martes, 11 de agosto de 2020

CARTA ABIERTA A LA UNEAC, A DÍAZ-CANEL Y A QUIEN PUEDA INTERESAR

Por Jorge Fernández Era

En días pasados conocí a través de las redes la expulsión de las filas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba del escritor camagüeyano Pedro Armando Junco López, un creador de sostenida obra, ganador de múltiples reconocimientos literarios. La causa: una carta abierta al presidente de Cuba donde cuestiona las recientes medidas económicas tomadas por el Gobierno. Dicha carta, según los funcionarios que le notificaron la separación definitiva, actúa «en franca contradicción con los principios, estatutos y reglamentos de la Uneac».

Aquí, para los que no la conocen, la carta de Pedro Armando:
«Señor presidente Díaz-Canel:
«En su último discurso ante el Consejo de Ministros, televisado y expuesto en la Mesa Redonda, usted hace públicas las determinaciones tomadas al más alto nivel, considerando de antemano la aprobación del pueblo sin consultársele, poniendo en tela de juicio la popularidad de estas medidas».
«Cierto es que los sistemas autocráticos son libres en el accionar de sus ordenanzas y que ya es costumbre atávica en los cubanos resignarse a acatar y obedecer los decretos estatales. Pero me sentí profundamente señalado cuando usted dijo —con otras palabras, desde luego, pues no tengo grabadora en mi casa— que los enemigos de la Revolución utilizan las redes sociales para mentir y confundir a la ciudadanía. Y es precisamente la palabra "enemigos" la que nos ha echado en el mismo saco a los que desean el derrocamiento del sistema que hoy nos dirige, junto a los ciudadanos cívicos que declaramos nuestra verdad y proponemos nuestras opiniones públicamente, por cualquier medio de expresión como reza en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como instituye la nueva Carta Magna cubana y, sobre todo, como el Apóstol de nuestro país nos dejó por herencia: pensar y hablar sin hipocresía y trabajar para que nuestro gobierno sea bueno cuando consideramos que nuestro gobierno se equivoca».
«Es lamentable que la situación económica de mi país, que es su país, haya colapsado y los haya obligado a tomar medidas que desde hace décadas todos sabemos constituyeron errores económicos garrafales, como la penalización del USD. Y más lamentable aún que se abran tiendas especializadas solo para quienes tengan divisas extranjeras, dando una bofetada humillante a la moneda salarial de todos los cubanos y ahora, hasta al injusto CUC, ayer equivalente del dólar y hoy tan segregado como el peso cubano tradicional».
«Es lamentable, señor presidente, que lleguemos a tal extremo de abyección ciudadana y que usted nos tilde de enemigos cuando nosotros somos los verdaderos amigos de la Patria. Somos los que alertamos el cierre del turismo y de las escuelas y universidades al comienzo de la pandemia —reconocido, inclusive por el Primer Ministro—. Somos los que decimos hoy que abran la economía. Si existen enemigos de la Revolución, búsquelo entre los directivos de cuellos blancos, dirigentes militantes del Partido que se prestan a las menos pensadas ilegalidades, y castíguelos. Pero deje de perseguir a los productores: permita que el pescador, pesque; que el agricultor siembre, que el ganadero críe... Pero deje al pescador que venda libremente su producto del mar, que el cosechero se las ingenie y comercialice sus siembras sin que medie el Estado, que el campesino mate su res y la venda al precio que le venga en ganas y se la compre el que pueda; porque por muy injusto que parezca, mayor injusticia es venderle al proletariado en una moneda que no circula en Cuba y a la que solo quienes tienen apoyo desde el exterior, pueden adquirirla».
«Lea con detenimiento este exergo del discurso de Ignacio Agramonte en la Universidad de la Habana hace 158 años»:
«La administración que permite el franco desarrollo de la acción individual a la sombra de una bien entendida concentración del poder, es la más ocasionada a producir óptimos resultados, porque realiza una verdadera alianza del orden con la libertad».
«Únase a nosotros, señor Presidente. Escúchenos a todos por igual: a quienes le adulan, a quienes pretenden destruirlo y a los que nos rompemos la cabeza buscando una salida feliz a la crisis económica que nos envuelve. Y tome luego sabias decisiones».
«Evite el presagio del poeta: porque los pueblos que sufren / como la ortiga que llora / cuando de sufrir se aburren / echan veneno en las hojas».

Fin de la cita. Continúo yo.
En su discurso en el más reciente congreso de la Uneac, el presidente expresó: «Otros temas que, en mi modesta opinión, deberían concitar acciones y reacciones de nuestros creadores agrupados en la Uneac tienen que ver con lo que algunos llamamos "mercenarios culturales", esos dispuestos a linchar a cuanto artista o creador exalte a la Revolución o les cante a las causas más duras y a la vez más nobles en que están empeñadas las fuerzas progresistas de nuestra región y del mundo». ¿Es Pedro Armando Junco López un «mercenario cultural»? ¿Quién lincha a quién y por qué? ¿Por expresar abiertamente, sin ofensas y con respeto, cuestionamientos a políticas que afectan —lo afirma el propio Gobierno— a la mayoría del pueblo trabajador? ¿Nuestros problemas no son también —y primeramente— las «causas duras» a las que hay que cantar sin tapujos y medias tintas? ¿No lo hace Junco López?
Veamos lo que dice el Artículo 4 de los estatutos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba: «La Uneac se adhiere a los principios de la democracia socialista y en consecuencia defiende el derecho a la información, a la palabra, al ejercicio del criterio, a la más amplia libertad de creación, a la investigación, a la experimentación, a la crítica, al debate y a la polémica». ¿La carta entra «en franca contradicción con los principios, estatutos y reglamentos de la organización de creadores»?
«Los límites comienzan donde se irrespetan los símbolos y los valores sagrados de la patria», dijo también Díaz-Canel en el congreso de la organización. ¿Qué símbolos y valores sagrados de la patria irrespetó el escritor camagüeyano?
En diciembre de 2010, el primer secretario del Comité Central del Partido, Raúl Castro, declaró ante la Asamblea Nacional: «No hay que temerle a las discrepancias de criterios, y esta orientación, que no es nueva, no debe interpretarse como circunscrita al debate sobre los Lineamientos. Las diferencias de opiniones, expresadas preferiblemente en lugar, tiempo y forma, o sea, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta, siempre serán más deseables a la falsa unanimidad basada en la simulación y el oportunismo. Es por demás un derecho del que no se debe privar a nadie».
Está claro: a nadie. Ni a Pedro Armando Junco López, que hizo valer un precepto constitucional y habló con la claridad que se espera de un revolucionario. Ni a mí, que ejerzo mi derecho, como cubano y como miembro de la Uneac, a denunciar este flagrante atropello.

viernes, 7 de agosto de 2020

Desde La Habana reportando...

Como diría Raúl Ciro, fresco y sin cortar:

“El otro día hiciste un comentario sobre el viceministro-twitero y recordé una conversación que había tenido el día antes con mi hermana desde Cuba. Me contó algo que sospechaba y de lo que probablemente había leído pero creo que era primera vez que oía el testimonio por parte de alguien que lo estaba viviendo.

Mi hermana tiene un teléfono celular otorgado por el trabajo. El trabajo le da el aparato como tal y le paga la línea, que incluye transmisión de datos y conexión a internet. Lógicamente el teléfono se entrega por cuestiones de trabajo. Mi hermana hace una parte de su trabajo fuera de la oficina y, en estos momentos, cuando tratan que la gente trabaje desde casa, le mandan archivos de trabajo por esa vía y ella envía sus resultados también de esa forma. El problema son las condiciones que le ponen para tener el teléfono. La primera es que hay sitios de internet que están totalmente prohibidos de visitar. Esa condición era de esperarse y de hecho existe en lugares fuera de Cuba, cuando se trata del teléfono del trabajo.

Las otras condiciones son más específicas de allá. Ella tiene que abrir cuentas en distintos medios sociales (Facebook, Twitter y otros) y cada semana tiene una cuota a cumplir de comentarios que tiene que publicar de propaganda política a aquello. Y no solo es una cantidad específica. Cada semana recibe un correo con las instrucciones de la semana: a qué campaña debe sumarse, qué tipo de artículos debe repostear, dónde debe comentar y qué hashtags debe usar. En la oficina existe una persona encargada de registrar cada semana el cumplimiento de estas instrucciones y reportarlo más arriba. El no cumplimiento implica que te quitan el teléfono.

Mi hermana le dijo a la directora del lugar, desde el primer día, que ella no se iba a prestar a eso; que si esa era la condición ella no cogía el teléfono. Pero la directora, que no parece estar en nada, le dijo a la encargada de registrar el cumplimiento que le inventara algo a mi hermana cada semana. Por desgracia esa directora ha renunciado recientemente así que el teléfono de mi hermana peligra cuando llegue un substituto. Mi hermana también me contó que la mayoría, aunque no cree para nada en aquello, está dispuesta a pagar ese precio por tal de tener acceso a un teléfono.

Por lo demás he hablado bastante con mi hermana en estos días sobre las peripecias para comprar comida. Me cuenta de las colas desde la madrugada para conseguir algo y de la euforia que ha sentido al salir por el mediodía con un pote de yogurt, como si se tratara de un tesoro.

