sábado, 16 de mayo de 2026

¿Cubano o gusano? Una cuestión vital

 


Primera anécdota personal: ¿cubano o gusano? 

Nueva York, 1998, en mi primer día en una universidad norteamericana. El primer condiscípulo con que me encuentro me pregunta de dónde soy.

—De Cuba —respondo.

—Pero, ¿cubano o gusano?

No estuve a la altura de las circunstancias, lo confieso. En lugar de explicarle lo ofensiva que podía ser esa palabra que había soltado con tanta ligereza, como si se tratara apenas de una precisión geográfica o geopolítica, le respondí que gusana sería su abuela. 

Ese resultó el camino más corto para hacernos amigos hasta que la vida nos perdió de vista, pero el incidente debió enseñarme lo que pensaría para sí cualquiera que tuviera nociones mínimas de geografía y política: ¿cubano o gusano?, ¿cubano de Cuba o de Miami? ¿representante más o menos voluntario de aquella Revolución que había iluminado los convulsos años sesenta o un desperdicio caído del carro de la Historia? 

Dependiendo de la respuesta, quedaría sellado tu destino en los medios culturales fuera de la Isla. Unos medios dominados por un progresismo que ve al régimen cubano con los mejores ojos posibles, a pesar de sí mismo.

“¿Cubano o gusano?” es una pregunta retórica. Antes de contestarla, quien la hizo ya la respondió por ti. Pregúntenle a la gran artista Antonia Eiriz. 

Pensábamos que el silencio de veinte años de la pintora obedecía a exclusivamente a la censura patria. Sin embargo, Papier maché, obra del dramaturgo Carlos Celdrán, nos revela que la primera acusación en toda regla contra la artista vino de la crítica argentina Raquel Tibol, radicada en México. 

La “descubridora” de Frida Khalo cargó contra una exposición de la Eiriz y Raúl Martínez auspiciada “por la embajada de la Cuba revolucionaria en México”. La tesis de Celdrán, puesta en boca de Eiriz, es que si “una autoridad, una leyenda [como Tibol] se dio el lujo de atacarme, ¿cómo ellos [los censores locales] no iban a posicionarse? 

Le hicieron caso, sobre todo José Antonio Portuondo, que se vio, imagino, humillado, porque la Tibol desde México despertó las alarmas que él debió haber despertado antes sobre mí”.

Celdrán expone en Papier maché el curioso caso de críticos en el “mundo libre” más celosos que los de un estado totalitario. Y de cómo los primeros terminan condicionando la labor de los segundos. Caso raro en aquellos años en que los comisarios locales dejaban muy poco trabajo a los internacionales, pero, por ello mismo, revelador. 

La permisividad local hasta entonces quizás pudiera atribuirse a la conciencia de los censores de que se hallaban ante una artista cuyo arte les costaba aquilatar. “Antonia Eiriz es actualmente el único creador, dentro de la pintura cubana, capaz de sorprenderme”, escribía el novelista y crítico Edmundo Desnoes en 1964. 

En cambio, desde fuera del país las exigencias eran otras. “¿Cómo era posible que Cuba exportara un arte nihilista, trágico, que sembraba la desesperanza, la desolación?”, le hace decir Celdrán a la Tibol en la obra: “¿Qué señal equívoca, rara, era aquella para nosotros, para Latinoamérica?”. Al arte cubano —o a los cubanos en general— le habían asignado la misión de ofrecer esperanza al mundo y, por esta vez, la había incumplido.

No obstante, la crítica original de Tibol, publicada en la revista Política en noviembre de 1966, es bastante más feroz que las alusiones de Papier maché. En Política, Tibol cuestiona a Eiriz por su “falta de claridad” y la somete a un interrogatorio retórico. 

El origen de la inconformidad manifiesta en la obra de Eiriz “¿Es el Estado socialista? ¿Es la disciplina muchas veces férrea de una sociedad que se quita los pañales y se estructura y se construye racionalmente? ¿Es la colectivización de los bienes materiales y, en consecuencia, de muchos bienes de espíritu?”. 

Luego Tibol pasa a los cuadros concretos: “¿qué nos quiere decir con esas manchas de rojo en los dedos de un barbudo? ¿Qué al ocupar la tribuna habla de hechos de sangre? ¿Que el que habla tiene sangre en las manos?”. Y concluye: “Las dos cosas serían ciertas y ninguna criticables [sic] para cualquier revolucionario que oiga el discurso del guerrillero”.


Lo que un censor estatal cubano suele ocultar tras discreto velo —la sangre derramada por ese mismo Estado— no ofrece inconveniente mayor a la crítica por cuenta propia que interroga la obra de Eiriz y concluye: “Antonia Eiriz expresa su repugnancia por hechos frecuentes en cualquier sociedad que entra en cambios estructurales”.

Los fusilamientos y la represión son reducidos a la condición de “hechos frecuentes” que la artista debería aceptar con el mismo fervor con que se los aplaude desde el exterior. Pero al no hacerlo, se le acusa por la poca claridad y el exceso de escrúpulos. El propio Celdrán le hace decir a Tibol en Papier maché: “Porque el arte no está nunca por encima de las causas del mundo, Antonia”, entendiendo que al ser reducida la realidad cubana a ilustración y cifra de una causa, no le estaba permitido a los artistas cubanos expresar sus objeciones a dicha causa. 

Tibol desde México y la censura cubana posterior sellarán el destino de Eiriz, la que dejará de pintar desde 1968 hasta su salida de Cuba en 1990. De ahí que en Papier maché el personaje de Héctor, que intenta montar la obra de teatro que ha escrito sobre Antonia Eiriz, tenga esta conversación con el español encargado de evaluar su propuesta teatral:

Programador: (Pausa. Bebe de su cerveza). Pena que no haya sido una artista muy conocida.

Héctor: Sí lo es, y mucho…

Programador: Me refiero a que no haya logrado ser una artista reconocida internacionalmente.

Héctor: Sin embargo, su factura sí es de primer nivel.

Programador: Lo sé, por supuesto, pero a veces eso no es suficiente. […] Podríamos estar hablando, entonces, de una artista local, no digo que sobredimensionada, pero sí con una obra reducida, importante, quizás, pero poco promocionada.

Un perfecto círculo vicioso: si una crítica argentino-mexicana se pregunta en 1966 por qué de la Cuba revolucionaria se exporta un arte poco ejemplar, “obviamente pequeño burgués”, condenándolo al ostracismo, al siglo siguiente un programador de teatro en España se permite rechazar una pieza teatral sobre la artista, aduciendo que no es lo bastante conocida. 

Tengamos en cuenta que, tanto la crítica del siglo pasado como el programador en este siglo, son gente progresista, integrantes de lo que el checo Milan Kundera definiría como La Gran Marcha: la “marcha de revolución en revolución, de lucha a lucha, siempre adelante”, que permite convertir cualquier vida tediosamente burguesa en parte de la revolución mundial. Porque la Gran Marcha consiste en conservar la ilusión colectiva que hace admirable a las revoluciones: “el riesgo, el coraje y el peligro de muerte, una vida vivida a gran escala”. Es la ilusión de que, pese a los continuos contratiempos causados por la reacción, la humanidad sigue empeñada en “ese hermoso camino hacia delante, el camino hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá”. 

Y si el castrismo ha fracasado en proporcionarle a su pueblo fraternidad, igualdad, justicia y la felicidad, ha conseguido en cambio que se reconozca a la Revolución Cubana como uno de los hitos indispensables de la Gran Marcha. Y que, por tanto, renegar de la Revolución Cubana se convierta en un perdonable acto de traición a la Gran Marcha. 

