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viernes, 24 de febrero de 2023

El caso y el ocaso de Padilla

Pedro Yanes, Heberto Padilla y Reinaldo Arenas en la librería Lectorum de Nueva York. | Imagen: Archivo de Pedro Yanes


Por Reinaldo Arenas

     Una de las grandezas del pueblo cubano es que se desprende más fácil de la vida que del sentido del humor. Sentido del humor que contiene casi siempre un profundo sentido crítico e irónico.
     El castrismo, con su secuela de represiones, crímenes y escaseces, no ha podido sin embargo, disminuir nuestro sentido del humor. Muy a pesar suyo (del castrismo) el sentido del humor se ha vuelto aún más mordaz; aunque los chistes ahora tengan que decirse en voz apagada y en forma cautelosa. Recuerdo uno de ellos, muy popular en Cuba: Pregunta -- ¿Cuál es el colmo de un dictador? Respuesta --. Matar a un pueblo de hambre y no cobrarle el entierro --.
     Ese sentido del humor -- esa ironía -- es también un arma que han sabido esgrimir (a veces muy sutilmente) los escritores cubanos. Recuerdo el trabajo de Virgilio Piñera publicado en 1969 en la revista UNIÓN, con motivo de la muerte de Witold Gombrowicz; ya que "aunque los escritores cubanos no tenemos derechos, sí tenemos deberes" -- aludiendo irónicamente a la supresión de la propiedad intelectual por Fidel Castro en discurso recientemente pronunciado en Pinar del Río, con motivo de la inauguración de varias cochiqueras.
     Ese astuto sentido de la ironía (y hasta de la burla); esa habilidad para decir entre líneas, fue también un arma que utilizó Heberto Padilla en el momento dramático y caricaturesco de su retractación.
     El 20 de marzo de 1971, el poeta Heberto Padilla (junto con su esposa Belkis Cuza Malé) fue arrestado y conducido a una de las celdas del Departamento de Seguridad del Estado. Estas celdas son unos espacios de dos metros cuadrados, herméticamente cerrados, con un bombillo y una escotilla en la puerta de hierro, por la que a veces suele asomarse el carcelero de turno. En las mismas se aplican diversos grados de tortura que van, desde los golpes hasta el suministro de incesantes baños de vapor y luego baños congelados (las celdas están equipadas para estas y otras eventualidades).
     El propósito de Fidel Castro al enviar a Padilla a este sitio espeluznantemente célebre en toda Cuba, era lograr que el poeta, que había mantenido una actitud crítica ante el sistema, se retractara y quedara de ese modo desmoralizado, tanto ante los jóvenes escritores cubanos que ya comenzaban a admirarlo, como ante las editoriales extranjeras que comenzaban a publicarlo, y ante todos sus lectores. Para lograr esa humillación o retractación se acudió al no por antiguo menos eficaz método inquisitorial, puesto en práctica con tanta pasión por los monjes medievales: la tortura. Por treinta y siete días Padilla fue sometido a sus diferentes grados, entre los que se incluyeron el ingreso en un hospital de dementes, golpes en la cabeza, torturas psicológicas, amenazas de exterminio o una condena infinita. Al cabo de los treinta y siete días los diligentes oficiales obtuvieron lo pedido por Castro: la flamante retractación firmada por Heberto Padilla, en la cual se contemplaba la mención a sus amigos íntimos, incluyendo, también a Lezama Lima quien había premiado el libro Fuera del juego y a la propia esposa de Padilla.
     El método, que de tan burdo hubiese causado quizás la repugnancia de Torquemada, no podía ser más práctico.
     Castro, pródigo en ignominias y abruptas sorpresas, creó el "caso Padilla" con el propósito de provocar su ocaso, desmoralizándolo y neutralizándolo, aterrorizando de paso al resto de los intelectuales cubanos que tenían las mismas inquietudes. Pero no lo logró. Como en el caso del llamado "Cordón de La Habana", como en el caso de la cacareada industrialización nacional, como en el caso de la Zafra de los Diez Millones, como en el caso de las innumerables y delirantes leyes creadas con el fin de adoctrinar y estupidizar a todo el pueblo, además de aterrorizarlo, el tiro le salió por la culata: no fue Heberto Padilla el que quedó manchado ante la Historia, sino el propio Fidel Castro, por haber obligado a un escritor, a un ser humano (a través del chantaje y la tortura) a retractarse públicamente de su propia condición humana, de lo que más profundamente justificaba y enaltecía: su página querida.
     Si el arresto y prisión de Padilla provocó urticaria en los intelectuales del mundo entero, la obligada (y filmada) retractación que tuvo que representar al salir de la celda de Seguridad del Estado, puso al descubierto el verdadero rostro de la tiranía cubana. Sus llagas se abrieron de tal forma que hoy en día sólo los mediocres útiles y los inescrupulosos bien remunerados (entre los que hay que incluir naturalmente a los agentes disfrazados de intelectuales) se atreven a visitar ese cadáver blindado al estilo soviético, que hace muchos años se llamó revolución cubana.
     La astuta ironía de Padilla (su sentido del humor aún en circunstancias tétricas) ayudó a mostrar, a quien tuviese alguna duda, lo aberrante de aquella detractación.
     Fui uno de los cien escritores "invitados" a presenciar la confesión de Padilla aquella noche del 27 de abril, en los salones de la UNEAC. Allí estaban también Virgilio Piñera, Antón Arrufat, Miguel Barnet, José Yánez, Roberto Fernández Retamar y muchos más. Milicianos armados cuidaban afanosos la puerta de la entrada de la antigua mansión del Vedado, ocupados en constatar que todo el que llegase estuviese en la lista de "invitados". Hombres vestidos de civiles, pero de ademanes y rostros ostensiblemente policiales, preparaban diligentes la función. Allí estaba también Edmundo Desnoes. Se encendieron las luces, las cámaras cinematográficas del Ministerio del Interior comenzaron a funcionar. Padilla representó su Galileo. Sabía que no le quedaba otra alternativa, como en otro tiempo lo supo el Galileo original, como en otro tiempo lo supieron tantos hombres, quienes, mientras las llamas los devoraban, tenían que dar gracias al cielo por ese "bondadoso" acto de purificación... Pero esta vez el espectáculo era además filmado; lo cual de paso nos enseña que el avance de la técnica no tiene por qué disminuir el de la infamia.
     Fue entonces cuando Padilla, en medio de aquella aparatosa confesión filmada y ante numeroso público oficialmente invitado, puso a funcionar su ironía, su hábil sentido del humor, su burla. Entre lágrimas y golpes de pecho dijo "que las numerosas sesiones que había mantenido por espacio de más de un mes con los oficiales del Ministerio del Interior, había aprendido finalmente a admirarlos y a amarlos".
     Para cualquiera someramente versado en literatura y represión, era evidente que Padilla estaba aludiendo aquí a los numerosos interrogatorios y torturas que había padecido a manos de esos oficiales de la Seguridad del Estado. Y en cuanto a la expresión "admirar y amar", no por azar Padilla la empleaba, sino por tétrica coincidencia. Dicha expresión traía a la memoria el terrible momento final de la obra 1984 de George Orwell, donde el protagonista, luego de haber sido sometido a todo tipo de torturas, luego de haber sido "vaporizado" al igual que lo estaba siendo Heberto Padilla en ese momento, terminaba diciendo que "amaba al Gran Hermano".
     Durante diez años, Padilla, al igual que el Winston de Orwell, vivió vaporizado en Cuba, hasta que en 1980 logra trasladarse a Estados Unidos. Recuerdo sus palabras en el discurso pronunciado en la Universidad Internacional de la Florida en 1980. Allí Padilla dijo, aludiendo a su obligada retractación, que tuvo que hacerla; "porque cuando a un hombre le ponen cuatro ametralladoras y lo amenazan con cortarle las manos si no se retracta, generalmente accede; ya que esas manos son más necesarias para seguir escribiendo".
     Los que hemos padecido los eficaces métodos implantados, para lograr sus propósitos, por los que en Cuba manejan las ametralladoras, no tenemos nada que objetar a Heberto Padilla; quien debe avergonzarse es el inquisidor, no el confeso; el amo, no el esclavo.
     Lo que resulta realmente inconcebible es que Edmundo Desnoes, para neutralizar la efectividad del mensaje en la poesía de Padilla contra el castrismo anteponga, como introducción a esos poemas, fragmentos de la obligada detractación obtenida por la Seguridad del Estado. Esta "coincidencia" entre el aparato inquisitorial de la Seguridad del Estado cubana y Edmundo Desnoes, no se puede pasar por alto.
     "Hay clichés del desencanto" -- dijo Padilla durante su autocrítica dictada por la policía cubana y vuelta a utilizar por Desnoes --, "y esos clichés yo los he dominado siempre. Aquí hay muchos amigos míos que yo estoy mirando ahora, que lo saben. César Leante lo sabe. César sabe que yo he sido un tipo escéptico toda mi vida, que yo siempre me he inspirado en el desencanto".
     La visión desgarrada y real que nos da Heberto Padilla en sus poemas sobre la represión, los crímenes, y el fracaso del castrismo y del comunismo en general. Desnoes (y naturalmente las autoridades cubanas) quieren neutralizarla, presentándonos al poeta como un ente pesimista y escéptico... Al parecer, ante los campos de trabajos forzados, las prisiones repletas, el hambre crónica y los jóvenes ametrallados en el mar, el poeta debe entonar loas optimistas y agradecidas al Estado, que impone tal situación. En este caso, al propio Fidel Castro.
     Si quisiéramos establecer una comparación entre la represión padecida bajo la lamentable tiranía batistiana y la actual, bastaría trazar un paralelo entre la forma burda e ilegal en que fue arrestado y tratado Padilla hasta obtener su retractación, en la cual se llamaba a sí mismo un criminal por el simple hecho de haber escrito un libro de poemas, y la manera en que se llevó a cabo el juicio contral el propio Fidel Castro por haber atacado, minuciosamente armado, al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, donde murieron decenas de hombres. Para demostrar esas diferencias vamos a citar textualmente a un testigo excepcional y jefe del asalto armado, a quien ni siquiera Desnoes ni Fidel Castro podrían poner en tela de juicio. Se trata del mismo Fidel Castro: "A los señores magistrados mi sincera gratitud por haberme permitido expresarme libremente, sin mezquinas coacciones, no os guardo rencor, reconozco que en ciertos aspectos habéis sido humanos, y sé que el presidente del tribunal, hombre de limpia vida, no puede disimular su repugnancia por el estado de cosas reinante, que lo obliga a dictar un fallo injusto".
     Esas "mezquinas coacciones" que no padeció Fidel Castro en la prisión y que por lo tanto no le impidieron hablar libremente en su defensa, se convirtieron en "el caso Padilla" (dirigido por el mismo Fidel Castro) no sólo en mezquinas, sino en sórdidas, ineludibles e inhumanas, a tal extremo que Padilla tuvo que aprender a "admirar y amar" a sus carceleros y torturadores.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Héctor Santiago conversa sobre Reinaldo Arenas: “I Love NY era nuestro himno”*

