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martes, 28 de julio de 2026

El reactivo Luis Manuel Otero Alcántara*


Alguien a quien quiero y respeto me escribió con alarma sobre la entrevista que le había dado Luis Manuel Otero Alcántara al periodista Mario Pentón. Tras escuchar la entrevista, el alarmado era yo: ¿qué problemas tenemos los cubanos para entender lo que nos dicen 50 minutos de conversación con alguien que emplea la misma modalidad del español que usamos para comunicarnos todos los días?

Por supuesto que en el caso de mi amiga descarto la envidia, la animadversión política o los trastornos psiquiátricos que inspira en algunos Luis Manuel. Se trata de una persona que desea lo mejor para el país del que tuvo que huir hace unos años y que lo añora con el amor limpio de la gente honesta que es. Más que entender a Luis Manuel intento aquí entender la decepción de muchos.

En la entrevista, para el que no la haya visto, el recién desterrado habla, con su franqueza habitual, de su prisión, de su llegada a Estados Unidos y de sus planes. Pasado presente y futuro, como lo dictan los tiempos verbales. El fragmento que parece incomodar más a mi amiga y a muchos otros fue su descripción de los nueve días que mediaron entre el momento en que la Seguridad del Estado lo sacó de la cárcel y el que salió de Cuba. Un secuestro «amable», de policía bueno, mientras el poder esperaba la oportunidad de expulsarlo del país. Luis Manuel nos habla de una casa de la Seguridad, cercana a la playa de Guanabo, con una piscina que rellenaban apresuradamente con unas pipas de agua cuando él llegó. El agua que escasea hoy en Cuba, apunta el artista, traída para sobornar sus últimos recuerdos sobre el régimen que lo había encerrado un quinquenio. Una oportunidad, intuye el entrevistado, para que se relajara. Y también para recoger material con el que chantajearlo o desprestigiarlo más tarde. Y Luis Manuel —supongo que para decepción de mi amiga—, en lugar de protegerse de la trampa que le habían tendido saltó de lleno en ella, como en la piscina llenada a golpe de pipa, y así convertir aquella emboscada en otra cosa.

Queda clara la intención primera del artista con tales confesiones: evitar que el material recogido en esos días por la Seguridad del Estado pueda servir como un instrumento de chantaje y difamación contra él. El chantaje, como sabemos, es alérgico a la claridad y la trasparencia. Hay también una razón menos obvia para sus confesiones: sacarse de arriba el papel de mesías con que lo han obligado a cargar apenas llegó a Miami y así poder satisfacer su instinto natural de experimentar la libertad luego de pasar cinco años preso. Aunque eso signifique sacarse de arriba la armadura de guerrero inclaudicable que le quieren encasquetar. De ahí que Luis Manuel insista en convertir la experiencia de la prisión —deshumanizadora, por muchas vueltas que le dé— justo en lo contrario, en un doctorado en humanidad, en conocimiento del alma humana, en creatividad. Más que a recuperar el tiempo perdido, el artista se niega a admitir esos años como un desperdicio al que lo forzó el régimen que abomina. Evitarse la disyuntiva de ser héroe o víctima.

Pero basta de explicar a Luis Manuel. Bastante elocuente es a la hora de aclararse a sí mismo. Para lo que puede servir el revuelo que se ha creado a su alrededor es para entendernos a nosotros mismos. Luis Manuel, mostrándose como lo que es, un buen artista (porque no cesa de crear) y un mal político (porque no intenta engañarnos), nos obliga a reconocer qué entendemos por arte y qué por política. El arte sería, de acuerdo con el consenso general, un asunto etéreo y decorativo, donde todo se decide entre las categorías "bonito" y "feo" pero que no sirve para casi nada serio excepto cuando refuerza nuestros prejuicios, sean estéticos o políticos. La política, en cambio, se asume como simulación constante en la que el buen político es quien finge mejor estar por encima de nuestra humanidad, entendida como debilidad, flaqueza, frivolidad. Pero frente a alguien como Luis Manuel, dispuesto a sacrificar a la causa común todo menos su humanidad, nos sentimos confundidos, defraudados. Sacadas sus cuentas, Luis Manuel estuvo dispuesto a pasar cinco años de su vida en la cárcel, pero no a renunciar a esa terca individualidad que muchos ven como estorbo para llevar a cabo la misión que le asignan.

Más que el líder que le piden a Luis Manuel que sea, él se ha vuelto, sin proponérselo, en un reactivo químico que hace más visible el tamaño de nuestra desesperanza, de nuestra impotencia. Porque las dictaduras, a fuerza de reducir a sus súbditos a la impotencia, los infantilizan y los lleva a apostar sus ilusiones a personajes mágicos, relatos mágicos, soluciones mágicas. Para luego desencantarse rabiosamente cuando la magia no funciona. 

Se ve el castrismo como una pesadilla de la que bastará una buena sacudida para despertarnos de ella y no como un experimento monstruoso que nos ha calado hasta la médula. Eso cuando no lo ven como merecido castigo para expiar no se sabe cuántas culpas acumuladas. Y encima, para configurar nuestros héroes usamos los mismos mitos que nos ha proporcionado el castrismo con sus próceres incorruptibles, ascéticos y dispuestos al sacrificio a cada instante, justo todo lo que no somos. Y caemos en la paradoja de ser anticastristas que quieren que sus héroes sean como el Che, con ese ostentoso desinterés por la vida y sus goces. Con la misma aridez vital, la misma falta de simpatía por todo lo que no sirva a sus propósitos.

Después de todo, somos un pueblo secuestrado por una banda criminal que ha abusado del detalle de ser nuestros compatriotas hasta el punto de hacernos creer que le pertenecemos, que somos parte de ellos. Un pueblo que, incapaz de movilizarse, no encuentra ahora mismo otra salida que una intervención militar extranjera. Hay cierta lógica entonces en que desconfiemos de cualquiera que se parezca a nosotros mismos. O que, pareciéndose en todo lo demás, tome distancia de nuestros hábitos como manada.

Si de otra cosa Luis Manuel es un reactivo, porque la hace más visible, es de nuestra chealdad colectiva, de ese sentimentalismo redundante y morboso que nos hace renegar del sentido común y nos impone líderes profundamente deshonestos a quienes les pedimos como Olga Guillot: «Miénteme más porque tu maldad me hace feliz». La chealdad, metástasis criolla del kitsch alemán, nos persigue más allá de la ideología que escojamos: da igual la horterada dorada de la derecha o el sentimentalismo trovadoresco de la izquierda. Ante esa escasez de posibilidades, nuestro lenguaje común, el político, está dominado por lo cheo, o por esa otra variante sofisticada de la chealdad que es convertir la política o la ética en mera cuestión estética.

Como en cada totalitarismo, en el castrismo ha imperado la dictadura de los sentimientos. Incluso sobre aquellos que se les oponen y, por ejemplo, necesitan decir castrocomunismo en cada oración para que no se les confunda con los tibios que apenas nombran al régimen con el apellido de su fundador. Las principales armas contra cualquier modalidad del totalitarismo son, dice Milan Kundera, el individualismo, la duda, las interrogantes, la ironía, el humor. O sea, todo lo que ponga de relieve la deshumanización y la profunda falta de sentido y de coherencia del totalitarismo, todo lo que confronte su discurso ampuloso con la realidad mierdera que engendra. Sin embargo, como apuntaba Kundera, «quienes luchan contra los llamados regímenes totalitarios difícilmente pueden luchar con interrogantes y dudas. Ellos también necesitan su seguridad y sus verdades sencillas, comprensibles para la mayor cantidad posible de gente y capaces de provocar el llanto colectivo».

De ahí, volviendo a Luis Manuel, sería saludable para todos dejar tranquilo a quien acaba de salir de la cárcel. No cargarlo con la responsabilidad de amoldarse a la imagen que nos hemos hecho de él y encima con la obligación de ofrecernos todo lo que nos falta. No habrá verdaderos cambios en nuestro país mientras no empecemos a cambiar como pueblo, mientras no seamos capaces de madurar, de despojarnos, aunque sea en parte, de nuestro común infantilismo y de nuestra chealdad política. No avanzaremos hacia una libertad funcional y duradera mientras no tratemos de ser más libres por el procedimiento elemental de hacernos más responsables y confiar, antes que en soluciones y figuras mágicas, en la magia probada del esfuerzo, el acuerdo y el respeto común.

