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sábado, 9 de septiembre de 2017

Una polémica sobre el humor cubano

1.
De cuando en cuando los cubanos se enzarzan en debates sobre la crisis de algún aspecto específico de la vida nacional ya sea la música, el béisbol o el humor. Curioso ejercicio cuando cualquiera de estas manifestaciones de la vida nacional funciona –con todo y la crisis que le atribuyen- muchísimo mejor que el país en su conjunto. Cuba termina en octavo lugar en un campeonato mundial de béisbol y desata bastante más alarma que el detalle de que el ingreso per cápita ande por el lugar 150 o la libertad de prensa en el 173.  Todo ello dice mucho de la sensibilidad cubana y de su carácter profundamente austero y discreto.
2.
Uno de los humoristas cubanos que más respeto lanza leña al eterno fuego de la polémica afirmando “que el humorismo cubano cayó en ‘picada’ debido a un factor muy importante. ‘El cambio de escenario’, Del teatro a la tv. La televisión es más permisiva con el mal gusto que con el humor inteligente”. Supongo el humorista se refería al fenómeno al que asistí al menos en sus comienzos.  El de ver a mediados de los 90 cómo el pujante movimiento humorístico, emergido en la segunda mitad de la década anterior en peñas y teatros, se vulgarizaba al contacto con un medio mucho más masivo como la televisión, proceso que encontró en el programa “Sabadazo” su expresión más conocida pero no necesariamente peor. Si todo se tratara de la caída de calidad de una disciplina artística cuando transita de un medio más selectivo a otro masivo el caso, por repetido, no resulta demasiado interesante discutir. En la relación entre masividad y calidad, más suele ser menos. Veamos si vale la pena aproximarse de otro modo.
3.
Primero una reconstrucción de la historia del humor en esos años. Habría que partir de la llamada crisis del humor que se debatía a principios de los ochenta. En eso hay poco que discutir: todos concuerdan que en aquellos años casi todo lo que pasaba bajo la etiqueta de “humor” podría añadírsele la de “infumable”. Los viejos programas se iban anquilosando y las “nuevas” propuestas parecían más viejas todavía. (Yo tengo una teoría. ¿Si en aquel Quinquenio Gris que duró quince años a Lezama o a Piñera se les negaba el derecho a ser publicados qué podrían esperar los pobres humoristas? Años en que lo más atrevido que se dijo en televisión fue aquella famosa morcilla de “Si no te portas bien te pongo a ver muñequitos rusos” y no quedó sin inmediato castigo. Pero ya ustedes saben de qué pata cojeo.) El llamado movimiento humorístico de los 80 fue una respuesta espontánea a esa crisis. Espontánea y sumergida: la televisión mantenía los mismos niveles de infumabilidad mientras las peñas y teatros empezaron a ser invadidos por grupos aficionados, casi siempre universitarios, que exponían su humor a un público con una preparación similar que acudía a dichos espacios a buscar lo que la televisión no les ofrecía. La más notable y ssotenida presencia de los humoristas de nuevo cuño en los medios fue a través del radial Programa de Ramón en una emisora provincial.
4.
Hasta que llegó aquella cosa terrible que llamaron Período Especial y en medio de ello un programa como “Sabadazo”. No tengo idea de cómo fue su concepción, apenas puedo hablar de sus resultados: aunque fue incorporando a varios de las figuras del pujante movimiento humorístico surgido en la década anterior (de una manera bastante arbitraria e independientemente de la relevancia, experiencia y calidad que habían adquirido durante años en otros medios) la puesta en escena sabía a retroceso. Se trataba, sin mucho disimulo, de una vuelta al viejo teatro bufo de la república que la cultura oficial había tratado de exterminar durante décadas. El resultado era burdo, es cierto, pero bastante más eficaz de lo que habían tratado de pasar por humor en la televisión durante décadas y el éxito fue, lógicamente, avasallador. (No reniego del bufo, un género que alcanzó una calidad altísima, pero surgido y desarrollado en un una sociedad muy distinta a la Cuba de los noventas).
5.
Ese fue el inicio de lo que se ha visto como una caída imparable de la calidad del humor que se producía en la isla con respecto a la (discutible) excelencia de años anteriores. Pueden buscarse las causas en muchos sitios. Yo me limito a señalar la más obvia: la condición profundamente disfuncional de la sociedad cubana. Una disfuncionalidad que explica que surgiese con tanta fuerza en un país pobre un movimiento de humoristas compuestos por futuros profesionales que actuaban gratuitamente para un público con un nivel cultural más o menos alto y sin que durante años tal fenómeno acabara de profesionalizarse. Y cuando se llega a la fase mediática y comercial, la de la televisión primero y la de los centros nocturnos más tarde, lo hace en condiciones igualmente anormales: no se trata, a mi entender de que las autoridades de la televisión (y quien dice “televisión” en Cuba, dice “país” dice Poder, con mayúsculas) fueran más permisivas “con el mal gusto que con el humor inteligente”. Más que permisivas con el mal gusto eran intransigentes con todo lo que oliera a conflictivo y, como en aquel viejo chiste, no hay nada más conflictivo que la inteligencia. El resultado, de repetirse tanto en la historia reciente cubana no debería sorprender a nadie. Ahí lo tenemos con la música bailable: no es que las autoridades estuviesen especialmente interesadas en promover el reguetón pero veían a este género, comparado con opciones más “conflictivas”, como un mal menor. Luego se quejará de la vulgaridad pero en su fuero interno debería saber que la prefiere y que de muchas maneras la ha estimulado. Pueden tales autoridades lanzar todas las campañas que quieran contra la vulgaridad pero prefieren la peor de las groserías a un chistecito sobre el contenido del seboruco de Santa Ifigenia.
6.
Esa es más o menos mi versión sintética de la llamada crisis que insisto, no me parece especialmente preocupante. Me preocupan crisis más profundas y antiguas que los humoristas solo mencionan de refilón y que se reflejan categorías tales como Producto Interno Bruto, Libertad de Prensa y Posibilidad de que el Jefe de Estado Cambie de Apellido. Pero tampoco hay que insistir en ello porque el principio fundamental de cualquier humorista no es el de ser inteligente sino evitar caer pesado.     



viernes, 2 de octubre de 2015

Totalitarismo y prejuicio

La reseña publicada el domingo en Diario de Cuba sobre la Historia mínima de la revolución cubana de Rafael Rojas ha venido acompañada con “ataques” y “defensas” que lo mismo atribuyen el libro de Rojas a pactos con el castrismo que mi reseña a oscuros rencores personales.  Dado lo crispado que anda el ambiente en estos tiempos ese descenso de la discusión a un largo repertorio de bajezas no me sorprende demasiado. A Rojas –con quien tengo una larga relación de amistad- tampoco le debe de haber sorprendido que en la reseña intente continuar discusiones públicas y privadas que hemos sostenido sobre los temas que toca el libro, temas que me parecen vitales en cualquier debate que se emprenda en esos tiempos sobre el pasado reciente. Como tampoco creo que Rojas imagine, como buena parte de sus defensores de estos días, que lo estoy acusando de castrista. Si algo me decidió a escribir esa reseña fue la convicción que su lectura de mi texto no sería tan elemental.

De todo el barullo generado por la reseña me parece atendible la insistencia de algunos comentaristas anónimos en que la ausencia de conceptos como “dictadura” o “totalitarismo” para definir al régimen existente desde 1959 es sustituida en el texto satisfactoriamente por el de “régimen comunista”. Pero que sea atendible no significa necesariamente convincente porque para ello habría que concordar en dos cosas: una es que comunismo y dictadura totalitaria son sinónimos perfectos; la otra es que el régimen que controla Cuba desde 1959 puede definirse objetivamente como comunista. A la primera condición no le haría objeciones pero sospecho que buena parte de los lectores no iniciados en estos temas –que es a quienes están dirigidas estas historias mínimas- no necesariamente estaría dispuesta a aceptar esa equivalencia de una ideología que las más de las veces le puede parecer exótica y utópica pero no necesariamente opresiva. En cuanto a la segunda condición, o sea, la precisión conceptual del uso del término “comunista” para definir la revolución cubana, es mucho más inexacta que definirla como “dictadura totalitaria”. Haga la prueba más elemental: búsquense las definiciones de ambos términos, compárese con la realidad que nos ocupa decida cuál es la que la retrata mejor.

Si todo fuese una cuestión de nombres estaría dispuesto a aceptar que mis objeciones son definitivamente bizantinas y pueriles pero no creo que sea así. Insistir en el carácter comunista del régimen es aceptar la coartada ideológica que durante una época utilizó para legitimar su poder absoluto sobre la sociedad cubana como mismo ha utilizado antes y después la coartada ideológica del nacionalismo. Es incurrir en la comodidad que supone adoptar el nombre que cualquier régimen se da así mismo. Al decir un tanto bíblico y maniqueo del poeta Joseph Brodsky en una polémica con Vaclav Havel “comunismo” es “una terminología […] inventada por el mal para obscurecer su propia realidad”. Estoy seguro en que Rojas concordaría conmigo en que si bien el oficio del historiador no incluye entre sus obligaciones denunciar el mal no por eso debe renunciar a iluminar la realidad de que se trate. Y en la historia cubana reciente hay muchos hechos y procesos que el libro de Rojas o ignora o los presenta de una manera bastante oscura e irreconocible.

“Hasta el día de hoy la palabra ‘comunismo’ sigue resultando cómoda, pues todo ‘ismo’ sugiere un hecho consumado” dijo Brodsky en aquella polémica. Algo de ese fatalismo hay en el libro de Rojas, en presentarnos la revolución cubana como una realidad inevitable y casi automática donde ese “liderazgo carismático” de Fidel Castro -del que tantas veces el propio Rojas ha hablado en otros libros- se desvanece. Tal parecería que en su intento por desdramatizar la historia cubana Rojas no halla otra solución que rebajar la importancia de sus protagonistas. Por otra parte, insistir demasiado en la naturaleza ideológica y socioeconómica del poder de los Castro sobre el país equivale a ignorar cómo ha administrado durante estos años su poder, a desconocer cómo cualquiera de las decisiones tomadas podrían ser incongruentes con la ideología oficial del momento pero nunca con la concepción que del ejercicio del poder tiene Fidel Castro; definir al régimen como comunista equivale a no comprender cómo ha sobrevivido dicho régimen independientemente de la ideología y el sistema socioeconómico que esgrima en determinadas circunstancias. El concepto de comunismo es incapaz de explicar al mismo tiempo la capacidad del castrismo de exportar guerrillas marxistas en los años sesentas o sistemas represivos a los socialismos del siglo XXI. Conformarse con el término “comunismo” nos impide, en fin, entender que en su aprendizaje y en su accionar político Fidel y Raúl Castro están más cerca de Maquiavelo y Vito Corleone que de Marx y Lenin, salvando, claro está, el detalle de que Lenin cuando no se empeñaba en explicar el engranaje del materialismo dialéctico tenía mucho de Corleone.