 


Por Enrique Del Risco 

Héctor Santiago es un personaje de novela que escribe obras de teatro. Una de esas obras, Vida y pasión de La Peregrina, basado en la biografía de la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda ganó el respetado Premio Letras de Oro correspondiente a los años 1995-1996. Pero volviendo al personaje de novelas, Héctor Santiago lleva viviendo más de cuatro décadas en el corazón de Manhattan con la misma intensidad con que nació y vivió en Cuba. En su país fue testigo y víctima del tránsito de la “homofobia cultural” republicana a la “homofobia de Estado” de la Revolución o la Involución, como prefiere llamarle con su idiosincrático vocabulario. Santiago puede ser, a la vez que escurridizo y púdico en ocasiones, un fabuloso conversador. En estos años he tenido la fortuna de poderle hacer un par de entrevistas. Esta, la más breve de las dos, está centrada en la vida de su amigo Reinaldo Arenas.

Primero que todo háblame de ti mismo. ¿Cómo fueron tus primeros años de vida?

Yo nací marcado por el inconformismo, la rebelión y la libertad de elegir. Esto es como un novelón. Mi madre era una rubia, blanca, de clase media, descendiente de franceses y gallegos. Los Ruiz-Valladares vivían entre la ciudad de Matanzas en la calle Terry y San Juan de Dios y también en La Habana, donde vacacionaban en la Playa de Santa Fe. Allí se encontró con un hermoso negro pescador muy pobre. Afortunadamente, como el amor no tiene color ni riquezas, el flechazo fue inmediato y su única opción fue secuestrarla. Ella se negó a regresar con su familia y la desheredaron. Allí nací en una covacha de huecos con algunas tablas. Pero con la felicidad inmensa que da el mar sin fronteras, y como un cervatillo salvaje andaba libre por la costa, el pueblecito y entre pescadores. Nos mudamos a Santiago de las Vegas donde vivían los Armenteros-Moreno mi familia negra. Era un pueblito encantador de la periferia habanera, con bastante clase media negra, algunos exesclavos centenarios y mambises veteranos de la guerra de independencia, la herencia de los vegueros que se rebelaron durante la colonia y los ahorcaron, las vegas de tabacos y los pequeños talleres familiares de los torcedores del tabaco. Y el tejar donde se fabricaban objetos de barro, y a donde venían a trabajar desde La Habana Amelia Peláez y otros artistas plásticos de la República, y yo recogía las piezas rotas de las cerámicas que no les gustaban. Luego mi madre me llevó a vivir a la capital, pues al divorciarse de mi padre los Valladares la perdonaron. ¡Se había vuelto blanca de nuevo! Pero yo siempre sería “el hijo del negro”. Así que mi formación fue viviendo entre negros y blancos –los negros siempre me han sido más fascinantes e interesantes–. Vivía en el barrio de Los Sitios, que era un bastión de la cultura popular, la religión y el marginalismo afro-blanco. De eso, el mar, los pescadores y sus mitos, los guajiros tabaqueros con su respeto a la Naturaleza y las deidades del monte, los negros pobres, los refinados, y mulatos profesionales, la grandeza, dignidad y alegría que acompaña a la penuria de nuestro pueblo, la exquisitez bretona y el ímpetu gallego, se ha nutrido mi vida-obra, este vicio de no soportar la maldad ni poder vivir sin libertad, la lengua inquieta ante la hipocresía, mi desprecio por la complicidad con las injusticias y el rechazo al veneno de la egolatría del carácter del cubano, que tanto daño nos ha hecho dividiéndonos en tribus.

¿Cómo te diste cuenta de que el régimen castrista y tú no tenían nada que ver? ¿Quién se dio cuenta primero? ¿El régimen o tú?

Yo. Mi madre empleaba a una lavandera llamada Patria Reyes. Cuando se vislumbraba la carestía, mi madre se dio cuenta que muchas ropas no eran retornadas y cuando comprobó que Patria las robaba la despidió. Un día de enero de 1961, a las dos de la madrugada, irrumpió la Seguridad con unos milicianos, sin orden judicial, rompiendo las paredes del baño a culatazos, con bayonetas cortando los colchones. regándolo todo, etcétera. Buscaban las supuestas armas, explosivos y panfletos, pues Patria acusaba a mi madre de pertenecer a la organización contrarrevolucionaria La Rosa Blanca y se la llevaron pese a no encontrar nada. Durante un mes y medio recorrimos todas las dependencias policiacas y nos decían que no sabían nada. También de madrugada la abandonaron como un trasto en la puerta de nuestra casa, sin una explicación ni disculpa. Era un guiñapo: flaca, miedosa, enferma de los nervios. Moriría enajenada –sin que mis compatriotas me dieran permiso para regresar a Cuba a despedirla–. Así que pronto vi lo que se avecinaba. Pero soñador, por gracia y desgracia, como solemos ser los creadores, y esperanzado como la mayoría del pueblo tras salir de la dictadura de Batista, creía en un mundo mejor y esperaba que la maldad se rectificaría a sí misma. Y como tantos, mariposa de la luz, su llama me quemaría. Ávidos de poder, controlar a la sociedad cubana y hacer desaparecer a la República, la Involución avanzaba a pasos rápidos: la separación de la familia, el control de la educación, los fusilamientos y el “con la revolución todo, sin la revolución nada”. Yo, que como un sabueso husmeo todo lo que es a contracorriente y siempre me meto en líos, pertenecía a las malditas Ediciones El Puente y practicaba abiertamente la Santería de mis ancestros, escribiendo prosa y teatro afrocubano que pronto me censuraron y prohibieron.[1] Fue en 1961, cuando la Operación de Las Tres P: Pájaros, Putas, Proxenetas. Dos policías me recogieron en el área marica del Malecón frente a la embajada americana, me violaron, y sin causa, fianza, ni juicio, sin avisarle a mi familia, me internaron en la Galera 16 del Vivac de la Prisión del Castillo del Príncipe que era para los maricones. En su inmenso patio redondo con una brújula en el piso de granito, entre los más de mil recogidos, estaba Virgilio Piñera temblando y llorando. Allí con diecisiete años me volví un viejo, sosteniendo frente a una vieja cámara de trípode Kodak del 1955 un cartel con un número. De donde comenzó mi trauma con no dejarme fotografiar ni dar entrevistas en vivo, que más o menos tras mucha terapia estoy manejando.[2] No por mí, sino para ser una de las voces de nuestra Historia oculta.

Uno de los mandamases de la galera era Juan Baró, un legendario mulato del submundo habanero conocido como Juana Picadillo, que se apiadó de mí y me hizo tragar jabón amarillo de lavar para que me diera diarrea, pues como “carne fresca” me iban a “vender”, para que me violaran los matones de la galera de delincuentes comunes. Allí descubrí el submundo marica, la cultura carcelaria y una Habana desconocida, que enriquecieron al creador y rebelaron a mi espíritu, decidiendo para siempre pertenecerle. Mi madre buscó a un abogado que me localizó e hizo que me soltaran al cabo de un mes y medio.

Algo que nunca he olvidado y quizás recordarán los que entonces transitaban por la Avenida de los Presidentes y estudiaban en la Escuela de Letras de la Universidad es que al bajar las escaleras de la loma del Príncipe había una inmensa valla que decía: “La Revolución es el mayor acto humanitario” y firmaba El Supremo. Ese expediente me acompañaría, como a tantos, marcándome como maricón y por ende contrarrevolucionario, y serviría para que me enviaran a la UMAP. Así se me fue muriendo el sueño de otra Cuba, sustituido por la otra Cuba que tantos ni imaginábamos: el infierno. El golpetazo definitivo fue cuando, como al apóstol san Pablo, se me cayó la venda en el camino del asco. En 1963 o 1964 se celebraba otro aniversario de la creación de la UNEAC y lo celebrarían con un espectáculo. La Sección de Danza invitó a la independiente Compañía Dionea que yo dirigía y donde bailaba.[3] Montaron un escenario en el jardín con una enorme mesa con el banquete. Al final todos bebían más que comían, con sus mundos intelectualoides circulando al cuadrado. En la acera había una parada de ómnibus, y todos miraban por las rejas. Yo cogí una bandeja y comencé a darles los ya desaparecidos camarones y rollitos de jamón con queso y aceitunas. El Administrador de la UNEAC, un negro llamado Bienvenido del que no recuerdo el apellido, que era el esposo (¿?) de la cantante tortillera Doris de la Torre, me vio y dio la voz. Vino nuestro Poeta Nacional comunista, defensor de los negros y los desposeídos –¡nada más ni nada menos que Nicolás Guillén!–, quien me armó una bronca tremenda y puso fin al banquete del pueblo revolucionario. Desde entonces me quedé marcado en la UNEAC y finalmente me prohibieron la entrada –lo que no me importaba, porque desde entonces me prometí no pertenecer a ninguna institución y lo he cumplido–. Estaban echadas las cartas sobre la mesa: la Involución me aplastaría. Y yo la denunciaré más allá de mi muerte.