Segunda anécdota personal: ¿literatura o política?

Verano del 2002. Madrid. Una amiga me gestiona el contacto con una importante editorial española para entregar mi manuscrito. Al recibirlo y ver el título —Leve historia de Cuba—, la funcionaria de la editorial pregunta: 

—¿Este es un libro anticastrista?

—No. El anticastrista soy yo —le respondo—. Esto es literatura.

Donde ella dijo “anticastrista”, puede entenderse perfectamente “contrarrevolucionario”: “gusano”. O sea, contrario al rumbo de la Historia que comparten la crítica de Eiriz, el programador de Papier Maché y la propia empleada de la editorial. 

Uno se pregunta: ¿cuánta intuición debió tener aquella señora para determinar la condición política de una obra con solo leer el título? ¿Le bastó leer junto a la pesada “historia” la palabra “leve” para detectar mi condición de disidente de la Gran Marcha, de gusano? ¿Conocía mi interlocutora la subversiva connotación de la palabra “leve” en la obra del checo Kundera?

Tomemos el caso de otro artista, también cubano, pero “internacionalmente reconocido”, como preferiría el programador español en la obra Papier maché. Hablo de Wifredo Lam, quien recorrió el mundo como representante de la Cuba revolucionaria, aunque con el cuidado de no residir en el país que pretendía encarnar. 

Este año 2026 el Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedicó una impresionante retrospectiva a su obra. No obstante, al Lam de la expo del MoMA no se lo presentó como símbolo de la Revolución Cubana, fenómeno que hace tiempo se va haciendo impresentable. 

When I Don’t Sleep, I Dream, el título de la expo del MoMA, es presentada dentro del discurso de la crítica decolonial, uno de los nuevos avatares de la Gran Marcha en los marcos de la academia: “Como declaró célebremente —nos dice el texto con el que los curadores presentan a Lam—, su obra buscaba ser ‘un acto de descolonización’”. 

Un anuncio que permite conservarle a Lam un puesto en la Gran Marcha, tan cambiante en sus consignas como las explicaciones del pintor sobre el significado de su obra. Según su ex esposa Helena Holzer en sus memorias llenas de admiración por Lam, las declaraciones de este sobre el cuadro “Le présent eternel” en los años setenta, como representación de la prostitución y los prejuicios raciales en la Cuba prerrevolucionaria, “no reflejan sus sentimientos ni sus intenciones en el momento en que creó esta espléndida y enigmática obra, en 1944. En aquel entonces, constituía una trinidad que representaba el ave del amor y el arma de la destrucción (los opuestos Yin y Yang) flanqueando al Tao supremo en el centro”.

Afortunadamente, a diferencia de los tiempos en que los lineamientos artísticos eran trazados por Stalin, Zhdánov o Trotsky, a un artista se le perdona que un cuadro pueda ser a veces una representación de conceptos de la filosofía taoísta y, otras, una denuncia social. Más complicado para un discurso enfrascado en la crítica de las jerarquías eurocéntricas, es explicar por qué uno de los representantes de manual del discurso anticolonial vivió casi toda su vida en Europa. Sobre todo, considerando que en 1959 triunfó en Cuba ese hito de la Gran Marcha y de la narrativa decolonial que es la Revolución Cubana. 

Cierto que Lam no solo se abstuvo de criticar al régimen cubano, sino que se erigió en su incansable defensor en el mundo artístico. Sin embargo, esa insistencia en mantener prudente distancia física con su isla natal debió resultarle conflictiva a los curadores de la exhibición del MoMA. ¿La solución? Explicar la residencia de Lam en Europa hasta su muerte como rechazo al golpe de estado de Batista el 10 de marzo de 1953. Así lo expresa la prosa curatorial: “Tras el golpe militar de Fulgencio Batista, Lam abandonó Cuba de manera definitiva y se estableció en París”. 

No obstante, dicha afirmación es negada por otro texto de la misma exposición. Es el que muestra un mural realizado por Lam en el Edificio del Seguro Médico en La Habana en 1956. O sea, en pleno régimen batistiano. 

Pero no se trata de ese hecho puntual. Aunque, ciertamente, a partir de 1952 Lam fija residencia en Europa, como señala su biógrafo Lowery Stock Sims, el artista “mantuvo estrechos vínculos con Cuba a lo largo de la década de 1950” y “mantuvo su residencia en Marianao hasta la Revolución de 1959, lo cual le permitió pasar largos periodos en Cuba cada año hasta 1958”. Más adelante, el biógrafo señala que, “a pesar de la volátil situación política en Cuba durante la segunda mitad de la década de 1950, Lam continuó utilizando La Habana como base, particularmente cuando comenzó a viajar para exponer en Venezuela y México entre 1955 y 1957”. 

Por otra parte, el hiato entre su salida de Cuba en abril de 1958 y el regreso “triunfal” en 1963, el biógrafo, más atento a los hechos que los curadores del MoMA, lo explica diciendo que el artista “perdió su casa y las posesiones que había dejado en Cuba, y sus pinturas fueron nacionalizadas por el gobierno y depositadas en el Museo Nacional de Bellas Artes”. A pesar de estas pérdidas, Lam “fue ciertamente un partidario de los objetivos de la Revolución Cubana con respecto a la igualdad y la justicia social y económica”. 

Para tratar de resumir el contraste entre las declaraciones públicas y sus elecciones vitales, Stock Sims explica: “Así que para Lam mantener su reputación en un ámbito más amplio y también para ser un hijo de fe de Cuba, tuvo que lidiar con una miríada de contradicciones en su vida personal y profesional”. Léase, Lam hizo lo que hizo para no ser declarado gusano

Lo anterior viene a resumir el minucioso acuerdo entre el artista y el nuevo régimen: mientras Lam le ofrecía a distancia su apoyo incondicional a la llamada Revolución Cubana, esta no lo rebajaría a la condición de gusano, como sucedía con todo el que mantuviera su residencia en el extranjero. Aunque a distancia, Lam era parte de la cultura revolucionaria. A eso se refiere su biógrafo con mantener “su reputación en un ámbito más amplio”. 

Si para ello Lam debía renegar de su principal mentora en la cultura afrocubana, la etnóloga Lydia Cabrera, ahora gusanaen el exilio, lo hacía. El mismo Lam que le había comentado a Carlos Franqui que su cuadro “La Jungla” contenía los retratos de Trotsky, de Breton, del propio Lam y de Lydia Cabrera, le explica luego a un periodista francés que con su cuadro trataba de “representar el espíritu de los negros en su situación de entonces”. 

Más allá de sus relaciones con el gobierno cubano, Wifredo Lam debía de tener muy claro que para ser aceptado en el establishment cultural del Primer Mundo como artista cubano, debía estar en términos privilegiados con el régimen “revolucionario” de su país.

Ya para el momento del estreno de la retrospectiva de Lam en el MoMA en 2025, la Gran Marcha ha cambiado de forma y aspecto. Ahora las revoluciones no resultan tan atractivas y el discurso redentor de la lucha de clases ha cambiado al de la raza, el género o la teoría decolonial. 

Curiosamente, la Revolución Cubana no se menciona ni una sola vez en los textos que acompañan la expo, mientras que la gusana —y lesbiana— Lydia Cabrera es rescatada del olvido. La insistente residencia del artista en Europa viene a ser resuelta como rechazo al dictador de turno. Así su obra, presentada como “acto de descolonización”, viene a ocupar el puesto asignado al Tercer Mundo en la Gran Marcha.