Me contó, por ejemplo, de los trabajos para comprar algo en las tiendas online. Ella es de las privilegiadas que puede hacerlo y ha logrado comprar algún que otro paquete pero no es tarea nada fácil. En primer lugar, las cosas se venden en paquetes con varios productos. O sea, que te venden cosas convoyadas en el mejor estilo de una columna de Zumbado. Si quieres comprar un paquetico de perros calientes tienes también que coger tu frazada de piso, tu pomo de aceite y tus jabones, aunque tengas un estante lleno de estos últimos. Lo otro es que las cosas se acaban.

Lo más buscado es el pollo. El mejor mercado, si mal no recuerdo, es el de 3ra y 70. Allí sacan cada día 200 paquetes que tienen ración de pollo (junto a otro montón de cosas convoyadas). La cosa es que el mercado tiene unos 18 000 clientes registrados por lo que cada ración de pollo tiene unos 90 aspirantes a consumidores. La gente, además, ha creado grupos de Whatsupp así que a cada rato el teléfono se te llena de mensajes de “¡Sacaron tal cosa en tal lado!” La cosa es que cuando sale algo es una salación lograr conectarse y terminar la transacción. A lo más que mi hermana ha llegado con respecto al pollo es a tener el paquete en su carrito de compras. Pero en uno de los pasos siguientes, probablemente en la conexión al sistema de pago (que es otra jodedera), se le trabó la pita y perdió el pedido que, como es lógico, no se pudo recuperar.

Y esa es la vida cotidiana de los que pueden darse el “lujo” de comprar en esas tiendas. La mayoría, ni eso. Y es un mundo tan ajeno al de uno, tan raro, tan absurdo; como una película o serie de televisión distópica. Y al mismo tiempo te lo cuenta alguien querido y cercano, con mezcla de agobio, resignación y burla.


jueves, 6 de agosto de 2020

Enrique del Risco:"la libertad y su defensa sí está en el centro de mi obra"

Por ADN Cuba:

Desde su hogar en West New York, Nueva Jersey, el autor de Turcos en la niebla conversa con ADN sobre las circunstancias actuales de su vida en cuarentena, no sin esa dosis de humor que pone en todo lo que hace. Enrique del Risco Arrocha conocido como Enrisco, además de haberse doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nueva York en 2005, es un hombre fascinante que con su perspicacia siempre hilarante, mantiene a sus seguidores en las redes. Hace poco tuvo coronavirus, pero no perdió la sonrisa. Nos dice: exilio, sufrir… ¿qué es eso? Pero también recuerda que el exilio es la respuesta a una vida en dictadura. 

—¿Cómo es el día a día de Enrisco?

—Gracias a la cuarentena (y a que mi universidad usualmente tiene sus vacaciones de mayo a septiembre) he experimentado por primera vez una rutina como las que cuentan los escritores de verdad en las entrevistas: me levanto desayuno escribo, almuerzo, escribo, leo, tomo una siesta, doy un paseo con mi mujer, compro algo en el mercado, preparo la cena, como con la familia oyendo música de tocadiscos, a la antigua. Luego mi mujer y yo vemos una película. O sea, el tipo de rutinas que siempre me pareció lo más aburrido del mundo pero entre la perspectiva que dan los años y que prácticamente todos en la familia tuvimos coronavirus (incluidos mis padres) y sobrevivimos me parece un regalo de la vida. Y como las normas se van relajando muchas veces vienen amigos a comer y estamos despiertos hasta tarde. Como ayer. Tienes que venir a probar mi sazón. He mejorado mucho desde la última vez. Yo y los ingredientes que uso.

— ¿Cómo influye en tu obra el exilio sufrido en España?

—¿Exilio? ¿Sufrir? Por Dios, que los escritores, sobre todo si escribimos en clave de humor, debemos mantener cierta compostura. A España llegué desde la Cuba del Período Especial y a pesar de que por entonces la cuarta parte de la población estaba desempleada, de que la capacidad del país de absorber inmigrantes era nula y de que no teníamos permiso de residencia ni de trabajo, Eida y yo vivimos esa etapa como la gran aventura de nuestras vidas. El transporte público era inmejorable, lo peor que podíamos comer era hígado de puerco y encima estaban los museos, las maravillosas bibliotecas municipales madrileñas con una sección circulante mucho mejor que la de nuestra biblioteca nacional. Y hasta conseguimos reunir una pequeña pero sólida comunidad de amigos. No nos vinimos a dar cuenta de lo mal que lo habíamos pasado hasta que llegamos a Estados Unidos con residencia y permiso de trabajo desde el primer día. Toda esa experiencia española la cuento en mi libro Siempre nos quedará Madrid que a la vez sirve de manual de instrucciones para emigrar a un país, la España de los noventa, que hace tiempo dejó de existir. Pero ese intermedio español me ayudó a ganar perspectiva y a apreciar las ventajas que teníamos los cubanos en Estados Unidos.

—¿Cuánto de político hay en el escritor que eres?

—Si tú supieras: con el tiempo he descubierto que no me interesa la política. Al menos como se entiende acá en Estados Unidos. Como ciudadano voto, participo en discusiones públicas (como ahora con los temas de la discriminación racial o la brutalidad policial) pero no alcanzan a interesarme como escritor, al menos no de la manera superficial e inconsecuente con que suele llevarse a cabo el debate político. Por lo demás la política es algo demasiado circunstancial para definirnos como seres humanos. Lo que sí me interesa como tema vital y creativo es la libertad, tan ligada a la condición de escritor y al mismo tiempo al ser humano en su acepción más plena. Esa libertad de la que la vida pública cubana carece y que muchas veces se trata allá como un simple capricho burgués. Amigos acabados de salir de Cuba han llegado a preguntarme “Pero, verdad ¿Alguna vez te has sentido verdaderamente libre?” Esa pregunta que se la hagan a alguien que siempre haya vivido en una sociedad democrática. Pero para mí, tras la experiencia de vivir en una dictadura, me es difícil no percibir esa libertad a cada paso. Salvando las distancias: pregúntenle eso mismo al que alguna vez haya estado preso para que vean lo que responde.
La política no, pero la libertad y su defensa sí está en el centro de mi obra. Como algo que se busca sin descanso, aunque nunca se alcance del todo. Aunque la libertad nunca se tiene del todo sí se puede perder del todo. No importa lo estable, próspera y libre que sea una sociedad, el peligro de perder sus libertades nunca puede descartarse. Los humanos somos demasiado asustadizos e impresionables como para que renunciemos a la tiranía para siempre.
 
—¿Cómo defines al mundo en la actualidad?
—Ya lo dice el tango “Cambalache”: “el mundo fue y será/ una porquería, ya lo sé./ En el quinientos seis/y en el dos mil, también”. Pero hagamos una distinción: con todo y lo optimista que soy, veo ahora en muchas sociedades una deriva peligrosa hacia los extremos del espectro político mientras el centro se vacía. Una situación parecida a la de hace un siglo, cuando la democracia tuvo una crisis de credibilidad tras la Primera Guerra Mundial y el Crack de 1929 y parecía que las únicas soluciones viables eran el comunismo y el fascismo. En los noticieros de cine de la época, mientras los norteamericanos hacían largas colas para recibir comida, alemanes y soviéticos iban felices a sus fábricas y hacían gimnasia todos a la vez. Era la época en que Hitler y Stalin fueron personajes del año de la revista Time. Me imagino que desde Cuba, con su tiranía de seis décadas, esta situación de caos e histeria se observe con cierta comodidad. Como decir “¿Tú ves? Teníamos razón. La democracia no funciona”. Y ante tanto extremismo no se me ocurre otra cosa que defender valores básicos pero imprescindibles como la honestidad, la decencia y el sentido común.

 

—Cuál es tu postura con respecto a lo ocurrido en Minneapolis?
—Si te refieres al asesinato de George Floyd a manos de un policía no soy muy original. Me parece un crimen alimentado por el racismo y la impunidad. No sé qué le estaría pasando al asesino por la cabeza pero lo más seguro es que pensara que la víctima no tendría un buen abogado que la defendiera y ya eso implica una mentalidad racista, darwiniana en el peor sentido: los débiles que se jodan. Ese policía habrá pensado que no sería condenado por lo que estaba haciendo, incluso aunque lo estuvieran filmando: eso implica una abominable sensación de impunidad. Y pienso que lo primero que hay que hacer es conseguir que crímenes así sean siempre castigados para que no se repitan.
Ahora, ver la indignación que se desata en Cuba por un hecho así por parte de funcionarios o figuras públicas mientras disimulan o hasta defienden las injusticias que sufren día a día la población negra y los cubanos en general me resulta cuando menos repugnante y ridículo. La carencia de derechos básicos de los cubanos es tan aplastante, carencia reforzada por los recientes decretos 349 y 370, que resulta hipócrita referirse a lo que ocurra en cualquier otro sitio mientras en Cuba se carece de los derechos más elementales.

***

—Algo que quieras agregar para los lectores de ADNCUBA...
—Gracias por estar ahí, atentos, curiosos, interesados. Y a ti, con quien hace tanto no hablo cara a cara y a quien le debo un largo abrazo, te deseo lo mejor. Estoy muy orgulloso de ti. Seguimos conectados.

jueves, 23 de julio de 2020

¿Para qué sirve el totalitarismo?

