martes, 3 de febrero de 2026

Mi encuentro con la del perro que habla

En Cuba evitaba, en la medida de lo posible, encontrarme con representantes del régimen. Me regía por el principio puritano de con el diablo no se negocia. O se hace solo en caso de extrema necesidad. Ese fue el caso de la revista Aquelarre, una publicación dedicada al humor literario que llevaba el nombre del festival estrenado en diciembre de 1993. De hecho, la idea de la revista antecedió al festival y contribuyó crearlo, pero en medio de la ineficacia socialista y los choques con la censura no menos socialista la revista no salió a la calle sino hasta el verano del año siguiente. Salir a la calle es una expresión inexacta porque apenas llegó a los estanquillos alguien ordenó que fuera recogida y convertida en pulpa. Fue por eso, para impedir que en nuestra revista cayera en manos de la inquisición del reciclaje que pedimos una reunión con Fernando Rojas, a la sazón presidente de la Asociación Hermanos Saíz, organismo encargado de patrocinar la revista en un país en que todas las imprentas junto al resto de medios de producción pertenecían (y pertenecen) al Estado.

Al llegar a la oficina de la Editorial Abril, donde se había impreso la Aquelarre -éramos Luis Felipe Calvo, Eduardo del Llano, Orlando Cruzata, y no recuerdo si alguno más- además de encontrarnos con Fernando Rojas nos dimos de bruces con la plana mayor de la UJC nacional: el secretario general, el secretario de cultura, la secretaria ideológica y la directora o subdirectora del órgano oficial de la UJC, la inefable Arleen Rodríguez Derivet. Había llegado a los primeros planos del periodismo con la noticia de un perro que "hablaba" cuando le apretaban  el pescuezo y emitía un sonido que solo un derroche de imaginación podía hacer creer que decía "papá". Fue así que consiguió salir de su Guantánamo natal y llegar a La Habana. Muchos usan la anécdota del perro hablador para ridiculizarla. Pienso lo contrario: esa salida picaresca ya nos anuncia lo que era capaz de hacer con tal de salir adelante)
. No era la primera vez que la veía, pero sería la única que tendríamos un intercambio verbal que todavía atesoro. Antes la había visto en la redacción de Juventud Rebelde, a donde fui a visitar a un amigo corrector del periódico. Allí Arleen había resaltado con esa vulgaridad que los dirigentes cubanos intentan aparentar campechanía, cercanía a la gente y solo consiguen demostrar la bajeza de modales y de alma. Creo incluso que en medio de su desbordada gestualidad Arleen enseñó el ombligo, pero la memoria puede traicionarme.

Sorprendidos por la presencia de la jerarquía de la UJC al completo apenas tuve tiempo de recomponerme y preguntarle a Rojas justo al terminar las presentaciones:

-Pero ¿Qué hacen ellos aquí? Por qué hasta donde yo sé la Asociación Hermanos Saíz es una institución autónoma y no necesita la supervisión de la UJC.

El secretario general de la última institución aludida tampoco estaba para diplomacias y dedicó los próximos cinco minutos a humillar a Fernando Rojas frente nosotros, meros sujetos de su censura, eslabón minúsculo en la larguísima cadena alimenticia del castrismo: dijo que la AHS era una institución subordinada a la UJC y que Rojas no tenía ningún derecho a publicar Aquelarre sin contar con ellos. Cuando terminó el rapapolvo del jefe de la UJC (creo que era de apellido Nieto) a Rojas el primero se dirigió a nosotros en términos algo más respetuosos para hacernos saber que el primer número de la revista finalmente no sería secuestrado sino que saldría a la venta, pero que ese sería el final de Aquelarre. Nos habíamos tomado demasiadas libertades con la revista como para hacer apoyada por la Juventud Comunista. 
Pese a la insistencia del secretario general de que aquel era un encuentro “entre compañeros” o sea, queriendo decir que no éramos sus enemigos y no continuaríamos aquella reunión en Villa Marista, no se puede decir que la atmósfera fuera muy distendida. A mi lado, por ejemplo, el secretario de cultura de la UJC tenía en sus manos un ejemplar de la revista abierto justamente en la página donde aparecía mi breve ensayo “El humor entre la libertad y el poder”. La página aparecía masacrada por subrayados con marcador negro, indicador de lo peligroso que le resultaba mi ensayo al lector. Recuerdo que en un párrafo solo se salvó de la masacre de subrayados negros el nombre de Oscar Wilde (aunque no la frase que había parafraseado: “humor que no sea peligroso no merece ser humor”) porque, como se sabe, incluso ante el reproche de un marcador en Cuba los extranjeros deben recibir un trato distinto. Al comprender que no habría manera de publicar un segundo número nos esforzamos en salvar la mayor cantidad cantidad de ejemplar en concepto de regalías para los colaboradores de la revista. Lo cierto es que, aplastada la esperanza de seguir publicando Aquelarre la ahora momentáneamente famosa Arleen Rodríguez quiso mostrar lo que entendía por generosidad:

-Y yo me pregunto si ustedes, escritores con tanto talento, no pudieran escribir discursos para la UJC.

Por supuesto que no estaba hablando en serio. No se conformaban con aplastar un proyecto por el que habíamos trabajado al menos un par de años: ahora nos querían hacer pasar por la humillación de trabajar para los mismos que nos censuraban.

-No gracias, nuestro talento no nos sirve para escribir discursos -respondí.

Ahora, a la luz (nunca mejor dicho) de los comentarios de Arleen de por qué la gente se quejaba de los apagones si Martí no había conocido la electricidad y había escrito lo que había escrito uno se la imagina en aquella misma oficina que nosotros frente a un Martí adolescente al que le acaba de censurar el primer número del periódico La Patria Libre. Se imagina que luego de regañarlo por el poema "Abdala" -lleno de alardes patrióticos en lo que entonces era mera colonia- le dice cambiando de tono:

-Bueno, el contenido puede ser problemático pero me asombra que a esa edad y a la luz de las velas hayas sido capaz de escribir unos versos tan bonitos. A ver, con ese talento que tienes ¿no te gustaría escribirle los discursos al capitán general o al jefe del cuerpo de voluntarios?

