martes, 6 de octubre de 2026

Metiéndome en problemas: un texto de Václav Havel

 

La revista New York Review of Books acaba de publicar el recuento que hizo Václav Havel de su detención en 1977 al publicarse la famosa Carta 77. Como se sabe ese documento marcó el nacimiento de un frente común en defensa de los derechos humanos en la Checoslovaquia comunista que estuvo en el origen de la Revolución de Terciopelo que derrocó al régimen doce años más tarde. Como todo lo que viene de ese pasado común que sigue siendo el presente cubano este texto tiene tanto de familiaridad como de enseñanza. Me llaman la atención especialmente tres cosas:

-Que a pesar de que la carta reuniera inicialmente 241 firmas la policía secreta tuviera que enterarse por un informante del periódico francés “Le Monde” de que esta había sido enviada allí para ser publicada. Da, por un lado, un asombroso ejemplo de discreción y disciplina por parte de la disidencia checoslovaca y, por otro, la eficacia de las conexiones de la inteligencia en el extranjero.

-El sistema arbitrario pero eficaz a la hora de confundir a los disidentes de apresar a buena parte de los firmantes y dejar libre durante semanas al líder del movimiento, Václav Havel, a fin de hacer recaer las sospechas sobre él. ¿Les suena conocido?

-La descripción que hace el propio Havel de su estado a la salida de la cárcel: 
“sentí que todo seguía igual que antes, que en realidad no había pasado nada, que no había estado en ninguna parte o que solo me había ausentado durante el fin de semana. Los árboles, los coches, la gente, el cielo —todo aquello que tanto había echado de menos y que pensé que me parecería casi increíble al volver a verlo— no me sorprendió en absoluto. Lo asimilé con total naturalidad. Era como si mi psicosis carcelaria se hubiera disipado por completo; me comportaba con seguridad y con absoluta normalidad. Solo gradualmente fui reconociendo hasta qué punto mi estado psicofísico me había extraviado, pues durante mucho tiempo estuve lejos de ser normal. La sensación que experimentaba no era más que una imitación superficial de la normalidad. El mundo en el que de repente me encontraba de nuevo se parecía tanto a aquel en el que había vivido durante más de cuarenta años que me creó la ilusión de que yo tampoco había cambiado y de que, por tanto, podía seguir desenvolviéndome en él tal como lo había hecho toda mi vida”.

Luego de escribir este texto Havel escondió el manuscrito. Pero lo hizo tan bien que no vino a ser encontrado sino en 2014, tres años después de su muerte, entre los papeles de su amigo Zdenek Urbenek.

Metiéndome en problemas

Por Václav Havel


Si la policía secreta checoslovaca hubiera comprendido realmente los acontecimientos que vigilaba con tanto esmero, se habría dado cuenta mucho antes de la aparición de la Carta 77 de que algo así se estaba gestando, y tal vez habría evitado la sorpresa que le supuso el lanzamiento de la Carta.

Y es que la Carta 77 no surgió de la nada. Su aparición fue la consecuencia natural de las circunstancias que la propiciaron. El 11 de diciembre de 1976, varias personas de distintos círculos intelectuales se reunieron compartiendo la convicción de que era preciso hacer algo. De sus conversaciones surgió la intención de redactar una declaración que incluyera un análisis conciso de la situación de los derechos humanos en nuestro país y que concluyera anunciando la creación de un organismo permanente dedicado a esta cuestión. A esta primera reunión le siguieron pronto dos sesiones más amplias en las que se redactó y revisó el texto de la declaración y se acordó el método para recabar firmas.

Nuestra experiencia previa nos había enseñado que la recogida de un gran número de firmas en apoyo de tal declaración debía realizarse con la mayor celeridad posible, ya que la policía se enteraría en cuestión de días e intentaría impedirlo. No obstante, decidimos recoger firmas discretamente durante las Navidades, con la esperanza de que la vigilancia policial fuera menos intensa en esa época festiva. Se ideó un método de recogida que no implicara ninguna actividad inusual, dado que las personas que se reunían para este fin ya mantenían contacto habitual entre sí, lo que evitaría despertar sospechas innecesarias.

El plan funcionó y, para el miércoles 29 de diciembre a las 16:00 horas —el plazo límite que habíamos fijado—, todas las hojas de firmas (hubo bastantes más de las que esperábamos: 241) estaban reunidas en un mismo lugar. Inmediatamente hicimos varias copias de una lista alfabética de los firmantes y las adjuntamos a las copias de la declaración. Pasé todo el día en tensión —aunque resultó ser innecesario—, ya ​​que, por lo que pudimos apreciar, no había indicios de que la policía sospechara nada. Consultamos con unos amigos sobre los pasos a seguir, bebimos algo de champán y, satisfechos por el trabajo bien hecho, nos despedimos.

A principios de enero, a pesar de nuestros esfuerzos por llamar lo menos posible la atención, la policía empezó a sospechar que algo se estaba tramando. Al parecer, recibieron la primera información precisa sobre la declaración de la Carta y la lista inicial de firmantes el 5 de enero, procedente de Francia —concretamente de la imprenta de “Le Monde”—, donde estaba previsto publicar el texto al día siguiente. Fue entonces cuando la policía comenzó a comprender la importancia y el alcance del asunto; creemos que, en algún momento de la noche del 5 al 6 de enero, movilizaron a un pequeño equipo de agentes, lo que desembocó en la sonada emboscada que sufrimos al mediodía siguiente. Librábamos una carrera contrarreloj, y perdimos por apenas un par de horas.

La mañana del jueves 6 de enero, Ludvík Vaculík y Pavel Landovský vinieron a buscarme. Fuimos en coche a casa de nuestro amigo Zdeněk Urbánek, donde preparamos todo para entregarlo a las autoridades estatales y enviarlo por correo a los firmantes. Esa misma mañana había visto un coche con dos hombres aparcado a unos cien metros de nuestra casa, pero no quise sacar conclusiones precipitadas. Sin embargo, en casa de Zdeněk supimos con absoluta certeza que estábamos bajo vigilancia: un coche patrulla Volga estaba aparcado cerca del edificio y otro vehículo rondaba por un pequeño parque situado justo enfrente. Sabíamos que seguirían cada uno de nuestros movimientos, pero decidimos mantener nuestro plan original.

Cuando nos pusimos en marcha hacia el mediodía, el Volga se colocó detrás de nosotros. Pronto nos dimos cuenta de que varios coches nos seguían y de que nos costaría mucho deshacernos de ellos. Aun así, Pavel —por una especie de orgullo de chófer— intentó despistarlos conduciendo de forma temeraria por el barrio praguense de Hanspaulka. La única ventaja que obtuvimos con estas maniobras fue que nos vimos momentáneamente solos en una calle lateral, donde pude embutir a toda prisa al menos algunos de los sobres en un buzón. Al cruzar la intersección situada justo después del antiguo liceo francés, nos vimos acorralados por varios patrulleros. Los policías bajaron de los vehículos, cortaron el tráfico en el cruce y nos gritaron que saliéramos del coche. Nos metieron en vehículos separados, nos confiscaron las bolsas y nos llevaron a su cuartel general en la calle Bartolomějská.

