lunes, 22 de junio de 2026

Mbappé y Haaland: su propia guerra



Esta vez el mundial se ha sincronizado con la publicidad mejor que nunca. De un lado las llamadas “pausas de hidratación” que no le gustan ni al público ni a los jugadores pero permiten intercalar el doble de anuncios y cambian el sentido del tiempo. Si antes cada partido era una película con intermedio ahora se siente como una miniserie de Netflix de cuatro capítulos: aunque son los mismos noventa minutos dan la sensación que el tiempo pasa más rápido, como en lugares con menor fuerza gravitacional o como cuando te metes en el inodoro con el teléfono en la mano.

Pero ni siquiera las pausas de hidratación (con ese nombre que parece que se lo puso el mismo de “picadillo texturizado”) son lo más notorio. Piensen en los goles anotados por las estrellas de los anuncios. Antes goleador famoso que salía en la publicidad goleador que se iba en blanco todo el campeonato, su equipo era eliminado en la primera ronda o se partía una pierna nada más empezar el campeonato. Este año, sucede todo lo contrario. Este año los jugadores que salen en los anuncios son los que marchan al frente en goles anotados lo cual sería perfectamente normal si no fuera porque casi nunca ocurre. Es como si los dioses del fútbol la tuvieran cogida con la FIFA e hicieran lo posible por joderle el negocio.

Detesto las teorías de la conspiración así que prefiero pensar que este año por fin los dioses se han decidido a complacer a la FIFA. Eso explica que después de la primera ronda de partidos sean precisamente Messi, Haaland, Mbappé y Harry Kane los que figuren tanto al frente de los goleadores como de los carteles publicitarios. (Cristiano Ronaldo no ha anotado todavía su primer golito pero el suyo siempre ha sido un caso especial: a pesar de sus novecientos y tantos goles no acaba de caerles bien ni a los dioses del fútbol ni a sus compañeros de equipo).

Este es el contexto en el que Mbappé y Haaland salieron al terreno hoy representando a Francia y a Noruega respectivamente. Eso y que Messi había llegado horas antes a los cinco goles en el torneo lo que ha convertido en una competencia sobre cual de las estrellas publicitaria convierte más goles. Mbappé empezó bien, anotándole un gol a Iraq, que es bastante más de lo que le ha hecho Trump a ese mismo país, si se descuentan los ayatolas muertos. Uno a cero terminó el primer tiempo, pero entonces una tormenta eléctrica obligó a interrumpir el partido. Tanto se demoró como para que cuando Francia e Iraq reanudaron su partido ya Noruega y Senegal habían comenzado el suyo.

Mientras Haaland se empeñaba en alcanzar a Mbappé (Messi ya le va quedando lejos) el francés anotó su segundo gol de la tarde y cuarto del campeonato, obsequio de la despistada defensa iraquí. Alguien diría que esos regalitos son enviados por Infantino en persona, pero no lo creo. Los dioses del fútbol han demostrado tenerle suficiente cariño a Mbappé como para que se permitan ese tipo de presentes. Haaland por su parte luego de anotar su primer gol de la noche recibió un obsequio similar al de Mbappé, el cual convirtió en su segundo gol de la noche. Tal parece que los dioses del fútbol han decidido adelantar las navidades para junio.

El partido entre Francia e Iraq terminó con 3 a 0 redondeado por Dembelé. En el de Noruega vs Senegal los africanos, que al parecer no entendían de qué se trata este campeonato no dejaban alejarse demasiado a los escandinavos respondiendo a sus goles en la medida de sus capacidades. Todavía en el minuto 92 encontraron fuerzas para acercarse 3 a 2 pero por mucho que lo intentaron terminaron derrotados, una señal de que los dioses del fútbol, o la FIFA los quieren pronto de regreso a casa.

Messi contra el mundo (o a favor)

 


Desde el hat-trick inaugural de Messi contra Argelia los partidos de Argentina se han convertido en otro deporte diferente al fútbol. Un deporte en el que en lugar de preguntarte ¿quién ganará? Te preguntas ¿cuántos goles meterá Messi? ¿hasta dónde llevará el récord de más goles en mundiales? Y todo bien parecía bien encaminado cuando apenas empezado el partido el árbitro, al parecer impaciente por acabar con la incertidumbre, señaló un penalti a favor de Argentina. Ya fuera porque le pareció demasiado fácil -o para desmentir los rumores difundidos por la prensa y el resto de los argentinos de que no es humano- Messi falló el disparo desde los once metros echándola fuera de esa portería que conoce mejor que a sus hijos.


