domingo, 12 de julio de 2026

Cenicienta se va a casa

 



Todos los mundiales tienen una Cenicienta, o varias. Selecciones de las que se espera poco y llegan lejos aunque casi nunca más allá de cuartos de final. Equipos que se ganan la simpatía del respetable por la audacia con que se cuelan donde no les toca y el presagio de una despedida temprana retratado en la camiseta. Porque los mundiales son así de aristocráticos, con el derecho de admisión a semifinales reservado para campeones y Países Bajos, cuyo título nobiliario consiste en haber perdido tres finales. (A veces se cuela algún eléctrico aunque este año no va a haber ninguno gracias a la depuradora labor del VAR).

Esta vez las principales Cenicientas fueron Cabo Verde -caído heroicamente en octavos- y Noruega que ayer se enfrentaba a Inglaterra, inventora del juego y campeona antes de yo nacer. En el caso de Noruega, clasificada para el mundial tras 28 años lo de Cenicienta viene con truco, que es Erling Haaland, ese galán neanderthal convertido en uno de los principales azotes de las porterías de los últimos años. Yo pronosticaba un 2 a 1 a favor de Inglaterra porque asumía que el gol de Haaland era tan inevitable como los impuestos. Y me equivoqué con Haaland aunque acertara en el marcador.

Esta vez el encargado de cobrar el impuesto Haaland fue Schjelderup, un joven a quien no le auguro un gran futuro como delantero a menos que se busque un nombre más pronunciable, como Messi o Haaland. Fue su zurdazo clavado al segundo palo el que abrió el marcador en el minuto 35 y reactivó las ancestrales temblequinas de los ingleses.

Por suerte Inglaterra cuenta con un tipo como Bellingham cuya composición genética no incluye el tan inglés gen del pánico. Era el minuto 46 del primer tiempo y Belly, valiente y decidido, se internó en el área chica vikinga y cruzó al portero con otro zurdazo que le devolvió el alma al cuerpo a los desvanecidos ingleses que se fueron al descanso algo recompuestos.

Pero con el regreso al terreno volvieron las penalidades inglesas frente a los embates vikingos. Y el gol que debía decidir el partido llegó en el minuto 54 cuando Heggen cazó un rebote de Pickford, el meta inglés, tras el remate de un córner. Pero en eso se apareció el super VAR, siempre al auxilio de los favoritos en apuros para determinar que justo antes del córner Haaland había enviado al césped a un inglés con uno de sus empujoncitos.

Así terminó el tiempo que marca el reglamento, con empate a uno. Pero Bellingham, al parecer, volvió a tomar la poción mágica de Asterix en el descanso porque apenas iniciado el tiempo extra marcó un gol de rebote tras un trallazo de Morgan Rogers desde fuera del área. El resto de los 28 minutos del alargue hubo de todo, incluido un penalti a favor de Inglaterra curiosamente anulado por el VAR y el retiro del campo de Haaland, agotado tras tener que cargar con su enorme corpachón más minutos de lo que permite el sindicato de futbolistas XXXXXL. Pero nada que interfiriera con esa ley no escrita que dicta que Cenicienta debe irse en cuartos de final que viene a ser la medianoche de los mundiales.

jueves, 9 de julio de 2026

Francia gana por no presentación

 


Dado el desempeño hasta ahora de ambos equipos del Marruecos-Francia se esperaba un partido feroz. Y sin embargo el encuentro pareció más manso que parlamento norcoreano. Marruecos, que no se quiso arriesgar a la pegada de los Mbappé y Dembelé, montó una defensa paraguaya. Habrán calculado que si con los paraguayos Francia no pudo pasar del 1 a 0 (y eso, por penal) a Marruecos, que ha demostrado saber dónde está la portería y cómo meter la pelota dentro, le iría mejor.

Francia también andaba cauta, no fuera a ser que, entregados al ataque, le metieran un gol y luego no encontraran la cerradura de la puerta contraria. Así y todo, Francia consiguió un penal de los de ahora, con los que ni siquiera hay que fingir demasiado. Sin embargo a Mbappé no pareció gustarle el regalo y pateó el balón a las manos de Bono. Por cierto, el portero marroquí, entre el penal y unas cuantas paradas en el primer tiempo, ya se pagó el pasaje de avión al mundial.

Con el segundo tiempo, el sol empezaba a ocultarse y los pistoleros franceses de pronto recordaron para qué estaban ahí. En el 59 Mbbapé, rodeado por cuatro marroquíes, aprovechó el medio metro que tenía libre a su derecha y pateó una comba que Bono no la pudo parar. Y si Spiderman hubiera estado ahí, tampoco.

Seis minutos después los defensas todavía se estaban preguntando qué había pasado con el primer gol cuando en una jugada por el centro del terreno Dembelé colocó la pelota al palo derecho. Bono la tocó con la punta de los dedos, pero sin poder impedir el 2-0. Si hasta ese momento los marroquíes habían sido cautos ya a partir de ahí se desplomaron. Pudieron hacer algo más con una Francia que se permitía distracciones impensables minutos atrás pero los de Marruecos tenían la mente en otra parte. Posiblemente en si todo lo que habían comprado en el viaje cabría en las maletas que tendrían que hacer esa noche. Mbappé salió del juego, adolorido de un tobillo y por él entró Matetá que demostró con sus jugadas por qué lo han tenido sentado en el banquillo todo el campeonato.

martes, 7 de julio de 2026

De entre los muertos

 


Se enfrentaban el vigente campeón mundial y uno de los dos sobrevivientes africanos. (Solo quedaban en el torneo dos equipos africanos y dos sudamericanos. Ninguno de Asia o de la Concacaf. O sea, los cuartos de final serán una Eurocopa con invitados). Pues sin detenerse en las presentaciones Egipto empezó atacando el arco argentino y ya a los diez minutos había marcado un gol. Luego los egipcios se replegaron y al rato Argentina consiguió un penalti. Ya los locutores hablaban de a cuánto se elevaría el récord de Messi en goles en los mundiales tras cobrar el penal cuando Messi, a quien nadie le discute el turno para tirar cobrar cualquier tipo de faltas, incluidas las de ortografía, aumentó su récord en penaltis fallados en los mundiales.

Argentina seguía dominando el balón pero ese dominio no se traducía en goles. O ni siquiera en disparos decentes a puerta. Existe la idea bastante arraigada de quien domina el balón merece ganar que es como pensar que porque pagas la cuenta en el restaurante mereces que te inviten a subir a la casa. Pues Argentina se cansaba de pagar cuentas de restaurantes pero al llegar a la puerta (de Egipto) todo se trababa. 

A poco de empezar el segundo tiempo Egipto armó un ataque relámpago que remató Ziko para el 2-0 a favor de los faraones. Pero apareció el VAR para chivatear un pisotón egipcio en el otro extremo del campo y anular el gol. Así que ya saben, si antes de tomar el avión para el mundial dejaron el carro mal parqueado en el aeropuerto puede que les anulen un gol anotado tres semanas después.

A los egipcios no pareció importarles mucho porque en el minuto 66 el mismo Mostafa Ziko anotó un clon del gol anulado anteriormente, esta vez sin ningún roce previo detectable por el VAR. Luego pasaron doce minutos más en los que Argentina se veía muerta clínicamente con la película de su vida pasándole por los ojos mientras los egipcios la embalsamaban, que en eso tienen experiencia. Pero en el 78, sin apenas aviso, un centro de Messi colgado al área chica fue cabeceado sin contratiempo por Cuti Romero para el 2 a 1 de la ilusión. Y cuatro minutos después nuevo centro de Messi al área, un par de rebotes y el propio Messi que toma cartas en el asunto para empatar el partido de un zapatazo.

¿Completaría Argentina la remontada? ¿Respondería Egipto? ¿Se irían a los tiempos extras? ¿El Messías tendría que hacer todo? Pero ya por el minuto 921 un contraataque argentino llevó la pelota hasta el área egipcia para que finalmente Enzo Fernández cabeceara la pelota al fondo de la red. Fue entonces que los egipcios se indignaron porque al inicio de la jugada par de compatriotas habían caído en el área contraria y Dibu Martínez había dejado el carro mal parqueado en el aeropuerto. Penalti a favor y anulación del gol argentino pedían los egipcios pero esta vez el VAR, tan hablantín durante el partido hizo silencio. El berrinche faraónico subía de tono cuando por fin sonó el silbatazo final que determinaba el regreso oficial de Argentina del reino de los muertos. Y el triunfo gracias al empuje de los campeones, la convicción de los campeones, la suerte de los campeones y el VAR de los campeones.

Masacre en Seattle

 


De ponernos memoriosos el partido Estados Unidos vs Bélgica de octavos de finales tenía sabor a revancha. Hacía doce años, en el mundial de Brasil, Bélgica había derrotado a los yumas en un partido que solo el récord de 16 atajadas del portero Tim Howard pudo mantener el marcador en un decente 2 a 1.

Pero ahora los yumas no serían el muchachito enclenque que los belgos habían vapuleado en el 2014. Habían hecho la tarea, le habían ganado 4 a 1 a Paraguay al comienzo del campeonato y a Bosnia 
(que cuenta como rival europeo) 2 a 0 a pesar de haber jugado la mitad del juego con un hombre menos.

Y hablando del hombre menos, esa era la verdadera historia previa al partido: la tarjeta roja que le habían sacado a Folarin Balogun había sido suspendida por la intercesión del mismísimo Donald Trump que, siempre atento a los asuntos de la patria, había llamado a su socito Infantino. Me gustaría decir que eran “rumores por confirmar” pero la confirmación provino del mismísimo Trump en una de sus tantas exhibiciones de modestia. Los bélgicos protestaron por el trato preferencial de Infantino hacia los anfitriones y el Team USA se convirtió de modesto aspirante eterno a cuartos de finales en representante del imperialismo yanki y embajador de Trump en el estadio de Seattle. Un equipo que todos querían ver derrotado a manos de Bélgica, representante de los pobres de la tierra para vengar el abuso imperial.

Lo que pasó en Seattle fue otra cosa. Aquella Estados Unidos que hace años pedía permiso para entrar en el terreno de los grandes tuvo una regresión freudiana. El equipo sólido y veloz de juegos anteriores exhibía la misma torpeza de los policías en las películas de Buster Keaton o del gabinete de Trump. Errores elementales, desatenciones, pases a ninguna parte. Pulisic, su jugador estrella literalmente no daba pie con bola, el perdonado Balogun no hacía nada para justificar la llamada presidencial y en general todo el equipo yuma parecía estar compuesto de hologramas sobre los que pasaban los jugadores contrarios rumbo a la portería. Como si los supermanes de los primeros partidos hubieran sido empanizados en kriptonita.

El primer gol belgo llegó apenas a los 8 minutos del inicio, nacido de una pierna de De Ketelaere que entró en la portería yuma como una Kardashian por la alfombra roja. Un tiro libre en el minuto 30 ejecutado por Malik Tillman y desviado en la barrera bélgica empató el marcador y dio el único momento de felicidad que los dirigidos por Pochetino tuvieron en todo el partido. Pero la felicidad en casa del pobre dura dos minutos, los mismos que necesitó De Ketelaere para anotar su segundo gol, este de cabeza, a pase de Trossard.

En el segundo tiempo Pochettino hizo cambios pero no mejoró la cosa para su equipo. El único que pateaba fuerte era el propio Pochettino: las botellas de agua del banquillo cada vez que sus jugadores volvían a cagarla. Y ninguna cagada mayor que la de Freese, el portero, quien hizo de Muslera e intentó despejar un balón por el extraño método de patear el césped, permitiendo a los de Bélgica ampliar el marcador a 3 a 1.

Quedaba entonces más de media hora por jugar, pero más que oportunidad para que los yumas empataran era la de que los bélgicos completaran la masacre. Y en efecto, el veterano Lukaku, quien ya había marcado en el fatídico juego del 2014, reverdeció laureles anotando el 4 a 1 en el minuto 92.

Minutos después Trump volvió a llamar a Infantino. Se barajaron varias posibilidades, incluida la de enfrentar a los belgas con los Seahawks de Seattle en un partido de fútbol americano (“pero a Lukaku me lo dejan en el banquillo”). Al final quedaron en que sea quien gane la copa se la deberá entregar a Trump en la ceremonia final del campeonato. Que está muy feo eso de organizar un mundial para quedarse solo con las ganancias.

lunes, 6 de julio de 2026

España pasa (de puntillas, para no depertar a nadie)

 


España sigue ganando, pero no enamora (excepto, claro, a los enamorados de España de toda la vida, que no se van a desencantar ahora que está ganando de nuevo). Como el tipo bien peinado, bien vestido y con la billetera llena, que todo lo que hace es contarle a la muchacha lo bien que le va en la vida mientras ella se pregunta si al menos piensa tocarle una teta. Enfrente España tenía a Portugal, que se ha gastado una generación brillante tras otra a mayor gloria del cristianismo (de Ronaldo) sin que haya ganado otra cosa que la Eurocopa del 2016, (aprovechando que a Ronaldo lo habían retirado en camilla del terreno de juego).

Esta vez hay que reconocer que al jebito de Georgina se le vio más envuelto en el desempeño del equipo, más solidario, menos Cristiano, en fin. Pero too little too late. España controlaba el juego pero sin convertir el control en la única moneda de cambio que entiende el fútbol: los goles. Y pese a las ocasiones falladas en una y otra portería el juego se iba volviendo uno de esos que te invita a ver que hay en el teléfono. Y te das cuenta que las opiniones de un viejo cascarrabias sobre un juego del que ya nadie se acuerda te interesa más que lo que está pasando en el terreno.

Así fue hasta que los portugueses se quedaron dormidos en el minuto 91 y Merino, que había entrado hacía nada, recibió la pelota solo ante Diogo Costa y no perdonó todo lo que había perdonado España en los minutos anteriores. Los portugueses despertaron entonces para darse cuenta que estaban fuera del mundial. Pero por mucho que se esforzaron por regresar a él en los minutos que había agregado el árbitro Taylor ese tren se les fue una vez más.

Lo cierto es que con todo y su fútbol somnífero no ha aparecido en este mundial otro equipo que parezca -desde el control del juego y la solidez de las líneas- capaz de ganarle a la favorita Francia. Si lo consiguen poco les importarán los bostezos. Quizás hasta sea parte de su estrategia.

Crónica de una muerte anunciada

 


El día en que la iban a matar la selección mexicana se levantó más entusiasmada que nunca. Llevaba cuatro victorias al hilo en este mundial, no había recibido ningún gol, jugaba en el Estadio Azteca donde nunca antes había sido derrotada y ya había ofrecido los sacrificios humanos que exigían sus dioses: cuatro personas murieron aplastadas durante las celebraciones por la victoria frente a Ecuador.

México tenía todo a favor excepto el pasado y el presente. En el pasado está la historia de una selección que solo una vez alcanzó los cuartos de final y su paso por los mundiales está marcado por derrotas que aparecen bajo la etiqueta “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. En el presente un equipo modesto pero esforzado con casi todos los jugadores jugando en la liga local rankeada en el lugar 22 a nivel mundial enfrentado a los inventores del fútbol. Estos, con todo y su tendencia a la histeria en los momentos difíciles no estaban dispuestos a dejarse derrotar así como así por un equipo cuyos jugadores ganaban un salario colectivo ocho veces menor que el suyo.

En lo que sí México exhibe una superioridad absoluta es en el terreno de la publicidad: 
cada cuatro años consigue venderle a 135 millones de mexicanos  la idea de que esta vez con un equipo de octavos de final van a conseguir ganar el mundial. Y ya sea por la habilidad de los publicistas o por la credulidad de su público lo consiguen una y otra vez. Aunque hay que reconocer que esta vez el grito de guerra mexicano era más bien cauto: la pregunta del desengañado que quiere ilusionarse una vez más. “¿Y si sí?”.

Los primeros 35 minutos de juego parecían confirmar la ilusión colectiva con un equipo mexicano que controlaba el balón. Y generaba más oportunidades de gol las cuales fueron derrochando puntualmente una a una. Fue entonces Bellingham, especialmente inspirado en una noche que lo mismo marcaba que despejaba un balón enfrente de su portería, cabeceó de palomita un centro lanzado por Saka para abrir el marcador. Y dos minutos después repitió la dosis, esta vez con la pierna derecha a pase de Harry Kane. Como un boxeador con buena esquiva y pegada demoledora Inglaterra aprovechaba la oportunidad para ponerse al frente 2 a 0.

No obstante, Julián Quiñones, que importado desde Colombia no juega bajo el efecto de las supersticiones aztecas, cazó un rebote frente a la portería inglesa y aproximó a México en el marcador, 2 a 1. Al cierre del primer tiempo si no la confianza en la victoria mexicana al menos quedaba la posibilidad de ofrecer un bonito espectáculo.

Pero el árbitro Alireza Faghani, un terrorista del silbato que a los 30 segundos del partido había sacado la primera tarjeta amarilla, tenía sus propias ideas sobre cómo equilibrar el partido: a los siete minutos del segundo tiempo expulsó a Jarell Quansah por una falta que los propios locutores mexicanos de Telemundo reconocían que no era para tanto. Y si en el minuto 58 decretó penalti sobre una falta sobre Gordon (que cobró Harry Kane con la calma asesina que lo caracteriza) nueve minutos después 
Faghani cantó penalti a favor de México. Una supuesta falta de Kane en el área inglesa de la que los propios narradores de Telemundo renegaron con más ímpetu que Pedro a Cristo después de la última cena. La cobró sin temblores Raúl Jiménez: 3 a 2.

A continuación el equipo mexicano hizo lo que pudo para al menos empatar el partido pero no fue suficiente. Lo mismo se puede decir de Faghani. Quedó fuera así el segundo anfitrión de este mundial al que lo único que se le puede reprochar son sus expectativas. Sigue en la batalla otra selección con una historia casi tan triste como la de México pero en inglés, encomendada ahora a sus dos santos tutelares: San Jude y san Harry.

Eutanasia


Aburre. Tener que describir una vez más cómo la selección que antes era la favorita para ganar todos los mundiales desde el 2010 es la gran favorita para ser eliminada en cuartos de final. Una sola vez logró pasar de allí, en el mundial del 2014 a condición de ofrecer alpiste y revolcadero al resto del mundo para caer frente a Alemania con un marcador que sonrojaría al mismísimo Pelé, 7 a 1. Ahora tocaba quedar fuera en octavos.

¿Han oído de la teoría conspirativa de ”El Gran Reemplazo” según la cuál la población europea está siendo sustituida por la inmigración tercermundista? En Europa no sé pero en Brasil ya ocurrió. Así la misma tierra que dio a Garrincha, Rivelino, Zico, Sócrates (el futbolista), Romario, Bebeto Ronaldo, Ronaldinho, Kaká, Rivaldo, Cafú y Roberto Carlos (el futbolista) ahora tiene que conformarse con los Neymar y los Vinicios de este mundo. Juegan a un nivel inferior, pero al menos rezan y lloran con más entusiasmo. En fin, que es mejor invitarlos a un velorio que a un campeonato de fútbol.

Ya antes de empezar el juego de ayer contra Noruega tenía mucho de velorio. Sobre todo teniendo en cuenta las nuevas reglas de la FIFA que permite que junto a los humanos compitan androides como el noruego Haaland. De entrada, los brasileños sabían que para ganar debían anotar dos goles porque de que Haaland te va a meter al menos un gol es tan seguro como de que el sol sale por la mañana y la luna por la noche.

Tuvieron su oportunidad los brasileños con un penalti que les concedió el árbitro en el primer tiempo, pero ya este Brasil no está ni para aceptar regalos: Guimarães pateó flojito y previsible como una comedia romántica un disparo que el portero noruego despejó como si fuera la x en una ecuación de primer grado: sin despeinarse. A Endrick, al que los brasileños se aferran como si fuera el nuevo Pelé, Ancelloti le dio entrada a los 12 minutos del segundo tiempo para revolucionar el partido pero, para estar a la altura del Brasil post 2006, el jovencitod e 19 años falló limpiamente. Porque los inventores del jogo bonito han adoptado el principio del México de toda la vida: al fútbol se va a sufrir.

Así fue hasta que aburrido de un juego tan insulso el androide Haaland decidió terminar con tanta agonía en el minuto 78 y aplicarle la eutanasia a Brasil con un cabezazo luego de alzarse sobre el pobre defensor brasileño que le tocó en desgracia. Y once minutos después el propio Haaland lanzó un disparo con el pie desde el borde del área para poner el juego 2 a 0. Dieron diez minutos de alargue y tras tanto esfuerzo infructuoso (rodríguez) el árbitro se apiadó de Brasil y les pitó otro penal. Esta vez Neymar pateó bien el balón para maquillar el resultado y pareciera que aparte del de Haaland había otro equipo en el terreno.

Y luego, claro, Haaland y el resto de sus vikingos se pusieron a remar mientras los brasileños se dedicaban a lo mejor que saben hacer: llorar.

  

domingo, 5 de julio de 2026

Francia o con los santos no se juega


Tras el 3 a 0 de Francia contra Suecia me preguntaba cómo podía ser derrotado un equipo así, con tantas habilidades, tantos recursos, tanta fuerza. Y la respuesta que me di -porque tengo la cortesía de responderme cuando me hago una pregunta- era que solo podrían ser derrotados por ellos mismos. Solo el desprecio por el rival y la arrogancia sobre sus propias capacidades podían derrotar a un equipo tan superior al resto en todo. Hibris le llamaban los griegos a esa modalidad de la prepotencia que veían como “intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres mortales y terrenales”, de creerse mejores que todos, incluso de los orishas del Olimpo.

El caso es que contra Paraguay los franceses se vieron bastante más terrenales, vulnerables, derrotables incluso. No es que a los paraguayos se les viera la más mínima posibilidad de marcarle un gol a Francia pero su plan de juego parecía claro: aguantar 120 minutos sin que les marcaran y encomendarse en la tanda de penales al inmenso -literalmente hablando- a San Orlando Gill. Eso y sacar de sus casillas a los franceses, a los que se les vio provocables, descarrilables.

El plan paraguayo funcionó hasta las vísperas de la segunda pausa de hidratación (o finales del tercer cuarto del juego, como debería decirse). Fue entonces que los del VAR, negados a estirar su jornada laboral hasta los 120 minutos, trajeron a colación un penal que el árbitro principal había pasado por alto. La falta era clara y dentro del área. Y conveniente, porque ya los franceses se estaban poniendo nerviosos ante la posibilidad de que no cediera la muralla paraguaya y tuvieran que jugársela en los penales.

Sin mucha ceremonia ni nervios Mbappé cobró el penalti, fuerte y alto a la izquierda de Gill que se había lanzado al lado contrario. Y luego, no mucho más que reseñar. Excepto quizás que Mbappé no quiso saludar al portero contrario al final del juego y celebró escandalosamente la ajustada victoria delante de este. Hibris dirían los griegos. Una manera de provocar a los dioses del fútbol, tipos caprichosos donde los haya.

sábado, 4 de julio de 2026

Una tarde martiana para Marruecos


Después de despachar limpiamente a Países Bajos en 16avos el partido contra Canadá resultó trabado y bronco, como subir a una 400 rumbo a Guanabo, cuando todavía los conceptos transporte urbano y playa se podian conjugar (con dificultad) en la misma oración. Un juego correoso y combativo, como los bailables de La Tropical. (Ah, esas met
áforas que emanan de un tiempo legendario que vemos con la misma nostalgia con que entonces nuestros padres recordaban los bisteces).

Fue entonces, a los cinco minutos del segundo tiempo que Marruecos, aprovechando que yo todavía estaba en la cocina preparándome un gazpacho anotó su primer gol. (La FIFA o la NASA deberían estudiar la correlación directa que hay entre los momentos en que me levanto a hacer cualquier cosa y la anotación de goles en los partidos. Como si con premeditación y alevosía los jugadores afinaran su capacidad goleadora para hacerme rabiar cuando regreso a mi puesto frente al televisor).

Ese primer gol fue suficiente para destrabar el partido. Así, mientras los canadienses se esforzaban por no ser expulsados en 16avos de la Copa que habían coauspiciado con tanto mimo Marruecos iba aprovechando los espacios que se abrían ante sí para ampliar su ventaja a dos y tres goles. Porque por mucho que suene feo mandar a casa a uno de los tres anfitriones de esta copa se veía que los norteafricanos lo estaban disfrutando. Era como si te brindaran hospitalidad, techo y comida y la única manera que se te ocurriera de agradecer el gesto a tu anfitrión fuera acostarte con su mujer. Exactamente lo mismo que hizo Jose Martí con su hospedero Manuel Mantilla, ahora que lo pienso. Y si se lo hemos consentido al apostol (o peor, lo hemos embarajado diciendo que María Mantilla no es hija suya) no veo por qué no hacerlo con los marroquíes.

Réquiem por Cabo Verde


“Yo recuerdo a los hombres en el momento mejor de su caída/ Cerca ya de la noche/ Cuando apenas ya se advierte una sombra, una nostalgia,/ un temblor hacia el fin”. Eso escribió el gran poeta Emilio García Montiel en un poema para celebrar al pelotero Rey Vicente Anglada, víctima de una acusación infame de la que ya ni el ex deportista quiere acordarse. Lo mismo vale decir de la selección de Cabo Verde que irrumpió en el mundial con un empate a cero ante la favoritísima España a lo que le siguió otro pero a dos con Uruguay (con la ayuda desinteresada del arquero Muslera) y otro más a cero ante Arabia Saudita para pasar a los 16avos sin haber ganado y con la menor cantidad de puntos posibles. Pero nunca brilló más una de las pocas selecciones que se estrenaba en el mundial este año que en su derrota ante Argentina. 

No es que el vigente campeón mundial pareciera haberlo sido alguna vez con su juego previsible y penoso. Pero así y todo ya en el minuto 28 Argentina se puso delante en el marcador gracias a -¿quién si no?- Messi que controló un pase de Lisandro Martínez y remató con la pierna izquierda con la misma facilidad con que Federer se rasca el cuello con la mano derecha.

Ahora no se trataba para los de Cabo Verde de defender un cero a cero como ante España o la más saudita de las Arabias, o de aceptar los regalos de Muslera, sino de sobreponerse a la desventaja inicial frente a un Dibu Martínez, el arquero argentino, tacañísimo en cuestión de errores. Pues luego de intentarlo antes los caboverdianos al minuto 9 del segundo tiempo tiraron un caño doble a través de la defensa argentina para crear un goleaducto por el que llegó el empate salido de la pierna derecha de Deroy Duarte. Luego llegó la hora Voizinha, el portero caboverdiano, serio y seguro como una inspección de hacienda, para recordarle al gobierno de Cabo Verde por qué deben erigirle una estatua a la entrada del estadio de Praia. Gracias a eso el tiempo reglamentario terminó con el campeón del mundial pasado y el sentimental de este empatados a cero.

Pero por mal que jueguen los argentinos la vergüenza de ser eliminados por un debutante en copas mundiales tenía que servir de algo. Y justo al comenzar el tiempo adicional, luego de que McAlister cabeceara un corner Lisandro Martínez aprovechó para acribillar la escuadra del primer palo de Voizinha y poner delante a Argentina. Ahí fue cuando el conjunto de Cabo Verde lució en toda su grandeza. Porque en vez de arrugarse y encomendarse a un contragolpe o a un penalti favorable fue a cercar a Argentina en su propia madriguera, la que defendía el Dibu Martínez. Fue allí que Sidney Lopes Cabral, Cindy Lauper para sus amigos, pateó una slider con la derecha que entró junto al segundo palo donde ni el super Dibu podría llegar.

A los vigentes campeones, cuyas zapatillas cuestan más que toda la plantilla contraria no tuvieron más remedio que volver a marcar o de lo contrario estarían condenados a ver a su familia en Argentina solo por zoom. Y el gol llegó a diez minutos de tener a ir a la ruleta de los penales con un corner sacado por Messi y cabeceado por Cuti Romero. Pero los vigentes campeones sentimentales del mundial querían demostrar que no estaban en Miami para comerse la merienda o hacer compras. E insistieron en empatar el partido y forzar los penales hasta que el silbatazo final sonó como tiro de gracia o toalla lanzada al centro del cuadrilátero.

Disculpando la infinita chealdad -porque recuerden que de acuerdo a Pessoa las cartas de amor tienen que ser ridículas- si según las reglas el fútbol debe ser jugado con los pies a veces la pelota se juega con el corazón u otros órganos que mejor me callo. Y esas nunca se olvidan.

miércoles, 1 de julio de 2026

Tener o no tener (fe)


“Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti” dijo Martí en el prólogo del “Ismaelillo”. Y dijo lo del mejoramiento humano porque no vio jugar a la selección inglesa en los últimos 60 años, o sea, desde que ganó su único mundial en 1966 hasta ahora. Porque si Alemania ha perdido carácter con los años Inglaterra nunca lo ha tenido. No bien entra en la tensa atmósfera de los partidos de eliminación directa Inglaterra se descompone, como el Challenger, y lo que parecía una selección rutilante llena de estrellas se derrite en vivo y en directo. Da igual si tenemos delante la generación de Lineker, la de Beckam o la de cualquiera de sus sucesores.

Este año son un Harry Kane o un Bellingham los que hacen creer por un ratico en el mejoramiento humano. Pero entonces viene Cipenga, extremo izquierdo de la República Democrática del Congo, y en el minuto seis mete un gol junto al primer palo, el mismo en el que Pickford estaba parado. Porque el nerviosismo inglés nace desde la portería propia para extenderse sobre el resto del campo. Pues desde ese momento y durante todo el primer tiempo ya la selección de Su Majestad británica no se encontró a sí misma. Y hablando de majestades, especialmente penoso era el caso de Rashford convertido en un rey Midas a la inversa, cada balón que tocaba lo convertía en mierda. Los congoleses democráticos por su parte, luego de irse delante en el marcador parecieron tener suficiente con esa mínima ventaja. Mientras los ingleses ametrallaban al portero M’Pasi convirtiéndolo en héroe del partido, los congoleses desde que marcaron el gol, en 90 minutos restantes tiraron a la puerta inglesa solo una vez más.

Para el segundo tiempo se esperaba que el entrenador inglés se apiadara del pobre Rashford y el penoso día que estaba teniendo pero lo dejó jugando. Así fue hasta el minuto 60 en que lo sustituyó por Gordon. Y quince minutos después Harry Kane recibió un pase de ¿adivinan?, ese mismo, Gordon, y empató el juego de un cabezazo. King Harry. Porque, como diría el apóstol, cuando hay muchos futbolistas sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos futbolistas. Y el olfato de gol. Pero Kane sabía que eso no era todo y no quería llegar a los penales, en los que no podría tirar los cinco él solo. Así que en el minuto 85, nuevamente a pase de Gordon, Kane puso por delante a Inglaterra para remontar por primera vez en su historia en partidos de eliminación directa en los mundiales.

Y ahora dígame usted: ¿tiene fe en el mejoramiento humano?