viernes, 23 de octubre de 2020

Guerra civil fría


 Fue en el 2018. Nada más llegar a Barcelona el viejo amigo que me recibió tenía todos los síntomas del tormento interior. Entre tantos temas posibles solo podía hablar de Aquello. Ese Aquello era en este caso el independentismo catalán y la fractura que se había creado en toda la sociedad a raíz de su última eclosión. Mi amigo no era especialmente antiindependentista pero -decía- a partir de determinado momento ya se había hecho casi imposible celebrar reuniones familiares, cenas entre amigos, fiestas, conversaciones civilizadas. Aquello tenía la capacidad de rajar la sociedad de lado a lado y colarse en cada conversación como si en realidad fuera el único tema posible por mucho esfuerzo que se hiciera en esquivarlo. Yo trataba de consolar a mi amigo como mejor podía, tratando de comparar la crispación norteamericana de los últimos tiempos con la catalana pero, debía reconocerlo, todavía no habíamos alcanzado esos extremos.

Ahora acá ya hemos llegado a ese punto. O casi. (Soy un tipo optimista. Todo el que me conoce lo sabe.) El punto en que todas las conversaciones conducen a la misma. Esa que nos pone a gritar con las venas hinchadas a la menor contradicción. La urgencia del tema, su gravedad, nos obliga a dejar a un lado las buenas maneras, frustrados ante lo evidente que debería resultar aquello que defendemos. Como si las formas sobraran. Como si no fueran precisamente ellas las que nos permiten convivir pese a nuestras interminables diferencias, esas que tan bien simplifica el Tema del momento. Como si de nuestra incivilidad actual se pudiera sacar algo bueno. Y nos insultamos como si no hubiera mañana en el que responder a los insultos que soltamos hoy como quien se disculpa de una mala borrachera. Como si para vivir nos bastara con nosotros mismos, con nuestros cómplices más cercanos, con nuestra secta. Quizás -pensamos- mañana todo se resolverá a nuestro favor y no habrá necesidad de responder por nada. (Nos engañamos, por supuesto: la vida nunca le ha dado toda la razón a nadie). Pero en pos de aquella victoria definitiva olvidamos precisamente lo que hace el mundo habitable que no es otra cosa que la capacidad de convivir pese a nuestras minuciosas asimetrías.
No busquemos a los culpables de esta situación. Son demasiado obvios: los culpables siempre son los otros. Pensemos en la vida como es. No se acabará en dos semanas, pero tampoco será eterna. Nuestra capacidad de equivocarnos podrá ser infinita pero no nuestra existencia, una existencia que deberíamos emplear del mejor modo posible. Y recordarnos siempre la limitadísima capacidad que tenemos para mejorar el mundo y, en cambio, nuestro inagotable talento para joderlo.

jueves, 22 de octubre de 2020

La suerte de Archer Milton Huntington

Hay quien nace con suerte, hay quien se la busca y hay a quien la madre sale a buscársela. Ese último fue el caso de Archer Milton Huntington. Su madre fue Catherine Arabella Duval Yarrington, nacida en 1850 o en 1852 en Virginia o Alabama, según el momento del día en que le preguntaran. Acabándose la guerra civil en que el Norte derrotó al Sur, Arabella, todavía adolescente, se mudó al Norte, a Nueva York. A ver si mejoraba la suerte. Para cuando nació Archer (1870), su madre vivía con un tal John Archer Worsham, jugador de cartas profesional, casado y con hijos y del que no cabía esperar mucho aparte de disgustos. Pero al mismo tiempo que Arabella compartía apartamento con el jugador de cartas, salía con el potentado ferrocarrilero Collis Potter Huntington. Collis llamaba “sobrina” a Arabella quien a su vez lo llamaba si necesitaba algo.

Archer nació cerca de Galveston, Texas, a donde Arabella fue a pasar los últimos meses de embarazo, lejos del apostador, de su “tío” y de los chismes que circulaban sobre ellos. Ya para entonces la policía había tenido la delicadeza de encerrar a John Archer Worsham y Arabella pudo estrechar aún más sus relaciones con tío Collis. Tan estrechas eran estas que Arabella terminó cuidando de la esposa del tío. Esta finalmente murió en 1883 y al año siguiente el desconsolado viudo se casó con su “sobrina” Arabella 29 o 31 años más joven que él.

A Archer la suerte le mejoró al punto que su antiguo tío lo adoptó como hijo. Pretendía que al llegar a la mayoría de edad Archer manejara sus negocios ferrocarrileros. Para algo, incluso antes de casarse con su madre, lo había enviado a las mejores escuelas privadas del país y pagado viajes a Europa. Pero cuando el muchacho tuvo edad suficiente para encargarse de los negocios ya había sido contagiado fatalmente con el virus de la cultura hispana. En parte por oír hablar español a los peones mexicanos de la finca de una tía en Texas y en parte por leer libros sobre un país misterioso, donde los gitanos practicaban el canibalismo y robaban niños, aunque no necesariamente para comérselos. De tal manera se enamoró de tan peculiar cultura que Archer contrató una profesora de español. A los 19 años, Archer viajó a México junto a mamá Arabella y tío/papá Collis y hasta cenó con el mismísimo Porfirio Díaz, quien ya andaba por su cuarto mandato presidencial (de un total de siete). Ya para entonces su español debió ser lo bastante fluido como para poder comentarle a Porfirio lo picante que estaba la comida.

No mucho después, y sin relación con la cena anterior, el tío-padre-adoptivo-posiblemente- biológico de Archer le dijo que era hora de que asumiera sus negocios en los astilleros de Newport. Archer le confesó que lo suyo no era hacer dinero sino gastarlo en obras de arte y viajes a Europa y el sueño de su vida era crear un museo dedicado a la cultura española. Collis debió acoger el proyecto de su hijastro biológico si no con entusiasmo al menos con resignación. Si su nueva esposa insistía en ser una de las coleccionistas de arte más importantes del país que Archer quisiera fundar un museo no debió sorprenderlo.

Archer, que nunca fue a la universidad, sino que prefería estudiar lo que le apetecía, prosiguió con sus planes de dedicarle un museo a la cultura española. Un día, al visitar el Museo de Historia Natural en compañía de su padre le contó sus planes al presidente de la institución, Morris Ketchum Jesup. A Ketchum le pareció ridículo que alguien perdiera su tiempo con una civilización “muerta y desaparecida” pero fue tal el ímpetu y los conocimientos con que Archer defendió su proyecto que su padre reconoció que era mejor que siguiera adelante con este (y de paso se mantuviera alejado de sus ferrocarriles y astilleros). 

[Continuará]

lunes, 21 de septiembre de 2020

Todo es bueno

 


Autor: Pedro Lorenzo

Texto original de 1992, corregido y aumentado en 2020, porque, como dijera Julio Iglesias: La Vida Sigue Igual… y lo sabes…






Todo es bueno.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

El enemigo acecha.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

El enemigo acecha buscando un resquicio.

Una brecha

Todo es bueno.

El enemigo no es bueno, claro está.

El enemigo es malo.

Maaaalo.

Hablo de nosotros, de lo nuestro.

El enemigo es malo.

Nosotros somos buenos.

Somos un bloque.

Somos un bloque monolítico.                                       

Somos un bloque monolítico contra el que se ha estrellado, se estrella y se estrellará el enemigo.

El malvado enemigo.

Con su garra asesina, su lengua traidora y su oreja peluda.                                  

Todo es bueno.

Aunque pensándolo bien, todo, absolutamente todo lo nuestro no es todo lo absolutamente bueno que debiera ser.

Y todo lo del enemigo…

¡No, por el amor de Dios ©, qué estoy diciendo!

© Fundado en 1994, todos los derechos a hablar en Su Nombre reservados por el CC del PCC y el Gobierno de la República de Cuba.

¡Todo lo del enemigo es malo!

¡Todo lo del enemigo es malo!

Y todo lo nuestro es bueno.

Bastante bueno.

Suficientemente bueno.

No tan bueno como desearíamos, pero, bueno, aceptablemente bueno.

Tan bueno como ha sido humanamente posible.

Aunque todo es perfectible.

Todo excepto Corea del Norte y El Jardín del Edén, pero a saber cuál de los dos estará más lejos.

Así que vamos a ver cómo lo hacemos.

Como enfrentamos esta batalla.

Este reto.

Me encanta esa palabra.

Reto.

Reeeeeeto… eeeto …eto…

Me encanta.

El reto de decir que algo de lo que ya es bueno puede aún ser más bueno sin que el enemigo se ponga contento.

Sin hacerle el juego al enemigo.

Con su garra traidora, su lengua asesina y su oreja peluda.

Se me ocurre, se me ocurre… decir que no vivo en una sociedad perfecta.

Muy bien, suena bien, cualquier día de estos va y hasta música le pongo…

Pero si no vivo en una sociedad perfecta, entonces tengo imperfecciones.

Mencionemos una imperfección.

Una solita.

Shhhh… que se entera el enemigo.

¡Eh, y qué! Si no vivo en una sociedad perfecta… que se entere, eh…

El enemigo, como siempre, tan imperfecto…

Allá va una… las guaguas, como ustedes saben, no son perfectas, pero se trabaja en esa dirección con la ayuda del Gigante Asiático, que es como se le llama ahora para no confundirse con la China aquella de Mao y los gorriones…

Allá va otra: La cadena puerto-transporte-economía interna tampoco es perfecta, pero ya se van dando pasos en ese sentido… sin pausa, pero sin prisa y con la ayuda de Rusia, que es como se le dice ahora para no confundirla con la Ex – Unión Soviética de Yeltsin, ni con la URSS de Lenin-Stalin- Jrushchov – Brézhnev – Andrópov – Chernenko – Gromyko – y el de la manchita en la calva cuyo nombre no debe mencionarse.

 Y allá les va la tercera: Lamentablemente, El Hombre del Siglo XXI no nos quedó tan bueno como esperábamos, pero dejen que vean como nos va quedando el del Siglo XXII… y La Mujer, claro, que las redes sociales están que cortan…

Y ya, que el enemigo se va a poner contento.

Y si se pone contento es porque piensa que encontró su resquicio.

Su brecha.

Ese tantico así que jamás debe dársele al enemigo.

Y se van a pensar los que me escuchan que soy un francotirador, que sea lo que sea que signifique, por los contextos y los tonos en que se dice no parece ser nada bueno.

Y eso no es bueno.

Porque el enemigo es el malo, no yo.

Yo soy bueno, se los juro que yo soy bueno.

Me puedo haber dejado llevar por mi celo de combatir al enemigo, pero se los juro que soy bueno.

Y me autocritico y esto no es autocensura porque la censura no existe, mi amor.

El enemigo es el malo.

Con su garra traidora, su lengua peluda y su oreja asesina.

Y les vuelvo a pedir disculpas, porque yo soy bueno.

Y lo nuestro es bueno.

Todo lo nuestro es bueno.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

Todo es bueno.

FIN

viernes, 18 de septiembre de 2020

Castrocomunismo: una mala palabra


Aunque la conocida anécdota del califa Omar al justificar la quema de la biblioteca de Alejandría (arguyendo que si sus libros contradecían el Corán eran blasfemos y si lo confirmaban eran innecesarios) parece ser falsa su lógica se mantiene impecable. La misma lógica que podría aplicarse al concepto “castrocomunismo”, tan alegremente utilizada por el exilio y la disidencia: si el castrismo es idéntico al comunismo sería un concepto a evitar por redundante; si no lo es debería ser evitado por impreciso y falso. Soy de los que se decanta por lo segundo. O sea, de los que piensa que el castrismo y el comunismo no son fenómenos idénticos entre sí. El comunismo, con todo y su perversidad intrínseca, (la que emana de justificar cualquier crimen en nombre del bien de la humanidad) es una ideología bien definida, con una clara concepción de sus objetivos (la eliminación de la propiedad privada y la creación de una sociedad sin clases) y sus medios (la lucha de clases) y con un repertorio de enemistades concretas: el capitalismo, la burguesía, la nación y la religión (al punto que el giro nacionalista de Stalin en los años treinta se percibió por muchos teóricos marxistas como una traición a sus principios originales).

El castrismo en cambio, que fue comunista cuando le convino, renunció a cada uno de los principios y objetivos del comunismo cuando lo creyó necesario. A lo que nunca ha renunciado es a ejercer el poder absoluto sobre la sociedad cubana y a reducir a esta a ser una sombra de lo que podría ser con tal de mantenerla bajo su control. La ideología del régimen cubano pasó de ser comunista, anticapitalista, internacionalista y atea entre 1961 y 1990 a mutar en un capitalismo militarizado de estado con una ideología ferozmente nacionalista auxiliado por los sectores religiosos más dóciles.

De esta manera el ejercito se ha convertido en el mayor capitalista del pais, sus dirigentes han devenido en buena parte buena prósperos empresarios -o le han encargado sdicha a tarea a parientes cercanos- y la “ayuda” que el régimen exportaba a mayor gloria del comunismo mundial (léase el Buró Político del PCUS) en nombre del “internacionalismo proletario” ahora se traduce en pura transacción de dinero por servicios prestados. Y lo mismo una representante de la familia real se erige en representante de la Virgen de la Caridad en la tierra que los periódicos oficialistas anuncian las predicciones anuales de babalaos no menos oficialistas con mayor énfasis que con el que informan sobre los plenos nacionales del Partido Comunista.

Luego está la cuestión estética. “Castrocomunismo” es una palabra fea, una fealdad que tanto puede provenir de su falsedad como de lo feo que suena. Y, para rematar, su uso denota menos una realidad que el énfasis excesivo de quien la emplea, ese énfasis que asociamos con los fanáticos o los farsantes. Conozco a muchos de los que lo usan que no son lo uno ni lo otro pero podrían preguntarse si la frustración o la inercia no han terminado por decidir lo que su razón desaprobaría. Luego está el asunto elemental de la comunicación. Porque más que designar una realidad el término "castrocomunismo" parecería definir la actitud en quien lo emplea. Una mala palabra, en fin, en sentido elemental que deben tener todas las palabras que es ayudar a comunicarnos.

jueves, 17 de septiembre de 2020

Entrevista*

 El escritor Enrique del Risco responde las cuatro preguntas esenciales de nuestra página. Una manera práctica de profundizar, con el creador, en su obra y sus experiencias:

Cuéntenos sobre sus inicios en la literatura. ¿Qué le impulsó a escribir y cuáles fueron sus primeros textos?

El espíritu de competencia, el ego, supongo. Eso fue lo que me haría escribir unos poemas horrendos para un concurso escolar con los que de alguna manera llegué a nivel provincial. Allí terminó mi carrera de poeta, con la suerte añadida que de aquello no queda rastro. Ningún manuscrito. Nada. Al mismo tiempo, o quizás antes, empecé a escribir sátiras, algo que considero mi verdadero inicio como escritor. Lo primero que recuerdo es una sátira de aquella escuela donde estudiaba que se llamaba “Galileo y el masarreal” y otra en la que Gregorio Samsa se despertaba en aquel internado. Tampoco de aquello quedó rastro escrito, pero al menos mantuve la actitud. Al llegar a la universidad seguí escribiendo pero no empecé a publicar hasta un par de años después. Mi primer texto publicado —ya con el seudónimo de Enrisco— fue humorístico. Allí me burlaba de la tendencia de los oradores locales a usar el plural para disimular su ego. El principal modelo que conocía de ese tipo de orador era Fidel Castro pero tuve el cuidado de no mencionarlo. Todavía no había cumplido 20 años y no es nada que me avergüence en especial. Para cuando se extinguieron todas aquellas publicaciones donde aparecían mis textos, en pleno Período Especial, ya sabía que no podía parar de escribir, publicara o no.

Defina o mencione brevemente, por favor, aquello que los lectores descubrirán, o conocerán, a través de sus libros.

Iba a decir “la necesidad de darle sentido a la realidad y lo ridículo que resulta intentarlo” pero eso más bien suena como definición de toda literatura. La literatura es como una religión —por aquello de la aspiración al sentido absoluto de las cosas— que secretamente se burla de tales pretensiones. Al menos en mi obra esas son las dos fuerzas que siempre han estado en tensión: la búsqueda de sentido y la burla de esa misma pretensión. Ya se trate de la historia cubana (Leve Historia de CubaElogio de la levedad), la Cuba actual (Pérdida y recuperación de la inocenciaEl Comandante ya tiene quien le escribaEnrisco para presidente) o la emigración (¿Qué pensarán de nosotros en Japón?Siempre nos quedará MadridTurcos en la niebla). Más que enseñarle algo a los lectores les recuerdo lo mismo que le han dicho los humoristas de todas las épocas: que no hay nada que no luzca ridículo visto a suficiente distancia.

Mencione tres autores o libros que considere fundamentales o que le hayan inspirado o influido durante su trayectoria creativa.

Cometería una traición si no comenzara con los autores que llenaron mi infancia: Jules Vernes, Emilio Salgari y los narradores que crearon las historias maravillosas de Las mil y una noches. O el Decamerón de Boccaccio, que se desarrolla justo en medio de una de las peores pandemias que asoló Europa pero que se lee como el libro más divertido del mundo. O con Arreola o Monterroso con su compromiso con la belleza, la inteligencia y la concisión. Todos esos autores me impactaron desde muy temprano. O el polaco Slawomir Mrozek, que con El elefante me enseñó muy temprano que el comunismo funcionaba igual de mal en todas partes. O Mark Twain, Bulgakov, Platonov, Nadiezhna Mandelstam, Orwell, Brodsky, Faulkner, Piñera, Vonnegut. O Cervantes y su Quijote, ese libro infinito. Me pides traicionar a demasiada gente. Mejor te respondo con los libros que metí en el maletín cuando salí de Cuba sospechando que me marchaba para siempre: una antología de Borges, otra de cuentos de Kafka y el poemario El encanto perdido de la fidelidad, de Emilio García Montiel. Supongo que los veía como libros mágicos llenos de claves que me iban a servir para toda la vida. El hecho es que a cada rato vuelvo a ellos con el mismo fervor de siempre.

A partir de las nuevas teorías cuánticas según las cuales la esencia del universo no es la materia ni la energía, sino la información, ¿estamos a punto de descubrir que la vida es literatura?

Como dije antes, el truco de la literatura es hablar de todo lo humano y lo divino sin, en el fondo, tomarse demasiado en serio. Intentar las mismas operaciones que la magia, la religión o la ciencia —interrogar el universo, extraerle sentido— pero como si fuera un juego. Un juego lleno de intuiciones pero que no pierde de vista sus limitaciones, su fragilidad. Eso lo entendieron Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes (si no metí El Quijote en aquel maletín fue porque ya lo había leído), Dostoievski, Pessoa o Kundera. Dejemos que la ciencia descubra lo que quiera que la literatura, si quiere seguir siendo ese juego maravilloso, mantendrá esa relación íntima y a la vez distante, irónica, con la vida. Para la literatura, como para los humanos, es mejor no andarse creyendo lo que no es.


*Aparecida en Puente a la Vista

sábado, 12 de septiembre de 2020

Mis diez películas cubanas*

 
Primera aclaración: el cine cubano no es el ICAIC. De hecho, el ICAIC muy pocas veces se permitió ser cine y, además, cubano. La mayor parte del tiempo se la pasaba haciendo pura propaganda con gracejo local incorporado. No era que la Cuba en la que vivíamos estuviera ausente del celuloide producido por el ICAIC, sino que tampoco aquella Cuba que se inventaba era especialmente atractiva, excepto para alguien cuya edad mental no rebasara la adolescencia.

El ICAIC, por otra parte, creó una sintaxis, una manera de decir excepcionalmente afectada, que a muchos cineastas cubanos les sigue pareciendo inevitable. Y encima, a pesar de producir apenas tres o cuatro películas al año, el ICAIC se daba el lujo de ser autorreferencial, como si fuera Hollywood. (Viví un ratico en el monstruo y creo saber de lo que hablo. Estuve a punto de hacer mi modesta contribución a aquella fábrica de lugares comunes, pero afortunadamente me fui a tiempo y el ICAIC me hizo el favor de negarme el crédito por lo poco que hice.)

Todo eso para explicar por qué en mi lista hay tan pocas películas engendradas en cautiverio. Por otra parte, reconozco una limitación propia: luego de tantos chascos dejé de ver cine cubano durante años y seguramente me perdí más de una película valiosa. Sin embargo, películas como Conducta me han devuelto algo de fe en el cine nacional. Al punto, incluso, de revisitar los clásicos venerados para comprobar que muchos han envejecido muy mal (Un ejemplo: Lucía, sobre todo los dos primeros cuentos. Un día de noviembre, con todo y lo fallida que es, me resultó más interesante). O llevarme la sorpresa de que la gracia de La muerte de un burócrata sigue intacta.

Lo que haré entonces es reunir películas de las que tenga un recuerdo fresco y homogéneamente feliz. Películas a las que no haya nada que perdonarles, quiero decir. No está Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea porque la última vez que la vi le sobraban unos cuantos minutos –los más “experimentales”– que parecían un pegote en medio de una historia bien contada. Ni La última cena o Los sobrevivientes del propio Titón, o De cierta manera de Sara Gómez, o Plaff El elefante y la bicicleta, ambas de Juan Carlos Tabío, cuyos recuerdos están demasiado alejados en el tiempo como para compararlos con justicia con otros más cercanos.

Incluyo, en cambio, un par de películas rodadas por directores extranjeros que consiguen atrapar Cuba con una precisión y una agudeza que les falta a casi todos los directores locales. Y de no estar limitado a diez me habría gustado incluir algunas otras como El ojo del canario de Fernando Pérez que, pese a lo irregular de las actuaciones, parece dar con las claves del más grande de entre los cubanos: inteligencia y sensibilidad en medio de la opresión familiar, incluso antes de sufrir la opresión política.

Juan de los Muertos que se anuncia –faltando a la verdad o ¿qué cosa es PM?– como la primera película independiente del cine cubano cuando en realidad reproduce muchos de los manierismos del ICAIC, pero al mismo tiempo es una comedia mucho más eficaz de lo que cabría esperarse con tales presupuestos. Seres extravagantes de Manuel Zayas, sin dudas, es una gran candidata para formar parte de la lista, como lo es Persona de Eliecer Jiménez o Rumba clave, blen blen blen de Arístides Falcón, pero no quiero que mi cercanía personal a sus realizadores enturbie mi juicio.

Esta es, en fin, más que la lista del mejor cine cubano, una selección de películas sobre esa materia huidiza que es Cuba, que he visto con placer y, en algunos casos, estremecimiento, y que recomendaría sin la menor reserva o pudor. El orden no es de preferencias sino cronológico.

–La muerte de un burócrata (1966, dir. Tomás Gutiérrez Alea)

La volví a ver empezando la cuarentena. Maravillosa. La Revolución, principio activo del absurdo que genera su comicidad, está allí como Dios en el mundo: en todas partes y en ninguna. Pero a diferencia de Él, no sale bien parada.

–El súper (1979, dir. León Ichaso & Orlando Jiménez Leal)

La mejor película de ficción hecha en el exilio. Sobre el exilio. Escrita a partir de una exitosa obra teatral del dramaturgo Iván Acosta. Su fórmula: una buena historia con personajes sólidos, actuaciones creíbles, mucha humanidad, cero panfleto.

Conducta impropia (1984, dir. Néstor Almendros & Orlando Jiménez Leal)

Esta indagación sobre la homofobia de Estado en Cuba estremeció el cine cubano, de manera poco visible, subterránea, pero el estremecimiento no ha dejado de generar respuestas: desde Fresa y chocolate hasta Seres extravagantes Santa y Andrés.

–Vampiros en La Habana (1985, dir. Juan Padrón)

Rescató para mi generación una gracia republicana que se creía perdida y contiene la mayor cantidad de frases memorables que puedan caber en una película. En ese sentido, el de la acumulación de frases memorables, es nuestra Casablanca. La he vuelto a ver hace poco. Sigue viva.

–Nadie escuchaba (1987, dir. Néstor Almendros & Jorge Ulla)

Lo que podría ser un panfleto en toda regla (y con toda justificación, tratándose de las violaciones a los derechos humanos en Cuba) es uno de los documentos más humanos que pueda engendrar el horror. Y con mucha contención. Almendros comentó que cuando sus entrevistados empezaban a llorar dejaba de filmarlos. No puede verse sin que algo cambie en uno.

Utopía (2004, dir. Arturo Infante)

Apenas trece minutos le bastaron a Infante para resumir la idea aún vigente de la cultura en Cuba: una tenue capa de instrucción artística que no consigue cubrir la barbarie subyacente. Pocas veces se ha dicho tanto con tan poco.

–Habana: arte nuevo de hacer ruinas (2006, dir. Florian Borchmeyer)

Rompió (al menos para mí) el maleficio que hacía inapresable la realidad de la isla para los extranjeros. El alemán, ayudado por el verbo de Antonio José Ponte, ensarta cuatro historias como quien pesca un país.

–Efecto dominó (2010, dir. Gabriel Gauchet)

Una breve obra maestra sobre la violencia cubana desde sus expresiones más cotidianas e invisibles hasta las más brutales, que la mirada de Gauchet supo conectar sin esfuerzo aparente. Con actuación magistral de Alina Rodríguez, acompañada de los infaltables Enrique Molina y Luis Alberto García.

–Conducta (2014, dir. Ernesto Daranas)

Humana, tremendamente humana, en su conmovedora sencillez. Vehículo mayor de la inmensa actriz Alina Rodríguez que tan poco cine llegó a hacer. Para mí el mejor largometraje cubano de ficción en lo que va de siglo.

–Santa y Andrés (2016, dir. Carlos Lechuga)

Suerte de spin off de una escena del documental Seres extravagantes: esa en que el poeta Delfín Prats es detenido por la policía en su humildísima residencia en plena filmación del documental. Santa y Andrés convierte a Prats en Andrés y cuenta una historia similar a Fresa y chocolate –la de cómo un país de vigilados y vigilantes, víctimas y verdugos, puede humanizarse a muy pequeña escala–, pero sin la ñoñería ni la falsedad de esta.

*Publicado originalmente en Rialta Magazine.

martes, 25 de agosto de 2020

José Juan Tablada, viajar vivo o muerto*

 


A José Juan Tablada, poeta, periodista y diplomático mexicano nacido en Coyoacán en 1871 le encantaba viajar. Cuando en 1900 viajó a Japón se emocionó tanto como si lo hubiera descubierto él solo: escribió crónicas, poesía y al regresar a México se hizo construir una casa japonesa. Con París otro tanto: allí viajaban los artistas latinoamericanos -antes de que se llenara de turistas chinos y Notre Dame se quedara sin techo- en busca de cultura, esa cosa que existía antes de que apareciera internet. París le inspiró a Tablada otro libro de crónicas aunque de regreso a México no se hizo construir una torre Eiffel en el patio de su casa japonesa.

A Nueva York vino por una cuestión de apuestas. En el juego de la política quiero decir. Al inicio de la Revolución Mexicana Tablada apostó contra el presidente Francisco Madero -en la forma de sátiras y críticas- y ganó. Por Knockout: un golpe de estado que el general Victoriano Huerta le dio a Madero. Y encima lo mató. Luego Huerta mandó a buscar a Tablada a París para que le echara la mano en la siempre ardua tarea de justificar una dictadura.

Esa segunda apuesta le salió mal al poeta: en 1914 cayó Huerta, Venustiano Carranza llegó al poder y Tablada tuvo que escapar de México: no paró hasta llegar a Nueva York. Allí le tomó el gusto a la ciudad aunque no debía irle muy bien: dos años después su esposa, Evangelina Sierra le pedía a Carranza que perdonara al marido. Y como nunca está de más alguien con buena ortografía dispuesto a alabarte, Carranza lo perdonó.

En 1918 Carranza nombró a Tablada secretario del Servicio Exterior y este pasó por Caracas y Bogotá. En 1920 se trasladó a Quito pero renunció al puesto “a causa de la altura de esta capital”. También acababan de matar a Carranza, el presidente, un detalle que suele poner nerviosos a los diplomáticos.

    Como ya Tablada había probado lo bien que se vive frente al mar, en Manhattan, vino y en 1921 abrió la Librería de los Latinos en el 118 East 28th Street. No sabemos cómo le fue con esta empresa pero seguramente bastante peor que con un bar clandestino, el negocio más floreciente de la época. Deberían prohibirse los libros a ver si florecen las librerías clandestinas. Además de atender la librería Tablada no dejó de escribir para diferentes publicaciones. Parece que de eso dependía su sistema respiratorio, además del digestivo. Escribió de casi cualquier cosa: de arte mexicano, de cine norteamericano, de la agonizante vida nocturna neoyorquina en medio de la Ley Seca y hasta de “la cuarta dimensión y el hiperespacio” cualquier cosa que eso quiera decir.

    Más importante aún: en aquellos tiempos lejanísimos en los que se discriminaba a los mexicanos en Estados Unidos Tablada salió a defenderlos. Cuando aquello vivían en “Texas, 450,000; Nuevo México, 220,000; Arizona, 100,000; California, 250,000”. O sea, la cantidad de mexicanos que ahora asistirían a una eliminatoria de la CONCACAF entre México y Estados Unidos en Los Ángeles si el estadio tuviera capacidad suficiente.

    No pocas crónicas dedicó Tablada a describir la vida de los mexicanos pobres que huían de la inestabilidad provocada por la revolución. También propuso que las revoluciones solo se celebraran en países alternos para si fracasaban tener a dónde escapar. Bueno, es mentira que Tablada propusiera eso pero no me negarán que es una idea muy práctica.

    En 1935 Tablada regresó a México. Pero a mediados de 1945 volvió a Nueva York como siempre había soñado: con el cargo de vicecónsul, sin preocupaciones económicas y sin miedo a otra Ley Seca. Una lástima, porque apenas pudo disfrutarlo: murió en esta ciudad el 2 de agosto de ese año. No obstante, sus restos viajaron a su patria al año siguiente. Por aquello de “México lindo y querido, si muero lejos de ti…”


    *Publicado en Nuestra Voz

    Orbitando


    Les comparto este podcast del escritor Tomás Castellanos Núñez, artífice de La Juntamenta, luminoso proyecto cultural de cubanos de New Jersey adentro, y tipo formidable desde cualquier punto de vista. No es perfecto y una de esa imperfecciones lo hizo invitarme a su segunda edición de Orbitando donde hablamos hasta de cosas que nunca me había preguntado a mí mismo, que es la parte más interesante de cualquier entrevista.

    martes, 11 de agosto de 2020

    CARTA ABIERTA A LA UNEAC, A DÍAZ-CANEL Y A QUIEN PUEDA INTERESAR

    Por Jorge Fernández Era

    En días pasados conocí a través de las redes la expulsión de las filas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba del escritor camagüeyano Pedro Armando Junco López, un creador de sostenida obra, ganador de múltiples reconocimientos literarios. La causa: una carta abierta al presidente de Cuba donde cuestiona las recientes medidas económicas tomadas por el Gobierno. Dicha carta, según los funcionarios que le notificaron la separación definitiva, actúa «en franca contradicción con los principios, estatutos y reglamentos de la Uneac».

    Aquí, para los que no la conocen, la carta de Pedro Armando:
    «Señor presidente Díaz-Canel:
    «En su último discurso ante el Consejo de Ministros, televisado y expuesto en la Mesa Redonda, usted hace públicas las determinaciones tomadas al más alto nivel, considerando de antemano la aprobación del pueblo sin consultársele, poniendo en tela de juicio la popularidad de estas medidas».
    «Cierto es que los sistemas autocráticos son libres en el accionar de sus ordenanzas y que ya es costumbre atávica en los cubanos resignarse a acatar y obedecer los decretos estatales. Pero me sentí profundamente señalado cuando usted dijo —con otras palabras, desde luego, pues no tengo grabadora en mi casa— que los enemigos de la Revolución utilizan las redes sociales para mentir y confundir a la ciudadanía. Y es precisamente la palabra "enemigos" la que nos ha echado en el mismo saco a los que desean el derrocamiento del sistema que hoy nos dirige, junto a los ciudadanos cívicos que declaramos nuestra verdad y proponemos nuestras opiniones públicamente, por cualquier medio de expresión como reza en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como instituye la nueva Carta Magna cubana y, sobre todo, como el Apóstol de nuestro país nos dejó por herencia: pensar y hablar sin hipocresía y trabajar para que nuestro gobierno sea bueno cuando consideramos que nuestro gobierno se equivoca».
    «Es lamentable que la situación económica de mi país, que es su país, haya colapsado y los haya obligado a tomar medidas que desde hace décadas todos sabemos constituyeron errores económicos garrafales, como la penalización del USD. Y más lamentable aún que se abran tiendas especializadas solo para quienes tengan divisas extranjeras, dando una bofetada humillante a la moneda salarial de todos los cubanos y ahora, hasta al injusto CUC, ayer equivalente del dólar y hoy tan segregado como el peso cubano tradicional».
    «Es lamentable, señor presidente, que lleguemos a tal extremo de abyección ciudadana y que usted nos tilde de enemigos cuando nosotros somos los verdaderos amigos de la Patria. Somos los que alertamos el cierre del turismo y de las escuelas y universidades al comienzo de la pandemia —reconocido, inclusive por el Primer Ministro—. Somos los que decimos hoy que abran la economía. Si existen enemigos de la Revolución, búsquelo entre los directivos de cuellos blancos, dirigentes militantes del Partido que se prestan a las menos pensadas ilegalidades, y castíguelos. Pero deje de perseguir a los productores: permita que el pescador, pesque; que el agricultor siembre, que el ganadero críe... Pero deje al pescador que venda libremente su producto del mar, que el cosechero se las ingenie y comercialice sus siembras sin que medie el Estado, que el campesino mate su res y la venda al precio que le venga en ganas y se la compre el que pueda; porque por muy injusto que parezca, mayor injusticia es venderle al proletariado en una moneda que no circula en Cuba y a la que solo quienes tienen apoyo desde el exterior, pueden adquirirla».
    «Lea con detenimiento este exergo del discurso de Ignacio Agramonte en la Universidad de la Habana hace 158 años»:
    «La administración que permite el franco desarrollo de la acción individual a la sombra de una bien entendida concentración del poder, es la más ocasionada a producir óptimos resultados, porque realiza una verdadera alianza del orden con la libertad».
    «Únase a nosotros, señor Presidente. Escúchenos a todos por igual: a quienes le adulan, a quienes pretenden destruirlo y a los que nos rompemos la cabeza buscando una salida feliz a la crisis económica que nos envuelve. Y tome luego sabias decisiones».
    «Evite el presagio del poeta: porque los pueblos que sufren / como la ortiga que llora / cuando de sufrir se aburren / echan veneno en las hojas».

    Fin de la cita. Continúo yo.
    En su discurso en el más reciente congreso de la Uneac, el presidente expresó: «Otros temas que, en mi modesta opinión, deberían concitar acciones y reacciones de nuestros creadores agrupados en la Uneac tienen que ver con lo que algunos llamamos "mercenarios culturales", esos dispuestos a linchar a cuanto artista o creador exalte a la Revolución o les cante a las causas más duras y a la vez más nobles en que están empeñadas las fuerzas progresistas de nuestra región y del mundo». ¿Es Pedro Armando Junco López un «mercenario cultural»? ¿Quién lincha a quién y por qué? ¿Por expresar abiertamente, sin ofensas y con respeto, cuestionamientos a políticas que afectan —lo afirma el propio Gobierno— a la mayoría del pueblo trabajador? ¿Nuestros problemas no son también —y primeramente— las «causas duras» a las que hay que cantar sin tapujos y medias tintas? ¿No lo hace Junco López?
    Veamos lo que dice el Artículo 4 de los estatutos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba: «La Uneac se adhiere a los principios de la democracia socialista y en consecuencia defiende el derecho a la información, a la palabra, al ejercicio del criterio, a la más amplia libertad de creación, a la investigación, a la experimentación, a la crítica, al debate y a la polémica». ¿La carta entra «en franca contradicción con los principios, estatutos y reglamentos de la organización de creadores»?
    «Los límites comienzan donde se irrespetan los símbolos y los valores sagrados de la patria», dijo también Díaz-Canel en el congreso de la organización. ¿Qué símbolos y valores sagrados de la patria irrespetó el escritor camagüeyano?
    En diciembre de 2010, el primer secretario del Comité Central del Partido, Raúl Castro, declaró ante la Asamblea Nacional: «No hay que temerle a las discrepancias de criterios, y esta orientación, que no es nueva, no debe interpretarse como circunscrita al debate sobre los Lineamientos. Las diferencias de opiniones, expresadas preferiblemente en lugar, tiempo y forma, o sea, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta, siempre serán más deseables a la falsa unanimidad basada en la simulación y el oportunismo. Es por demás un derecho del que no se debe privar a nadie».
    Está claro: a nadie. Ni a Pedro Armando Junco López, que hizo valer un precepto constitucional y habló con la claridad que se espera de un revolucionario. Ni a mí, que ejerzo mi derecho, como cubano y como miembro de la Uneac, a denunciar este flagrante atropello.

    viernes, 7 de agosto de 2020

    Desde La Habana reportando...

    Como diría Raúl Ciro, fresco y sin cortar:

    “El otro día hiciste un comentario sobre el viceministro-twitero y recordé una conversación que había tenido el día antes con mi hermana desde Cuba. Me contó algo que sospechaba y de lo que probablemente había leído pero creo que era primera vez que oía el testimonio por parte de alguien que lo estaba viviendo.

    Mi hermana tiene un teléfono celular otorgado por el trabajo. El trabajo le da el aparato como tal y le paga la línea, que incluye transmisión de datos y conexión a internet. Lógicamente el teléfono se entrega por cuestiones de trabajo. Mi hermana hace una parte de su trabajo fuera de la oficina y, en estos momentos, cuando tratan que la gente trabaje desde casa, le mandan archivos de trabajo por esa vía y ella envía sus resultados también de esa forma. El problema son las condiciones que le ponen para tener el teléfono. La primera es que hay sitios de internet que están totalmente prohibidos de visitar. Esa condición era de esperarse y de hecho existe en lugares fuera de Cuba, cuando se trata del teléfono del trabajo.

    Las otras condiciones son más específicas de allá. Ella tiene que abrir cuentas en distintos medios sociales (Facebook, Twitter y otros) y cada semana tiene una cuota a cumplir de comentarios que tiene que publicar de propaganda política a aquello. Y no solo es una cantidad específica. Cada semana recibe un correo con las instrucciones de la semana: a qué campaña debe sumarse, qué tipo de artículos debe repostear, dónde debe comentar y qué hashtags debe usar. En la oficina existe una persona encargada de registrar cada semana el cumplimiento de estas instrucciones y reportarlo más arriba. El no cumplimiento implica que te quitan el teléfono.

    Mi hermana le dijo a la directora del lugar, desde el primer día, que ella no se iba a prestar a eso; que si esa era la condición ella no cogía el teléfono. Pero la directora, que no parece estar en nada, le dijo a la encargada de registrar el cumplimiento que le inventara algo a mi hermana cada semana. Por desgracia esa directora ha renunciado recientemente así que el teléfono de mi hermana peligra cuando llegue un substituto. Mi hermana también me contó que la mayoría, aunque no cree para nada en aquello, está dispuesta a pagar ese precio por tal de tener acceso a un teléfono.

    Por lo demás he hablado bastante con mi hermana en estos días sobre las peripecias para comprar comida. Me cuenta de las colas desde la madrugada para conseguir algo y de la euforia que ha sentido al salir por el mediodía con un pote de yogurt, como si se tratara de un tesoro.

    Me contó, por ejemplo, de los trabajos para comprar algo en las tiendas online. Ella es de las privilegiadas que puede hacerlo y ha logrado comprar algún que otro paquete pero no es tarea nada fácil. En primer lugar, las cosas se venden en paquetes con varios productos. O sea, que te venden cosas convoyadas en el mejor estilo de una columna de Zumbado. Si quieres comprar un paquetico de perros calientes tienes también que coger tu frazada de piso, tu pomo de aceite y tus jabones, aunque tengas un estante lleno de estos últimos. Lo otro es que las cosas se acaban.

    Lo más buscado es el pollo. El mejor mercado, si mal no recuerdo, es el de 3ra y 70. Allí sacan cada día 200 paquetes que tienen ración de pollo (junto a otro montón de cosas convoyadas). La cosa es que el mercado tiene unos 18 000 clientes registrados por lo que cada ración de pollo tiene unos 90 aspirantes a consumidores. La gente, además, ha creado grupos de Whatsupp así que a cada rato el teléfono se te llena de mensajes de “¡Sacaron tal cosa en tal lado!” La cosa es que cuando sale algo es una salación lograr conectarse y terminar la transacción. A lo más que mi hermana ha llegado con respecto al pollo es a tener el paquete en su carrito de compras. Pero en uno de los pasos siguientes, probablemente en la conexión al sistema de pago (que es otra jodedera), se le trabó la pita y perdió el pedido que, como es lógico, no se pudo recuperar.

    Y esa es la vida cotidiana de los que pueden darse el “lujo” de comprar en esas tiendas. La mayoría, ni eso. Y es un mundo tan ajeno al de uno, tan raro, tan absurdo; como una película o serie de televisión distópica. Y al mismo tiempo te lo cuenta alguien querido y cercano, con mezcla de agobio, resignación y burla.


    jueves, 6 de agosto de 2020

    Enrique del Risco:"la libertad y su defensa sí está en el centro de mi obra"

    Por ADN Cuba:

    Desde su hogar en West New York, Nueva Jersey, el autor de Turcos en la niebla conversa con ADN sobre las circunstancias actuales de su vida en cuarentena, no sin esa dosis de humor que pone en todo lo que hace. Enrique del Risco Arrocha conocido como Enrisco, además de haberse doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nueva York en 2005, es un hombre fascinante que con su perspicacia siempre hilarante, mantiene a sus seguidores en las redes. Hace poco tuvo coronavirus, pero no perdió la sonrisa. Nos dice: exilio, sufrir… ¿qué es eso? Pero también recuerda que el exilio es la respuesta a una vida en dictadura. 

    —¿Cómo es el día a día de Enrisco?

    —Gracias a la cuarentena (y a que mi universidad usualmente tiene sus vacaciones de mayo a septiembre) he experimentado por primera vez una rutina como las que cuentan los escritores de verdad en las entrevistas: me levanto desayuno escribo, almuerzo, escribo, leo, tomo una siesta, doy un paseo con mi mujer, compro algo en el mercado, preparo la cena, como con la familia oyendo música de tocadiscos, a la antigua. Luego mi mujer y yo vemos una película. O sea, el tipo de rutinas que siempre me pareció lo más aburrido del mundo pero entre la perspectiva que dan los años y que prácticamente todos en la familia tuvimos coronavirus (incluidos mis padres) y sobrevivimos me parece un regalo de la vida. Y como las normas se van relajando muchas veces vienen amigos a comer y estamos despiertos hasta tarde. Como ayer. Tienes que venir a probar mi sazón. He mejorado mucho desde la última vez. Yo y los ingredientes que uso.

    — ¿Cómo influye en tu obra el exilio sufrido en España?

    —¿Exilio? ¿Sufrir? Por Dios, que los escritores, sobre todo si escribimos en clave de humor, debemos mantener cierta compostura. A España llegué desde la Cuba del Período Especial y a pesar de que por entonces la cuarta parte de la población estaba desempleada, de que la capacidad del país de absorber inmigrantes era nula y de que no teníamos permiso de residencia ni de trabajo, Eida y yo vivimos esa etapa como la gran aventura de nuestras vidas. El transporte público era inmejorable, lo peor que podíamos comer era hígado de puerco y encima estaban los museos, las maravillosas bibliotecas municipales madrileñas con una sección circulante mucho mejor que la de nuestra biblioteca nacional. Y hasta conseguimos reunir una pequeña pero sólida comunidad de amigos. No nos vinimos a dar cuenta de lo mal que lo habíamos pasado hasta que llegamos a Estados Unidos con residencia y permiso de trabajo desde el primer día. Toda esa experiencia española la cuento en mi libro Siempre nos quedará Madrid que a la vez sirve de manual de instrucciones para emigrar a un país, la España de los noventa, que hace tiempo dejó de existir. Pero ese intermedio español me ayudó a ganar perspectiva y a apreciar las ventajas que teníamos los cubanos en Estados Unidos.

    —¿Cuánto de político hay en el escritor que eres?

    —Si tú supieras: con el tiempo he descubierto que no me interesa la política. Al menos como se entiende acá en Estados Unidos. Como ciudadano voto, participo en discusiones públicas (como ahora con los temas de la discriminación racial o la brutalidad policial) pero no alcanzan a interesarme como escritor, al menos no de la manera superficial e inconsecuente con que suele llevarse a cabo el debate político. Por lo demás la política es algo demasiado circunstancial para definirnos como seres humanos. Lo que sí me interesa como tema vital y creativo es la libertad, tan ligada a la condición de escritor y al mismo tiempo al ser humano en su acepción más plena. Esa libertad de la que la vida pública cubana carece y que muchas veces se trata allá como un simple capricho burgués. Amigos acabados de salir de Cuba han llegado a preguntarme “Pero, verdad ¿Alguna vez te has sentido verdaderamente libre?” Esa pregunta que se la hagan a alguien que siempre haya vivido en una sociedad democrática. Pero para mí, tras la experiencia de vivir en una dictadura, me es difícil no percibir esa libertad a cada paso. Salvando las distancias: pregúntenle eso mismo al que alguna vez haya estado preso para que vean lo que responde.
    La política no, pero la libertad y su defensa sí está en el centro de mi obra. Como algo que se busca sin descanso, aunque nunca se alcance del todo. Aunque la libertad nunca se tiene del todo sí se puede perder del todo. No importa lo estable, próspera y libre que sea una sociedad, el peligro de perder sus libertades nunca puede descartarse. Los humanos somos demasiado asustadizos e impresionables como para que renunciemos a la tiranía para siempre.
     
    —¿Cómo defines al mundo en la actualidad?
    —Ya lo dice el tango “Cambalache”: “el mundo fue y será/ una porquería, ya lo sé./ En el quinientos seis/y en el dos mil, también”. Pero hagamos una distinción: con todo y lo optimista que soy, veo ahora en muchas sociedades una deriva peligrosa hacia los extremos del espectro político mientras el centro se vacía. Una situación parecida a la de hace un siglo, cuando la democracia tuvo una crisis de credibilidad tras la Primera Guerra Mundial y el Crack de 1929 y parecía que las únicas soluciones viables eran el comunismo y el fascismo. En los noticieros de cine de la época, mientras los norteamericanos hacían largas colas para recibir comida, alemanes y soviéticos iban felices a sus fábricas y hacían gimnasia todos a la vez. Era la época en que Hitler y Stalin fueron personajes del año de la revista Time. Me imagino que desde Cuba, con su tiranía de seis décadas, esta situación de caos e histeria se observe con cierta comodidad. Como decir “¿Tú ves? Teníamos razón. La democracia no funciona”. Y ante tanto extremismo no se me ocurre otra cosa que defender valores básicos pero imprescindibles como la honestidad, la decencia y el sentido común.

     

    —Cuál es tu postura con respecto a lo ocurrido en Minneapolis?
    —Si te refieres al asesinato de George Floyd a manos de un policía no soy muy original. Me parece un crimen alimentado por el racismo y la impunidad. No sé qué le estaría pasando al asesino por la cabeza pero lo más seguro es que pensara que la víctima no tendría un buen abogado que la defendiera y ya eso implica una mentalidad racista, darwiniana en el peor sentido: los débiles que se jodan. Ese policía habrá pensado que no sería condenado por lo que estaba haciendo, incluso aunque lo estuvieran filmando: eso implica una abominable sensación de impunidad. Y pienso que lo primero que hay que hacer es conseguir que crímenes así sean siempre castigados para que no se repitan.
    Ahora, ver la indignación que se desata en Cuba por un hecho así por parte de funcionarios o figuras públicas mientras disimulan o hasta defienden las injusticias que sufren día a día la población negra y los cubanos en general me resulta cuando menos repugnante y ridículo. La carencia de derechos básicos de los cubanos es tan aplastante, carencia reforzada por los recientes decretos 349 y 370, que resulta hipócrita referirse a lo que ocurra en cualquier otro sitio mientras en Cuba se carece de los derechos más elementales.

    ***

    —Algo que quieras agregar para los lectores de ADNCUBA...
    —Gracias por estar ahí, atentos, curiosos, interesados. Y a ti, con quien hace tanto no hablo cara a cara y a quien le debo un largo abrazo, te deseo lo mejor. Estoy muy orgulloso de ti. Seguimos conectados.

    jueves, 23 de julio de 2020

    ¿Para qué sirve el totalitarismo?

    Si insisto en usar el término “totalitarismo” para describir las circunstancias cubanas no es para convertir las UMAP en una sucursal de Auschwitz. Ni para ayudar a clasificar el caso cubano en las olimpiadas del victimismo. Se trata, por un lado, de distinguir casos como el de Cuba de otros autoritarismos más elementales y, por ello, menos resistentes a la crítica y a la realidad. 

    Pero mi insistencia también se alimenta de la convicción de que la lógica totalitaria, pese a su aparente asociación “natural” a ciertas ideologías, funciona con independencia del signo de la ideología que la sustenta. Para decirlo de modo más sencillo: se puede ser totalitario de izquierda o derecha. La vocación totalitaria no depende del lado del espectro político que se escoja (conservador o progre) sino de su intensidad. Quienes han usado el término con más persistencia lo entienden no como la manifestación de determinada ideología sino del fanatismo secular moderno cuya capacidad de reproducirse supera con mucho la de las ideologías que le dieron origen. Valga también el concepto para describir a este totalitarismo tribal que está emergiendo en estos tiempos, para ese espíritu de Comité de Base que hoy recorre tanto a la izquierda norteamericana como al trumpismo.

    En todos los casos el totalitarismo funciona como comunidad espiritual basada en ciertos resortes de la modernidad. Dicho con prisa: una suerte de religiosidad comunitaria pero sin dios. Una búsqueda de sacralidad que se niega a sí misma (porque para algo somos seres seculares) y que busca confirmarse en ciertos rituales colectivos. Rituales casi siempre concentrados en el acoso y derribo de algún enemigo, sea real o simbólico. Cualquier cosa menos quedar a la intemperie de tener que decidir por uno mismo en todos los momentos de la vida. Ahora que el totalitarismo onoce un renacer sin que un Estado o partido lo imponga resulta más fácil reconocer su naturaleza profundamente humana cuando antes solo veíamos su naturaleza inhumana, como si fueran cosas distintas. 

    El totalitarismo es, en fin, una de las respuestas más “naturales” que ha encontrado la humanidad para vivir colectivamente, sin un dios que asuma responsabilidades excesivas para cualquier individuo particular. La otra es esa soledad multitudinaria que llamamos democracia.  


    sábado, 18 de julio de 2020

    De cómo me inicié en la "cancel culture"

    Ahora, en medio de un nuevo debate sobre la vieja censura, alguien recuerda como siendo estudiante de NYU "alguien programó en el KJCC un documental que hablaba favorablemente de Fidel Castro, y Enrique Del Risco armó un reclamo en contra de la proyección. Debía ser 2002 o 2003". Es una suerte que yo tenga buena memoria, el ingrediente esencial para una mala conciencia. Y el caso es que recuerdo bien aquella ocasión en que escribí una carta de protesta contra un documental apologético sobre Fidel Castro realizado por Estela Bravo. También recuerdo que no se trataba de impedir la proyeccion de aquel documental: apologías al castrismo no han dejado de celebrarse antes o después en esas u otras universidades de la ciudad sin que yo me inmutara. Lo que distinguía aquella ocasión era que se pretendiera presentar una organización de escritores latinoamericanos en Nueva York -a la que me invitaron a formar parte- y a los organizadores no se les ocurriera nada mejor para culminar ese lanzamiento que proyectar un documental en el que se alababa al mayor perseguidor de escritores en la historia de mi país. En lugar de lanzar la tal organización con un documental o película sobre algún escritor latinoamericano se optaba por la alabanza a un tirano. ¿Acaso a alguien se le hubiera ocurrido inaugurar una asociación de escritores de cualquier sitio con un documental laudatorio de Pinochet o Videla? ¿Era lógico que unos ratones se presentaran en sociedad con una alabanza a los gatos en lugar de a algún ratón mártir, que los hay de sobra?

    Los que subscribimos aquella carta de protesta no pretendíamos prohibir un documental que se exhibía por todas partes en aquellos días. Lo que hicimos en la carta fue cuestionarnos el compromiso de esa organización de escritores con una causa tan esencial para el ejercicio de la escritura como es la libertad de expresión. Como no recibimos respuesta de los organizadores del evento un grupo de activistas y artistas cubanos asistimos al acto de inauguración no a gritar ni a reventar el acto sino a debatir, esa vieja práctica ya extinta. Entre nosotros estaba el escritor Jorge Valls, quien había pasado 20 años en las prisiones cubanas por el simple hecho de ser y a quien llevábamos como prueba viva de las hazañas del Comandante a quien se dedicaba el cierre de la noche. Esa noche, sin embargo, nos quedamos con las ganas de debatir porque al final los organizadores anunciaron que por "dificultades técnicas" no podrían proyectar la película. 

    Si esa noche merece que la siga recordando es porque los cubanos que habíamos ido allí nos vimos de pronto ante la situación de que en lugar de espantarnos un documental seguramente abominable para luego discutir con gente que sospechábamos blindada a cualquier argumento, se nos ofrecía la oportunidad utilizar aquella noche en Manhattan para celebrar el simple acto de estar vivos y juntos. Así fue como paramos en una cervecería belga a cien metros de allí donde pasamos las horas siguientes bebiendo y discutiendo a gritos como corresponde. Ya al final de la noche terminamos insurreccionando aquella cervecería donde no se ha bailado antes ni después poniendo a bailar hasta a las camareras mientras el siempre correcto Jorge Valls no dejaba de sonreír desde su asiento.

    martes, 14 de julio de 2020

    Joseph Brodsky: discurso de graduación, Universidad de Michigan, diciembre, 1988

    La vida es un juego con muchas reglas pero sin árbitro. Uno aprende a jugarlo más mirándolo que consultando cualquier libro, incluido el Libro Sagrado. No es de extrañar, entonces, que tantos jueguen sucio, que tan pocos ganen, que tantos pierdan. ...

     En cualquier caso, si este lugar es la Universidad de Michigan, Ann Arbor, Michigan, que yo recuerdo es bastante seguro para mí asumir que ustedes, sus graduados, están aún menos familiarizados con el Buen Libro que aquellos que se sentaron en estos bancos. digamos, hace 16 años, cuando me aventuré aquí por primera vez.

