sábado, 16 de marzo de 2019

“Hotel Presidente”*

Alejandra:

Ya antes de llegar a Cuba intenté imaginar cómo sería vivir en «el primer territorio libre de América». Me veía como una Alicia morocha desembarcando en el país de las maravillas, pero sin reina que me quisiera cortar la cabeza. Como cualquier niño, en aquellos días yo era muy literal. «Es un pueblo invencible, un pueblo de gigantes», decían en los panfletos políticos que trasegaban mis padres, y yo me imaginaba a gente inmensa que podía volar y detener las balas con la mano. Así que las primeras decepciones que sufrí fueron de mi entera responsabilidad. Mi llegada a La Habana, más que inmersión en el pueblo más libre del continente, fue un salto al vacío, porque del aeropuerto nos llevaron al hotel Presidente, y allí los únicos cubanos que se veían eran los empleados del hotel. Ya tendría tiempo para enterarme de que en ese hotel el salto al vacío era algo más que una expresión retórica.

«¡Viven en un hotel!», exclamaban los cubanos con los que por fin nos encontramos, con una envidia que se les chorreaba en suspiros. Y suspiraban porque ellos no sabían (creía yo) de cucarachas como nunca había visto en mi vida: criaturas enormes que paseaban tambaleándose bajo sus alas de bordes de miel convencidas —como buenas cucarachas revolucionarias— de que poco importa la muerte —a zapatazos— si de inmediato alguien va a ocupar tu lugar en el frente de lucha. Aunque eran tantas como para preguntarse si valía la pena matarlas. Años más tarde, cuando en las clases de matemáticas me hablaban de los números infinitos, los imaginaba en forma de las cucarachas enormes y parsimoniosas del hotel Presidente.

Pero éstas no eran el peor problema del hotel. Lo peor eran los huéspedes, todos exiliados de algún país sudamericano, sobre todo de Chile, aunque también había uruguayos, algunos bolivianos, colombianos y, por supuesto, argentinos. Daba lo mismo de dónde fueran: casi todas las semanas uno que otro se lanzaba desde las ventanas más altas hasta espachurrarse contra las losas del portal que rodeaba al hotel. Gente con historias terribles que no encontraba otra manera de zafarse de ellas que saltando por la ventana. Años más tarde descubrí que mi madre se había puesto de acuerdo con los que trabajaban en el recibidor para que le avisaran si alguien se acababa de suicidar y así evitar que yo viese el reguero de sangre y sesos por el piso. La llamaban y decían: «Compañera, no baje ahora que estamos limpiando». (Dicen que se trató de resolver el problema poniéndoles rejas a las ventanas del hotel, pero al final decidieron que era mucho más sencillo limpiar las baldosas del portal con agua a presión que enrejar las ventanas de ciento cincuenta habitaciones. Y lo cierto es que los compañeros se la pasaban todo el tiempo limpiando los bajos del hotel).

Compañera. Compañero. Palabras que todos los cubanos de por aquí evitan, porque les recuerda el tono de intimidación, de chantaje colectivo, con que eran pronunciadas en la isla. Aunque era preferible que te llamaran «compañero» que «señor» o «ciudadano». O peor, «sujeto», que es como los policías se refieren a quienes llevan detenidos a la comisaría. Confieso que al llegar a Cuba no encontraba palabra más dulce que compañero. Mientras en Argentina estaba impregnada de un aura de riesgo y de complicidad, en Cuba todos se llamaban así en público, como si fueran compañeros de lucha o de cama, aunque no se conocieran. Me gustaba. Era el conjuro con que una niña acompañada sólo de su madre y su abuela conseguía que todos los cubanos fueran parte de la gran familia que la estaba acogiendo. Aunque el «compañera» a veces sonara a regaño, a manera insidiosa y recíproca de humillación, a desfachatez de agua sucia que se tira a la calle sin mirar quién pasa, yo insistía en sentirla como una caricia, una mano amiga en el hombro. Algo así como «No te preocupes que no estás sola». O: «Acompáñame a resolver algo juntos». Evitaba que me sonara a «Lo siento mucho, pero si vas a vivir aquí te tienes que acostumbrar». No fue hasta después, luego incluso de cambiar el acento, que empezó a molestarme que me llamaran «compañerita», porque, excepto si se trataba de una madre hablando de las condiscípulas de su hija, no había manera de que esa palabra —compañerita— se pronunciara sin una dosis intolerable de desprecio. «¿Está segura, compañerita, de que eso fue lo que me pidió?».

