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viernes, 30 de junio de 2023

Carlos Alberto Montaner, el hombre que era Cuba

 


No se me ocurre con qué comparar la lectura de Carlos Alberto Montaner en mis años cubanos. La imagen de los cristianos que acceden a una página de la Biblia contrabandeada al interior de su celda es demasiado elemental aunque se le asemeje en secretismo, deslumbramiento y emoción. Pero más que dirigidos a exaltar alguna fe los artículos de Montaner eran continuos llamados a la razón y a la decencia. A su manera ejemplar, sus textos nos recordaban que toda la rabia del mundo no justifica la renuncia a razonar, ni a adoptar una ética que no se correspondiera con un razonamiento equilibrado ni con un elemental sentido de la justicia. Si buena parte de la intelectualidad latinoamericana se desentendía de las atrocidades del castrismo para concentrarse en atrocidades similares cometidas por un Pinochet o un Videla, Montaner no veía por qué unas debían ser peores (o mejores) que las otras. Y si eso lo decía alguien que había sido perseguido por el castrismo desde la adolescencia y a quien se seguía demonizando en aquellos noventas en que lo leíamos furtivamente en La Habana ¿qué derecho teníamos a poner la rabia por delante de la razón?

La visión expandida y penetrante de Carlos Alberto Montaner también nos ponía en contacto con otros temas que entonces nos parecían menos urgentes. Como el de morir en el exilio. De todos aquellos recortes que contrabandeábamos en La Habana de la primera mitad de los noventa, en una era anterior al internet, ninguno recuerdo mejor que el que me pasó un amigo arquitecto a la entrada del cementerio en el que trabajábamos. En él Montaner lamentaba la muerte del gran historiador cubano Leví Marrero, una muerte más lamentable, nos decía, por ser el autor de la monstruosa serie de catorce volúmenes sobre el pasado nacional quien falleciera desterrado de la isla que conoció y describió como pocos.

Llegué a conocer a Montaner no mucho después de mi lectura de aquel artículo tras mi llegada a Madrid donde el escritor vivía desde hacía décadas. Por entonces el cubano se codeaba con el futuro premio Nobel Mario Margas Llosa y con el inminente jefe de gobierno español Jose María Aznar. Días en que la aparición del Manual del idiota latinoamericano… y español, escrito junto a Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas supuso un estremecimiento para el mundo intelectual de la lengua. Una sacudida necesaria pero no por eso bien recibida. La minuciosa disección que hacían los autores de esa difundida especie de intelectual que, —lejos de haber aprendido algo de la ejemplar implosión del comunismo europeo— insistía en principios desastrosos para la humanidad donde quiera que se hubieran aplicado, apenas fue respondida con un escolar “más idiota serás tú”. Aquella advertencia inteligente y mordaz —que en las horas más bajas de la “Gran Marcha Hacia Delante” de que hablaba Kundera pudo parecer tautologica— ha terminado siendo profética. La idiotez latinoamericana no solo no ha desaparecido sino que avanzó muchísimo desde la aparición de aquel libro. Pero a Montaner nunca pareció desanimarse ante el incansable vigor de la estupidez humana e insistió en ilustrarnos casi hasta el final de sus días.

Al contrario de buena parte de los escritores que he conocido, la estatura de Montaner se acrecentaba cuando se le conocía de cerca. La elegancia y tersura de su prosa era un reflejo atenuado de la elegancia y sobriedad de su persona. Una contención que no limitaba su gracia y jovialidad sino que le daba una dulzura expresiva y una civilidad que no he conocido en nadie más. Al salir de uno de nuestros encuentros un amigo que me acompañaba, ya frente a los elevadores del edificio me susurró “Es un caballero”. Como si se tratara de un secreto que debía quedar entre nosotros. Un caballero cubano, aunque le parezca un oxímoron a los que nacimos en la Cuba desgreñada y chusma que sigue siendo hoy.