Sospecho que el Apóstol en ciernes habría dado una respuesta más o menos así:

-Escribirle discursos a quien me oprime rebajaría la dignidad de mi espíritu, sapinga eléctrica.

jueves, 29 de enero de 2026

Entrevista con Luis de la Paz*

 


Por Luis de la Paz  

El escritor y profesor Enrique del Risco nacido en 1967, cuando ya el castrismo había destruido gran parte de Cuba y adoctrinado a un considerable sector de la población,  logró sobrevivir mejor que mucho de sus contemporáneos a la educación politizada.

En sus libros se aprecia un detallado poder de análisis y observación. Entre sus publicaciones se encuentran Nuestra hambre en La Habana y Los que van a escribir te saludan, y más recientemente, El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika, publicado por la editorial Hypermedia, en junio de 2025.    

Eres el editor de El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika libro donde más de sesenta autores exponen “la revuelta cultural y social que se produjo en Cuba en paralelo a la perestroika soviética”. Háblanos del resultado de ese libro.

Estoy muy contento con el resultado. Fue un libro que nació de una conversación casual con mi mujer a la hora del desayuno y con el que terminé arrastrando a más de medio centenar de artistas, escritores, periodistas, críticos y activistas de todo tipo a reconstruir a través de la memoria unos años en los que muchos creímos que podíamos cambiar el país. Es un libro coral llenos de historias y observaciones importantísimas. El título ya revela el final penoso de ese intento, pero creo que tanto aquel movimiento como el libro que hemos hecho valieron la pena. En el caso del libro, porque ha servido para crear conciencia sobre aquel movimiento, sobre sus posibilidades y sus imposibilidades.

Cuando hablo de crear conciencia no solo me refiero a los que no tomaron parte en él. También hablo de los que participamos en ese proceso y, aun así, teníamos una visión fragmentaria de aquellos años. Creo que a través de los testimonios recogidos en el libro podemos ver ese fenómeno como lo que fue: un movimiento social y político -además de cultural y artístico- que pudo darse por circunstancias históricas muy específicas. Pero justamente esas circunstancias -las reformas que se acometieron en la URSS y el resto de Europa del Este- impedían ver de antemano la conclusión a la que arribó ese movimiento: que el socialismo -o sea, un régimen donde un partido tiene el monopolio de los mecanismos políticos y el Estado el del sistema productivo del país- es antidemocrático e irreformable por naturaleza.

Naces en 1967 en medio de apagones, colas y hambre, la misma situación (quizás menos dramática que la actual), pero con los mismos componentes. Pasas la infancia, la adolescencia… ¿en qué momento tomas conciencia del desastre nacional? 

La conciencia del desastre en Cuba yo creo que todos la hemos tenido desde una edad muy temprana. Recuerdo un día, con menos de diez años, en que luego de larga odisea llegábamos por fin al Parque Lenin en la cama de un camión, le pregunté a mi padre: “Papi ¿cuándo es que vamos a salir del subdesarrollo?”. Esa pregunta ya encerraba la conciencia plena del desastre. Pero claro, siempre quedaba el recurso de echarle la culpa al pasado capitalista (que en esa época quedaba a unos quince años de distancia) o al embargo.

La adquisición de la otra conciencia, la de que el desastre era producto del mismo sistema fue más lenta y progresiva. Estudié tres años en la Escuela Vocacional Lenin que era una escuela-vitrina para mostrarla, junto con Ubre Blanca y otros logros de la revolución, a los visitantes extranjeros. O hasta a los mismos presos políticos cuando los excarcelaban luego de estar veinte años en la cárcel, para que se arrepintieran de haberse opuesto a una revolución capaz de crear escuelas así, como cuenta Jorge Valls en sus memorias. Pues mi estancia en La Lenin se convirtió en un curso intensivo sobre simulación socialista: desde cómo la comida mejoraba en momentos estratégicos hasta instalaciones deportivas, laboratorios de lengua, estudios de música que solo se abrían cuando llegaba una delegación extranjera. O piscinas que solo se llenaban un par de semanas al año. Por cierto, de esas falsedades mi amigo Ernesto Chao y yo dimos cuenta públicamente a Carlos Lage, entonces secretario general de la Juventud Comunista en una visita que hizo a la escuela y lo único que conseguimos fue que más tarde el director general intentara intimidarnos. Y de esa experiencia de simulación e intimidación salió el primer texto de ficción que escribí en mi vida, una obrita de teatro titulada “Galileo y el masarreal” que nunca pude montar. Pero aún así nos quedaba la excusa de que tanta falsedad era obra de funcionarios intermedios.

Llegado a la universidad, entre las conversaciones con condiscípulos más enterados que uno, la comparación entre las revelaciones sobre el comunismo en Europa del Este y la realidad cubana y el terror pánico de buena parte de mis profesores para lidiar con ciertas verdades, fue que me quedé sin excusas racionales que ofrecer. Luego, la vigilancia y la persecución sobre los que intentábamos mejorar la realidad en que vivíamos, de democratizarla (todavía la palabra “totalitarismo” no era parte de nuestro vocabulario, pero “democracia” definitivamente sí) hicieron el resto. Esos años cubanos de la perestroika me enseñaron no solo que era el sistema el que generaba el desastre, sino que este no estaba interesado en ningún cambio que significara renunciar a un ápice de su poder y cedérselo a los ciudadanos.   

Tu libro brinda una cronología de los años ochenta en Cuba, y todo marca en general retrocesos. Aun así la juventud presenta nuevos proyectos y desafíos. Tú fuiste parte de ellos. Cómo es la visión de impulsar arte y cultura, sabiendo que lograr el éxito es difícil.  

