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miércoles, 13 de noviembre de 2024

Cultura, comida y poder: un adelanto en forma de entrevista

Como adelanto del libro Cultura, comida y poder de la investigadora Claudia González Marrero, ahí les va de adelanto la entrevista que me hizo su autora y que incluye en su libro.

 

Nuestra hambre en La Habana: Una conversación con Enrique del Risco sobre memoria nacional y cultura alimentaria

Claudia González Marrero

Investigadora, Food Monitor Program

EPITAFIO

Enrique del Risco Arrocha (La Habana, 1967) es uno de esos escritores que te muestra con humor lo que deberías considerar lamento, no sin antes invitarte a reflexiones a veces incómodas. Su experiencia como historiador le ha permitido revisitar, o rescatar, el pasado de la isla en Leve historia de Cuba (con Francisco García González, 2007). Como Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU), donde es profesor actualmente, ha trabajado los vínculos entre la literatura y el poder, en obras como Los que van a escribir te saludan (2021). Sin embargo, la primera condición de Enrique, se podría decir, es la de cubano. Aunque sale de Cuba en 1995 y, tras un breve periplo en España, se asienta en Nueva Jersey desde 1997, la mayor parte de su obra, que abarca cuento, novela, ensayo, memorias, antologías, reflexiona sobre una Cuba de la que es parte importante; sobre todo si pensamos en una intelectualidad nacional allende fronteras. La escritura de Enrique marca siempre una pauta a analizar, entre lo institucional y lo individual, entre la dominación y lo humano, entre lo público y lo privado. En Nuestra hambre en La Habana (2022) Enrique vuelve a ubicarse en este balance, esta vez desde una perspectiva quizás inédita para muchos, pero desgarradoramente familiar para cualquier cubano que haya vivido la década de los noventa en Cuba.

Enrique, tu más reciente libro Nuestra hambre en La Habana es uno de los productos más esmerados que ha dado la narrativa testimonial respecto a la memoria de crisis alimentaria en nuestro país. No ubicas tu relato únicamente en la falta de comida, sino que repasas cada carencia tras la caída del campo socialista, y las contrastas desde la perspectiva de un hombre joven, recién graduado, entusiasta de la cultura. Pero también das la sensación de retratar un sentimiento colectivo, de replicarte en las vivencias de tus congéneres. ¿Cuánto hay en esta obra de experiencia personal y cuánto de imaginario popular? ¿Cómo fue su proceso de redacción?

Nuestra hambre en La Habana es estrictamente una obra de no ficción. Allí, como dices, relato mi experiencia personal como recién graduado empeñado en llevar una vida normal y hasta feliz en la medida de lo posible en medio de aquella crisis espantosa que fue paralizando el país. Si entra el imaginario popular en forma de chistes y rumores es porque creo que aquellos chistes y aquellos rumores captan el espíritu de la época de una manera que yo no lo podría hacer pero tengo el cuidado siempre de deslindar lo que experimentaba yo de primera mano de lo que me llegaba por diferentes vías. Nuestra hambre empezó por un artículo que me pidieron sobre la precariedad en Cuba y en cuanto terminé de escribirlo ya sabía que allí había material para un libro. Fue un libro relativamente fácil de construir a partir de dos líneas narrativas. De un lado mi experiencia personal como historiador del cementerio de La Habana, como profesor en una escuela totalmente disfuncional y como museólogo en un museo olvidado en la Habana Vieja. Esa línea tenía un sentido cronológico, ordenado. La otra línea narrativa es la del país: cómo se fue gestando la debacle y cómo a través de los años nos habían preparado para soportarla obedientemente y los diferentes aspectos en que afectó nuestra vida colectiva y nuestra percepción del régimen. Porque el hambre es apenas una sinécdoque de unas carencias bastante más profundas.

Durante toda la narración de Nuestra hambre… registras todo tipo de carencias y privaciones, materiales y simbólicas, a las que el cubano ha debido ‘rendirse’ o resistir. ¿Cuáles son las significantes y los límites de esa Hambre de la Cuba que viviste?

El hambre es eso que te decía antes: una sinécdoque del sistema que la engendra, de las carencias materiales, pero también de las espirituales y la más decisiva y tangible es la falta de libertad. El hambre es un subproducto del monopolio del Estado sobre los medios de producción y de su tremendísima ineficiencia. Y al mismo tiempo el hambre es parte del sistema represivo, de una eficiencia increíble, sobre todo si se compara con la ineptitud del sistema productivo. El régimen primero llevó a casi toda la sociedad a vivir en nivel de supervivencia pura y a eso se le llamó “igualdad”, “austeridad”, “sacrificios por un futuro mejor”. Luego al que se portaba muy bien, o sea, el que contribuía activamente al sistema, se le premiaba con algunos privilegios y al que se portaba mal, sin siquiera ser abiertamente opositor, se le marginaba sin que pudiera siquiera buscarse la vida por sí mismo pues el Estado se convirtió virtualmente en el único empleador del país.

En el campo, donde a los campesinos no se les podía amenazar con el hambre pues se bastaban a sí mismos para alimentarse, se les negaba el acceso a servicios como la electricidad y el agua corriente para, por ejemplo, obligarlos a integrarse a las cooperativas. O sea, para someterse al control del Estado. Y no hablo de los noventas. Eso ocurría ya en lo que le llamo el período clásico de la revolución allá por los setentas. En los años del primer congreso del partido comunista y la adopción de la constitución socialista. Recomiendo leer una suerte de diario que Juan Abreu escribió por aquellos días y que luego publicó con el título de A la sombra del mar. Impresionante.

Durante los noventa fueron tantos los productos contrahechos que el Estado impuso como alternativa a la escasez, que aún hoy conviven en el imaginario cubano, allí donde se encuentre, alimentos tabúes en forma de “comidas de pobres”. ¿Puedes hablarnos de algunos de estos alimentos, antes parte de la cocina cubana y luego relegados por el rechazo a esos tiempos? ¿Cómo los re-negociaste fuera de Cuba? Entonces ¿crees que Cuba, como territorio físico, ha perdido sus referencias culinarias, de lo que significan diferentes alimentos, sus formas de elaborarlos, los rituales alrededor de la comida?

El hambre es innegociable. Al menos el hambre de los 90. Los 80, esos a los que ahora se les ve con una aureola de abundancia fue mi época de las comidas de pobre: arroz, chícharo, huevos y no he renunciado a ninguno de ellos. Los 90 fue una caída a un nivel más bajo aun: el picadillo de cáscara de plátano, el bistec de cascos de toronja, un pescado inmundo llamado chicharro, la llamada pasta de oca y el siempre socorrido vaso de agua con azúcar. Confieso que desde entonces no he sentido ninguna necesidad de regresar a ellos. ¿Quién lo haría a menos que fuera un masoquista irredento?

Por otro lado de niño tuve mucha suerte pues mi abuela hija de canarios se desvelaba por mantener la mayor cantidad de referencias culinarias posibles: su arroz con pollo y sus moros con cristianos, sus platos preferidos de los domingos, eran sublimes. O aquellas ocasiones excepcionales en que aparecían unos cangrejos y toda la familia se ponía en función de preparar una harina con cangrejos, un plato explosivo que comíamos en el patio para evitar que al romper las muelas de cangrejo a golpes de maza la harina saltara por todo el comedor. Entre semana mi abuela se encargaba de regalarnos con platos como la sopa de plátano, la sopa de ajo, la de quimbombó, escabeches de pescado, bacalao a las vizcaína, pollo con papas, fricasé de guanajo. Cuando no pedía que le dieran falda en la carnicería en lugar de bistec, la salaba, la colgaba en la cocina y al mes estábamos comiendo tasajo, esa comida de piratas y esclavos que a mí me encanta. Ella era una verdadera conspiradora contra la monotonía culinaria del castrismo. El único día que no cocinaba era el de las madres cuando comprábamos una paella de mariscos que vendía exclusivamente ese día la cafetería de mi barrio, El Becerra.

Luego estaba mi abuela paterna, la camagüeyana, de platos más simples pero con la enjundia guajira de lo que cultivas y crías en el patio de su casa. Uno de los platos que mejor recuerdo por su rareza en el contexto cubano era el llamado queso de puerco que se elaboraba con todo lo de aprovechable que tenía la cabeza del puerco, sesos incluidos. Se hervía, luego se prensaba y se convertía en una especie de carne fría, en forma de queso. También dominaba un repertorio de repostería impresionante: desde las yemitas y las cremitas de leche hasta el llamado pan patato a base de diferentes viandas. Pero eso, ya te digo era un privilegio que no creo que abundara entre los cubanos en esos tiempos.

Encima, con la cruzada antirreligiosa se barrió con un calendario de festividades y tradiciones siempre asociados a algún tipo de comida. Casi todos los viví vicariamente a través de los cuentos de mi abuela materna que viniendo de una familia muy pobre y siendo ella misma razonablemente fidelista -si es que eso existe- no cesaba de contarme: me refiero a esos festines que a mí se me antojaban infinitos que uno se podía dar por unos cuantos centavos en una fonda china o en el famoso Mercado Único. O un “pan polaco” del que no cesaba de hablar y que supongo venía de alguna tradición judía. A muchos niños de mi generación ni los cuentos les llegaban y en los malhadados noventas había niños que crecían sin saber lo que era un sándwich o desconociendo el humildísimo gofio de harina tostada con que se mataban el hambre nuestros ancestros.

Comentas que en los noventa era recurrente la evasión a nombrar a Fidel, pero que esta no respondía a miedo sino a hastío, porque: “La conciencia colectiva de la nación concluyó que aquel nombre había sido mencionado demasiadas veces para añadir una más”. También relatas varias frases populares que nombraban productos barrocos como los “perros calientes sin tripa” o mecanismos de distribución normada como “los cosmonautas”, para nombrar huevos que desaparecían en cuenta regresiva. Este lenguaje críptico pervive hoy día en otras variantes ¿Cómo interpretas estas expresiones? ¿Crees que pueden ser consideradas expresiones con un trasfondo político?

Quiero hacer una distinción. De un lado estaba la imaginación popular y del otro la imaginación estatal que no se quedaba a la zaga y fue la que engendró denominaciones tales como “picadillo de soya”, “pasta de oca”, “picadillo texturizado”, “picadillo enriquecido”, “perro sin tripa”, “fricandel”, el “cerelac” y la más imaginativa de todas que fue llamarle “período especial en tiempos de paz” a lo que no era otra cosa que una crisis terrible. Compárese eso con “la Gran Depresión” que da una idea más clara de lo ocurrido en los treintas en medio mundo. El pueblo se defendía como podía, se resistía a ese bombardeo semántico con sus propias invenciones dando testimonio, a pesar de no rebelarse abiertamente, de su descontento, su inteligencia, su vitalidad. Y claro que tenían un trasfondo político, aunque fuera porque un sistema totalitario tiene la virtud de politizarlo todo y en medio de la imbecilización colectiva cualquier muestra de inteligencia es directa o indirectamente un acto de resistencia.

Hay un chiste que no incluyo en el libro y que acabo de recordar. Cuando la neuritis óptica se hizo epidémica y empezó a provocar ceguera en la gente el gobierno -sin aludir directamente al problema, porque a la hora de referirse a los desastres cubanos el gobierno es más discreto que Sherezada- empezó a repartir unas pastillitas amarillas de complejo vitamínico B. La gente le puso a las pastillas “la caperucita Roja” porque eran “Para verte mejor”. Pues Daniel Torres, el director de cine, me contó que a Carlos Lage se le ocurrió hacerle el chiste a Quintusabes porque le habrá parecido inocuo, supongo, y el asunto fue que por mucho que se lo explicó Quientusabes nunca entendió el chiste y Lage, amoscado desistió de explicárselo. No me consta si la anécdota es real o inventada, pero ahí tienes un buen resumen de las relaciones entre el humor popular y el poder.

En esta misma idea, ¿cuánto crees que ha estremecido el humor, en forma de lenguaje o de memes, al monolito de la narrativa institucional cubana? ¿Algunas diferencias sustanciales entre los noventa y los dos mil?

El humor no puede derrocar un poder que se asienta por la fuerza, no debe pedírsele tanto, pero puede erosionar el discurso del poder, hacerlo cada vez más ridículo, menos convincente. De ahí que el discurso del Poder en la actualidad se haya vuelto cada vez más cínico porque luego de tanta burla no se cree ni a sí mismo. Y una vez que el ejercicio del Poder se vuelve más descarnado al menos se va quebrando esa intimidad entre opresores y oprimidos que hace del totalitarismo un sistema tan perversamente eficaz. Pero el humor no solo ha cambiado la relación con el poder. La misma oposición se ha vuelto más desenfadada, menos hierática.

Afirmas que, en su precariedad, a los cubanos se les ha escamoteado incluso la posibilidad de denunciar el hambre frente a mayores hambrunas de la Historia: “Nuestra hambre era un hambre con baja autoestima. Lo sigue siendo. Todavía mucha gente no se atreve a llamarla por su nombre.” Ante hambrunas históricas como la del Holocausto “(…) debemos retroceder, humildes, reconociendo que nuestra hambreada condición no llegaba a esos extremos.” Como intelectual crítico al régimen cubano dentro de la academia norteamericana seguramente has debido tener encuentros con personas que desde sus posiciones ‘ajenas’ han relativizado o ‘romantizado’ las experiencias que relatas en tus memorias. ¿Puedes contarnos alguna anécdota y la reacción habitual del Enrique crítico, humorista e historiador a estas circunstancias?

La primera persona que me encontré en mi primer día en una universidad norteamericana, un estudiante graduado igual que yo en esos momentos, me preguntó si era “cubano o gusano” y mi respuesta no fue amable ni ingeniosa sino lo suficientemente disuasoria como para que no insistiera en esa vía. Desde entonces me propuse no entrar en debates sobre la cuestión cubana. Lo que hay en Cuba es una tiranía insoportable y eso es tan poco debatible como mi condición humana y la del resto de los cubanos. Tan poco debatible como lo era la injusticia de la esclavitud en el siglo XIX si se me permite la comparación. En cualquier intento de debate le preguntaba a mi interlocutor cuánto tiempo había vivido en Cuba y la respuesta en el mejor de los casos era dos semanas y a continuación les decía que yo había vivido en Cuba veintiocho años: si en dos semanas pretendía saber más sobre mi país que yo en 28 años me estaba diciendo estúpido y no aceptaba discutir con gente que me insultara. Luego parece que la voz se fue corriendo entre los colegas y desde hace mucho ninguno viene a tratar de convencerme de que aquello es ni siquiera regular. No obstante, el libro está dedicado precisamente a una colega mía, boricua por más señas, quien me dijo que estaba planificando un número sobre la precariedad para la revista del departamento y que pensaba que no podía hablar del asunto sin mencionar el caso cubano. Luego, el artículo resultante, se convirtió como dije antes, en el primer capítulo del libro. No ando por ahí predicando el evangelio de la maldad castrista pero si me preguntan y los veo genuinamente interesados, respondo. Pero desde el inicio, para evitarles a la gente de otras nacionalidades la tentación de asumirme tranquilamente dentro de su sistema de expectativas me presento diciendo “Soy cubano, pero nadie es perfecto”. Y entienden.

En Nuestra hambre… abordas un tema para mí esencial cuando hablamos de teoría totalitaria según Hannah Arendt: “Cuando la indigencia resulta lo bastante abrumadora como para aplastar el instinto de resistencia, se está a las puertas del sometimiento absoluto. (…) Es rara la vez que el hambre haya incitado al desacato, la sublevación. Sobre todo cuando el hambre se convierte en sistema, y la supervivencia, en el objetivo esencial de los sometidos”. Incluso sin llegar a esa hambre física que describes, en Geopolítica del hambre de Castro afirma: “El comer siempre lo mismo explica la pérdida de ambición, falta de iniciativa, tristeza de las poblaciones en situación de socio-segregación alimentaria.” ¿Qué conclusión saca el Enrique protagonista de tu texto? ¿Ha sido el hambre en Cuba un mecanismo premeditado de dominación; finalidad o efecto?

Primero debo decir que no creo que el hambre en los sistemas comunistas sea premeditada. Más bien el hambre es una consecuencia lógica de privar a la gente concreta de sus medios de producción y entregárselos al Estado que, además de torpe y chapucero, tiene menos interés en producir comida que en conservarse a sí mismo como sistema. Una vez producida el hambre de manera más o menos “natural” el Estado sí la sabe aprovechar muy bien para manipular con ella a la gente. La mejor muestra de ello es que ante las situaciones límites sus soluciones temporales consisten casi siempre en conceder un poquito de libertad económica para luego quitarla en cuanto la situación mejora. No es nada nuevo. De ese tipo de control ya sabían los incas cuando prohibían a sus súbditos crear recetas nuevas para que pudiera alcanzar la cantidad estricta de alimentos que le asignaban a cada comunidad.

Pero las tácticas de la escasez no solo se ejercen contra la población interna. Además esa población hambreada es usada como rehén para conseguir tanto concesiones políticas de los gobiernos extranjeros como remesas y mansedumbre en general por parte de la emigración.

Al relatar los pasajes de la crisis de los balseros afirmas: “Ante tal panorama, si algo hacía que mereciera la pena arriesgarse, si algo podía cambiar al menos el destino individual, era escapar de allí, un propósito al que se han consagrado generaciones de cubanos cuando todavía están en edad de soñar, de ejercer su esperanza.” Hoy día vemos una migración tan persistente y diría con mayor masividad que la de los noventa. Como joven intelectual que logró sus aspiraciones en el exilio, ¿cómo asumes la emigración en tu generación, y ahora?

Al margen de que hay gente que prácticamente nace con el impulso de irse de Cuba lo normal es que la emigración sea el plan B en la vida de cualquier persona. Yo mismo no me planteé irme hasta los noventas, ya graduado de la universidad. De otra manera no hubiera estudiado Historia de Cuba y en lugar de eso habría estudiado inglés u otra carrera con más visión de futuro. Pero cuando decidí irme, cuando descubrí que no tenía posibilidades de llevar una vida decente y que me cerraban todas las vías para hacer algo que me permitiera trabajar por mi propio país, ayudarlo de cualquier manera a sacarlo de la situación en que estaba, ya se había convertido en el plan A de buena parte de mi generación. La gente no daba explicaciones de por qué se iba sino por qué se quedaba.

Que treinta años después se repita la misma situación para las nuevas generaciones es una denuncia contra los que siguen dirigiendo el país de manera tan desastrosa. Y así se sigue privando al país de la gente más creativa y emprendedora de cada generación. En cuanto a mí si de algún éxito me siento orgulloso es de no haber dejado de hacer lo que me gusta y en lo que creo, con plena libertad. Y de haber creado un entorno de gente querida -empezando por mi familia- en el que sentirme a salvo del chantaje de la nostalgia.

En el libro relatas el descalabro de todas las normas establecidas debido a la crisis: el robo, los asaltos a los autobuses por divertimento, la falta de solidaridad. Con estas normas me refiero, según Hannah Arendt, a las reglas de comportamiento que frente a una crisis de estas dimensiones revela un colapso del sentido común, porque no se tienen a disposición otras categorías morales independientes de la experiencia autoritaria. Sin embargo, tu relato personal nos recuerda que algo que se debe defender a toda costa es la facultad personal del juicio. ¿Cuánto crees que las carencias prolongadas en el tiempo, las ramificaciones de esa Hambre en sentido general, han calado en el patrimonio, en la memoria y en la identidad nacional? ¿Cómo resguardar el juicio y la ética personal ante la precariedad extendida por generaciones?

Las carencias han calado muchísimo tanto a nivel material como espiritual: en la pérdida de tradiciones, de formas de convivencia, de la belleza elemental que se necesita para una vida digna pero también, y sobre todo, nos ha desacostumbrado a vivir en libertad, ha instalado una desconfianza y una mezquindad adicional en las relaciones entre los cubanos, la pérdida de un mínimo de cortesía que hace la vida más agradable. Al salir de Cuba me sorprendía que los desconocidos me saludaran al cruzarse conmigo en la escalera o en la calle. O para poner otro ejemplo cotidiano: en Cuba, cuando pasaban con una bandeja -en las extrañas situaciones en que eso sucedía- agarrabas con cuantas galletas o pasteles te cabían en las manos o si eras algún refresco observabas con cuidado antes de agarrar el vaso que tuviera algo más de líquido que los demás. El famoso hombre nuevo del Che Guevara resultó ser un chivato tremendamente miserable, alguien que le sirve a la perfección al Estado para mantenerse pero de quien nadie quiere ser amigo.

