La
semana pasada había visto con mis hijos “Julio Cesar”, la vieja versión del clásico
de Shakespeare con James Mason y Marlon Brando y pensé que les había resultado más bien aburrida. Sin embargo esta mañana mi hija de nueve
años me preguntó mientras se vestía para ir a la escuela qué yo haría en el caso de Brutus: si yo estaria dispuesto a
matar a mi mejor amigo si descubriera que le iba a hacer mucho daño al país. Le
dije que en Cuba a uno lo preparaban para responder a esa pregunta sin
vacilaciones. Se mataba al amigo y a otra cosa, que precisamente contra eso
había tenido que rebelarme. Mi hija insistía –así es de inquisitiva y más
acabada de despertar- así que le dije que si mi mejor amigo era Hitler posiblemente
lo matara pero no me dejó escapar tan fácil: “No, te pregunto si tu mejor amigo
es Julio Cesar, no Hitler”. Así que tuve que decirle que no sabía, que esa
situación era muy difícil y es esa dificultad lo que hace la obra de
Shakespeare tan interesante. De todas maneras les advierto a mis amigos que se
anden con cuidado. Estoy afilando mi daga por si acaso mi hija me exige más
claridad conceptual.
Blog personal y casi tan íntimo como una enfermedad venérea pensado también para liberar al pueblo cubano, aunque sea del aburrimiento. Contribuyentes: Enrisco (autor de “Obras encogidas” y “El Comandante ya tiene quien le escriba”), su alter ego, la joven promesa de más de cincuenta años, Enrique Del Risco. Espacio para compartir cosas, mías y ajenas, aunque prefiero que sean ajenas. Quedan invitados a hacer sus contribuciones, y si son en efectivo, pues mejor.
Mostrando entradas con la etiqueta ética. Mostrar todas las entradas
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lunes, 17 de junio de 2013
jueves, 4 de abril de 2013
No lo defiendas compadre...
En Havana Times han aparecido varios artículos sobre el caso del
escritor Angel Santiesteban en los que se señala la arbitrariedad del juicio y
la intencionalidad política de la condena. Sin embargo en uno de ellos llega a
decirse:
“Respecto a la señora Kenia, no sé porque motivos no impidió que Ángel fuese a la cárcel, hasta donde sé, creo que ambos tienen un hijo en común. De haber sido real la agresión debió pensar en su familia”
No me imagino peor argumento para defender el caso del escritor que
acusar a la supuesta víctima de no “pensar en su familia”. Como si las mujeres
fueran las únicas que debieran pensar en su familia y no el hombre en el
momento en que las golpea. Como si en nombre de la familia debiera soportar todo
tipo de agresiones. Porque ahí está la esencia misma de la violencia de género.
No sólo en la supuesta debilidad física de las mujeres sino en su sometimiento
en nombre de la familia a la cual se deben. Me niego a pedirle a su ex esposa que se calle una
agresión si la hubo. ¿Cómo hacerlo –en ese caso- sin hacer causa común con el
gobierno que los oprime a ella y a su supuesto agresor? Bueno, ya esa es otra
cuestión bastante más complicada pero lo que sí debe estar claro es que no
puede sustentarse un cambio democrático real minimizando el abuso sobre la
mitad de la población.
viernes, 11 de enero de 2013
Y si...
¿Y si de pronto dejamos fuera del examen histórico a la moral, esa señora ya mayor, para estudiar sin prejuicios éticos los procesos y personalidades? Así podremos ver a Stalin esencialmente como el modernizador de Rusia, a Franco como el industrializador de España, a Pinochet como el saneador de la economía chilena, a Hitler como alguien preocupado por el sobrepoblamiento europeo o a los aliados como redecoradores de Hamburgo y Dresde. Lo digo a propósito de un libro de Maurice Meisner donde exalta a Mao sobre todo como aquél que estableció “las bases para la moderna revolución industrial china”. La Revolución Cultural la califica como apenas una mancha en un proyecto político válido y lleno de buenas intenciones.
viernes, 3 de agosto de 2012
Prioridades
La verdad primero. Antes incluso -como en este caso- que a la causa de la democracia, que cualquier causa. No se trata de puritanismo sino simple intento de encontrar suelo firme en un mundo que siempre nos ha sido opaco, la única manera en que podemos entendernos. El sueco Modig puede no sentir compromiso excesivo con la causa de la disidencia cubana o con los familiares de Payá y Cepero pero sí con la verdad que es la misma en las calles de Estocolmo que en las carreteras cubanas aunque no siempre tenga el mismo precio. Y no porque yo piense que lo que él sabe incriminaría necesariamente al gobierno cubano. Teniendo en cuenta la información acopiada hasta ahora lo único que podría perjudicar a Carromero es que el sueco atestigue que no sólo fue el responsable del accidente sino que además intentó esquivar su responsabilidad inculpando al régimen cubano, una raya más a un tigre festoneado de culpas que nunca le han importado demasiado. Porque si la versión oficial es dudosa las alternativas en la que aparece primero un camión y luego un Lada rojo no son hasta el momento mucho más creíbles. Pero si en realidad Carromero no fue responsable de la muerte de Cepero y Payá sería el silencio de Modig lo que terminaría hundiéndolo. El triunfo de la lógica mafiosa que le habrán transmitido en los interrogatorios. La verdad sería no sólo la salida más limpia sino la más eficaz a este embrollo. No es que la verdad siempre triunfe pero la mentira –o en su defecto el silencio- siempre termina pasándonos la factura.
domingo, 22 de abril de 2012
Historia y destino
Guicho
me dejó este comentario un par de post atrás:
La mayoría de los cubanos hace rato que no saben lo que es moral o amoral. Apenas saben lo que es peligroso o fácil.