El fallo de su máximo líder pareció contagiar al equipo argentino que se dejó quitar la iniciativa durante buena parte del primer tiempo. Hasta que Messi finalmente se aburrió y desde el borde del área chica metió la pelota con esa falta de esfuerzo que a otros, sobre todo si tienen nombre de creyentes, les puede resultar insultante. Con ese tanto Messi a dos días de cumplir 39 años se convertía en el máximo goleador de la historia de los mundiales de fútbol algo que a Pelé le fue inalcanzable, pero que para el argentino es como si cumpliera un deber.

El juego siguió sin muchas incidencias que reseñar hasta que Messi, que se moría del aburrimiento le puso un balón a Julián Álvarez que lo dejó solo frente al portero pero, como era de esperar, falló. Y es que los compañeros de equipo de Messi son correctos y trabajadores como el novio que uno quiere para su hija aunque al final ella prefiera alguien que simplemente la sepa meter. Messi no. Fue a buscar el rebote y el mismo disparó y falló pero como si estuviera representando una fábula en que a veces es la cigarra y otras la hormiga se empeñó en que la pelota entrara en la portería austriaca -sí, lo había olvidado decir, además de contra el récord y contra sí mismo hoy Messi jugaba contra Austria- hasta que a la pelota finalmente no le quedó otro remedio que obedecerlo.

Esta noche supongo que Messi dormirá como siempre, a pierna suelta, con la satisfacción del deber cumplido. En cambio Cristiano para dormir tendrá que esperar a que terminen que reponer la puerta de la habitación de su hotel a la que, no se sabe por qué, la destruyó a patadas.

domingo, 21 de junio de 2026

Cabo Verde no cree en camisetas



Luego de empatar a cero con España, campeona hace cuatro mundiales, a Cabo Verde le tocaba ripiarse con Uruguay. Uruguay fue dos veces campeón de cuando los mundiales se transmitían por radio y no te sacaban tarjeta aunque mataras a alguien en el terreno porque todavía no se habían inventado. Las tarjetas, digo, porque lo que es matar el copyright ya lo tenía Caín desde mucho antes. Y se sabe lo mucho que pesan las camisetas en un mundial, sobre todo si tienen estrellitas de campeón.

Pero ya desde el juego contra España los caboverdianos habían demostrado tener muy poco respeto por las camisetas con estrellitas, fueran frescas o añejas. Si contra España había demostrado que podían pasar 90 minutos sin recibir goles gracias a San Vizinha, su portero milagroso, luego de los tanteos de costumbre Cabo Verde metió la pelota en la portería de los fanáticos del mate. Los uruguayos debieron sentirse como aquel soldado americano atravesado por una lanza vietnamita en Apocalypsis Now. "¿Eh, pero esta gente mete goles?" debieron preguntarse los uruguayos. Esos que presumen de ser el país más pequeño que ha ganado un mundial (y hasta dos) acababan de recibir un gol de un país ocho veces más chiquito en su primera incursión en un mundial.

Los fans del mate se avivaron y aprovechando que los contrarios tenían un jugador en el piso empataron el juego con un gol de Araujo y ya que estaban en eso Canobbio los puso arriba con otro gol. Ya todo volvía a ser como ha sido siempre con las camisetas con estrellitas pasándole por encima a las camisetas novatas. Pero en la confianza está el peligro y en una salida del portero Muslera que hizo parecer la de la Caperucita Roja un dechado de prudencia un tal Hélio Varela marcó el gol del empate a puerta vacía. Lo que le siguió fue la desesperación de las camisetas uruguayas ante el peligro de quedarse fuera del mundial por culpa de una camiseta debutante pero sucede que las camisetas deben tener jugadores dentro y este año, con algunas excepciones parecían pasear vacías por el campo. Nada que ver con los Luis Suárez, Cavani y Forlán de hace unos años, para no hablar de Obdulio Vareal, el capitán del Maracanazo.

