lunes, 1 de junio de 2020

El olvido del color

Fragmento de mi libro inédito Nuestra hambre en La Habana:

Una vez comí en un restaurante sin que mediara la generosidad de Tejuca. Mi abuelo y mi madre iban a cumplir años con dos días de diferencia y alguien me dijo que en un restaurante ubicado en una zona rural al sur de la ciudad se podían hacer reservaciones si se estaba dispuesto a acampar allí desde la noche anterior. Al llegar había varias personas pero no como para preocuparme con las reservaciones. Me imagino la hosquedad habitual, el recelo entre desconocidos que van a pernoctar juntos en una parada de autobús en una carretera en medio de la nada y, luego, la relativa relajación al darnos cuenta de que todos alcanzaríamos nuestro objetivo. Lo normal. Hasta que llegó la media noche y todos comenzaron a dormirse. Yo también lo intentaba cuando escuché una conversación entre dos hombres que suponían ser los únicos que seguían despiertos. Acababan de conocerse y, sin embargo, ya habían alcanzado el tono confesional de los viejos amigos. Eran negros y hablaban precisamente de colores. De colores de piel. De repente uno de ellos preguntó:

—Oye, ¿alguna vez has sentido el olvido del color?

Aquello sonaba como el nirvana. Al menos para alguien a quien le recordaban el color de su piel a cada instante. De la peor manera posible.

El otro respondió seguro.

—Sí compadre, lo he sentido —y soltó uno de esos suspiros en los que va concentrada toda la vida. A la mañana siguiente conseguimos reservaciones y por la noche estaba con toda mi familia celebrando y comiendo. También nos hicimos una foto. No recuerdo lo que comí esa noche. Lo que nunca voy a olvidar es aquel diálogo sobre el olvido del color. Ni aquel suspiro.

sábado, 23 de mayo de 2020

Memorias clandestinas del cementerio Colón


De mi libro inédito Nuestra hambre en La Habana les comparto este fragmento que recoge parte de mis recuerdos trabajando en el archivo del cementerio de 1990 a 1991 y de 1993 a 1995

Los muertos inquietos

Trabajaba en el archivo del cementerio, un sitio en el que no me veía trabajando el resto de la vida pero donde me sentía extrañamente a gusto. Un refugio de la idiotez de Guarina y de aquellos días atroces, un lugar donde alimentar mi curiosidad mientras parecía muy ocupado con aquellos libros en los que se habían asentado los entierros de buena parte de la ciudad en los últimos ciento veinte años. Libros y mapas oxidados que confirmaban sospechas entrevistas en otros libros y papeles viejos o en ciertas inconsistencias de la historia oficial que nos embutían en las clases. La sospecha era simple: que aquel régimen había cometido los mismos crímenes de los que acusaba a los que lo antecedieron. Y peores. Porque a diferencia de los anteriores —aquejados de un aire de improvisación, de provisionalidad— los de ahora contaban con la Idea, el Orden y el Tiempo. Una Idea tan sublime que ante ella cualquier crimen se volvía pequeño, insignificante; un Orden que le permitía consumar sus fechorías sin dejar apenas huellas visibles; y Tiempo suficiente para que aquello pareciera obra no ya de un sistema político sino de la naturaleza misma. Tiempo para cubrir cada crimen con capas geológicas de amnesia. Pues allí estaba yo: en el lugar donde se registraba uno de los subproductos más recurrentes de cualquier Historia. Me refiero a los muertos, claro. 



Husmeando en aquellos libros y mapas descubrí toda una zona del cementerio destinada a enterrar aquellos residuos de la Historia. “Panteones de administración” le llamaban y ocupaban una parte considerable del cuartel sureste del cementerio. Llegué a ellos revisando los libros de enterramiento correspondientes a fechas clave, como los días de la famosa invasión de Bahía de Cochinos. Días en que se acumulaban muertes por hemorragia interna. Ese era el código para decir “fusilados”. Porque no se trataba de los muertos en combate sino de prisioneros ejecutados aprovechando la distracción de batallas que se celebraban a cientos de kilómetros de distancia.

Las fechas clave del régimen anterior también abundaban en muertes por “choque traumático/ hemorragia interna”, solo que esos muertos aparecían en los libros de Historia, en las tarjas de los monumentos que mis excondiscípulos debían censar, en nombres de fábricas y escuelas. Se les recordaba cada año al celebrarse otro aniversario de su muerte. Estos, en cambio, era como si nunca hubiesen existido. Ni siquiera en el cementerio. Los panteones de administración eran todos iguales: unas paredes formando un rectángulo pintado de amarillo cubierto con una tapa de granito falso y sin lápida. Sin jardinera o inscripción que indicara quiénes estaban enterrados allí.

De aquellos muertos el más célebre era un general fusilado el año anterior. No mucho antes del fusilamiento había sido condecorado como Héroe de la República por el mismo Comandante en Jefe que lo mandó a fusilar. Tanto la condecoración como el juicio habían sido televisados. Un juicio excesivamente público en un sitio en el que todo lo verdaderamente interesante solía hacerse en secreto. En esos días apenas entendimos lo que ocurría pero, ya entrados de lleno en la crisis, todo se volvió transparente. Se trataba, ni más ni menos, de una lección pública y gratuita dirigida a la plana mayor del ejército y al resto del país de que ante los tiempos que se avecinaban no se toleraría la más mínima veleidad. Que, en caso de desliz, nadie quedaría a salvo de las represalias. Que no habría hazaña pasada tras la que te pudieras refugiar. Una lección utilísima cuando se estaba a las puertas de la mayor catástrofe que sacudiría al país desde su independencia.

Conocía la fecha exacta del fusilamiento y el nombre del general y sus tres acompañantes de modo que no fue difícil dar con sus tumbas. La del general era la única que se hallaba en los “panteones de administración”. En medio de aquella estepa de panteones de ejecutados la suya sobresalía por ser la única a la que habían permitido ponerle una jardinera con una inscripción. No daba demasiados datos. Decía algo así como “A Nenín de sus familiares”.

Para entonces no se registraba la causa de la muerte en los libros de enterramientos pero en las boletas que se guardaban en el archivo y que recogía la información del acta de defunción como causa de muerte habían escrito “anemia aguda”. En algún momento el tecnicismo que traducía los fusilamientos como muertes por hemorragia interna se había trocado por el mucho más disimulado de anemia aguda. Como si la causa de muerte fuera la falta de hierro en vez del exceso de plomo.

El jefe del archivo, el conocedor de todas sus intimidades y secretos, era Jaime, empleado del cementerio desde hacía más de treinta años y una de las cuatro o cinco figuras clave en el cementerio. Muy blanco, rechoncho, bajo y sudoroso a pesar de que el archivo, por rarísima deferencia a la conservación de los papeles que alojaba, era refrescado por un sistema de aire acondicionado. Jaime era de los que —con independencia de su rango oficial— hacían funcionar aquel cementerio en medio del caos que era cualquier institución cubana. De los pocos que entendían la función de cada una de las rutinas administrativas que se habían establecido desde antes del triunfo de Aquello. Siendo el jefe del archivo Jaime vería con recelo cómo un grupo de universitarios ignorantes habían sido asignados, al menos nominalmente, como sus superiores. Amanerado y ceceante, con su consistencia de jabón mojado hacía gala de un servilismo muy poco creíble. Su socarronería era tan diáfana como la idiotez de Guarina. De ahí lo gracioso que me resultaba que sus órdenes las encabezara con la frase “Perdone que moleste a quien debo servir”. 

[...]

Una de las pocas cosas que hacía detener la cháchara de los empleados del archivo era verme hurgar los mapas correspondientes a los panteones de fusilados. Conocían demasiado bien el cementerio y sus zonas prohibidas. Yo intentaba aplacar su alarma insinuando que mi búsqueda se debía a órdenes superiores, no a mi insana curiosidad. Pero ni Jaime ni Octavio eran fáciles de tranquilizar. Tenían buenos motivos. Cierta vez un grupo de disidentes había venido a conmemorar un aniversario de la muerte de Pedro Luis Boitel, un prisionero político muerto durante una huelga de hambre en 1972. Preguntaron por la ubicación de la tumba y Jaime se la dio. Todos cayeron presos: los disidentes por su buena memoria y a Jaime por cumplir con su trabajo. Desde entonces Jaime, alma de por sí asustadiza, temblaba más de lo común cuando intuía la posibilidad de volver a caer preso por un desliz similar.

No lo culpo.

No era la única manera en que Jaime podía meterse en problemas por cumplir con sus deberes laborales. Podía aparecérsele una viuda quejándose de que Jaime le diera la dirección de su marido a una amante que no lo dejaba tranquilo ni después de muerto. Una de ellas le advirtió que cambiaría a su marido de tumba, pero como le revelara la nueva ubicación a esa iba a tener problemas con ella. Un terror que, aunque menos sistemático, no dejaba de ser temible. 