Había mucha ingenuidad por parte de nosotros, ingenuidad de la que nos fueron curando los agentes de la seguridad del estado, los funcionarios del castrismo y el propio Fidel Castro cuando no solo rechazaban nuestras propuestas, sino que nos perseguían por hacerlas. A esa ingenuidad inicial súmale el aliento que nos daba saber que en la Unión Soviética se estaban reconociendo los errores y horrores que se habían cometido y existía una voluntad real de cambios. Y ver que nuestros represores inmediatos también sabían lo que ocurría en la URSS y eso los hacía comportarse con más contención que unos años antes.

Por lo demás si uno es joven y está vivo lo mínimo que puede hacer es intentar dotar a la existencia (artística, social, política) de vitalidad y sentido. Eso fue lo que tratamos de hacer en esos años. Si no cambiamos el país al menos nos cambiamos a nosotros mismos. Y cambiamos la idea que se tenía en Cuba por entonces sobre el arte y sus posibilidades. Cuando uno ve un performance callejero de Luis Manuel Otero Alcántara o un monólogo crítico de cualquier humorista actual o una galería o una compañía teatral que usa un espacio privado para crear proyectos al margen del Estado comprende que esas posibilidades empezamos a crearlas en la segunda mitad de los ochenta, a pesar del rechazo del propio Fidel Castro a aceptar los cambios que se estaban produciendo en Europa del Este. Cuando al fin los represores vieron sus manos libres tras el derrumbe del Bloque Comunista ya era demasiado tarde para retrotraer la vida cubana a los años del totalitarismo más cerrado, meter al genio de la libertad en la botella de la que había salido.

Hay quienes dicen que los cubanos no han hecho nada para procurar un cambio en el país. ¿Qué responderían a ello?

Siempre ha habido cubanos deseando y tratando de cambiar el país. Lo mismo con los movimientos guerrilleros y clandestinos de principios de los sesentas, que la contracultura de catacumbas que surgió luego y que vino a florecer con la generación del Mariel, o los movimientos políticos y artísticos surgidos en los ochenta, así hasta llegar a hoy. Piénsese en un detalle: los que participaron activamente en el derrocamiento del régimen batistiano no pasaban de diez mil, la misma cantidad de personas que, por cierto, se apretujaron en la embajada de Perú en 1980 en cuanto quitaron la guardia. En cada momento del castrismo ha habido una cantidad semejante o mayor opuesta al régimen, solo que, a diferencia de los opositores a Batista, no tenían enfrente un estado totalitario capaz de aplastar la más mínima señal de disidencia. Si durante el castrismo unas generaciones consiguieron hacerse más visibles que otras ha sido por circunstancias históricas que contuvieron en cierto grado la ferocidad del estado totalitario.

¿Qué aporta el humor a un mejor entendimiento de tus libros y la situación cubana?

La respuesta más corta es la de Woody Allen: “comedia es tragedia más tiempo”. Y a la tragedia cubana le ha sobrado tiempo para convertirse en comedia. No se me malentienda, la situación en Cuba sigue siendo trágica. De hecho, ahora es mucho más trágica de lo que lo haya sido nunca con la hambruna, el despoblamiento galopante, el envejecimiento de la sociedad, la parálisis productiva, la caída abismal de las condiciones de vida y la represión rampante y descarada. Pero también hay que reconocer que el sistema que sostiene esa tragedia es profundamente ridículo: solo hay que ver las justificaciones que usan para explicar tanto desastre.

 Por otro lado, el sistema que rige Cuba no es una simple dictadura. Es un sistema de control mucho más complejo -el del totalitarismo- que a su vez crea un impacto muy complicado en los seres humanos y en las relaciones que se establecen entre ellos. Y yo creo que el humor es la perspectiva ideal para lidiar con tanta complejidad asentada a su vez sobre una base tan ridícula: un tirano y un partido que determinan que la realidad es de cierto modo y todo el aparato del régimen -represivo, propagandístico, educativo, cultural- tiene que encargarse de acomodar el mundo real a como ellos digan. Y en esos casos solo te quedan dos opciones: el humor o la esquizofrenia. Yo prefiero el humor.

Asombra y entristece ver el grado de degradación a la que ha llegado Cuba como país. El castrismo tocó fondo hace mucho tiempo y sigue perforándolo con la esperanza de encontrar algo, que no sea otra cosa que más miseria y fango. ¿Qué más se puede esperar en Cuba?

Esa es una pregunta ante la que no tengo palabras ni ideas, solo fe o tozudez pura. Sospecho que si, luego de treinta años viviendo fuera de mi país, Cuba fuera un lugar medianamente normal y próspero me daría más o menos lo mismo ejercer de cubano. Es la tragedia en la que sigue atrapada Cuba la que nos hace seguir preocupados por su destino, la que nos convence de que su única esperanza -sus Obi Wan Kenobi- somos los que todavía nos desvelamos por ella.

Tus libros generalmente requieren trabajo de investigación, consulta y redacción. ¿Cuáles son tus próximos desafíos literarios y ensayísticos?

Tengo un par de libros terminados, buscando editorial: la novela “Los cimarrones de Greenwich Village”, que es la segunda parte de la Trilogía Cubana del Hudson en la que estoy empeñado y que trata sobre la presencia cubana en la zona de Nueva York y Nueva Jersey desde el siglo XIX hasta ahora. En 2019 se publicó la primera parte, “Turcos en la niebla” que se enfocaba en la época actual. Con “Los cimarrones…” retrocedo al siglo XIX, centrado en la figura de Cirilo Villaverde, el autor de la novela “Cecilia Valdés” quien vivió más de cuarenta años exiliado en Nueva York. El otro libro que tengo terminado es “Nueva York se escribe con Ñ” que es una historia de la presencia hispana en Nueva York desde el siglo XVI hasta 1960 contada a través de viñetas de corte humorístico. Por ejemplo, ¿sabías que el primer habitante no aborigen de Manhattan era dominicano? Por ese libro desfila todo el mundo: desde Francisco Miranda y José Martí hasta Diego Rivera y Rita Moreno.