Ahora la única opción que le queda a Uruguay para seguir en el mundial al menos una ronda más será ganarle a España que acaba de despertarse con cuatro goles a Arabia Saudita. Y para eso necesitan bastante más que una camiseta.

viernes, 19 de junio de 2026

Milagro en Guadalajara

 


Luego de vencer a Sudáfrica en el partido inaugural, el equipo creado a mayor gloria de Televisa tenía un compromiso más exigente frente a la República de Corea (o Corea del Sur para los educados durante la Guerra Fría) que jugarían en Guadalajara. Los surcoreanos que ya habían demostrado su empuje al venir de abajo para derrotar a la República Checa en su primer partido no parecían especialmente intimidados por los 65 mil mexicanos que tenían delante, especialmente por los once que corrían por el terreno.

Fue así que los coreanos plantaron campamento frente a la portería contraria y le tiraron con todo lo que tenían que, independientemente del calibre, tampoco era demasiado. Lo más cerca que estuvieron de anotar fue un balón con el que un delantero coreano quiso ahorcar al portero de México. No obstante, la soga era demasiado larga y Edson Álvarez, el capitán mexicano despejó el balón de chilena cuando estaba a punto de entrar a la portería.

Pero algo decía que a pesar de todo la virgen de Guadalupe y Huitzilopochtli estaban con la escuadra mexicana. Porque apenas comenzado el segundo tiempo el portero coreano salió a descolgar un balón fácil algo más allá de su habitual radio de acción y tropezó con uno de su propio equipo. Como resultado del choque los guantes de Kim Seung-Gyu dejaron escapar la pelota que le cayó delante a Luis Romo quien casualmente pasaba por ahí y este la colocó en la portería coreana con toda la delicadeza que pudo para poner por delante al team Televisa.

Luego el partido abundó en porpoquitos de uno u otro bando, pero el marcador no se movió del 1 a 0 donde lo colocó el estrambótico pero afortunado gol de Romo. Los mexicanos celebraron la victoria que coloca a su equipo como líder definitivo de su grupo con todavía un partido por jugar como si el gol de Romo hubiera sido una chilena desde el medio del terreno. Al fin y al cabo, como dice el refrán, vale más caer en gracia que ser gracioso.

jueves, 18 de junio de 2026

Canadá- Qatar: abuso doméstico


Luego de empatar con Bosnia Herzegovina, Canadá se enfrentaba a Qatar - a su vez venía de empatar con Suiza -decidido a hacer sentir su condición de anfitrión. Lo de Canadá del primer juego de este mundial al segundo ha sido como una película de superhéroes. Contra Bosnia fue Clark Kent y contra Qatar decidió convertirse en Superman. O que en el entrenamiento para el segundo partido a todos los jugadores canadienses los picó una araña radioactiva. Entre eso y que Qatar sufrió un proceso inverso ya se cayó directamente en una situación de abuso doméstico.

Porque el abuso de Canadá en casa -en este caso Vancouver- los llevó a inventarse un juego nuevo. Se parece al fútbol pero solo uno tiene posibilidad de ganar. Al principio se juega a lo largo del terreno y de pronto el equipo visitante se hace expulsar dos jugadores -uno de ellos por romperle la pierna a un contrario- y el resto se arremolina alrededor de su portería. Así tenemos 19 jugadores en el área chica, unos tratando de meter la pelota en la única portería disponible y otros tratando de evitarlo aunque llegue un momento en que alguno de los visitantes se cansa -como fue el caso de Mohammad Al Manai y mete él mismo el gol que irá de igual forma a la cuenta del equipo contrario. Al final termina 6 a 0 a favor de los anfitriones pero, créanme, eso es solo un pálido reflejo de lo que ocurrió en el terreno.

Una carta a la izquierda española, 25 años después




Hace un cuarto de siglo le escribí una carta a la sección “Cartas al director” del diario español El País. Antes había enviado otra que no había sido publicada donde me quejaba de que dicho diario llamara a Fidel Castro “veterano líder” mientras al exilio cubano se le calificaba de “exilio radical”. De más está decir que tampoco esa carta fue publicada. Ahora me la encuentro en un viejo archivo y me sorprende por su ingenuidad. Pero todavía me sorprende más que 25 años después la gran mayoría de la izquierda española mantenga la misma actitud sobre Cuba. Como si el tiempo no pasara, o como si todo lo sucedido desde entonces no les hubiera enseñado nada.



Carta de un cubano a la izquierda española:

La razón por la que me dirijo a ustedes, progresistas españoles, es una y sencilla: el prestigio que tras 42 años de ejercicio omnímodo del poder conserva a los ojos de la mayoría de ustedes el gobierno de Fidel Castro y la Revolución Cubana, uno de sus seudónimos más recurrentes. Las señales de que ese prestigio está lejos de desaparecer la encontramos a cada paso, cada día. Si cada vez son menos los que defienden abiertamente al régimen -o lo justifican con escrúpulo variable- ahora se impone una supuesta objetividad que conviene en titular al dictador caribeño “presidente” o “líder cubano” en los abundantes artículos que se le dedican a la situación de la isla. Eso o una indiferencia cómplice que intenta justificarse en que de “eso” no vale la pena hablar. Las señales son múltiples, decía, y renovadas: la aséptica cuando no retocada información que se recibe desde las corresponsalías en La Habana; el espectáculo de un actor como Javier Bardem tratando de hacerse perdonar por haber interpretado magníficamente a una prominente víctima del castrismo; o el obstinado silencio ante cada nuevo horror proveniente de la isla. Defender a un régimen a todas luces decrépito puede no ser especialmente aplaudible, pero atacarlo al parecer denota un gusto pésimo. Pero permítanme recordarles que más allá de las reglas que rijan la etiqueta política actual hace mucho tiempo que se sabe que el silencio o la objetividad ante el crimen no es más que otro modo de colaborar con él.

Porque de eso se trata, de colaboración con un crimen que ya dura demasiado. ¿Cómo explicar la supervivencia de ese prestigio entre aquellos que se definen políticamente por tomar partido a favor del progreso, la tolerancia, la justicia social, de los menos favorecidos, los oprimidos? ¿Qué es lo que hace al pueblo cubano menos digno de su solidaridad? ¿Qué hace al castrismo menos digno de su repulsa? ¿Acaso no ha sido suficiente que la dictadura unipersonal de Castro sea ya la más extensa de la historia moderna en occidente? ¿Acaso no son suficientes los miles de ejecutados judicial o extrajudicialmente, los miles de muertos mientras intentaban de escapar, las decenas de miles de encarcelados, los más de dos millones que se han visto obligados a vivir fuera de su país o la casi totalidad de la población que queda en la isla sometida por igual a una miseria dizque digna y a la desposesión continua de la mayor parte de los derechos fuera de toda discusión en el mundo democrático? Sí, porque si en algo ha sido democrático el gobierno cubano – y aun así con algunas restricciones - es en la distribución de la miseria y la represión: no existe grupo étnico, religioso o político, sexo, clase social, edad u origen nacional que haya escapado al terror que alegremente propina el régimen con la forzada complicidad de sus propias víctimas. Ante esta evidencia repito la pregunta ¿Qué hace a los crímenes del castrismo menos repugnantes que los de Hitler, Musolini, Batista, Franco, el apartheid o Pinochet? ¿Qué hace a los cubanos inferiores ante los ojos de la solidaridad del progresismo internacional que judíos, chilenos, sudafricanos negros o españoles recibieron cuando sufrieron sus respectivos infiernos?

En lo que espero la respuesta, que me temo que nunca llegará, adelanto dos posibles razones que exceden un reduccionista encuadre ideológico. Una es la condición de víctima que con tanto acierto ha cultivado el régimen de la isla frente al “imperialismo norteamericano”. La tradicional simpatía con que obsequiamos al débil que se enfrenta al fuerte se ve reforzada por el hecho de que el fuerte en este caso es el objeto del temor y el odio de buena parte del universo. Sólo que esta vez no se trata de un partido entre el Real Madrid y el Numancia. De este modo que en el diferendo Cuba- Estados Unidos (alimentado con tanto acierto por el régimen cubano) la isla se convierte en el campo de batallas simbólico de la progresía mundial donde –ventajas de lo simbólico- nadie sale perjudicado excepto los cubanos. Así se podrán gozar las pocas ventajas del capitalismo o la globalización o recibir ayudas norteamericanas sin necesidad de sentir un peso adicional en la conciencia: defender a Castro o su seudónimo conlleva una osadía simbólica capaz de justificar cualquier otra debilidad. No sé si resulta evidente la fragilidad moral de ese argumento más allá de su conveniencia. Usar 11 millones de personas como rehenes de esa batalla simbólica contra el imperio del mal no es necesariamente ético. Reclamarle a los cubanos que resistan o a Castro que le pare los pies a los yanquis resulta un funesto y torpe ejercicio de cobardía del que espero que algún día se arrepientan.