No obstante, el entierro más notable entre los que tuvieron lugar en aquellos días tuvo más implicaciones políticas que sentimentales. Me llamó la atención el cortejo fúnebre. Extrañamente largo cuando ya la gasolina se hacía de rogar. Más extraño aun es que, al bajarse los integrantes del cortejo resultaran más bien pocos si se comparaba con lo extensa que había sido la fila de carros. Como si no hubiera viajado más que uno en cada vehículo, todo un desperdicio de combustible. Cuando supe el nombre del muerto todo se aclaró: un ministro de interior caído en desgracia tras el fusilamiento del general. Lo habían procesado en un juicio mucho más sigiloso. Nada de transmisiones por televisión. Si acaso una breve nota en la que anunciaban la sentencia: veinte años de privación de libertad. Por cargos de corrupción creo recordar. Trascendía, no obstante, el rumor de que entre los cargos que se le habían imputado estaba un viaje a México con una conocida bailarina y especialista en ejercicios aeróbicos. Nuestra Jane Fonda local. Se mencionaba como prueba del delito un video en el que aparecía untándose una crema en el pene para darle mayor prestancia y capacidad sexual. Chismes suculentos para alimentar el deseo popular de que fuera castigado supongo. Pero de los veinte años de condena no llegó a cumplir ni dos. La versión oficial atribuía su muerte a un infarto, pero dio motivo a mucha especulación la muerte a los cincuenta y pocos años de alguien cuya salud al ingresar en la cárcel parecía ser perfecta. Ahí estaba su cadáver, rodeado por un puñado de sus fieles. Una —cautelosa— manifestación de desafío. Eso explicaba el contraste entre la larga fila de coches y el número de sus ocupantes. No querrían arriesgar a nadie más que a sí mismos. Ni, sospecho, habría muchos que se ofrecieran a acompañarlos.


(Al morir el antiguo ministro del interior confirmó ese sentido de la oportunidad tan común en países de economía planificada. Lo hizo el 21 de enero de 1991, apenas a cuatro días de iniciada la Primera Guerra del Golfo, asegurándole a su muerte la mayor discreción entre las noticias de los constantes bombardeos norteamericanos a Iraq. No sería la única vez que los acontecimientos cubanos se sincronizaran con incursiones norteamericanas en el Medio Oriente. Las detenciones masivas de disidentes cubanos que terminaron siendo conocidas como la Primavera Negra del 2003 coincidieron con el inicio de la llamada Segunda Guerra del Golfo contra Iraq. Como para que los lectores de noticias en todas partes del mundo tengan oportunidad de poner el acontecer cubano en una perspectiva más amplia).   

miércoles, 20 de mayo de 2020

El Directorio Revolucionario o cómo se pierde el juicio de la Historia


Muy poco se repara en que el discurso más famoso de cuantos pronunciara Fidel Castro en 1959, el del 8 de enero, palomas al hombro, estuviera enfilado principalmente contra el Directorio Revolucionario. Que la arenga conocida popularmente por el estribillo con que machacó a la muchedumbre “¿Armas para qué?” estaba destinada a desarmar simbólica y literalmente al Directorio Revolucionario. Aunque no llame al Directorio por su nombre, reduciéndolo a condición de “grupo”. Y a los reclamos del Directorio de ser tenido en cuenta en el diseño de la revolución triunfante los rebaja a mera ambición: “¿Puede algún grupo, por el hecho de que no le hayan dado tres o cuatro ministerios, ensangrentar este país, y perturbar la paz?” se preguntó retóricamente Fidel Castro. El efecto que tuvo el discurso en la percepción pública del Directorio fue tan demoledor que en unos días se vio obligado a entregar sus armas “para quedar como una simple organización política al lado del nuevo proceso de cambios desde una posición secundaria” al decir de Waldo Fernández Cuenca.

Debe hacerse notar que, además de para desarmar a la organización rival, en aquel discurso Fidel Castro sentó las bases del relato oficial al decir que “el Movimiento 26 de Julio era la organización absolutamente mayoritaria, ¿es o no es verdad?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”)  Y, ¿cómo terminó la lucha?  Lo voy a decir:  el Ejército Rebelde, que es el nombre de nuestro ejército, del que se inició en la Sierra Maestra, al caerse la tiranía tenía tomado todo Oriente, todo Camagüey, parte de Las Villas, todo Matanzas, La Cabaña, Columbia, la Jefatura de la Policía y Pinar del Río (APLAUSOS)”

Si se lee con atención el fragmento anterior no se trata solo de marginar al Directorio sino incluso de anular la importancia del aparato clandestino urbano del propio Movimiento 26 de julio en favor del Ejército Rebelde, sobre el cual ejercía un control más estricto y directo. No había por qué asumir la defensa incondicional de Fidel Castro del Movimiento 26 de Julio frente a otras organizaciones. La incondicionalidad, nunca fue su fuerte. Su política, a partir de su llegada al poder, se basó en un continuo reajuste en el equilibrio de fuerzas entre las organizaciones en las que se apoyaba, reajustes que buscaban sacar el mayor partido de las fricciones que se producían entre las partes en pugna. Nunca dudó en darle la espalda al M-26-7 cada vez que veía en ello una oportunidad de reforzar su poder. Así ocurrió cuando apoyó la candidatura del comandante del Directorio Rolando Cubelas en las elecciones por la presidencia de la FEU frente al indómito Pedro Luis Boitel, candidato entonces del M-26-7. O cuando apoyó a los líderes sindicales comunistas frente a los prestigiosos sindicalistas del M-26-7 en las elecciones por la jefatura de la CTC.

En aquellos primeros años los miembros del Directorio vieron desplazada su importancia política y simbólica no solo por el triunfante M-26-7 sino también por el PSP que tan poco había hecho en el derrocamiento de la dictadura y al que se le podía recordar su apoyo a Batista en la década del 40. Verse desplazados por los que consideraba poco menos que burócratas de la revolución debió ser duro para su orgullo forjado en la acción. En el retrato de conjunto de la Revolución Cubana el Movimiento 26 de julio, representado por sus guerrillas rurales tenían la primacía de la acción, el PSP la ideológica y el Directorio quedaba desplazado a una condición de escenográfica. Si acaso el Directorio quedó como Polonia el tratado de Postdam cuando debió ceder territorios del este a la URSS para recibir a cambio la Silesia de la derrotada Alemania: a cambio de ceder en todo lo demás al Directorio le dejaban el monopolio simbólico del ataque a Palacio y le permitían convertir póstumamente a todos sus mártires -incluso los que militaban en la Organización Auténtica- en miembros del Directorio. Eso y la ubicación de sus miembros en importantes cargos en el gobierno o el ejército.

Se pensaría que al anunciar el carácter socialista de la revolución en abril de 1961 los comunistas del PSP se convertirían en favoritos de Castro. Sospecha confirmada con la creación en julio de ese mismo año las Organizaciones Revolucionarias Integradas llamadas a unir las fuerzas del M-26-7, el PSP y el DR y la amplia representación de los comunistas en su secretariado. Y sin embargo a menos de un año de la creación de las ORI, en marzo del siguiente año Fidel Castro aprovecharía una torpe censura de la invocación a Dios que había hecho José Antonio Echeverría en su testamento político para defenestrar al líder comunista Aníbal Escalante bajo la acusación de “sectarismo” y disolver las ORI. Lo que muchos verían un acto de justicia y una advertencia contra los extremismos políticos sería el modus operandi de Fidel Castro durante toda su vida política: fomentar la competencia y las fricciones entre las diferentes fuerzas que sustentaban su poder, desentenderse de ellas un rato para luego reaparecer como el árbitro que le devolvía el equilibrio a una situación que se había salido de cauce. Por un tiempo la parte aparentemente ganadora en la discordia asumía que le serían restituidos sus poderes confiscados para luego comprender que el máximo beneficiario de la situación había sido el supuesto árbitro.

No obstante, pese a la aparente corrección de los abusos del PSP con la denuncia del “sectarismo miserable” de los dirigentes comunistas el Directorio volvió a quedar relegado como fuerza dirigente. Tras la disolución de las ORI y la creación del  Partido Unido de la Revolución Socialista en marzo de 1962 su secretariado de seis integrantes no incluía a ningún miembro del Directorio y sí al secretario general del PSP, Blas Roca. Y de los 23 miembros de la Dirección Nacional del PURSC 13 provenían del Movimiento 26 de Julio, 10 del PSP y solo dos del Directorio.


Con  el juicio seguido en marzo de 1964 a Marcos Rodríguez, supuesto delator de cuatro dirigentes del DR masacrados en abril de 1957, el Directorio creyó ver una oportunidad de recuperar algo del terreno perdido. Unos meses antes había estallado un intenso debate entre el zar de la cinematografía cubana y Blas Roca, secretario general del PSP sobre qué tipo de películas debían ver los cubanos y en esa ocasión el Arbitro en Jefe falló en contra de Blas Roca y a favor de la posición menos ortodoxa sostenida por Alfredo Guevara. Este hecho quizás hizo pensar a los miembros del Directorio que el PSP andaba de capa caída en la estima del árbitro y que era momento de actuar.

En el juicio a “Marquitos” los miembros del Directorio insistieron, de modo discreto pero diáfano, por una parte en la militancia comunista del acusado y por otro en que las motivaciones que lo llevaron a la delación no eran personales sino políticas. Y tal como presentaron los hechos debía concluirse que el hecho de que Marcos Rodríguez no fuera juzgado antes se debió a la presión de los jerarcas del PSP implicando que estos aprobaban o incluso instigaron la delación que se le imputaba al acusado. Faure Chomón, líder del disuelto Directorio y a la sazón ministro de Transporte, subrayó que Marcos Rodríguez debía ser juzgado, además de por la ley vigente “por el tribunal de la Historia”. La razón por la que apelaba a tan alto tribunal era porque veía en el acusado “un fruto amargo del sectarismo” en alusión al período en el que “se situaron los viejos militantes del PSP en todos los puestos claves de la Revolución”. Chomón terminaba su declaración con este reclamo: “juzguemos a Marcos Rodríguez que en él también vamos a juzgar, a sepultar el sectarismo”.



