viernes, 31 de diciembre de 2021

Literatura y circunstancia

 


Hace unas semanas fui invitado a una charla en el Instituto Cervantes de Milán. Ellos allá y yo acá, frente a la pantalla de la computadora, claro. Se trataba de un taller sobre el cuento latinoamericano, cada semana un invitado de un país distinto. Lo típico, supongo, yo que nunca he representado a mi país ni al parchís.


La profesora, inteligente y amable iba conduciendo la charla con elegancia entre un público también disperso por medio mundo. La conversación comenzó por las técnicas narrativas del cuento, de cómo encontrar la materia que los nutre donde quiera que aparezcan, cómo darles forma luego.

También hablé del momento en que comprendí que debía resignarme a ser escritor, más allá de que no supiera hacer ninguna otra cosa. Les conté que tuve esa epifanía a comienzos del Período Especial, desaparecidas todas las publicaciones en las que habitualmente aparecían mis textos humorísticos. Fue entonces -cortada de momento toda conexión con los lectores- que comprendí que no me sería fácil dejar de escribir. A partir de entonces escribiría, como quien dice, a la nada. Fue a esa altura de la charla que usé la abusada metáfora del náufrago que echa la botella al mar (en aquella conversación usé metáforas tan o más manoseadas que el mensaje en la botella). En algún momento alguien mencionó el peso del humor en mis cuentos (habían leído tres de ellos) y les agradecí que los hicieran notar pues el humor no suele trasladarse bien de un tiempo a otro, de una cultura a otra, de una complicidad a otra. Viaja mal el humor dentro de una botella.

En algún momento una señora sacó, como era de esperar, el asunto de Cuba y la política. No me sorprendió que lo hiciera. Algo me sorprendió la forma en que lo hizo. O más bien la palabra que usó. “Cuña”. Dijo notar que en mis cuentos me ocupaba de meter “cuñas políticas”. Traduje para mis adentros “cuña” por “puyas”, “indirectas”. Como en cuestiones políticas nadie me ha acusado de ser indirecto me dispuse a responder.

No soy como Padura quien a su vez quiere ser como Paul Auster. Según el de Mantilla a Paul Auster en las entrevistas solo le preguntan de literatura. Yo, en cambio, entro al trapo político apenas lo agitan ante mis ojos. Por eso me desconcertó que me acusaran de hacer insinuaciones políticas. Cierto que la literatura que escriben muchos cubanos se puede ver como una larga y sofisticada insinuación de que en Cuba existe una tiranía pero ese no es mi caso. Desde mis cuentos más viejos (hablábamos entre otros, de “Letras en las paredes”, cuento que escribí en el verano de 1993) empiezo por establecer el hecho de que en Cuba hay una dictadura – si es que Cuba es el contexto del cuento- para de ahí pasar a otra cosa.

Era esa mi manera de acceder a lo literario en aquellos tiempos: empezar por lo que otros evitaban -o ponían como verdad última de sus textos- para ir más allá. Porque lo literario -así lo entiendo- es rebasar lo obvio pero en aquel entonces no era capaz de escribir como si lo obvio no existiera. Ignorar la obviedad de la tiranía me parecía cobarde y deshonesto. Y, sin embargo, limitarme a denunciar unas circunstancias que, por opresivas que fueran, tenían una fecha de caducidad más cercana que la que uno deseaba para sus escritos, me resultaba de una torpeza imperdonable. Cómo asomarse a las novelas de Dostoievski solo para averiguar las condiciones de vida en la Rusia zarista de la segunda mitad del siglo XIX.