*Publicado en El Toque 

jueves, 18 de junio de 2026

Una carta a la izquierda española, 25 años después




Hace un cuarto de siglo le escribí una carta a la sección “Cartas al director” del diario español El País. Antes había enviado otra que no había sido publicada donde me quejaba de que dicho diario llamara a Fidel Castro “veterano líder” mientras al exilio cubano se le calificaba de “exilio radical”. De más está decir que tampoco esa carta fue publicada. Ahora me la encuentro en un viejo archivo y me sorprende por su ingenuidad. Pero todavía me sorprende más que 25 años después la gran mayoría de la izquierda española mantenga la misma actitud sobre Cuba. Como si el tiempo no pasara, o como si todo lo sucedido desde entonces no les hubiera enseñado nada.



Carta de un cubano a la izquierda española:

La razón por la que me dirijo a ustedes, progresistas españoles, es una y sencilla: el prestigio que tras 42 años de ejercicio omnímodo del poder conserva a los ojos de la mayoría de ustedes el gobierno de Fidel Castro y la Revolución Cubana, uno de sus seudónimos más recurrentes. Las señales de que ese prestigio está lejos de desaparecer la encontramos a cada paso, cada día. Si cada vez son menos los que defienden abiertamente al régimen -o lo justifican con escrúpulo variable- ahora se impone una supuesta objetividad que conviene en titular al dictador caribeño “presidente” o “líder cubano” en los abundantes artículos que se le dedican a la situación de la isla. Eso o una indiferencia cómplice que intenta justificarse en que de “eso” no vale la pena hablar. Las señales son múltiples, decía, y renovadas: la aséptica cuando no retocada información que se recibe desde las corresponsalías en La Habana; el espectáculo de un actor como Javier Bardem tratando de hacerse perdonar por haber interpretado magníficamente a una prominente víctima del castrismo; o el obstinado silencio ante cada nuevo horror proveniente de la isla. Defender a un régimen a todas luces decrépito puede no ser especialmente aplaudible, pero atacarlo al parecer denota un gusto pésimo. Pero permítanme recordarles que más allá de las reglas que rijan la etiqueta política actual hace mucho tiempo que se sabe que el silencio o la objetividad ante el crimen no es más que otro modo de colaborar con él.

Porque de eso se trata, de colaboración con un crimen que ya dura demasiado. ¿Cómo explicar la supervivencia de ese prestigio entre aquellos que se definen políticamente por tomar partido a favor del progreso, la tolerancia, la justicia social, de los menos favorecidos, los oprimidos? ¿Qué es lo que hace al pueblo cubano menos digno de su solidaridad? ¿Qué hace al castrismo menos digno de su repulsa? ¿Acaso no ha sido suficiente que la dictadura unipersonal de Castro sea ya la más extensa de la historia moderna en occidente? ¿Acaso no son suficientes los miles de ejecutados judicial o extrajudicialmente, los miles de muertos mientras intentaban de escapar, las decenas de miles de encarcelados, los más de dos millones que se han visto obligados a vivir fuera de su país o la casi totalidad de la población que queda en la isla sometida por igual a una miseria dizque digna y a la desposesión continua de la mayor parte de los derechos fuera de toda discusión en el mundo democrático? Sí, porque si en algo ha sido democrático el gobierno cubano – y aun así con algunas restricciones - es en la distribución de la miseria y la represión: no existe grupo étnico, religioso o político, sexo, clase social, edad u origen nacional que haya escapado al terror que alegremente propina el régimen con la forzada complicidad de sus propias víctimas. Ante esta evidencia repito la pregunta ¿Qué hace a los crímenes del castrismo menos repugnantes que los de Hitler, Musolini, Batista, Franco, el apartheid o Pinochet? ¿Qué hace a los cubanos inferiores ante los ojos de la solidaridad del progresismo internacional que judíos, chilenos, sudafricanos negros o españoles recibieron cuando sufrieron sus respectivos infiernos?

En lo que espero la respuesta, que me temo que nunca llegará, adelanto dos posibles razones que exceden un reduccionista encuadre ideológico. Una es la condición de víctima que con tanto acierto ha cultivado el régimen de la isla frente al “imperialismo norteamericano”. La tradicional simpatía con que obsequiamos al débil que se enfrenta al fuerte se ve reforzada por el hecho de que el fuerte en este caso es el objeto del temor y el odio de buena parte del universo. Sólo que esta vez no se trata de un partido entre el Real Madrid y el Numancia. De este modo que en el diferendo Cuba- Estados Unidos (alimentado con tanto acierto por el régimen cubano) la isla se convierte en el campo de batallas simbólico de la progresía mundial donde –ventajas de lo simbólico- nadie sale perjudicado excepto los cubanos. Así se podrán gozar las pocas ventajas del capitalismo o la globalización o recibir ayudas norteamericanas sin necesidad de sentir un peso adicional en la conciencia: defender a Castro o su seudónimo conlleva una osadía simbólica capaz de justificar cualquier otra debilidad. No sé si resulta evidente la fragilidad moral de ese argumento más allá de su conveniencia. Usar 11 millones de personas como rehenes de esa batalla simbólica contra el imperio del mal no es necesariamente ético. Reclamarle a los cubanos que resistan o a Castro que le pare los pies a los yanquis resulta un funesto y torpe ejercicio de cobardía del que espero que algún día se arrepientan.

Hablaba de dos razones. Si la primera es simbólica la segunda casi resulta filosófica. La sobrevivencia del régimen castrista al derrumbamiento del socialismo real parece justificar su validez. Parecería que su indudable capacidad de perdurar lo hiciera a su vez legítimo. La conclusión hegeliana de que todo lo real es racional se vería así sensiblemente modificada: todo lo real es legítimo. Pero esa conclusión corre el peligro de terminar legitimando hechos de incuestionable (y abominable) realidad como el holocausto nazi o un Franco octogenario decidiendo los destinos españoles hasta su último estertor. “¡No es lo mismo!” me recordarán muchos de ustedes, pero permítanme insistir que la existencia de un régimen que asesine a millones de personas no relativiza la criminalidad de otro que se conforme con asesinar unos cuantos miles. Como los 42 años de castrismo no disminuyen el horror de los 12 años de poder nazi.

Existe también una razón algo más ideológica para extender el manto protector sobre el castrismo, para que condenarlo se vea tan poco cool. Buena parte de la izquierda, atrapada entre la parálisis y la frivolidad, huérfana de nuevos argumentos, sucumbe ante la nostalgia de los tiempos en que se enfrentaban capitalismo y socialismo, el bien contra el mal en términos casi absolutos. La Cuba de Castro es vista así como un símbolo de aquella creencia en poseer verdades absolutas y de imponerlas a cualquier precio. Pero si esos absolutos se han visto rechazados en la práctica, todavía forman parte de las fantasías heroicas de muchísima gente que se considera de izquierda, progresista. Sólo que no deben olvidar que ese deseo de absoluto no es más que la sublimación de la incapacidad de lidiar con la vida diaria, con su persistente vulgaridad, esa que hace encontrar a la democracia tan ridícula. En el fondo de eso se trata. Las actitudes que adoptan como emblema concreto la complicidad estentórea o silente con un régimen como el cubano denotan la incapacidad de muchos de aceptar la democracia como lo que debe ser, un sistema de transacciones constantes de donde todos deben salir beneficiados, basados en el respeto al otro y la imposibilidad de soluciones permanentes. Se justifica la existencia del castrismo como un modelo de utopía, pero permítanme recordarles que el principal atributo de las utopías es su imposibilidad. Renunciar y condenar el castrismo como emblema utópico (entre otros emblemas afines) no será entonces sólo un ejercicio de lógica elemental (el régimen castrista existe, luego, no es utópico) sino un exorcismo de cuanto de antidemocrático y totalitario perdura en el imaginario de la izquierda actual. Y no se piense que niego la capacidad de seducción que tuvo el castrismo en sus orígenes. Nadie mejor que un cubano para entender esa seducción ante la que tantos sucumbimos al punto de permitirle al régimen de presumir del apoyo unánime de la nación. Pero también nadie como un cubano para rechazar una seducción que ya sólo responde a inercias mentales o sentimentales.

