domingo, 15 de julio de 2018

Siempre nos quedarán Les Bleus



Nunca la humanidad se había sentido más croata que el domingo 15 de julio de 2018. Ya fuera porque admiraban la gesta forjada a lo largo del campeonato por de Modric y pandilla, o por apoyar al equipo pequeño o simplemente por irle en contra a los franceses, los argentinos de Europa. De parte de Francia estaban los franceses y el hecho de que el himno que cantan antes de jugar es parte de la banda sonora de Casablanca Y durante el primer tiempo los croatas correspondieron generosamente a tal entusiasmo. Fue tal el dominio que ejercieron en el campo durante la primera mitad del partido que fueron responsables hasta de los dos goles marcados en propia puerta: el primero un autogol y el segundo por un penalti tras una mano en el área de Perisic. Y entre ambos goles los croatas consiguieron incluso marcar en la puerta contraria, algo que debió ser prioritario desde el primer momento. Era como si los croatas hubieran aprendido fútbol de un reglamento al que le faltaba la primera página: esa que dice precisamente que el objetivo del juego es colar el balón en la portería contraria y que es ilegal tocarlo con la mano excepto si eres el portero. Francia veía premiada su timidez inicial con exagerada largueza: un tiro al arco y dos goles. Como diría Borges: el destino, ciego a las culpas, es implacable con las distracciones.
Sin embargo, entrando al segundo tiempo la remontada no parecía imposible. Después de todo esa parecía ser la especialidad del equipo: partidos épicos y tormentosos cual cola en la pipa de cerveza. Pero eso implicaba dejar las espaldas descubiertas como ciertos vestidos de noche. La retaguardia más desprotegida que durante la proverbial recogida del jabón en la ducha de la cárcel. Y por allí llegaron cual cargas de caballería los contragolpes franceses. Uno de ellos coronado por un gol de Pogba y otro por ese veterano de 19 años que es Mbappé.
Con el juego 4 a uno incluso el fanático número uno de los croatas que es su propio entrenador, Dalic, parecía resignado a la derrota. Algo maquilló el resultado y la desesperanza un gol que el portero Lloris -suponemos que conmovido por tanta desventura croata- le regaló a Mandzukic para que terminara su jornada laboral con un gol en cada puerta. El resto del partido fue contar los minutos que separaban a los franceses de ir a recoger la copa que les correspondía como campeones de este mundial. Y para empezar a contar los cuatro interminables años que nos separan del mundial de Qatar.

sábado, 14 de julio de 2018

Bélgica 2, Inglaterra 0


Sospecho que esta reseña sobre el partido por el tercer lugar entre Inglaterra y Bélgica sea como el propio partido: no le interesará a casi nadie salvo como aperitivo para la final. Algo así como unas alitas de pollo esperando por el lechón asado de la final. Un partido para no abandonarse a la inercia de la falta de juegos que ver y comentar. Por lo demás jugaban el máximo goleador del torneo (Kane, con 6) y su más cercano seguidor todavía en juego (Lukaku, 4). Los optimistas podían esperarse que aprovecharan la oportunidad para que ampliaran sus numeritos. Para los pesimistas quedaba un cero a cero en 120 minutos decidido a penaltis.

Nada más lejos. Si algo hicieron los máximos goleadores del torneo fue fallar todas las oportunidades que se le presentaron. Por lo demás los belgas despejaron todas las dudas que pudiera haber sobre su superioridad sobre casi todos los equipos en el torneo a excepción de Francia y quizás Croacia. E hicieron reflexionar sobre lo poco que hubieran avanzado los ingleses de haberse tropezado antes con equipos adultos.

Lo que quedó claro desde el principio del juego es quién ganaría. O sea, Bélgica. Solo faltaba saber cómo. O cuánto. El resultado final fue dos a cero. Pero pudo ser por bastante más. Ya en el minuto 3 Meunier había rematado una excelente jugada colectiva con el primer gol del partido. Por suerte para Inglaterra en el resto del primer tiempo Lukaku y pandilla se dedicaron a desaprovechar las oportunidades de anotar que buenamente les ofrecían los ingleses cada vez que se iban al ataque. Los ingleses a su vez y para no ser menos desaprovechaban sus propias oportunidades.

Ya para el segundo tiempo el técnico de los belgas sacó a Lukaku del partido quitándole la oportunidad de que siguiera engrosando sus estadísticas de ocasiones malgastadas (algo que este no pareció agradecer). Llegado ese punto a Hazard no le quedó otro remedio que marcar él mismo el segundo gol para su equipo y que así esas alitas de pollo le supieran mejor a los belgas. Algo que atenúe la certeza de que en cuestión de unas horas el plato fuerte del torneo se lo comerán otros.      

viernes, 13 de julio de 2018

Servicio público: el decreto anti-reguetón

En vista de que muchas personas me han consultado sobre la dificultad de acceder a la página de la Gaceta Oficil de la República de Cuba donde aparece el último decreto concerniente a la contratación de artistas y espectáculos públicos lo comparto aquí. Un decreto que por una parte refuerza el control sobre las formas de contratación, el papel de las entidades oficiales en estos contratos y hasta la naturaleza de lo que se puede o no exhibir. Un decreto que si vamos a resumirlo en sus líneas esenciales podr 1amos definirlo como el "decreto anti-reguetón" por el énfasis que pone en definir como punible aquellos contenidos que incluyan pornografía, "lenguaje sexista, vulgar y obsceno" o que "atente contra el desarrollo de la niñez y la adolescencia", definiciones lo suficientemente vagas como para que entre allí todo lo que les resulte inconveniente. Los dejo con el decreto.

Post Data:

Habrá quien se alegre de que al fin el gobierno tome medidas contra el reguetón. Yo no. Por principio y por experiencia. Por que parto del principio de la libertad creativa, empezando precisamente por aquellas cosas que no me gustan. Y que aceptar la censura supone la cesión de un poder que terminará afectándonos a todos. Encima la experiencia me ha enseñado que el poder suele usar ciertas aprensiones colectivas para eliminar lo que realmente le molesta (que es casi siempre algo que me importa).

Eso me recuerda un viejo chiste en que se anuncia en la prensa (o en un discurso del Máximo Líder que era un anuncio todavía más oficial) que pronto se procederá a exterminar a los ratones. De inmediato la jefa de las gallinas reúne a todas sus congéneres, se montan en un barco y se van para Miami. Y al llegar allá en la primera rueda de prensa les preguntan cómo es que han decidido huir si en el anuncio se hablaba de exterminar a los ratones no a las gallinas. A lo que responde la jefa de las gallinas:
-Es verdad pero en mi país se cometen cada errores…   






miércoles, 11 de julio de 2018

El día que los croatas rugieron


En su partido de semifinales contra Inglaterra Croacia la tenía cuesta arriba. Y no era por falta de condiciones. Los croatas reúnen el físico de jugadores de baloncesto con la habilidad de los de fútbol-sala. O de los carteristas. No era por sus condiciones. Ni porque llevaran dos partidos seguidos jugando media hora extra. El problema es que además de los ingleses debían enfrentarse con su propio Attention Deficit Disorder, una condición que les ha costado unos cuantos goles en este campeonato. Inglaterra en cambio parecía haber superado ya su propio Síndrome de Amarillez Súbita (SAS o Sudden Yellowness Syndrom, SYS por sus siglas en inglés) que le impedía ganar juegos en momentos decisivos a golpe de psicoanalistas y de entrenar el lanzamiento de penaltis.

Y así fue. En el minuto 5 de juego y producto de uno de sus habituales despistes ya los croatas habían concedido una falta en el borde del área. Y quien la cobró fue Trippier que con el pie lanzó un slider alto y arriba bueno para el 1 a 0. Y pudo ser peor. Porque los croatas fieles a su desenchuche habitual concedieron varias oportunidades para lo que pudo haber sido una ventaja definitiva.

Pero por suerte para Croacia los ingleses andaban en vena generosa, parece que para espantarse de arriba la fama de imperialistas desalmados que se habían ganado en los siglos anteriores. Y poco a poco los croatas empezaron a recomponerse y a parecer cada vez más un equipo de fútbol. Y hasta a atacar, aunque sin demasiado peligro para la portería defendida por Pickford. Y a controlar el partido un poco más.

Pero nada de eso parecía afectar mayormente al marcador, impasible cual lord inglés desde el 1 a 0 inicial. Así terminó el primer tiempo y así se mantuvo los primeros 23 minutos del segundo tiempo. Hasta que en uno de los tantos centros croatas al área Perisic sacó un pie en medio de la nada y dejó a Pickfod sin nada que hacer que no fuera recordarle a sus defensas el nombre de sus respectivas madres. Así se fueron al alargue con Madzukic arrastrando su cuerpo como si le quedara cuatro cinco tallas más grandes a su alma y el resto de los croatas en condiciones no mucho mejores.

Llegados al alargue los ingleses se volcaron entusiastas a la ofensiva. Pudieron irse adelante con un cabezazo de Stones había superado al portero y fue rechazado con un frentazo de Vrsaljko bajo los palos. Y mira por dónde, cuando ya parecía que todo se resolvería a golpe de penales (como les gusta a los que no les gusta el fútbol), cuando faltaban 12 minutos para el final Perisic cabeceó a lo como pudo y Madzukic (que hacía rato que parecía estar en cualquier parte menos en el estadio) pareció recordar de pronto para qué está allí y remató el balón cruzado para el gol de la victoria. Porque no los marearé diciéndoles que en los minutos siguientes (más los cuatro de descuento que adicionaron) Inglaterra estuvo a punto de empatar. Y sí, pudo hacerlo como mismo los croatas pudieron marcar la puntilla con un disparo que dio en el poste. Lo que al final resultó es que los del tablero de ajedrez rojo, los del mantel de pizzería, irán el domingo a encontrarse con los franceses a decidir quién es el mejor del mundo. Y los de los tres tristes leones disputarán el tercer lugar y comerán mucho trigo.

Poeta en Nueva York (un siglo antes que Lorca)*



Ser pionero es difícil. Se puede ser el primero en el tiempo pero luego viene la cuestión del espacio. Como con los exiliados cubanos en Nueva York. Pongamos el caso del poeta José María Heredia. Llegó antes que ninguno de sus compatriotas exiliados a Estados Unidos. Más exactamente al puerto de Boston, el 4 de diciembre de 1823. Pero cuando, días más tarde, decidió mudarse a Nueva York, ciudad a la que llegó el 22 de diciembre, ya estaba allí Félix Varela, el venerable presbítero que venía huyendo de España y había llegado una semana antes. Heredia debió alegrarse al encontrarse en la ciudad al ídolo de la intelectualidad habanera pero si se mira bien es un poco frustrante. Como si Edmund Hillary y Tenzing Norgay al trepar el Everest se encontraran un comité de recepción nepalí con bocaditos y champán.
Pero a su llegada a Nueva York Heredia no andaba pensando en la Historia. Era demasiado joven para eso. Joven pero precoz. No había cumplido los 20 años y ya iba a publicar su primer libro de poesía cuando el gobierno español lo condenó a muerte. No por las poesías —que los gobernantes españoles no eran tan exigentes en cuestiones literarias—, sino por ser parte de una conspiración independentista llamada de Soles y Rayos de Bolívar. Por eso, y por la tendencia del gobierno a perseguir a todo nativo cuyo IQ sobrepasara los 120 puntos, curiosa tradición conservada en la isla hasta el día de hoy.
Quien lo recibió en Nueva York fue Cristóbal Mádam, joven cubano que vivía en la ciudad empleado por una compañía exportadora. Este lo ayudó a instalarse en una casa de huéspedes en el número 44 de Broadway, donde Heredia viviría hasta febrero del año siguiente para entonces mudarse a otra casa de huéspedes, en 88 Maiden Lane.
En los primeros meses de su estancia en Nueva York el joven Heredia se dedicaría a lo mismo que generaciones de exiliados tropicales que lo sucedieron: pasar más frío que un pingüino desplumado y maltratar y ser maltratado por el inglés. “Idioma horrible” dijo de este, luego de que, sospechamos, pidiera huevos fritos en una cafetería y le trajeran una limonada. Bien fría.
Pero Heredia no solo se dedicó a pasar frío y machucar la lengua del criado tartamudo de Shakespeare. También usó su tiempo para conocer todo lo que tenía que ofrecer la ciudad. Nueva York todavía se disputaba con Filadelfia el título de metrópoli más importante del país pero ya daba pasos definitivos para confirmar su primacía. Aquí Heredia vio obras de teatro, asistió a conciertos y vio al Marqués de Lafayette, héroe francés de la independencia norteamericana que visitaba el país después de mucho tiempo. Pero de lejitos.
Heredia también visitó otras ciudades. En abril de 1824 pasó por Filadelfia, Baltimore, Washington y se llegó hasta Mount Vernon para conocer la finca de George Washington a quien le dedicó una oda. Dos meses después viajó a las cataratas del Niágara. El 15 de junio estaba frente a ella. Y adivinen: escribió otra oda. Una que lo inmortalizaría. Todo porque en medio del espectáculo majestuoso de la catarata el poeta fue incapaz de encontrar una palma. Desde entonces los cubanos sin palmas se sienten como si el GPS estuviera fuera de servicio.
En noviembre de 1824 por fin Heredia se vio obligado a hacer algo que hasta entonces había evitado con éxito: trabajar. Debutó como profesor de español y francés en un colegio para niños ricos ubicado en el 14-21 de la calle Provost. Lo otro que hizo de importancia en la ciudad —además de sufrir su primer ataque de tuberculosis, la enfermedad que lo mataría once años después—, fue publicar al fin su primer libro de poesías bajo el original título de Poesías. Eso fue en mayo de 1825. El 22 de agosto de ese mismo año dio otro paso decisivo: justo en la cubierta del barco que lo llevó a México, país en el que lo recibiría su presidente, Guadalupe Victoria. El poeta nunca regresó a Nueva York. No me sorprende.
*Tomado de Nuestra Voz

martes, 10 de julio de 2018

Francia 1, Bélgica rien de rien


Ahora es fácil. Decir “yo lo sabía”. “Eso estaba querido”. Pero luego de la demostración que dio Bélgica contra Brasil se preveía un partido difícil para Francia. Nadie podía asegurar el resultado contra un equipo que podía dejarte fuera de combate con que te distrajeras preguntándote si habías dejado abierta la llave del baño. De ahí que Francia entrara al partido muy concentrada. Tan concentrada que parecía que se estaba cagando. Pero no. En fútbol eso se llama “estrategia”. Y Bélgica aprovechó la estrategia francesa para jugar buena parte del primer tiempo en territorio francés sin salir de ahí ni a buscar agua. 

Poco a poco los franceses se atrevieron a sentir el tacto de la hierba del otro lado del campo e incluso probar lo buen portero que es Courtois, el portero belga. Y los belgas también aprovecharon para tener sus llegadas más claras antes de que se acabara el primer tiempo pero teniendo cuidado en dejar virgen el marcador, timidez extraña a estas alturas del campeonato.

A los que se les quitó el miedo escénico fue a los franceses en el segundo tiempo: a los siete minutos de reanudadas las hostilidades el defensa Umtiti peinó un córner para dejar la pelota donde Courtois ya no pudo alcanzarla. Y allí mismo se le acabó la timidez al equipo francés que por fin le entró al partido con descaro. Pudo marcar unos cuantos goles más dejando más de un detalle precioso en el camino pero sin conseguir despegarse en el marcador. De manera que hasta el final siempre quedó la posibilidad de que los belgas empataran el partido, una ilusión que solo despejó el pitazo final del árbitro. O no. Porque cuando los sobrevivientes de ese magnífico equipo belga se reencuentren de aquí a cincuenta años volverán a repasar cada una de aquellas oportunidades que desperdiciaron. Esos detalles por los que se les fue la oportunidad de llevar a Bélgica por primera vez a la final de un mundial. Pero no, esta vez serán sus rivales los que el domingo intentarán conquistar la segunda copa para Bélgica Occidental o Francia, como quieran llamarle.

