martes, 18 de febrero de 2020

13 y 8*

Foto tomada del blog de Arsenio Rodríguez Quintana

13 y 8 eran las calles que marcaban la esquina en la que se reunían cada sábado a descargar con sus guitarras, aunque en realidad ellos tocaban protegidos de la intemperie, en los salones de una casa vieja convertida en museo municipal. Al fundador de la peña, Vanito, lo conocía desde el preuniversitario. Uno de esos tipos de los que cada escuela incuba muy pocos ejemplares. O ninguno. De los que siempre andan inventando algo. Un día puede ser un grupo de teatro. Otro, formar un coro que parodie una canción norteamericana que súbitamente ha conseguido una popularidad inusitada. O fundar una banda que toque canciones que alguna vez estuvieron de moda con la única condición de ser lo bastante simples como para que puedan interpretarlas gente que apenas domina los instrumentos. Alguien que no te sorprende cuando te dice que hará sus estudios universitarios en una escuela de dramaturgia. Ni te asombra cuando te lo vuelves a encontrar años más tarde y te cuenta que intenta abrirse camino como cantautor, que escuches esta canción que acaba de componer y encima la canción te parece cabronamente buena.
Y entonces te invita a participar en su peña. Te dice que ya ha visto cosas tuyas en alguna revista y que podrías leer tus textos en público entre cantante y cantante. Y al principio es un grupo pequeñito compuesto casi exclusivamente por amigos, o amigos de amigos, que se aparecen por pura curiosidad o por sentirse capaces de corear estribillos que el resto de la humanidad ignora. Algunas de las canciones serán brutalmente malas, pero habrá otras bastante mejores o incluso buenas y, sobre todo ―y esto será a partir de entonces su principal atractivo y lo que empezará a atraer gente algo más diversa y no necesariamente conocida entre sí―, distintas a cualquier cosa que hayas oído hasta entonces. Y lo que comienza en una suerte de chapaleo para espantar el aburrimiento de las tardes de sábado, un alto en camino al cine o al teatro, va tomando forma. Tomará ―usemos una frase ridícula porque hay mucho de irrisorio en tomarse en serio una canción― la forma de las cosas que vendrán. Y los peores músicos empezarán a sentirse incómodos y desaparecerán de la peña, mientras otros bastante mejores van a descubrir un espacio que parece haber sido inventado para ellos. Y los que se quedan entrarán en una competencia feroz y estimulante: descubrir que el éxito de la semana pasada habrá que afianzarlo con una nueva canción. Y el de esta última semana con el de la semana siguiente, so pena de convertirse en autores de una sola pieza y ser desplazados de la atención de las muchachas, que es todo lo que está en juego en esos conciertos. Primero aparecerá el Boris, a quien ya conocía de la misma escuela en la que me había encontrado a Vanito. Y luego Barbería, Pepe del Valle, Alejandro Gutiérrez, Mario Icháustegui, José Luís Medina, Carlitos Santos y el poeta Arsenio Rodríguez. Y la peña se ampliará en público y pretensiones, más o menos en la misma medida que el repertorio colectivo. Cuando se les trate de definir aparecerá la frase insidiosa: la voz de una generación. Una definición inexacta si se considera que las voces de la mayoría de los que cantan no sobresalen por sus registros. O en un sentido menos literal: que ser “la voz de una generación” no es mucho decir en un país donde ―en lo que toca a expresar opiniones― ha producido generaciones afónicas una tras otra. Hasta entonces la máxima de las audacias era escribir notas marginales a la Partitura Oficial de la Idea: la necesidad de desviar una mínima parte del amor por la Causa hacia temas más discretos, como una chica o una flor; o de combinar ambos sentimientos en uno sólo; o describir la melancolía que produce no estar siempre a la altura de la Idea. Canciones que podían pasar por rebeldes cuando en la mayor parte de los casos era una manera sofisticada de hacer que los oídos más sensibles pudiesen tolerar las disonancias del discurso oficial. Los síntomas más decisivos de que en aquel museo estaba tomando forma una voz distinta no eran las palabras que contenían las canciones sino el tono de éstas, un tono distante de la melancolía que desde hacía tiempo se había impuesto como el único modo de darles cierto peso a las palabras. Cada uno por su lado se aparecieron dos tipos ―Raúl Ciro y Alejandro Frómeta― que eran la seriedad misma y no tardaron mucho en convertirse ―y Raúl que odia que lo definan no perdonará esta definición― en los brujos de aquella tribu de músicos. Eran los que intentaban darle forma a aquella reunión espontánea de gente con ganas de compartir algo apelando a la fórmula mágica de la “búsqueda de sentido”. Y esa búsqueda adquirió la extravagancia de conciertos furtivos en la misma escuela en la que habíamos estudiado Vanito, Boris y yo, con estudiantes y directores lanzados en nuestra persecución con intenciones radicalmente opuestas: los primeros para congraciarse con los músicos y los últimos para expulsarlos. Esa búsqueda de sentido también generó el único concierto en el que ―en una isla donde la rotura de una cuerda se consideraba una catástrofe― un músico rompiera alevosamente su guitarra estrellándola contra el piso.

Así fue hasta que por fin, no sé bien si agotados por la tensión que produce la búsqueda de sentido o la del incómodo celo de las autoridades, la peña se fue desbandando para multiplicarse en varios proyectos independientes. Ya para ese entonces, 13 y 8 era bastante más que una de las tantas esquinas de la ciudad. Era un sello que garantizaba una manera distinta de aproximarse a la música, cierta dignidad. 


Raúl Ciro con Superavit, 1996

Recordando a Raúl Ciro

Rondando el primer aniversario de su muerte reproduzco acá un texto de Raúl Ciro que publica Magazine AM:PM con la introducción de Humberto Manduley. Se trata de una suerte de memorias del músico sobre cómo llegó a la música incluyendo su experiencia con la peña de 13 y 8 que redactó Raúl a petición de Manduley y que recogen bastante bien la voz de ese gran tipo que fue Raúl Ciro: 

"Hace ya un año Raúl Ciro decidió—por su cuenta y riesgo— partir hacia la eternidad, en la desesperada búsqueda de todo lo que soñaba haber extraviado. Quizás olvidó que “elegir nunca asegura acertar”, como él mismo había escrito y cantado antes. No puedo —ni quiero— calcular con exactitud cuánto perdió la cultura cubana (la misma que, a nivel institucional, le hizo tan poco swing en vida), pero sí sé lo que significó su muerte para unos cuantos amigos y seguidores. Pienso que una buena (otra) manera de tenerlo presente es convocando sus memorias. Siguiendo el rescate iniciado en una entrega anterior, aquí habla sobre sus tempranos escarceos con la guitarra, su contexto formativo, y la etapa en la peña de 13 y 8, desde su génesis hasta el final. Estas son sus palabras. Así era él, sin ideas de pacotilla ni medias tintas, sin edulcorarse ni edulcorar. Incluso en sus devaneos siempre terminaba yendo directo al pulmón"  (Humberto Manduley)