De modo que esto les pido. Cuando pronuncien la palabra Cuba, por mucho que intenten darle un sentido simbólico, casi metafísico, recuerden que ese concepto incluye las vidas (reales) de 11 millones de cubanos. Evítense el espectáculo penoso y carente de sentido de esperar a que el fin del régimen saque a la luz nuevos horrores (que a esas alturas resultarían pura redundancia) para apartarse de él asqueados. La condena del régimen por parte de ustedes cuando todavía puede resultar vigente, supondrá algo más que una solidaridad que los cubanos más temprano que tarde agradecerán. A nosotros nos hará algo más leve la dictadura o el exilio. Para ustedes supondrá un ajuste de cuentas con lo peor de la izquierda, eso que la ha hecho sumirse en un descrédito tan generalizado. Será apenas otro símbolo, pero en este caso, de sintonía con los tiempos que nos han tocado vivir, de vocación democrática y humanista que es en el fondo el mejor legado que la izquierda puede reclamar. Y si soy totalmente sincero no encuentro crítica más provechosa a la dictadura cubana que la que venga de ustedes. A la derecha, en el caso cubano, no les interesa demostrar nada. Para ellos todo siempre estuvo demasiado claro, tanto que nunca lo entendieron y ahora encima le sacan partido invirtiendo en el país que posee los trabajadores con menos derechos y, por ello, más explotables del mundo. Una crítica desde la izquierda partiría de una comprensión más cercana y profunda. Con esto creo que todos saldremos ganando. Cierto que a estas alturas optar por la condena del castrismo requiere valor, valor frente al peligro del ostracismo o el miedo al ridículo, pero justo de eso se trata, de tener valor frente a la uniformidad de la tribu. Espero que esta carta sea recibida como lo que pretende ser, un llamado a la reflexión. Suyo siempre,

un cubano

 

 

viernes, 5 de junio de 2026

LASA 2026 en Lutecia: dos momentos



UNO

El miércoles 27 de mayo, 2026, se reunió la sección Cuba de LASA. Caí allí por puto azar (si les cuento cómo llegué entenderían lo lúcido de la errata). La sala, repleta, era una mezcla de académicos, algún que otro esbirro y los usuales compañeros de viaje. Se discutía y no se discutía. Los compañeritos de viaje hablaban de las inconveniencias de hablar de política, del carácter esencialmente divisorio de ese tema. En cuestiones matemáticas estaban más por la suma (a su favor) o por el borrón y cuenta nueva.

Del bando contrario se adujeron razones varias para insistir en sus declaraciones (políticas). Sobre todo si se tenía en cuenta que:

-La política nunca ha estado ausente de la sección Cuba, aunque usualmente concentrada en expresar simpatía y comprensión por el régimen cubano.

-Protestar porque los representantes del castrismo no reciban visas es una forma de hacer política tan clara como protestar porque a los académicos críticos del régimen cubanos se les persiga en su país o se les impida viajar fuera de este.

-La sección Cuba en LASA no tiene que regirse por reglamentos más estrechos que los que estipulan la conducta del resto de la organización.

Los representantes del filocastrismo, por su parte, hicieron lo que pudieron para defender su posición, que es más o menos la del régimen al que se deben por fe o interés. (No se les regañe en casa por incumplir su deber: su posición a estas alturas es simplemente indefendible). El Viejo Funcionario sacó a pasear sus entrenadas mañas con ademanes que él mismo deberá creer relajados y hasta graciosos pero, créanme, eran todo lo contrario. Otro al que llamaré, El Veterano Compañero de Viaje, insistía en la supuesta neutralidad que se le debía a la academia, en lo excepcional de la condición cubana. No tuvieron ningún éxito. Era obvio que la realidad y la actual composición de la Sección Cuba de LASA los situaba en desventaja.

Yo, que no soy miembro de la Sección Cuba de LASA y ni siquiera me podría llamar académico sin deformar el concepto, (bastante que me dejo llamar intelectual) me mantuve callado. Tampoco hizo falta que hablara. La derrota del Funcionario y el Compañero había sido lo bastante aplastante, lo insostenible de su posición era demasiado obvio, como para el que tuviera nociones del ajedrez académico que consiste en discutir, pelearse incluso sin mencionar por su nombre las posiciones en pugna entendiera cual había sido el desenlace.

De haber hablado allí yo habría sonado todo lo discordante que puede sonar alguien que insiste en llamarle a las cosas por su nombre en predios donde la lengua oficial es el eufemismo. En decir todo lo que se callaba. De haber intentado traducir tanto eufemismo habría sonado así:

"No soy miembro de esta sección ni estoy al tanto de los detalles que han conformado su evolución pero visto desde afuera esta es mi impresión. La sección Cuba de LASA fue creada por académicos afines al régimen cubano tanto desde dentro como desde fuera de la isla para normalizar la presencia de dicho régimen en los medios académicos norteamericanos. Y en principio funcionó. Años más tarde, sin embargo, hubo que hacer concesiones: no se entendía que solo viajaran a los congresos de LASA aquellos académicos más comprometidos con el régimen incluyendo algún que otro oficial del MININT mientras que renombrados especialistas en sus respectivos campos quedaban fuera de las convocatorias.

Casi sin sentirlo la Sección Cuba de LASA se ha ido convirtiendo en otra cosa, algo mucho mejor que una pantalla académica del castrismo. Al punto de haber elegido el año pasado como presidenta a Alina Barbara López, académica que sufre persecusión constante en su país y a quien el régimen que la intenta amordazar no le permitió asistir al congreso en París. Protestar contra esto y contra los continuos atentados contra la libertad académica del régimen totalitario que rige Cuba es lo que algunos miembros de la sección Cuba consideran política, en el sentido de indeseable y disruptivo de las buenas maneras académicas. Y eso es una buena señal, que se hable de política cuando se defienda a los académicos perseguidos mientras el apoyo al castrismo se considera un gesto perfectamente apolítico. Es una buena señal, digo, que la búsqueda de la justicia siga siendo asunto político".

Eso es lo que habría dicho pero que callé para no violentar ese principio académico que considera de pésimo gusto llamar las cosas por el nombre con que fueron creadas. Fue una suerte que no lo dijera. Además de que, dado el estado lastimoso en que quedaron los maquillistas del castrismo, habría sido un tanto excesivo.

                                                 DOS

El sábado 30 de mayo hablaba tangencialmente del cinismo de los historiadores en el panel del LASA al que fui convocado. Hablaba de esos historiadores que admiran las pirámides sin detenerse en el costo humano de erigirlas. Después de todo pensarán los pobres acarreadores de piedras murieron hace milenios mientras que las pirámides siguen ahí. Mis compañeros de panel respondieron incómodos. Precisamente a ellos, que se han detenido en la historia menuda de las familias cubanas, en los dramas, no se les debería acusar de cínicos.

Reconozco que no fue buena idea haber apelado a un ejemplo tan lejano como el de las pirámides cuando tenía uno mucho más a mano. Me refiero, por supuesto, a la llamada Revolución Cubana. Porque la deferencia que los historiadores suelen mostrar hacia un evento tan catastrófico para la sociedad que esta pretendía construir es digna de mejor causa. Empezando por el propio título de Revolución Cubana, con mayúsculas, a lo que más bien es una tiranía con excelente departamento de relaciones públicas y márketin.

Porque si lo que importan son los resultados de su gestión el castrismo no tiene pirámides que mostrar. Ni siquiera una autopista nacional más o menos transitable. Hubo profundos cambios políticos, sociales y económicos, es cierto, pero ninguno de ellos se apartó un centímetro del objetivo esencial del régimen que consistió en crear y retener la mayor cantidad de poder posible. El castrismo, escójase el período que se prefiera, siempre se trató de una cuestión de acumulación de poder, sin reparar en los costos, fueran económicos o humanos.

Incluso los "logros" más socorridos en la justificación del régimen merecen la misma lectura crítica que nuestros historiadores aplican a otros eventos y ámbitos. Así, la campaña de alfabetización de 1961 puede verse como parte del plan de contrainsurgencia desplegado en el momento de mayor fuerza de las guerrillas anticastristas. Y a los entusiastas alfabetizadores debería vérseles como lo que en realidad fueron: inconscientes agentes del adoctrinamiento ideológico, espías en territorio enemigo y mártires potenciales o consumados. Por otra parte, los logros en la educación, la salud y el deporte apartando las manipulaciones estadísticas y emocionales demostraron ser un espejismo insostenible sin los subsidios soviéticos.