 (Por supuesto que en los años formativos de los Castro no se conocían las andanzas del famoso -y ficticio- capo siciliano pero en cambio el poderoso gangterismo político que se desarrolló en la segunda mitad de la década del cuarenta fue parte esencial de la etapa formativa de Fidel Castro. Como digo en la reseña, que dicho gangsterismo no se mencione en el libro deja sin explicaciones más de un fenómeno abordado en la “Historia mínima”. Por otra parte, de la avidez con que la élite cubana  revolucionaria recibió la novela de Mario Puzzo se da constancia en el libro “Dulces guerreros cubanos” de Norberto Fuentes).

Si todo se redujera a la elección de un término, repito, quizás me merecería la acusación de algo así como ser la versión inversa del Departamento de Orientación Revolucionaria, de estar acusando a Rojas de no ser lo suficientemente anticastrista. Si fuese así bastaría entonces con un cambio de conceptos y de incluir quizás la mención de las cifras totales de ejecuciones políticas judiciales y extrajudiciales, o del total presos de conciencia o de exiliados que ha dejado como saldo el proceso que damos en llamar “Revolución Cubana”, datos que el libro de Rojas no menciona. Mucho más importante para el oficio del historiador es tratar de entender el proceso que tiene delante y la dinámica que lo domina y da sentido y es lo que siento que se le escapa a Rojas en un libro por otra parte muy informado y cuidadosamente construido algo que se nota en su dificultad de lidiar con aquellos “hechos incómodos” que según Max Weber todo científico encuentra en su camino.

De ahí que las respuestas a las preguntas más elementales que surgen cuando uno se enfrenta a un fenómeno como este (¿por qué ocurrió? ¿cómo ocurrió?) sean satisfechas de manera muy parcial. Ya se sabe que siempre las respuestas a estas preguntas son parciales pero dado el cúmulo de evidencias disponibles uno percibe que en este gran esfuerzo que supone construir un relato coherente se pudo llegar bastante más lejos, incluso optando por la manera del relato tradicional escogida por Rojas. Y es entonces cuando la precisión conceptual puede ayudar a iluminar con mayor o menor claridad el camino a recorrer. Para determinar qué tiene en común un proceso tanto con los que lo precedieron como los que lo acompañaban en el tiempo y en qué se distingue realmente de estos. Para darle su peso relativo en el marco más amplio de la historia universal contemporánea. Identificar al castrismo sólo con el comunismo y no en el marco de otros sistemas totalitarios y dictatoriales del siglo XX equivaldría entonces –y discúlpeseme lo elemental del símil- con identificar a un gato dentro de la familia de los felinos pero de algún modo pasar por alto que se trata de un mamífero carnívoro. Sólo así un fenómeno como el de la revolución cubana se hará menos exótico e incomprensible que aquellos cuadrúpedos que los conquistadores españoles encontraron a su llegada a América y que se resignaron a llamar “perros que no ladran”. Incluso para los que experimentamos ese fenómeno como parte esencial de nuestras vidas y seguimos buscándole sentido. O sobre todo para nosotros, para los que, en contraste  con nuestra experiencia, tal extrañeza menos justificable y creíble. 

A lo que apuntaba mi reseña era a aventurar que buena parte de las omisiones, inexactitudes y afirmaciones difíciles de sostener del libro de Rojas podrían deberse, más que a intenciones conscientes del autor, a un ambiente intelectual y académico en que el fiel de la balanza está corrido a favor de un régimen cuyo principal mérito está en la mera supervivencia. Ese corrimiento hace que al sopesar el pasado del régimen se considere de mal gusto insistir en ciertas realidades, en ciertos términos (como el de totalitarismo) o que se lo valore con menos rigor que a otros sistemas similares por el simple hecho de que se ha mantenido cuando estos cayeron. (Ya sé que luego de que el castrismo se ha pasado su existencia diciendo que 2+2=5 debería parecernos un 2+2=4,5 es más cercano a la realidad pero entonces deberíamos tener en cuenta todas las consecuencias que supone ese extraño modo de cómputo en el que 2=2,5 o que 2-2=0,5 o -0,5 y así sucesivamente). Esa supersticion ante el milagro de la supervivencia no impide la crítica pero previene a muchos estudiosos de parecer “anticastristas” como pecado de lesa objetividad (mientras por otro lado es perfectamente legítimo ejercer otras fobias, como las del antirracismo, el antifascismo o hasta el anticapitalismo). Asumo el temor a parecer "anticastrista" (o incluso "castrista") como un prejuicio tan coyuntural como cualquier otro y frente al que cualquier estudioso o intelectual debe resistirse a riesgo de resultar más un vocero de las supersticiones de su época que analista lúcido de ella.

Esa insisto, es la parte más aventurada de mi reseña pues obedece a meras suposiciones con las que trataba de explicar las carencias objetivas del libro de Rojas. Discútase ad infinitum la precisión de un término sobre otro pero las insuficiencias que afectan la narrativa de la “Historia mínima de la Revolución Cubana” seguirán ahí, intactas. Como mismo lo está ese régimen que persiste en tejer desdichas para que los historiadores escriban sobre ellas. O no.  


P.D.:
También en este blog puede leerse sobre debates en torno al concepto de "totalitarismo" el post El totalitarismo y los cubanos o revisar los post que aparecen bajo esta etiqueta. 

lunes, 24 de agosto de 2015

Comunismo y nación (notas sobre una polémica II y final)

"Lo finito confunde siempre lo estable con lo infinito" dice Brodsky en su ensayo "Altera ego" sobre la actitud de los poetas hacia sus amores terrenales y algo similar se puede decir de la relación entre los oprimidos y sus opresores más estables. “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece” es el extracto de sabiduría con el que se intenta explicar (y cancelar) la persistencia de un régimen haciendo énfasis tanto en el carácter de un pueblo determinado como el merecimiento del régimen en cuestión. Y no parece importar que en el caso del comunismo, como señalara Brodsky, este floreciera “con igual intensidad en latitudes y culturas extremadamente distintas”. Tanto las diferentes circunstancias en que se ha impuesto el comunismo como la similitud de resultados que consigue en sociedades totalmente extrañas entre sí bastaría para anular el argumento esencialista pero entonces entra a jugar esa necesidad sociológica y hasta psíquica que encarna el verbo “merecer”. Porque, puestos a considerar las causas de la instauración y persistencia de un sistema tan adaptable no es difícil dar con culpas nacionales para las cuales el comunismo suponga un merecido castigo. Sucede, a niveles sociales, lo mismo que según Brodsky le ocurre a los individuos frente al poder:
"¿no abrigamos todos un cierto sentimiento de culpa, sin relación alguna con el poder, desde luego, pero claramente perceptible? Por ello, cuando el brazo del poder nos alcanza, en cierto modo lo consideramos un justo castigo, un instrumento contundente, y a la vez esperado, de la Providencia. […] Uno puede estar del todo convencido de que el poder se equivoca, pero pocas veces está uno seguro de su propia virtud"
Esta aceptación de la culpa propia, individual y colectiva, en lugar de generar un saludable análisis autocrítico a menudo no ha hecho más que acentuar la profunda impotencia que de por sí engendran los regímenes totalitarios y estimular el improductivo ejercicio del autodesprecio y el masoquismo. Los tiranos correspondientes -a diferencia de aquellos déspotas tradicionales por la gracia de Dios o de alguna psicopatía- quedarían reducidos apenas a la condición de administradores de dicho castigo. De ahí que intelectuales como Havel insistan en ver el comunismo como imposición y así mantener separados esos entes elusivos pero simbólicamente poderosos como son el Mal y el alma del pueblo: modo elemental pero efectivo no sólo de sacudirse la impotencia que engendra la opresión sino también de exorcizarla mediante el viejo recurso de convertirla en aberración antinatural para (nótese la paradoja) el espíritu humano.  
La razón por la cual ni Havel ni Brodsky conseguían ponerse de acuerdo en este punto rebasa la cuestión nacional. Y es que para encontrarse con un régimen que engendrara en sus oprimidos tanta impotencia y abyección, un grado tan alto de descomposición de lo que nos regodeamos en llamar “el espíritu humano”, habría que acudir a la esclavitud en cuyo caso la imposición nunca podrá acusársela de ser un mito. Porque para entender al comunismo y regímenes similares hay que asumir al mismo tiempo que dichas impotencia y abyección vienen precedidas, si no acompañadas durante largos trechos, por cantidades similares de esperanza, entusiasmo y fervor. Cuando Brodsky propone a Havel renunciar al concepto del comunismo y pensarlo simplemente como una variante más del Mal humano parecer contradecirse y desconocer la especificidad de un mal que él mismo ha adscrito a dimensiones y circunstancias relativamente nuevas en la historia de la humanidad. Y lo distingue cuando habla de él como el “primer grito de la sociedad de masas”, “proveniente del futuro del mundo”. Ni el comunismo ni cualquier otra forma de totalitarismo inventaron el Mal pero lo han organizado a un nivel desconocido hasta el momento. Y si sospecho que no puede tratarse del viejo Mal del cual prevenían los libros sagrados es porque en la sociedad de masas Dios no tiene mucho que hacer ni como adversario ni como frontera del mal.
En el proceso de laicización del mundo por el que ha atravesado la humanidad durante más de dos siglos la muerte de Dios o al menos la expulsión de Dios de los asuntos humanos ha dado a la humanidad, además de la posibilidad de substituir a Dios como encarnación de lo Absoluto –y la ilusión de ser la máxima responsable de su destino- la obligación de internalizar el Mal absoluto. 
Para los asuntos humanos, al menos en Occidente, no sólo ha muerto Dios sino también el Diablo y con ellos la cómoda distinción que trazaban y la relativa irresponsabilidad que la humanidad podía permitirse. En este sentido Havel tiene toda la razón al singularizar al comunismo como variante novedosa y distintiva del Mal. Según el intelectual checo el
"comunismo estuvo lejos de ser simplemente la dictadura de un grupo sobre otro. Fue un sistema genuinamente totalitario. Esto es, que penetraba cada aspecto de la vida y deformaba todo lo que tocaba, incluidos todos los modos naturales de desarrollar la vida en conjunto. Este afectaba profundamente todas las formas de conducta humana. Por años, una estructura específica de valores fue deliberadamente creada en la conciencia de la sociedad. Era una estructura perversa que iba contra todas las tendencias naturales de la vida pero las sociedades sin embargo la internalizaron o más bien fueron compelidas a internalizarlas"
Más adelante Havel dice en su discurso que otro de los efectos del comunismo era su tendencia intrínseca a “convertir todo en lo mismo”, a uniformizar la vida de los pueblos en los cuales se instaló, con independencia de cuán distintas fueran sus culturas y su pasado histórico. Junto a una descripción de los efectos del comunismo que Brodsky difícilmente objetaría –la ubicuidad de su influencia y su tendencia a uniformizar las sociedades al nivel más basto y elemental- el checo insiste en definirlo como aberración antinatural y como imposición. De ahí que Brodsky persevere en la necesidad de crear un “orden social menos sustentado en la autocomplacencia” que significa partir de “la premisa, aún prestigiosa, de la bondad humana”. De ahí que le pareciera un facilismo y, en el caso de Havel, una irresponsabilidad, apelar a la bondad humana tanto para conducir la evolución poscomunista de su país como para apelar a la comprensión de Occidente.
Pasados veinte años de aquella disputa dialéctica los dos escritores, sentados en alguna esquina de la gloria, podrían repartirse honores en este juego profético. Al checo le darán la razón las diferencias, al menos a mediano plazo, que marcan el destino postcomunista de sus respectivos países. Ya sea debido al mito –intensamente representado- del comunismo como imposición, y el de la bondad original del pueblo checo, o gracias a sus diferencias culturales, la república Checa presenta una evolución democrática muy distinta de las pataletas autocráticas y neoimperialistas rusas. A Brodsky en cambio deberá reconocérsele que tenía la razón en el debate en un sentido más amplio y duradero: reducir el Mal manifestado en ciertas partes del planeta a la palabra comunismo, o incluso totalitarismo, (términos que por estos tiempos ya resultan demasiado ridículos o pintorescos) disimula su perversa universalidad.   
"Quizá ha llegado la hora –para nosotros y para el mundo en general, democrático o no- de suprimir el término comunismo dela realidad humana de Europa del Este, a fin de que uno pueda reconocer esa realidad como lo que fue y lo que es: un espejo"