No solo era Montaner cubanísimo en sus ademanes cuidados, en su gracia, en su conocimiento extenso y profundo del país, en su sabiduría, en su insaciable curiosidad y en su sorprendente humildad. Montaner era Cuba. Pero una Cuba de la que ya hemos olvidado su posibilidad de ser y ahora, en ausencia suya, no creo que podramos recuperar. La presencia de Montaner imponía un respeto instantáneo, pero al mismo tiempo con su suavidad y sus mañas de buen conversador eliminaba toda distancia para hacerte sentir como a un igual. Quizás fue por eso que cuando en nuestra única comida juntos propiciada por esa otra encarnación de Cuba que es Paquito D’Rivera me atreví a soltarle una broma. A él, al Enemigo Número 1 del castrismo, al Anticastro mismo le susurré cuando iban a tomarnos una foto: “Tenga cuidado, que esta foto conmigo puede comprometerlo”. Y a diferencia de aquellos que andan demasiado tiempo encaramados en su propia importancia, Montaner de inmediato entendió la broma y rio de buena gana.

Cada vez que alguien me dice “Me gusta como escribes, pero no estoy de acuerdo con todo lo que dices” me carcajeo por dentro. Extraña pretensión esa la de estar de acuerdo con todo lo que piensa otro cuando muchas veces uno no concuerda siquiera con lo que dijo tiempo atrás. Posiblemente Montaner y yo estuviéramos en desacuerdo en muchos asuntos pero creo que coincidíamos en las cuatro o cinco cosas fundamentales que conforman la visión de cualquiera frente al mundo. Siempre ajeno a los extremos su opinión sobre cada asunto importante era minuciosamente razonada.

Montaner era al mismo tiempo firme y tolerante y no permitía que su cortesía exquisita le impidiera dejar claras sus diferencias con el interlocutor, pero —cosa rara en el ámbito intelectual— no se tomaba el disentimiento como ofensa personal. Nunca se dejó seducir por presión del número o de los tiempos, ni siquiera al final de su vida, cuando su debilidad física quizás invitara a un descanso mental. Así, no tuvo miedo de contradecir ni el entusiasmo mayamés por Trump ni el latinoamericano por Petro detalles por los que muchos no lo perdonarán nunca. Para alguien tan ajeno al odio visceral como Montaner los ataques que recibió entonces debieron parecerle una prueba adicional de que la razón seguía estando de su parte.

La más joven generación cubana, crecida en la isla bajo el bombardeo incesante de la propaganda oficial contra Montaner supondrá que algo de verdad habrá en el terroristalacayodelimperialismo con que se le representaba en Cuba. Y estarán equivocados. Cuando se trataba de presentar a Montaner los medios cubanos impecablemente falsos. Aparte del nombre y la fecha de nacimiento mentían en todo lo demás. Para esos jóvenes nunca será tarde para empezar a leerlo.

La muerte de Carlos Alberto Montaner —que a pesar de sus ochenta años cumplidos y de la enfermedad que lo aquejaba puede parecernos demasiado temprana— es una muestra más de su compromiso con la razón. A alguien que hizo de la lucidez y su ejercicio el sentido de su vida le debió parecer insoportable la idea de existir sin ella.

Si cada vez que muere un gran cubano recuerdo aquel artículo de Montaner sobre Levi Marrero ahora, a la muerte de su autor se siente multiplicada esa falta sin fondo de la que hablaba Vallejo. Una circunstancia especialmente triste porque en aquella fecha tan lejana como nos resulta 1995 —cuando ya llevaba 35 años de exilio— Montaner no podía imaginar que 28 años después él también moriría lejos de la patria a cuya libertad había consagrado toda su vida. Sin conseguirla. Triste porque con Carlos Alberto Montaner se nos va una posibilidad de Cuba que él encarnaba como nadie y porque cualquiera que sea el futuro cubano se las tendrá que arreglar sin su lucidez ejemplar.

domingo, 18 de abril de 2010

Resumen semanal 4: Trova y mensaje


Trova y mensaje: esa es la solución que han encontrado en una tienda de discos de Cartagena de Indias (una ciudad emborrachada de música a toda hora) para ubicar las grabaciones del último dinosaurio de la llamada canción protesta. Trova y mensaje, un eufemismo para “baba y teque”, la única clasificación disponible entre gente que sabe tanto de música y de goce para el último representante de los telegrafistas de la canción. Uno que en los últimos días se había dedicado exclusivamente al mensaje.

