sábado, 16 de noviembre de 2019

Mi homenaje a La Habana


En su cumpleaños 500 este fragmento de un libro que casi termino: Nuestra hambre en La Habana.


La Habana, vieja

Un día, rumbo al museo, sorprendí a la Habana Vieja por la espalda. La asalté por la Plaza de Armas, todavía húmeda de la madrugada, vacía, con el sol cerniéndose entre las hojas de los ficus de la plaza. Casi silente. Con esa belleza utópica de las escenografías de cine. Con el invencible esplendor de lo falso. “Parece una película”, me dije (con esa frivolidad y ligereza: me paso el tiempo diciéndome obviedades). Y todo porque esa mañana en lugar de tomar la ruta más breve (es un decir) y directa tomé una que daba un largo rodeo por la ciudad para desembocar en la Avenida del puerto, en el muelle de la lanchita de Casablanca.
Lo usual era bajarme en el Parque de la Fraternidad y atravesar el fantasma de lo que había sido la muralla que protegía la ciudad vieja por el lado de tierra. En ese caso recorría otra escenografía: no la de una elegante y modosa ciudad colonial sino un paisaje de postguerra. Una postguerra fresca, de la que apenas empezaba la gente a salir de las casas. Pero las huellas del conflicto estaban por todas partes: en las calles acribilladas de baches, en paredes rajadas, los balcones a punto de derrumbarse, en los montones de escombros acumulados en cualquier sitio, las espaldas desnudas de los niños. Pero la ilusión de la guerra se acababa en el fondo de baches rellenos por charcos de agua vieja y pestilente, en la apacible desesperación de la gente. Apacible solo en la superficie. En el fondo de los pasillos, de los solares densos y polvorientos todo era movimiento, contrabando, tráfico. Comida, bebida o materiales para reparar un cuarto o construir una balsa y huir de manera más definitiva que con el alcohol.
Todavía no había comenzado la arribazón del turismo en grande. Todavía el jineterismo -ese concepto vago que intentaba describir todo intercambio furtivo y vergonzante con los extranjeros empezando con el más desnudo de todos, el del sexo- era cosa de especialistas, no del país entero. Todavía se lo veía con esa altivez rencorosa con que se observa lo inalcanzable. Todavía el historiador de la ciudad no había alcanzado a restaurar más que un puñado de palacetes de la ciudad vieja que se erguían con su amarillo estentóreo en medio de la grisura ambiente. Todavía aseguraba que la ciudad de sus sueños no sería como otras. No se expulsaría a sus habitantes originales para instalar boutiques como se hacía en el capitalismo. Quería una ciudad vieja pero no momificada. Una ciudad viva y habitada, no una ciudad museo. Al menos era lo que decía en público donde quiera que lo oyeran. En la televisión o en cualquier esquina de la ciudad vieja donde instalara un micrófono para hacerse escuchar. (Y lo hacía: alguna vez pude verlo con su safari gris maoísta hablándole a la nada, como si hubiera hecho una apuesta consigo mismo de que su verba bastaba para atrapar transeúntes y hacerle escuchar su versión de ese trozo de ciudad. Y ganaba. No eran muchos los lugareños paralizados por su labia pero sí los suficientes como para ayudarlo a investirse en el papel de mesías de la restauración del barrio.
De momento, aparte del puñado de palacetes restaurados y su densa nube retórica, poco podía ofrecer el historiador de la ciudad. Raro era el aguacero potente que no se llevara consigo alguna de las tantas casonas a las que no había alcanzado su afán reconstructor para convertirlo: se convertía primero en una mole de ladrillos podridos y hierros oxidadas y de inmediato en un basurero donde todos los habitantes arrojaban sus desechos, los desechos malolientes del que no tiene nada más que perder. Y Obispo, la principal calle comercial de la ciudad vieja iba perdiendo una a una sus vidrieras que, obedeciendo a una ya venerable tradición post 1959, eran sustituidos por amplios tablones de madera contrachapada. Poco a poco la vieja Calle del Obispo se iba transformando en la Calle Plywood.
Faltaba todavía un poco para que al historiador le permitieran convertirse en empresario y contar con su propio presupuesto con el que llevar adelante sus planes de expansión, planes en el que los vecinos de la ciudadela empezarían a sobrarle. Y para que su hijo abriera una tienda de antigüedades en Barcelona. Y faltaría muchísimo más tiempo, para que los militares, celosos de su éxito le arrebataran el trozo de ciudad que había conquistado con tanto esfuerzo.