Si insisto en usar el término “totalitarismo” para describir las circunstancias cubanas no es para convertir las UMAP en una sucursal de Auschwitz. Ni para ayudar a clasificar el caso cubano en las olimpiadas del victimismo. Se trata, por un lado, de distinguir casos como el de Cuba de otros autoritarismos más elementales y, por ello, menos resistentes a la crítica y a la realidad. 

Pero mi insistencia también se alimenta de la convicción de que la lógica totalitaria, pese a su aparente asociación “natural” a ciertas ideologías, funciona con independencia del signo de la ideología que la sustenta. Para decirlo de modo más sencillo: se puede ser totalitario de izquierda o derecha. La vocación totalitaria no depende del lado del espectro político que se escoja (conservador o progre) sino de su intensidad. Quienes han usado el término con más persistencia lo entienden no como la manifestación de determinada ideología sino del fanatismo secular moderno cuya capacidad de reproducirse supera con mucho la de las ideologías que le dieron origen. Valga también el concepto para describir a este totalitarismo tribal que está emergiendo en estos tiempos, para ese espíritu de Comité de Base que hoy recorre tanto a la izquierda norteamericana como al trumpismo.

En todos los casos el totalitarismo funciona como comunidad espiritual basada en ciertos resortes de la modernidad. Dicho con prisa: una suerte de religiosidad comunitaria pero sin dios. Una búsqueda de sacralidad que se niega a sí misma (porque para algo somos seres seculares) y que busca confirmarse en ciertos rituales colectivos. Rituales casi siempre concentrados en el acoso y derribo de algún enemigo, sea real o simbólico. Cualquier cosa menos quedar a la intemperie de tener que decidir por uno mismo en todos los momentos de la vida. Ahora que el totalitarismo onoce un renacer sin que un Estado o partido lo imponga resulta más fácil reconocer su naturaleza profundamente humana cuando antes solo veíamos su naturaleza inhumana, como si fueran cosas distintas. 

El totalitarismo es, en fin, una de las respuestas más “naturales” que ha encontrado la humanidad para vivir colectivamente, sin un dios que asuma responsabilidades excesivas para cualquier individuo particular. La otra es esa soledad multitudinaria que llamamos democracia.  


sábado, 18 de julio de 2020

De cómo me inicié en la "cancel culture"

Ahora, en medio de un nuevo debate sobre la vieja censura, alguien recuerda como siendo estudiante de NYU "alguien programó en el KJCC un documental que hablaba favorablemente de Fidel Castro, y Enrique Del Risco armó un reclamo en contra de la proyección. Debía ser 2002 o 2003". Es una suerte que yo tenga buena memoria, el ingrediente esencial para una mala conciencia. Y el caso es que recuerdo bien aquella ocasión en que escribí una carta de protesta contra un documental apologético sobre Fidel Castro realizado por Estela Bravo. También recuerdo que no se trataba de impedir la proyeccion de aquel documental: apologías al castrismo no han dejado de celebrarse antes o después en esas u otras universidades de la ciudad sin que yo me inmutara. Lo que distinguía aquella ocasión era que se pretendiera presentar una organización de escritores latinoamericanos en Nueva York -a la que me invitaron a formar parte- y a los organizadores no se les ocurriera nada mejor para culminar ese lanzamiento que proyectar un documental en el que se alababa al mayor perseguidor de escritores en la historia de mi país. En lugar de lanzar la tal organización con un documental o película sobre algún escritor latinoamericano se optaba por la alabanza a un tirano. ¿Acaso a alguien se le hubiera ocurrido inaugurar una asociación de escritores de cualquier sitio con un documental laudatorio de Pinochet o Videla? ¿Era lógico que unos ratones se presentaran en sociedad con una alabanza a los gatos en lugar de a algún ratón mártir, que los hay de sobra?

Los que subscribimos aquella carta de protesta no pretendíamos prohibir un documental que se exhibía por todas partes en aquellos días. Lo que hicimos en la carta fue cuestionarnos el compromiso de esa organización de escritores con una causa tan esencial para el ejercicio de la escritura como es la libertad de expresión. Como no recibimos respuesta de los organizadores del evento un grupo de activistas y artistas cubanos asistimos al acto de inauguración no a gritar ni a reventar el acto sino a debatir, esa vieja práctica ya extinta. Entre nosotros estaba el escritor Jorge Valls, quien había pasado 20 años en las prisiones cubanas por el simple hecho de ser y a quien llevábamos como prueba viva de las hazañas del Comandante a quien se dedicaba el cierre de la noche. Esa noche, sin embargo, nos quedamos con las ganas de debatir porque al final los organizadores anunciaron que por "dificultades técnicas" no podrían proyectar la película. 

Si esa noche merece que la siga recordando es porque los cubanos que habíamos ido allí nos vimos de pronto ante la situación de que en lugar de espantarnos un documental seguramente abominable para luego discutir con gente que sospechábamos blindada a cualquier argumento, se nos ofrecía la oportunidad utilizar aquella noche en Manhattan para celebrar el simple acto de estar vivos y juntos. Así fue como paramos en una cervecería belga a cien metros de allí donde pasamos las horas siguientes bebiendo y discutiendo a gritos como corresponde. Ya al final de la noche terminamos insurreccionando aquella cervecería donde no se ha bailado antes ni después poniendo a bailar hasta a las camareras mientras el siempre correcto Jorge Valls no dejaba de sonreír desde su asiento.

martes, 14 de julio de 2020

Joseph Brodsky: discurso de graduación, Universidad de Michigan, diciembre, 1988

La vida es un juego con muchas reglas pero sin árbitro. Uno aprende a jugarlo más mirándolo que consultando cualquier libro, incluido el Libro Sagrado. No es de extrañar, entonces, que tantos jueguen sucio, que tan pocos ganen, que tantos pierdan. ...

 En cualquier caso, si este lugar es la Universidad de Michigan, Ann Arbor, Michigan, que yo recuerdo es bastante seguro para mí asumir que ustedes, sus graduados, están aún menos familiarizados con el Buen Libro que aquellos que se sentaron en estos bancos. digamos, hace 16 años, cuando me aventuré aquí por primera vez.

Si recuerdo bien a mis colegas, si sé lo que está sucediendo con los planes de estudio universitarios en todo el país, si no soy totalmente ajeno a las presiones que el llamado mundo moderno ejerce sobre los jóvenes, siento nostalgia por aquellos que se sentaban en sus sillas hace aproximadamente una docena de años, porque algunos de ellos al menos podían citar los Diez Mandamientos y otros incluso recordaban los Siete Pecados Capitales. En cuanto a lo que han hecho con ese precioso conocimiento después, en cuanto a cómo les fue en el juego, no tengo idea. Todo lo que puedo esperar es que a la larga sea mejor guiarse por las reglas y los tabúes establecidos por alguien totalmente impalpable que solo por el código penal.

Dado que lo más probable es que tu vida sea bastante larga, y dado que estar mejor y tener un mundo decente a tu alrededor es lo que probablemente buscas, podrías hacer algo peor que familiarizarte con esos mandamientos y esa lista de pecados. Hay solo 17 elementos en total, y algunos de ellos se superponen. Por supuesto, puedes argumentar que pertenecen a un credo con un historial sustancial de violencia. Aún así, en cuanto a credos respecta, este parece ser el más tolerante; vale la pena considerarlo solo porque dio origen a una sociedad en la que tienes derecho a cuestionar o negar su valor.

Pero no estoy aquí para ensalzar las virtudes de ningún credo o filosofía en particular, ni disfruto, como muchos parecen, la oportunidad de atacar al sistema moderno de educación o a ustedes, sus presuntas víctimas. Para empezar, no te percibo como tal. Después de todo, en ciertos campos, tu conocimiento es inmensamente superior al mío o de cualquiera de mi generación. Los considero un grupo de almas jóvenes y razonablemente egoístas en vísperas de un viaje muy largo. Me estremezco al contemplar su longitud, y me pregunto de qué manera podría serte útil. ¿Sé algo sobre la vida que podría ser de ayuda o consecuencia para ti, y si lo hago, hay alguna manera de transmitirte esta información?

La respuesta a la primera pregunta es, supongo, sí, no tanto porque una persona de mi edad tiene derecho a engañar a ninguno de ustedes en el ajedrez existencial sino porque, con toda probabilidad, está cansado de muchas de las cosas a las que todavía aspiras. (Esta fatiga por sí sola es algo sobre lo que se debe aconsejar a los jóvenes como una característica adicional tanto de su eventual éxito como de su fracaso; este tipo de conocimiento puede ayudarte a saborear lo primero, así como a soportar lo último). En cuanto a lasegunda pregunta, realmente me pregunto. El ejemplo de los mandamientos antes mencionados puede desalentar a cualquier orador para recién graduados, ya que los Diez Mandamientos en sí eran un discurso de graduación, literalmente, debo decir. Pero hay un muro transparente entre las generaciones, una cortina irónica, si se quiere, un velo transparente que casi no permite el paso de la experiencia. En el mejor de los casos, algunos consejos.

Mira, lo que estás a punto de escuchar son solo consejos: de varios icebergs, si puedo decirlo, no del Monte Sinaí. Yo no soy Moisés, ni ustedes son judíos bíblicos; Estas son algunas anotaciones aleatorias garabateadas en una libreta amarilla en algún lugar de California, no tablas de la ley. Ignóralos si lo deseas, duda de ellos si debes hacerlo, olvídalos si no puedes evitarlo; No hay nada imperativo en ellos. Si algo de esto te resulta útil ahora o en el futuro, me alegraré. Si no, mi ira no te alcanzará.