No obstante el chorizo interminable de su intercambio con Kid Montaner fue detenido por instancias superiores. La brusca interrupción confirma la victoria (un tanto pírrica) de Montaner. No es que el mensajero con rima estuviera quedando bien ante el otro que lo mismo soltaba un gaznatón que se abracaba en un sofocante cuerpo a cuerpo ("Tenemos que encontrarnos en un claro de la historia patria para darnos ese abrazo de reconciliación"). De nada valió que Silvio interrumpiera el combate llenando el ring de pioneritos ("hazle bien a la niñez de esta tierra en que tú fuiste niño"). El problema es que el enfrentamiento nunca debió haber tenido lugar. "Ni un tantico así", sentencia el Granma (cita del mismo que dijo que el revolucionario debía ser una "efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar") reconociendo en el simple hecho del enfrentamiento la derrota. Y de inmediato airea el supuesto expediente de Montaner como terrorista y caníbal para dejar claro qué se entiende por allá como la Batalla de las Ideas: no discutir ni una sola y difamar hasta el infinito de quien tenga alguna.

Vuelva Silvio a su trova que para mensajes estamos nosotros –le dicen. Y el mensaje consiste en los argumentos definitivos de la monolítica Revolución: Palo, Cabilla y Cable.

sábado, 3 de abril de 2010

Boxeo

El boxeo es –para el que lo entienda- un deporte sutilísimo en el que sólo se puede prosperar a merced de una estudiada inteligencia del músculo. (De tarde en tarde aparecen fenómenos demasiado elementales como el de Mike Tyson, es cierto, pero que una vez que se desvanece el terror que imponen en el ring terminan confirmando la regla). Por eso es factible comparar cualquier enfrentamiento dialéctico, cualquier polémica con el pugilato. La reciente discusión entre Silvio Rodríguez y Carlos Alberto Montaner es un buen ejemplo.

De una parte Silvio, viejo artista de la palabra con los músculos oxidados por no haber participado en una polémica que se respete en toda su vida. De la otra un antiguo campeón que mantiene los músculos y reflejos del debate perfectamente afinados. Los que saben ni apuestan. Si encima Kid Rodríguez no puede apartarse demasiado de lo que diga el entrenador no tiene opciones contra Mano de Piedra Montaner.

Comienza Kid Rodríguez haciendo unas penosas fintas poéticas “Si los miles de cubanos que perdimos familia en atentados de la CIA hiciéramos una carta de denuncia ¿la firmaría Carlos Alberto Montaner?”. “Si la Casa Blanca devolviera Guantánamo y acabara el embargo ¿qué posición (común) adoptaría el Kama-Sutra europeo?”. Aquellos manotazos al aire no despeinan a nadie y menos a Kid Montaner a quien el pelo no le sobra. Este se para en medio del cuadrilátero y con una combinación sencilla de jab de izquierda (“Por supuesto, Silvio: yo firmaría esa denuncia”), gancho de derecha (“¿firmarías una carta en la que se denunciaran los atropellos a los presos políticos cubanos y el acoso a las Damas de Blanco?”) y otra vez la izquierda (“?¿Hacemos esa carta juntos? Atrévete.”) revuelca a Kid Rodríguez en la lona. Le cuentan hasta diez, le dan a oler sales y por fin deciden que sólo queda traer la camilla.

Kid Rodríguez despierta en su vestidor y sospechando lo que acaba de pasar lanza enfurecido golpes al aire, los mismos que no funcionaron en el ring: “Si este gobierno es tan malo ¿de dónde salió este pueblo tan bueno?”. La elegancia con que el otro le machacó la mandíbula es transformada en guapería barata. “Atrévete un día a respetar al prójimo”. Por favor, que un alma piadosa le diga que la pelea hace rato terminó.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Respuesta

RESPUESTA A SILVIO RODRÍGUEZ

Carlos Alberto Montaner

El cantautor Silvio Rodríguez me ha hecho una pregunta públicamente. Se la voy a responder. Es un magnífico y admirado compositor al que debe tomársele en cuenta. Dice Silvio: “Si los miles de cubanos que perdimos familia en atentados de la CIA hiciéramos una carta denuncia ¿la firmaría Carlos Alberto Montaner?”. La pregunta forma parte de lo que parece ser un poema o la letra de una canción inédita. El texto se titula Preguntas de un trovador que sueña y está disponible en un website llamado kaosenlared.net, vertedero ideológico en el que es posible leer elogios a los narcoterroristas de las FARC o a los asesinos de ETA, pero donde, de vez en cuando, aparecen críticas lúcidas a la dictadura cubana.