Última anécdota personal: solo lo gusano es político

Feria de Guadalajara. Diciembre de 2019. Me reúno con un agente literario para que me gestione un libro con el imprudente título de Nuestra hambre en La Habana. Su primera pregunta es:

—Pero, ¿este libro es político?

Le contesto con otra pregunta:

—¿Y qué es lo que entiendes por político?

—Todo —me responde con prudencia.

—Pues si político es todo, este libro es político —replico, ya consciente de que nada voy a conseguir en esa reunión. 

En realidad, lo que me pregunta el agente (literario) es si mi libro es gusano. A treinta años de la caída del muro de Berlín, comprendo que solo lo gusano es político. Incorrectamente político, quiero decir. Porque, si todo es político, nada lo es. O lo es solo si va a contracorriente de lo que Kundera llamaba la Gran Marcha. 

Un caso similar a mi encuentro en Guadalajara puede verse en Papier maché. En su reunión con Héctor, el dramaturgo cubano que quiere montar la obra teatral sobre Antonia Eiriz, el programador español le objeta: “El tema central de tu proyecto es de interés local. En eso espero que concuerdes conmigo”.

Héctor: ¡Es una artista!

Programador: Da igual como lo veas, es un fenómeno local. Y si, además, sumamos el ingrediente político…

Héctor: ¿Cómo?

Programador: Hay mucha ideología aquí, ¿cierto o no?

Héctor: Era inevitable…

Programador: No hablo por nosotros, que se entienda. A mí me da igual lo que pienses políticamente. Es tu derecho. Sin embargo, es probable que muchos espectadores [lo] encuentren excesivo…

Esa insistencia en convertir la historia de una víctima ilustre de la tan internacionalizada Revolución Cubana en “tema local” es una de las tantas tácticas de los participantes en la Gran Marcha: ignorar las contundentes lecciones que nos va dando la historia o circunscribirlas a un ámbito muy limitado. Porque, más allá de las evidencias que aporta la realidad totalitaria, esta no afecta el prestigio imperecedero de la Gran Marcha. 

Nos explica Kundera en su novela La insoportable levedad del ser:  

¿Dictadura del proletariado o democracia? ¿Rechazo a la sociedad de consumo o incremento de la producción? ¿Guillotina o supresión de la pena de muerte? Eso no tiene la menor importancia. Lo que hace del hombre de izquierdas un hombre de izquierdas no es tal o cual teoría, sino su capacidad de convertir cualquier teoría en parte del kitsch llamado Gran Marcha hacia adelante. (…) La identidad del kitsch no viene dada por una estrategia política, sino por imágenes, metáforas, por un vocabulario.

Frente a las imágenes de Fidel Castro entrando en tanque en La Habana o del Che Guevara vivo o muerto, insertas para siempre en el imaginario de la Gran Marcha, cuentan muy poco los cuadros grotescos de Antonia Eiriz, los libros de Cabrera Infante, las investigaciones de Lydia Cabrera, los ensayos de Antonio José Ponte, la narrativa de Virgilio Piñera y Francisco García González, la poesía de Heberto Padilla, Néstor Díaz de Villegas, Emilio García Montiel, Jorge Salcedo. O ese grito permanente que es la obra de Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales, Carlos Victoria, los hermanos Abreu y el resto de la generación de Mariel. Todos ejemplos del gran arte gusano. 

Lo gusano no en su acepción estrecha de contrarrevolucionario o anticastrista, sino como rechazo profundo a ser dóciles integrantes de la Gran Marcha. Como si lo ocurrido en el último siglo no tuviera importancia. Como si no hubiera pasado nada o no quisiéramos aprender. 

Gusanos como Jorge Luis Borges, cuando escribía esos textos que se negaban a ser la ilustración de cualquier ideología. Gusanos como en los ensayos de Octavio Paz. Gusanos como Vargas Llosa en la Guerra del fin del mundo. Gusanos como en ciertos cuentos de Juan José Arreola y hasta alguno de Julio Cortázar. Gusanos como toda la obra de Roberto Bolaño posterior a 1989, en la que se negaba a ignorar las lecciones de la historia reciente. Gusanos como el propio Kundera, George Orwell, Sándor Márai, Aleksandr Solzhenitsyn, Nadezhda Mandelstam, Mijaíl Bulgakov, Andréi Platónov, Vasili Grossman, Andrzej Wajda, Agnieszka Holland, Czesław Miłosz, Bohumil Hrabal o Svetlana Aleksiévich.

No es este un catálogo de arte político en el sentido usual del término. Si la política es “el conjunto de actividades que se asocian con la toma de decisiones en grupo”, desde que el carro de la historia anda en piloto automático —y la consigna de que “todo es político” es el punto cardinal que guía a ese piloto automático—, la única decisión auténticamente política es bajarse de este y seguir a pie, como buenamente se pueda.

“A la realidad le gustan las simetrías”, escribió socarronamente Borges, sabiendo que esa afición por la coherencia no es asunto de la realidad, sino de la mente humana. Sobre todo, de aquellos lanzados a la conquista de eso inexistente que recibe el nombre poético de utopía, ya sea en nombre de la historia o del arte. 

Estos amantes de las simetrías asumen que las vanguardias políticas y artísticas tienen que llegar por medios distintos a conclusiones idénticas. O, lo que es lo mismo, a ser parte de distintos contingentes del mismo desfile. De esto, concluyen que una obra solo tiene un valor esencial si acepta la parafernalia tribal de la Gran Marcha. 

No se trata de compartir los mismos ideales de justicia, libertad e igualdad, sino de compartir y defender las mismas señas de identidad, las imágenes y el vocabulario kitsch de la Gran Marcha. Y de mostrar pública adherencia a los mismos mitos fundacionales y a las inercias que de estos se derivan. Y de permanecer fieles “a la pureza de su propio kitsch”.

Herederos veganos del estalinismo, los granmarchantes actuales viven convencidos de la perfecta confluencia y simetría entre ideología y arte. Condenan, al que los contradiga, al gulag blando de la cancelación. 

El artista gusano que trato de perfilar aquí no es aquel que comparte los mismos resabios que la Gran Marcha, aunque avance en dirección contraria. Hablo de aquellos que, parafraseando a Andrés Trapiello, piensan que el arte es lo contrario de la política, porque la política persigue el éxito mientras que el arte nace siempre de un fracaso o tiende a él. Un fracaso que nace de la sospecha de que los dioses que animan el mundo, y los artistas que lo describen y cuestionan, nunca han de ponerse de acuerdo. Con la melancólica convicción de que es mejor que sea así.

lunes, 11 de mayo de 2026

Conversatorio sobre "El túnel al final de la luz"

 Conversación con el crítico Salvador Salazar para el CCCNY sobre el libro "El túnel al final de la luz".




Quiero verte dormir*

Fotograma del video "Villa de París" canción de Raúl Ciro

 

Los textos agrupados bajo el rubro “la Cuba del mañana” constituyen un subgénero literario. Como las novelas góticas, la literatura utópica (o distópica) o la narrativa policíaca socialista. Un subgénero que combina el análisis histórico, político, sociológico, con la indagación detectivesca (¿quién es el culpable de la situación actual?) y la ciencia ficción (¿cómo será la Cuba futura?). Yo mismo he incurrido varias veces en este subgénero incluyendo alguna que otra parodia. Huelga decir que en este género el futuro que se invoca nunca ha tenido apuro en llegar. Cuba parece atrapada en el presente interminable que se inició en 1959 y que, incluso en medio de la decadencia más atroz, no da señales de acabarse.

