sábado, 31 de julio de 2021

Decencia y fe

1939. 1956.1968.1980.1989. ¿Qué tienen esas fechas en común? Son años en que la religión fundada por el mesías Karl Marx atravesó crisis, sufrió cismas profundos. (Les recuerdo que alguna vez los socialdemócratas fueron los verdaderos marxistas hasta que vinieron los comunistas a acusarlos de traidores). Pacto Molotov-Ribbentrop, revuelta en Hungría, invasión de Checoslovaquia, éxodo del Mariel, caída del muro de Berlín. Momentos en que los militantes comunistas tuvieron que elegir entre su más elemental sentido de decencia y la consigna del momento. Entre obedecer al partido o a la realidad.

A algunos los conocí en persona. Como un viejo negro que cuidaba la tumba de Eduardo Chibás hacia 1990. Me contó cómo en 1939 había abandonado al partido comunista en desacuerdo con el pacto de la Unión Soviética y la Alemania nazi repartiéndose el este de Europa. Rompió con los comunistas al mismo tiempo que los escritores Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro, asqueado por la traición a los mismos ideales que lo hizo unírseles en algún momento.

No era la primera vez que ocurría ni fue la última. (Del cisma que ocasionó el éxodo del Mariel en el comunismo español supe por un señor con lacito amarillo de independentismo catalán en el pecho que en una feria del libro de Miami en que presentábamos una colección dedicada a los escritores vinculados a aquel éxodo. En vez de interrumpir aquella presentación dando vivas a la Revolución cubana y la independencia de Cataluña como yo esperaba -no habría sido la primera vez- el señor del lacito nos contó del intenso debate y divisiones que provocó entre los comunistas españoles la expulsión en masa de homosexuales de la isla en 1980). De un lado gente decente que había asociado su anhelo de justicia a algún movimiento o partido y de otro el férreo maquiavelismo del secretario general de turno decidiendo qué era mejor para el futuro de la humanidad o del movimiento o partido que, como todos sabemos, son básicamente lo mismo. Solo que no le llamaban maquiavelismo o indecencia sino sentido práctico, comprensión de la coyuntura histórica. Paradójico ver a los apóstoles de una iglesia hablando de pragmatismo pero el materialismo histórico tal y como lo practicaba Lenin y luego su mejor discípulo, Stalin, tiene la virtud de derrotar afanosamente a la realidad aunque sea a costa de la sangre del mismo pueblo que dice representar y defender. De hecho ninguna sangre ha derramado el comunismo más que la de los pueblos que dice representar y defender.

Por mal que me quede a mis años, yo sigo teniéndole fe a la decencia humana, más allá de la religión que a cada uno le haya tocado profesar.

martes, 27 de julio de 2021

La utopía de la tonfa

Imagen: Geandy Pavón
Imagen: Geandy Pavón
Todos los cálculos políticos sobre Cuba en las últimas décadas se hacían en base al miedo. Solo que no le llamaban miedo sino apoyo, respaldo o hasta aceptación o resignación a un destino cuando no “búsqueda de la utopía”, variante épica del viejo chucho escondío o del cuento de la buena pipa. Y de pronto un domingo todo el pueblo pierde el miedo (o lo fue perdiendo antes de a poquitos pero no nos dábamos cuenta) y destruyó la imagen revolución congelada tal y como el mundo bienpensante la tenía preservada en su particular gabinete de curiosidades.

Desde el 11 de julio la constante del miedo con la que la progresía universal contaba para hacerse creer que entendia aquella isla se ha ido al carajo y ya no hay cómo cuadrar la caja. Perdido el miedo el mundo debe apelar al terror. El terror ejercido por el Estado, quiero decir, al que no se le llama así sino “Revolución” o si se ponen nietzscheanos “voluntad de poder”. Con ese terror cuentan los observadores externos de la realidad cubana para seguir sosteniendo la ficción con la que han entretenido su conciencia por tanto tiempo. O sea, esperan que las tonfas de la policía enderecen la imagen de aquella bonita revolución congelada en el tiempo que le han desbaratado la irrupción de masas irredentas armadas de rabia y celulares en reemplazo de los mansos rebaños que agitaban banderitas cada primero de mayo.

