martes, 20 de julio de 2021

Seis sorpresas de julio


-La primera -y acaso la única que merece ser considerada como tal- fue descubrir que el espíritu de rebeldía del pueblo cubano no había sido destruido por 62 años de represión, adoctrinamiento y propaganda. Una rebeldía, hasta ahora parecida reducida a grupos, gremios y algún que otro barrio, consiguió sincronizar a todo el país, teléfonos mediante, con consignas básicas en defensa de su dignidad humana: la libertad, el respeto por sus derechos, la repulsa a la opresión y el hastío hacia el régimen que la dispensa. En un mundo que ya viene de vuelta de todo sería difícil encontrar a estas alturas pueblo con ansia tan adánica por restaurar su humanidad. Un pueblo que grite con tanta ilusión la palabra "libertad".

-La incapacidad de reacción del régimen más allá de su monstruosa eficacia represiva. Incluso a sus más tenaces detractores les sorprenderá que cuando prácticamente todo el país mostraba su disgusto hacia el régimen este reaccionara de la misma manera que lo hace cuando se trata de grupos más manejables: limitándose a la violencia y las calumnias. Si ya resulta difícil creerle a la maquinaria de propaganda del régimen que cualquier voz contestataria se pronuncia a instancias del imperialismo acusar a un pueblo completo de mercenario (o en el mejor de los casos de confundido) va más allá de cualquier suspensión de la incredulidad.

-La absoluta incapacidad del singao de Díaz Canel para lidiar con esta crisis. Conocida por todos su condición de monigote sorprende su perfecta discapacidad para producir una idea propia (o tomarla prestada) a la hora de disimular su desprecio por los reclamos populares.

-La reacción de muchos artistas veteranos usualmente cortejados por el régimen (algunos de ellos utilizados para justificar anteriores campañas represivas) en defensa del pueblo llano que se manifiesta en las calles.

-La reacción de la comunidad internacional. Era de esperar el resuelto apoyo que desde el primer momento le ofrecieron sus aliados tradicionales (Venezuela, Nicaragua, Rusia, China) pero desde el respaldo franco del gobierno democráticamente elegido de México a la actitud pusilánime del resto del mundo no solo resultan vergonzosos sino que sirven de penoso precedente cuando otros estallidos populares se produzcan en el resto del mundo.

-La ineptitud de los medios internacionales para entender y aquitalar lo ocurrido en Cuba en los últimos días. No comprender que el hecho de que un pueblo entero se haya levantado contra la maquinaria represiva más temible del hemisferio excede las ocasionales revueltas que se dan en otras partes del mundo por el alza de los precios del pasaje o una ley desacertada. No comprender ni el nivel de desesperación en que un pueblo puede encontrarse para zafarse de la habitual docilidad que impone un régimen totalitario ni el hastío esencial hacia ese régimen que reflejan estas protestas.

"Dear Comrades!"


 
"Dear Comrades!", película rusa que no me canso de recomendar sobre una matanza en 1962 en una pequeña ciudad sovietica contiene el libro de estilo de la represión comunista. Hay una protesta pero la KGB luego de tirotear a los manifestantes no procede de inmediato a detener al resto. Durante la protesta habían tomado fotos de los manifestantes para luego ir a cazarlos uno a uno en sus casas. Luego borran las huellas de la matanza -llegando incluso a asfaltar la plaza para tapar la sangre- entierran los muertos en cementerios desperdigados por toda la región y para concluir la operación celebra un festival con música y comida. Y nada, que cada vez que hay oportunidad la historia se repite. Es una manera de viajar a la trastienda de lo que ahora mismo está pasando en Cuba pero en ruso.
Y acabo de descubrir que la historia se puede ver completa y gratis en Youtube!

lunes, 12 de julio de 2021

Un domingo esclarecedor


Como es difícil exagerar la importancia de lo ocurrido ayer en Cuba exageremos pues, sin temor a equivocarnos. Acordemos que las protestas del 11 de julio de 2021 es el acontecimiento más sustancial ocurrido en la isla desde el 1ro de enero de 1959. Esta última fecha -recapitulemos- marcó el final de la dictadura batistiana y, al mismo tiempo el inicio de la subordinación absoluta de la voz del pueblo cubano a la del poder castrista. Este domingo, por primera vez desde hace 62 años, los cubanos han vuelto a escuchar su propia voz de manera masiva. No como parte de un grupo, partido, o gremio profesional, sino como nación. Y la trascendencia de algo así deja pequeña cualquier hipérbole.

Les recuerdo que hace apenas un mes nos asombrábamos cuando los gritos de unas decenas se hacían sentir en una calle habanera. Y lo impensable que nos parecía que se pudiera pasar de ahí. Que los gritos indignados de cientos de vecinos de San Antonio de los Baños hayan contagiado -internet mediante- a toda la isla en cuestión de minutos es un milagro que deberíamos acoger con el asombro y la humildad con que se asume lo sobrenatural. Lo natural hasta el domingo era la aparentemente infinita capacidad de aguante del cubano ante los continuos abusos del régimen. La falta de correspondencia en la isla entre injusticia e indignación, al menos pública. Tal parecía que el cubano solo era capaz de manifestarse masivamente en los eventos organizados por el mismo régimen que lo vejaba a diario, algo que los defensores de este último interpretaban como apoyo incondicional. La falta de reacción de los cubanos ante situaciones que en cualquier otro sitio hubiera llevado a la revuelta popular era tomada como la máxima prueba de la justicia del régimen bajo el que vivían.

El totalitarismo es, usemos la definición de la Lupe, puro teatro. Un teatro en el que la gente sufre y muere de verdad pero donde la apariencia siempre se interpone a la realidad. Ya sea tanto la apariencia de prosperidad o de dicha como la de armonía social u obediencia política. Pues toda la ilusión que creara por décadas ese teatro del absurdo fue destruida ayer domingo. No solo porque los cubanos abandonaron el papel de pueblo sumiso que hasta ahora parecían interpretar tan bien. O porque miles de nuestros compatriotas escucharon por primera vez a qué sonaba su voz en libertad. O porque descubrieran lo bien que suena esa libertad a coro y en plaza pública. También lo es porque ahora serán llamados mercenarios y vendidos como mismo otros han sido calumniados antes y comprobarán en carne propia la falsedad de las calumnias de rutina. Con todo y lo fotogénica que sea la imagen del carro de policía con la panza al aire y sus vencedores, embanderados, saltándole encima me quedo con las palabras. Quiero decir, con las consignas que miles corearon: desde el asombrado descubrimiento del “No tenemos miedo” hasta el esperanzado “Patria y vida” pasando por el viejo grito de “Libertad”. No parecía ser ese un pueblo que no sabe lo que quiere o siente. O que se conforma con llenarse la barriga y divertirse. Se sentía indignación, y mucha, pero también el deseo de un cambio profundo.

El mérito de este 11 de julio es, para mí, el de la claridad. Aclarar que el silencio de los cubanos no significaba aprobación o resignación sino miedo y que la repulsa al régimen está tan extendida como sospechábamos. A ese mismo pueblo por el que han hablado tantas veces, le viene bien pensar en voz alta por una vez en su vida, incluso a grito pelado, para conocerse mejor a sí mismo y entender mejor su fuerza. También el 11J permitirá entender mejor los límites de ese pueblo. Porque superado el aparentemente invencible obstáculo del miedo queda frente a sí uno mucho mayor: el del régimen que lo oprime. Ese régimen que ya no puede seguir con la pantomima de que representa la voluntad popular ahora que el pueblo le ha gritado en la cara que está harto. Pero también queda claro que no va a bastar que todo el país alce su voz cuando lo que tiene frente a sí una banda criminal bien armada, carente de escrúpulos y dispuesta a matar a cuantos hagan falta para mantenerse en el poder con el apoyo de sus aliados y la cobardía de la comunidad internacional. La primera víctima ha sido, como es de esperar, la verdad, con el régimen minimizando y tergiversando los acontecimientos de ayer. Pero -quede claro- no será la última. Debo aclarar que no creo que la libertad cubana esté a la vuelta de la esquina. No obstante el camino hacia ella parece mucho más definido de lo que nos parecía ese sábado en que el miedo cubano aparentaba ser inmortal.

sábado, 10 de julio de 2021

Alex Pompez y los Cubans de Nueva York

Los cubanos, si los dejas, te dicen que inventaron el béisbol. Te explican que el béisbol es igual al batos que jugaban los taínos aunque el juego aborigen, de acuerdo a los cronistas de Indias, más bien parecía una mezcla de voleibol, fútbol y nudismo. Hay que recordarles que los taínos llegaron a Cuba solo un ratico antes que los españoles. Que venían de Haití, donde llevaban siglos jugando batos. Solo entonces los cubanos reconocerán que el béisbol es un invento yanqui.

