Hace un cuarto de siglo le escribí una carta a la sección “Cartas al director” del diario español El País. Antes había enviado otra que no había sido publicada donde me quejaba de que dicho diario llamara a Fidel Castro “veterano líder” mientras al exilio cubano se le calificaba de “exilio radical”. De más está decir que tampoco esa carta fue publicada. Ahora me la encuentro en un viejo archivo y me sorprende por su ingenuidad. Pero todavía me sorprende más que 25 años después la gran mayoría de la izquierda española mantenga la misma actitud sobre Cuba. Como si el tiempo no pasara, o como si todo lo sucedido desde entonces no les hubiera enseñado nada.
Carta de un cubano a la izquierda española:
La razón por la que me dirijo a ustedes, progresistas españoles, es una y sencilla: el prestigio que tras 42 años de ejercicio omnímodo del poder conserva a los ojos de la mayoría de ustedes el gobierno de Fidel Castro y la Revolución Cubana, uno de sus seudónimos más recurrentes. Las señales de que ese prestigio está lejos de desaparecer la encontramos a cada paso, cada día. Si cada vez son menos los que defienden abiertamente al régimen -o lo justifican con escrúpulo variable- ahora se impone una supuesta objetividad que conviene en titular al dictador caribeño “presidente” o “líder cubano” en los abundantes artículos que se le dedican a la situación de la isla. Eso o una indiferencia cómplice que intenta justificarse en que de “eso” no vale la pena hablar. Las señales son múltiples, decía, y renovadas: la aséptica cuando no retocada información que se recibe desde las corresponsalías en La Habana; el espectáculo de un actor como Javier Bardem tratando de hacerse perdonar por haber interpretado magníficamente a una prominente víctima del castrismo; o el obstinado silencio ante cada nuevo horror proveniente de la isla. Defender a un régimen a todas luces decrépito puede no ser especialmente aplaudible, pero atacarlo al parecer denota un gusto pésimo. Pero permítanme recordarles que más allá de las reglas que rijan la etiqueta política actual hace mucho tiempo que se sabe que el silencio o la objetividad ante el crimen no es más que otro modo de colaborar con él.
Porque de eso se trata, de colaboración con un crimen que ya dura demasiado. ¿Cómo explicar la supervivencia de ese prestigio entre aquellos que se definen políticamente por tomar partido a favor del progreso, la tolerancia, la justicia social, de los menos favorecidos, los oprimidos? ¿Qué es lo que hace al pueblo cubano menos digno de su solidaridad? ¿Qué hace al castrismo menos digno de su repulsa? ¿Acaso no ha sido suficiente que la dictadura unipersonal de Castro sea ya la más extensa de la historia moderna en occidente? ¿Acaso no son suficientes los miles de ejecutados judicial o extrajudicialmente, los miles de muertos mientras intentaban de escapar, las decenas de miles de encarcelados, los más de dos millones que se han visto obligados a vivir fuera de su país o la casi totalidad de la población que queda en la isla sometida por igual a una miseria dizque digna y a la desposesión continua de la mayor parte de los derechos fuera de toda discusión en el mundo democrático? Sí, porque si en algo ha sido democrático el gobierno cubano – y aun así con algunas restricciones - es en la distribución de la miseria y la represión: no existe grupo étnico, religioso o político, sexo, clase social, edad u origen nacional que haya escapado al terror que alegremente propina el régimen con la forzada complicidad de sus propias víctimas. Ante esta evidencia repito la pregunta ¿Qué hace a los crímenes del castrismo menos repugnantes que los de Hitler, Musolini, Batista, Franco, el apartheid o Pinochet? ¿Qué hace a los cubanos inferiores ante los ojos de la solidaridad del progresismo internacional que judíos, chilenos, sudafricanos negros o españoles recibieron cuando sufrieron sus respectivos infiernos?
En lo que espero la respuesta, que me temo que nunca llegará, adelanto dos posibles razones que exceden un reduccionista encuadre ideológico. Una es la condición de víctima que con tanto acierto ha cultivado el régimen de la isla frente al “imperialismo norteamericano”. La tradicional simpatía con que obsequiamos al débil que se enfrenta al fuerte se ve reforzada por el hecho de que el fuerte en este caso es el objeto del temor y el odio de buena parte del universo. Sólo que esta vez no se trata de un partido entre el Real Madrid y el Numancia. De este modo que en el diferendo Cuba- Estados Unidos (alimentado con tanto acierto por el régimen cubano) la isla se convierte en el campo de batallas simbólico de la progresía mundial donde –ventajas de lo simbólico- nadie sale perjudicado excepto los cubanos. Así se podrán gozar las pocas ventajas del capitalismo o la globalización o recibir ayudas norteamericanas sin necesidad de sentir un peso adicional en la conciencia: defender a Castro o su seudónimo conlleva una osadía simbólica capaz de justificar cualquier otra debilidad. No sé si resulta evidente la fragilidad moral de ese argumento más allá de su conveniencia. Usar 11 millones de personas como rehenes de esa batalla simbólica contra el imperio del mal no es necesariamente ético. Reclamarle a los cubanos que resistan o a Castro que le pare los pies a los yanquis resulta un funesto y torpe ejercicio de cobardía del que espero que algún día se arrepientan.
Hablaba de dos razones. Si la primera es simbólica la segunda casi resulta filosófica. La sobrevivencia del régimen castrista al derrumbamiento del socialismo real parece justificar su validez. Parecería que su indudable capacidad de perdurar lo hiciera a su vez legítimo. La conclusión hegeliana de que todo lo real es racional se vería así sensiblemente modificada: todo lo real es legítimo. Pero esa conclusión corre el peligro de terminar legitimando hechos de incuestionable (y abominable) realidad como el holocausto nazi o un Franco octogenario decidiendo los destinos españoles hasta su último estertor. “¡No es lo mismo!” me recordarán muchos de ustedes, pero permítanme insistir que la existencia de un régimen que asesine a millones de personas no relativiza la criminalidad de otro que se conforme con asesinar unos cuantos miles. Como los 42 años de castrismo no disminuyen el horror de los 12 años de poder nazi.
Existe también una razón algo más ideológica para extender el manto protector sobre el castrismo, para que condenarlo se vea tan poco cool. Buena parte de la izquierda, atrapada entre la parálisis y la frivolidad, huérfana de nuevos argumentos, sucumbe ante la nostalgia de los tiempos en que se enfrentaban capitalismo y socialismo, el bien contra el mal en términos casi absolutos. La Cuba de Castro es vista así como un símbolo de aquella creencia en poseer verdades absolutas y de imponerlas a cualquier precio. Pero si esos absolutos se han visto rechazados en la práctica, todavía forman parte de las fantasías heroicas de muchísima gente que se considera de izquierda, progresista. Sólo que no deben olvidar que ese deseo de absoluto no es más que la sublimación de la incapacidad de lidiar con la vida diaria, con su persistente vulgaridad, esa que hace encontrar a la democracia tan ridícula. En el fondo de eso se trata. Las actitudes que adoptan como emblema concreto la complicidad estentórea o silente con un régimen como el cubano denotan la incapacidad de muchos de aceptar la democracia como lo que debe ser, un sistema de transacciones constantes de donde todos deben salir beneficiados, basados en el respeto al otro y la imposibilidad de soluciones permanentes. Se justifica la existencia del castrismo como un modelo de utopía, pero permítanme recordarles que el principal atributo de las utopías es su imposibilidad. Renunciar y condenar el castrismo como emblema utópico (entre otros emblemas afines) no será entonces sólo un ejercicio de lógica elemental (el régimen castrista existe, luego, no es utópico) sino un exorcismo de cuanto de antidemocrático y totalitario perdura en el imaginario de la izquierda actual. Y no se piense que niego la capacidad de seducción que tuvo el castrismo en sus orígenes. Nadie mejor que un cubano para entender esa seducción ante la que tantos sucumbimos al punto de permitirle al régimen de presumir del apoyo unánime de la nación. Pero también nadie como un cubano para rechazar una seducción que ya sólo responde a inercias mentales o sentimentales.
De modo que esto les pido. Cuando pronuncien la palabra Cuba, por mucho que intenten darle un sentido simbólico, casi metafísico, recuerden que ese concepto incluye las vidas (reales) de 11 millones de cubanos. Evítense el espectáculo penoso y carente de sentido de esperar a que el fin del régimen saque a la luz nuevos horrores (que a esas alturas resultarían pura redundancia) para apartarse de él asqueados. La condena del régimen por parte de ustedes cuando todavía puede resultar vigente, supondrá algo más que una solidaridad que los cubanos más temprano que tarde agradecerán. A nosotros nos hará algo más leve la dictadura o el exilio. Para ustedes supondrá un ajuste de cuentas con lo peor de la izquierda, eso que la ha hecho sumirse en un descrédito tan generalizado. Será apenas otro símbolo, pero en este caso, de sintonía con los tiempos que nos han tocado vivir, de vocación democrática y humanista que es en el fondo el mejor legado que la izquierda puede reclamar. Y si soy totalmente sincero no encuentro crítica más provechosa a la dictadura cubana que la que venga de ustedes. A la derecha, en el caso cubano, no les interesa demostrar nada. Para ellos todo siempre estuvo demasiado claro, tanto que nunca lo entendieron y ahora encima le sacan partido invirtiendo en el país que posee los trabajadores con menos derechos y, por ello, más explotables del mundo. Una crítica desde la izquierda partiría de una comprensión más cercana y profunda. Con esto creo que todos saldremos ganando. Cierto que a estas alturas optar por la condena del castrismo requiere valor, valor frente al peligro del ostracismo o el miedo al ridículo, pero justo de eso se trata, de tener valor frente a la uniformidad de la tribu. Espero que esta carta sea recibida como lo que pretende ser, un llamado a la reflexión. Suyo siempre,
un cubano
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