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lunes, 25 de febrero de 2019

¿Elecciones para qué?


¿Para qué sirven las elecciones en Cuba? Parece una pregunta retórica pero no lo es. Recuerdo que meses después que se celebró aquella famosa elección del “Vote por todos” en 1993 me tropecé con una cola en la Calzada de 10 de Octubre. Como buen Cubano primero marqué y luego pregunté qué vendían. Helado me dijeron. En realidad no era helado sino más bien un durofrío con pretensiones. Algo parecido a lo que acá llaman slurpees. De limón. Era la época en que si no llevabas un recipiente no te despachaban nada pero, sorpresivamente, estaban sirviendo aquel helado de limón en unos cucuruchos de papel blanco. Pues me tragué el contenido en menos de lo que ahora tardo en teclearlo y cuando abro el envase descubro que el cucurucho estaba hecho precisamente de una de aquellas boletas de la elección pasada. Mi pregunta es (y no es retórica) ¿cómo está la situación con los envases de helado en estos días en La Habana?

miércoles, 20 de febrero de 2019

Memento


Solo recordarles que el régimen de Pinochet tan (justamente) condenado por todo el mundo estuvo tres veces menos tiempo en el poder que el castrismo (17 por 60 años), mató tres veces menos personas (3000 por 9000, sin contar los muertos en el mar tratando de escapar) y cuando propuso un plebiscito para continuar en el poder fue radicalmente distinto a la votación en Cuba este domingo.

Mientras en el plebiscito chileno se decidía entre que Pinochet siguiera en el poder (o no), en el caso cubano se elige entre aprobar (o no) una constitución marrullera e inconsistente que sustituiría a otra no menos marrullera e inconsistente. Constituciones ambas que empiezan reconociendo que existe un partido político por encima de las reglas de juego que propone. Mientras Pinochet permitió a la oposición que hiciera propaganda a favor del NO durante quince minutos diarios por televisión a lo largo de un mes, el castrismo hace propaganda en sitios inimaginables a favor del SÍ mientras persiguen con saña a la más mínima manifestación en pro del NO. Pinochet aceptó a regañadientes (y bajo presión norteamericana) el resultado adverso y no hay la más pequeña esperanza de que el actual régimen cubano haga lo mismo.

No digo lo anterior para enaltecer la inexistente bondad de Pinochet sino por dos cosas. Una para recordar la diferencia entre un tirano de los de toda la vida y aquel que controla una maquinaria estatal montada de acuerdo al diseño de Marx y Lenin. Entre dictadura a la vieja usanza y totalitarismo.

Lo otro es recordarles que el domingo el régimen cubano no arriesga mucho, si acaso un rapapolvo popular que puede maquillar a la hora de publicar las cifras. Los cubanos con acceso al voto sí arriesgan bastante. Arriesgan, como poco, el poderse mirar a espejo a la mañana siguiente sin sentir la humillación de haber dicho SÍ a lo que hace mucho tiempo en la intimidad le dicen NO. En decirle Sí a un régimen que continuamente te dice NO en todas las circunstancias, las más decisivas y las más ridículas . Y ahorrarse esa y todas las humillaciones que se deriven de ella no es poca cosa.

jueves, 30 de agosto de 2018

"Es mi opinión personal"


Aparecen uno tras otro videos caseros de cubanos reunidos para debatir la nueva reforma constitucional. Llama la atención que un pueblo por lo general tan contenido y disciplinado una y otra vez le enmiende la plana a los redactores del texto. Y sobre todo que el objeto de su crítica sea precisamente uno de los artículos más “liberales” que presenta: ese que pretende limitar los mandatos presidenciales en Cuba a solo dos períodos de cinco años cada uno. Lo primero que se piensa es que tantos años de domesticación social no pasan por gusto. Que el yugo, por más apretado que resulte, crea vicio.
Así hasta que aparecen en el Noticiero Nacional nuevas imágenes de rechazo a penerle límite al mandato presidencial. "Es mi opinión personal" dice la señora que expone su desacuerdo. Un par de veces. Como si fuera algo de difícil digestión y necesario énfasis. No queda otro remedio que concluir que tantas críticas a la propuesta personal de Raúl Castro de recortar los mandatos ha sido coreografiada por el mismo que la propuso. Asumir que tan espontánea desobediencia ha sido ordenada desde arriba. 

No sería la primera vez -ni la segunda- que el régimen intenta disimular su perenne vocación totalitaria como mera aceptación de la voluntad popular. Sucedía en 1959 cuando la movilización para exigir la renuncia de Urrutia y el regreso de Fidel Castro y sucede ahora con los actos de repudio y las Brigadas de Respuesta Rápida. Y no es que dude del demostrado becerrismo de la sociedad cubana pero justo eso me hace dudar de tanta espontaneidad, de esa rebeldía ante la extraña liberalidad de sus amos.

sábado, 28 de julio de 2018

Las reglas del partido


Las constituciones cubanas desde el 1976 a la fecha insisten (a la usanza de las constituciones soviéticas) en definir al Partido Comunista como la “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Si vamos al terreno futbolístico es como que en el reglamento del juego diga que uno de los jugadores “es la fuerza superior del deporte”. El resto del reglamento hablará de derechos y deberes para todos los jugadores pero poco sentido tienen si ese jugador llamado Partido no solo no tiene que atenerse al reglamento sino que se considera autoridad superior a este.

Habrá quien piense que en ese caso el Partido vendría a ser el árbitro y no un jugador pero en todo caso sería este un árbitro al que le tiene sin cuidado lo que diga el reglamento. Que lo mismo decida el resultado del partido antes de haberse jugado que decida marcarse un golito él mismo o lo que ocurre en la realidad: que el árbitro se atribuya a su cuenta todos los goles que se marquen en el partido y que el único objetivo del reglamento no es que el juego funcione sino que el árbitro siga dirigiéndolo. Dejar claro que el partido (de fútbol o de lo que sea) es muchísimo menos importante que el Partido. Y si ahora ocurre que a los jugadores -como generosa concesión del reglamento- se les permite celebrar los goles (propios o ajenos, da igual) quitándose la camiseta es cuestión bastante menor a la hora de tomarse en serio el reglamento.
Si de lo que se trata es de jugar a algo, digo.