SI MIRO ATRÁS…

Por Raúl Ciro

Desde 1983 tenía un amigo, realmente un hermano, Alejandro Werthein, que era hijo de unos médicos argentinos radicados en Cuba desde el triunfo mismo de la Revolución. En nuestras tropelías de adolescentes, un día encontré un casete titulado 20 años de rock argentino, cosa extraña entonces allí, entre tantos discos de Julio Iglesias, Gardel y Vikki Carr. Como estaba manuscrito, no entendí que entre otros decía “Serú Girán”, “Moris”, “Spinetta”, “Porchetto” y más. No puedes imaginar cuánto aprendí al escuchar, devorando casi, ese casete.
Entre 1986 y 1987 me habían robado la guitarra rusa en la unidad militar al pasar el Servicio Militar Obligatorio. Toqué el contrabajo y el bajo en un grupo que participó en un festival y alguna que otra actividad horrorosa de la unidad. Tocábamos piezas de Santana, Silvio y Pablo, hasta el típico “Aprendimos a quererte…” de Carlos Puebla y sus Tradicionales. Al terminar el Servicio no podía soportar los estudios de alemán en la Facultad de Lenguas, y me iba a orillas del río Almendares a mirar la corriente, los árboles, las ardillas, los pájaros, y a llorar el(los) amor(res) de turno. 
Mis primeros temas eran infames; había uno de tres acordes y que decía algo así: “Hace ya un mes del siglo de tu partida y aún en mi cuarto tu olor es vida”. Cantaba entonces en mi recurrente falsete y nadie me soportaba. Cantaba Muchacha ojos de papelDios y el diablo en el taller o algún tema de Santiago Feliú. Ya sé que nadie me cree, pero “aprendí” a cantar con Raphael, con Mirtha y Raúl, y un poco de Julio Iglesias. Con muchos así, hasta que aparecieron los argentinos maravillosos, Spinetta, Serú, Porchetto, y luego Fito; allí encontré muchas más motivaciones, sí, pero también Silvio, algo de Pablo, y mucho de Santiaguito.
El panorama de la canción cubana no era un tema que me preocupara entonces. Yo solo intentaba vivir lo que “el verde” me había impedido: escuchaba mucha música gracias a que mis padres se despojaron de sus pocas joyas y compraron un radiocasete doble Sony. Pasado un tiempo entendí que lo importante era pasársela bien y componer lo que te motivara realmente; lo otro dejó de obsesionarme.
Por entonces, yo no sabía quién era, no me reconocía, estaba muy afectado por todo. Me evadía creyéndome Silvio Rodríguez, con rostro de Paul McCartney. En fin, que nunca pasé por El Patio de María, ni vi tocar en directo a los Almas Vertiginosas. Cuando un día oí hablar de la Casa del Joven Creador pensé que era el sitio menos adecuado para mostrar mis cosas: “todos me robarían”. Pero un día pasó algo que cambió mi vida. Acompañé a unos amigos de entonces a un concierto en la Casa de Cultura de Plaza. Sería el año 1985, casi 86, y pasábamos el último año del “verde” para intentar entrar en la Universidad. Esa noche vi cosas geniales, y lo que con más cariño recuerdo fue ver tocar a unos muchachos vestidos de manera muy cómoda y apropiada según mis más idolatrados estilos; llevaban el pelo por donde querían y hacían unos temas en solitario y en conjunto maravillosos. Después me enteré de que eran Los Pelos. Pero entre ese grupo me había parecido ver a Santiago Feliú, el antiguo compañero de Donato Poveda. 
Una vez, unos amigos míos del Servicio Militar (Jorge Molina y Basilio García) lograron entrar en el ISA en la facultad de actuación después de superar unas pruebas muy difíciles, según contaban. Un día vinieron a casa, y me trajeron diez juegos de cuerdas de acero alemanas. Cuando coloqué uno de ellos en mi guitarra de entonces, las cosas cambiaron mucho. Por primera vez sentí lo que era afinar perfectamente un instrumento, aunque se les viera a algunas un poco oxidadas. Las habían tirado a la basura en un almacén del ISA, o las iban a tirar porque nadie las usaba. Después me pidieron compartiera el tesoro con otro conocido de ellos, un alumno de un curso superior, tal vez un año. Me dijeron “Carlos necesita cuerdas”. Pues les di un juego, no más, creo, o tal vez dos, no sé. Pasado el tiempo, en una sesión de cine en la Cinemateca, estos amigos me presentaron a Carlos. Claro que sabía quién era Carlos, sí, Carlos Varela, el que cantaba La PalancaIndia, junto a aquellos monstruos: Santiago, Gerardo Alfonso y Frank Delgado. Donato Poveda por entonces, creo que eran años 85, 86 u 87, no más, estaba enrolado en unas cosas impresionantes, creo recordar. 
En la Casa de Cultura de Plaza los vi cantar juntos, no los conocía, solo había oído y visto en televisión a Donato y Santiago, que eran geniales. Pero estos Pelos, junto a Gunilla incluso cuando colaboraban Tosca o Xiomara Laugart, me marcaron aquellas noches. Mi motivación se ramificó de un modo tal que empecé a buscar más disciplinadamente estas presentaciones. Ese día no imaginas qué expectativa deposité en aquel encuentro, que se repitió varias veces por mi obsesión y también por esperar a mis amigos en el ISA. Entonces un día, no sé exactamente por qué, coincidimos bajo uno de los tremendos árboles Carlos y yo, y estuvimos hablando mucho. Para mí fue muy importante porque como que me abría un mundo que solo me era accesible a través de discos, casetes y leyendas. Por entonces yo estaba arreglándole a un amigo una guitarra de doce cuerdas muy mala, y como la tenía allí y sonaba bastante bien compartimos temas. Fue importante para mí ese momento. Yo realmente tenía algunos temas, pero nunca me había adentrado en esta zona más allá de haber tocado en el patio de la Facultad de Psicología una vez y otra en su teatro. Cuando Carlos escuchó Elefantes me dijo “pero Raúl, tienes que tocar más”. Me contó que una vez hablando con Donato se decían “seguro no somos los únicos, habrá otros por ahí haciendo canciones tremendas”. Por esos días él estaba muy impresionado y pendiente de su nueva relación con Amaury Pérez y no dejaba de comentar lo bien que se escuchaban las cosas en CD. 