lunes, 9 de julio de 2018

El cura que sabía demasiado


Texto aparecido en Nuestra Voz
El cura que sabía demasiado
Por Enrisco
Don Félix Varela, sacerdote, filósofo y maestro, ídolo de la juventud habanera ilustrada a principios del siglo XIX, llegó a Nueva York el 15 de diciembre de 1823. O quizás dos días después. Pero lo que importa fue que le quitó el honor de ser el primer exiliado cubano en la ciudad al poeta José María Heredia quien llegó a la ciudad siete (o cinco) días después. El sacerdote le ganó al poeta por una nariz en el photo finish de la Historia, como quien dice. Varela tenía entonces 35 años recién cumplidos. El resto de los años de su vida iba a cumplirlos en Estados Unidos.
El pionero de los exiliados cubanos en Nueva York nació en La Habana en 1788 y creció en la ciudad de San Agustín en la Florida cuando la península pertenecía a España pero había menos hispanohablantes que ahora. Allí lo llevó su abuelo paterno, oficial del ejército, encargado de criarlo. Regresó a La Habana a los trece. Siendo una de las inteligencias más brillantes de su tiempo Félix se ordenó sacerdote antes de cumplir 23 años y pasó a ocupar una codiciada plaza de profesor en el mejor centro educativo de la isla: el colegio de San Carlos y San Ambrosio.
Varela pudo vivir tranquilamente del sueldo de profesor el resto de su vida pero prefirió mejorar el mundo (o al menos la parte correspondiente a su isla). Desechó la escolástica —que tenía un ligero desfase de seiscientos años de pensamiento filosófico—, por una filosofía algo más moderna y enseñó física experimental, química, anatomía, economía política y derecho constitucional lo que para entonces era tan audaz como explicar en Norcorea cómo funciona Facebook. Pero bastante más útil.
Varela parecía saberlo todo excepto la importancia de quedarse callado cuando se es inteligente y honesto. En 1821, con el restablecimiento de una constitución liberal en España fue nombrado —junto al catalán Tomás Gener y al criollo Leonardo Santos Suárez— representante de la isla de Cuba ante las Cortes. Seguramente los que lo eligieron pensaban que le hacían un favor.
Reinaba entonces Fernando VII, pésimo momento histórico para ser honesto, inteligente y expresarse sin miedo. Presionado por una insurrección liberal, el rey había cedido parte de su poder al parlamento pero al intentar recuperarlo los representantes —incluidos los de Cuba— declararon que el rey estaba loco y, por tanto, era incapaz de gobernar. Loco quizás no, pero el rey indudablemente tenía un pésimo carácter. Así que en cuanto recuperó el poder, Fernando VII mandó a ejecutar a todos los que lo habían declarado incapacitado para gobernar. Como ni Varela ni sus compañeros consideraron buena idea ponerse a razonar con un rey que antes habían declarado loco prefirieron cambiar de aires.
Distinto debió parecerles el frío aire de diciembre de Nueva York a los fundadores del exilio caribeño en la ciudad. Acompañados del ubicuo Cristóbal Mádam, Varela y sus compañeros fijaron su primera residencia en la pensión de la viuda Elizabeth Mann en el número 61 de Broadway. Meses más tarde, en 1824, Varela viajó a Filadelfia y se instaló en la pensión de la señora Frazier en el 224 de Spruce Street. Y sin embargo, al poco rato decidió regresar a Nueva York. Sería que extrañaba el frío.
Todavía vivía en Filadelfia cuando Varela empezó a publicar una revista llamada El Habanero. Allí aparecieron tres números y de vuelta a Nueva York otros cuatro. En ellos les hablaba a sus compatriotas de las ventajas de la libertad y la independencia. Dicha prédica entusiasmó a sus compatriotas en La Habana lo suficiente como para distraerlos de cuestiones ajenas al baile, el sexo y la acumulación de capital. Digamos que unos veinte minutos.
Las autoridades de la isla en cambio le prestaron más atención a los escritos de Varela: dando muestras del profundo interés que les inspiraban prohibieron terminantemente su circulación. Eso le dio una idea a Varela de lo que le ocurriría si se asomaba por La Habana. No sorprende que decidiera no regresar nunca más. Es una suerte lo mucho que ha cambiado Cuba en los 194 años transcurridos desde entonces.

sábado, 7 de julio de 2018

Koniec



El partido en cuartos entre Rusia y Croacia podría contarse de dos maneras distintas. En una el modesto equipo ruso se creció por encima de sus limitaciones y jugó a la par del hasta ahora claro candidato a llegar a la final. En la otra Croacia es un equipo de polialeación mimética, como Terminator 2, que se dedica a reproducir el nivel de juego del equipo que tiene enfrente. Y fue así que permitieron que estos soviéticos del siglo XXI los trataran de igual a igual. O puede que haya un poco de las dos versiones.

Lo cierto es que ninguno de los dos equipos permitió que el otro se le fuera demasiado lejos. El primero en marcar fue la URSS 3.0. con un misil que salió volando del zapato izquierdo de Cheryshev para aterrizar en la red croata. Pero no habían pasado 9 minutos cuando Mandzukic se adentró por el borde del área para darle un pase a Kramaric y que este cabeceara el empate croata.