    Si recuerdo bien a mis colegas, si sé lo que está sucediendo con los planes de estudio universitarios en todo el país, si no soy totalmente ajeno a las presiones que el llamado mundo moderno ejerce sobre los jóvenes, siento nostalgia por aquellos que se sentaban en sus sillas hace aproximadamente una docena de años, porque algunos de ellos al menos podían citar los Diez Mandamientos y otros incluso recordaban los Siete Pecados Capitales. En cuanto a lo que han hecho con ese precioso conocimiento después, en cuanto a cómo les fue en el juego, no tengo idea. Todo lo que puedo esperar es que a la larga sea mejor guiarse por las reglas y los tabúes establecidos por alguien totalmente impalpable que solo por el código penal.

    Dado que lo más probable es que tu vida sea bastante larga, y dado que estar mejor y tener un mundo decente a tu alrededor es lo que probablemente buscas, podrías hacer algo peor que familiarizarte con esos mandamientos y esa lista de pecados. Hay solo 17 elementos en total, y algunos de ellos se superponen. Por supuesto, puedes argumentar que pertenecen a un credo con un historial sustancial de violencia. Aún así, en cuanto a credos respecta, este parece ser el más tolerante; vale la pena considerarlo solo porque dio origen a una sociedad en la que tienes derecho a cuestionar o negar su valor.

    Pero no estoy aquí para ensalzar las virtudes de ningún credo o filosofía en particular, ni disfruto, como muchos parecen, la oportunidad de atacar al sistema moderno de educación o a ustedes, sus presuntas víctimas. Para empezar, no te percibo como tal. Después de todo, en ciertos campos, tu conocimiento es inmensamente superior al mío o de cualquiera de mi generación. Los considero un grupo de almas jóvenes y razonablemente egoístas en vísperas de un viaje muy largo. Me estremezco al contemplar su longitud, y me pregunto de qué manera podría serte útil. ¿Sé algo sobre la vida que podría ser de ayuda o consecuencia para ti, y si lo hago, hay alguna manera de transmitirte esta información?

    La respuesta a la primera pregunta es, supongo, sí, no tanto porque una persona de mi edad tiene derecho a engañar a ninguno de ustedes en el ajedrez existencial sino porque, con toda probabilidad, está cansado de muchas de las cosas a las que todavía aspiras. (Esta fatiga por sí sola es algo sobre lo que se debe aconsejar a los jóvenes como una característica adicional tanto de su eventual éxito como de su fracaso; este tipo de conocimiento puede ayudarte a saborear lo primero, así como a soportar lo último). En cuanto a lasegunda pregunta, realmente me pregunto. El ejemplo de los mandamientos antes mencionados puede desalentar a cualquier orador para recién graduados, ya que los Diez Mandamientos en sí eran un discurso de graduación, literalmente, debo decir. Pero hay un muro transparente entre las generaciones, una cortina irónica, si se quiere, un velo transparente que casi no permite el paso de la experiencia. En el mejor de los casos, algunos consejos.

    Mira, lo que estás a punto de escuchar son solo consejos: de varios icebergs, si puedo decirlo, no del Monte Sinaí. Yo no soy Moisés, ni ustedes son judíos bíblicos; Estas son algunas anotaciones aleatorias garabateadas en una libreta amarilla en algún lugar de California, no tablas de la ley. Ignóralos si lo deseas, duda de ellos si debes hacerlo, olvídalos si no puedes evitarlo; No hay nada imperativo en ellos. Si algo de esto te resulta útil ahora o en el futuro, me alegraré. Si no, mi ira no te alcanzará.

    1. Ahora y en el futuro, creo que valdrá la pena concentrarse en ser preciso con tu lengua. Intenta construir y tratar tu vocabulario de la misma manera que tratas tu cuenta corriente. Presta mucha atención e intenta aumentar tus ganancias. El objetivo aquí no es impulsar tu elocuencia de alcoba o tu éxito profesional, aunque eso también puede ser una consecuencia, ni tampoco convertirte en un sofisticado de salón. El objetivo es permitirte articularte de la manera más completa y precisa posible; en una palabra, el objetivo es tu equilibrio. La acumulación de cosas que no se detallan, que no se articulan adecuadamente, puede provocar neurosis. Diariamente, le sucede mucho a la psique; Sin embargo, el modo de expresión de uno a menudo sigue siendo el mismo. La articulación va a la zaga de la experiencia. Eso no va bien con la psique. Los sentimientos, los matices, los pensamientos, las percepciones que permanecen sin nombre, que no se pueden expresar y que quedan insatisfechas con las aproximaciones, se acumulan dentro de un individuo y pueden conducir a una explosión psicológica o implosión. Para evitar eso, uno no necesita convertirse en un ratón de biblioteca. Uno simplemente debe adquirir un diccionario y leerlo todos los días, y, de vez en cuando, leer libros de poesía. Los diccionarios, sin embargo, son de importancia primordial. Hay muchos de ellos alrededor; algunos de ellos incluso vienen con una lupa. Son razonablemente baratos, pero incluso los más caros entre ellos (aquellos equipados con una lupa) cuestan mucho menos que una sola visita a un psiquiatra. Sin embargo, si vas a visitar uno, ve con los síntomas de un adicto al diccionario.

    2. Ahora y en el futuro, trata de ser amable con tus padres. Si, para tu comodidad, esto suena demasiado cerca de "Honrarás a tu madre y padre" que así sea. Todo lo que estoy tratando de decir es que trates de no rebelarte contra ellos, ya que, con toda probabilidad, morirán antes que tú, así podrás ahorrarte al menos esta fuente de culpa, si no de dolor. Si debes rebelarte, rebélate contra aquellos que no te lastiman tan fácilmente. Los padres son un objetivo demasiado cercano (por lo tanto, por cierto, son hermanas, hermanos, esposas o esposos); están tan cerca que no podrías fallar. La rebelión contra los padres de uno, con todo su no-pienso-aceptar-ni-un- centavo-de-ustedes, es esencialmente una cosa extremadamente burguesa, porque le brinda al rebelde lo máximo en comodidad, en este caso, comodidad mental: la comodidad de las propias convicciones. Cuanto más tarde llegues a este patrón, más tarde te convertirás en un burgués mental, es decir, cuanto más tiempo te mantengas escéptico, con dudas, intelectualmente incómodo, mejor será para ti.

    Por otro lado, por supuesto, ese negocio de ni-un-centavo tiene sentido práctico, porque tus padres, con toda probabilidad, te legarán todo lo que tienen y el rebelde exitoso terminará con toda su fortuna, intacta. En otras palabras, la rebelión es una forma muy eficiente de ahorro. Sin embargo, el interés es paralizante. Yo diría capaz de llevarte a la bancarrota.

    3. Trata de no dar demasiada importancia a los políticos, no tanto porque sean tontos o deshonestos, lo cual es frecuente, sino por las dimensiones de su tarea, son demasiado grandes incluso para los mejores de ellos. sean de este o de aquel partido político, doctrina, sistema o anteproyecto del mismo. Todo lo que unos u otros pueden hacer, en el mejor de los casos, es disminuir un mal social, no erradicarlo. No importa cuán sustancial sea una mejora, éticamente hablando siempre será insignificante, porque siempre existirán aquellos -digamos que una sola persona- que no se beneficiarán de esta mejora. El mundo no es perfecto; la edad de oro nunca fue o será. Lo único que le va a pasar al mundo es que se hará más grande, es decir, más poblado sin crecer en tamaño. No importa con cuanta justeza el hombre que hayas elegido prometa cortar el pastel, este no crecerá en tamaño; De hecho, las porciones se harán más pequeñas. A la luz de eso, o, mejor dicho, a oscuras, deberías confiar en tu propia cocina casera, es decir, en administrar el mundo por ti mismo, al menos esa parte que está a tu alcance, dentro de tu radio. Sin embargo, al hacer esto, también debes prepararte para la comprensión desgarradora de que incluso ese pastel suyo no será suficiente; debes prepararte para cenar con desilusión y gratitud. La lección más difícil de aprender aquí es mantenerte firme en la cocina, ya que solo con servir el pastel se crean muchas expectativas. Pregúntate si podrás permitirme el suministro constante de esos pasteles, o preferirás regatearle a un político. Cualquiera que sea el resultado de esta indagación espiritual, por mucho que pienses que el mundo puede apostar por tu horneado, puedes comenzar por insistir en que esas corporaciones, bancos, escuelas, laboratorios y todo lo demás donde estarás trabajando, con sus instalaciones climatizadas y vigiladas durante todo el día de todos los modos posibles, permitan que las personas sin hogar pasen la noche, ahora que es invierno.

    4. Trata de no sobresalir, trata de ser modesto. Hay demasiados de nosotros tal como somos, y muy pronto habrá muchos más. Por lo tanto, se alcanza a ser el centro de atención a costa de los que no llegan. Que tengas que pisarle los dedos de los pies de alguien no significa que debas pararte sobre sus hombros. Además, todo lo que verá desde ese punto de vista es el mar humano, además de aquellos que, como tú, han asumido una posición igualmente conspicua y precaria: aquellos que llamamos ricos y famosos. En general, siempre hay algo levemente desagradable en estar por encima de los demás, y cuando los demás llegan a ser miles de millones, lo es aún más. A esto hay que agregar que los ricos y famosos en estos días también vienen en multitudes, que la cima está muy concurrida. Entonces, si quieres hacerte rico o famoso o ambos, sigue adelante, pero no lo consideres una gran cosa. Codiciar lo que alguien más tiene es renunciar a tu singularidad; Por otro lado, por supuesto, estimula la producción en masa. Pero como el camino de la vida se recorre solo una vez, es sensato tratar de evitar los clichés más obvios, incluidas las ediciones limitadas. La noción de exclusividad, fíjate, también te hace renunciar a tu singularidad, sin mencionar que reduce tu sentido de la realidad de lo que ya has conseguido. Mucho mejor que pertenecer a un club es ser empujado por las multitudes de aquellos que, dados sus ingresos y su apariencia, representan, al menos teóricamente, un potencial ilimitado. Trata de ser más como ellos que como aquellos que no son como ellos. Trata de vestirte de gris. El mimetismo es la defensa de la individualidad, no su rendición. También te aconsejaría que bajaras la voz, pero me temo que pensarás que voy demasiado lejos. Aún así, ten en cuenta que siempre hay alguien a tu lado, tu prójimo. Nadie te pide que lo ames, pero trata de no lastimarlo o incomodarlo demasiado; trata de pisar con cuidado los dedos de sus pies; y si vas a codiciar a su mujer, recuerda al menos que esto atestigua el fracaso de tu imaginación, de tu falta de confianza -o tu ignorancia- en el potencial ilimitado de la realidad. Las cosas no hacen más que empeorar, trata de recordar de cuán lejos -de las estrellas, de las profundidades del universo, tal vez desde su extremo opuesto- llegó esa solicitud de que no desearas la mujer del prójimo, así como la de amar a tu prójimo como a ti mismo . Tal vez las estrellas saben más sobre la gravedad, así como sobre la soledad, que tú; codiciando los ojos que ellas son.

    5. A toda costa trata de evitar otorgarte el estatus de víctima. De todas las partes de tu cuerpo, concentra tu atención en tu dedo índice, siempre ávido de señalar culpas. Un dedo apuntando es el logotipo de la víctima, lo opuesto al signo de victoria y sinónimo de rendición. No importa cuán abominable sea tu condición, trata de no culpar a nada ni a nadie: ni a la Historia, el estado, los superiores, tu raza, tus padres, las fases de la luna, tu infancia, la manera en que te enseñaron a ir al baño, etc. El repertorio es vasto y tedioso, y esa vastedad y ese tedio por sí solos deberían ser lo suficientemente ofensivos como para indisponer tu inteligencia contra la búsqueda de culpables. En el momento en que culpas algo, socavas tu determinación de cambiar cualquier cosa; se podría argumentar incluso que ese dedo ávido de culpas oscila tan salvajemente como lo hace porque la resolución nunca fue lo suficientemente grande en primer lugar. Después de todo, la condición de víctima no está exenta de dulzura. Inspira compasión, confiere distinción y naciones y continentes enteros se regodean oscuramente con los descuentos mentales anunciados para la conciencia de ser víctima. Existe toda una cultura del victimismo, que va desde los consejeros privados hasta los préstamos internacionales. A pesar del objetivo declarado de este sistema del victimismo, su resultado neto es reducir el umbral de expectativas de uno, de modo que una ventaja miserable se pueda percibir o facturar como un gran avance. Por supuesto, esto es terapéutico y, dada la escasez de recursos del mundo, quizás incluso higiénico, así que a falta de una mejor identidad, uno podría abrazar la condición de víctima, pero trata de resistirte a eso. Por abundante e irrefutable que sea la evidencia de que estás en el bando perdedor, niégalo siempre y cuando tengas conciencia para hacerlo, siempre y cuando tus labios puedan decir "No". En general, trata de respetar la vida no solo por sus comodidades sino también por sus dificultades. Son parte del juego, y lo bueno de una dificultad es que no es un engaño. Siempre que estés en problemas, en algún apuro, al borde de la desesperación o en plena desesperación, recuerda: esa es la vida que te habla en el único idioma que conoce bien. En otras palabras, trata de ser un poco masoquista: sin un toque de masoquismo, el significado de la vida no está completo. Si esto es de alguna ayuda, trata de recordar que la dignidad humana es una noción absoluta, no fragmentaria, que es inconsistente con ruegos especiales, que deriva su equilibrio de negar lo obvio. Si encuentras este argumento un poco exagerado, piensa al menos que al considerarte una víctima, aumentas el vacío de irresponsabilidad que los demonios o los demagogos aman tanto, ya que una voluntad paralizada no es apreciada por los ángeles.

    6. El mundo en el que estás a punto de entrar y existir no tiene una buena reputación. Ha sido mejor geográficamente que históricamente; Todavía es mucho más atractivo visualmente que socialmente. No es un lugar agradable, como pronto descubrirás, y dudo que llegue a ser mucho mejor para cuando lo dejes. Aún así, es el único mundo disponible; no existe alternativa, y si existiera, no hay garantía de que sería mucho mejor que este. Es una jungla allá afuera, así como un desierto, una pendiente resbaladiza, un pantano, etc., literalmente, pero, lo que es peor, también metafóricamente. Sin embargo, como ha dicho Robert Frost, "la mejor salida es siempre salir adelante". Sin embargo, también dijo, en un poema diferente, que "ser social es ser indulgente". Es con algunas observaciones sobre este negocio de salir adelante con que me gustaría cerrar.

    Trata de no prestar atención a aquellos que intentarán hacerte la vida imposible. Habrá muchos de ellos, tanto designados oficialmente como por cuenta propia. Súfrelos si no puedes escapar de ellos, pero una vez que te hayas alejado de ellos, préstales la menor atención posible. Sobre todo, trata de evitar contar historias sobre el trato injusto que recibiste de ellos; evítalo sin importar cuán receptivo pueda ser tu público. Cuentos de este tipo extienden la existencia de tus antagonistas; lo más probable es que cuenten con que seas parlanchín y con que le cuentes tu experiencia a otros. Por sí mismo, ningún individuo vale un ejercicio de injusticia (o para el caso, de justicia). La proporción de uno a uno no justifica el esfuerzo: lo que cuenta es el eco. Ese es el principio principal de cualquier opresor, ya sea patrocinado por el estado o autodidacta. Por lo tanto, prívalo del eco, para que no permitas que un evento, por desagradable o trascendental, reclame más tiempo del que tomó para que ocurriera.

    Lo que hacen tus enemigos deriva su significado o consecuencia de la forma en que reaccionas. Por lo tanto, acelera o pasa por ellos como si fueran luces amarillas y no rojas. No te entretengas mental o verbalmente; no te enorgullezcas de perdonarlos u olvidarlos; como cosas no hacen más que empeorar, empieza por olvidarlas. De esta manera ahorrarás a tus neuronas mucha agitación inútil; de esta manera, tal vez, incluso puedes salvar a esos cabezadepuerco de sí mismos, ya que la posibilidad de ser olvidado es más corta que la de ser perdonado. Así que cambia el canal: ya no puedes eliminar ese canal al menos puede reducir sus índices de audiencia. Ahora, no es probable que esta solución complazca a los ángeles, pero, de nuevo, está destinada a dañar a los demonios, y por el momento eso es todo lo que realmente importa.

    Mejor me detengo allí. Como dije, me alegraré si encuentras útil lo que he dicho. De lo contrario, demostrarás que estás equipado mucho mejor para el futuro de lo que cabría esperar de personas de tu edad. Lo cual, supongo, es también un motivo de alegría, no de aprensión. En cualquier caso, bien equipado o no, te deseo suerte, porque lo que se avecina no es un picnic ni para los preparados ni para los que no están preparados, y necesitarás suerte. Aún así, creo que lo lograrás.

    No soy gitano; No puedo adivinar tu futuro, pero es bastante obvio a simple vista que tienes mucho entre manos. Por decir lo menos, naciste, que es en sí la mitad de la batalla, y vives en una democracia, esta casa a medio camino entre la pesadilla y la utopía, que pone menos obstáculos en el camino de un individuo que las otras alternativas.

    Por último, has sido educado en la Universidad de Michigan, en mi opinión, la mejor escuela de la nación, aunque solo sea porque hace 16 años le dio un descanso muy necesario al hombre más perezoso del mundo, quien, además de eso, prácticamente no hablaba inglés. Enseñé aquí durante unos ocho años; la lengua en la que me dirijo hoy la aprendí aquí; algunos de mis antiguos colegas todavía están en la nómina, otros se retiraron y otros aún duermen el sueño eterno en la tierra de Ann Arbor que ahora pisas. Claramente este lugar tiene un valor sentimental extraordinario para mí; y así será, en una docena de años más o menos, para ti. Hasta ese punto, puedo adivinar tu futuro; a ese respecto, sé que te las arreglarás o, más exactamente, alcanzarás lo que deseas. Porque sentir una ola de calidez viniendo sobre ti en una docena de años ante la mención del nombre de esta ciudad indicará que, con suerte o sin suerte, como ser humano has tenido éxito. Es este tipo de éxito lo que deseo sobre todo en los años venideros. El resto depende de la suerte e importa menos.