Entre las muchas diferencias que había entre el historiador de la Ciudad y yo estaban los viajes. Él seguramente había visto otros cascos antiguos, seguramente mejor conservados que el habanero, pero que carecían de su amplitud y calidad constructiva. Él veía una ciudad en potencia donde el resto solo podíamos ver despojos. Él podía permitirse el lujo de soñarla donde el resto la sufríamos y, si nos acompañaba la suerte, alcanzar a sorprender breves trallazos de belleza como el de aquella mañana en que asalté la ciudad por la espalda.
[…]

El sentido de comunidad y la belleza carcomida de la Habana Vieja alcancé a apreciarlos en aquellos días, aunque no tanto como me habría gustado de haber tenido más distancia para contemplarlos. Y más tiempo. Porque lo cambia todo es el tiempo.
Y no ha habido tiempo peor en la Habana Vieja que el Período Especial a la hora de almuerzo.
Era eso. Una hora del día. Una costumbre. Y una oportunidad para reforzarte el hambre que ya traías desde que te levantaste.
El almuerzo no aparecía por ninguna parte.
La Habana Vieja con su casco histórico, sus plazas, sus fortalezas, su catedral debía ser el principal centro de atracción turística de la ciudad pero todavía era el destino de unos cuantos audaces. En cuanto a gastronomía su condición era tan desértica como el resto del país. Apenas unos pocos restaurantes en dólares en donde no podríamos entrar aunque poseyéramos moneda dura porque su mera posesión era ilegal y punible. Y aunque no lo fuese: de conseguir algún dólar en esos días no cometerías la extravagancia de entrar en un restaurante. Con lo que costaba un café en uno de aquellos sitios para turistas en el mercado negro podías comprar una semana de comida.
Aquí debo hacer un aparte importante para los neófitos. Porque hay que advertirles que en una economía perfectamente socializada el Estado corre a cargo con el control y la venta de los alimentos. Y en las épocas de bonanza el Estado te vende la comida a precios proporcionales al salario promedio. Y las cuotas están diseñadas para lo que en el argot marxista se conoce como reposición de la fuerza de trabajo. Ni un gramo más. Pero eso era, como decía, en épocas de bonanza. En tiempos de crisis, cuando el Estado no tiene nada que venderte, asume que si comes es porque le estás robando. Y tiene razón, por supuesto. Pero el Estado es generoso y no te va a perseguir porque comas. Ah, pero si te ve vendiendo comida te perseguirá como en otros sitios se persigue el narcotráfico. Una cosa es ser generoso pero otra muy distinta es permitir que otros se enriquezcan con lo que roban. Porque la principal razón de ser de un Estado, sea socialista o no, no es alimentar a nadie sino hacerse respetar. Y nadie se hace respetar dejando que lo ridiculicen infinitamente.
No queda otro remedio que dejar pasar la hora del almuerzo como si fuera cualquier otra. O salir a dar vueltas con la esperanza de que de que alguna cafetería de las que lleva meses sin vender nada en un rapto de autonomía del administrador decida vender algo. Es cuando te enteras de que hay una cafetería que en los almuerzos vende sopa de gallo. Su buena cola tiene, por supuesto. Y cuando te sientas descubres que sopa de gallo no es más que el nombre elegante del agua con azúcar. Y que la gente no hace cola por el plato fuerte sino por el postre que es dulce de cáscara de toronja ante cuya mera mención ahora haces una mueca de disgusto pero que en aquellos días te desvivías por probar.
O en otro bar un día venden plátano verde hervido y pides todo el que te pueden vender que es bastante menos que el que te puedes comer y hasta bendices tu suerte que no es más que eso. Suerte. Algo que ocurre si acaso una vez para no volverse a repetir.
Pero mi verdadera suerte en lo que respecta al vital asunto de la hora del almuerzo fue descubrir que en la calle Belén, a unas diez cuadras de donde trabajaba, había un comedor para los trabajadores de varias instituciones de los alrededores. Una de ellas era el Museo de Historia de la Ciencia al que había ido a parar casi toda la graduación de historiadores que siguió a la mía, varios de ellos amigos míos. La solución fue sencilla: los primeros días ellos me pasaron como parte del grupo para que los custodios del lugar se familiarizaran con mi rostro. Al rato ya yo era como de la casa y podía ir sin mis amigos a comer los frijoles colorados aguados y el poco arroz que daban allí que, gracias a que no había viajado lo que el historiador de la ciudad pero sí conocía lo difícil que era almorzar en La Habana Vieja, me sabían a gloria.
Viajar, ese es el problema. Nada más que pones un pie en el mundo exterior y la gran preocupación en lo que a la comida respecta consiste en contenerte. Pero con la experiencia acumulada se te hace insoportable la mera idea de dejar comida en el plato. Ya no comes para saciarte sino para evitar el mínimo desperdicio. En Cuba pesaba treinta o cuarenta libras menos de mi peso ideal mientras que afuera he llegado a pesar hasta ochenta libras por encima de este. Y buena parte de esos kilos los obtuve gracias a la comida que no me atrevía tirar luego de haberme saciado.

