jueves, 18 de junio de 2026

Una carta a la izquierda española, 25 años después




Hace un cuarto de siglo le escribí una carta a la sección “Cartas al director” del diario español El País. Antes había enviado otra que no había sido publicada donde me quejaba de que dicho diario llamara a Fidel Castro “veterano líder” mientras al exilio cubano se le calificaba de “exilio radical”. De más está decir que tampoco esa carta fue publicada. Ahora me la encuentro en un viejo archivo y me sorprende por su ingenuidad. Pero todavía me sorprende más que 25 años después la gran mayoría de la izquierda española mantenga la misma actitud sobre Cuba. Como si el tiempo no pasara, o como si todo lo sucedido desde entonces no les hubiera enseñado nada.



Carta de un cubano a la izquierda española:

La razón por la que me dirijo a ustedes, progresistas españoles, es una y sencilla: el prestigio que tras 42 años de ejercicio omnímodo del poder conserva a los ojos de la mayoría de ustedes el gobierno de Fidel Castro y la Revolución Cubana, uno de sus seudónimos más recurrentes. Las señales de que ese prestigio está lejos de desaparecer la encontramos a cada paso, cada día. Si cada vez son menos los que defienden abiertamente al régimen -o lo justifican con escrúpulo variable- ahora se impone una supuesta objetividad que conviene en titular al dictador caribeño “presidente” o “líder cubano” en los abundantes artículos que se le dedican a la situación de la isla. Eso o una indiferencia cómplice que intenta justificarse en que de “eso” no vale la pena hablar. Las señales son múltiples, decía, y renovadas: la aséptica cuando no retocada información que se recibe desde las corresponsalías en La Habana; el espectáculo de un actor como Javier Bardem tratando de hacerse perdonar por haber interpretado magníficamente a una prominente víctima del castrismo; o el obstinado silencio ante cada nuevo horror proveniente de la isla. Defender a un régimen a todas luces decrépito puede no ser especialmente aplaudible, pero atacarlo al parecer denota un gusto pésimo. Pero permítanme recordarles que más allá de las reglas que rijan la etiqueta política actual hace mucho tiempo que se sabe que el silencio o la objetividad ante el crimen no es más que otro modo de colaborar con él.

Porque de eso se trata, de colaboración con un crimen que ya dura demasiado. ¿Cómo explicar la supervivencia de ese prestigio entre aquellos que se definen políticamente por tomar partido a favor del progreso, la tolerancia, la justicia social, de los menos favorecidos, los oprimidos? ¿Qué es lo que hace al pueblo cubano menos digno de su solidaridad? ¿Qué hace al castrismo menos digno de su repulsa? ¿Acaso no ha sido suficiente que la dictadura unipersonal de Castro sea ya la más extensa de la historia moderna en occidente? ¿Acaso no son suficientes los miles de ejecutados judicial o extrajudicialmente, los miles de muertos mientras intentaban de escapar, las decenas de miles de encarcelados, los más de dos millones que se han visto obligados a vivir fuera de su país o la casi totalidad de la población que queda en la isla sometida por igual a una miseria dizque digna y a la desposesión continua de la mayor parte de los derechos fuera de toda discusión en el mundo democrático? Sí, porque si en algo ha sido democrático el gobierno cubano – y aun así con algunas restricciones - es en la distribución de la miseria y la represión: no existe grupo étnico, religioso o político, sexo, clase social, edad u origen nacional que haya escapado al terror que alegremente propina el régimen con la forzada complicidad de sus propias víctimas. Ante esta evidencia repito la pregunta ¿Qué hace a los crímenes del castrismo menos repugnantes que los de Hitler, Musolini, Batista, Franco, el apartheid o Pinochet? ¿Qué hace a los cubanos inferiores ante los ojos de la solidaridad del progresismo internacional que judíos, chilenos, sudafricanos negros o españoles recibieron cuando sufrieron sus respectivos infiernos?

En lo que espero la respuesta, que me temo que nunca llegará, adelanto dos posibles razones que exceden un reduccionista encuadre ideológico. Una es la condición de víctima que con tanto acierto ha cultivado el régimen de la isla frente al “imperialismo norteamericano”. La tradicional simpatía con que obsequiamos al débil que se enfrenta al fuerte se ve reforzada por el hecho de que el fuerte en este caso es el objeto del temor y el odio de buena parte del universo. Sólo que esta vez no se trata de un partido entre el Real Madrid y el Numancia. De este modo que en el diferendo Cuba- Estados Unidos (alimentado con tanto acierto por el régimen cubano) la isla se convierte en el campo de batallas simbólico de la progresía mundial donde –ventajas de lo simbólico- nadie sale perjudicado excepto los cubanos. Así se podrán gozar las pocas ventajas del capitalismo o la globalización o recibir ayudas norteamericanas sin necesidad de sentir un peso adicional en la conciencia: defender a Castro o su seudónimo conlleva una osadía simbólica capaz de justificar cualquier otra debilidad. No sé si resulta evidente la fragilidad moral de ese argumento más allá de su conveniencia. Usar 11 millones de personas como rehenes de esa batalla simbólica contra el imperio del mal no es necesariamente ético. Reclamarle a los cubanos que resistan o a Castro que le pare los pies a los yanquis resulta un funesto y torpe ejercicio de cobardía del que espero que algún día se arrepientan.

Hablaba de dos razones. Si la primera es simbólica la segunda casi resulta filosófica. La sobrevivencia del régimen castrista al derrumbamiento del socialismo real parece justificar su validez. Parecería que su indudable capacidad de perdurar lo hiciera a su vez legítimo. La conclusión hegeliana de que todo lo real es racional se vería así sensiblemente modificada: todo lo real es legítimo. Pero esa conclusión corre el peligro de terminar legitimando hechos de incuestionable (y abominable) realidad como el holocausto nazi o un Franco octogenario decidiendo los destinos españoles hasta su último estertor. “¡No es lo mismo!” me recordarán muchos de ustedes, pero permítanme insistir que la existencia de un régimen que asesine a millones de personas no relativiza la criminalidad de otro que se conforme con asesinar unos cuantos miles. Como los 42 años de castrismo no disminuyen el horror de los 12 años de poder nazi.

Existe también una razón algo más ideológica para extender el manto protector sobre el castrismo, para que condenarlo se vea tan poco cool. Buena parte de la izquierda, atrapada entre la parálisis y la frivolidad, huérfana de nuevos argumentos, sucumbe ante la nostalgia de los tiempos en que se enfrentaban capitalismo y socialismo, el bien contra el mal en términos casi absolutos. La Cuba de Castro es vista así como un símbolo de aquella creencia en poseer verdades absolutas y de imponerlas a cualquier precio. Pero si esos absolutos se han visto rechazados en la práctica, todavía forman parte de las fantasías heroicas de muchísima gente que se considera de izquierda, progresista. Sólo que no deben olvidar que ese deseo de absoluto no es más que la sublimación de la incapacidad de lidiar con la vida diaria, con su persistente vulgaridad, esa que hace encontrar a la democracia tan ridícula. En el fondo de eso se trata. Las actitudes que adoptan como emblema concreto la complicidad estentórea o silente con un régimen como el cubano denotan la incapacidad de muchos de aceptar la democracia como lo que debe ser, un sistema de transacciones constantes de donde todos deben salir beneficiados, basados en el respeto al otro y la imposibilidad de soluciones permanentes. Se justifica la existencia del castrismo como un modelo de utopía, pero permítanme recordarles que el principal atributo de las utopías es su imposibilidad. Renunciar y condenar el castrismo como emblema utópico (entre otros emblemas afines) no será entonces sólo un ejercicio de lógica elemental (el régimen castrista existe, luego, no es utópico) sino un exorcismo de cuanto de antidemocrático y totalitario perdura en el imaginario de la izquierda actual. Y no se piense que niego la capacidad de seducción que tuvo el castrismo en sus orígenes. Nadie mejor que un cubano para entender esa seducción ante la que tantos sucumbimos al punto de permitirle al régimen de presumir del apoyo unánime de la nación. Pero también nadie como un cubano para rechazar una seducción que ya sólo responde a inercias mentales o sentimentales.

De modo que esto les pido. Cuando pronuncien la palabra Cuba, por mucho que intenten darle un sentido simbólico, casi metafísico, recuerden que ese concepto incluye las vidas (reales) de 11 millones de cubanos. Evítense el espectáculo penoso y carente de sentido de esperar a que el fin del régimen saque a la luz nuevos horrores (que a esas alturas resultarían pura redundancia) para apartarse de él asqueados. La condena del régimen por parte de ustedes cuando todavía puede resultar vigente, supondrá algo más que una solidaridad que los cubanos más temprano que tarde agradecerán. A nosotros nos hará algo más leve la dictadura o el exilio. Para ustedes supondrá un ajuste de cuentas con lo peor de la izquierda, eso que la ha hecho sumirse en un descrédito tan generalizado. Será apenas otro símbolo, pero en este caso, de sintonía con los tiempos que nos han tocado vivir, de vocación democrática y humanista que es en el fondo el mejor legado que la izquierda puede reclamar. Y si soy totalmente sincero no encuentro crítica más provechosa a la dictadura cubana que la que venga de ustedes. A la derecha, en el caso cubano, no les interesa demostrar nada. Para ellos todo siempre estuvo demasiado claro, tanto que nunca lo entendieron y ahora encima le sacan partido invirtiendo en el país que posee los trabajadores con menos derechos y, por ello, más explotables del mundo. Una crítica desde la izquierda partiría de una comprensión más cercana y profunda. Con esto creo que todos saldremos ganando. Cierto que a estas alturas optar por la condena del castrismo requiere valor, valor frente al peligro del ostracismo o el miedo al ridículo, pero justo de eso se trata, de tener valor frente a la uniformidad de la tribu. Espero que esta carta sea recibida como lo que pretende ser, un llamado a la reflexión. Suyo siempre,

un cubano

 

 

Cuando el coraje no basta (pero entretiene)



El partido Inglaterra -Croacia sonaba prometedor con sus resonancias de Primera Guerra Mundial y asesinatos de archiduques, sobre todo si te da lo mismo Serbia que Croacia, Luka Modric que Slobodan Milošević. De un lado Inglaterra, inventora del fútbol y eterna candidata a campeona que la única vez que ganó una final yo no había nacido. Del otro, Croacia, que se coló contra Francia en la final del 2018, ayer como quien dice. E ingleses y croatas cumplieron y sobrecumplieron las expectativas, como una fábrica comunista de expectativas, si las estadísticas comunistas alguna vez se hubieran correspondido con la realidad.

El partido empezó medio chungo, con un penalti pitado contra Croacia en una jugada en el área que no iba para ningún lado por una patada mal dada por el prócer Luka Modric que ya está para que le hagan un monumento, no sin antes advertirle que las estatuas no juegan fútbol. Encima Harry Kane cobró el penalti y se lo paró Dominik Livakovic (quien estuvo soberbio en el partido y aun así se fue con un saco de goles en contra: imagínense si hubiera estado flojito) pero el árbitro decidió que había que repetirlo. Imagínense: ¡pararle un penalti al delantero más en racha del momento y que te hagan repetirlo! Livakovic debió sentirse como si a Ulises luego de sacarle el ojo a Polifemo lo obligaran a reponérselo y tratar de engañarlo de nuevo.

De más está decir que Kane anotó el penalti en el segundo intento, pero apenas 25 minutos después los croatas ya habían empatado con gol rabioso de Martin Baturina. Minutos después los ingleses se adelantaron de nuevo con otro gol de Kane pero los croatas no parecieron achicarse con ello. Es que esa mezcla de jugadores jóvenes con veteranos que empezaron a patear el balón cuando todavía existía Yugoslavia no se arruga ante nadie, ni siquiera ante los inventores del fútbol.

Cuando Bellingham anotó el 3 a 1 ya parecía que los ingleses se llevaría el croata al agua pero apenas tres minutos después Petar Musa puso el marcador 3 a 2 para hacer que los balcánicos soñaran con una remontada. Sin embargo, justo entonces el juego se les puso cuesta arriba a los croatas con los ingleses más dispuestos a marcar el marcador que aquellos a achicarlo. Cuando Rashford en el 84 dejó el marcador definitivo en 4 a 2 los inventores del fútbol y eternos aspirantes parecían más aspirantes que nunca y los croatas, un monumento a glorias pasadas (lo que no les evitó sentar en el banquillo al inmortal pero añejo Modric: ¡aprendan portugueses!). Con la demostración de talento que dieron los ingleses podrían considerarse aspirantes serios a campeones siempre que les pidan a los croatas un poco de su coraje. Ese coraje que los ha hecho llegar más lejos que los ingleses en los últimos sesenta años.

miércoles, 17 de junio de 2026

El dilema Cristiano



El partido Portugal vs República Democrática del Congo (sospechen siempre de las repúblicas con apellidos, sean democrática, islámica, bolivariana o popular) tenía un aire de familia con el de España vs Cabo Verde. No solo por ser dos países ibéricos contra dos africanos. Se notaba la misma esforzada impotencia ofensiva frente a la portería contraria, el mismo favoritismo injustificado, el mismo empate con sabor a desastre. Pero al menos hubo goles que ya es algo, sobre todo para el que gastó miles de dólares por un asiento que necesita amortizar con goles, aunque sean en contra.

Portugal tenía un problema adicional: tener que jugar con un hombre menos desde el primer minuto. O un hombre de más. Hablo, por supuesto, de Cristiano Ronaldo, convertido en el típico piano de cola con comején en medio de la sala: no sirve de nada, incomoda, pero nadie se atreve a sacarlo porque insisten que luce bien. Encima el día anterior Cristiano había recibido la terrible noticia de que su rival en la grandeza universal, Messi, había debutado en el mundial con un hat-trick. A Cristiano la noticia debió caerle como a la bruja que le dijeran que Blancanieves había ganado un concurso de belleza.

En el ocaso de sus respectivas carreras Messi es como el viejito del asilo que le cae bien a todo el mundo sin hacer esfuerzo especial. Cristiano, en cambio, es el viejito pesado que se mata por destacarse sin que le hagan caso. Bueno, la verdad es que la gente y las cámaras adoran a Cristiano, con su raya al lado trazada a cincel, su abdomen de mármol y su histrionismo de actor de cine mudo. Pero a quien no parece caer bien es a sus compañeros de equipo que en todo el juego apenas le dieron bola, literal y figuradamente. Quizás por pesado, pero también porque Cristiano se pasó todo el bendito tiempo parado en fuera de juego.

Al principio nada de esto parecía importar porque João Neves anotó un gol de cabeza nada más empezar el juego. Pero cuando Yoane Wissa empató a uno con otro cabezazo al final del primer tiempo los fallos y perretas que parecían hasta graciosos empezaron a adentrar a los portugueses, jugadores y público, en el sendero de la angustia. Y lo llamativo era que mientras el entrenador de los portugueses sustituía a la mitad del equipo a medida que se le acababa el juego a Cristiano, el querubín 41 años, lo dejaron que jugara hasta el último segundo. Como si el público amenazara con pedir que le devolvieran el dinero si sentaban a su ídolo. Y da igual si el equipo aspirante al campeonato quedó empatado contra uno visiblemente inferior. Como se sabe, el cliente siempre tiene la razón. Y el cliente quiere a Cristiano, meta goles o no.

martes, 16 de junio de 2026

Mea culpa


Lo confieso. Soy de los que pensaba que Messi llegaba a su sexto mundial (y con casi 39 años) demasiado mayor. Que todavía le tocaba un papel decisivo en Argentina como talismán y líder espiritual, pero tras años de vacaciones pagas con el Inter de Miami el gran Lío no estaba para esos trotes, literalmente. Podía seguir siendo un peligro mortal en los tiros libres y los penaltis o valdría quizás sacarlo en los últimos minutos, como el gran camerunés Roger Milla en el mundial de 1990. Pero que aguantar el ritmo de un partido desde el principio era demasiado para él. Scaloni tenía otra idea y sacó a Messi a jugar desde el primer minuto junto a otros diez cuya presencia seguramente fue decisiva pero que apenas se notó. Hoy los ojos de todo el planeta no consiguieron apartarse de Messi por mucho que lo intentaran.

Y es que el rosarino avisó desde el principio con un gol que le anularon por fuera de juego. Y al rato fue el equipo de Argelia, que para algunos es una Argentina con problemas de deletreo, quien empató con Messilandia en goles anulados. Pero parece que Argelia tenía una idea de Messi similar a la mía y, en vez de colgarle un par de jenízaros que no le perdieran ni pie ni pisada lo dejaron ir a su aire, como si de un abuelito paseando por el parque se tratara. Y en una pelota que recibió el viejito vio el centro del terreno despejado, dio una carrerita de jubilado y a continuación lanzó un misil que el hijo de Zidane, quien se identifica como argelino, todavía debe estar buscando entre sus guantes.

Después de ese gol vino un segundo y hasta un tercero, todos salidos de los tacos del que unos cuantos equivocados dábamos por retirado y que él se encargó de sacarnos de su error. A nosotros y a Mbappé quien terminó su juego con un gol más en mundiales que Messi y se fue a dormir con dos goles menos y pensando que las noticias de la jubilación del argentino eran un poco exageradas.
 

¡Abajo el colonialismo! (o viva, depende cómo se mire)


Debutó Francia en el mundial si nos atenemos a la superstición de las nacionalidades. Porque son 102 los jugadores nacidos en Francia los que juegan este mundial o un 8% de todos los jugadores del torneo. O sea, Francia A (23 jugadores nacidos en Francia de 26) juega contra Francia B (solo diez nacieron en Francia, el resto en Senegal). Otros dirán que África A juega contra contra África B lo que no hace sino reforzar la idea de que las naciones son pura convención entre las oficinas de inmigración y la de naturalización gracias después que de la ambición imperial usara al planeta un cubo de Rubik. Pero si vamos a dejar el tema del género a la percepción de los interesados ¿por qué no íbamos a hacerlo con el de la nacionalidad?

Digamos que el equipo que se identificaba como senegalés salió al terreno con mejor disposición que el equipo que se identificada como francés. Y por un buen rato a los primeros pareció serles más fácil llegar a la portería contraria que a los segundos. Pero los primeros no aprovecharon las oportunidades que tuvieron lo cual es pésima idea cuando tienes delante un equipo que se identifica como francés y dentro de ellos a un jugador que se identifica como Mbappé. Porque cuando un jugador se identifica como Mbappé no importa mucho cómo le haya ido en los últimos años. Le basta entrar en modo mundial para empezar a meter goles. Esta vez fue en el segundo tiempo en que empezó a conectar con Olise hasta que en un pase de este Mbappé recordó por qué se venden tantas camisetas con su nombre.

Barcola, recién entrado por Dembelé que durante todo el partido estuvo jugando a ser el hombre invisible, anotó el segundo tanto del equipo que se identificaba como Francia en el minuto 81 a pase de Rabiot. Pero entonces los africanos que se identificaban como tales y como los Leones de Teranga decidieron que ya estaba bien. Que si les habían pagado el pasaje hasta allí no iban a quedarse cruzados de piernas e Ibrahim Mbaye anotó un gol magnífico en el minuto 94. Este tanto sirvió sobre todo para despertar a Mbappé y cuando todavía los senegaleses seguían emocionados con su primer gol del mundial marcara otro a su cuenta. Ese segundo gol pone a Mbappé con 14 tantos a dos de Klose, el máximo goleador de los mundiales, y por delante de Just Fontaine como el mayor goleador de Francia en mundiales y de Messi, a quien le toca jugar un poco más tarde.

lunes, 15 de junio de 2026

Los conquistadores ya no son lo que eran




El encuentro entre España y Cabo Verde se puede leer en clave decolonial. De un lado los herederos del fallecido imperio español y del otro colonizados por el vecino y no menos difunto imperio portugués. Se avizoraba una masacre como la que los alemanes le propinaron a Curazao el día anterior o la de los suecos contra Túnez. Pero al parecer la FIFA lanzó una advertencia sobre la necesidad de proteger a las especies en peligro de extinción y, en la primera mitad del partido, España se lo tomó con condescendencia colonial, controlando el juego, prestando el balón por no más de cinco segundos y lanzando ataques blandos, vegetarianos. Lo suficiente para convertir a Vozinha, el portero caboverdeano, en la figura del partido sin afearle las redes con un gol mal encajado. Nada que pudiera criticarles un Bartolomé de las Casas reconvertido en observador de la ONU.

El segundo tiempo fue más de lo mismo. Los de Cabo Verde muy ordenaditos en su área repeliendo los ataques mansos de los íberos y estos sin parecer enterarse que además de dominar el balón el objetivo del juego en el que estaban inmersos era meter ese implemento esférico entre los tres palos que custodiaba Vozinha. Por fin, Luis de la Fuente, adelantado de los tataranietos de conquistadores decidió activar su ataque con los añadidos tercermundistas que más penetración le dan a España en los últimos años. Pero, fuera que ni Lamine Yamal ni Nico Williams están en las mejores condiciones luego de sus respectivas lesiones, fuera que poco espacio pudieron encontrar en la madeja compuesta por peninsulares y caboverdianos frente a la portería de Vozinha el marcador quedó tan inmaculado como al inicio del partido y los comentaristas empezarán a arrepentirse por haberle concedido la condición de favoritos para ganar este mundial.

Pero también estarán los memoriosos, esos que recuerdan que precisamente en el mundial en que España se coronó campeón, el del 2010, empezaron con una derrota ante Suiza. Porque si se es favorito desde el inicio en vez de ir a recoger directamente la copa habrá que darle emoción tropezando ante el equipo que en el papel lucía como el más débil del grupo. Una bonita y franciscana manera de mezclar drama y compasión por los débiles.

domingo, 14 de junio de 2026

Masacre en Monterrey: Suecia 5, Túnez 1

 


Túnez llegó al mundial invicta en su etapa clasificatoria: nueve victorias y un empate. Suecia en cambio, para clasificar pasó más trabajo que pulga en perro chino. En su grupo clasificatorio junto a Suiza, Kosovo y Eslovenia no ganó ni un solo partido, logrando solo dos empates junto a cuatro derrotas. Solo tras ganarle a Polonia y a Ucrania en la repesca logró llegar al mundial. Pero entonces resulta que los que no la veían pasar en Europa en Monterrey se ensañan con los que en África comían leones crudos y elefantes sin masticar.

El juego empezó con un gol en el minuto seis de Yasin Ayari, hijo de tunecino al que le daba tremenda pena anotarle al equipo de su progenitor. Tanto, que al final volvió a anotar otro gol, por si acaso. En el medio hubo un tanto de Isak, delantero sueco del Liverpool y otro magnífico de cabeza de Omar Rekik con el que los tunecinos parecieron despertar. El resto fue más bien una mesa sueca de goles. Los suecos anotaban sin esforzarse demasiado incluyendo un gol de su otro delantero de lujo, Viktor Gyokeres, cuando el veterano Skhiri se dejó quitar el balón a la salida de la portería como si estuviera mirando el teléfono mientras jugaba.

Por si fuera poco, un gol anulado por fuera de juego a los suecos al revisarlo en el VAR resultó que se había producido un levísimo contacto con el zapato de un compañero de equipo que convertía una jugada perfectamente ilegal en halal. Como si los tunecinos necesitaran ayuda tecnológica para perder mejor. Y entre eso y el segundo gol del hijo del tunecino las Águilas de Cartago han quedado tan desplumadas que difícilmente levanten vuelo en el resto del campeonato. Sobre todo si comparten grupo con Países Bajos y Japón que, tras haber empatado más temprano, estarán deseosos de unas buenas croquetas de águila.

Costa de Marfil 1, Ecuador, a llorar a maternidad


El primer tiempo entre Costa de Marfil y Ecuador empezó como si les hubieran prohibido a ambos equipos pisar el mediocampo. Corrían como poseídos de una portería sin conseguir otra cosa que hacer retumbar los postes de las porterías. Dos balonazos al poste de los ecuatorianos por uno de los marfileños. Si los casi casi contaran para decidir un juego Ecuador hubiera entrado en el segundo tiempo como ganador. Y si las tarjetas amarillas valieran de algo bueno Costa de Marfil ganaba por una goleada de tres tarjetas a cero. Y si de público se trataba Ecuador ganaba de calle: excepto unos cuantos marfileños anecdóticos y Jay-Z todo Ecuador estaba ahí, incluido el presidente del país algo que le agradecerán sus conciudadanos pues así no se siente obligado a cumplir con sus deberes presidenciales.

El segundo tiempo fue una variación del primero. El juego dejó de ser algo menos vertiginoso y el mediocampo no parecía un campo minado, pero en general los tiros al poste y las visitas a ambas porterías eran frecuentes, como si hubiera algún enfermo en la familia o alguien llegado del extranjero con regalos para todo el mundo.

Sin embargo, algo había cambiado. Los de Costa de Marfil -con su equipo temible que cuenta con dos Fofanas y un Singo- parecían llegar a la puerta contraria con bastante más facilidad que los ecuatorianos. Los postes seguían siendo bombardeados con increíble mala suerte hasta que pasó lo que temía el 99.9% del estadio. Amad Diallo Traore, ingresado en el minuto 55, consiguió la meta que parecía imposible de colar la pelota entre los tres palos a punto de acabarse el tiempo reglamentario.

Entonces vino la desesperación ecuatoriana, con todo el mundo tratando de cabecear un corner, incluido el presidente del país. Pero como reza el sabio proverbio futbolístico: “no dejes para el minuto 95 lo que pudiste hacer en todos los anteriores”.,

Países Bajos y Japón la echan al pegao

 


El partido entre Países Bajos y Japón fue una nueva edición del viejo conflicto entre altos y bajitos. Entre los hijos de las proteínas y los hijos de los carbohidratos. Solo que en este caso ambos bandos eran lo bastante habilidosos como para no depender de las condiciones físicas. Nada de fatalismo genético. En el primer tiempo, no obstante, prácticamente se gastaron los cuarentaicinco minutos estudiándose, como si en toda su vida nunca hubieran visto a tipos con los ojos así y el pelo asá.

Así y todo el primer gol tuvo algo de ese fatalismo: lo anotó a los cinco minutos de iniciado el segundo tiempo el paisbajista con nombre de pintor, Van Dijk, de cabezazo, como era de temer. Pero los hijos del sol naciente, los inventores del manga no se achicopalaron y cinco minutos después después en jugada terrestre un ninja con apellido geométrico, Kubo, empató el juego de un latigazo de su derecha.

Pero los paisbajenses no estaban dispuestos a quedarse dados y a ocho minutos del empate Summerville volvió a adelantar a los suyos con una mawashi que no le dio opciones a Susuki, el afroninja con nombre de moto que defiende la portería nipona. A los de los tulipanes y los molinos podía parecerle suficiente, pero a los de los origamis y el sushi no se iban a cruzar de piernas.

Tanto insistieron los del sol naciente y la estatura menguante que cuando ya todo parecía estar decidido Daichi Kamada metió un cabezazo que luego de rebotar en la cabeza de un contrario entró limpiamente en la portería del país de los tulipanes. Y minutos después, luego de algún que otro forcejeo en las puertas rivales ambos equipos  firmaron las tablas de uno de los segundos tiempos más entretenidos hasta el momento.

viernes, 12 de junio de 2026

USA 4, Guaranilandia 1


La tercera cabeza del cancerbero mundialista inauguró su sección por todo lo alto. Y no lo digo tanto por las lentejuelas y el bling bling de la ceremonia inaugural en Los Angeles, EEUU, como por el juego en sí. Porque de Estados Unidos se espera cualquier cosa -espectáculo o bombardeos- menos (buen) fútbol. Aquí cuando se dice “fútbol” se piensa sin falta en el que se juega con las manos.

El rival era Paraguay y aunque nunca se haya acercado a ganar un mundial su procedencia sudamericana lo sitúa en un nivel nobiliario al que el fútbol estadounidense nunca ha soñado pertenecer. Y en efecto, el primer gol del partido fue paraguayo aunque en la puerta equivocada, la propia, porque lo cierto es que si iba a haber un gol sería en la única mitad del terreno en la que se jugó a lo largo del primer tiempo: la paraguaya.

Luego cayó el segundo gol norteamericano y al final del primer tiempo el tercero, ambos salidos de los botines de Balogun. Puede que los paraguayos hayan llegado corporalmente a Estados Unidos pero parecería que el espíritu se hubiera quedado en la aduana. Lo cierto es que al equipo norteamericano no se le veía esa consistencia de holograma con que han aparecido en anteriores mundiales. Y se paraban en el terreno lo suficientemente bien como para que los rebotes les cayeran en los pies en una proporción abrumadora. Como en un futbolín trucado.

Ya en el segundo tiempo los guaraníes se acordaron de la época en que se comían corazones de españoles al dente y anotaron un bonito gol. Pero no fue suficiente y ni siquiera importante. La selección yuma, en lugar de dedicarse en adelante a preservar el resultado siguieron lanzados al ataque como si de lavar una afrenta se tratara, o de cumplir alguna promesa de que tenían que ganar el primer juego por un margen de al menos tres goles. Y ya cuando se acababa el tiempo agregado al partido, Gio Reyna, hijo del legendario Claudio Reyna, marcó el cuarto tanto de su equipo con un disparo de tres dedos que en béisbol se denominaría un slider.

No intento decir que con la primera goleada del torneo Estados Unidos se establece como candidato a ser campeón. Para algo los yumas en fútbol son los mexicanos del norte, un equipo que, aunque jaleado por la prensa, es genéticamente incapaz de pasar de cuartos de finales. Pero conforta ver que esa tradicional selección de jugadores de papel por fin engendre futbolistas tridimensionales.

Canadá y Bosnia Herzegovina: pudo ser peor

 


Este mundial de tres cabezas inauguró la segunda de ellas, la canadiense, en Toronto con un choque entre el equipo local y Bosnia Herzegovina. Los canadienses habían participado en dos copas mundiales (1986 y 2022) sin haber siquiera empatado un dichoso juego. Mientras, Bosnia venía de eliminar a la tetracampeona Italia. Eso vendría a ser un indicador de la potencia balcánica o de que Italia anda con la capa más caída que el imperio romano en tiempos de Atila. Por lo visto en el juego más bien pareció lo segundo.

Porque si Canadá le ganaba en diversidad a Bosnia, cuyos jugadores llevan todos apellidos terminados en “ic”, los bosnios les ganaban en altura lo cual hacía presumir que tratarían de ganar a puro cabezazo. Y así lo pareció al principio porque Bosnia necesitó dos cabezazos a un saque de corner y aprovechar que la defensa canadiense era tan generosa como la política migratoria del país para que un “ic” (Lukic) anotara su gol en el minuto 21.  Un gol que bastaría para silenciar al público anfitrión por más de una hora. No es que Canadá no se empeñara en jugar pero sus pases eran más imprecisos que un reloj de sol en una tormenta y las oportunidades que tenía las desperdiciaba como África la ayuda humanitaria.

Bosnia parecía tener bastante con el 1 a 0 mientras Canadá insistía en no quedar mal ante su público y ganar aunque fuera un punto, ahora que ponían estadio y hotel. Así fue hasta que el entrenador canadiense recordó que tenía más jugadores en el banquillo. Unos minutos después de entrar, Cyle Larin a aprovechó la primera pelota que le dejaron tocar para meterla en la portería contraria recordando que es en lo que, en definitiva, consiste el fútbol. Los canadienses no se conformaron con eso y trataron de convertir el empate en victoria, pero los bosnios le hicieron suficiente resistencia para que el juego terminara así, como empezó: empatado, aunque a uno y bastante más sudados. Todos debieron regresar al vestuario razonablemente contentos. Los bosnios por evitar la derrota luego de ir ganando buena parte del partido y los canadienses porque luego de tanto esfuerzo por organizar el mundial a seis piernas y tres cabezas al menos conseguía su primer puntico. “Pudo ser peor” deben haberse dicho.

jueves, 11 de junio de 2026

República (ni democrática ni popular) de Corea 2, República Checa 1



Este choque republicano prometía ser entretenido y cumplió. Como promedio de altura los coreanos no pasaban del hombro de los checos, pero no querían dejarse intimidar por el detalle. Luego de un primer tiempo con más de estudio que de trabajo, en el segundo los coreanos se acercaban cada vez con más peligro a la portería checa. 

No obstante, como era de temer, lo checos marcaron primero aprovechando que le sacaban una cabeza de ventaja a los coreanos: un saque de banda lanzado como desde una catapulta llegó al área y fue cabeceado por Krejcí hasta el fondo de la portería. No obstante, ocho minutos más tarde Hwang In-beom (adivinen de dónde es) pateó desde el área un balón que parecía más bien una bola de billar. Este hizo una bonita curva en cámara lenta hacia una esquina de la portería mientras un defensa checo dudaba entre ayudarla a entrar o sacarla sin acabar de decidirse. Así hasta que la pelota decidió entrar por sí sola.

El partido siguió más movido que las fotos que sacaba mi mujer antes de la invención del autofoco. Soucek, checo por las dudas, cabeceó un gol que fue anulado por fuera de juego y unos minutos después Hyeon-gyu Oh (no confundir con Hwang In-beom, quien esta vez se conformó con dar la asistencia) anotó el gol que a la larga resultó decisivo. Al final los coreanos celebraron la victoria como si hubieran ganado el mundial. Al menos avanzan a paso firme a clasificarse para la siguiente fase, que no es poco. Como dice un viejo proverbio coreano: el tamaño no importa, lo que importa es lo que hagas con los pies.

Crónicas del mundial 2026 (1): México vs Sudáfrica

 


Entro en modo mundial y en el próximo mes me dedicaré -como desde hace diez y seis años- a comentar las incidencias de cada partido que vea. En este, mi quinto mundial como comentarista gratuito, serán nada menos que 104 juegos a diferencia de los mundiales anteriores en que había apenitas 72 partidos. Así que seguramente me saltaré unos cuantos sobre todo si tiene rivalidades tan prometedoras como un Curazao vs Burkina Faso. Pero no los demoro más. Entremos en materia.

México 2 Sudáfrica nananina

Un juego en el que participe México en el Estadio Azteca debe ser un espectáculo, sobre todo si se lo contrasta con los narradores mexicanos, convencidos de que la selección nacional será la campeona mundial hasta los octavos de final, momento en que la realidad hace acto de presencia en la forma de cualquier equipo europeo o hasta sudamericano. 

Esta vez, sin embargo, la selección mexicana lucía diferente: casi todos los jugadores eran jóvenes (el inmortal Memo Ochoa estaba presente, pero en el banquillo) y blanquitos, como si los hubieran reclutado donde mismo se reclutan a los jugadores de las telenovelas de Televisa. Casi, porque el primer gol salió de los pies de Julián Quiñones quien no parece nativo de Polanco sino del muy estado mexicano de Cali, Colombia. Eso fue a los 8 minutos, lo que les dio un respiro a los anfitriones que a partir de entonces se dedicaron a prepararse para el próximo partido: un poco de entrenamiento, pero poco más.

En lo adelante, según los narradores, no quedaba otra expectativa que esperar que el delantero Raúl Jiménez, quien perdiera a su padre recientemente, podría encontrar el gol que había estado buscando durante cuatro mundiales. Y en tierras de Televisa finalmente se cumplió el guion de telenovela que habían venido anunciando los narradores desde el inicio del partido con un gol de cabeza de Jiménez. El padre del futbolista le habrá sonreído desde las nubes donde andará aparcado como diciendo: “perdiste un padre pero encontraste un gol”.

El equipo rival, Sudáfrica, hizo todo lo que pudo para no aguarle el debut a los anfitriones incluido el detalle de hacerse expulsar dos jugadores. Los mexicanos, agradecidos trataron de devolverles el gesto a los sudafricanos, pero ya fue a la altura del minuto noventa, cuando la expulsión de César Montes poco podía influir en el resultado que a México debió saberle a chilaquiles de desayuno.