Hay quienes achacan las persecuciones contra los homosexuales por parte del Estado como reflejo y resultado de la tradicional homofobia cubana mientras otros hablan de una instrumentalización totalitaria de bajas pasiones del vulgo con las que el Estado y su líder trataban de reforzar su poder (tal y como ocurrió en otras sociedades totalitarias). ¿Cuál de estas dos visiones te parece más acertada? ¿Notas alguna diferencia entre la homofobia anterior y la “revolucionaria”? ¿Sabes si había “recogidas” masivas antes de 1959? ¿Se diferenciaban en algo de las que hubo después?

Por razones ajenas a mí mismo, te contesto esto muchísimo tiempo después que me lo enviaste. Porque se cumple otro aniversario de la muerte de Reinaldo Arenas. Soy muy callado para mis cosas personales. Menos a la hora de hacerle saber al mundo lo que hemos pasado, porque la neutralidad no existe, el silencio es parte de la complicidad, y ayuda a los verdugos y las versiones de sus sátrapas por todo el mundo –incluidos los del exilio que no son exiliados–. De eso he dado testimonios: “Demystifying las UMAP”, de Joseph Tahbaz; “El trabajo los hará hombres”, de Abel Sierra Madero; en un trabajo Félix Luis Viera en Cubaencuentro, en tu blog Enrisco; en el blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio del maestro Eduardo Loló. Menos Tahbaz todos heterosexuales. ¡Gracias en nombre de los que ya no están! Allí explico la Homofobia Cultural hasta 1958, y la diferencia con la Homofobia del Estado y sus métodos después de 1959. Quien indague en lo que se ha escrito sobre eso, descubrirá, pese a sus imperfecciones, cuán tolerante era la república y el sadismo del homoodio de la Involución. Baste leer las Memorias de Christine Jorgensen, la primera trans del mundo: “Nunca me sentí tan respetada y bien tratada como en Cuba”. Allí modeló vestidos de Dior en el cabaret Tropicana entre otras apariciones públicas y no lo detuvieron, ni tampoco a los maricones que fueron a recibirlo al aeropuerto habanero con una pancarta dándole la bienvenida. Y la orquesta Aragón le escribió un chachachá: “Yo no voy a Dinamarca porque me cambian la marca”, algo que el gobierno de Batista no censuró ni prohibió. Y en contraste, cuando regresó a Miami, bajándose del avión la Escuadra del Vicio la apresó por inmoral. Y del mundo nocturno habanero di un testimonio “De Fuller a Musmé” en el blog TransCuba. Cuando se hizo demasiado frecuente la aparición de los travestis en la televisión, es cierto que se emitió una ley prohibiéndolo, pero no se extendía a los teatros ni a los cabarets, y los travestis estaban sindicalizados en el Sindicato de Actores y cubiertos por la Ley de Protección al Artista Cubano. También había una Ley contra la Ostentación Pública que dejaba al criterio de la policía aplicar una multa o que limpiaran la estación de la policía, y los soltaban, sin juicio alguno, ni un dosier, ni implicaba la expulsión del trabajo o la Universidad. Ni nunca se cerraron los más de quinces clubs gays que había en La Habana, ni encarcelaron en el cabaret Montmartre o en Tropicana a las modelos travestis, o los prohibieron en las congas en los carnavales como en Las jardineras y Las bolleras, ni entraron en las oscuridades de los cines gay como El Duplex, el Cinecito y Radio Cine, ni cerraron los tres prostíbulos masculinos que habían, ni hubo recogidas masivas, ni cerraron los bares de ligues de la Avenida del Puerto, entre otros: La Campana, para los marines yanquis, y el Helena, para los marineros griegos. Ni se abrieron campos de concentración para Ernesto Lecuona, Bola de Nieve, Luis Carbonell, Felo Bergaza, y tantos creadores homosexuales que el público adoraba. Datos que hablan por sí mismos y son irrebatibles. Desmantelando la justificación de que el homoodio de la Involución, era la continuidad del mismo en la república.

Fuiste testigo y víctima de la sistemática represión de Estado contra los homosexuales como relatas en “Reinaldo Arenas, las cucarachas y yo”. ¿En qué medida te afectaron personalmente?

Fue una mezcla de espanto, al ver cómo en situaciones extremas se puede perder lo que nos distingue como humanos. Y una epifanía, el descubrir también que como humanos, se puede alcanzar lo más luminoso del espíritu aún en las más terribles circunstancias. Allí continuó forjándose mi carácter, se alimentó el creador y descubrí el orgullo de ser intransigente contra todo lo que sea enemigo de nuestra esencia humana. Como le dije a una de esas rojas académicas feminofascistas, que han secuestrado al digno movimiento feminista, “Si el mundo no hubiera sido intransigente con Hitler, usted y yo estaríamos hablando en alemán, yo tendría en mi camisa un triángulo rosado y California sería un estado nazi”. Nos acusan de parcializados y maniqueístas. Pero cuando te han metido en un campo de concentración, te han cazado como a un animal por maricón, te han destruido como creador, no quedan más colores que el blanco y el negro: el gris queda para los verdugos y los que defienden lo que no conocieron.

También de mi mundo UMAP di un testimonio en Cubaencuentro. Después de un año al poeta José Mario y a mí nos sacó Mirta Aguirre, una comunista de la vieja guardia desgarrada entre su feroz estalinismo y su lesbianismo, pero que a escondidas detrás de su máscara de hierro ayudó a muchos. Me han criticado por comparar a la UMAP con Auschwitz. Fue mi error creer que eso estaba implícito en lo que escribía. Jamás he pretendido crear un símil con el Holocausto judío: ese horror no tiene parangón con nada sucedido en la historia de la humanidad. Es que la UMAP cabe en la categoría de campo de concentración acordada por la ONU. Reclusión forzada, negación de los derechos civiles y procedimientos judiciales, internamiento por orígenes étnicos, credos religiosos, ideas, afiliación política, etcétera. El uso del trabajo forzado, la similitud del funcionamiento de sus campamentos, con la vigilancia armada reforzando el confinamiento, con los castigos, los procedimientos represivos, las torturas, la pobre atención médica, la escasa alimentación, la degradación física y psicológica, el aislamiento de los demás internados –con los triángulos rosados de Auschwitz y el escudo nacional de la UMAP–. Además de que sus instalaciones eran idénticas en sus componentes físicos, rodeadas de alambradas, incomunicadas y aisladas de los pueblos y ciudades. Ser judío o maricón no es per se un delito criminal.

¿Tienes idea de cómo afectó esta represión a Arenas en los sesenta? ¿Disfrutaba de cierta protección institucional a través de la UNEAC o estaba tan expuesto como el que más?

Él, como todos nosotros, compartió la misma represión brutal: expulsándote de las becas, escuelas y universidades, botándote de los trabajos, las recogidas policíacas, algunos fingiendo una falsa heterosexualidad, casándose y teniendo hijos, otros convirtiéndose en colaboradores y en el maricón-antimaricón. Era una tremenda presión psicológica y social. Imagínate lo que es cada día convertirte en tu propio represor, autovigilándote las ropas que te ponías, tus gestos, de qué hablabas, evitando los lugares “de antisociales”. Vivías vigilado todo el tiempo –con el peligro de que te denunciaran por pedófilo para quitarte la casa o tu puesto en el trabajo–, imposibilitado de tener una relación abierta: en fin, dejando de existir para existir como te imponía el Estado Comunista. La UNEAC no protegía a nadie, simplemente utilizaban tu talento y capacidad, tolerándote mientras fueras un cordero. Era una cueva de leones donde se espiaban unos a otros, se traicionaban vendiéndose como unas rameras intelectuales, por un viaje al extranjero, una publicación o una exposición. La lista de los que expulsaban cuando no querían ser marionetas, tiene bastantes nombres como los de José Mario, Heberto Padilla y Belkis Cuza Malé. Estabas en la nómina de la UNEAC, así que tenías que cumplir con lo que te exigían, como a un trabajador estatal, y a la vez soportar que una entidad cultural te dictara el comportamiento político. Aunque detestaras a la maquinaria estabas forzado a ser parte de ella y servirle. ¡Puro Maquiavelo!

¿En qué circunstancias conociste a Arenas? ¿Qué impresión te causó al principio?

Las clases del Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional, al que yo pertenecía, se daban en la Biblioteca Nacional, donde él trabajaba. También se reunían allí los miembros de las Ediciones El Puente. La biblioteca poseía una maravillosa sección de discos, de música clásica y popular desde el 1950 y donde todavía se podían escuchar a los que ya comenzaban a marcharse, y allá íbamos a oírlos antes de que desaparecieran, igual que los libros de los escritores exiliados, y la sección Homosexualismo. Por la noche todos nos íbamos a disfrutar la bohemia y el encanto de los sitios de las noches marginales habaneras. Todo ese mundo que ya se presentía marcado para desaparecer. En 1963, con el pretexto del ciclón Flora, cerraron todos los centros de entretenimiento e impusieron una Ley Seca, enviando a los cantantes, músicos y empleados a trabajar en el campo, y después algunos no reabrieron. Realmente en ese tiempo había muchas personalidades fascinantes, entre los monstruos sagrados de la generación del treinta y los interesantes de la del cuarenta. La nuestra del sesenta buscaba su voz, era muy variada, joven, romántica, pretenciosa e inexperta. A mí me había marcado mucho el poeta José Mario, otro valiente maricón público. Pero Reinaldo fue una avalancha inesperada. Y su escritura un terremoto sin precedente alguno.

¿Dónde veías a Arenas? ¿De qué hablaban?