Así que en los noventa cubanos cuando escribía un cuento a menudo empezaba aplacando la ansiedad de mis lectores más inmediatos por escuchar ciertas cosas y la mía por decirlas para entonces pasar a otros asuntos. Asuntos que me permitiría establecer comunicación incluso con lectores totalmente ajenos a mis circunstancias. No sé si fue entonces o algo después que otro de los asistentes a la charla me preguntó por qué no había explicado mejor las circunstancias de la época en el propio cuento. Le contesté con una media verdad: que no era periodista, que son los que se encargan de explicar tales circunstancias. O los historiadores. No le dije, en aras de economizar el tiempo de la charla, que también hago las veces de periodista o de historiador y me dedico a explicar ciertos detalles temporales, pero esa no es la tarea de un cuentista. Si dije que compartía la idea de la literatura como diálogo entre desconocidos. En ese diálogo a los escritores les toca la tarea de crear un lenguaje para que pueda ser entendido por cualquiera que se asome a sus libros. Sin embargo, no puede crear ese lenguaje sin verter en él la parte de la existencia que le ha tocado, ya sea de manera más o menos fidedigna, o más o menos simulada.

Aproveché entonces que la charla tenía su origen en Italia para comentar que cuando de niño leía a Boccaccio no lo hacía porque me interesara su parecer sobre la iglesia católica, su corrupción o sus hipocresías. No. Aunque tales opiniones políticas son obvias en un libro como el Decamerón este no me hubiera atraído como lector si se hubiera limitado a ellas, más de seis siglos después, aunque también es cierto que la rebeldía esencial de su mirada se alimentaba tuvo mucho que ver con la manera en que Boccaccio percibió sus circunstancias.

No obstante, hubo algo que quedó sin decir. Y no me refiero a la continua obligación que tienen los cubanos de explicar circunstancias que ya llevan demasiado tiempo en este planeta. “Porque como todos saben, en Cuba hace más de sesenta años hay una tiranía” dije, jugando a que decía obviedades. Y es que en algo puedo concordar con mi compatriota Padura. Yo también preferiría no usar la oportunidad de comunicarme con lectores tan ajenos a mi realidad para explicársela. ¡Para eso deberían estar los periódicos! No deberíamos ser él o yo, gente que se espera que busque una relación más íntima y duradera con los lectores, quienes nos ocupáramos de la vulgaridad de decir que lo que existe en Cuba es una tiranía.

Sucede -y eso sí recuerdo que lo dije-, que las circunstancias políticas son uno de los componentes más superficiales que conforman la vida de un ser humano, a quien lo definen de modo más profundo e intransferible contingencias más particulares y ambiguas. Incluso en el totalitarismo, por mucho que este persista en modelar la vida de cada individuo a su imagen y semejanza. Pero al menos en mi caso evitar esa circunstancia, por superficial que sea, lo consideraría no solo una falla ética sino también estética. Porque si otros se pueden permitir olvidar nuestra humanidad -esto es, que somos seres sensibles y conscientes al igual que el resto que los humanos y tan poco dados a disfrutar la opresión como ellos si estuvieran en nuestro caso- para nosotros esa no es una opción. Ni como personas ni como escritores. O si no pregúntense por qué Boccaccio o Dante, Homero, Shakespeare o Cervantes siguen siendo nuestros contemporáneos. Si ni siquiera podemos imaginar a Dios creando a los hombres de la nada, ¿en qué cabeza cabe que podemos crear algo obviando nuestra existencia?       

2 comentarios:

Realpolitik dijo...

Ah, Padura. Hasta su mero nombre huele mal y repugna, aunque comprendo que sea traído al caso, por lamentable que resulte. Por supuesto, no es que Padura quiera evitar la vulgaridad, sino que quisiera la comodidad de no tener que lidiar con preguntas inconvenientes--aunque no debe incomodarle mucho, pues un camaján tan completo siempre halla la manera de irse por la tangente, y en eso el tipo es muy ducho.

Realpolitik dijo...

Y con respecto a la puya tirada por la señora sobre “cuñas políticas,” no hay duda que no lo hubiera hecho si se tratara de política "correcta." Si de algo no peca esta gente es de apartarse del guión de moda, aunque la moda sea vieja, fea y perversa. Pero, tal gente está tan acostumbrada a lo socorrida que resulta la "corrección" que le resbala mostrar sus prejuicios, por no decir su hijeputez. Ahora, eso sí, seguramente se considera muy, pero muy "intelectual." Diera risa si no fuera tan despreciable.