El único logro incuestionable de la llamada Revolución Cubana es la mera existencia del régimen a lo largo de 67 años. Esas casi siete décadas de sobrevivencia son las pirámides con las que debe contrastarse el costo que permitió erigirlas. Los fusilamientos, las muertes en alta mar, las decenas de miles de prisioneros políticos, la separación de las familias, la desaparición de las instituciones democráticas, el amordazamiento de todo un pueblo, la destrucción de la economía y el exterminio de la sociedad civil por no hablar de los estragos causados por su imperialismo tercermundista es lo que los historiadores deberían tener en cuenta a la hora de valorar aquello que insisten en llamar revolución. Si entonces consideran que para legitimar la llamada Revolución Cubana basta su condición de simbólica aldea de Asterix frente al mayor imperio de estos tiempos aldea en buena parte subvencionada por los mismos aldeanos que escapan a los predios imperiales entonces nuestros queridos historiadores tendrán que reconocer que las vidas de las últimas cinco generaciones de cubanos les importan tanto como las de los esclavos sobre las que se erigió la riqueza de las sociedades en el pasado.

martes, 19 de mayo de 2026

Mentiras naturales y artificiales



Desde la semana pasada amigos y desconocidos me han estado mandando un video sobre el comediante Carlos Ruiz de la Tejera donde me mencionan varias veces. De hecho el material viene a decir que CRdlT fue marginado de los medios cubanos a causa de un monólogo escrito por mí que grabó para la televisión pero que nunca salió al aire.

El video, con ya más de 111 000 visualizaciones, está evidentemente realizado con inteligencia artificial y es bastante veraz en lo que a mi intervención concierne. Es cierto que CRdlT llevaba tiempo haciendo un monólogo mío en su peña del Museo Napoleónico la “Plegaria a San Zumbado” que debió haber tomado de las actuaciones de Osvaldo Doimeadiós. Doime fue el actor al que le di el texto y que lo estrenó en el cierre del primer Festival Aquelarre en diciembre de 1993 en el teatro Mella. También es verdad que CRdlT me anunció que iba a grabar el monólogo para la televisión cubana y que lo hizo y me anunció el día y la hora en que aparecería dicha grabación.

También es cierto que la noche en cuestión me quedé frente al televisor esperando a que transmitieran el monólogo en un programa dedicado al comediante pero en su lugar transmitieron un viejo monólogo del propio Héctor Zumbado, justo el escritor a quien yo homenajeaba en mi plegaria. Y que minutos después de terminado el programa Carlos me llamó anunciándome que a última hora habían cortado mi monólogo del programa. No puede ser verdad que, como he visto decir, yo preguntara quién había tomado esa decisión. A esas alturas de la vida, sabiendo de sobra cómo funcionaba la censura, no me habría permitido una pregunta tan ingenua. (Asumo que ese detalle lo añadió la IA por necesidades dramáticas igualmente artificiales).

Ahora, lo que no me consta es que ese incidente haya afectado la carrera posterior de CRdlT. Sucede que por esos días “Plegaria a San Zumbado” circulaba por los teatros y peñas del país con total impunidad. Luego del estreno de Doimeadios -que no pasó por censura previa pues los censores pensaron que mi homenaje a ese gran maestro del humor sería inofensivo por naturaleza, por la inofensiva naturaleza de los homenajes quiero decir- además de CRdlT, hubo otros actores profesionales y aficionados que lo incluyeron en sus espectáculos, entre ellos Luis Alberto García y Tony Cortés según me contaron. (Incluso un amigo, Ricardo Valido me dio la sorpresa de representarlo en su propia fiesta de cumpleaños).

Pero la televisión en Cuba es harina de otro costal. Una cosa es permitir que un monólogo de cinco minutos levemente corrosivo circulara en las salas teatrales y peñas con un potencial de llegar a unos cuantos cientos de espectadores y otra muy distinta que fuera visto por los millones que componían el público televisivo en Cuba. Esa fue una lección que le había costado aprender a la censura cubana pero que desde hacía un tiempo la aplicaba como norma. Entendieron que no por permitir que circularan ciertas sátiras entre un público limitado se iba a caer el mundo. Hasta podía servir para que ciertos sectores hicieran catarsis y sintieran algo de alivio ante una situación intolerable. En cambio, permitir que críticas al sistema aunque fueran leves aparecieran en los grandes medios sería tan inaceptable como siempre.

Esto es lo que sé y, con toda humildad, no creo que la inteligencia artificial sepa más que yo al respecto. Lo que nos lleva a otro asunto: el de aceptar cualquier cosa que refuerce nuestra idea del mundo, aunque sea difícilmente demostrable. “Del tirano di todo, di más” recomendaba José Martí. Sin embargo, no creo que de nuestros tiranos debamos exagerar nada. Bastante mal han hecho como para que haya que exagerarlo renunciando de paso a nuestra credibilidad. La historia cubana reciente está llena de ejemplos bastante peores, conocidos y demostrados. Nuestro deber es entender cómo funcionaba y sigue funcionando el régimen que ha marcado nuestras vidas hasta niveles impensables en otros sitios. De otra manera no haremos más que contribuir a nuestra propia incomprensión, nuestro propio engaño, da igual que sea por medios naturales o artificiales.

lunes, 11 de mayo de 2026

Quiero verte dormir*

Fotograma del video "Villa de París" canción de Raúl Ciro

 

Los textos agrupados bajo el rubro “la Cuba del mañana” constituyen un subgénero literario. Como las novelas góticas, la literatura utópica (o distópica) o la narrativa policíaca socialista. Un subgénero que combina el análisis histórico, político, sociológico, con la indagación detectivesca (¿quién es el culpable de la situación actual?) y la ciencia ficción (¿cómo será la Cuba futura?). Yo mismo he incurrido varias veces en este subgénero incluyendo alguna que otra parodia. Huelga decir que en este género el futuro que se invoca nunca ha tenido apuro en llegar. Cuba parece atrapada en el presente interminable que se inició en 1959 y que, incluso en medio de la decadencia más atroz, no da señales de acabarse.

Esta vez lo que alienta a pensar en el futuro cubano es el secuestro quirúrgico del dictador venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, (cirugía que arrojó el costo colateral de treinta y dos guardaespaldas cubanos y un número indeterminado de venezolanos que no pudieron hacer nada para impedir la abducción de su protegido). Esa repentina exhibición de fuerza y disposición por el mandatario estadounidense, sumado a sus posteriores bravuconadas (“Un nuevo amanecer para Cuba llegará muy pronto. Nos vamos a ocupar de ello”; “No tienen petróleo, ni comida, ni nada. Tengo la libertad de hacer lo que quiera con esa nación en este momento”; “Sería un gran honor para mí tomar Cuba… Tenemos a Cuba, y vamos a tomar a Cuba. Lo haremos después de Irán”) han activado el viejo sistema de especulaciones, esperanzas y temores que rodea a todo lo cubano cada vez que las circunstancias invitan a pensar más allá del herrumbroso presente.

No obstante, la experiencia de pasados ciclos de esperanzas y frustraciones (la ilusión que trajo a muchos la Perestroika, el derribo del Muro de Berlín y el desplome del Bloque Soviético, la debacle etiquetada como “Período Especial” o el “deshielo” promovido por Obama, por mencionar solo las que he vivido) invitan a ser cautos. Tanto el díscolo comportamiento del presidente Trump, empantanado en estos días en su aventura iraní, como el demostrado talento del castrismo para retener el poder a cualquier costo, no invitan a hacerse ilusiones. Véase lo que escribiré a continuación a manera de esas advertencias que las aeromozas y mozos hacen al inicio de cada vuelo de cómo actuar en caso de accidente o aterrizaje forzoso: como un ejercicio obligatorio, pero no necesariamente convencido, aunque en el fondo de nuestro corazoncito deseemos que esta vez por fin tendremos que poner en práctica las instrucciones que nunca hemos atendido a derechas. Haré como las grandes compañías aéreas recientemente: intentar que esta pantomima de emergencia resulte lo menos monótona posible. Al menos hay una buena justificación para este ejercicio: nunca ha habido más esperanzas ni más urgencia.

Las malditas circunstancias

En el género literario conocido como “la Cuba de mañana” por mucho que se repitan los ciclos de esperanza, por inamovible que nos parezca el régimen en las últimas seis décadas, resulta obligatorio actualizar las circunstancias, incursionar en el género informativo conocido como “la Cuba de hoy”. Y lo cierto es que, excepto constantes como la obsesiva concentración de poder y la vocación represiva del régimen, poco tienen que ver la Cuba de 1989, 1994, 2015 o 2021 con la de 2026. Porque si durante la crisis de los noventas del siglo pasado el país parecía haber tocado fondo, lo ocurrido en el último lustro ha rebasado las profecías más apocalípticas.