Estábamos sitiados. Así que la persecución misma iba creando sus refugios por toda la ciudad. Reinaldo y yo éramos hombres del mar y nos veíamos a menudo en la Playita 16 en Miramar, nos fascinaba la decadencia de los cabarets de la Playa de Marianao y la bohemia de los bares de La Rampa, comandados por el Gato Tuerto del inconmensurable Felito Ayón. Nos íbamos con la pandilla de los negros –Nicolasito Guillén Landrián, Sara Gómez, Nancy Morejón, Rogelio M. Furé, Maguie Prior, Manolo Granados, Ángel Acosta León y otros– a los toques de tambores en Regla y Guanabacoa, y las rumbas en los solares. Con los de El Puente y otros periféricos, comíamos en las fondas nocturnas por toda la ciudad, en el Barrio Chino, íbamos a los bares gays y al mundo mezclado del puerto con sus calientes marineros y las putas divinas, perseguíamos en los viejos cines los dramones mexicanos de los cincuenta. Había muchos Reinaldos, buenos y malos. Y nunca sabías cuál te iba a mostrar. Si echabas a un lado el malestar por sus puñaladas, al final su complejidad te resultaba fascinante y entretenida. Además, tenía el don de una conversación locuaz e incansable, una gran cultura que se deslizaba amenamente sin que fuera pretenciosa, ostentosa ni insoportable. Poseía ese rasgo cubano de ser una cotorra perpetua, muy locuaz, barroco, cantinfleando, entremezclando los tópicos, interrumpiéndolos y regresando a ellos para terminarlos. Carpentier con su garraspado español-cubano-francés era único, Lezama una amena enciclopedia sin pretensiones. Gastón Baquero era fascinante con su amena cubanidad. Y el desparpajo de Reinaldo era desconcertante.

Reinaldo Arenas en las Cataratas del Niágara (FOTO René Cifuentes / Univisión)

¿Cómo era Arenas?

Reinaldo era un personaje de su propia picaresca. Con un sentido del humor muy inventivo y ácido. Podía destruirte y ridiculizarte en un segundo. Y al siguiente te acogía muy cálidamente. Siempre se interesaba por lo que estabas creando. Tenía una gran necesidad de afecto y te hablaba de sus proyectos y te leía lo que había escrito. Cuando escribía se encerraba y no existía más mundo que ese momento. Le encantaba que se rieran de sus burlones desparpajos. Creo que cubría su desamor con su lado más agrio. Su infancia, el peso de su madre y el abandono de su padre, lo cargaba por siempre. Pero no vacilaba, a veces, en mostrarte su cariño –si entendía que te lo habías ganado–, porque era muy desconfiado y no se entregaba fácilmente. La vida injusta que le dieron la llenaba con el sexo, y su desesperación espiritual con escribir, que era su urgencia y el único propósito de vivir. Coincidiendo en eso con otros a los que ya había matado el Estado, pero que sin escribir sí se morían: Lezama Lima, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz, Carilda Oliver Labra… Los que lo conocieron saben, eso espero, de la intensidad que emanaba de lo que yo llamaba “sus ojos gitanos”. En Nueva York la playa nos quedaba lejana en Coney Island o el Bronx, pero teníamos en el barrio en Manhattan el río Hudson. Él era ateo como Virgilio, pero apreciaba la intensidad y belleza de la obra religiosa de Lezama, Dulce María Loynaz y Baquero. Yo fui a echar unos girasoles en sus aguas por el día de Ochún, y nos sentamos a ver la puesta del sol en la ribera de New Jersey. Entonces le vi en el rostro el espíritu trascendido del cual hablan los místicos. Se dio cuenta y se me escapó con una frivolidad.

¿Cómo te fuiste de Cuba?

Yo tenía un dosier bien amplio. Había estado detenido varias veces por mis escritos, en recogidas de antisociales, porque no ocultaba mi identidad homosexual, por practicar abiertamente la Santería cuando era un delito sin ninguna ley en contra, por mis reuniones con los grupos marginales afines, y a cada rato me registraban la casa confiscándome los manuscritos. Siempre estaban presionándome para que colaborara y denunciara a los homosexuales y “desafectos” del mundo de la cultura. En 1970, una bondadosa amiga que trabajaba en una de las oficinas de Cultura en el Palacio del Segundo Cabo, me vio en la lista de la parametración de los teatristas y me advirtió. Ya llevaban mucho tiempo en algo macabro que llamaban La Bolsa de Valores, donde botaban a los que no querían en los grupos y cobrabas por años sin trabajar, salvo que alguien te pidiera para reforzar de segundón alguna puesta en escena o un espectáculo. Había pasado por muchos grupos y hecho de todo, así que tenía pocas opciones y llevaba en la frente la cruz de ceniza como “desafecto al Sistema”. Había pedido varias veces la salida del país y me habían concedido una beca en un grupo de teatro francés –eso está en mis papeles en la Universidad de Miami–. Y por esos absurdos de la Involución, aunque era el “enemigo”, no me la concedían. Así que me decidí, junto con otros tres, a lanzarme al mar en una balsa por la costa del pueblo habanero de Tarará. Nos descubrieron y cumplí tres años en una granja de trabajos forzados en Taco-Taco en Pinar del Río y en la cárcel Cinco y Medio de la Carretera Luis Lazo en la galera de los maricones. En 1979 cuando el presidente Jimmy Carter propicia “el diálogo” de la Comunidad y comienza la Reunificación Familiar, tras toda una aventura picaresca pude exiliarme como expreso político en España, con la categoría de parole que me concedió la ONU.

Al llegar a los Estados Unidos ¿Qué hiciste en aquellos primeros tiempos?
Agradecido de lavar platos y limpiar casas. Por un encuentro fortuito con Elizabeth Taylor, comencé a trabajar como decorador por contrato en Bloomingdaleʼs. Después dando clases de danza y ejercicios aeróbicos, y otras sobrevivencias hasta mi retiro. En La Habana, en el cine Payret, había visto la película La comezón del séptimo año con Marilyn Monroe, que me descubrió a Nueva York. Y me dije: allí quisiera vivir. Mi tiempo en Madrid, viendo a los cubanos que llegaban, me hizo comprender que, si vivía en Miami, sería como no haber salido de Cuba y yo quería ampliar mi mirada. Así que en la embajada norteamericana pedí la visa para Nueva York, aunque no tenía a nadie aquí. Y tras las odiseas propias del acomodamiento, terminé viviendo en el barrio Hell’s Kitchen en el midtown de Manhattan, con una comunidad cubana formada por muchos creadores de los sesenta en adelante –y los hermanos teatristas puertorriqueños y dominicanos–. Además, estaba en el centro teatral de Broadway y en el conglomerado del teatro off Broadway en la Calle 42. Lo que me propició regresar al teatro en español y con mi inglés trabalenguas al neoyorquino.

¿Cómo te conectaste con Arenas en Estados Unidos?

Cuando llegaron a Nueva York los refugiados del Mariel. Vivíamos a unas cuantas manzanas. Había entre los cubanos que ya estaban aquí y los del Mariel una gran necesidad de conocerse. A unos y a otros les habían arrebatado una historia en común, los amigos querían llenar el vacío entre ellos, y al filo de la libertad se produjo una gran euforia creativa.

Se habla mucho del impacto de la llegada de los marielitos a los Estados Unidos. ¿Qué recuerdas de la llegada de los marielitos a Nueva York?

El Mariel fue sangre fresca para el exilio. Y les destruyó a los defensores de la tiranía roja, la versión del apoyo incondicional del pueblo y de la perfecta utopía que el mundo debería copiar a sangre y fuego. Al fin y al cabo, eran los hijos jóvenes de la Involución, los viejos que lucharon por ella, sus militantes, funcionarios, creadores y artistas, los pobres, y los negros que eran uno de los pilares de su propaganda. ¿Y si venían unos enfermos mentales? ¿No era porque los sacaron de los hospitales y manicomios, para deshacerse de ellos como una basura, abandonándolos a su suerte, botándolos en los barcos y forzando a este país a ocuparse de ellos? ¿Ese es el humanismo revolucionario? ¿Y si venían delincuentes? ¿Cómo era posible que tras veinte años de paraíso rojo hubiera delincuentes? ¿No era porque los sacaron de las cárceles? ¿No era porque cualquiera podía ser un delincuente, por comerse una piña en una cooperativa agrícola te condenaban a tres años de cárcel? Si a los campesinos se les moría una res tenían que llevarla a las autoridades y después de certificarlo debían arrancarle la piel y entregárselas o te echaban hasta cinco años. En Santa Fe a uno de mis amigos le encontraron una langosta que no había declarado y le echaron cuatro años de prisión, porque eran para “producir divisas” –pagar las guerras internacionalistas alrededor del mundo o que las comieran los compañeros extranjeros que venían a solidarizarse–. Así que esos cientos de “delincuentes” los fabricó la misma Involución. Además de que era imperioso robarle a la cúpula lo que ellos le robaban al pueblo. En esas apariencias, desconocimientos y complicidad, se basó la propaganda de los neoyorquinos rojos para desprestigiarlos –que aún continúa con otros rojos por todo el mundo–. Eso les hizo muy difícil que los respetaran y hacerse de un sitio en este país. ¡Pero lo lograron donde quiera que se asentaron, creando trabajos y haciéndose profesionales!

¿Cómo fue el encuentro entre los intelectuales cubanos que salían de Cuba y el exilio intelectual que ya existía acá?

