo eso me hace dudar de tanta espontaneidad, de esa rebeldía ante la extraña liberalidad de sus amos.
sábado, 28 de julio de 2018
Las reglas del partido
Las constituciones cubanas desde el 1976
a la fecha insisten (a la usanza de las constituciones soviéticas) en definir
al Partido Comunista como la “fuerza dirigente superior de la sociedad y
del Estado”. Si vamos al terreno futbolístico es como que en el
reglamento del juego diga que uno de los jugadores “es la fuerza superior del
deporte”. El resto del reglamento hablará de derechos y deberes para todos los
jugadores pero poco sentido tienen si ese jugador llamado Partido no solo no
tiene que atenerse al reglamento sino que se considera autoridad superior a
este.
Habrá quien piense que en ese caso el Partido vendría a
ser el árbitro y no un jugador pero en todo caso sería este un árbitro al que
le tiene sin cuidado lo que diga el reglamento. Que lo mismo decida el
resultado del partido antes de haberse jugado que decida marcarse un golito él
mismo o lo que ocurre en la realidad: que el árbitro se atribuya a su cuenta
todos los goles que se marquen en el partido y que el único objetivo del reglamento
no es que el juego funcione sino que el árbitro siga dirigiéndolo. Dejar claro
que el partido (de fútbol o de lo que sea) es muchísimo menos importante que el
Partido. Y si ahora ocurre que a los jugadores -como generosa concesión del
reglamento- se les permite celebrar los goles (propios o ajenos, da igual) quitándose
la camiseta es cuestión bastante menor a la hora de tomarse en serio el reglamento.
Si de lo que se trata es de jugar a algo, digo.
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