1. Ahora y en el futuro, creo que valdrá la pena concentrarse en ser preciso con tu lengua. Intenta construir y tratar tu vocabulario de la misma manera que tratas tu cuenta corriente. Presta mucha atención e intenta aumentar tus ganancias. El objetivo aquí no es impulsar tu elocuencia de alcoba o tu éxito profesional, aunque eso también puede ser una consecuencia, ni tampoco convertirte en un sofisticado de salón. El objetivo es permitirte articularte de la manera más completa y precisa posible; en una palabra, el objetivo es tu equilibrio. La acumulación de cosas que no se detallan, que no se articulan adecuadamente, puede provocar neurosis. Diariamente, le sucede mucho a la psique; Sin embargo, el modo de expresión de uno a menudo sigue siendo el mismo. La articulación va a la zaga de la experiencia. Eso no va bien con la psique. Los sentimientos, los matices, los pensamientos, las percepciones que permanecen sin nombre, que no se pueden expresar y que quedan insatisfechas con las aproximaciones, se acumulan dentro de un individuo y pueden conducir a una explosión psicológica o implosión. Para evitar eso, uno no necesita convertirse en un ratón de biblioteca. Uno simplemente debe adquirir un diccionario y leerlo todos los días, y, de vez en cuando, leer libros de poesía. Los diccionarios, sin embargo, son de importancia primordial. Hay muchos de ellos alrededor; algunos de ellos incluso vienen con una lupa. Son razonablemente baratos, pero incluso los más caros entre ellos (aquellos equipados con una lupa) cuestan mucho menos que una sola visita a un psiquiatra. Sin embargo, si vas a visitar uno, ve con los síntomas de un adicto al diccionario.

2. Ahora y en el futuro, trata de ser amable con tus padres. Si, para tu comodidad, esto suena demasiado cerca de "Honrarás a tu madre y padre" que así sea. Todo lo que estoy tratando de decir es que trates de no rebelarte contra ellos, ya que, con toda probabilidad, morirán antes que tú, así podrás ahorrarte al menos esta fuente de culpa, si no de dolor. Si debes rebelarte, rebélate contra aquellos que no te lastiman tan fácilmente. Los padres son un objetivo demasiado cercano (por lo tanto, por cierto, son hermanas, hermanos, esposas o esposos); están tan cerca que no podrías fallar. La rebelión contra los padres de uno, con todo su no-pienso-aceptar-ni-un- centavo-de-ustedes, es esencialmente una cosa extremadamente burguesa, porque le brinda al rebelde lo máximo en comodidad, en este caso, comodidad mental: la comodidad de las propias convicciones. Cuanto más tarde llegues a este patrón, más tarde te convertirás en un burgués mental, es decir, cuanto más tiempo te mantengas escéptico, con dudas, intelectualmente incómodo, mejor será para ti.

Por otro lado, por supuesto, ese negocio de ni-un-centavo tiene sentido práctico, porque tus padres, con toda probabilidad, te legarán todo lo que tienen y el rebelde exitoso terminará con toda su fortuna, intacta. En otras palabras, la rebelión es una forma muy eficiente de ahorro. Sin embargo, el interés es paralizante. Yo diría capaz de llevarte a la bancarrota.

3. Trata de no dar demasiada importancia a los políticos, no tanto porque sean tontos o deshonestos, lo cual es frecuente, sino por las dimensiones de su tarea, son demasiado grandes incluso para los mejores de ellos. sean de este o de aquel partido político, doctrina, sistema o anteproyecto del mismo. Todo lo que unos u otros pueden hacer, en el mejor de los casos, es disminuir un mal social, no erradicarlo. No importa cuán sustancial sea una mejora, éticamente hablando siempre será insignificante, porque siempre existirán aquellos -digamos que una sola persona- que no se beneficiarán de esta mejora. El mundo no es perfecto; la edad de oro nunca fue o será. Lo único que le va a pasar al mundo es que se hará más grande, es decir, más poblado sin crecer en tamaño. No importa con cuanta justeza el hombre que hayas elegido prometa cortar el pastel, este no crecerá en tamaño; De hecho, las porciones se harán más pequeñas. A la luz de eso, o, mejor dicho, a oscuras, deberías confiar en tu propia cocina casera, es decir, en administrar el mundo por ti mismo, al menos esa parte que está a tu alcance, dentro de tu radio. Sin embargo, al hacer esto, también debes prepararte para la comprensión desgarradora de que incluso ese pastel suyo no será suficiente; debes prepararte para cenar con desilusión y gratitud. La lección más difícil de aprender aquí es mantenerte firme en la cocina, ya que solo con servir el pastel se crean muchas expectativas. Pregúntate si podrás permitirme el suministro constante de esos pasteles, o preferirás regatearle a un político. Cualquiera que sea el resultado de esta indagación espiritual, por mucho que pienses que el mundo puede apostar por tu horneado, puedes comenzar por insistir en que esas corporaciones, bancos, escuelas, laboratorios y todo lo demás donde estarás trabajando, con sus instalaciones climatizadas y vigiladas durante todo el día de todos los modos posibles, permitan que las personas sin hogar pasen la noche, ahora que es invierno.

4. Trata de no sobresalir, trata de ser modesto. Hay demasiados de nosotros tal como somos, y muy pronto habrá muchos más. Por lo tanto, se alcanza a ser el centro de atención a costa de los que no llegan. Que tengas que pisarle los dedos de los pies de alguien no significa que debas pararte sobre sus hombros. Además, todo lo que verá desde ese punto de vista es el mar humano, además de aquellos que, como tú, han asumido una posición igualmente conspicua y precaria: aquellos que llamamos ricos y famosos. En general, siempre hay algo levemente desagradable en estar por encima de los demás, y cuando los demás llegan a ser miles de millones, lo es aún más. A esto hay que agregar que los ricos y famosos en estos días también vienen en multitudes, que la cima está muy concurrida. Entonces, si quieres hacerte rico o famoso o ambos, sigue adelante, pero no lo consideres una gran cosa. Codiciar lo que alguien más tiene es renunciar a tu singularidad; Por otro lado, por supuesto, estimula la producción en masa. Pero como el camino de la vida se recorre solo una vez, es sensato tratar de evitar los clichés más obvios, incluidas las ediciones limitadas. La noción de exclusividad, fíjate, también te hace renunciar a tu singularidad, sin mencionar que reduce tu sentido de la realidad de lo que ya has conseguido. Mucho mejor que pertenecer a un club es ser empujado por las multitudes de aquellos que, dados sus ingresos y su apariencia, representan, al menos teóricamente, un potencial ilimitado. Trata de ser más como ellos que como aquellos que no son como ellos. Trata de vestirte de gris. El mimetismo es la defensa de la individualidad, no su rendición. También te aconsejaría que bajaras la voz, pero me temo que pensarás que voy demasiado lejos. Aún así, ten en cuenta que siempre hay alguien a tu lado, tu prójimo. Nadie te pide que lo ames, pero trata de no lastimarlo o incomodarlo demasiado; trata de pisar con cuidado los dedos de sus pies; y si vas a codiciar a su mujer, recuerda al menos que esto atestigua el fracaso de tu imaginación, de tu falta de confianza -o tu ignorancia- en el potencial ilimitado de la realidad. Las cosas no hacen más que empeorar, trata de recordar de cuán lejos -de las estrellas, de las profundidades del universo, tal vez desde su extremo opuesto- llegó esa solicitud de que no desearas la mujer del prójimo, así como la de amar a tu prójimo como a ti mismo . Tal vez las estrellas saben más sobre la gravedad, así como sobre la soledad, que tú; codiciando los ojos que ellas son.

5. A toda costa trata de evitar otorgarte el estatus de víctima. De todas las partes de tu cuerpo, concentra tu atención en tu dedo índice, siempre ávido de señalar culpas. Un dedo apuntando es el logotipo de la víctima, lo opuesto al signo de victoria y sinónimo de rendición. No importa cuán abominable sea tu condición, trata de no culpar a nada ni a nadie: ni a la Historia, el estado, los superiores, tu raza, tus padres, las fases de la luna, tu infancia, la manera en que te enseñaron a ir al baño, etc. El repertorio es vasto y tedioso, y esa vastedad y ese tedio por sí solos deberían ser lo suficientemente ofensivos como para indisponer tu inteligencia contra la búsqueda de culpables. En el momento en que culpas algo, socavas tu determinación de cambiar cualquier cosa; se podría argumentar incluso que ese dedo ávido de culpas oscila tan salvajemente como lo hace porque la resolución nunca fue lo suficientemente grande en primer lugar. Después de todo, la condición de víctima no está exenta de dulzura. Inspira compasión, confiere distinción y naciones y continentes enteros se regodean oscuramente con los descuentos mentales anunciados para la conciencia de ser víctima. Existe toda una cultura del victimismo, que va desde los consejeros privados hasta los préstamos internacionales. A pesar del objetivo declarado de este sistema del victimismo, su resultado neto es reducir el umbral de expectativas de uno, de modo que una ventaja miserable se pueda percibir o facturar como un gran avance. Por supuesto, esto es terapéutico y, dada la escasez de recursos del mundo, quizás incluso higiénico, así que a falta de una mejor identidad, uno podría abrazar la condición de víctima, pero trata de resistirte a eso. Por abundante e irrefutable que sea la evidencia de que estás en el bando perdedor, niégalo siempre y cuando tengas conciencia para hacerlo, siempre y cuando tus labios puedan decir "No". En general, trata de respetar la vida no solo por sus comodidades sino también por sus dificultades. Son parte del juego, y lo bueno de una dificultad es que no es un engaño. Siempre que estés en problemas, en algún apuro, al borde de la desesperación o en plena desesperación, recuerda: esa es la vida que te habla en el único idioma que conoce bien. En otras palabras, trata de ser un poco masoquista: sin un toque de masoquismo, el significado de la vida no está completo. Si esto es de alguna ayuda, trata de recordar que la dignidad humana es una noción absoluta, no fragmentaria, que es inconsistente con ruegos especiales, que deriva su equilibrio de negar lo obvio. Si encuentras este argumento un poco exagerado, piensa al menos que al considerarte una víctima, aumentas el vacío de irresponsabilidad que los demonios o los demagogos aman tanto, ya que una voluntad paralizada no es apreciada por los ángeles.