Lo dicho: mi actual obesidad está compuesta a partes iguales de mala conciencia y buena memoria.

jueves, 14 de noviembre de 2019

El universo y la niebla*

…y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla”.
Antonio Machado.
Para Armando Lucas Correa, por el apoyo y el estímulo.
Hace unos días, mientras presentaba mi novela Turcos en la niebla, desde el público se dirigió a mí Armando Lucas Correa, escritor y compatriota, para preguntarme por la universalidad de mi libro. Ya antes me había comentado en privado su preocupación porque encajonaran mis Turcos en una de las infinitesimales provincias de lo cubano cuando, en su opinión, tenía mucho que decirle a gente que no sabría ubicar la Isla en el mapa. 
Su pregunta pública me daba la oportunidad de exponer, ante el público más bien variopinto del Instituto Cervantes de Nueva York, en qué medida los isleños trasplantados a una esquina de Nueva Jersey de mi novela tenían algo que contarle al resto del mundo.
Pero, por supuesto, desaproveché la oportunidad que me ofrecía Correa. En su lugar hablé de ese extraño complejo de inferioridad cubano —extraño en tanto suele expresarse con la mayor de las arrogancias— que asume lo propio como algo irredimiblemente provinciano, sin conexión alguna con el resto del universo. 
Un complejo que podría entenderse como respuesta al continuado aislamiento en que se ha desarrollado la vida en Cuba para generaciones de nativos. Nativos que han terminado asociando lo nacional con una serie de episodios más bien vergonzosos y humillantes. O como una continuación de la agorafobia castrista por otros medios. 
También hablé de la extrañeza que nuestros agobios totalitarios producen en el contexto continental, cuando en realidad dicha experiencia totalitaria, aunque rara en nuestro hemisferio, ha sido experimentada a fondo por buena parte de la humanidad en el último siglo.
Pude haber sido más didáctico. Decir que el primer título que manejé para la novela, Los náufragos de Bergenline (Bergenline es la principal calle comercial del condado con mayor concentración de cubanos en Nueva Jersey), servía para introducir la idea de exilio como naufragio. Y que tanto el naufragio como la niebla que menciona el título definitivo, han servido de metáforas universales de la incertidumbre en que transcurre la existencia humana, sea en la tierra firme de lo natal o en cualquier destierro. 
O también pude decir que el exilio era un equivalente a la expulsión de Adán del paraíso: alegoría de la vida humana que se ve a sí misma como extraña, expulsada de su medio natural. O bien pude, para justificar el objeto mínimo de mi historia, afirmar con María Zambrano: “En cada criatura vulgar está el misterio de su ser y el de la creación entera”.
Pero prefiero, de momento, insistir en un asunto local, como lo es la tendencia de los cubanos a considerar su historia colectiva reciente como intrascendente y provinciana. Si ello obedeciera a un abrupto rapto de humildad, bienvenido fuera. Bien le vendría a un pueblo al que le han hecho creer sucesivamente que era eje del equilibrio del mundo o “faro de América toda”.
Pero, sospecho, se trata menos de un gesto humilde y más de un nuevo capítulo de la vieja excepcionalidad cubana. Para muchos coterráneos, lo cubano como materia literaria no alcanzaría siquiera la condición de “vulgar criatura” de Zambrano. Como si la condición cubana, a fuerza de ser excéntrica, excluyera cualquier continuidad con lo humano.