Fue un gozo reencontrarnos con los creadores que borraron de la historia cultural de Cuba por haberse exiliado. A los que reverenciábamos de oídas y en la clandestinidad nos prestábamos sus libros, los discos, las fotos y los programas de sus exposiciones: Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Carlos Montenegro, Agustín Acosta, Cabrera Infante, Celia Cruz, La Lupe, Olga Guillot, Bebo Valdés, Cachao, Rafael Carruana, José Gómez Sucre, Cundo Bermúdez, Natalio Galán, Aurelio de la Vega, Ernesto Lecuona, Armando Oréfiche. La lista es larga. Pero antes tuvimos que luchar. Teniendo que demostrarles a los americanos rojos, que apenas con treinta años no éramos asesinos batistianos, ni latifundistas, explotadores capitalistas, delincuentes, ni racistas. Ni tampoco los comunistas que las torpes divisiones del mal llamado “exilio histórico” crearon. Éramos un ciclón, ansiosos de vivir, recuperar todo lo que perdimos del acontecer mundial, rescatar nuestra sexualidad, deseosos por crear, trabajar para hacernos un futuro, conocer las tendencias artísticas y técnicas desconocidas. También éramos bastantes irreverentes, engreídos y combativos. Por lo que hubo miedos, rechazos y distanciamientos. Pero todos tuvimos la humildad de acomodarnos y la relación terminó por ser muy buena. Respetándoles el sufrimiento, lo que habían contribuido a nuestra cultura y aceptándolos como nuestros maestros. Y ellos respetándonos lo que habíamos sufrido, comprendiendo nuestras ansias e inmadurez. Lo que allanó el camino cuando sucedió lo del Mariel y pudimos unirnos para ayudarlos.

Reinaldo Arenas en Nueva York (FOTO René Cifuentes / Univisión)

¿Cómo era la relación de Arenas con Nueva York? ¿Cuáles eran sus lugares favoritos? ¿Qué grupos frecuentaba?

Realmente el “I Love NY” era nuestro himno. Esta ciudad nos es fácil y en ella habitan Dios y el Diablo. Pero la libertad que le ofrece al espíritu, sus variados personajes y su inspiradora riqueza creativa, son únicas. Sobre todo, para los que veníamos sin mundo ni libertad. Realmente era una magia indescriptible caminarla, sin que te estuvieran espiando los Comité de Defensa ni que la policía te recogiera. Su grandeza es ese respeto a las manifestaciones de la humanidad del individuo, que para algunos puede ser su frialdad. Si te desnudas en la Quinta Avenida con una flor metida en las nalgas, siempre que por la ley te cubras los genitales, nadie hará de eso un gran rollo porque esa es tu elección y siempre el próximo está en camino. Siendo una ciudad tan vasta y rica, por camadas le íbamos descubriendo sus sitios interesantes y fascinantes. Nos gustaba mucho descubrir las comidas de otros países. Reinaldo gozaba mucho del Barrio Chino, la Pequeña Italia en Manhattan, el Barrio Árabe en Brooklyn y el Indio en Queens. Le gustaba mucho reunirse con los primeros exiliados de los sesenta de Nueva York y Nueva Jersey, para hablar de la Cuba desaparecida. Frecuentaba las dos librerías hispanas en la Calle 14, y la Librería Francesa en el Rockefeller Center. Devoraba los museos sobre todo el Metropolitano. En Cuba nos gustaba caminar por el cementerio habanero de Colón. Yo le descubrí el fabuloso Greenwood en Brooklyn. Se extasiaba con el Jardín Japonés en el Jardín Botánico de Brooklyn, y con el del Bronx, con su victoriano palacio de cristal del Conservatory, y el molino colonial Stone Mill junto a la cascada del río Bronx. Por eso lo afectó muchísimo la falta de movilidad y energía cuando se enfermó. Aunque estoicamente en esos tiempos no hablaba mucho del sida y lo ocultaba por el estigma y el rechazo.

¿Cambiaron los gustos personales de Arenas en Nueva York? Por ejemplo, ¿qué música le gustaba oír?, ¿qué películas le gustaba ver?

Nueva York nos invitaba a quitarnos la piel vieja, recobrar el tiempo perdido y vivir nuestro homoerotismo. Los ochenta fueron los años del delirio, que se pagaron de mala manera con el sida. Escribía oyendo música clásica, canciones en francés y le gustaban los boleros y Celia Cruz. Devoraba todas las películas de la Edad de Oro de Hollywood, y las que nos perdimos por prohibidas durante los sesenta y los setenta. Y fue una borrachera descubrir el archivo del Performance Arts del Lincoln Center. Si alguien tenía películas mexicanas de las rumberas cubanas allá corríamos.

Tengo entendido que Arenas era un gran conversador ¿De qué temas le gustaba hablar contigo?

Él nunca se fue del campo. Se llamaba a sí mismo “un guajiro”. Le fascinaba ir al Parque Central. Cuando lo llevé a Fort Tryon en el uptown, donde está el museo de los Cloisters, cayó en trance. Hablaba de su infancia y de Holguín. De cuando la UNEAC lo mandó al campo a cortar caña y fue su inspiración para el poema El central. Lo atraía la literatura colonial cubana, desde que hizo la investigación para la reescritura de Cecilia Valdés y utilizó a Gertrudis Gómez de Avellaneda, pero en general sus tópicos eran muchos y variados.

¿Le gustaba tanto la maledicencia como dicen?

Yo encontraba su maledicencia ingeniosa, temible y a la vez entretenida. Ese fue el origen de todos los enemigos que se buscó y las puertas que le cerraron. Muy pocos nos acostumbramos a ella. A veces se pasaba de la raya y los encontronazos eran muchos, y la mala fama lo fue siguiendo. Desde mi mundo yo consideraba que era como un payaso solitario que con el látigo trataba de hacerse notar. Obligándote a la dicotomía de tener que elegir entre la persona y el creador. Yo he conocido a grandes creadores que como personas son una mierda. Y a grandes personas que como creadores son una mierda, defendiendo la inhumanidad de la Involución cubana. Me era un enigma, que pese a todos los problemas que eso le ocasionaba, Reinaldo continuara con esas maneras que lo demeritaban.

¿Recuerdas anécdotas que reflejen la relación de Arenas con Nueva York?

Fuimos a una institución gay, The Center, en la Calle 13 en el West Village, que agrupaba a muchas organizaciones rojas, donde unos latinoamericanos del mismo color iban a hablar de los dones del paraíso cubano y lo horrible de este país, donde vivían. Cuando terminaron, Reinaldo les dijo: “El pájaro que tenemos en la casa, tiene asegurado el pan y el refugio. Pero sigue estando en una jaula”. Era exhaustiva la batalla porque te escucharan en una ciudad que es un bastión rojo, pero él no se cansaba. Le cerraron muchos caminos y se hizo de muchos enemigos, porque su lengua era libre y no perdonaba la mediocridad o la complicidad con la maldad. Todo esto lo compensaba el que disfrutara mucho la variedad de la ciudad, su vida nocturna y el hecho de que no durmiera. Además de la excitación de los peligrosos retos de los lugares prohibidos del sexo.

¿En privado Arenas era tan burlón como en público? ¿Qué recuerdas al respecto?

Reunía la mala leche de Francisco de Quevedo, Cervantes, el desenfado libertario del mundo homosexual y el desparpajo defensivo de las locas cubanas: todo eso era parte de su obra y su personalidad. Tenía la capacidad de que, con pocas palabras y razones precisas, iba al directo y destrozaba a cualquiera. Como con Bola de Nieve. Bola de Nieve partía de su dura experiencia como negro en Cuba, lo que lo hizo un fanático defensor del régimen, por lo que Virgilio Piñera lo llamaba La viuda de Robespierre. Y aunque Bola estaba al tanto de la UMAP y la represión odiofóbica y tenía miedo, él sabía que su apoyo lo blindaba del homoodio y fabricaba excusas. Incluso cuando estaba en México se cuidaba de no tratar a sus antiguos compañeros exiliados como Olga Guillot y Celia Cruz. Un día Arenas y yo estábamos en una fiesta en El Soho y le preguntaron si era amigo de Bola de Nieve y contestó: “Bola Roja, querrá decir”. Solía crearles apodos a sus amigos y enemigos, muy inventivos, graciosos y demoledores. Y escribirles todo tipo de cosas en tarjetas que les daba o enviaba. Con él no había término medio: te peleabas a muerte, lo combatías por siempre, lo ibas vadeando o participabas con él.

Arenas tiene dos artículos muy diferentes entre sí: uno en que manifiesta su entusiasmo inicial por Nueva York y otro que era una especie de despedida de la ciudad que recoge una visión mucho más amarga y sombría de la ciudad. Hasta donde lo conociste cuál fue tu impresión, ¿nunca se adaptó a la ciudad u ocurrió un proceso de desencanto progresivo

A él no le gustaba esa herencia de la hipocresía anglo, la superficialidad, el localismo y la incultura del modo de ser de muchos americanos. Pero reconocía su afabilidad, su inventiva, su libertad y el goce por la vida, entre otras cosas. Así que veía a Nueva York entre la aceptación y el rechazo. Él buscaba en la ciudad gay una relación afectiva que lo condujera al amor, pero en el desenfreno de esos tiempos sólo había sitio para el placer –en los antros del sexo las gentes ni se preguntaban el nombre y apenas se hablaban–. Viniendo de la afabilidad cubana eso le costó mucho trabajo asimilarlo, pero se fue adaptando, comprendiendo que en esas circunstancias nunca encontraría el amor. Otra cosa que lo desesperaba por incomprensible, era que en el mundo de la democracia lo atacaran sin piedad por su posición libertaria, que más que política era filosóficamente humanista y universal, aunque enfocada hacia Cuba, que era su misión. Mientras las instituciones culturales y educativas norteamericanas les abrían las puertas a los creadores oficialistas de Cuba ofreciéndoles becas, conversatorios pagados, publicaciones, eso mismo se lo negaban a los exiliados. También le preocupaba el paso del tiempo y no ser gustado –en una ciudad con un desmedido culto a la juventud y la belleza–. Puede que, junto con las dificultades económicas, todo esto comenzara a ensombrecer la mirada que tenía de la ciudad. Tristemente, al final de su vida fue que comenzó a recibir buenos pagos por su obra. También lo afectó mucho la paulatina desaparición de la ciudad gay y la muerte de sus amigos por el sida. Y finalmente su contagio. Nueva York ya no era su Nueva York.