Un espejo dirá Brodsky del “potencial negativo del ser humano”, de lo que puede llegar a ser cualquier sociedad cuando se entrega –preferiblemente en situaciones de crisis- a una idea que pase a ocupar el sitio donde antes se ubicaba a Dios. Y lo que ha demostrado el tiempo transcurrido desde aquella polémica es que el Mal moderno de la sociedad de masas siempre tendrá posibilidades de triunfar  mientras invoque objetivos lo suficientemente atractivos como para deponer nuestro espíritu crítico, nuestra capacidad de equilibrar ilusión y cordura. Los conceptos que se invoquen siempre serán bellos -o al menos razonablemente atractivos- como la libertad, la igualdad, la justicia social pero también la tolerancia, la seguridad, el equilibrio ecológico, la salud pública, la protección de los niños, los valores familiares, los estéticos, el peso corporal adecuado o el confort físico o mental. La manera inequívoca de detectar sus ambiciones totalitarias será menos el objetivo en el que concentren sus esfuerzos que su promesa de resolverlo –y presten atención, pues esta es la frase que delata su falacia y su descaro- “de una vez y por todas”. Y es difícil imaginar la nación o sociedad que desde ahora se encuentre a salvo de la tentación de lo absoluto.  

domingo, 23 de agosto de 2015

Comunismo y nación (notas sobre un debate I)

Por vacuo y oportunista que parezca intervenir en una polémica de hace más de veinte años cuyos dos protagonistas están entregados al más definitivo de los silencios (a excepción, claro, de lo que han dejado escrito o de algún manuscrito perdido que pueda aparecer) creo que vale la pena asomarse al intercambio epistolar que sostuvieron el escritor Joseph Brodsky y el dramaturgo-presidente Vaclav Havel en 1994. Este se produjo tras la publicación en la revista de New York Review of Books de un discurso pronunciado por el checo bajo el título de “La pesadilla postcomunista” y a la que Brodsky replicó con una carta en la misma revista y Havel cerró con una breve y amistosa respuesta.
En apariencia lo que le recrimina el escritor ruso al checo es el no ser lo suficientemente sutil al describir tanto el comunismo como el postcomunismo. Lo acusa en fin, con todo el cariño y la suavidad –y la malicia- de que era capaz Brodsky cuando algo le incomodaba mucho, de que al escribir su discurso Havel se comportara más como político que como escritor. Es por eso que al comenzar la carta le recuerda que “tenemos algo en común: ambos somos escritores. En este tipo de trabajo uno mide sus palabras con más cuidado que en otros antes de entregarlas al papel o, dado el caso, al micrófono”. Brodsky alaba la cortesía del presidente checo (“su célebre cortesía” dice) pero luego le sugiere que “quizá la verdadera cortesía, señor Presidente, consista en no crear falsas ilusiones”.
Si se quiere determinar la probable razón del texto de Brodsky, su rabia fundacional digamos, no es demasiado difícil encontrarla pues se trata ni más ni menos que de patriotismo herido. Las puyas nacionalistas atraviesan el texto de Brodsky desde el principio cuando al comparar los retorcidos resortes pedagógicos puestos en juego en sus respectivas prisiones sugiere que 
“la desesperanza de un hoyo de cemento, colmado de la peste de orines en las entrañas de Rusia lo hace uno cobrar conciencia de la arbitrariedad de la existencia más rápidamente de lo que vislumbré alguna vez como un aislamiento penal limpio y cubierto de estuco en la Praga civilizada”. 
No poco le debe de haber molestado al ruso que el checo insistiera en que, a diferencia “de algunos otros países de la región”, la república Checa “el más occidental de los países postcomunistas” disfrutaba de “tradiciones democráticas previas y de un clima intelectual único”. Aunque claro, lo que está en juego no es solo el prestigio nacional sino la autoridad desde la que Brodsky habla a Occidente en las páginas de sus principales revistas intelectuales sobre comunismo y postcomunismo frente a los discursos del presidente checo. Sin embargo, cuando ruso ve en la descripción que del comunismo hace el checo un retrato robot del imperio soviético no es únicamente el prestigio de Rusia o el suyo como su interlocutor ante Occidente lo que ve en peligro. Brodsky advierte que la conveniencia política del reducir el comunismo a un asunto “oriental” cerraba la posibilidad de entenderlo en toda su complejidad y su peligro:
“Es conveniente tratar estos asuntos como un error, como una horrenda aberración política, quizá impuesta a los seres humanos desde algún lugar anónimo. Es aún más conveniente si ese lugar tiene un nombre geográfico exacto o que suene extranjero, cuya ortografía oculte su naturaleza absolutamente”
Pero siendo Brodsky uno de los intelectuales más serios y agudos del pasado medio siglo le preocupaba que el sufrimiento causado por uno de los sistemas más devastadores que ha conocido la historia de la humanidad terminara en mero malentendido cultural. Que tanto sufrimiento no sirviera siquiera para sacar las lecciones apropiadas como asunto humano y universal en lugar de cierto atavismo oriental y tercermundista. Es por ello le recuerda al presidente checo que el origen teórico del comunismo no se encuentra en el Oriente sino en el corazón de Occidente (¿o es que existe algo más Occidental que los escritos redactados por un judío alemán en la British Library?) y que, por tanto, desde ese punto de vista los rusos pueden reclamarlo como una imposición
Cierto, nuestros ‘ismo’ particular no fue concebido a orillas del Volga o del Moldava y el hecho de que floreciera allí no indica la fertilidad excepcional de nuestra tierra pues floreció con igual intensidad en latitudes y culturas extremadamente distintas. Este hecho no sugiere tanto una imposición como el origen orgánico –por no decir universal- de nuestro ismo.
Para Brodsky queda claro que “orientalizar” el comunismo, insistir en su otredad, racializarlo incluso es privar a la humanidad –y a Occidente democrático en concreto que tantas veces se atribuye la representación de toda la humanidad- de una de las lecciones más importantes de los últimos dos siglos de historia universal, lección que entraña la necesidad de reconocer que 
“la catástrofe que ocurrió en nuestra parte del mundo fue el primer grito de la sociedad de masas: un grito, por decirlo así, proveniente del futuro del mundo, y reconocerlo no como un ismo sino como un abismo que se abre de repente en el corazón humano para tragarse la honestidad, la compasión, la cortesía, la justicia”.
[Continuará]

jueves, 7 de mayo de 2015

Los dilemas de Camnitzer

Independientemente de si lo más decente o efectivo respecto a la Bienal de La Habana es boicotearla o viajar allá a darle el apoyo claro y abierto a artistas reprimidos como Bruguera Tania y El Sexto las declaraciones aparecidas en el artículo "Dilemas morales" de Luis Camnitzer -con eso de "definición cubana de democracia"- son penosas:
"Uno puede discrepar con la posición que el gobierno cubano tiene con respecto a la libertad de expresión, con como se controla la disidencia, con la definición cubana de democracia y, en general, con las desviaciones de la utopía prometida por la Revolución.  Pero de allí a tratar de eliminar la actividad cultural más abierta del país, la que sirve para esos diálogos que están por encima de la mezquindad de los bloqueos externos y de las represiones internas, me parece que solamente le puede servir a los extremistas fanáticos, dañar a los artistas y al público cubanos, y no tener mayor efecto político"
Este tipo de declaraciones siempre me recuerda esta caricatura del Bobo del pintor Eduardo Abela en tiempos del tirano Machado:


"El invento"
El profesor: Realmente, es sencillo este aparato que has inventado para hablar...
El Bobo: No lo creas, !Si supieras las vueltas que tengo que dar para decir un bobería...!