Esta vez lo que alienta a pensar en el futuro cubano es el secuestro quirúrgico del dictador venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, (cirugía que arrojó el costo colateral de treinta y dos guardaespaldas cubanos y un número indeterminado de venezolanos que no pudieron hacer nada para impedir la abducción de su protegido). Esa repentina exhibición de fuerza y disposición por el mandatario estadounidense, sumado a sus posteriores bravuconadas (“Un nuevo amanecer para Cuba llegará muy pronto. Nos vamos a ocupar de ello”; “No tienen petróleo, ni comida, ni nada. Tengo la libertad de hacer lo que quiera con esa nación en este momento”; “Sería un gran honor para mí tomar Cuba… Tenemos a Cuba, y vamos a tomar a Cuba. Lo haremos después de Irán”) han activado el viejo sistema de especulaciones, esperanzas y temores que rodea a todo lo cubano cada vez que las circunstancias invitan a pensar más allá del herrumbroso presente.

No obstante, la experiencia de pasados ciclos de esperanzas y frustraciones (la ilusión que trajo a muchos la Perestroika, el derribo del Muro de Berlín y el desplome del Bloque Soviético, la debacle etiquetada como “Período Especial” o el “deshielo” promovido por Obama, por mencionar solo las que he vivido) invitan a ser cautos. Tanto el díscolo comportamiento del presidente Trump, empantanado en estos días en su aventura iraní, como el demostrado talento del castrismo para retener el poder a cualquier costo, no invitan a hacerse ilusiones. Véase lo que escribiré a continuación a manera de esas advertencias que las aeromozas y mozos hacen al inicio de cada vuelo de cómo actuar en caso de accidente o aterrizaje forzoso: como un ejercicio obligatorio, pero no necesariamente convencido, aunque en el fondo de nuestro corazoncito deseemos que esta vez por fin tendremos que poner en práctica las instrucciones que nunca hemos atendido a derechas. Haré como las grandes compañías aéreas recientemente: intentar que esta pantomima de emergencia resulte lo menos monótona posible. Al menos hay una buena justificación para este ejercicio: nunca ha habido más esperanzas ni más urgencia.

Las malditas circunstancias

En el género literario conocido como “la Cuba de mañana” por mucho que se repitan los ciclos de esperanza, por inamovible que nos parezca el régimen en las últimas seis décadas, resulta obligatorio actualizar las circunstancias, incursionar en el género informativo conocido como “la Cuba de hoy”. Y lo cierto es que, excepto constantes como la obsesiva concentración de poder y la vocación represiva del régimen, poco tienen que ver la Cuba de 1989, 1994, 2015 o 2021 con la de 2026. Porque si durante la crisis de los noventas del siglo pasado el país parecía haber tocado fondo, lo ocurrido en el último lustro ha rebasado las profecías más apocalípticas.

Tras la conmoción tremenda que fueron las protestas de julio de 2021, el régimen cubano echó mano a su viejo manual de instrucciones sobre qué hacer en casos extremos. Fue así que aplicó un consejo sacado del Retrato del artista adolescente: silencio, exilio y astucia. Pero en este caso, solo la astucia es propia, mientras que el silencio y el exilio han sido impuestos a los otros: aplacadas las protestas el régimen mandó un millar de personas a prisión. Unos meses más tarde, en complicidad con la tiranía hermana de Nicaragua, abrió una vía de escape hacia el enemigo imperialista, como cuando el Mariel o cuando la crisis de los balseros: esta vez cobraron tres mil quinientos dólares por cabeza por el pasaje de La Habana a Managua para que desde allí los fugitivos emprendieran una tormentosa travesía a Estados Unidos. Así el problema del empobrecimiento brutal de los últimos años y la amenaza de revuelta no fueron resueltos sino transferidos. Parafraseando la Ley de Conservación de la Masa de Lomonósov-Lavoisier: la miseria no se destruye, solo se transfiere. La transferencia de masas hambrientas ha traído, además, visibles consecuencias políticas. Los historiadores del futuro estarán en condiciones de aquilatar cuánto afectaron a las elecciones estadounidenses de 2024 la exportación de millones de personas desesperadas desde Cuba y Venezuela a Estados Unidos, donde uno de los temas más candentes del debate electoral fue precisamente la crisis migratoria.

El gigantesco éxodo cifrado en más de tres millones (compárense con los 125 mil de 1980 y los 35 mil de 1994) ha traído consecuencias catastróficas para Cuba, aunque no así para el régimen. La emigración de gente casi siempre joven, productiva y potencialmente díscola, ha provocado una catástrofe demográfica para una población estancada desde hacía décadas en los once millones de habitantes para rebajarla a menos de nueve con el agravante de quedar ahora mucho más envejecida. Encima, la necesidad de vender casas y el resto de las posesiones personales para costearse la travesía a Estados Unidos ha hecho que el poder económico de aquellos asociados al régimen —que fueron en buena parte los compradores del “fire sale” en que se convirtió la Cuba post 11J— se haya reforzado notablemente. Con ello se aceleró aún más el proceso de privatización de todo el país a manos del castrismo. Sus representantes y aliados han pasado de poseer el país a través del Estado a hacerlo a través del emporio hotelero-militar de GAESA y del entramado de MYPIMES que ha florecido en los últimos tiempos.

De ahí que mientras el país no parece dar más de sí el régimen en cambio se haya visto reforzado. Que insista en encerrar durante un quinquenio a centenares de ciudadanos por el simple acto de protestar sin tener que pagar un costo político apreciable da una idea de su fuerza actual. Que la izquierda de Occidente se haya desentendido unos días de Gaza para enviar una flotilla a La Habana o que en la IV Reunión en Defensa de la Democracia convocada por Pedro Sánchez y Lula da Silva en Barcelona lo único que pareció importar respecto a Cuba fuera la defensa de su soberanía (léase “dictadura”) da una idea del lugar que el régimen castrista, bajo el sobrenombre de “Revolución Cubana”, sigue ocupando en el imaginario progre. Poco importa que dicho régimen invierta la mayor parte del presupuesto nacional en hoteles semivacíos mientras la salud, la educación y la cultura no sobrepasan en su conjunto el 3% del presupuesto, o que reprima sin misericordia al pueblo que dice representar y defender. O que se revelara que GAESA posee reservas financieras y activos superiores a los 18.000 millones de dólares. Bastaron las inconexas amenazas de Trump para que la tribu progresista pasara del silencio cómplice al apoyo vociferante e incondicional.   

¿Qué es lo que quiere la gente?

Mientras tanto la publicación El Toque convocó a una encuesta el 24 de abril donde le preguntó a los cubanos lo que pensaba sobre el país y su destino. Sin sentirse conmovidos por los llamados de Pedro Sánchez, Lula da Silva, Sheimbaum o Petro a conservar la dictadura cubana como reliquia progresista casi 42 mil cubanos la respondieron, la mayoría de los cuales (58%) residen en un país con fuertes restricciones a la conectividad. Podrá discutirse cuán representativa es la opinión de 42 mil personas de los 13 millones de cubanos dentro y fuera de la isla. O que solo muy pocos de los más leales defensores del régimen se dignaron a responder una encuesta cuyas preguntas, por el mero hecho de ser hechas, debieron parecerles inaceptables. Incluso así los resultados impresionan.

—El 94% de los encuestados está “muy insatisfecho” con el actual sistema de gobierno.

—El 80% piensa que Cuba necesita transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado.

—El 95% considera que la ciudadanía no influye en nada en las decisiones del gobierno.

—El 95% considera que un cambio político en Cuba es urgente.

—El 82.2% identifica la falta de libertades civiles y políticas como el principal problema mientras que solo el 4.7% atribuye las dificultades cubanas al embargo estadounidense.