La emboscada debió de parecer una escena de una película de gánsteres. Los transeúntes se detenían a mirar, tal vez pensando que presenciaban un rodaje, pues entre todo el alboroto podían reconocer el rostro familiar de Pavel Landovský. Mientras la policía nos llevaba detenidos, pensé: «Vaya manera de iniciar nuestra lucha por los derechos humanos».

Si bien los interrogatorios policiales iniciales fueron, por así decirlo, inconexos —realizados meramente para orientarse, ya que aún no habían decidido cómo abordar el asunto—, el lunes 10 de enero los interrogatorios se volvieron más específicos. Por aquel entonces, mi interrogador era un tal comandante Hudec, un hombre alto y relativamente cortés, con una risa extraña y áspera; no era sarcástico a propósito, pero resultaba bastante desagradable de todos modos. Me negué —al igual que todos los demás— a decir nada sobre la Carta y, dado que el comandante Hudec parecía incapaz de mantener una conversación interesante, pasamos un rato bastante sombrío: largos periodos de silencio se alternaban con breves lapsos de un mismo diálogo repetido hasta la saciedad, que venía a decir más o menos esto: «Si yo hago algo malo y soy un hombre, ¡lo confieso! ¡Tardamos una hora en redactarlo y te vas a casa! Por eso no te comprendo: ¿eres un hombre?». «¡Pero si no he hecho nada malo!». «Si no has hecho nada malo, pues dilo, por el amor de Dios. Si yo hago algo malo y soy un hombre, ¡lo confieso! ¡Tardamos una hora en redactarlo y te vas a casa! No te comprendo: ¿eres un hombre?». La cosa seguía así (en mis obras llamo a esas repeticiones «diálogo circular»), seguida siempre de un silencio. Y luego otra vez: «Si yo hago algo...». El comandante Hudec insistió conmigo durante dos días, en sesiones de diez u once horas, a pesar de que aquello no conducía a ninguna parte. Al principio me preguntaba cómo alguien tan falto de imaginación había podido llegar a mayor. Pero más tarde se me ocurrió que tal vez lo estaba subestimando: la sensación de futilidad que emanaba de él empezó a provocarme malestar físico. Me dolía la cabeza, me sentía mareado y luchaba constantemente contra un extraño letargo que me hacía sentir como si estuviera a punto de desmayarme. ¿Era eso precisamente lo que buscaba Hudec? Claramente tenía dos posibilidades en mente: o bien yo perdía los nervios y lo confesaba todo, o bien mantenía la compostura, pero regresaba a casa por la tarde tan abatido que no me quedarían energías para las tareas que me aguardaban —responder a las preguntas de los periodistas que llamaban desde Viena, Bonn o París en busca de comentarios, o consultar con otros miembros de la Carta, recopilar información, etcétera—. En resumen, no podría desempeñar mi papel de portavoz de la Carta 77. Así pues, la estrategia de Hudec no era tan absurda como parecía, aunque no tuvo éxito: mis nervios resistieron y pude cumplir con mis obligaciones vespertinas.

El martes por la tarde, Hudec me invitó —como de costumbre— a volver a la mañana siguiente. Así que el miércoles por la mañana me presenté en la garita de la prisión de Ruzyně y dije que el mayor Hudec me había citado; el guardia me pidió que esperara. Permanecí media hora en la sala de espera, tratando de consolar a una mujer que lloraba. Por fin regresó el guardia y me dijo que allí no había nadie con ese nombre. Pregunté si podía irme a casa, y él simplemente se encogió de hombros. De modo que me fui a casa.

Eran cerca de las nueve y, al principio, me alegré de mi inesperada libertad. Pero me encontraba en un dilema: ¿qué debía hacer ahora? Me había acostumbrado tanto a aquellos interrogatorios diarios que, de repente, me vi frente a un vacío desolador y desesperanzador. ¿Debía quedarme en casa esperando a que se dieran cuenta de su error y vinieran a buscarme? ¿O debía aprovechar la oportunidad y esconderme? ¿Pero adónde podía ir? Los demás miembros de la Carta estaban trabajando o siendo interrogados en la prisión de Ruzyně, y dedicar mi tiempo a cualquier cosa que no fuera la Carta me parecía absurdo.

Al final opté por una solución bastante peculiar, a medio camino entre desaparecer y exhibirme a plena luz del día: iría a sentarme al café Slavia. (Para explicarlo: el Slavia había sido durante mucho tiempo una parte importante de mi vida. Fui cliente habitual allí durante la mayor parte de mi juventud. Fue allí donde viví mis inicios literarios y donde mantuve interminables e intensas discusiones con amigos y compañeros de estudios. Incluso conocí allí a Olga, mi futura esposa. Sin embargo, habían pasado ya unos buenos quince años desde que dejé de frecuentar el Slavia, y no lograba recordar cuándo había sido la última vez que había estado allí.) Me senté junto a una ventana, pedí un café y reflexioné sobre las cosas. Poco a poco comencé a sospechar que, después de todo, no se trataba de un error y que toda la situación anómala, cuando todos menos yo estaban en la cárcel de Ruzyně, indicaba algo mucho más siniestro: ¿Qué pasaría si en ese momento decidieran cambiar mi estatus de testigo a sospechoso?

A la mañana siguiente la situación se volvió aún más siniestra. Todos los demás estaban siendo interrogados, pero a mi alrededor reinaba un silencio misterioso. Una vez más me invadió una profunda inquietud y fui a un pub de la calle Žitná para combatirla con un almuerzo y unas cuantas cervezas. Al mediodía apareció Jiří Němec y Milan Balabán, pastor evangélico y uno de los firmantes. Leímos los periódicos y analizamos la campaña que estaban librando contra nosotros, que ya estaba en marcha: en todos los periódicos y en la televisión y la radio se citaba a “trabajadores indignados”.

Pasamos esa tarde y esa noche en uno de los “apartamentos conspirativos” donde se llevaban a cabo reuniones y consultas. Redactamos un documento sobre el sistema educativo; evaluamos nuestra situación y compartimos lo que sabíamos. Alrededor de las 10:00 de la noche decidí ignorar mi malestar, irme a casa, dormir bien, bañarme y afeitarme. No sabíamos si ya sabían dónde nos íbamos a reunir y tenían el departamento bajo vigilancia –probablemente no–, pero ese día todo nos parecía sospechoso y ninguna de nuestras precauciones nos pareció meters.

Cuando salimos del apartamento, Pavel, que debía llevarme hasta mi coche, me pidió que caminara cien metros detrás de él. (Se me escapaba el sentido de hacerlo, pero no lo cuestioné para no parecer estúpido.) Tomó una ruta tortuosa (era una parte de Praga que no conocía), le dio dos vueltas a la manzana, luego de alguna manera se me adelantó mucho y comencé a perderlo. Empecé a correr para alcanzarlo, pero cuando me vio correr él también empezó a hacerlo, y de repente los dos estábamos corriendo como locos por calles vacías, y cuando finalmente nos encontramos, bastante agotados, junto a su coche, no pudimos explicar por qué no habíamos caminado juntos de manera normal.

Dormí en casa y luego me levanté temprano porque quería darme un baño tranquilo antes de que vinieran a buscarme. Cuando terminé mis abundantes abluciones, sonó el timbre, abrí y en la puerta estaba el mayor Hudec con dos tipos de aspecto duro. Se rio entre dientes con su estilo ronco y dijo en tono jovial: "¿Señor Havel, dónde se había metido?"

Parecía estar reprendiéndome por no presentarme en la prisión, una idea no del todo absurda considerando lo ansioso que había estado durante los dos días anteriores. Si hubiera podido seguir mis sentimientos más íntimos, habría preferido terminar todo el juego y entregarme. Mi estado mental era similar al de un hombre que deambula por una ciudad donde en cada esquina hay un cartel de "SE BUSCA" con su cara.

Le pregunté a Hudec si me llevaban como testigo o como sospechoso, y él se rio entre dientes y dijo: “Como testigo, por supuesto”. Sin embargo, tomé el bolso con los artículos de aseo de emergencia que llevaba conmigo durante diez días, me despedí de Olga y me fui.

Regresé 127 días después.

Quizás fue el lunes (pero probablemente no hasta el martes) cuando se presentó en mi interrogatorio un hombre robusto con una barba exuberante. (En ese momento me interrogaban todos los días.) Deduje de inmediato que él no estaba con la policía secreta, no solo porque normalmente no tienen barba sino también porque no era su tipo. Los interrogadores inmediatamente se pusieron de pie respetuosamente, mientras que él más o menos los ignoró y se ofreció a estrecharme la mano, lo que me sorprendió bastante. Se presentó como "Dr. Fremund, fiscal superior de la oficina del ministro de justicia". Nos sentamos todos y el recién llegado empezó a hablar. Su tono era serio, iba al grano y había algo tranquilizador, incluso estimulante, en su voz. Comenzó con un breve prólogo en el que anunció que yo estaba oficialmente detenido.

Entonces explicó brevemente sus razones. Básicamente, dijo que muchos periodistas extranjeros recurrían a mí, como portavoz de la Carta, y muchos más probablemente lo harían, y que mis declaraciones, dijo, me estaban metiendo en problemas, y era de esperar que me metiera aún más en problemas, por lo que la sensación era que sería mejor para mí estar protegido de todo eso por ahora, en caso de que eventualmente me involucrara más profundamente, lo cual sería muy tonto de mi parte, particularmente porque esos periodistas a menudo tergiversaban lo que decía y lo hacían de manera que convertían mis declaraciones en ataques a la república. Por supuesto, ciertamente sería posible investigar mi crimen sin encerrarme, pero era por mi propio interés y por el interés general que no siguiera como hasta ahora, que es precisamente lo que mi detención debía evitar. Entonces me preguntó si estaba familiarizado con mi acusación y si quería decir algo al respecto que él pudiera añadir a su informe.

Le dije algo así como que el artículo 98 del código penal presupone que la persona ha actuado por hostilidad hacia el sistema de gobierno socialista, pero que yo no me consideraba un enemigo de dicho sistema, y ​​que lo que me había llevado a actuar como lo hice fue el intento de contribuir a su mejora.

El doctor Fremund dijo que no hacía falta añadir eso, ya que yo lo había manifestado en mis declaraciones anteriores, y me preguntó si había algo más.

Le dije que se me acusaba de mantener contacto con ciertos centros hostiles en el extranjero —definidos de manera vaga—, pero que yo no tenía tales contactos.

El doctor Fremund dijo que no era necesario añadir eso, pues ya lo había dicho en mis declaraciones anteriores.

A continuación, me entregó un formulario para que lo firmara; lo firmé, reconociendo así que me encontraba oficialmente detenido.

Luego me preguntó, en tono cordial, si tenía alguna petición, alguna necesidad concreta o alguna queja. No supe qué responder de inmediato, pero después —si no recuerdo mal— pregunté si mi esposa podría traerme algunos libros.

El doctor Fremund dijo que, lamentablemente, tenía que decepcionarme, ya que los acusados ​​solo tenían derecho a leer libros de la biblioteca de la prisión.

Entonces se puso en pie y me tendió la mano; los interrogadores se levantaron cortésmente de nuevo y el doctor Fremund les preguntó dónde podía encontrar al camarada Horák. Uno de los interrogadores se dirigió rápidamente a la puerta y se ofreció a acompañarlo. Ambos salieron de la sala.

En resumen, esto es lo que puedo decir sobre el doctor Fremund: durante mi estancia en Ruzyně me reuní con él en cuatro ocasiones, y todos esos encuentros compartían un elemento fundamental. Las noticias que comunicaba eran siempre malas, pero las transmitía de tal manera que yo me sentía satisfecho, tranquilo y animado, por no decir eufórico. En resumen, aquel encuentro siempre generaba, de algún modo, un instante de claridad en medio de la oscuridad general que me rodeaba en Ruzyně. Al mismo tiempo, sabía muy bien que aquel hombre jamás podría traerme buenas noticias y, sin embargo —por incomprensible que parezca—, siempre, en cada ocasión, sucumbía al efecto tranquilizador que él ejercía sobre mí.

A menudo me he preguntado: ¿qué clase de persona era realmente? Dentro de todo el engranaje anónimo de los servicios de seguridad y justicia, él sobresalía: la barba poblada, aquellos intentos discretos de humor seco, el aura de sosiego que irradiaba. Y, no obstante, no había en él una calidez humana auténtica. Su comportamiento era pragmático, mesurado, oficial. ¿Cómo sería en casa? No sé por qué, pero no puedo evitar sentir que, si no era un solterón empedernido, sin duda —como marido o padre— debía de ser uno de esos tiranos domésticos cargados de pequeñas manías y hábitos peculiares que sus seres más cercanos están obligados a respetar incondicionalmente, pero por los cuales lo detestan en silencio. Y al mismo tiempo, se rinden por completo ante cierto carisma frío de su personalidad, de modo que prácticamente no tienen margen para rebelarse. Aunque estuviera casado, sin duda poseía rasgos propios de un solterón: un apego egoísta a sus viejas costumbres y la incapacidad de ser un verdadero compañero para nadie.

Pero, sea cual fuera su verdadera naturaleza, era extraordinariamente apto para su trabajo. Poseía la capacidad de comunicar cualquier cosa a cualquiera de manera persuasiva y tranquilizadora. Puedo imaginarlo argumentando ante un tribunal a favor de que se me impusiera la pena de muerte, pero haciéndolo de tal forma que yo mismo acabaría encantado con su discurso.

Aquel mes de mayo, viví el proceso de liberación como en un sueño. Apenas seis semanas antes, estaba convencido de que no volvería a ver el mundo exterior en otros cinco años y, de repente, estaba a punto de regresar a él. Naturalmente, no podía evitar sentirme eufórico, pero al mismo tiempo temblaba de ansiedad, preguntándome qué clase de trampa me estarían preparando.

Hacia la una, todo el procedimiento concluyó y un guardia me condujo a través del complejo penitenciario de Ruzyně hasta la puerta principal. Olga y Zdeněk Urbánek ya esperaban al otro lado. Crucé la puerta y entonces sucedió algo extraño: sentí que todo seguía igual que antes, que en realidad no había pasado nada, que no había estado en ninguna parte o que solo me había ausentado durante el fin de semana. Los árboles, los coches, la gente, el cielo —todo aquello que tanto había echado de menos y que pensé que me parecería casi increíble al volver a verlo— no me sorprendió en absoluto. Lo asimilé con total naturalidad. Era como si mi psicosis carcelaria se hubiera disipado por completo; me comportaba con seguridad y con absoluta normalidad. Solo gradualmente fui reconociendo hasta qué punto mi estado psicofísico me había extraviado, pues durante mucho tiempo estuve lejos de ser normal. La sensación que experimentaba no era más que una imitación superficial de la normalidad. El mundo en el que de repente me encontraba de nuevo se parecía tanto a aquel en el que había vivido durante más de cuarenta años que me creó la ilusión de que yo tampoco había cambiado y de que, por tanto, podía seguir desenvolviéndome en él tal como lo había hecho toda mi vida.

Olga, Zdeněk y yo nos abrazamos (él me había traído flores); luego cargamos mis cosas en el coche y nos marchamos. Y, de repente, rompí a llorar. Me quedé desconcertado, ya que la última vez que había llorado así todavía era un niño. Pedí disculpas a Olga y a Zdeněk; les dije que no lo entendía y que me resultaba terriblemente embarazoso. Aquello no encajaba con la ilusión de estar tranquilo y mantener el control. «Menudo defensor de los derechos humanos», me dije a mí mismo.

Condujimos hasta casa y subimos mis cosas. Me sorprendió lo colorido que resultaba nuestro apartamento. Bebimos whisky, fumé los cigarrillos americanos que Zdeněk había comprado para mí de camino a Ruzyně y hablamos de todo un poco.

No podía dormir, ni tampoco quería hacerlo. Pasé toda la noche leyendo montones de textos de la Carta que me esperaban en el escritorio: documentos, comunicados de prensa, análisis, ensayos, documentación sobre litigios laborales, etcétera. Fue una lectura apasionante lo que me permitió avanzar un paso más en la comprensión de todo lo que había sucedido fuera de la prisión durante mi ausencia. Me había perdido la primera fase —y la más importante— de lo que cabría llamar la etapa heroica de la Carta. Ahora no dejaba de asombrarme al ver cuántos textos inteligentes y valientes se habían escrito, cuántas cosas habían ocurrido, cómo había florecido la creatividad latente de tanta gente y cómo tantas personas habían crecido. Sentía una profunda admiración por todos aquellos que no se limitaron a firmar la Carta y quedarse ahí, sino que entendieron su firma como un compromiso para realizar un trabajo real. Por supuesto, el régimen había contribuido a todo esto mediante la enorme presión que ejerció sobre los miembros de la Carta. En cierto modo, la situación fuera de la cárcel era peor de lo que yo había imaginado: no me había hecho idea alguna de la absoluta crueldad de la persecución (docenas y docenas de despidos, juicios laborales amañados, expulsiones del Movimiento Sindical Revolucionario, vigilancia constante, detenciones de cuarenta y ocho horas, interrogatorios, confiscación de documentos personales, corte del servicio telefónico, etcétera).

Aquello obligó a actuar incluso a quienes, por lo general, se sentían aislados y, en circunstancias normales, no habrían alzado la voz en su propia defensa. La pura necesidad de defenderse llevó a muchos de ellos a desprenderse de sus últimas inhibiciones. Empezaron a llamar a las cosas por su nombre y, de este modo, permitieron que la verdad saliera plenamente a la luz. Me fascinaba también ver cómo un principio fundamental de la Carta —la noción de diversidad de orígenes— se había hecho realidad. Sin imposiciones ni persuasión externa, distintos grupos se impregnaron del mismo espíritu, conservando al mismo tiempo su propia identidad. Los protestantes se dirigían a sus congregaciones; los católicos, a las suyas; los antiguos comunistas hablaban con sus compañeros de siempre. Era un coro de ideas, estilos, enfoques y temas diversos, todo ello con un sentido de concordia que nadie había organizado y orientado hacia un mismo fin: una expresión de la verdad pacífica y cívica, pero intransigente; una defensa convincente de los derechos humanos fundamentales y de la dignidad humana. (¡Qué diferente era el tono de todos estos textos del de la campaña oficial contra la Carta, cargada de odio, histeria y vulgaridad!)

No podía apartar la vista de lo que leía; quería aprender tanto como fuera posible y con la mayor rapidez, por si realmente venían a detenerme el lunes.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Cuba Libre Social Club: ¿experimento exitoso o sueño incumplido?*


Viernes por la noche en West New York, Nueva Jersey. Un grupo de cubanos van llegando a un restaurante del pueblo, saludan y lo atraviesan hasta un pequeño salón de fiestas que se encuentra al fondo. Suena una música tan variada como los asistentes, música para todas las edades. Unos se conocen, otros llegan por primera vez asombrados de encontrarse de pronto con un grupo tan grande y diverso de compatriotas. Se presentan, conversan, algunos empiezan a bailar, se venden tickets para una rifa en la cual el ganador se alzará con una caja de comestibles españoles, un pan artesano o lo que aparezca.

Luego sirven la cena: cerdo asado, chilindrón de chivo, moros y cristianos, yuca con mojo. Se anuncian los ganadores de la rifa. El baile se generaliza y hasta los más tímidos se incorporan. El postre es un pastel en el que se puede leer: «Cuba Libre Social Club». El nombre no es gratuito, con el dinero que se recoge entre los asistentes más las contribuciones que llegan desde todas partes se ayuda cada mes a una treintena de presos políticos en Cuba y a sus familias, escogidos entre los más desfavorecidos de esa comunidad de desamparados que son los cientos de presos políticos encerrados en la isla.

Cuba Libre Social Club es el nombre oficial de estas celebraciones y de la organización que la hace funcionar, aunque muchos dicen: «vamos a lo de Armandito». Se refieren a Armando Álvarez, hijo de un excapitán del Ejército Rebelde encarcelado durante una década por disentir de la dictadura de los Castro. Llegado a Estados Unidos con apenas 20 años en 1980, Armandito nunca ha cejado en su empeño de aglutinar a los compatriotas de la zona y buscar medios para ayudar a los encarcelados por la misma dictadura que condenó a su padre. De todas sus iniciativas, una de las más exitosas ha sido precisamente el Cuba Libre Social Club que lleva más de dos años congregando cubanos que se reúnen para pasarla bien el segundo viernes de cada mes al tiempo que contribuyen a una de las causas más justas que pueden imaginar.



En las anteriores generaciones del larguísimo exilio cubano —que se inició con Félix Varela y José María Heredia en 1823— era natural y espontánea la tendencia a crear organizaciones donde los fines recreativos y culturales se combinaban con las causas políticas. Que se reunieran quienes compartían costumbres e ideales para contribuir a una causa común. El famoso Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí en 1892 fue, de hecho, creado a partir de clubes de todo tipo instituidos con anterioridad: para integrarse al nuevo partido bastaba con que aceptaran sus bases. Los primeros años del exilio pos 1959 vieron de igual forma el surgimiento masivo de sociedades políticas, recreativas, regionales y de diverso tipo. Solo la creciente desconfianza generada por décadas de régimen totalitario ha conseguido que con los años el impulso natural de reunirse y crear asociaciones fuera desapareciendo. Para gente crecida en un país sin sociedad civil, donde es el Estado el único autorizado a crear organizaciones, la sola idea de asociarse en la diáspora suele ser rechazada por la sospecha colectiva. Apartando excepciones notables, las nuevas generaciones migratorias cubanas no confían en asociarse con otros compatriotas más allá de su círculo de amistades. Esa perpetua desconfianza a la hora de actuar en marcos más amplios que el de la gente conocida y puesta a prueba es sin duda uno de los logros más notables del castrismo.

Tanta inercia, incluso en la diáspora, solo puede ser alterada por medios y gente excepcionales. Armandito es una de esa gente excepcional que consigue lo que otros no pueden. Es un tipo tan increíble que solo te lo crees si lo conoces, pero intentaré explicarlo. Imagínense a alguien que sale a la calle todos los días con el propósito de ayudar al menos a un desconocido —porque ayudar a los amigos es algo que hace sin siquiera esforzarse—. Añádanle el detalle de que Armandito es como si Pepito el de los cuentos hubiera llegado a la adultez: cuando no está contando las bromas que ha gastado, está maquinando otras nuevas que pueden durar días o años. Puede incluso verse al revés: como un bromista empedernido que se hace perdonar haciendo el bien compulsivamente. Yo he tratado de resumir ese personaje en algún cuento y en mi novela Turcos en la niebla, pero me temo que no lo he conseguido.

El asunto es que Armandito es un hombre de confianza, en el sentido profundo de la frase. Y el Cuba Libre Social Club es de alguna forma una extensión de la personalidad de su fundador: una organización que combina el deseo de ayudar y el de divertirse. Por supuesto, ni siquiera alguien como Armandito puede conseguir algo así solo. Para que el Cuba Libre Social Club se haya podido reunir durante más de 24 meses y pueda recoger la ayuda y hacerla llegar a sus destinatarios ha contado con la asistencia invaluable de gente tan esforzada y desinteresada como su fundador —como son los casos de Meyken Barreto, Rubén y Claudia Mendoza, Loreta Martínez, Lesly Ferrán, Isabel Milanés, Camila y Paula Lobón y Anamely Ramos junto a otros muchos contribuyentes anónimos—.

Entre los asistentes a las noches de Cuba Libre pueden encontrarse gente de todas las extracciones: constructores, camareros, abogados, profesores. Gente humilde que se codea con personajes conocidos como los músicos Paquito D'Rivera y Oriente López, el dramaturgo Iván Acosta, el activista Ramón Saul Sánchez o los escritores Orlando Luis Pardo Lazo y Alexis Romay. El deseo común de ayudar a personas injustamente presas en su país los hace juntarse sin distinciones.

Cuba Libre Social Club puede verse como un experimento social cuando debería ser la norma. Confieso que alguna vez soñamos con que el ejemplo del Cuba Libre Social Club se extendiera. Que en donde quiera que hubiera cubanos que desearan la libertad de su país, y en especial de sus compatriotas más arriesgados y sufridos, imitaran reuniones donde se da cintura heroicamente en pro de la causa común de la libertad. Pero eso sería subestimar el profundo daño que casi seis décadas de totalitarismo ha infligido en nuestro inconsciente colectivo y en nuestra capacidad de ponernos de acuerdo en algo positivo. Por eso, más que soñar, nos resta agradecer el tremendo privilegio de ser parte de esa conspiración por una patria libre y contra la desconfianza que hace más de dos años emprendieron Armandito y todos los que lo apoyan y que no da muestras de rendirse.

* Publicado originalmente en El Toque

viernes, 14 de agosto de 2026

Cien años de una oportunidad (perdida)*

 

Habrá algunos que querrán aprovechar este 13 de agosto, cuando se cumple el centenario del nacimiento de nuestro Comandante en Jefe, para declararlo Día Nacional del Aborto. Gente desagradecida que no sabe apreciar la grandeza de aquel que vio hace un siglo la luz en Birán para terminar quitándosela al resto de la isla. Porque quienes sueñan retrospectivamente con el aborto de Lina Ruz en las primeras semanas de 1926 son de los que ven el vaso medio vacío y fantasean con una Cuba en la que nunca hubiese existido el más jefe de los comandantes. Eso, en vez de soñar en grande y pensar en el vaso lleno. Aunque nunca de leche, por supuesto, porque como sabemos, la leche es un invento de la CIA para que los niños cubanos piensen que se están perdiendo algo.

Si los sueños del Comandante no se cumplieron a plenitud fue un poco por mala suerte y otro poco porque los cubanos no estuvimos a la altura de nuestro máximo soñador. Mala suerte de haber nacido y aplicado sus esfuerzos en una isla de 110 000 kilómetros cuadrados y que tenía un poco más de 6 millones de habitantes a su llegada al poder. Si con tan pobre punto de partida el Comandante terminó interviniendo en buena parte de África y América Latina, ¿qué no habría hecho con un país a la altura de sus anhelos? Lo que deberíamos preguntarnos no es lo que hizo el Primo Comandante Assoluto con la materia prima que encontró, sino lo que habría hecho con una más digna de sus designios. Sí, fusiló a unos cuantos miles de desagradecidos a su llegada al poder y encarceló a otras decenas de miles. Eso y el montón de ineptos para la exigente fragua de la revolución que envió a ese monumento a la reeducación y adquisición de buenas costumbres que fueron las UMAP y sus instructivos cortes de caña en Camagüey. ¿Se imaginan ustedes lo que habría hecho si en lugar de 6 millones y Camagüey hubiera dispuesto de 200 y la Siberia?

Innecesario recalcar aquí todo el esfuerzo desplegado por el Comandante para erradicar esos agentes del capitalismo como son la propiedad privada y el bistec. Porque si al llegar al poder en Cuba había 6 millones de cabezas de ganado vacuno, o sea, una por habitante, tres décadas más tarde quedaban unas 200 000 para 10 millones de habitantes; algo así como 50 cubanos por cada vaca a las que se habrían zampado en un simple almuerzo. De ahí su sabia medida de tratar a las vacas como animales sagrados cuya muerte e ingestión castigaba como si le hubieran matado a un hijo. Que para eso el Comandante también era el padre de la ganadería cubana. Y en cuanto a la propiedad privada, el Comandante nacionalizó todo lo que podía ser nacionalizado, desde los centrales azucareros y las refinerías de petróleo hasta los puestos de fritas y los carritos de granizado. Y si no nacionalizó la ropa interior y los cepillos de dientes, al menos organizó su distribución para asegurarse de que a cada cubano y cubana se le venciera el elástico de los calzoncillos o las bragas más o menos al mismo tiempo y evitar las injustas desigualdades del capitalismo donde unos tienen mucho y otros no tienen casillas para ropa interior en la libreta de abastecimiento.

Incluso los peores críticos del Comandante, debidamente subvencionados por la CIA, poco podían decir de sus grandes logros como el deporte, la educación, la salud y el marabú. Dirán si acaso que el deporte y la salud los subvencionaba la Unión Soviética y que la educación empezaba con la letra F, de Fidel y fusil y solo servía para leer el Granma y discutir los discursos del Comandante en los círculos políticos. O que todos esos avances desaparecieron junto con la URSS. Pero ¿qué van a decir del marabú, a ver? Porque con un mínimo esfuerzo y sin ayuda exterior el Comandante logró que en tiempo récord el marabú se adueñara de los campos cubanos. Que no se supiera qué hacer con una planta tan entusiasta y agradecida solo es testimonio de la miopía de sus compatriotas que ahora cuando, por motivos que no es necesario mencionar, se han vuelto al tradicional método de cocinar con carbón nada mejor para producir combustible vegetal que el marabú patrocinado por el visionario líder.