Podría verse esta actitud como rechazo al nacionalismo oficioso que lo mismo afirma la excepcional fecundidad de la cultura caribeña que la incapacidad de sus nativos para crear cultura fuera de los límites de la Isla. 
(Dicho sea de paso, resulta asombroso cómo ha arraigado este último mito pese al inmenso acervo cultural creado por los emigrados cubanos de todas las épocas: un mito de cuya difusión no son inocentes ni las instituciones culturales cubanas ni las extranjeras que intentan convertir la Isla en parque temático de viejos sueños utópicos). 
Sospecho que este rechazo a considerar lo cubano como variante local del universo responda a la pregunta, usual en cualquier grupo sometido a largas servidumbres, [pienso en los judíos, los indígenas del Nuevo Mundo, los afroamericanos] de si la pérdida prolongada de libertades y derechos no ha terminado disminuyéndonos como humanos. O si tal servidumbre no sería consecuencia de alguna falla de origen en nuestra constitución humana. O justo castigo por antiguos pecados colectivos.
En mi caso particular, escribo bajo la convicción de que ser cubano no me disminuye ni me beneficia especialmente como creador. Soy lo bastante consciente de las tradiciones a las que pertenezco (local, continental, occidental y humana) como para no creer que el énfasis en cualquiera de ellas disminuya a las otras. 
Escribo a partir de ciertas circunstancias que voy haciendo mías, ya sea con mi vida o mis obsesiones. Puesto a escoger, no intentaré ser original: digamos que me gustaría vivir como un playboy y escribir como Borges pero, como se sabe, una de esas dos opciones (o las dos) tiene que ser forzosamente falsa. Se vive y se escribe bajo la misma premisa: como se puede, más que como se quiere. 
Los arrabales de Buenos Aires, pueblitos bien infames del Mississippi, un lugar innombrado de la Mancha, España, o una aldea igbo, podían sonar poco promisorios como material literario hasta que Borges, Faulkner, Cervantes o Chinua Achebe decidieron situar historias suyas en ellos. Nada descarta que sea su aridez estética lo que estimuló la aparición de tales historias. Ni que los narradores buscaran situar en el mapa literario universal aquellos trozos de tierra tan huérfanos de trascendencia. 
El hecho es que si bien la universalidad de aquellas historias se debe al talento verbal de sus redactores más que al escenario elegido, ahora nos costaría imaginárnoslas en sitios diferentes. Incluso aunque esas mismas historias, confirmando su universalidad, parezcan alegorías de realidades muy distantes. 
Es inútil, contraproducente, y a veces criminal, asignarle a la literatura misiones y tareas. Pero basta recordar una función que la literatura suele cumplir sin proponérselo: la de reintegrarnos al universo del que solemos olvidarnos en medio de nuestras vidas minuciosas, usando como guía o carnada nuestra humana pasión por contar o escuchar historias. 
Si la poesía (y con ello la literatura toda) es, al decir de Paul Celan, “declaración de infinitud de aquello que es pura mortalidad y puro balde”, ¿por qué no aplicarla a aquello cuya insignificancia nos resulta más familiar e íntima? Valga esto en especial para los cubanos, abrumados por tantas menudencias que parecerían solo ocurrirnos a nosotros. 
Nada garantiza que el universo se interese en las historias que contamos, pero un buen punto de partida sería que nos importaran a nosotros mismos.
*Publicado originalmente en Hypermedia Magazine.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

¡Ya vienen los reyes!