Pero esta otra cita del artículo de Camnitzer es bastante más clara:

Cuba, al ponerse en una posición de legalismo extremo, seguramente manejó la situación con torpeza. Pero con todo, hay que reconocer que Tania no está presa y que parece que puede circular por la Habana por lo menos al punto de visitar a Danilo Maldonado (El Sexto), un artista grafitista que está en la cárcel por “vandalismo”. Pero aparte de esto, en un comentario reciente en Facebook, Deborah, la hermana de Tania, cuenta las dificultades que Tania tuvo para presentar su performance en la bienal de 2009. Tuvo en ese entonces intercambios con las autoridades de la Bienal que aparentemente fueron extremadamente duros, al punto de ser amenazada con represalias. Eso indicaría que su intento de repetir el evento en diciembre del año pasado fue menos ingenuo de lo que pareciera inicialmente, y que las consecuencias de su proyecto eran relativamente previsibles.

Llamar a la represión "torpeza" y "legalismo extremo" y por otra parte resaltar la malicia de la artista hace pensar que el dilema de Camnitzer es entre dar clases de cómo reprimir a los artistas de manera más elegante o cumplir él mismo la función de policía.
Pero se equivoca el veterano artista conceptual: su dilema no es ético sino estético. El dilema de llamarse amigo de Tania Bruguera y al mismo tiempo aceptar la invitación de sus represores y que tal malabarismo no le quede feo del todo.

viernes, 2 de enero de 2015

El susurro de los artistas

De todas las reacciones ante el remake frustrado del performance “El susurro de Tatlin” de la artista Tania Bruguera el pasado 30 de diciembre la más llamativa ha sido sin dudas la de sus colegas de la isla: un silencio público que -lejos de la usual abulia ante cuestiones de actualidad- encubre un obstinado malestar. Cuando cabía esperar al menos algún gesto de solidaridad gremial con una colega que ha sido detenida tres veces en 48 horas todo lo que nos llegan son precisamente susurros. A la par del desentendimiento aparente en los pasillos del universo cubano se da rienda suelta a un sin número de maledicencias dictadas en buena parte por ese sentimiento que en todo el mundo se conoce como envidia artística. Aparecer en la portada de importantes medios internacionales y recibir respaldo de unas cuantas instituciones universalmente reconocidas por no hacer nada (porque en este caso si somos estrictos el performance ha corrido a cargo del Estado que ha enviado tres veces consecutivas a la artista a centros de detención) debe resultar frustrante para muchos artistas que se levantan todos los días con el deseo de encontrar nuevas ideas con qué deslumbrar al público y los críticos.  

Más endémica y compleja de explicar es la reacción de aquellos que han tomado el proyecto de la Bruguera como un ataque contra el estamento artístico como un todo. Lo que viene a decir el susurro del gremio es que Tania Bruguera es la gran aguafiestas de las celebraciones que se habían orquestado a raíz del anuncio de normalización de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos. Sus buenas razones tiene uno de los estamentos más prósperos de la sociedad cubana en las últimas décadas. A las facilidades para la exportación de su obra prácticamente sin intermediarios, a su acceso a los mercados internacionales se le añade su cuasi monopolio del espacio de la crítica social que en otros lugares deberían compartir con el resto de la sociedad civil. Lo que en otras sociedades sería un derecho –el de la libertad de expresión- al alcance de cualquier ciudadano en Cuba es un privilegio circunscrito a los artistas y a los funcionarios del régimen sin que necesariamente debamos confundir a unos con otros. Esas facilidades se le han otorgado a partir del acuerdo tácito de que aquello que constituya crítica social o incluso política no rebase los terrenos de lo que se considera el hecho artístico. La Cuba actual es por tanto, para los artistas que han aprendido a jugar las reglas de juego, el mejor de los mundos posibles. Sólo faltaba el acceso abierto al mercado norteamericano del arte para que de la realidad casi perfecta se entrara de lleno en el paraíso. “El susurro de Tatlin” en la Plaza de la Revolución, una obra que en cualquier rincón del mundo pasaría desapercibida por redundante, en Cuba -como era previsible- es toda una provocación al régimen político pero para el gremio de los artistas constituye un peligroso reto. Extender el privilegio de la libertad de expresión artística a la condición de derecho accesible para cualquier ciudadano sin ser artista no solo agrede la ilusión de que bastaba el gesto de Obama para acceder a coleccionistas ávidos por un arte al que hasta ahora solo podían acceder de manera limitada. “El susurro de Tatlin” deja en evidencia la condición privilegiada de los artistas en Cuba y a su vez hace uso de ese privilegio para convertirlo, así sea de manera simbólica, en derecho para el resto de la sociedad. Visto así es difícil dar con un insulto mejor calculado.

No es extraño que de todas las reacciones hasta el momento desde el gremio en la isla, la más clara y articulada provenga de Lázaro Saavedra, quien en su condición artista y de educador ha ejercido un impresionante magisterio artístico y ético durante décadas. Sí sorprende que su lectura precoz del evento intente reducirlo a “golpe mediático”, a nueva adición al currículum de Tania Bruguera, como si toda obra no tiene como uno de sus destinos engrosar el currículum de los artistas, como  si la libertad artística fuera ajena al destino de la libertad de una sociedad.

Si algo resulta al mismo tiempo provocador y seductor en esta edición de “El susurro de Tatlin”, más allá de la sensibilidad delicadísima de la policía política local, es su manera tan elemental de poner en escena no ya la ausencia de derechos civiles en la isla sino el compromiso del artista con el sentido de su obra y con el contexto en que se instala y la tensión a que puede llegar la relación entre arte y política, sus posibilidades y también sus limitaciones. “El susurro de Tatlin” o “La perreta de Tania”, como quiera llamársele, no conquistará nuevos derechos para los cubanos pero les cura –a nivel simbólico al menos- de todas las distracciones actuales sobre su ausencia. Concuerdo con Lázaro Saavedra en “todo arte político comienza pensándose ilusoriamente más como política que como arte para al final terminar como siempre, siendo más arte que política”, o sea, que resulta más gesto ilusorio y simbólico que actuación directa sobre lo real. Lo que salva a este performance de la mera irresponsabilidad artística es el modo en que la artista ha manifestado su responsabilidad con el resto de las personas implicadas en este y el que haya puesto repetidamente en riesgo su libertad con tal de asegurarse que fueran liberados los detenidos en el proceso.   


Por otra parte la “vía inteligente, evadiendo la censura o estructuras formales de control social” que le sugiere Lázaro Saavedra a Tania Bruguera es, ni más ni menos, la fórmula que ha permitido la existencia de un arte más o menos crítico en un sistema represivo sin conseguir un especial avance en los derechos civiles. Ese es el tipo de sutilezas que quedan obsoletas ante el gesto frontal de Bruguera. Este performance marcará un cambio si no en la situación de los derechos civiles en el país, sí en el modo en que se concibe la relación en el enrarecido ambiente cubano entre arte, política y libertad de expresión, un cambio que es lógico que descoloque a los artistas acostumbrados a operar de acuerdo a las antiguas reglas de juego, cuando la mera ironía adquiría la condición de aventura redentora.

Es útil que estas objeciones provengan de alguien de la honestidad, el talento y el valor de Lázaro Saavedra porque nos obliga a buscar explicaciones bastante más profundas y complejas que el miedo, la envidia, el interés o la complicidad con el régimen. Y es que los cubanos, como gente que ha vivido oprimida toda su existencia, añoramos la libertad y los derechos sin tener una idea muy clara de lo que significan y hablamos de ellos como un ciego hablaría de los colores: podemos definirlos a la perfección a nivel conceptual pero siempre nos faltará la inmediatez decisiva del que los ha percibido a plena luz. Es desde esas tinieblas que Lázaro se pregunta “¿Son los derechos civiles uno de los tantos medios para hacer arte o es el arte un medio para luchar por los derechos civiles?” cuando está claro que se puede tener arte sin derechos o derechos sin recurrir al arte pero no podemos renunciar a uno en nombre de los otros ni viceversa sin renunciar a parte de nuestra humanidad. “El susurro de Tatlin” o el de los artistas cubanos pone en evidencia tanto la naturaleza represiva del régimen de la isla como las impotencias del arte frente a este pero también es un modo de recordarles al artista cubano esa parte de sí que han mantenido en silencio durante décadas, esa que lo hace descender del pedestal de los elegidos para convertirlo en nada menos que todo un ciudadano.      

P.D.:
Muy recomendable slos artículos que han publicado sucesivamente en Diario de Cuba Néstor Díaz de Villegas y Elvis Fuentes.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Se abre el debate

Con el "affaire Bruguera" en pleno apogeo Lázaro Saavedra, último Premio Nacional de Artes Plásticas expone su siempre respetable opinión a través de su conocida Galería I-Meil. Sin tiempo a entrar en el debate de momento -ahora me entero que Bruguera ha vuelto a ser detenida- solo adelanto mi desacuerdo con lo que se anuncia desde el título. Con provocaciones como las de Tania Bruguera ganan los derechos civiles de todos. Los derechos elementales como el de la libertad de expresión están diseñados justamente para que provocaciones como las de Tania Bruguera tengan sentido. Sin más los dejo con el texto de Saavedra.