Lo cierto que el primer equipo profesional latino en jugar en Estados Unidos fueron los All Cubans. Desde 1899 manejados por Abel Linares y Tinti Molina, los All Cubans dieron giras por Estados Unidos jugando contra equipos del noreste del país incluyendo los Cuban X Giants, conjunto que no incluía ningún cubano: todos eran afroamericanos que, aprovechando que Cuba estaba de moda tras la guerra de independencia, tomaban descanso del racismo de su país pasando por cubanos. (Ya en 1885 existió un exitoso equipo llamado Cuban Giants que, como su nombre lo indica, no contenía ni cubanos ni gigantes, pero al menos jugaron un par de temporadas en la isla del Caribe).

En 1907 los All Cubans pasaron a ser los Cuban Stars y al incluir jugadores afrocubanos el equipo fue considerado parte de las Ligas Negras norteamericanas. En 1916, cumpliendo esa ancestral costumbre cubana que comparten con las esponjas los Cuban Stars se dividieron en dos: los del Este y los del Oeste.

Hijo de emigrantes cubanos, Alex Pompez nació en 1890 en Cayo Hueso, Florida, y se convirtió en el más grande promotor de las ligas negras.

Los del Oeste llegaron a ganar su liga en 1919. Los Este fueron organizados por el legendario Alex Pompez. Nacido en 1890 en Cayo Hueso, Florida, Pompez era hijo del cubano José Pompez, abogado, tabaquero, amigo de José Martí y representante estatal de la Florida.  Al morir dejó todos sus bienes a la causa de la independencia por lo que la familia pasó grandes dificultades económicas. Patrióticamente, claro.

Alex resultó tener vista para los negocios y las formas esféricas. Fundó equipos de béisbol y fue banquero de bolita, la legendaria lotería clandestina que alguna vez tendrá su Salón de la Fama. Además de ser propietario de los Cuban Stars del Este, Pompez ayudó a organizar al primera Serie Mundial de las ligas Negras en 1924 y en 1935 fundó los famosos New York Cubans. Por causa de la bolita que tuvo que correr más que Jesse Owens y llegar hasta México, huyendo del FBI y de la mafia. Luego llegó a un acuerdo con el FBI para poder regresar a competir con sus Cubans en 1938.

Por los New York Cubans pasaron alguna de los grandes jugadores afrocubanos de la época: Luis Tiant Sr., Orestes Miñoso y el futuro miembro del Salón de la Fama, Martin Dihigo. También acogieron talento de toda Latinoamérica incluyendo al boricua Perucho Cepeda y al dominicano Tetelo Vargas.

Por fin en 1947 los New York Cubans ganaron su primera y única Serie Mundial de las Ligas Negras contra los Cleveland Buckeyes cuatro juegos a uno y un empate. Con el bate en la mano se destacaron los cubanos Miñoso, Claro Duany y Silvio García y el norteamericano Ray Noble. El panameño Pat Scantlebury se lució lanzando y bateando.

Pero Pompez, lince en los negocios, comprendió que el éxito de Jackie Robinson al romper la segregación racial de las Mayores ese mismo 1947 significaba el próximo fin de las Ligas Negras. De manera que al siguiente año convirtió a sus Cubans en sucursal de los New York Giants de la MLB. Pompez devino en uno de los mayores cazatalentos latinos de su época, contribuyendo enormemente a que el español se convirtiera en la segunda lengua de la MLB.

Pompez murió en 1974. En 2006 fue elegido al Salón de la Fama. El del béisbol, porque el de la bolita no lo han fundado todavía.

jueves, 17 de junio de 2021

LASA y la búsqueda de la verdad*


La verdad, eso que se define como “coincidencia entre una afirmación y los hechos”, se va pareciendo cada vez más al Santo Grial: su búsqueda suena más a título de comedia de Monty Python que al de un ensayo con pretensiones más o menos serias. El relativismo cultural, preocupado por la imposición de visiones totalizantes desde algún centro de Poder, ha dictaminado no solo que es imposible alcanzar la verdad sino también inconveniente. (Pienso sobre todo en esa vulgarización del relativismo cultural devenida en relativismo moral). A la verdad como valor absoluto con frecuencia se le opone la idea de consenso. Como si alguna vez no hubiese existido el consenso de que la Tierra era plana. O inmóvil. O las dos cosas.

El consenso en la academia en el campo de las humanidades se alinea con la agenda progresista, lo que está muy bien. Es de esperar que aquellos estudios encargados del desarrollo humano se atengan a una idea cada vez más amplia y progresiva de cómo y quiénes deben ser amparados por derechos y libertades. Sin embargo, la letra pequeña de ese consenso, más que apoyar el progreso real en la esfera del bienestar y los derechos, suele asociarse con ciertos fetiches políticos e ideológicos que, en la práctica, terminan negando todo lo que teóricamente defienden.

Para que se me entienda mencionaré un ejemplo vulgar porque así de vulgar es la realidad. Sucedió que semanas atrás la Latin American Studies Association (LASA) fue emplazada por centenares de sus miembros a que se pronunciara sobre la reciente oleada represiva contra artistas y activistas en Cuba. Dicha asociación, que cuenta con unos 13 000 miembros y suele pronunciarse sobre violaciones de derechos humanos en diferentes países, esta vez prefirió ponerse de parte del victimario, el régimen cubano, recordando dos veces en la escueta declaración el embargo con que lo ha penalizado el gobierno de Estados Unidos durante décadas. Si en su declaración LASA apoyaba en abstracto “los valores de la libertad de expresión, la libertad académica y el respeto por los derechos humanos” en concreto le otorgaba al Estado cubano la exculpatoria condición de víctima. Con su acrobacia verbal convertía la represión en Cuba en consecuencia directa del embargo norteamericano. Así reproducía, punto por punto, las excusas esgrimidas por los victimarios para reprimir a los que exigen las mismas libertades y derechos que a LASA le parecen imprescindibles en otras sociedades.

La directiva de LASA, en su respuesta a la represión en Cuba, no difiere demasiado del consenso al que parece haber llegado la mayoría de sus miembros a lo largo de los años: este es la inconveniencia de denunciar las violaciones a los derechos humanos de regímenes que (nominalmente) se ubiquen a la izquierda del espectro político. Raramente se podrá encontrar en el sitio de LASA informes que denuncien actos represivos en Cuba, Nicaragua o Venezuela. Abundan en cambio, en cambio, los que denuncian el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla, la Colombia de Duque o el Brasil de Bolsonaro. Como si los golpes o las balas hicieran menos daño si se lanzan desde la ideología correcta. Como si más que entender la realidad esta solo interesara en la medida en que corrobore nuestros prejuicios ideológicos. Una institucion como LASA, que aspira segun sus propios estatutos a "fomentar la discusión intelectual, la investigación y la docencia sobre América Latina" dejar a un lado todo prejuicio de cualquier tipo que interfiera su cmprensión de la realidad del continente. Incluso un ideólogo purasangre como Vladimir I. Lenin insistía en la necesidad de lidiar con los hechos incómodos.

Y es aquí donde entra el viejo y desprestigiado asunto de la verdad. Porque si se acepta como verdad que los regímenes de Pinochet, Videla o Somoza fueron tiránicos y criminales habría de admitirse que la cubana es la dictadura más extensa de la historia del continente, que el chavismo ha destruido la democracia venezolana con la misma saña que la economía del país o que Daniel Ortega es un tirano que ha apelado al asesinato, la persecución política y el soborno para mantener su control sobre Nicaragua. Relativizar crímenes y abusos en atención a la declarada filiación ideológica de los gobiernos que los cometen no solo constituye una escandalosa injusticia contra sus víctimas. También sugiere a los nuevos aspirantes a tiranos a qué dogmas políticos afiliarse para que sus atrocidades sean justificadas o ignoradas.