COOPERE CON EL ARTISTA CUBANO

Después de conocer a Carlos Varela, se me ocurrió un día, seguir su consejo de tocar en la peña de Adrián Morales y José Raúl García en el Museo de Artes Decorativas, y así conocer a más gente. Otra vez, tocando en la Facultad de Psicología, persiguiendo a Natalia o más bien a su fantasma, alguien me invitó a pasar por la Casa del Joven Creador. Fui y toqué lo que podía por entonces junto a mi armónica y el perchero del que colgaba. Al terminar se me acercó un muchacho, Mario Incháustegui, que estaba sentado en una mesa junto con otro que tenía cruzadas las piernas y una cara y actitud de saberlo todo o casi; se llamaba Alejandro Gutiérrez. El primero insistió en que me pasara por las descargas de la Finca de los Monos. Yo no tenía idea de qué era aquello ni dónde estaba, pero investigué y llegado el día me di una vuelta, aunque no me animaba a pasar. Me daba un poco de vergüenza llegar allí, no tenía idea de lo que me iba a encontrar. Por suerte, al rato se apareció Incháustegui y con su bondad acostumbrada me invitó a un refresco y me acompañó a pasar. Una vez dentro, todo fue más simple. Claro, era una descarga entre amigos y conocidos; no éramos muchos, pero sí el núcleo de lo que más tarde se reiteró. Estaban allí Alejandro Frómeta, creo que Elenita del Valle; Arsenio Rodríguez, Pablo Herrera, Alejandro Gutiérrez, Carlos Santos y otros nombres o apodos que no recuerdo, pero sí recuerdo que todos me miraron como diciendo “¿y este quién es?”.
No sé cómo fue, pero otro día conocí a Carlos “el mariposa”, un amigo de Werthein, y me habló muchísimo de un amigo suyo llamado Vanito que tenía una peña en El Vedado, y que por qué no me pasaba por allá. El siguiente sábado los de la Finca de los Monos acordamos “desembarcar” allí todos juntos. No sé por qué teníamos la impresión de que íbamos a subirles la parada. Encontrado el lugar, entre las calles 13 y 8, así hicimos, y poco a poco, no sé por cuál extraña razón, nos apropiamos de aquel sitio. Realmente no retengo otra cosa que lo que pensé al ver y escuchar tocar a Vanito: “Esta noche ella va a salir conmigo, ay amor, qué nos está pasando”, “si no hubiera cuñados, si muriera el abuelo”. Aquel tema, con la sexta de la guitarra afinada en re, me dejó loco. Recuerdo muy bien que me dije: “esto sí es una canción, aquí está pasando algo”. 
Foto tomada del blog de Arsenio Rodríguez Quintana
Aquella visita se hizo costumbre y desde entonces nunca más dejé de ir y soñar con caprichos y proyectos. Era como encontrar hermanos. Al principio nos caímos a cancionazos y la gente aguantaba mucho. Teníamos un piano de cola, a veces Frómeta lo usaba y hacíamos cosas juntos; nos divertíamos, descargábamos. Cada sábado era un maratón, casi siempre los temas de José Luis Estrada cerraban, la gente se divertía. Aquello era como una iglesia. “Chucusú sé, ah…”, “Hagamos el amor como gatos salvajes… Felina”. Cantábamos, casi siempre desde donde estuviéramos, las canciones de todos. 
Algo que creo nos unió muchísimo fue la experiencia de “asaltar” la vocacional Lenin junto al Boris, Vanito, Incháustegui, Alejandro Gutiérrez, Carlos Santos y Enrisco. No nos dejaban entrar a la escuela, pero nos colamos a escondidas, y descargamos para los alumnos que quisieron burlar el “silencio”. Aquella noche yo improvisé una armonía simple y le fui agregando texto: “cuidado no te vean…”. Alejandro Frómeta se incorporó y fue tremendo ver la reacción de los pocos que allí estaban. Hasta Enrisco perdió sus gafas graduadas. Nos marchamos contentísimos. Incluso, conseguimos que otro día, por la insistencia de algunos de los alumnos, pasáramos y tocáramos. Terminamos cantando un tema de Raúl Porchetto, Algo de paz, mezclado con Cooperen con el artista cubano y alguna otra. Salimos todos cantando por el pasillo hasta la misma posta de entrada y nos fuimos. 
También se la aplicamos un día a Polito. Nos aparecimos con insignias y todo como si fuéramos unos fanáticos. Llevábamos cada uno en la espalda un papel cogido con alfileres que tenía dibujado el mojón de 13 y 8. Repartimos, entre los presentes, la definición de cristal polarizado y yo me subí y le puse, mientras él cantaba, un espejo frente a sí. Se nos fue la mano, éramos muy agresivos a veces.
Una vez, pasando por la peña del Caimán Barbudo, o una de esas discusiones de entonces, acordamos personalizar las presentaciones, una vez terminada aquella velada. Creo que el primer concierto fue de José Luis Estrada o, como era de esperar, mío. Después, las cosas fueron por otro rumbo. Cada cual se tomó en serio buscar la manera de conseguir que la gente no se aburriera con nuestros típicos maratones. Los hubo también infames. Era impresionante ver cómo en cada ocasión iba más gente por allí. Hiciéramos lo que se nos ocurriera, que cada vez era más retorcido y raro, la gente no dejaba de entrar a 13 y 8. Habría que averiguar qué les atraía.
Un día de 1989 nunca más pudimos descargar allí. Sencillamente, Vanito (siempre fue él quien mediaba entre la dirección del museo y nosotros, era un tipo muy listo y responsable) no pudo negociar más nuestra estancia y tuvimos que hacer una despedida en el jardín. Recuerdo haber hecho grabaciones entonces y en otras ocasiones, pero esas cintas se perdieron, no sé qué pasó con ellas. Seguro me obstiné y las borré, no sé. Casi siempre andaba con una pequeña grabadora mono Sony, de cintas pequeñitas. Si así fue, siento mucho haberlo hecho. Me gustaría volver a escuchar aquellas maravillosas reuniones. 

CANCIÓN PROPUESTA VS CANCIÓN PROTESTA

Tendrías que haber visto la reacción de Vanito un día que nos reunimos en casa del Boris para intentar darle forma a lo que desde un inicio se llamó Canción Propuesta. Dijo entonces: “Esto me da mucha luz…”. 
Inicialmente la idea de Canción Propuesta era una especie de trampa que terminaría con la destrucción de mi guitarra en la Casa de las Américas. La finalidad era llamar la atención al puro estilo de la plástica más radical de entonces y, de paso, dejar claras algunas cosas. Pero nunca fue aceptado nuestro proyecto de concierto, a pesar de ser presentado en un libro cancionero ilustrado a mano por nosotros y amigos plásticos, además de un casete con las canciones que usaríamos si fuera acogido. 
Como aquello no funcionó, terminamos llenando la ciudad de carteles, que en un principio hizo Pepe del Valle, pero como tuvimos diferencias, se salió de la jugada. Terminé haciendo más de cuarenta copias de la apropiación del mítico póster de Rostgaard y unos sellos que serían regalados al final del concierto en el Parque Almendares. Usamos dos faroles chinos, no teníamos amplificación y terminamos limpiando el anfiteatro hasta representar de manera inmolada aquella noche nuestro numerito. Ensayamos repetidamente Incháustegui, Boris, Vanito, Frómeta y yo, que llevábamos camisas de peloteros hechas para la ocasión, una roja y otra negra, pero las dos decían en tipografías diferentes Superávit, una tenía el número 8 y la otra el 13. Terminamos saliendo de allí bastante frustrados y orgullosos, aunque la ciudad no se enteró de nuestro grito desesperado: “We shall overcome”.


sábado, 15 de febrero de 2020

El hambre socialista

Fragmento de un libro que acabo de terminar: "Nuestra hambre en La Habana"


El hambre no era un hambre Knut Hamsun, ese noruego al que le dieron el Premio Nobel por contar, entre otras cosas, sus relaciones con el hambre. La nuestra no era hambre de andar por la ciudad rodeado de gente más o menos satisfecha, viendo embutidos a través del cristal de las carnicerías o pasteles de crema a través del cristal de las dulcerías. No era una asquerosa hambre capitalista. No señor.

Era la pulcra, organizada e igualitaria hambre socialista. Te ahorraban el espectáculo de los embutidos, de los señores sentados en un café, tomando chocolate caliente con bizcochos mientras se te cae la baba de puro anhelo. Todos pasábamos hambre por igual. Donde único veíamos manjares suculentos era en el cine o la televisión en alguna película que habían programado por descuido o alevosía. O en la mesa de algún restaurante para turistas pero en ese caso debíamos entenderlo: los turistas venían de otro mundo, un mundo con mucha menos capacidad para el sacrificio y sin principios que defender a golpe de ascetismo. Los turistas venían —como nos explicara el gran líder— a dejarnos las divisas con la que comprábamos la leche en polvo de los niños ahora que nuestras vacas ya no tenían pienso socialista que consumir.

La palabra “socialista” andaba por todos lados. Como una plancha de metal con la que tapar las goteras que iban apareciendo.