-¡Ya vienen los reyes!

-¿No te ves muy grande para que te regalen juguetes? ¿Y en esta época del año?

-… pero…

-Recuerda que a los Reyes Magos los nacionalizamos en 1969 y se fueron del país.

-Es que lo que….

-El que quiera juguetes que se los pida a sus parientes gusanos. O como los llamen ahora.

-Hablo de los reyes de España.

-¿De España? De España nunca llegó nada bueno excepto los turrones... y papá.

-Es un logro de nuestra diplomacia traer hasta acá a Leticia y a Felipe.

-¿Traen regalos?

-Bueno, sí. 57 millones de euros.

-¿Cómo no me lo habías dicho antes? Declaro la monarquía española nuestra segunda prioridad.

-¿Y cuál es la primera?

-¡La nuestra! ¿O es que se me va a volver un vendepatrias por 57 milloncejos?

-¡Eso nunca! Pero hablando de nuestros asuntos internos, hay algunos que hay que resolver antes de que lleguen los reyes … como esto de los disidentes.

-A los disidentes ¡Guárdalos!

-… y la epidemia de perros sueltos en la Habana Vieja.

-Trátalos como si fueran disidentes.

-Pero es que la gente protesta.

-¿Por los disidentes?

-No, por los perros.

-¡Qué susto! Pues trátalos como a cubanos. O sea, mal. Pero no tanto como a los disidentes. Para que noten la diferencia y sepan hasta dónde pueden llegar.

-Y también está lo de mi mujer. La gente siempre anda criticándola. Que si no sabe combinar zapatos con vestidos. O que no suelta la cartera para nada.

-Hazle como a los disidentes. Guárdala. Mi hermano siempre dejaba a la mujer en casa y así nadie la criticaba.

-Sí, pero eran otros tiempos.

-Ni me lo recuerdes. Existía la Unión Soviética. Y no teníamos que esperar a que unos reyes nos regalaran unos cuantos millones de euros.

-Sí, pero desde que saqué a mi mujer por primera vez todo el mundo me pregunta por ella, y por los modelitos que piensa estrenar.

-¿Y cuál es el problema?

-Que la reina de España parece salida del Período Especial de lo esquelética que está mientras que Lis al lado de ella parece un luchador de sumo. Solo por contraste. Mi Lis tiene muy buena figura pero sus brazos al lado de los de la reina desnutrida esa parecen piernas de jamón serrano.

-Cuidado con esos símiles. Pueden crear ansiedad en la población.

-Con más razón. Los brazotes de Lis harán pensar que estamos mejor alimentados que los reyes de España

-Pues tápaselos.

… y las piernas…

-Tápaselas también.

-Y la cara… porque Leticia…

-También tápasela. Disfrázala de casa de campaña pero en la cabeza me le pones una pamela para que no piensen que somos musulmanes.

-¿Y usted cree que funcione?

-Claro. Yo también uso pamela y me queda muy bien ¿O no?

-Sí, sí, claro. Pero me refería a todo el vestido. ¿No cree que ese uso excesivo de tela se verá como un despilfarro en plena coyuntura?

-Es mejor que hablen del vestido de tu mujer y no de esos perros.

-Se refiere a los perros-perros, a los defensores de los animales o a los disidentes?