Décadas atrás, cuando los cubanos eran bobos, se habría podido desestabilizar al régimen con algo tan simple como el video de Castro I matando a Cienfuegos o el de Castro II con el miembro de un miembro del M-26-7. Ahora, no.
El grado de degeneración nacional se puede analizar en condiciones de mercado libre en Miami. En las empresas donde los cubanos son mayoría se frena, aisla y aniquila a los empleados productivos para que no fastidien el ocio de la masa. El "aunque yo no goce te voy a joder" se practica de forma generalizada doquier que se juntan los hombres nuevos. Así que con el cayo lleno de ellos no hay que pensar en Kant, sino más bien en Dante.
Este comentario me recuerda una época en que recién
graduado de licenciatura de Historia me puse a buscar trabajo como profesor de
Historia de nivel medio con la intención de "abrirle los ojos a las nuevas
generaciones". Buena parte de la apatía y la confusión entre los jóvenes
cubanos proviene, me decía, del adoctrinamiento que recibían en las escuelas
sobre la historia de su país en la cual el régimen bajo el cuál vivía se
mostraba generoso, liberador y, sobre todo, inevitable. Primero intenté buscar
trabajo en la escuela Lenin en parte allí había estudiado y en parte porque en
ella se educaba lo que iba a ser la élite del país en unos años. Pero no tuve
ni que llegar a la escuela para que mi plan se frustrara. Apenas tomo la guagua
rumbo a la escuela para hacer mi solicitud cuando como me encuentro con un
antiguo condiscípulo, un tipo que destacaba en mis años del preuniversitario
por sus bromas pesadas y una inteligencia bastante inferior a la media. Cuando
le pregunté en qué trabajaba me respondió sin empacho que atendía por parte de
la Seguridad del Estado la mitad del parque Lenin y toda la escuela en la que
habíamos estudiado. Fue así que al enterarse de mis intenciones de solicitar
trabajo que me dijo que si quería conseguir trabajo no tenía más que hablar con
él -como si no lo estuviéramos haciendo en ese momento- pues bastaba que
estuviera de acuerdo en “colaborar” para conseguir el puesto de profesor. Por supuesto
que le dije que no, que no hacía falta que me ayudara, que trataría de
conseguir el puesto por mis propios medios. Por supuesto que no me dieron el trabajo.
Insistí
en mi empeño hasta terminar como profesor en un tecnológico de gastronomía y
comercio, un sitio que se correspondía con el séptimo y octavo círculos del
infierno diseñado por Dante, los dedicados a almacenar a los que incurren en la
violencia y el fraude. No obstante, padeciendo de una condición que puede
describirse como impermeabilidad a la realidad, persistí en mi plan de
compartir con mis estudiantes una versión bastante distinta de lo que se
enseñaba por aquellos días en las escuelas. La respuesta de los muchachos,
enredados en los inicios de esa debacle conocida con el eufemismo de “Período
Especial”, fue casi nula. Daba más o menos igual que les dijera que Mella había
sido expulsado del Partido Comunista cubano o que años después ese mismo
partido se hubiese aliado a Batista. Faltos de referencias y de interés yo debí
ofrecerles una imagen más o menos extravagante de un tema que no les interesaba
para nada, dijese lo que dijese de él.
El curso transcurrió como un largo malentendido hasta
que llegó la clase en que tocaba hablar de Camilo Cienfuegos. Resultó ser que todos los estudiantes asumían que a Camilo
lo habían matado entre Fidel y Raúl algo en lo que yo era bastante más cauto,
convencido de que los historiadores, al igual que los jueces, deben trabajar
con pruebas no con sospechas o rumores. Mis razonamientos les importaban poco:
la convicción de que Camilo Cienfuegos lo habían asesinado era tan firme
como su apatía hacia el pasado del país. Como hacía apenas unos minutos habían
estado inscribiéndose en una lista para participar en un trabajo voluntario les pregunté cómo
era que podían asumir con tanta tranquilidad que los dos máximos dirigentes del
país había matado a su compañero de lucha y al mismo tiempo ofrecerse a trabajar gratuitamente para
los asesinos. En ese momento me miraron como si les hablara en un idioma
especialmente hermético. Como si no entendieran qué relación pudiera haber
entre un crimen cometido hacía más de treinta años con el cumplimiento de
ciertos rituales. No tardé en reconocer que a pesar de los diez años que le
llevaba a mis estudiantes yo era mucho más ingenuo que ellos, por usar una
expresión suave. Desde entonces han pasado dos décadas y me pregunto en qué
términos se puede todavía hablar con aquellos muchachos o incluso con sus hijos
para convencerlos de que su destino es menos fatal de lo que la realidad les ha
inculcado.
miércoles, 18 de abril de 2012
Por una política comestible
Yo y mi vocación de promover malentendidos. Es tan grande que hasta un lector tan fino como Hernández Busto responde a mi post anterior con este párrafo:
Es un punto de vista interesante, que reabre una antigua polémica filosófica: el de la ética práctica, y sus límites. ¿Se toma una decisión moral porque se considera racionalmente como lo más conveniente? ¿Conveniente para quién y a qué plazo? A este respecto, cabe recordar aquella distinción kantiana entre las acciones morales (por deber) y las que tienden a un fin (conforme al deber). Para Kant, el valor moral de una acción radica en el móvil que determina su realización. Cuando este móvil es el deber la acción tiene valor moral. Pero si usted escoge apoyar reclamos de libertad por una motivación práctica (viviré mejor en el futuro, por ejemplo), se aparta del “fin en sí mismo” que define el obrar moralmente.
No pretendo reabrir
viejas polémicas filosóficas: no quiero ser responsable de atrocidad semejante.
(Lo único que revelan las polémicas filosóficas entre cubanos –esos maratones
de malentendidos, citas ajenas y rencillas personales- es lo mal que se nos da eso
de pensar en abstracciones). El asunto es mucho más sencillo. Bajo el confuso nombre
de “ética comestible” lo que pretendía proponer era una política. Ya bastante
difícil basar la conducta individual en la ética, no digamos ya la conducta de
una oposición o de todo un país. Difícil y no necesariamente deseable como me
recordaba un amigo con el que conversaba la semana pasada. Claro que una “ética
comestible” es un oxímoron (bastante pobre por cierto). De lo que estaba hablando
–con ironía que creía obvia- era de la necesidad de un discurso político que
convenza a toda una sociedad de la necesidad del cambio no sólo porque es ético
–piénsese que la palabra “ética” al cubano de hoy más que recordarle a Kant le
hace pensar, y no sin alguna razón, en algún tipo de evangelismo- sino porque
es conveniente. Recordarle lo frágil que suele ser un sistema de privilegios diseñado
a mayor gloria del castrismo, lo poco rentables que son sus proyectos, recordarle su costumbre de, en tiempos
difíciles, tender redes para pescar la especie más sugestionable de los incautos,
la de los esperanzados con mala memoria. Y la necesidad de que la oposición le
haga ver a sus compatriotas las potencialidades de una política y una economía
más abiertas, la capacidad de captar y generar riquezas de un país más allá de
la estrecha válvula de un Estado que además de represivo es inepto y avaro, las
posibilidades pero también los retos de una existencia en libertad. La necesidad,
en fin, de un discurso político (pero también económico y social) que sea más
digerible para el estómago y el cerebro del más común de los cubanos. La necesidad de que la política en Cuba rebase
el ciclo de la represión y la denuncia, que sea, por fin, política y no ética (o
física) pura.
P.D.: Y eso es algo
que deberían tener en cuenta los que ahora convocan a una reunión nacional por
la democracia porque de concebirse en los mismos términos que en el pasado
corre el riesgo de obtener los mismos resultados.
martes, 17 de abril de 2012
Por una ética comestible
Ernesto
Hernández Busto en un lúcido y provocador artículo apunta a la brecha cada vez
mayor en Cuba entre los “entre
los que asumen los riesgos de sumarse a la oposición, y los que permanecen al
margen”. Razona que la gente en Cuba tiene
bastante más información de la que se distribuye en el Granma y si no obra en
consecuencia no es por ignorancia sino por una decisión conciente alimentada
por una falla moral: preferir la conveniencia de lo inmediato aunque ello
conlleve pactar con las mismas fuerzas que han desintegrado la economía, la sociedad,
la familia, el país entero. Ya no sería el miedo el principal elemento de
parálisis social sino el interés más inmediato y mezquino.
Espero que se me disculpe la simplificación en unas
líneas lo que a Hernández
Busto le tomó unos cuantos párrafos pero ese razonamiento
parte de al menos una premisa discutible. Cierto que ante la expectativa por
los cambios prometidos por el gobierno o ante privilegios distribuidos con algo
más soltura que en años anteriores la mayor parte de los cubanos opta por
ignorar una represión cada vez más escandalosa -aunque enfocada al mismo tiempo
en aquellos que se manifiestan con un claro sentido político- pero tampoco se
debe subestimar el sostenido poder de la ignorancia. La información sigue siendo en Cuba un
privilegio de los mismos que están interesados en que el sistema se sostenga. Solo
que ya no son exclusivamente los funcionarios del partido, los militares o los
agentes del Ministerio de Interior sino también lo son los empleados de las
corporaciones, buena parte de los artistas e intelectuales (sobre todo los que
pueden hacer rentable su talento en moneda dura), profesionales asociados al
sector de la tecnología o el turismo y un etcétera que se va haciendo cada vez
más variado y complejo. Si no fuera así no se podría explicar cómo muchos de
estos sostienen una idea del mundo con la estrechez e impunidad del que se siente
por encima del conocimiento medio de sus compatriotas.
Pero incluso aceptando que la apatía de los cubanos no goza del atenuante de la ignorancia si todo lo que puede ofrecerle la
oposición es su actitud ética se comprende que no le hagan demasiado caso. La ética
y la moral son esenciales para que los individuos consigan darle un sentido
aceptable y sostenido a su vida cuando más oscuras son las circunstancias:
puede hacer que un comunista no se resigne a ser chivato o un policía, abusador.
“Pero la ética no se come” dirá cualquier filósofo de esquina con suficiente
razón. Saber distinguir el bien del mal y optar por el primero solo tiene
alcance social si se entiende que la ética es, además de digna,
conveniente. Que defender los derechos sobre los privilegios asienta el
bienestar individual sobre bases más firmes y duraderas. Si se comprende que un comportamiento ético
redunda a mediano y largo plazo en el bien común. Esa es, por poner un ejemplo,
la ética de los ecologistas. Cuidar los bosques es además de loable y
enaltecedor la manera de garantizar que en futuro no vivamos en un planeta
totalmente desolado. O por poner un ejemplo local, disfrutar los privilegios de
poder viajar, vender tu obra en el extranjero y disfrutar de tus honorarios en
medio de la miseria nacional puede ser muy tentador a corto plazo pero no evitará
que el país siga haciéndose un lugar cada vez menos habitable y del cuál tus
hijos tratarán de huir en cuando tengan una oportunidad.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Dignidad y tiranía
Cuando a los tiranos se les acaban los argumentos suelen echar mano a un concepto que pocos se atreven a despreciar porque su esencia, su sentido todo, es poseer un valor impagable: la dignidad. De eso hablan los tiranos cuando no tienen más nada que ofrecer. Pasan por alto que la existencia misma de una tiranía supone la negación rutinaria de la dignidad de sus súbditos. Se imaginan a ellos mismos como el resumen de su pueblo, el pueblo mismo. La arrogancia con la que se dirigen a sus enemigos -reales o imaginarios- debe ser digerida por cada uno de sus súbditos como acto de dignidad propia. Hacer cualquier cosa para que no se confunda aquello que llaman dignidad con su definición en el diccionario que la explica como el “valor inherente al ser humano en cuanto ser racional, dotado de libertad y poder creador, pues las personas pueden modelar y mejorar sus vidas mediante la toma de decisiones y el ejercicio de su libertad”.
Kant, el pensador metódico por cuyos paseos los relojes de Königsberg se ponían en hora, da un paso más allá de la definición del diccionario. El prusiano nos advierte que “el hombre no puede ser utilizado por ningún hombre (ni por otro ni por sí mismo) simplemente como un medio, sino que debe ser tratado siempre, al mismo tiempo, como un fin, y es eso en lo que consiste su dignidad”. Es por eso que el castrismo -pese a sus declaraciones en sentido contrario- en tanto tiranía erige su existencia aplastando la dignidad de aquellos que gobierna. Y no sólo porque limita la posibilidad de que las personas modelen y mejoren sus vidas “mediante la toma de decisiones y el ejercicio de su libertad”.
Si una tiranía es como nos dice otro diccionario “el ejercicio de un poder más allá de su dominio legítimo (Locke), y especialmente en un orden en el que no existe ninguna razón legítima para hacerlo (Pascal)” podemos entender no sólo cómo encaja el castrismo perfectamente en dicha descripción sino por qué no tiene otro remedio que lesionar la dignidad de cada uno de los habitantes de la isla. Es un régimen que nunca ha dejado de sacrificar el deseo y el bienestar de sus gobernados a la existencia de alguno de sus seudónimos como “patria” o “Revolución”; de tratar a todo el país y a cada uno de sus habitantes como simples medios para sus propios fines. Sólo así el arte puede convertirse en “arma de la revolución” o el deporte catalogarse de “revolucionario”. Es por eso que cada vez que el régimen (alias “La Patria”, La Revolución”) se siente en peligro -algo frecuente dada su paranoia crónica- puede disponer de la vida de cualquiera sin que le tiemble el pulso, sin perder el sueño. O que en tiempos más tranquilos nunca haya intentado reconocer la mayoría de los derechos fundamentales de que disfrutan los ciudadanos de buena parte del mundo. Y la única explicación razonable es que ante la infinita importancia que se atribuye el castrismo todo lo demás es accesorio, sacrificable. Empezando, en primerísimo lugar, por esa dignidad a la que aparenta dar tanta importancia.
Kant, el pensador metódico por cuyos paseos los relojes de Königsberg se ponían en hora, da un paso más allá de la definición del diccionario. El prusiano nos advierte que “el hombre no puede ser utilizado por ningún hombre (ni por otro ni por sí mismo) simplemente como un medio, sino que debe ser tratado siempre, al mismo tiempo, como un fin, y es eso en lo que consiste su dignidad”. Es por eso que el castrismo -pese a sus declaraciones en sentido contrario- en tanto tiranía erige su existencia aplastando la dignidad de aquellos que gobierna. Y no sólo porque limita la posibilidad de que las personas modelen y mejoren sus vidas “mediante la toma de decisiones y el ejercicio de su libertad”.
Si una tiranía es como nos dice otro diccionario “el ejercicio de un poder más allá de su dominio legítimo (Locke), y especialmente en un orden en el que no existe ninguna razón legítima para hacerlo (Pascal)” podemos entender no sólo cómo encaja el castrismo perfectamente en dicha descripción sino por qué no tiene otro remedio que lesionar la dignidad de cada uno de los habitantes de la isla. Es un régimen que nunca ha dejado de sacrificar el deseo y el bienestar de sus gobernados a la existencia de alguno de sus seudónimos como “patria” o “Revolución”; de tratar a todo el país y a cada uno de sus habitantes como simples medios para sus propios fines. Sólo así el arte puede convertirse en “arma de la revolución” o el deporte catalogarse de “revolucionario”. Es por eso que cada vez que el régimen (alias “La Patria”, La Revolución”) se siente en peligro -algo frecuente dada su paranoia crónica- puede disponer de la vida de cualquiera sin que le tiemble el pulso, sin perder el sueño. O que en tiempos más tranquilos nunca haya intentado reconocer la mayoría de los derechos fundamentales de que disfrutan los ciudadanos de buena parte del mundo. Y la única explicación razonable es que ante la infinita importancia que se atribuye el castrismo todo lo demás es accesorio, sacrificable. Empezando, en primerísimo lugar, por esa dignidad a la que aparenta dar tanta importancia.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Wikiliqueo
Julian Assange, lo advierto, me provoca el mismo entusiasmo que una visita al dentista o al proctólogo. Un tipo que basta verlo una vez para saber que no debes dejarlo a solas con tu hija, tu mujer o tu abuelo. Confieso que me son repulsivos esos ademanes de quien pretende salvar el mundo con documentos que no ha leído, de quien habla de la Verdad y la confunde con la difusión de habladurías que todos imaginábamos. Pero también reconozco que me inspira cierta lástima ese proyanki involuntario que nos ha revelado que en la distancia entre la diplomacia secreta norteamericana y la pública cabe mucha menos perversión de la que imaginábamos, mucha menos de la que puede esperarse de la mayoría de los gobiernos.
Nada de esto obsta para que yo mismo haya compartido la euforia de ver que un estado poderoso que de vez en cuando se arroga el derecho de descubrir los secretos de ciudadanos comunes se vea a sí mismo expuesto. Pero la euforia sólo puede ser pasajera si se piensa que en eso de tener acceso a información los gobiernos llevarán siempre las de ganar. Pero lo de veras preocupante hasta ahora son ciertas justificaciones a la labor de wikileaks: el principio de la transparencia radical y el de la honestidad extrema.
Son estos principios, al parecer, distintivos en la generación de los nativos digitales, o sea, aquellos para los que la Era Digital no es un acontecimiento en sus vidas sino su medio natural. Es fácil empezar a atronar como anciano furibundo si no fuera porque los principios de transparencia radical y honestidad extrema no fueran privativos de la generación digital. De hecho eran dos de las cualidades más apreciadas en el medioevo, época en que no había mucha diferencia y castigo entre el pecado de obra y el de pensamiento. Y es que la transparencia radical, la honestidad extrema sólo pueden ser practicadas con consecuencia por gente estrictamente perversa o criminalmente anodina: la honestidad extrema sólo puede ser socialmente aceptable en gente ayuna de imaginación. Y todo esto viene a confirmar una vieja sospecha: el próximo avatar del totalitarismo no será impuesto por un partido o gobierno sino por la gente a sí misma en nombre de la honestidad, el hambre en el mundo o la guerra a los carbohidratos. Se empieza por no querer ocultar nada y se termina por no tener nada que ocultar. El sueño de cualquier estado totalitario –saber que hace o piensa cada uno de sus súbditos a cada momento- puede consultarse en facebook sin cargo adicional. Ser absolutamente transparente, una bella falsedad que abrazamos aunque sea más que obvio que no podemos ser del todo honestos con algo -nuestra vida por ejemplo- que no acabamos de entender.
Nada de esto obsta para que yo mismo haya compartido la euforia de ver que un estado poderoso que de vez en cuando se arroga el derecho de descubrir los secretos de ciudadanos comunes se vea a sí mismo expuesto. Pero la euforia sólo puede ser pasajera si se piensa que en eso de tener acceso a información los gobiernos llevarán siempre las de ganar. Pero lo de veras preocupante hasta ahora son ciertas justificaciones a la labor de wikileaks: el principio de la transparencia radical y el de la honestidad extrema.
Son estos principios, al parecer, distintivos en la generación de los nativos digitales, o sea, aquellos para los que la Era Digital no es un acontecimiento en sus vidas sino su medio natural. Es fácil empezar a atronar como anciano furibundo si no fuera porque los principios de transparencia radical y honestidad extrema no fueran privativos de la generación digital. De hecho eran dos de las cualidades más apreciadas en el medioevo, época en que no había mucha diferencia y castigo entre el pecado de obra y el de pensamiento. Y es que la transparencia radical, la honestidad extrema sólo pueden ser practicadas con consecuencia por gente estrictamente perversa o criminalmente anodina: la honestidad extrema sólo puede ser socialmente aceptable en gente ayuna de imaginación. Y todo esto viene a confirmar una vieja sospecha: el próximo avatar del totalitarismo no será impuesto por un partido o gobierno sino por la gente a sí misma en nombre de la honestidad, el hambre en el mundo o la guerra a los carbohidratos. Se empieza por no querer ocultar nada y se termina por no tener nada que ocultar. El sueño de cualquier estado totalitario –saber que hace o piensa cada uno de sus súbditos a cada momento- puede consultarse en facebook sin cargo adicional. Ser absolutamente transparente, una bella falsedad que abrazamos aunque sea más que obvio que no podemos ser del todo honestos con algo -nuestra vida por ejemplo- que no acabamos de entender.
viernes, 12 de marzo de 2010
La mala conciencia
Muñoz Molina escribe sobre la mala conciencia del gremio intelectual:
He olvidado con los años el nombre y la cara de aquel escritor ruso pero me acuerdo siempre de sus manos. Eran unas manos grandes, mucho más toscas que su cara, con los dedos chatos, con unas uñas aplastadas y como cuarteadas, rotas, crecidas con dificultad, las del índice y el corazón de la mano derecha muy amarillas de nicotina. En las palmas de las manos y en las plantas de los pies están escritas las vidas de la gente, me contó una vez un forense. En las manos de aquel escritor ruso, ex soviético, al que yo conocí en un congreso de literatura en Portugal, estaba escrita de manera indeleble una biografía de hospitales psiquiátricos y campos de castigo. Era un coloquio internacional del que tampoco recuerdo nada, salvo las manos de aquel escritor, salvo el dedo índice que por un momento se apartó del humo del cigarrillo para señalar en dirección de los colegas occidentales que compartíamos con él una mesa redonda, y que le habíamos escuchado en silencio mientras contaba su historia de persecución. "Qué poco tenemos que agradecerles a ustedes", nos dijo, el dedo amarillo de nicotina tan fijo como la mirada de los ojos muy claros. "Ustedes, los escritores europeos, que disfrutaban de la libertad, qué poca solidaridad tuvieron con nosotros, qué poca ayuda nos[Sigue]
Algunos bajaban la cabeza o miraban hacia otro lado para no ver aquel chato dedo acusatorio.
Ésa ha sido la actitud de una parte de la intelectualidad occidental hacia los sufrimientos de las víctimas de los regímenes comunistas. Mirar para otro lado, callar por miedo a que lo acusen incómodamente a uno de cómplice de la reacción. Al fin y al cabo hay causas mucho más seguras que garantizan sin riesgo la vanidad de sentirse solidario, el certificado irrefutable de progresismo que le permite a uno la impunidad moral, aparte de un cierto número de beneficios prácticos que tampoco son desdeñables. Ya se sabe el peligro que se corre cuando se atreve uno a no marcar el paso de la ortodoxia, tan querida entre quienes al parecer tienen por oficio la libertad de la imaginación y la rebeldía del pensamiento. Hay, por lo tanto, quien calla y otorga, quien firma estratégicamente algunos manifiestos, quien tal vez llega a darse cuenta de ciertos horrores pero elige callar "para no favorecer al enemigo", no sea que alguien diga que se ha vuelto de derechas. Hay, en una gran parte de la izquierda democrática europea y americana, una resistencia sorda a aceptar que la opresión y el crimen cometidos en nombre de la justicia son tan repulsivos como los que se cometen en nombre de la superioridad racial. Basta que una dictadura se proclame de izquierdas para que sus abusos merezcan la indulgencia de quienes nunca correrán el peligro de sufrirlos, del mismo modo que un grupo terrorista que asegure luchar por la liberación de un pueblo oprimido despertará la emoción romántica de anglosajones y escandinavos llenos de buenas intenciones, capaces de llorar por el desamparo de un gato abandonado, pero fríos como pedernal ante la sangre de una víctima humana.