Todo menos aceptar que Cuba está dominada por una tiranía de las de toda la vida. Aceptar que siempre lo fue, solo que esta nunca ha aprendido ni a hacer dinero -fuera del tenaz ejercicio de la rapiña- ni a hacer las maletas. Todo menos aceptar que es hora que se vayan a buscar sus utopías a otra parte.

Una declaración

DECLARACIÓN DE LA ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO ANTE LA FALTA DE ESCRÚPULOS Y ÉTICA DE OTRAS INSTITUCIONES ACADÉMICAS.

La Academia de Historia de Cuba en el Exilio ha observado con sorpresa y disgusto cómo en las últimas semanas instituciones de estudios latinoamericanos han puesto a un lado cualquier escrúpulo académico o ético para salir en defensa del gobierno castrista en momentos en que este reprime brutalmente el anhelo de justicia y libertad del pueblo cubano. El pasado 29 de mayo la Latin American Studies Association (LASA) emitió el comunicado “Statement on the protection of human rights in Cuba” que, de hecho, apuntaba menos al objetivo que enunciaba en el título de su declaración que a convertir en víctima del embargo norteamericano al régimen que estaba violando los derechos que la declaración decía defender en su título. El 12 de julio, al día siguiente de que se iniciaran protestas masivas en toda Cuba contra el régimen totalitario, el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) se apresuró a emitir un “Pronunciamiento frente a la campaña de manipulación contra Cuba” que convertía tales protestas en “actos vandálicos y terroristas” alentados por los Estados Unidos, mientras insistía en llamarle “Revolución Cubana” a la dictadura más longeva del continente.


Aunque no es norma de nuestra Academia emitir declaraciones políticas, creemos pertinente hacer constar nuestro rechazo a que organizaciones académicas sean utilizadas como plataformas de propaganda y apoyo a regímenes represivos, cualquiera que sea la ideología que estos digan profesar. No nos parece superfluo recordarle a las instituciones mencionadas que falsear la realidad de tal manera que conviertan a los victimarios en víctimas y a las víctimas en agentes de supuestos victimarios va en contra del principio fundamental de cualquier organismo académico que es la búsqueda de la verdad. O recordar que, en el caso específico de CLACSO, con su penosa declaración atenta contra el “fortalecimiento de los derechos humanos y la participación democrática” en el continente, objetivo expreso de dicha institución. La visión elemental y maniquea que proyectan las declaraciones de ambas organizaciones parecen dictadas menos por un estudio profundo de la realidad cubana que por agendas ideológicas que buscan más amoldar la realidad a sus intereses que comprenderla a cabalidad.

Promulgada en Union City (NJ) el 24 de julio de 2021.

JUNTA DIRECTIVA

ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO, CORP.


NOTA:

La AHCE es una corporación no gubernamental y sin fines de lucro fundada en el noreste del país en el año 2014 y oficialmente registrada como tal en el Estado de New Jersey y luego a nivel federal. Entre sus objetivos fundamentales tiene los de conjurar académicamente la falsificación de la Historia de Cuba por parte de la historiografía del Gobierno totalitario de Cuba y registrar los avatares del Exilio por este provocado. Para dar a conocer sus labores y las obras de sus asociados, la AHCE cuenta con un blog (disponible gratis en https://blogacademiaahce.blogspot.com/), publica una revista impresa (Anuario Histórico Cubanoamericano), ofrece los servicios de una editorial, y organiza actos, conferencias, congresos, etc. Tiene su sede central en New York-New Jersey y cuenta con capítulos en los estados de Florida y California, y miembros correspondientes en diversos países de Latinoamérica y Europa.

martes, 20 de julio de 2021

Seis sorpresas de julio


-La primera -y acaso la única que merece ser considerada como tal- fue descubrir que el espíritu de rebeldía del pueblo cubano no había sido destruido por 62 años de represión, adoctrinamiento y propaganda. Una rebeldía, hasta ahora parecida reducida a grupos, gremios y algún que otro barrio, consiguió sincronizar a todo el país, teléfonos mediante, con consignas básicas en defensa de su dignidad humana: la libertad, el respeto por sus derechos, la repulsa a la opresión y el hastío hacia el régimen que la dispensa. En un mundo que ya viene de vuelta de todo sería difícil encontrar a estas alturas pueblo con ansia tan adánica por restaurar su humanidad. Un pueblo que grite con tanta ilusión la palabra "libertad".

-La incapacidad de reacción del régimen más allá de su monstruosa eficacia represiva. Incluso a sus más tenaces detractores les sorprenderá que cuando prácticamente todo el país mostraba su disgusto hacia el régimen este reaccionara de la misma manera que lo hace cuando se trata de grupos más manejables: limitándose a la violencia y las calumnias. Si ya resulta difícil creerle a la maquinaria de propaganda del régimen que cualquier voz contestataria se pronuncia a instancias del imperialismo acusar a un pueblo completo de mercenario (o en el mejor de los casos de confundido) va más allá de cualquier suspensión de la incredulidad.

-La absoluta incapacidad del singao de Díaz Canel para lidiar con esta crisis. Conocida por todos su condición de monigote sorprende su perfecta discapacidad para producir una idea propia (o tomarla prestada) a la hora de disimular su desprecio por los reclamos populares.

-La reacción de muchos artistas veteranos usualmente cortejados por el régimen (algunos de ellos utilizados para justificar anteriores campañas represivas) en defensa del pueblo llano que se manifiesta en las calles.

-La reacción de la comunidad internacional. Era de esperar el resuelto apoyo que desde el primer momento le ofrecieron sus aliados tradicionales (Venezuela, Nicaragua, Rusia, China) pero desde el respaldo franco del gobierno democráticamente elegido de México a la actitud pusilánime del resto del mundo no solo resultan vergonzosos sino que sirven de penoso precedente cuando otros estallidos populares se produzcan en el resto del mundo.

-La ineptitud de los medios internacionales para entender y aquitalar lo ocurrido en Cuba en los últimos días. No comprender que el hecho de que un pueblo entero se haya levantado contra la maquinaria represiva más temible del hemisferio excede las ocasionales revueltas que se dan en otras partes del mundo por el alza de los precios del pasaje o una ley desacertada. No comprender ni el nivel de desesperación en que un pueblo puede encontrarse para zafarse de la habitual docilidad que impone un régimen totalitario ni el hastío esencial hacia ese régimen que reflejan estas protestas.

"Dear Comrades!"


 
"Dear Comrades!", película rusa que no me canso de recomendar sobre una matanza en 1962 en una pequeña ciudad sovietica contiene el libro de estilo de la represión comunista. Hay una protesta pero la KGB luego de tirotear a los manifestantes no procede de inmediato a detener al resto. Durante la protesta habían tomado fotos de los manifestantes para luego ir a cazarlos uno a uno en sus casas. Luego borran las huellas de la matanza -llegando incluso a asfaltar la plaza para tapar la sangre- entierran los muertos en cementerios desperdigados por toda la región y para concluir la operación celebra un festival con música y comida. Y nada, que cada vez que hay oportunidad la historia se repite. Es una manera de viajar a la trastienda de lo que ahora mismo está pasando en Cuba pero en ruso.
Y acabo de descubrir que la historia se puede ver completa y gratis en Youtube!

lunes, 12 de julio de 2021

Un domingo esclarecedor


Como es difícil exagerar la importancia de lo ocurrido ayer en Cuba exageremos pues, sin temor a equivocarnos. Acordemos que las protestas del 11 de julio de 2021 es el acontecimiento más sustancial ocurrido en la isla desde el 1ro de enero de 1959. Esta última fecha -recapitulemos- marcó el final de la dictadura batistiana y, al mismo tiempo el inicio de la subordinación absoluta de la voz del pueblo cubano a la del poder castrista. Este domingo, por primera vez desde hace 62 años, los cubanos han vuelto a escuchar su propia voz de manera masiva. No como parte de un grupo, partido, o gremio profesional, sino como nación. Y la trascendencia de algo así deja pequeña cualquier hipérbole.

Les recuerdo que hace apenas un mes nos asombrábamos cuando los gritos de unas decenas se hacían sentir en una calle habanera. Y lo impensable que nos parecía que se pudiera pasar de ahí. Que los gritos indignados de cientos de vecinos de San Antonio de los Baños hayan contagiado -internet mediante- a toda la isla en cuestión de minutos es un milagro que deberíamos acoger con el asombro y la humildad con que se asume lo sobrenatural. Lo natural hasta el domingo era la aparentemente infinita capacidad de aguante del cubano ante los continuos abusos del régimen. La falta de correspondencia en la isla entre injusticia e indignación, al menos pública. Tal parecía que el cubano solo era capaz de manifestarse masivamente en los eventos organizados por el mismo régimen que lo vejaba a diario, algo que los defensores de este último interpretaban como apoyo incondicional. La falta de reacción de los cubanos ante situaciones que en cualquier otro sitio hubiera llevado a la revuelta popular era tomada como la máxima prueba de la justicia del régimen bajo el que vivían.

El totalitarismo es, usemos la definición de la Lupe, puro teatro. Un teatro en el que la gente sufre y muere de verdad pero donde la apariencia siempre se interpone a la realidad. Ya sea tanto la apariencia de prosperidad o de dicha como la de armonía social u obediencia política. Pues toda la ilusión que creara por décadas ese teatro del absurdo fue destruida ayer domingo. No solo porque los cubanos abandonaron el papel de pueblo sumiso que hasta ahora parecían interpretar tan bien. O porque miles de nuestros compatriotas escucharon por primera vez a qué sonaba su voz en libertad. O porque descubrieran lo bien que suena esa libertad a coro y en plaza pública. También lo es porque ahora serán llamados mercenarios y vendidos como mismo otros han sido calumniados antes y comprobarán en carne propia la falsedad de las calumnias de rutina. Con todo y lo fotogénica que sea la imagen del carro de policía con la panza al aire y sus vencedores, embanderados, saltándole encima me quedo con las palabras. Quiero decir, con las consignas que miles corearon: desde el asombrado descubrimiento del “No tenemos miedo” hasta el esperanzado “Patria y vida” pasando por el viejo grito de “Libertad”. No parecía ser ese un pueblo que no sabe lo que quiere o siente. O que se conforma con llenarse la barriga y divertirse. Se sentía indignación, y mucha, pero también el deseo de un cambio profundo.

El mérito de este 11 de julio es, para mí, el de la claridad. Aclarar que el silencio de los cubanos no significaba aprobación o resignación sino miedo y que la repulsa al régimen está tan extendida como sospechábamos. A ese mismo pueblo por el que han hablado tantas veces, le viene bien pensar en voz alta por una vez en su vida, incluso a grito pelado, para conocerse mejor a sí mismo y entender mejor su fuerza. También el 11J permitirá entender mejor los límites de ese pueblo. Porque superado el aparentemente invencible obstáculo del miedo queda frente a sí uno mucho mayor: el del régimen que lo oprime. Ese régimen que ya no puede seguir con la pantomima de que representa la voluntad popular ahora que el pueblo le ha gritado en la cara que está harto. Pero también queda claro que no va a bastar que todo el país alce su voz cuando lo que tiene frente a sí una banda criminal bien armada, carente de escrúpulos y dispuesta a matar a cuantos hagan falta para mantenerse en el poder con el apoyo de sus aliados y la cobardía de la comunidad internacional. La primera víctima ha sido, como es de esperar, la verdad, con el régimen minimizando y tergiversando los acontecimientos de ayer. Pero -quede claro- no será la última. Debo aclarar que no creo que la libertad cubana esté a la vuelta de la esquina. No obstante el camino hacia ella parece mucho más definido de lo que nos parecía ese sábado en que el miedo cubano aparentaba ser inmortal.

sábado, 10 de julio de 2021

Alex Pompez y los Cubans de Nueva York

Los cubanos, si los dejas, te dicen que inventaron el béisbol. Te explican que el béisbol es igual al batos que jugaban los taínos aunque el juego aborigen, de acuerdo a los cronistas de Indias, más bien parecía una mezcla de voleibol, fútbol y nudismo. Hay que recordarles que los taínos llegaron a Cuba solo un ratico antes que los españoles. Que venían de Haití, donde llevaban siglos jugando batos. Solo entonces los cubanos reconocerán que el béisbol es un invento yanqui.

Lo cierto que el primer equipo profesional latino en jugar en Estados Unidos fueron los All Cubans. Desde 1899 manejados por Abel Linares y Tinti Molina, los All Cubans dieron giras por Estados Unidos jugando contra equipos del noreste del país incluyendo los Cuban X Giants, conjunto que no incluía ningún cubano: todos eran afroamericanos que, aprovechando que Cuba estaba de moda tras la guerra de independencia, tomaban descanso del racismo de su país pasando por cubanos. (Ya en 1885 existió un exitoso equipo llamado Cuban Giants que, como su nombre lo indica, no contenía ni cubanos ni gigantes, pero al menos jugaron un par de temporadas en la isla del Caribe).

En 1907 los All Cubans pasaron a ser los Cuban Stars y al incluir jugadores afrocubanos el equipo fue considerado parte de las Ligas Negras norteamericanas. En 1916, cumpliendo esa ancestral costumbre cubana que comparten con las esponjas los Cuban Stars se dividieron en dos: los del Este y los del Oeste.

Hijo de emigrantes cubanos, Alex Pompez nació en 1890 en Cayo Hueso, Florida, y se convirtió en el más grande promotor de las ligas negras.

Los del Oeste llegaron a ganar su liga en 1919. Los Este fueron organizados por el legendario Alex Pompez. Nacido en 1890 en Cayo Hueso, Florida, Pompez era hijo del cubano José Pompez, abogado, tabaquero, amigo de José Martí y representante estatal de la Florida.  Al morir dejó todos sus bienes a la causa de la independencia por lo que la familia pasó grandes dificultades económicas. Patrióticamente, claro.

Alex resultó tener vista para los negocios y las formas esféricas. Fundó equipos de béisbol y fue banquero de bolita, la legendaria lotería clandestina que alguna vez tendrá su Salón de la Fama. Además de ser propietario de los Cuban Stars del Este, Pompez ayudó a organizar al primera Serie Mundial de las ligas Negras en 1924 y en 1935 fundó los famosos New York Cubans. Por causa de la bolita que tuvo que correr más que Jesse Owens y llegar hasta México, huyendo del FBI y de la mafia. Luego llegó a un acuerdo con el FBI para poder regresar a competir con sus Cubans en 1938.

Por los New York Cubans pasaron alguna de los grandes jugadores afrocubanos de la época: Luis Tiant Sr., Orestes Miñoso y el futuro miembro del Salón de la Fama, Martin Dihigo. También acogieron talento de toda Latinoamérica incluyendo al boricua Perucho Cepeda y al dominicano Tetelo Vargas.

Por fin en 1947 los New York Cubans ganaron su primera y única Serie Mundial de las Ligas Negras contra los Cleveland Buckeyes cuatro juegos a uno y un empate. Con el bate en la mano se destacaron los cubanos Miñoso, Claro Duany y Silvio García y el norteamericano Ray Noble. El panameño Pat Scantlebury se lució lanzando y bateando.

Pero Pompez, lince en los negocios, comprendió que el éxito de Jackie Robinson al romper la segregación racial de las Mayores ese mismo 1947 significaba el próximo fin de las Ligas Negras. De manera que al siguiente año convirtió a sus Cubans en sucursal de los New York Giants de la MLB. Pompez devino en uno de los mayores cazatalentos latinos de su época, contribuyendo enormemente a que el español se convirtiera en la segunda lengua de la MLB.

Pompez murió en 1974. En 2006 fue elegido al Salón de la Fama. El del béisbol, porque el de la bolita no lo han fundado todavía.

jueves, 17 de junio de 2021

LASA y la búsqueda de la verdad*


La verdad, eso que se define como “coincidencia entre una afirmación y los hechos”, se va pareciendo cada vez más al Santo Grial: su búsqueda suena más a título de comedia de Monty Python que al de un ensayo con pretensiones más o menos serias. El relativismo cultural, preocupado por la imposición de visiones totalizantes desde algún centro de Poder, ha dictaminado no solo que es imposible alcanzar la verdad sino también inconveniente. (Pienso sobre todo en esa vulgarización del relativismo cultural devenida en relativismo moral). A la verdad como valor absoluto con frecuencia se le opone la idea de consenso. Como si alguna vez no hubiese existido el consenso de que la Tierra era plana. O inmóvil. O las dos cosas.

El consenso en la academia en el campo de las humanidades se alinea con la agenda progresista, lo que está muy bien. Es de esperar que aquellos estudios encargados del desarrollo humano se atengan a una idea cada vez más amplia y progresiva de cómo y quiénes deben ser amparados por derechos y libertades. Sin embargo, la letra pequeña de ese consenso, más que apoyar el progreso real en la esfera del bienestar y los derechos, suele asociarse con ciertos fetiches políticos e ideológicos que, en la práctica, terminan negando todo lo que teóricamente defienden.

Para que se me entienda mencionaré un ejemplo vulgar porque así de vulgar es la realidad. Sucedió que semanas atrás la Latin American Studies Association (LASA) fue emplazada por centenares de sus miembros a que se pronunciara sobre la reciente oleada represiva contra artistas y activistas en Cuba. Dicha asociación, que cuenta con unos 13 000 miembros y suele pronunciarse sobre violaciones de derechos humanos en diferentes países, esta vez prefirió ponerse de parte del victimario, el régimen cubano, recordando dos veces en la escueta declaración el embargo con que lo ha penalizado el gobierno de Estados Unidos durante décadas. Si en su declaración LASA apoyaba en abstracto “los valores de la libertad de expresión, la libertad académica y el respeto por los derechos humanos” en concreto le otorgaba al Estado cubano la exculpatoria condición de víctima. Con su acrobacia verbal convertía la represión en Cuba en consecuencia directa del embargo norteamericano. Así reproducía, punto por punto, las excusas esgrimidas por los victimarios para reprimir a los que exigen las mismas libertades y derechos que a LASA le parecen imprescindibles en otras sociedades.

La directiva de LASA, en su respuesta a la represión en Cuba, no difiere demasiado del consenso al que parece haber llegado la mayoría de sus miembros a lo largo de los años: este es la inconveniencia de denunciar las violaciones a los derechos humanos de regímenes que (nominalmente) se ubiquen a la izquierda del espectro político. Raramente se podrá encontrar en el sitio de LASA informes que denuncien actos represivos en Cuba, Nicaragua o Venezuela. Abundan en cambio, en cambio, los que denuncian el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla, la Colombia de Duque o el Brasil de Bolsonaro. Como si los golpes o las balas hicieran menos daño si se lanzan desde la ideología correcta. Como si más que entender la realidad esta solo interesara en la medida en que corrobore nuestros prejuicios ideológicos. Una institucion como LASA, que aspira segun sus propios estatutos a "fomentar la discusión intelectual, la investigación y la docencia sobre América Latina" dejar a un lado todo prejuicio de cualquier tipo que interfiera su cmprensión de la realidad del continente. Incluso un ideólogo purasangre como Vladimir I. Lenin insistía en la necesidad de lidiar con los hechos incómodos.

Y es aquí donde entra el viejo y desprestigiado asunto de la verdad. Porque si se acepta como verdad que los regímenes de Pinochet, Videla o Somoza fueron tiránicos y criminales habría de admitirse que la cubana es la dictadura más extensa de la historia del continente, que el chavismo ha destruido la democracia venezolana con la misma saña que la economía del país o que Daniel Ortega es un tirano que ha apelado al asesinato, la persecución política y el soborno para mantener su control sobre Nicaragua. Relativizar crímenes y abusos en atención a la declarada filiación ideológica de los gobiernos que los cometen no solo constituye una escandalosa injusticia contra sus víctimas. También sugiere a los nuevos aspirantes a tiranos a qué dogmas políticos afiliarse para que sus atrocidades sean justificadas o ignoradas.

Los teóricos de la postmodernidad hacían bien en desconfiar de los grandes sistemas ideológicos que intentaban organizar nuestra comprensión del mundo, como mismo es saludable mantener cierta reserva ante las pretensiones de verdad de cualquier discurso. No obstante, el desprestigio de la verdad no ha conseguido mejorar nuestro entendimiento de lo real ni nuestra capacidad de reaccionar hacia este. Antes bien, los viejos sofismas descubren nuevos refinamientos. La desconfianza ante la pretensión de verdad más que reforzar nuestra capacidad crítica ha creado nuevos pretextos para entregarnos a la inercia ideológica. Nos mostramos más hábiles para acomodar la realidad a nuestros dogmas que dispuestos a obrar a la inversa. La memoria selectiva y la parcialidad sin complejos nos facilitan la labor de convertir a los victimarios en víctimas de males mayores y a las víctimas en seres invisibles, irrelevantes. Y, si bien no ayudamos a disminuir la cantidad de injusticia y dolor en el mundo, en cambio nos sentimos plenamente satisfechos con nosotros mismos. ¿O es que acaso las ideologías se inventaron para otra cosa?

