viernes, 27 de marzo de 2026

Tres posiciones

 


Con el talento para el divisionismo que nos caracteriza y ante la nueva situación que la actual administración estadounidense ha creado respecto a Cuba los cubanos nos hemos separado en tres bandos bastante definidos.

1.-Los antitrumpistas esenciales: Convencidos que de Trump y sus políticos no puede ni debe salir nada bueno necesitan que la realidad se lo confirme. Por eso preferirían que Cuba se quede como está ante que ocurra cualquier cambio que pueda atribuirse a la intervención directa o indirecta del gobierno norteamericano. De lo contrario sus credenciales progres y hasta su cosmovisión del mundo serían afectadas de un modo tal que no estarían capacitados para digerirlo.

2.- Los trumpistas esenciales. Su convencimiento es simétrico al de los anteriores, aunque de signo contrario. Les da igual lo que proponga o consigue su amado líder: si su presión promueve cambios cosméticos en el régimen cubano, o si simplemente no ocurre nada, les parecerá magnífico: viven convencidos de que Trump es inmune al error y de que cada una de sus decisiones está animada por una grandeza que los simples humanos no sabemos aquilatar. Si lo que se negocia es una continuidad del castrismo ya encontrarán los argumentos para justificarlo.

3.-Estamos los otros, los que independientemente de lo que pensamos de Trump vemos en la actual situación una oportunidad única para que nuestros viejos sueños de democracia y libertad para Cuba pasen a un plano más concreto. El problema es que no tenemos idea de cómo va a ocurrir ni qué papel podemos cumplir los cubanos para que esto ocurra. Lo que sí deberíamos tener claro que no podemos esperar que los intereses de Trump, o incluso de Marco Rubio, coincidan con los nuestros ni que la dictadura caiga por su propio peso. Sesenta y siete años deben habernos demostrado que la ley de la gravedad no opera a favor de los cubanos. Nuestro rol por tanto debería ser más activo. Así lo veo.

Debemos:

-Ponernos de acuerdo en lo básico: liberación de los presos, legalización del derecho de los cubanos a expresarse, reunirse, formar partidos y buscar la prosperidad sin que el Estado los persiga por ello; la separación de la cúpula castrista del poder político en Cuba; todo esto llevaría a una transición democrática en la que los cubanos puedan sentirse nuevamente partícipes activos de su destino como nación.

-Tratar de convencer a los de los grupos 1 y 2 de lo inútil de su posición e invitarlos a que tomen un papel más activo en los cambios.

-Crear un diálogo nacional entre la sociedad civil cubana y el exilio para presentar un frente común que propicie los cambios que buscamos.

-Tratar de incidir en todos los foros internacionales y locales que podamos dejándoles claro cuáles son los intereses del pueblo cubano más desesperado y al mismo tiempo más esperanzado que nunca.

Todo lo dicho anteriormente me da una vergüenza infinita. Mi lengua materna es la ironía y el sarcasmo y no lo anterior que apesta a programa político y a las respectivas aspiraciones, pero al ver que nadie acaba de decirlo. No es un programa político sino una invitación a que todos, incluso los más escépticos lleguemos a un acuerdo esencial. El cambio deber ser ahora y debemos todos ser parte de él.

El entierro colectivo de la Revolución cubana: “Estoy viendo morir mis sueños”*



Por Carla Colomé Santiago

Son las nueve de la noche, acaba de llegar la luz después de 17 horas en la casa de Santo Suárez, en La Habana, y el escritor Rodolfo Alpízar enciende la vieja computadora y busca fotos de otras épocas. “Tengo muy pocas”, se disculpa. Conserva una imagen de sus tres meses de nacido, en 1947; un recorte de periódico de su paso por la antigua escuela de Letras, de 1970; una de cuando se fue a la guerra en Angola, en 1976; e incluso otra del momento en que el fallecido exministro de Cultura, Rafael Bernal, le coloca una medalla en el pecho. No hay imágenes de cuando se fue a recoger café al Oriente, ni de los cortes de caña, ni de los trabajos voluntarios, las donaciones de sangre, de su paso por las Fuerzas Armadas como fundador de las tropas coheteriles antiaéreas, o de su rol como delegado del Poder Popular. Es decir, no hay un retrato que capte todo lo que le entregó a Cuba. “He hecho cuanto creí que me correspondía como hombre de la Revolución”, dice. “Y no me arrepiento, porque creí en lo que hacía, y porque nunca mis convicciones me llevaron a hacer mal a nadie”.

Tiene 78 años y todo parece indicar que así como vio triunfar la Revolución en enero de 1959, pudiera asistir al entierro definitivo de la mayor gesta del siglo XX en América Latina. Se dice fácil, pero Alpízar lo vive con dolor, el de alguien que ha visto colapsar lentamente el edificio de su altar político y sentimental.

—¿Qué siente? ¿Tristeza?

—Más que tristeza. Recordando al poeta Miguel Hernández, para mí Cuba es hoy “la llaga que no cesa”— dice. —Me duelen mis calles, mi barrio, mi gente, los menesterosos que veo a diario, la desesperanza generalizada, mi país, el daño antropológico sufrido por mi pueblo. Todo arruinado, en lo físico y en lo espiritual.

Lo sabe bien él, un niño de la República a quien le costó estudiar, que más de una vez se fue “a la cama con hambre” y empezó a trabajar desde los 13 años. El proyecto del joven Fidel Castro prometió acabar con todo esto. “Enero de 1959 fue para mí, al igual que para millones de cubanos, un gran deslumbramiento”, cuenta. Alpízar se sumó, con los adultos, a las huelgas de los obreros por esos años, participó en la patrulla juvenil del barrio, y junto a los padres visitó el Quinto Distrito Militar, donde desengrasaban todo tipo de armas, como si estuvieran asistiendo a una fiesta nacional. “Muchos soñaron con empuñarlas algún día en defensa de esa Revolución que unos barbudos habían traído para que no hubiera más pobres en el país. Esa efervescencia popular fue como un virus que se instaló en cada una de mis células. Me entregué con total desinterés a cuanto consideraba un aporte a la construcción del prometido mundo de justicia y felicidad generalizada”.

La apuesta de Castro y otros líderes carismáticos, como el Che Guevara o Camilo Cienfuegos, era grande: hacer de Cuba, una isla de unos 110.000 kilómetros cuadrados, a noventa millas del imperio estadounidense, un bastión en el mapa de la Guerra Fría. “Llega en medio de la tensión histórica entre el bloque occidental capitalista y el bloque socialista, y Cuba se convierte en el orgullo de los No Alineados, de los países pequeños, pobres, pero con potencialidades de independencia y soberanía. También se convierte en paradigma de apoyo a las causas de descolonización en África y a las guerrillas que se enfrentaban a las dictaduras militares en América Latina”, dice el historiador y jurista Julio Antonio Fernández Estrada. Para el escritor y también historiador Enrique del Risco, “en su momento Fidel Castro vino a representar para la izquierda lo que hoy Trump es para la derecha: alguien que rompe todas las reglas del juego aceptadas hasta entonces y trastoca el tablero geopolítico”.