Hablaba de dos razones. Si la primera es simbólica la segunda casi resulta filosófica. La sobrevivencia del régimen castrista al derrumbamiento del socialismo real parece justificar su validez. Parecería que su indudable capacidad de perdurar lo hiciera a su vez legítimo. La conclusión hegeliana de que todo lo real es racional se vería así sensiblemente modificada: todo lo real es legítimo. Pero esa conclusión corre el peligro de terminar legitimando hechos de incuestionable (y abominable) realidad como el holocausto nazi o un Franco octogenario decidiendo los destinos españoles hasta su último estertor. “¡No es lo mismo!” me recordarán muchos de ustedes, pero permítanme insistir que la existencia de un régimen que asesine a millones de personas no relativiza la criminalidad de otro que se conforme con asesinar unos cuantos miles. Como los 42 años de castrismo no disminuyen el horror de los 12 años de poder nazi.

Existe también una razón algo más ideológica para extender el manto protector sobre el castrismo, para que condenarlo se vea tan poco cool. Buena parte de la izquierda, atrapada entre la parálisis y la frivolidad, huérfana de nuevos argumentos, sucumbe ante la nostalgia de los tiempos en que se enfrentaban capitalismo y socialismo, el bien contra el mal en términos casi absolutos. La Cuba de Castro es vista así como un símbolo de aquella creencia en poseer verdades absolutas y de imponerlas a cualquier precio. Pero si esos absolutos se han visto rechazados en la práctica, todavía forman parte de las fantasías heroicas de muchísima gente que se considera de izquierda, progresista. Sólo que no deben olvidar que ese deseo de absoluto no es más que la sublimación de la incapacidad de lidiar con la vida diaria, con su persistente vulgaridad, esa que hace encontrar a la democracia tan ridícula. En el fondo de eso se trata. Las actitudes que adoptan como emblema concreto la complicidad estentórea o silente con un régimen como el cubano denotan la incapacidad de muchos de aceptar la democracia como lo que debe ser, un sistema de transacciones constantes de donde todos deben salir beneficiados, basados en el respeto al otro y la imposibilidad de soluciones permanentes. Se justifica la existencia del castrismo como un modelo de utopía, pero permítanme recordarles que el principal atributo de las utopías es su imposibilidad. Renunciar y condenar el castrismo como emblema utópico (entre otros emblemas afines) no será entonces sólo un ejercicio de lógica elemental (el régimen castrista existe, luego, no es utópico) sino un exorcismo de cuanto de antidemocrático y totalitario perdura en el imaginario de la izquierda actual. Y no se piense que niego la capacidad de seducción que tuvo el castrismo en sus orígenes. Nadie mejor que un cubano para entender esa seducción ante la que tantos sucumbimos al punto de permitirle al régimen de presumir del apoyo unánime de la nación. Pero también nadie como un cubano para rechazar una seducción que ya sólo responde a inercias mentales o sentimentales.

De modo que esto les pido. Cuando pronuncien la palabra Cuba, por mucho que intenten darle un sentido simbólico, casi metafísico, recuerden que ese concepto incluye las vidas (reales) de 11 millones de cubanos. Evítense el espectáculo penoso y carente de sentido de esperar a que el fin del régimen saque a la luz nuevos horrores (que a esas alturas resultarían pura redundancia) para apartarse de él asqueados. La condena del régimen por parte de ustedes cuando todavía puede resultar vigente, supondrá algo más que una solidaridad que los cubanos más temprano que tarde agradecerán. A nosotros nos hará algo más leve la dictadura o el exilio. Para ustedes supondrá un ajuste de cuentas con lo peor de la izquierda, eso que la ha hecho sumirse en un descrédito tan generalizado. Será apenas otro símbolo, pero en este caso, de sintonía con los tiempos que nos han tocado vivir, de vocación democrática y humanista que es en el fondo el mejor legado que la izquierda puede reclamar. Y si soy totalmente sincero no encuentro crítica más provechosa a la dictadura cubana que la que venga de ustedes. A la derecha, en el caso cubano, no les interesa demostrar nada. Para ellos todo siempre estuvo demasiado claro, tanto que nunca lo entendieron y ahora encima le sacan partido invirtiendo en el país que posee los trabajadores con menos derechos y, por ello, más explotables del mundo. Una crítica desde la izquierda partiría de una comprensión más cercana y profunda. Con esto creo que todos saldremos ganando. Cierto que a estas alturas optar por la condena del castrismo requiere valor, valor frente al peligro del ostracismo o el miedo al ridículo, pero justo de eso se trata, de tener valor frente a la uniformidad de la tribu. Espero que esta carta sea recibida como lo que pretende ser, un llamado a la reflexión. Suyo siempre,