Ahora mismo estoy trabajando en la tercera parte de la Trilogía Cubana del Hudson, la novela “Homero y yo”, que trata sobre la vida del gran músico ciego Arsenio Rodríguez en Nueva York, donde vivió sus últimos veinte años de vida. Ya terminé la primera versión, pero todavía requiere unas cuantas reescrituras. También trabajo en una obra de teatro, “Palíndrome”, con solo dos personajes remando en un kayak con los que abordo la actual polarización política en este país. En la primera mitad de la obra los personajes viven bajo una distopía de derechas y en la segunda mitad, una de izquierdas. Y ya que me preguntas por los ensayos empiezo a darle forma a uno sobre la recepción fuera de Cuba del arte y la literatura producida en el exilio. De este solo te adelanto el título: “¿Cubano o gusano?”.


*Aparecida en Libre.

 

jueves, 22 de enero de 2026

Arte Moderno en Cuba en los 40's

 


Espléndida, maravillosa, la conferencia que el crítico y profesor Alejandro Anreus dio anoche en el Instituto Cervantes de Nueva York auspiciada por el CCCNY. El tema, el arte cubano en los 1940’s fue expuesto por el conferenciante con un orden y una claridad y al mismo tiempo con una pasión y simpatía que no creo que haya dejado a nadie en aquel auditorio repleto al máximo sin deseos de seguir escuchándolo. Y es que Anreus es un crítico de los que ilustra al mismo tiempo que conmueve, partidario, como declaró al principio, de poner al artista en el centro de la crítica y no como mera ilustración de alguna teoría porque, como le decía su madre, “sin santos no hay misa”. "Se les olvida cual es el pollo del arroz con pollo" me comenta María Pérez. O peor: terminan consiguiendo que el pollo sepa a arroz.

Resumen de su propio libro recién publicado “Modern Art in 1940s Cuba Havana's Artists, Critics, and Exhibitions” la conferencia de Anreus era la síntesis de un país en un momento de gloria, imposible de reconocer a plenitud hasta ahora, en que se cuestiona su mera sobrevivencia. Areus anoche rescató la expresión “hacer patria” del ridículo en que usualmente se encuentra por tanto abuso, para darle un sentido casi literal a medida que desfilaban en su voz y sus imágenes artistas, obras y exposiciones. El crítico no pudo encontrar mejores palabras para concluir una conferencia convertida en arenga que las que le dijera el escritor Enrique Labrador Ruiz en una entrevista: “Tuvimos que haber visto la nación, la república, la cultura como una gran casa donde debimos sentarnos en el portal y, mientras el viento acariciaba nuestros rostros, conversar, conversar y escuchar”.

martes, 20 de enero de 2026

Presentación en Guttenberg

 




Presentación del libro "El túnel al final de la luz" en Guttenberg, NJ, pueblo con nombre de impresor acompañado inmejorablemente por Orlando Luis Pardo Lazo y Jorge Ignacio Domíguez y por un magnífico grupo de amigos.

martes, 13 de enero de 2026

Venezuela y el reloj roto

 


El profesor y escritor Emilio Ichikawa, memorable por tantas razones, solía repetir ante los aciertos de quienes le parecían perfectamente malvados o radicalmente idiotas que un reloj parado da bien la hora un par de veces al día. Eso pasa con el presidente Trump, tan errático a veces y tan mezquino siempre. Todos (o casi, porque no estaría donde está sin esos 77 millones de votos) critican por principio cada una de sus decisiones sin detenerse a pensar que nadie puede ser tan perfecto, ni siquiera a la hora de tomar malas decisiones. Y si nos convencemos de ello debemos comenzar a sospechar que nuestro resentimiento político le está ganando la partida a nuestra capacidad de entender el mundo.

Me imagino que ya sabrán, si el título no ha sido pista suficiente, que vengo a hablar de la situación venezolana a partir de la captura y enjuiciamiento de Nicolás Maduro, dictador en funciones hasta el 3 de enero. Acción criticada ya sea por afinidad ideológica con el chavismo, o por la dificultad que representa para muchos distinguir México de Venezuela en el mapa o porque viniendo de Trump la decisión de secuestrar a Maduro tendría que ser mala por necesidad. Cierto que la sarta de medidas tomadas por el actual presidente hasta ahora no invitan a otorgarle siquiera el beneficio de la duda: un coctel que mezcla el desprecio por las instituciones democráticas, guerras comerciales, persecución a la inmigración hispana, desplante a aliados tradicionales y acercamientos y concesiones a viejos rivales de Estados Unidos más unos modales que no deben despertar simpatía ni en su esposa. Pero justo por ahí aparece la imagen del reloj parado. ¿Está Trump incapacitado para hacer algo bien, aunque sea con las peores intenciones?

Más atendibles son las críticas a la violación de la soberanía nacional y el derecho internacional. Cierto que el tema de la soberanía lo complica el detalle de que en la defensa del exdictador se han reconocido más muertes de soldados cubanos que venezolanos, cubanos que estaban allí en base a oscuros acuerdos que no redundarían precisamente en beneficio de la soberanía venezolana. Una soberanía bastante cuestionada de por sí por la existencia de una dictadura, algo que, por definición, impide a un pueblo ejercer su soberanía correspondiente. El derecho internacional es asunto mucho más serio porque lo que se debatiría es si debemos resignarnos a que impere la ley del más fuerte o llegamos a algún consenso en el límite que no debe rebasarse en lo que toca a las relaciones entre países. Existe la tentación de apelar al argumento Hitler:¿acaso alguien lamentó la caída de Hitler por el detalle que el principal responsable de su derrota fuera Stalin? A veces la única manera de derrotar a un monstruo es con otro monstruo. 