jueves, 20 de noviembre de 2008
Moderación
Abro de nuevo los comentarios para no esclavizarme a su moderación. Nada que no sea reversible. Concibo este blog como una fiesta en casa con puertas abiertas a propios y a extraños y la única condición de que se comporten con un mínimo de decencia. ¿Es demasiado pedir? Este es mi blog, no la sociedad civil cubana así que al que no quiera aceptar esa condición mínima lo excluiré sin remordimientos. Compararme con Fidel Castro es un argumento típicamente castrista. Los castristas asumen que su líder puede disponer de Cuba con mucha más libertad que yo de mi blog queriendo desconocer que este blog es mío mientras que aquél país es nuestro. Pueden desgañitarse llamándome censor, dictador, tirano (si se fijan no he borrado ninguno de esos comentarios) pero cuantas veces tenga que volver a borrar o moderar comentarios volveré a hacerlo.
miércoles, 22 de octubre de 2008
De cómo me censuro
Escribir un blog permite tantear con bastante precisión los límites de nuestra libertad personal. Sin consejos de redacción al que culpar por la no aparición de cierto escrito, o su censura parcial o la determinación de una línea editorial los blogueros debemos enfrentarnos con nuestra propia idea de responsabilidad, lo que nos permitimos escribir y lo que no. Cada cual tiene su propio código bloguer. Yo por supuesto también tengo uno que no es necesariamente el mismo que el que aplico cuando escribo de una manera menos urgente, menos acosado por las contingencias del día a día. No es que me las haya impuesto de antemano pero visto lo que he escrito debo reconocer que estos han sido los límites que me impongo:
1-basado en un principio similar al que adopta Fernando Savater frente a ETA (no escribir una simple frase que pueda ser utilizada por la banda terrorista) evito escribir una simple frase que pueda ser utilizada por el castrismo.*
2-evitar groserías. En principio no tengo nada contra ellas excepto el facilismo. Hay quienes pueden hacer cosas divertidas y creativas (como Álvarez Guedes) pero son pocos y yo no soy uno de ellos.
3-no entrar en el terreno de lo íntimo. Lo personal a veces, lo íntimo nunca, al menos no en un blog. No me parece buena idea que uno se convierta en el Big Brother de sí mismo.
4-reservarme mis opiniones adversas sobre otros blogueros (sobre todos los que cumplan con el punto número uno). Esto tiene un propósito algo más amplio:
5-evitar bretes.
6-evitar ofender gente que quiero y cuyo cariño me es más preciado que cualquier otra diferencia que podamos tener y con las que no tengo contacto suficiente como para intercambiar pausadamente nuestros puntos de vista. Por suerte son pocos, tres o cuatro.
7-evitar mentir a sabiendas, excepto por supuesto, en la ficción.
8-evitar cualquier tipo de patetismo.
* Puede parecer excesivo mi celo anticastrista pero no creo que lo sea. El castrismo, como cualquier otro sistema basado primordialmente en la opresión (comunismo, fascismo, nazismo, idea zuche, etc) lo entiendo como mi negación no ya como animal político sino como ser humano. Sus "logros" no son para mí otra cosa que pretextos para -como diría el Lobo Feroz- oprimirnos mejor. Y su concepto del poder es demasiado exclusivo y estrecho como para convivir con otros que lo cuestionen. Cualquier idea de tolerancia debe tener su límite justo ante aquellos fenómenos que amenazan esa convivencia. Eso no significa no reconocer zonas grises en ese fenómeno complejo que es el castrismo pero para abordar esa zona de ambiguedades prefiero una escritura menos urgente que la del blog. Como dijo Amos Oz en una entrevista: cuando estoy seguro sobre algo escribo artículos o ensayos, cuando no, escribo ficción.
1-basado en un principio similar al que adopta Fernando Savater frente a ETA (no escribir una simple frase que pueda ser utilizada por la banda terrorista) evito escribir una simple frase que pueda ser utilizada por el castrismo.*
2-evitar groserías. En principio no tengo nada contra ellas excepto el facilismo. Hay quienes pueden hacer cosas divertidas y creativas (como Álvarez Guedes) pero son pocos y yo no soy uno de ellos.
3-no entrar en el terreno de lo íntimo. Lo personal a veces, lo íntimo nunca, al menos no en un blog. No me parece buena idea que uno se convierta en el Big Brother de sí mismo.
4-reservarme mis opiniones adversas sobre otros blogueros (sobre todos los que cumplan con el punto número uno). Esto tiene un propósito algo más amplio:
5-evitar bretes.
6-evitar ofender gente que quiero y cuyo cariño me es más preciado que cualquier otra diferencia que podamos tener y con las que no tengo contacto suficiente como para intercambiar pausadamente nuestros puntos de vista. Por suerte son pocos, tres o cuatro.
7-evitar mentir a sabiendas, excepto por supuesto, en la ficción.
8-evitar cualquier tipo de patetismo.
