viernes, 5 de junio de 2026

LASA 2026 en Lutecia: dos momentos



UNO

El miércoles 27 de mayo, 2026, se reunió la sección Cuba de LASA. Caí allí por puto azar (si les cuento cómo llegué entenderían lo lúcido de la errata). La sala, repleta, era una mezcla de académicos, algún que otro esbirro y los usuales compañeros de viaje. Se discutía y no se discutía. Los compañeritos de viaje hablaban de las inconveniencias de hablar de política, del carácter esencialmente divisorio de ese tema. En cuestiones matemáticas estaban más por la suma (a su favor) o por el borrón y cuenta nueva.

Del bando contrario se adujeron razones varias para insistir en sus declaraciones (políticas). Sobre todo si se tenía en cuenta que:

-La política nunca ha estado ausente de la sección Cuba, aunque usualmente concentrada en expresar simpatía y comprensión por el régimen cubano.

-Protestar porque los representantes del castrismo no reciban visas es una forma de hacer política tan clara como protestar porque a los académicos críticos del régimen cubanos se les persiga en su país o se les impida viajar fuera de este.

-La sección Cuba en LASA no tiene que regirse por reglamentos más estrechos que los que estipulan la conducta del resto de la organización.

Los representantes del filocastrismo, por su parte, hicieron lo que pudieron para defender su posición, que es más o menos la del régimen al que se deben por fe o interés. (No se les regañe en casa por incumplir su deber: su posición a estas alturas es simplemente indefendible). El Viejo Funcionario sacó a pasear sus entrenadas mañas con ademanes que él mismo deberá creer relajados y hasta graciosos pero, créanme, eran todo lo contrario. Otro al que llamaré, El Veterano Compañero de Viaje, insistía en la supuesta neutralidad que se le debía a la academia, en lo excepcional de la condición cubana. No tuvieron ningún éxito. Era obvio que la realidad y la actual composición de la Sección Cuba de LASA los situaba en desventaja.

Yo, que no soy miembro de la Sección Cuba de LASA y ni siquiera me podría llamar académico sin deformar el concepto, (bastante que me dejo llamar intelectual) me mantuve callado. Tampoco hizo falta que hablara. La derrota del Funcionario y el Compañero había sido lo bastante aplastante, lo insostenible de su posición era demasiado obvio, como para el que tuviera nociones del ajedrez académico que consiste en discutir, pelearse incluso sin mencionar por su nombre las posiciones en pugna entendiera cual había sido el desenlace.

De haber hablado allí yo habría sonado todo lo discordante que puede sonar alguien que insiste en llamarle a las cosas por su nombre en predios donde la lengua oficial es el eufemismo. En decir todo lo que se callaba. De haber intentado traducir tanto eufemismo habría sonado así:

"No soy miembro de esta sección ni estoy al tanto de los detalles que han conformado su evolución pero visto desde afuera esta es mi impresión. La sección Cuba de LASA fue creada por académicos afines al régimen cubano tanto desde dentro como desde fuera de la isla para normalizar la presencia de dicho régimen en los medios académicos norteamericanos. Y en principio funcionó. Años más tarde, sin embargo, hubo que hacer concesiones: no se entendía que solo viajaran a los congresos de LASA aquellos académicos más comprometidos con el régimen incluyendo algún que otro oficial del MININT mientras que renombrados especialistas en sus respectivos campos quedaban fuera de las convocatorias.

Casi sin sentirlo la Sección Cuba de LASA se ha ido convirtiendo en otra cosa, algo mucho mejor que una pantalla académica del castrismo. Al punto de haber elegido el año pasado como presidenta a Alina Barbara López, académica que sufre persecusión constante en su país y a quien el régimen que la intenta amordazar no le permitió asistir al congreso en París. Protestar contra esto y contra los continuos atentados contra la libertad académica del régimen totalitario que rige Cuba es lo que algunos miembros de la sección Cuba consideran política, en el sentido de indeseable y disruptivo de las buenas maneras académicas. Y eso es una buena señal, que se hable de política cuando se defienda a los académicos perseguidos mientras el apoyo al castrismo se considera un gesto perfectamente apolítico. Es una buena señal, digo, que la búsqueda de la justicia siga siendo asunto político".

Eso es lo que habría dicho pero que callé para no violentar ese principio académico que considera de pésimo gusto llamar las cosas por el nombre con que fueron creadas. Fue una suerte que no lo dijera. Además de que, dado el estado lastimoso en que quedaron los maquillistas del castrismo, habría sido un tanto excesivo.

                                                 DOS

El sábado 30 de julio hablaba tangencialmente del cinismo de los historiadores en el panel del LASA al que fui convocado. Hablaba de esos historiadores que admiran las pirámides sin detenerse en el costo humano de erigirlas. Después de todo pensarán los pobres acarreadores de piedras murieron hace milenios mientras que las pirámides siguen ahí. Mis compañeros de panel respondieron incómodos. Precisamente a ellos, que se han detenido en la historia menuda de las familias cubanas, en los dramas, no se les debería acusar de cínicos.

Reconozco que no fue buena idea haber apelado a un ejemplo tan lejano como el de las pirámides cuando tenía uno mucho más a mano. Me refiero, por supuesto, a la llamada Revolución Cubana. Porque la deferencia que los historiadores suelen mostrar hacia un evento tan catastrófico para la sociedad que esta pretendía construir es digna de mejor causa. Empezando por el propio título de Revolución Cubana, con mayúsculas, a lo que más bien es una tiranía con excelente departamento de relaciones públicas y márketin.

Porque si lo que importan son los resultados de su gestión el castrismo no tiene pirámides que mostrar. Ni siquiera una autopista nacional más o menos transitable. Hubo profundos cambios políticos, sociales y económicos, es cierto, pero ninguno de ellos se apartó un centímetro del objetivo esencial del régimen que consistió en crear y retener la mayor cantidad de poder posible. El castrismo, escójase el período que se prefiera, siempre se trató de una cuestión de acumulación de poder, sin reparar en los costos, fueran económicos o humanos.

Incluso los "logros" más socorridos en la justificación del régimen merecen la misma lectura crítica que nuestros historiadores aplican a otros eventos y ámbitos. Así, la campaña de alfabetización de 1961 puede verse como parte del plan de contrainsurgencia desplegado en el momento de mayor fuerza de las guerrillas anticastristas. Y a los entusiastas alfabetizadores debería vérseles como lo que en realidad fueron: inconscientes agentes del adoctrinamiento ideológico, espías en territorio enemigo y mártires potenciales o consumados. Por otra parte, los logros en la educación, la salud y el deporte apartando las manipulaciones estadísticas y emocionales demostraron ser un espejismo insostenible sin los subsidios soviéticos.

El único logro incuestionable de la llamada Revolución Cubana es la mera existencia del régimen a lo largo de 67 años. Esas casi siete décadas de sobrevivencia son las pirámides con las que debe contrastarse el costo que permitió erigirlas. Los fusilamientos, las muertes en alta mar, las decenas de miles de prisioneros políticos, la separación de las familias, la desaparición de las instituciones democráticas, el amordazamiento de todo un pueblo, la destrucción de la economía y el exterminio de la sociedad civil por no hablar de los estragos causados por su aventurerismo internacional es lo que los historiadores deberían tener en cuenta a la hora de valorar aquello que insisten en llamar revolución. Si entonces consideran que para legitimar la llamada Revolución Cubana basta su condición de simbólica aldea de Asterix frente al mayor imperio de estos tiempos aldea en buena parte subvencionada por los mismos aldeanos que escapan a los predios imperiales entonces nuestros queridos historiadores tendrán que reconocer que las vidas de las últimas cinco generaciones de cubanos les importan tanto como las de los esclavos sobre las que se erigió la riqueza de las sociedades en el pasado.