Los teóricos de la postmodernidad hacían bien en desconfiar de los grandes sistemas ideológicos que intentaban organizar nuestra comprensión del mundo, como mismo es saludable mantener cierta reserva ante las pretensiones de verdad de cualquier discurso. No obstante, el desprestigio de la verdad no ha conseguido mejorar nuestro entendimiento de lo real ni nuestra capacidad de reaccionar hacia este. Antes bien, los viejos sofismas descubren nuevos refinamientos. La desconfianza ante la pretensión de verdad más que reforzar nuestra capacidad crítica ha creado nuevos pretextos para entregarnos a la inercia ideológica. Nos mostramos más hábiles para acomodar la realidad a nuestros dogmas que dispuestos a obrar a la inversa. La memoria selectiva y la parcialidad sin complejos nos facilitan la labor de convertir a los victimarios en víctimas de males mayores y a las víctimas en seres invisibles, irrelevantes. Y, si bien no ayudamos a disminuir la cantidad de injusticia y dolor en el mundo, en cambio nos sentimos plenamente satisfechos con nosotros mismos. ¿O es que acaso las ideologías se inventaron para otra cosa?

*Publicado originalmente en Hispanic Outulook on Education Magazine

lunes, 7 de junio de 2021

La encrucijada de Diego Rivera

Hubo un tiempo en que la pintura mexicana fue el último grito de la moda. Lo mismo en París que en Londres que entre los pintores al servicio de Hitler o al de Stalin. Sobre todo, si se trataba de pintar obreros musculosos y campesinos robustos. Marchando hacia el futuro. Todos querían imitar los murales de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros con sus resúmenes pintados de El capital de Marx y de las Obras Completas de Lenin.

La historia empezó en 1921, cuando la Revolución Mexicana se pacificó y apenas mataban a algún presidente. A José Vasconcelos lo designaron Secretario de Educación de un país con 90% de analfabetismo. Mientras intentaba alfabetizar a sus compatriotas Vasconcelos decidió explicarles los ideales de la Revolución por medio de imágenes. Ahora habría creado una serie de Netflix, usando los mismos actores de “Narcos: México”. Pero eran otros tiempos. Las imágenes serían fijas y ocuparían las fachadas de edificios públicos, las paredes, interiores, los techos. Comics de la historia mexicana y sus luchas pintados a escala de edificios completos.

Durante años los muralistas tatuaron alegremente cuanta pared le cayó en las manos: de palacios de gobierno, mercados, universidades o conventos convertidos en escuelas. Y los artistas de medio mundo envidiándoles los contratos, las paredes que les daban y la clientela gratuita y democrática. Eso y el estilo personal que le ponían al mismo desfile de personajes históricos y pueblo en general con la boca abierta y los puños crispados.

Pero la felicidad en casa del pobre dura poco. En uno de los frecuentes cambios de gobierno los muralistas quedaron sin contratos. El último que resistió fue Diego Rivera, a quien ahora conocemos como “el marido de Frida Kahlo”, pero también a él se le acabó el favor oficial. Y el extraoficial. Para 1930 Rivera ya había sido expulsado del Partido Comunista mexicano y divorciado de Guadalupe Marín. Y casado con Frida. Así que el pintor de obreros furibundos decidió probar suerte en el corazón del capitalismo: Nueva York. Ya por ahí había pasado Orozco quien, como todo el que se muda a la ciudad tuvo que reducirse: de pintar murales que cubrían edificios tuvo que conformarse con lo que le cupiera en el caballete.

Rivera tuvo más suerte. En 1931 inauguró una exposición retrospectiva en el recién creado MoMA con 149 obras y cinco murales transportables. Enseguida le llovieron contratos. Pintó murales en la California School of Fine Arts de San Francisco o en Detroit a mayor gloria de la Ford. Ese último tuvo una cálida recepción: los cristianos lo acusaron de blasfemo y los comunistas de vendido al capitalismo.

Cuando Rivera recibió el jugoso encargo de pintar un mural para los Rockefeller muchos comentaron que la venta de su alma al Mefistófeles capitalista era un hecho consumado. “El hombre en la encrucijada del universo” representaba a la humanidad ante la disyuntiva del capitalismo o el comunismo. Al colar a Lenin en el mural lo acusaron de hacerle propaganda al comunismo acusación que resultaba un poco redundante: del lado capitalista Rivera había puesto soldados con bayonetas y máscaras anti-gases, policías machacando manifestantes y burgueses jugando a las cartas o bailando tango mientras que el lado comunista lo llenó de obreros entusiastas desfilando con banderas. Quedaba claro: el comunismo era preferible a menos que te gustaran los bayonetazos y los porrazos de la policía. O bailar tango.

A Rivera le aplicaron la “cancel culture” de entonces. Ante la negativa del pintor de borrar a Lenin o cambiarlo por Mickey Mouse el mural fue destruido. El pintor, a quien ya le habían pagado, recogió sus matules y se fue a México. Allí pintó de nuevo el mural, esta vez añadiéndole las figuras de Marx, Engels y Trotsky. Si Stalin lo hubiera agarrado lo habría fusilado. Por incluir a Trotsky, claro. Y por dejar fuera a Stalin, conduciendo al proletariado, bigote en ristre.

¡Qué difícil es quedar bien con la gente!

jueves, 27 de mayo de 2021

¿Por qué desacato?

 



La idea es presionar al gobierno cubano para que libere a Luis Manuel Alcántara y el resto de los detenidos por razones políticas. Siguiendo la estela de la petición en estos días de un grupo de artistas de que se vele o retire sus obras del Museo de Bellas Artes me pareció apropiado organizar una acción similar. Usar un espacio oficial con apariencia de enciclopedia digital pero creado para enaltecer o escarnecer a determinadas figuras de la vida cubana, manipular la información sobre otras y ningunear al resto, para hacer visible nuestra repulsa a lo que se está haciendo con Luis Manuel. Partimos de la base de que la represión a los más atrevidos de nuestros artistas y conciudadanos se hace a costa del silencio de todos los demás. Un silencio que se hace para conservar ciertos privilegios aunque sea el privilegio mínimo de no señalarse ante la mirada del poder. 

En ese sentido no es muy diferente al sentido de la antología “El compañero que me atiende” y que tenía como objetivo hacer visible la vigilancia y represión que han sufrido por décadas los escritores cubanos a manos de la Seguridad del Estado. Recordarles a todos que el mismo Estado que reprime a Luis Manuel es el que reparte privilegios y castigos milimétricamente calculados al resto de los cubanos. En esta protesta hay de todo: aquellos a quienes Ecured ha tratado con guantes de seda para dar una imagen de tolerancia y hacer la información sobre su vida y obra lo más inocua posible y a quienes la entrada de la supuesta enciclopedia convierte en picota pública. Junto a la defensa de los que hoy están presos o secuestrados queremos denunciar a un aparato represivo que nos incluye a todos. Por eso usamos la palabra “desacato”, esa acusación imprecisa con la que se persigue a gente como Luis Manuel y sus compañeros. Intentamos romper esa inercia que quiere vender a Cuba como un país normal y habla de la cultura cubana como un espacio donde impera el respeto por los méritos creativos.

Desacato

 


Puede que la cultura cubana sea una sola pero no puede ser, en todo caso, la que acepta y promueve el oficialismo. Invirtamos el axioma martiano: “ser libres para poder ser realmente cultos”. Hay algo antinatural en que la cultura crezca en cautiverio. En que el Estado, bajo el pretexto de promoverla, se dedique a domesticarla. Algo perverso en que el mismo Estado que otorga honores y distinciones a unos artistas colaboren encarcele y la calumnie a otros. Tan perverso como usar un hospital para secuestrar a un artista y a sus médicos como carceleros, abyectos paparazzi.

El Estado cubano pretende decidir sobre la misma existencia de sus artistas y se inventa decretos que determinan quién tiene o no el privilegio de ser considerado artista. Ecured se ha convertido en un símbolo de las pretensiones de un Estado todopoderoso sobre el derecho de un artista a existir. Ecured lo mismo los excluye por completo, que borra zonas esenciales de sus vidas y sus obras, que convierte sus biografías en vehículos de difamación y escarnio.