6. El mundo en el que estás a punto de entrar y existir no tiene una buena reputación. Ha sido mejor geográficamente que históricamente; Todavía es mucho más atractivo visualmente que socialmente. No es un lugar agradable, como pronto descubrirás, y dudo que llegue a ser mucho mejor para cuando lo dejes. Aún así, es el único mundo disponible; no existe alternativa, y si existiera, no hay garantía de que sería mucho mejor que este. Es una jungla allá afuera, así como un desierto, una pendiente resbaladiza, un pantano, etc., literalmente, pero, lo que es peor, también metafóricamente. Sin embargo, como ha dicho Robert Frost, "la mejor salida es siempre salir adelante". Sin embargo, también dijo, en un poema diferente, que "ser social es ser indulgente". Es con algunas observaciones sobre este negocio de salir adelante con que me gustaría cerrar.

Trata de no prestar atención a aquellos que intentarán hacerte la vida imposible. Habrá muchos de ellos, tanto designados oficialmente como por cuenta propia. Súfrelos si no puedes escapar de ellos, pero una vez que te hayas alejado de ellos, préstales la menor atención posible. Sobre todo, trata de evitar contar historias sobre el trato injusto que recibiste de ellos; evítalo sin importar cuán receptivo pueda ser tu público. Cuentos de este tipo extienden la existencia de tus antagonistas; lo más probable es que cuenten con que seas parlanchín y con que le cuentes tu experiencia a otros. Por sí mismo, ningún individuo vale un ejercicio de injusticia (o para el caso, de justicia). La proporción de uno a uno no justifica el esfuerzo: lo que cuenta es el eco. Ese es el principio principal de cualquier opresor, ya sea patrocinado por el estado o autodidacta. Por lo tanto, prívalo del eco, para que no permitas que un evento, por desagradable o trascendental, reclame más tiempo del que tomó para que ocurriera.

Lo que hacen tus enemigos deriva su significado o consecuencia de la forma en que reaccionas. Por lo tanto, acelera o pasa por ellos como si fueran luces amarillas y no rojas. No te entretengas mental o verbalmente; no te enorgullezcas de perdonarlos u olvidarlos; como cosas no hacen más que empeorar, empieza por olvidarlas. De esta manera ahorrarás a tus neuronas mucha agitación inútil; de esta manera, tal vez, incluso puedes salvar a esos cabezadepuerco de sí mismos, ya que la posibilidad de ser olvidado es más corta que la de ser perdonado. Así que cambia el canal: ya no puedes eliminar ese canal al menos puede reducir sus índices de audiencia. Ahora, no es probable que esta solución complazca a los ángeles, pero, de nuevo, está destinada a dañar a los demonios, y por el momento eso es todo lo que realmente importa.

Mejor me detengo allí. Como dije, me alegraré si encuentras útil lo que he dicho. De lo contrario, demostrarás que estás equipado mucho mejor para el futuro de lo que cabría esperar de personas de tu edad. Lo cual, supongo, es también un motivo de alegría, no de aprensión. En cualquier caso, bien equipado o no, te deseo suerte, porque lo que se avecina no es un picnic ni para los preparados ni para los que no están preparados, y necesitarás suerte. Aún así, creo que lo lograrás.

No soy gitano; No puedo adivinar tu futuro, pero es bastante obvio a simple vista que tienes mucho entre manos. Por decir lo menos, naciste, que es en sí la mitad de la batalla, y vives en una democracia, esta casa a medio camino entre la pesadilla y la utopía, que pone menos obstáculos en el camino de un individuo que las otras alternativas.

Por último, has sido educado en la Universidad de Michigan, en mi opinión, la mejor escuela de la nación, aunque solo sea porque hace 16 años le dio un descanso muy necesario al hombre más perezoso del mundo, quien, además de eso, prácticamente no hablaba inglés. Enseñé aquí durante unos ocho años; la lengua en la que me dirijo hoy la aprendí aquí; algunos de mis antiguos colegas todavía están en la nómina, otros se retiraron y otros aún duermen el sueño eterno en la tierra de Ann Arbor que ahora pisas. Claramente este lugar tiene un valor sentimental extraordinario para mí; y así será, en una docena de años más o menos, para ti. Hasta ese punto, puedo adivinar tu futuro; a ese respecto, sé que te las arreglarás o, más exactamente, alcanzarás lo que deseas. Porque sentir una ola de calidez viniendo sobre ti en una docena de años ante la mención del nombre de esta ciudad indicará que, con suerte o sin suerte, como ser humano has tenido éxito. Es este tipo de éxito lo que deseo sobre todo en los años venideros. El resto depende de la suerte e importa menos.


lunes, 13 de julio de 2020

Schomburg: un hombre con planes

Hay gente voluntariosa y fértil. Que de una ceguera infantil sacan una deslumbrante carrera musical o de una botella que le tiraron por la cabeza la idea para diseñar un avión o un submarino. O como Arturo Schomburg, que convirtió una negativa en inspiración de su vida. Afrolatino, siendo parte de un club de lectura en quinto grado, al pedir “un libro sobre la historia de su raza se le respondió que tal historia no existía”. Y Schomburg dedicó su vida a demostrar lo contrario. Otro con menos carácter habría entrado en depresión o intentado demostrar que era un blanquito demasiado tostado por el sol.

Schomburg supo lo que era ser discriminado desde niño. No solo por el color de su piel. Nacido el 24 de enero de 1874 en San Juan, Puerto Rico, fue bautizado como Arturo Alfonso, “hijo natural”. “Naturales” les llamaban a los niños nacidos fuera del matrimonio y por tanto era “natural” que su padre se desentendiera de él. Ni falta que hacía: a Arturito le bastaba con su madre María Josefa, nacida en St. Croix, en la colonia danesa de Islas Vírgenes, y el resto de su familia materna.

Su infancia y adolescencia transcurrieron entre Puerto Rico y las vecinas Islas Vírgenes. Negro, pobre y viviendo en una colonia era “natural” que su educación formal no pasara de los niveles elementales. Pero el adolescente Schomburg, inteligente y curioso, no se iba a quedar en el punto que decidiera la sociedad y se hizo autodidacta suma cum laudem. Y matriculó en dos de las grandes instituciones de ascenso social de la época: la tabaquería y la masonería.

Los tabaqueros conformaban uno de los gremios más cultos y los masones atraían a muchas de las mentes más inquietas. Una de las mayores inquietudes de Schomburg era independizar su isla, Puerto Rico, de España. Inquietud que hizo que a los 17 años la isla le quedara pequeña y buscara nuevos horizontes antes de que las autoridades le redujeran el suyo al que cupiera en la ventana de una celda.

De manera que en 1891 Schomburg se fue a Nueva York y de inmediato se vinculó a la logia “El Sol de Cuba 18” compuesta por cubanos y puertorriqueños. También integró el Club Dos Antillas dedicado a laborar por la independencia de Cuba y Puerto Rico. Admirador de Martí, al iniciarse en 1895 la guerra de independencia cubana, Schomburg estuvo entre los fundadores de la sección puertorriqueña del Partido Revolucionario Cubano, participando en la famosa reunión donde se decidió que la bandera oficial de Puerto Rico fuera como la cubana con los colores invertidos y así ahorrarse el diseñador.

Pero no todo iba a ser independencia. Hacía falta un Plan B. Y Schomburg a poco de llegar a Nueva York se puso a estudiar inglés. Y a trabajar, desde los puestos más humildes hasta alcanzar el de supervisor de la sección postal para Latinoamérica de la Bankers Trust Company. Con el dinero que ganaba allí fue ampliando lo que constituiría la base de la Schomburg Collection of Negro Literature and Art. Figura destacada del Harlem Renaissance, en 1911, Schomburg fundó la Negro Society for Historical Research y en 1915 la Association for the Study of Negro Life and History.

En lo personal, Schomburg se dedicó a casarse, tener hijos y enviudar. Se casó tres veces, enviudó dos y tuvo ocho hijos con nombres como Máximo Gómez, el dominicano héroe de la independencia cubana, Guarionex, cacique rebelde dominicano, o Plácido, poeta mulato cubano fusilado. Bastaba llamarlos a comer para dar una clase de Historia caribeña.