—El 64.6% considera que la vía de solución para el conflicto político es el “derrocamiento del gobierno actual, por cualquier medio necesario, incluyendo la vía armada”.

Más sorprendente aún que lo anterior es que el 47% de los encuestados prefiera mantener el embargo estadounidense como herramienta de presión (el 44% de los que respondieron desde la isla y el 51% fuera de ella) mientras que el 24,1% abogue por eliminarlo gradualmente a medida que se avance en las reformas. O que cerca de dos tercios de los encuestados (60,7%) respalde una intervención militar directa de EE UU.

Se trata de una encuesta, no de un plebiscito, pero aun así nos da una idea, más que de la esperanza en un cambio futuro, de la desesperación de los cubanos en un país condenado a muerte –en el presente– por su régimen político.

¿Dime cuándo, cuándo, cuándo (y cómo)?

La opacidad con que se han llevado las conversaciones entre el gobierno cubano y el norteamericano, la poca claridad de los términos en que las está conduciendo el propio gobierno de Estados Unidos y la escasez de resultados hasta ahora no permiten hacerse una idea de si estamos ante un cambio de régimen o una salida en falso. Las modificaciones cosméticas del régimen venezolano tras la abducción de Maduro tampoco son señales demasiado alentadoras. Y en cuanto a los derechos humanos no se trata solo de que la mayoría de los prisioneros de conciencia sigan en las cárceles cubanas sino de que otras decenas han ingresado en prisión en las últimas semanas por la misma falta de razones que los encarcelados anteriormente.

“La libertad no se mendiga, se conquista con el filo del machete”. La frase que se le atribuye al héroe nacional Antonio Maceo le viene de maravillas al Estado cubano: confiscados los machetes —metafóricamente hablando— al mismo tiempo que se ilegaliza la protesta pacífica, esa frase es una manera de restregarle a todo el país su impotencia. Una frase que no le ha impedido al régimen entrar en negociaciones con su enemigo jurado, con tal de mantenerse en poder, al mismo tiempo que le niega la palabra a su pueblo y lo castiga con desmesura cada vez que este intenta contradecirlo.  

Por otra parte, si opaco ha sido el gobierno estadounidense en sus conversaciones con el régimen cubano, el primero no parece muy dispuesto a averiguar qué quiere el pueblo que pretende liberar. Los exabruptos del presidente norteamericano, que a duras penas intenta corregir el Secretario de Estado Marco Rubio, si acaso dejan entrever sus deseos de dejar huella en la historia sin dejar claro ni los medios ni los fines. Se teme, y no sin razón, que como en 1898, tras la derrota de España en Cuba, otra vez el pueblo cubano sea echado a un lado mientras sus opresores de ahora se ponen de acuerdo con sus aspirantes a libertadores. O que suceda como en abril de 1961, cuando un contingente de cubanos desembarcó en Bahía de Cochinos sin tener el más mínimo control sobre el plan de invasión que terminó en fracaso. Esperanzado o no, el pueblo cubano vuelve a sentir la amarga sensación de no ser dueño de su destino.

Fue suficiente el golpe de mano del 3 de enero al gobierno de Maduro para hacer tambalear ciertas creencias: como la de que el régimen cubano era tan inamovible como indefendible. Bastó ver en peligro a la dictadura más antigua del continente para desnudar a la izquierda, que ha acudido en tropel a desempolvar el viejo argumento de la soberanía de los pueblos. Pero cuando el progresismo bien pensante se reúna en Barcelona, o donde sea, más que hablar de soberanía debería preguntarse por qué tuvieron que esperar a las amenazas de Trump para preocuparse por el destino de Venezuela y de Cuba. ¿No habría sido más decente y hasta ecologista —ahora que tanto les preocupa la huella de carbono que dejan aviones y portaaviones— haberse preocupado por la soberanía y demás derechos de venezolanos y cubanos cuando los reprimían o les robaban elecciones?                 

Nada de lo anterior, sin embargo, atenúa la paradoja de que la mayor esperanza de un cambio democrático en Cuba venga de manos de una administración tan poco comprometida con los valores democráticos en su propio país. O que esa misma esperanza termine disolviendo toda exigencia crítica entre los que esperan su turno para ser salvados. Si se tratara de elegir entre el mal menor no habría mucho que discutir, pero cuando se entra en el campo de la esperanza hacerlo con tanta resignación previa resulta castrante. ¿Es que la talla de la esperanza de los cubanos habrá que elegirla siempre entre diversas magnitudes del mal?

¿Pero es que los cubanos se merecen la libertad?

Antes de preguntarse qué hacer con la libertad tantas veces soñada muchos cubanos empiezan por preguntarse si la merecen. No consideran que bastaría con esa cuestión existencial para situarse en un plano inferior de humanidad tal como la consideran Dios o la Declaración de los Derechos Humanos, según los cuales todos somos iguales, merecedores de iguales derechos. Basta con que aparezca esa pregunta para tener una idea de cuánto ha afectado a nuestra conciencia colectiva siete décadas de minuciosa impotencia. Porque si al último totalitarismo se le añaden las dictaduras previas o el detalle de que fuimos la última colonia de España en América en alcanzar su independencia, puede concluirse que el gen nacional cubano gravita naturalmente hacia la servidumbre. Esa vieja manía de definir al cubano como una variante perversamente distinta del homo sapiens es ahora más dañina que nunca.

Tales fallas en la autoestima nacional, tales resignaciones, comprensibles tomando en cuenta esa misma historia a la que se echa mano para sostenerlas y justificarlas, son fatales en momentos como este. En parte por la poca claridad que ha mostrado nuestro presunto libertador sobre qué haría con Cuba una vez liberada del yugo castrista. Visto lo visto, parecería que a Trump le da lo mismo si se instala una democracia representativa o una monarquía absoluta con tal de que le sirvan de combustible a su ego. Después de todo, argumentan unos cuantos, si no hemos podido liberarnos hasta ahora de la opresión castrista, deberíamos aceptar cualquier cosa que nos impongan nuestros soñados libertadores. No obstante, tal variante del autodesprecio es un fundamento pésimo para erigir un sistema democrático funcional y sostenible: un razonamiento similar le habría valido a Europa Occidental para dejarse colonizar por norteamericanos e ingleses tras la derrota del nazismo.

Por otra parte, el presente optimismo no puede cegarnos ante lo obvio: ni dentro ni fuera de la isla los cubanos no castristas contamos con una representatividad mínima para ser interlocutores de peso en caso de transición. Si en 1898, podría argumentarse, la República en Armas con su cámara de representantes y su ejército libertador no fue incluida como una de las partes en el Tratado de París, ¿cómo va a ser tenida en cuenta ahora la voz de un pueblo disperso y fragmentado? Si en Venezuela, una oposición bastante más organizada y poderosa y con la legitimidad que le da la clara victoria electoral de 2024 ha sido desairada por la administración Trump ¿qué podremos esperar los cubanos? Pero si, encima de eso, no estamos convencidos de nuestro derecho a ser libres y soberanos ¿vale la pena siquiera interesarse por nuestro destino colectivo más allá de la compasión ecológica que se destina a los pandas o las ballenas?

La tierra comprometida

Llegados al consenso de que, con independencia de lo factible que resulte, la transición democrática es una necesidad urgente para sacar al país de la devastación actual, caigamos en la tentación de esbozar una Cuba futura. Parto de la base de que no se trata de elaborar la imagen de una Cuba utópica, ideal, que de entrada sabemos imposible, sino de un mínimo deseable sin el cual no tendría sentido hablar de transición democrática, ni se sostendría más allá de meras formalidades. Tomemos como punto de partida la encuesta de El Toque que nos dice que casi un 80% de los consultados considera que “Cuba debe transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado”.