Por eso hemos convocado a artistas y personalidades que aparecen en las páginas de Ecured a que protesten contra el secuestro de Luis Manuel Otero Alcántara y la prisión de sus compañeros del Movimiento San Isidro, el 27N y el resto de prisioneros de conciencia. Y que lo hagan superponiendo a la imagen de su entrada en Ecured la palabra “DESACATO”, la acusación favorita del Estado cubano para perseguir a todo el que lo cuestione. Una manera de dejarle claro al Estado cubano que ni la libertad, ni la cultura, ni la creación, es cosa de ellos sino nuestra, de los cubanos libres, dentro y fuera de Cuba, en la prisión o en la calle. Y que estamos así, en desacato. Hasta nuevo aviso.   



martes, 25 de mayo de 2021

La trampa de la ideología

Quien quiera que anunció el fin de las ideologías a inicios de los noventa pecó de exagerado. Por buena que fueran sus intenciones. La muerte de las ideologías es, para mi gusto, más deseable incluso que la de las religiones. Porque, llegado el punto a que debo resignarme a una de ellas me decantaría por las religiones aunque no profese ninguna de sus variantes (a menos, claro, que la amistad clasifique como dogma). Prefiero las religiones porque estas, al menos, no disimulan su irracionalidad: parten de admitir que la mayor parte de la realidad escapa al control humano (aunque luego ese mismo control se lo adjudique a seres superiores para calmar la ansiedad que le crea esta deriva que es la vida). La ideología en cambio es religión que disimula su irracionalidad y se esconde tras dogmas con aspiraciones científicas y estadísticas. La ideología es arrogante y autosuficiente. Para ella no hay pregunta que no tenga respuesta. Al contrario de la religión para la ideología el mundo carece de misterio.  Prefiero las religiones a las ideologías por la misma razón de aquel que prefería los malvados a los idiotas: porque descansan.

Lo que da sentido a las ideologías no es la racionalidad que invoca sino instancias tan irracionales como el miedo y la esperanza, justo lo que da sentido a las religiones porque es lo que da sentido a la vida. Y la verdad es que nos cuesta mucho atrevernos a enfrentar miedos y esperanzas sin un mínimo escudo que nos proteja, sin una tribu a la que acudir cuando la cosa se ponga realmente fea. Inevitable, como parece ser en estos tiempos, la ideología sigue siendo instrumento favorito de los que controlan el mundo y security blanket de los pobres diablos que somos el resto. Todo eso es humano y comprensible en términos generales, pero en la agotadora concreción de la vida, la ideología no sirve para otra cosa que para ponernos en ridículo una y otra vez. De ahí que haríamos mejor en enfrentar las situaciones concretas con esas particulares armas que son el sentido común, la lógica, la ciencia o la decencia.

Si debo poner un ejemplo concreto no me queda opción que mencionar el caso que me obsede en estos días: el del secuestro del artista Luis Manuel Otero Alcántara en un hospital habanero a manos de la Seguridad del Estado. Por una parte, el castrismo, ideología que cada vez más va pareciendo religión carismática, quiere convencernos de que el artista está al mismo tiempo enfermo y en perfecto estado de salud; ingresado bajo cuidadosa atención hospitalaria y castigado por su traición a la patria; libre y preso a la vez. Fuera de la isla las tenazas de la ideología no son menos benévolas con el cuerpo del artista. La derecha lo desprecia por negro o por artista (que es como decir “intelectual”, y el antiintelectualismo es un rasgo definitorio de la derecha actual, incluidos sus propios intelectuales). La izquierda rechaza a Luis Manuel por anticastrista pues, por mucho que la esconda debajo de su colchón ideológico, la Revolución Cubana sigue siendo la patica de conejo a la que se niega a renunciar. Que mañana nadie sabe la falta que hará.

Si nos comportáramos como personas medianamente decentes, medianamente lógicas, nos opondríamos a que se secuestre y torture un artista en un hospital como nos opondríamos a que maten a un niño de un bombazo. Pero entonces las ideologías nos aconsejan que esperemos a que las cosas se aclaren. Porque no es lo mismo si el artista piensa esto o lo otro, o si la bomba fue lanzada desde un avión gringo o activada por un terrorista islámico. Y, mientras tanto, artistas y niños siguen sufriendo y muriendo y le damos vacaciones al sentido común, la lógica, la ciencia o la decencia confiando en que el tiempo, la Historia o la tribu ideológica a la que pertenezcamos nos den la razón. En que el sacrificio del artista o los niños se justificará con el triunfo a la larga de la Idea que hayamos escogido. Y a la corta ni artistas ni niños importan mucho, por mucho que los invoquemos como ejemplos de libertad o inocencia. Lo realmente importante es no alejarnos demasiado de la sombra que proyecta el tótem de la tribu. Porque, ya se sabe, sin la tribu estamos perdidos.


P.D.: En el caso cubano, la trampa ideológica es especialmente peligrosa porque beneficia siempre de manera desproporcionada a los que hoy monopolizan el poder. Cuba, con su partido único y su ideología única está, de hecho, en un estado preideológico y prepolítico. Para que el debate ideológico tenga sentido primero se necesita de un espacio real donde este transcurra. El debate ideológico previo al estado de derecho es como practicar natación en la arena. Lo primero es buscar consenso sobre bases mínimas, básicas, pero imprescindiblemente democráticas. Dejar las desconfianzas y rencores para después. Debatir si es mejor el estilo libre o el mariposa solo tendrá sentido cuando lleguemos, por fin, al agua. Esa que todavía veo tan lejos. No sé ustedes.

sábado, 22 de mayo de 2021

¿De qué color es Luis Manuel?*

Luis Manuel Otero Alcántara, el artista cubano que tantas veces ha sido reprimido, encarcelado (y que ahora va a cumplir tres semanas de extrañísimo y siniestro secuestro en un hospital habanero), no parece ser negro. No permita que sus ojos lo engañen. Luis Manuel no parece ser de la misma raza que George Floyd, Eric Garner o Freddie Gray. Ni parece compartir color con tantas celebridades que justamente se indignan cada vez que un afroamericano es maltratado por la policía. A los efectos de la indignación o la solidaridad que despierta, Luis Manuel Otero Alcántara parece ser blanco. O transparente.

Tiempo nos ha dado a Luis Manuel para que averigüemos su color, para enterarnos de la violencia de Estado desatada contra él. No han sido los ocho interminables minutos con que George Floyd tuvo el cuello aplastado por la rodilla de la policía de Minneapolis, cierto. Son años de ser sometido a todo tipo de maltratos y persecuciones. Años de aparecer en videos y fotografías mientras es detenido, golpeado, encerrado, y vuelto a liberar para reiniciar el ciclo de persecuciones. Años con su rostro empapelando las redes sociales, suplicando la solidaridad que con tanta presteza reciben las víctimas afroamericanas.

En todo caso, Luis Manuel Otero Alcántara es del mismo color de Juan Carlos González (“Pánfilo”), condenado a dos años de prisión por decir en un video casero que tenía hambre. Del color de Orlando Zapata Tamayo, prisionero político muerto tras ochenta días en huelga de hambre, defendiendo su dignidad humana. Del color de la activista Berta Soler, de Jorge Luis García Pérez (“Antúnez”), de Guillermo Fariñas y de tantos otros afrocubanos que luchan porque sus derechos sean respetados.

Basta el simple desplazamiento desde Estados Unidos hasta Cuba para hacer irrelevante la cuestión del color.

Cabe pensar que incluso para el movimiento antirracista no todos los negros son iguales. Que el sufrimiento de un artista o activista afrodescendiente del Tercer Mundo carece de la trascendencia que le atribuimos a un negro maltratado en Estados Unidos o en Europa. O cabe suponer que los afrocubanos reprimidos a diario han sido blanqueados, invisibilizados por el miedo. El miedo a perder el trato que la dictadura cubana le dispensa a quienes le sean favorables, o a los que simplemente eviten reparar en su naturaleza represiva y se concentren en el esplendor de los paisajes de la Isla. O en su música o sus atracciones culinarias.

O puede que los que niegan su solidaridad a los disidentes afrocubanos se sientan inmovilizados por el miedo, algo más discreto, a verse en el lado incorrecto de la Historia, el miedo supersticioso a que denunciar a un gobierno que se llame de izquierda y antimperialista los convierta automáticamente en representantes de la reacción o del racismo que, de alguna incomprensible manera, encarna Luis Manuel frente a sus represores blancos, Raúl Castro o Miguel Díaz-Canel.