Desde el mundo gay, latinoamericano e intelectual de la ciudad ¿cómo se le percibía a Arenas? Cuando hablas de “ostracismo académico por consideraciones políticas”, ¿a qué te refieres?

Él era el blanco preferido de los utópicos rojos, que controlan las instituciones académicas y culturales y los medios de información. Sobran los ejemplos de cómo ellos cercenan a los que no piensan igual. No importaban las irrefutables evidencias que les presentaran: siempre preferían ignorar la realidad del descalabro cubano. Además de que sus luchas por la libertad individual y el derecho de expresión no se extendían a nosotros. Luchaban por los derechos de los homosexuales, siempre y cuando no fueran homosexuales cubanos exiliados. Te contaré tres historias.

Una. Reinaldo y yo estábamos en una recepción en una galería de pintura en el Soho. Por no desentonar conversábamos en inglés y el acento nos delató. Nos preguntaron de dónde éramos y al responder que de Cuba nos convirtieron en las estrellas de la noche; todos querían hablarnos, preguntarnos sobre Cuba y contarnos sus experiencias e impresiones a lo Walt Disney de un país que no reconocíamos. Cuando nos preguntaron que cuándo regresábamos y les dijimos que éramos exiliados, fabricaron un muro alrededor de nosotros y nos ignoraron durante el resto de la noche.

Otra. El Victory es un teatro en la Calle 42 de Manhattan que se especializa en teatro infantil y juvenil. Trataban de llenar la cuota “latina” para un festival y me solicitaron una obra. Les envié El día que se robaron los colores, les gustó y aceptaron montarla. Me pidieron una biografía, donde yo siempre incluyo mi represión en Cuba y mi condición de exiliado. Una semana después me llamaron, diciéndome que lo sentían, pero la obra no se adecuaba a la línea artística de la institución.

La tercera. Estaba en una universidad de California, donde recibí un segundo premio por Camino de ángeles, una obra sobre el sida –de la lista de los premiados me desaparecieron, pero el diploma está entre mis papeles en la Universidad de Miami–. Era un conversatorio sobre el teatro “latino”. Y al hablar del teatro cubano en los Estados Unidos, un director chicano de teatro dijo: “Cuando me cae en las manos una obra de esos cubanos la boto a la basura”. Lo gracioso, o terrible, es que el tema de la mesa era: “¡La censura del teatro latino en el ámbito teatral norteamericano!”

¿Qué nos puedes decir de “la loca desenfadada y quevediana que le pone los pelos de punta a los moralistas del exilio? ¿Cómo fueron sus relaciones con ese exilio tradicional y viceversa?

Esos “viejos del exilio que afortunadamente se están muriendo todos”, como dicen. Se trajeron la Cuba de sus tiempos con ellos. Y encerrados en sus pasados construyeron el difícil momento de un exilio, que tuvo que luchar contra el racismo sureño de la “Cuban invasión” y el “No dogs, no Cubans”. Y contra la maquinaria roja que los presentaba a todos como batistianos torturadores y asesinos, explotadores, reaccionarios, agentes de la CIA. Con los medios de información fabricando el Robin Hood barbudo que este país se creyó. Ya cómodos, lograron convertir un cementerio para viejos jubilados en la ciudad de Miami, al margen de los norteamericanos, obligándolos a ser bilingües, y construyendo su propia economía.

Entonces suceden los hechos del Mariel, creando una nueva realidad que los desequilibra y a la que responden creando el “exilio histórico”. Lo cual fue un tremendo error divisorio, porque la libertad no conoce purezas de grupos, exclusivismos, ni épocas. Ni siquiera se les acercaron a los del Mariel, no les dieron tiempo a que se acomodaran al cambio brutal del comunismo al capitalismo y a la periferia norteamericana, no los ayudaron con la transición para vivir de una nueva manera. Hubieran descubierto en ellos a las víctimas del mismo monstruo que los pisoteó. Se creyeron el discurso de los mismos rojos, que los habían desprestigiado a ellos como reaccionarios, gusanos y contrarrevolucionarios. Reinaldo no sólo era la presencia testimonial de la persecución, también era la valiente voz pública homosexual en ese nido tradicionalista, que le respondía con el homoodio cultural de la república, nuevamente coincidiendo con sus enemigos. Reinaldo respondió prescindiendo de ellos, viéndolos como la copia de la realidad de la cual salió huyendo. Así que salieron perdiendo, Reinaldo, ellos, y la idea de un exilio unificado. Fue un gran triunfo para los rojos en ese momento.

A Arenas le chocaba bastante el mundo gay norteamericano: “Locas que buscaban otras locas”, según escribió él. Percibiste algo así en tu trato con él. ¿Recuerdas alguna circunstancia en que esto se puso de manifiesto?

El mundo gay latinoamericano sigue enclaustrado en la copia del mundo hetero de la relación mujer-hombre. Con el papel tradicional del pasivo-mujer-penetrado y el activo-hombre-que penetra. Lo cual ha cambiado en la comunidad homosexual norteamericana, donde todos los papeles se intercambian y nadie subyuga absolutamente a nadie, y el bugarrón y el bisexual han quedado en la periferia del acontecer gay. Porque este gay de ahora busca en otro gay lo que estos no pueden darle: enamorarse del otro, mantener un hogar juntos, crear una economía en común y una personalidad civil en cualquier comunidad donde vivan –ahora casarse y tener hijos–. Reinaldo no entendió eso. Siguió buscando al macho perenne para entregársele sometido. Su error fue salir a buscarlo por los cines, los baños de vapor y las oscuridades. Quejándose de la inconexión entre los cuerpos musculosos y viriles, y la sexualidad sin códigos. No comprendiendo que una cosa era la piel y otra la esencia del ser homosexual.

¿Llegaste a colaborar con la revista Mariel? En caso afirmativo, ¿qué nos puedes decir de la experiencia?

No. En aquel momento me construía el futuro exiliado: con dos trabajos, estudiando inglés y metiéndome en la piel del “American way of life”. Es ahora que se está reconociendo su tremenda importancia, y todo el talento que estaba reprimido en Cuba. Crearon una sólida obra que nada tiene que ver con lo que se hacía en Cuba. Continuaron la herencia, impuesta por la represión, la economía y la necesidad del salir de la aldea, de nuestros forjadores de la identidad nacional en el siglo XIX: Heredia, Villaverde, La Condesa de Merlin, Félix Valera, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José Martí y otros, que crearon el grueso de su obra en la emigración y el exilio, en español, inglés y francés.

Tengo la impresión de que viviste bastante de cerca la fase en que fue un “aterrado enfermo de sida enfrentado a su mortalidad” ¿Qué nos puedes decir de aquel Arenas?

Eso está en el testimonio “La larga muerte de Reinaldo Arenas” en Internet.

De la muerte de Arenas hubo varios testigos: Lázaro Gómez Carriles, la traductora Dolores Koch y tú. ¿Puedes contarnos en detalle cómo ocurrió todo?

Te refiero a lo mismo.

Luego del éxito inicial de sus dos primeras novelas a su salida de Cuba no consigue publicar en las grandes editoriales de la lengua hasta su muerte. Sin embargo, al morir, su autobiografía, Antes que anochezca, se convierte en best-seller. ¿Crees que ese éxito póstumo, aunque merecido, fue una manera de malentenderlo?

Fue la maldita ironía de ignorarlo desde que salió por el Mariel hasta su muerte. Y la complicidad de los que nunca quisieron escuchar las pesadillas que traía consigo, leerlas, ni reconocer sus valores como escritor: los tontos útiles de siempre. Los ciegos que siguen sin vernos.

¿Qué piensas de la película de Julian Schnabel Before Night Falls y de otros recuentos sobre Arenas? ¿En qué medida se alejan y en qué medida se acercan a la idea que tú mismo tienes de Reinaldo?

A los grandes hombres les echan muchas sombras las luces de sus mitos. La obra de Reinaldo no es la totalidad de su persona. Y cuando no se conoce personalmente a un creador se suele recurrir a las referencias de otros. Son muchos Reinaldos de los que queda bastante por desentramar. La película, la ópera, los estudios, los ensayos y análisis son válidos para mostrar su riqueza y muchas facetas. Son las fuentes y la invitación al público para que lo investigue y reconstruya. El tiempo modifica la memoria y cada cual elige lo que le es más afín y le interesa. Lo realmente importante es que la persona y el mito sigan cumpliendo su misión fundamental. Demostrar que la Involución cubana es el desastre de los tiempos soñados, que impusieron las masas manipuladas y manipuladoras. Ciclo eterno que se repite con otras involuciones, y la necesidad que tiene la manada del lobo Alfa de imaginar y ansiar lo que no tenemos, y esperar que la utopía nos regale los frutos fáciles que nos promete.

¿Cómo valoras la importancia de Arenas para la literatura cubana y la cultura en general?

Nunca un maricón isleño se reveló tan maricón en su obra, haciendo del desenfado y el choteo cubano un estilo. Reinaldo fue La Voz. Te le puedes acercar, pero ni siquiera imitarlo, porque la copia se delata por ella misma. Él entró en la esencia de Cuba sin populismos ni folclorismos. Desde adentro, con una manera de narrar que plasma la esencia caribeña-cubana. Y desde allí, con la pluma barroca del buen español, lo descompone, juega con él, lo hace popular y culterano, ameno, entretenido, a la vez, que nos desgarra. Maravillados de los mundos que nos entrega y lo que desconocíamos, lo seguimos hasta la última página. Con la cualidad de narrarnos el espanto de una manera que nos saca risas. Salimos perdiendo con la desgracia de su temprana pluma rota. Salimos ganando con el regalo de su buena tinta.