Se hablaba de la democracia socialista, de la economía socialista, de la cultura socialista pero —curiosamente— ningún dirigente habló nunca del hambre socialista aunque eso es lo que era.

Ayunar sincronizadamente para luego comer la misma mierda. Papas si eran papas lo que tocaba. Coles si coles. Nabos. Una o dos cosas a la vez. Más de dos sería incurrir en un despilfarro inadmisible.

martes, 11 de febrero de 2020

"Lo mejor del año" o "vaya gallego"

La escritora y traductora Anna Sylvia me envía desde Barcelona, donde disfruta de una beca fotos de la edición de diciembre de la conocida revista Qué leer que en un artículo correspondiente a los mejores libros del año 2019 incluye mi novela Turcos en la niebla. Lo hace en el apartado de "Narrativa española" lo que seguro es un malentendido debido, supongo, a que el libro ganara un premio español. Y justo ahora comienzo a dudar qué pueda ser bien entendido luego de que me hayan acusado de cubano, cubano-americano y hasta de americano a secas. Nada, que me siento como aquel personaje de "Vampiros en La Habana" al que le decían a cada paso "vaya gallego...". Y se me frustra una vez más el viejo sueño de ser extranjero… aunque sea en España. Como dice el dicho: quién fuera blanco aunque fuera catalán! (Todo para no reconocer la alegría que me da que en algún lugar del mundo consideraran mi libro entre los mejores del año que pasó).



lunes, 10 de febrero de 2020

Oscars-tristas 2020

Mejor guion adaptado: "Constitución cubana del 2019"
Mejor guion original: Miguel Díaz Canel "Somos continuidad"
Mejor escenografía: Eusebio Leal por "Casco histérico de la Habana Vieja"
Mejor vestuario: Lis Cuesta en "Andar La Habana Vieja"
Mejor documental de largometraje: familia Castro por “Parásitos”
Mejor película extranjera: Donald Trump por “Échame a mí la culpa de lo que pase”
Mejor actriz secundaria: Viceministra de educación por “No tienen derecho a criticarnos"
Mejor actor secundario: compartido entre Fernando Rojas por “Te espero en la esquina” y Eduardo del Llano por “Respeten, cojones”
Actriz revelación: Alicia Alonso por "La muerte del cisne"
Mejores efectos especiales: "La batalla de Cuatro Caminos"
Mejor banda sonora: Javier Caso "La quinta mejor policía del mundo"
Mejor canción original: Orishas por "Donde dije digo digo ‘Ojalá pase’"
Mejor acompañamiento musical: Silvio Rodríguez por “¡Parásitos!”
Mejor fotografía: Fernando Rojas "De rojo y negro en la esquina de G y 17"  
Mejor corto de ficción: Abel Prieto por "En Cuba nunca se prohibió a los Beatles" y Miguel Díaz Canel por “La coyuntura”
Mejor película de dibujos animados: El Minint por "Deja que te coja (el 349)"
Mejor edición: Eduardo del Llano por “Una gran clase media”
Mejor actor protagónico: Miguel Díaz Canel por “Miguel Díaz Canel, presidente”
Mejor dirección: Raúl Castro por “Miguel Díaz Canel, presidente”