Tras la conmoción tremenda que fueron las protestas de julio de 2021, el régimen cubano echó mano a su viejo manual de instrucciones sobre qué hacer en casos extremos. Fue así que aplicó un consejo sacado del Retrato del artista adolescente: silencio, exilio y astucia. Pero en este caso, solo la astucia es propia, mientras que el silencio y el exilio han sido impuestos a los otros: aplacadas las protestas el régimen mandó un millar de personas a prisión. Unos meses más tarde, en complicidad con la tiranía hermana de Nicaragua, abrió una vía de escape hacia el enemigo imperialista, como cuando el Mariel o cuando la crisis de los balseros: esta vez cobraron tres mil quinientos dólares por cabeza por el pasaje de La Habana a Managua para que desde allí los fugitivos emprendieran una tormentosa travesía a Estados Unidos. Así el problema del empobrecimiento brutal de los últimos años y la amenaza de revuelta no fueron resueltos sino transferidos. Parafraseando la Ley de Conservación de la Masa de Lomonósov-Lavoisier: la miseria no se destruye, solo se transfiere. La transferencia de masas hambrientas ha traído, además, visibles consecuencias políticas. Los historiadores del futuro estarán en condiciones de aquilatar cuánto afectaron a las elecciones estadounidenses de 2024 la exportación de millones de personas desesperadas desde Cuba y Venezuela a Estados Unidos, donde uno de los temas más candentes del debate electoral fue precisamente la crisis migratoria.

El gigantesco éxodo cifrado en más de tres millones (compárense con los 125 mil de 1980 y los 35 mil de 1994) ha traído consecuencias catastróficas para Cuba, aunque no así para el régimen. La emigración de gente casi siempre joven, productiva y potencialmente díscola, ha provocado una catástrofe demográfica para una población estancada desde hacía décadas en los once millones de habitantes para rebajarla a menos de nueve con el agravante de quedar ahora mucho más envejecida. Encima, la necesidad de vender casas y el resto de las posesiones personales para costearse la travesía a Estados Unidos ha hecho que el poder económico de aquellos asociados al régimen —que fueron en buena parte los compradores del “fire sale” en que se convirtió la Cuba post 11J— se haya reforzado notablemente. Con ello se aceleró aún más el proceso de privatización de todo el país a manos del castrismo. Sus representantes y aliados han pasado de poseer el país a través del Estado a hacerlo a través del emporio hotelero-militar de GAESA y del entramado de MYPIMES que ha florecido en los últimos tiempos.

De ahí que mientras el país no parece dar más de sí el régimen en cambio se haya visto reforzado. Que insista en encerrar durante un quinquenio a centenares de ciudadanos por el simple acto de protestar sin tener que pagar un costo político apreciable da una idea de su fuerza actual. Que la izquierda de Occidente se haya desentendido unos días de Gaza para enviar una flotilla a La Habana o que en la IV Reunión en Defensa de la Democracia convocada por Pedro Sánchez y Lula da Silva en Barcelona lo único que pareció importar respecto a Cuba fuera la defensa de su soberanía (léase “dictadura”) da una idea del lugar que el régimen castrista, bajo el sobrenombre de “Revolución Cubana”, sigue ocupando en el imaginario progre. Poco importa que dicho régimen invierta la mayor parte del presupuesto nacional en hoteles semivacíos mientras la salud, la educación y la cultura no sobrepasan en su conjunto el 3% del presupuesto, o que reprima sin misericordia al pueblo que dice representar y defender. O que se revelara que GAESA posee reservas financieras y activos superiores a los 18.000 millones de dólares. Bastaron las inconexas amenazas de Trump para que la tribu progresista pasara del silencio cómplice al apoyo vociferante e incondicional.   

¿Qué es lo que quiere la gente?

Mientras tanto la publicación El Toque convocó a una encuesta el 24 de abril donde le preguntó a los cubanos lo que pensaba sobre el país y su destino. Sin sentirse conmovidos por los llamados de Pedro Sánchez, Lula da Silva, Sheimbaum o Petro a conservar la dictadura cubana como reliquia progresista casi 42 mil cubanos la respondieron, la mayoría de los cuales (58%) residen en un país con fuertes restricciones a la conectividad. Podrá discutirse cuán representativa es la opinión de 42 mil personas de los 13 millones de cubanos dentro y fuera de la isla. O que solo muy pocos de los más leales defensores del régimen se dignaron a responder una encuesta cuyas preguntas, por el mero hecho de ser hechas, debieron parecerles inaceptables. Incluso así los resultados impresionan.

—El 94% de los encuestados está “muy insatisfecho” con el actual sistema de gobierno.

—El 80% piensa que Cuba necesita transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado.

—El 95% considera que la ciudadanía no influye en nada en las decisiones del gobierno.

—El 95% considera que un cambio político en Cuba es urgente.

—El 82.2% identifica la falta de libertades civiles y políticas como el principal problema mientras que solo el 4.7% atribuye las dificultades cubanas al embargo estadounidense.

—El 64.6% considera que la vía de solución para el conflicto político es el “derrocamiento del gobierno actual, por cualquier medio necesario, incluyendo la vía armada”.

Más sorprendente aún que lo anterior es que el 47% de los encuestados prefiera mantener el embargo estadounidense como herramienta de presión (el 44% de los que respondieron desde la isla y el 51% fuera de ella) mientras que el 24,1% abogue por eliminarlo gradualmente a medida que se avance en las reformas. O que cerca de dos tercios de los encuestados (60,7%) respalde una intervención militar directa de EE UU.

Se trata de una encuesta, no de un plebiscito, pero aun así nos da una idea, más que de la esperanza en un cambio futuro, de la desesperación de los cubanos en un país condenado a muerte –en el presente– por su régimen político.

¿Dime cuándo, cuándo, cuándo (y cómo)?

La opacidad con que se han llevado las conversaciones entre el gobierno cubano y el norteamericano, la poca claridad de los términos en que las está conduciendo el propio gobierno de Estados Unidos y la escasez de resultados hasta ahora no permiten hacerse una idea de si estamos ante un cambio de régimen o una salida en falso. Las modificaciones cosméticas del régimen venezolano tras la abducción de Maduro tampoco son señales demasiado alentadoras. Y en cuanto a los derechos humanos no se trata solo de que la mayoría de los prisioneros de conciencia sigan en las cárceles cubanas sino de que otras decenas han ingresado en prisión en las últimas semanas por la misma falta de razones que los encarcelados anteriormente.

“La libertad no se mendiga, se conquista con el filo del machete”. La frase que se le atribuye al héroe nacional Antonio Maceo le viene de maravillas al Estado cubano: confiscados los machetes —metafóricamente hablando— al mismo tiempo que se ilegaliza la protesta pacífica, esa frase es una manera de restregarle a todo el país su impotencia. Una frase que no le ha impedido al régimen entrar en negociaciones con su enemigo jurado, con tal de mantenerse en poder, al mismo tiempo que le niega la palabra a su pueblo y lo castiga con desmesura cada vez que este intenta contradecirlo.  

Por otra parte, si opaco ha sido el gobierno estadounidense en sus conversaciones con el régimen cubano, el primero no parece muy dispuesto a averiguar qué quiere el pueblo que pretende liberar. Los exabruptos del presidente norteamericano, que a duras penas intenta corregir el Secretario de Estado Marco Rubio, si acaso dejan entrever sus deseos de dejar huella en la historia sin dejar claro ni los medios ni los fines. Se teme, y no sin razón, que como en 1898, tras la derrota de España en Cuba, otra vez el pueblo cubano sea echado a un lado mientras sus opresores de ahora se ponen de acuerdo con sus aspirantes a libertadores. O que suceda como en abril de 1961, cuando un contingente de cubanos desembarcó en Bahía de Cochinos sin tener el más mínimo control sobre el plan de invasión que terminó en fracaso. Esperanzado o no, el pueblo cubano vuelve a sentir la amarga sensación de no ser dueño de su destino.

Fue suficiente el golpe de mano del 3 de enero al gobierno de Maduro para hacer tambalear ciertas creencias: como la de que el régimen cubano era tan inamovible como indefendible. Bastó ver en peligro a la dictadura más antigua del continente para desnudar a la izquierda, que ha acudido en tropel a desempolvar el viejo argumento de la soberanía de los pueblos. Pero cuando el progresismo bien pensante se reúna en Barcelona, o donde sea, más que hablar de soberanía debería preguntarse por qué tuvieron que esperar a las amenazas de Trump para preocuparse por el destino de Venezuela y de Cuba. ¿No habría sido más decente y hasta ecologista —ahora que tanto les preocupa la huella de carbono que dejan aviones y portaaviones— haberse preocupado por la soberanía y demás derechos de venezolanos y cubanos cuando los reprimían o les robaban elecciones?                 

Nada de lo anterior, sin embargo, atenúa la paradoja de que la mayor esperanza de un cambio democrático en Cuba venga de manos de una administración tan poco comprometida con los valores democráticos en su propio país. O que esa misma esperanza termine disolviendo toda exigencia crítica entre los que esperan su turno para ser salvados. Si se tratara de elegir entre el mal menor no habría mucho que discutir, pero cuando se entra en el campo de la esperanza hacerlo con tanta resignación previa resulta castrante. ¿Es que la talla de la esperanza de los cubanos habrá que elegirla siempre entre diversas magnitudes del mal?