-A todos. Me refiero a todos.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Discurso de la víspera



Texto leído anoche ante el pueblo de West New York reunido para la ocasión:

Quiero darles la bienvenida a todos los convocados aquí a celebrar un día como mañana. Porque no sé si recuerdan que hace 29 años y 364 días a un grupo de alemanes posmodernos les dio por deconstruir el muro de Berlín. Un muro erigido décadas antes para proteger al Berlín comunista de la envidia capitalista. Estamos reunidos por eso y porque hace 51 años y 364 días la señora Magda Arrocha tuvo a bien dar a la luz pública al autor de estas palabras y de buena parte de los platos que se están comiendo hoy.
La idea de esta celebración no es el culto de mi más bien penosa personalidad. Ni mucho menos mi intención es restregarles a los pobres autores de mis días uno de sus mayores errores en sus vidas mayormente decentes, casi ejemplares. Cualquiera comete un error y rectificar es de sabios. Y doy fe que mi a padre no le faltó sabiduría e hizo todo lo que pudo para rectificar su error, chancleta en mano. Sin embargo hay cosas irremediables a menos que tenga el temple de ese gran inspirador de padres arrepentidos que fue Herodes. Y el viejo tiene bastante de Cocodrilo Dundee, si Cocodrilo supiera usar la chancleta tan bien como lo hacía él, pero en cambio no tiene suficiente de Herodes.
Amante de la historia desde pequeño siempre me preguntaba por qué mi madre no había tenido a bien desovarme un día con mayores resonancias históricas. Tenía amigos que habían nacido el primero de enero, el 13 de marzo, el 26 de julio, el 10 de octubre mientras que yo debía conformarme con la insignificante fecha del 9 de noviembre. Hasta que justo en la noche del 9 de noviembre de 1989, la misma en la que yo me disponía a celebrar el 22 aniversario de mi natalicio, a un grupo de alemanes les dio por ejecutar el performance más importante de la historia posmoderna desmontando simbólica y literalmente el muro más famoso del último siglo.

Treinta años después el muro de bagazo reforzado con soya que rodea mi isla natal sigue en pie pero en cambio tengo mucho que celebrar. La primera de ellas es estar del lado de acá del muro. Y sobre todo hacerlo con todos ustedes y entre ellos, especialmente, mis padres que, arrepentidos y todo del mayor error de sus vidas, han terminado por encariñarse con él. A ellos y a todos los demás les agradezco que estén aquí hoy ayudándome a despachar toda esta comida. Esperemos que haya cocinero para rato. Muchas gracias y que siga la fiesta.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Recuerdos de una educación sentimental chilena

Cuando el golpe de estado a Allende yo era un niño consternado ante la atrocidad que le habían hecho al pueblo presidente chileno y a su pueblo. Una consternación muy conveniente en días en que esta coincidía punto por punto con el credo oficial de mi dictadura. De manera que aquellos grupos de música andina autóctonos o importador entonando al son del bombo y la quena estribillos al estilo de este “hombro con hombro/ mano con mano/ pueblo chileno/ pueblo cubano” forman parte integral de mis recuerdos de infancia. Encima terminé mi educación primaria en una escuela llamada República de Chile a donde acudían exiliados chilenos prominentes -incluida la propia viuda de Allende- para explicar lo horroroso que era vivir sin libertad. Tales horrores servían para informar los dibujos que luego hacía para eventos en solidaridad con el pueblo chileno que organizaba mi dictadura. Un desierto a la izquierda, los Andes cerrando el horizonte, un puño cerrado al fondo rompiendo unas cadenas. Pueden imaginarse el conjunto: no cedía en horror al del régimen de Pinochet.

Ya en la universidad ya tenía una idea algo más clara de la opresión en mi propio país explicada pacientemente por los bastones de goma de la Policía nacional Revolucionaria ("¡Qué terrible, esto parece Chile!", pensaría yo mientras policías locales probaban la eficacia de sus tonfas en mi cráneo). Tal aprendizaje me hizo ver con esperanza el fin sucesivo de las dictaduras que habían abundado en la década anterior. Por su parte, la dictadura de mi país era reticente a la hora de abundar en aquellas transiciones a la democracia, en parte porque aquellos procesos muy poco tenían que ver con las revoluciones socialistas que había imaginado para aquellos países y en parte por la alergia que le producía la mera noción de democracia. La noche del 5 de octubre de 1988 mientras se esperaba el resultado del plebiscito que pondría fin a la dictadura de Pinochet pasé por el Comité con Solidaridad con Chile. Se ubicaba en una de aquellas magníficas casonas de El Vedado ya venida a menos, y todo lo que encontré fue un puñado de exiliados chilenos tratando de buscarle sentido a las noticias que iban llegando y que de momento no parecían muy alentadoras. En cambio no vi el menor rastro del apoyo oficial, multitudinario, de la década anterior por parte de un régimen al que la mera idea de una consulta popular con opciones claras, aunque fuera trucada, le repelía. Todavía le repele.