Si el miedo es ideológico, la justificación de su silencio también lo será. “Luis Manuel Otero Alcántara no es reprimido por el color de su piel”, dirán. Y tienen razón. Como mismo Rosa Parks o Martin Luther King tampoco eran encarcelados o golpeados por el color de su piel. Eran reprimidos y perseguidos por defender derechos que el país del que eran ciudadanos no les reconocía. Por esa misma razón es calumniado, vejado, maltratado a diario Luis Manuel Otero Alcántara, junto a cientos de conciudadanos de todos los colores y razas: por reclamar los derechos que les niegan en su país a todos los cubanos.

Pero ante una color blindness tan arraigada, no sé si tenga sentido preguntarse de qué color es Luis Manuel. O cualquier otro ser humano.

*Publicado en Hypermedia Magazine

lunes, 17 de mayo de 2021

La superstición de la cultura*


Hace mucho que aprendí a no asumir que mis estudiantes dominaban los conocimientos que se resumen bajo la fórmula de “cultura general”. A no asumir que sepan de la existencia de un cuadro llamado Las Meninas o dónde está Machu Pichu. Si acaso pregunto con timidez qué saben de pintura española o cuáles eran las civilizaciones que encontraron los conquistadores europeos a su llegada a América.

Después de todo, ¿qué es cultura general? ¿Quién decide qué conocimientos son imprescindibles? Asumo que mi ignorancia sobre ciertos campos le resultará igualmente escandalosa a mis estudiantes. ¿Es más importante conocer quién fue Chaplin o el nombre de una celebridad reciente que ignoro, pero cuya influencia en estos días parece ser oceánica? Apenas necesito recordar el asombro que me causó que mis padres ignoraran alguna vez a Michael Jackson para aquilatar el de mis estudiantes ante mi desinformación sobre las celebridades de estos días.

Dicho esto, los vacíos en el tejido cultural de los estudiantes norteamericanos me siguen resultando insondables. No solo porque a cada rato, cuando pensaba que mis expectativas sobre el conocimiento previo de mis estudiantes no podían ser más modestas, me vuelven a sorprender. He llegado a preguntarme si esa ausencia de referencias comunes va a terminar impidiendo nuestra comunicación. Más perturbador incluso me resulta no detectar en mis estudiantes la más mínima incomodidad ante su ignorancia: el poco valor que le dan a todo lo que no caiga bajo sus intereses inmediatos y la soberbia con que asumen su incultura.

Trato de explicarme tal actitud con que, a diferencia de generaciones anteriores a las que la ignorancia solía avergonzarnos, las nuevas carecen de la superstición de la cultura. Una superstición (como ocurría con lo bueno, la verdad o lo bello) atada al convencimiento de que la cultura nos haría mejores personas y le daría sentido y consistencia a nuestras vidas. Como otros conceptos cuya conjunto se nos escapa, pero a los que le atribuimos sentido trascendente, la superstición de la cultura guiaban nuestra curiosidad y los instintos sociales: evitábamos parecer incultos como mismo evitábamos parecer malos, mentirosos o feos. Una manera un tanto infantil de ver las cosas, cierto, pero la superstición funcionaba: si en medio de una conversación descubríamos algún desconocimiento elemental intentábamos remediarlo esa misma noche en el primer diccionario que encontráramos.

Hay una manera menos fatua de asumir la cultura: entenderla como un instrumento para descifrar el mundo. Un idioma que nunca dominaremos del todo pero sin cuya gramática básica no podríamos entender el tejido del universo: conectar Leang Tedongnge con la Capilla Sixtina; la Grecia antigua con el esplendor de Florencia; admirar las pirámides egipcias y las de Teotihuacán más allá de los deberes turísticos. Hacer carne (o piedra) la noción de una humanidad común. Considerar la cultura algo útil, independientemente de la profesión que se ejerza.

La sociedad norteamericana, orgullosa de su excepcionalidad histórica y sus resabios democráticos, siempre sospechó del elitismo que entrañaba la idea de poseer una cultura universal. Poco les importaban las burlas de medio mundo sobre su analfabetismo cultural y esa falta de complejos pudo ser una manera de liberarse de prejuicios ya obsoletos, un logro de su modernidad. Ahora, con la respuesta a toda curiosidad al alcance de la pantalla del teléfono, a ningún estudiante le sonroja no saber lo que les responderá Google dos segundos más tarde y olvidará en diez. La inteligencia de los teléfonos va siendo inversamente proporcional a la nuestra. Hoy, con un teléfono en la mano, todos somos un poco norteamericanos.

Sin embargo, con todo y sus supersticiones, la cultura no es acumulación de datos para responder a una encuesta. La cultura es un sistema, una gramática, un rompecabezas siempre armado a medias del que tenemos cierta idea de dónde ubicar la próxima pieza. O no. Para quien ignore esa paciente reconstrucción del rompecabezas que es la cultura, el mundo parecerá como esos cajones donde metemos las piezas de algo a la espera que aparezca el manual de instrucciones con que podamos ensamblarlas. Y así actuará en consecuencia.

Renunciando al conocimiento de una cultura común —con todos los defectos que puede tener la pretensión de un significado unitario— no solo se dificulta la transmisión de cualquier conocimiento, por básico que sea. Satisfechos con la trivia de nuestra tribu particular renunciamos, consciente o inconscientemente, a entendernos con la generación anterior, con el pueblo de al lado o con cualquiera que sea el Otro que tengamos enfrente. Nos contentamos con ser la pieza de un rompecabezas flotando en medio de la nada, en dirección a la nada. Basta tomarnos en serio nuestra condición humana para comprender que eso es conformarse con muy poco.

[Si llegas al final de este artículo sin averiguar qué diablos es Leang Tedongnge eres de los que se conforma con poco].

viernes, 7 de mayo de 2021

Experimentando con la libertad

En la protesta frente a la Misión de Cuba ante la ONU del sábado pasado en apoyo a los perseguidos en la isla no había nadie más entusiasta que una perfecta desconocida. Debo aclarar que el mundo de los cubanos que participa en estas manifestaciones en estos lares no abunda en sorpresas. Las caras suelen ser conocidas y a las nuevas les toma un par de protestas hasta sentirse cómodas del todo. Esta no. La mujer en cuestión era rabia en estado puro, desfogándose contra la fachada de ladrillos que representa en Manhattan el rostro de nuestra dictadura.

Averigüé hasta enterarme que la desconocida había sido invitada por un amigo a quien le gustan los experimentos sociales. En este caso quería saber cómo respondería alguien que todavía reside en Cuba a una experiencia tan rara como protestar contra su gobierno. El experimento había sobrepasado todas las expectativas de mi amigo. Aquella señora gritaba como si le fuera la vida en ello, o mejor, como si en unos días no fuera a ser atendida en la aduana cubana por representantes del mismo gobierno contra el que protestaba en medio de Lexington Avenue. Pero nadie podía sacar mejores conclusiones del experimento que la propia desconocida quien en algún momento se giró para nosotros y dijo entre entusiasta y desoncertada:

-Yo no sabía que tenía tantas ganas de gritar.

lunes, 3 de mayo de 2021

Gardel en Nueva York



Mucho antes de que la humanidad enloqueciera con la rumba, otro ritmo latino ya la había arrebatado. Me refiero al engendro de raíces gitanas, africanas y gauchas conocido como tango. Como suele suceder, al principio en Argentina la alta sociedad despreció el impetuoso baile.

Pero al llegar a París en 1908, su ritmo se hizo contagioso, y en 1913 en los salones de Europa no se bailaba otra cosa. En Londres lo mezclaban con el té y en Rusia el zar le pidió a sus sobrinos que le enseñasen unos pasillitos.

En el invierno de ese año, el tango, convertido en pandemia, arrasó Estados Unidos y gracias a la naturaleza comercial del país pronto se vendían zapatos, ropa, sombreros y maquillaje dedicados exclusivamente al tango. Pero ninguna fiebre es eterna.

Para 1915 París decretó la expulsión de varios maestros de tango, el baile fue ilegalizado en varias ciudades norteamericanas y el Papa condenó la inmoralidad de restregarse con tal violencia con el pretexto de bailar. Para fines de ese año la pandemia parecía estar controlada. La segunda ola del tango fue menos violenta pero más insidiosa.

En lugar de baile instrumental el tango empezó a cantar amores perdidos, mujeres perjuras, madres abandonadas y carreras de caballos.