Por supuesto, Silvio: yo firmaría esa denuncia. La CIA, como todos los servicios de inteligencia, ha hecho cosas deplorables que merecen ser censuradas. Y las ha hecho el ejército norteamericano cuando maltrató cruelmente a los prisioneros. Y las sigue haciendo el Departamento de Justicia de Estados Unidos, y hasta la Corte Suprema, cuando priva a ciertos detenidos del amparo de la ley. Todo eso, incluida la pena de muerte, me parece abominable y contrario a un verdadero Estado de Derecho en el que se respeten las libertades individuales.

Ahora, Silvio, me toca preguntarte a ti: ¿firmarías una carta en la que se denunciaran los atropellos a los presos políticos cubanos y el acoso a las Damas de Blanco? Una carta en la que mostraríamos nuestro respeto por Orlando Zapata Tamayo, Guillermo Fariñas y todo aquel dispuesto a morir defendiendo su dignidad de ser humano. Una carta en la que solicitaríamos la condena a los policías responsables de la muerte de 41 infelices, la mayor parte niños y mujeres, que huían de Cuba en un barco en la madrugada del 13 de julio de 1994. Una carta en la que los cubanos les pediríamos perdón a los somalíes por la matanza de miles de personas llevada a cabo en 1977 y 78 por el ejército cubano en la Guerra de Ogadén, cuando Cuba se alió a la dictadura etíope. Una carta en la que se condenara la censura, el dogmatismo, el partido único, la persecución a las personas por tratar de defender sus ideas políticas, sus creencias religiosas, sus preferencias sexuales. Una carta en la que les dijéramos a los hermanos Castro que 51 años es un periodo demasiado prolongado para continuar imponiéndoles a los cubanos un sistema fallido y cruel en el que ya casi nadie cree, comenzando por ti, Silvio, y por tu talentoso hijo “Silvito”, músico, como tú, a quien apodan “el Libre” para diferenciarlos, porque Silvito ha decidido cantar y decir lo que piensa.

Voy a contestar por ti, Silvio: yo creo que la firmarías. Y creo que la firmaría el 90% de los cubanos, hartos ya de esa vieja dictadura de difuntos y flores. Y te diría más: es importante que todos los cubanos interesados en salvar el futuro (porque el pasado lo hemos hecho añicos irremediablemente), los de la oposición democrática y los reformistas del régimen, como es tu caso, se encuentren en un punto medio para buscar una salida a la trampa que nos van a legar los hermanos Castro cuando decidan morirse y nos dejen como herencia un manicomio empobrecido y sin ilusiones patrullado por una legión de policías corruptos.

Hace pocas fechas dijiste que a la palabra “revolución” hay que quitarle la “r” para comenzar a evolucionar. De acuerdo. ¿Cómo se hace ese prodigio? Se hace vaciando las cárceles de presos políticos, permitiendo la libre expresión de las ideas y la asociación espontánea y sin coacciones de las personas. No se trata de determinar ahora hacia dónde debe ir el país. Lo que se impone en este momento es abrir los cauces de participación para que los propios cubanos cambien todo lo que haya que cambiar y decidan democráticamente el rumbo que debe seguirse. Después, poco a poco, sin violencia, sin revanchas, pacíficamente, elección tras elección, las piezas irán cayendo en su lugar hasta que salgamos de la etapa actual y la sociedad, si así lo decide libremente, redefina el Estado y el perfil de la convivencia.

¿Hacemos esa carta juntos? Atrévete.

Nota: Carta enviada por el autor, con el ruego de su difusión inmediata.