viernes, 7 de mayo de 2021

Experimentando con la libertad

En la protesta frente a la Misión de Cuba ante la ONU del sábado pasado en apoyo a los perseguidos en la isla no había nadie más entusiasta que una perfecta desconocida. Debo aclarar que el mundo de los cubanos que participa en estas manifestaciones en estos lares no abunda en sorpresas. Las caras suelen ser conocidas y a las nuevas les toma un par de protestas hasta sentirse cómodas del todo. Esta no. La mujer en cuestión era rabia en estado puro, desfogándose contra la fachada de ladrillos que representa en Manhattan el rostro de nuestra dictadura.

Averigüé hasta enterarme que la desconocida había sido invitada por un amigo a quien le gustan los experimentos sociales. En este caso quería saber cómo respondería alguien que todavía reside en Cuba a una experiencia tan rara como protestar contra su gobierno. El experimento había sobrepasado todas las expectativas de mi amigo. Aquella señora gritaba como si le fuera la vida en ello, o mejor, como si en unos días no fuera a ser atendida en la aduana cubana por representantes del mismo gobierno contra el que protestaba en medio de Lexington Avenue. Pero nadie podía sacar mejores conclusiones del experimento que la propia desconocida quien en algún momento se giró para nosotros y dijo entre entusiasta y desoncertada:

-Yo no sabía que tenía tantas ganas de gritar.

lunes, 3 de mayo de 2021

Gardel en Nueva York



Mucho antes de que la humanidad enloqueciera con la rumba, otro ritmo latino ya la había arrebatado. Me refiero al engendro de raíces gitanas, africanas y gauchas conocido como tango. Como suele suceder, al principio en Argentina la alta sociedad despreció el impetuoso baile.

Pero al llegar a París en 1908, su ritmo se hizo contagioso, y en 1913 en los salones de Europa no se bailaba otra cosa. En Londres lo mezclaban con el té y en Rusia el zar le pidió a sus sobrinos que le enseñasen unos pasillitos.

En el invierno de ese año, el tango, convertido en pandemia, arrasó Estados Unidos y gracias a la naturaleza comercial del país pronto se vendían zapatos, ropa, sombreros y maquillaje dedicados exclusivamente al tango. Pero ninguna fiebre es eterna.

Para 1915 París decretó la expulsión de varios maestros de tango, el baile fue ilegalizado en varias ciudades norteamericanas y el Papa condenó la inmoralidad de restregarse con tal violencia con el pretexto de bailar. Para fines de ese año la pandemia parecía estar controlada. La segunda ola del tango fue menos violenta pero más insidiosa.

En lugar de baile instrumental el tango empezó a cantar amores perdidos, mujeres perjuras, madres abandonadas y carreras de caballos.

Y no tuvo mejor representante que Carlos Gardel quien ayudado por la difusión del gramófono triunfó en 1917 con “Mi noche triste” acompañado de guitarra sin importar que la canción abriera con puro lunfardo: “Percanta que me amuraste”.

Gardel, ahora considerado más argentino que el bife de chorizo o creerse Dios, había nacido en Tolosa, Francia con el nombre de Charles Romuald Gardès.

Su madre, la lavandera Berthe Gardès, cansada del desprecio que entonces le dedicaban a las madres solteras se fue a Argentina cuando el niño tenía tres añitos, justo a tiempo para que no hablara español arrastrando la erre.

El resto es leyenda.

Si al principio la fama del rebautizado Carlos Gardel viajó a lomos de las grabaciones y la radio, lo último en tecnología hasta el momento, con la aparición del cine sonoro alcanzó unos límites desconocidos para cualquier artista latino anterior a la invención de los video clips.

Video clips extendidos fueron sus películas con una trama inventada para justificar la transición de canción a canción.

Todos sus largometrajes sonoros Gardel los filmó para la Paramount entre 1931 y 1935. De los ocho la mitad fueron filmados en las afueras de París y el resto en Nueva York: “Cuesta abajo” (1934), “Tango en Broadway” (1934), “El día que me quieras” (1935) y “Tango bar” (1935).

O sea, el Buenos Aires donde Gardel derretía a nuestras abuelas cantando “Por una cabeza” o “Volver” era una copia en cartón armada dentro de un estudio en Astoria, Queens.