Y así con todo. Nadie como el Gran Hijo de Birán para convertir aparentes reveses en sonoras victorias. Otro en su lugar se hubiera amilanado ante la perspectiva de construir el comunismo a solo 90 millas de la meca del capitalismo. Donde muchos veían como obstáculo insuperable la cercanía de cohetes y bombarderos imperiales el Comandante vio una oportunidad: supo aprovechar la proximidad para hacer que los cubanos recorrieran esas 90 millas en cuanto objeto flotante pudieran encontrar, desde neumáticos y palanganas hasta armarios y Chevrolets debidamente impermeabilizados. Y así, de paso, se daba el gusto de alimentar a los tiburones del Golfo con los menos aptos para completar la travesía. Donde otros veían éxodos vergonzosos, el previsor líder lo aceptaba como la necesaria liberación de lastre de la nave revolucionaria y futura fuente de remesas en momentos difíciles.

Unos lamentarán la desaparición del Comandante pero este —para no darnos oportunidad de extrañarlo— creó la revolución energética que implantó los grupos electrógenos, condenó a las grandes termoeléctricas a la extinción y puso a toda Cuba a cocinar con hornillas eléctricas. Todo eso funcionaba cuando el petróleo venezolano entraba a Cuba a borbotones, cierto, pero luego de cerrarse la llave venezolana —por motivos que no es necesario mencionar— los cubanos se han visto precisados a recordar al Comandante. Y a Lina Ruz, su progenitora. Si Homero decía que los dioses tejían desdichas para que los futuros poetas tuvieran motivos para cantar, hoy se hace evidente que el Comandante multiplicó el marabú para que las amas de casa del futuro tuvieran carbón con qué cocinar.

Aun así, debemos reconocer que con todo y sus dotes de profeta la comandántica ausencia nos deja un vacío más irrellenable que estómago cubano a medianoche. ¿Se imaginan todo lo que podría hacer ahora con la maleable arcilla de estos años cubanos? Si con la Zafra de los Diez Millones difirió las navidades por 30 años, con el Mariel le malogró las elecciones a Carter y con el Período Especial se volvió más creativo que Leonardo Da Vinci en el Renacimiento con sus picadillos de texturas varias, sus plátanos microjet y pedraplenes, ¿qué no haría ahora su desaforada imaginación con tanto estímulo actual? ¿Transformaría los basureros en los que se han convertido las calles cubanas en organopónicos para cultivar frutos menores? ¿Los apagones nacionales en maniobras para volver la isla indetectable a los bombarderos enemigos? ¿El hambre —o dificultades alimentarias por motivos de todos conocidos, según su nomenclatura— en batalla final contra el colesterol? ¿Aprovecharía los breves alumbrones para explicarnos la realidad con sus pedagógicos discursos? De ahí que ahora, cuando conmemoramos un siglo de su nacimiento, apenas estemos en condiciones para valorar todo lo que hemos perdido con su ausencia. Y, lamentablemente, tengamos que conformarnos con declarar el 13 de agosto Día Nacional del Aborto porque con gente como el Comandante más vale precaver que cientos volando.


*Publicado en El Toque


sábado, 1 de agosto de 2026

Diálogo papayéutico



El otro día sostuve un diálogo socrático con la jeba, o con mi señora esposa, como debe decirse en momentos tan sensibles como este. Un diálogo real, no de los que me invento a cada rato. Cualquiera que no la conozca, mujer delicada y sensible donde las haya, pensará que ella es un pretexto para ponerle en su boca palabras mías. O para el que la conozca superficialmente y la piense incapaz de abordar esos temas. Pero da igual ahora que ya nadie cree nada.

Yo: ¿Viste lo último de Luis Manuel?

Ella: No.

Yo: Hablaba de las diferencias de sabor entre las vaginas cubanas y las vaginas extranjeras. O las mismas vaginas en Cuba y en el extranjero.

Ella: ¿Y?

Yo: Que la gente está indignada.

Ella: ¿Qué gente?

Yo: La gente.

Ella: ¿La misma gente que le aplaude a la Diosa la papaya de 40 libras? 

Yo: Más o menos.

Ella: Es que los cubanos nos creemos muy relajados pero en el fondo somos muy solemnes y muy hipócritas.

Yo: Algo de eso hay.

Ella: ¿Esos son los mismos que dicen que cuando la Diosa habla de papaya es una señal de empoderamiento?

Yo: Supongo.

Ella: Allí el único problema que veo es que la Diosa acuse a Luis Manuel de plagio.

Yo: No, lo acusan de chovinismo. De andar diciendo que las vaginas cubanas saben mejor.

Ella: Pues déjenlo que lo piense. Las pobres con el calor y los apagones, de algo deberían sentirse orgullosas.

Yo: Lo que no me queda claro si es una cuestión genética o climática. Si las vaginas cubanas saben mejor por porque son así de fábrica o es una mezcla del calor con la falta de jabón.

Ella: No sé, para gustos se han hecho los sabores. Mira a Generoso.

[Se refiere a Generoso Jiménez, el trombonista de Benny Moré, famoso por sacar a sus parejas a pasear por el mediodía habanero para ponerlas en el punto que deseaba. La anécdota la cuenta muy bien Paquito D’Rivera].

Yo: Entonces ¿no te ofende el comentario vaginal de Luis Manuel?

Ella: ¿Por qué iba a ofenderme? Ya te dije, si la papaya de la Diosa fue un éxito…

martes, 28 de julio de 2026

El reactivo Luis Manuel Otero Alcántara*


Alguien a quien quiero y respeto me escribió con alarma sobre la entrevista que le había dado Luis Manuel Otero Alcántara al periodista Mario Pentón. Tras escuchar la entrevista, el alarmado era yo: ¿qué problemas tenemos los cubanos para entender lo que nos dicen 50 minutos de conversación con alguien que emplea la misma modalidad del español que usamos para comunicarnos todos los días?

Por supuesto que en el caso de mi amiga descarto la envidia, la animadversión política o los trastornos psiquiátricos que inspira en algunos Luis Manuel. Se trata de una persona que desea lo mejor para el país del que tuvo que huir hace unos años y que lo añora con el amor limpio de la gente honesta que es. Más que entender a Luis Manuel intento aquí entender la decepción de muchos.

En la entrevista, para el que no la haya visto, el recién desterrado habla, con su franqueza habitual, de su prisión, de su llegada a Estados Unidos y de sus planes. Pasado presente y futuro, como lo dictan los tiempos verbales. El fragmento que parece incomodar más a mi amiga y a muchos otros fue su descripción de los nueve días que mediaron entre el momento en que la Seguridad del Estado lo sacó de la cárcel y el que salió de Cuba. Un secuestro «amable», de policía bueno, mientras el poder esperaba la oportunidad de expulsarlo del país. Luis Manuel nos habla de una casa de la Seguridad, cercana a la playa de Guanabo, con una piscina que rellenaban apresuradamente con unas pipas de agua cuando él llegó. El agua que escasea hoy en Cuba, apunta el artista, traída para sobornar sus últimos recuerdos sobre el régimen que lo había encerrado un quinquenio. Una oportunidad, intuye el entrevistado, para que se relajara. Y también para recoger material con el que chantajearlo o desprestigiarlo más tarde. Y Luis Manuel —supongo que para decepción de mi amiga—, en lugar de protegerse de la trampa que le habían tendido saltó de lleno en ella, como en la piscina llenada a golpe de pipa, y así convertir aquella emboscada en otra cosa.

Queda clara la intención primera del artista con tales confesiones: evitar que el material recogido en esos días por la Seguridad del Estado pueda servir como un instrumento de chantaje y difamación contra él. El chantaje, como sabemos, es alérgico a la claridad y la trasparencia. Hay también una razón menos obvia para sus confesiones: sacarse de arriba el papel de mesías con que lo han obligado a cargar apenas llegó a Miami y así poder satisfacer su instinto natural de experimentar la libertad luego de pasar cinco años preso. Aunque eso signifique sacarse de arriba la armadura de guerrero inclaudicable que le quieren encasquetar. De ahí que Luis Manuel insista en convertir la experiencia de la prisión —deshumanizadora, por muchas vueltas que le dé— justo en lo contrario, en un doctorado en humanidad, en conocimiento del alma humana, en creatividad. Más que a recuperar el tiempo perdido, el artista se niega a admitir esos años como un desperdicio al que lo forzó el régimen que abomina. Evitarse la disyuntiva de ser héroe o víctima.

Pero basta de explicar a Luis Manuel. Bastante elocuente es a la hora de aclararse a sí mismo. Para lo que puede servir el revuelo que se ha creado a su alrededor es para entendernos a nosotros mismos. Luis Manuel, mostrándose como lo que es, un buen artista (porque no cesa de crear) y un mal político (porque no intenta engañarnos), nos obliga a reconocer qué entendemos por arte y qué por política. El arte sería, de acuerdo con el consenso general, un asunto etéreo y decorativo, donde todo se decide entre las categorías "bonito" y "feo" pero que no sirve para casi nada serio excepto cuando refuerza nuestros prejuicios, sean estéticos o políticos. La política, en cambio, se asume como simulación constante en la que el buen político es quien finge mejor estar por encima de nuestra humanidad, entendida como debilidad, flaqueza, frivolidad. Pero frente a alguien como Luis Manuel, dispuesto a sacrificar a la causa común todo menos su humanidad, nos sentimos confundidos, defraudados. Sacadas sus cuentas, Luis Manuel estuvo dispuesto a pasar cinco años de su vida en la cárcel, pero no a renunciar a esa terca individualidad que muchos ven como estorbo para llevar a cabo la misión que le asignan.

Más que el líder que le piden a Luis Manuel que sea, él se ha vuelto, sin proponérselo, en un reactivo químico que hace más visible el tamaño de nuestra desesperanza, de nuestra impotencia. Porque las dictaduras, a fuerza de reducir a sus súbditos a la impotencia, los infantilizan y los lleva a apostar sus ilusiones a personajes mágicos, relatos mágicos, soluciones mágicas. Para luego desencantarse rabiosamente cuando la magia no funciona. 

Se ve el castrismo como una pesadilla de la que bastará una buena sacudida para despertarnos de ella y no como un experimento monstruoso que nos ha calado hasta la médula. Eso cuando no lo ven como merecido castigo para expiar no se sabe cuántas culpas acumuladas. Y encima, para configurar nuestros héroes usamos los mismos mitos que nos ha proporcionado el castrismo con sus próceres incorruptibles, ascéticos y dispuestos al sacrificio a cada instante, justo todo lo que no somos. Y caemos en la paradoja de ser anticastristas que quieren que sus héroes sean como el Che, con ese ostentoso desinterés por la vida y sus goces. Con la misma aridez vital, la misma falta de simpatía por todo lo que no sirva a sus propósitos.

Después de todo, somos un pueblo secuestrado por una banda criminal que ha abusado del detalle de ser nuestros compatriotas hasta el punto de hacernos creer que le pertenecemos, que somos parte de ellos. Un pueblo que, incapaz de movilizarse, no encuentra ahora mismo otra salida que una intervención militar extranjera. Hay cierta lógica entonces en que desconfiemos de cualquiera que se parezca a nosotros mismos. O que, pareciéndose en todo lo demás, tome distancia de nuestros hábitos como manada.

Si de otra cosa Luis Manuel es un reactivo, porque la hace más visible, es de nuestra chealdad colectiva, de ese sentimentalismo redundante y morboso que nos hace renegar del sentido común y nos impone líderes profundamente deshonestos a quienes les pedimos como Olga Guillot: «Miénteme más porque tu maldad me hace feliz». La chealdad, metástasis criolla del kitsch alemán, nos persigue más allá de la ideología que escojamos: da igual la horterada dorada de la derecha o el sentimentalismo trovadoresco de la izquierda. Ante esa escasez de posibilidades, nuestro lenguaje común, el político, está dominado por lo cheo, o por esa otra variante sofisticada de la chealdad que es convertir la política o la ética en mera cuestión estética.

Como en cada totalitarismo, en el castrismo ha imperado la dictadura de los sentimientos. Incluso sobre aquellos que se les oponen y, por ejemplo, necesitan decir castrocomunismo en cada oración para que no se les confunda con los tibios que apenas nombran al régimen con el apellido de su fundador. Las principales armas contra cualquier modalidad del totalitarismo son, dice Milan Kundera, el individualismo, la duda, las interrogantes, la ironía, el humor. O sea, todo lo que ponga de relieve la deshumanización y la profunda falta de sentido y de coherencia del totalitarismo, todo lo que confronte su discurso ampuloso con la realidad mierdera que engendra. Sin embargo, como apuntaba Kundera, «quienes luchan contra los llamados regímenes totalitarios difícilmente pueden luchar con interrogantes y dudas. Ellos también necesitan su seguridad y sus verdades sencillas, comprensibles para la mayor cantidad posible de gente y capaces de provocar el llanto colectivo».

De ahí, volviendo a Luis Manuel, sería saludable para todos dejar tranquilo a quien acaba de salir de la cárcel. No cargarlo con la responsabilidad de amoldarse a la imagen que nos hemos hecho de él y encima con la obligación de ofrecernos todo lo que nos falta. No habrá verdaderos cambios en nuestro país mientras no empecemos a cambiar como pueblo, mientras no seamos capaces de madurar, de despojarnos, aunque sea en parte, de nuestro común infantilismo y de nuestra chealdad política. No avanzaremos hacia una libertad funcional y duradera mientras no tratemos de ser más libres por el procedimiento elemental de hacernos más responsables y confiar, antes que en soluciones y figuras mágicas, en la magia probada del esfuerzo, el acuerdo y el respeto común.