un cubano

 

 

Cuando el coraje no basta (pero entretiene)



El partido Inglaterra -Croacia sonaba prometedor con sus resonancias de Primera Guerra Mundial y asesinatos de archiduques, sobre todo si te da lo mismo Serbia que Croacia, Luka Modric que Slobodan Milošević. De un lado Inglaterra, inventora del fútbol y eterna candidata a campeona que la única vez que ganó una final yo no había nacido. Del otro, Croacia, que se coló contra Francia en la final del 2018, ayer como quien dice. E ingleses y croatas cumplieron y sobrecumplieron las expectativas, como una fábrica comunista de expectativas, si las estadísticas comunistas alguna vez se hubieran correspondido con la realidad.

El partido empezó medio chungo, con un penalti pitado contra Croacia en una jugada en el área que no iba para ningún lado por una patada mal dada por el prócer Luka Modric que ya está para que le hagan un monumento, no sin antes advertirle que las estatuas no juegan fútbol. Encima Harry Kane cobró el penalti y se lo paró Dominik Livakovic (quien estuvo soberbio en el partido y aun así se fue con un saco de goles en contra: imagínense si hubiera estado flojito) pero el árbitro decidió que había que repetirlo. Imagínense: ¡pararle un penalti al delantero más en racha del momento y que te hagan repetirlo! Livakovic debió sentirse como si a Ulises luego de sacarle el ojo a Polifemo lo obligaran a reponérselo y tratar de engañarlo de nuevo.

De más está decir que Kane anotó el penalti en el segundo intento, pero apenas 25 minutos después los croatas ya habían empatado con gol rabioso de Martin Baturina. Minutos después los ingleses se adelantaron de nuevo con otro gol de Kane pero los croatas no parecieron achicarse con ello. Es que esa mezcla de jugadores jóvenes con veteranos que empezaron a patear el balón cuando todavía existía Yugoslavia no se arruga ante nadie, ni siquiera ante los inventores del fútbol.

Cuando Bellingham anotó el 3 a 1 ya parecía que los ingleses se llevaría el croata al agua pero apenas tres minutos después Petar Musa puso el marcador 3 a 2 para hacer que los balcánicos soñaran con una remontada. Sin embargo, justo entonces el juego se les puso cuesta arriba a los croatas con los ingleses más dispuestos a marcar el marcador que aquellos a achicarlo. Cuando Rashford en el 84 dejó el marcador definitivo en 4 a 2 los inventores del fútbol y eternos aspirantes parecían más aspirantes que nunca y los croatas, un monumento a glorias pasadas (lo que no les evitó sentar en el banquillo al inmortal pero añejo Modric: ¡aprendan portugueses!). Con la demostración de talento que dieron los ingleses podrían considerarse aspirantes serios a campeones siempre que les pidan a los croatas un poco de su coraje. Ese coraje que los ha hecho llegar más lejos que los ingleses en los últimos sesenta años.

miércoles, 17 de junio de 2026

El dilema Cristiano



El partido Portugal vs República Democrática del Congo (sospechen siempre de las repúblicas con apellidos, sean democrática, islámica, bolivariana o popular) tenía un aire de familia con el de España vs Cabo Verde. No solo por ser dos países ibéricos contra dos africanos. Se notaba la misma esforzada impotencia ofensiva frente a la portería contraria, el mismo favoritismo injustificado, el mismo empate con sabor a desastre. Pero al menos hubo goles que ya es algo, sobre todo para el que gastó miles de dólares por un asiento que necesita amortizar con goles, aunque sean en contra.