Es reconfortante, pero al mismo tiempo curioso, que en tiempos en que el capitalismo, la democracia liberal y la economía de mercado son denostados por buena parte de Occidente, sean los cubanos quienes muestren tanta predilección por ese modelo. “Ellos no saben de lo que están hablando”, dirán los anticapitalistas del primer mundo sin pensar que los cubanos podrán ignorar la letra pequeña del capitalismo y la democracia liberal, pero en cambio han sido cobayas veteranas del experimento socialista. Es como si los cubanos, de vuelta del futuro ansiado por Occidente, se cruzaran en medio de la carretera con los que van en busca de ese mismo futuro. En el momento de cruzarse ambos se dan gritos de alarma (“no sigan, no vale la pena”) que los otros prefieren no entender. La incomprensión es explicable: para unos y otros la palabra “socialismo” tiene significados muy distintos.

Un día en la universidad, ante mi insistencia entre un grupo de estudiantes de origen hispano de que me dieran su opinión sobre el socialismo, esa palabra que enciende las pupilas de mis estudiantes gringos, me respondió una colombiana: “Profe, el problema es que cuando los estudiantes gringos hablan de socialismo piensan en Dinamarca y Suecia. En cambio, nosotros, cuando se nos habla de socialismo, pensamos en Cuba y Venezuela”. Porque existe una incomprensión grave cuando se le llama socialismo lo mismo al capitalismo redistributivo de los países nórdicos que a un régimen en el que el Estado es dueño de los medios de producción y controla estrictamente los precios y la distribución de bienes y servicios. El primero no solo no clasifica como socialismo (a menos que el segundo significado acceda a cambiar de etiqueta) sino que resulta difícilmente exportable al resto de los países desarrollados. Porque sucede que Escandinavia además de estar compuesta por sociedades relativamente pequeñas, manejables, prósperas y altamente educadas, posee una mínima homogeneidad étnica y (todavía más importante), ética y conductual, que ayuda a prevenir los abusos del sistema redistributivo que se producen en sociedades de mayor envergadura demográfica y complejidad social. La otra definición de socialismo, en cambio, ha dado muestras de capacidad destructiva en todos los sitios en que ha sido aplicado como para ser tomada de modelo. Al menos es lo que me gustaría pensar.

¿Qué hacer (con el comunismo)?

Una de las respuestas más unánimes que recibió la encuesta de El Toque fue en torno a la eliminación del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas (98%) y del modelo del Partido Comunista como partido único (99%). No obstante, más allá de la encuesta, persiste la pregunta de si se debiera tolerar la mera existencia del Partido Comunista, cuestión que me parece esencial a la hora de definir la –abróchense los cinturones– futura democracia cubana. Porque es de sospechar que si alguna inquietud superará a cualquier otra durante la construcción de un sistema democrático en Cuba sería cómo evitar el regreso del autoritarismo como ha ocurrido, por poner el ejemplo más notorio, con la Rusia de Putin.

Frente a esta posibilidad muchos piensan que el antídoto más seguro sería la ilegalización del Partido Comunista, una medida que se me antoja comprensible y al mismo tiempo, torpe y contraproducente. Si bien a dicho partido se le puede atribuir la mayor parte de los desmanes políticos y los desastres económicos que han plagado a Cuba en las últimas décadas, ¿qué diría de la vocación democrática de la Cuba futura si comienza ilegalizando el partido al que hasta ayer pertenecía un diez por ciento de la población adulta del país? Es más ¿qué diría de la sensatez de la nueva democracia, de su relación con la realidad? El Partido Nacionalsocialista fue ilegalizado en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, ya sé, pero no me negarán que el impacto de sesenta y siete años de poder comunista en Cuba es de muy distinta naturaleza al de doce años de poder nazi en Alemania.

La tentación de la tabula rasa, del borrón y cuenta nueva que acecha toda reconstrucción política debe esquivarse por fuerte que sea, a menos que queramos engañarnos y sustituir la simulación totalitaria del castrismo con nuevas simulaciones, esta vez en nombre de la democracia. En lo personal no se me oculta el carácter intrínsecamente maligno del comunismo, su esencia totalitaria: una secta con capacidad especial para aprovecharse de las debilidades y ligerezas de las sociedades democráticas y convertirse en metástasis. Ahora, pretender que con la ilegalización de un partido se extirpa para siempre esa posibilidad del mal es como pretender abolir los tumores cancerígenos a golpe de decretos presidenciales.

Antes que nada, se debe tener en cuenta que una sociedad como la cubana, enferma de hipocresía, oportunismo, simulación y miedo, deberá pasar por una larga y delicada convalecencia que incluye, entre otras cosas, el entrenamiento en transparencia democrática y convivencia con adversarios políticos e ideológicos. Décadas de reflejos condicionados por el totalitarismo no desaparecerán con la abolición de un partido. Más sino mutarán hacia otras ideologías mejor aceptadas, pero con el mismo impulso intolerante y la misma ansia de control absoluto. Y peor aún, de pretender extirpar el comunismo de la faz de la isla se pasaría a perseguir a los críticos más honestos (los deshonestos siempre encontrarían donde reubicarse, incluidas las filas del extremismo de signo contrario) acusándolos de comunistas solapados. Ningún esfuerzo será suficiente para prevenirse contra esa aspiración a la pureza que enloqueció a los españoles en tiempos de la Inquisición. Esa que se saldó con conversiones masivas para luego dedicarse a la persecución de conversos tan poco convincentes.

Que todo vuelva a ser… como no era ayer

Quizás el mayor riesgo del subgénero literario “la Cuba del mañana” consista en parecerse a una carta a los Reyes Magos. Que responda más a los deseos propios que a la realidad a la que se intenta dar una forma más o menos habitable. Uno de los impulsos más comunes es la ilusión de que la Cuba del mañana sea una reedición digital y con wifi de la Cuba del ayer. Sí, esa imagen con la que nos hemos consolado por años en la que el peso cubano estaba a la par con el dólar estadounidense, había un canal de televisión a color antes que en cualquier otro lugar del mundo —exceptuando Estados Unidos— y el país aparecía entre las dos o tres economías más robustas del continente.

Por mucho que nos haya servido ese recuento nostálgico para convencernos de que la debacle de ahora no tiene por qué ser el estado natural de la isla, como modelo de futuro resulta engañoso. Si es reconfortante saber que Cuba alcanzó esos niveles de prosperidad luego de la guerra de 1895, casi tan devastadora como los 67 años de castrismo, tanto Cuba como el mundo han cambiado muchísimo desde 1898. Hace siglo y cuarto bastó —en lo económico— con reconstruir la industria azucarera y tabacalera para abastecer a un planeta ávido de sacarosa y nicotina. Y en lo espiritual se encontró en la mística mambisa y martiana el emplasto que restañó la autoestima nacional. Ahora empezaríamos unos cuantos escalones más abajo, con una economía en ruinas sin otro horizonte que el turístico y una sociedad reprimida, paralizada y desmoralizada durante demasiado tiempo y con un hambre insaciable por todo tipo de justicias. Sospecho que, una vez resueltos los tres grandes problemas cubanos —el desayuno, el almuerzo y la comida— todo lo que ofrezca la nueva democracia va a parecer poco comparado con lo que prometió y nunca cumplió el castrismo.     

Boris Larramendi, uno de mis músicos de cabecera y de los más insistentes en imaginar a Cuba más allá del castrismo, creó en su canción “Enfermera” una de las fórmulas más prometedoras para el futuro cubano: “ojalá que todo vuelva a ser como no era ayer”. En esa paradoja el cantautor mezclaba los dos impulsos que laten en las últimas décadas de historia cubana: el del regreso a un pasado dorado y la búsqueda de un futuro de posibilidades infinitas. Boris en cambio propone un nuevo comienzo donde la nostalgia por el pasado no nos haga regresar a él pero sin abandonarnos a la quimera de los futuros perfectos. Del gesto contradictorio de volver a ser lo que no se era me atrae su astuta cautela: el abandono de las ilusiones desmedidas no implica renunciar a tener sueños algo más factibles.

De ahí que si se me pidieran instrucciones para un aterrizaje forzoso en la Cuba del mañana mis recomendaciones serían mayormente negativas. Versarían menos sobre lo que se debe hacer que sobre lo que deberíamos evitar a toda costa. Aunque ya las haya anunciado en las páginas anteriores, aquí las resumo.

—No aspirar a la pureza, menos en un país en que un régimen totalitario cultivó todo tipo de complicidades durante siete décadas. Porque el totalitarismo es en esencia eso: una fábrica monstruosa de complicidades. Recordar que todas las sociedades se componen de gente buena, mala y hasta regulares. Y que las buenas no están exentas de ejercer el mal de vez en cuando y las malas pueden hacer el bien a veces, aunque no lo pretendan. Que una sociedad sensatamente organizada debe regular los impulsos naturales de la gente recompensando los buenos y desalentando los malos. Pretender algo más es preparar otro descenso a los infiernos.

—Renunciar al viejo hábito de creernos excepcionales, para lo bueno o para lo malo. Los cubanos no somos mejores que nadie ni radicalmente peores. Puede que la experiencia totalitaria parezca excepcional en un continente más proclive a las salvajadas bananeras que al puntilloso control norcoreano, pero no olvidemos que esa experiencia fue lugar común en buena parte del mundo durante demasiado tiempo.

—Evitar los métodos radicales y las metas absolutas. No se trata de edificar una sociedad perfecta sino una medianamente habitable. Eso incluye a la justicia y esta disyuntiva: ¿priorizar el castigo como en los tribunales revolucionarios de 1959 o gestionar una transición incruenta como la española, la argentina o la chilena, donde los culpables escaparon a cambio de no hacer mayor resistencia?

—Aprendamos de la experiencia totalitaria: no hay almuerzo gratis, ni atajos al paraíso. Desconfiemos de los mesías carismáticos, las promesas irrealizables y los planes faraónicos con costos ridículamente bajos.

—Evitemos la trampa de las ideologías. No hay sistema universal de comprensión de la realidad, ni respuestas automáticas y perfectas a los problemas que presenta lo real. Ni siquiera antídoto absoluto a las ideologías que detestamos. Y aprendamos de una vez que una ideología que se ocupe en contrarrestar la ideología rival en cada uno de sus detalles terminará pareciéndose a esta más de lo que le gustaría reconocer.

 —Si lo único que hemos aprendido luego de casi siete décadas de régimen comunista es que “el comunismo es malo” habremos aprendido muy poco. Reconozcamos también la maldad intrínseca de cualquier régimen autoritario por mucha simpatía que nos puedan inspirar sus líderes. Tengamos en cuenta que todo el poder que se les ceda en caso de emergencia difícilmente le será devuelto al pueblo cuando las circunstancias mejoren. O que la tolerancia no es un acto de bondad sino un método elemental de convivencia. O que confundir la moral vigente con la ley y la justicia es el camino a nuevos totalitarismos.

—Protejamos a las minorías, sobre todo a esa minoría esencial que es el individuo. Asumamos que mientras las minorías y los individuos no contravengan leyes claras y bien delimitadas deberá permitírseles su accionar sin restricciones, por mucho que su actuación contraríe las concepciones o costumbres de la mayoría.

—No idealicemos el pasado, pero tampoco el futuro. La constitución de 1940, por mucho que se la presente como una de las más avanzadas de la época, no pudo evitar la destrucción de las bases sobre las que estaba asentada. Y de poco servirá que futuras constituciones se pretendan igual de avanzadas, si las instituciones y la ciudadanía que deberán hacerlas funcionar no están conscientes de la necesidad de respetar las reglas democráticas, sobre todo cuando las vean como un estorbo. Porque esa es la principal función de dichas reglas: estorbar nuestras borracheras de entusiasmo.

—Seamos conscientes de que, por abrumadoras que puedan parecer las secuelas del castrismo, apenas la sociedad cubana empiece a experimentar una leve mejoría comenzarán a aparecer nuevas dificultades que antes nos parecerían inimaginables: desde la obesidad y la congestión del tráfico hasta el control de la inmigración y la gentrificación. Preparémonos para ello, aunque no parezca urgente. Pronto lo será.

—Evítese tirar el niño de la bañera junto con el agua sucia. El sistema de salud y educación universales —por poner un único ejemplo— del que tanto se ufanaba el castrismo y que hoy está en ruinas no es un invento comunista. Funciona en buena parte del mundo con más o menos eficacia, aunque sin abolir los sistemas privados de educación y salud. Y así con otras cosas que el castrismo se atribuyó como propias, pero son parte de cualquier sociedad moderna sin tanta alharaca. Suprímase, eso sí, la propaganda sobre aquello que debería ser parte del funcionamiento de cualquier sociedad normal como el éxito de la cosecha de papas, por ejemplo.   

—Es indudable que la diáspora deberá tener un papel fundamental en la recuperación del país, pero esta deberá ser generosa y comprensiva con la población de la isla para evitar que las obvias diferencias del presente se conviertan en una relación abusiva y aprovechada en el futuro. Pero como la generosidad humana no está garantizada deben crearse reglas que prevengan posibles abusos.

—Si la desconfianza, la sospecha y la polarización social y política fueron las armas fundamentales del castrismo para dividir a la sociedad cubana y así ejercer mejor su poder sobre ella, pensemos en formas de superarlas y, desde el reconocimiento de las diferencias, conseguir una necesaria cohesión social basada en el respeto de la ley y la asociación en torno a intereses comunes.   

Si antes invocaba una frase de Boris Larramendi como clave para avanzar hacia una nueva posibilidad de nación, ahora pienso en otra, la de otro amigo infelizmente desaparecido, Raúl Ciro. Este, en una canción que invocaba en el título el aerostato de Matías Pérez “Villa de París”, terminaba deseándole al país un descanso tras el incesante ajetreo histórico de las últimas décadas: “quiero verte dormir, Cuba”. De eso se trata en primer lugar, de asegurarle a aquella pobre isla un instante de reposo.

*Publicado originalmente en In-cubadora

viernes, 8 de mayo de 2026

El otro Cristóbal



"Tienes que conocer a Cristóbal”, me escribió mi amigo Arsenio Rodríguez Quintana cuando se enteró que yo andaba por Puerto Rico. No Colón, por supuesto, sino el otro: Cristóbal Díaz Ayala, redescubridor de la música cubana. 

Arsenio me envió su número de teléfono y a la mañana siguiente estaba con el autor de Música cubana: del Areyto a la Nueva Trova (1993) y La marcha de los jíbaros: cien años de música puertorriqueña por el mundo (1998) en su casa en Guaynabo, hablando como si fuéramos amigos de toda la vida. Yo, agradecido desde ya a Arsenio y a la idea de compartir por unos días la misma isla con aquel señor que, a los 90 años, era la encarnación del saber musical de Cuba y de Puerto Rico.

