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sábado, 23 de junio de 2012

La mala memoria


Hablé con Lorenzo García Vega -uno de los últimos sobrevivientes de Orígenes y su gran desmitificador- apenas un par de veces. La primera vez, hará unos doce años, fue, al menos para mí, memorable. Fui a su casa recomendado por el escritor Carlos Victoria e ir recomendado por Carlos, alguien que era la encarnación misma de la nobleza, resultaba una garantía. En esos días García Vega era una viejecito menudo cubierto por una piel tersa y luminosa -como se conservan ciertas pieles antiguas en el clima acondicionado de Miami- y decididamente ocurrente. Alguien que se refería a Martí como el “Vargas Vila cubano” y a Cintio Vitier como “el monaguillo de Orígenes”. Cuando se mencionó a Fidel fue más bien benévolo. Dijo no desearle la muerte porque habiendo nacido el mismo año que el tirano sentía por él una “solidaridad biológica”. Dijo además no entender el entusiasmo de las nuevas generaciones con una figura como la de Jorge Mañach a la que en su época ya se le veía como a un intelectual anacrónico.

Un par de años atrás lo volví a ver en una feria del libro: contrariamente a muchos ancianos que con el tiempo tienden a reducirse, desvanecerse, había engordado e incluso me pareció más alto. Más alto y más huraño. Era un señor mofletudo de boina y bastón como patriarca de aldea gallega que negó casi todo lo que yo recordaba de nuestra conversación anterior. No sólo no lo recordaba sino ni siquiera reconocía su estilo. Llegué a pensar que aquél viejito de mi primer encuentro había sido invención mía, la atribución indebida e infundada de una visión del mundo literario cubano demasiado irreverente para un señor muy viejo ocupado en vivir en paz su posteridad literaria. Ahora leo una entrevista que tuvo con el crítico Enrico Mario Santí que me recuerda a aquél viejecito chispeante de mi primera vez y pienso que tal vez ese primer encuentro no me lo haya inventado del todo. Leo la fecha de la entrevista -1996- y puede ser que en ella esté la explicación. Más cerca de la muerte, o más bien, más lejos de la vida, el poeta –por más que se hubiese la vida cultivando una imagen irreverente- se sentía más responsable con su pasado, buscaba reconciliarse con él por el procedimiento de ser más selectivo, de reconocerse sólo en cierto estilo, de olvidarlo todo mejor. Y no me preocupa desmentirlo después de muerto: en esas contradicciones se fundan los mitos, la única manera en que, a la larga uno va a ser recordado.

Abajo unos párrafos de la entrevista que pueden leer aquí y aquí:

Éramos un grupo mítico, separados de la literatura. Eso es lo que le sucede a todos los literatos y no es nada nuevo. Lo especial en Orígenes es que, por las dificultades tremendas que teníamos, no podíamos alcanzar el triunfo. Luchamos mucho y realizamos una labor muy valiosa, eso fue una gran verdad. Éramos merecedores, en un medio hostil y eso fue una gran realización. Pero tuvimos la gran falla crítica de no analizarnos en muchas cosas.A fuer de no ser triunfadores, nos vestimos con una ética romántica de rechazo que era una mentira. Nos disfrazamos como héroes románticos que desprecian el triunfo. Me acuerdo que Cintio decía: "Gracias a Dios que vivimos en un país donde no existe la literatura". Pero cuando llegó el desbarajuste del castrismo y de verdad tuvimos que enfrentarnos a la realidad, en muchos de nosotros, algo de conquistar el triunfo literario, el héroe romántico se convirtió en una máscara un tanto ridícula.Se dio, pues el absurdo de que convertimos en telenovela lo que en verdad habíamos sido. Habíamos sido un grupo decente en un medio chusma y desvergonzado que hicimos una obra seria en medio del desprecio. Pero como teníamos que disfrazarnos de héroes románticos y no podíamos ver la realidad, sobrevino lo grotesco y la farsa. Como hijo de buen vecino, como humanos literatos que somos, aceptamos las prebendas que el castrismo podría traernos: Eliseo y El Caimán Barbudo.

sábado, 28 de enero de 2012

(Otro) 28 de enero



Hace ya 159 años que vino al mundo esa superstición antillana llamada José Martí. Miento: la superstición nació mucho después, en los días alrededor de su muerte, cuando se comenzó a sospechar que con él desaparecían los planos del país futuro. Esa esa quizás una de las principales razones de la permanente ansiedad cubana: no la muerte de su demiurgo más persistente y famoso sino la acumulación de planos en torno a la arquitectura de la futura –ahora pasada- república. Todo lo conseguido siempre nos supo a poco hasta que optamos por la opción más radical, la más falsa y así pasar de los planos de la torre de Babel a la realidad de un edificio de microbrigadas en ruinas. A partir de ahí hemos debido de conformarnos con lo que aparezca y culpar a Martí de todo lo que nos falta o sobra, de no acercarnos siquiera a la idea más humilde –es un decir- que podamos tener de nosotros mismos.

Es fácil culparlo en un pueblo experto en muchas artes pero no en la de la responsabilidad. Y eso –responsabilidad, además de sentido de los límites propios- es lo que se necesita para aquilatar a Martí en sus valores más perdurables que no son los de Mesías o Embaucador Supremo. Ver en él al escritor brillantísimo e imcompleto, al político sagaz con ademanes y jerga de predicador, al sublime ilusionista -sentimental y escrupuloso- que prefirió morir antes de descubrir el sombrero vacío de donde nos prometió que sacaría un conejo, al inventor entre nosotros de la literatura infantil para adultos, del antiimperialismo con fines periodísticos y del republicanismo con fines religiosos (o viceversa). Al traductor, en fin, de ciertos principios de ética universal y de geopolítica a un lenguaje bíblico- modernista que nos disputamos por controlar como si en ello nos fuera el destino, como si se tratara de cualquier objeto sagrado en la saga de Indiana Jones. A quien en sus estrechos 42 años hizo más y deshizo menos de lo que cualquiera de nosotros va a conseguir en toda su vida entre otras razones –y aquí volvemos al gesto irresponsable- porque desconoció la sospecha permanente que nos ha dejado su ejemplo.
 
(Ilustración: "Wrinkled Martí" de Geandy Pavón. Oleo sobre lienzo 48" x 36".)

viernes, 30 de abril de 2010

Ananké

El mito no como falsedad o anestesia local (y circunstancial) sino como relato de eficacia pulida por el tiempo que conecta pasado y futuro. Se puede desarticular en piezas, masacrar sus escombros, creer por un instante que se ha sido derrotado. El dogma, que intenta reducir el mito a un solo sentido, defendiendo su pureza, no hace otra cosa que incapacitarlo, castrarlo, negarle su posibilidad fecunda de transformar el sentido en forma, en imagen. El dogma es su centro mentiroso. Lo esencial -en el mito- es la cáscara. El mito entonces parece ser más resistente que la realidad en la que se proyecta. Los dogmas pueden ser destruidos pero el mito del que estos se habían apropiado, al liberarse de su peso, reaparece más invulnerable y vital. “Parece que el sentido va a morir –dice Roland Barthes- pero se trata de una muerte en suspenso: el sentido pierde su valor pero mantiene la vida, y de esa vida va a alimentarse la forma del mito”. De esa vida y de la esperanza que conlleva se rellena una vez y otra la cáscara del mito. Eso y mucho más (porque de eso se trata, de eludir la ortopedia del sentido) parece decir la pieza “Ananké: el héroe y las moiras” (2009) de Geandy Pavón: