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jueves, 9 de octubre de 2025

Minúscula historia del anexionismo en Cuba

 


           A Jorge Ignacio Domínguez, a quien mucho le debe este artículo. Pronto sabrán por qué


El anexionismo, (a los Estados Unidos, por supuesto aunque alguna vez se mencionó en relación con México o la Colombia bolivariana) sigue siendo un estigma para la historiografía cubana actual. Señalar a una personalidad como anexionista es sacarla definitivamente del juego patriótico del pasado cubano. O del presente. Se expulsa a Narciso López (de quien Cirilo Villaverde, una vez su secretario personal insistía en que no era anexionista) pero se acepta la bandera diseñada por él, aunque esta fuera, en casi cada uno de sus detalles, empezando por la estrella, una solicitud simbólica de anexión. Y sin embargo José Martí, el gran fustigador de la idea de la anexión en su tiempo, trataba con deferencia y admiración a José Ignacio Rodríguez, el gran defensor de la idea de la anexión a finales del siglo XIX (“Ama a su patria con tanto fervor como el que más, y la sirve según su entender, que en todo es singularmente claro”). Y es que esa línea fronteriza que hoy se traza entre independencia y anexión era en aquellos días mucho más tenue de lo que hoy se pretende.

Un ejemplo señalado sería el del propio novelista Cirilo Villaverde, partidario de las expediciones de Narciso López en 1850 y 1851, polemista de José Antonio Saco a favor de la idea de anexión en esos mismos años y defensor franco de la independencia a partir del estallido de la Demajagua en 1868. ¿Qué hacer con el novelista, aparentemente tan voluble en cuestiones patrióticas? Porque cuando la disyuntiva oscila entre lo sagrado y lo sacrílego no caben las medias tintas ni las sutilezas evolutivas. No obstante, siendo Villaverde el autor de Cecilia Valdés, la novela cubana más importante del siglo XIX, se le perdonan esos pecados de juventud (en sus años de partidario de López se acercaba a los cuarenta) o preferiblemente se olvidan, como a la bandera.

Más complicado, pero no menos ilustrativo es el caso de Carlos Manuel de Céspedes y el resto de los revolucionarios de 1868. Porque apenas iniciado el alzamiento ya se habían solicitado el apoyo del gobierno norteamericano ofreciendo como moneda de cambio la anexión. ¿Era totalmente sincero el ofrecimiento de Céspedes o apenas un amago táctico para atraer la ayuda que tan desesperadamente necesitaba? Quizás se trataba de lo segundo pero igual disculpa podría extenderse a Narciso López, que en su momento emplearon desde Cirilo Villaverde al historiador Herminio Portell Vilá. Pero esas no son preguntas admisibles en el estricto campo de la historiografía oficial cubana. Las opciones son tan elementales como las de un plebiscito: independencia o anexión. Patriota o traidor.

Pero sucede que en el 2009 la Universidad de Camagüey publica el libro Guáimaro Alborada en la historia constitucional cubana, de Andry Matilla Correa y Carlos Manuel Villabella Armengol. Sucede que en Camagüey, donde Joaquín de Agüero y Agüero se alzara el 4 de julio de 1851, o Ignacio Agramonte muriera con una camiseta con el diseño de la bandera estadounidense (Moreno Fraginals dixit), el anexionismo es asunto menos ortodoxo que para los señores del Instituto de Historia en La Habana. Y si hay que hablar de la constitución de la república en armas celebrada en Guáimaro, ciudad todavía dentro de los actuales límites provinciales de Camagüey el tema del anexionismo es inevitable. Porque por mucho que les incomode a los empleados de la Oficina de Asuntos históricos del Consejo de Estado actual el asunto de la anexión está estrechamente entretejido con la primera constitución de la república en armas. Cualquier historia, por oficial que sea, reside en los detalles y el detalle fundamental de aquella asamblea era la necesidad de constituirse en gobierno al que le fuera reconocida la beligerancia por el de Washington. Y ofrecerle algo a cambio. Y ahí está el acuerdo de la Cámara d el 29 de abril de 1869:

 


1o. Comunicar al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos que ha recibido una petición suscrita por un gran número de ciudadanos en que se suplica a la Cámara manifieste a la Gran República los vivos deseos que animan a nuestro pueblo de ver colocada esta Isla entre todos los Estados de la Federación Norteamericana.

2o. Hacer presente al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos que éste es realmente, en su entender, el voto casi unánime de los cubanos, y que si la guerra actual permitiese que se acudiera al sufragio universal, único medio de que la anexión legítimamente se verificaría, ésta se reali zaría sin demora.

3o. Al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos, para que no retarde la realización de las bellas esperanzas que acerca de la suerte de Cuba este anhelo de sus hijos hace concebir. Y en cumplimiento del acuerdo, la Cámara de Representantes de la Isla de Cuba, dirige la presente manifestación al Presidente de la Gran República de los Estados Unidos. Guáimaro, Abril 30 de 1869.

El Presidente.—Salvador Cisneros y B.— Lucas Castillo.—Miguel C. Gutiérrez.—José Mª Izaguirre.—Arcadio J. García.—F. Fornaris y Céspedes.—Tranquilino Valdés.—Miguel Betancourt.—Dr. A. Lorda.—Pedro M. A. Agüero.—Tomás Estrada.— Manuel de J. de Peña.—Pío Rosado.—Francisco Sánchez Betancourt.— Eduardo Machado.—El Secretario. Antonio Zambrana. Sancionó el presente acuerdo.—El Presidente de la República.—C. M. de Céspedes.


Tan importante como el texto del mensaje son las firmas que lo calzan, que incluyen la del todavía sacrosanto Padre de la Patria. Y convencido o no en su momento de la anexión, lo que sí debió tener claro Céspedes era la imposibilidad de derrotar al ejército colonial español sin ayuda externa. ¿Acaso los rebeldes de las Trece Colonias no habían solicitado ayuda de Francia y España en su guerra contra Inglaterra? Y ninguna ayuda le resultaría más afín que la que le pudiera dar la primera república surgida en el continente y la más poderosa de todas. Curiosamente, quien con más claridad se manifestó contra estos ofrecimientos fue Cirilo Villaverde. Aleccionado por la falta de ayuda a los proyectos emancipadores de la década anterior Villaverde -uno de los que había defendido contra José Antonio Saco sobre la necesidad de la anexión a los Estados Unidos- quiso alertar a los revolucionarios del 68. 


En su artículo “La revolución de Cuba vista desde Nueva York” Villaverde les advierte sobre el peligro que entraña confiar en aliado tan voluble y contingente como el gobierno y el pueblo norteamericanos pues estos “siempre ha subordinado nuestros deseos a su conveniencia, sacrificando nuestras más caras y legítimas esperanzas a sus miras egoístas e inhumanas”. Y añade -complementando las ideas de su antiguo antagonista, Saco- que “a la satisfacción de ese deseo [el de “poseer la isla de Cuba”] no tendrá el gobierno americano el menor escrúpulo en todos tiempos [sic] de prescindir de la personalidad y aun de la existencia del pueblo cubano”. El Villaverde de 1869 dice entender los impulsos anexionistas de los generales del ejército independentista pero no los comparte. Al pragmatismo norteamericano deberá anteponérsele un mínimo de realismo criollo:


No se nos esconde que la mayor parte de los caudillos cubanos, en sus horas de melancolía, vuelven los ojos hacia la gran República, esperan refuerzos de todas clases, y hablan de anexión como para mejor congraciarse con ella, e interesar las simpatías del pueblo americano. Eso se comprende fácilmente; lo que no comprendemos es que los cubanos hoy en los Estados Unidos abriguen la esperanza de que halagada la codicia de los americanos por la adquisición de Cuba […] se logrará no solo interesar las simpatías, sino obtener la ayuda del pueblo y cuando menos la aquiescencia del gobierno de Washington.

La apatía oficial del gobierno de Washington hacia los independentistas cubanos durante los meses siguientes a la incauta declaración de Guáimaro fue suficiente para conseguir entender los consejos de Villaverde. Ya en la correspondencia posterior de Céspedes con las autoridades norteamericanas hay claras señales de su aprendizaje. Como en la carta que le envía al entonces presidente Grant el 12 de enero de 1872 en la que apela, más que al sentimentalismo ético del mandatario norteamericano, al cálculo económico de cuánto le estaba costando a su país la guerra en Cuba, sin mencionar el ya inoperante asunto de la anexión:

El gasto en que incurre Estados Unidos debido a la actual situación anormal quizás, a la larga, equivalga al gasto de una guerra. Además, estos desembolsos no aportan ningún beneficio al país y, en cierta medida, comprometen su honor y dignidad.

Usted sabe, señor Presidente, por experiencia, que los cubanos nada pueden esperar de la promesa de España, y que es en vano esperar que ese país se convenza de las ventajas que obtendría al reconocer nuestra independencia. Nuestra lucha, como todas las de su tipo, será larga, pero el acto que la justicia le exige, señor Presidente, es decir, el reconocimiento de nuestra beligerancia e independencia, la acortaría considerablemente.

 


Ya parecía haberse comprendido en el campo insurrecto la inutilidad de apelar al cebo de la anexión para atraer la necesitada ayuda norteamericana. Resignados a que poca o ninguna ayuda recibirían de la potencia del norte el independentismo cubano alcanzó su forma definitiva gracias a las decepciones que sufriera su inicial impulso anexionista. No pienso que ese impulso fuera ni profundo ni convencido sino algo así como “Salgamos primero de España con la ayuda que podamos conseguir y luego ya veremos” sin considerar que el “ya veremos” ha sido la perdición de naciones completas. Lo cierto es que ninguna ayuda efectiva consiguieron los insurrectos durante la guerra de 1868 y al final de esta, diez años después, apenas aparecería alguien que la invocara… a excepción del propio régimen colonial español que se ofrecía como salvaguarda de la isla y sus habitantes frente a los voraces intereses del vecino norteño.

Pocas manifestaciones concretas tuvo la idea de la anexión desde entonces. Cierto que a principios de la última década del siglo XIX algunas voces en el exilio norteamericano se levantaron para defenderla como el escritor, abogado y diplomático José Ignacio Rodríguez, quien en 1900 publicaría su interesantísimo Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de la isla de Cuba á los Estados Unidos de América. O Juan Bellido de Luna, quien sostuviera una larguísima aunque respetuosa polémica con el periodista independentista Enrique Trujillo.

 

 



Sin embargo, las más de las veces el anexionismo se manifestaba menos como corriente política que como recurso estratégico para conseguir el apoyo a terceras partes tanto al mantenimiento del orden colonial como a su destrucción. Como amenaza o como señuelo. Ese es el caso de la famosa carta de José Martí al mexicano Manuel Mercado quien -no debe olvidarse- más que su “hermano queridísimo” era por entonces Ministro de Gobernación del gobierno de Porfirio Díaz: era el apoyo de este último lo que buscaba Martí azuzando el temor -perfectamente justificado- a la expansión estadounidense por el continente. Advertirle que con el apoyo a los insurrectos cubanos podría contribuir a “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. No se entiende del todo la famosa carta inconclusa a Mercado si se ignora que en esos mismos días Martí notificaba al New York Herald que el objetivo de la guerra que entonces los cubanos libraban contra España era “la conquista de la libertad que ha de abrir a los Estados Unidos la Isla que hoy le cierra el interés español”. La aparente contradicción entre ambos documentos la salva el sentido político, táctico y contingente de ambos.

Pero retrocedamos unos años, a 1889. En octubre de ese año se celebró la Conferencia Panamericana en la capital de Estados Unidos a la que asiste Martí. Allí conoció de primera mano los manejos de James G. Blaine, Secretario de Estado del entonces presidente Benjamin Harrison, para avanzar la vieja aunque intermitente ambición norteamericana de anexarse a Cuba. Una comunicación privada de Martí a su seguidor y confidente Gonzalo de Quesada del 29 de octubre retrata su criterio sobre la anexión de Cuba a Estados Unidos con más precisión que la carta de 1895 a Manuel Mercado, donde el interés táctico particular -obtener el apoyo del gobierno de Porfirio Díaz- se disfraza de estrategia continental. En la misiva a Gonzalo de Quesada Martí rechaza y teme la anexión pues para “que la Isla sea norteamericana no necesitamos hacer ningún esfuerzo, porque, si no aprovechamos el poco tiempo que nos queda para impedir que lo sea, por su propia descomposición vendrá a serlo. Eso espera este país, y a eso debemos oponernos nosotros”. Las razones de su rechazo no se limitarían a la pérdida de soberanía política sino de su propio sentido como nación: "Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? Ni ¿por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera, -no del pueblo que es, propio y capaz- sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Base más segura quiero para mi pueblo".

 El asunto de la anexión deja de ser mera cuestión política para convertirse en existencial y responderse la pregunta: ¿serían capaces los cubanos ya no de alcanzar la independencia sino de conservarla y hacerla respetar frente a un vecino interesado y poderoso?:

[U]n pueblo en la angustia del nuestro necesita despejar el enigma;-arrancar, de quien pudiera desconocerlos, la promesa de respetar los derechos que supimos adquirir con nuestro empuje,-saber cuál es la posición de este vecino codicioso, que confesamente nos desea, antes de lanzarnos a una guerra que parece inevitable, y pudiera ser inútil, por la determinación callada del vecino de oponerse a ella otra vez, como medio de dejar la isla en estado de traerla más tarde a sus manos, ya que sin un crimen político, a que sólo con la intriga se atrevería, no podría echarse sobre ella cuando viviera ya ordenada y libre.

La respuesta es inequívoca: “El sacrificio oportuno [la guerra de independencia] es preferible a la aniquilación definitiva [la anexión]”. Y añade a continuación: “Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la pérdida, de nuestra nacionalidad”. No obstante, reconoce el sentido y el peligro de la opción anexionista “un modo de pensar, que como todo lo que lleva esperanza a los infelices, y libertad cómoda a los débiles, tendrá muchos adeptos, aquí [en Estados Unidos] y en Cuba”.  

Pero tratándose de Martí, nada es sencillo. Ese mismo 29 de octubre en que le escribe la carta a Gonzalo de Quesada firma un poema dedicado “A Néstor Poncede León”, editor y librero exiliado en Nueva York desde 1869 y conocido anexionista con la intención de disipar el rumor de haber atacado a los “anexionistas viles” en su discurso por el alzamiento del 10 de octubre de 1868 que diera ese mismo mes. Si acaso lo de “anexionistas viles” sería una traducción muy elemental del llamado martiano a desechar “como funesta e indigna de hombres, la libertad ficticia y alevosa que pudiera venirnos, por arreglos o ventas, del comerciante extranjero, que con sus manos se conquistó la libertad, y no podría tratar como a iguales, ni como dignos- de ella, a los que no supiesen conquistarla. ¿Cuándo se ha levantado una nación con limosneros de derechos?”. Las veintisiete cuartetas del poema vienen a constituir una solución salomónica al dilema de la anexión: rechazo a la doctrina, aunque no a los que la profesen:

Donde no nos puedan ver
Diré a mi hermano sincero:
«¿Quieres en lecho extranjero
A tu patria, a tu mujer?»

Pero enfrente del tirano
Y del extranjero enfrente.
Al que lo injurie: «¡Detente!»
Le he de gritar: «¡Es mi hermano!»

No obstante, como me señala Jorge Ignacio Domínguez, uno de los más profundos conocedores del exilio cubano de finales del siglo XIX en Nueva York, algo debió ocurrir entre ese octubre de 1889 y la polémica entre Juan Bellido de Luna y Enrique Trujillo para que el anexionismo se convirtiera de peccata minuta de la infancia revolucionaria de muchos de los próceres cubanos en mancha imborrable de la que todos se apresuraban a renegar. Y ese algo bien pudo ser la campaña sorda y discreta de Martí contra el anexionismo que, unida a la más estentórea de Trujillo, transformaron el anexionismo de gesto protoindependentista en francamente antipatriótico. Es en medio de esa polémica que figuras tan señaladas como Tomás Estrada Palma, Fernando Figueredo Socarrás, Cirilo Villaverde, el boricua Ramón Emeterio Betances y Amalia Simoni, viuda de Ignacio Agramonte, se ocuparon de despejar retrospectivamente cualquier sombra de anexionismos pasados en ellos o en sus compañeros de armas pese a lo que atestiguaban documentos oficiales de dos décadas atrás.



Quizás la más llamativa de estas declaraciones fuera la del casi octogenario Cirilo Villaverde al asear la memoria del más notorio defensor del anexionismo en Cuba, Narciso López, al decir: “Yo fui, soy, y nunca seré otra cosa que independentista, y podría jurar que Gaspar Betancourt Cisneros y Narciso López lo fueron también”. Al finalizar la polémica Enrique Trujillo no solo rechaza tajantemente la posibilidad de la anexión de Cuba a los Estados Unidos como solución política porque “sería tan antipatriótica como inconveniente a sus intereses sociales”. También la excomulga de la historia nacional al decir que

Nada hay que pruebe en esta discusión que la tendencia anexionista haya sido en nuestra patria un sentimiento patriótico. Ha sido concebida y torpemente desarrollada por la necesidad. Cuando aquellos del año 1823, porque supusieron que nunca serían fuertes para combatir a España; cuando los proyectos de López, por satisfacer intereses esclavistas: y aún así, el mismo López, por boca del ilustre Lugareño, queda exonerado de esa mancha, pues la mayoría de los anexionistas de antaño levantaron esa bandera como un pretexto.

(Una explicación amable de esta cañona histórica sería que Trujillo no pretendía ser historiador sino apenas era un influencer preparando a las masas para entrar en una nueva guerra. Y esta disculpa podría hacerse extensiva a la historiografía oficial cubana: lejos de interesarle un recuento fiel del pasado se esfuerza por justificar retrospectivamente al régimen presente).   


En 1898, cuando estuvo más cerca que nunca la posibilidad de la anexión tras la intervención de Estados Unidos en Cuba contra España el gobierno norteamericano ya fuera por sentimentalismo, demagogia o cálculo evitó aprovecharla. Pese a la rapacidad de unos cuantos políticos norteños la famosa Resolución Conjunta con la que el congreso de Estados Unidos justificaba su entrada en la guerra reconocía que “pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”, resolución aprobada con la abrumadora mayoría de 324 votos a favor y 19 en contra. Que este gesto fuera empañado por el Tratado de París primero -al no darle cabida a una delegación que representara los intereses cubanos- y la Enmienda Platt después -al reservarse Estados Unidos el derecho a intervenir en Cuba cuando lo estimara conveniente hasta su derogación en 1934-, confirmaría las advertencias de Villaverde pero no los deseos de los nunca abundantes anexionistas cubanos.

En la actualidad no hay mayor valedor del anexionismo en Cuba -aparte de los cubanos que, desprovistos de todo, verían con buenos ojos la anexión al imperio Mongol- es el propio gobierno de la isla. Como el régimen colonial español en el siglo XIX busca su justificación última en ser el único obstáculo existente entre las ansias de conquista norteamericanas y la sobrevivencia de la nación cubana. De ahí su insistencia en borrar de la historia nacional tanto a aquellas figuras sobre las que recayera la sombra del anexionismo o expurgar esta de aquellas a las que no puede renunciar. Reinventarse el peligro de la anexión es un recurso extremo para darse alguna verosimilitud y sentido como régimen. Y si acaso, halagar al patrioterismo local que se ufana de ser pretendido por la todavía nación más poderosa del mundo.

Contra la insostenible amenaza de anexión no vale ningún contraejemplo. Como los casos de Filipinas y Puerto Rico, ocupadas al mismo tiempo que Cuba y con mucho menos respetos por su soberanía: ambos proyectos coloniales han constituido de una manera o de otra un fracaso. Si Filipinas alcanzó su independencia en 1946 Puerto Rico ha mantenido, desde ese oxímoron que es el Estado Libre Asociado, una distintiva y heroica autonomía cultural y social mientras la integración económica y política completa le es negada tras cada plebiscito en que se ha votado mayoritariamente por la estadidad (2012, 2017, 2020 y 2024). Si eso ocurre con una isla de algo más de tres millones de habitantes infinitamente más próspera que Cuba ¿en qué mundo cabría que a Estados Unidos le interese asumir de golpe nueve millones viviendo en pobreza extrema a los que habría que añadir de inmediato a las nóminas de la seguridad social norteamericana? No en este mundo ciertamente, donde Estados Unidos sigue siendo tan calculador como en tiempos de Villaverde. Si acaso esa necesidad de sentirse pretendido, de justificar un régimen inexcusable es el único asidero que le queda a lo que fue una vieja corriente histórica y hoy es apenas el recuerdo de un tibio romance que nunca fructificó. Es por eso que, pasados dos siglos de su momento de mayor intensidad valdría la pena hacer un recuento mesurado y preciso de este.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Bohemia, la revista que era Cuba



La revista Bohemia -la cual se anuncia orgullosamente en estos tiempos como “la más antigua de Latinoamérica”- todavía se sigue publicando y su mera supervivencia deviene en asunto milagroso. Que sobreviviera al cataclismo revolucionario de 1959 que se llevó por delante prácticamente todas las instituciones republicanas de algún valor -y Bohemia era una de las instituciones republicanas más reconocibles- constituye un enigma por resolver.


Yo, nacido en 1967, crecí leyendo la Bohemia post cataclísmica a pesar de que había en ella muy poco que leer más allá de su propaganda desembozada,[0] sus obreros sonrientes por el sobrecumplimiento de sus metas, o las entrevistas a intelectuales apacibles que coincidían en declarar que el momento más importante de sus vidas era la llegada de Fidel Castro a La Habana encaramado en un tanque. [1] Niño al fin, mi mayor interés se concentraba en el final de la revista donde aparecía la sección de humor, la de curiosidades y una todavía más curiosa sección de “Correspondencia” donde un redactor se dedicaba a contestar el tipo de preguntas que le hacemos hoy al oráculo de Google. En el caso de aquella sección la curiosidad de los lectores iba desde [2] aclarar la correcta posición ideológica de algún patriota (como es el caso de la imagen que muestro donde se debatía el patriotismo del poeta Juan Clemente Zenea) a la posibilidad de reparación [3] de un tocadiscos soviético que se le había quemado en un par de ocasiones a algún atribulado lector.

Pero, junto a aquella muestra de la realidad socialista vista a la mejor luz posible, en mi casa existía, como en muchas casas de Cuba [3b] un pesado artefacto consistente en varios números de la revista correspondientes a los años cincuenta encuadernados en una única cubierta. Si mi idea de aquella república [4] a la que en la escuela recibía los graciosos motes de “pseudorepública” o “neocolonia” fue algo menos rígida y acartonada de lo que recibía de la incansable propaganda castrista fue gracias a aquellos números juntados más o menos al azar que reflejaban una realidad bastante más compleja de lo que nos querían inculcar. [5] Porque con su mimetismo y frivolidad, su comercialismo y su violencia, pero también con su tremenda su inventiva y vitalidad, desde su nacimiento Bohemia fue algo así como una concentración de lo que era Cuba.

[6]Transcurría la segunda ocupación norteamericana de la isla cuando el empresario Miguel Ángel Quevedo Pérez dio a la luz el 10 de mayo de 1908 una revista que llevaba por título el de su ópera favorita y como subtítulo el de Revista Semanal Ilustrada. La revista duró solo unos pocos números para luego reaparecer en 1910, ya bajo la presidencia de José Miguel Gómez. [7] El estilo art novó de su diseño, sus secciones que llevaban títulos tales como “Labor literaria”, “Notas de arte”, “Actualidades” o “Crónica social” nos dan una idea de la concepción por entonces, como una publicación más o menos exclusiva, enfilada a las élites sociales y artísticas [8] de la joven república, con énfasis especial en el público femenino a la cual estaban dedicadas secciones con títulos tan poco crípticos como “Para las damas”.

Aquella Bohemia [9] era una revista de apenas veinte páginas y con el espíritu lánguido de aquellas publicaciones de la época que querían parecer respetables. En 1914 la revista dio su primer salto importante al introducir por primera vez la tricromía, [10] es decir, la impresión a partir del uso de tres colores lo que la situó por delante de la competencia. También en aquel momento la revista se amplió a cuarenta páginas. La revista siguió las altas y bajas de los años que conocieron la Danza de los Millones y las Vacas Flacas tratando de subsistir apelando a ciertos “atrevimientos” editoriales y a un público más amplio con secciones cada vez más variadas y utilizando una publicidad sorprendente y agresiva.[11]

El salto más importante en la década de los años veinte [12] lo da Bohemia en 1927 con su traspaso por cuestiones de salud del fundador Miguel Ángel Quevedo Pérez a su hijo de tan solo 18 años Miguel Ángel Quevedo y de la Lastra. La nueva dirección supuso para la revista un cambio de visión radical en su enfoque haciendo más énfasis en secciones atractivas como la dedicada al deporte, [13] con mayores incursiones en la cultura popular y con una sección de partituras musicales que reflejaba un gusto cada vez más amplio. [14]

Corrían los años [15] de la presidencia de Gerardo Machado, pronto devenida en dictadura, a la cual la revista primero elogió y luego criticó de manera cada vez más frontal hasta llegar a la hostilidad] abierta. La caída de Machado fue registrada en la revista con euforia, [16] (hasta la partitura de los danzonetes parecía alusivas a la caída de Machado) [16b] como si el derrocamiento del dictador hubiera sido obra de la propia revista. No sorprende que los desmanes [17] que se cometieron en siguientes días contra los colaboradores del régimen depuesto fueran justificados sin disimulo en las páginas de Bohemia. Sería esta la primera vez, pero no la única en la que la revista, como representante de la voz de la ciudadanía frente a los desmanes de los gobiernos de turno, salía triunfante del, en apariencia, tan desigual pulso.

Ya por aquel entonces [18] la mayor parte del material que conformaba cada uno de sus números no era original ni escrito especialmente para la publicación. La revista dependía en buena medida de artículos, columnas y caricaturas de medios sindicados en Estados Unidos y reproducidos por esta. [19] Muchas veces se trataba de cuentos policiacos, género muy en boga entonces, o de historias truculentas de asesinos o espías, y de reportajes de tierras y personajes exóticos. La realidad nacional se abría paso apenas en los comentarios sobre la política local, la crónica deportiva y el humor local.

Las diferentes secciones humorísticas que aparecieron a lo largo de los años en la revista merecen comentario aparte. Una de las primeras [20] fue la tira cómica de “Pepito y Rocamora” que apareció en Bohemia en los en 1915 y se adentró bien en los años veinte. También se incluían artículos costumbristas sobre personajes típicos [20b]. En la siguiente década la revista dependió en buena medida de tiras sindicadas importadas pero los años cuarenta [21] tuvieron una presencia cada vez mayor de humoristas locales contando con colaboraciones de humoristas de la talla de Miguel de Marcos. O las del cronista Eladio Secades, quien con sus “Estampas” [22] escribió un capítulo definitivo del costumbrismo republicano y que luego se convertiría en el jefe de la sección deportiva de la revista donde también sentó cátedra.

Se menciona menos, a pesar de su importancia, al caricaturista y escritor Francisco Vergara [23] quien a lo largo de los años cuarenta creara diferentes secciones humorísticas en Bohemia con títulos como “Cohetes” o la más estable “Picadillo a la criolla”. Como muestra de la agudeza de Vergara sirva el texto que escribe tras asumir el poder Ramón Grau el 10 de octubre de 1944: [24] una parodia de la biografía que Emil Ludwig le hiciera al presidente saliente Fulgencio Batista burlándose sin piedad del metafórico estilo del escritor alemán y de sus imprecisiones de todo tipo. “En una madrugada fría y desapacible del 4 de diciembre de 1897 en un villorrio nombrado Oriente de la provincia de Banes en Cuba nació un hermoso niño. Tenía la piel trigueña y el pelo negro y lacio. Su boca fina y diminuta era roja como el alma de Marinello [se refiere al líder del Partido Comunista]. Sus ojos eran pequeños como los sueldos de los conserjes de escuela. Ese varón que al hacer su entrada en el mundo había aumentado ipso facto la menguada población de la Perla de las Antillas era Fulgencio Batista y Zaldívar”. Vergara luego sería el creador de populares secciones de la revista como “Radiolandia” y “Tele-radiolandia” [25] que servían para reseñar las noticias producidas por el mundo de la radio y la televisión y más tarde se convertiría en libretista de programas televisivos tan populares como el “Cabaret Regalías El Cuño” y “El Casino de la Alegría”.

Con el tiempo las diferentes secciones de humor recibieron cada vez más espacio dentro de la revista. Además de las ya tradicionales tiras sindicadas norteamericanas los caricaturistas locales tuvieron su propio espacio en la página llamada “Humorismo criollo” [26]. Allí fueron apareciendo firmas tanto de dibujantes consagrados como Antonio Rubio, Antonio Prohías, Arroyito, Silvio Fontanillas Quiroga (Silvio), Valdés Díaz y Niko Lursen y de novatos de entonces como Wilson, Pecruz, Ñico, René de la Nuez entre otros. Las caricaturas personales de Juan David [27] aparecían en otras páginas de Bohemia ilustrando tanto noticias nacionales como internacionales. Por su parte, Silvio y Arroyito, dos los caricaturistas más considerados por la publicación, recibían la encomienda de rellenar páginas unipersonales sobre diferentes temas. Silvio [28] era también el encargado de ilustrar la página inicial de la sección “En Cuba” con su tira “El Reyecillo Criollo” donde el gobernante de turno aparecía vestido de rey interactuando con un campesino que representaba el pueblo cubano.

Pero la sección que le otorgó el perfil definitivo a Bohemia fue “En Cuba”. [29] Inaugurada según los recuentos oficiales el 4 de julio de 1943 – aunque no hemos encontrado la sección con su nombre definitivo hasta el número siguiente, el del 11 de julio 1943- “En Cuba” fue dirigida desde sus inicios por los periodistas Enrique de la Osa y Carlos Lechuga. [29b] Esta sección logró aprovechar la larga experiencia de sus creadores y sus extensos contactos en los medios políticos para seguir la compleja trama de la política cubana de una manera minuciosamente detectivesca. “En Cuba” adoptó las más modernas técnicas narrativas para construir relatos apasionantes de lo que iba ocurriendo semana a semana sin tener que dar cuenta de sus fuentes. [30] Las informadas voces que iban relatando las historias no iban calzadas por firma alguna pero eran responsables de la credibilidad del relato, al modo de las mejores ficciones, solo que al lector le quedaba claro que los hechos que narraba no tenían nada de ficticios.

La importancia de la sección “En Cuba” no se limitó al tipo de periodismo que prohijó. Fue la manera en que una publicación basada fundamentalmente en artículos importados pudo descubrir el interés del público por artículos generados en el país y con ello, la posibilidad de depender cada vez menos de las importaciones. Un hecho significativo en este sentido fue el número especial del 10 de octubre de 1948. [31] En el 80 aniversario del grito de independencia de la Demajagua, día en el que además se celebraba la sucesión presidencial de Ramón Grau San Martín por el nuevo presidente Carlos Prío Socarrás la Bohemia de aquel día salió a la calle como edición extraordinaria de más de 200 páginas y hecha enteramente por manos cubanas [32]. “Cubanos son todos los que redactaron y compusieron este número y cubana es la empresa que lo edita”. La experiencia de esta edición extraordinaria fue lo suficientemente exitosa como para que la revista confiara cada vez más en el talento local. [33] Para la década siguiente Bohemia se había cubanizado mucho más y dependía cada vez menos del material importado y más de los periodistas e intelectuales locales. [34] Aun así la revista podía darse lujos como el que se permitió en la edición del 15 de marzo de 1953: [35] publicar en exclusiva la primera edición en español de El viejo y el mar de Ernest Hemingway en traducción de Lino Novás Calvo aunque por aquellos días el propio Hemingway se declaraba a sí mismo como un “cubano sato”. [36]

No era Bohemia una publicación especialmente partidista, aunque no dejara de tomar partido por las causas que le parecían justas a su director: [37] Bohemia fue antifranquista durante la guerra Civil española y luego con la instauración del franquismo; [38] antifascista y antinazi con la Segunda Guerra Mundial [39] y anticomunista desde el inicio de la Guerra Fría. Fue también crítica con los gobiernos auténticos entre 1944 y 1952 [40] y con el tiempo Bohemia se identificaría con el mayor disidente del Partido Auténtico, [41] el fundador y líder del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) Eddy Chibás a quien le dedicaría varias portadas en vida [42] y también después de muerto.

Los opositores al régimen batistiano de 1952 [43] encontraron en las páginas de la revista respaldo y tribuna. Si no como la voz de la totalidad del pueblo cubano, Bohemia fungía como el representante oficioso de los intereses de su clase media. La enorme popularidad de la revista respaldaba sus pretensiones: de una tirada de cuatro mil ejemplares en 1926 había pasado a 125 mil en julio de 1948, para situarse cerca de 260 mil en 1953 y 315 mil en 1958 (uno por cada 21 cubanos de entonces). [43b] En una de aquellas Bohemia “sin censura” su tiraba se anunciaba como de medio millón de ejemplares lo cual equivalía a uno por cada 12 habitantes. Y el éxito no se limitaba al ámbito nacional. [44] Bohemia se distribuía por toda América Latina y aún en Estados Unidos donde contaba con su propio distribuidor. Con tanta aceptación el dueño de la revista pudo llegar a creer no solo que era la voz del pueblo sino también sus ojos y sus oídos. [45] Si no poseía la verdad absoluta andaba muy cerca de ello. Después de todo Bohemia había visto pasar gobiernos uno tras otro mientras los juzgaba y los absolvía o condenaba según el caso.

Como muestra de su compromiso insobornable con la verdad en los períodos en que el régimen batistiano suspendía las garantías constitucionales y establecía la censura previa la revista adoptó un método radical: no publicar ninguna noticia sobre política local hasta tanto no se levantara la censura y entonces publicar sus famosas Bohemia sin censura [46] que alcanzaban tiradas abrumadoras. La revista se erigió en vocero de la oposición antibatistiana ya fuera la que apelara a las vías legales o a las insurreccionales. [47] Fidel Castro y su Movimiento 26 de Julio tuvieron en Bohemia su plataforma política más visible en una época en que la revista reinaba en los hogares cubanos.

No es de extrañar que al triunfo revolucionario Castro firmara una nota manuscrita que rezaba: [48] “A la revista Bohemia mi primer saludo después de la victoria porque fue nuestro más firme baluarte. Espero que nos ayude en la paz como nos ayudó en nuestros largos años de lucha porque ahora comienza nuestra tarea más difícil y dura”.

Resultaba lógico que Miguel Angel Quevedo se tomara el triunfo revolucionario como cosa propia y que lo celebrara con aquellas famosas tres ediciones extraordinarias [49] de Bohemia conocidas como “Ediciones de la libertad” con una tirada de un millón de ejemplares cada una. O sea, uno por cada seis habitantes [50] lo cual resulta una enormidad desde cualquier punto de vista, incluido el propagandístico. Porque a la propaganda estuvieron dedicados aquellos tres números y los siguientes: por una parte, a ensalzar el régimen triunfante y, por la otra, a denostar el anterior, aunque para ello la publicación hubiera de caer en la exageración y la mentira. [51] Se repetía la situación de la caída de Machado, pero a un nivel mucho más decisivo debido a la influencia alcanzada por la revista. Fue Bohemia la que popularizó la falsedad de los 20 mil asesinatos del régimen batistiano lo que hacía parecer cualquier desmán cometido por el régimen triunfante como algo explicable y necesario. [52] Incluso hubo casos en los que la revista abandonó el más mínimo pudor periodístico como ocurrió al publicar la foto de un niño posando con restos de indígenas de cinco siglos atrás afirmando que la imagen correspondía al hijo de un esbirro batistiano jugando con las calaveras de las víctimas de su padre.

Pronto empezó a pagar Bohemia el precio de su entrega incondicional al nuevo régimen. Así, como ha señalado el investigador Abel Sierra Madero recientemente, [53] las respetadas encuestas que hacía la revista desde años atrás para medir la opinión popular sobre los distintos gobiernos dejaron de publicarse muy pronto. Y esto obedeció al detalle de que el nuevo gobierno había pasado del 90% de aprobación durante los primeros meses a un 65%, cifra que a pesar de representar un grado de aprobación razonable para cualquier gobierno democrático, no lo era para un régimen que pretendía contar con el apoyo de la totalidad de la población. Tampoco ayudaba a la imagen de respaldo total e incondicional que intentaba transmitir el régimen el detalle de que casi el 40% de los cubanos afirmaran desear elecciones en un futuro próximo. Mientras tanto, Bohemia justificó [54] cada una de las medidas revolucionarias apelando a todos los métodos que encontraba a mano incluido un artículo recordando que los famosos hermanos Graco, tribunos de la plebe romana, defendían la reforma agraria.

En los primeros meses del triunfo revolucionario Miguel Angel Quevedo, [55] debió ofrecer su apoyo por simpatía por el nuevo proceso para pronto comprender que el único modo de conseguir que su Bohemia sobreviviera en el nuevo estado de cosas era convertirla en un órgano incondicional de la propaganda del régimen. Atrapado en medio de esa disyuntiva terrible Quevedo pide asilo en la embajada de Venezuela en La Habana en el verano de 1960 aunque una publicación oficialista ha afirmado recientemente sin sonrojo que “el 20 de julio de 1961 Miguel Ángel Quevedo, a quien nadie perseguía ni hostigaba, abandonó la revista Bohemia y se asiló en la embajada de Venezuela”. [56] Desde el exilio Quevedo siguió publicando la revista, primero con el apellido “Libre” y luego sin este. Lo hizo durante nueve años más hasta que en 1969 acosado por las deudas [57] cede la revista al Grupo Armas y el 12 de agosto de ese año se suicida de un disparo en la sien.

En Cuba la revista se ha seguido publicando hasta hoy. En la actualidad Bohemia ha acumulado una década más desde la partida de Quevedo (62 años) que los 52 que van desde su fundación hasta que su dueño escapara del país (52). Cabe preguntarse cómo es posible que Bohemia haya sobrevivido donde tantas otras publicaciones republicanas desaparecieron. [58] La respuesta más evidente es que Bohemia no ha sido desde entonces sino un cascarón de lo que fue en su época de gloria. Un cascarón que no trata de disimular su condición de vocero de la propaganda castrista. Pero todavía así resulta curioso que el régimen insistiera en mantener con vida aquel rezago del pasado que encima llevaba un nombre tan decadente para los nuevos tiempos que se anunciaban. [59] Y es que Bohemia se había convertido en una costumbre tan cubana como la del cafecito por las mañanas y de alguna manera se decidió que entre tantos cambios debían mantenerse ciertas costumbres, aunque como el café, la Bohemia posterior a 1960 saliera aguada y supiera a rayos. [59] A veces las costumbres se bastan a sí mismas para persistir. Que la revista haya sobrevivido incluso a las estrecheces del período especial -crisis que arrambló con buena parte de las publicaciones oficiales- y a los reajustes vividos en los últimos treinta años es otra prueba del poder que tienen la costumbre y la inercia. [60] Bohemia es hoy parte integral de una rutina en la que deja de tener sentido preguntarse por el por qué de las cosas.

lunes, 15 de marzo de 2021

Breve historia de los actos de repudio


 

Dean Luis Reyes: ¿Cuándo y por qué el castrismo echó mano al mecanismo represivo de los actos de repudio?


Enrique Del Risco: Usar turbas violentas como arma de intimidación es consustancial a un régimen que pretende representar a la totalidad del pueblo, y que solo concibe la oposición y el disentimiento como crimen de lesa patria. Lo que eran exabruptos sociales en ciertos momentos históricos el totalitarismo lo hizo hábito recurrente. Según la lógica de los actos de repudio sus participantes actúan en nombre de todo el pueblo y cualquier exceso que cometan va a la cuenta del pueblo que, como sabemos, es inocente de lo que haga y si existe alguna culpa es de muy difusa atribución. El acto de repudio es la represión de Estado disfrazada de Fuenteovejuna.

Dentro de la propia Revolución Cubana puede verse como antecedente en un hecho del que se habla poco: el mítin al que convocó 19 de noviembre de 1955 en el Muelle de Luz la Sociedad Amigos de la República. El fundador de la SAR, el veterano de la Guerra de Independencia Cosme de la Torriente, buscaba una salida pacífica a la dictadura de Batista y con aquel acto intentaba demostrar la unidad y la fuerza de la oposición. Fidel Castro, que en ese momento se encontraba exiliado en México, dio órdenes al M-26-7 en La Habana de que reventara la concentración pública y eso fue lo que ocurrió. Miembros del Movimiento 26 de Julio lanzaron sillas y obligaron a suspender el mítin a gritos de “¡Revolución!”, “¡Revolución!”. Fue la manera en que el fidelismo dejó bien claro desde el principio que la única solución que iba a permitir para la crisis política creada por el golpe de estado de Batista era la violenta, de la que ellos eran sus principales representantes.

Luego, al triunfo de la Revolución, el nuevo régimen usó profusamente las turbas para manipular juicios (como el del coronel batistiano Jesús Sosa Blanco en la Ciudad Deportiva), silenciar medios de prensa, atacar protestas opositoras (como la que se celebró para protestar por la visita del representante del gobierno soviético Anastas Mikoyán en 1960), controlar organizaciones como la CTC o la FEU, llevar a cabo confiscaciones de propiedades, “depuraciones” estudiantiles, etc.

La justificación del acto de repudio es puro absurdo: en una sociedad sobre la que el Estado tiene un control absoluto la forma de represión más visible supuestamente corre a cargo de la voluntad espontánea del pueblo. En 1980 con la sacudida que representaron para el régimen los sucesos en torno a la embajada del Perú y el éxodo del Mariel los actos de repudio alcanzaron su expresión más masiva y terrible. Las autoridades dieron carta blanca a la gente para que desatara sus instintos más bajos contra los que se iban. En una sociedad tan represiva cuando a la gente le dan la posibilidad de desatarse se desata. Sé de lo que hablo. Participé en aquellos actos de repudio y la única disculpa que encuentro eran mis doce años de entonces. Y no me es suficiente. Conocí directamente un par de casos de dirigentes que intentaron irse y los actos de repudio contra ellos fue especialmente enconados y feroces y controlados por lo que a todas luces eran policías vestidos de civil. De una de sus víctimas -secretario general del sindicato los trabajadores civiles de las FAR- se decía en el barrio que había muerto por la golpiza que recibió frente a los ojos de todos, al salir de su casa. Y a los actos de repudio los sucedieron los llamados procesos de depuración revolucionaria que deben considerarse como actos de repudio bajo techo.

En la segunda mitad de los ochenta se reactivaron los actos de repudio, esta vez contra el incipiente movimiento de derechos humanos. Entre sus víctimas favoritas estaban el asaltante al cuartel Moncada Gustavo Arcos Bergnes y Elizardo Sánchez, ambos fundadores del movimiento pro derechos humanos en Cuba. Recuerdo una tarde que en el autobús en que viajaba por la calle Línea se subió un miembro de la Seguridad del Estado para llamar a los pasajeros a participar en el acto de repudio que se celebraba cerca de allí contra quienes intentaban “quitarles las escuelas y los círculos infantiles a nuestros hijos”. Así de sutiles eran.

Luego en los noventa, cuando los coreógrafos del castrismo comprendieron que iba a ser más difícil movilizar a la gente para que asistiera a los actos de repudio, se sacaron de la manga las “brigadas de respuesta rápida” en la que mezclan civiles pastoreados por ellos desde escuelas y centros de trabajo con represores a sueldo. Todo eso forma parte de la obsesión de hacer creer que no es el Estado el que reprime sino el pueblo enardecido, quien actúa por su cuenta mientras que la policía apenas se limita a evitar que este se exceda. No creo que engañen a nadie (aunque la credulidad del prójimo siempre es materia difícil de calcular) pero insisten en crear esa escenificación de la voluntad popular como si de ella dependiera la existencia del sistema.

En ese sentido el hundimiento del remolcador Trece de Marzo en 1994 puede verse como una especie de acto de repudio en alta mar. Así al menos lo explicó Fidel Castro al dar su versión de los hechos: en lugar de impedir el robo del remolcador mientras estaba anclado en la bahía un grupo de trabajadores del puerto decidió por su cuenta interceptar el remolcador fuera del puerto con chorros de agua en lugar de huevazos o pintadasinjuriosas. Que el remolcador se hundiera con cuarenta personas, incluidos once niños, sería un accidente del que solo se puede culpar a sus tripulantes.

Dean Luis Reyes: ¿Cuáles son sus antecedentes en la historia de las revoluciones y en la historia de Cuba?

Enrique Del Risco: Donde quiera que un régimen represivo existe -se pretenda revolucionario o no- siempre hay necesidad de legitimar su violencia como expresión de la voluntad popular. Quizás estos actos de repudio nunca llegaron a una expresión más alta que durante la Revolución Cultural china. Ese fue el eufemismo con que el régimen maoísta lanzó hordas de estudiantes a reprimir cualquier símbolo del pasado capitalista con humillaciones de profesores, intelectuales y demás “representantes de la ideología burguesa” y la destrucción de todo lo que oliera a cultura Occidental en los que se dieron en llamar “sesiones de lucha”.

Pero el uso de la violencia de masas con fines políticos ha sido muy extendido: desde la Kristallnacht (o “Noche de los Cristales Rotos”) contra los judíos en la Alemania nazi hasta los progromos en la Rusia zarista; desde los linchamientos contra los afroamericanos en el Sur de Estados Unidos hasta los de la Revolución Francesa antes de que se instaurara la guillotina. La Revolución Soviética también conoció su propia variante de linchamiento popular llamada samosudy antes de que la Checa se hiciera cargo del control de la sociedad. Y durante la República Española los curas y monjas católicas fueron perseguidos, humillados y asesinados por turbas en lo que fue el preámbulo de la Guerra Civil. Siempre la brutalidad disculpándose como acto espontáneo pero cuando lo analizas a fondo te encuentras intereses políticos concretos instigando a la violencia. Como en el caso de la reciente toma del Capitolio de Washington por turbas de seguidores de Trump.

En Cuba existen dos ilustres antecedentes. Uno de ellos es la famosa Porra que utilizó el gobierno de Machado para reprimir a los estudiantes con una mezcla de policías y delincuentes. Dicha Porra fue complementada por la Porra femenina -con ese sentido tan caballeroso de la represión que reproduce hoy el castrismo- para la que utilizaban prostitutas capitaneadas por la famosa Mango Macho. En la etapa colonial tenemos como antecedente de las Brigadas de Respuesta Rápida al famoso Cuerpo de Voluntarios que se encargó de aterrorizar a los simpatizantes de la independencia en las ciudades mientras las tropas españolas se batían contra los insurrectos en el interior del país. La brutalidad de los voluntarios terminó escapando del control del propio gobierno español y alcanzó su máxima expresión con el asalto al palacio Aldama, los sucesos del teatro Villanueva y sobre todo con el fusilamiento de los estudiantes de medicina, hecho que terminó siendo una vergüenza para el propio gobierno español y que los cubanos no dejaban de recordar cada vez que podían, incluso en tiempos de la colonia.

La novedad de los actos de repudio en la Cuba actual consiste en haber dejado de ser un recurso puntual que aprovecha determinados momentos de efervescencia masiva para convertirse en costumbre ritual, como las celebraciones patrias o las caldosas cederistas. Para subrayar esa dimensión ritual, teatral y coreográfica están esos actos de repudio recientes que incluyen danzas con machetes, grupos musicales o coros escolares. Pero apenas son intentos de sublimar la barbarie, la violencia malamente contenida que recorre estos actos, violencia que el Estado permite que se desate cuando lo estima conveniente.

miércoles, 20 de mayo de 2020

El Directorio Revolucionario o cómo se pierde el juicio de la Historia


Muy poco se repara en que el discurso más famoso de cuantos pronunciara Fidel Castro en 1959, el del 8 de enero, palomas al hombro, estuviera enfilado principalmente contra el Directorio Revolucionario. Que la arenga conocida popularmente por el estribillo con que machacó a la muchedumbre “¿Armas para qué?” estaba destinada a desarmar simbólica y literalmente al Directorio Revolucionario. Aunque no llame al Directorio por su nombre, reduciéndolo a condición de “grupo”. Y a los reclamos del Directorio de ser tenido en cuenta en el diseño de la revolución triunfante los rebaja a mera ambición: “¿Puede algún grupo, por el hecho de que no le hayan dado tres o cuatro ministerios, ensangrentar este país, y perturbar la paz?” se preguntó retóricamente Fidel Castro. El efecto que tuvo el discurso en la percepción pública del Directorio fue tan demoledor que en unos días se vio obligado a entregar sus armas “para quedar como una simple organización política al lado del nuevo proceso de cambios desde una posición secundaria” al decir de Waldo Fernández Cuenca.

Debe hacerse notar que, además de para desarmar a la organización rival, en aquel discurso Fidel Castro sentó las bases del relato oficial al decir que “el Movimiento 26 de Julio era la organización absolutamente mayoritaria, ¿es o no es verdad?  (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”)  Y, ¿cómo terminó la lucha?  Lo voy a decir:  el Ejército Rebelde, que es el nombre de nuestro ejército, del que se inició en la Sierra Maestra, al caerse la tiranía tenía tomado todo Oriente, todo Camagüey, parte de Las Villas, todo Matanzas, La Cabaña, Columbia, la Jefatura de la Policía y Pinar del Río (APLAUSOS)”

Si se lee con atención el fragmento anterior no se trata solo de marginar al Directorio sino incluso de anular la importancia del aparato clandestino urbano del propio Movimiento 26 de julio en favor del Ejército Rebelde, sobre el cual ejercía un control más estricto y directo. No había por qué asumir la defensa incondicional de Fidel Castro del Movimiento 26 de Julio frente a otras organizaciones. La incondicionalidad, nunca fue su fuerte. Su política, a partir de su llegada al poder, se basó en un continuo reajuste en el equilibrio de fuerzas entre las organizaciones en las que se apoyaba, reajustes que buscaban sacar el mayor partido de las fricciones que se producían entre las partes en pugna. Nunca dudó en darle la espalda al M-26-7 cada vez que veía en ello una oportunidad de reforzar su poder. Así ocurrió cuando apoyó la candidatura del comandante del Directorio Rolando Cubelas en las elecciones por la presidencia de la FEU frente al indómito Pedro Luis Boitel, candidato entonces del M-26-7. O cuando apoyó a los líderes sindicales comunistas frente a los prestigiosos sindicalistas del M-26-7 en las elecciones por la jefatura de la CTC.

En aquellos primeros años los miembros del Directorio vieron desplazada su importancia política y simbólica no solo por el triunfante M-26-7 sino también por el PSP que tan poco había hecho en el derrocamiento de la dictadura y al que se le podía recordar su apoyo a Batista en la década del 40. Verse desplazados por los que consideraba poco menos que burócratas de la revolución debió ser duro para su orgullo forjado en la acción. En el retrato de conjunto de la Revolución Cubana el Movimiento 26 de julio, representado por sus guerrillas rurales tenían la primacía de la acción, el PSP la ideológica y el Directorio quedaba desplazado a una condición de escenográfica. Si acaso el Directorio quedó como Polonia el tratado de Postdam cuando debió ceder territorios del este a la URSS para recibir a cambio la Silesia de la derrotada Alemania: a cambio de ceder en todo lo demás al Directorio le dejaban el monopolio simbólico del ataque a Palacio y le permitían convertir póstumamente a todos sus mártires -incluso los que militaban en la Organización Auténtica- en miembros del Directorio. Eso y la ubicación de sus miembros en importantes cargos en el gobierno o el ejército.

Se pensaría que al anunciar el carácter socialista de la revolución en abril de 1961 los comunistas del PSP se convertirían en favoritos de Castro. Sospecha confirmada con la creación en julio de ese mismo año las Organizaciones Revolucionarias Integradas llamadas a unir las fuerzas del M-26-7, el PSP y el DR y la amplia representación de los comunistas en su secretariado. Y sin embargo a menos de un año de la creación de las ORI, en marzo del siguiente año Fidel Castro aprovecharía una torpe censura de la invocación a Dios que había hecho José Antonio Echeverría en su testamento político para defenestrar al líder comunista Aníbal Escalante bajo la acusación de “sectarismo” y disolver las ORI. Lo que muchos verían un acto de justicia y una advertencia contra los extremismos políticos sería el modus operandi de Fidel Castro durante toda su vida política: fomentar la competencia y las fricciones entre las diferentes fuerzas que sustentaban su poder, desentenderse de ellas un rato para luego reaparecer como el árbitro que le devolvía el equilibrio a una situación que se había salido de cauce. Por un tiempo la parte aparentemente ganadora en la discordia asumía que le serían restituidos sus poderes confiscados para luego comprender que el máximo beneficiario de la situación había sido el supuesto árbitro.

No obstante, pese a la aparente corrección de los abusos del PSP con la denuncia del “sectarismo miserable” de los dirigentes comunistas el Directorio volvió a quedar relegado como fuerza dirigente. Tras la disolución de las ORI y la creación del  Partido Unido de la Revolución Socialista en marzo de 1962 su secretariado de seis integrantes no incluía a ningún miembro del Directorio y sí al secretario general del PSP, Blas Roca. Y de los 23 miembros de la Dirección Nacional del PURSC 13 provenían del Movimiento 26 de Julio, 10 del PSP y solo dos del Directorio.


Con  el juicio seguido en marzo de 1964 a Marcos Rodríguez, supuesto delator de cuatro dirigentes del DR masacrados en abril de 1957, el Directorio creyó ver una oportunidad de recuperar algo del terreno perdido. Unos meses antes había estallado un intenso debate entre el zar de la cinematografía cubana y Blas Roca, secretario general del PSP sobre qué tipo de películas debían ver los cubanos y en esa ocasión el Arbitro en Jefe falló en contra de Blas Roca y a favor de la posición menos ortodoxa sostenida por Alfredo Guevara. Este hecho quizás hizo pensar a los miembros del Directorio que el PSP andaba de capa caída en la estima del árbitro y que era momento de actuar.

En el juicio a “Marquitos” los miembros del Directorio insistieron, de modo discreto pero diáfano, por una parte en la militancia comunista del acusado y por otro en que las motivaciones que lo llevaron a la delación no eran personales sino políticas. Y tal como presentaron los hechos debía concluirse que el hecho de que Marcos Rodríguez no fuera juzgado antes se debió a la presión de los jerarcas del PSP implicando que estos aprobaban o incluso instigaron la delación que se le imputaba al acusado. Faure Chomón, líder del disuelto Directorio y a la sazón ministro de Transporte, subrayó que Marcos Rodríguez debía ser juzgado, además de por la ley vigente “por el tribunal de la Historia”. La razón por la que apelaba a tan alto tribunal era porque veía en el acusado “un fruto amargo del sectarismo” en alusión al período en el que “se situaron los viejos militantes del PSP en todos los puestos claves de la Revolución”. Chomón terminaba su declaración con este reclamo: “juzguemos a Marcos Rodríguez que en él también vamos a juzgar, a sepultar el sectarismo”.



Si a los antiguos miembros del Directorio les hacía ilusión el veredicto de la Historia la intervención de Fidel Castro como máximo representante de dicha instancia anuló tales pretensiones. Primero al advertir que era innecesario determinar si el acusado “era o no miembro del Partido Socialista” pues “si nosotros le damos importancia a eso es porque somos sectarios”. En el interrogatorio al acusado el interés de Castro estuvo centrado en establecer que Marcos había actuado por cuenta propia y que sus motivaciones al delatar a los líderes del Directorio eran estrictamente personales. Pero más importante aún en su deposición fue enunciar la razón por la que los antiguos miembros del Directorio debían renunciar a implicar al PSP en la delación de “Marquitos”. Tal argumento quedaba resumido en la frase “hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos” que traducido al lenguaje político significaba que vería en cualquier ataque contra el PSP una traición a la causa y por tanto al principal representante del tribunal de la Historia en la isla: esto es, él mismo. El argumento era una invitación al silencio y eso hicieron desde entonces: silencio.

Hasta allí llegó el penúltimo intento serio del Directorio de mejorar su posición en el escalafón de la Revolución Cubana. El último fue hace apenas una década, ante la publicación de una vieja carta del Árbitro en Jefe, tildando al Directorio de “grupito” ambicioso, soberbio y presumido. Alguna compensación recibieron, espiritual y en especie.  

domingo, 17 de mayo de 2020

El Directorio Revolucionario: una historia personal



El pasado 13 de marzo, al cumplirse el 63 aniversario del asalto al Palacio Presidencial, la periodista Arleen Rodríguez Derivet según el historiador Julio César Guanche “manifestó que el asalto al Palacio Presidencial era una ‘traición’ a la Carta de México (1956), firmada en 1956 entre José Antonio Echeverría, a nombre de la FEU, y Fidel Castro, en representación del MR-26-7”. Durante la intensa discusión se llegó al consenso de que la periodista no había pronunciado la palabra traición sino que declaró que dicho asalto “iba contra los acuerdos de la carta de México”. Una polémica todo lo encendida que puede ser entre castristas ortodoxos y heterodoxos. Porque de debate teológico debemos hablar cuando los hechos son asunto sentimental que resultan buenos o malos en la medida en se acercan o se alejan de la voluntad de algún Ser Supremo (llámese este Dios, Sentido de la Historia, Revolución o el Gran Líder de que se trate). Y en ese sentido la propagandista Arleen Rodríguez Derivet anda más cerca de la Verdad aunque de alguna manera traicionara el consenso político que es la actual versión oficial de la llamada Revolución Cubana.

Dicho consenso dicta que dicha revolución fue resultado de la acción de tres organizaciones: el Movimiento 26 de julio, el Partido Socialista Popular y el Directorio Revolucionario 13 de marzo encabezado por la primera de estas bajo el liderazgo universalmente aceptado de Fidel Castro. Un consenso creado para encubrir y a la larga hacer olvidar por un lado las diferencias políticas, tácticas y estratégicas de estas tres organizaciones, los recelos y zancadillas que se tendieron a lo largo del proceso revolucionario y por otro excluir del relato oficial otras fuerzas participantes en la insurrección contra Batista como lo fueron la Organización Auténtica alentada y financiada por el ex presidente Carlos Prío o el llamado Segundo Frente del Escambray. 

Excluir a Carlos Prío del gran retrato de la Revolución Cubana era relativamente fácil si se tiene en cuenta que pasó prácticamente toda la etapa insurreccional en el exilio de Miami (como mismo la mayoría de los jerarcas del PSP lo pasarían en México, apuntaría alguno). El objetivo de esta exclusión era romper todo vínculo de la Revolución Cubana con la república anterior. Prío era, según la versión oficial, un corrupto, cómplice del golpe que lo derrocó, y por tanto no podía tener que ver con la impoluta Revolución. Algo más difícil excluir de la crónica roja de la Revolución eventos como el asalto al cuartel Goicuría o el desembarco y posterior masacre de los expedicionarios del Corinthia, ambos -asaltantes y expedicionarios- bajo las órdenes y el financiamiento de Prío. O el detalle de que buena parte de los asaltantes del Palacio Presidencial no eran miembros del Directorio sino de las Organización Auténtica. O que Fidel Castro compró el Granma con 50 000 dólares regalados por Prío.

Cuando anuncié en la facultad de Historia que haría mi tesis de grado sobre el Directorio allá por 1989 varios me desaconsejaron que lo hiciera. Era un tema complicado. Siendo un grupo que, aunque con méritos reconocidos, había sido progresivamente marginado de la historia oficial hacia un papel secundario, podía complicarme la obtención del diploma. Fue poco lo que descubrí en términos historiográficos pero era tan ortopédica la versión de la historia oficial que cualquier detalle adicional que intentara añadir podía ser escandaloso. Detalles que los historiadores oficialistas conocían de sobra pero que ignoraban a sabiendas para imponer su versión que -todavía- reza así: El Directorio Revolucionario “era el órgano de militancia de la casi totalidad de los estudiantes revolucionarios en la Universidad de La Habana y otros centros de estudio” y “heredero de la experiencia combativa de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en su lucha contra Machado, y nueva expresión, cualitativamente superior, del Directorio Estudiantil Universitario surgido en 1927 y reconstituido en 1930”. Lo cierto que ni todos los estudiantes revolucionarios se integraron al DR ni todos los miembros fundadores ni los que se fueron incorporando después eran estudiantes. Hay que tener en cuenta por una parte que la FEU no era entonces una organización de masas sino el conjunto de presidentes de Asociaciones de estudiantes de las diferentes facultades de la universidad que eran quienes decidían quien sería el presidente de la federación. Y por otra parte el control de la universidad había sido durante décadas disputado por diferentes grupos tanto políticos como armados. Todo eso explica que tras la muerte de José Antonio Echeverría siendo presidente de la FEU y de Fructuoso Rodríguez, vicepresidente,  hubiese largas disputas sobre si la sucesión legítima correspondía o no a un miembro del Directorio.

El leir motif de la unidad

En un mundo ideal donde todos los revolucionarios debían reconocer de inmediato el liderazgo de Fidel Castro nunca debió existir el Directorio. Pero el hecho era que el asalto a Palacio se había convertido en una de las acciones insurreccionales más audaces pero no necesariamente insensatas que se hubieran concebido en la historia cubana. Y el hecho cierto es que el asalto ocurrió y la organización que se menciona en la alocución de Echeverría que todavía se retrasmite por la radio cada 13 de marzo el Directorio y no el 26 de julio. Y que incluso hasta después de 1959 el Directorio había insistido en defender su independencia como organización. De manera que el plan B de los historiadores oficiales era reconocer su existencia pero al mismo tiempo insistir en que una vez fracasado el asalto los miembros del Directorio habían aceptado si no el liderazgo de Fidel Castro al menos su superioridad estratégica. “El Directorio […] en una manifestación más de similitud con la estrategia elaborada por Fidel, asumiría también entonces la concepción de una guerra a largo plazo, del campo hacia la ciudad con ámbito en las montañas” decía Mario Mencía, historiador de cabecera de Fidel Castro, en una serie de artículos dedicados a conmemorar el veinte aniversario del ataque a Palacio.  Para ello se basaba en que el Directorio había creado un enclave guerrillero en las montañas de Las Villas en febrero de 1958 ignorando a sabiendas que la mayor parte de las armas desembarcadas en aquella expedición terminaron siendo enviadas a La Habana. Pero optaba por ignorar muchas cosas más. Ignoraba incluso que la propia lucha guerrillera en la Sierra Maestra había sido el plan B cuyo plan original contemplaba el desembarco simultáneo del Granma y el alzamiento de Santiago de Cuba dirigido por Frank País a lo que supuestamente seguiría una insurrección generalizada en el país y un llamado a la huelga general.

Mario Mencía, envalentonado en su condición de primo historiador assoluto llegó a afirmar en su serie de artículos que el “73% de los integrantes ese comando [se refería a los atacantes de Palacio] eran trabajadores”. De esta manera insinuaba, muy a tono con la historia oficial de la época que, luego de sus inicios estudiantiles, el Directorio se había proletarizado. Cierto es que desde su fundación había tenido en cuenta al movimiento obrero cubano pero lo que estaba detrás de esa supuesta proletarización del Directorio de que hablaba mencía era su alianza con la Organización Auténtica dirigida por Menelao Mora y financiada por Carlos Prío. Cuando Mencía dice en su artículo que antes del asalto el Directorio había establecido relaciones con “determinados grupos de trabajadores revolucionarios” está disimulando la alianza entre el Directorio y la Organización Auténtica dirigida por Menelao Mora y financiada por Prío. Era su manera de no desmentir la afirmación de Faure Chomón que lista entre los principios del Directorio no aceptar “en la organización a nadie que mantenga compromisos con Carlos Prío” y de paso elevar el perfil proletario del comando asaltante.

Hubo no obstante en el artículo de Mencía varias incongruencias. Si el Directorio era una organización estudiantil y el asalto a Palacio estuvo a cargo del Directorio ¿cómo era posible, como él mismo menciona, que de los 52 asaltantes solo once fueran estudiantes? Tampoco se explica cómo en un momento el Directorio envía “los únicos cuatro fusiles M1-que Menelao Mora le ha facilitado- a Frank País en un ejemplar gesto de solidaridad revolucionaria” y tiempo después tuvieran “unas 220 armas largas” para el asalto a Palacio. Ambas incongruencias se explicarían con solo mencionar la presencia decisiva en el asalto de hombres y recursos de la innombrable Organización Auténtica. O con el detalle de que el asalto a Palacio era un viejo sueño de dicha organización, sueño que el Directorio había acogido como propio dándole su crédito político mientras los seguidores de Menelao Mora corrían a cargo de la parte militar. De ahí que la mayoría de la plana mayor del Directorio participara en la acción con mayor proyección política, el asalto a Radio Reloj. Y que en el texto completo de la alocución que debía leer JoséAntonio Echeverría se refiriera a “los hombres del DIRECTORIO REVOLUCIONARIO, capitaneados por Faure Chomon” cuando el propio Chomón siempre reconoció que el jefe del comando militar era Carlos Gutiérrez Menoyo y él solo su segundo al mando.

Buena parte de la investigación para mi tesis consistió en ir escarbando la costra de falsedades y medias verdades que cubrían la historia del Directorio hasta reconstruir un relato lo más veraz que pude con la información que logré conseguir. Muy poco que no supieran los miembros del Directorio que todavía vivían en aquellos años pero que preferían callar cuando los iba a entrevistar. O que no apareciera en cualquier estudio más o menos serio publicado en el exilio pero a los que no tenía acceso.

Lo novedoso que ofrecía mi tesis, además de desentrañar la madeja entre la FEU y el Directorio, fueron un par de cartas que descubrí entre otros papeles sin importancia en el Instituto de Historia, para entonces ya ocupados por un batallón de historiadores de las FAR. Eran cartas de finales de 1958 de Faure Chomón a dos de sus subalternos en el movimiento clandestino de la capital. En ambas insistía en que no se dejaran confundir, que aunque el Directorio conservara fuerzas en el Escambray la estrategia de la organización seguía siendo “golpear arriba” o lo que es lo mismo, en el lenguaje de la organización, ejecutar un atentado contra Batista. Y tenía su lógica. Tanto por la estructura y la fuerza de la organización en esos momentos la única manera en que podría adelantársele al Ejército Rebelde castrista y derrocar a la dictadura era mediante un atentado. Y era precisamente ese tema el que quería evitarse a toda costa: el de los recelos y las luchas por el poder entre dos organizaciones que luego se fundirían en la siguiente década bajo el mando unificado de Fidel Castro. Y es que la fuente de esos recelos no era meramente táctica o estratégica. Algunos de los integrantes del Directorio conocían de primera mano a Fidel Castro cuando era parte de una de las organizaciones del gangsteriles que habían asolado la universidad en la década anterior y guardaban sana desconfianza sobre sus intenciones en caso de que llegara al poder.   

Todavía faltaban dos décadas para que el propio Fidel Castro, ya muy disminuido mentalmente, decidiera publicar su papelería correspondiente a los últimos cinco meses de la insurrección contra Batista. En ese libro abandonó sus cautelas anteriores e incluyó una carta del 26 de diciembre de 1958 al Che Guevara en la que lo reprendía duramente por haber firmado semanas atrás el pacto de El Pedrero donde se sancionaba la cooperación entre sus fuerzas y las del Directorio:  

“Considero que estás cometiendo un grave error político al compartir tu autoridad, tu prestigio y tu fuerza con el Directorio Revolucionario. La guerra está ganada, el enemigo se desploma estrepitosamente, en Oriente tenemos encerrados diez mil soldados. Los de Camagüey no tienen escapatoria. Todo eso [es] consecuencia de una sola cosa: nuestro esfuerzo. No tiene sentido aupar [a] un grupito cuyas intenciones y cuyas ambiciones conocemos sobradamente, y que en el futuro serán fuente de problemas y dificultades. Tan soberbios y presumidos son, que ni siquiera han acatado tu jefatura, ni la mía, pretenden erigir una fuerza militar autónoma y particular que no podremos tolerar de ninguna forma. Quieren en cambio compartir los frutos de nuestras victorias para robustecer su minúsculo aparato revolucionario y presentarse el día de mañana con toda clase de pretensiones. Es necesario que consideres este aspecto político de la lucha en Las Villas como cuestión fundamental”

Ese fragmento provocó quejas por parte de antiguos miembros del Directorio que solo se acallaron tras varios gestosoficiales, incluida la entrega de automóviles rusos a los agraviados. Pero desde la publicación de dicha carta ya no ha podido repetirse el cuento de hadas de la unidad revolucionaria y hasta las versiones más domesticadas deben lidiar con ella y aceptar que “Ni la Carta de México, ni el Pacto del Pedrero lograron, a pesar de los puntos de coincidencia, la unidad orgánica”.

Pero para cuando finalicé mi tesis en 1990 demostrar documentalmente que al menos hasta diciembre de 1958 el Directorio se consideraba a sí mismo como una organización independiente sin servidumbres tácticas y estratégicas a Fidel Castro no era poca cosa. Durante la defensa de mi tesis pude compartir mis impresionantes hallazgos investigativos con mi tutora, los lectores de mi investigación, mis familiares, la novia de entonces y los fieles amigos que no suelen perderse ciertos momentos importantes de la vida de uno por poco que se enteren de lo que está pasando.

Al año siguiente mi tutora me pidió que me presentara en uno de aquellos eventos rituales sobre la lucha insurreccional que reunía a una mezcla de ex combatientes clandestinos, militares e historiadores especializados en el tema, un evento que precisamente se realizaba en la facultad en que me acababa de graduar. Los rituales detestan las alteraciones. Yo me limité a leer las conclusiones de mi tesis que, como dije antes insistían en un detalle tan obvio como que el Directorio había sido una organización con vida propia. A pesar de la obviedad desde el público se levantó indignado el mismísimo primo historiador assoluto, el gran Mario Mencía, a increparme. ¿Cómo me atrevía a decir que después del asalto a Palacio el Directorio seguía insistiendo en “golpear arriba”? Me tachó de ignorante e inmaduro, el tipo de acusaciones que a mis veintidós años de entonces estaban perfectamente justificadas y por eso mismo me indignaban más. La tutora, sentada al lado mío me tomó una mano diciéndome: “tranquilo Enrique, tú tienes las cartas”. Como si se tratara de un juego de poker y tuviera en la mano los cuatro aces. Y en efecto, bastó con que leyera un par de párrafos para demostrar mi punto y silenciar a Mencía el resto de la jornada. Más significativa aún fue la reacción del público que me ovacionó con un entusiasmo más propio de película de Hollywood en la que el protagonista es absuelto en juicio por asesinato que de un evento anual sobre la lucha insurreccional en La Habana. Y claro, aquellos señores veteranos tanto del Directorio como del Movimiento 26 de julio más que aplaudir por mí aplaudían en contra de Mencía que en aquella sala era el máximo representante de la versión oficial de la historia. Una versión nacida de un pacto político en el cual todos ellos habían sido ninguneados a mayor gloria del que era en realidad el primo historiador assoluto. Pero como les resultaba impensable cuestionarse el papel en todo ese asunto del Historiador en Jefe era bastante más fácil alegrarse de que por esa vez el pelele encargado de repetir lo insignificantes que habían sido sus heroísmos pasados quedara en evidencia.

Pero a lo que íbamos al principio. Hablar de traición del Directorio a Fidel Castro es demasiado decir cuando nos referimos a alguien para el que la palabra “lealtad” estaba ausente de su vocabulario. Pero si a lo que se refiere Arleen Rodríguez Derivet era a la opinión que el Directorio Revolucionario le merecía al Comandante hay que concederle a la periodista que este siempre detestó la competencia.

[Continuará]

lunes, 23 de diciembre de 2019

Gusanos, mercenarios, bandidos, escorias


Por Enrique Del Risco

La Historia no la escriben necesariamente los vencedores. La Historia suelen escribirla historiadores que sí, con frecuencia están a sueldo de los vencedores que son los que quedan en mejores condiciones para subvencionar a los historiadores después de cada contienda. Pero incluso cuando la Historia no la escriban los vencedores debemos tener en cuenta que la Historia como tal no está compuesta de hechos sino de palabras. Compuesta por un lenguaje que refleja otra guerra, la guerra de insultos, invectivas, descalificaciones que precede y acompaña a las acciones físicas. Una guerra en la que —y en eso Goebbels, el ministro de propaganda nazi, lo tenía claro— no ganan necesariamente la inteligencia y la racionalidad sino la repetición y el volumen.

La entronización en Cuba a partir de 1959 de un régimen político totalitario impuso reglas de juego más a tono con los preceptos de Goebbels. Ya no se trataba de la propaganda elaborada por un gobierno o por la prensa afín para difamar a sus opositores. A partir de entonces se erigió un sistema que no solo controlaba por completo la esfera política sino también los medios de difusión masiva, la publicidad, las casas editoriales, el sistema educativo un complejo y ubicuo entramado de organizaciones de masas para imponer la ideología y voluntad política de su líder. Cada vez que Fidel Castro comparecía ante las cámaras de televisión para pronunciar sus maratónicos discursos —que en la década del sesenta alcanzó una frecuencia semanal— sus palabras eran transmitidas por todos los canales de televisión existentes y por todas las emisoras nacionales de radio. Pero no solo eso: en los días siguientes sus palabras eran reproducidas literalmente por toda la prensa escrita y luego “discutidas” —esto es repetidas, machacadas y digeridas— en multitud de “círculos de estudio” cual si de textos bíblicos se trataran. Y más allá de esto sus principales frases eran repetidas en vallas por todo el país, en los actos matutinos de las escuelas o en los textos oficiales por los que estudiaban niños y adultos. O luego servían de exergo a los libros académicos para justificar la visión del autor que las más de las veces era la del poder que lo autorizaba a existir como tal.

Pero no pretendo decir que esos discursos que se agolpaban en la prensa nacional conformaban la mentalidad de los cubanos a su imagen y semejanza. Después de todo muchas veces los nuevos discursos negaban lo que se había dicho en los anteriores. Más importante que la difusión de las ideas del líder fue la deformación del vocabulario cubano hasta incapacitarlo para dar cuenta de su propia realidad. La escritora Masha Gessen al estudiar el caso soviético afirma que “la capacidad de dar sentido a la propia existencia en el mundo es propia de la libertad” y que “el régimen soviético despojó a las personas no solo de la aptitud para vivir en libertad, sino también de la capacidad para comprender cabalmente de qué se les había despojado y cómo había ocurrido esto”. Así el régimen buscaba “aniquilar la memoria personal y la memoria histórica tanto como el análisis académico de la sociedad” y su sistemática labor de propaganda fue de hecho un ataque a “la humanidad de la sociedad rusa, que perdió las herramientas e incluso el lenguaje para entenderse” (Gessen.15) De eso precisamente quiero hablar en esta ponencia: del lenguaje del castrismo. Porque no se trata solo de que la sociedad cubana haya perdido las palabras para explicarse a sí misma sino que estas han sido sustituidas por un léxico ideado para hacer más profunda tal incomprensión.

El lingüista judío alemán Victor Klemperer apuntaba en su estudio de La lengua del Tercer Reich que en el esfuerzo propagandístico de los nazis “el efecto más potente no lo conseguían ni los discursos, ni los artículos, ni las octavillas, ni los carteles” ni nada “que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento conscientes”. De acuerdo con Klemperer el “nazismo se introducía más bien en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” (Klemperer.31). Klemperer, lingüista al fin, estaba convencido de que “el lenguaje no solo crea y piensa por mí sino que guía a la vez mis emociones”. Y lo decía ante la evidencia de que incluso la caída del Tercer Reich no había conseguido llevarse consigo el lenguaje que creó sino que este persistía incluso entre quienes desde una ideología contraria intentaban describirlo.

Si observamos el caso cubano debemos reconocer el triunfo casi total de la neolegua totalitaria. El léxico impuesto desde el poder ha sido adoptado no solo por su sistema de propaganda o por sus repetidores dentro o fuera de la isla sino por el cubano de a pie, por los cubanos cultos, por los exiliados, por los académicos de adentro o afuera, por castristas o anticastristas. Las expresiones usadas para definir el régimen cubano “Revolución Cubana”, “Cuba socialista” son las escogidas por él mismo; su peor crisis no conoce otra denominación que la de “Período Especial”; a la disidencia que se produjo dentro del seno del Partido Comunista a finales de los sesenta la llaman por el despectivo epíteto de “microfracción” y a la destrucción de los remanentes de pequeña empresa y el trabajo por cuenta propia en 1968 se le conoce como “Ofensiva Revolucionaria”; y al repunte ideológico y represivo alentado por el apoyo chavista y la campaña alrededor del balserito Elián González se insiste en llamarle “Batalla de las Ideas”. Cualquier intento por describir lo que ha pasado en la isla en las últimas décadas con mayor apego al fenómeno en sí y menos al vocabulario que ha producido es visto como tendencioso, extremista, poco objetivo. La lengua del castrismo ha demostrado ser, en fin, su baluarte más firme. De tan ubicua y aceptada que es se ha vuelto invisible incluso para sus propios detractores.

Uno de los casos en los que la lengua del castrismo ha mostrado su eficacia es en nombrar a sus enemigos. En su intento de negarles agencia, dignidad, voluntad propia y, llegado el caso, hasta su propia humanidad. En ese sentido la palabra “gusano” fue y sigue siendo un hallazgo ejemplar. Aparecida en el apogeo de la instauración del régimen totalitario y cuando este encontraba una mayor resistencia interna, el término imitaba “la visión apocalíptica nazi” en la que al decir de un estudioso los judíos “putativos enemigos de la civilización […] eran representados como organismos parásitos —como sanguijuelas, parásitos, piojos, bacterias o vectores de contagio” (Smith.15). El propio Hitler había proclamado en su Mein Kampfque “El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez” (Hitler.185-186).

El primer discurso donde Fidel Castro menciona la palabra “gusano” corresponde al del día 2 de enero de 1961. Allí la repite nada menos que 23 veces. Su estrategia para entronizarla se hace evidente. Empeñado en representar el papel de David frente al Goliath norteamericano Castro debe reconocer no obstante la existencia de una resistencia interna pero insistiendo en su total dependencia del enemigo externo. “Ese enemigo poderoso —dice Castro— ha sido el encargado de “revolver la gusanera” aquí en nuestro país […]  Y los gusanos se han removido, los gusanos se han agitado”. La resistencia interna no sería una reacción de descontento ante el régimen sino el rezago de un pasado putrefacto porque “los gusanos no pueden vivir sino de la pudrición […] no podían vivir ni hacer de instrumentos del imperialismo, como no fuese en el mundo y en el medio corrompido en que vivía nuestro pueblo antes del día luminoso del 1ro de enero de 1959” (Castro. 2 de enero, 1961). Y si yo hablaba antes de un hallazgo es porque “gusano” al tiempo que difama al contrario retiene una suerte de desparpajo popular. Gracias a eso consigue entrar en el vocabulario corriente como una disyuntiva frente a la que cada cubano debía definirse. Una disyuntiva que se resume en este diálogo de la película Memorias del subdesarrollo: “Tú no eres revolucionario ni “gusano”. “¿Entonces qué soy?”. “Nada, tú no eres nada”. 
Fotograma de "Memorias del subdesrrollo"

Con el epíteto “gusano” se busca, además, reducir la complejidad de la oposición al castrismo —desde el latifundista hasta el revolucionario frustrado— a una imagen elemental y única. Según Klemperer el principio en que se basaban los insultos nazis era este: ¡Que tus oyentes no se planteen un pensamiento crítico, trátalo todo de manera simplista! Si hablaras de varios adversarios, alguien podría pensar que tú, el aislado, tal vez no tuvieras razón… Así pues, redúcelos a un común denominador, ponlos todos juntos en un paréntesis, establece un rasgo común entre ellos” (Klemperer.254) 

Cartel reciente contra la bloguera Yoani Sanchez
Tal fue la naturalización del vocablo “gusano” que en mi primer día en una universidad norteamericana, hace ya veinte años, al presentarme como cubano que vivía acá un estudiante latinoamericano me preguntó “Pero tú, ¿eres cubano o gusano?” Así, con el mismo aire curioso que si me preguntara si era de La Habana o de Santiago de Cuba. O para que el año pasado en un congreso español sobre cine histórico una ponente de la Universidad de Cádiz, precisamente al explicar otra película de Tomás Gutiérrez Alea, (Las doce sillas) dijera que “Esta obra se hace eco de las primeras medidas llevadas a cabo por los revolucionarios como las expropiaciones y sus consecuencias que cristalizaron en el éxodo masivo de amplios sectores de la oligarquía y burguesía cubanas a Miami que, desde aquella época y siempre, se les apodó de gusanos para significar su esencia corrupta y servil” (Pérez Murillo.617).

Pero con tal epíteto no se buscaba únicamente significar la “esencia corrupta y servil” de los así llamados “gusanos” sino también justificar su exterminio. Elías Canetti explica en su famoso libro Masa y poder que con la animalización del contrario el “detentador del poder además que degrada a los hombres hasta convertirlos en animales […] degrada a nivel de alimaña todo lo que no es apropiado para ser dominado, y finalmente lo extermina por millones” (Canetti.382). No sorprende que en un discurso Fidel Castro admita que “a los que no podamos convencer ni persuadir ni neutralizar, a los que nos combatan, a los que nos hagan la guerra sencillamente [deberemos] hacerles la guerra […] a los contrarrevolucionarios activos, como parásitos que son […] como gusanos que son […] como servidores del imperialismo que son [debemos] exterminarlos” (Castro.13 de marzo,1961).

No fue “gusanos” la única designación utilizada por el castrismo contra sus adversarios. Otra que ha tenido empleo extenso es la de “mercenario”, asociada desde 1961 a los miembros de la brigada 2506 derrotada en Playa Girón. Incluso antes que desembarcaran a lo largo de la bahía de Cochinos ya Fidel Castro había desarmado a los futuros invasores de cualquier objetivo autónomo llamándolos “mercenarios”. En un discurso del 4 de marzo de 1961, cuando todavía faltaba más de un mes para la proyectada invasión Castro repite 21 veces el vocablo. Como para asegurarse que penetrara en el léxico de su sistema de propaganda y a su vez en el de toda la nación. 

Y así fue. De la eficacia del vocablo da cuenta la manera en que se entronizó en el habla coloquial cubana. Al punto que en la conocida canción “Memorias” de un cantautor “contestatario” como Carlos Varela al tiempo que evoca la censura contra “los discos de los Beatles” añade, con aire alegre que “cambiamos mercenarios por compotas/ cuando Playa Girón” (Varela). El régimen consideró este término lo suficientemente eficaz como para que entrado el siglo XXI, ante la aparición de una nueva hornada de disidentes, volviera a endilgárselo como si una nueva invasión se tratara. Si esta vez el término no ha calado en el habla popular al menos justifica la insistencia de la prensa oficial en cuestionar las fuentes de financiamiento de los disidentes y presiona a estos a que den explicaciones sobre su financiamiento.

También está el caso de la expresión “bandidos del Escambray”, usada para calificar a las guerrillas rurales que enfrentaban al régimen cubano en los años sesenta. Fue una frase que al mismo tiempo cuestionaba la catadura moral de los rebeldes y reducía a fenómeno local lo que fue —en su momento de mayor actividad— una serie de levantamientos guerrilleros que abarcó todas las provincias del país. Aunque Fidel Castro hablara profusamente de “bandas contrarrevolucionarias” curiosamente el término “bandidos” fue poco usado por este para referirse a los que se rebelaban contra su régimen. Pero es obvio que el sistema de propaganda fue instruido al detalle de cómo debía manejarse ante ese fenómeno. De manera que la represión contra estas guerrillas campesinas fue conocida como Lucha Contra Bandidos y el esfuerzo por exterminarlas fue oficialmente bautizado como la “Limpia del Escambray”. Tal manipulación lingüística ha sido lo bastante exitosa como para que rara vez se use el término “guerrillas” para referirse a esta forma de resistencia ni siquiera entre los historiadores del exilio. En su afán de exterminarlos el régimen estaba consciente que el cerco y el aislamiento físico al que sometió a estos combatientes no estaría completo sin el correspondiente acoso lingüístico.

La imaginación mostrada por el régimen castrista para destruir a sus contrarios ha sido demasiado profusa para no pretender siquiera resumirla en esta ponencia. Sin embargo, no quisiera cerrar este recuento sin referirme a otro epíteto que marcó época en la Historia cubana. Me refiero a “escoria”. Su uso se circunscribe especialmente al año 1980 y a los sucesos que desembocaron en la crisis de la embajada del Perú en el que casi 11 mil personas buscaron refugio en la sede diplomática peruana en La Habana y al posterior éxodo por el puerto del Mariel de más de 125 mil cubanos hacia los Estados Unidos. Una palabra hasta entonces extraña al habla cubana aparecía indisociable de aquellos sucesos. 
 No fue Fidel Castro el primero en pronunciarla. Al menos no en sus discursos. La menciona el 1ro de mayo de ese año cuando la crisis llevaba un mes de iniciada y ya era el término oficial usado por la prensa para aludir a los que intentaban escapar. En esta ocasión, al parecer, el régimen prefirió que dicha palabra pareciera surgir del propio pueblo, un clamor popular que era en realidad el muñeco del ventrílocuo. Hasta donde he podido investigar la primera mención que aparece en el órgano oficial del partido Comunista de Cuba, el diario Granma, es el 7 de abril, a una semana exacta de la entrada en la embajada de los primeros solicitantes de asilo en un editorial titulado “La posición de Cuba”. El objetivo de este es presentar a los refugiados como antisociales (haciendo énfasis especialmente en la condición homosexual de “no pocos de ellos”), seres que no merecían ser protegidos por ninguna ley de asilo político. Dice el editorial:

Como dijo Fidel en la clausura del último Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas, la histórica empresa de hacer una revolución y construir el socialismo es absolutamente voluntaria y libre. Aunque en nuestro país no se persigue ni hostiga a los homosexuales, entre los que se alojaron en el patio de la embajada peruana había no pocos de ellos, amén de aficionados al juego y a las drogas que no encuentran aquí fácil oportunidad para sus vicios (“La posición de Cuba”)

Luego el editorial exhibe sus dotes telepáticas: “Nuestro pueblo trabajador piensa unánimemente: “¡Que se vayan los vagos! ¡Que se vayan los antisociales! ¡Que se vayan los lumpens! ¡Que se vayan los delincuentes! ¡Que se vaya la escoria!” (“La posición de Cuba”). Difícil suponer que tal palabra apareciera espontáneamente en boca del pueblo. Sobre todo si se piensa que este ya disponía de otros términos como el de “gusano” que también se usó profusamente en aquellos días. Pero el régimen tenía buenas razones para poner a circular otro apelativo. Si se atiende a la lógica con la que se presentó la palabra “gusano” su recuperación dos décadas resultaba embarazosa para el régimen. ¿Acaso los gusanos no anidaban en la podredumbre? Llamarles gusanos en 1980 equivalía a reconocer que la llamada revolución producía su propia putrefacción. De ahí que el término “escoria” pareciera más apropiado. El residuo que sobrenada en los hornos al fundir los metales parecerá demasiado rebuscado como invención popular pero conveniente para presentar a los refugiados como el deshecho de la forja de una nueva sociedad. Esa era la imagen que trataba de ofrecer de sí mismo un régimen que quería convertir la fuga masiva de sus ciudadanos en expulsión de desechos. No por gusto un artículo que publicara en aquellos días el entonces viceministro de relaciones exteriores cubano Ricardo Alarcón se titulaba “El acero y la escoria” (Alarcón). 

“Escoria” fue el epíteto obligatorio para definir a aquellos que escaparon en el ochenta. Tanto como para que en la prensa cubana aparecieran titulares como este: “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos” (Armendariz.6). Todavía hoy se asocia automáticamente aquel éxodo a la palabra “escoria”. El escritor Juan Abreu, miembro insigne de aquella generación, recuerda cómo en Barcelona, al mencionar el año de su partida un joven recién salido de Cuba le comentó: “Así que tú eras parte de la escoria”. Abreu aclara que “la palabra fue pronunciada a la ligera, sin intención peyorativa. Todo lo contrario, sonó como una burla a la forma en que el régimen cubano calificó a los ‘marielitos’” (Abreu.10). Y sin embargo Abreu no deja de traslucir una incomodidad que resuelve invocando a algunos —hoy muertos ilustres— que en aquellos días llamaban “escoria”. En primer lugar a Reinaldo Arenas “esa escoria cubana” de quien Abreu se precia de “haber sido amigo”. Arenas le basta a Abreu para reconciliarlo con su “país, que lo dio a él, en una época llena de cobardes, delatores, oportunistas y canallas” (11). Y Abreu también piensa en otros escritores como Roberto Valero, Guillermo Rosales o en el artista Carlos Alfonzo. Y al invocar aquella noche a sus muertos Abreu confiesa: “Volví a ser lo que más soy, un marielito, una escoria. Es decir, una forma de ser transgresor, marginal, según lo veo. Un hombre orgulloso de venir de donde viene. Alguien feliz de haber nacido en el mismo lugar que estos amigos que acabo de recordar. De esta gente que sabía que uno no puede venderse en lo fundamental, ni claudicar en lo fundamental. Yo no creo en Dios y, sin embargo, alzo los ojos a este cielo pastoso e imploro por ellos, con humildad llena de vida y de peligro: “Por favor, no olvides a la escoria” (14).   

No estoy seguro que la manera más recomendable de lidiar con la lengua del castrismo, una lengua creada para controlar nuestras emociones y pensamientos, sea la de Abreu: esa prestidigitación con que convierte un insulto en motivo de orgullo. Después de todo Abreu es un poeta, condición que casi ninguno de nosotros comparte. Y no lo digo porque Abreu literalmente escriba poesía sino por la especial atención y uso que hace del vocabulario heredado. Pero podríamos imitarlo al menos en esa atención e intención máximas con que hace uso de una lengua que fue creada para dominarnos.



Bibliografía

Alarcón de Quesada, Ricardo. “El acero y la escoria”. Granma, 13 de mayo, 1980, p. 6.

Armendariz, Jorge. “Declara Alto Comisionado de ONU que la escoria que ha ido a EEUU no son refugiados porque no son perseguidos políticos”. Granma, 17 de junio, 1980, p. 6.

“La posicion de Cuba”. (Editorial). Granma, 7 de abril, 1980, p.1.

Castro. Fidel. “Discurso pronunciado en el desfile efectuado en la Plaza Cívica, el 2 de enero de 1961”. http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f020161e.html

---------------. “Discurso pronunciado en el acto de recordación  a los Mártires del Asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, celebrado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1961”.http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1961/esp/f130361e.html

Gessen, Masha. El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo. Madrid: Turner Publicaciones SL, 2018.

Hitler, Adolf. Mi lucha. file:///C:/Users/enris/Downloads/Adolf%20Hitler-Mi%20Lucha(1).pdf

Klamperer, Victor. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Barcelona: Editorial Minúscula, 2012.

Perez Murillo, María Dolores. La Revolución Cubana filmada por Tomás Gutiérrez Alea. https://e-archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/24789/Revolucion_Perez_CIHC_2017.pdf

Smith, David Livingstone. Less than human : why we demean, enslave, and exterminate others. New York: St Martin Press, 2011.

Varela, Carlos. https://www.letras.com/carlos-varela/1266095/