Schomburg murió en 1938 y en su honor la New York Public Library creó en Harlem el Schomburg Center for Research in Black Culture. Fue el único latinoamericano incluido en la Enciclopedia de los 100 Grandes Afroamericanos. Llamarse Schomburg, y no Pérez, debió ayudar.

martes, 23 de junio de 2020

Los pepillos y los guapos


¿Hubo alguna vez algún tipo de división racial en las escuelas de nuestra juventud? Antes de descartar la pregunta invito a pensarla despacio. Porque la más reconocida división en las escuelas de nuestra adolescencia no era racial sino más bien “cultural”. Era la que había entre los pepillos y los guapos. La clasificación variaba de nombre con los años pero la división se mantuvo intacta (de un lado los pepillos, bitongos, frikis, del otro los guapos, cheos). División que se perpetúa ahora -si no estoy mal informado- en la clasificación entre mikis y reparteros. Una demarcación que, aunque fijada en base a preferencias musicales, modos de vestir etc, tenía como base las diferencias de clase y de raza.

Los pepillos era mayoritariamente blancos, solían vivir en los mejores barrios, les gustaba el rock, el pop norteamericano. Los guapos eran mayoritariamente negros, vivían en los peores barrios de la ciudad y preferían la música bailable cubana o la música afroamericana. Ser pepillo negro o guapo blanco no era infrecuente pero visto en conjunto resultaba una anomalía estadística. Los límites entre la pepillancia y la guapería, no siendo estrictamente raciales, solían ser permeables. Se podía pasar de una condición a otra por preferencias personales o presión colectiva. Fuera de La Habana supongo que funcionaría distinto y ser pepillo en pueblos pequeños fuera una verdadera rareza.
            
Mi escuela secundaria, situada en Miramar estaba dividida casi a partes iguales entre pepillos y guapos. Los pepillos eran de los alrededores de la escuela. Los guapos venían desde más lejos, de Buenavista. Yo no era nada. Puesto a escoger me sentía más cercano a los guapos aunque fuera porque vivía a pocos metros de Buenavista pero a la hora de las fiestas todos íbamos a las de Miramar. En la escuela las batallas eran campales: de guapos con pepillos, de guapos con guapos, que para eso eran guapos. Allí una navaja no era una anomalía estadística. 

Al llegar al preuniversitario en la vocacional Lenin, una escuela mayoritariamente blanca, me hice pepillo como pepilla era la práctica totalidad de la escuela. Pero pepillos que aprendíamos a bailar casino, el baile oficial de los guapos, supongo que para multiplicar las opciones de apareo. 

Era una división conocida pero discreta. Porque desde la abolición oficial de las clases sociales y las razas el pueblo debía estar unido y así nunca sería vencido. Uno de los despliegues públicos más sonados de la oposición entre guapos y pepillos fue la primera competencia anual de ese fenómeno televisivo y social que fue el programa Para bailar. Las dos parejas finalistas eran dos pares de hermanos: los Santos contra los Francia. Ninguno era blanco pero debe considerarse que el racismo cubano es altamente sofisticado. Los Santos, de piel más oscura eran los representantes de los guapos: además del color de la piel los definía como guapos su manera de vestir, su gestualidad, la energía con que atacaron el “Aguanile Boncó” de Irakere. Los Francia - hijos de embajadores según se decía- eran de piel más clara, y se inclinaban por música claramente pepilla. Al final el jurado votó por los Santos pero la mitad del país que prefería a los Francia recibió la decisión escandalizada. Se contaba que ante la rebelión desatada hubo que interrumpir la transmisión para luego remendarla de mala manera. Meses después de la competencia todavía se podía ver grupos que con las venas del cuello a punto de reventar se gritaban a la cara “¡Los Santos!”, “¡Los Francia!”, gritos de guerra que proclamaban una división que oficialmente no existía.


miércoles, 17 de junio de 2020

Entrevista: “Los latinos estamos condenados a llevarnos bien al vivir en EU”*

¿Por qué el término comunidad latina funciona en Estados Unidos? es una pregunta que responde el autor Enrique del Risco (La Habana, 1967) en su reciente novela Turcos en la niebla, en donde Wonder Recio, un cubano exiliado en New Jersey, Estados Unidos, hace una transmisión por Facetime mientras espera que policías entren a su taller y lo arresten.

El libro, editado por Alianza, narra la vida de cuatro personajes: Wonder, hijo de revolucionarios, cuyo padre fue un falso preso en Cuba; Eltico, antiguo voluntario en las filas de la contra nicaragüense; Alejandra, psicoterapeuta argentina exiliada en Estados Unidos; y British, un profesor de historia del arte experto en pintura del siglo XIX.

“Son personas que han salido de sus países para llegar a Estados Unidos y empezar otra oportunidad, yo siempre digo que el sueño de Bolívar se cumple en mi barrio porque es 10 por ciento cubano, 10 por ciento dominicano, 10 por ciento mexicano, 10 por ciento colombiano y estamos condenados a llevarnos bien como posiblemente no nos llevaríamos bien en otro país”, señaló el autor.

Los latinos en Estados Unidos son de ahí, no son hondureños ni argentinos, son latinos porque de repente esa identidad tiene sentido, agregó Enrique del Risco, ganador del XX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones.

“En el libro todos pertenecen a una comunidad signada por los cubanos en el sentido de una conexión con sus raíces, pero también por cuestiones políticas. Aunque ésta no es una novela política, va de política, es decir, no es una novela donde trato de convencer sobre algo político, pero al mismo tiempo los personajes han sido marcados por una experiencia política como la cubana”, indicó.

Enrique del Risco enfatizó en que sus personajes crean una pequeña humanidad. “La novela trata de reproducir una comunidad humana a pequeña escala con todo y los problemas que trae la convivencia: intereses, ideologías, miedos”.

Sobre Wonder, la persona que está transmitiendo por Facetime, el autor precisó que cuando éste cuenta su historia, lo hace para que no lo tomen como un loco o un terrorista, sino como alguien que tiene sentido. 

“Pienso que ésa es parte de la historia de todos los seres humanos: el deseo de encontrarle sentido a la vida y que los demás se enteren de ese sentido. En este caso, lo llevo al extremo”, detalló.

En palabras del escritor esa acción es el dramatismo de la despedida del mundo.

“Tiene que ver con la historia principal de Las mil y una noches: estoy contando una historia antes de que llegue la muerte para evitar que llegue la muerte. Esto es igual, se está despidiendo del mundo, está esperando ver la muerte, pero también espera el amanecer, una especie de Scherezade”.

GENERACIÓN EXILIO. Hay otra imagen que Enrique del Risco utiliza en la novela: un cuadro del pintor estadunidense Edward Hopper (1882-1967).

“Es un cuadro famoso de Edward Hopper, uno de los grandes maestros norteamericanos que se vendió no hace mucho en 40 millones de dólares, que es una esquina del barrio mío: una modesta casa ubicada en Boulevard East y la calle 49 en West New York, New Jersey. De ahí surge la pregunta ¿por qué darle sentido a esas pequeñas historias, a esos pequeños rincones del mundo?”, destacó.

Otro tema presente en la novela es la generación e hijos exiliados y el sentido que le dan a su vida.

“Los personajes pertenecen a una generación de hijos cuyos padres pertenecen a un relato heroico, a favor o en contra, pero el relato histórico de la revolución, porque el padre de Wonder había ayudado a hacer la revolución, había luchado con el Che y siempre estaba contando esas historias, después se había vuelto en contra de la revolución supuestamente”, comentó.

Pero esa parte de ese relato heroico tiene un peso para los hijos, agrega.

“De pronto la generación de hijos se cuestiona: si ellos, nuestros padres, fueron la revolución, ahora ¿qué somos nosotros?, ellos hicieron el mundo y ahora ¿qué somos nosotros?, ¿simples seguidores del mundo?”, precisó.

En la medida que los personajes maduran, superan el pasado, indicó Del Risco. “Está el tema central de la madurez, donde los seres humanos aprender a vivir y a ver que es nuestra propia responsabilidad el futuro y no estarle echando la culpa eternamente a los padres”.

Enrique del Risco Arrocha es historiador de arte por la Universidad de La Habana cuenta con un doctorado de Literatura latinoamericana por la Universidad de Nueva York, donde trabaja como profesor.


Publicado en Crónica.

Néstor Díaz de Villegas: “Viví en la Era Arenas y le conozco las entrañas”*

El totalitarismo no es especialmente fecundo en poetas malditos. La burda pero eficaz intuición totalitaria suele detectar y machacar a los poetas mucho antes de que puedan descubrir su propio malditismo. A partir de entonces no les queda otra que convertirse en poetas mártires o disidentes. Si no es que los domestican antes. En el caso de Néstor Díaz de Villegas tales opciones (martirologio, disidencia o vasallaje) le fueron servidas con apenas dieciocho años, cuando lo condenaron a pasar los próximos seis en la cárcel por un poema que en cualquier otro sitio se habría tomado por broma adolescente. (Más joven aún lo habían expulsado de la escuela de arte San Alejandro por “extravagancia” y otras yerbas.) Sin embargo, al salir rumbo a los Estados Unidos en 1979 tras un lustro en prisión, persistió, negado a la lógica totalitaria, en su vocación de poeta y de maldito. Y así hasta este hoy impreciso en que hablamos de sus relaciones con Reinaldo Arenas y con la generación del Mariel que, según el propio Néstor, no existe.