Y no tuvo mejor representante que Carlos Gardel quien ayudado por la difusión del gramófono triunfó en 1917 con “Mi noche triste” acompañado de guitarra sin importar que la canción abriera con puro lunfardo: “Percanta que me amuraste”.

Gardel, ahora considerado más argentino que el bife de chorizo o creerse Dios, había nacido en Tolosa, Francia con el nombre de Charles Romuald Gardès.

Su madre, la lavandera Berthe Gardès, cansada del desprecio que entonces le dedicaban a las madres solteras se fue a Argentina cuando el niño tenía tres añitos, justo a tiempo para que no hablara español arrastrando la erre.

El resto es leyenda.

Si al principio la fama del rebautizado Carlos Gardel viajó a lomos de las grabaciones y la radio, lo último en tecnología hasta el momento, con la aparición del cine sonoro alcanzó unos límites desconocidos para cualquier artista latino anterior a la invención de los video clips.

Video clips extendidos fueron sus películas con una trama inventada para justificar la transición de canción a canción.

Todos sus largometrajes sonoros Gardel los filmó para la Paramount entre 1931 y 1935. De los ocho la mitad fueron filmados en las afueras de París y el resto en Nueva York: “Cuesta abajo” (1934), “Tango en Broadway” (1934), “El día que me quieras” (1935) y “Tango bar” (1935).

O sea, el Buenos Aires donde Gardel derretía a nuestras abuelas cantando “Por una cabeza” o “Volver” era una copia en cartón armada dentro de un estudio en Astoria, Queens.

Pero mientras cantara a nadie parecía importarle si Gardel se paseaba por una ciudad de ladrillo o de cartón corrugado. Buena parte de los actores de sus películas en Nueva York también eran de attrezzo: ante la falta de sudamericanos en la ciudad Gardel tuvo que convencer a los diplomáticos de Argentina, Chile, Colombia, Venezuela y Perú para que rellenaran la escenografía.

Daba igual. A los estrenos de sus películas la gente acudió en hordas y hasta obligaba a los proyeccionistas a volver a proyectar las mismas canciones una y otra vez convirtiendo al cine en un antecedente del karaoke.

Sin apenas hablar inglés Gardel conquistó Nueva York, ciudad a la que había llegado el 28 de diciembre de 1933 y donde pasaría la mayor parte del resto de su vida. Que no sería mucha.

Gracias a las películas neoyorquinas la fama de Gardel terminó de arrasar todo el continente. Tras verlo en pantalla, ahora Latinoamérica se moría por escucharlo en vivo.

El cantante partió de Nueva York para iniciar su gira latinoamericana el 28 de marzo de 1935. Apenas tuvo tiempo para actuar en Puerto Rico, Venezuela, Curazao, Aruba y Colombia. El 24 de junio, mientras despegaba de Medellín rumbo a Cali, su avión chocó con otro muriendo el cantante y dejando a todo un continente huérfano de su grandeza.

domingo, 2 de mayo de 2021

Protestas en Nueva York

Por dos días consecutivos (viernes 30 de abril y sábado 1ro de mayo) los cubanos nos manifestamos en Nueva York en defensa de la vida y los derechos de Luis Manuel Otero Alcántara y el resto de cubanos que defienden su derecho a ser libres en la isla. 


























miércoles, 28 de abril de 2021

La Revolución y los árboles

 




    
                A Mabel Cuesta, ella sabe por qué

Siempre fue una relación tensa, como todas las relaciones desiguales y mal correspondidas
. Mientras los árboles daban sombra, oxígeno o frutos con la misma parsimonia con que los habían entregado a regímenes anteriores la Revolución más que devolverle los favores condicionaba su relación a objetivos mucho más vastos. Si había que llevarse la mitad de los bosques por delante para sembrar caña para la zafra de los 10 millones, el Cordón de La Habana u otro eslabón de la cadena de ilustres fracasos revolucionarios, se hacía. Si se ponía de moda el ecologismo y la repoblación de bosques, también se hacía. Pero lo que nunca permitía la Revolución era que su relación con los árboles la distrajese de sus objetivos estratégicos. Y, como su máximo líder siempre lo dejó claro, para una Revolución no hay mayor objetivo que mantenerse en el Poder.

Mi padre, ingeniero forestal, botánico, ecólogo que ha consagrado su vida al estudio de los bosques cubanos siempre me lo dejó claro: la existencia de los árboles en Cuba está condicionada al bienestar del poder. Cuando participaba en los planes de repoblación forestal en la Sierra del Rosario o en cualquier otra parte del país le dejaban claro que más importante aún que la conservación y el crecimiento de los bosques en Cuba era asegurarse que nadie se volviera a alzar en montaña alguna. La siembra de nuevas posturas podía ser todo lo improvisada e ineficaz que se podía esperar en aquel sistema pero lo realmente importante era garantizar las vías de acceso de tropas y tanques a las montañas cubanas en caso de necesidad. Si es que no se habían plantado, junto con los nuevos árboles, discretos asentamientos militares por los alrededores.

Ahora me llega desde La Habana una explicación para la furia arboricida que ha atacado a la ciudad en los últimos meses: necesitan despejar la ciudad para facilitar la circulación de drones encargados de la vigilancia de disidentes y otras especies perniciosas. O limpiarle el campo visual a las cámaras de vigilancia. Suena paranoico, ya lo sé. ¿Como en medio de la crisis mayúscula que está llevando al país a un nuevo medioevo es posible que se dediquen tantos recursos a abrirle camino a esos heraldos de la represión posmoderna? La explicación empieza a parecer más racional si se piensa que lo que siguió al levantamiento pacífico del 27N frente al MINCULT fue justamente la tala de los árboles de la cuadra en la que se enclava el ministerio. Puede haber otras explicaciones al actual ensañamiento contra los árboles habaneros pero dado el orden de prioridades de la Revolución no sería extraño que se trate de otra medida estratégica para salvaguardar la gloriosa Madre de Todos los Poderes de la isla. Esa que supedita cada brizna de yerba que crece en la isla a su existencia.

martes, 27 de abril de 2021

La sombra de Padilla


En el 50 aniversario de la famosa "autocrítica" Heberto Padilla la artista Coco Fusco acaba de estrenar un performance consistente en la lectura colectiva de su texto por un grupo de artistas, activistas, escritores e intelectuales cubanos de la isla y el exilio. En dicha lectura participamos Carlos Aguilera, Lupe Álvarez, Katherine Bisquet, María Antonia Cabrera Arus, Sandra Ceballos, Armando Correa, Mabel Cuesta, Néstor Díaz de Villegas, Rafael Díaz-Casas Julio Llópiz Casal, Eilyn Lombard, Martica Minipunto, Yanelys Nuñez Leyva, Amaury Pacheco, Orlando Luis Pardo Lazo, Alexis Romay, Iris Ruiz, Abel Sierra Madero y un servidor. El diseño es de Hamlet Lavastida.
Se han hecho eco del performance medios como Index on Censorship, The Show Room, HyperallergicDiario de Cuba, El Nuevo Herald,  Clarín (Argentina) etc.

Para ver el performance hacer click aquí.

De exilios y diásporas


 Ver el video del conversatorio aquí. (Hablo sobre la hora y 18 minutos y luegoa las 2 horas y 3 minutos).

domingo, 25 de abril de 2021

Discurso de Isaac Bashevis Singer en el banquete del Premio Nobel, 10 de diciembre de 1978


Sus Majestades, Altezas Reales, damas y caballeros:

La gente me pregunta a menudo: "¿Por qué escribes en un idioma moribundo?" Y quiero explicarlo en pocas palabras.

En primer lugar, me gusta escribir historias de fantasmas y nada se adapta mejor a un fantasma que un idioma moribundo. Cuanto más muerta es la lengua, más vivo es el fantasma. A los fantasmas les encanta el yiddish y, hasta donde yo sé, todos lo hablan.

En segundo lugar, no solo creo en los fantasmas, sino también en la resurrección. Estoy seguro de que millones de cadáveres que hablan yiddish se levantarán de sus tumbas algún día y su primera pregunta será: "¿Hay algún libro nuevo en yiddish para leer?" Para ellos, el yiddish no estará muerto.