Del hotel Presidente nos mudamos al apartamento de Altahabana. Era en la planta baja. Al llegar me llamaron la atención los canteros llenos de yerba y sin más flores que un marpacífico que crecía aturdido: por qué justo a él le había caído la responsabilidad de que aquello pareciera un jardín. Las paredes exteriores estaban manchadas de tierra, más o menos a la altura de la rodilla, como si a cada rato se levantara una marea de fango colorado que al retirarse dejara su marca. Pero lo que más me impresionó —me sobrecogió, podría decir— fue el tamaño del apartamento. Daba la impresión de que cabía dentro de nuestra habitación del hotel Presidente y sobraba espacio. Miré a mi madre de frente y le dije: «Compañerita, ¿así que éste es el apartamentito que le han dado?», y con una crayola me puse a pintar una casita en la pared. Una casita con chimenea, un caminito hasta ella y flores alrededor: una manera de decirle que después de todos esos meses en el hotel Presidente mi idea de casita seguía siendo la misma de siempre, aunque nunca hubiera vivido en una casa con chimenea.

Años más tarde le contaba la historia de mi llegada al apartamento de Altahabana a una amiga cubana y el padre, un ingeniero de barba y arrugas talladas en la frente, levantó la vista de un atlas y me dijo: «Pues por un apartamentito de ésos yo estuve trabajando en la construcción durante tres años para que al final nos dijeran que tendríamos que trabajar tres años más porque los que construimos había que dárselos a unos compañeros latinoamericanos». Nunca la palabra compañeros me supo tan amarga.

De los meses tenebrosos en el hotel Presidente recuerdo en especial a Carlos el Polaco, compañero de mi padre —y aquí compañero debe oler a clandestinaje, a reuniones susurrantes, a llamadas en clave—. Carlos había podido escapar por puro milagro de Argentina y, por lo inverosímil de su huida, sobre él recaía la sospecha de ser un infiltrado de la dictadura. Vivía justo encima de nosotros y tenía la costumbre, al llegar de la calle, de dar un par de taconazos en el piso, como para invitarnos a hacerle la visita. Si mi madre prefería que fuese él quien nos visitara, daba a su vez unos golpes en el techo. Pero mi madre prefería dosificar nuestros encuentros con Carlos, porque —según me contó más tarde— ya le había declarado su amor por ella. Entre eso y haber sido oficialmente reconocida como viuda de la Revolución Latinoamericana, hacía que Carlos se sintiera obligado a acosarla cada vez que la viera.

No siempre daba éste taconazos de aviso al llegar. En ocasiones se desplazaba por su habitación con todo el cuidado que podía —que no era mucho, porque Carlos se movía con la delicadeza de un elefante miope— y al rato su cama empezaba a tambalearse y a rechinar. Era lo que el propio Carlos llamaba su «servicio social». Tal servicio consistía en consolar a las exiliadas que habían perdido a sus maridos en algún recodo de la Revolución Latinoamericana, y evitar así que se lanzaran por las transitadas ventanas del hotel Presidente. No serían pocas las vidas que Carlos salvó.


*Fragmento de la novela Turcos en la niebla publicado en La libélula vaga.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Lo claro


Llevan días dando la tabarra con un reportaje del New York Times que afirma que quien prendió -accidentalmente- fuego a la ayuda humanitaria en la frontera colombo-venezolana fue un miembro de la caravana misma y no la policía fronteriza. No lo sé, no estaba ahí pero uno tiende a pensar que el principal sospechoso de que la caravana se incendie es el mismo gobierno que ha hundido al país en la miseria para luego negarse a aceptar ayuda, el mismo gobierno que masacra al pueblo en las calles de todo el país y que puso todo tipo de obstáculos físicos para impedir el paso de dicha caravana. Pero va y no. Va y en ese caso específico quien inició el fuego fue un antimadurista algo que no puede descartarse porque la estupidez nunca ha sido monopolio de ningún bando. Lo verdaderamente claro es el deseo de hablar de cualquier cosa excepto de los crímenes que día a día el gobierno de Maduro comete contra Venezuela. Y eso, señores, se llama complicidad.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Making of