No obstante, el propio juicio de Nuremberg contra los cabecillas nazis sigue siendo cuestionado por las reglas jurídicas que violentó -como el de juzgar por cargos no codificados sino hasta después de la ejecución del crimen- al punto que el fiscal norteamericano Robert H. Jackson en su declaración inicial como acusador apeló a la excusa moral: “El único refugio de los acusados ​​puede ser la esperanza de que el Derecho Internacional se quede tan rezagado con respecto al sentido moral de la humanidad que una conducta que es crimen en el sentido moral deba considerarse inocencia ante la ley”. Sin embargo, Jackson trataría de resolver el embrollo jurídico en que lo ponía el derecho internacional diciendo: “La Civilización pregunta si la ley está tan rezagada como para ser completamente incapaz de hacer frente a crímenes de esta magnitud cometidos por criminales de esta importancia”. Ciertamente Maduro no se compara siquiera con un subordinado intermedio de Hitler y ahí tenemos otro motivo de queja contra el nazismo (como si el Holocausto fuera poco): el convertir el Mal en una suerte de caricatura desmesurada frente ante la que prácticamente ningún malvado da la talla. Pero podríamos hablar de la sobrevivencia del régimen de Franco al terminar la Segunda Guerra Mundial que suele achacarse a la flojera o la complicidad de los Aliados en vez del respeto por el derecho internacional que ahora se invoca.

La insistencia de Trump en construir durante meses el caso de Maduro en torno al narcotráfico intentaba equipararse a la lógica de Jackson en Nuremberg: construir la acusación no como violador consuetudinario que ha sido de los derechos humanos de sus conciudadanos sino entendiendo su supuesta vinculación con el narcotráfico como acción hostil contra Estados Unidos. Uno se pregunta ¿qué habría pasado si el simpático de Obama hubiera ordenado el secuestro de Maduro como mismo ordenó el asesinato de Osama bin Laden? ¿O es que quizás lo que le permitía a Obama conservar su halo de simpatía era entender la diferencia entre un caso y el otro?

No ayuda mucho a entender las críticas al secuestro de Maduro que estas en su mayoría vengan de los mismos que durante años callaron ante los desmanes del tirano venezolano. Tampoco vale basar la crítica en la oposición a todo tipo de intervención extranjera porque de otra manera no nos hubiéramos podido librar de muchos temibles tiranos, desde Hitler a Somoza (sobre el segundo doy fe: un vecino de mío en Cuba, coronel de Tropas Especiales entró primero al búnker de Somoza que las fuerzas sandinistas). No obstante, quedan en pie dos hechos indiscutibles: por una parte la imposición de la ley del más fuerte solo va a empeorar el desequilibrio planetario, de Ucrania a Taiwán; por otra, la arbitrariedad con que ha conducido Trump respecto a la caída del tirano venezolano no hace sino reforzar su propia carrera como aspirante a tirano. Ah, pero afearle la alegría a los venezolanos, tan faltos de solidaridad es, además de hipócrita, perverso. Como hipócrita sería yo si dijera que no he compartido la alegría de tantos venezolanos. Y muy irresponsable sino compartiera sus preocupaciones ante la situación actual.

Soy de los que piensa que si el reloj Trump dio la hora en la madrugada del 3 de enero con la captura y traslado a Nueva York de Maduro lo hizo como un reloj parado, por pura coincidencia con el instante en que sus intereses se alinearon con los del pueblo venezolano. Porque ya al segundo siguiente evidenciaba sus fallas mecánicas al decir que: a) el motivo de su acción no era devolver a Venezuela a la senda democrática sino obtener su petróleo; b) el próximo objetivo de su ardor bélico sería nada menos que Groenlandia; c) que María Corina Machado (presidenta electa por persona interpuesta) no formaba parte de sus planes inmediatos para Venezuela y prefería entenderse con ese ser huérfano de toda virtud -democrática o de cualquier otro tipo- que responde al nombre de Delcy Rodríguez.

Uno entiende que a Trump le pareciera imposible convencernos de que le importaba el bienestar de los venezolanos pero para eso -digo yo- no tenía que representar esa caricatura del imperialismo norteamericano que se enseñaba en las escuelas del mundo comunista. Pero quien acuse a Trump de ser sincero debería retractarse. Cierto que su diplomacia del dron se corresponde con cada pliegue de su alma tosca y retorcida, pero exagera impúdicamente su control sobre la situación actual de Venezuela y aún más cuando habla de su futuro. ¿O es que de verdad cree que la pandilla que se graduó de la misma escuela de corrupción y crimen de la que salió Maduro ahora se convertirán en demócratas ejemplares? ¿Si tanto control tiene Trump sobre el régimen venezolano por qué hasta ahora solo han liberado un 1% de los presos políticos? ¿Porque prefiere que el 99% permanezca preso?

En este caso la agresividad habitual con que Donald Trump se comporta parece quijotesca frente a la perfidia de los cleptócratas venezolanos. Como cuando el Caballero de la Triste Figura trató de impedir que el bueno de Andresillo fuera golpeado por su patrón. No bien dio la espalda, confiado en el poder de su brazo y el de los juramentos de caballería, el pobre Andrés volvió a recibir una soberana paliza. Me temo que algo similar pase con los venezolanos dada la distancia que los separa de Washington DC o incluso de Mar-a-Lago.

La salida de Maduro de la ecuación del poder debería abrirse 
en Venezuela una posibilidad impensable hasta ahora. Sin embargo, ante la arrogante torpeza de Trump y la falta de apoyo del resto de la humanidad, no creo que la oposición de los venezolanos al chavismo tarde en acusar fisuras de todo tipo. La más temible de ellas emana del peligro de que no hayan aprendido nada del último cuarto de siglo de dictadura. De un lado están los que sueñan con un regreso a la Venezuela de 1998, a los tiempos del clasismo más rancio en que los pobres no contaban ni como estadística. Del otro los que alguna vez sucumbieron a los rencores sociales que encumbraron al chavismo y que estuvieron dispuesto a quedarse ciegos con tal de que los ricos quedaran tuertos. Y los pobres pobres que no saben a qué atenerse porque, más allá de la satisfacción de ciertos rencores que les ofreció el chavismo y de la miseria actual, frente al incierto futuro que se abre ante su país se preguntarán si esta vez habrá sitio para ellos. Para poner en marcha el reloj venezolano hará falta la participación consensuada de todos frente a un chavismo que aunque estremecido no ha perdido su capacidad de retener poder y de reprimir.