Si a los antiguos miembros del Directorio les hacía ilusión el veredicto de la Historia la intervención de Fidel Castro como máximo representante de dicha instancia anuló tales pretensiones. Primero al advertir que era innecesario determinar si el acusado “era o no miembro del Partido Socialista” pues “si nosotros le damos importancia a eso es porque somos sectarios”. En el interrogatorio al acusado el interés de Castro estuvo centrado en establecer que Marcos había actuado por cuenta propia y que sus motivaciones al delatar a los líderes del Directorio eran estrictamente personales. Pero más importante aún en su deposición fue enunciar la razón por la que los antiguos miembros del Directorio debían renunciar a implicar al PSP en la delación de “Marquitos”. Tal argumento quedaba resumido en la frase “hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos” que traducido al lenguaje político significaba que vería en cualquier ataque contra el PSP una traición a la causa y por tanto al principal representante del tribunal de la Historia en la isla: esto es, él mismo. El argumento era una invitación al silencio y eso hicieron desde entonces: silencio.

Hasta allí llegó el penúltimo intento serio del Directorio de mejorar su posición en el escalafón de la Revolución Cubana. El último fue hace apenas una década, ante la publicación de una vieja carta del Árbitro en Jefe, tildando al Directorio de “grupito” ambicioso, soberbio y presumido. Alguna compensación recibieron, espiritual y en especie.  

domingo, 17 de mayo de 2020

El Directorio Revolucionario: una historia personal



El pasado 13 de marzo, al cumplirse el 63 aniversario del asalto al Palacio Presidencial, la periodista Arleen Rodríguez Derivet según el historiador Julio César Guanche “manifestó que el asalto al Palacio Presidencial era una ‘traición’ a la Carta de México (1956), firmada en 1956 entre José Antonio Echeverría, a nombre de la FEU, y Fidel Castro, en representación del MR-26-7”. Durante la intensa discusión se llegó al consenso de que la periodista no había pronunciado la palabra traición sino que declaró que dicho asalto “iba contra los acuerdos de la carta de México”. Una polémica todo lo encendida que puede ser entre castristas ortodoxos y heterodoxos. Porque de debate teológico debemos hablar cuando los hechos son asunto sentimental que resultan buenos o malos en la medida en se acercan o se alejan de la voluntad de algún Ser Supremo (llámese este Dios, Sentido de la Historia, Revolución o el Gran Líder de que se trate). Y en ese sentido la propagandista Arleen Rodríguez Derivet anda más cerca de la Verdad aunque de alguna manera traicionara el consenso político que es la actual versión oficial de la llamada Revolución Cubana.

Dicho consenso dicta que dicha revolución fue resultado de la acción de tres organizaciones: el Movimiento 26 de julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario 13 de marzo encabezado por la primera de estas bajo el liderazgo universalmente aceptado de Fidel Castro. Un consenso creado para encubrir y a la larga hacer olvidar por un lado las diferencias políticas, tácticas y estratégicas de estas tres organizaciones, los recelos y zancadillas que se tendieron a lo largo del proceso revolucionario y por otro excluir del relato oficial otras fuerzas participantes en la insurrección contra Batista como lo fueron la Organización Auténtica alentada y financiada por el ex presidente Carlos Prío o el llamado Segundo Frente del Escambray. 

Excluir a Carlos Prío del gran retrato de la Revolución Cubana era relativamente fácil si se tiene en cuenta que pasó prácticamente toda la etapa insurreccional en el exilio de Miami (como mismo la mayoría de los jerarcas del PSP lo pasarían en México, apuntaría alguno). El objetivo de esta exclusión era romper todo vínculo de la Revolución Cubana con la república anterior. Prío era, según la versión oficial, un corrupto, cómplice del golpe que lo derrocó, y por tanto no podía tener que ver con la impoluta Revolución. Algo más difícil excluir de la crónica roja de la Revolución eventos como el asalto al cuartel Goicuría o el desembarco y posterior masacre de los expedicionarios del Corinthia, ambos -asaltantes y expedicionarios- bajo las órdenes y el financiamiento de Prío. O el detalle de que buena parte de los asaltantes del Palacio Presidencial no eran miembros del Directorio sino de las Organización Auténtica. O que Fidel Castro compró el Granma con 50 000 dólares regalados por Prío.

Cuando anuncié en la facultad de Historia que haría mi tesis de grado sobre el Directorio allá por 1989 varios me desaconsejaron que lo hiciera. Era un tema complicado. Siendo un grupo que, aunque con méritos reconocidos, había sido progresivamente marginado de la historia oficial hacia un papel secundario, podía complicarme la obtención del diploma. Fue poco lo que descubrí en términos historiográficos pero era tan ortopédica la versión de la historia oficial que cualquier detalle adicional que intentara añadir podía ser escandaloso. Detalles que los historiadores oficialistas conocían de sobra pero que ignoraban a sabiendas para imponer su versión que -todavía- reza así: El Directorio Revolucionario “era el órgano de militancia de la casi totalidad de los estudiantes revolucionarios en la Universidad de La Habana y otros centros de estudio” y “heredero de la experiencia combativa de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en su lucha contra Machado, y nueva expresión, cualitativamente superior, del Directorio Estudiantil Universitario surgido en 1927 y reconstituido en 1930”. Lo cierto que ni todos los estudiantes revolucionarios se integraron al DR ni todos los miembros fundadores ni los que se fueron incorporando después eran estudiantes. Hay que tener en cuenta por una parte que la FEU no era entonces una organización de masas sino el conjunto de presidentes de Asociaciones de estudiantes de las diferentes facultades de la universidad que eran quienes decidían quien sería el presidente de la federación. Y por otra parte el control de la universidad había sido durante décadas disputado por diferentes grupos tanto políticos como armados. Todo eso explica que tras la muerte de José Antonio Echeverría siendo presidente de la FEU y de Fructuoso Rodríguez, vicepresidente,  hubiese largas disputas sobre si la sucesión legítima correspondía o no a un miembro del Directorio.

El leir motif de la unidad

En un mundo ideal donde todos los revolucionarios debían reconocer de inmediato el liderazgo de Fidel Castro nunca debió existir el Directorio. Pero el hecho era que el asalto a Palacio se había convertido en una de las acciones insurreccionales más audaces pero no necesariamente insensatas que se hubieran concebido en la historia cubana. Y el hecho cierto es que el asalto ocurrió y la organización que se menciona en la alocución de Echeverría que todavía se retrasmite por la radio cada 13 de marzo el Directorio y no el 26 de julio. Y que incluso hasta después de 1959 el Directorio había insistido en defender su independencia como organización. De manera que el plan B de los historiadores oficiales era reconocer su existencia pero al mismo tiempo insistir en que una vez fracasado el asalto los miembros del Directorio habían aceptado si no el liderazgo de Fidel Castro al menos su superioridad estratégica. “El Directorio […] en una manifestación más de similitud con la estrategia elaborada por Fidel, asumiría también entonces la concepción de una guerra a largo plazo, del campo hacia la ciudad con ámbito en las montañas” decía Mario Mencía, historiador de cabecera de Fidel Castro, en una serie de artículos dedicados a conmemorar el veinte aniversario del ataque a Palacio.  Para ello se basaba en que el Directorio había creado un enclave guerrillero en las montañas de Las Villas en febrero de 1958 ignorando a sabiendas que la mayor parte de las armas desembarcadas en aquella expedición terminaron siendo enviadas a La Habana. Pero optaba por ignorar muchas cosas más. Ignoraba incluso que la propia lucha guerrillera en la Sierra Maestra había sido el plan B cuyo plan original contemplaba el desembarco simultáneo del Granma y el alzamiento de Santiago de Cuba dirigido por Frank País a lo que supuestamente seguiría una insurrección generalizada en el país y un llamado a la huelga general.

Mario Mencía, envalentonado en su condición de primo historiador assoluto llegó a afirmar en su serie de artículos que el “73% de los integrantes ese comando [se refería a los atacantes de Palacio] eran trabajadores”. De esta manera insinuaba, muy a tono con la historia oficial de la época que, luego de sus inicios estudiantiles, el Directorio se había proletarizado. Cierto es que desde su fundación había tenido en cuenta al movimiento obrero cubano pero lo que estaba detrás de esa supuesta proletarización del Directorio de que hablaba mencía era su alianza con la Organización Auténtica dirigida por Menelao Mora y financiada por Carlos Prío. Cuando Mencía dice en su artículo que antes del asalto el Directorio había establecido relaciones con “determinados grupos de trabajadores revolucionarios” está disimulando la alianza entre el Directorio y la Organización Auténtica dirigida por Menelao Mora y financiada por Prío. Era su manera de no desmentir la afirmación de Faure Chomón que lista entre los principios del Directorio no aceptar “en la organización a nadie que mantenga compromisos con Carlos Prío” y de paso elevar el perfil proletario del comando asaltante.