De la maledicencia como una de las bellas artes*

«Tendrá que ver cómo mi padre lo decía: la República», escribió Eliseo Diego para que pudiéramos imaginarnos cuánta esperanza cabía en ese concepto cuando apenas daba sus primeros pasos en la realidad. Perdida la república y los intentos posteriores por suplantarla había que ver cómo decíamos «La Lengua Suelta», cuando sus primeras entregas comenzaron a asomarse a las páginas digitales de La Habana Elegante, la revista que, desde Texas, editaba Francisco Morán. Había que estar ahí para entender lo que significó leer de primera mano y en tiempo real las meteduras de pata y los chismes de la cultura oficial cubana en la prosa precisa y despiadada de Fermín Gabor.
Cuando nos recuperábamos de la sacudida producida por el «qué», comenzamos a preguntarnos por el «quién». ¿Quién sería ese Fermín Gabor que firmaba las columnas de «La Lengua Suelta»? ¿Quién ese escritor sin obra previa que tan bien conocía el paño literario de la isla y encima se atrevía a enjuiciarlo con la misma soltura que el Che Guevara durante su breve (pero productivo en lo que a fusilamientos se refiere) reinado en la fortaleza de la Cabaña? ¿Quién reunía en aquella isla (porque era indudable que no se trataba de la «mafia de Miami» sino de un inside jobdosis suficientes de conocimiento, audacia y talento para acometer esas ejecuciones textuales? Porque aquel en quien «La Lengua Suelta» se ensañara no podría circular por la ciudad letrada con el prestigio intacto. En un país donde el Estado consideraba ilegal el sacrificio de ganado vacuno, incluso a manos de su propietario, un desconocido como Fermín Gabor se dedicaba alegremente al sacrificio de vacas sagradas. Gabor empezaba por preguntarse qué hacían en el panteón de la cultura patria, o, en su defecto, en los máximos puestos de la burocracia artístico-literaria, aquellas bestias que poco o nada habían aportado a dicha cultura. Luego sentenciaba, por ejemplo, que «La literatura cubana no cuenta con mayor escritor ágrafo que Ambrosio Fornet» o, puesto a describir la composición del Walhalla literario cubano que es la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), nos contaba que «Hubo un tiempo en que para hacerse miembro de la sección de escritores bastaba con publicar un folleto. Títulos como Escambray 63: peine contra bandidosNido de infiltradosMisión Chalatenango o Con la hamaca a cuestas consiguieron introducir a sus autores en la sociedad de escritores. Satisfechos con su membresía, nunca más intentaban una letra y se sobresaltaban ante cualquier novedad». A un periodista y al escritor entrevistado por éste, perpetradores a dúo de un libro, los califica de «matarifes de la vaca del recuerdo. La mata uno, mientras el otro le aguanta la pata». A un poeta de la generación del 50 lo presenta como contemporáneo «del nacimiento de la televisión, mitad Tongolele y mitad Gina Cabrera» que «parece dotado lo mismo para el cabaret que para el drama». A una poeta octogenaria que insiste en versificar su erotismo la llama «geisha jurásica». Después de sufrir tales embates cuesta no entrever en los mayores cumplidos que te hagan tus colegas rastros de sarcasmo. Era fácil suponer que «Fermín Gabor» era un pseudónimo destinado a proteger a su autor de la furia de los afectados habitantes de la dictadura (del proletariado) de las letras. Y de la mala fama que gozan los humoristas en tan engoladas tierras.
Convertidas en libro, las columnas de «La Lengua Suelta» exigen que se las considere de otro modo. Que se las lea sin el aliento de los rencores frescos que despierten tales o cuales figuras. Más de uno de los escarnecidos por Fermín Gabor no se encuentra entre nosotros. Ni siquiera entre ellos. La lectura que pide el editor del libro y autor del diccionario de personalidades mencionadas en las columnas que acompaña el volumen, el escritor exiliado en España Antonio José Ponte, es otra, más reposada y vasta. En la introducción del libro, Ponte propone una genealogía a La lengua suelta cuyos ancestros incluyen las Vidas para leerlas y Mea Cuba de Guillermo Cabrera Infante, Necesidad de libertad y El color del verano de Reinaldo Arenas o incluso los epitafios de escritores que alguna vez hicieron circular anónimamente los poetas Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera y Raúl Rivero. (Yo añadiría Cabezas de estudio, libro con el que Jesús Castellanos somete a los políticos de la misma república que emocionaba al padre de Eliseo Diego a tratamiento similar al que Ponte aplica a las personalidades incluidas en el «Diccionario de La lengua suelta»). Hay en La lengua suelta un esfuerzo sistemático por delinear un retrato de familia del estamento cultural cubano surgido a la sombra del Estado —esfuerzo secundado por las casi doscientas cincuenta páginas de fichas biográficas que añade Ponte— que obliga a extender su genealogía a libros aparecidos en otros contextos geográficos, pero afines al tema que ocupa en primer lugar a La lengua suelta, que es el del funcionamiento del batey de las letras bajo las condiciones del totalitarismo tardío. En ese sentido, La lengua suelta se emparentaría con El maestro y Margarita de Bulgákov cuando describe el funcionamiento del sindicato de literatos proletarios MASSOLIT; o con Asistencia obligada de Borís Yampolski e Ilyá Konstantínovski cuyo subtítulo en la edición española es «Un testimonio de las reuniones de la Unión de Escritores de la URSS»; o con ciertas escenas recordadas por Nadezhda Mandelstam y Adam Zagajewski. Recuentos de ese teatro del absurdo interpretado por intelectuales cuyo guión de comportamiento lo conforman a partes iguales el dogma y el miedo bien aprendidos. Un juego de simulaciones y mutua repartición de elogios y méritos que se establece sobre la base de ignorar, al mismo tiempo, la represión estatal y qué significa escribir o conducirse con un mínimo de gracia y vergüenza. Lo que Gabor retrata y Ponte remacha es la infinita capacidad de abyección y ridículo a que puede llegar este matrimonio de conveniencia entre un poder político desmesurado e intelectuales mediocres. Para recordarnos que, por dañino que sea ese enlace para la cultura de un país, visto con la necesaria perspectiva, puede resultar comiquísimo.
Pero el libro con el que más afinidad guarda La lengua suelta es, a mi parecer, El pensamiento cautivo de Czeslaw Milosz. Si en el suyo el polaco intentaba explicarse cómo y por qué intelectuales de los más diversos temperamentos y procedencias terminaron abrazando la causa del comunismo triunfante en su país, asignándole a cada uno de los escritores-modelo sucesivas letras del alfabeto griego, en este volumen el dúo Gabor-Ponte viene a explicarnos a dónde ha venido a parar el gremio de los escritores del establo totalitario medio siglo después. Si Alfa ha perdido toda la dignidad católica que le quedaba y bendice fusilamientos, Beta en cambio marchó al exilio para desde allí admirar mejor al gran líder que había fusilado a sus amigos guerreros. Porque, como ni Gabor ni Ponte dejan de recordarnos, por debajo de la ridiculez infinita de las cabezas parlantes de la UNEAC corre sangre real de gente concreta. A lo que asistimos aquí es a la degeneración final de lo que ya había nacido con los visibles signos de perversión que apuntara el Nobel polaco. Donde Milosz propone cuatro prototipos básicos signados por las cuatro primeras letras del alfabeto griego (les llama «el moralista», «el amante decepcionado», «el esclavo de la Historia» y «el trovador»), el dúo Gabor-Ponte exhibe un montón de tipos con sus nombres, apellidos, obra concreta y miserias específicas. Toda una fenomenología de la mediocridad ética o estética.
Con La lengua suelta, lo que podría pasar por simple costumbrismo de la abyección literaria es también la mirada a un momento histórico muy concreto. El de un régimen que, forjado al calor del «internacionalismo proletario» y «la amistad fraternal y la cooperación de la Unión Soviética», como consignaba la constitución de 1976, se ha terminado aferrando a un discurso eminentemente nacionalista y a los subsidios venezolanos que han financiado la reconstrucción del Estado estremecido por la caída del bloque soviético. Donde antes se excluía de la cultura oficial a todo intelectual o artista que se marchaba del país, ahora el ministro de Cultura anunciaba que la ídem cubana era una sola, incluida la que se produjera fuera siempre que respetara las reglas impuestas por el cacicazgo isleño. Por otra parte, las peleas por recibir premios estatales o por integrar delegaciones oficiales eran si acaso más feroces que en tiempos de la indestructible amistad con la Unión Soviética: los premios muchas veces se pagaban en dólares y los viajes eran usualmente a una Caracas cuyos mercados estaban mucho mejor surtidos que los de La Habana o el Moscú soviético. Y en todo esto se ceba el inmisericorde dúo Gabor-Ponte.
(Si hablo de dúo Gabor-Ponte es por la perfecta simetría de sus desempeños. La usualmente contenida prosa de Ponte aquí se desata para seguirle el juego a Gabor. Si el pseudo-húngaro catalogaba a la veterana poeta erótica de «geisha jurásica», Ponte describe a un escritor de ciencia ficción que se pasea por el reino de este mundo orlado de cueros y remaches como «pinguero de la Guerra de las Galaxias»; a un poeta pseudo-primitivo lo acusa de componer «bagazo rimado»; y de la canción en que un trovador proclama preferir «hundirnos en el mar que antes traicionar la gloria que se ha vivido», comenta que es «la letra ideal para himno nacional de la Atlántida»).
Si La lengua suelta fuera sólo una de las colecciones de sátiras más salvajes e ingeniosas que se hayan lanzado nunca contra el gremio intelectual, ya justificaría su lectura. Sucede además que pese a la naturaleza fragmentaria que le impone su estructura, La lengua suelta constituye, a su modo jodedor y pudoroso, un incisivo ensayo sobre las relaciones entre intelectualidad y poder en medio de un sometimiento casi absoluto. Su aproximación burlesca al tema no embota sino más bien afina sus conclusiones. Al describir los textos editados en Cuba sobre José Martí comenta Ponte que son «libros de una secta criminal, hechos para justificar crímenes de Estado. Se imprimen para justificar la complicidad de José Martí con Fidel Castro, para propiciarle una coartada a este último. Suponen el arreglo funerario donde el monolito castrista se encuentra pegado al mausoleo donde reposa Martí». Al comentar el Informe contra mí mismo de Eliseo Alberto, (hijo de aquel que evocaba a su padre exclamando «la República») Ponte resume la debilidad esencial del libro en un defecto compartido por sus colegas contemporáneos. «Su autor pertenece a una generación de narradores (Senel Paz, Leonardo Padura, Abel Prieto, Arturo Arango) que no han llegado a entender el mal. O con mayor énfasis: el Mal. No son capaces de aguantarle la mirada al Mal ni por un segundo». Escritores —se sobreentiende— que han aprendido que la mejor fórmula de sobrevivencia en una tiranía crepuscular y mendicante como la cubana es encarnizarse en males menores a costa de ignorar aquel que los resume y les da sentido. Pero, al referirse a los escritores del exilio, el dúo Gabor-Ponte insiste en que no basta con aguantarle la mirada al mal. Escribir sin rodeos sobre el mal no exime de hacerlo bien. De ahí que la lengua de Gabor-Ponte no pierda filo con los escritores de extramuros. La afinidad política al abordar el mal no supone tregua ética o estética. Más que de un soberbio ejemplo de sátira política sobre la aldea letrada parece tratarse del juicio final de cierto momento de la cultura cubana (que como sabemos es una sola). No obstante, lo afilado y eficaz de la sátira de La lengua suelta hace sospechar que se trata de instrumento más demoledor que justo: que ante su potencia cáustica no hay carrera intelectual que, por impecable que sea, soporte su ataque. Ciertas salidas de tono en unos casos, ciertos titubeos en otros, nos recuerdan que, después de todo, la lengua también es humana y que la justicia humana es, por mucho que se esfuerce, un modo de injusticia.

*Reseña aparecida en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

El libro La lengua suelta puede encontrarse en el sitio de la Editorial Renacimiento y próximamente en Amazon.

viernes, 7 de febrero de 2020

Cubanos en la diáspora: «Beautiful losers»*

Por Jacobo Machover

Turcos en la niebla, de Enrique del Risco, es mucho más que una novela: es una summa desilusionada del exilio cubano. Del Risco ha hecho de ese tema la esencia de su obra, con Siempre nos quedará Madrid, ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? o, incluso (pero ese ensayo fue pensado antes de su partida), Leve historia de Cuba. Algunos críticos hablan de “primera novela” pero esta última producción es tan difícil de clasificar como sus anteriores. Y eso es digno de elogios, ya que su escritura es una de las menos convencionales de la literatura cubana actual.

El libro parte de una anécdota trágica: un cubano exiliado en New Jersey, Wonder Recio, se atrinchera, armado, en su taller porque las autoridades pretenden confiscárselo. Una simple historia de impagos como hubo miles, debido a la crisis de los subprimes y sus consecuencias. Aquí se trata de un mero olvido, simplemente porque Wonder tenía la mente en otra parte, en sus problemas personales, de pareja, y en Cuba, por supuesto. De ahí transmite su triste historia en directo, por medio de Facetime. A su alrededor gravitan tres personajes que vienen de la isla: Eltico, el socio fiel, British, profesor de Historia del Arte en la universidad, y Alejandra, su novia hasta poco antes de los sucesos, una “psico-argentina”, cubanizada por haberse refugiado sus padres en el “paraíso” socialista durante la dictadura militar del general Videla y compañía. Voces, más bien, que van alternando sus relatos, cruzándolos unos con otros, hasta el punto de dar una unicidad al conjunto, confundiendo sus nostalgias pasadas y sus esperanzas en el exilio. Una pandilla que recuerda a otras famosas en la literatura, de mosqueteros o de tigres. Sólo que sus integrantes no están en su elemento natural, La Habana, sino a orillas del río Hudson, a poca distancia de Manhattan, centro alrededor del cual gravitan. New Jersey puede ser un lugar tan literario como New York, donde se pueden esparcir a la vez la comedia y la tragedia. Véase la obra de Philip Roth, particularmente la última novela que escribió, Némesis.

Los Cuban-Americans de Enrique del Risco son como los judíos americanos de Roth, Portnoy o Nathan Zuckerman o Bucky Cantor: viven en un limbo. Sus actos y sus herencias son incomprensibles para los demás americanos, los que los rodean, y de los cuales no obstante parecen tan alejados, porque llevan consigo unas vivencias, casi como una religión, incomprensibles por los demás. ¿Cómo explicar la paranoia, la de la vigilancia, la que Del Risco supo compilar con tanto éxito en El compañero que me atiende, y de las traiciones, inherentes a un exilio de… ¡seis décadas! Nadie que no sea cubano es susceptible de entender lo que significa el mayor enemigo de su libertad: el tiempo.

Hay otros libros críticos sobre los exilios latinoamericanos, por ejemplo El jardín de al lado, del gran novelista chileno José Donoso, muy criticado en su época (los años 80) por haber desdibujado un retrato nada complaciente de sus compatriotas desterrados. No es fácil ir contracorriente, no mostrar a los que tuvieron que abandonar su país bajo un prisma compasivo o heroico. Nadie se salva en este retrato sin concesiones, donde los padres, incluso los más valientes, dejan de ser modelos a los que tendrían que imitar los hijos en una lucha que ya no es la misma. Nadie, excepto una figura: la de un expreso político, apodado “El Cenizo”, en la que se puede reconocer a Jorge Valls, quien tanto impacto produjo en Enrique del Risco (y en mí), quien a pesar de haber pasado más de 20 años en la cárcel, o precisamente por ello, pudo llegar a ser un maestro inconformista, esotérico a veces, para los que tuvimos la oportunidad de conocerlo en su periodo de libertad, hasta su muerte, que sobrevino poco antes de la de Fidel Castro, a quien él se negaba a nombrar (demasiado se había hablado de él).

Pero hay otros parecidos al Comandante en jefe regados por el mundo, incluyendo al padre de una joven paciente de Alejandra, tan tiránico como él, y que viene a ser nombrado, por pura metonimia, con el seudónimo de Fidel Castro. Enrique del Risco cree, como el difunto dramaturgo y titiritero René Ariza en el documental Conducta impropia, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez-Leal, que lo peor es “el Castro que cada uno tiene dentro”. La trama abarca un largo periodo, como es natural, y casi todas las temáticas contradictorias (demasiadas, tal vez) de nuestra diáspora. Llega hasta la muerte del Innombrable, pasando por el paréntesis del acercamiento entre Barack Obama y Raúl Castro (clausurado por la elección de Donald Trump), tan esperado por los americanos que rodean al grupito de cubanos, a los que estos no pueden siquiera intentar responder con su propio escepticismo, porque para los que no han vivido el castrismo en carne propia significaba el final del enfrentamiento y, casi casi, la libertad. Esa vida está ritmada por las crisis migratorias, la del Mariel en 1980 o la de los balseros de 1994, consecutiva al “periodo especial” que vuelve una y otra vez como una obsesión para el grupo. Y también por acontecimientos mundiales como el 9/11, el 11 de septiembre de 2001, el que esos jóvenes han tenido que padecer, como americanos que se han vuelto a fin de cuentas.
La literatura de Enrique del Risco se caracterizaba por una mirada irónica, sarcástica, divertida, sobre la historia de Cuba, contemporánea o no. Con el pasar de los años ha adquirido otra dimensión, más dura pero imprescindible. Turcos en la niebla se aleja de la inmediatez de lo cubano para ofrecer las primicias de una saga que no tiene fin: la de unos beautiful losers, todos los protagonistas de este relato, cuya conclusión es sorprendente, en los cuales todos nos podemos reconocer, de una manera o de otra. Este libro es nuestro, de todos los exiliados, de todos los países, de todos los continentes.

*Reseña aparecida originalmente en Zenda Libros

jueves, 6 de febrero de 2020

Martí, gusano*

Mi relación con Néstor Díaz de Villegas comenzó por un elogio envenenado. Cuando todavía no habíamos intercambiado palabra alguna, dije de él que era “el Martí de estos tiempos”. Incómodo será siempre para un cubano, si tiene un mínimo sentido de las proporciones, que se le compare con nuestro superhéroe local más socorrido. Sea poeta o no, la aplastante comparación suele hundir en el ridículo a su objeto como si de una piedra atada al cuello se tratara. Tuve, no obstante, cuidado de aclarar en qué consistía el parecido entre ellos. Escribí que los textos de Néstor “contienen esa intensidad pasada de moda, anacrónica pero no obsoleta, en su intento desesperanzado por inscribir la ligereza cubana en la pesadez del mundo” que caracterizaba al supermán de la calle Paula.
Una vez que conocí a Néstor, lejos de desdecir la comparación, insistí en ella. Porque –le remaché con alevosía– el parecido entre ellos iba mucho más allá del impulso redentor de su poesía. Estaba también la cuestión de sus biografías. Tanto Martí como Néstor fueron enviados a prisión en plena adolescencia por la tiranía correspondiente. En ambos casos el pretexto del encierro había sido un escrito privado. En el de Martí, la carta a un condiscípulo reprochándole haberse enrolado en la milicia proespañola. En el de Néstor, un poema inédito en que se disculpaba con un monarca español porque una calle consagrada a su nombre la hubiesen rebautizado con el de un mártir reciente del panteón latinoamericano. Tanto Martí como Néstor arrostraron su presidio con entereza y salieron de este (Martí después de unos meses, Néstor tras cinco años) más aferrados a sus convicciones que cuando entraron. Y salieron sin escalas hacia el exilio donde transcurriría prácticamente el resto de sus vidas.
Tales simetrías invitaban a buscar otras entre el autor de Ismaelillo y el de Confesiones del estrangulador de Flagler Street. También los acercaba el modo en que ambos se habían servido de la modernidad norteamericana para entender los asuntos cubanos. O en cómo se valieron de su calvario personal para entender el universo. Las reseñas de cine de Néstor eran, siguiendo esta lógica, el equivalente de las crónicas de la vida norteamericana de Martí, tanto unas como otras empeñadas en “trenzar nuestra desflecada nacionalidad con la trama del mundo”. Mientras se lo decía, Néstor, que a diferencia de Martí tiene un formidable sentido del humor, soportaba a pie firme la comparación, sabiendo que era lo bastante irónica para que no se la tomara con literalidad y lo bastante seria para que no la desdeñara del todo.
Porque si algo delataba mi seriedad al compararlos era la conciencia de que en todo lo demás Martí y Néstor divergen profundamente. Cuando decía que Néstor era “el Martí de estos tiempos” tenía en cuenta que tiempos tan distintos debían producir Martíes igualmente distantes. Para empezar por lo más obvio, Martí tuvo la suerte de no haber vivido en “la patria que Martí soñó”. Néstor, en cambio, nació en un país en el que los mandatarios se proclamaban seguidores de Martí, encarnaciones de su prédica. En la Cuba de Néstor se educaba martianamente, se reprimía martianamente, se chivateaba martianamente, (¿recuerdan En silencio ha tenido que ser?) martianamente se fusilaba. La excentricidad martiana, una excentricidad heroica, patriótica y revolucionaria en tiempos en que el heroísmo ya era incivilizado, el patriotismo anticuado y la revolución descortés, tuvo que ser replicada por la excentricidad de Néstor, antiheroica, apátrida y contrarrevolucionaria. El Martí de estos tiempos no se empeña en fundar partidos, conducir pueblos, ni sacrificarse en el campo de batalla, sino que se amuralla en su extrañeza, atento a desinflar cada una de las idolatrías a las que su pueblo se entrega. Malos tiempos, lo sé, pero es lo que hay. Si Martí se ofrecía en sus Versos Sencillos como sencillo Mesías para que los Pete Segeers del futuro lo cantaran con la melodía de la “Guantanamera”, Néstor, en sus Palabras a la tribu, increpa y escarmienta a los suyos sobre los peligros del mesianismo.
Cuando Néstor Díaz de Villegas decidió regresar a Cuba treinta y siete años después sin que el motivo de su destierro se hubiese tomado siquiera un respiro, muchos lo vimos como una suerte de traición. Néstor era, más que ciudadano o poeta, un símbolo y los símbolos no pueden permitirse ciertos lujos. Lujos como el de confiar en la bondad de sus antiguos verdugos. Si regresaba el poeta al que en su adolescencia le habían hecho cumplir cinco años de cárcel, qué hacíamos el resto jugando todavía el juego del exilio, negándonos a regresar a donde nos habían maltratado bastante menos que a él. Eso pensé hasta que Néstor comenzó a publicar aquellas crónicas bellas y demoledoras en su blog. Porque en ellas, lejos de justificar su presencia allí, analizaba todo lo que veía y sentía con la mayor honestidad de que es capaz un escritor, casi con sadismo, sin negarse siquiera las inesperadas alegrías que encontraba a su paso, sus encuentros breves pero reveladores con “lo noble y verdaderamente humano” de la isla.
Cuando aparecieron aquellas crónicas cubanas se lo dije: el Martí de estos tiempos estaba dando a la luz su “Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos”. Ciertamente no acababa de iniciar una guerra ni describía una deslumbrada marcha por los montes patrios hacia su muerte. El reencuentro de Néstor con Cuba treinta y siete años después, más que a guerra, suena a capitulación. Más que a muerte, a nuevos planes de vida. No se oculta allí que el motivo principal del viaje, más allá de lo sentimental, es reparar la casa de la familia de su esposa para ponerla en condiciones de alquilarla a turistas alebrestados tras el pacto entre la dictadura cubana y el Gobierno de Obama.
En De donde son los gusanos, libro en que recoge sus crónicas de viaje, el intento de Néstor Díaz de Villegas de auscultar a Cuba deriva en autopsia. No disecciona la isla para determinar la causa de su muerte, bastante obvia, sino para definir su estado de putrefacción y estudiar la fauna que anida en sus restos. Porque, ya lo advierte el título, este es un libro sobre gusanos. Allí se revive la vieja ofensa que identificaba el rechazo a la revolución con el animalejo blando, rastrero y parásito que anida en la podredumbre. Ante esa Cuba putrefacta que describe Néstor, todos son un poco gusanos. Téngase en cuenta que Néstor habla de los gusanos con amor y que si un sentimiento predomina en este libro es justo el amor. Amor, en primer lugar, por lo que queda de una Nación: por las ruinas excelsas de La Habana y por las más humildes de pueblos y ciudades de provincia. Amor por su naturaleza, por sus maltratados animales. Si Martí marchaba decidido a construir la libertad de la Nación, Néstor pugna por resucitarla, por reconstruirla a partir de lo mejor del ADN patrio que busca y recupera como si fuera uno de los científicos fundadores de Parque Jurásico.
Ya a esta altura todo nos devuelve al modelo mencionado, el del diario de campaña de Martí. De donde son los gusanos no comienza con algo que remede al célebre “Lola jolongo. Llorando en el balcón. Nos embarcamos”. A la entrada del libro no están la poesía, la síntesis y el misterio de aquellas frases. En su lugar está el propio Martí en su avatar de aeropuerto: “Tras media horita de vuelo, el Estrecho, la Isla, el verdor y el aeropuerto José Martí (aquel verso martiano de «pasó un águila por el mar…» podría ser hoy el lema de American Airlines).” Pero ya al siguiente párrafo irrumpe la poesía desastrada y sin misterio, del gusano. “Pistas primitivas, cuarteadas y remendadas. Burdas escalerillas, cubiertas de pintura de óxido. Un tono rosado socialista prevalece en las paredes de estructuras terminalmente dilapidadas […] y los fuselajes abandonados en terraplenes recuerdan las antiguas escenas bélicas de Bahía de Cochinos.”
Pero, por debajo del espanto descrito, a Néstor lo traiciona la exaltación que le produce el encuentro. En medio de la podredumbre descubre cosas vivas, disfrutables. Por el camino hacia su provincia natal encuentra “puestos de comida, y se nos acercan vendedores de fruta. Compro mamoncillos gordos, carnosos. Los mangos tienen un sabor fuerte y un perfume exquisito”. Una descripción que nos recuerda esta otra: “[llega] Cada cual con su ofrenda-buniato, salchichón, licor de rosa, caldo de plátano.–Al mediodía, marcha loma arriba, río al muslo, bello y ligero bosque de pomarrosas; naranjas y caimitos. Por abras tupidas y mangales sin fruta llegamos a un rincón de palmas, y al fondo de dos montes bellísimos”. Néstor y Martí, deslumbrados por la maravilla del reencuentro con aquello a lo que han dedicado su vida. Porque así lo dicta hasta la propia necesidad de respirar los aires patrios. Martí ha convocado toda la violencia que cabe en sus compatriotas para liberar su isla. Néstor no consigue, a pesar de la distancia que interpone (“el primer mecanismo de defensa del cubano es olvidar, olvidar a Cuba”, nos dice al final de su libro), disuadirnos de que no le importa Cuba, de que conserva, al menos durante buena parte del libro, la esperanza de alguna redención. Y para ello invita incluso a las voces que lo antagonizan, ya sea la de un guevarista zen (como llama a un descendiente furtivo del Rey de las Camisetas), la de turistas externos e internos que celebran la ausencia bucólica de McDonald’s o Google, o hasta a la propia Razón de Estado. Aunque ninguna, por previsible o por frívola, consiga convencernos.
Al final, su diagnóstico resulta tan desalentador como para cuestionar el propio sentido del viaje. “Regresar a la patria, para un expatriado, es un proceso antinatural y contraproducente –concluye– y no lo recomiendo, a no ser que usted sea escritor y se deba a sus lectores”. Néstor se presenta así como una suerte de Cristo que va a Cuba para que no tengamos que hacerlo los demás. Pero el desencanto de esta antiguía de turismo es engañoso. Su persistencia en reparar la casa de la familia de su esposa, en salvar perros moribundos en medio de la más radical desidia, es –pese a sus desoladoras moralejas– una admisión de fe en algún tipo de redención. Escribir y publicar este libro, otra. Un libro que viene a decirnos que cuando la isla ya no produzca ni siquiera ilusiones seguirá procreando gusanos. A decirnos que, –parafraseando el viejo lema partidista– la Nación muere pero el gusano es inmortal.
*Versión revisada y extendida del texto que leí la semana pasada en NYU para presentar "De donde son los gusanos" de Néstor Díaz de Villegas, tal como la acaba de publicar Rialta Magazine.