Por otro lado, la socialidad caribeña, como he podido comprobar en República Dominicana, Puerto Rico o en el Caribe colombiano es de una suavidad, largueza y espontaneidad envidiables pero el castrismo ha hecho de los cubanos unos seres ásperos, mezquinos y recelosos. Curarnos de eso será arduo y laborioso y debiéramos empezar desde ahora, donde quiera que estemos. Pero eso es lo que produce el totalitarismo por donde quiera que pasa. Lo asombroso -y eso quiero destacarlo- es la cantidad de gente joven decente y magnífica que sigue saliendo de Cuba pese a todo. El tipo de cosas que te devuelven la confianza en el ser humano.

Junto a la cuestión de la emigración creo que también nos hemos preguntado alguna vez por la sociedad que queda en la isla, sus formas de resistir, subvertir, y las consecuencias cada vez más aterradoras que estamos viendo luego del 11J. En tu libro afirmas: “Nada hacía más temible a ese entramado de vigilancia e intimidación que el hecho de que estuviera compuesto por gente. Cientos de miles. No robots a los que en algún momento se les puede desconectar o reprogramar, sino seres cuya capacidad operacional se multiplicaba ante el temor de que un cambio de régimen les hiciera perder sus privilegios. O desatara el rencor de sus víctimas. Digo «víctima» y ya me arrepiento. Si algo le cuesta producir a un régimen como el cubano (aparte de bienes de consumo), son víctimas puras (…) Resulta muy difícil apelar a la solidaridad entre víctimas cuando todos han sido un poco verdugos.” Entonces, ¿cómo podemos llamarnos, banalidad del mal o resistencia, víctimas o victimarios? ¿Cómo te imaginas un proceso de reconciliación nacional post-régimen?

Ese es el totalitarismo trabajando a plena capacidad. La ideología es el pretexto pero una coartada más persistente que lo que solemos reconocer. En la sociedad moderna, ante la pérdida de sistemas tradicionales que cohesionan la sociedad y le dan sentido como la religión, las estructuras familiares, etcétera, la ideología totalitaria es una tentación que no se debe despreciar. Lo vemos ahora mismo con los populismos de derecha o la ideología woke, de vocación totalitaria evidente. Luego está ese magnífico mecanismo de dominación que mezcla la esperanza, la envidia, la mezquindad y la violencia para crear un círculo vicioso en que casi todo el mundo es a la vez víctima y verdugo de otros. El mecanismo lo describe muy bien el cuentista Lino Novás Calvo en un cuento de 1932:

“Los celosos hablaban entonces en nombre de los esclavos y volvían a ser esclavos ellos mismos. Después si seguían eran ajusticiados y sus huesos se juntaban en aquella tierra con los de los otros. Otros esclavos pasaban entonces a su lugar, escogidos por Amiana o sus manfucas, por valientes o delatores. Estos eran los rebeldes de abajo, contra los de abajo. Al subir se cruzaban con los que bajaban. Esto sostenía a Amiana y le dio humos. Comenzó a sentir gusto en perseguir, como si se rascara un salpullido por dentro o se apretara un forúnculo. […] Las gentes de Amiana querían hacerse méritos con él y por eso inventaban complots y descubrían rebeldes donde no los había. Pero luego lo eran. Amiana los mandaba a los barracones y entonces se hacían resentidos y hablaban en nombre de los esclavos. Estos veían entonces la ocasión de dejar de serlo y delataban a los que venían de arriba, y así estos pasaban entonces al cementerio”.

El totalitarismo se alimenta de lo peor de nosotros mismos. La mejor manera de contrarrestarlo es ser lo mejor que podamos, pero sobre todo lo más generosos que podamos. Pero no hay que esperar a que se caiga el régimen, si es que alguna vez lo hace. Debemos empezar ahora mismo.

Tu libro pareciera una radiografía del malestar general de los años 90, pero también un inventario de cada aspecto o ejercicio en el que se ocupaban los cubanos como tú para resistir el infortunio. Si tuvieras que narrar el presente, signado por títulos tan abstractos como el del Periodo Especial en Tiempos de Paz: Coyuntura, Continuidad, que elementos crees deberías añadirle o sustraerle a tu texto original. En resumen, ¿cuánto dista la Cuba de tus memorias de la actual?

Decía el filósofo Richard Rorty -y yo no me canso de repetirlo- que aceptar el vocabulario heredado “es aceptar a otro la descripción de uno mismo, ejecutar un programa previamente preparado, escribir a lo máximo variaciones de poemas previamente escritos”. Por eso al inicio del libro propongo un cambio de vocabulario y empiezo por llamarle a la crisis de los noventa por su nombre real: Hambre. A las sucesivas crisis desde entonces les llamaría Hambre 2, Hambre 3. Porque en lo esencial el sistema no ha cambiado de naturaleza: las causas de las crisis son las mismas y los resultados son idénticos. Si algo ha cambiado es la gente: ahora es más descreída, mejor informada y si acaso más cínica. Excepto un grupo de gente increíblemente valiente, esperanzada y empeñada en cambiar el país el resto tiene claro que lo mejor que puede hacer con sus vidas es prepararse para marcharse en cuanto puedan.

Siento que la brecha que existe entre la Cuba de principios de los sesenta y la de los 80 es mayor que la que existe entre la de los noventa y la de ahora, aunque haya transcurrido más tiempo. Los noventa fueron un momento clave para lo que vino después. En ese momento comenzaron los fenómenos que ahora son la norma del país como el turismo y el jineterismo masivos, la fundación de la mafia hotelera de Estado, el cuentapropismo y el abandono de toda esperanza creíble de la utopía comunista. Luego han aparecido fenómenos que no alcancé a ver que van desde la exportación masiva de personal calificado, la sustitución de profesores por televisores, la introducción del internet o una circulación más fluida de la gente en ambas direcciones -en mi época la gente raramente usaba el pasaje de vuelta. También hay un mayor conocimiento desde afuera sobre lo que pasa adentro. Y a juzgar por lo que me cuentan los que salen y la facilidad con que nos comunicamos el meollo del régimen ha cambiado muy poco desde que me fui. Para decirlo de otro modo: puede haber ocurrido muchos cambios, pero las razones por las que me fui siguen intactas.

martes, 12 de noviembre de 2024

Cultura, comida y poder

 


En contextos políticos cerrados, la alimentación puede ser un arma de propaganda y control, mientras que, «desde abajo», es un sitio simbólico de adaptación y resistencia.

Conseguir alimentos, elaborarlos y comerlos son acciones repetidas y centrales en la vida de cada ser humano.

En espacios autoritarios, sumidos en crisis y desigualdad, donde el desinterés gubernamental es evidente, la comida más que una mera necesidad se vuelve fuente de incertidumbre, ansiedad y frustración.

El presente libro parte de la idea entre Food Monitor Program y la editorial Hypermedia de debatir las intersecciones entre cultura y poder que ofrece la idea de la comida en Cuba.

Para ello, se compilan doce conversaciones con artistas, escritores, intelectuales, e historiadores, que tienen como elemento en común pensar a Cuba. Son cubanos que de una manera u otra han referido la comida en sus obras, y el espacio que esta ocupa en la (de)construcción de la nación.

lunes, 28 de agosto de 2023

Deja vu o, como decía un catcher de los yankees, todo pasa de nuevo

 Por Francisco García González


Les hago corto el cuento largo.

Nuestra hambre en La Habana, Editorial Plataforma, Barcelona, 2022, más que memoria o recuento es pura arqueología social. Su autor, Enrique del Risco, escarba en las ruinas de un pasado que hubiese quedado en categoría de mal recuerdo, si no fuese por su actualidad en la fecha que escribo esta reseña, doce de agosto de 2023. El Hambre en Cuba aún no ha alcanzado el estatus de memoria, vergüenza pasada. Todos desean marcharse. Dejarlo atrás. En cada puerta parece leerse: Hambre, esta es tu casa.

La revolución, su más alta dirección, es decir, el finado Comandante en Jefe, siempre fue ─sus sucesores aún lo son─ pródigo en denominaciones eufemísticas. Razón que explica, a nivel nominal, por qué al desastre ocasionado tras el colapso de la Unión Soviética y el cese de la emisión de subsidios, a lo que no era ni mejor ni único ni finito en términos de fecha de caducidad, el Primer Nominalista lo nombró Periodo Especial en tiempos de paz.

El Periodo Especial, o Perpetuidad Insufrible, ha sido un continuo en el acontecer de la isla en los últimos treinta y tres años.

En estas condiciones se dibuja el panorama que enmarca la realidad cubana a partir de los tempranos noventa. Panorama en que aparece el Hambre en dimensión inédita. Una escasez, o falta de que llevar a la mesa, tan fresca y robusta, razones por la que todavía hoy el periodo de marras es vulgar cotidianidad.

Pero no hay que adentrarse en las causas de ese estado de cosas que aún perviven e impiden que el entrañable Hambre no pretenda abandonar unas coordenadas en las cuales le ha ido de maravillas.

Comienza el PE y como por arte de magia, un truco digno de David Copperfield pero de autoría local atribuido exclusivamente a ya saben quién, se esfuman el pollo, la leche, los cárnicos, el pescado y un frondoso etcétera. El truco del Primer Mago es tan bueno que en lugar de comida aparece la polineuritis, si bien su intento de achacar la nueva calamidad a la CIA no tiene el mismo éxito que su acto de magia. Pero, querido lector, no se desanime la historia sigue.

Se volatiliza la jama… ─durante el machadato había harina de maíz y boniato, recuerdan los más ancianos─ y, no aparece Pánfilo, no: aparecen los escritores. No vienen racionados. Los hay por montones. Los poetas se dan como la verdolaga más profusa. (La verdolaga por cierto se sirve en el restaurante del Jardín Botánico como una suerte de tomate o pepino de repuesto, con la diferencia, aseguran los nuevos chefs adjuntos al Noticiero Nacional de Televisión, supera a estos hasta en vitamina Ñ, descubierta en los años noventa por José Luis Cortés.) Los vates eran una plaga más resistente que las cucarachas. Sin comida y después de la catástrofe que fuera, aún los bardos cantarían.

Y en el caso de los narradores, sin llegar a ser hemorragia imparable, también los hay a montones. A un crítico, mitad académico mitad asere del barrio de Buena Vista, se le ocurre bautizarlos con el mote de novísimos. Los últimos serán los primero, los inflama el citado asere. Y en la larga fila Enrique del Risco es uno de ellos.

Exacto a lo que sucede con la carne de cerdo y el pescado en la mesa familiar, las editoriales pasan de ser “las más lentas de Occidente cristiano”, a desparecer por completo. Poetas y narradores no se amilanan. La actividad editorial se reduce a la mínima expresión y florece la “industria” del plaquete, que venía a ser a las ediciones lo que el picadillo de soya y la masa cárnica al cerdo o al pollo. Ambos exuberantes, plaquete y el picadillo de soya, en vitamina Ñ. El plaquete, no el novísimo picadillo, consistía en una serie de hojas sueltas o presilladas en la que muchísimos de estos autores dan a conocer sus primeros trabajos.

Ahora bien, la pregunta se cae por su propio peso. ¿De qué escriben estos escritores emergentes?

Una serie de temas inéditos irrumpen en el panorama de la literatura cubana. Balseros, jineteras, homosexuales, soldados internacionalistas, sida, mucha hambre y mucho sexo. Y de repente sucede algo también inédito.

Ha cambiado la mesa del cubano, se ha extinguido el transporte y ha hecho su debut la polineuritis, ha cambiado la vida para siempre, ha cambiado la literatura. Lo único que permanece inalterable es el periodismo al servicio del gobierno. Da lo mismo el soporte que sea en papel, radial o televisivo. El triunfalismo alcanza cotas jamás vistas anteriormente: Se puede subir escaleras sin cansarse y librarse del viejo truco del elevador. Ambulancias de tracción animal, último grito de la modernidad durante la Guerra franco-prusiana de 1870. Lo importante es el cepillado, no la pasta dentífrica. La Habana y Ámsterdam, ciudades de ciclistas. La brecha entre periodismo oficial y realidad aumenta como nunca antes. La abismal distancia es cubierta por la ficción. Los novísimos, sin ser su designio, ocupan el rol de cronistas de los tiempos que corren. Si usted desea saber qué sucedía en Cuba en aquellos años, no vaya al Granma ni consulte ningún otro periódico archivado. Las voces de los novísimos acallan el triunfalismo de la prensa oficial.

EDR es uno de ellos: “Letras en las paredes”, “Posépica”, Pérdida y recuperación de la inocencia. Aún se leen, no sólo como brillantes relatos, sino en tanto ejemplos magníficos de crónicas sobre aquellos duros años. Genealogías, a diferentes niveles, de Nuestra hambre en La Habana.

Retomar el Periodo Especial como argumento era demasiado arriesgado. Recordarnos más hambre en medio del Hambre sería placentero sólo para masoquistas. Revisitar la realidad de los noventa a la manera en que EDR lo asume posee algunas ventajas que lo exoneran de la mera letanía repetitiva. El autor de Siempre nos quedará Madrid se decanta otra vez por el género autobiográfico y testimonial. Y en esta ocasión lo hace desde el humor. Por supuesto, el novísimo narrador ha madurado, cada página de Nuestra hambre… es testigo de una vivacidad y rotundez estilística que nos hace perdonarle a su autor el dolor intrínseco de lo que nos obliga a recordar.

Aunque Nuestra hambre… está escrito desde la experiencia personal es válido reconocer que también lo es de toda la nación. En definitiva el Hambre impulsada por su artífice principal (hablo de quien tú sabes) es única e indivisible, adquiere tanto dimensiones míticas (la pizza de preservativos y el bistec de colcha de trapear el suelo) como reales (el picadillo de cáscara de toronja y de plátanos).

El hecho de abarcar a todo un país desde el epicentro habanero nos lleva directo a esas zonas temáticas tan caras a la literatura de los novísimos que decíamos: balseros, jineteras que pululan en la órbita turística, gente hambreada y sedienta de sexo en calidad de sucedáneo alimenticio… Pero, ojo, estos temas vistos desde la distancia y la madurez de un narrador sobrado en recursos tienen la levedad y la desfachatez artística que jamás tuvieron.

Es precisamente esa desvergüenza la que nos permite leer Nuestra hambre… como una novela picaresca. Que habita muy cerca de esa obra maestra de la picaresca cubana que es El color del verano. La diferencia entre ambas es precisamente la involución del pícaro. En Arenas los pícaros desean ser libres. En EDR los pícaros solo desean comer. Y ante la gran frustración ambos acuden al mismo paliativo: el sexo.

La picaresca nacional como estrategia de supervivencia se extiende a lo largo y ancho de la isla. El suceso del Maleconazo es recreado por EDR de manera tangencial. Mas, nos queda claro que la picaresca, esa estrategia de salida de emergencia, sustituye a la alternativa de una sublevación masiva de ciudadanos en contra del sistema que los hambrea sin piedad. En este sentido, y también a lo largo y ancho de la isla, Nuestra hambre… puede leerse como un road book, un libro de carretera, género impulsado por Julio Cortázar con Los autonautas de la cosmopista, pero sin fotografías.

Carretera adentro EDR, acompañado de su Carol Dunlop, se aventura en plena Hambre por los territorios orientales de la ínsula. Las páginas dedicadas a este viaje, además de lo dicho, nos comunican una inesperada ternura expresada en el encuentro con personas a las que el Hambre y su creador (saben de quien les hablo) no han logrado segarles la generosidad, el amor y el desinterés.

Confieso mi gran resistencia a leer Nuestra hambre…

Bastaba con mis recuerdos y experiencia. Conocía muchos de los hechos que EDR recrearía en sus páginas. Sabía que volvería sobre la idea de que si eres joven puedes ser feliz donde quiera que estés. Que leería de cómo traer de vuelta al Bobo de Abela a pesar de la censura. Sabía que allí aguardarían amigos que aún hoy lo son.

Una noche abrí el libro…

Abrí el libro. Pensé. Nuestra hambre en La Habana haría las delicias de Salvador Redonet, el asere de Buena Vista. Otro artífice. Porque si quien tú sabes nos obsequió el Hambre y la etiqueta Periodo Especial, Salvador Redonet, repito, les puso el nombre. Novísimos. E hizo lo imposible por visibilizarlos en el panorama de la anquilosada literatura cubana. Algo infinitamente más noble que lo primero.

Pensando en retrospectiva en la obra de EDR. Después de varios volúmenes de relatos, premiados en su mayoría. Después de tantos y tantos ensayos. Después de haber publicado su premiada novela Turcos en la niebla. Creo que finalmente con Nuestra hambre en La Habana estamos en presencia de su libro más logrado desde cualquier punto de vista. Las novelas recrean universos cerrados en los cuales se resuelve o no la tensión entre lo verosímil y lo real, de ahí su éxito o no. De ahí el triunfo o no de lo literario. El secreto de ese éxito lo percibo en la fluidez. Y Nuestra hambre… es fluidez absoluta.

¿Y el Hambre? ¿Qué es lo que tiene que, como Los Van Van, sigue ahí? ¿Vitamina Ñ?

Sobra el Hambre. Pero ya no hay novísimos. Hay youtubers, periodistas independientes.

Quizás sobre la literatura.

Montreal, agosto de 2023

martes, 4 de octubre de 2022

Abuelo*


A mi abuelo nunca le gustó Aquello. O puede que sí. Quizás durante los primeros meses en que Aquello se deshizo en promesas para todo el mundo. En que negaba lo que era y afirmaba lo que no iba a ser. “La Revolución era verde como las palmas, decían”, me recordaba mi abuelo. Y se detenía allí mismo. Como si no necesitara nada más para completar la acusación. El viejo rencor de gente que se sentía engañada porque a la revolución le habían cambiado de color. No se trataba solo de una cuestión cromática. La Revolución había llegado para frustrarle el mayor negocio de su vida. No recuerdo los detalles pero incluía una venta de ganado que luego se convertiría en algo más que a su vez se multiplicaría en dinero o propiedades. Algo así como la versión adulta del cuento de la lechera. Una trama parecida a la de los planes de Quientusabes. Con la diferencia de que los planes de mi abuelo no involucraban a todo el país. Mi padre se reía de mi abuelo, recordándole su perfecta incapacidad para los negocios. Mi abuelo, decía, fracasó con un bar que derivó en lugar de fiestas para sus amigos. Y hasta con un banco de apuestas ilegales por empeñarse en pagarle los premios a los ganadores. 

Lo que mi abuelo no le perdonaba a Aquello fue que le embargaran la finca aun estando dentro del límite permitido por las nuevas leyes. Que luego consiguiera recuperarla tras meses de reclamaciones no le bastó. Nunca les perdonó el disgusto. Vuelto a la tensa normalidad de Aquello, mi abuelo se encerró en su rencor disimulado. Alguna vez lo vi ir a la tienda de víveres a comprar la cuota que los burócratas de La Habana le habían destinado. Inspeccionaba los plátanos como si tuvieran alguna plaga y soltaba algo como “¿Y a esto le llaman plátanos?”: el colmo de la rebeldía permitido en aquellos tiempos si preferías no caer preso. No sé si mi abuelo llegó al desafío de bautizar a los bueyes de su yunta como “Comandante” y “Bandolero” para darse el gusto de insultar al origen de sus desgracias mientras araba la tierra. Sí recuerdo que una de sus vacas se llamaba “Porvenir”, lo que bastaba para que a mis seis años fuera mi favorita. ¿No era el porvenir el mejor de los tiempos posibles? ¿Acaso todo el país no luchaba para alcanzarlo? Hasta que mi abuelo me aclaró que la llamaba así porque era la última vaca que llegaba al corral, la última que quedaba por-venir. 

Mi abuelo no era inclinado a lamentarse. Del gobierno o de cualquier otra cosa. Pero cuando se encontraba con alguien de confianza, en esas conversaciones donde la complicidad hace superfluo llegar al final de las oraciones, mi abuelo soltaba alguna frase rotunda que me bastaba para saber lo que pensaba sobre el gobierno. Algo así como:

—Esto está peor que cuando Machado.

Se refería al gobierno presidido por Gerardo Machado entre 1925 y 1933. Tan bien le fue en sus primeros años que decidió proclamarse dictador. Entonces estalló la bolsa de valores de Wall Street en 1929. Desde entonces la dictadura de Machado se convirtió en el símbolo cubano del hambre. Pues en opinión de mi abuelo la mejor época de Aquello —época que el consenso popular sitúa a la altura de los años ochenta— era peor que el machadato.

Yo lo escuchaba como se escucha a los abuelos: como excentricidades de alguien que pertenece a otro tiempo, aun cuando siga en este. Como algo que no guardara contacto con mi realidad ni, por tanto, estuviera sujeto a sus correspondientes juicios morales. Mi abuelo era la única excepción que yo hacía en mi vida de creyente en Aquello.

Aún así en esa ocasión u otra parecida me atreví a comentarle a mi abuelo:

—Pero Machado mataba a la gente.

—Deja que se le reviren a este para que tú veas cómo los mata también.

No me habló de los miles de fusilados que ya había por cuenta de Aquello, muertos de los que por fuerza tenía que saber. Se limitó a mencionar el potencial de Aquello para el crimen como quien enuncia una ley física.

Eso sí: mi abuelo evitaba discutir con mi padre. Adoraba a mi padre con la devoción del hombre que se ha equivocado mucho y ha decidido enfocar toda su bondad en su único hijo. (Su único hijo dentro del matrimonio. Antes tuvo otros dos a los que no creo que tratara como tales). La única vez que los vi envueltos en algo parecido a una discusión política yo era demasiado pequeño para precisar los detalles. Todavía andaba la guerra de Vietnam. Apenas recuerdo a mi abuelo a la defensiva, eludiendo un tema que vería como una distracción de su mundo inmediato. Y a mi padre insistiendo en lo mucho que debería interesarle aquella guerra que ocurría a X kilómetros de su finca. Mi abuelo apenas se atrevió a responderle que lo que ocurriera en Vietnam no era asunto suyo. 

Fue lo más cerca que lo vi de hacerle alguna resistencia a mi padre. Por lo demás lo obedecía ciegamente. Como cuando le pidió que entregara la finca. No le faltaba razón a mi padre. No porque el Estado fuera a cuidar mejor de la tierra, pero mi abuelo ya estaba demasiado viejo para lidiar, además de los trabajos habituales que la finca demandada, con los continuos robos de animales. Demasiado para un viejo solo en un país en el que estaba prohibido contratar mano de obra. Pero mi abuelo no obedeció a mi padre porque tuviese razón. Lo hizo porque no sabía negarse a cualquier cosa que le pidiera. Como cuando años después le pidió que él y mi abuela se mudaran a Santiago de las Vegas, para tenerlos más a mano y cuidarlos mejor. A 18 kilómetros en vez de 540. Mi abuelo accedió a alejarse de los amigos, los vecinos y del resto de la familia. Él, que siempre vivió más tiempo fuera de la casa que dentro de ella.


Nunca le oí a mi abuelo quejarse de entregar la finca, vender los animales, dejar de montar a caballo cada día. Con su sombrero tejano y su cuchillo con cabo de pistola al cinto cosa impresionante en un país donde solo los policías andaban con armas de fuego. Lo más próximo a la queja que le escuché fue un día que andábamos por el campo visitando amigos. Siete u ocho años después de rendir su finca a la insistencia de mi padre. Íbamos a caballo, conversando, cuando de pronto nos detuvimos ante una buena extensión de tierra desnuda. Una calvicie inmensa en medio del verde de aquellos campos, con tractores cruzándola en todas direcciones como si no hubiera nada más importante en el mundo que levantar polvo. En medio de las nubes coloradas se alzaba una casita minúscula que entre tanto tractor pasaba por almacén de piezas de repuesto. Algo así.

Mi abuelo se limitó a decir:

—Esa era la finca.

Fue entonces que cubrí aquella tierra calva con yerba, le instalé cercas alrededor y rodeé el almacén de piezas de repuesto con un jardincito, arbustos de ajíes, corrales y galpones hasta poder aceptar que ese trozo de tierra sin sentido había sido la finca de mi abuelo, el paraíso de mis veranos. No le dije nada. ¿Qué podría haberle dicho? 

Pero mi abuelo, insisto, no era hombre inclinado a la amargura. O sabía disimularla muy bien, que es más o menos lo mismo. Cuando mi padre le pidió mudarse a La Habana lo obedeció sin entusiasmo, pero sin melancolía. Intentó adaptarse como mejor pudo. Los que temíamos que aquella criatura hecha para el aire libre y la montura del caballo se secara en medio del asfalto de aquel pueblito en las afueras de La Habana nos equivocamos. El abuelo pronto hizo amistades con los vecinos y se inventó la ocupación de ir a comprar galletas a Rancho Boyeros para revenderlas en el barrio. Menos por hacer dinero o por nostalgia de sus tiempos de negociante frustrado que por mantenerse ocupado, útil. Su modo de alejar ese punto irreversible en que los viejos se dedican a esperar cómo la muerte va a su encuentro.

Pero el Hambre también destruyó su nuevo plan de vida, su último proyecto de comerciante minúsculo. Ya no había manera en qué transportarse ni galletas que comprar y revender. En ese momento en que mi abuelo se pudo despachar con cuchara amplia todo el rencor que había acumulado contra Aquello se abstuvo de hacer cualquier comentario. En el momento en el que la realidad le daba la razón con más fuerza que nunca, el viejo nos escuchaba desahogarnos mientras mantenía el más estricto silencio. Estricto pero elocuente. Como si no entendiera nuestra molestia tardía contra unas circunstancias que siempre le habían parecido atroces. Como asombrado ante nuestra extraña sensibilidad. O quizás no. Quizás lo que le frustraba tanto como para no querer ni mencionarlo era que, una vez acostumbrado a que Aquello hubiese destruido sus sueños, hiciera lo mismo con los nuestros.

De vez en cuando salía a caminar por el barrio con su cuerpo reducido, su bamboleo cojo de barco, y sus brazos largos y todavía sólidos pero cada vez era más fácil encontrarlo en casa, sentado, leyendo el mismo libro: la poesía completa del falso poeta rústico conocido como El Cucalambé. Fue nuestro mejor momento. Por fin teníamos tiempo que dedicarnos. Yo a preguntarle por enésima vez cómo había perdido dos falanges del dedo índice. O por recuerdos que lo alegraran a él y a mí me dieran idea de cómo era vivir en un mundo tan distinto del mío. Mundo de comida abundante y bromas medievales por el que mi abuelo se desplazaba, orondo. Mundo en que se sentía vivo de una manera que ni siquiera yo era capaz de imaginar.

*Publicado originalmente en Insularis Magazine.

lunes, 22 de agosto de 2022

La Habana hambrienta de Enrique del Risco*


Por Luis Felipe Rojas 

La toma de La Habana por los hambrientos no ha ocurrido todavía. Los amos despiadados, culpables de 63 años de hambre siguen encaramados en el poder, algunos incluso han muerto sin pagar el daño. Pero no hay sepultura oficial que dure cien años ni escritor que no se resista. Por eso Enrique del Risco ha descrito en Nuestra hambre en La Habana —con precisión de relojería y en clave de humor— cada patada en el estómago que sintieron los habaneros en lo que de manera infame el totalitarismo cubano llamó Periodo Especial.

En cambio, en la región oriental, el hambre que sentimos "los palestinos" probablemente tenía, sino "cien años" al menos algunos meses de adelanto. El hambre habanera del Periodo Especial… es un eco que venía recorriendo toda la isla.

Enrisco, como se le conoce al profesor universitario y autor de una novela y algunos textos de no fiction, se ha encargado de pasar por los rayos X a la propaganda oficial cubana. No hay cifras de muertes por hambre desde que a inicios de la década de 1990 arrancara una de las peores hambrunas que haya vivido la Isla en el siglo XX. Nunca contamos los muertos a puñaladas en las colas para la cerveza, los jalones de moño que se dieron las cubanas en la larga espera por comprar diariamente el pan de la bodega, los que quedaron inválidos al ser asaltados para robarles la bicicleta o las cadenas de oro Goldfish de 10k o menos.

No creo que haya tampoco estadística exacta sobre el hambre en Rumanía.

Bitácora de la debacle

El libro fue presentado hace pocos días en el Koubek Center de Miami y si una cosa no podía hacer Enrisco era mentir. El salón estaba repleto de ex vecinos, ex condiscípulos universitarios y cubanos hambrientos de diferentes épocas y lugares a los que habría que contarles muy bien la historia del hambre para no aburrirlos. Y eso hizo, escribirlo en clave de humor.

En 1991 los hilos que tiraban desde Moscú y Berlín del último reducto de comunismo le metieron tremenda finta a su par verdeolivo en el Palacio de la Revolución. En La Habana empezó a hablarse de la Opción Cero, y cuando los mandamases dicen cero, es cero.

En el libro de Enrisco pueden verse en cámara lenta e imágenes dropadas y raídas a más no poder las bombas de gasolina repostando el maltrecho parque automotor con su última gota de combustible, los anaqueles de las tiendas vacíos, los autobuses llenándose de telaraña en los parqueaderos. La gente muriendo como en un bolero donde el marido despechado le mete una puñalada a la amante. Pero no hay cifras.

Y algunos lectores se preguntarán: "¿Bueno, y qué?", porque al fin y al cabo la biografía de la revolución cubana es la biografía del hambre desde 1959. Sin embargo, explicación de por medio, el libro está escrito para checoslovacos, si es que ese gentilicio existe, o para profesoras guatemaltecas despistadas o para turistas incautos a los que todavía les da morbo sentir el olor del derrumbe.

En clave profesoral, el escritor, quien radica en Nueva Jersey, explica que "esto" es el sistema, "Quien tú sabes" es el "Innombrable" de Fidel Castro y se segura de llamar HAMBRE al Periodo Especial.

"No la llores, enterrador"

Muchos tienen por sepulturero al que sepulta a los muertos y pocas veces se le relaciona con la exhumación. Porque a falta de estadísticas oficiales, que nadie sabe si las tendremos algún día, Enrisco se ha encargado de por lo menos marcar el día a día de la desgracia de esos tiempos con una rayita, como la única arma que guarda un prisionero en un cadalso para llevar la memoria de su condena. Lo hace escribiendo, que es como mejor puede hacerlo. Su trabajo durante un lustro en el Cementerio de Colón le ofreció la oportunidad de ver, junto al hambre que arrasaba con todo, el HAMBRE en sentido general que se llevaba casi todo a la tumba.

En esa vía su trabajo de historiador en la principal necrópolis habanera lo convirtió en un excavador, más que en un enterrador.

Un documento necesario

De los inventos del socialismo criollo, traducido para los cubanos y no cubanos que no estaban en la Isla por entonces tenemos: picadillo de soya, picadillo texturizado, ron y cerveza a granel y los camellos, esas bestias rodantes en que nos obligaron a meternos a falta de transporte público. Y pasta de oca; por cierto, ¿alguien ha vuelto a ver una oca en Cuba? El imaginario popular habla todavía de pizzas rebozadas de preservativos (condones) a falta de queso parmesano.

"En los países totalitarios (la Alemania nazi, la Unión Soviética, Cuba) la historia no se escribe sino que se rescribe constantemente", decía Cabrera Infante. Del "HAMBRE" se ha escrito más en clave de timba cubana, exabruptos del "Tosco" José Luis Cortés y su NG La Banda o el fenómeno Buen Vista Social Club que de los años del hambre atroz. La memoria es (s)electiva, ya se sabe. No se puede pedir mucho.

El hambre que trajo la zafra de los 70, la "llenura" que trajo la pacotilla de los vuelos de la Comunidad y el hastío de la Crisis de los Balseros dieron su literatura. A lo mejor por vergüenza o dolor el ahogo estomacal, político y moral, del Periodo Especial no se tenía hasta ahora un libro tan exacto.

Para describir el fascismo eterno o ur-fascismo el gran Umberto Eco apelaba, casi a gritos, a  no perder la memoria, para que el crimen no vuelva a suceder sin que al menos estemos advertidos. "Los seguidores deben sentirse humillados por la riqueza que ostentan los enemigos y por su fuerza", dice en su magnífica conferencia titulada "Contra el fascismo".

El "HAMBRE" eterna

En la Cuba subterránea, la negada a los cubanos, había "de todo". Por eso el alcohol medianamente bueno, un perfume, unos pantalones vaqueros de buena hechura, un libro reciente, un disco extranjero, eran mirados como una ostentación. El poder que humilla.

Y es que tras el hambre general descrita por Enrisco hay filigranas de la precariedad y la escasez que hablan por sí sola. Al tirar de los cables de las carencias como los zapatos nuevos, las golosinas, la falta de lugares para la intimidad, la proliferación de la chivatería, el arribismo en múltiples facetas y la falta de libertad total, aflora en ese tapiz que el régimen, todo régimen, tiende sobre la realidad más inmediata.

El trabajo de Enrisco ha sido el de desvelar un fresco oculto por una tonelada de lodo y oprobio. Sobre el hambre cubana cayó la nieve y el deshielo no llega todavía.

Entre Siempre nos quedará Madrid (Sudaquia Editores, Nueva York, 2012) y esta Nuestra hambre en La Habana no ha discurrido más que un diario puntual que Enrisco ha camuflado poniéndole subtítulos y renombrando capítulos y no con el acostumbrado fechado de los días sufridos.

Esté donde esté el hambre es una sola y ya tiene un guardagujas.


Enrique del Risco, Nuestra hambre en La Habana (Plataforma Editorial, Barcelona, España, 2022).


*Tomado de Diario de Cuba.

jueves, 14 de julio de 2022

El remolcador*

NOTI





remolcador 13 de marzo

En la mañana del 13 de julio de 1994 la radio cubana anunciaba con una celeridad rarísima cuando de noticias importantes se trataba: «Zozobró embarcación robada por elementos antisociales. En la madrugada de hoy, elementos antisociales sustrajeron por la fuerza una embarcación del puerto de La Habana con el fin de abandonar ilegalmente el país». En los días siguientes la propaganda oficial insistió en los términos «robo», «antisociales», «naufragio». Una semana después del hundimiento del remolcador Trece de Marzo presentaron a uno de los supervivientes en televisión declarando que el hundimiento había sido accidental. Que los únicos culpables del naufragio en el que murieron hijos suyos eran él y los que lo acompañaron en la fuga al usar una embarcación demasiado vieja para resistir la navegación en alta mar.

Ya para entonces la radio de Miami llevaba días difundiendo declaraciones de supervivientes que se habían comunicado por teléfono desde La Habana. De las setenta y dos personas que viajaban en el Trece de Marzo, se habían ahogado treinta y siete, diez de las cuales eran niños de entre seis meses y doce años de edad. Los organizadores de la fuga eran trabajadores del puerto: gente que sabía navegar y que en los meses previos se ocupó de reparar y poner a punto la embarcación. Por la radio «enemiga» también supimos que el remolcador fue hundido intencionalmente por cuatro naves que lo esperaron a la salida de la bahía. Que embistieron al Trece de Marzo y le lanzaron chorros de agua para hundirlo. Que en un último intento por frenar el ataque, una madre salió a cubierta mostrando su niño a los atacantes, pero el chorro de uno de los cañones de agua se lo arrebató de las manos.

En Cuba el más amplio recuento del hundimiento del Trece de Marzo lo hizo Fidel Castro en persona. Ya el escándalo se había extendido lo suficiente como para que las versiones de los amanuenses de turno no bastaran. En la versión de Quientusabes —como puede comprobarse en la correspondiente edición del Granma—, un grupo de obreros del puerto, en su afán por recuperar su instrumento de trabajo —el remolcador—, chocan accidentalmente con la embarcación cargada de antisociales y la hunden. No menciona que en el Trece de Marzo viajaban niños. Ni siquiera habla de los chorros de agua, a los que se aludía en una versión oficial anterior, y justifica las acciones de los responsables directos del hundimiento diciendo que «El comportamiento de los obreros fue ejemplar porque trataron de que no les robaran su barco». Quientusabes descarta cualquier posibilidad de enjuiciarlos por la muerte de casi cuatro decenas de personas preguntándose retóricamente: «¿Qué les vamos a decir ahora? ¿Que dejen que les roben los barcos, sus medios de trabajo? ¿Qué vamos a hacer con esos trabajadores que no querían que les robaran su barco, que hicieron un esfuerzo verdaderamente patriótico, pudiéramos decir, para que no les robaran el barco? ¿Qué les vamos a decir?».

Fidel Castro podría haberse desentendido de los que hundieron el remolcador, haber cuestionado su decisión de perseguirlo. Podría incluso haber simulado un juicio y un castigo. Pero con ello habría anulado el objetivo principal del hundimiento del remolcador: advertirles a todos los cubanos lo que les esperaba si insistían en escaparse de la isla. La versión de Fidel Castro terminaba confirmando indirectamente la de la radio de Miami. Quien conozca la mecánica de Aquello sabe lo impensable que resulta que un grupo de trabajadores tengan la iniciativa de tomar cuatro barcos del Estado para perseguir a otro en fuga. De ser sorprendidos durante el asedio al barco prófugo, la mayor preocupación de los perseguidores consistiría en demostrar que no intentaban escapar junto con los fugitivos.

Los detalles de las diferentes versiones, oficiales o no, sugieren que todo sucedió más o menos así: alertadas de que un grupo considerable planeaba escapar de la isla usando un remolcador del puerto de La Habana, las autoridades deciden poner en marcha su propio plan. No se trata de sorprender a las setenta y dos personas mientras abordan la embarcación. Ni luego, mientras salen de la bahía. El plan será hundirlos en alta mar con discreción suficiente para que parezca un accidente, aunque no tanta como para que el resto de los cubanos no capte la advertencia: a partir de entonces no habrá contemplaciones con nadie, ni siquiera ante mujeres o niños. Pero para llevar a cabo el plan no usarían a las tropas guardacostas, la opción más lógica, sino a los trabajadores del puerto. Para que parezca una iniciativa de la clase obrera en defensa de sus intereses.

Suena increíble, por supuesto, pero Quientusabes tenía especial debilidad por que sus actos represivos parecieran iniciativa espontánea del pueblo. Ese mismo pueblo al que había privado de toda capacidad para tomar decisiones propias. Una táctica vieja y repetida. Como al crear las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, supuesta organización popular dedicada a reprimir a la oposición. O al usar un contingente de obreros de la construcción en labores represivas cuando en realidad se trataba en muchos casos de policías secretos disfrazados de constructores que repartían golpes en nombre del pueblo. Un recurso que puede parecer ridículo, pero que, para quien tenga suficientes ganas de creérselo, funciona.

Quienquiera que organizara la operación (y una de esa envergadura solo podía tener un nombre) debió apostar los barcos en las afueras de la bahía. Hacer que todo ocurriera en alta mar, sin testigos ni supervivientes. Eso explicaría que no se detuvieran cuando las mujeres mostraron a sus niños. O que no les bastara con embestir el barco o dispararle con cañones de agua y que, una vez hundido el remolcador, los barcos atacantes dieran vueltas alrededor de los supervivientes para que terminaran de de ahogarse. De acuerdo con estos, solo fueron rescatados cuando un barco mercante griego se aproximó al lugar del hundimiento y los obligó a cambiar de plan. Un crimen perfecto si tu idea de la perfección incluye la muerte de casi cuarenta personas, incluidos diez niños.

sábado, 18 de junio de 2022

Sopa de gallo

Junto al primer capítulo de Nuestra hambre en La Habana los editores de la revista E-Flux  me pidieron que les enviara una "receta significativa" de aquellos años para su número dedicado a la comida y la agricultura. No se me ocurrió una receta que diera a "entender o conocer con precisión" los noventa cubanos que la de "sopa de gallo". Los editores, comprensivos, aceptaron mi propuesta pese a lo mucho que tiene de tomadura de pelo ofrecer como receta la mezcla de agua con azúcar. Creo que entendieron lo revelador que sería para sus lectores que el agua con azúcar pase a ser el plato nacional más socorrido de un país. De manera que publicaron en la revista mi receta magníficamente traducida al inglés por Anna Kushner. Aquí les comparto mi texto original en español.


Sopa de gallo

No hubo receta más socorrida en mi juventud cubana que la llamada “sopa de gallo”. La oración anterior requiere dos aclaraciones. La primera: mi juventud en Cuba coincide con la época que el régimen cubano, con su fecunda imaginación para nombrar la realidad, llamó “Período Especial”. “Especialmente miserable” querían decir, pero no lo decían por modestia. Esa creatividad cubana para bautizar el universo me lleva a la segunda aclaración de la frase que encabeza este párrafo. Y es que la llamada “sopa de gallo” no era otra cosa que el resultado de la mezcla de agua y azúcar. Lo de “gallo” era metáfora pura y nada había en la “sopa de gallo” que recordara a una sopa excepto su consistencia acuosa. No sé si el nombre fue creado en ese momento o provenía de alguna recuperada tradición popular. Lo cierto es que en los noventas las cafeterías del Estado (las únicas existentes por entonces) anunciaban el agua con azúcar como “sopa de gallo” en sus menús. Muchas veces era lo único que ofrecían. O lo presentaban como plato fuerte junto a un postre que usualmente consistía en dulce de cáscara de toronja.

“Sopa de gallo” no fue el único nombre que recibió aquella combinación de agua y azúcar. También se la llamó “prismas”. En ese caso sí puedo explicar el origen. Procede de un programa de televisión titulado así, “Prismas”. Se transmitía hacia las 11:30 pm y se anunciaba con la frase “poco antes de la media noche… ‘Prismas’ es para usted”. Esa era más o menos la hora que el agua con azúcar se hacía más necesaria para apaciguar el hambre y permitir que nos fuéramos a la cama con algo en el estómago. “Milordo” fue otra designación que recibió la mixtura de agua y azúcar, pero su etimología me es desconocida. Como dicen de los inuit y la nieve, los cubanos nos prodigamos en nombrar al azúcar disuelta en agua. El azúcar era todavía la primera industria del país y, dentro del estrechísimo racionamiento con el que debíamos sobrevivir la cuota de azúcar, era particularmente generosa: cinco libras por persona al mes. El agua no abundaba precisamente, pero al menos alcanzaba para confeccionar dicho plato.

Ingredientes:

-Agua

-Azúcar

Instrucciones:

Rellene un recipiente cualquiera con agua. Puede ser fría, caliente o del tiempo, así de adaptable es la receta al gusto del consumidor. Luego añádale tantas cucharadas de azúcar como desee. Revuelva enérgicamente la mezcla con una cuchara. Eso es todo.

Puede servir la sopa de gallo de inmediato o, si lo prefiere, refrigerarla antes de consumirla. No se tome muy al pie de la letra el nombre de la receta. No es necesario que se la sirva en un plato hondo o que la tome con cuchara. Con un vaso cualquiera es suficiente.

Nota:

Tras unos cuantos días consumiéndola el sabor de la sopa de gallo se vuelve monótono. Se recomienda en ese caso que, antes de añadir el azúcar, ponga el agua a hervir con alguna planta aromática. Me dirán que en sitios en los que la “sopa de gallo” se considera un plato aceptable no abundarán las plantas aromáticas y tendrán razón. Por eso, llegada la hora de preparar mi “sopa de gallo” salía a merodear los jardines de mis vecinos para robarles unas ramitas de toronjil de menta o de cañasanta. De ahí que la nocturnidad en el consumo de la sopa de gallo se complementara a la perfección con la tarea de eludir la vigilancia que los vecinos pudieran ejercer sobre sus jardines. Nunca pensé ponerle nombre a esa variante, pero bien podría ser “sopa de gallo a las finas yerbas”. Si el verbo no encuentra maneras de infundirle nueva gracia a la materia ¿cómo justificar su existencia entonces?

viernes, 17 de junio de 2022

A Turntable

Magnífica traducción de Anna Kushner del primer capítulo de Nuestra hambre en La Habana publicada por la revista E-Flux

A Turntable

As soon as I started working, I would buy myself a turntable. I was set on it. Not right away, of course. With my first paycheck as a recent university graduate, I would treat my parents to eat at our family’s favorite restaurant. But if I saved a quarter of my following three monthly paychecks of one hundred and ninety-eight pesos, by the beginning of the following year, one of those turntables from the German Democratic Republic that had spent decades accumulating dust in the capital’s stores would, at last, be mine. It didn’t matter to me that humanity was moving on, en masse, to the crystalline sounds of CDs, or that, months before, the Berlin Wall had fallen. CDs were still an urban Cuban legend, and of the clamorous falling of that wall, only a vague buzz reached Cuba, a place that was more of an island than ever in those days. My dream of at last having a device that would play back any music I wanted seemed viable. Although not quite. I wasn’t going to listen to any music I wanted. If anything, maybe a few domestically produced records as dusty as the turntable I planned to buy myself and some classical music sold at the Czechoslovakian House of Culture, an institution that was increasingly becoming a relic of the past. A past in which expressions like “Soviet sphere” or “Soviet Bloc” made sense.

Jineteando

However, and without any effort on my part, my seemingly modest ambition turned into an unattainable utopia. Then, it turned into nothing at all. But at least, after my first month of working at the cemetery, I was able to invite my parents to eat at El Conejito. It was the night of October 9, 1990. I remember because, as we were settling in at the restaurant, Cleo mentioned that it was John Lennon’s birthday. That night, I was unaware that the country that manufactured my beloved turntable had disappeared just days before into a union with its former rival, the Federal Republic of Germany. Nor did I know that it would be the last time I would eat at that restaurant. Or that soon enough, even the very notion of a restaurant would enter a phase of extinction. I, who thought that with that dinner I was celebrating my debut as an employed person, was actually bidding goodbye to the world as I had known it until then.

For our family, that dinner was the end of the world that had been socialist prosperity, an oxymoron that was made up of nearly endless lines for nearly everything, horrible public transport, and the forced ascetism of the ration card. A prosperity in which meat, seafood, and beer were absolute luxuries, but in which at least rum and cigarettes were plentiful. A world in which anything relating to food services was a sadistic enterprise and bureaucracy was Kafkian to such a degree to infuse this writer’s works with new meaning. A choreographed poverty for which we would soon develop a fierce nostalgia.

The following months would be ones of a prodigious quantity of disappearances. First, the rum and cigarettes disappeared. The rum disappeared from lunch counters leaving the bottles of Soviet vodka at the mercy of the boozers who had not noticed them until then. Later, vodka also disappeared. Not food. Food had disappeared from lunch counters ever since the 1970s: what it did was reappear intermittently, more or less. Until, at a moment that was difficult to pinpoint, that intermittence also disappeared. Something similar happened to toilet paper: after having an evasive relationship with our asses for years, it came to be definitively replaced by newspaper. (Some, with a more vengeful streak, recurred to the pages of the Socialist Constitution, of the Programmatic Platform of the Cuban Communist Party, or of the complete works of Marx, Engel, and Lenin printed by the Soviet publishing house Progreso on pleasant Bible paper).

Not long after, public transport would disappear almost entirely. The buses that used to come every half hour started to come every three or four hours. Many of the bus routes disappeared without a trace.

Porch lights also disappeared.

As well as any outdoor furniture.

And cats.

And fat people.

Cats because they were hunted and eaten. And fat people because they didn’t eat enough. All that remained of the obese of yesteryear were pictures in black and white, framed in living rooms alongside those who sat, unrecognizable, with their skin hanging off of their arms, evoking what they now viewed as their good times.

Not everything was about disappearances.

Some things actually appeared and others reappeared after not having been seen for a long time, almost all of them meant to substitute the absence of food and transport. Or cigarettes and alcohol.

There’s nothing like a good crisis to turn alcohol into an essential item.

A good deal of the food, public transport, and alcohol substitutes were provided by the government itself to ease a crisis that it insisted on calling the Special Period.

Novelties such as:

–Soy picadillo

–(Hot) dogs without casing

–Goose paste

–Texturized picadillo

And, of course, bicycles.

The bicycles were not to be eaten. They were meant to substitute public transport. The dogs, picadillo, and paste were equally unpalatable, but were aimed at substituting food. (Don’t let yourself be fooled by names that had little to do with what they represented. Just as our stomachs were not fooled when they tried to process these dishes.)

The following also appeared:

–Rum in bulk

–Orange sparkling wine

–Yellows

–Camels

(Yellows were government employees who, posted at bus stops and strategic points around the cities and highways, were authorized to stop public or private vehicles and jam into them as many passengers as possible. Camels were enormous trucks poorly retrofitted for passenger transport, to the extent that the passengers came out transformed into something completely different. It’s no wonder that the camels were nicknamed “the Saturday night movie” due to the sex, violence, and adult language that took place on them.)


Between reappearances, there was an incredible uptick in the production of home-produced alcohols. And of the names to designate these: “train spark,” “tiger bone,” “time to sleep, my boy,” “man and earth,” “azuquín,” and others that were even more untranslatable into any known language.

Pigs became domestic animals: they would grow alongside the family and sleep in the bath tub to be devoured or sold as soon as they had gained sufficient weight.

If they weren’t stolen first.

Rarely-heard-of illnesses appeared, the natural offspring of poor nutrition. A result of poor hygiene and lack of vitamins.

(Because soaps and detergent—I forgot to say—were also among the first casualties.)

Illnesses that resulted in disabilities, blindness, or, if not treated in time, death.

Epidemics of polyneuritis, of optic neuropathy, of beriberi, of suicides.

Suicides not just of people. In those days, I recall seeing more dogs run over in the streets than ever and I supposed that they, too, tired of living. Or that the drivers tired of swerving around them.

Everything else was shrinking. The food rations that the government sold monthly, the hours of the day with electric power, the gas flame on the burner. Life.

The monthly ration of eggs was reduced to the extent that eggs ended up being nicknamed “cosmonauts” because of the countdown: “8, 7, 6, 5, 4.” I remember that at some point, the personal ration was reduced to just three eggs per month. After that, I don’t remember anything.

Bread also shrunk until it was nothing more than a portion that fit in the palm of your hand and, as a result of its obvious lack of basic ingredients, it turned out to be difficult to keep from crumbling between your fingers before you got home. (Paper bags had also disappeared and the plastic kind had always been a privilege reserved for foreigners, so the carriage of bread was inevitably done manually.) But not even the miserable and shrinking condition of those breads protected them against our hunger.