Tania gana, los derechos civiles continúan perdiendo

“El arte es una prenda a la que, a veces, hay que darle de comer violaciones a los derechos civiles” Tata Watashi

Tania ha aprovechado una situación específica para plantear un problema mediante un intento de acción “aRtivista”. Sabe perfectamente de antemano que tiene únicamente dos respuestas a su propuesta: “sí” o “no”. No importa, cualquiera de las dos vendrá bien, sea  positiva o negativa, será otro aporte a su currículo artístico,  más que  algún logro en cuanto a materia de derechos civiles. Ella conoce el juego y lo activa, los demás no tienen otra opción que ser parte del juego. En ambos casos, desde un principio, no tenía nada que perder en el plano profesional, todo lo tenía a su favor, ya fuera ante la posibilidad de realizar su performance (acción aRtivista) o en el caso contrario: la censura, la cual conlleva a que “El susurro de Tatlin” se convierta en La Bulla de Tania, con todo los personajes implicados interpretando su papeles según el guion previamente establecido para estos casos: propuesta de plataforma, redes sociales, coberturas mediáticas, apoyos, alertas, diálogos, negociaciones, represiones, detenciones, solidaridad, liberación, etc. A pesar de los pesares, permitan o censuren, en ambos casos habrá performance. Tania y sus seguidores, se encargarán de fundamentar y teorizar todo a posteriori. En este sentido y en esta oportunidad, “#Yo también exijo” fue una estrategia bien pensada (o intuida). Su “acto creativo” radica en buscar, encontrar, aprovechar y plantear un problema que incluye dos posibles “respuestas” previamente “programadas”, (la añeja fórmula conductista estimulo-respuesta), cualquiera de las cuales, mediante un golpe mediático, anotaría un tanto a su carrera profesional. Si en Cuba, cualquier ciudadano de a pie que resida en el territorio se implica en acciones  disidentes o de oposición abierta contra el gobierno, las repercusiones negativas de dichos actos sobre su vida cotidiana no se harán esperar, sobre todo si es un desamparado don nadie. Para un artista cubano (amparado don alguien) que pase la mayor parte del tiempo fuera de Cuba y utilice la lucha por los derechos civiles como un medio de aRtivismo circunstancial en el territorio cubano, cualquier enfrentamiento con el gobierno no tendrá una repercusión negativa real en su vida cotidiana porque está fuera del radio de acción de este, todo lo contrario, venir a Cuba es una vía para acumular “méritos laborales” para el “circuito internacional” del arte “global” a partir de una confrontación directa contra un gobierno autoritario. Cuba continúa siendo un lugar donde ocurren cosas interesantes, hace unos meses por ejemplo, el Estado visible de la República Independiente de la Habana puede exhibir una exposición de Pedro Pablo Oliva que el Estado invisible de la República Independiente de Pinar del Rio se negó a exhibir.

¿Puede alguien concebir un performance, en nombre de los derechos civiles, sabiendo de antemano que se lo van a prohibir y aprovechar la censura a su favor? La respuesta es positiva y Tania lo acaba de demostrar. Hace mucho tiempo leyó a Foucault y conoce que quien controla el espacio controla la conducta humana. Lo anterior es aplicable a cualquier tipo de espacio, ya sea el de una institución “pública” del sistema del arte o un espacio público fuera del sistema del arte. Yo no sé si el “Estado” ha leído a Foucault, pero lo aplica muy bien. En Cuba, el espacio público lo controla el Estado, las movilizaciones espontáneas no son bienvenidas. La violencia institucional, especialmente en el interior del país, contra cualquier manifestación callejera considerada como disidencia u oposición hacia el sistema dan fe de ello. Únicamente en el verano del año 1994, durante el “maleconazo”, fue que el Estado perdió brevemente el control del espacio público en una parte de la capital. Otro ejemplo entre tantos: desde los 90, Oscar Elias Biscet en nombre de los derechos humanos  intentó actuar en el espacio público capitalino, y en el de provincia, para operar sobre la conducta del ciudadano de a pie mediante métodos de desobediencia civil y  la reacción del gobierno fue dura contra su persona. La calle es del Estado, llámese este Fidel o Raúl, recuérdese la consigna: “¡Esta calle es de Fidel!”. Tania sabía perfectamente que no le iban a permitir realizar la obra, de lo contrario es ingenua, o está padeciendo amnesia por estar más tiempo fuera que en Cuba, y olvidó como se mueve esto aquí dentro ¿es que no recuerda como le “impidieron” continuar con la publicación independiente de “Memoria de la posguerra” a principio de los 90? ¿Olvidó lo que sucedió en la X Bienal de la Habana en el 2009 con “El susurro de Tatlin # 6”? ¿Acaso pensó que las cosas cambiaron de un día para otro por un toque mágico el 17 de diciembre de 2014? ¿Creyó que le iban a decir: “bienvenida, la plaza es del pueblo, abramos todos los micrófonos y que se escuchen todas las voces, la policía está para proteger a cualquier ciudadano que exprese libremente lo que piensa”? No lo creo.

Dentro de la cultura, y en este caso las artes visuales, los desbalances entre las relaciones arte-política siempre se van a caracterizar porque todo arte político comienza pensándose ilusoriamente más como política que como arte para al final terminar como siempre, siendo más arte que política y con todo el sistema del arte soñando que fue más política que arte. Un ejemplo clásico: siendo consecuente con  el concepto artístico de “escultura social” creado por Joseph Beuys, que para él era la manera en que somos capaces de modelar o dar forma  a la sociedad en que vivimos (una especie de empoderamiento civil),  el artista germano se nos queda como un aprendiz de escultor ante “escultores sociales” como José Martí, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Lenin, Lutero, etc.

Comparto al 100 % las razones de la carta de Tania del 18 de diciembre de 2014 desde el Vaticano, razones que sobrepasan y anteceden su carta, pero obras son amores y no buenas razones. En este país hay muchas personas que llevan años luchando por los derechos civiles, pienso que ellos hubieran, de alguna manera, amado a Tania si en los momentos de cualquier forma de hostigamiento ella hubiera estado cerca, haciendo arte útil al menos. Para ellos la lucha por los derechos civiles comenzó  hace bastante tiempo, no el día 30 de diciembre del 2014 a las 3:00 de la tarde en la Plaza Cívica (de la Revolución). Desde el Vaticano, el penúltimo párrafo de su carta, cito: “Hoy me gustaría proponerle al cubano donde quiera que esté que salga a las calles el próximo 30 de diciembre a celebrar, no el fin de un bloqueo/embargo, sino el principio de sus derechos civiles.” De todas maneras, ¡Bienvenida!

Como sucedió con “El susurro de Tatlin # 6” (El Susurro del Lam) en el 2009, Tania se irá de Cuba con otro “gol” para su currículo artístico, con miles de anécdotas, será criticada y también celebrada por su osadía y valentía en redes sociales reales y digitales, algún que otro crítico o curador la incluirá oportunamente en textos sobre arte contemporáneo, curadurías, etc. En este país quedaran miles de cubanos luchando por los derechos civiles, y como siempre desde fuera habrán cientos o miles empujándolos: el que empuja no se da golpe. Y no se confunda lo anterior con un verdadero apoyo exterior. Pero también quedaran personas pensando que “#Yo también exijo” fue una acción infantil al estilo de “oe caballero, vamo’ pa’ llá pa´armar bulla”. Y si nos arrestan, mejor todavía, cada maltrato, será un mérito.

Si en un lado de la balanza ponemos algún modesto aporte de  “#Yo también exijo” a la lucha de los derechos civiles en Cuba y del otro a “#Yo también exijo”  en sí, tenemos más de  provocación con “#Yo también exijo” de Tania Bruguera que algún logro o avance en materia de derechos civiles que no sea el hecho archiconocido, confirmado y repetido una y otra vez: el gobierno no acepta abrir todos los micrófonos y que se escuchen todas las voces. Estamos cansados de escucharlo y padecerlo. Eso lo sabe todo el mundo incluido el gobierno, lo que sucede es que a este no le gusta que se lo recuerden o lo hagan visible, como se ha confirmado en parte con “#Yo también exijo”. Y está bien repetirlo hasta que un día se abran. Si Cuba hubiera sido un país donde los micrófonos hubieran estado abiertos para todas las voces, nunca hubiera existido “#Yo también exijo”, como han existido tantas otras cosas de las que nadie se ha enterado.

Realmente  lo interesante (y por supuesto lo menos fácil), para ser consecuente con los objetivos, hubiera sido haber creado a través del arte, o el aRtivismo, una estrategia efectiva y real de “abrir los micrófonos” para que se escucharan “todas las voces”. Es decir, Tania debió haber encontrado una vía inteligente, evadiendo la censura o estructuras formales de control social, buscando, creando (para eso es una creadora) una zona temporalmente autónoma (TAZ) donde se hiciera posible “abrir los micrófonos” para que se escucharan “todas las voces”. Pero fracasó en su intento, las voces siguen esperando ser escuchadas. Considero que cualquier ciudadano de este país, incluyendo toda forma de disidencia y oposición tienen derecho y deben tener oportunidad de ser escuchados públicamente por todos, al igual que la tiene el Estado. El reto sigue en pie…. Igualmente problemas tan añejos como: ¿Son los derechos civiles uno de los tantos medios para hacer arte o es el arte un medio para luchar por los derechos civiles? ¿Es el arte, o el aRtivismo, un medio realmente efectivo para luchar por los derechos civiles? ¿Cuál es la idea de nación que estamos construyendo? Tania finaliza su carta desde el Vaticano, cito: “Asegurémonos que sea el pueblo quien se beneficie de este nuevo momento histórico. Patria es lo que nos duele.” Pero todos sabemos que a cualquier artista lo que más le duele es no poder  vivir de su arte y el umbral del dolor de algunos artistas con respecto a la Patria es bastante raro y caprichoso. Lo que si le duele a cualquiera es que le pisen un callo.

Lázaro A. Saavedra González
30-12-2014

martes, 7 de octubre de 2014

Cuadernos negros

Es curioso el alboroto que se ha formado con la publicación de los cuadernos negros de Heidegger. Que si confirman el caracter filonazi de su filosofía. Que si demuestra la conexión entre "Ser y tiempo" y Auschwitz. Que si esta vez sí se le da un golpe de gracia a su estatus como filósofo esencial del siglo XX.
Propongo un ejercicio. Imaginarse que a causa de algún nuevo hallazgo se demuestre el filocomunismo de Karl Marx y la conexión entre el "Manifiesto comunista" y el Gulag. 
¿Habrá que renunciar entonces al marxismo? ¿O imaginar que los defensores de Heidegger digan que el problema es que el nazismo no se implementó de una manera correcta, que la teoría no era mala? ¿Que el problema fue de los que lo llevaron a la práctica, que lo tomaron de manera demasiado literal?

domingo, 1 de junio de 2014

Siglo XXI

Una de las obras cumbres de la chapucería y la manipulación editorial bien puede ser el librito “Literatura en la revolución y revolución en la literatura” de la editorial mexicana Siglo XXI que recoge una polémica a tres bandas entre Oscar Collazos, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. En ella –como se sabe- el entonces aprendiz de crítico- comisario Oscar Collazos recriminaba a los escritores del Boom no ser lo suficientemente revolucionarios para a continuación ser vapuleado alegremente por los escritores.  

Pues en un intento de disimular la paliza dialéctica a que fue sometido Collazos los editores deciden cambiar el orden de los textos y luego del inicio de la polémica por Collazos y la respuesta de Cortázar incluyen la respuesta de Vargas Llosa en abril de 1970 y cierran con un una contrarréplica de Collazos a Cortázar publicada tres meses antes del texto del peruano. Y lo de menos es el atentado a la cronología sino que el texto de Vargas Llosa contiene numerosas alusiones que no se entienden si antes no se lee el texto con el que los editores decidieron cerrar el libro. Pero claro, sonaba mucho más edificante terminar el libro con el llamado de Collazos a las barricadas revolucionarias:
“ante todo compañero Cortázar, no seremos usted y yo los enfrentados, sino nosotros contra ellos, en una lucha en l cual usted ya sabe dónde está y nosotros sentimos que está de nuestra parte, como en esas películas de sheriff y bandidos”
Que con este gancho al hígado lanzado por Vargas Llosa:

“Si nadie puede reprocharle a Collazos que no le gusten los libros que no entiende en cambio sí me parece grave que no entienda a los autores que le gustan"

jueves, 29 de mayo de 2014

Kid Guevara (continuación del anterior)

Abel Sierra Madero cita en facebook un fragmento inédito de su entrevista a Alfredo Guevara altamente revelador:

"La censura de PM fue también una vendeta personal de Guevara contra Guillermo Cabrera Infante, quien había realizado algunas críticas al ICAIC y a su insipiente producción filmográfica. Relata Guevara que los problemas entre ellos se agudizaron una vez que censurado PM, Guillermo y Sabá Cabrera Infante le hicieran una visita al ICAIC: ' “Ellos se aparecieron en mi despacho y me gritaron fascista. Yo era un jovencito salido de la clandestinidad. En aquel momento, el que me importunara tenía que fajarse conmigo a piñazos y eso fue lo que hice con ellos, fajarme a los piñazos. Guillermito no cogió ninguno, pero Sabá sí. Ellos no eran debiluchos ni mucho menos, eran hombres igual que yo”
Ya tenemos acá la solución del enigma que ha atormentado a legiones de investigadores de la cultura cubana durante años: ¿por qué Alfredo Guevara nunca llegó a introducir sus brazos en las mangas de su saco? Pues la respuesta es que era la manera en que Kid Guevara se encontraba mejor preparado para entrarle a trompadas al primero que se apareciera.



martes, 4 de marzo de 2014

Los peligros de la democracia

Y hablando de liberalismo (aunque en el sentido original del concepto, no en su uso norteamericano) Un buen artículo de John Gray ("The Dangers of Democracy") en The New York Review of Books sobre el viejo tema de la democracia mientras reseña "The Confidence Trap: A History of Democracy in Crisis from World War I to the Present" de David Runciman. Lo pongo completo por ser de acceso restringido:

The Dangers of Democracy 
“For most of us,” writes David Runciman, “democracy is still the only game in town.” A professor of politics at Cambridge who is noted for showing how apparently contradictory propositions can make sense in politics, Runciman argues that democracies survive crises without having any clear insight into how they manage this feat. The experience of overcoming seemingly intractable difficulties poses a danger, for it leads democratic leaders and publics to imagine they can understand their past and shape the future when in fact they often lack the ability to do either of these things.
Yet such dangerous confidence may also be useful: while the faith that democracies have the ability to shape the future is an illusion, it has enabled them to cope with the challenges they have faced:
At the start of the twentieth century democracy was a largely untried and untested form of politics. It aroused wild hopes and equally wild fears. No one really knew what it might bring. Each crisis was expected to be the last. But over time and through a succession of crises, democracy has spread, strengthened, and endured.
This is the paradox that comes with what Runciman describes as democracy’s confidence trap.
Recognizing that democracy “exists in a semipermanent state of crisis, which makes it hard to know when the crisis needs to be taken seriously,” Runciman examines “seven critical years”:
1918, when democracy was confronted with the catastrophic consequences of an unanticipated war;
1933, when it had to cope with a global slump;
1947, when Europe was being divided and the cold war was developing in the aftermath of World War II;
the Cuban missile crisis in 1962;
oil shock and stagflation in 1974;
short-lived triumphalism in 1989;
and the financial crisis of 2008.
He is far from supposing that any unambiguous lessons can be extracted from these episodes. We like to think of crises as moments of truth; but if anything emerges from the last century it is that democracy triumphed almost inadvertently. The story of democracy is a chapter of accidents whose meaning may never be entirely clear: “It is a tale of contingency and confusion.”
In thinking of democracy in this way Runciman sees himself as following Alexis de Tocqueville, the early-nineteenth-century French aristocrat and parliamentarian from whose Democracy in America (published in two volumes in 1835 and 1840) he believes we still have much to learn. “The person who first noticed the distinctive character of democratic hubris—how it is consistent with the dynamism of democratic societies, how democratic adaptability goes along with democratic drift—was Tocqueville.” Neither an optimist nor a pessimist, Tocqueville “did not share either the concerns of the traditional critics of democracy or the hopes of its modern champions.” Runciman does not share these concerns or hopes either, and yet with Tocqueville he seems convinced that the rise of democracy is the great political fact of modern times.
His rich and refreshing book will be of intense interest to anyone puzzled by the near paralysis that seems to afflict democratic government in a number of countries, not least the United States. Runciman’s account of the workings of the confidence trap—the belief that democracy will always survive—will serve as an antidote to the moods of alarm and triumph by which writers on democracy are regularly seized. But the confidence trap is not the only paradoxical feature of modern democracy, and not always the most important. Another comes from democracy’s ambivalent relationship with liberal values.
Nowadays democracy is seen as the embodiment of individual liberty and social pluralism, but the connection may be more tenuous than many people like to think. Runciman appears to have little time for critics of democracy in the ancient world, who feared it as a type of majority tyranny, or for nineteenth-century liberals—such as John Stuart Mill, who corresponded with Tocqueville and much admired the French thinker—who restated these doubts in modern terms. But these thinkers, together with later liberals in the same tradition such as Isaiah Berlin, point to a fact that we forget at our peril: democracy, defined as rule by an elected majority, and liberal values such as personal freedom are not one and the same.
For some, democracy should be defined in the first place as protecting individual freedoms and the rights, including freedom of speech and the press, of minorities, or it is not democracy but a species of majoritarian rule. Others have understood democracy as a type of collective self-government, whose effective functioning may require the protection of some important freedoms but by no means all of those that are cherished in liberal traditions. To the extent that he recognizes this distinction, Runciman leans toward the latter view, but he fails to explore the unavoidable implication: democracy comes in a number of varieties, some of them decidedly illiberal.
The older school of liberal thinkers to which Tocqueville and Mill both belonged valued democracy mainly as a means to other ends, such as liberty and personal development. Runciman seems to think democracy good in itself, while defining it in a way that does not include important liberal freedoms. As a result he leaves it unclear why democracy should be valued so highly, aside from the fact that there are many people who seem to want it.
One of the limitations of Runciman’s analysis is that he has chosen to work with a dichotomy between democracy and other forms of government. “In this book,” he writes,
I draw a primary contrast between “democracy” and “autocracy,” following the current convention. By democracy I mean any society with regular elections, a relatively free press, and open competition for power. These societies are often referred to as “liberal democracies,” though some are more liberal than others. By autocracy I mean any society in which leaders do not face open elections and where the free flow of information is subject to political control…. Some autocracies are dictatorships and some are not. Some are more authoritarian than others.
The trouble with this binary typology is that it mixes distinctions in kind with differences of degree. Saudi Arabia and the post-Mao regime in China may both be autocracies in Runciman’s sense but they have little else in common. The latter is a modernizing authoritarian state while the former is a clan-based monarchy (crafted in the colonial era) that aims to prop up an archaic pattern of life. Both are quite different from dictatorial regimes in semifailed states, such as the Duvalier regime in Haiti, that block elections and freedom of expression while having little capacity to shape the overall direction of society. All of these regimes are very different from the type of autocracy that exists in North Korea, where free expression is not so much blocked, as in China, as rendered impossible by a system in which state power is all-pervading.
If Runciman’s distinctions between democracy and autocracy disregard differences in kind among autocracies, they pass over differences among democracies that are equally fundamental. Current thinking assumes a single ideal type of democracy, from which existing democracies may diverge to a greater or lesser extent. On this view, if a state with regular elections and a relatively free press does not respect individual liberty or attacks minorities, then democracy is not working as well as it should, or else its scope is somehow being curbed by arbitrary power.
Liberal critics of democracy such as Mill and Tocqueville in many of his writings had a different view. Harking back to the work of the influential eighteenth-century thinker Jean-Jacques Rousseau, who thought of democracy as a type of collective self-rule that aims to implement the will of the people, they saw no inherent connection between democracy and the freedoms they cherished. Rather, they feared that because democracies could claim greater popular legitimacy than autocracy, freedom might be more threatened in them than it had been in authoritarian regimes in the past. Prefigured in Jacobin rule in revolutionary France, illiberal democracy was a permanent danger. Today this liberal anxiety is unfashionable in many places, and regarded by some as reactionary. That does not mean it has ceased to be relevant.
Runciman tells us that there are many hybrid regimes in which democracy and autocracy are mixed together:
Since Tocqueville wrote, there has been a multiplication of different models of autocratic government, especially in the period since the end of the Cold War. The contest is no longer with monarchy, nor simply with dictatorship. Autocrats have learnt to cherry pick some of the tools of democracy to blur the edges between the two systems. These hybrid regimes have acquired various different names: “competitive authoritarianism,” “exclusionary democracy,” “semiauthoritarianism,” “defective democracy,” or simply “mixed regimes.”
According to Runciman Russia is a hy- brid of democracy and authoritarianism:
Vladimir Putin’s Russia exemplifies one version: repression is combined with liberalization, and elections coexist with entrenched power elites…. Russia has not turned into a democracy. It has turned into a pseudo-democratic kleptocracy, in which people use money to get power and power to get money.
Runciman’s account of the Putin regime illustrates some of the difficulties of his approach. One might quibble that “entrenched power elites” are hardly confined to Putin’s Russia, while from the standpoint of some radical thinkers, using money to get power and power to get money might serve as an accurate description of some aspects of the American political system. In any event the differences between the two systems lie elsewhere. When it uses trumped-up charges to harass or jail opposition figures, or fails to investigate the unexplained deaths of troublesome journalists, the Putin regime shows its indifference to anything resembling the rule of law. When it condones or colludes in the persecution of gay people and religious minorities, it demonstrates its contempt for values of pluralism and toleration.
These features of the regime show how far it is from any kind of civilized government. Certainly Putin’s regime invades or restricts freedoms that are necessary for open political competition: television is controlled and dissenting journals have been forced to close, for example. But a Russian regime in which these curbs on open political competition were absent would not necessarily be more tolerant or pluralistic than the one that currently exists. A system that protected rights to political participation could still violate the freedom of religious minorities, gay people, and others to live as they choose. If such a system was able to identify itself, more thoroughly and completely than Putin has done, with a baleful Russian tradition of communal harmony, the result might be more repressive than the present situation. As Runciman himself writes, “Civilizations are not always democracies; democracies are not always civilized.”
Rather than being a pseudodemocracy, Putin’s Russia more closely resembles the type of democracy against which nineteenth-century liberal thinkers warned. More fundamental than the fact that it is complicit in violence against dissidents, and also endemically corrupt, is the fact that it is defined (and defines itself) by hostility to liberal values. Rather than being a spurious version of democracy of the kind that Western countries profess, Putin’s regime is an anti-Western version of illiberal democracy. Other examples may be found in countries that have been subject to Western-led regime change. Repeating a rationale that has long been rehearsed by Western governments, Runciman writes:
The Republican National Convention, New York City, 2004
The wars in Afghanistan and Iraq ran into trouble because of bad planning, insufficient local knowledge, and the political divisions they generated at home.
An alternative view might suggest that if sufficient thought had been given both to the two societies and post-invasion planning, the wars would not have been launched in the first place. In their different ways each of the countries concerned has its own divisions. Even when the result of an intervention has not been a failed state of the sort that now exists in Libya, the regimes that have emerged in the wake of Western intervention have been fractured and weak. Given tribal rivalries in Afghanistan and sectarian conflict in Iraq, such weakness was only to be expected. But if these states evolve to become more orderly and effective, they may not become more like the democracies that have existed in the United States and Europe. If they continue to reflect predominant cultural and religious values more than any idea of freedom, such states could just as well develop into versions of illiberal democracy.
Mill and Tocqueville, along with others like the French writer and politician Benjamin Constant (1767–1830), viewed the rise of democracy as inevitable and in many ways highly desirable; but they also feared democracy as a type of government in which freedom could be threatened more completely than it had been in Europe’s monarchies and empires. For them democracy was a form of popular government, and they feared an overbearing majority as much as the kings and princes of the past—indeed more so, since democratic government would be more widely accepted. They spent much of their lives devising safeguards against this danger, arguing for electoral and constitutional restraints, including entrenched rights that limited the scope of democratic decision-making while making the most of democracy’s potential for good.
They did not imagine that such legal restraints could be sufficient to protect individuals and minorities from oppression. If the majority of people, or organized sections of the population, are indifferent to freedom or prefer a type of society in which it is subordinated to other values, no rules or procedures could prevent a democratic version of tyranny.
This older school of liberal thought did not subscribe to the twentieth-century notion that the rise of liberal democracy is part of the normal course of modern development. If you believe the distinction between autocracy and democracy captures the most important difference between political regimes, you will be tempted to think that illiberal democracy is simply democracy in an undeveloped form, a phase in a process of growth and maturation that, while not strictly inevitable in its outcome, tends to produce a freedom-loving type of government. For liberals such as Mill, Constant, and Tocqueville, however, there was no such law of development. There could be no assurance that illiberal democracy represented a transitional phase in history.
It may be true that once a certain level of development has been attained, democracy tends to be irreversible. Discussing the level that must be reached before democratic states are sustainable, Runciman writes:
There does appear to be a confidence threshold for any successful democracy. Once the threshold is passed, it becomes very unlikely that the move to democracy will be reversed…. No democracy has reverted to autocratic government once per capitaGDP has risen above $7,000.
But liberal versions of democracy are not similarly irreversible, and there are signs that a shift is underway in a number of European countries. Referring to the difficulties faced by elected politicians in coping with the protracted economic slowdown, Runciman writes:
In…Italy and Greece, democracy was briefly suspended for a form of technocratic executive rule: appointed experts were given temporary powers to stabilize the economy and pass budget reforms. These experiments with autocracy did not signal the abandonment of democracy; instead, they signaled the propensity of established democracies to try anything in a crisis.
No doubt such experiments do not in themselves pose a risk to democracy. But wider developments in European politics, which formed the background to the decision to suspend democracy in the two countries, present a less reassuring picture.
It is not just that Europe’s political classes have shown themselves incapable of dealing with the scale of social dereliction that has been produced by policies of austerity designed to shore up the single currency in a situation of a global financial upheaval. The incapacity of mainstream parties has set off a blowback, which in several countries has taken the form of the rising influence of the far right. Not only in Greece and Italy, but also in France and Hungary, an all-too-familiar type of European politics has reemerged that is based on the demonization of minorities and hostility to immigrants.
Whether the parties promoting this politics are overtly neo-Nazi as in the case of the Golden Dawn in Greece, or claim to have renounced any links with fascism and Nazism as does the National Front in France, or else appear as indeterminate expressions of populist protest such as Beppe Grillo’s Five Star Movement in Italy, these are movements in which the classical themes of the European far right have been visibly renewed. Among these themes are a wholesale rejection of established elites and the assertion of an imaginary “organic” national culture from which minorities are excluded, together with suspicion or hatred of Jews, Roma, immigrants, and gay people. Demonizing and excluding these minorities are central strands in all of these movements.
Though there is a real possibility that they could form a powerful coalition in the EU Parliament after the European elections in 2014, there is little chance of these parties coming to power in any European country. Instead the risk is that European politics will be diverted from the path it has followed, in most Western European countries most of the time, since World War II. Democracy is not going to be replaced by autocracy, but it could well become increasingly illiberal.
Runciman devotes comparatively little space to the European situation. From one point of view this is understandable, since the book is mainly focused on illustrating the contemporary relevance of Tocqueville’s thinking on democracy in America. From another angle this is a large omission. He writes as if any connection that might exist between the emergence of democracy and the rise of the nation-state is largely incidental, when in fact the two have been closely intertwined. Democracy and national self-determination have advanced hand in hand, and while many nation-states have had authoritarian governments, the nation-state has also proved to be the upper limit of democratic accountability.
There are a few multinational democracies—Switzerland, Spain, Belgium, Canada, and the United Kingdom, for example—but except for Switzerland, they are descendants of monarchy and empire rather than burgeoning forms of cosmopolitan government. There is no prospect of a democratic equivalent of the Habsburg Empire, which protected civilized values more effectively during its last sixty years than did most of the nation-states by which it was replaced during the nearly one hundred years that followed the empire’s collapse in the aftermath of World War I.