Treinta años más tarde Chile vuelve a ofrecer imágenes perturbadoras que recuerdan a aquellas que producía casi a diario la dictadura de Pinochet. Imágenes que provocarán el éxtasis de la dictadura de mi país porque en su lógica perversa todo lo que perturba la convivencia democrática, todo lo que arrime la realidad aunque sea superficialmente a la brasa de la disyuntiva revolución-dictadura, confirma su simplona idea del mundo. Un mundo de zampoñas solidarias y bombos combativos. De puños en lo alto y cabezas por lo bajo. Mientras tanto, mi dictadura sigue ahí tan represiva como cuando yo era niño, si acaso un poco más desaliñada y cínica. Da igual. No importa cuantas décadas cumpla a buena parte de este mundo no parece impresionarle lo que le impresionan unos días de protestas y golpizas en Chile.

Pero, por accidentada que haya sido mi educación sentimental, por desproporcionadas que resulten las reacciones ante los diferentes horrores latinoamericanos, nunca me alinearé con los que reparten los golpes (tampoco con los que queman trenes, por cierto, aspirantes a repartir los golpes del futuro). Ya sea por reacción instintiva contra la opresión y la violencia, o por un algo más pulido rechazo a la preferencia ideológica de unas maldades sobre otras, o por mero agradecimiento a los chilenos (pocos, pero suficientes) que han sido solidarios con nuestros propios pesares. Es una manera mínima de ejercer mi humanidad que es otra manera para mí de decir “decencia”. No me pidan más. Al menos si quieren que lo haga con la misma convicción que digo todo lo anterior. De cualquier manera es bastante más de lo que los profesionales de la progresía y la ética universal hacen por los golpes que me tocan más de cerca.

sábado, 26 de octubre de 2019

Presentación de Turcos en la niebla

The Cuban Cultural Center of New York and INSTITUTO CERVANTES invite you to the official New York City launching of Enrique del Risco's
TURCOS EN LA NIEBLA
Join the author in an engaging conversation with the Spanish writer and critic Eduardo Lago and the renowned Cuban musician Paquito D'Rivera TUESDAY, OCTOBER 29, 2019
7 PM
INSTITUTO CERVANTES 211 East 49th St. (bet. 2nd & 3rd Aves.), NYC

miércoles, 23 de octubre de 2019

Silvio, Varela, Vysotski y una mueca soviética


Ahora que se habla de Carlos Varela* como si comenzara su carrera, o acabara de regresar al mundo de los vivos por milagro propio, recuerdo algo que no llega ni a anécdota y en lo que no había pensado desde que lo viví, hace ya más de treinta años.

Interior, noche, fines de los ochenta, una de aquellas peñas perestroikas que celebraba la revista Caimán Barbudo. Sentados en círculo en el piso de lo que sería la sala de estar de la magnífica casa de familia que alguna vez fue, en la avenida de Paseo, Vedado, Habana. En pleno corazón de la farándula habanera de aquellos días, quiero decir. Se hablaba de lo humano y lo divino o lo que la cobardía y la estrechez de aquellos años nos permitía pensar que eran humanidad y divinidad. Y en medio de aquello toma la palabra un chico soviético quien un español decente habla del más venerado de sus cantautores, el ya fallecido para entonces Vladimir Vysotski. Hubo de presentarlo en aquella sala a él y a sus canciones que cuestionaban el régimen soviético como una referencia poética y ética esencial para generaciones de soviéticos. “¿Cómo Silvio aquí?” preguntó alguien que quiero pensar que no era yo, pero no lo descarto. “No, no como Silvio” respondió con un rictus que era el desprecio hecho labios. Por Silvio y, supuse, por el mero intento de asociarlo con su ídolo ruso.