The struggle for our daily bread became a literal one: one day, while visiting the home of a fairly successful actor, I found myself in the crossfire between the actor and his teenaged son, whom the former was reprimanding, after the latter had consumed the bread belonging to them both, before trying to scarf down his mother’s piece.

The only thing that remained unchanged was official discourse. With “official discourse,” I am not referring to the “tendencies of elaboration of a message though expressive means and diverse strategies.” I’m talking about the more concrete definition of “a series of words or phrases employed to manifest what one is thinking or feeling.” Or, more precisely, what the country’s máximo líder thought and said, which was equivalent to what the country itself thought and said. Words and phrases that unfurled for hours in order to say the same thing over and over again: how willing we were to defend the conquests of the Revolution and how poorly it would go for us if it occurred to us to change our political regime Or how poorly it was going for the world when compared to us. Or how well we were doing if we compared ourselves with everyone else. I don’t remember them exactly nor do I have any desire to reread those speeches.

Said speeches also insisted on the irreversibility of our decision to build socialism, taken long before we had been born.

It was becoming clear to us that capitalism was built at the slightest neglect, while socialism required decades of incessant labor and we still couldn’t see whether we’d be able to put a roof on it.

Ours was open-air socialism.

Print media and television imitated official discourse in not letting on that there were any changes happening in our European sister socialist republics: the same triumphalist discourse about local advances in the building of socialism, the same quantities of overachievement, the same exuberant potato harvests that you couldn’t find anywhere later. That media did not outright announce the fall of the Berlin Wall. Or the execution of Nicolae Ceauşescu. Or the Tiananmen Square Massacre.

The events that were inconvenient to official discourse were either ignored or communicated in a way that differed as much with the reality as our homemade moonshine did with industrial alcoholic beverages.

In all those years, I did not hear the official media pronounce the word “hunger” except for in reference to another country. In those years, our misery did not receive any other name besides Special Period, a phenomenon that had its origins in “difficulties known to all.”
Ostentando

It was in those years that I was young, a recent graduate, happy.

I was lucky. Others were in the roles of mothers and fathers overwhelmed by the task of feeding their children without having any available food. Forced to make an omelet out of a solitary egg for four, five, ten people. Forced to prostitute themselves so their children could wear clothes. Forced to steal so their grandparents would not die of hunger.

Because there were those who died of hunger. Many. They were not reported as such. Somebody was reduced to nothing more than skin and bones and then a simple cold, a heart attack, a stroke finished him off. Or he committed suicide. Or he jumped on a balsa raft, which was another form of suicide. A hopeful suicide. Because if you got to Florida or some American boat picked you up along the way, you were saved. Back then, we called that “going to a better place.” Leaving the country, I mean. Traversing over ninety miles in those contraptions made of wood, nets, ropes, and truck tires across a rough sea, brimming with sharks, has always been something akin to a miracle. Even if we distribute the possibilities of death and escape evenly, it is a shuddersome prospect.
Later on in the day of the exhibition Del Bobo un pelo. On the other side of the little Cuban flags were printed the exhibition’s credits. Image courtesy of the author.

From 1990 to 1995, at least forty-five thousand Cubans arrived in the United States via balsa rafts.

You do the math.

And there are others, the ones who died in their homes of some illness that was hurried along by hunger.

Of those deaths, no one has reliable numbers. Nevertheless, this might give you an idea: in 1990, the average number of burials in Havana’s main cemetery fluctuated between forty and fifty daily. Forty on weekdays, fifty on Saturdays and Sundays. I know because I worked there. I left and when I returned, three years later, the sum had doubled: eighty burials from Monday to Friday and one hundred on weekends.

You do the math.

In the middle of that silent massacre, I treated myself to many luxuries. The luxury of going to the movies, of reading, of going to see friends and having them over, of continuing to write. The luxury of being haughtily irresponsible, of being happy in the midst of that atrocious hunger that invaded everything and made people pass out at bus stops or in the waiting room of any medical clinic.

That didn’t save me from going to bed hungry. Or from waking up hungry. From having a glass of powdered milk for breakfast and half of the infinitesimal piece of bread Cleo shared with me. From putting a bit of rice and soy picadillo or fish croquettes in a plastic container as my lunch (please don’t take the names we gave our meals too literally: we used them out of habit, so that we could deceive our hunger in the most effective way possible). Then, from biking over to the cemetery. Yes, throughout a large part of my last Cuban years, I pretended to be the historian for the city’s main cemetery. Fifty-five hectares covered in crosses and marble. Or, what amounts to the same thing: fifty-five hectares of hunger surrounded by hunger on all sides.

Because even in the very center of the city, in an area surrounded by lunch counters, restaurants, pizzerias, and ice cream shops, everything was closed due to a lack of food.

In times of absolute State control over the economy, the equation was simple: if the State didn’t have anything to sell, then there was nothing to buy.

And if they suddenly sold some cold cut with a dreadful appearance, you would have to spend three or four hours in line to buy it.

That was why I had to abide by whatever I carried in that little plastic container and wolf it down before the savage heat of the tropics turned into a slimy, foul paste. Savor it down to the last crumb because there would be nothing else to eat until I returned home, at five in the afternoon, on my bicycle.

Or not. Because at home I wouldn’t find much, either. Rice, some vegetable, and later a brew of herbs yanked surreptitiously from the neighborhood’s flowerbeds to fool a hunger that was increasingly clever. I preferred for hunger to overtake me while I was out, watching some movie. Usually something I had already seen, at the Cinemateca, because the alleged new release movie houses projected the same films for months. At least at the Cinemateca, they showed one and sometimes two different films per day. I would meet up with Cleo there, when she got out of work, and my brother and his girlfriend or any of my friends would show up. In a city in which anything at all cost between twenty and fifty times what it used to be worth, at least a movie ticket remained at the same price.

With my monthly salary, I could go to the movies two hundred times. Or buy myself two bars of soap.

It was rare for us to miss a concert, a play, or a ballet. There weren’t many artistic performances to attend: local singer-songwriters, Third World rock bands, European theater companies lost in some exchange program.

The empty, dark city, and there we were pedaling around. And praying for the “difficulties known to all” not to cancel that night’s event. To not return home with an empty stomach and equally voided spirit. Plowing through the dark, desolate city atop a bicycle, with a machete in hand so that anyone with the intention to attack us could see it.

Bicycles were like gold in those years. Like everything that could be used to move, get drunk, bathe, or fill a stomach.

The next day, the cycle would repeat itself: powdered milk, bicycle, rice, beans, movies, bicycle, rice, beans, and herbal brew.

A cycle accessible only to those of us who had the privilege of not having to support a family, a household. The luck of not being forced to take life seriously.

Between that October in which I invited my parents to eat at their favorite restaurant and the other October in which I finally left Cuba, five years passed. A horrific, interminable quinquennium.

And a happy one, because I had the good fortune of being young, irresponsible, and in good company.

But, as far as I can remember, not a single time in those five years did I again think of the record player. The record player I had not been able to buy myself because the country that produced it had disappeared along with our lives of yesteryear.

Disappeared for good and for worse.

Now, at last, in the middle of hipsters going gaga over vinyl records, I’ve bought myself a small record player. A pretext for gathering, in no hurry, but steadily, the record collection I never had.

Let others search for an authenticity in those records that is unknown in the digital world: for me, that turntable has the sweet, cold taste of revenge.1

Recipe: Rooster Stew
No recipe came to the rescue more often in the Cuba of my younger years than the so-called “rooster stew.” The previous sentence requires two clarifications. First: the Cuba of my younger years coincides with the era that the Cuban regime, with its fertile imagination for naming reality, calls the “Special Period.” “Especially miserable” is what they meant, but they didn’t say so out of modesty. That Cuban creative penchant for dubbing the universe leads to me to the second clarification. And it is that the so-called “rooster stew” is nothing more than a mixture of water and sugar. The bit about “rooster” is purely metaphorical and there was not a single thing in the “rooster stew” that evoked stew except for its watery consistency. I don’t know if the name was invented at that time or if it was an old popular expression brought back into service. What I do know is that in the 1990s, the state’s lunch counters (the only ones in existence by then) advertised water with sugar as “rooster stew” on their menus. Often, it was the only thing they had to offer. Or they presented it as the main entrée along with a dessert that usually consisted of sweetened grapefruit peels.

“Rooster Stew” was not the only name for that combination of water and sugar. It was also called “prisms.” In this case, I can explain the origins. It comes from a television program with that name, “Prisms.” It came on around 11:30 pm and was advertised with the tagline, “just before midnight … Prisms is for you.” That was at roughly the same time water with sugar was needed most to calm hunger pangs and allow us to go to bed with something in our stomachs. “Milordo” was another appellation this mixture of water and sugar received, but I do not know the etymology. As they say about the Inuit and snow, we Cubans had an abundance of names for sugar dissolved in water. Sugar was still our country’s main industry and, within the strictest rationing constraints we had to survive, the sugar quota was particularly generous: five pounds per person per month. Water was not exactly plentiful, but at least there was enough to prepare said dish.

Ingredients:

–water
–sugar

Directions:

Fill any container with water. It can be cold, hot, or room temperature, that’s how adaptable this recipe is to individual tastes. Then add as many spoonfuls of sugar as you like. Stir the mixture vigorously with a spoon. That’s it.

You can serve the Rooster Stew immediately or, if you prefer, refrigerate before serving. Don’t take the recipe’s name to heart. There is no need to serve it in a bowl or to eat it with a spoon. A glass will suffice.

Note:

After drinking it for a few days, the taste of rooster stew becomes monotonous. In this case, I recommend that, prior to adding the sugar, you boil the water with some aromatic herbs. You might say that in the places where “rooster stew” is an acceptable dish, aromatic herbs aren’t abundant, and you would be right. As such, when the time came for me to prepare my “rooster stew,” I would go wander around my neighbors’ gardens and steal some sprigs of balm mint or lemongrass. This made the nighttime consumption of rooster stew a perfect compliment to the task of eluding any surveillance the neighbors could exercise over their gardens. I never thought of naming this variation, but it could well be “Rooster Stew aux Fines Herbes.” If the word can’t lend a certain grace to the matter, then how to justify its existence?
Notes
1 Excerpted from Nuestra Hambre en la Habana: Memorias del Período Especial en la Cuba de los 90 (Plataforma Editorial, 2022).