Zenda, la prestigiosa revista de libros, publica hoy mi making of de Turcos en la niebla:

No soy precisamente un escritor realista, pero la realidad me es igual de necesaria. Sobre todo si se trata de mentir. Por eso, la novela que pensaba escribir sobre Cuba debía esperarse a que yo pudiera viajar a la isla como cualquier persona normal regresa a su país. Porque, por mucho que intento pasar por normal, mi país insiste en no serlo. Esa fue la circunstancia que me llevó a escribir sobre la realidad que me rodea desde hace más de veinte años.
Ya era hora, después de todo. West New York, en Nueva Jersey, es un pueblo más bien feo, a un cuarto de hora del Nueva York que todo el mundo conoce. Entre mi pueblo y Manhattan se extiende un río, el Hudson, que convierte esos quince minutos en otra dimensión. Tampoco se trataba de contar la historia del pueblo, algo de lo que West New York carece, como casi todos los pueblos feos. Contaría la historia de un grupo de amigos que se van asentando allí en diferentes momentos sin saber que están condenados a conocerse. Me proponía contar —en lo que todavía no era Turcos en la niebla el nacimiento de un mundo. Como en la Biblia, o en las historias tribales de Chinua Achebe. Pero por muy optimista que fuera, debía asumir que crear un mundo —como saben por igual Dios y Achebe— es iniciar el camino de su destrucción.

Historias sobraban. Había pasado años escuchándolas. La zona donde vivo es un tesoro arqueológico de cuentos para quien quiera recogerlos. Aquí se han asentado generaciones de migrantes como naufragios sucesivos (Los náufragos de Bergenline fue el primer título que manejé). Desde los inmigrantes económicos de mediados de siglo a los exiliados de las décadas siguientes. Huyendo de Batista o de Fidel. Muchos enfrentaron a ambos, escaparon de ambos. Trabajadores, campesinos, músicos, tenderos, deportistas, traficantes varios. Prisioneros políticos por veinte y hasta por treinta años. Marielitos y balseros. O gente que ha atravesado medio continente caminando desde Ecuador hasta llegar a Estados Unidos. Y lo siguen haciendo. A muchos, sobre todo en los primeros años de la estampida, no los dejaron llevarse ni el anillo de compromiso ni las fotos familiares, pero todos se trajeron sus historias. Mi reto como novelista consistía en darles coherencia, vida propia, en la carne inventada de unos cuantos personajes. Justo entonces la realidad vino a auxiliarme en la forma de un edificio gris, chato y macizo de dos pisos con el que mi vista tropieza cada vez que salgo de mi casa. Está justo en la esquina y domina el cruce de calles. Parece un cuartel, un sitio adecuado para atrincherarse y desafiar el mundo. En los bajos funciona una tapicería. O fábrica de muebles, no estoy seguro. En cualquier caso, uno de esos artefactos dedicados a mantener gente ocupada en algo aparentemente útil. No fue difícil imaginarme a mi héroe parapetado en el piso superior, rodeado por armas coleccionadas durante años, listo para dispararle a los policías y al cerrajero cuando vinieran a embargarle el taller por falta de pagos. Un claro intento de suicidio, teniendo en cuenta que estos, al ser atacados, pedirían refuerzos. Y que en cuestión de minutos, esa obsesión norteamericana por el control sobre lo real convertiría esa esquina en la mayor concentración de policías de todo el condado. Mientras los policías fueran cercando a mi héroe, Wonder Recio, este le explicaría al mundo la acumulación de traiciones (de la familia, las amantes, los amigos, la Historia) que lo habían llevado hasta ese punto. Hablaría (al menos cuando empecé a escribir la novela) a través de una cámara que de alguna forma transmitiría la grabación por Internet. Tiempo más tarde, la irrupción de Facetime en el mundo real me ha evitado tener que dar demasiadas explicaciones.
El monólogo rabioso de Wonder lo entrelacé con los de otros tres personajes. El de Alejandra, su examante, psicóloga argentina exiliada durante buena parte de su vida en Cuba. Una cubana exiliada a todos los efectos, a excepción de lo fácil que le fue salir de la isla. O de la distancia mínima que pone entre la visión de sus compatriotas postizos y la suya propia. También estaba el monólogo del British, un historiador del arte para quien el momento más alto de su vida fue la posibilidad frustrada de nacer en otro país. Un mentiroso en serie a la búsqueda de maneras cada vez más sofisticadas de complicarse la vida. Y estos monólogos a su vez se alternan con el de un marielito, esto es, un hijo del éxodo más profuso de la historia cubana. Un Ulises caribeño, bromista y fecundo en ardides, que tampoco puede evitar que los dioses tejan desdichas para entretenerse a su costa.