Años después, sospecho que demasiados, estuve en condiciones de entender ese gesto fruncido. No porque conociera mucho mejor la obra de Vysotski. Más bien porque llegué a entender que pese a su talento poético Silvio, a diferencia de Vysotski, nunca rebasó los límites políticos o ideológicos del castrismo ni había cuestionado sus principios éticos o su estrechísima cosmovisión. Ni siquiera en canciones que en su momento nos parecieron el colmo del desafío al régimen. A lo más que llegó Silvio fue a dar fe de las desarmonías entre su yo individual (o el yo colectivo de su generación) y el Espíritu de la Historia encarnado por la Revolución. (“Es por eso que un día me vi en el presente,/ con un pie allá donde vive la muerte,/ y otro pie suspendido en el aire,/ buscando lugar, / reclamando tierra de futuro para descansar”). Si acaso dejó constancia del desgarramiento que le producía a él y a los suyos “la tortura de ser ellos mismos” en un régimen nada complaciente con las inquietudes individuales. Para al final -de las canciones, de su vida creativa- alcanzar la mejor conciliación que el castrismo haya conseguido nunca entre su insaciable demanda de sacrificios vitales y la vida sentimental de sus súbditos. (“Sé que hay que seguir navegando./ Sigan exigiéndome cada vez más/ hasta poder seguir/o reventar”; “Hoy mi deber era cantarle a la patria/ Alzar la bandera, sumarme a la plaza/ Y creo que, acaso, al fin lo he logrado/ Soñando tu abrazo, volando a tu lado”)

¿Qué se podía esperar de Carlos Varela que, apartando su talento, ya desde inicio sonaba como una versión cínica, calculadora y -reconozcámoslo- precozmente oportunista de Silvio? De Silvio Rodríguez Varela aprendió el oficio de quejarse por toda una generación (“Guillermo Tell no comprendió a su hijo”), de ofrecerse como víctima de las incomprensiones del poder (“a veces me pasan en la radio/ a veces nada más”), para nunca apartarse del vicio que entraña ese círculo (“y sé con qué canciones quiero hacer revolución/ aunque me quede sin voz,/ aunque no me vengan a escuchar/aunque me dejen solo”). Tanto Silvio como Carlos Varela fueron, más que ídolos musicales autóctonos de las élites cubanas (y latinoamericanas) durante generaciones (sí, musicales en un país con la riquísima tradición de Cuba), sus más visibles guías espirituales. (Imagínense a un cantautor chileno quejándose de incomprensión por parte de la dictadura de Pinochet o a Charly García declarándose verdadero continuador del Proceso iniciado en 1976: la enormidad de esos absurdos puede darnos una idea de la hondura del abismo cubano). Y todavía, nos guste o no, muchos cubanos (incluso anticastristas) se sienten en deuda con Silvio y Varela cuando se trata de reconstruir genealogías éticas, estéticas y sentimentales. No es extraño que tras sesenta años de horror los cubanos que hemos vivido bajo Aquello no consigamos distinguir dónde termina el horror y comienza nuestra memoria afectiva, nosotros mismos. Que todavía intentemos "salvar" algo de un sistema que siempre nos negó nuestra condición de mujeres y hombres libres. Empezando por esos ídolos que no nos supieron hablar de la verdadera libertad porque la confundían con decidir qué partes del horror no abrazar. Para quererlo mejor.   

Pero tampoco en eso somos especiales. Los rusos, con todo y su Vysotski, no les va mucho mejor cuando se trata de sentirse distintos a sus propios horrores. 

*Me refiero en concreto a los artículos de María E. Rodríguez, Mabel Cuesta y Carlos Manuel Alvarez aparecidos en menos de una semana y por ese orden en Hypermedia Magazine.