De ponernos memoriosos el partido Estados Unidos vs Bélgica de octavos de finales tenía sabor a revancha. Hacía doce años, en el mundial de Brasil, Bélgica había derrotado a los yumas en un partido que solo el récord de 16 atajadas del portero Tim Howard pudo mantener el marcador en un decente 2 a 1.
Pero ahora los yumas no serían el muchachito enclenque que los belgos habían vapuleado en el 2014. Habían hecho la tarea, le habían ganado 4 a 1 a Paraguay al comienzo del campeonato y a Bosnia (que cuenta como rival europeo) 2 a 0 a pesar de haber jugado la mitad del juego con un hombre menos.
Y hablando del hombre menos, esa era la verdadera historia previa al partido: la tarjeta roja que le habían sacado a Folarin Balogun había sido suspendida por la intercesión del mismísimo Donald Trump que, siempre atento a los asuntos de la patria, había llamado a su socito Infantino. Me gustaría decir que eran “rumores por confirmar” pero la confirmación provino del mismísimo Trump en una de sus tantas exhibiciones de modestia. Los bélgicos protestaron por el trato preferencial de Infantino hacia los anfitriones y el Team USA se convirtió de modesto aspirante eterno a cuartos de finales en representante del imperialismo yanki y embajador de Trump en el estadio de Seattle. Un equipo que todos querían ver derrotado a manos de Bélgica, representante de los pobres de la tierra para vengar el abuso imperial.
Lo que pasó en Seattle fue otra cosa. Aquella Estados Unidos que hace años pedía permiso para entrar en el terreno de los grandes tuvo una regresión freudiana. El equipo sólido y veloz de juegos anteriores exhibía la misma torpeza de los policías en las películas de Buster Keaton o del gabinete de Trump. Errores elementales, desatenciones, pases a ninguna parte. Pulisic, su jugador estrella literalmente no daba pie con bola, el perdonado Balogun no hacía nada para justificar la llamada presidencial y en general todo el equipo yuma parecía estar compuesto de hologramas sobre los que pasaban los jugadores contrarios rumbo a la portería. Como si los supermanes de los primeros partidos hubieran sido empanizados en kriptonita.
El primer gol belgo llegó apenas a los 8 minutos del inicio, nacido de una pierna de De Ketelaere que entró en la portería yuma como una Kardashian por la alfombra roja. Un tiro libre en el minuto 30 ejecutado por Malik Tillman y desviado en la barrera bélgica empató el marcador y dio el único momento de felicidad que los dirigidos por Pochetino tuvieron en todo el partido. Pero la felicidad en casa del pobre dura dos minutos, los mismos que necesitó De Ketelaere para anotar su segundo gol, este de cabeza, a pase de Trossard.
En el segundo tiempo Pochettino hizo cambios pero no mejoró la cosa para su equipo. El único que pateaba fuerte era el propio Pochettino: las botellas de agua del banquillo cada vez que sus jugadores volvían a cagarla. Y ninguna cagada mayor que la de Freese, el portero, quien hizo de Muslera e intentó despejar un balón por el extraño método de patear el césped, permitiendo a los de Bélgica ampliar el marcador a 3 a 1.
Quedaba entonces más de media hora por jugar, pero más que oportunidad para que los yumas empataran era la de que los bélgicos completaran la masacre. Y en efecto, el veterano Lukaku, quien ya había marcado en el fatídico juego del 2014, reverdeció laureles anotando el 4 a 1 en el minuto 92.
Minutos después Trump volvió a llamar a Infantino. Se barajaron varias posibilidades, incluida la de enfrentar a los belgas con los Seahawks de Seattle en un partido de fútbol americano (“pero a Lukaku me lo dejan en el banquillo”). Al final quedaron en que sea quien gane la copa se la deberá entregar a Trump en la ceremonia final del campeonato. Que está muy feo eso de organizar un mundial para quedarse solo con las ganancias.