En tercer lugar, durante 2000 años el hebreo se consideró una lengua muerta. De repente se ha vuelto extrañamente vivo. Lo que le sucedió al hebreo también puede sucederle al yiddish algún día (aunque no tengo la menor idea de cómo pueda ocurrir este milagro).

Todavía hay una cuarta razón menor para no abandonar el yiddish y esta es: el yiddish puede ser un idioma moribundo, pero es el único idioma que conozco bien. El yiddish es mi lengua materna y una madre nunca está realmente muerta.

Señoras y señores: Hay quinientas razones por las que comencé a escribir para niños, pero para ahorrar tiempo mencionaré solo diez.

Número 1) Los niños leen libros, no reseñas. Les importa un comino las críticas.

Número 2) Los niños no leen para encontrar su identidad.

Número 3) No leen para liberarse de la culpa, para saciar su sed de rebelión o para deshacerse de la alienación.

Número 4) No les sirve la psicología.

Número 5) Detestan la sociología.

Número 6) No intentan entender a Kafka ni el Finnegan’s Wake.

Número 7) Todavía creen en Dios, la familia, los ángeles, los demonios, las brujas, los duendes, la lógica, la claridad, la puntuación y otras cosas obsoletas.

Número 8) Les encantan las historias interesantes, no los comentarios, las guías o las notas al pie.

Número 9) Cuando un libro es aburrido, bostezan abiertamente, sin vergüenza ni temor a la autoridad.

Número 10) No esperan que su amado escritor redima a la humanidad. Por jóvenes que sean, saben que eso no está en su poder. Solo los adultos tienen ilusiones tan infantiles.



sábado, 24 de abril de 2021

Leyendo A Homero En La Habana



Por Enrisco

En mi juventud habanera casi todo estaba racionado: la comida, la ropa, los zapatos. Pero, sobre todo, las lecturas. Cierto que había muchos libros disponibles, pero la gran mayoría de ellos, al igual que la música y el cine, respondían al mismo sesgo ideológico o, como se decía en aquellas circunstancias, a la misma concepción científica y revolucionaria del mundo. Imposible tropezarse en las librerías con George Orwell, Mijail Bulgakov o Milan Kundera en los estantes de literatura europea, con Mario Vargas Llosa, Octavio Paz o Jorge Luis Borges en los de latinoamericana o Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Lydia Cabrera o Guillermo Cabrera Infante en la cubana. Incluso los marxistas menos ortodoxos como Gramsci, León Trotski, Althuser o Adorno estaban prácticamente vetados de librerías y aulas. Toda la literatura contemporánea había sido sometida a una minuciosa criba enfocada en excluir los libros que cuestionaran el catecismo marxista. Incluso se censuraba a los “compañeros de viaje” que, en medio de su entusiasmo por la Revolución Cubana, mostraran algún aspecto de la realidad que la propaganda oficial prefería silenciar. Lo mismo se vetaban los libros de Eduardo Galeano que el entusiasta recuento que hiciera el poeta Ernesto Cardenal de su viaje a Cuba.

A los clásicos, en cambio, esa inercia de los programas de estudio, se les consideraba inofensivos. Al modo en que la Iglesia ejercía de perdonavidas con los autores precristianos, a los autores anteriores al Manifiesto comunista se les disculpaba el haber nacido antes de las fundamentales revelaciones del marxismo. En las escuelas se los leía, eso sí, en la clave del materialismo histórico: se hacían todas las acrobacias interpretativas necesarias para que los clásicos anticiparan las epifanías del marxismo. En la Ilíada, por ejemplo, no había personaje más importante que Tersites, aunque apenas se asomara en una breve escena de sus 24 libros para salir bastante mal parado. Tersites era, según la interpretación oficial que se nos impartía, el representante de los plebeyos y, quien dice plebeyos, dice los desposeídos, los proletarios, la clase revolucionaria. Pero al margen de aquellas lecturas tuteladas, la épica de griegos contra troyanos quedaba allí, con sus espléndidos misterios, dispuesta a entregarnos el sentido que pudiéramos atribuirle.

Lo mismo valía para Platón, Dante, Cervantes, Shakespeare, Balzac o Tolstoi. (La Biblia, en cambio, se excluía de librerías y programas de estudio: la religión era el opio del pueblo y en el socialismo el consumo de estupefacientes está severamente penado). Sus libros nos permitían fascinarnos por mundos y héroes lejanísimos y cercanos al mismo tiempo. Personajes que funcionaban con una lógica muy poco marxista, pero igual de humana que la nuestra. En medio de la vida milimétricamente racionada del totalitarismo aquellos clásicos nos permitían vivir vicariamente la experiencia de la libertad. Y entendernos con seres muertos hacía tanto tiempo, nos convertía en más sutiles, mejores, lectores.

Ahora, como profesor de la democrática academia norteamericana asisto no sin asombro a la creciente ofensiva contra los textos clásicos, los mismos que hasta la celosa censura totalitaria solía respetar. Cierto que no se les arrincona por clásicos sino por ser la obra de hombres blancos. Pero ni Platón, que alguna vez fue esclavo, Dante, exiliado, Cervantes, mutilado, esclavo y preso por deudas, Shakespeare plebeyo y Balzac, escribiendo bajo el acoso de sus acreedores, pudieron disfrutar a plenitud los supuestos privilegios que venían con su género y color de piel. Para no hablar de Homero quien, según la tradición, era ciego.

Hoy se pretende escoger las lecturas como se elige un traje de bodas: hechas estrictamente a las medidas identitarias de cada cual. De ser posible el autor deberá compartir raza, género, preferencia sexual e ideología con los lectores. Pero exagero. El rechazo más radical contra los autores blancos se lo escuché a un estudiante rubio y de ojos azules. Puede que él, como otros, intente cuestionar la veneración hueca que siempre ha existido hacia la literatura de épocas pasadas. (De manera no muy diferente el sistema educativo de Occidente alguna vez superó la superstición del latín). Puede que se haya roto el consenso sobre la necesidad de leer libros con previo fervor y misteriosa lealtad, al decir de Borges. Puede que lo que me predispone hacia la actual ojeriza contra los clásicos sea mi nostalgia por aquellas lecturas libérrimas en medio del más estricto racionamiento intelectual. Preferible que sea así y no que lo que persuada a los estudiantes de dialogar con algunos de los muertos más ilustres del pasado no sea la molicie o el miedo. El miedo, se sobreentiende, a atreverse a ver el mundo más allá de la perspectiva estricta que nos pautan nuestro tiempo y nuestras circunstancias. El miedo a ser, modestamente, libres.

domingo, 18 de abril de 2021

Decálogo del guerrero (de las redes sociales)


1.-Escriba como si sus posts pudieran ser leídos en una semana, un mes o un año. O en diez. Como para evitar que lo avergüencen demasiado cuando los vuelva a leer en una semana en un mes o un año. O en diez.

2.-Si va a entrar en un debate escríbale a sus interlocutores como si fueran personas reales. Posiblemente lo sean.

3.-Respóndale a sus contradictores no solo como personas reales sino como si hubiera alguna posibilidad de encontrárselas alguna vez, cara a cara, y no tener que bajar la suya. O desviarla en alguna dirección. Tenga en cuenta que en ese momento nadie le va a estar dando “like”.

4.-Si bebe no postee. Y si postea no beba. Más importante aún: si no ha probado alcohol ese día no tiene justificación para postear como si estuviera borracho.

5.- Recuerde que la palabra “friend” quiere decir “amigo”. Y si bien a todo “amigo” de Facebook no lo une un “afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato” tampoco debe llegarse al extremo de insultarlo o dejarse insultar por este. Llegado a ese punto es mejor suspender la amistad, por muy virtual que esta sea.

6.-Recuerde que no puede tener la razón siempre. Si dice una cosa un día y la contraria al siguiente lo más probable es que una de sus afirmaciones sea errónea. O  las dos. O si la noticia con la que ayer estuvo de acuerdo hoy resultó ser falsa no insista en sacar la misma conclusión que cuando la creía verdadera.

7.-Cuando una noticia parezca confirmar sus creencias más profundas no la reproduzca inmediatamente. Sospeche de ella. Compruébela con varias fuentes antes de difundirla. Recuerde que la realidad no existe para darle la razón sino más bien para quitársela.

8.-No escriba posts para sacarse la rabia de arriba. Como si estuviera tirando la basura a la calle. Piense que si todos hacemos lo mismo las redes sociales serán un basurero. Si no lo son ya.

