sábado, 23 de mayo de 2020

Memorias clandestinas del cementerio Colón


De mi libro inédito Nuestra hambre en La Habana les comparto este fragmento que recoge parte de mis recuerdos trabajando en el archivo del cementerio de 1990 a 1991 y de 1993 a 1995

Los muertos inquietos

Trabajaba en el archivo del cementerio, un sitio en el que no me veía trabajando el resto de la vida pero donde me sentía extrañamente a gusto. Un refugio de la idiotez de Guarina y de aquellos días atroces, un lugar donde alimentar mi curiosidad mientras parecía muy ocupado con aquellos libros en los que se habían asentado los entierros de buena parte de la ciudad en los últimos ciento veinte años. Libros y mapas oxidados que confirmaban sospechas entrevistas en otros libros y papeles viejos o en ciertas inconsistencias de la historia oficial que nos embutían en las clases. La sospecha era simple: que aquel régimen había cometido los mismos crímenes de los que acusaba a los que lo antecedieron. Y peores. Porque a diferencia de los anteriores —aquejados de un aire de improvisación, de provisionalidad— los de ahora contaban con la Idea, el Orden y el Tiempo. Una Idea tan sublime que ante ella cualquier crimen se volvía pequeño, insignificante; un Orden que le permitía consumar sus fechorías sin dejar apenas huellas visibles; y Tiempo suficiente para que aquello pareciera obra no ya de un sistema político sino de la naturaleza misma. Tiempo para cubrir cada crimen con capas geológicas de amnesia. Pues allí estaba yo: en el lugar donde se registraba uno de los subproductos más recurrentes de cualquier Historia. Me refiero a los muertos, claro. 



Husmeando en aquellos libros y mapas descubrí toda una zona del cementerio destinada a enterrar aquellos residuos de la Historia. “Panteones de administración” le llamaban y ocupaban una parte considerable del cuartel sureste del cementerio. Llegué a ellos revisando los libros de enterramiento correspondientes a fechas clave, como los días de la famosa invasión de Bahía de Cochinos. Días en que se acumulaban muertes por hemorragia interna. Ese era el código para decir “fusilados”. Porque no se trataba de los muertos en combate sino de prisioneros ejecutados aprovechando la distracción de batallas que se celebraban a cientos de kilómetros de distancia.

Las fechas clave del régimen anterior también abundaban en muertes por “choque traumático/ hemorragia interna”, solo que esos muertos aparecían en los libros de Historia, en las tarjas de los monumentos que mis excondiscípulos debían censar, en nombres de fábricas y escuelas. Se les recordaba cada año al celebrarse otro aniversario de su muerte. Estos, en cambio, era como si nunca hubiesen existido. Ni siquiera en el cementerio. Los panteones de administración eran todos iguales: unas paredes formando un rectángulo pintado de amarillo cubierto con una tapa de granito falso y sin lápida. Sin jardinera o inscripción que indicara quiénes estaban enterrados allí.

De aquellos muertos el más célebre era un general fusilado el año anterior. No mucho antes del fusilamiento había sido condecorado como Héroe de la República por el mismo Comandante en Jefe que lo mandó a fusilar. Tanto la condecoración como el juicio habían sido televisados. Un juicio excesivamente público en un sitio en el que todo lo verdaderamente interesante solía hacerse en secreto. En esos días apenas entendimos lo que ocurría pero, ya entrados de lleno en la crisis, todo se volvió transparente. Se trataba, ni más ni menos, de una lección pública y gratuita dirigida a la plana mayor del ejército y al resto del país de que ante los tiempos que se avecinaban no se toleraría la más mínima veleidad. Que, en caso de desliz, nadie quedaría a salvo de las represalias. Que no habría hazaña pasada tras la que te pudieras refugiar. Una lección utilísima cuando se estaba a las puertas de la mayor catástrofe que sacudiría al país desde su independencia.

Conocía la fecha exacta del fusilamiento y el nombre del general y sus tres acompañantes de modo que no fue difícil dar con sus tumbas. La del general era la única que se hallaba en los “panteones de administración”. En medio de aquella estepa de panteones de ejecutados la suya sobresalía por ser la única a la que habían permitido ponerle una jardinera con una inscripción. No daba demasiados datos. Decía algo así como “A Nenín de sus familiares”.

Para entonces no se registraba la causa de la muerte en los libros de enterramientos pero en las boletas que se guardaban en el archivo y que recogía la información del acta de defunción como causa de muerte habían escrito “anemia aguda”. En algún momento el tecnicismo que traducía los fusilamientos como muertes por hemorragia interna se había trocado por el mucho más disimulado de anemia aguda. Como si la causa de muerte fuera la falta de hierro en vez del exceso de plomo.

El jefe del archivo, el conocedor de todas sus intimidades y secretos, era Jaime, empleado del cementerio desde hacía más de treinta años y una de las cuatro o cinco figuras clave en el cementerio. Muy blanco, rechoncho, bajo y sudoroso a pesar de que el archivo, por rarísima deferencia a la conservación de los papeles que alojaba, era refrescado por un sistema de aire acondicionado. Jaime era de los que —con independencia de su rango oficial— hacían funcionar aquel cementerio en medio del caos que era cualquier institución cubana. De los pocos que entendían la función de cada una de las rutinas administrativas que se habían establecido desde antes del triunfo de Aquello. Siendo el jefe del archivo Jaime vería con recelo cómo un grupo de universitarios ignorantes habían sido asignados, al menos nominalmente, como sus superiores. Amanerado y ceceante, con su consistencia de jabón mojado hacía gala de un servilismo muy poco creíble. Su socarronería era tan diáfana como la idiotez de Guarina. De ahí lo gracioso que me resultaba que sus órdenes las encabezara con la frase “Perdone que moleste a quien debo servir”. 