En cuanto a Cuba, mi país, no me hago ilusiones. No comparto la afirmación de Trump de que “Cuba está lista para caer” por mero efecto dominó por falta de petróleo venezolano. Más miseria no volverá más rebeldes a los cubanos. Ni más débil al régimen que lo oprime. Porque hay algo que siempre se le ha escapado a Occidente a la hora de entender el universo totalitario: lo que lo sostiene no es el dinero sino el miedo y este se puede producir hasta gratis.

viernes, 9 de enero de 2026

Granada, 1983: sobre vivos y muertos*




A eso de la una de la tarde del 26 de octubre de 1983, los estudiantes y profesores de la Vocacional Lenin fuimos pastoreados hasta la entrada de la escuela. No se dieron explicaciones, pero no era difícil intuir que aquella reunión excepcional estaba relacionada con la invasión estadounidense a Granada, iniciada el día anterior. Resultaba que, tras la revolución socialista llevada a cabo en marzo de 1979 por Maurice Bishop y sus seguidores, la isla caribeña —desconocida por nosotros hasta entonces— ya era parte de nuestra geografía político-afectiva que dividía al mundo entre el enemigo capitalista y naciones hermanas.

Pues en cuestión de días, Granada había pasado de nación hermana a un país convulsionado primero por un golpe de estado dentro del partido de Bishop y luego amenazado por una inminente invasión norteamericana. El futuro Premio Nobel V.S. Naipaul, llegado a la isla unos días después del final de la invasión, resumió así lo que vio: «En Granada —220 kilómetros cuadrados, 110 000 habitantes— la revolución era una imposición, tan teatral y desproporcionada como la presencia militar estadounidense a la que había dado pie».

La noche anterior a aquel mediodía, los estudiantes de la vocacional —junto con el resto del país— habíamos sido instruidos de los últimos acontecimientos por el mismísimo Comandante en Jefe en una conferencia de prensa televisada. Con el pretexto de proteger a un grupo de estudiantes de su país de la explosiva situación, el presidente Reagan había ordenado a su ejército invadir la isla. El Comandante en Jefe, ni corto ni perezoso, ordenó a los más de 700 trabajadores que construían desde hacía tiempo el aeropuerto de Point Salines y a la misión militar en la isla (que ascendía a unos 40 efectivos) repeler la invasión norteamericana que, previsiblemente, comenzaría por dicho aeropuerto.

El primer enfrentamiento entre la Meca socialista del Caribe y el imperialismo norteamericano iba a tener lugar en una isla diez veces más pequeña que la Isla de la Juventud, aunque con una población similar. Y para comandar aquel esfuerzo, el Comandante había elegido personalmente al coronel Pedro Tortoló Comas, a quien vaticinó que escribiría páginas dignas de Antonio Maceo; que era su manera en clave escolar de decirnos que Tortoló era negro.


O sea, que lo que escucharíamos ese mediodía del 26 de octubre de 1983 era el resultado del primer enfrentamiento militar entre nuestra patria y el imperialismo yanki, rivales que hasta entonces solo habían competido directamente en el terreno del deporte aficionado. Fue allí, a la entrada de la escuela, que escuchamos la voz trémula del antiguo anunciador de la cerveza Hatuey, Manolo Ortega, declamar:

«A las 09:55, la Embajada de Cuba en Granada informó que el último ataque enemigo sobre nuestras posiciones fue realizado con todos los medios: aviación de cazas, helicópteros, artillería de grueso y mediano calibre y morteros. Que al final, un grupo de seis compañeros abrazados a nuestra bandera continuaban combatiendo. A las 11:17, el embajador comunicó: No hay resistencia cubana, los combatientes de último reducto no se rindieron y se inmolaron por la Patria».

Esa demostró ser la mejor fórmula para enmudecer a cientos de adolescentes que habitualmente encontraban en casi todo un motivo de diversión: el martirologio de más de 700 compatriotas coronados por el detalle del abrazo a la bandera de los últimos seis. Nadie que haya escuchado aquella alocución olvida ese detalle y hasta juraría que en el comunicado se mencionaba que esos que abrazaban la bandera murieron cantando el himno nacional. Solo se echaría en falta un tocororo revoloteando alrededor de tanto símbolo patrio. Pero en ese momento —súbitamente entristecidos— ninguno de nosotros estaba para bromas.

Las chicas más sensibles y desinhibidas lloraban a moco tendido mientras los demás mirábamos al bueno de Faustino cuyo padre era uno de los 700 y tantos constructores presuntamente muertos. Lo mirábamos con la compasión que se dedica a los huérfanos muy recientes mientras él mostraba la pesadumbre y el desconcierto esperable en esos casos. No estábamos solos en nuestra angustia. Más tarde, pudimos comprobar que las autoridades se habían dado la maña para que a esa hora inusual todo el país estuviera frente a un televisor escuchando el comunicado en la voz trémula y cavernosa de Manolo Ortega, el único ser en la isla —junto al comandante-compositor Juan Almeida— que podía permitirse la posesión de un Alfa Romeo deportivo.