* Puede parecer excesivo mi celo anticastrista pero no creo que lo sea. El castrismo, como cualquier otro sistema basado primordialmente en la opresión (comunismo, fascismo, nazismo, idea zuche, etc) lo entiendo como mi negación no ya como animal político sino como ser humano. Sus "logros" no son para mí otra cosa que pretextos para -como diría el Lobo Feroz- oprimirnos mejor. Y su concepto del poder es demasiado exclusivo y estrecho como para convivir con otros que lo cuestionen. Cualquier idea de tolerancia debe tener su límite justo ante aquellos fenómenos que amenazan esa convivencia. Eso no significa no reconocer zonas grises en ese fenómeno complejo que es el castrismo pero para abordar esa zona de ambiguedades prefiero una escritura menos urgente que la del blog. Como dijo Amos Oz en una entrevista: cuando estoy seguro sobre algo escribo artículos o ensayos, cuando no, escribo ficción.
martes, 23 de septiembre de 2008
“Courage is elegance”

“Courage is elegance” dijo el viejo novelista anoche en un inglés ajeno y cansado. Antonio Lobo Antunes hablaba en una universidad neoyorkina para una treintena de personas. El pretexto era la presentación de su última novela pero en el primer callejón de su monólogo torció a hablar de la vida, un tema que lo apasiona sin que consiga alegrarlo. Hablaba con la calma de quien ha sobrevivido a una guerra, a un cáncer y a largos años de ejercicio como médico en un hospital psiquiátrico guiado por la brújula incierta de la literatura. Dijo que no creía en los políticos desde el día en que le oyó confesar a un presidente que había ordenado guerras que se sentía afortunado de no haber estado en ninguna. De guerras habló, de la que le tocó en Angola como parte del ejército colonial portugués, una guerra en la que nadie creía pero que ningún soldado se atrevió a discutir. En su lugar leían a Victor Hugo y hablaban de poesía para sentir que les regresaba algo de la humanidad que habían gastado en los combates. Habló entonces de que incluso en una guerra en la que no se cree se debe demostrar coraje. Y a continuación soltó la frase: el coraje es elegancia. No lo dijo como quien descubre una frase bella sino como si hablara consigo mismo y se rindiera a una evidencia que no vale la pena resistir. No era una defensa lateral del honor al que antes había confesado no tenerle mucho aprecio. Le bastó mencionar ese coraje despojado de sentido y sin otro valor que el de su belleza sobria para recordarnos la fealdad de la cobardía.
viernes, 2 de mayo de 2008
Decoro
Me verán pocas veces citando a Martí pero creo que esta vez la cuestión obliga: “Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres”. Lo escribió a propósito de Bolívar, Hidalgo y san Martín en aquella revista dedicada a los niños. Donde dice “hombres” puede ponerse “una mujer” o simplemente Yoani. Ese es más o menos su secreto: decoro, persistencia y perseverancia. No es la única persona con decoro en la isla ni mucho menos. Ahí están todos los presos, los acosados, los que no se rinden por ridículo que a otros les parezca su esfuerzo.
Yoani ahora ha sido elegida por la revista Time entre las 100 personas más influyentes del mundo con toda justicia aunque quizás con cierto exceso de entusiasmo: no parece haber mucha gente en Cuba que esté siguiendo su ejemplo. Sin ir más lejos, esos intelectuales con carnet (de la UNEAC), gente que parece seguir siendo programáticamente cobarde. De cualquier manera Yoani ha cambiado un par de cosas en Cuba, que no es poco: la primera, es que ha demostrado que erigirse en voz independiente en Cuba y ser escuchada es posible. Incluso sin necesariamente caer en prisión. No la pueden acusar de confabulación con nada ni nadie. (La acusan sí -aunque sin el más mínimo fundamento- de ser parte de una estrategia de lavado de imagen del gobierno cubano, cuando no la convierten en oficial de la seguridad del estado. A estos últimos les digo que si me mandan una fotocopia del carnet de miembro de la seguridad del estado a nombre de Yoani de inmediato pediré mi ingreso en una institución que tanto está haciendo por la democratización de la sociedad cubana). Su segundo logro es que ha ayudado a cambiar la imagen del cubano de a pie y con ello la de todo un país con nicho propio en la mitología internacional. Ni agitadora de banderitas, ni jinetera, ni agente de alguna potencia extranjera, ni disidente profesional. Su voz no es la de alguien dispuesto a echarse a la manigua o a ingresar en prisión. Es la de ese heroísmo tranquilo de ser quien se es y asumirlo sin aspavientos o soberbia. Un heroísmo difícil de alcanzar pero no imposible.
Espero, deseo, que eso es lo que haya visto Time en Yoani y no un producto exótico de una isla no menos exótica. A partir de ahora la presión que deberá soportar será enorme y no necesariamente agresiva. Tratarán de comprarla con algún puesto en el periodismo nacional, le ofrecerán cambiar las cosas desde adentro, de que se meta de buen grado en esa maquinaria que sólo produce una papilla intragable. O simplemente se resignarán a ella pensando que mientras no encuentre imitadores tendrán todo bajo control y a esa resignación tratarán darle el aire de plan perfectamente maquinado. Pero que nadie se engañe, se trata de resignación ante la persistencia de esa flaca.