Portugal tenía un problema adicional: tener que jugar con un hombre menos desde el primer minuto. O un hombre de más. Hablo, por supuesto, de Cristiano Ronaldo, convertido en el típico piano de cola con comején en medio de la sala: no sirve de nada, incomoda, pero nadie se atreve a sacarlo porque insisten que luce bien. Encima el día anterior Cristiano había recibido la terrible noticia de que su rival en la grandeza universal, Messi, había debutado en el mundial con un hat-trick. A Cristiano la noticia debió caerle como a la bruja que le dijeran que Blancanieves había ganado un concurso de belleza.

En el ocaso de sus respectivas carreras Messi es como el viejito del asilo que le cae bien a todo el mundo sin hacer esfuerzo especial. Cristiano, en cambio, es el viejito pesado que se mata por destacarse sin que le hagan caso. Bueno, la verdad es que la gente y las cámaras adoran a Cristiano, con su raya al lado trazada a cincel, su abdomen de mármol y su histrionismo de actor de cine mudo. Pero a quien no parece caer bien es a sus compañeros de equipo que en todo el juego apenas le dieron bola, literal y figuradamente. Quizás por pesado, pero también porque Cristiano se pasó todo el bendito tiempo parado en fuera de juego.

Al principio nada de esto parecía importar porque João Neves anotó un gol de cabeza nada más empezar el juego. Pero cuando Yoane Wissa empató a uno con otro cabezazo al final del primer tiempo los fallos y perretas que parecían hasta graciosos empezaron a adentrar a los portugueses, jugadores y público, en el sendero de la angustia. Y lo llamativo era que mientras el entrenador de los portugueses sustituía a la mitad del equipo a medida que se le acababa el juego a Cristiano, el querubín 41 años, lo dejaron que jugara hasta el último segundo. Como si el público amenazara con pedir que le devolvieran el dinero si sentaban a su ídolo. Y da igual si el equipo aspirante al campeonato quedó empatado contra uno visiblemente inferior. Como se sabe, el cliente siempre tiene la razón. Y el cliente quiere a Cristiano, meta goles o no.

martes, 16 de junio de 2026

Mea culpa


Lo confieso. Soy de los que pensaba que Messi llegaba a su sexto mundial (y con casi 39 años) demasiado mayor. Que todavía le tocaba un papel decisivo en Argentina como talismán y líder espiritual, pero tras años de vacaciones pagas con el Inter de Miami el gran Lío no estaba para esos trotes, literalmente. Podía seguir siendo un peligro mortal en los tiros libres y los penaltis o valdría quizás sacarlo en los últimos minutos, como el gran camerunés Roger Milla en el mundial de 1990. Pero que aguantar el ritmo de un partido desde el principio era demasiado para él. Scaloni tenía otra idea y sacó a Messi a jugar desde el primer minuto junto a otros diez cuya presencia seguramente fue decisiva pero que apenas se notó. Hoy los ojos de todo el planeta no consiguieron apartarse de Messi por mucho que lo intentaran.

Y es que el rosarino avisó desde el principio con un gol que le anularon por fuera de juego. Y al rato fue el equipo de Argelia, que para algunos es una Argentina con problemas de deletreo, quien empató con Messilandia en goles anulados. Pero parece que Argelia tenía una idea de Messi similar a la mía y, en vez de colgarle un par de jenízaros que no le perdieran ni pie ni pisada lo dejaron ir a su aire, como si de un abuelito paseando por el parque se tratara. Y en una pelota que recibió el viejito vio el centro del terreno despejado, dio una carrerita de jubilado y a continuación lanzó un misil que el hijo de Zidane, quien se identifica como argelino, todavía debe estar buscando entre sus guantes.

Después de ese gol vino un segundo y hasta un tercero, todos salidos de los tacos del que unos cuantos equivocados dábamos por retirado y que él se encargó de sacarnos de su error. A nosotros y a Mbappé quien terminó su juego con un gol más en mundiales que Messi y se fue a dormir con dos goles menos y pensando que las noticias de la jubilación del argentino eran un poco exageradas.
 