Pero mientras cantara a nadie parecía importarle si Gardel se paseaba por una ciudad de ladrillo o de cartón corrugado. Buena parte de los actores de sus películas en Nueva York también eran de attrezzo: ante la falta de sudamericanos en la ciudad Gardel tuvo que convencer a los diplomáticos de Argentina, Chile, Colombia, Venezuela y Perú para que rellenaran la escenografía.

Daba igual. A los estrenos de sus películas la gente acudió en hordas y hasta obligaba a los proyeccionistas a volver a proyectar las mismas canciones una y otra vez convirtiendo al cine en un antecedente del karaoke.

Sin apenas hablar inglés Gardel conquistó Nueva York, ciudad a la que había llegado el 28 de diciembre de 1933 y donde pasaría la mayor parte del resto de su vida. Que no sería mucha.

Gracias a las películas neoyorquinas la fama de Gardel terminó de arrasar todo el continente. Tras verlo en pantalla, ahora Latinoamérica se moría por escucharlo en vivo.

El cantante partió de Nueva York para iniciar su gira latinoamericana el 28 de marzo de 1935. Apenas tuvo tiempo para actuar en Puerto Rico, Venezuela, Curazao, Aruba y Colombia. El 24 de junio, mientras despegaba de Medellín rumbo a Cali, su avión chocó con otro muriendo el cantante y dejando a todo un continente huérfano de su grandeza.

domingo, 2 de mayo de 2021

Protestas en Nueva York

Por dos días consecutivos (viernes 30 de abril y sábado 1ro de mayo) los cubanos nos manifestamos en Nueva York en defensa de la vida y los derechos de Luis Manuel Otero Alcántara y el resto de cubanos que defienden su derecho a ser libres en la isla. 


























miércoles, 28 de abril de 2021

La Revolución y los árboles

 




    
                A Mabel Cuesta, ella sabe por qué

Siempre fue una relación tensa, como todas las relaciones desiguales y mal correspondidas
. Mientras los árboles daban sombra, oxígeno o frutos con la misma parsimonia con que los habían entregado a regímenes anteriores la Revolución más que devolverle los favores condicionaba su relación a objetivos mucho más vastos. Si había que llevarse la mitad de los bosques por delante para sembrar caña para la zafra de los 10 millones, el Cordón de La Habana u otro eslabón de la cadena de ilustres fracasos revolucionarios, se hacía. Si se ponía de moda el ecologismo y la repoblación de bosques, también se hacía. Pero lo que nunca permitía la Revolución era que su relación con los árboles la distrajese de sus objetivos estratégicos. Y, como su máximo líder siempre lo dejó claro, para una Revolución no hay mayor objetivo que mantenerse en el Poder.

Mi padre, ingeniero forestal, botánico, ecólogo que ha consagrado su vida al estudio de los bosques cubanos siempre me lo dejó claro: la existencia de los árboles en Cuba está condicionada al bienestar del poder. Cuando participaba en los planes de repoblación forestal en la Sierra del Rosario o en cualquier otra parte del país le dejaban claro que más importante aún que la conservación y el crecimiento de los bosques en Cuba era asegurarse que nadie se volviera a alzar en montaña alguna. La siembra de nuevas posturas podía ser todo lo improvisada e ineficaz que se podía esperar en aquel sistema pero lo realmente importante era garantizar las vías de acceso de tropas y tanques a las montañas cubanas en caso de necesidad. Si es que no se habían plantado, junto con los nuevos árboles, discretos asentamientos militares por los alrededores.

Ahora me llega desde La Habana una explicación para la furia arboricida que ha atacado a la ciudad en los últimos meses: necesitan despejar la ciudad para facilitar la circulación de drones encargados de la vigilancia de disidentes y otras especies perniciosas. O limpiarle el campo visual a las cámaras de vigilancia. Suena paranoico, ya lo sé. ¿Como en medio de la crisis mayúscula que está llevando al país a un nuevo medioevo es posible que se dediquen tantos recursos a abrirle camino a esos heraldos de la represión posmoderna? La explicación empieza a parecer más racional si se piensa que lo que siguió al levantamiento pacífico del 27N frente al MINCULT fue justamente la tala de los árboles de la cuadra en la que se enclava el ministerio. Puede haber otras explicaciones al actual ensañamiento contra los árboles habaneros pero dado el orden de prioridades de la Revolución no sería extraño que se trate de otra medida estratégica para salvaguardar la gloriosa Madre de Todos los Poderes de la isla. Esa que supedita cada brizna de yerba que crece en la isla a su existencia.

martes, 27 de abril de 2021

La sombra de Padilla


En el 50 aniversario de la famosa "autocrítica" Heberto Padilla la artista Coco Fusco acaba de estrenar un performance consistente en la lectura colectiva de su texto por un grupo de artistas, activistas, escritores e intelectuales cubanos de la isla y el exilio. En dicha lectura participamos Carlos Aguilera, Lupe Álvarez, Katherine Bisquet, María Antonia Cabrera Arus, Sandra Ceballos, Armando Correa, Mabel Cuesta, Néstor Díaz de Villegas, Rafael Díaz-Casas Julio Llópiz Casal, Eilyn Lombard, Martica Minipunto, Yanelys Nuñez Leyva, Amaury Pacheco, Orlando Luis Pardo Lazo, Alexis Romay, Iris Ruiz, Abel Sierra Madero y un servidor. El diseño es de Hamlet Lavastida.
Se han hecho eco del performance medios como Index on Censorship, The Show Room, HyperallergicDiario de Cuba, El Nuevo Herald,  Clarín (Argentina) etc.

Para ver el performance hacer click aquí.

De exilios y diásporas


 Ver el video del conversatorio aquí. (Hablo sobre la hora y 18 minutos y luegoa las 2 horas y 3 minutos).

domingo, 25 de abril de 2021

Discurso de Isaac Bashevis Singer en el banquete del Premio Nobel, 10 de diciembre de 1978


Sus Majestades, Altezas Reales, damas y caballeros:

La gente me pregunta a menudo: "¿Por qué escribes en un idioma moribundo?" Y quiero explicarlo en pocas palabras.

En primer lugar, me gusta escribir historias de fantasmas y nada se adapta mejor a un fantasma que un idioma moribundo. Cuanto más muerta es la lengua, más vivo es el fantasma. A los fantasmas les encanta el yiddish y, hasta donde yo sé, todos lo hablan.

En segundo lugar, no solo creo en los fantasmas, sino también en la resurrección. Estoy seguro de que millones de cadáveres que hablan yiddish se levantarán de sus tumbas algún día y su primera pregunta será: "¿Hay algún libro nuevo en yiddish para leer?" Para ellos, el yiddish no estará muerto.

En tercer lugar, durante 2000 años el hebreo se consideró una lengua muerta. De repente se ha vuelto extrañamente vivo. Lo que le sucedió al hebreo también puede sucederle al yiddish algún día (aunque no tengo la menor idea de cómo pueda ocurrir este milagro).

Todavía hay una cuarta razón menor para no abandonar el yiddish y esta es: el yiddish puede ser un idioma moribundo, pero es el único idioma que conozco bien. El yiddish es mi lengua materna y una madre nunca está realmente muerta.

Señoras y señores: Hay quinientas razones por las que comencé a escribir para niños, pero para ahorrar tiempo mencionaré solo diez.

Número 1) Los niños leen libros, no reseñas. Les importa un comino las críticas.

Número 2) Los niños no leen para encontrar su identidad.

Número 3) No leen para liberarse de la culpa, para saciar su sed de rebelión o para deshacerse de la alienación.

Número 4) No les sirve la psicología.

Número 5) Detestan la sociología.

Número 6) No intentan entender a Kafka ni el Finnegan’s Wake.

Número 7) Todavía creen en Dios, la familia, los ángeles, los demonios, las brujas, los duendes, la lógica, la claridad, la puntuación y otras cosas obsoletas.

Número 8) Les encantan las historias interesantes, no los comentarios, las guías o las notas al pie.

Número 9) Cuando un libro es aburrido, bostezan abiertamente, sin vergüenza ni temor a la autoridad.

Número 10) No esperan que su amado escritor redima a la humanidad. Por jóvenes que sean, saben que eso no está en su poder. Solo los adultos tienen ilusiones tan infantiles.



sábado, 24 de abril de 2021

Leyendo A Homero En La Habana



Por Enrisco

En mi juventud habanera casi todo estaba racionado: la comida, la ropa, los zapatos. Pero, sobre todo, las lecturas. Cierto que había muchos libros disponibles, pero la gran mayoría de ellos, al igual que la música y el cine, respondían al mismo sesgo ideológico o, como se decía en aquellas circunstancias, a la misma concepción científica y revolucionaria del mundo. Imposible tropezarse en las librerías con George Orwell, Mijail Bulgakov o Milan Kundera en los estantes de literatura europea, con Mario Vargas Llosa, Octavio Paz o Jorge Luis Borges en los de latinoamericana o Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Lydia Cabrera o Guillermo Cabrera Infante en la cubana. Incluso los marxistas menos ortodoxos como Gramsci, León Trotski, Althuser o Adorno estaban prácticamente vetados de librerías y aulas. Toda la literatura contemporánea había sido sometida a una minuciosa criba enfocada en excluir los libros que cuestionaran el catecismo marxista. Incluso se censuraba a los “compañeros de viaje” que, en medio de su entusiasmo por la Revolución Cubana, mostraran algún aspecto de la realidad que la propaganda oficial prefería silenciar. Lo mismo se vetaban los libros de Eduardo Galeano que el entusiasta recuento que hiciera el poeta Ernesto Cardenal de su viaje a Cuba.

A los clásicos, en cambio, esa inercia de los programas de estudio, se les consideraba inofensivos. Al modo en que la Iglesia ejercía de perdonavidas con los autores precristianos, a los autores anteriores al Manifiesto comunista se les disculpaba el haber nacido antes de las fundamentales revelaciones del marxismo. En las escuelas se los leía, eso sí, en la clave del materialismo histórico: se hacían todas las acrobacias interpretativas necesarias para que los clásicos anticiparan las epifanías del marxismo. En la Ilíada, por ejemplo, no había personaje más importante que Tersites, aunque apenas se asomara en una breve escena de sus 24 libros para salir bastante mal parado. Tersites era, según la interpretación oficial que se nos impartía, el representante de los plebeyos y, quien dice plebeyos, dice los desposeídos, los proletarios, la clase revolucionaria. Pero al margen de aquellas lecturas tuteladas, la épica de griegos contra troyanos quedaba allí, con sus espléndidos misterios, dispuesta a entregarnos el sentido que pudiéramos atribuirle.

Lo mismo valía para Platón, Dante, Cervantes, Shakespeare, Balzac o Tolstoi. (La Biblia, en cambio, se excluía de librerías y programas de estudio: la religión era el opio del pueblo y en el socialismo el consumo de estupefacientes está severamente penado). Sus libros nos permitían fascinarnos por mundos y héroes lejanísimos y cercanos al mismo tiempo. Personajes que funcionaban con una lógica muy poco marxista, pero igual de humana que la nuestra. En medio de la vida milimétricamente racionada del totalitarismo aquellos clásicos nos permitían vivir vicariamente la experiencia de la libertad. Y entendernos con seres muertos hacía tanto tiempo, nos convertía en más sutiles, mejores, lectores.

Ahora, como profesor de la democrática academia norteamericana asisto no sin asombro a la creciente ofensiva contra los textos clásicos, los mismos que hasta la celosa censura totalitaria solía respetar. Cierto que no se les arrincona por clásicos sino por ser la obra de hombres blancos. Pero ni Platón, que alguna vez fue esclavo, Dante, exiliado, Cervantes, mutilado, esclavo y preso por deudas, Shakespeare plebeyo y Balzac, escribiendo bajo el acoso de sus acreedores, pudieron disfrutar a plenitud los supuestos privilegios que venían con su género y color de piel. Para no hablar de Homero quien, según la tradición, era ciego.

Hoy se pretende escoger las lecturas como se elige un traje de bodas: hechas estrictamente a las medidas identitarias de cada cual. De ser posible el autor deberá compartir raza, género, preferencia sexual e ideología con los lectores. Pero exagero. El rechazo más radical contra los autores blancos se lo escuché a un estudiante rubio y de ojos azules. Puede que él, como otros, intente cuestionar la veneración hueca que siempre ha existido hacia la literatura de épocas pasadas. (De manera no muy diferente el sistema educativo de Occidente alguna vez superó la superstición del latín). Puede que se haya roto el consenso sobre la necesidad de leer libros con previo fervor y misteriosa lealtad, al decir de Borges. Puede que lo que me predispone hacia la actual ojeriza contra los clásicos sea mi nostalgia por aquellas lecturas libérrimas en medio del más estricto racionamiento intelectual. Preferible que sea así y no que lo que persuada a los estudiantes de dialogar con algunos de los muertos más ilustres del pasado no sea la molicie o el miedo. El miedo, se sobreentiende, a atreverse a ver el mundo más allá de la perspectiva estricta que nos pautan nuestro tiempo y nuestras circunstancias. El miedo a ser, modestamente, libres.