Yoani ahora ha sido elegida por la revista Time entre las 100 personas más influyentes del mundo con toda justicia aunque quizás con cierto exceso de entusiasmo: no parece haber mucha gente en Cuba que esté siguiendo su ejemplo. Sin ir más lejos, esos intelectuales con carnet (de la UNEAC), gente que parece seguir siendo programáticamente cobarde. De cualquier manera Yoani ha cambiado un par de cosas en Cuba, que no es poco: la primera, es que ha demostrado que erigirse en voz independiente en Cuba y ser escuchada es posible. Incluso sin necesariamente caer en prisión. No la pueden acusar de confabulación con nada ni nadie. (La acusan sí -aunque sin el más mínimo fundamento- de ser parte de una estrategia de lavado de imagen del gobierno cubano, cuando no la convierten en oficial de la seguridad del estado. A estos últimos les digo que si me mandan una fotocopia del carnet de miembro de la seguridad del estado a nombre de Yoani de inmediato pediré mi ingreso en una institución que tanto está haciendo por la democratización de la sociedad cubana). Su segundo logro es que ha ayudado a cambiar la imagen del cubano de a pie y con ello la de todo un país con nicho propio en la mitología internacional. Ni agitadora de banderitas, ni jinetera, ni agente de alguna potencia extranjera, ni disidente profesional. Su voz no es la de alguien dispuesto a echarse a la manigua o a ingresar en prisión. Es la de ese heroísmo tranquilo de ser quien se es y asumirlo sin aspavientos o soberbia. Un heroísmo difícil de alcanzar pero no imposible.
Espero, deseo, que eso es lo que haya visto Time en Yoani y no un producto exótico de una isla no menos exótica. A partir de ahora la presión que deberá soportar será enorme y no necesariamente agresiva. Tratarán de comprarla con algún puesto en el periodismo nacional, le ofrecerán cambiar las cosas desde adentro, de que se meta de buen grado en esa maquinaria que sólo produce una papilla intragable. O simplemente se resignarán a ella pensando que mientras no encuentre imitadores tendrán todo bajo control y a esa resignación tratarán darle el aire de plan perfectamente maquinado. Pero que nadie se engañe, se trata de resignación ante la persistencia de esa flaca.
domingo, 8 de julio de 2007
Disculpen por no haber participado en el animado debate que generó mi post sobre Eliades Acosta pero en estos días no tuve acceso a Internet. Sólo para responderles a todos más o menos al mismo tiempo quiero aclarar que el problema no es con el Ichi, socio de casi toda la vida (a menos que él insista en lo contrario y diga que, por ejemplo, soy mal padre) ni con el señor Acosta a quien no recuerdo haber visto nunca en mi vida. Se trata del rol que encarna ahora que es muy diferente cuando en 1988 atacaba la publicación de libros inéditos de Virgilio Piñera. En aquella época era un oscuro funcionario de provincias nostálgico por los 70, la época dorada de la represión cultural cuando a tipos como a Piñera se les ponía en su lugar, un tipo que quería reducir la realidad a las dimensiones del muy burdo marxismo que había aprendido quién sabe donde. Pero ahora se trata justamente de alguien que de momento ostenta poder suficiente para mutilar la realidad a la medida de su estrechísima e intolerante visión del mundo. Hace rato no aparecía en el campo cultural cubano alguien que acometiera con esa fiereza y convicción el rol de intimidador de un mundo intelectual bastante tímido de por sí. Acosta es ahora el heraldo de la buena nueva: ya no se vale decir que prefieren no hablar de política. Los tiempos del compromiso obligatorio han regresado. De ahí que insista yo en lo aclarar lo que me proponía en el post anterior:
1.- Alertar sobre los peligros de la imparcialidad cuando la realidad no te deja opciones. Creo que era Marcuse el que decía que ante casos como el de la guerra de Vietnam o el Ku Flux Klan no había espacio para la imparcialidad.
2.- Insistir en lo difícil de mezclar política, ideas muy particulares de la idiosincrasia nacional, juicio moral y afectos personales. No le discuto a nadie que tenga el afecto que quiera por quien quiera pero de ahí a tratar de convencernos a los demás de las bondades de lo que técnicamente se define como un hijo de puta con corazoncito pero sobre todo con mucho poder va un trecho largo. Salvando las distancias me recuerda que lo que más sorprende a los visitantes de Auschwitz es que junto al campo de concentración estaba la casa del jefe del campo y la imagen de buen padre de familia y hombre culto y religioso que transmite.
3.- Insistir en que cuando se trata de un personaje público, representante entusiasta de una dictadura, y encima con no poco poder al que no ha hecho ascos en asumir no hay disculpas personales por las razones que tan bien enumera Salcedo. Por esa compaña de intimidación contra gente que no tiene derecho ni espacio para la réplica es por lo que lo enjuicio.
4.- Quitarme cualquier tentación de trabajar por que en algún futuro del castrismo post- Castro me obsequien con una embajada en Burundi. El marido de una prima mía ya ocupó ese cargo en los 70 y todo parece indicar que era una mierda.
1.- Alertar sobre los peligros de la imparcialidad cuando la realidad no te deja opciones. Creo que era Marcuse el que decía que ante casos como el de la guerra de Vietnam o el Ku Flux Klan no había espacio para la imparcialidad.
2.- Insistir en lo difícil de mezclar política, ideas muy particulares de la idiosincrasia nacional, juicio moral y afectos personales. No le discuto a nadie que tenga el afecto que quiera por quien quiera pero de ahí a tratar de convencernos a los demás de las bondades de lo que técnicamente se define como un hijo de puta con corazoncito pero sobre todo con mucho poder va un trecho largo. Salvando las distancias me recuerda que lo que más sorprende a los visitantes de Auschwitz es que junto al campo de concentración estaba la casa del jefe del campo y la imagen de buen padre de familia y hombre culto y religioso que transmite.
3.- Insistir en que cuando se trata de un personaje público, representante entusiasta de una dictadura, y encima con no poco poder al que no ha hecho ascos en asumir no hay disculpas personales por las razones que tan bien enumera Salcedo. Por esa compaña de intimidación contra gente que no tiene derecho ni espacio para la réplica es por lo que lo enjuicio.
4.- Quitarme cualquier tentación de trabajar por que en algún futuro del castrismo post- Castro me obsequien con una embajada en Burundi. El marido de una prima mía ya ocupó ese cargo en los 70 y todo parece indicar que era una mierda.
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