¡Abajo el colonialismo! (o viva, depende cómo se mire)


Debutó Francia en el mundial si nos atenemos a la superstición de las nacionalidades. Porque son 102 los jugadores nacidos en Francia los que juegan este mundial o un 8% de todos los jugadores del torneo. O sea, Francia A (23 jugadores nacidos en Francia de 26) juega contra Francia B (solo diez nacieron en Francia, el resto en Senegal). Otros dirán que África A juega contra contra África B lo que no hace sino reforzar la idea de que las naciones son pura convención entre las oficinas de inmigración y la de naturalización gracias después que de la ambición imperial usara al planeta un cubo de Rubik. Pero si vamos a dejar el tema del género a la percepción de los interesados ¿por qué no íbamos a hacerlo con el de la nacionalidad?

Digamos que el equipo que se identificaba como senegalés salió al terreno con mejor disposición que el equipo que se identificada como francés. Y por un buen rato a los primeros pareció serles más fácil llegar a la portería contraria que a los segundos. Pero los primeros no aprovecharon las oportunidades que tuvieron lo cual es pésima idea cuando tienes delante un equipo que se identifica como francés y dentro de ellos a un jugador que se identifica como Mbappé. Porque cuando un jugador se identifica como Mbappé no importa mucho cómo le haya ido en los últimos años. Le basta entrar en modo mundial para empezar a meter goles. Esta vez fue en el segundo tiempo en que empezó a conectar con Olise hasta que en un pase de este Mbappé recordó por qué se venden tantas camisetas con su nombre.

Barcola, recién entrado por Dembelé que durante todo el partido estuvo jugando a ser el hombre invisible, anotó el segundo tanto del equipo que se identificaba como Francia en el minuto 81 a pase de Rabiot. Pero entonces los africanos que se identificaban como tales y como los Leones de Teranga decidieron que ya estaba bien. Que si les habían pagado el pasaje hasta allí no iban a quedarse cruzados de piernas e Ibrahim Mbaye anotó un gol magnífico en el minuto 94. Este tanto sirvió sobre todo para despertar a Mbappé y cuando todavía los senegaleses seguían emocionados con su primer gol del mundial marcara otro a su cuenta. Ese segundo gol pone a Mbappé con 14 tantos a dos de Klose, el máximo goleador de los mundiales, y por delante de Just Fontaine como el mayor goleador de Francia en mundiales y de Messi, a quien le toca jugar un poco más tarde.

lunes, 15 de junio de 2026

Los conquistadores ya no son lo que eran




El encuentro entre España y Cabo Verde se puede leer en clave decolonial. De un lado los herederos del fallecido imperio español y del otro colonizados por el vecino y no menos difunto imperio portugués. Se avizoraba una masacre como la que los alemanes le propinaron a Curazao el día anterior o la de los suecos contra Túnez. Pero al parecer la FIFA lanzó una advertencia sobre la necesidad de proteger a las especies en peligro de extinción y, en la primera mitad del partido, España se lo tomó con condescendencia colonial, controlando el juego, prestando el balón por no más de cinco segundos y lanzando ataques blandos, vegetarianos. Lo suficiente para convertir a Vozinha, el portero caboverdeano, en la figura del partido sin afearle las redes con un gol mal encajado. Nada que pudiera criticarles un Bartolomé de las Casas reconvertido en observador de la ONU.

El segundo tiempo fue más de lo mismo. Los de Cabo Verde muy ordenaditos en su área repeliendo los ataques mansos de los íberos y estos sin parecer enterarse que además de dominar el balón el objetivo del juego en el que estaban inmersos era meter ese implemento esférico entre los tres palos que custodiaba Vozinha. Por fin, Luis de la Fuente, adelantado de los tataranietos de conquistadores decidió activar su ataque con los añadidos tercermundistas que más penetración le dan a España en los últimos años. Pero, fuera que ni Lamine Yamal ni Nico Williams están en las mejores condiciones luego de sus respectivas lesiones, fuera que poco espacio pudieron encontrar en la madeja compuesta por peninsulares y caboverdianos frente a la portería de Vozinha el marcador quedó tan inmaculado como al inicio del partido y los comentaristas empezarán a arrepentirse por haberle concedido la condición de favoritos para ganar este mundial.

Pero también estarán los memoriosos, esos que recuerdan que precisamente en el mundial en que España se coronó campeón, el del 2010, empezaron con una derrota ante Suiza. Porque si se es favorito desde el inicio en vez de ir a recoger directamente la copa habrá que darle emoción tropezando ante el equipo que en el papel lucía como el más débil del grupo. Una bonita y franciscana manera de mezclar drama y compasión por los débiles.