Hubo no obstante en el artículo de Mencía varias incongruencias. Si el Directorio era una organización estudiantil y el asalto a Palacio estuvo a cargo del Directorio ¿cómo era posible, como él mismo menciona, que de los 52 asaltantes solo once fueran estudiantes? Tampoco se explica cómo en un momento el Directorio envía “los únicos cuatro fusiles M1-que Menelao Mora le ha facilitado- a Frank País en un ejemplar gesto de solidaridad revolucionaria” y tiempo después tuvieran “unas 220 armas largas” para el asalto a Palacio. Ambas incongruencias se explicarían con solo mencionar la presencia decisiva en el asalto de hombres y recursos de la innombrable Organización Auténtica. O con el detalle de que el asalto a Palacio era un viejo sueño de dicha organización, sueño que el Directorio había acogido como propio dándole su crédito político mientras los seguidores de Menelao Mora corrían a cargo de la parte militar. De ahí que la mayoría de la plana mayor del Directorio participara en la acción con mayor proyección política, el asalto a Radio Reloj. Y que en el texto completo de la alocución que debía leer JoséAntonio Echeverría se refiriera alos hombres del DIRECTORIO REVOLUCIONARIO, capitaneados por Faure Chomon” cuando el propio Chomón siempre reconoció que el jefe del comando militar era Carlos Gutiérrez Menoyo y él solo su segundo al mando.

Buena parte de la investigación para mi tesis consistió en ir escarbando la costra de falsedades y medias verdades que cubrían la historia del Directorio hasta reconstruir un relato lo más veraz que pude con la información que logré conseguir. Muy poco que no supieran los miembros del Directorio que todavía vivían en aquellos años pero que preferían callar cuando los iba a entrevistar. O que no apareciera en cualquier estudio más o menos serio publicado en el exilio pero a los que no tenía acceso.

Lo novedoso que ofrecía mi tesis, además de desentrañar la madeja entre la FEU y el Directorio, fueron un par de cartas que descubrí entre otros papeles sin importancia en el Instituto de Historia, para entonces ya ocupados por un batallón de historiadores de las FAR. Eran cartas de finales de 1958 de Faure Chomón a dos de sus subalternos en el movimiento clandestino de la capital. En ambas insistía en que no se dejaran confundir, que aunque el Directorio conservara fuerzas en el Escambray la estrategia de la organización seguía siendo “golpear arriba” o lo que es lo mismo, en el lenguaje de la organización, ejecutar un atentado contra Batista. Y tenía su lógica. Tanto por la estructura y la fuerza de la organización en esos momentos la única manera en que podría adelantársele al Ejército Rebelde castrista y derrocar a la dictadura era mediante un atentado. Y era precisamente ese tema el que quería evitarse a toda costa: el de los recelos y las luchas por el poder entre dos organizaciones que luego se fundirían en la siguiente década bajo el mando unificado de Fidel Castro. Y es que la fuente de esos recelos no era meramente táctica o estratégica. Algunos de los integrantes del Directorio conocían de primera mano a Fidel Castro cuando era parte de una de las organizaciones del gangsteriles que habían asolado la universidad en la década anterior y guardaban sana desconfianza sobre sus intenciones en caso de que llegara al poder.   

Todavía faltaban dos décadas para que el propio Fidel Castro, ya muy disminuido mentalmente, decidiera publicar su papelería correspondiente a los últimos cinco meses de la insurrección contra Batista. En ese libro abandonó sus cautelas anteriores e incluyó una carta del 26 de diciembre de 1958 al Che Guevara en la que lo reprendía duramente por haber firmado semanas atrás el pacto de El Pedrero donde se sancionaba la cooperación entre sus fuerzas y las del Directorio:  

“Considero que estás cometiendo un grave error político al compartir tu autoridad, tu prestigio y tu fuerza con el Directorio Revolucionario. La guerra está ganada, el enemigo se desploma estrepitosamente, en Oriente tenemos encerrados diez mil soldados. Los de Camagüey no tienen escapatoria. Todo eso [es] consecuencia de una sola cosa: nuestro esfuerzo. No tiene sentido aupar [a] un grupito cuyas intenciones y cuyas ambiciones conocemos sobradamente, y que en el futuro serán fuente de problemas y dificultades. Tan soberbios y presumidos son, que ni siquiera han acatado tu jefatura, ni la mía, pretenden erigir una fuerza militar autónoma y particular que no podremos tolerar de ninguna forma. Quieren en cambio compartir los frutos de nuestras victorias para robustecer su minúsculo aparato revolucionario y presentarse el día de mañana con toda clase de pretensiones. Es necesario que consideres este aspecto político de la lucha en Las Villas como cuestión fundamental”

Ese fragmento provocó quejas por parte de antiguos miembros del Directorio que solo se acallaron tras varios gestosoficiales, incluida la entrega de automóviles rusos a los agraviados. Pero desde la publicación de dicha carta ya no ha podido repetirse el cuento de hadas de la unidad revolucionaria y hasta las versiones más domesticadas deben lidiar con ella y aceptar que “Ni la Carta de México, ni el Pacto del Pedrero lograron, a pesar de los puntos de coincidencia, la unidad orgánica”.

Pero para cuando finalicé mi tesis en 1990 demostrar documentalmente que al menos hasta diciembre de 1958 el Directorio se consideraba a sí mismo como una organización independiente sin servidumbres tácticas y estratégicas a Fidel Castro no era poca cosa. Durante la defensa de mi tesis pude compartir mis impresionantes hallazgos investigativos con mi tutora, los lectores de mi investigación, mis familiares, la novia de entonces y los fieles amigos que no suelen perderse ciertos momentos importantes de la vida de uno por poco que se enteren de lo que está pasando.

Al año siguiente mi tutora me pidió que me presentara en uno de aquellos eventos rituales sobre la lucha insurreccional que reunía a una mezcla de ex combatientes clandestinos, militares e historiadores especializados en el tema, un evento que precisamente se realizaba en la facultad en que me acababa de graduar. Los rituales detestan las alteraciones. Yo me limité a leer las conclusiones de mi tesis que, como dije antes insistían en un detalle tan obvio como que el Directorio había sido una organización con vida propia. A pesar de la obviedad desde el público se levantó indignado el mismísimo primo historiador assoluto, el gran Mario Mencía, a increparme. ¿Cómo me atrevía a decir que después del asalto a Palacio el Directorio seguía insistiendo en “golpear arriba”? Me tachó de ignorante e inmaduro, el tipo de acusaciones que a mis veintidós años de entonces estaban perfectamente justificadas y por eso mismo me indignaban más. La tutora, sentada al lado mío me tomó una mano diciéndome: “tranquilo Enrique, tú tienes las cartas”. Como si se tratara de un juego de poker y tuviera en la mano los cuatro aces. Y en efecto, bastó con que leyera un par de párrafos para demostrar mi punto y silenciar a Mencía el resto de la jornada. Más significativa aún fue la reacción del público que me ovacionó con un entusiasmo más propio de película de Hollywood en la que el protagonista es absuelto en juicio por asesinato que de un evento anual sobre la lucha insurreccional en La Habana. Y claro, aquellos señores veteranos tanto del Directorio como del Movimiento 26 de julio más que aplaudir por mí aplaudían en contra de Mencía que en aquella sala era el máximo representante de la versión oficial de la historia. Una versión nacida de un pacto político en el cual todos ellos habían sido ninguneados a mayor gloria del que era en realidad el primo historiador assoluto. Pero como les resultaba impensable cuestionarse el papel en todo ese asunto del Historiador en Jefe era bastante más fácil alegrarse de que por esa vez el pelele encargado de repetir lo insignificantes que habían sido sus heroísmos pasados quedara en evidencia.

Pero a lo que íbamos al principio. Hablar de traición del Directorio a Fidel Castro es demasiado decir cuando nos referimos a alguien para el que la palabra “lealtad” estaba ausente de su vocabulario. Pero si a lo que se refiere Arleen Rodríguez Derivet era a la opinión que el Directorio Revolucionario le merecía al Comandante hay que concederle a la periodista que este siempre detestó la competencia.

[Continuará]

miércoles, 13 de mayo de 2020

Educación y desyerbe


Persiste, a pesar de su realidad, la creencia de que las escuelas al campo fueron, con todo y sus fallas, un proyecto educativo. Bueno, para eso son las creencias: para persistir más allá de los hechos. Lo real es que durante toda la década del 60 el Estado andaba tratando de resolver el problema que él mismo se había creado al apropiarse de tres cuartas partes de la tierra en Cuba sin tener con quienes ponerla a producir.

En el discurso del 13 de marzo de 1969 (y sobre el que le agradezco a mi amigo Ernesto Fumero haberme alertado sobre él) Fidel Castro declara.

"La consigna de la reforma agraria se puede considerar una consigna dentro de una revolución que debe ser reformada, a más claramente: dentro de una sociedad que debe ser revolucionada. Y cuando la sociedad es realmente revolucionaria, entonces todas aquellas ideas que podían considerarse reformas, concebidas en un momento determinado, quedan absolutamente anticuadas para las necesidades reales que una sociedad revolucionada presenta".

Era su manera naturalmente discreta de reconocer que su reforma agraria había sido un perfecto desastre. El Estado había conseguido reunir toda la tierra posible pero ahora no tenía mano de obra. Me repito a la confesión del propio culpable: "lógicamente, las filas de macheteros no se han ido nutriendo estos años”. ¿Cómo iba a resolver el problema?

Primero lo intentó usando el trabajo agrícola como castigo.

Y creó las UMAP.

Pero vio que no era bueno.

Nunca en la historia de ese país debió haber gente peor dispuesta a cortar caña, desyerbar surcos. Y pese al celo con que se los recogía por todo el país no había homosexuales o testigos de Jehová suficientes para cultivar tanta tierra.