En ese estado de compunción colectiva estuvimos unas diez horas. De vuelta en los dormitorios, las luces apagadas e iniciados los trámites del sueño, un rumor, traído por profesores, se convirtió en gritería: ¡HAY MÁS DE 600 CUBANOS VIVOS! Aprovechamos la circunstancia para saltarnos los protocolos habituales y alborotar a toda la escuela con aquello de que los irremediablemente muertos de unas horas atrás estaban vivos. Y con la convicción de que el padre de Faustino estaba entre ellos. Porque al final, la cifra exacta de muertos —24— nos pareció pequeña comparada con el terrorífico comunicado leído por el propietario del Alfa deportivo. Pocos, pero más que suficientes para organizar un funeral de Estado al pie de la Raspadura de la Plaza de la Revolución en la primera oportunidad que mi generación tuvo acceso a ella. Porque más allá de la breve alegría de la rectificación numérica, se mantuvo el tono luctuoso durante un par de semanas.

Persistente luto que agradecí: por entonces trataba de aprenderme tantas canciones de Silvio Rodríguez como pudiera, tarea difícil en los días previos a sus famosos conciertos en Argentina, recién caída la dictadura allá, y que lo convirtieron en uno de los principales productos de exportación y hasta de consumo nacional —y previo a la aparición de YouTube o Spotify—. Sin embargo, alguien había decidido —con inusual perspicacia— que la única música que no desentonaba con aquella fúnebre circunstancia era la de Silvio y la del resto de la Nueva Trova. ¡Qué banquete me di de eras pariendo corazones y de cañones de futuro matando canallas! ¡Qué atracón de gerundios!

Frustrados porque la infinita maldad de los imperialistas yankis apenas hubiera dado para matar a 24 compatriotas, en paralelo al funeral colectivo se escenificó en vivo y en directo el desembarco a cuentagotas de los 59 heridos cubanos que causó la invasión. No obstante, en una de esas entrevistas en vivo la atención popular se fijó en un detalle que no cuadraba con la versión heroica que nos daban del coronel Tortoló: un herido declaraba haber estado junto al coronel mientras resistían a los invasores justo hasta que una explosión lo hirió, dejándolo inconsciente. Pero cuando el entrevistado despertó —como el dinosaurio de Monterroso— Tortoló, el supuesto émulo de Maceo, ya no estaba allí.

Durante semanas, el escarnio popular se cebó en el pobre coronel sin considerar que su supuesta cobardía y su renuencia a dejarse matar (como le ordenara el Comandante) había salvado más de 700 vidas. Durante años, Tortoló se convirtió en sinónimo de cobardía y velocidad de piernas, pero la lección de Granada sirvió para algo más que un puñado de chistes chuscos, elementales. Porque fue la primera vez que los cubanos de mi generación pudimos comprobar casi de inmediato y sincrónicamente que el régimen nos mentía. Y créanme que solo con el Granma y el ICRT a nuestra disposición no era poca cosa. El Gobierno podía aludir que había sido desinformado y hasta engañado por sus funcionarios, pero no le quedaban excusas para justificar tanta credulidad. Y si se mira con atención, se nota un gran interés por parte del máximo líder en creerse que el imperialismo yanki se había cargado 700 compatriotas de un golpe. Nunca somos más crédulos que cuando la realidad parece confirmar nuestros prejuicios.

Porque si se revisa sin las orejeras de la fe lo ocurrido en aquellos días, cada detalle apunta a que Fidel Castro laboró intensamente en favor de una gran masacre de cubanos a manos norteamericanas. ¿A qué otra intención obedece que insistiera —en vez de evacuar al personal cubano del sitio caótico y peligroso que era Granada tras el golpe de estado contra Bishop y su posterior asesinato— en convertir a los constructores del aeropuerto en defensores de un régimen difunto? Castro declaró en la comparecencia del 25 de octubre: «los lamentables acontecimientos ocurridos en Granada hacen moralmente imposible, ante nuestro pueblo y el mundo, el sacrificio inútil de enviar dichos refuerzos para luchar contra Estados Unidos».

Si era un sacrificio inútil mandar refuerzos a los constructores atrincherados en Granada, ¿acaso no lo era ordenarles que resistieran la invasión norteamericana hasta el último hombre y la última bala? ¿Realmente pensaba Fidel Castro que sus 700 soldados aficionados podrían resistir mínimamente a una fuerza élite diez veces superior en número y armamento? ¿Les envió acaso para dirigirlos a uno de los tantísimos oficiales de primera que habían sobresalido en sus campañas africanas? No. Pedro Tortoló Comas era por entonces el jefe del Estado Mayor de la escuela de responsables de milicias del Ejército Central, un puesto bien bajo en el escalafón guerrero del castrismo. O sea, una pieza tan desechable como aquellos cientos de constructores.

¿Piensan que exagero? El 25 de octubre, durante la conferencia de prensa que siguió a su comparecencia televisiva, un periodista extranjero tuvo el atrevimiento de preguntarle si su intención era sacrificar al personal cubano en Granada y la respuesta del primero de los Castro fue: «Bueno, no seríamos nosotros, sino Estados Unidos quien sacrificaría a los cubanos. Ellos iniciaron el ataque; ellos lo han mantenido. Nosotros, por un principio elemental de honor y el legítimo derecho a la autodefensa, nos hemos estado defendiendo de estos ataques. Si nuestros compañeros deben morir bajo ataque, morirán en un acto de defensa absoluta y legítima. Lo que no podemos hacer es decirles que dejen de defenderse si son atacados».

Más allá de los malabares gramaticales para conseguir que «nosotros» nos defendamos pero son «ellos», los constructores, los que van a morir, esa respuesta revela el plan maestro del Comandante: ya que se había perdido Granada como cabeza de playa caribeña de su imperialismo subsidiado por la Unión Soviética (en esos días el castrismo tenía personal militar en sitios tan distantes como El Salvador, Nicaragua, Angola y Etiopía), al menos quedaba la oportunidad de que los pobres constructores «aunque incapaces de resistir la abrumadora superioridad militar de las fuerzas estadounidenses —incluso perdiendo la batalla y sacrificándose— aún podrían infligir una costosa derrota moral a Estados Unidos». Y la «costosa derrota moral» consistía en convertir al ejército norteamericano en el ejecutor de una espantosa matanza de civiles malamente armados.