Exilio, Nueva York, diciembre 1 de 2020


Notas:

[1] Llevaba al Seminario el libro El Monte de la gusana Lydia Cabrera y se los prestaba a todos los negros dramaturgos que lo desconocían. Seguía la tradición de vestirme de blanco los jueves Día del Santísimo Sacramento e ir a las clases con los collares del Santo. Un día me estaba esperando el rojo dramaturgo argentino Osvaldo Dragún que era el director del Seminario, con un mitin de repudio urdido por mis compañeros dramaturgos que me expulsaron. Cuando la Crisis de los Cohetes crearon unas brigadas artísticas a la soviética, para entretener a las tropas, ir a las fábricas, etcétera. Yo monté mi guion “A Míster Bombita se le cayó el tabaco”. Que tuvo mucho éxito. Dragún me propuso regresar, pero decliné el volverme a sentar entre mis verdugos. Años después me lo encontré enfermo en el aeropuerto de Madrid y me dijo quiénes habían urdido. Escribí aquella obra porque entonces, como ahora, pienso que de la misma manera que desconocieron a los cubanos con el Tratado de París en 1898, la enmienda Platt en 1901, el fracaso del Diálogo Cívico dirigido por Don Cosme de la Torriente para salir del atolladero de la dictadura en 1958, y desecharon a Batista abriéndole el camino a las barbas, el gobierno americano no debía de entrometerse en nuestros destinos y dejarnos a nosotros mismos luchar por nuestra libertad. Una vez más, con la Crisis de los Cohetes. sin contar con los cubanos de la oposición, como lo hizo el presidente Obama. Porque donde hay tiranos hay oprimidos y se merecen que los escuchen.

[2] Debo, en parte, el fin de este silencio a mi amigo José Abreu, que me forzó pidiéndome una foto para una entrevista que me hizo en El Nuevo Herald. Y también a mi amigo Luis de la Paz cuando participé en sus Viernes de Tertulia en Miami. Eso no quiere decir que aún no tiemblo cuando me tiran fotos.

[3] El programa de ese día está en la Universidad de Miami, en el Cuban Heritage Collection.



*Tomado de Rialta Magazine

lunes, 14 de diciembre de 2020

Necesidad de libertad: homenaje a Reinaldo Arenas

 


El pasado lunes 7 de diciembre de 2020, en ocasión del 30 aniversario de la muerte del escritor Reinaldo Arenas, se realizó un conversatorio con artistas e intelectuales que lo conocieron o han estudiado e investigado su vida y obra. La primera parte del evento estuvo dedicada a los testimonios de primera mano y la segunda abrió espacio para la conversación entre los testimoniantes y resto de los asistentes. Esperamos que lo disfruten.







domingo, 17 de diciembre de 2017

La miseria moral

De una entrevista que le hice hace algún tiempo al escritor Juan Abreu sobre Reinaldo Arenas y que ahora publica el Anuario Histórico Cubanoamericano como parte de un dossier dedicado al autor de El mundo alucinante:

Luego del éxito inicial de sus dos primeras novelas a su salida de Cuba no consigue publicar en las grandes editoriales de la lengua hasta su muerte. Sin embargo al morir su autobiografía, Antes que anochezca, se convierte en bestseller. ¿Crees que ese éxito póstumo, aunque merecido, fue una manera de malentenderlo, de poner su autobiografía y el tono que predomina en ella (distinto del resto de su obra) por encima de su obra de ficción?
La izquierda norteamericana y española, y toda la izquierda mundial a fin de cuentas, le hicieron la guerra a Reinaldo. Y ya sabemos lo eficiente que es la izquierda para ese tipo de censura. Es una vergüenza que su obra maestra El color del verano, por poner un sólo ejemplo, no encontrara editor. Los últimos años de su vida hablamos bastante de eso, de la siniestra censura que padecía, y que él atribuía, con razón creo yo, a su anticastrismo. En España, por ejemplo, para hablar de un mundo editorial que conozco bien, no se publicaba a anticastristas hasta hace relativamente poco. El fanatismo y la miseria moral de los editores españoles respecto a los escritores enemigos de Castro ha sido repugnante y vil. Por suerte la situación ha ido cambiando. Yo soy un ejemplo. Pero Reinaldo sufrió esa censura abyecta y eso añadió amargura a sus últimos años. Por otro lado, no creo que el tono de Antes que anochezca sea muy distinto del resto de su obra.
Para leer la entrevista completa en el blog de la AHCE. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

"José Abreu Felippe: 'Arenas es el único genio que ha dado esa debacle'”

En Hypermedia Magazine aparece la entrevista que le hice a José Abreu Felippe. Por cierto, fe de erratas. El título debe ser el original que le puse "José Abreu Felippe: 'Arenas es el único genio que ha dado esa debacle'” y no el que está que me atribuye una afirmacion que corresponde a Abreu, no a mí. Aquí un fragmento del intercambio:


¿Cómo se fue desarrollando posteriormente la relación entre ustedes?Yo diría que con normalidad. Como nos conocíamos de tantos años y ya habíamos pasado por tantas aventuras juntos, incluyendo las lecturas del Parque Lenin y la creación de la revista literaria, obviamente clandestina, Ah la marea —de la cual hicimos dos números—, él nunca desconfió de mí, ni de mis hermanos, pero Reinaldo era un paranoico profesional. Todo el mundo era policía y todo el mundo lo estaba vigilando.
Cuando se enfermó de meningitis, la medicina que le mandaron de Francia se la decomisaron. Yo se la conseguí en el Hospital Nacional, donde tenía muchas amistades, ya que trabajaba entonces dando clases en la Escuela de Enfermeras de dicho hospital. Reinaldo no permitía —al menos eso juraba— que nadie que no fuera mi madre, lo inyectara, y así iba tres veces por semana a mi casa, durante el tiempo que duró el tratamiento, con ese fin. Temía que se aprovecharan de esa circunstancia para matarlo.
De vez en cuando también nos peleábamos por cualquier idiotez, pero luego nos reconciliábamos. En cierta ocasión, viviendo yo en Madrid y él en Nueva York se molestó porque yo no le contesté una inquietud que tenía sobre algo relacionado con la revista Mariel, ahora no recuerdo qué.
Él nunca tuvo un sentido claro de la realidad, todo era un juego. Le daba la vuelta al asunto más trágico para encontrarle su parte cómica, sin importarle en lo más mínimo si así molestaba o hería a alguien, muchas veces a los propios amigos. No creo que lo hiciera por maldad —aunque podía ser muy cruel—, pienso que no podía vivir sin convertirlo todo en literatura. Reinaldo, aparte de un mitómano contumaz, era en gran medida un personaje de ficción. Y todas las personas no eran para él personas: eran personajes.
Pues bien, como ya me tenía harto, cuando me escribió, yo cogí la carta sin abrir, la metí en un sobre y se la devolví. Parece que aquel gesto le encantó. Hizo lo mismo, y así estuvimos varios meses, mandando y devolviendo, hasta que el sobre original se convirtió en un paquete de varias libras de peso, costaba mucho el franqueo, y dejé de hacerlo.
Como sabía que yo no iba a abrir la carta me escribía cosas por fuera firmándolas como Eugenia Grandet, La Condesa de Merlín, Gina Cabrera o lo que se le ocurriera y yo hacía lo mismo. Años después me reprochó no haber seguido el juego. Él aspiraba a que se convirtiera en una carga monstruosa que estuviese viajando en el tiempo mientras crecía infinitamente.
Otras veces, cuando yo no le contestaba con la rapidez que él requería —no tenía en cuenta que yo acababa de llegar a otro país, no tenía dinero y recién comenzaba a trabajar sin permiso de trabajo y con mucha gente dependiendo de mí—, me escribía reprochándomelo, cartas “cuñadas y recuncuñadas” para ver si yo reaccionaba al hacerlas “oficiales” por los cuños que él mismo inventaba. Conservo un par de ellas.

viernes, 30 de junio de 2017

Reinaldo Arenas: vida, pasión y muerte en dos apartamentos

Foto tomada por Nicolás Abreu en su casa en una cena de Navidad. Juanto a Arenas el escritor Luis de la Paz
Por Enrique Del Risco*
Otra tregua fecunda
Cuando Reinaldo Arenas interrumpió los devastadores estragos del sarcoma kaposi atracándose con medicamentos y whiskey el 7 de diciembre de 1990 en su apartamento en el centro de Manhattan no hacía más que dar fin a una escena interrumpida tres años antes. “Yo pensaba morir en el invierno de 1987” son las primeras palabras del prólogo de su autobiografía. Hablaba del invierno en que una crisis de su enfermedad lo obligó a ingresar en un hospital de Nueva York. Al ser dado de alta regresó al apartamento con pocas intenciones de seguir viviendo. Pero de pronto tropieza con una revelación en forma de un matarratas:
Ya en casa, comencé a sacudir el polvo. De pronto sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que yo me lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser aplazado por el momento. No podía darle el gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Pero se trataba de algo más que de llevarle la contraria a un enemigo anónimo. La meta antes de que la muerte llegara era concluir con los proyectos que habían obsedido su carrera literaria: concluir el ciclo de cinco novelas que llamaba pentagonía y escribir su autobiografía. Según su recuento ese mismo día “como no tenía fuerzas para sentarme en la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida”.
Al año siguiente, luego de otra recaída y otro ingreso de vuelta a su apartamento de la vez anterior, (también el de su muerte) tiene lugar la escena con la que cierra su dramático prólogo de Antes que anochezca.
“Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”
Menos de dos años bastaron para arribar a la meta que él mismo se había impuesto.
La ciudad prometida
Al salir de Cuba durante el éxodo del Mariel Arenas había vivido en Miami poco más de tres meses. Fue entonces que en agosto de 1980 recibió una invitación para asistir al Segundo Encuentro de Intelectuales Cubanos Disidentes en la universidad de Columbia. Al parecer la ciudad lo fascinó al punto de trocar una visita breve en el lugar que viviría el resto de su vida. “Y de pronto, yo que había llegado solamente por tres días a Nueva York, me vi con un pequeño apartamento en la calle 43 entre la Octava y la Novena Avenida, a tres cuadras de Times Square, en el centro más populoso del mundo”. El dramaturgo Iván Acosta escribe que cuando Arenas “llegó a Nueva York vivió 21 dias en mi apartamento del Manhattan Plaza. Luego mi mamá, que era amiga del super del edificio 333 West calle 43, le consiguió un apartamento en el 4to piso”. 
Aspecto actual del 333 W 43rd Street
En su autobiografía, ya desencantado de la ciudad, Arenas explica aquella decisión como una mezcla de enamoramiento y autoengaño. “El desterrado es ese tipo de persona que ha perdido a su amante y busca en cada rostro nuevo el rostro querido y, siempre autoengañándose, piensa que lo ha encontrado. Ese rostro pensé hallarlo en Nueva York, cuando llegué aquí en 1980; la ciudad me envolvió. Pensé que había llegado a una Habana en todo su esplendor, con grandes aceras, con fabulosos teatros, con un sistema de transporte que funcionaba a las mil maravillas, con gente de todo tipo, con la mentalidad de un pueblo que vivía en la calle, que hablaba todos los idiomas; no me sentí un extranjero al llegar a Nueva York”.
Al año siguiente de su llegada Arenas seguía insistiendo en las virtudes de la ciudad: “Es una ciudad auténtica. Su autenticidad radica precisamente en el desinterés por esa palabra”. Y en 1983 en Mariel, la revista que había fundado junto a otros compañeros de generación, define la relación con la ciudad en términos de tolerancia: “¿Qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?”. Seis  años más tarde esa tolerancia mutua pase de ser ―a través de la inminencia de muerte que le trae la enfermedad que ha exterminado a decenas de amigos y conocidos― de Tierra Prometida a terreno baldío y hostil: 
Entrada del 333 W 43rd Street