*Publicado en El Toque 

lunes, 20 de julio de 2026

Se habla (y se mienta la madre) en español



Concluyó la copa Mundial para mayor gloria de la FIFA aunque quizás no del fútbol. El total de asistentes a los partidos de 6.7 millones, entre ellos el 98.7% de las estrellas de Hollywood, y la FIFA ganó 13.500 millones de dólares en la jugada. Digo esto como contexto de la final entre el equipo que menos goles había recibido a lo largo del torneo y el que más ayuda había recibido de parte del arbitraje. Me refiero al enfrentamiento entre España y Argentina, todo un canto a la hermandad hispanoamericana. Y es que el mundial que ha contado con mayor supervisión tecnológica de los celebrados hasta ahora se destacó por su meticulosa aplicación de las reglas del juego… cada vez que estas podían beneficiar a los elegidos de los dioses y la publicidad. El último favorcete a la selección sureña había sido no sancionar a los jugadores que habían exhibido un cartel que anunciaba “Las Malvinas son argentinas” como estipula el reglamento de la FIFA.

Desde el inicio de la gran final, precedida por un espectáculo con toda la chealdad que puede producir la gran nación americana, ambos equipos dejaron claro su planteamiento táctico: España controlando el balón dos tercios del tiempo total (exactamente 64.5%) y avanzando sobre el territorio contrario con el orden y la velocidad de una legión romana. Por su parte Argentina se concentraba en controlar los tobillos y las pantorrillas contrarias a base de golpes de diversa contundencia aunque apenas Lisandro Martínez recibiera una tarjeta amarilla en el primer tiempo. De momento las porterías contrarias no parecían interesarles demasiado a ninguno de los contendientes con solo tres disparos al arco por parte de los españoles y ninguno de los del país donde los bisteces caminan sueltos por la pampa. Pero ni los españoles parecían tener apuro ni los argentinos la manera de enhebrar cuatro pases seguidos.

El panorama en el segundo tiempo cambió sensiblemente con la puerta argentina recibiendo mas disparos que Sonny Corleone en El Padrino. Sin embargo, entre que los conservaron su mala puntería como si fuera una seña de identidad nacional como el flamenco y la paella y que el arquero argentino Dibu Martínez rechazaba los disparos como si fuera Superman el marcador se mantuvo más virgen que la mamá de Jesús. El equipo argentino, en cambio, seguía sin tirar a la puerta contraria, pero al menos consiguió otras cuatro tarjetas amarillas, dos de ellas a Enzo Fernández lo que le valió ser expulsado en el minuto 92 del partido.

Quedaba entonces media hora extra para decidir la final antes de llegar a la ronda de los penales. Esa era la última (y única) esperanza argentina de ganar, aunque con un hombre menos no había que hacerse demasiadas ilusiones. Y apenas a los cinco minutos de reiniciado el partido Nico Williams cazó un rebote frente al área que fue anulado por el árbitro por un pisotón a un defensa argentino imperceptible a simple vista, como los paramecios o las cosas importantes, según el Pequeño Príncipe.

Pero si algo habían demostrado los españoles durante todo el campeonato era paciencia. Y en el minuto 15 del tiempo extra un centro pasado a punto de cruzar la línea de meta fue cabeceado hacia atrás por Nico Williams y rematado por Ferrán Torres para encaminar a España a la victoria. Muchos coinciden en decir que era una victoria merecida pero ya cuando el partido agotaba sus últimos segundos Simeone Jr. pudo haber empatado el partido pero la mandó limpiamente a la tribuna, un premio excesivo para un equipo que durante 120 minutos tuvo al portero contrario muerto de aburrimiento. Pero el fútbol es así y a veces premia el esfuerzo y la constancia, virtudes poco relevantes a la hora de vender camisetas.

La FIFA y el público en general hubieran preferido otro desenlace. Victoria de Argentina con tres goles de Messi para que con su segundo mundial y la marca de más goles acumulados en la historia del torneo quedara para siempre zanjado el debate de quién ha sido el mejor jugador de todos los tiempos al menos en la Vía Láctea. (Así y todo me pareció injusto que Messi no recibiera el premio al jugador más valioso: ningún jugador en todo el mundial llevó a su equipo más lejos que él). La FIFA al menos tiene para consolarse 13.500 millones de razones con Infantino al frente que cada vez parece más un malvado de Austin Powers aunque bastante más marrullero. Y Trump, que pese a la derrota de Estados Unidos en octavos de final intentó salir en la foto de los campeones españoles. Así quedará para la historia el mundial de las pausas de hidratación y de la justicia milimétrica pero selectiva del VAR y con una final dominada por distintos modos de mentar la madre en un mismo idioma.

domingo, 19 de julio de 2026

Tarde extraña en Miami


En el pronóstico que hice antes de terminar la fase de grupos acerté de lleno en cuales serían los 4 semifinalistas (Inglaterra, Francia Argentina y España) pero erré un 100% con los finalistas. Ayer se enfrentaban Inglaterra y Francia en el partido de consuelo por el tercer lugar si es que hay algún consuelo en pelearse por la fea que nadie quiere cuando la fiesta de verdad es al día siguiente. Aun así hubo debate de por qué efectuar un partido cuya única intención era darle una oportunidad más a Mbappe de adelantarse a Messi en la pelea por el goleador del campeonato.

En principio el partido se desarrolló como un encuentro amistoso entre Inglaterra y el equipo fantasmal que había caído frente a España. Desde el minuto dos Declan Rice abrió el marcador para los ingleses mientras los franceses mostraban la misma desconexión que una termoeléctrica cubana. Ante la falta de resistencia Inglaterra, con Bellingham y Kane en calidad de observadores desde el banco, ampliaron la ventaja a 4 a 0 mientras se preguntaban si serían legales goles en aquel juego al solitario.

No fue hasta el segundo tiempo que los franceses se dignaron a aparecer en el partido aunque sin exagerar. Olise tuvo oportunidades el solo para convertir todos los goles que no había marcado en el resto del campeonato pero fue desechando una a una todas las oportunidades que tuvo. En cambio Mbappé de pronto pareció acordarse para qué estaba en aquel estadio en Miami bajo un sol criminal y a los dos minutos del segundo tiempo ya había tomado la punta como goleador del campeonato y empatado con Messi en mayor cantidad de goles acumulados en la historia de los mundiales. Seis minutos después Barcola marcaba el 4 a 2 y justo antes de la pausa de hidratación o Beckham Time Mbappé puso el juego 4 a 3 para dar la ilusión momentánea de que Francia podría pelear por la segunda más fea o la medalla de bronce, como prefieran llamarla. Emoción real no había mucha pero al menos el gol estaba sato en la cancha mayamesa.

El entrenador de Inglaterra, Tuchel, que ya bastante había tenido con someter a su equipo al tiroteo argentino en semifinales metió entonces en el juego a Bellingham. En el minuto 84 un penalti a favor de los ingleses fue cobrado por Saka haciéndolo acreedor de un hat trick y alejando las ilusiones francesas de empatar un partido que cada vez importaba menos. En el minuto 95 Dembelé todavía puso el partido 5 a 4, dando la impresión de que aunque se jugara con los pies aquello era más bien un marcador de béisbol. Pero para rematar cualquier esperanza francesa y con el juego a punto de terminar Bellingham anotó un gol conduciendo el balón desde mitad de cancha y reforzando la sensación de que esa tarde Inglaterra había ganado pero en un deporte diferente al fútbol, más animado pero con la misma emoción de un espectáculo con delfines amaestrados. Si de buscar emociones esa tarde en Miami se trataba era mejor llegarse al aeropuerto a presenciar la llegada al exilio del artista Luis Manuel Otero Alcántara