Y encima estaba el escándalo internacional agravado por los aviones espías yankis invadiendo la privacidad de la agricultura revolucionaria y tirando fotos de los campamentos de reclusos. Y hubo que desmantelar las UMAP.

Hubo que intentar otro acercamiento al problema. ¿Y si se presentaba el trabajo agrícola como un honor y un deber en vez de como castigo? ¿como una de esas contradicciones con las que el marxismo de manual le gustaba tanto lidiar? ¿Y si en vez de a lo peor de la sociedad socialista se le encargaba como misión a su mejor parte? ¿No se habían creado inmensos planes educativos? Pues nada más lógico que fueran los propios estudiantes los que corrieran con los gastos pagándolo con su esfuerzo productivo. "La contradicción entre las necesidades del subdesarrollo y la del estudio -dijo Fidel Castro en el discurso antes citado- se va resolviendo en la misma medida en que se va introduciendo el trabajo combinado con el estudio”. Y una vez descubierta esa solución que prometía autofinanciarse el Comandante desató su imaginación, tan audaz como la de la lechera de la fábula. “Hoy existe la escuela al campo, y en el futuro existirá la escuela en el campo. Las secundarias rurales estarán en el campo, y pronto comenzaremos a construir las primeras secundarias rurales en el campo. Ello contribuirá a resolver esa contradicción, de manera que la enorme masa de cientos de miles de jóvenes que realicen los estudios secundarios, lo harán en instituciones donde combinarán el estudio con un tipo de actividades productivas posible a esa edad".

¿No era eso maravilloso?

Pero no todo podía reducirse a un cálculo puramente económico como haría un sucio capitalista. Y porque era consustancial a la naturaleza del estratega buscar concebir muchos beneficios al mismo tiempo para cada uno de sus planes. El trabajo en sí mismo sería un instrumento educativo pero además ayudaría a eliminar las diferencias entre el trabajo manual y el intelectual. Los estudiantes trabajarían por las mismas razones por las que los obreros debían estudiar: para que en la sociedad socialista se fueran eliminando las diferencias entre unos y otros. Y hasta marxista se sentía el Comandante cumpliendo con “esas ideas que fueron esencia del pensamiento marxista:  la combinación del estudio y del trabajo, la combinación del trabajo intelectual y el trabajo manual, no son simples frases:  son ideas que contienen la esencia de la sociedad del futuro”. Solo faltaba encontrar una frase de Martí que calzara todo el tinglado y por supuesto se encontró: “Escuela no debía decirse sino talleres. Y la pluma debía manejarse por la tarde en las escuelas; pero por la mañana, la azada”.

Y cuando veinte años después, en lo peor de la crisis de los 90, el Estado se vio obligado a algo que había evitado hasta entonces por todos los medios: alquilar tierras a los campesinos. Fue entonces que fue todavía más evidente lo improductivo que había sido el experimento agroeducativo. Y a partir de entonces han ido desmontándose con discreción. Las escuelas al campo se han eliminado sin que nadie haya protestado porque a sus hijos los priven del acceso a las virtudes pedagógicas del desyerbe manual o la siempre de bejucos.  


P.D.: Al parecer la bonita tradición de las escuelas al campo se conservaban al menos hasta el 2015 en Camaguey al punto que algún periodista nostálgico se quejara de que comparada con la que le tocó en sus tiempos aquello parece más bien “un campismo en Shanghái”.

sábado, 9 de mayo de 2020

Una teoría de las UMAP


Esta más o menos mi versión de las UMAP.
Cuando el régimen cubano creó el Servicio Militar Obligatorio en 1963 (el primer llamado al reclutamiento fue en abril de 1964) quedaba el problema de qué hacer con aquella parte de los jóvenes considerados indeseables. Aquellos que por cualquier razón se consideraba peligroso darles acceso al uso de las armas. ¿Eximirlos del Servicio Militar? ¿Premiar a aquellos que considerados indignos incluso de servir de carne de cañón? Eso nunca. Eso equivaldría a situar en posición de privilegio a todos aquellos que fueran Testigos de Jehová, católicos, homosexuales o cualquiera otra variante de desviación de la norma comunista. Y de hecho invitar a buena parte de la juventud a sumarse a las filas de tales indeseables con tal de esquivar el reclutamiento.

Ahí entra la idea de las UMAP como unidades de castigo para el elemento antisocial que era más o menos lo mismo que decir “educativas” en la mentalidad represivo-patriarcal de los paladines revolucionarios de la isla. Serían sometidos a la disciplina militar sin permitirles entrar nunca en contacto con las armas. Ya en otros países del llamado “campo socialista” se había ensayado esa fórmula como explica Milan Kundera en su novela La broma. Por otro lado ¿la Reforma agraria no había dejado decenas de miles de caballerías en manos del Estado sin que este tuviera capacidad de hacerlas producir? Pues para eso mismo servirían aquellos indeseables. ¿Qué aquellos calambucos y maricones serían previsiblemente improductivos? Tampoco los esclavos africanos estaban mayormente interesados en hacer ricos a sus dueños pero con la apropiada dosis de coerción se les forzaba a trabajar todo lo que fuera necesario.

El caso de los homosexuales era el más grave porque muchos de ellos estaban estudiando en los niveles medios y superiores de enseñanza y exentos, según la ley de noviembre de 1963, de ser reclutados. ¿La juventud no era “la arcilla fundamental de nuestra obra” escribió en aquellos días el Che Guevara? Pues la arcilla, material dúctil donde los haya, debía librarse de impurezas antes de emprender la tarea de moldearla. Pero estaban allí junto al resto de la juventud, intentando corromperla. Para resolver el asunto se lanzó una intensa y minuciosa campaña de depuración en las universidades e institutos de enseñanza media encaminada a expulsar a “contrarrevolucionarios y homosexuales”. Una campaña que incluyó humillantes asambleas depuradoras donde se decidía el destino de todos los sospechosos de incurrir en los nuevos pecados socialistas.

Y a partir de entonces todo funcionó con fluidez. Se depuraban los centros educativos para a continuación organizar recogidas las famosas “recogidas” de jóvenes que ni estudiaban ni trabajaban ni podía confiarse en ellos, listos para enviarlos a las UMAP. El objetivo no era, como ya se dijo, el exterminio sino la reeducación para lo cual se les diría a los jefes de los campos que podían usar la fuerza a discreción. Nada de fusilamientos en masa pero tampoco demasiados remilgos. Después de todo ya se sabía que ese elemento no le servía de mucho a la Revolución. Y así funcionaron las UMAP durante sus tres buenos años. Hasta que el escándalo interno y externo obligó a cerrarlas primero y convertirlas después en Columna Juvenil del Centenario y más tarde en EJT.

Y ahora se aparece Mariela Castro diciendo que la “idea de las Fuerzas Armadas [con las UMAP] era crear un Servicio Militar sobre todo con campesinos para apoyar la producción de alimentos”.

martes, 5 de mayo de 2020

Wall Street aprende (‘una poquita’ de) español*

Como ya venía siendo tradición, al puntillazo del imperio colonial español en América en 1898 le siguió el estrechamiento de los lazos entre Nueva York y Latinoamérica. Y quien dice lazos, dice cadenas, cables, tuberías. Porque ya para esos años cuanta inversión se perdía en la más remota mina sudamericana debía buscársela en Wall Street, el sitio donde el capitalismo apuesta su futuro con dinero del presente.

Dado el recién adquirido control de Cuba y Puerto Rico (que si la primera era una república y la segunda una colonia lo dejamos en manos de especialistas en determinar si la mordida proviene de galgos o podencos) era natural que el objetivo primordial de aquellas apuestas fuera el principal producto que proporcionaba el Caribe: diabetes pura en la forma de sacos de azúcar.

Y quien dice Cuba y Puerto Rico dice República Dominicana que está en el medio, y las Antillas Mayores son así de pegajosas. Pero para asegurar la inversión se tramitó en Dominicana una intervención militar, que rima con inversión, y que duró más de ocho años, entre 1916 y 1924. Que las apuestas hay que asegurarlas a como dé lugar.

En Estados Unidos la industria azucarera seguía siendo dominada por los Havemeyer de Brooklyn quienes, para que se notara menos el control familiar, en 1891 nombraron la compañía American Sugar Refining Company. Y a partir de 1900 la rebautizaron como Domino Sugar, para que se confundiera con un juego de mesa.

Pero no todo en la vida es endulzar el café y los pancakes. También está el asunto de iluminarse y comunicarse con el prójimo para explicarle, entre otras cosas, cómo van sus inversiones al sur de la frontera. Hablo del auge de la electrificación y de la comunicación que sacudió Estados Unidos con el cambio de siglo. Quien dice electricidad y teléfonos dice cable.

En primera fila de inversiones en minas de cobre estaban los Guggenheim que antes de ser museo en forma de espiral (o de cáscara de naranja para los que anden flojos en geometría) habían invertido en minas de cobre de Arizona, estado previamente escamoteado a México en un momento de distracción. Luego invirtieron en minas en Chile y Perú en una compleja operación que requería esfuerzos como pronunciar la palabra “Chiquicamata”, el nombre de la mayor mina de cobre del mundo a cielo abierto.