9.- Diga las cosas como si pudiera estar equivocado. Como si alguna vez en su vida hubiera podido equivocarse. En parte porque un poco de humildad nunca viene mal. En parte porque si acierta la mitad de las veces no es un mal promedio, pero aun así queda demostrado que no es infalible. Después de todo ni siquiera el Papa lo es. (Sí Francisco, no te hagas ilusiones).

10.-Considérese de antemano un idiota si ha tenido el impulso de escribir un decálogo como este. Y actúe en consecuencia.

miércoles, 14 de abril de 2021

Locos por la rumba


Habría sido interesante viajar en algún vapor de la línea Nueva York-Habana un siglo atrás. A la ida con el barco cargado de turistas yankis deseosos de escapar del frío invernal y de la Ley Seca todo el año.

A la vuelta, con esos mismos turistas, ya resacosos, desafinando con sus maracas de souvenir y, junto a ellos, músicos cubanos impacientes por llegar a Nueva York. No solo para dejar de oír esas maracas con arritmia sino también incorporarse a la entonces lenta pero imparable invasión de música latina a los Estados Unidos y convertirse en los bisabuelos musicales de Bad Bunny.

Al principio no debieron notarlos mucho. En esa época Nueva York, como Chicago, estaba llena de tipos con estuches de guitarras. Lo extraño era que al abrirlos sacaran guitarras y no ametralladoras Thompson como dictaba la moda. O botellas de whiskey destilado en bañaderas. Si algo traían en sus estuches aquellos músicos, además de guitarras, sería ron Bacardí.

Al fin y al cabo, su negocio era el de promover productos locales. De aquellos vapores desembarcaron el Sexteto Habanero, el Trío Matamoros, el Septeto Nacional, Don Azpiazú y su Orquesta y muchos más. Su misión: grabar sus canciones (urticantes y contagiosas como ciertas enfermedades, pero más divertidas) en los estudios de Columbia, la RCA Victor o de la Paramount en Manhattan o en la vecina Nueva Jersey.

En estudios gringos María Teresa Vera añoró sus “Veinte años”, Miguel Matamoros lloró sus “Lágrimas Negras” e Ignacio Piñero recomendó “Échale salsita”.


Una vez impresas aquellas canciones en discos de goma laca viajaban a la isla para enardecer a sus ávidos bailadores y causar conflictos laborales: se cuenta que cuando el empleador de Matamoros descubrió que era el autor de los sones que enloquecían a toda la república le regaló cien pesos con una nota que decía “un artista de su calidad extraordinaria merece mejor destino y no sería justo de mi parte tenerlo de chofer en mi casa”.

Pero el éxito de aquella música no se limitó al oasis alcohólico de los gringos.

Tanta viajadera a Cuba terminó haciéndolos adictos a algo más que al alcohol local: descubrieron que cuando escuchaban aquellas grabaciones el whiskey de bañadera les sabía a Bacardí tomado a la sombra de un cocotero. O algo parecido.

La consagración llegó el 13 de mayo de 1930. Ese día Don Azpiazú y su Orquesta grabaron en la voz de Antonio Machín el pregón “El manisero” de Moisés Simons.

Fue en el estudio de la RCA Victor en el 18 West de la calle 46, en Manhattan. Su éxito dejó chiquita la palabra “apoteósico”. De aquella grabación se vendieron un millón de copias que equivalen hoy al éxito de tres o cuatro “Despacito”.

Todos querían grabar “El manisero”. Hasta Louis Armstrong cambió el “maniiiii” por “Marieeeee” y una jerigonza que le iba muy bien a su estilo improvisatorio. Todavía tres años más tarde los hermanos Marx la tarareaban en su comedia surrealista Duck Soup.

A la adicción de los gringos por cualquier música vagamente caribeña se le llamó Rhumba Craze (Locura de la Rumba). “Rhumba” le llamaron a sones, guarachas y congas porque les sonaba exótico: a Bacardí a la sombra de un cocotero y aquella “H” metida en el medio era como la sombrillita del trago.

Luego los catalanes Enric Madriguera y Xavier Cugat se dieron cuenta de que el negocio estaba en lo exótico y lo convirtieron en fábrica de chicharrones tropicales con violines y maracas.

La locura por la rumba pasó, pero en el 2001 “El manisero” entró en el Salón de la Fama del Grammy Latino.

En 2005 fue incluida en el Registro Nacional de Grabaciones entre las canciones que son “cultural, histórica o estéticamente importantes” para Estados Unidos.

Y por enseñarle a los gringos que había vida más allá del foxtrot, el charlestón y el whiskey de bañadera.

viernes, 26 de marzo de 2021

Una extraña alianza


El verano pasado fue testigo de una curiosa campaña en favor de la justicia social consistente en el sistemático derribo de estatuas. Curiosa por dos razones.

Una es que todavía no queda clara la relación causa-efecto entre la iconofobia y la justicia social: se pensaría que un movimiento que lucha por los derechos de las minorías tuviera asuntos más urgentes que ensañarse con esos glorificados cagaderos de palomas. Por otro lado, un movimiento que decía luchar contra la discriminación a la hora de elegir el blanco de su rabia iconoclasta demostró ser bastante indiscriminado: lo mismo la emprendió contra estatuas del general proesclavista Robert E. Lee que contra Ulysses Grant, el general que lo derrotó; les daba igual atacar efigies del presidente confederado Jefferson Davis que de Abraham Lincoln.

Si se trataba simbolismos es difícil desentrañar el de ataques que lo mismo se dirigían contra monumentos consagrados a la memoria de esclavistas que a la de abolicionistas. Queda más allá de mi limitado entendimiento encontrarle significado a un movimiento que atacaba lo mismo monumentos dedicados a Luis XVI que a George Washington; o a Thomas Jefferson, al abolicionista negro Frederick Douglass, a la nativa americana Hiawatha, a la virgen María y a Mahatma Gandhi. Esa fiebre de derribos parecía obedecer a la lógica por la que enjuiciaban a Joseph K. en El proceso: lo primero es derribar estatuas, que las justificaciones ya aparecerán. Ya se sabe: quien esté libre de pecado que erija su propio monumento.

De todos los ataques contra el mobiliario público ninguno más curioso que el infligido a un busto de Miguel de Cervantes en el parque Golden Gate, de la ciudad de San Francisco. El daño físico fue relativamente escaso: apenas unas manchas rojas alrededor de los ojos y una pintada en el pedestal que decía “Bastardo”. En cambio, el estrago que este ataque le hace a la lógica y el sentido común es demoledor.

Cervantes, como tengo que explicarle a estudiantes que con frecuencia ignoran hasta su nombre, escribió Don Quijote de la Mancha que es al mismo tiempo la piedra angular de la novela moderna y el mayor monumento literario que conoce la lengua española. Lo más seguro es que los atacantes del busto supieran menos del escritor que la mayoría de mis estudiantes. Les habrá bastado su bigote, su barba y su gorguera de bronce para imaginarlo esclavista, explotador, genocida. Seguramente los vándalos justicieros ignoraban que el busto atacado era el de un impedido físico que difícilmente estaría a favor de la esclavitud pues él mismo la sufrió durante casi cinco años. Tampoco debió importarles. Una vez contagiados con la fiebre justiciera la lógica es lo de menos.

Por si fuera poco, al otro lado del océano, quienes deberían ser más responsables que unos vándalos de parque -me refiero al gobierno español- decidieron quitarle a la lengua de Cervantes la condición de lengua vehicular del sistema educativo nacional. A nivel simbólico equivale a que el idioma de más de quinientos millones de personas termine convertido en su país de origen en lengua provincial. A nivel práctico reduce el castellano a un 25% de la comunicación diaria en las escuelas de media España y el dominio lingüístico de los estudiantes a un nivel que impedirá la comprensión y el disfrute de obras con la complejidad de Don Quijote. El afán justiciero alienta a la nueva ley: el desagravio retrospectivo a todas las lenguas locales arrinconadas en tiempos del franquismo lo pagará la lengua de Cervantes quien, según estas medidas, parece ser un seudónimo de Francisco Franco.

Algo me dice que cuando el escritor James Baldwin dijo que la ignorancia, aliada con el poder, es el enemigo más feroz que podía tener la justicia no pensó en la posibilidad, aún más perversa, de que la justicia buscara como aliado a la ignorancia.