Pero la concepción de Turcos en la niebla también puede contarse así: abandonada mi novela cubana, decidí escribir una trilogía de novelas sobre el exilio cubano a orillas del Hudson, un sitio en el que los compatriotas, urgidos por motivos variados, han venido a recalar durante casi doscientos años. Y comencé a escribir la correspondiente al siglo XIX hasta comprender que me faltaba información suficiente. Cuando ya rebasaba el centenar de páginas decidí abandonarla (de momento) y, mientras seguía investigando sobre el siglo XIX, escribir algo más fácil. Tan fácil como poner a cuatro personajes contemporáneos a contar las historias de sus respectivas vidas. Fácil como hablar unas cuantas horas sin parar y luego editarlo un poco. Al menos eso fue lo que pensé.
Casi seiscientas páginas (y varios años) más tarde ya tenía idea de lo complicado que era crear cuatro historias paralelas contadas con un estilo distinto en cada uno de ellas, con voces reconocibles, personajes coherentes. Con tramas con intensidad y consistencia dramática suficientes para invitar al lector a seguirlas durante tantas páginas. Para tratar de conseguir esa continuidad en las diferentes voces escribí cada uno de esos monólogos por separado y luego los fui trenzando unos con otros hasta conseguir una historia compacta de conjunto. Creé incluso un tablero con los capítulos de los monólogos de cada uno de los personajes anotados en post-its de diferentes colores para tener una idea más clara de la estructura que iba a armar. Tampoco fue fácil decidir qué personajes morirían y cómo. Quiénes seguirían viviendo y cómo. Siempre cuesta trabajo, por ficticios que sean los personajes.
Luego quedaba afinar las historias, eliminar las incoherencias, aclarar ciertos puntos de la trama, ajustar el tono de las voces. Y eliminar más de cien páginas con la ayuda de un amigo, excelente lector, a quien le tembló el pulso menos que a mí. Y luego más ajustes, relecturas y la sorpresa del Premio Unicaja Fernando Quiñones: la noticia de que mis personajes, esa tribu peculiar que había armado con materiales locales, se hacían entender al otro lado del Atlántico. ¿Se imaginan a un investigador de la NASA en el momento de escuchar un mensaje proveniente desde otra esquina de la galaxia? Bueno, ese premio fue la manera de enterarme de que Wonder, Alejandra, British y Eltico estaban menos solos de lo que pensaba.

viernes, 1 de marzo de 2019

Hablando de la patria en CASA


El lunes pasado estaba invitado a una charla con los integrantes de la Cuban American Student Association (CASA) de mi universidad. Una experiencia magnífica por varias razones. En primer lugar por la oportunidad de reunirme con un grupo de muchachos magníficos, sanos, casi todos cubanos de tercera generación que sin embargo hablaban en perfecto español. La conversación, no obstante se desarrolló en inglés en atención a una muchacha norteamericana que se unió al grupo. También me había pedido permiso para asistir una pareja de jóvenes cubanos llegados no hace mucho y, por supuesto, accedí.

El tema de la charla se suponía que fuera la historia de la presencia de los cubanos en Nueva York pero preferí no extenderme en él. Apenas expliqué los datos elementales para que entendieran la importancia de la ciudad no solo para la historia cubana de la inmigración (lo que convertía a Nueva York en un equivalente del Miami) sino para la propia formación de la idea de lo cubano y de muchos de sus símbolos más reconocibles. Insistí en lo mucho que se ha subestimado este aspecto y lo compleja que debió ser para la joven república intentar poner en práctica las ideas de democracia, política republicana y modernidad que importaron los exiliados cubanos al regresar a la isla.