¿Pero es que los cubanos se merecen la libertad?

Antes de preguntarse qué hacer con la libertad tantas veces soñada muchos cubanos empiezan por preguntarse si la merecen. No consideran que bastaría con esa cuestión existencial para situarse en un plano inferior de humanidad tal como la consideran Dios o la Declaración de los Derechos Humanos, según los cuales todos somos iguales, merecedores de iguales derechos. Basta con que aparezca esa pregunta para tener una idea de cuánto ha afectado a nuestra conciencia colectiva siete décadas de minuciosa impotencia. Porque si al último totalitarismo se le añaden las dictaduras previas o el detalle de que fuimos la última colonia de España en América en alcanzar su independencia, puede concluirse que el gen nacional cubano gravita naturalmente hacia la servidumbre. Esa vieja manía de definir al cubano como una variante perversamente distinta del homo sapiens es ahora más dañina que nunca.

Tales fallas en la autoestima nacional, tales resignaciones, comprensibles tomando en cuenta esa misma historia a la que se echa mano para sostenerlas y justificarlas, son fatales en momentos como este. En parte por la poca claridad que ha mostrado nuestro presunto libertador sobre qué haría con Cuba una vez liberada del yugo castrista. Visto lo visto, parecería que a Trump le da lo mismo si se instala una democracia representativa o una monarquía absoluta con tal de que le sirvan de combustible a su ego. Después de todo, argumentan unos cuantos, si no hemos podido liberarnos hasta ahora de la opresión castrista, deberíamos aceptar cualquier cosa que nos impongan nuestros soñados libertadores. No obstante, tal variante del autodesprecio es un fundamento pésimo para erigir un sistema democrático funcional y sostenible: un razonamiento similar le habría valido a Europa Occidental para dejarse colonizar por norteamericanos e ingleses tras la derrota del nazismo.

Por otra parte, el presente optimismo no puede cegarnos ante lo obvio: ni dentro ni fuera de la isla los cubanos no castristas contamos con una representatividad mínima para ser interlocutores de peso en caso de transición. Si en 1898, podría argumentarse, la República en Armas con su cámara de representantes y su ejército libertador no fue incluida como una de las partes en el Tratado de París, ¿cómo va a ser tenida en cuenta ahora la voz de un pueblo disperso y fragmentado? Si en Venezuela, una oposición bastante más organizada y poderosa y con la legitimidad que le da la clara victoria electoral de 2024 ha sido desairada por la administración Trump ¿qué podremos esperar los cubanos? Pero si, encima de eso, no estamos convencidos de nuestro derecho a ser libres y soberanos ¿vale la pena siquiera interesarse por nuestro destino colectivo más allá de la compasión ecológica que se destina a los pandas o las ballenas?

La tierra comprometida

Convencido de que la transición democrática es imprescindible para sacar al país de la devastación actual, incurriré en el vicio de esbozar una Cuba futura. Parto de la base de que no se trata de elaborar la imagen de una Cuba utópica, ideal, que de entrada sabemos imposible, sino de un mínimo deseable sin el cual no tendría sentido hablar de transición democrática, ni se sostendría más allá de meras formalidades. Tomemos como punto de partida la encuesta de El Toque que nos dice que casi un 80% de los consultados considera que “Cuba debe transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado”.

Es reconfortante, pero al mismo tiempo curioso, que en tiempos en que el capitalismo, la democracia liberal y la economía de mercado son denostados por buena parte de Occidente, sean los cubanos quienes muestren tanta predilección por ese modelo. “Ellos no saben de lo que están hablando”, dirán los anticapitalistas del primer mundo sin pensar que los cubanos podrán ignorar la letra pequeña del capitalismo y la democracia liberal, pero en cambio han sido cobayas veteranas del experimento socialista. Es como si los cubanos, de vuelta del futuro ansiado por Occidente, se cruzaran en medio de la carretera con los que van en busca de ese mismo futuro. En el momento de cruzarse ambos se dan gritos de alarma (“no sigan, no vale la pena”) que los otros prefieren no entender. La incomprensión es explicable: para unos y otros la palabra “socialismo” tiene significados muy distintos.

Un día en la universidad, ante mi insistencia entre un grupo de estudiantes de origen hispano de que me dieran su opinión sobre el socialismo, esa palabra que enciende las pupilas de mis estudiantes gringos, me respondió una colombiana: “Profe, el problema es que cuando los estudiantes gringos hablan de socialismo piensan en Dinamarca y Suecia. En cambio, nosotros, cuando se nos habla de socialismo, pensamos en Cuba y Venezuela”. Porque existe una incomprensión grave cuando se le llama socialismo lo mismo al capitalismo redistributivo de los países nórdicos que a un régimen en el que el Estado es dueño de los medios de producción y controla estrictamente los precios y la distribución de bienes y servicios. El primero no solo no clasifica como socialismo (a menos que el segundo significado acceda a cambiar de etiqueta) sino que resulta difícilmente exportable al resto de los países desarrollados. Porque sucede que Escandinavia además de estar compuesta por sociedades relativamente pequeñas, manejables, prósperas y altamente educadas, posee una mínima homogeneidad étnica y (todavía más importante), ética y conductual, que ayuda a prevenir los abusos del sistema redistributivo que se producen en sociedades de mayor envergadura demográfica y complejidad social. La otra definición de socialismo, en cambio, ha dado muestras de capacidad destructiva en todos los sitios en que ha sido aplicado como para ser tomada de modelo. Al menos es lo que me gustaría pensar.

¿Qué hacer (con el comunismo)?

Una de las respuestas más unánimes que recibió la encuesta de El Toque fue en torno a la eliminación del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas (98%) y del modelo del Partido Comunista como partido único (99%). No obstante, más allá de la encuesta, persiste la pregunta de si se debiera tolerar la mera existencia del Partido Comunista, cuestión que me parece esencial a la hora de definir la –abróchense los cinturones– futura democracia cubana. Porque es de sospechar que si alguna inquietud superará a cualquier otra durante la construcción de un sistema democrático en Cuba sería cómo evitar el regreso del autoritarismo como ha ocurrido, por poner el ejemplo más notorio, con la Rusia de Putin.

Frente a esta posibilidad muchos piensan que el antídoto más seguro sería la ilegalización del Partido Comunista, una medida que se me antoja comprensible y al mismo tiempo, torpe y contraproducente. Si bien a dicho partido se le puede atribuir la mayor parte de los desmanes políticos y los desastres económicos que han plagado a Cuba en las últimas décadas, ¿qué diría de la vocación democrática de la Cuba futura si comienza ilegalizando el partido al que hasta ayer pertenecía un diez por ciento de la población adulta del país? Es más ¿qué diría de la sensatez de la nueva democracia, de su relación con la realidad? El Partido Nacionalsocialista fue ilegalizado en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, ya sé, pero no me negarán que el impacto de sesenta y siete años de poder comunista en Cuba es de muy distinta naturaleza al de doce años de poder nazi en Alemania.

La tentación de la tabula rasa, del borrón y cuenta nueva que acecha toda reconstrucción política debe esquivarse por fuerte que sea, a menos que queramos engañarnos y sustituir la simulación totalitaria del castrismo con nuevas simulaciones, esta vez en nombre de la democracia. En lo personal no se me oculta el carácter intrínsecamente maligno del comunismo, su esencia totalitaria: una secta con capacidad especial para aprovecharse de las debilidades y ligerezas de las sociedades democráticas y convertirse en metástasis. Ahora, pretender que con la ilegalización de un partido se extirpa para siempre esa posibilidad del mal es como pretender abolir los tumores cancerígenos a golpe de decretos presidenciales.

Antes que nada, se debe tener en cuenta que una sociedad como la cubana, enferma de hipocresía, oportunismo, simulación y miedo, deberá pasar por una larga y delicada convalecencia que incluye, entre otras cosas, el entrenamiento en transparencia democrática y convivencia con adversarios políticos e ideológicos. Décadas de reflejos condicionados por el totalitarismo no desaparecerán con la abolición de un partido. Más sino mutarán hacia otras ideologías mejor aceptadas, pero con el mismo impulso intolerante y la misma ansia de control absoluto. Y peor aún, de pretender extirpar el comunismo de la faz de la isla se pasaría a perseguir a los críticos más honestos (los deshonestos siempre encontrarían donde reubicarse, incluidas las filas del extremismo de signo contrario) acusándolos de comunistas solapados. Ningún esfuerzo será suficiente para prevenirse contra esa aspiración a la pureza que enloqueció a los españoles en tiempos de la Inquisición. Esa que se saldó con conversiones masivas para luego dedicarse a la persecución de conversos tan poco convincentes.