En aquella primera visita, Cristóbal me hablaría de lo que antes había referido en otras entrevistas: de su auspiciosa niñez temprana en el Hotel Vista Alegre, donde le bastaba salir al balcón para oír de viva voz al Trío Matamoros y a Sindo Garay, que animaban el café de los bajos. O escuchar los domingos la banda municipal de Gonzalo Roig tocando desde la glorieta del parque Maceo.




Me contó de su adolescencia viboreña donde conoció a Marisa, su novia de toda la vida. De sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. De los encontronazos con lo que irrumpió en la vida de todos con el nombre ostentoso de “Revolución Cubana”. De su exilio inicial en Miami, donde fue dueño y dependiente de una bodega que pronto vendió y que con el tiempo se convertiría en el germen de la ahora famosa cadena Sedano’s. De su traslado a Puerto Rico, para sumarse a una compañía que fue parte del boom constructivo de la isla.

También me habló de sus programas de radio sobre música, de la tremenda colección de más de 60 mil discos que había donado a la Universidad Internacional de Florida (FIU) y de los proyectos que todavía lo obsesionaban en su décima década de vida, como la reconstrucción de las relaciones entre la música y el café.

Cristóbal era la encarnación de ese arquetipo que abunda tanto en la literatura y tan poco en la vida real: el del viejito sabio que, según entendí en su caso, es resultado de una juventud feliz y una madurez plena, sin rencores ni resentimientos, aunque no exento de grandes dolores, como la muerte temprana de uno de sus hijos. En Cristóbal había un toque de frescura y picardía mental que conservaba incluso cuando el tiempo insistía en doblegar su cuerpo.

En un encuentro posterior, Cristóbal me contó que siendo adolescente fue a una fiesta en El Vedado y, al intentar sacar a bailar a una muchacha, la chaperona de turno le salió al paso y le preguntó de él dónde era. Su respuesta fue: “De La Víbora”. A lo que la chaperona respondió: “El Cerro fue, El Vedado es y Miramar será. La Víbora no fue, ni es, ni será”, cerrando toda posibilidad de que el intruso bailara con la muchacha a su cargo.

Al contar aquella anécdota, Cristóbal volvía a ser el adolescente furioso y humillado por los protocolos habaneros que le asignaban valor a la gente de acuerdo a su barrio de procedencia.

Nada más distante del espíritu de Cristóbal al emprender su historia de la música cubana. 

Cristóbal triunfa allí donde fracasa un Carpentier dominado por sus prejuicios musicales (que lo llevan a excluir del panteón musical a Lecuona o a los músicos populares del siglo XX) o donde falla la magnífica Cuba and Its Music de Ned Sublette, limitada por la convención de describir una República incapaz de engendrar la innegable maravilla musical que produjo. 


El amor incondicional y desprejuiciado de Cristóbal por la música le permitía ver genealogías y conexiones deslumbrantes donde otros intentan uncir ese caballo desbocado que ha sido la inventiva sonora de la Isla a sus propias preconcepciones musicales o políticas. 

Cristóbal en sus libros deja la música fluir en todas sus variantes y direcciones, e intenta, con la modestia y el detalle con que parecía emprenderlo todo, darnos las pistas esenciales para que podamos explicarnos la maravilla de su existencia. Su admiración (para mí, incomprensible) por Esther Borja no le impedía apreciar la importancia esencial que el otro Arsenio, Ignacio de Loyola Travieso Scull, más conocido como Arsenio Rodríguez o El Ciego Maravilloso, tiene para la música del siglo XX. 

La devoción de Cristóbal por los creadores musicales no lo privaba de entender la contribución de productores, clubes sociales, estaciones de radio, estudios de grabación, cabarets y simples bares con victrolas a ese evento mágico que fue la explosión musical cubana en la primera mitad del siglo pasado. 

Cuando le confesé que no había leído un mejor recuento de la música isleña que el suyo, me respondió con su modestia incorrupta: “Es que yo no escribo la historia de la música cubana como quien da una conferencia, sino como quien le cuenta un secreto a un amigo al oído”. 

Cristóbal no tenía grandes conocimientos de teoría musical y rechazaba que le llamaran musicólogo. Su carrera como historiador de la música era la de un melómano excepcional que, desde sus limitaciones teóricas, encontró sentido donde otros muchos se han perdido en la manigua bullanguera de los géneros cubanos. 

Sospecho que, si insistía en iniciar su relación con la música en el balcón del Hotel Vista Alegre, era para arroparse con una mística personal frente a otros autores supuestamente mejor preparados y así lidiar con su propio síndrome del impostor. Ni falta que hacía. El misterio de Cristóbal se resuelve de manera sencilla si se ve como combinación de amor infinito por el objeto de estudio y una sistematicidad que rayaba con la manía, a lo que se añade una clara inteligencia y una gracia natural para relatar.

Luego de aquella primera visita se me hizo costumbre y obligación ir a verlo a su urbanización en Guaynabo en cada uno de mis viajes a Puerto Rico. Una de mis preciosas mañanas en la isla la dedicada a visitar aquella casa ya sin discos, pero poblada por porcelanas de Lladró, cuadros de amigos pintores y la reconfortante hospitalidad de Marisa. 


Allí fui con toda mi familia para que conocieran a aquella pareja de viejitos maravillosos. Iba a comprobar cómo la pareja se recuperaba de sus contratiempos físicos, pero sobre todo a hablar de música: allí contrastaba mis intuiciones sobre la evolución musical de Cuba con la visión limpia y afable de Cristóbal, que no se permitía el vicio del conservadurismo. 

Cuando alguna vez me oyó despotricar contra la cadencia del reguetón, Cristóbal me detuvo para advertirme que después de todo el reguetón utilizaba una versión actualizada del ritmo de la habanera. “Papam, pam pam”, decía, dando las correspondientes palmadas: “ese ritmo que los músicos llaman ‘café con leche’”. 

Esa observación me bastó para reconciliarme en parte con el sonsonete que amenaza con tragarse toda la música en estos días, aunque en particular prefiera esa variante cubana conocida como “reparto”, la que al menos cuenta con el ritmo redentor de las claves.


Hace un tiempo quise homenajear a Cristóbal en una novela en la que todavía trabajo, dedicada a la vida neoyorquina del otro Arsenio Rodríguez, El Ciego Maravilloso. Allí introduje un personaje que comparte su nombre de pila y muchas de las características de Cristóbal. Lo imaginé más joven, estudiando Derecho en la Universidad de Colombia y a la vez coleccionista ávido de todo tipo de músicas, además de asesor esporádico de la protagonista de mi libro, que es una estudiante de Antropología que hace su tesis sobre Arsenio. 

En mi libro lo recreé como no lo había conocido, joven y con el apartamento atiborrado de discos, pero con el mismo trato afable y la misma inteligencia que no se esfuerza por exhibirse. Cuando le envié a Cristóbal ese capítulo dedicado al personaje que él me había inspirado, no me respondió. Temí lo que se teme en esos casos: que en Cristóbal se había iniciado el declive definitivo del cuerpo y de la mente, ese que deja sin palabras las despedidas. 

En mi última visita a Puerto Rico, en diciembre de 2025, pregunté por Cristóbal en todas partes para comprender que en la isla entera no teníamos ni un solo amigo en común y que la próxima noticia que recibiría de él sería la de su obituario. 

La noche del pasado martes 5 de mayo, por fin, recibí la confirmación y reconocí que, a pesar de la vida larguísima y plena de Cristóbal, siempre es difícil despedirse de alguien que, además de bueno, supo transformar sus querencias y manías en una obra inmensamente útil. Ahora solo me queda estirar la conversación al releer sus libros, imposibles de encontrar, y que merecerían una reedición más cuidada. Pero, créanme, no será lo mismo.