Bastante más interesante fue, al menos para mí, que los estudiantes me hablaran de su idea de ser cubanos, el modo en que se comunican con esa parte de su identidad, la manera en que transitan entre sus diferentes avatares. Tuve que confesarles que ese no era mi caso. Que no tengo opciones. Que soy cubano las 24 horas. Que apenas soy norteamericano a la hora de ejercer mis derechos como ciudadano (a la hora de viajar o votar) o como consumidor (como cuando voy al costumer service con un artículo defectuoso y regreso cantando “God Bless America”). Y todo ello sin que sienta un ápice de nostalgia por el país que dejé atrás. Que como cualquier exiliado, cargo mi país conmigo. Les expliqué que en ciertos detalles esenciales la mentalidad del exiliado es distinta a la del inmigrante. Que su objetivo no es integrarse por completo al país de llegada ni reunir dinero suficiente para volver al país de origen. Que algo en él se resiste a disolverse en el país de acogida, por hospitalario que le resulte. Por eso insiste en que sus hijos hablen su idioma, que preserven sus raíces. Para que de inmediato yo les advirtiera a los muchachos de CASA del peligro que entraña la propia idea de raíces, de vernos como una especie de boniatos incapaces de ser trasplantados a ningún otro sitio.

Porque también de eso se trata. De vencer la superstición que desde hace rato fomenta el régimen cubano de que los cubanos quedamos irremediablemente disminuimos una vez que escapamos del suelo que tan bien controlan. Y entre las tantas cosas que perdemos, supuestamente están nuestras facultades creativas. Que sobre eso escribo obsesivamente desde hace años. No para demostrarme que soy algo más que un boniato. Se trata de desarrollar nuestra capacidad individual y colectiva de crearnos un país fuera del país, una patria portátil donde quepa lo bueno que puede tener ser cubano y mantener a distancia sus infinitas miserias. Creo que en algo así pensaba Martí cuando decía "Aquí no somos desterrados sino fundadores". Un experimento en el que los judíos nos llevan milenios de ventaja y que nos ofrece un buen modelo  seguir.

Y entonces entramos de lleno en la política. O en lo que llamamos política que no es más que el lenguaje concreto de lo molesto abstracto, disculpen el retruécano. Que si la salud y la educación, esa vieja tonada. Y ahí entró en acción aquella pareja que mencioné antes y que me acompañó en la labor cansona de ir desbrozando lo obvio. Y como si de una coreografía se tratara nos íbamos completando los argumentos y ejemplos evitándome la fea impresión de que a casi 24 años de salir de Cuba estuviera hablando de un país que solo existe en mi imaginación. Dejarle claro a aquellos muchachos que no es manía de sus padres o mía, sino que aquella realidad insiste en repetirse miserablemente como si para aquella isla no hubiese otra opción. Cuando llegó el momento en que debí ofrecer alguna esperanza opté por la mala política de la sinceridad. Les confesé que yo era optimista con todo menos con Cuba. Que no veía salida ni siquiera a mediano plazo. Y que a largo plazo ya se sabe: todos estaremos muertos. Que si alguna esperanza me quedaba era la que alentaba la existencia de gente como ellos. Muchachos que tres generaciones más tarde seguían identificándose como cubanos, hablando español y persistiendo en la religión de los frijoles negros, Celia Cruz y Martí. Y luego, poco más. Había que entregar el local tras dos horas que habían pasado como un instante y salí de allí sintiéndome más vivo que como había entrado. Espero que con ellos pasara lo mismo. 

P.D.:

Y hablando de patrias portátiles. Escúchese la patria magnífica de sonidos  que ha erigido el pianista Pepe Rivero con su Yoruba Suite ejecutada por su noneto de jazz acompañado por orquesta sinfónica en Madrid:

lunes, 25 de febrero de 2019

Esta noche


¿Elecciones para qué?


¿Para qué sirven las elecciones en Cuba? Parece una pregunta retórica pero no lo es. Recuerdo que meses después que se celebró aquella famosa elección del “Vote por todos” en 1993 me tropecé con una cola en la Calzada de 10 de Octubre. Como buen Cubano primero marqué y luego pregunté qué vendían. Helado me dijeron. En realidad no era helado sino más bien un durofrío con pretensiones. Algo parecido a lo que acá llaman slurpees. De limón. Era la época en que si no llevabas un recipiente no te despachaban nada pero, sorpresivamente, estaban sirviendo aquel helado de limón en unos cucuruchos de papel blanco. Pues me tragué el contenido en menos de lo que ahora tardo en teclearlo y cuando abro el envase descubro que el cucurucho estaba hecho precisamente de una de aquellas boletas de la elección pasada. Mi pregunta es (y no es retórica) ¿cómo está la situación con los envases de helado en estos días en La Habana?