Que todo vuelva a ser… como no era ayer

Quizás el mayor riesgo del subgénero literario “la Cuba del mañana” consista en parecerse a una carta a los Reyes Magos. Que responda más a los deseos propios que a la realidad a la que se intenta dar una forma más o menos habitable. Uno de los impulsos más comunes es la ilusión de que la Cuba del mañana sea una reedición digital y con wifi de la Cuba del ayer. Sí, esa imagen con la que nos hemos consolado por años en la que el peso cubano estaba a la par con el dólar estadounidense, había un canal de televisión a color antes que en cualquier otro lugar del mundo —exceptuando Estados Unidos— y el país aparecía entre las dos o tres economías más robustas del continente.

Por mucho que nos haya servido ese recuento nostálgico para convencernos de que la debacle de ahora no tiene por qué ser el estado natural de la isla, como modelo de futuro resulta engañoso. Si es reconfortante saber que Cuba alcanzó esos niveles de prosperidad luego de la guerra de 1895, casi tan devastadora como los 67 años de castrismo, tanto Cuba como el mundo han cambiado muchísimo desde 1898. Hace siglo y cuarto bastó —en lo económico— con reconstruir la industria azucarera y tabacalera para abastecer a un planeta ávido de sacarosa y nicotina. Y en lo espiritual se encontró en la mística mambisa y martiana el emplasto que restañó la autoestima nacional. Ahora empezaríamos unos cuantos escalones más abajo, con una economía en ruinas sin otro horizonte que el turístico y una sociedad reprimida, paralizada y desmoralizada durante demasiado tiempo y con un hambre insaciable por todo tipo de justicias. Sospecho que, una vez resueltos los tres grandes problemas cubanos —el desayuno, el almuerzo y la comida— todo lo que ofrezca la nueva democracia va a parecer poco comparado con lo que prometió y nunca cumplió el castrismo.     

Boris Larramendi, uno de mis músicos de cabecera y de los más insistentes en imaginar a Cuba más allá del castrismo, creó en su canción “Enfermera” una de las fórmulas más prometedoras para el futuro cubano: “ojalá que todo vuelva a ser como no era ayer”. En esa paradoja el cantautor mezclaba los dos impulsos que laten en las últimas décadas de historia cubana: el del regreso a un pasado dorado y la búsqueda de un futuro de posibilidades infinitas. Boris en cambio propone un nuevo comienzo donde la nostalgia por el pasado no nos haga regresar a él pero sin abandonarnos a la quimera de los futuros perfectos. Del gesto contradictorio de volver a ser lo que no se era me atrae su astuta cautela: el abandono de las ilusiones desmedidas no implica renunciar a tener sueños algo más factibles.

De ahí que si se me pidieran instrucciones para un aterrizaje forzoso en la Cuba del mañana mis recomendaciones serían mayormente negativas. Versarían menos sobre lo que se debe hacer que sobre lo que deberíamos evitar a toda costa. Aunque ya las haya anunciado en las páginas anteriores, aquí las resumo.

—No aspirar a la pureza, menos en un país en que un régimen totalitario cultivó todo tipo de complicidades durante siete décadas. Porque el totalitarismo es en esencia eso: una fábrica monstruosa de complicidades. Recordar que todas las sociedades se componen de gente buena, mala y hasta regulares. Y que las buenas no están exentas de ejercer el mal de vez en cuando y las malas pueden hacer el bien a veces, aunque no lo pretendan. Que una sociedad sensatamente organizada debe regular los impulsos naturales de la gente recompensando los buenos y desalentando los malos. Pretender algo más es preparar otro descenso a los infiernos.

—Renunciar al viejo hábito de creernos excepcionales, para lo bueno o para lo malo. Los cubanos no somos mejores que nadie ni radicalmente peores. Puede que la experiencia totalitaria parezca excepcional en un continente más proclive a las salvajadas bananeras que al puntilloso control norcoreano, pero no olvidemos que esa experiencia fue lugar común en buena parte del mundo durante demasiado tiempo.

—Evitar los métodos radicales y las metas absolutas. No se trata de edificar una sociedad perfecta sino una medianamente habitable. Eso incluye a la justicia y esta disyuntiva: ¿priorizar el castigo como en los tribunales revolucionarios de 1959 o gestionar una transición incruenta como la española, la argentina o la chilena, donde los culpables escaparon a cambio de no hacer mayor resistencia?

—Aprendamos de la experiencia totalitaria: no hay almuerzo gratis, ni atajos al paraíso. Desconfiemos de los mesías carismáticos, las promesas irrealizables y los planes faraónicos con costos ridículamente bajos.

—Evitemos la trampa de las ideologías. No hay sistema universal de comprensión de la realidad, ni respuestas automáticas y perfectas a los problemas que presenta lo real. Ni siquiera antídoto absoluto a las ideologías que detestamos. Y aprendamos de una vez que una ideología que se ocupe en contrarrestar la ideología rival en cada uno de sus detalles terminará pareciéndose a esta más de lo que le gustaría reconocer.

 —Si lo único que hemos aprendido luego de casi siete décadas de régimen comunista es que “el comunismo es malo” habremos aprendido muy poco. Reconozcamos también la maldad intrínseca de cualquier régimen autoritario por mucha simpatía que nos puedan inspirar sus líderes. Tengamos en cuenta que todo el poder que se les ceda en caso de emergencia difícilmente le será devuelto al pueblo cuando las circunstancias mejoren. O que la tolerancia no es un acto de bondad sino un método elemental de convivencia. O que confundir la moral vigente con la ley y la justicia es el camino a nuevos totalitarismos.

—Protejamos a las minorías, sobre todo a esa minoría esencial que es el individuo. Asumamos que mientras las minorías y los individuos no contravengan leyes claras y bien delimitadas deberá permitírseles su accionar sin restricciones, por mucho que su actuación contraríe las concepciones o costumbres de la mayoría.

—No idealicemos el pasado, pero tampoco el futuro. La constitución de 1940, por mucho que se la presente como una de las más avanzadas de la época, no pudo evitar la destrucción de las bases sobre las que estaba asentada. Y de poco servirá que futuras constituciones se pretendan igual de avanzadas, si las instituciones y la ciudadanía que deberán hacerlas funcionar no están conscientes de la necesidad de respetar las reglas democráticas, sobre todo cuando las vean como un estorbo. Porque esa es la principal función de dichas reglas: estorbar nuestras borracheras de entusiasmo.

—Seamos conscientes de que, por abrumadoras que puedan parecer las secuelas del castrismo, apenas la sociedad cubana empiece a experimentar una leve mejoría comenzarán a aparecer nuevas dificultades que antes nos parecerían inimaginables: desde la obesidad y la congestión del tráfico hasta el control de la inmigración y la gentrificación. Preparémonos para ello, aunque no parezca urgente. Pronto lo será.

—Evítese tirar el niño de la bañera junto con el agua sucia. El sistema de salud y educación universales —por poner un único ejemplo— del que tanto se ufanaba el castrismo y que hoy está en ruinas no es un invento comunista. Funciona en buena parte del mundo con más o menos eficacia, aunque sin abolir los sistemas privados de educación y salud. Y así con otras cosas que el castrismo se atribuyó como propias, pero son parte de cualquier sociedad moderna sin tanta alharaca. Suprímase, eso sí, la propaganda sobre aquello que debería ser parte del funcionamiento de cualquier sociedad normal como el éxito de la cosecha de papas, por ejemplo.   

—Es indudable que la diáspora deberá tener un papel fundamental en la recuperación del país, pero esta deberá ser generosa y comprensiva con la población de la isla para evitar que las obvias diferencias del presente se conviertan en una relación abusiva y aprovechada en el futuro. Pero como la generosidad humana no está garantizada deben crearse reglas que prevengan posibles abusos.

—Si la desconfianza, la sospecha y la polarización social y política fueron las armas fundamentales del castrismo para dividir a la sociedad cubana y así ejercer mejor su poder sobre ella, pensemos en formas de superarlas y, desde el reconocimiento de las diferencias, conseguir una necesaria cohesión social basada en el respeto de la ley y la asociación en torno a intereses comunes.   