lunes, 20 de enero de 2020

Publicidad*


No, éste no es el capítulo destinado a emitir anuncios, el momento que usted aprovecha para ir a orinar o para buscar cualquier chuchería en el refrigerador o en la despensa. Aquí se habla del medio más elemental y barato de que se vale la mercadotecnia: darle un paquete de volantes a alguien que los distribuirá a los peatones, los echará en los buzones del barrio o por debajo de las puertas. Porque en algún momento empecé a alternar los ocasionales trabajos como ayudante del Tigre con la repartición de volantes. Conseguí ese empleo gracias a Silvia, en la academia de computación donde trabajaba. En aquella época estaban de moda las academias y la competencia entre ellas se dirimía en el frente de la publicidad. Las que apenas podían permitirse una docena de profesores acudían a la distribución de impresos a la entrada de institutos de enseñanza media y universidades. Por lo general  era sólo una hora al día, de ocho a nueve de la mañana en el horario de entrada de los estudiantes. Pagaban mil pesetas la hora. Si la repartición era más de una vez el mismo día en el mismo sitio el precio de la hora bajaba a las setecientas cincuenta pesetas.

Lo peor del trabajo era el frío y el deseo de los estudiantes, condensado en miradas y gestos, de que te evaporaras en el acto. Con el frío no había otra opción que abrigarse bien y dar saltitos a cada rato para que no se te congelaran los pies. Con las malas miradas –más bien escasas― no había mucho que hacer. En general, los estudiantes eran bastante educados. Tomaban su papelito y seguían camino e incluso con cierta frecuencia llegaban a mascullar las gracias. Una buena parte echaba los volantes en el cesto más cercano aunque a algunos no les alcanzaba la paciencia para llegar hasta él y los soltaban a medio camino. En realidad nada de eso me incomodaba mucho. Lo único desagradable que llegaban a hacer era tomar el volante en la mano, estrujarlo con furia frente a ti y luego arrojarlo a tus pies. Todo sin decir una palabra. Por suerte eran muy pocos los que se tomaban tanta molestia en aquellos intercambios mudos de gente amodorrada a primera hora del día. Lo que me fastidiaba era tanto esfuerzo en demostrarle su desprecio a gente que ―con tanto derroche de papel― sólo le hacía daño a los árboles. Puede que lo hicieran en un arranque de conciencia ecológica. Nunca me quedó claro. 

No era un mal trabajo después de todo y no requería de ninguna habilidad especial. Sólo la de llegar a tiempo y aguantar la hora correspondiente en el lugar que nos asignaran. Gracias a ese empleo conocí buena parte de los alrededores de Madrid y sus respectivos centros de enseñanza: un instituto de economía en Vicálvaro, varias facultades de la Complutense, la Universidad Autónoma de Madrid y algunos sitios más que no recuerdo. Si se exceptúa una conferencia que di en la Complutense sobre literatura a los estudiantes de Ana, ese fue todo mi contacto con el mundo educativo durante mi estancia en España.

Lo mejor del trabajo era la compañía. La academia nos enviaba en parejas a repartir volantes. Casi siempre íbamos Ricardo y yo, pero prefería hablar con los que repartían volantes por otras academias. Se trataba de aquellos mismos que, según las leyes de la competencia, debíamos derrotar en el campo de la publicidad de infantería, pero con quienes, una vez llegados al frente, enseguida pasábamos a confraternizar. Por lo general eran españoles y duraban poco. Ganar mil o mil quinientas pesetas al día no era atractivo para nadie por alta que estuviese la tasa de desempleo. El único que permaneció repartiendo volantes todo el tiempo que estuve era un español que rozaba los cincuenta. Era el factótum de una academia rival y no le pagaban por horas. Ésa era una de las tantas obligaciones que requería su empleo. Y fue una suerte porque era un tipo de conversación fluida y repleta de detalles interesantes. Una suerte de erudito de la cotidianidad española. Hablábamos de músicos, futbolistas y otras celebridades locales, de costumbres españolas, historia reciente o del origen de alguna frase que estuviese de moda. Por él me enteré de las letras alternativas al himno de España una vez anulado el texto original compuesto por José María Pemán en tiempos de Franco. O de las ocurrencias del entrenador de fútbol Helenio Herrera, el autor de la célebre frase “con diez se juega mejor”. O del origen de ciertas costumbres que ni siquiera habían adquirido el rango de tradición. Por él tuve acceso a mucha de esa trivia que los libros suelen desdeñar, pero que es decisiva para comprender la vida de un país e irla asumiendo con cierta conciencia.

Yo tenía muy poco que ofrecerle. Cuando me preguntaba por alguna tradición cubana equivalente a las de España, muchas veces tenía que confesarle que había sido reemplazada por algún ritual diseñado por el gobierno. Al principio se esforzaba por entender cómo era la vida en mi país, pero la minuciosa retahíla de miserias que componían la rutina cubana lo abrumaba y enseguida cambiábamos de conversación. La miseria suele ser aburrida incluso si se conoce de segunda mano. Sin embargo, siempre nos buscábamos para continuar nuestro palique sobre cualquier pequeñez que se me ocurriera preguntarle y él respondía con gusto y detalle. Con las intermitencias a que obligaba el curso escolar, la repartición de volantes fue el trabajo más constante que tuve entre semanas hasta que comenzó mi aventura como editor de una revista en noviembre de 1996.

*Capítulo del libro Siempre nos quedará Madrid. El volante que ilustra el texto es uno de los que repartía en aquella época y que acabo de encontrar.