“Manhattan es una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación ¿qué se puede recordar?”
Dos apartamentos  
Aspecto actual del edificio del 328 W 44th Street
Aparte de la estancia de las tres semanas iniciales en el apartamento del dramaturgo Iván Acosta, a Reinaldo Arenas se le conocen sólo dos lugares de residencia en Nueva York: aquel inicial de 333W 43rd Street, cuarto piso, donde vivió entre 1980 y 1983 y el del 328 W 44th Street situado a una cuadra de distancia del anterior “en un sexto piso sin ascensor” según describe el propio Arenas. En esos lugares debió producir la mayor parte de su obra. Desde reescribir libros que le habían sido incautados por la Seguridad del Estado como es el caso de Otra vez el mar hasta producir la mayor parte de sus novelas. A su estancia en el apartamento de la 43 corresponden la aparición de las novelas Cantando en el pozo (versión revisada de su ópera prima Celestino antes del alba), y Otra vez el mar y la colección de cuentos Termina el desfile. A su estancia en el apartamento de la calle 44 se corresponde con la escritura de las novelas El portero, El asalto, La loma del ángel y El color del verano además de colecciones de poemas, cuentos, artículos y su famosa autobiografía.

En esa autobiografía deja constar, entre tantas cosas, las causas de su salida del apartamento de la calle 43.  “[E]n 1983 el dueño el edificio en que vivía decidió echarnos del apartamento; quería recuperar el edificio y necesitaba tenerlo vacío, para repararlo y alquilarlo por una mensualidad mayor a la que nosotros pagábamos”. El dueño, según Arenas “se las arregló para rompernos el techo de la casa y el agua y la nieve entraban en mi cuarto” de manera que “no me quedó más remedio que cargar mis bártulos y mudarme para el nuevo tugurio”, el apartamento de la 44.
Entre el mar y la buhardilla

“El mar es nuestra selva y nuestra esperanza”. Tal fue el título de la primera conferencia pronunciada por Arenas en los Estados Unidos. El mar, esa presencia constante en su obra, lo describe allí como algo que “nos hechiza, exalta y conmina”. Se sobreentiende que a la búsqueda de la libertad. Mucho se ha hablado del significado del mar para Arenas. Menos de esos recintos cerrados que le opuso en vida y obra: el “cuarto de criados de mi tía Orfelina”, las múltiples celdas de fray Servando Teresa de Mier, el cuarto del hotel Monserrate, sus apartamentos neoyorquinos. Eran estos reductos la contraparte y punto de partida hacia esa infinitud que podía identificar con el mar o con la creación. Uno de los ejes de su vida que a su vez le servía de baluarte de resistencia frente a la corrupción de las palabras. “El escritor debe preferir la buhardilla al tráfico con las palabras” dijo en aquella misma conferencia en la Florida International University. Allí también afirmó que “en última instancia la verdadera patria del escritor es la hoja en blanco”. En los alrededores de su máquina de escribir, pudo añadir.

Todas las descripciones de su último apartamento en Nueva York coinciden en su aspecto austero, casi monástico, como refugio de alguien con tan poco de monje. Lugar de trabajo y refugio antes que de vida social. El estudioso Enrico Mario Santí cuenta en una entrevista de próxima aparición: 
“Vivía en pleno Hell´s Kitchen, en una época en que Times Square no era la sucursal de Disneylandia que es hoy… Su apartamento era un walkup, en un arduo quinto o sexto piso. Si años después se hablaría de la guarida en La Habana Vieja para el Diego de Fresa y chocolate, te aseguro que mucho antes Reinaldo Arenas ya tenía la suya en el exilio de Manhattan. Nunca, que yo recuerde, coincidí allí con nadie más, salvo con Lázaro Carriles, que según me dijo Reinaldo transitaba esporádicamente. El apartamento era pequeño, no recuerdo muebles ni cuadros; solo libros que, amontonados con papeles y prensa, forzaron a Arenas a alquilar el apartamento de enfrente, que funcionaba como archivo, o almacén”. 
El escritor colombiano Jaime Manrique cuenta de su única visita al apartamento de Arenas, un par de días antes de su suicidio: “Junto a una cadena de sonido anticuada y un televisor recuerdo un cuadro primitivo del campo cubano. Una mesa, dos sillas y un sofá gastado completaban la decoración”.
Ese último Arenas que describe Manrique aparece además de destruido físicamente por la enfermedad, receloso y reclusivo: “Llamé a la puerta. Oí lo que me parecía un torpe accionar de cerraduras y cadenas, lo cual incluso en Times Square parecía excesivo”.
Santí explica coincide en el recelo y da cuenta de su causa: 
“Uno de esos días que quedamos en vernos para comer y fui a recogerlo, toqué y noté que se demoraba mucho. Por fin abrió, y al entrar me di cuenta que la puerta ahora ostentaba varias cerraduras y una de esas enormes trancas de hierro que hacen presión entre puerta y suelo. Con angustia, me contó que habían entrado en el apartamento a robar, pero que extrañamente solo se habían llevado papeles. Había tenido que dejar el almacén de enfrente. Que yo sepa, nunca se aclararon esas circunstancias. Era señal que las cosas estaban cambiando. La guarida ya no era tal”.
Agonía en la guarida

La sensación de indefensión que le provocó tal incidente reforzaría la paranoia que Manrique había notado desde sus primeros encuentros con Arenas tras su llegada a Nueva York y que vio como “una extensión de la paranoia que existe en el mundo de la emigración cubana. En la Cuba de Castro los disidentes tenían que diseñar unos elaborados sistemas de comunicación para evitar que los espiaran. Habían transplantado esas actitudes a este país, como si aquí también se sintieran bajo vigilancia constantemente”.
Pero ni la enfermedad ni esa sensación de vulnerabilidad le impidieron enfrascarse en esa vorágine rabiosa de creación que debieron ser sus últimos años en aquel apartamento. De aquella visita que le hiciera Manrique observó: “Sobre la mesa descansaban montones de manuscritos, miles y miles de hojas y Reinaldo parecía un naufragio en medio de un mar de papeles. Cuando pregunté si eran copias de un manuscrito que hubiera terminado recientemente, me contó que los tres manuscritos que había sobre la mesa eran una novela, un libro de poemas y su autobiografía, Antes que anochezca”
Manrique cuenta como en aquella visita Arenas fantaseó con la posibilidad de morir junto al mar. “Me gustaría irme de aquí antes de que venga el invierno. Mi sueño es ir a Puerto Rico y encontrar un sitio en la playa para morir cerca del mar”. Dos días después de la visita de Manrique el agente literario de Arenas, Thomas Colchie, “llamó para decir que Reinaldo se había suicidado la noche anterior, que había tomado pastillas tragándoselas con sorbos de Chivas Regal”. Iván Acosta rememora que la “primer persona que lo vio muerto fue una vecina de él, colombiana, que a veces le colaba café y le hacía sopas de pollo. Ella vio la puerta entrejunta y lo vio tendido sobre el sofá en la sala”.
Vista de la calle 44 desde el edificio donde muriera Arenas

De momento el apartamento donde vivió, creó y murió Reinaldo Arenas ha sobrevivido a la furia de demoliciones y reconstrucciones que parece ser la naturaleza de la ciudad. Ya Arenas hablaba en su desengañado “Adios a Manhattan” de los “viejos y acogedores edificios del West Side” que “son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de desembolsillar cientos de miles de dólares”. Y dicho proceso en la última década no ha hecho más que intensificarse. De puro milagro el edificio todavía se yergue el 328 W 44th Street, a unos doscientos metros de la frenética Times Square, justo en la cuadra del famoso club de jazz Birdland. Es de temer que el raro milagro de su subsistencia no se prolongue mucho más tiempo. 

Nota: Agradezco la colaboración para elaborar este artículo el aporte de los mencionados Iván Acosta, Enrico Mario Santí, Jaime Manrique y de Perla Rozencvaig y Miguel Correa.
*Este texto ha sido reproducido del blog de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio.