domingo, 14 de junio de 2026

Masacre en Monterrey: Suecia 5, Túnez 1

 


Túnez llegó al mundial invicta en su etapa clasificatoria: nueve victorias y un empate. Suecia en cambio, para clasificar pasó más trabajo que pulga en perro chino. En su grupo clasificatorio junto a Suiza, Kosovo y Eslovenia no ganó ni un solo partido, logrando solo dos empates junto a cuatro derrotas. Solo tras ganarle a Polonia y a Ucrania en la repesca logró llegar al mundial. Pero entonces resulta que los que no la veían pasar en Europa en Monterrey se ensañan con los que en África comían leones crudos y elefantes sin masticar.

El juego empezó con un gol en el minuto seis de Yasin Ayari, hijo de tunecina al que le daba tremenda pena anotarle al equipo de su madre. Tanto, que al final volvió a anotar otro gol, por si acaso. En el medio hubo un tanto de Isak, delantero sueco del Liverpool y otro magnífico de cabeza de Omar Rekik con el que los tunecinos parecieron despertar. El resto más bien pareció una mesa sueca de goles. Los suecos anotaban sin esforzarse demasiado incluyendo un gol de su otro delantero de lujo, Viktor Gyokeres, cuando el veterano Skhiri se dejó quitar el balón a la salida de la portería como si estuviera mirando el teléfono mientras jugaba.

Por si fuera poco, un gol anulado por fuera de juego a los suecos al revisarlo en el VAR resultó que se había producido un levísimo contacto con el zapato de un compañero de equipo que convertía una jugada perfectamente ilegal en legal. Como si los tunecinos necesitaran ayuda tecnológica para perder mejor. Y entre eso y el segundo gol del hijo de la tunecina las Águilas de Cartago han quedado tan desplumadas que difícilmente levanten vuelo en el resto del campeonato. Sobre todo si comparten grupo con Países Bajos y Japón que, tras haber empatado más temprano, estarán deseosos de unas buenas croquetas de águila.

Costa de Marfil 1, Ecuador, a llorar a maternidad


El primer tiempo entre Costa de Marfil y Ecuador empezó como si les hubieran prohibido a ambos equipos pisar el mediocampo. Corrían como poseídos de una portería sin conseguir otra cosa que hacer retumbar los postes de las porterías. Dos balonazos al poste de los ecuatorianos por uno de los marfileños. Si los casi casi contaran para decidir un juego Ecuador hubiera entrado en el segundo tiempo como ganador. Y si las tarjetas amarillas valieran de algo bueno Costa de Marfil ganaba por una goleada de tres tarjetas a cero. Y si de público se trataba Ecuador ganaba de calle: excepto unos cuantos marfileños anecdóticos y Jay-Z todo Ecuador estaba ahí, incluido el presidente del país algo que le agradecerán sus conciudadanos pues así no se siente obligado a cumplir con sus deberes presidenciales.

El segundo tiempo fue una variación del primero. El juego dejó de ser algo menos vertiginoso y el mediocampo no parecía un campo minado, pero en general los tiros al poste y las visitas a ambas porterías eran frecuentes, como si hubiera algún enfermo en la familia o alguien llegado del extranjero con regalos para todo el mundo.

Sin embargo, algo había cambiado. Los de Costa de Marfil -con su equipo temible que cuenta con dos Fofanas y un Singo- parecían llegar a la puerta contraria con bastante más facilidad que los ecuatorianos. Los postes seguían siendo bombardeados con increíble mala suerte hasta que pasó lo que temía el 99.9% del estadio. Amad Diallo Traore, ingresado en el minuto 55, consiguió la meta que parecía imposible de colar la pelota entre los tres palos a punto de acabarse el tiempo reglamentario.

Entonces vino la desesperación ecuatoriana, con todo el mundo tratando de cabecear un corner, incluido el presidente del país. Pero como reza el sabio proverbio futbolístico: “no dejes para el minuto 95 lo que pudiste hacer en todos los anteriores”.,

Países Bajos y Japón la echan al pegao

 


El partido entre Países Bajos y Japón fue una nueva edición del viejo conflicto entre altos y bajitos. Entre los hijos de las proteínas y los hijos de los carbohidratos. Solo que en este caso ambos bandos eran lo bastante habilidosos como para no depender de las condiciones físicas. Nada de fatalismo genético. En el primer tiempo, no obstante, prácticamente se gastaron los cuarentaicinco minutos estudiándose, como si en toda su vida nunca hubieran visto a tipos con los ojos así y el pelo asá.

Así y todo el primer gol tuvo algo de ese fatalismo: lo anotó a los cinco minutos de iniciado el segundo tiempo el paisbajista con nombre de pintor, Van Dijk, de cabezazo, como era de temer. Pero los hijos del sol naciente, los inventores del manga no se achicopalaron y cinco minutos después después en jugada terrestre un ninja con apellido geométrico, Kubo, empató el juego de un latigazo de su derecha.

Pero los paisbajenses no estaban dispuestos a quedarse dados y a ocho minutos del empate Summerville volvió a adelantar a los suyos con una mawashi que no le dio opciones a Susuki, el afroninja con nombre de moto que defiende la portería nipona. A los de los tulipanes y los molinos podía parecerle suficiente, pero a los de los origamis y el sushi no se iban a cruzar de piernas.

Tanto insistieron los del sol naciente y la estatura menguante que cuando ya todo parecía estar decidido Daichi Kamada metió un cabezazo que luego de rebotar en la cabeza de un contrario entró limpiamente en la portería del país de los tulipanes. Y minutos después, luego de algún que otro forcejeo en las puertas rivales ambos equipos  firmaron las tablas de uno de los segundos tiempos más entretenidos hasta el momento.

viernes, 12 de junio de 2026

USA 4, Guaranilandia 1


La tercera cabeza del cancerbero mundialista inauguró su sección por todo lo alto. Y no lo digo tanto por las lentejuelas y el bling bling de la ceremonia inaugural en Los Angeles, EEUU, como por el juego en sí. Porque de Estados Unidos se espera cualquier cosa -espectáculo o bombardeos- menos (buen) fútbol. Aquí cuando se dice “fútbol” se piensa sin falta en el que se juega con las manos.

El rival era Paraguay y aunque nunca se haya acercado a ganar un mundial su procedencia sudamericana lo sitúa en un nivel nobiliario al que el fútbol estadounidense nunca ha soñado pertenecer. Y en efecto, el primer gol del partido fue paraguayo aunque en la puerta equivocada, la propia, porque lo cierto es que si iba a haber un gol sería en la única mitad del terreno en la que se jugó a lo largo del primer tiempo: la paraguaya.

Luego cayó el segundo gol norteamericano y al final del primer tiempo el tercero, ambos salidos de los botines de Balogun. Puede que los paraguayos hayan llegado corporalmente a Estados Unidos pero parecería que el espíritu se hubiera quedado en la aduana. Lo cierto es que al equipo norteamericano no se le veía esa consistencia de holograma con que han aparecido en anteriores mundiales. Y se paraban en el terreno lo suficientemente bien como para que los rebotes les cayeran en los pies en una proporción abrumadora. Como en un futbolín trucado.

Ya en el segundo tiempo los guaraníes se acordaron de la época en que se comían corazones de españoles al dente y anotaron un bonito gol. Pero no fue suficiente y ni siquiera importante. La selección yuma, en lugar de dedicarse en adelante a preservar el resultado siguieron lanzados al ataque como si de lavar una afrenta se tratara, o de cumplir alguna promesa de que tenían que ganar el primer juego por un margen de al menos tres goles. Y ya cuando se acababa el tiempo agregado al partido, Gio Reyna, hijo del legendario Claudio Reyna, marcó el cuarto tanto de su equipo con un disparo de tres dedos que en béisbol se denominaría un slider.

No intento decir que con la primera goleada del torneo Estados Unidos se establece como candidato a ser campeón. Para algo los yumas en fútbol son los mexicanos del norte, un equipo que, aunque jaleado por la prensa, es genéticamente incapaz de pasar de cuartos de finales. Pero conforta ver que esa tradicional selección de jugadores de papel por fin engendre futbolistas tridimensionales.

Canadá y Bosnia Herzegovina: pudo ser peor

 


Este mundial de tres cabezas inauguró la segunda de ellas, la canadiense, en Toronto con un choque entre el equipo local y Bosnia Herzegovina. Los canadienses habían participado en dos copas mundiales (1986 y 2022) sin haber siquiera empatado un dichoso juego. Mientras, Bosnia venía de eliminar a la tetracampeona Italia. Eso vendría a ser un indicador de la potencia balcánica o de que Italia anda con la capa más caída que el imperio romano en tiempos de Atila. Por lo visto en el juego más bien pareció lo segundo.

Porque si Canadá le ganaba en diversidad a Bosnia, cuyos jugadores llevan todos apellidos terminados en “ic”, los bosnios les ganaban en altura lo cual hacía presumir que tratarían de ganar a puro cabezazo. Y así lo pareció al principio porque Bosnia necesitó dos cabezazos a un saque de corner y aprovechar que la defensa canadiense era tan generosa como la política migratoria del país para que un “ic” (Lukic) anotara su gol en el minuto 21.  Un gol que bastaría para silenciar al público anfitrión por más de una hora. No es que Canadá no se empeñara en jugar pero sus pases eran más imprecisos que un reloj de sol en una tormenta y las oportunidades que tenía las desperdiciaba como África la ayuda humanitaria.

Bosnia parecía tener bastante con el 1 a 0 mientras Canadá insistía en no quedar mal ante su público y ganar aunque fuera un punto, ahora que ponían estadio y hotel. Así fue hasta que el entrenador canadiense recordó que tenía más jugadores en el banquillo. Unos minutos después de entrar, Cyle Larin a aprovechó la primera pelota que le dejaron tocar para meterla en la portería contraria recordando que es en lo que, en definitiva, consiste el fútbol. Los canadienses no se conformaron con eso y trataron de convertir el empate en victoria, pero los bosnios le hicieron suficiente resistencia para que el juego terminara así, como empezó: empatado, aunque a uno y bastante más sudados. Todos debieron regresar al vestuario razonablemente contentos. Los bosnios por evitar la derrota luego de ir ganando buena parte del partido y los canadienses porque luego de tanto esfuerzo por organizar el mundial a seis piernas y tres cabezas al menos conseguía su primer puntico. “Pudo ser peor” deben haberse dicho.

jueves, 11 de junio de 2026

República (ni democrática ni popular) de Corea 2, República Checa 1



Este choque republicano prometía ser entretenido y cumplió. Como promedio de altura los coreanos no pasaban del hombro de los checos, pero no querían dejarse intimidar por el detalle. Luego de un primer tiempo con más de estudio que de trabajo, en el segundo los coreanos se acercaban cada vez con más peligro a la portería checa. 

No obstante, como era de temer, lo checos marcaron primero aprovechando que le sacaban una cabeza de ventaja a los coreanos: un saque de banda lanzado como desde una catapulta llegó al área y fue cabeceado por Krejcí hasta el fondo de la portería. No obstante, ocho minutos más tarde Hwang In-beom (adivinen de dónde es) pateó desde el área un balón que parecía más bien una bola de billar. Este hizo una bonita curva en cámara lenta hacia una esquina de la portería mientras un defensa checo dudaba entre ayudarla a entrar o sacarla sin acabar de decidirse. Así hasta que la pelota decidió entrar por sí sola.

El partido siguió más movido que las fotos que sacaba mi mujer antes de la invención del autofoco. Soucek, checo por las dudas, cabeceó un gol que fue anulado por fuera de juego y unos minutos después Hyeon-gyu Oh (no confundir con Hwang In-beom, quien esta vez se conformó con dar la asistencia) anotó el gol que a la larga resultó decisivo. Al final los coreanos celebraron la victoria como si hubieran ganado el mundial. Al menos avanzan a paso firme a clasificarse para la siguiente fase, que no es poco. Como dice un viejo proverbio coreano: el tamaño no importa, lo que importa es lo que hagas con los pies.

Crónicas del mundial 2026 (1): México vs Sudáfrica

 


Entro en modo mundial y en el próximo mes me dedicaré -como desde hace diez y seis años- a comentar las incidencias de cada partido que vea. En este, mi quinto mundial como comentarista gratuito, serán nada menos que 104 juegos a diferencia de los mundiales anteriores en que había apenitas 72 partidos. Así que seguramente me saltaré unos cuantos sobre todo si tiene rivalidades tan prometedoras como un Curazao vs Burkina Faso. Pero no los demoro más. Entremos en materia.

México 2 Sudáfrica nananina

Un juego en el que participe México en el Estadio Azteca debe ser un espectáculo, sobre todo si se lo contrasta con los narradores mexicanos, convencidos de que la selección nacional será la campeona mundial hasta los octavos de final, momento en que la realidad hace acto de presencia en la forma de cualquier equipo europeo o hasta sudamericano. 

Esta vez, sin embargo, la selección mexicana lucía diferente: casi todos los jugadores eran jóvenes (el inmortal Memo Ochoa estaba presente, pero en el banquillo) y blanquitos, como si los hubieran reclutado donde mismo se reclutan a los jugadores de las telenovelas de Televisa. Casi, porque el primer gol salió de los pies de Julián Quiñones quien no parece nativo de Polanco sino del muy estado mexicano de Cali, Colombia. Eso fue a los 8 minutos, lo que les dio un respiro a los anfitriones que a partir de entonces se dedicaron a prepararse para el próximo partido: un poco de entrenamiento, pero poco más.

En lo adelante, según los narradores, no quedaba otra expectativa que esperar que el delantero Raúl Jiménez, quien perdiera a su padre recientemente, podría encontrar el gol que había estado buscando durante cuatro mundiales. Y en tierras de Televisa finalmente se cumplió el guion de telenovela que habían venido anunciando los narradores desde el inicio del partido con un gol de cabeza de Jiménez. El padre del futbolista le habrá sonreído desde las nubes donde andará aparcado como diciendo: “perdiste un padre pero encontraste un gol”.

El equipo rival, Sudáfrica, hizo todo lo que pudo para no aguarle el debut a los anfitriones incluido el detalle de hacerse expulsar dos jugadores. Los mexicanos, agradecidos trataron de devolverles el gesto a los sudafricanos, pero ya fue a la altura del minuto noventa, cuando la expulsión de César Montes poco podía influir en el resultado que a México debió saberle a chilaquiles de desayuno.

sábado, 6 de junio de 2026

Cuento en inglés: US AND HIM

 

US AND HIM

Translated by Esther Sarfatti

Just a few hours before Poisson’s victory, I began writing in an attempt to anticipate his inevitable transformation into a myth, describing it as objectively as possible and do everything in my power to prevent this event from overwhelming all of posterity.

Poisson’s fame, and the obsessive admiration that so many had for him (expressed through statements such as “He plays like God”) was, to my understanding, what allowed for the mere possibility of the Match to be considered. The powerful torrent of demands for the event to take place snowballed into the ultimate encounter between Poisson, the most gifted chess player of all time, and God. I dare assert that there had never before been as much speculation about human intellectual capacity, nor had so much presumptuousness been displayed as in the defense of the champion’s talent made by a large part of humanity. Actually, taking chess as the only point of reference, the differences in the players’ qualifications were overwhelming. Poisson, as we know, was very precocious in learning the secrets of the chessboard. He became a national champion at age ten and was winner of the juvenile category and Grand Master by twelve. At age eighteen he became world champion with an admirable victory, discouraging anyone who may have hoped to beat him in the near future. When it seemed like his reign would be absolute and long lasting, he refused his challengers and abandoned his crown and chess playing for over twenty years. Offers of large sums of money encouraged his ostentatious return to the game, and he won back his crown in an even more convincing manner than before. From that point on, he defeated every possible adversary, single or multiple, ultimately nullifying any human rivalry.

God, his adversary, had no recognized chess-playing skills at all, notwithstanding his immense prestige in other spheres of influence. Even so, from the beginning he had the support of believers of all monotheistic dogmas. Due undoubtedly to its strength in numbers, the Catholic Church took charge of all divine representation for the Match. Although some hesitated and others refused, the Vatican didn’t think twice about handling the Supreme Being’s terrestrial representation. As such, the Vatican negotiated the conditions of the competition and the amount of prize money, which could not seem excessive when compared to the stakes of the Match.

Now that it’s all history, one may forget that what happened was only one of the many possible outcomes. It’s worth remembering that when the challenge was still a fantasy, Poisson had said that he would be willing to play a simultaneous match. Many took the opportunity to imagine the different techniques and playing styles characterizing the Father, the Son, and the Holy Ghost.

I suppose that, foreseeing the theological difficulties that might arise in the event that, for example, God the Son was defeated, God the Father was victorious, and the Holy Ghost tied after a long, hard game, the Pope dismissed such a prospect. As the spokesman for the divine rival, the Pope declared that God’s playing would be carried out in a unanimous and undivided fashion, and that His presence would be as discreet as ever, a condition that was reluctantly granted to Him.

From that moment onwards, we witnessed an extensive yet innocuous rivalry between atheists and believers. The definitive confirmation of human capability was assigned to Poisson, though for the atheists, its validation posed an additional problem. How could they reconcile the negation of God with the possibility that He might lose a game of chess?

It wasn’t any easier for the faithful to accept the most spectacular ratification of God’s existence through something so lacking in mysticism as a game of chess. As a result of all of that, the symbolism attached to the Match was so bewildering that no one was ready to die or kill for the encounter’s significance or lack thereof (please excuse the weakness of this argument, but it’s the only one, as I see it, that explains the incredible absence of physical violence in this case).

On the long-awaited day of the Match, I took my seat—that privileged position which had cost me all of my savings—in the room where it would take place, sharing the discomfort of the judge who had to say, in following with tradition: “May the best man win.”

I attest here to the ingenuous awe with which all of humanity watched the first move of the white pieces, assigned to God. Though it was a most conventional move (P-K4), that shifting of the pawn, guided by the supreme, invisible hand, crushed centuries of incredulity with devastating simplicity.

Apart from that, in what we assumed to be the caution understandably befitting this first encounter, the contenders were happy to accept a quick draw. No one asked for more; some complacently watched the apparently automatic motion of the white pieces, and others admired the skill with which Poisson moved his own.

On the other hand, right from the beginning of the second encounter—the white pieces now in Poisson’s hands—God’s game proved to be sloppy, characterized by an unthinkable lack of imagination for One responsible for the whole of Creation. As they watched the Almighty commit a series of outrageous blunders, I remember the Vatican experts’ discourse on the inscrutability of God’s designs, followed by a string of theories on the importance of sacrifice tactics in exchange for certain strategic advantages. The moment came when all those following the game understood that only a miracle could save God from being defeated. “Nobody better than Him to make it happen,” murmured the Almighty’s followers, smiling nervously. At the same time, as Poisson’s followers and proponents of human competence, we understood that, in spite of the first, revealing move He had made with His pawn, we had never seriously thought that God could be defeated, even for just one game. I attest to the fact that even the most obstinate atheists, like myself, were waiting for the miracle. In any case, Poisson was the first to call checkmate. My eardrums still reverberate with the uproar that followed the fall of the black king. Many clamored that the Match must be suspended, due to sacrilege, and investigations be carried out to prove that the Supreme Maker’s place in the second game had been usurped by the Devil, or Death, or the Invisible Man. When news that a typhoon had hit the Philippines broke one hour later, this turned uproar into definite chaos, as the natural disaster was attributed to the wrath of the defeated. Later on, when word came from Rome (“God is ready to proceed with the Match”), nobody knew what to say. And here I would like to introduce a personal observation which I deem conclusive, taking some distance from the facts: Poisson’s usual arrogance immediately gave way to an almost humble countenance; in his press interviews, he showed his Adversary a degree of respect completely undeserved by Someone exhibiting such inferior playing skills.

I understand that, for the most part, people under so much momentary pressure generally will not pay attention to details like that one. Only someone like me, obsessed with analysis and objectivity, could find time to derive a sensible conclusion from the more subtle points of the Match. This is why I dared, so prematurely, to divide the Match into two separate moments. In the first, thanks to two draws and the Creator’s only success, Poisson’s strengths were seen less as heresies and more as concessions from God in order to make the encounter more interesting. The second moment was defined by the growing certainty that Poisson would be the winner. This conviction was the one that pushed the Creator’s fanatics to use the catastrophe in the Philippines as proof that the world would end as soon as Poisson won the Match. In the midst of such threats, Poisson became increasingly humble, yet his desire to attain a decisive victory grew with every encounter. In the last game, when his victory was only minutes away, Poisson was the only one who desired it. Even his most avid supporters were hoping that something would happen to avoid the defeat of the Eternal and its imagined repercussions. I remember a fierce atheist sitting near me, who had held up a sign reading “Poisson: kick His ass!” on the first day of the Match. Now the same man, on the day of the last game, shamelessly held up a sign that begged, “Poisson, think of the rest of us”. Of course, his plea was ignored, as Poisson had no time to think of anything but his game. When the invisible hand declined His king, we held our breaths in unison. As I was one of the few who didn’t close my eyes, I witnessed the instant in which Poisson ceremoniously stood up and held out his hand, to shake and be shaken by that of his Rival.

Any future statement to the effect that we weren’t relieved by the news of the earthquake in Greece is untrue. Its two thousand-plus victims seemed minimal compared to the hecatomb we were expecting. Those who were so terrified a few hours before were soon ready to celebrate a victory, one of which they felt they’d been a part. Everyone anxiously awaited the press conference where Poisson—who some even began to decorate with the attributes of a new redeemer—finally appeared.

Poisson’s declarations to the press confirmed the fact that he finished the Match having learned a few things above and beyond simply exercising his chess-playing skills. With the same humble tone that characterized his latest statements, he affirmed that imagining God as a vain tyrant, ready to show his power at any moment, was in fact the worst of heresies. Describing Poisson’s tone as moving would be excessive, yet he declared that only the truly Almighty could have the luxury of being so humble and wise as to accept his defeat and show his infinite and acclaimed goodness in a new light. As for me, I only hope that the lessons Poisson learned that day will be sufficiently long lasting. I doubt it, though, for immediately a journalist, obviously hoping to squeeze a disquieting statement out of him, asked what he thought about the earthquake in Greece. Poisson’s cutting retort insinuated that linking such an event to the Match was the equivalent of considering God a sore loser, assigning him a meanness unfitting to His dimensions.

And last but not least, here is the most important evidence of the change that the Divine Virtue caused in Poisson: the player’s splendid decision to donate the prize money he had won in the Match as aid for the earthquake victims. Even so, some people still have a hard time believing that such a gesture revealed more generosity than guilt. Before such lack of faith, I can only imagine how worthwhile it would be to persuade God to play another Match simultaneously with all of humanity. Perhaps that would be convincing enough.


viernes, 5 de junio de 2026

LASA 2026 en Lutecia: dos momentos



UNO

El miércoles 27 de mayo, 2026, se reunió la sección Cuba de LASA. Caí allí por puto azar (si les cuento cómo llegué entenderían lo lúcido de la errata). La sala, repleta, era una mezcla de académicos, algún que otro esbirro y los usuales compañeros de viaje. Se discutía y no se discutía. Los compañeritos de viaje hablaban de las inconveniencias de hablar de política, del carácter esencialmente divisorio de ese tema. En cuestiones matemáticas estaban más por la suma (a su favor) o por el borrón y cuenta nueva.

Del bando contrario se adujeron razones varias para insistir en sus declaraciones (políticas). Sobre todo si se tenía en cuenta que:

-La política nunca ha estado ausente de la sección Cuba, aunque usualmente concentrada en expresar simpatía y comprensión por el régimen cubano.

-Protestar porque los representantes del castrismo no reciban visas es una forma de hacer política tan clara como protestar porque a los académicos críticos del régimen cubanos se les persiga en su país o se les impida viajar fuera de este.

-La sección Cuba en LASA no tiene que regirse por reglamentos más estrechos que los que estipulan la conducta del resto de la organización.

Los representantes del filocastrismo, por su parte, hicieron lo que pudieron para defender su posición, que es más o menos la del régimen al que se deben por fe o interés. (No se les regañe en casa por incumplir su deber: su posición a estas alturas es simplemente indefendible). El Viejo Funcionario sacó a pasear sus entrenadas mañas con ademanes que él mismo deberá creer relajados y hasta graciosos pero, créanme, eran todo lo contrario. Otro al que llamaré, El Veterano Compañero de Viaje, insistía en la supuesta neutralidad que se le debía a la academia, en lo excepcional de la condición cubana. No tuvieron ningún éxito. Era obvio que la realidad y la actual composición de la Sección Cuba de LASA los situaba en desventaja.

Yo, que no soy miembro de la Sección Cuba de LASA y ni siquiera me podría llamar académico sin deformar el concepto, (bastante que me dejo llamar intelectual) me mantuve callado. Tampoco hizo falta que hablara. La derrota del Funcionario y el Compañero había sido lo bastante aplastante, lo insostenible de su posición era demasiado obvio, como para el que tuviera nociones del ajedrez académico que consiste en discutir, pelearse incluso sin mencionar por su nombre las posiciones en pugna entendiera cual había sido el desenlace.

De haber hablado allí yo habría sonado todo lo discordante que puede sonar alguien que insiste en llamarle a las cosas por su nombre en predios donde la lengua oficial es el eufemismo. En decir todo lo que se callaba. De haber intentado traducir tanto eufemismo habría sonado así:

"No soy miembro de esta sección ni estoy al tanto de los detalles que han conformado su evolución pero visto desde afuera esta es mi impresión. La sección Cuba de LASA fue creada por académicos afines al régimen cubano tanto desde dentro como desde fuera de la isla para normalizar la presencia de dicho régimen en los medios académicos norteamericanos. Y en principio funcionó. Años más tarde, sin embargo, hubo que hacer concesiones: no se entendía que solo viajaran a los congresos de LASA aquellos académicos más comprometidos con el régimen incluyendo algún que otro oficial del MININT mientras que renombrados especialistas en sus respectivos campos quedaban fuera de las convocatorias.

Casi sin sentirlo la Sección Cuba de LASA se ha ido convirtiendo en otra cosa, algo mucho mejor que una pantalla académica del castrismo. Al punto de haber elegido el año pasado como presidenta a Alina Barbara López, académica que sufre persecusión constante en su país y a quien el régimen que la intenta amordazar no le permitió asistir al congreso en París. Protestar contra esto y contra los continuos atentados contra la libertad académica del régimen totalitario que rige Cuba es lo que algunos miembros de la sección Cuba consideran política, en el sentido de indeseable y disruptivo de las buenas maneras académicas. Y eso es una buena señal, que se hable de política cuando se defienda a los académicos perseguidos mientras el apoyo al castrismo se considera un gesto perfectamente apolítico. Es una buena señal, digo, que la búsqueda de la justicia siga siendo asunto político".

Eso es lo que habría dicho pero que callé para no violentar ese principio académico que considera de pésimo gusto llamar las cosas por el nombre con que fueron creadas. Fue una suerte que no lo dijera. Además de que, dado el estado lastimoso en que quedaron los maquillistas del castrismo, habría sido un tanto excesivo.

                                                 DOS

El sábado 30 de mayo hablaba tangencialmente del cinismo de los historiadores en el panel del LASA al que fui convocado. Hablaba de esos historiadores que admiran las pirámides sin detenerse en el costo humano de erigirlas. Después de todo pensarán los pobres acarreadores de piedras murieron hace milenios mientras que las pirámides siguen ahí. Mis compañeros de panel respondieron incómodos. Precisamente a ellos, que se han detenido en la historia menuda de las familias cubanas, en los dramas, no se les debería acusar de cínicos.

Reconozco que no fue buena idea haber apelado a un ejemplo tan lejano como el de las pirámides cuando tenía uno mucho más a mano. Me refiero, por supuesto, a la llamada Revolución Cubana. Porque la deferencia que los historiadores suelen mostrar hacia un evento tan catastrófico para la sociedad que esta pretendía construir es digna de mejor causa. Empezando por el propio título de Revolución Cubana, con mayúsculas, a lo que más bien es una tiranía con excelente departamento de relaciones públicas y márketin.

Porque si lo que importan son los resultados de su gestión el castrismo no tiene pirámides que mostrar. Ni siquiera una autopista nacional más o menos transitable. Hubo profundos cambios políticos, sociales y económicos, es cierto, pero ninguno de ellos se apartó un centímetro del objetivo esencial del régimen que consistió en crear y retener la mayor cantidad de poder posible. El castrismo, escójase el período que se prefiera, siempre se trató de una cuestión de acumulación de poder, sin reparar en los costos, fueran económicos o humanos.

Incluso los "logros" más socorridos en la justificación del régimen merecen la misma lectura crítica que nuestros historiadores aplican a otros eventos y ámbitos. Así, la campaña de alfabetización de 1961 puede verse como parte del plan de contrainsurgencia desplegado en el momento de mayor fuerza de las guerrillas anticastristas. Y a los entusiastas alfabetizadores debería vérseles como lo que en realidad fueron: inconscientes agentes del adoctrinamiento ideológico, espías en territorio enemigo y mártires potenciales o consumados. Por otra parte, los logros en la educación, la salud y el deporte apartando las manipulaciones estadísticas y emocionales demostraron ser un espejismo insostenible sin los subsidios soviéticos.

El único logro incuestionable de la llamada Revolución Cubana es la mera existencia del régimen a lo largo de 67 años. Esas casi siete décadas de sobrevivencia son las pirámides con las que debe contrastarse el costo que permitió erigirlas. Los fusilamientos, las muertes en alta mar, las decenas de miles de prisioneros políticos, la separación de las familias, la desaparición de las instituciones democráticas, el amordazamiento de todo un pueblo, la destrucción de la economía y el exterminio de la sociedad civil por no hablar de los estragos causados por su aventurerismo internacional es lo que los historiadores deberían tener en cuenta a la hora de valorar aquello que insisten en llamar revolución. Si entonces consideran que para legitimar la llamada Revolución Cubana basta su condición de simbólica aldea de Asterix frente al mayor imperio de estos tiempos aldea en buena parte subvencionada por los mismos aldeanos que escapan a los predios imperiales entonces nuestros queridos historiadores tendrán que reconocer que las vidas de las últimas cinco generaciones de cubanos les importan tanto como las de los esclavos sobre las que se erigió la riqueza de las sociedades en el pasado.

viernes, 22 de mayo de 2026

El macguffin infinito*


Que Antonio José Ponte es el mejor escritor cubano vivo es un consenso bastante extendido incluso entre los aspirantes a ese trono imaginario. Otros venderán más libros o gozarán de mayor favor de la academia, pero a solas con su conciencia tendrán que reconocer que ninguno lo supera amplitud e incisión de miras, y de lecturas, en la elegancia e inteligencia de su prosa, en lo extendido y sorprendente de sus asociaciones, en lo filoso de sus reflexiones y dictámenes, en la capacidad y honestidad para resumir y definir la realidad común, en lo seductor de su lectura. Encima, Ponte no se prodiga demasiado en los títulos que publica, lo que hace de cada nuevo libro un acontecimiento. Para unos por tener otra oportunidad de disfrutar al autor de Las comidas profundas y La fiesta vigilada, para otros por la esperanza de que esta vez Ponte dé un paso en falso y poder retribuirle la dureza con que ha juzgado a tantos.

La aparición de la novela Desfila La Habana es, pues, una rara oportunidad de que sus seguidores confirmen su admiración o de redimir a sus rivales públicos o secretos. Exceptuando la publicación en 2020 de la colección de artículos de La lengua suelta, escritos por su alter ego Fermín Gabor, habría que retroceder dieciséis años para encontrar la última novedad salida de su ordenador, Villa Marista en plata, una reflexión sobre las relaciones entre los artistas y el poder en Cuba. Ahora Ponte reaparece en el género menos frecuentado por él, la novela, en el que su único intento, Contrabando de sombras, apareció hace casi un cuarto de siglo. Por lo extenso de la espera se pueden juzgar las expectativas.

En Desfila La Habana el concienzudo analista de la ciudad en ruinas regresa a ella su momento de mayor esplendor, los años cincuenta, que inmortalizara ese otro gran hijo adoptivo de la ciudad, Guillermo Cabrera Infante, en Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto. Sin embargo, el acercamiento de Ponte a la ciudad es ladinamente distinto. La imparable verborrea de los tarambanas locales de Cabrera Infante es sustituida por los elegantes diálogos de extranjeros ilustres que la visitan, o se establecen en ella sin mezclarse demasiado con la chusma diligente. Sus interlocutores criollos son un par de jineteros avant la lettre, Vic y Leque, reportero estrella y dueño de Fenomenal “la clase de revista que esperaba no encontrarse en la sala de espera del dentista”. La mirada nebulosa de los trasnochadores de Tres tristes tigres es reemplazada por la precisión de mapa y directorio con que Ponte reconstruyó la ciudad primorosa que solo pudo conocer en ruinas.

El desfile al que alude el título de la novela es literal. En sus páginas aparecen celebridades que visitaron la ciudad en los meses inmediatamente anteriores y posteriores a la entrada de Fidel Castro en La Habana a lomos de tanque, evento que ha marcado lo cubano desde entonces, incluida toda la literatura de Ponte. El escritor, no obstante, se evita el fácil juego de la profecía a posteriori. La llegada de Castro a La Habana y al poder al mismo tiempo, es rebajada a su condición cotidiana de acontecimiento entre muchos, inmersos todos los personajes que desfilan (los ficticios y los históricos como los escritores Ernest Hemingway, Norman Lewis y Graham Green, los actores Ava Gardner, Maureen O’Hara, Erroll Flyn y Alec Guinness, los mafiosos Meyer Lansky y Santo Trafficante, el director de cine Carol Reed, los dramaturgos Tennessee Williams y Noël Coward, el futuro presidente John F. Kennedy) en las humanas obsesiones de conseguir dinero, poder, sexo o gloria. En medio de tanta levedad, pese a la tensión pública y los asesinatos privados, el tono siniestro que recorre Desfila La Habana viene menos de la novela que de nuestro conocimiento histórico de lo que vino después. Es la de Ponte una reconstrucción tan vívida como para sentarnos con los personajes en las mesas de los restaurantes y cafeterías o en las banquetas de los bares asistiendo a sus peroratas ingeniosas y frívolas y a su escasa prevención a la Historia con mayúsculas que devorará para siempre tanta existencia plácida y trivial. Encorsetado por los límites que le imponen la historia grande y la menuda, el juego literario de Ponte es sutilísimo, como para evitar la ruptura del ecosistema constituido por manuales de historia, memorias y reportajes de que se sirvió para reconstruir aquellos meses, aquella ciudad. Alguna libertad en grande se permite en uno de los capítulos más delirantes y divertidos de la novela: la visita del actor Erroll Flyn a Manzanillo y su deambular, borracho perdido, por los prostíbulos de la ciudad donde las esforzadas obreras del sexo apenas reconocen a la celebridad que tienen entre manos y piernas.

Se avanza por las casi cuatrocientas páginas de Desfila La Habana como por muchas menos, conducidos por una prosa tan impecable como la reconstrucción de una ciudad y de una época de la que se ha escrito mucho pero nunca así, con una frivolidad tan premeditada que se vuelve sospechosa. Y en esa sospecha encuentra sentido todo lo que parecía incongruente, en la novela o con el habitual estilo del autor: el superficial entendimiento de Cuba que muestran los personajes y la profunda falta de interés por lo que allí ocurra; la insistencia en la apariencia sobre la sustancia, como en una edición de la revista Hola; la renuncia al análisis incisivo y la observación ingeniosa a los que nos acostumbra el autor; la insistencia en el name dropping de famosos; los frecuentes callejones sin salida a los que conduce la trama.

Especialmente llamativo es el uso que Ponte hace de los macguffin a lo largo de la novela. Un macguffin, según lo popularizó Alfred Hichcock, es “un objeto, dispositivo o acontecimiento que impulsa la trama de una historia y motiva a los personajes, pero que, en última instancia, resulta intrascendente o irrelevante en sí mismo”. Como la estatuilla de El halcón maltés hecha de “the stuff that dreams are made of”. Como el arca de la alianza en una de las entregas de Indiana Jones. En este caso no se trata de uno sino de al menos tres macguffins: las fotos de la actriz Ava Gadner desnuda en la piscina de Hemingway, una película de contenido sexual filmada secretamente al entonces senador y candidato a la presidencia norteamericana John F. Kennedy y los pelos del pubis de Catalina la Grande y de la cabeza de Napoleón I. Objetos que conducen las acciones de los personajes durante tramos de la novela para luego disolverse en la propia trama.

Esa insistencia en elementos supuestamente importantes que no conducen a ninguna parte es la pista crucial para entender el juego que Ponte nos propone: retratar una ciudad justo en el momento en que pasa de símbolo universal de exotismo y glamour al de epicentro revolucionario. Poco importa que en esos momentos fuera visitada por algunos de los observadores más sagaces del planeta. Esas miradas, inteligentes, pero superficiales, definen a La Habana como lugar que a todos seduce, pero a nadie realmente le importa, imagen que ha acompañado al país como una maldición. En el diálogo que Desfile en La Habana establece con Nuestro hombre en La Habana (sobre todo en su versión cinematográfica, dándonos acceso a cómo se filmó o como estuvo a punto de suspenderse la filmación) le echa en cara a Graham Greene sus nociones elementales sobre el país que describe.

«Siento mucha curiosidad por ver qué ha escrito Graham Greene sobre La Habana».

[…]

«Greene demuestra conocer bien esta ciudad».

«¿Graham Greene? ¿Conocer bien La Habana, Graham Greene?». Ted soltó una carcajada.

«Pero si sólo ha pasado unas pocas semanas aquí. Pero si no habla español… No sé cómo podrá conocer bien La Habana». Phillips se mostró en desacuerdo con Ted. «No lo sabremos hasta leer lo que ha escrito». Su desacuerdo era, sin embargo, una maniobra para apuntar desde más alto. «Existe gente con genio para absorber un ambiente a la primera».

Si esa es la idea que insnúa Ponte sobre la pobre comprensión de Greene de la Cuba prerrevolucionaria, reducida a mercado de placeres proscritos, la del país surgido en enero de 1959 se la encarga al agudo Noël Coward:

Coward maliciaba que Graham era demasiado cobarde como para obtener de aquella mujer, censora y esposa del jefe de Orden Público del Ministerio del Interior, toda la verdad que ella pudiera brindarle. El querido Graham no deseaba que le estropearan sus sueños y, tal como antes había tenido el sueño del [teatro] Shanghái, ahora veía La Habana entera dentro del sueño revolucionario, y sentía pocos deseos de ser despertado de ese sueño.

La Habana como la capital de los sueños: de los turistas y sus placeres, de los mafiosos y sus negocios, de la guerra ganada en venganza por las que se habían perdido en otros lugares. Tal es el caso del reportero de The New York Times Herbert Matthews, simpatizante del bando republicano durante la Guerra Civil Española —aunque en algún punto se recuerdan sus “artículos de admiración fascista, cuando la invasión italiana de Abisinia”. Matthews entrevistó a Fidel Castro en la Sierra Maestra en febrero de 1957 mientras este hacía desfilar sus mismos dieciocho guerrilleros una y otra vez para dar impresión de ser muchos más. Esa impresión el periodista la compartió con el mundo dándole al entrevistado una relevancia de la que carecía hasta entonces. Sin embargo, Ponte no parece recriminarle a Matthews el dejarse engañar sino que él y el resto de la prensa norteamericana aplaudieran el engaño una vez que el tramposo lo revelara en un almuerzo con la prensa de Nueva York en 1959.

«¿Fue aplaudido Castro en ese almuerzo, Phillips?».

«Lo fue».

«Ya. Y me apuesto cuanto quieras a que Herb estuvo entre los que lo aplaudían».

El desfile de famosos que Ponte describe en su novela será el antecedente de futuras procesiones. Y la filmación de Nuestro hombre en La Habana de 1959 el de películas que incurrirían en los mismos lugares comunes. Como El padrino II, filmada quince años más tarde en República Dominicana, tan sutil en casi todo, pero tan elemental al representar la corrupción batistiana y la pureza castrista. Así queda La Habana de la novela, como pasarela por la que desfilan los famosos de todo el mundo cada vez que la ocasión lo amerita. Cualquier intento de ir más allá de los bordes de esa pasarela, “a La Habana que los turistas no visitaban”, es frenado en seco. Como cuando Norman Lewis, el famoso escritor de viajes, sigue a una prostituta negra fuera de los límites de la ciudad conocida por él —límite curiosamente marcado por la finca habitada por Hemingway— para ser dejado inconsciente por un par de asaltantes. O con la presencia en la novela de Hermann Marks, hombre de la tropa del Che Guevara oriundo de Milwaukee y jefe del pelotón de fusilamiento de esa máquina de matar en la que se convirtió la fortaleza de la Cabaña en 1959. El encuentro del verdugo con intelectuales como Norman Lewis o Tennessee Williams transcurre en un ambiente distendido que parecería que se trata de un artista explicando las peculiaridades de su disciplina. Sin embargo, la invitación a asistir a una tanda de fusilamientos queda incumplida sin muchas explicaciones. Los visitantes parecen condenados a la epidermis de la realidad, ya sea la del país o de la revolución que recién comienza. Pero tampoco parece que necesitaran más.

Posiblemente Ponte, al escribir su novela, tuviera en cuenta un desfile muy posterior, aquel que protagonizaron famosos de todo el mundo tras la restauración de relaciones oficiales entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. El desfile en que participaron los Rolling Stones, Madonna, Rihanna, Katy Perry, Beyoncé, Jay-Z, las Kardashian, Karl Lagerfeld, (quien organizó un desfile literal, el de la firma Chanel) y el propio Barack Obama, grandes luminarias en puntos distintos de sus carreras. Ese famoseo en medio de La Habana miserable y esperanzada dejó atrás una sensación de vacío similar al de desfiles anteriores y al de la propia novela de Ponte, vacío que parece preguntarnos: ¿qué hacer con un país atrapado por la mirada de los otros?

Poco después de la aparición de Desfila La Habana en las librerías tuvo lugar un nuevo desfile en la ciudad real. En este caso se trataba de uno con claras intenciones políticas, nada de frivolidades. Alarmados por las amenazas de Trump de invadir Cuba un grupo de paladines de la progresía mundial se desentendió por unos días de la terrible situación de Gaza para invadir La Habana por mar y aire. Toda una movilización internacional para llevar 30 toneladas de ayuda a nueve millones de seres humanos. A razón de 3.3 gramos por persona. Pero la visita fue algo más que un gesto simbólico. En medio de la ciudad hambreada por años, plagada de montañas de basura y apagones, los peregrinos al destartalado futuro con forma de isla manifestaron su apoyo a los nativos en safaris por la ciudad en autobuses climatizados. Querían ver con sus propios ojos los efectos del imperialismo, la indoblegable alegría de los aborígenes o cualquier otra maravilla que pudieran descubrir a su paso.

Pablo Iglesias, líder de la progresía española y huésped del Gran Hotel Bristol —a quinientos metros del antiguo Sevilla-Biltmore, el hotel en que se aloja Norman Lewis en la novela de Ponte— declaraba en las redes sociales: “Nos estuvieron contando la situación que es ciertamente difícil, pero tampoco como se está presentando desde fuera”. No comentaré nada. Apenas añado que el resumen de esa visita podría servirle de epílogo a Desfila La Habana, novela que discretamente nos muestra la Revolución Cubana como un macguffin monstruoso.


*Publicado en La Santa Crítica

miércoles, 20 de mayo de 2026

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