La Revolución cubana nacía como un experimento a mitad de siglo, o la probeta donde Castro iba a ensayar sus ideas más sublimes. El desafío era hacer de los cubanos el mejor de los pueblos posibles: el país “más culto del mundo”, donde las vacas iban a producir 100 litros de leche diarios, la gran potencia médica, con la “mayor hilandería de algodón” de América Latina, localizada en Santiago de Cuba, o “la mayor imprenta de América Latina”, en Guantánamo.

Pero hubo un momento en que el relato de la Revolución comenzó a desmoronarse en la hora colectiva de la nación, y también en el tiempo individual de cada cubano. El fin de la gesta, de Cuba como símbolo, no llegó cuando Donald Trump declaró la emergencia nacional el 29 de enero, despojándola así de cualquier gota de combustible. Ni siquiera el día en que fueron más las horas de apagones o menos la comida en la mesa. Hay quien dirá que la Revolución empezó a fallar en el mismo 1959, otros que con la centralización de todos los sindicatos en 1960, o hay quien ve el inicio del fin en el discurso Palabras a los intelectuales, cuando Castro definió la política cultural del país con la frase: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

Alpízar cree hasta hoy que “la Revolución no le falló nunca a nadie; a ella le fallaron”. “La han ido demoliendo poco a poco los mismos que la encabezaron. Su caída ocurrió desde el mismo principio, solo que los revolucionarios idealistas de a pie no nos percatábamos; veíamos errores, actitudes extremistas u oportunistas de este o aquel, incluso algunas traiciones, cuando en realidad lo que existía era un fenómeno más complejo y profundo”, asegura.

Por estos días, en que han llegado desde la Casa Blanca amenazas directas de una posible toma de Cuba por parte de Trump y su equipo, Alpízar ha comenzado a oír a la gente en la calle pedir, incluso, una intervención de los Estados Unidos. “Lo que sea, con tal de salir de esto”, dicen. “Es una frase pronunciada por gente de cualquier edad, en cualquier lugar. Significa aceptar todo, incluso una intervención militar, incluso la conversión de la república en protectorado norteamericano”, cuenta el escritor.

—¿Qué le provoca que, a estas alturas, el destino de Cuba se decida en la mesa de juego de los estadounidenses?

—Estoy decepcionado, viendo morir mis sueños, ni siquiera me han dejado la esperanza de algún día volver a soñar.

Forjados por la Revolución

Para Enrique del Risco, en términos de libertad y bienestar de los cubanos, la Revolución traicionó a su gente apenas triunfó, al desmontar el Estado de derecho. “Lo que debía ser una Revolución democrática que acababa de derrocar una dictadura y le debía reintegrar el poder al pueblo, empezó por disolver los partidos y el parlamento, desmanteló el poder judicial con juicios de diez minutos y condenas a muerte fijadas de antemano. Y ese sistema de justicia con procedimientos expeditos y reglas hechas a su medida muy pronto empezó a utilizarse contra todo el que cuestionara al nuevo régimen”.

Fue lo que padecieron luego las intelectuales Alina Bárbara López y Jenny Pantoja. La Revolución las forjó, como a muchos, y hoy las quiere condenar a ambas a cuatro y tres años de privación de libertad, respectivamente, por el delito fabricado de atentado, tras un enfrentamiento con agentes de la policía por ejercer sus derechos. Eso no era, aparentemente, para lo que la Revolución las había preparado.

López fue una niña pobre del barrio de Jovellanos, en Matanzas, en cuya casa de muebles de cabillas no hubo televisor ni refrigerador hasta que ella tuvo 10 años. Su padre, que vio niños pasar hambre o detenerse detrás de las vidrieras repletas de juguetes, creyó que la Revolución se iba a encargar. “Esa idea de la igualdad, de luchar por una sociedad de justicia, donde no hubiera niños pasando hambre, que pudieran estudiar, que los llevaras a un médico y no tuvieras que pagar, para él fueron un destello”, dice López desde su actual casa en el barrio El Naranjal, un reparto construido con tecnología soviética, donde a la Doctora en Ciencias filosóficas y miembro de la Academia de la Historia de Cuba se le filtra el techo y ya cuenta cuatro días consecutivos sin luz eléctrica.

La familia de Torres fue “muy comprometida” con el proceso revolucionario. “Mi mamá trabajaba en el Partido, en el comité Central, casi todos en la familia eran jefes, o dirigentes, o militares”, cuenta desde la azotea de su casa en La Habana, el único lugar donde logra conectarse a Internet en medio de un apagón. El hogar de su infancia era modesto, no tenían excesos, ni parientes en el exterior. “Todo era resultado del trabajo de las personas. Me educaron así, con valores reales, cívicos, patrióticos, con compromiso con el país y con la patria”.

La familia de Pantoja apostó porque ella fuera la pionera que la Revolución esperaba que fuera. El padre de López, que tuvo que dejar la escuela para trabajar, aspiró siempre a que sus hijos pudieran ir a la universidad. Así fue. Pantoja comenzó la carrera de Medicina, la dejó, luego empezó Derecho, se cambió a Historia. Fue actriz, se volvió astróloga y licenciada en Ciencias de la Religión. López estudió Historia, se hizo editora, estudió marxismo-leninismo y fue profesora de historia contemporánea de Europa. La educación que ambas tuvieron les dio las herramientas para diseccionar el proyecto del castrismo.

Pantoja leyó La gran gesta, 1984 o Rebelión en la granja. Conoció mucha gente, encontró otros espacios y otros diálogos. “En la secundaria yo era muy inflexible. Creía que, si uno era fuerte, era tenaz, pues iba a construir un mundo mejor. Pero ya para mis 20 años había cambiado mucho”. En algún momento, empezó a ver cosas que antes no sabía detectar: “Los oportunismos, las dobleces, me declaré enemiga de eso”. El año 1989 llegó para descolocar mucho de lo que hasta entonces López daba por sentado. El marxismo también le mostró el camino. “Todas esas categorías de lo que es la base económica, la superestructura, las relaciones de propiedad, de producción, me han servido para deconstruir lo que pasa en Cuba”.

Por tiempo, Pantoja fue una mujer de la Revolución. “Lo que vi en mi familia fue el esfuerzo por construir ese futuro bueno para toda la nación, trabajar hasta el sábado y el domingo, ir a trabajos voluntarios para fabricar un edificio, un círculo infantil, en función del futuro que íbamos a tener, donde todos íbamos a ser felices”. López, dice, fue una reformista. Creyó que había mucho que se podía cambiar desde dentro. “De joven estaba convencida de que vivía en un sistema que no era democrático, donde había una gran autoridad en el tratamiento a las personas, pero lo que sí creí durante un tiempo es que el propio sistema podría generar transformaciones”.

Nunca fue así. El país, en algún sentido, estafó a su pueblo. Dice del Risco que el desencanto de los cubanos hacia la Revolución se puede medir por sus éxodos: “El medio millón de los primeros años, los 135.000 del Mariel, en 1980, los 200.000 de los noventa y los casi tres millones en el último lustro”, asegura. Fue lo que le sucedió a López. El éxodo del Mariel llegó a su vida como la primera revelación. Fidel abrió las fronteras del país para que se fueran las “lacras sociales” que quisieran llegar a los Estados Unidos. “Ver en los centros de trabajo que los sindicatos se organizaron para gritarle a alguien que había sido parte hasta el día antes, y todo eso organizado de una manera estratégicamente efectiva por el Estado cubano, para mi fue decepcionante. Me convencí de la doble moral de las personas que decían defender al sistema”.

Para Pantoja, sin embargo, hay un suceso del que no hubo vuelta atrás. El punto de inflexión en su vida fue cuando vio por televisión, como toda Cuba, el juicio al general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Arnaldo Ochoa, en 1989. El castrismo terminó ejecutando a un alto jefe militar que antes había sido considerado un héroe de la Revolución, a quien luego culparon de tráfico ilegal de drogas. “Me hizo darme cuenta de que esto no era lo que se decía”, dice Pantoja. “Había todo un propósito de dominio sobre el resto del país para administrarlo por una élite, como una finca familiar, donde los beneficiados eran los que tenían lazos con ellos. A partir de ahí rompí totalmente”.

Luego las protestas del 11 de julio de 2021, en que el Gobierno desató una gran represión y convirtió a más de mil ciudadanos en presos políticos, resultaron un punto de inflexión tanto para Pantoja como para López. “Después de eso no he trabajado más para el Estado, y ahora sería muy difícil, a no ser que el sistema cambie”, dice Pantoja. Desde 2023 se une junto a López en protestas pacíficas los días 18 de cada mes, y desde entonces son incontables las detenciones que han tenido por su enfrentamiento directo contra el Gobierno. Hoy están pendientes de juicio por el supuesto delito de atentado. A López, dice, cada injusticia le ha servido para desarticular desde dentro el sistema cubano. “Cada proceso por el que he pasado ha sido como una especie de modelo pedagógico de cómo funciona el poder en Cuba desde lo judicial, la policía, la fiscalía, tribunales. Nosotros fuimos durante mucho tiempo un Estado totalitario, con un control total sobre las personas mediante dispositivos más sutiles, y devinimos un Estado policial dictatorial con mecanismos de control abiertamente represivos”, asegura. “Lo que siento es una vergüenza tremenda de vivir en un sistema como este que no respeta su propia legislación, ni al ser humano, ni la dignidad humana”.

El fin del relato

A pesar de que el relato de la Revolución desapareció hace tiempo para muchos de los cubanos, aún gran parte del pensamiento de la izquierda mundial lo celebra. “La Revolución cubana fue y es todavía un símbolo, aún vivo, de la resistencia del Tercer Mundo a la dominación de los Estados Unidos en el contexto de América Latina y es símbolo también de la experiencia del socialismo real en el continente”, dice el historiador Fernández Estrada. Para Del Risco, aunque hace mucho que el castrismo dejó de ser “una referencia redentora, se prefiere mirar para otro lado porque la crítica al castrismo se percibe como un gesto de colaboración con el imperialismo yanki. En esa trampa ha caído prácticamente toda la izquierda mundial que dice solidarizarse con el pueblo cubano”.

Cuba, el país de la campaña de alfabetización, ha llegado al siglo XXI con una educación colapsada; el lugar que exportó médicos, con un sistema de salud en ruinas; el que ofreció seguridad social, con sus ancianos abandonados; la nación que prometió un futuro, es de donde se han fugado sus jóvenes. Ahora, mientras unos aplauden la posibilidad de que cualquier cambio venga inducido de la mano de Trump, hay quien mira atrás en el tiempo con desolación. Como si los hubieran defraudado a todos por igual. “Me mata, me desbarata, me da un dolor terrible. Yo creo que el problema de Cuba lo debemos resolver entre cubanos, no Estados Unidos ni ningún país”, dice Pantoja. A López le cuesta ver cómo un pueblo ha terminado sin esperanzas, “con esta crisis de patriotismo”. “Mucha gente que no quiere anexión o una intervención extranjera están poniendo sus esperanzas en que sea un gobierno externo al nuestro el que pueda provocar cambios en Cuba. Es imperdonable para la historia de un país como Cuba haber llegado a este punto”.

Entre tantas preguntas que algunos se hacen hoy, hay quien piensa en si realmente estamos llegado al fin de algo histórico, o qué podrá sobrevivir en el tiempo de la Revolución de 1959. “La Cuba que hemos conocido ya no puede seguir siendo porque el pueblo de Cuba no está presente, como antes, parado en posición de firmes, escuchando un discurso interminable de Fidel. Ya eso fue y no será más”, dice Fernández Estrada. Hay quien cree, como Pantoja, “que el símbolo quedará para los estudiosos y para no repetirnos nunca más”. Del Risco es un poco más lapidario: “Ya hace mucho que Cuba se cae en pedazos y de la Revolución no queda rastro. Si algo falta por caer es el castrismo”.


*Aparecido en El País

martes, 24 de marzo de 2026

"Si algo falta por caer es el castrismo"


Como parte de un texto que preparaba la periodista Carla Colomé Santiago para "El País" esta me hizo llegar un cuestionario que respondí concienzudamente como el pionerito que soy. Ya publicado el artículo le pedí permiso a Carla para escribir sus preguntas al completo a lo que ella accedió amablemente. Así que a quien pueda interesar las reproduzco acá.

Hoy oímos a los medios internacionales hablando en términos grandilocuentes como: “se va a caer Cuba” “el fin de la gran epopeya del siglo xx”. Ahora bien, en términos históricos y concretos, ¿desde cuando esa revolución comenzó a caer para los cubanos?


Depende de a qué cubanos te refieras y en qué sentido. Porque si se trata de la libertad y el bienestar de los cubanos habría que hacer notar que la Revolución apenas al llegar al poder en enero de 1959 desmonta el estado de derecho. Lo que debía ser una revolución democrática que acababa de derrocar una dictadura y le debía reintegrar el poder al pueblo, empezó por disolver los partidos y el parlamento y -bajo el pretexto de impartir justicia sobre los crímenes del régimen derrocado- desmanteló el poder judicial con juicios de diez minutos y condenas a muerte fijadas de antemano. En ese mismo mes de enero de 1959 ya Fidel Castro advertía a los jueces en un discurso que si absolvían a los presuntos criminales del régimen de Batista los fusilados serían ellos. Y ese sistema de justicia con procedimientos expeditos y reglas hechas a su medida muy pronto empezó a utilizarse contra todo el que cuestionara al nuevo régimen.

Lo siguiente fue la abolición de la libertad de prensa. Eliminó a la prensa adicta al régimen depuesto y en febrero del mismo 1959 Fidel Castro lanzó un boicot contra un periódico humorístico que se había opuesto a la dictadura de Batista, pero se había atrevido a publicar una caricatura sobre él, bastante benévola, por cierto. Y todo esto pasaba en plena luna de miel con el gobierno y la prensa estadounidenses. 

En mayo de 1959 el gobierno aprueba una reforma agraria que, bajo el pretexto de acabar con los grandes latifundios, creó un latifundio estatal que llegó a controlar el 70% de la tierra con la consiguiente inoperancia productiva. Algo parecido sucedió con la estatalización de las grandes y medianas empresas al siguiente año y luego con la abolición práctica de los negocios privados en 1968. Muestra de lo claro que tiene el Estado cubano de la ineficacia del sistema es que cuando se desatan las crisis permite la aparición de pequeños negocios privados para eliminarlos una vez que se recupera un poco la economía.

En la versión castrista de la lucha de clases la clase media fue movilizada para desplazar a la clase alta y las clases bajas para desplazar a la clase media. La revolución consistió en esos primeros años en un permanente desplazamiento de clases en el que a grupos en ascenso se les premiaba con los despojos de las clases derrotadas. Esa movilidad de clases, más la subvención soviética que permitió una cobertura inédita en el campo educativo y el de la salud, más el enfrentamiento casi siempre retórico al imperialismo norteamericano (el tan necesario enemigo exterior) y la persecución más real de los llamados “gusanos”, “antisociales” y “escorias” le dieron una especial cohesión al régimen.

La desaparición del Bloque Soviético en Europa del Este a principios de los 90 desnudó la incapacidad del sistema de reformarse y proveer niveles aceptables de alimentación, salud, educación, transporte o producción de energía lo que produjo un profundo desencanto de las generaciones que habían crecido bajo el castrismo. La ayuda venezolana a inicios del 2000 ayudó a aliviar la catástrofe que fueron los 90 pero la crisis de la propia Venezuela terminó por darle el puntillazo al sistema. La nueva oligarquía militar-hotelera surgida en los noventas -con el apoyo de compañías españolas como Meliá- ya ni siquiera está interesada en simular una política social. Ha habido años en que más del 50% del presupuesto nacional se empleó en la construcción de hoteles mientras que la porción del presupuesto dedicada a la educación, la salud y la cultura en conjunto no llegaba al 5%. El desencanto de los cubanos hacia la revolución se puede medir por sus éxodos: el medio millón de los primeros años, los 135 000 del Mariel en 1980, los 200 000 de los 90s y los casi 3 000 000 en el último lustro. Ya hace mucho que Cuba se cae en pedazos y de la revolución no queda rastro. Si algo falta por caer es el castrismo.



Increíblemente, aún hoy Cuba levanta mucha atracción en todo el mundo. ¿Cómo y por qué fue posible que se convirtiera en el símbolo que llegó a ser Cuba y su revolución?

Es un fenómeno que me asombra, pero al que no le faltan explicaciones, sobre todo simbólicas y sentimentales. Al triunfar la revolución buena parte de la simpatía hacia el proyecto comunista de la URSS, desalentada ante las revelaciones de los crímenes de Stalin en el XX Congreso del PCUS en 1956 y la invasión de Hungría ese mismo año, migró hacia la revolución cubana. Esta llevaba implícita la esperanza de un nuevo comienzo, con nuevos líderes carismáticos como Fidel Castro y el Che Guevara y en el entorno exótico y paradisiaco del Caribe. En su momento Fidel Castro vino a representar para la izquierda lo que hoy Trump para la derecha: alguien que rompe todas las reglas de juego aceptadas hasta entonces y trastoca el tablero geopolítico. No solo edificó un estado comunista a 90 millas de Estados Unidos sino que subvirtió toda Latinoamérica entrenando y enviando guerrillas. Y hasta se permitió invadir varios países africanos (Argelia, Congo Angola, Etiopía). Como Trump, empeoró la situación pero la hizo bastante más entretenida. Añádase como ingrediente definitivo la cultivada enemistad con los Estados Unidos que hizo exclamar a Jean Paul Sartre durante su visita a Cuba en 1960: “Si los Estados Unidos no existieran habría que inventarlos”. El francés comprendía perfectamente el favor incalculable que esa enemistad le prestaba al castrismo en cuanto a cohesión interna y solidaridad externa.


La caída del Muro de Berlín hizo a Cuba más relevante aún dentro de la izquierda más recalcitrante. Cuba quedaba como una suerte de aldea de Asterix frente al imperio yanki aunque en la práctica nunca los Asterix ni Obelix cubanos se enfrentaron a las legiones del imperio sino a la oposición interna. Pero aunque el enfrentamiento a los Estados Unidos era más aparente que real resultaba imprescindible. Eso explica la indignación que un Fidel Castro ya senil -pero con los instintos políticos intactos- ante el acercamiento de su hermano Raúl a Obama. Sabía que sin la retórica antiestadounidense la épica revolucionaria se revelaba como mero baile de máscaras. Los cubanos les han prestado un grandísimo favor a gente en todo el mundo que sueña soluciones radicales siempre que ocurran lejos de sus comodidades burguesas y quieren ver en el aguante y el miedo de los cubanos a la represión un símbolo de resistencia antimperialista. Espero que algún día se le reconozca al pueblo cubano su papel en el bienestar mental del progresismo en todo el planeta.

Incluso sabiendo y conociendo el desastre que es desde hace años ese sistema, ¿crees que pudiéramos estar asistiendo al fin de algo? ¿Vemos que La solidaridad en la región hacia Cuba ha sido mínima, finalmente estamos asistiendo al descrédito total incluso en esos sectores que se han resistido a reconocerlo?

Fidel Castro fue un represor en lo político y un desastre en lo económico pero tuvo la audacia y la intuición tremenda de elegir como enemigo a la mayor potencia del planeta, contra la que prácticamente todos los países albergan algún tipo de resentimiento. O simplemente tuvo la suerte de heredar ese odio de su padre, soldado del ejército colonial derrotado por la intervención norteamericana de 1898. Ese enfrentamiento le ha asegurado al régimen todo tipo de alianzas y apoyos desde los rincones más remotos del mundo. Aunque hace mucho el castrismo ha dejado de ser una referencia redentora se prefiere mirar para otro lado pues la crítica al régimen cubano se percibe como un gesto de colaboración con el imperialismo yanki. En esa trampa ha caído prácticamente toda la izquierda mundial que dice solidarizarse al pueblo cubano cuando de hecho apoya al régimen que lo oprime. Pero todavía peor para esos progresistas es cerrar los ojos a las lecciones tremendas que ofrece la larga historia del castrismo que es a la vez un modo de resistirse a hacer un balance autocrítico serio.

Ahora, frente a esa caricatura imperial que es Trump, a la izquierda se le hace aún más fácil otorgarle a la dictadura más longeva del continente el papel de víctima. Pero el pueblo cubano, a fuerza de ser empujado a convertirse en símbolo de resistencia antimperialista, carece cada vez más de realidad a los ojos del mundo: la verdad es que los cubanos reales no le importan a casi nadie. No exagero. Hablo de una población envejecida, hambreada, acosada por todo tipo de epidemias, y en pleno colapso demográfico. Para que se lleven una idea: en 1990 Cuba y Ecuador tenían casi 11 millones de habitantes mientras que ahora Ecuador tiene 18 millones y Cuba menos de 9. Luego de la campaña de exterminio a que lo ha sometido su propio gobierno para que la humanidad se compadezca del pueblo cubano tendrá que ser sometido a otra campaña de exterminio, esta vez por parte de los norteamericanos. Al parecer el gobierno norteamericano es el único que tiene la capacidad de indignar a la humanidad en lo que al maltrato de los pobres nativos de esa isla respecta.

lunes, 23 de marzo de 2026

Alejandro Anreus o el arte de hacer patria sin sentimentalismo



Hay eventos que mientras se producen ya te hacen sentir afortunado por haber estado presente. No suelen anunciarse con fanfarrias. A veces lo anuncia un gesto humano donde se espera cualquier cosa menos humanidad. Como la conferencia "Cuban Art in the 1940s" que dio el pasado enero el crítico e historiador del arte Alejandro Anreus (La Habana, 1960) en el Instituto Cervantes de Nueva York.

Auspiciada por el Centro Cultural Cubano de Nueva York, la conferencia de Anreus fue bastante más que un despliegue de erudición —que también lo fue, y mucho—. Fue escuchar la confesión de dos viejos amores —Cuba y el arte— y el resumen de una vida consagrada al entendimiento de un país y de uno de sus —escasos— momentos de gloria donde confluyeron convivencia democrática y esplendor creativo.

La charla de Anreus me empujó a sacar su nuevo libro Modern Art in 1940's Cuba: Havana’s Artists, Critics, and Exhibitions del montón de lecturas pendientes y leerlo con el afán con que se lee el testamento de un tío rico. Y en efecto, allí estaba descrita con precisión, claridad y orden, una parte esencial de la herencia artística que nos corresponde a todos siempre que nos esforcemos por apreciarla.

Lo próximo era someter al autor de la conferencia y el libro al interrogatorio que les presento a continuación.

En la disertación que diste en enero de 2026 en el Instituto Cervantes sobre el tema de tu libro Modern Art in 1940s Cuba: Havana's Artists, Critics, and Exhibitions confesabas que este era la obra de toda una vida. Me gustaría empezar nuestra conversación por ahí. Sobre cómo es recoger información durante toda una vida para ir armando concienzudamente un libro como el tuyo. ¿Qué hallazgos te sorprendieron más e incluso incidieron en el rumbo final que tomó el libro? ¿Cómo esa investigación fue conformándote a ti mismo como crítico y hasta como ser humano?
 
A los 16 años tuve la suerte de convertirme en una especie de hijo adoptivo del escultor 
Roberto Estopiñán —yo quería ser el George Grosz del exilio cubano—. Él era uno de los mentores de Abdala, donde milité entre los 16 y 19 años. "Estopa" me abrió muchas puertas, entre ellas la del crítico y curador José Gómez Sicre, por cuya vía  conocí a Enrique Labrador Ruiz. Estos tres viejos venerables, que hasta cierto punto habían sido olvidados e ignorados debido a su condición de exiliados del castrismo, me hablaban del pasado con una frescura y vitalidad, con un sentido crítico, que jamás había encontrado en un libro. Me di cuenta que había que entrevistarlos, conversar con ellos.

El mismo Labrador y también Gómez Sicre, me decían que debía entrevistarlos, porque un día se iban a morir y todo el mundo se olvidaría de una época, de hechos, de momentos de cierta importancia histórica. Trabajé en Washington DC por un año y medio, como asistente de archivo en el museo de arte de la OEA fundado por José Gómez Sicre hace 50 años. El sueldo era miserable, pero conocí a una gran cantidad de extraordinarios artistas, críticos, e intelectuales de Latinoamérica. Marta Traba, a quien conocí en esa época, fue una gran influencia y me convenció que yo era muy intelectual para ser artista visual, y que mi verdadera vocación estaba en las letras, específicamente la historia del arte. ¿Para qué iba yo a dibujar, si la obra que yo quería hacer ya la hacían Carlos Alonso en la Argentina y Luis Cruz Azaceta y Arturo Rodríguez en EEUU? Pero no cabe duda que mi entrenamiento como artista visual me ha dado una "entrada" al proceso de los pintores, escultores, etc., que un historiador de arte tradicional, jamás tendría.

En la universidad tuve mentores de primera: en Kean College fui alumno de la doctora Carla Lord, una eminencia en Bernini y Ovidio, quien me enseñó el método de análisis iconográfico; del doctor Alan Wallach, cuya metodología del historial social del arte de los paisajistas de la Escuela del Hudson me sigue influenciando. En el Graduate Center/CUNY, lo mismo Marlene Park, que Laurie Schneider-Adams y Patricia Mainardi me apoyaron en mi pasión por el arte de Latinoamérica y de Cuba en particular. Todos estos académicos me dieron la experiencia opuesta de mi primera clase de Historia de Arte, donde un viejo pedante me preguntó a qué universidades fueron mis padres, y cuando mi respuesta fue negativa, me aseguró que la historia del arte no era para mí.

Muy temprano me di cuenta de que las voces de los artistas y escritores que vivieron una época, un momento histórico, eran y son primarias, hay que escucharlas, respetarlas, analizarlas, y ponerlas en el contexto de su momento. Como historiador aprendí que había que escuchar, ver y volver a ver la obra pintada y esculpida, no imponer una tramoya teórica antes de estudiar las obras y las intenciones de los artistas al crearlas. Ya a mis 30 años sabía que algún día todas las entrevistas, conversaciones, paseos y visitas a museos con varios de estos personajes, todas las obras vistas terminarían en un libro. Pero tenía que vivir mi vida, y el libro seria escrito en el momento adecuado. Como ser humano esta experiencia me ha enriquecido espiritual e intelectualmente. Me atrevo a decir, que me ha hecho hasta mejor persona.

Antes de seguir hablando del libro me gustaría saber si tienes planeada una traducción al español.

No está planeada, pero creo que University Press of Florida lo está pensando para un futuro.


A lo largo de Modern Art in 1940s Cuba creas un insistente paralelo entre el florecimiento de la llamada segunda vanguardia cubana y la existencia de un periodo histórico de 12 años en el que Cuba fue una democracia más o menos funcional y estable. Pero como contraejemplo debemos tener en cuenta que existió una primera vanguardia en los años 20 surgida durante un periodo mucho más tumultuoso —el del Gobierno de Machado— y una tercera, en los años 50 que coincide con la dictadura de Batista. Mi pregunta es por qué te interesa precisamente este periodo. ¿Cómo crees que esos años de relativa paz social contribuyeron a formar este movimiento artístico? ¿En qué se distingue de otros momentos? 

Del 1940 hasta el 10 de marzo de 1952 Cuba fue una democracia joven e inmadura, frágil, con corrupción y gansterismo político. Pero fue más que eso, fue una verdadera democracia. Hombres y mujeres compartieron verdaderos ideales, y a través de un espectro de gran diversidad ideológica, los pintores y escultores, escritores, músicos y mecenas e instituciones hicieron patria. Es un periodo clave, porque como me preguntas, coexisten las dos primeras vanguardias, y se está formando la tercera que aparecerá en los 50. El Lyceum and Lawn Tennis Club (ubicado en la actual Casa de Cultura de Plaza), la Institución Hispanocubana de Cultura (fundada en 1926 por Fernando Ortiz), y la Dirección de Cultura bajo los gobiernos de Grau y Prío, apoyaron y promovieron nuestro arte moderno. Las exposiciones de arte moderno cubano "invadieron" las Américas, EEUU y Europa de una manera que no había sucedido antes o después. Fue, para citar al gran historiador de arte Arnold Hauser, "un momento feliz" de creatividad, con un trasfondo y escenario de democracia. Esto lo distingue de la Cuba anterior a 1940, la Cuba posterior a marzo de 1952 y la Cuba posterior a 1959. Durante el machadato surgió la primera vanguardia, bajo el segundo batistato se consolidó la tercera. Quiero decir que el arte se da lo mismo bajo opresión que bajo la democracia.  

Ahora mismo hay dos importantes exposiciones en Nueva York que pueden servir como ilustraciones de tu libro. Por un lado, está la cuidadosa retrospectiva sobre la obra de Wifredo Lam When I Don’t Sleep, I Dream en el MoMA y por otro está Modern Cuban Painters from Havana to New York en la Bonhams Gallery, que recoge obras de casi todos los pintores que aparecen en tu libro. ¿Se trata de una coincidencia o percibes un interés renovado en ese periodo de la pintura cubana? 

Nada de coincidencia. Te cuento que con mi difunto y querido amigo Juan Martínez hace más de 20 años traté de recrear la exposición (Modern Cuban Painters) del 1944 que se presentó en el MoMA. Recibimos apoyo de coleccionistas, de Ramón Cernuda, y de un par de museos, pero no del MoMA. No tenían ni tienen el menor interés. Solo se atreven con una figura con cierta referencia europea como Lam. Creo que el interés en este momento es, primero, que el arte modernista cubano es de alta calidad, pero no es generalmente abstracto. Es figurativo sin caer en lo meramente descriptivo del arte mexicano de esa época, por ejemplo. Es un arte de gran diversidad, calidad estética, y una visión, con la excepción del expresionismo de Ponce, que abraza la vida con cierta alegría. En términos europeos, más Bonnard y Matisse, más el Picasso neoclásico, que la angustia de los expresionistas alemanes y austriacos o el delirio fascistoide de los futuristas italianos.

Justo en el periodo de que trata tu libro coincide con la transferencia del eje del arte moderno desde París a Nueva York, un proceso ocasionado en buena medida por la Segunda Guerra Mundial, con todos los desajustes y desplazamientos que esta provocó. ¿Qué impacto crees que tuvo para las artes en la Cuba de ese momento sus conexiones con una ciudad como Nueva York con tantos lazos previos en lo económico, lo cultural y lo político? ¿Cómo afectó al arte cubano ese traspaso del eje del mundo artístico de París —donde tantos pintores cubanos de la primera generación vanguardista se habían educado— a Nueva York?

La Habana siempre fue una ciudad cosmopolita. La primera vanguardia miró hacia París y esto lo vemos en las transformaciones estilísticas tan originales de Amelia Peláez (Matisse y el cubismo), y Carlos Enríquez (surrealismo) por ejemplo. La segunda vanguardia, en parte debido al fascismo y la guerra en Europa, buscó inspiración en los pintores de caballete de México, como Tamayo, María Izquierdo, Julio Castellanos, etc., en el Picasso neoclásico. Y al mismo tiempo, estos artistas viajaron y exhiben en Nueva York, aprenden de las colecciones de sus grandes museos, y de pintores contemporáneos como George McNeil, discípulo de Hans Hoffman, que vivió en Cuba. Le sacan lo que pueden al expresionismo abstracto que comienza a despuntar a mediados y finales de los 40 en Nueva York pero se mantienen fieles a sus visiones propias, a su cubanía universal.

En 1953 aparece el grupo de Los Once, que deliberadamente refleja la obra de Motherwell, Kline, etc. Y la gran mayoría de los plásticos cubanos están conscientes de que la nueva capital del arte moderno después de la Segunda Guerra Mundial ya no es París, sino Nueva York. Pero no se dejan seducir superficialmente, porque los abstractos expresionistas de la Isla pintan cuadros de formato pequeño, y prefieren colores oscuros, sucios, con títulos medio existenciales.

El grupo de pintores concretos, es otra cosa. Estos proponen una obra limpia, casi utópica, no escriben artículos o ensayos para justificar sus obras. Pintan y ya. Creo que en este contexto una figura fascinante es Carmen Herrera, que generacionalmente pertenece a la segunda vanguardia, pero su arte no evoluciona a un estilo propio hasta finales de los 40, principios de los 50. Herrera vive en Nueva York desde 1939, sigue visitando y exhibiendo en La Habana, y vive en París por un tiempo. Aquí tienes a una abstraccionista minimalista antes del minimalismo, conectada a tres ciudades claves, y creadora de un arte originalísimo, imposible de encasillar.

Hablemos de Wifredo Lam, el más reconocido internacionalmente de los pintores cubanos. Su inserción en esta segunda vanguardia es cuanto menos complicada. Luego de vivir 18 años en Europa escapa de la Francia ocupada para recalar en Cuba en 1941 un poco a regañadientes. Sus relaciones con el mundo artístico habanero —al que ve como provinciano— son cuando menos tirantes, pero al mismo tiempo su reencuentro con el mundo cubano y sus relaciones con Lydia Cabrera, gran conocedora del mundo mítico afrocubano, transforman para siempre su pintura como puede apreciarse tanto en tu libro como en la actual exposición en el MoMA. Tu libro además arroja nueva luz sobre zonas de la vida del pintor, como son sus contactos con el trotskismo local, hasta el punto de sugerir que una de las figuras que aparecen en su seminal cuadro "La jungla" es una representación del propio Trotsky. ¿Hasta qué punto tu entendimiento de la figura de Lam en ese contexto cubano difiere de lo que la crítica habitual y hasta el propio artista nos han querido presentar? 

Mi presentación e interpretación de Lam tiene puntos en común con ciertos textos de Fernando Ortiz, de Gerardo Mosquera, de Juan Martínez y hasta de Lowery Sims. Pero yo contextualizo a Lam más en su política de los años 30 y 40, sus asociaciones con el trotskismo en Cuba, y su idiosincrasia surrealista y "sentido de superioridad" sobre sus colegas. Lam cambia su narrativa después de 1959. Le debía muchísimo a Lydia Cabrera (que fue batistiana), y él trata de borrar esa conexión. Igual hace con su amistad con gente del grupo Nuestro Tiempo: Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante. Después del exilio de estos dos, Lam los desaparece de su currículum. Creo que mi interpretación de "La jungla" es acertada. El disco rayado de que el cuadro es un manifiesto anticolonialista, debe ser visto dentro del contexto de que es un "retrato de familia" con Trotsky, André Breton, Lydia Cabrera y el mismo Lam. La exposición del MoMA quedó "manca": los curadores no conocen su obra y su contexto con profundidad. Ver tantos cuadros maravillosos de Lam es estupendo, pero como esfuerzo curatorial serio, se quedó corta la exposición.

Por otra parte, en tu libro manifiestas una especial querencia por Amelia Peláez, a quien consideras la gran dama de la pintura cubana, y a la que la crítica usualmente no ha tratado con la deferencia que merecería. ¿Qué nos puedes decir de la importancia de Amelia para la pintura moderna cubana? ¿El reconocimiento que le haces es, más que una reevaluación de la pintora, una propuesta de leer su pintura como una forma distinta de resolver las tensiones entre lo nacional y lo universal a la de Lam, por ejemplo? 

Juan Martínez y yo siempre decíamos que en Cuba también había tres grandes, como dicen de los muralistas mexicanos. Los nuestros son Peláez, Ponce y Enríquez. Son pintores expresivos y originales. Al final de sus vidas, Ponce y Enríquez son desiguales (lo mismo podemos decir de Rivera y Siqueiros), pero no Amelia. Su obra es consistente en calidad y cantidad, evoluciona, se mueve entre un barroco caribeño que comienza en los años 30 y una simplificación y pureza de colores y formas que va de finales de los 50 hasta su muerte. No vivió una vida bohemia como Víctor Manuel, Ponce, Enríquez, vivió para su pintura, sus dibujos y cerámicas. Tuvo una influencia impactante en la segunda vanguardia, y hasta en la tercera, porque escuchas a un pintor como Guido Llinás, que rechaza a las vanguardias anteriores, con la excepción de Peláez y Lam. Ambos mantienen una integridad pictórica extraordinaria. Lam salió de Cuba corriendo de vuelta a Europa después del golpe de Batista. Esto lo hizo, no tanto por oposición política a Batista, sino porque el subsidio que recibía del Gobierno de Prío se acababa. No olvidemos que Lam regresa más tarde en esa década para supervisar la instalación del mural en el Centro Médico. Peláez siguió en Cuba, pintando, día tras día. Extraordinaria artista.

Es de agradecer el interés por el arte cubano que manifiestan tantos estudiosos y curadores extranjeros, aunque no se oculte, en algunos casos, un esfuerzo por recolonizar el imaginario nacional al mismo tiempo que se pretende, por ejemplo, integrarlo en la actual agenda académica de los estudios decoloniales, como me parece que ocurre en la exposición de Lam en el MoMA a la que nos hemos referido antes. Frente a esto, ¿cuál es la actitud y la estrategia de un crítico e historiador del arte cubano que es a la vez un viejo exiliado y contempla —y seguramente sufre— cómo se intenta manipular el objeto de estudio al que ha consagrado su vida?
 
La vejez nos da cierta sabiduría. Lo importante es seguir haciendo la obra, y no hacerle caso a la última moda, a los oportunistas de siempre. Decir las verdades que uno tiene que decir, ser auténtico. Nadie más colonialista y paternalista que ciertos curadores neoyorkinos. Van corriendo a Cuba a visitar la Bienal de La Habana, pero no pueden tomar el metro para visitar el taller de un pintor nuyoriqueño en Brooklyn, o un dominicano en el Bronx, o tomar un autobús para ver a un artista cubano en Union City.

Pero soy optimista: fíjate en la labor curatorial de Carmen Ramos en la National Gallery, de Geaninne Guimaraes en el Guggenheim, de Tie Jojima en la Phillips, de Susanna Temkin en El Museo del Barrio (montó una magnífica retrospectiva de Coco Fusco). Estas mujeres jóvenes están transformando el campo del arte latinoamericano en general, y en muchos casos del arte cubano.

Yo seguiré haciendo lo que llevo casi 40 años haciendo. Y mandando al carajo a los oportunistas de siempre. La historia de la crítica del arte cubano es desigual. Tenemos a Guy Pérez Cisneros y a José Gómez Sicre: el primero es más historiador del arte que el segundo, ambos fueron críticos y curadores o comisarios (me jode esta palabra) que tenían un buen ojo, sabían ver. Tenían sus prejuicios: Pérez Cisneros le daba mucha importancia a Víctor Manuel y Gómez Sicre negaba la importancia de Lam y, después de 1959, de Mariano. Después de 1959 todo se politiza: Adelaida de Juan, que era una buena historiadora de arte, cae en la propaganda. Graziella Pogolotti se vuelve peor, si esto es posible. Gerardo Mosquera es quien cambia esto en los años 80, con una visión abierta, no politizada, lo mismo en su crítica que en su labor curatorial. En nuestro exilio el game changer fue Juan A. Martínez, comenzando con su libro de 1994 sobre la primera vanguardia, sus monografías sobre Carlos Enríquez y María Brito, sus ensayos y ponencias, su labor curatorial. Juan alentó a los jóvenes historiadores de arte en Cuba para examinar lo que sucedió antes de 1959, y en el exilio trajo una seriedad profesional y metodológica que hacía falta.

En el exilio una serie de poetas se la dieron de críticos de arte y curadores y su influencia fue bastante tóxica: escribieron certificados para obras falsas, exigieron a los artistas cuadros y esculturas de regalo, y otras acciones faltas de ética. Yo me formé en el norte, alejado del ambiente de Miami. Creo que esto fue una bendición personal y profesional. 

Tanto en tu libro, como en la conferencia que diste en enero pasado en el Instituto Cervantes de Nueva York, has insistido en el concepto de "hacer patria" al que estaban entregados los artistas, curadores y mecenas cubanos del periodo que estudias. Tu reconstrucción de aquella época es obviamente parte del mismo esfuerzo de reconstruir una idea de nación tan maltratada a nivel simbólico como en el de la realidad. Asumiré por un momento el papel de abogado del diablo: ¿Hasta qué punto le ves sentido a hacer patria desde la cultura en las circunstancias tan desoladoras en las que se encuentra Cuba? ¿Cómo esa convicción ha conformado tu esfuerzo de toda la vida? ¿No parecería una majadería y un esnobismo hablar de lo que pasaba con un grupo de pintores hace 80 años en un país que en estos días carece de lo más elemental y al que ya cuesta trabajo incluso llamarle país?  

Nunca me caen bien ni los majaderos ni los esnobs. Labrador Ruiz criticó el fin de la imperfecta democracia en marzo de 1952, diciendo que no se podía estar metido en una torre de marfil mientras la patria se consumía en llamas. Estoy de acuerdo con él. La patria es y será, algo más allá que la geografía, los desastres políticos y los horrores de nuestra historia, sea esta en la Isla o en nuestro exilio. Hay que seguir haciendo patria, sin sentimentalismos, escapismo o romanticismo. Labrador Ruiz la siguió haciendo en el exilio hasta que se quedó ciego, igual Baquero en Madrid, Lydia Cabrera en Miami, Rafael Soriano pintando en su modesta casita entre La Sagüesera y Coral Gables, Estopiñán esculpiendo en un sótano húmedo en Queens, Juana Rosa Pita con su extraordinaria poesía, Paquito D'Rivera y su brillante música, tú cuando escribiste esa brutal novela que es Turcos en la niebla. 

Pienso en tantos otros, artistas como Juana Valdés, los pintores Luis Cruz AzacetaArturo Rodríguez, María Brito, el escultor Armando Guiller. Día tras día, con humildad y modestia, todos haciendo la obra. Esto es hacer patria, a pesar de, y en contra de los políticos de turno y las promesas que no cumplen. Recuerdo una entrevista a Baquero poco antes de su muerte. Le preguntaron cómo definiría a Fidel Castro en la historia. Con su usual elegancia, dijo algo así como "fue un dictador que oprimió al pueblo de Cuba en los años en que vivió el gran poeta Lezama Lima". En mi juventud fui un activista dentro de la izquierda democrática (Abdala, etc.). Orwell, Camus, Octavio Paz han sido y siguen siendo mis modelos. Sobrio y lúcido, pienso como Camus que hay que ser "solidario y solitario". La patria, la nación, sigue existiendo, más allá de las traiciones de los últimos 67 años, sean estas en la Isla o en el exilio. Hay que dejar de hablar y hacer la obra.

  

martes, 10 de marzo de 2026

Detrás de la puerta



 -¿Has visto algo?

-¿Qué?

-De lo que está pasando en Cuba.

-Por más que miro no veo nada.

-Claro, ¿no ves que la puerta esta cerrada?

-Ahora veo. Debe ser por eso que le dicen “conversaciones a puertas cerradas”.

-Sí, pero no hay nada oficial.

-Pero por el filito de la puerta, abajo veo unos pies. Dos pares de zapatos, para ser exactos.

-Uno frente a otro.

-No se mueven.

-Eso no quiere decir que no estén hablando.

-No se oye nada.

-Estarán hablando por señas.

-¿Por qué?

-Para que no se entere el enemigo.

-¿El enemigo de quién? ¿Del gobierno cubano o del americano?

-¡Qué sé yo! El enemigo de los dos.

-O sea, todos los demás.

-Más o menos.

-¿Esos son los zapatos de Trump o los de Díaz Canel?

-No sé, ahora todo el mundo usa tennis, son más cómodos.

-Te veo tenso.

-Yo no estoy tenso.

-Estoy repitiendo lo que acabo de escuchar detrás de la puerta. "Te veo tenso." dijo uno.

-No. Seguro dijo “libera a los presos”.

-Mira, están moviendo los pies.

-Ya empezó la pelea.

-No. Yo creo que están bailando.

-No, mira como uno le pisó el pie a otro.

-Sigo creyendo que están bailando pero no se ponen de acuerdo quién lleva a quien.

-En ese caso no hay dudas. Trump lleva el paso y el otro es el que tiene que seguirlo.

-¿Cómo estás tan seguro si hasta hace un momento decías que estaban peleando?

-Lo sé. Si mi presidente pelea, gana. Y si baila, es el que guía y marca el paso.

-Se alejan…

-Trump estará diciendo que hasta aquí llegó todo y mañana empieza el bombardeo.

-O le estará dando una vuelta de casino.

-Sí, él baila como nadie…

-Mira lo que dice aquí, en el teléfono.

-¿Qué dice?

-Que han llegado a un acuerdo.

-Esa noticia es una falacia comunista. Al enemigo ni un tantico así.

-Eso me suena. ¿No lo dijo…?

-¿Qué dice el acuerdo?

-Díaz Canel se va…

-Así, a enfrentar la justicia por todos los actos…

-No se va para donde quiera, tranquilo. Con la Machi y todas sus carteras. Y los Castro se quedan. Permitirán turismo a Cuba, entrada de petróleo, inversiones.

-Te lo dije, es una falacia.

-Parece una publicación seria.

-En ese caso se trata de una jugada estratégica magistral: los tienen contra la pared, ahora les exigen a aceptar la ayuda de Estados Unidos. La total destrucción de la coartada antiimperialista. Entrada de la economía de mercado, triunfo total del capital.

-Jejeje

-¿Cuál es la risa?

-En los comentarios uno dice que tanto alarde para terminar ayudando a la dictadura a seguir en el poder. Que al final Trump ha seguido los pasos de Obama.

-¡Comunistas!

-¿El del comentario? ¿Obama? ¿Trump?

-Todos.

-¿Todos?

-Todos menos Trump. A él le preocupa el pueblo cubano que, el pobre, está en las últimas.

-El pueblo. Ya se me había olvidado.

-Ese eres tú, un pobre diablo sin visión, pero alguien con la grandeza de nuestro presidente nunca se olvidaría del sufrido pueblo cubano.

- Pero si Trump se parece a Obama solo quedan dos posibilidades: o no quedan bien parados ninguno de los dos o les dan la razón a ambos.

-No. Esas comparaciones son superficiales. Lo importante es la esencia, que es totalmente distinta.

-¿Como la Coca Cola y la Pepsi?

-No, como la Coca Cola y el Cuba Libre. Porque eso es lo único que importa, la libertad.

-Mira, mira. Están volviendo a bailar. Ahora mejor coordinados, sin pisarse los pies.

-Táctica genial. Como decía “El padrino”: “mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos más cerca todavía”.

-¿Agarrándolos por el talle?

-Por donde haya que agarrarlo.

-¿Y Cuba Libre?

-Todavía es muy temprano para darnos un trago.

-Digo ¿y la democracia, la libertad, el pueblo cubano?

-¿Qué tú pensabas? ¿Que el presidente de la nación más poderosa del planeta se iba a poner al servicio de un pueblo miserable que no ha sabido luchar por su propia libertad? A lo único que se debe Trump es a los intereses de Estados Unidos.

-¿Y cuáles son los intereses de Estados Unidos ahora mismo?

-No sé. Ya lo sabremos en el momento adecuado.