viernes, 22 de febrero de 2019

Raúl Ciro, in memoriam


El músico cubano Raúl Ciro, el autor de “Villa de París”, de “Coopere con el artista cubano”, de “Dos x dos”, de “Regulación menstrual”, de parte de lo más intrincado y deslumbrante de la banda sonora de una generación, ha muerto. Lo decidió el mismo, al parecer. Sobran los detalles. Cabe ahora la tentación de releer su obra, oscura e intensa, como una larga profecía de su muerte. Prefiero, en cambio, pensar sus canciones como una cuidadosa descripción de su lucha por la vida pese a todo lo que le molestaba de ella. Porque lo cierto es que cada detalle incómodo de la existencia a Raúl le molestaba con más intensidad que a cualquiera de nosotros.

Eso creo que nadie lo discutirá: Raúl era el más sensible de nosotros. No nos dimos cuenta cuando irrumpió en la peña de 13 y 8 donde cada sábado se reunían los cantautores (palabra que odiaba Raúl) que iban a revolucionar la música cubana en los años siguientes. En aquellos momentos estábamos demasiado absorbidos por su influjo, demasiado intimidados, para detenernos en detalles como su sensibilidad. La confundíamos con sus intuiciones, que eran tremendas, y que lo situaban en una dimensión distinta a la nuestra, en la que viajaba acompañado por su compinche, Alejandro Frómeta, otro ser especial donde los haya. Entre los dos ayudaron a convertir aquella peña en algo que la excedía. De colección formidable de músicos en una suerte de culto liberador.

Y, si se piensa bien, era raro que Raúl Ciro fuera líder de aquella variopinta reunión de egos. Porque Raúl ni pretendía dirigir a nadie y las más de las veces resultaba imposible adivinar qué deseaba hacer o lo que pretendía con tales acciones. Creo que fue idea de Raúl la de conmemorar en abril de 1990 el aniversario de la invasión de Bahía de Cochinos. Pero no para celebrar la victoria de nadie sino los muertos de todos. “Todos los que murieron allí, en ambos bandos, eran cubanos”, decía. Gracias a él aprendimos, de forma definitiva y sin que el soborno de la política, merced a la sangre derramada sin distinguir bandos, los derrotados habíamos sido todos nosotros.

Toda la trayectoria musical y humana de Raúl Ciro fue, y muchos fuimos testigos de ello, un estricto culto a la dignidad y a la coherencia. Cada imagen que surgía en sus canciones, por abstrusa que pareciera, era una delicada y consecuente descripción del estado temporal de su alma y aún de su mundo interno y sus acciones externas. De su infinita necesidad de dar y recibir amor. Si algún romántico he conocido ese fue Raúl Ciro, un romántico al mismo tiempo radical y discreto: enamorado a muerte de todo lo que lo rodeaba, incesante enemigo de lo que le escocía el alma. Si en una canción hablaba de “barcos de papel en tu escalera, gratis atención a tu salud” debíamos aceptar que no se trataba de una metáfora gratuita. O ni siquiera justificada. Apenas recordaría el momento en que puso a navegar barquitos de papel por los peldaños que conducían a alguna amante desdeñosa, convencido que eran la fórmula para salvarla.

Raúl Ciro quiso a su país sin condiciones. De ninguna de las partes. Nadie le ha deseado a esa isla tan atormentada por la Historia algo mejor que su “quiero verte dormir”. Pero a cambio pedía para sí la misma comprensión, la misma libertad al desear, pensando en el famoso globo de Matías Pérez, que “nadie me hale la manga si me hallo tan alto”.

Desde que me enteré de su muerte ayer por la mañana no dejo de monologar con él, de pelearme con él, de reconciliarme con él. De recriminarme por hacerle demasiado caso, por creerle a pie juntillas lo que decía, cuando en realidad me decía lo contrario. De creerle cuando decía que no le importara que lo escucharan cuando en realidad no pedía otra cosa. De comprender que por mucho que lo quisimos, siempre nos quiso más, que por mucho que le dimos siempre estaremos en deuda con él.

Murió, dicen, solo. Sus canciones nos acompañarán siempre.