[...]

Una de las pocas cosas que hacía detener la cháchara de los empleados del archivo era verme hurgar los mapas correspondientes a los panteones de fusilados. Conocían demasiado bien el cementerio y sus zonas prohibidas. Yo intentaba aplacar su alarma insinuando que mi búsqueda se debía a órdenes superiores, no a mi insana curiosidad. Pero ni Jaime ni Octavio eran fáciles de tranquilizar. Tenían buenos motivos. Cierta vez un grupo de disidentes había venido a conmemorar un aniversario de la muerte de Pedro Luis Boitel, un prisionero político muerto durante una huelga de hambre en 1972. Preguntaron por la ubicación de la tumba y Jaime se la dio. Todos cayeron presos: los disidentes por su buena memoria y a Jaime por cumplir con su trabajo. Desde entonces Jaime, alma de por sí asustadiza, temblaba más de lo común cuando intuía la posibilidad de volver a caer preso por un desliz similar.

No lo culpo.

No era la única manera en que Jaime podía meterse en problemas por cumplir con sus deberes laborales. Podía aparecérsele una viuda quejándose de que Jaime le diera la dirección de su marido a una amante que no lo dejaba tranquilo ni después de muerto. Una de ellas le advirtió que cambiaría a su marido de tumba, pero como le revelara la nueva ubicación a esa iba a tener problemas con ella. Un terror que, aunque menos sistemático, no dejaba de ser temible. 

No obstante, el entierro más notable entre los que tuvieron lugar en aquellos días tuvo más implicaciones políticas que sentimentales. Me llamó la atención el cortejo fúnebre. Extrañamente largo cuando ya la gasolina se hacía de rogar. Más extraño aun es que, al bajarse los integrantes del cortejo resultaran más bien pocos si se comparaba con lo extensa que había sido la fila de carros. Como si no hubiera viajado más que uno en cada vehículo, todo un desperdicio de combustible. Cuando supe el nombre del muerto todo se aclaró: un ministro de interior caído en desgracia tras el fusilamiento del general. Lo habían procesado en un juicio mucho más sigiloso. Nada de transmisiones por televisión. Si acaso una breve nota en la que anunciaban la sentencia: veinte años de privación de libertad. Por cargos de corrupción creo recordar. Trascendía, no obstante, el rumor de que entre los cargos que se le habían imputado estaba un viaje a México con una conocida bailarina y especialista en ejercicios aeróbicos. Nuestra Jane Fonda local. Se mencionaba como prueba del delito un video en el que aparecía untándose una crema en el pene para darle mayor prestancia y capacidad sexual. Chismes suculentos para alimentar el deseo popular de que fuera castigado supongo. Pero de los veinte años de condena no llegó a cumplir ni dos. La versión oficial atribuía su muerte a un infarto, pero dio motivo a mucha especulación la muerte a los cincuenta y pocos años de alguien cuya salud al ingresar en la cárcel parecía ser perfecta. Ahí estaba su cadáver, rodeado por un puñado de sus fieles. Una —cautelosa— manifestación de desafío. Eso explicaba el contraste entre la larga fila de coches y el número de sus ocupantes. No querrían arriesgar a nadie más que a sí mismos. Ni, sospecho, habría muchos que se ofrecieran a acompañarlos.


(Al morir el antiguo ministro del interior confirmó ese sentido de la oportunidad tan común en países de economía planificada. Lo hizo el 21 de enero de 1991, apenas a cuatro días de iniciada la Primera Guerra del Golfo, asegurándole a su muerte la mayor discreción entre las noticias de los constantes bombardeos norteamericanos a Iraq. No sería la única vez que los acontecimientos cubanos se sincronizaran con incursiones norteamericanas en el Medio Oriente. Las detenciones masivas de disidentes cubanos que terminaron siendo conocidas como la Primavera Negra del 2003 coincidieron con el inicio de la llamada Segunda Guerra del Golfo contra Iraq. Como para que los lectores de noticias en todas partes del mundo tengan oportunidad de poner el acontecer cubano en una perspectiva más amplia).   

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por el artículo. Yo tuve oportunidad de conocer a Jaime, y era tal como aquí se le describe. Fue cuando se ordenó que las personas que tuvieran en su poder alguna "propiedad cementerial" debían declararla en la oficina del cementerio y dar sus datos personales y los motivos por los que se tenía los documentos de propiedad. Aquello pude resolverlo con la asistencia de Jaime, quien me orientó en como proceder, y declaré que los tenía como "causahabiente". La propiedad era de una bóveda cuyos documentos estaban a nombre de una tía de mi madre, que había fallecido décadas atrás. El Cementerio de Colón estuvo en la mira de una "Reforma Cementerial", y si no se realizó la misma no fue porque no se haya querido sino por la complejidad de nacionalizar bóvedas y panteones, con todo su contenido mortuorio, y hacerle frente después a sus consecuencias.

Alexcuban dijo...

Maestro, y el libro pa cuándo?

Realpolitik dijo...

La poca, muy poca, justicia que ha habido en la Cuba castrista ha sido por casualidad, por efecto secundario, por "mala suerte." Abrantes es un buen ejemplo.

Y pensar que se cayó en tal abismo y se desperdició y destruyó todo, TODO, para sacar de la presidencia a un hombre que ya la iba a dejar para siempre de todos modos tras las elecciones de 1958. A veces pienso, aunque no me permito creerlo, que los cubanos se merecen lo que les pasó por ser, en el mejor de los casos, miserables idiotas.