El segundo tiempo fue más de los mismo pero sin el detalle de los goles. Al final los amiguitos del polonio seguían sin definir el concepto de portería y los exyugoslavos cargaban con más calambres que en un maratón entre oficinistas. Incluso se pensó que el portero Subasic, el supermán en los penales contra Dinamarca, no podría continuar el partido afectado por una contracción muscular. Pero había que estar media hora más jugando. Por suerte estaba Modric que parecía estar filmando un anuncio de baterías eléctricas autorecargables. Fue él quien sostuvo el equipo a golpe de pases y carreras  que cansaban de solo verlas.

Hasta que por fin llegó el cabezazo de Vida que parecía con su gol en el minuto 100 sentenciar el partido. Tanto que se quitó la camiseta para que Ronaldo y Shaquiri vieran que no tenía nada que envidiarles ni en abdomen ni en tarjetas amarillas (lo cual es una exageración: Ronaldo tiene le abdomen más definido aunque hay que reconocer que las tarjetas eran iguales de amarillas). Pero aun quedaban 20 minutos de partido que a esa altura se sentían tan largos como atravesar la Siberia en patineta. Y he aquí que quince minutos después, o sea, a 5 del final del tiempo extra el ruso de Sao Caetano do Sul pareció darles la razón a los que consideran buena idea la nacionalización de extranjeros con un cabezazo que volvió a emparejar el partido hasta la ronda de penales.

Los croatas llegaban a los penaltis con las piernas en peor estado que la economía venezolana. Entre eso y el apoyo local hacían pensar que rusos irían franca ventaja. Pero el portero croata renació en medio de sus cenizas como el gato Félix y detuvo el primer remate. Tanto debió intimidar a los rusos que el bolo adoptivo Mario Fernandes la echó por fuera dándole de paso un fuerte golpe a la política migratoria de Putin. Los croatas hasta se pudieron dar el lujo de fallar un gol. En el último turno Rakitic, quien había pasado el partido más discreto que un funerario, remachó su disparo para darle a Croacia el pase a la semifinal y a los rusos la oportunidad de que vuelvan a sentir el calor hogareño.

La porfiada Albión




Usualmente el equipo inglés viene acompañado de más fantasmas que los que pueblan los castillos de por allá. Los fantasmas de viejas derrotas, de penaltis fallados, de balones que se escapan entre los dedos de los porteros en cámara lenta hacia la red, de goles en contra en el último minuto. Fantasmas que han alimentado un fatalismo casi tan profundo como el de los mexicanos en el fútbol o de un cubano en la cola de la democracia.

Ante ese panorama este partido contra Suecia les debió parecer una apacible excusión campestre. Una excursión sin mayores sobresaltos que encontrarse un paraje minado con plastones de mierda de vaca ante los que basta andar atentos para no hundirse en el medio de uno de ellos. Algo tan apacible como encontrarse con un gol en un tiro de esquina que aterrizó en la frente de Mcguire para de inmediato rebotar dentro de la red. Luego los ingleses pudieron anotar al menos dos goles más. Sin embargo, tanto empeño pusieron en fallarlos que hicieron pensar a más de uno en el regreso de los viejos fantasmas en la forma de oportunidades perdidas que pronto serían lamentadas.

Las plastas de vaca aparecieron recién en el segundo tiempo cuando el entrenador sueco debió recordarles a sus jugadores en el vestuario de qué lado se encontraba la portería contraria y qué se esperaba que hicieran con ella. Pero cuando más entusiasmados andaban los suecos con el redescubrimiento de la esencia del fútbol llegó el segundo gol inglés nacido de otra frente, esta vez la de Dele Alli. Un gol que a los suecos debió sonarles a mazo de juez reafirmando la sentencia. Todavía los suecos tuvieron tiempo de lanzar unos cuantos ataques que parecían cargados de peligro pero nada. Esta vez a los ingleses no les falló ni la defensa ni el portero que rechazaba los balones como si de un videojuego se tratara. Con las plastas de vaca esquivadas una a una y los fantasmas conjurados nada más se interpuso entre Inglaterra y las semifinales donde se encontrarán con Croacia o con el mismísimo Putin disfrazado de equipo de fútbol.