Si antes invocaba una frase de Boris Larramendi como clave para avanzar hacia una nueva posibilidad de nación, ahora pienso en otra, la de otro amigo infelizmente desaparecido, Raúl Ciro. Este, en una canción que invocaba en el título el aerostato de Matías Pérez “Villa de París”, terminaba deseándole al país un descanso tras el incesante ajetreo histórico de las últimas décadas: “quiero verte dormir, Cuba”. De eso se trata en primer lugar, de asegurarle a aquella pobre isla un instante de reposo.

*Publicado originalmente en In-cubadora

martes, 7 de abril de 2026

Brevísima historia de la Primera Enmienda*


 

La Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos no siempre fue la primera. Esa que impide al gobierno restringir la libertad de expresión, de culto, de prensa y de reunión empezó siendo el tercer artículo que James Madison, un señor de canas largas y pañuelo blanco elegantemente anudado al cuello, le añadió a la recién aprobada constitución. Antes había propuesto un par de enmiendas más. Pero, al ser rechazadas, la que protege las libertades pasó a parecer la más importante. La casualidad puede llegar a ser muy sabia.

El escritor Augusto Monterroso tiene una astuta fábula sobre la relación entre las voces discordantes y el resto de la sociedad. Siendo corta, la reproduzco íntegramente:

En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas, para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Cito la fábula porque la Primera Enmienda, desde su aprobación, cambió el destino de las ovejas negras. Gracias a esta, en lugar de ser carne del verdugo (y de futuras estatuas), podían confiar en ser absueltas, cada vez que la dócil mayoría del rebaño se empeñara en aplastarlas en nombre de la patria, la moral o las buenas costumbres.

Pasó el tiempo y el rebaño cambió. Ya las ovejas negras no eran una rareza, sino que también abundaban las amarillas, rosadas, pardas y hasta con manchas de varios colores. Tan entusiasmadas estaban las ovejas variopintas con su creciente número que empezaron a ver con ojeriza la Primera Enmienda, puesto que ese era el pretexto que usaban las ovejas más recalcitrantes para criticarlas.

“¡Es la demografía, estúpido!”, advertían las ovejas de colores sobre el advenimiento inevitable de su hegemonía.

¿Ahora que su número crecía iban a regirse por lo que había escrito dos siglos atrás un propietario de esclavos? De modo que las coloridas ovejas quisieron convertir en derecho sacrosanto el no ser ofendidas y, así, sentirse más respetadas que nunca.

No pasó mucho tiempo hasta que las ovejas blancas se acordaron de que seguían siendo mayoría e impusieron su dominio, con lo que la Primera Enmienda dejó de tener la importancia que antes le atribuían. Si lo importante era hacerse respetar, bien valía que se silenciara a todo aquel que disintiera de la imagen que el impoluto rebaño tenía de sí mismo.

Bastó que la renovada inquisición chamuscara la pelambre de unas cuantas ovejas de colores para que volvieran a apreciar la enmienda escrita por un esclavista dos siglos atrás.

Así comprendieron (esperemos que para siempre) que, mucho más importante que el derecho a no ser ofendido, es el derecho de no permitir que te callen. A menos que prefieras el ejercicio de la escultura en el futuro, antes que el ejercicio de la libertad en el presente.


*Publicado en Hypermedia Magazine

jueves, 2 de abril de 2026

A Very Brief History of the First Amendment*



By Enrique Del Risco

Translated by Coco Fusco

Freedom of expression is central to our understanding of the US Constitution, but it became the first amendment by chance. The amendment that prevents the government from restricting speech, worship, press, and assembly began as the third that a gray-haired James Madison added to the newly approved Constitution. He had originally proposed two other amendments that were rejected. His third proposal for the protection of speech was considered more important and approved. That turned out to be a wise decision. 

 The Guatemalan writer Augusto Monterroso wrote a clever fable about the relationship between dissenting voices and the rest of society. As it is short, I will reproduce it in its entirety: 

“Many years ago, in a distant country, there was a black sheep. It was shot. A century later, the repentant flock erected a handsome statue of a sheep mounted on a horse in the park. And so, from then on, whenever black sheep appeared, they were quickly put to death so that future generations of ordinary sheep could also practice their sculpting.” 

I quote this fable—at the risk of it being confused with a racial allegory, which it is not—because the First Amendment, since its passage, changed the fate of black sheep. Instead of becoming victims for executioners (and future statues), black sheep could now put their trust in a law that would protect them whenever the most conservative part of the flock sought to crush them in the name of the homeland, morality, or good customs.

As time passed, the flock changed: black sheep were no longer a rarity and yellow, pink, brown, and even multicolored sheep abounded. The multicolored sheep were so excited about their growing numbers that they began to resent the first amendment, since that was the pretext used by the most recalcitrant sheep to attack them. Now that their numbers were growing, they began to question whether they should be governed by what a slave owner had written more than two hundred years ago. So, the multicolored sheep sought to turn not being offended into a sacrosanct right and, thereby feel more respected than ever.

But then the white sheep remembered that they were still in the majority and asserted their dominance, with the result that the First Amendment ceased to have the importance previously attributed to it. If theessential thing was to command respect, it was worth silencing anyone who disagreed with the image that the flock’s immaculate self-image was a small price to pay.

It was enough for the renewed inquisition to singe the fleece of a few multicolored sheep for them to once again appreciate the amendment written by a slave owner two centuries ago. Thus, they understood—hopefully forever—that much more important than the right to not be offended is the right to not be silenced. Unless you prefer the practice of sculpture in the future to that of freedom in the present.


*Published in The Siren

viernes, 27 de marzo de 2026

Tres posiciones

 


Con el talento para el divisionismo que nos caracteriza y ante la nueva situación que la actual administración estadounidense ha creado respecto a Cuba los cubanos nos hemos separado en tres bandos bastante definidos.

1.-Los antitrumpistas esenciales: Convencidos que de Trump y sus políticos no puede ni debe salir nada bueno necesitan que la realidad se lo confirme. Por eso preferirían que Cuba se quede como está ante que ocurra cualquier cambio que pueda atribuirse a la intervención directa o indirecta del gobierno norteamericano. De lo contrario sus credenciales progres y hasta su cosmovisión del mundo serían afectadas de un modo tal que no estarían capacitados para digerirlo.

2.- Los trumpistas esenciales. Su convencimiento es simétrico al de los anteriores, aunque de signo contrario. Les da igual lo que proponga o consigue su amado líder: si su presión promueve cambios cosméticos en el régimen cubano, o si simplemente no ocurre nada, les parecerá magnífico: viven convencidos de que Trump es inmune al error y de que cada una de sus decisiones está animada por una grandeza que los simples humanos no sabemos aquilatar. Si lo que se negocia es una continuidad del castrismo ya encontrarán los argumentos para justificarlo.

3.-Estamos los otros, los que independientemente de lo que pensamos de Trump vemos en la actual situación una oportunidad única para que nuestros viejos sueños de democracia y libertad para Cuba pasen a un plano más concreto. El problema es que no tenemos idea de cómo va a ocurrir ni qué papel podemos cumplir los cubanos para que esto ocurra. Lo que sí deberíamos tener claro que no podemos esperar que los intereses de Trump, o incluso de Marco Rubio, coincidan con los nuestros ni que la dictadura caiga por su propio peso. Sesenta y siete años deben habernos demostrado que la ley de la gravedad no opera a favor de los cubanos. Nuestro rol por tanto debería ser más activo. Así lo veo.

Debemos:

-Ponernos de acuerdo en lo básico: liberación de los presos, legalización del derecho de los cubanos a expresarse, reunirse, formar partidos y buscar la prosperidad sin que el Estado los persiga por ello; la separación de la cúpula castrista del poder político en Cuba; todo esto llevaría a una transición democrática en la que los cubanos puedan sentirse nuevamente partícipes activos de su destino como nación.

-Tratar de convencer a los de los grupos 1 y 2 de lo inútil de su posición e invitarlos a que tomen un papel más activo en los cambios.

-Crear un diálogo nacional entre la sociedad civil cubana y el exilio para presentar un frente común que propicie los cambios que buscamos.

-Tratar de incidir en todos los foros internacionales y locales que podamos dejándoles claro cuáles son los intereses del pueblo cubano más desesperado y al mismo tiempo más esperanzado que nunca.

Todo lo dicho anteriormente me da una vergüenza infinita. Mi lengua materna es la ironía y el sarcasmo y no lo anterior que apesta a programa político y a las respectivas aspiraciones, pero al ver que nadie acaba de decirlo. No es un programa político sino una invitación a que todos, incluso los más escépticos lleguemos a un acuerdo esencial. El cambio deber ser ahora y debemos todos ser parte de él.