*Publicado originalmente en Hispanic Outulook on Education Magazine

lunes, 7 de junio de 2021

La encrucijada de Diego Rivera

Hubo un tiempo en que la pintura mexicana fue el último grito de la moda. Lo mismo en París que en Londres que entre los pintores al servicio de Hitler o al de Stalin. Sobre todo, si se trataba de pintar obreros musculosos y campesinos robustos. Marchando hacia el futuro. Todos querían imitar los murales de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros con sus resúmenes pintados de El capital de Marx y de las Obras Completas de Lenin.

La historia empezó en 1921, cuando la Revolución Mexicana se pacificó y apenas mataban a algún presidente. A José Vasconcelos lo designaron Secretario de Educación de un país con 90% de analfabetismo. Mientras intentaba alfabetizar a sus compatriotas Vasconcelos decidió explicarles los ideales de la Revolución por medio de imágenes. Ahora habría creado una serie de Netflix, usando los mismos actores de “Narcos: México”. Pero eran otros tiempos. Las imágenes serían fijas y ocuparían las fachadas de edificios públicos, las paredes, interiores, los techos. Comics de la historia mexicana y sus luchas pintados a escala de edificios completos.

Durante años los muralistas tatuaron alegremente cuanta pared le cayó en las manos: de palacios de gobierno, mercados, universidades o conventos convertidos en escuelas. Y los artistas de medio mundo envidiándoles los contratos, las paredes que les daban y la clientela gratuita y democrática. Eso y el estilo personal que le ponían al mismo desfile de personajes históricos y pueblo en general con la boca abierta y los puños crispados.

Pero la felicidad en casa del pobre dura poco. En uno de los frecuentes cambios de gobierno los muralistas quedaron sin contratos. El último que resistió fue Diego Rivera, a quien ahora conocemos como “el marido de Frida Kahlo”, pero también a él se le acabó el favor oficial. Y el extraoficial. Para 1930 Rivera ya había sido expulsado del Partido Comunista mexicano y divorciado de Guadalupe Marín. Y casado con Frida. Así que el pintor de obreros furibundos decidió probar suerte en el corazón del capitalismo: Nueva York. Ya por ahí había pasado Orozco quien, como todo el que se muda a la ciudad tuvo que reducirse: de pintar murales que cubrían edificios tuvo que conformarse con lo que le cupiera en el caballete.

Rivera tuvo más suerte. En 1931 inauguró una exposición retrospectiva en el recién creado MoMA con 149 obras y cinco murales transportables. Enseguida le llovieron contratos. Pintó murales en la California School of Fine Arts de San Francisco o en Detroit a mayor gloria de la Ford. Ese último tuvo una cálida recepción: los cristianos lo acusaron de blasfemo y los comunistas de vendido al capitalismo.

Cuando Rivera recibió el jugoso encargo de pintar un mural para los Rockefeller muchos comentaron que la venta de su alma al Mefistófeles capitalista era un hecho consumado. “El hombre en la encrucijada del universo” representaba a la humanidad ante la disyuntiva del capitalismo o el comunismo. Al colar a Lenin en el mural lo acusaron de hacerle propaganda al comunismo acusación que resultaba un poco redundante: del lado capitalista Rivera había puesto soldados con bayonetas y máscaras anti-gases, policías machacando manifestantes y burgueses jugando a las cartas o bailando tango mientras que el lado comunista lo llenó de obreros entusiastas desfilando con banderas. Quedaba claro: el comunismo era preferible a menos que te gustaran los bayonetazos y los porrazos de la policía. O bailar tango.

A Rivera le aplicaron la “cancel culture” de entonces. Ante la negativa del pintor de borrar a Lenin o cambiarlo por Mickey Mouse el mural fue destruido. El pintor, a quien ya le habían pagado, recogió sus matules y se fue a México. Allí pintó de nuevo el mural, esta vez añadiéndole las figuras de Marx, Engels y Trotsky. Si Stalin lo hubiera agarrado lo habría fusilado. Por incluir a Trotsky, claro. Y por dejar fuera a Stalin, conduciendo al proletariado, bigote en ristre.

¡Qué difícil es quedar bien con la gente!