Enrique del Risco

¿Tuviste, como Arenas, una fase inicial de encantamiento con la Revolución o saltaste directamente al desencanto? ¿Coincidió ese desencanto con tus primeros pasos como poeta?

No logro recordar un momento de encantamiento, sólo los episodios de desencanto. Recuerdo el día que confiscaron la zapatería de mi tío Pedrín y el excusado del bar donde le dio un infarto. Así entró el terror en nuestras vidas. Recuerdo el día en que trajeron al pueblo el cuerpo de Rigoberto Tartabull en un helicóptero militar, una piltrafa envuelta en un trapo de camuflaje. Era la guerra del Escambray vista de cerca. A los once años me reconcentraron en Topes de Collantes con otros ocho mil estudiantes de enseñanza media. Ese fue el principio de mis vagabundeos. El origen de mi poesía posiblemente esté en esas vivencias.

Tuviste un raro privilegio entre los escritores de Mariel o de otras generaciones: el de haber ido a la cárcel por tus escritos cuando lo usual es que el poder cubano prefiera usar pretextos menos glamorosos a la hora de encarcelar escritores. ¿Cómo te sentías al respecto? ¿Cómo reaccionó tu poesía?

Me sentía muy por encima de mis coetáneos, con la prepotencia típica de la juventud. Era el primer contrarrevolucionario en unas escuelas repletas de lamebotas. Me consideraba un iluminado. En la cárcel dejé de escribir de política y me dediqué a la lírica. Definí mis afinidades y propósitos, y compuse bellos poemas a contrapelo del prosaísmo de la época.

¿En qué circunstancias conociste a Reinaldo Arenas? ¿Qué impresión te causó?

En los primeros setenta, merodeando La Habana Vieja en compañía de mi amigo Pedro Jesús Campos, entré en contacto con gente muy interesante, entre la que se encontraba un extraño personaje que era amigo de Tomasito la Goyesca. Reinaldo se presentó en mi vida a la manera en que el barón de Charlus aparece en la novela de Proust; es decir, oblicuamente.

Por entonces, Pedro recitaba unas estrofas anónimas que decían “¡Ah, la Goyesca, gaya, enjoyada, soltando yescas!”, parado encima de un banco del Parque de la Fraternidad. Tuve la suerte de descubrir esa poesía de la manera más extraordinaria. Más tarde, en el Miami de 1980, ocurrió la conexión de las rimas y su autor secreto.

Saliste de Cuba en 1979 como parte de aquel proceso de vaciamiento de las cárceles de presos políticos directamente hacia los Estados Unidos ¿Cuáles fueron las primeras impresiones que tuvieron a su llegada a los Estados Unidos? ¿Alguna sorpresa o decepción que te impactó en aquellos primeros instantes?

Soy un optimista, y por eso le encontré el lado bueno a mi nueva situación. Lo que no significa que el exilio fuera un lecho de rosas, sobre todo en el momento del aterrizaje y el vapuleo de costa a costa, el desarraigo, la morriña y la depresión. Pero, en nuestra época, la libertad era una necesidad, como bien dijo Reinaldo, y un camino sin retorno. De la extrañeza y la decepción fue responsable, principalmente, la idea falsa de una Arcadia a noventa millas que había insuflado en nuestras conciencias la música popular norteamericana, otro daño colateral del lavado imperialista de cerebro.

Tu condición de miembro de la generación de Mariel es si acaso– excéntrica: cuando empezaron a llegar los marielitos a la Florida ya llevabas meses allí. ¿Podrías hablar de la llegada de aquel torrente de seres humanos? ¿Qué impresión te causó? ¿Cómo participaste del proceso de recepción de los refugiados?

Llegué a Estados Unidos exactamente un año antes del Mariel. Había vivido un tiempo en Los Ángeles y estaba de regreso en Miami cuando la toma de la embajada del Perú. Del lado de acá hubo una explosión social paralela. Las calles se llenaron de decenas de miles de manifestantes y en las inmediaciones del Miami Dade College de la Calle 8 se levantó una especie de catedral del pueblo enardecido, con cientos de catres disponibles para los huelguistas de hambre. Se alzaron barricadas, se paralizó el tráfico y se armó un caos que llegó a convertirse en característica permanente de la ciudad.

Desde mi puesto de observación entre las turbas, vi cómo se desaprovechaba la oportunidad del siglo. Vi a un pueblo dando palos de ciego, sin dirigencia, ni estrategia, ni estratagemas. Entendí con absoluta certeza el error de un puente marítimo que salvara la situación, cuando lo que se requería era provocar una catástrofe. Al comienzo del Mariel, recibí a medio Parque Cristo en mi diminuto apartamento de Coconut Grove. Diez o doce personas desesperadas, sin un lugar donde meterse, entre las que se encontraba Pedro Jesús Campos.

Se habla mucho de la incomprensión o incluso de abierta hostilidad del exilio de Miami hacia los marielitos recién llegados. ¿Hubo algo de eso?

En 1980, en la esquina de la farmacia Robert de Flagler Street, me tropecé por casualidad con El Meme, un asesino en serie que había conocido en la cárcel Pretensado de Santa Clara, en 1974. El Meme era un caballero fascinante que estaba preso desde antes de la Revolución y del que se contaba que había cometido asesinatos espectaculares por dondequiera que había pasado.


Se enamoró de mí, y sólo un traslado providencial al campo de concentración de Ariza me salvó de tener que darle el sí. Ahora se limpiaba las uñas con un cuchillo a la entrada de la farmacia. No me reconoció, pero me dio las más efusivas gracias por haberlo recordado.

Por el Mariel no llegó solamente la intelectualidad marginal, sino toda la hediondez de Cuba. Miami se hinchó como una rata de cloaca, y hubo un momento en que no pudo admitir ni un barco de basura más. Aún no existía la DEA, y los delincuentes que Fidel despachó en los camaroneros desembarcaban aquí y al otro día estaban armados con escopetas de dos cañones. Un primo que vino a visitarme, creo que en el 1982 o el 1983, me llevó a su carro para proponerme un tumbe, y cuando abrió el maletero vi que cargaba un par de carabinas Remington y cinco o seis pistolas.

Ese fue el Miami donde irrumpieron los marielitas. Ese fue el Miami que Fidel tomó por asalto. No había empleos, ni viviendas disponibles. La ciudad estaba copada y comenzó entonces el éxodo masivo de americanos blancos, el llamado white flight. El South Beach judío se transformó en un espantoso gueto cubano. La portada de la revista Time se preguntaba, en 1981, si Miami no se habría convertido en el Paradise Lost.

¿Cómo eran las relaciones entre el viejo exilio literario cubano y los marielitos? ¿Puedes darnos ejemplos concretos?

El viejo exilio literario nos recibió con los brazos abiertos. En la residencia del profesor Orlando Rodríguez Sardiñas se organizaron tertulias literarias que casi siempre terminaban mal, porque Carlitos Victoria y Benjamín Ferrara eran borrachos empedernidos que después de beberse todo el alcohol disponible se ponían insoportables. Esteban Luis Cárdenas era alcohólico, pero siempre elegante. Nadie le hacía el menor caso a la obra de nuestro ilustre anfitrión.

A la villa de Olga Connor en Coconut Grove asistía un público más selecto. Allí se presentaron Reinaldo Arenas, Heberto Padilla y creo que hasta Vargas Llosa. Recuerdo la noche en que me enfrasqué en una discusión bizantina con un viejo atorrante que yo no conocía, y que resultó ser el poeta chileno Gonzalo Rojas. Creo que lo hice papilla y que el público me aplaudió. Igualmente acogedora fue la tertulia de la profesora Ofelia Hudson, una mujer devota de los escritores y artistas marielitas.

La librería SIBI de Bird Road fue el epicentro de la actividad cultural del Mariel. Allí conocí a Carlos Montenegro, y una vez leí con él. Era un tipo imponente, de pelo en pecho, cadenón de oro y bigote teñido, con una jevita colgada del brazo, que recuerdo siempre joven y voluptuosa. También conocí a Lydia Cabrera, a Pura del Prado, a Marcia Morgado y a los hermanos Abreu. Allí leyó Pedro Campos, en una de las raras ocasiones en que se rebajó a participar de la farándula literaria.

Una vez Nancy y Juan Manuel Pérez Crespo, los dueños de SIBI, llevaron a René cenar a un restaurante de Coral Gables, y cuando apareció un plato de carne de puerco, el dramaturgo, que era vegetariano militante, volcó la mesa y arrojó la comida al piso. El viejo exilio literario fue extremadamente amable y paciente con los recién llegados.

No debemos olvidar a la doctora Alducin, directora de la Rama Hispánica de la Biblioteca Pública de la Pequeña Habana, que dio refugio en sus salones con aire acondicionado a una caterva de poetas callejeros, desnutridos y aterrillados que incluía a Eduardo Campa, Esteban Luis Cárdenas, Guillermo Rosales y a otros que perecieron sin dejar obra y cuyas voces resonaron en las escalinatas de esa biblioteca, hoy desaparecida.

¿Cómo te reencontraste con Reinaldo Arenas?

La primera vez que nos vimos fue en la Librería Universal. Pedrito entró allí y se lo encontró metido entre los estantes. Entonces me enteré de que el tipo borroso de las noches habaneras era uno de los grandes escritores cubanos. Inmediatamente busqué Celestino antes del alba, y lo leí. El cajero de la Universal en esa lejana época era el filósofo Humberto Piñera, y en torno a la registradora se reunía el corrillo de Ángel Aparicio Laurencio, José Sánchez Boudy, Guillermo de Zéndegui y el anarquista Frank Fernández. Imagino que Reinaldo llegó a tratarlos, y que ellos apreciaron a Reinaldo.

¿Cómo se desarrolló la relación entre ustedes en Estados Unidos?

Nos vimos unas cuantas veces, siempre por intermedio de Pedro Campos. Solíamos ir a la discoteca Trece Botones, en los muelles de South River Drive. Allí Rey desaparecía en el Cuarto Oscuro desde temprano. Venía acompañado de su séquito, pero de ese grupo sólo recuerdo al pintor Gilberto Ruiz, con gafas negras y camisa de seda, oliendo popper y girando en la pista de baile. Una vez me tocó ir por Reinaldo al Cuarto Oscuro a la hora del cierre. Esa escena está recogida en el segundo tomo de mi libro Sabbat Gigante.

¿Era realmente tan antagónica la relación de Arenas con Miami? ¿Y con Nueva York? ¿Qué crees que le hizo preferir a una ciudad sobre otra?

No tengo la menor idea, nunca hablamos de eso. Recuerdo nuestros encuentros en el hotel Seagull de la 21 y Collins, la antigua zona del vodevil judío y los cines de relajo, las caminatas por la playa y sus conversaciones con Pedro. Pero son memorias muy vagas. Lo veo encabronado, en una conferencia que impartió en FIU junto a un Heberto Padilla ebrio y desordenadamente lúcido. También lo recuerdo en una lectura junto a los hermanos Abreu, en una biblioteca insignificante de algún barrio menor, donde Rey actuó como si estuviera ante la Academia Sueca.

Háblanos de lo que significó la revista Mariel cuando apareció. ¿Qué impresión te causaron aquellos primeros números? ¿Qué recepción general tuvo la revista en aquellos tiempos? ¿Qué significó para ti verte publicado en la revista?

En 1982, había intentado venderle a Juan Manuel Salvat el cuaderno Canto de preparación, con poemas míos y de Pedro Campos escritos en los años setenta. El lector de Salvat para los manuscritos de poesía era el profesor Ángel Aparicio Laurencio, verdadero santo de la Librería Universal. Ángel pasaba las vacaciones de verano detrás de la registradora y el resto del año enseñaba literatura española en la Universidad de Redlands. Nuestro plaquette fue rechazado por Salvat, y Aparicio se lo llevó y lo publicó en California.

Dos años más tarde, Reinaldo recibió mi libro Vida Nueva y me respondió de inmediato. Su carta, fechada en Nueva York, el 3 de abril de 1984, dice textualmente: “He leído tu libro Vida Nueva y puedo afirmarte que me ha encantado, qué limpidez, qué concisión y fulgor. Algo inesperado, realmente inicias una poesía nueva”. Era el espaldarazo que necesitaba, y que buscaba desesperadamente.


Mariel fue el perfecto vehículo para un grupo de debutantes que no tenía la menor idea de dónde colocar sus obras. Fue un lugar de la imaginación donde reaparecían los desaparecidos y donde resucitaron Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Severo Sarduy, Carlos Montenegro y Labrador Ruiz. Claro que esperaba ver mis concisas y fulgurantes Odas olímpicas a doble página, pero cuando me llegó la revista, las encontré apeñuscadas entre David Lago y Reinaldo García Ramos. Fue una decepción, y acaso un despertar. Sólo en tal sentido, también yo llegué en el Mariel.

Mariel usualmente se piensa como una generación de narradores, pero también la integraron varios magníficos poetas ¿Qué los unía aparte de lo obvio que ya hemos comentado?

Conocí a algunos poetas de la época, como Carlos Díaz Barrios, Eduardo Campa, Esteban Luis Cárdenas, Benigno Dou, Andrés Reynaldo, Benjamín Ferrara y Pedro Jesús Campos, que habían entrado en escena en un momento previo, en la tertulia de la Funeraria de Calzada. No puedo hablar de Reinaldo García Ramos o de Roberto Valero, pues desconozco sus antecedentes. Creo que todos los demás son poetas de la Funeraria tanto como del Mariel. Se conocían y se leían previamente, tenían influencias similares.

¿Qué me puedes decir de las tertulias de la funeraria de Calzada y K?

Nunca visité la funeraria, pero conocí a algunas personas que fueron asiduas de la tertulia. La atracción del lugar era el café gratis que repartían en los velorios. Benigno Dou me ha asegurado que no existen “los poetas de la Funeraria”, sino “el poeta de la Funeraria”: Rogelio Fabio Hurtado. Roberto Madrigal fue uno de los primeros en unirse al grupo, y recuerda los nombres de muchos de los asistentes, desde Nicolás Lara y Juan Miguel Espino hasta el pintor Jesse Ríos. Madrigal cree que la Funeraria terminó con una recogida de 1973.

Estando preso en Ariza, circa 1975, escribí un libro infantil para mi sobrino Alexis. Era una libreta escolar con ilustraciones y poemas, que titulé Cuaderno de Alex. Ela Corona, la mujer de Beni en aquel entonces, le pidió la libreta a mi sobrino y la presentó al grupo de la Funeraria. Fue un éxito. Así entré en contacto con Rogelio Fabio y conocí el samizdat de poesía que publicaba en copias al carbón, cosido a máquina, con los escritos de algunos de ellos y traducciones de poetas norteamericanos. Al parecer, la Funeraria continuó existiendo hasta que Fabio, Beni y Elio Bernardo Ruiz fueron acusados de trotskistas y sacados de circulación.

¿Qué impacto tuvo la generación del Mariel en el exilio de la época? ¿Puedes dar ejemplos concretos de ese impacto?

No existe una generación del Mariel. Existe un grupo de personas nucleadas alrededor de la revista homónima, exponente de una cierta sensibilidad específica de los años ochenta.

Pero, ¿acaso eso que acabas de mencionar, un grupo de personas nucleadas alrededor de una revista homónima y que comparte cierta sensibilidad específica, no es la definición de generación literaria? Y pasa, en el caso de Mariel, que escritores que nunca publicaron en la revista comparten esa misma sensibilidad específica de la que hablas, y aun más, cierta actitud común hacia lo literario. ¿Todos esos no son síntomas claros de pertenencia a una generación?

Es más bien la definición de una secta, o de una sociedad de hombres y mujeres notables. Reinaldo fundó una república in partibus infidelium y arrastró con él a personas de diversas generaciones, les otorgó cargos, papeles, entre los que destacaron Oliente Churre, Zebro Sardoya, Clara Mortera, Bastón Dacuero y las hermanitas Bronté (ellas mismas venían en una variedad de sabores). Esas personas (o “infundios”, como prefería llamarles Rey) contaban con los más variados antecedentes. Para mí, el momento revelación de la revista Mariel no fue ningún texto de los marielitos, sino los sonetos de “Otro daiquirí”, de Severo Sarduy, nacido en 1937.

¿Cómo te enteraste de la muerte de Arenas? ¿Qué impresión te causó?

Bajé de mi habitación en un hotel de South Beach y compré el periódico de la mañana. Allí estaba la noticia. Desconocía que Rey estuviera enfermo, hacía tiempo que no sabía de él. Llamé a Pedrito y se lo dije. Su muerte nos produjo una enorme melancolía. Era el fin de una época. Pedro falleció dos años más tarde. Cuando salió Antes que anochezca, tuve que apartar la vista de la fotografía en que Reinaldo aparece estragado por el sida. Aún me cuesta mirarla.

Luego del éxito inicial de sus dos primeras novelas a su salida de Cuba no consigue publicar en las grandes editoriales de la lengua hasta su muerte. Sin embargo, su autobiografía, Antes que anochezca, se convierte en best seller cuando la publican póstumamente. ¿Crees que ese éxito póstumo, aunque merecido, fue una manera de malentenderlo, de poner su autobiografía y el tono que predomina en ella (distinto del resto de su obra) por encima de su obra de ficción?

No creo. Es el libro que lo canoniza. Reinaldo es un escritor difícil, emblema de unos tiempos difíciles, y ese libro pone al alcance de todos la Era Arenas. A partir de Antes que anochezca, Lezama y Virgilio pasan a ser personajes de Reinaldo, fragmentos de su Weltanschauung. En El color del verano, que no es menos autobiográfica, todos somos por fin marionetas de Reinaldo. Conseguirlo de esa manera es la apoteosis de la ficción.

¿Cómo valorarías el impacto que tuvo Arenas sobre ti como persona?

Tuve que escapar de la atracción de Arenas como había escapado antes de la atracción de Castro. Me resistí a ser otro de sus epígonos y evité mencionar el mar, las pentagonías y las mofetas. Todavía me niego a abrazar la causa a la que él sacrificó su arte. Viví en la Era Arenas y le conozco las entrañas.

Tomado de Rialta Magazine