Por su parte, James Ben Ali Haggin, abogado de Kentucky y criador de caballos de raza, se alió con otros millonarios afincados en Nueva York (J.P. Morgan, Henry Frick) para crear la Cerro de Pasco Corporation con sede en Broad Street y que al cabo de un par de décadas tendría el control del 80% del negocio del cobre a nivel mundial.

Y quien dice electricidad también dice petróleo y para eso estaban los Rockefeller, ya asentados en Nueva York. Cuando todavía no les había dado por las pistas de patinaje y los árboles de Navidad invirtieron en la extracción de petróleo en México, Perú y Venezuela, países que, los pobres, no sabían qué hacer con ese chapapote maloliente en que se habían convertido los dinosaurios fermentados.
Pero tanto trasiego de mercancías necesitaba de vías más expeditas. Y para eso nada mejor que darle un empujoncito al viejo sueño de construir un canal en Centroamérica, sueño que llevaba años trabado en las circunvoluciones cerebrales del imperialismo francés. Es cuando aparece otro neoyorquino, el abogado William Cromwell, aliado al banquero J.P. Morgan (ese nunca ha sabido ser teatro o museo), para convencer al gobierno de que convenciera a Colombia para construir un canal. Pero como los colombianos se pusieron remolones, otro neoyorquino, el entonces presidente Teddy Roosevelt, ayudó a Panamá a independizarse de Colombia. Y, por supuesto, el primer acto soberano del gobierno panameño fue acordar la construcción de un canal bajo el control de Estados Unidos.

Tomado de Nuestra Voz.

domingo, 3 de mayo de 2020

Los cubanos y la humanidad*

"La gente ha renunciado a ser humanidad, a ser gente, decía el Cenizo. Ha renunciado a la libertad. A lo que no renuncian es a regresar al paraíso. Y allí no hay nada más peligroso que se pueda concebir que la libertad. La libertad, no el pecado, fue lo que nos expulsó del paraíso, al que sólo podremos regresar si renunciamos a ella. «El comunismo fue apenas el principio», dijo. Si antes fue la imposición de un grupito, luego lo va a pedir todo el planeta.
A gritos, como un bebé. Se van a sentar de nuevo al pie del árbol de la ciencia del bien y del mal con la cara más inocente del mundo. A esperar a que el maná —orgánico y sin colesterol— les caiga del cielo. Fingiendo que somos inocentes. Y puros. Eso es lo malo, decía. Porque al final no hay nada peor que el que aspira sin descanso a parecer puro, a ser puro.
«Por eso a los cubanos nos huyen como a la peste», comenté yo. «Como venimos del paraíso, para lo único que serviríamos era para aguarles la fiesta». «Hacen bien en esquivarnos», me respondió el Cenizo. «No es bueno hacerle caso a quien se pasa la vida quejándose. Sufrir no te hace más sabio, sino más rencoroso. Y sin cierta ingenuidad, cierta ilusión, cierta comemierdería, la humanidad se quedaría donde está. Para siempre.» «Cuidado, no se me vuelva comunista», le dije para hacerlo sonreír. «Uno sólo cambia de vivo para muerto», me dijo, y sonrió, pero sin ganas.
[...]

El Cenizo tiene razón. Si Dios quisiera explicarle algo a la humanidad nunca elegiría a un pueblo tan jodido como el nuestro, incapaz de aprender de su propia experiencia. Gente que se le escapa a un ególatra inescrupuloso para terminar entregada al próximo ególatra inescrupuloso que se aparezca. Basta que tuerza la boca y mueva los brazos indicando que la victoria total y absoluta los espera al doblar la esquina. Porque los cubanos, como cualquier otra tribu, tienen la necesidad de aplaudir, de creerse, después de haber perdido tantas veces, que están ganando, que esta vez sí van a ganar. Sobre todo, si se trata de nosotros, los cubanos exiliados. Porque el exilio —como le gustaba decir al British— no es más que el nombre elegante de una gran derrota. Existimos para ser derrotados una y otra vez en nombre de una victoria final que nunca llegará. O que, cuando llegue, no le importará a nadie. Los pocos que todavía nos consideramos exiliados, digo. Los que nos pasamos la vida machacando los mismos argumentos sin acabar de entender nada. O sin poder hacer nada con lo aprendido"


martes, 14 de abril de 2020

Víctor Batista (1933-2020)


De izquierda a derecha: Orestes Hurtado, Pío Serrano, un servidor, Víctor Batista y León de la Hoz en la librería Rafael Alberti, marzo de 2019.

Acaba de morir de coronavirus en La Habana Victor Batista Falla quien fue, para decirlo rápido una especie de Schindler cultural cubano. Quiero decir que en medio de ese interminable naufragio que ha sido el exilio cubano en las últimas seis décadas nadie como Víctor Batista dedicó su fortuna a fomentar la cultura cubana ya fuera ayudando personalmente a todo tipo de creadores o impulsando proyectos culturales cubanos tenían en común la elegancia, el buen gusto y generosidad intelectual de su mecenas: ya se tratara de las revistas Exilio, escandalar o de la editorial Colibrí. 

Hijo de banquero y con inclinaciones artísticas sospecho que su persistente mecenazgo era en parte un cálculo económico. Decidido a salvar lo que pudiera de lo que iba quedando del país se enfrascó en su empezar y terminar por su cultura. No porque los artistas fuesen mejores personas sino porque de alguna manera concentraban más aquella nación que intentó ayudar a salvar. Aquel trozo de tierra en que le había tocado nacer era -pensaría- igual a cualquier otro trozo de tierra a no ser por las especiales modulaciones que los nacidos allí le pudieran imprimir a su espíritu.

Se habla, al evocársele, de esos tres grandes proyectos: dos revistas y una editorial pero lo cierto es que nunca dejó de ayudar por cualquier vía a los hombres y mujeres de letras que encontrara a su alcance con elegancia y discreción, virtudes tan inusuales en nuestros predios. Decenas fueron los intelectuales cubanos auxiliados personalmente por Víctor que siendo ajeno a cualquier tipo de estrechez económica no ignoraba que no solo de poesía se vive. Cuando llegué a España en 1995 ya celebraba desayunos dominicales que ofrecía a todo el que quisiera asomarse. Si no me le acerqué entonces fue porque el único trabajo más o menos fijo que conseguí en aquel Madrid me ocupaba precisamente todos los domingos.

Con Víctor Batista y la vicedirectora de la editorial Colibrí Helen Díaz Arguelles en la Feria Internacional del Libro de Miami
Si alguna vez cruzamos palabras en mis años madrileños no lo recuerdo. Sí recuerdo hablar de aquellos años mucho tiempo después cuando me hizo el honor de incluir mi libro Elogio de la levedad en el magnífico catálogo de su editorial Colibrí. Fue en la Feria Internacional del Libro de Miami en que al enterarse de que había vivido en el Madrid de los 90s quiso saber por qué nunca me había asomado a los desayunos a que convidaba en algún café de la ciudad. Tuve que contarle de mi empleo dominical y espolvorearle la explicación con un relato fugaz de mis tribulaciones madrileñas. Ni más ni menos que el infortunio promedio de cualquier inmigrante cubano en la Europa de aquellos años. Víctor bajó la cabeza e hizo silencio. Culpable. Como si de pronto se sintiera responsable por no haberme evitado desventuras que ignoraba. A mí, que conocía su historial de generosidades me dio pena con él e intenté consolarlo explicándole que en aquellos días no tenía idea de mi existencia. Pero como al Schindler de la película Víctor le importaba menos su extenso historial de favores que el detalle de que se le hubiera quedado alguien sin socorrer. Y de eso me di cuenta justo al sorprenderle ese gesto de repentina y silente vergüenza.

Vi a Víctor por última vez hace un año, al final de mi presentación en Madrid de mi novela Turcos en la niebla junto a viejos y queridísimos amigos. Allí estaba al fondo de la librería sentado con la misma discreción y serenidad de siempre, con ese gesto tranquilo con el que apoyaba a cualquier compatriota como si se tratara al mismo tiempo de un deber y un placer. Como si fuera la encarnación de ese ideal al que concordamos llamar “caballero”.

viernes, 10 de abril de 2020

Nueva York va a (y viene de) la guerra*

Entrando 1898 la batalla decisiva de la guerra de Cuba se libraba en Nueva York: entre el Journal de William Randolph Hearst y el World de Joseph Pulitzer. A ver quién vendía más muertos: todos los días los despachaban por decenas a los neoyorquinos quienes no paraban de indignarse ante la pasividad de su gobierno. Y compraban más periódicos.
A Hearst le servía cualquier cosa. Si a una cubana sospechosa de llevar mensajes secretos a Nueva York la registraban discretamente unas damas en el barco el Journal la dibujaba desnuda y rodeada por tipos de aspecto siniestro: como en póster de película porno. Muda y en blanco y negro (la película, digo). Si un dentista cubano con ciudadanía norteamericana moría en una prisión en La Habana, el titular decía: “Norteamericano asesinado en prisión española”. Y así.
En enero de 1898 cubanos independentistas le proporcionaron al Journal una carta privada del embajador español en Washington donde afirmaba que el presidente McKinley era débil, populachero y politicastro. O sea, lo mismo que le dicen a Trump cada día. Públicamente. Hearst, tipo sensible, lo tituló “El peor insulto hecho a los Estados Unidos en toda su historia”.  Pero una carta privada no era suficiente para desencadenar una guerra… aunque sí para enviar a La Habana un acorazado a proteger los intereses norteamericanos, lo que en política norteamericana es el código para designar una expedición de pesca. De islas o de lo que se aparezca.
Días después de estar anclado frente a La Habana el acorazado Maine explotó matando a 261 tripulantes. Hearst no se puso a averiguar: el Journal afirmó “El acorazado Maine fue partido en dos por una máquina infernal secreta del enemigo”. Joseph Pulitzer, más medido, declaró que solo un loco creería que España había causado el hundimiento pero el titular de su periódico Fue: “Explosión del Maine causada por bomba o torpedo”. Descartando a los extraterrestres, no quedaban más sospechosos que los españoles.
Y Estados Unidos entró a la guerra que llamó “Hispano-Americana”. Como si los cubanos no llevaran tres años participando en aquella coproducción. Fue lo que John Hay, Secretario de Estado, llamó “una espléndida guerrita”. Para los norteamericanos. Para los españoles fue “el Desastre del 98”. En la batalla naval de Santiago de Cuba, celebrada el 3 de julio de 1898 la armada norteamericana hundió cinco buques españoles de seis y mató a 343 tripulantes mientras apenas tuvo que lamentar un muerto, un herido y algún que otro arañazo en el casco de sus buques a la hora de parquearlos. Lo que se dice una pelea de león a mono con el mono con coronavirus, si me permiten la contagiosa metáfora.  Dos días antes, los norteamericanos tuvieron la oportunidad de derramar su sangre en el combate más serio de la guerrita: el de la loma de San Juan donde murieron 144 norteamericanos y 114 españoles.
Al final de los 385 norteamericanos muertos en combate solo 12 provenían de Nueva York. Los fallecidos por enfermedades tropicales, en cambio, fueron miles. Es que los mosquitos cubanos eran mucho más mortíferos que las balas españolas. Afortunadamente, aquellas muertes de bala o fiebre amarilla no fueron en vano. La guerra tuvo consecuencias trascendentales como el famoso Cuba Libre, trago creado a partir de la Coca Cola de los invasores y el ron local.
Nueva York no salió ilesa de la guerra: a la esquina suroeste del Central Park le incrustaron un monumento a las víctimas del acorazado Maine donde todavía la gente coge sol y alimenta palomas. Y el barrio adyacente, famoso por su violencia, fue bautizado en honor a la batalla más sangrienta de la espléndida guerrita: San Juan Hill. Ahora esa zona ha cambiado de nombre y aspecto y la única violencia que se permite es el precio de sus alquileres, que no es poca cosa.
Tomado de Nuestra Voz

domingo, 29 de marzo de 2020

Teresa Mlawer


Fue en el verano de 1997. Llevábamos un mes en los Estados Unidos. Yo ya había trabajado por dos o tres semanas en esas fábricas que son una parodia de la comedia de Chaplin sobre el capitalismo en serie. En condiciones que parecen diseñadas para que todo lo que venga después parezca un regalo. Fue entonces que una amiga, la escritora y editora Yanitzia Canetti, le habló a Eida de Teresa Mlawer. Una cubana, presidenta de una compañía en el corazón de Manhattan dedicada a los libros. Fuimos los dos para allá. Eida para la oficina y yo al almacén, a mover cajas de libros de un sitio a otro. Unas vacaciones en contraste con mi experiencia en las factorías de Nueva Jersey.

Teresa era una presencia severa que recorría a paso firme el imperio que había levantado desde que “Lectorum” era solo una librería de libros en español en la calle 14. Ahora se había ampliado a casa editorial y a una de las distribuidoras de libros en español más grandes del país con oficinas y almacén en la octava avenida y decenas de empleados.


A los dos meses, o menos, Teresa se dio cuenta de que Eida valía para algo más que para entrar datos en el sistema de la empresa y le propuso convertirla en jefa de compras con el doble del sueldo que había ganado hasta entonces. El capitalismo transformado en la historia de Cenicienta. Luego de ciertas dudas ante una responsabilidad que nunca antes había presentido (es licenciada en biología: toda su experiencia en el mundo de los libros se reducía a su condición de lectora compulsiva) Eida aceptó. Mi ascenso en la empresa fue más tortuoso: concentrado en ingresar en un programa de doctorado en alguna de las universidades locales debí ser de los peores empleados que nunca pasaron por ahí.

Por suerte estaba Eida, a quien Teresa le había tomado un cariño maternal. Con el tiempo, no mucho a decir verdad, llegamos a ser como de la familia. O pasábamos fines de semana en la casa de Teresa y su esposo Bill Mlawer en Long Island o ellos nos visitaban para que Bill calmara su infinita sed de frijoles negros. (Bill Mlawer, hijo de judíos de Europa oriental, nacido en Cuba y emigrado a los Estados Unidos siendo adolescente es prueba viviente de lo pegajosa que es la cubanería: ni sus ancestros judíos ni casi ocho décadas en los Estados Unidos han conseguido borrarle sus esenciales instintos cubanos. De esos que logran que te reconcilies con lo cubano por mucho que antes lo asocies a ciertas miserias.) Durante años nuestro lugar de vacacionar en Miami fue el magnífico apartamento de Teresa Mlawer en la avenida Collins con balcón al mar.

Cuando nuestros caminos laborales se separaron fuimos más cercanos, si cabe. Cada minuto a su lado servía para explicar al detalle que la progresión de Teresa en el mundo del libro en los Estados Unidos no le debía nada a la casualidad. La expansión de Lectorum y la conversión de Teresa en una de las principales traductoras y editoras de libros infantiles al español se debían en primer lugar a una dedicación sin límites. El mayor defecto que le conocí se parecía peligrosamente a una virtud: no sabía descansar. Su incapacidad para relajarse era notoria y no había ambiente, por festivo que fuera, en el que ella no consiguiera colar, insidiosa, alguna cuestión editorial.   

Si Eida era como una hija yo era más bien un yerno al que hay que mantener a raya. Su saludo habitual cuando yo le salía al teléfono era “¿Dónde está la persona más inteligente de la casa?”. Se refería a Eida por supuesto. Como si yo no lo supiera. Cuando la visitamos por primera vez después de saber de su enfermedad quiso jugar a parecer débil. “Llévame suave que estoy enfermita” para segundos después darnos una completa demostración de que esa voluntad que era su mayor marca de distinción seguía intacta pese a la enfermedad terrible que la estaba devorando. Era como siempre, el centro de la galaxia Teresa Mlawer. Una galaxia de libros infantiles, ilustraciones y ediciones cuidadas. La última vez que fuimos a verla, ya debilísima y sin esperanzas, fue la única vez que le vi darle descanso a su voluntad de hierro. Lloró. Rodeada de amigas de toda la vida lloraba no por compasión por sí misma sino por no tener palabras para consolar a las que iban a despedirse de ella. O a Bill, más desconsolado que nadie. Teresa ya se ha ido. Su voluntad, en la forma de todo el mundo que fue construyendo a su paso nos seguirá acompañando. Y donde quiera que esté dudo que consiga relajarse. Eso de “descanse en paz” no va con ella.

jueves, 26 de marzo de 2020

“Cuba está tan jodida que necesita que nos desvelemos por ella”* (revisado)

Por Camilo Venegas Yero

A principios de los años 90 del siglo pasado, yo laboraba en la Editora Abril. Todas las publicaciones dedicadas a los jóvenes, adolescentes y niños cubanos habían sido reubicadas en las ruinas del edificio del Diario de La Marina, donde ya no funcionaban los ascensores, el aire acondicionado ni el complejo sistema de mensajería por conductos.
En un edificio contiguo, también en ruinas, había un comedor obrero en el que nos servían almuerzo. Siempre compartía la mesa con Alí (de Juventud Técnica), Armandito y Luis Felipe Calvo (de El Caimán Barbudo).  Un día Luis Felipe le consiguió un ticket a un amigo suyo y le hicimos un lugar en aquella tabla redonda.
Era Enrique del Risco. Así nos conocimos en persona. Lo leía y lo seguía (de manera análoga, como se hacía en aquella época) desde mucho antes. Hace poco estuvo de visita en Santo Domingo y, otra vez, nos reunimos alrededor de una tabla redonda (mucho mejor servida, debo reconocer). Esta entrevista puede verse como una continuidad de esas dos conversaciones.

Entrevistar a alguien que constantemente dice lo que piensa, es una tarde más difícil que aquella que se planteó Fidel cuando aseguró que “¡ahora sí vamos a construir el socialismo!”. A propósito de Fidel y de Cuba, ¿tienes algún modo de explicarle a las personas que acabas de conocer, de la manera más sencilla y sucinta, el país de donde vienes?
Depende. Si se trata de alguien que haya vivido bajo algún tipo de totalitarismo (y te recuerdo que en algún momento buena parte de la humanidad ha pasado por esa experiencia) no hay nada que explicarles. La comprensión es inmediata. Da igual que se trate de polacos, checos o tibetanos.
Todo eso se me hizo muy claro desde el día en que, siendo estudiante universitario, me tropecé con un libro de sátiras del polaco Slawomir Mrozek y descubrí que sus burlas sobre el régimen polaco, eran perfectamente traducibles a nuestro mundo a pesar de todas las diferencias culturales. 
Con los que no han pasado por esa experiencia, la explicación se vuelve casi imposible. ¿Cómo explicarles la total indefensión que tiene un súbdito del totalitarismo frente a un Estado que acomoda la ley a sus necesidades y ni aún así las cumple? El mejor ejemplo que se me ocurre es el de la esclavitud. Pero siempre haciendo ciertas salvedades. 
Porque a la esclavitud hay que reconocerle su franqueza. Con la esclavitud una persona es propiedad de otra que puede disponer de su vida del modo en que lo entienda. Esa “nueva esclavitud” del socialismo totalitario de que hablara Spencer en el libro que famosamente reseñara Martí, es más discreta en cuanto al poder del Estado sobre las personas. 
Ocurre con frecuencia, sobre todo en los que nacen bajo ese sistema, que la gente se sienta completamente libre… a condición de que sus intereses se correspondan punto por punto con la capacidad de movimiento que le ha asignado el Estado. Los sistemas totalitarios se basan en un discurso redentor de la especie humana (en el caso del comunismo) o de una comunidad específica (en el del fascismo) pero a la larga resultan tan degradantes para su condición humana como la esclavitud. 
Y por condición humana entiendo esa noción renacentista de que es aquella capaz de redefinir su esencia a cada paso, basada precisamente en su libertad. Mientras para un esclavista un ser humano puede ser reducido a mera herramienta, a mera propiedad, para un Estado totalitario los individuos son simples piezas de su mecanismo estatal. Piezas perfectamente sustituibles unas por otras. 
Si algo nos enseñó el proceso contra el general Arnaldo Ochoa, era que aun los héroes más admirados y condecorados por aquel sistema podían ser eliminados si el Estado lo consideraba necesario para dar una lección. Y sustituidos por el primero que se le ocurriera, como ocurrió con Leopoldo Cintra Frías, a quien a partir de entonces le atribuyeron todos los méritos de las batallas de la guerra de Angola que se pelearon bajo el mando de Ochoa. 

Vives en un lugar, New Jersey, y enseñas en la New York University, donde Cuba resulta tan ajena como Tombuctú. ¿Cómo te las arreglas para estar todo el día pensando, opinando y movilizando las ideas hacia tu país?
No hay que exagerar. Vivo en una zona de Nueva Jersey donde una de cada diez personas es de origen cubano. Digamos que es un ambiente saludable para ejercer la cubanía: ni tantos cubanos que te abrumen ni tan pocos como para que no tengas dónde escoger. Y en mi universidad no te creas que Cuba importa tan poco. 
No como sitio real, por supuesto, pero sí como idea. Cuba no es un país sino una imagen que cada cual asocia más o menos con lo que le dé la gana. Y, por esas extrañas vueltas que dan las circunvoluciones del cerebro académico, criticar el castrismo puede verse como una manera de apoyar a Trump. 
Pero lo cierto es que como todo el mundo sabe lo que pienso al respecto mi variante de pax cubana es que nadie me habla del tema cubano excepto los que tienen un interés genuino por enterarse de lo que pasa allá. (Afortunadamente me he quitado de encima esa especie molesta que te viene a explicar Cuba después de estar una semana por la isla).
Pero tu pregunta va por otro lado. ¿Por qué sigo empeñado en pensar en Cuba? Digamos que desde niño tuve una suerte vedada a buena parte de los cubanos: conocer Cuba. Mi padre es un biólogo, especialista en bosques y encima siempre ha sido muy aficionado a la historia. Así que nos mostró casi toda Cuba y encima nos hizo visitar casi cada museo que nos encontrábamos al paso. 
No es extraño que yo estudiara la Licenciatura de Historia y cuando tuve que escoger especialidad me especializara en historia de Cuba. Es decir: era lo que se dice un cubano profesional en el sentido burlón en que Borges decía que Lorca era un andaluz profesional. Pero sospecho que hay otras razones. Y las resume una frase de Martí que cito de memoria “uno puede renunciar a su patria, pero no a sus desdichas”. 
Una frase que yo entiendo así: si uno viene de un país más o menos estable, razonablemente feliz, termina desentendiéndose de este un poco, pensando que él solo se bastará para defenderse. En cambio, Cuba está tan jodida que necesita que nos desvelemos por ella. 
Porque de alguna forma la desdicha de Cuba nos persigue donde quiera que estemos. Ser cubanos es, lamentablemente, compartir esa degradación que trae consigo la “nueva esclavitud”. Cuando le dices a un taxista de dónde eres y este exclama entusiasta “Cuba, Castro”, sin quererlo te está asociando con ese modo de esclavitud con la que por lo visto debes de estar muy satisfecho. 
Hay quienes ante esa situación optan por el olvido. Yo, en cambio, soy un memorioso, así que no tengo otro remedio que recordarme de dónde vine y actuar en consecuencia.  

Todo lo que escribes, tanto en tus novelas, como en tus ensayos, artículos de opinión y post, da la impresión de que libras una batalla sin cuartel contra el olvido. ¿Cómo quisieras que te recordaran tu hijo y tu hija (esa que siempre deja la puerta de la calle abierta)? ¿Cómo quisieras que te recuerden los que recuerdan a Cuba?
Esa no es una pregunta que se le hace a alguien que está en la flor de la edad, la cincuentena, como decía aquel escritor radial de La tía Julia y el escribidor. Mis hijos quiero que me recuerden como un buen padre, obviamente. Como alguien que, dadas las circunstancias, hizo lo mejor que pudo. Para el resto me conformo con que me recuerden como alguien que intentó mantenerse despierto todo el tiempo, que rechazó los automatismos de su época, que luchó por no estar a la moda. A ninguna moda. Y eso sin perder el sentido del humor.

Como eres quien mejor lo puede hacer, te planteo el siguiente reto. Escribe una biografía de no más de 50 palabras sobre los siguientes personajes, siempre pensando en que están dirigidas a personas que no los conocen: José Martí, Fidel Castro, Guillermo Cabrera Infante, Paquito D’Rivera, Silvio Rodríguez y Miguel Díaz-Canel.
José Martí: el escritor mejor dotado de Cuba del que sin embargo nos debemos conformar con un picotillo de artículos, cartas, diarios y apenas un par de buenos poemarios que publicara en vida. El resto es devoción póstuma, pura curaduría. Pero por si fuera poco, fue el político más hábil y humano del país. Más una mezcla de Cristo, Buda y Juana de Arco. Demasiado para aquella pobre isla. 
Fidel Castro: el destructor de Cuba. El ser más voluntarioso y falto de escrúpulos que ha dado aquella isla. Ante la disyuntiva del bienestar de su país y el poder, siempre eligió el poder.
Guillermo Cabrera Infante: el Habanero Mayor nació en el pueblito oriental de Gibara y pasó la mayor parte de su vida en Londres. Gracias a él y a su verbo extraordinario, hemos podido conocer y hasta vivir una ciudad cuya realidad actual es más bien fantasmal.
Paquito D’Rivera: la grandeza, la simpatía y la cubanía hecha saxo, clarinete y memoria. Paquito es como una vitrola de la memoria. Siendo niño prodigio, tuvo la oportunidad de conocer de primera mano más generaciones de músicos cubanos que ningún otro. Siendo un músico prodigioso, al tiempo que ser simpatiquísimo con el que todo el mundo quiere tratar, conoce el mundo de la música como pocos. 
Silvio Rodríguez: entre ser voz crítica de su generación —vagamente cantada, poética— y convertirse en una especie de flautista de Hamelín de la izquierda latinoamericana, prefirió lo segundo. Y se entiende: es bastante más rentable. Lo que no se entiende es que se siguiera degradando tanto hasta hacer olvidar que alguna vez tuvo frente a sí esa disyuntiva. Por lo demás más allá de su talento creativo, con su tono plañidero y quejumbroso, consiguió convertir una de las músicas más alegres del mundo en algo melancólico y tristón.
Miguel Díaz-Canel: el más gris de la camada de dirigentes de laboratorio del castrismo. Gracias a eso pudo sobrevivir a todas las pruebas de docilidad que le hicieron a lo largo de su carrera. Los supuestos expertos en cubanología apostaban a que nos daría una sorpresa, pero, por lo que se ha podido observar hasta ahora, lo de él es el castrismo sin atributos, sin voluntad propia y sin carisma.

Eres un trabajador incansable, eso puede dar la idea equivocada de que, hasta el momento, has logrado realizar todos los proyectos que te has propuesto. ¿Qué idea no has logrado realizar aún, que proyecto creativo te sigue quitando el sueño?
Acabo de terminar Nuestra hambre en La Habana, que son mis particulares memorias del llamado Período Especial, aquella crisis espantosa que me tocó vivir en la primera mitad de los noventa (si no prosigo con la segunda mitad es porque me fui de Cuba en 1995). Es ese tipo de libros que uno tiene que sacarse del pecho si quiere seguir respirando, hablar de otras cosas.
Luego me queda terminar con la que llamo Trilogía Cubana del Hudson, un trío de novelas sobre la presencia de los cubanos en el área de Nueva York-Nueva Jersey en los últimos 200 años de la cual Turcos en la niebla, ya publicada, era la parte correspondiente al siglo XXI. 
Luego vendrá Los cimarrones de Greenwich Village que se corresponde al siglo XIX y de la que ya tengo una parte adelantada y la correspondiente a mediados del siglo XX en torno al mundo de los músicos y de la que no he escrito una palabra. 
Y tengo un viejo proyecto de novela en la que La Habana es una suerte de parque temático de la historia cubana, que siempre he querido escribir pero que a estas alturas no sé si tenga sentido. La realidad cubana se caricaturiza tanto a sí misma que cada vez resulta más difícil satirizarla, exagerarla.

Tomado del blog El Fogonero