El mensaje enviado desde la embajada a las 11:17 a. m. del 26 de octubre (supongo que sea la hora de Granada, o sea, una hora menos en Cuba) encajaba a la perfección en la escenografía de la «derrota moral» norteamericana que tan febrilmente había preparado el Comandante en Jefe. Solo él pudo tomar la decisión de convertir la comunicación enviada desde la Embajada cubana en Granada en comunicado oficial. Solo él pudo ordenar que fuera transmitido un par de horas después a todo un país al que se le había conminado a encender los televisores a la inusual hora de la una de la tarde.

El entonces embajador cubano en Granada, Julián Torres Rizo, al atreverse a hacer el recuento de aquellos días casi 40 años después, se reconoce como responsable de no avisar «que la información enviada no estaba verificada», pero añade: «[la] decisión de hacerla pública se tomó en La Habana». Y en ese uso del impersonal se refugia el único nombre que pudo tomar tamaña decisión. Agrega Torres Rizo: «las informaciones que se tomaron para ser difundidas no fueron las únicas enviadas a La Habana desde la embajada». El embajador no explica el carácter de esas otras comunicaciones, pero que Castro les hiciera tan poco caso como a las noticias de las agencias internacionales de prensa y en su lugar eligiera la más tremebunda de todas nos habla de su tendencia a confundir deseos con realidad. Y su mayor deseo en aquellos días era el de convertir a Granada para el contexto de América Latina y el Caribe «en lo que el Moncada fue para la tiranía de Batista en Cuba». O sea, transformarla en una gigantesca campaña publicitaria sobre la maldad del contrario y el martirologio propio.

Torres Rizo relata sobre su llegada al aeropuerto José Martí el 9 de noviembre de 1983: «el comandante Piñeiro me informó que el Comandante en Jefe estaba en el aeropuerto y, tal vez, quería conversar conmigo». Sin embargo, Torres Rizo no fue «mandado a llamar, ni esa noche ni en ninguna otra ocasión, por lo que nunca más nos volvimos a encontrar». ¿No les resulta raro que apenas dos semanas después del papelazo tremendo de anunciar una falsa matanza en Granada el Comandante en Jefe no le hubiera pedido explicaciones al responsable? Me dirán que ese silencio casa con el estilo mafioso de hundir al subordinado en falta en el desprecio más profundo, pero ¿no sería mucho más importante en ese momento reunir la mayor cantidad de información posible?

Ya sé que cuesta trabajo ponerse bajo la gorra de alguien como el Comandante en Jefe, pero la más elemental conclusión que se me ocurre es que no había nada que supiera el ya exembajador de lo que Fidel Castro quisiera enterarse. Sorprende menos saber que, la misma noche de su llegada, el exembajador insistiera en que la televisión nacional le hiciera una entrevista de dos horas y que esta nunca saliera a la luz. Y, a juzgar por su recuento casi 40 años después, Torres Rizo tenía detalles interesantes que ofrecer. Como la manera en que —según él— se iniciaron las hostilidades entre la tropa norteamericana y los cubanos:

«Según informaron por la planta de radio desde la misión militar, una parte importante de los cubanos se entregaron a los invasores en la mañana del día 25. Incluso, recuerdo que me iban comunicando estimaciones del número de constructores que estaban en manos de los yanquis. Estas informaciones las transmitía para La Habana inmediatamente después de ser recibidas».

«Usando a los prisioneros como “escudos humanos”, las tropas yanquis avanzaron en dirección a la misión militar de Cuba en Granada; era un grupo numeroso de prisioneros el que usaron para exigir la rendición de esta posición y, al no conseguirlo, se generalizó el combate».

Una manera indirecta de decir que, sin objetivos claros que defender en una isla cuyo líder y aliado acababa de ser ejecutado, incluso esos 24 muertos que a nosotros nos supieron a poco pudieron haberse evitado.

Pienso en lo anterior a propósito de la noticia de los 32 militares cubanos muertos durante la operación norteamericana que terminó con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. Grandes son las diferencias de lugar, tiempo y circunstancias, pero permanece intacto el método de manipular vidas, muertes y realidades. Porque casos como estos revelan que la lógica del sistema no busca salvar vidas, sino sacarle el mejor provecho (político) a las muertes.

En su condición de soldados improvisados dispuestos a morir tras una orden del Comandante, los constructores recibieron la exposición máxima como víctimas camino al matadero. En cambio, los miembros de la escolta de Maduro no existían oficialmente hasta el momento de anunciar su muerte en las páginas del Granma. Su encomienda era igualmente mucho más concreta que infligirle una derrota moral al imperialismo yanki. Se trataba de proteger a toda costa el envío a Cuba de petróleo venezolano gratuito ayudando a mantener a Maduro en el poder. No tenemos ningún detalle sobre sus muertes. Apenas conocemos un número, unos nombres y unos rostros a los que se les puso un uniforme en Photoshop para darles cierto aspecto marcial póstumo. Datos que bastan para ciertas inferencias básicas. La de que si murieron 32 debe haber un número dos o tres veces superior de heridos y unas cuantas decenas —si no cientos— de sobrevivientes cubanos pertenecientes al dispositivo de seguridad de Maduro. Eso sin contar con los otros miles repartidos por el aparato militar y represivo, valga la redundancia, de Venezuela. No obstante, han cambiado los tiempos y más allá del nuevo revés del inexplicable mito de la invencibilidad militar cubana y de la confirmación de su persistente talento para la mentira es al régimen de La Habana al que le toca hacerse preguntas mucho más serias. Esas en la que les va la vida o la muerte.

*Publicado originalmente en El Toque.

Ver:
Torres Rizo, Julián, “Granada, septiembre–noviembre, 1983: Por el ex embajador de Cuba Julián Torres Rizo”. Cuban Studies, 2022, No. 51 (2022), pp. 227-281