El miércoles 27
de mayo, 2026, se reunió la sección Cuba de LASA. Caí allí por puto azar (si
les cuento cómo llegué entenderían lo lúcido de la errata). La sala, repleta,
era una mezcla de académicos, algún que otro esbirro y los usuales compañeros
de viaje. Se discutía y no se discutía. Los compañeritos de viaje hablaban de
las inconveniencias de hablar de política, del carácter esencialmente divisorio
de ese tema. En cuestiones matemáticas estaban más por la suma (a su favor) o por
el borrón y cuenta nueva.
Del bando
contrario se adujeron razones varias para insistir en sus declaraciones
(políticas). Sobre todo si se tenía en cuenta que:
-La política
nunca ha estado ausente de la sección Cuba, aunque usualmente concentrada en expresar
simpatía y comprensión por el régimen cubano.
-Protestar porque
los representantes del castrismo no reciban visas es una forma de hacer
política tan clara como protestar porque a los académicos críticos del régimen cubanos
se les persiga en su país o se les impida viajar fuera de este.
-La sección Cuba
en LASA no tiene que regirse por reglamentos más estrechos que los que estipulan
la conducta del resto de la organización.
Los
representantes del filocastrismo, por su parte, hicieron lo que pudieron para
defender su posición, que es más o menos la del régimen al que se deben por fe
o interés. (No se les regañe en casa por incumplir su deber: su posición a
estas alturas es simplemente indefendible). El Viejo Funcionario sacó a pasear
sus entrenadas mañas con ademanes que él mismo deberá creer relajados y hasta
graciosos pero, créanme, eran todo lo contrario. Otro al que llamaré, El
Veterano Compañero de Viaje, insistía en la supuesta neutralidad que se le
debía a la academia, en lo excepcional de la condición cubana. No tuvieron
ningún éxito. Era obvio que la realidad y la actual composición de la Sección
Cuba de LASA los situaba en desventaja.
Yo, que no soy
miembro de la Sección Cuba de LASA y ni siquiera me podría llamar académico sin
deformar el concepto, (bastante que me dejo llamar intelectual) me mantuve
callado. Tampoco hizo falta que hablara. La derrota del Funcionario y el
Compañero había sido lo bastante aplastante, lo insostenible de su posición era
demasiado obvio, como para el que tuviera nociones del ajedrez académico —que
consiste en discutir, pelearse incluso sin mencionar por su nombre las
posiciones en pugna— entendiera cual había sido el desenlace.
De haber hablado allí
yo habría sonado todo lo discordante que puede sonar alguien que insiste en
llamarle a las cosas por su nombre en predios donde la lengua oficial es el
eufemismo. En decir todo lo que se callaba. De haber intentado traducir tanto
eufemismo habría sonado así:
"No soy
miembro de esta sección ni estoy al tanto de los detalles que han conformado su
evolución pero visto desde afuera esta es mi impresión. La sección Cuba de LASA
fue creada por académicos afines al régimen cubano tanto desde dentro como
desde fuera de la isla para normalizar la presencia de dicho régimen en los
medios académicos norteamericanos. Y en principio funcionó. Años más tarde, sin
embargo, hubo que hacer concesiones: no se entendía que solo viajaran a los
congresos de LASA aquellos académicos más comprometidos con el régimen
incluyendo algún que otro oficial del MININT mientras que renombrados
especialistas en sus respectivos campos quedaban fuera de las convocatorias.
Casi sin sentirlo
la Sección Cuba de LASA se ha ido convirtiendo en otra cosa, algo mucho mejor
que una pantalla académica del castrismo. Al punto de haber elegido el año
pasado como presidenta a Alina Barbara López, académica que sufre persecusión
constante en su país y a quien el régimen que la intenta amordazar no le
permitió asistir al congreso en París. Protestar contra esto y contra los
continuos atentados contra la libertad académica del régimen totalitario que
rige Cuba es lo que algunos miembros de la sección Cuba consideran política, en
el sentido de indeseable y disruptivo de las buenas maneras académicas. Y eso
es una buena señal, que se hable de política cuando se defienda a los
académicos perseguidos mientras el apoyo al castrismo se considera un gesto
perfectamente apolítico. Es una buena señal, digo, que la búsqueda de la
justicia siga siendo asunto político".
Eso es lo que
habría dicho pero que callé para no violentar ese principio académico que
considera de pésimo gusto llamar las cosas por el nombre con que fueron creadas.
Fue una suerte que no lo dijera. Además de que, dado el estado lastimoso en que
quedaron los maquillistas del castrismo, habría sido un tanto excesivo.
El sábado 30 de
julio hablaba tangencialmente del cinismo de los historiadores en el panel del
LASA al que fui convocado. Hablaba de esos historiadores que admiran las
pirámides sin detenerse en el costo humano de erigirlas. Después de todo —pensarán— los
pobres acarreadores de piedras murieron hace milenios mientras que las
pirámides siguen ahí. Mis compañeros de panel respondieron incómodos.
Precisamente a ellos, que se han detenido en la historia menuda de las familias
cubanas, en los dramas, no se les debería acusar de cínicos.
Reconozco que no
fue buena idea haber apelado a un ejemplo tan lejano como el de las pirámides
cuando tenía uno mucho más a mano. Me refiero, por supuesto, a la llamada
Revolución Cubana. Porque la deferencia que los historiadores suelen mostrar
hacia un evento tan catastrófico para la sociedad que esta pretendía construir
es digna de mejor causa. Empezando por el propio título de Revolución Cubana,
con mayúsculas, a lo que más bien es una tiranía con excelente departamento de
relaciones públicas y márketin.
Porque si lo que
importan son los resultados de su gestión el castrismo no tiene pirámides que
mostrar. Ni siquiera una autopista nacional más o menos transitable. Hubo
profundos cambios políticos, sociales y económicos, es cierto, pero ninguno de
ellos se apartó un centímetro del objetivo esencial del régimen que consistió
en crear y retener la mayor cantidad de poder posible. El castrismo, escójase
el período que se prefiera, siempre se trató de una cuestión de acumulación de poder,
sin reparar en los costos, fueran económicos o humanos.
Incluso los
"logros" más socorridos en la justificación del régimen merecen la
misma lectura crítica que nuestros historiadores aplican a otros eventos y
ámbitos. Así, la campaña de alfabetización de 1961 puede verse como parte del
plan de contrainsurgencia desplegado en el momento de mayor fuerza de las
guerrillas anticastristas. Y a los entusiastas alfabetizadores debería vérseles
como lo que en realidad fueron: inconscientes agentes del adoctrinamiento
ideológico, espías en territorio enemigo y mártires potenciales o consumados.
Por otra parte, los logros en la educación, la salud y el deporte —apartando
las manipulaciones estadísticas y emocionales— demostraron ser un
espejismo insostenible sin los subsidios soviéticos.
El único logro incuestionable
de la llamada Revolución Cubana es la mera existencia del régimen a lo largo de
67 años. Esas casi siete décadas de sobrevivencia son las pirámides con las que
debe contrastarse el costo que permitió erigirlas. Los fusilamientos, las muertes
en alta mar, las decenas de miles de prisioneros políticos, la separación de
las familias, la desaparición de las instituciones democráticas, el
amordazamiento de todo un pueblo, la destrucción de la economía y el exterminio
de la sociedad civil —por no hablar de los estragos causados por su
aventurerismo internacional— es lo que los historiadores deberían
tener en cuenta a la hora de valorar aquello que insisten en llamar revolución.
Si entonces consideran que para legitimar la llamada Revolución Cubana basta su
condición de simbólica aldea de Asterix frente al mayor imperio de estos
tiempos —aldea en buena parte subvencionada por los mismos aldeanos que escapan a
los predios imperiales— entonces nuestros queridos historiadores tendrán
que reconocer que las vidas de las últimas cinco generaciones de cubanos les
importan tanto como las de los esclavos sobre las que se erigió la riqueza de las
sociedades en el pasado.