The difficulty facing Europe is that while solving the eurozone’s economic problems demands a fiscal union that transcends national governments, any such construction will lack democratic legitimacy. If democracy in Europe faces a more serious crisis than democracy in America—as I think may be the case—one reason is that the US has been a cohesive nation-state for many generations, while the eurozone is highly unlikely to develop into anything similar for the foreseeable future. Even supposing the European continent wanted to imitate the American experience of nation-building, it would seem unlikely that the process, involving deep national conflicts and several visionary presidents, could be compressed into a few years or decades.
Runciman is fairly optimistic about the prospects of American democracy. Writing before the recent American government shutdown and subsequent flirtation with debt default, he notes that the protest movements that emerged from the financial crisis “needed the crisis to get a lot worse for their message to stick.” Because the crisis did not get much worse, the impact of these populist forces was bound to be limited:
The fact remains that in the complex moral and political economy of a long-standing democracy, the search for an authentic popular politics is always liable to run up against the capacity of the system to accommodate piecemeal change.
As events have shown, the Tea Party retains substantial veto power. Possessed by apocalyptic myths of national disaster and renewal, it has derailed the practice of compromise on which democracy depends. The upshot is a course of events not anticipated in Tocqueville’s analysis. Rather than being monopolized by a tyrannous majority, American government is being immobilized by an irreconcilable minority. Against a background of polarization not only between parties but also within the Republican Party, it is piecemeal change that is being stymied.
Such a high degree of polarization is not unprecedented (there were similar divisions in the aftermath of the Civil War and toward the end of the nineteenth century) and there can be little doubt that the current gridlock will eventually be overcome, in view of the basic Democratic majority. However difficult the problems of American government, solving them does not require—as it does in the eurozone—the creation of a new state. Even so, there are probably few people outside the United States who any longer regard American government as a model that should be emulated.
That is not to say that authoritarian regimes possess an enduring advantage. China has been more effective to date in dealing with the effects of the financial crisis than most Western governments; but the post-Mao regime is feared rather than admired, and precisely because of its ruthless pragmatism it presents no ideological challenge to democracy. As Runciman writes, “the fellow travelers of Chinese state capitalism in the West are very thin on the ground.” Like many others, he believes that China’s economic success is likely to generate problems in the future:
In the long run autocratic regimes struggle to match the rising expectation of their populations and to meet their growing demand for a greater say in their government…. It is hard to see how the present regime can keep a lid on its discontents as it continues to grow.
While it is nothing like a democracy, the present regime in China is also a type of government whose survival ultimately depends on meeting the demands of the majority. Heavily dependent on continuing economic expansion, political stability is more at risk in times of low economic growth in China than it is in most democracies. China’s impressive economic advance carries with it major vulnerabilities.
Yet if the present regime fails, there can be no certainty about what will replace it. Even if it were more democratic—a large if—a state headed by the now disgraced Bo Xilai would not necessarily have been more respectful of personal freedom or the claims of ethnic and other minorities. Any successor regime might be just as determined to stamp out dissidence in Tibet and Xinjiang.
In general, the spread of democracy has often set off movements for secession, as groups that fear becoming permanent minorities struggle to establish their own states. In interwar Central and Eastern Europe, parts of postcolonial Africa, and post-Tito Yugoslavia, the emergence of democracy was accompanied by intense civil and ethnic conflict. It is hard to think of a convincing reason why China would be different. As in other parts of the world, any move to democracy will very likely come at significant human cost.
Democracy may be the only game in town, as Runciman believes. Certainly it continues to be the great political fact of the age. With its enormous adaptability, it has repeatedly defied the prognostications of those who have declared it doomed. It may well go on doing so. But democracy is a more ambiguous achievement than most of its admirers today realize. The warnings of Tocqueville and others from an earlier generation of liberal thinkers have not lost their force.
Yet such dangerous confidence may also be useful: while the faith that democracies have the ability to shape the future is an illusion, it has enabled them to cope with the challenges they have faced:At the start of the twentieth century democracy was a largely untried and untested form of politics. It aroused wild hopes and equally wild fears. No one really knew what it might bring. Each crisis was expected to be the last. But over time and through a succession of crises, democracy has spread, strengthened, and endured.This is the paradox that comes with what Runciman describes as democracy’s confidence trap.Recognizing that democracy “exists in a semipermanent state of crisis, which makes it hard to know when the crisis needs to be taken seriously,” Runciman examines “seven critical years”:1918, when democracy was confronted with the catastrophic consequences of an unanticipated war;1933, when it had to cope with a global slump;1947, when Europe was being divided and the cold war was developing in the aftermath of World War II;the Cuban missile crisis in 1962;oil shock and stagflation in 1974;short-lived triumphalism in 1989;and the financial crisis of 2008.He is far from supposing that any unambiguous lessons can be extracted from these episodes. We like to think of crises as moments of truth; but if anything emerges from the last century it is that democracy triumphed almost inadvertently. The story of democracy is a chapter of accidents whose meaning may never be entirely clear: “It is a tale of contingency and confusion.”In thinking of democracy in this way Runciman sees himself as following Alexis de Tocqueville, the early-nineteenth-century French aristocrat and parliamentarian from whose Democracy in America (published in two volumes in 1835 and 1840) he believes we still have much to learn. “The person who first noticed the distinctive character of democratic hubris—how it is consistent with the dynamism of democratic societies, how democratic adaptability goes along with democratic drift—was Tocqueville.” Neither an optimist nor a pessimist, Tocqueville “did not share either the concerns of the traditional critics of democracy or the hopes of its modern champions.” Runciman does not share these concerns or hopes either, and yet with Tocqueville he seems convinced that the rise of democracy is the great political fact of modern times.His rich and refreshing book will be of intense interest to anyone puzzled by the near paralysis that seems to afflict democratic government in a number of countries, not least the United States. Runciman’s account of the workings of the confidence trap—the belief that democracy will always survive—will serve as an antidote to the moods of alarm and triumph by which writers on democracy are regularly seized. But the confidence trap is not the only paradoxical feature of modern democracy, and not always the most important. Another comes from democracy’s ambivalent relationship with liberal values.Nowadays democracy is seen as the embodiment of individual liberty and social pluralism, but the connection may be more tenuous than many people like to think. Runciman appears to have little time for critics of democracy in the ancient world, who feared it as a type of majority tyranny, or for nineteenth-century liberals—such as John Stuart Mill, who corresponded with Tocqueville and much admired the French thinker—who restated these doubts in modern terms. But these thinkers, together with later liberals in the same tradition such as Isaiah Berlin, point to a fact that we forget at our peril: democracy, defined as rule by an elected majority, and liberal values such as personal freedom are not one and the same.For some, democracy should be defined in the first place as protecting individual freedoms and the rights, including freedom of speech and the press, of minorities, or it is not democracy but a species of majoritarian rule. Others have understood democracy as a type of collective self-government, whose effective functioning may require the protection of some important freedoms but by no means all of those that are cherished in liberal traditions. To the extent that he recognizes this distinction, Runciman leans toward the latter view, but he fails to explore the unavoidable implication: democracy comes in a number of varieties, some of them decidedly illiberal.The older school of liberal thinkers to which Tocqueville and Mill both belonged valued democracy mainly as a means to other ends, such as liberty and personal development. Runciman seems to think democracy good in itself, while defining it in a way that does not include important liberal freedoms. As a result he leaves it unclear why democracy should be valued so highly, aside from the fact that there are many people who seem to want it.One of the limitations of Runciman’s analysis is that he has chosen to work with a dichotomy between democracy and other forms of government. “In this book,” he writes,I draw a primary contrast between “democracy” and “autocracy,” following the current convention. By democracy I mean any society with regular elections, a relatively free press, and open competition for power. These societies are often referred to as “liberal democracies,” though some are more liberal than others. By autocracy I mean any society in which leaders do not face open elections and where the free flow of information is subject to political control…. Some autocracies are dictatorships and some are not. Some are more authoritarian than others.The trouble with this binary typology is that it mixes distinctions in kind with differences of degree. Saudi Arabia and the post-Mao regime in China may both be autocracies in Runciman’s sense but they have little else in common. The latter is a modernizing authoritarian state while the former is a clan-based monarchy (crafted in the colonial era) that aims to prop up an archaic pattern of life. Both are quite different from dictatorial regimes in semifailed states, such as the Duvalier regime in Haiti, that block elections and freedom of expression while having little capacity to shape the overall direction of society. All of these regimes are very different from the type of autocracy that exists in North Korea, where free expression is not so much blocked, as in China, as rendered impossible by a system in which state power is all-pervading.If Runciman’s distinctions between democracy and autocracy disregard differences in kind among autocracies, they pass over differences among democracies that are equally fundamental. Current thinking assumes a single ideal type of democracy, from which existing democracies may diverge to a greater or lesser extent. On this view, if a state with regular elections and a relatively free press does not respect individual liberty or attacks minorities, then democracy is not working as well as it should, or else its scope is somehow being curbed by arbitrary power.Liberal critics of democracy such as Mill and Tocqueville in many of his writings had a different view. Harking back to the work of the influential eighteenth-century thinker Jean-Jacques Rousseau, who thought of democracy as a type of collective self-rule that aims to implement the will of the people, they saw no inherent connection between democracy and the freedoms they cherished. Rather, they feared that because democracies could claim greater popular legitimacy than autocracy, freedom might be more threatened in them than it had been in authoritarian regimes in the past. Prefigured in Jacobin rule in revolutionary France, illiberal democracy was a permanent danger. Today this liberal anxiety is unfashionable in many places, and regarded by some as reactionary. That does not mean it has ceased to be relevant.Runciman tells us that there are many hybrid regimes in which democracy and autocracy are mixed together:Since Tocqueville wrote, there has been a multiplication of different models of autocratic government, especially in the period since the end of the Cold War. The contest is no longer with monarchy, nor simply with dictatorship. Autocrats have learnt to cherry pick some of the tools of democracy to blur the edges between the two systems. These hybrid regimes have acquired various different names: “competitive authoritarianism,” “exclusionary democracy,” “semiauthoritarianism,” “defective democracy,” or simply “mixed regimes.”According to Runciman Russia is a hy- brid of democracy and authoritarianism:Vladimir Putin’s Russia exemplifies one version: repression is combined with liberalization, and elections coexist with entrenched power elites…. Russia has not turned into a democracy. It has turned into a pseudo-democratic kleptocracy, in which people use money to get power and power to get money.Runciman’s account of the Putin regime illustrates some of the difficulties of his approach. One might quibble that “entrenched power elites” are hardly confined to Putin’s Russia, while from the standpoint of some radical thinkers, using money to get power and power to get money might serve as an accurate description of some aspects of the American political system. In any event the differences between the two systems lie elsewhere. When it uses trumped-up charges to harass or jail opposition figures, or fails to investigate the unexplained deaths of troublesome journalists, the Putin regime shows its indifference to anything resembling the rule of law. When it condones or colludes in the persecution of gay people and religious minorities, it demonstrates its contempt for values of pluralism and toleration.These features of the regime show how far it is from any kind of civilized government. Certainly Putin’s regime invades or restricts freedoms that are necessary for open political competition: television is controlled and dissenting journals have been forced to close, for example. But a Russian regime in which these curbs on open political competition were absent would not necessarily be more tolerant or pluralistic than the one that currently exists. A system that protected rights to political participation could still violate the freedom of religious minorities, gay people, and others to live as they choose. If such a system was able to identify itself, more thoroughly and completely than Putin has done, with a baleful Russian tradition of communal harmony, the result might be more repressive than the present situation. As Runciman himself writes, “Civilizations are not always democracies; democracies are not always civilized.”Rather than being a pseudodemocracy, Putin’s Russia more closely resembles the type of democracy against which nineteenth-century liberal thinkers warned. More fundamental than the fact that it is complicit in violence against dissidents, and also endemically corrupt, is the fact that it is defined (and defines itself) by hostility to liberal values. Rather than being a spurious version of democracy of the kind that Western countries profess, Putin’s regime is an anti-Western version of illiberal democracy. Other examples may be found in countries that have been subject to Western-led regime change. Repeating a rationale that has long been rehearsed by Western governments, Runciman writes:The Republican National Convention, New York City, 2004The wars in Afghanistan and Iraq ran into trouble because of bad planning, insufficient local knowledge, and the political divisions they generated at home.An alternative view might suggest that if sufficient thought had been given both to the two societies and post-invasion planning, the wars would not have been launched in the first place. In their different ways each of the countries concerned has its own divisions. Even when the result of an intervention has not been a failed state of the sort that now exists in Libya, the regimes that have emerged in the wake of Western intervention have been fractured and weak. Given tribal rivalries in Afghanistan and sectarian conflict in Iraq, such weakness was only to be expected. But if these states evolve to become more orderly and effective, they may not become more like the democracies that have existed in the United States and Europe. If they continue to reflect predominant cultural and religious values more than any idea of freedom, such states could just as well develop into versions of illiberal democracy.Mill and Tocqueville, along with others like the French writer and politician Benjamin Constant (1767–1830), viewed the rise of democracy as inevitable and in many ways highly desirable; but they also feared democracy as a type of government in which freedom could be threatened more completely than it had been in Europe’s monarchies and empires. For them democracy was a form of popular government, and they feared an overbearing majority as much as the kings and princes of the past—indeed more so, since democratic government would be more widely accepted. They spent much of their lives devising safeguards against this danger, arguing for electoral and constitutional restraints, including entrenched rights that limited the scope of democratic decision-making while making the most of democracy’s potential for good.They did not imagine that such legal restraints could be sufficient to protect individuals and minorities from oppression. If the majority of people, or organized sections of the population, are indifferent to freedom or prefer a type of society in which it is subordinated to other values, no rules or procedures could prevent a democratic version of tyranny.This older school of liberal thought did not subscribe to the twentieth-century notion that the rise of liberal democracy is part of the normal course of modern development. If you believe the distinction between autocracy and democracy captures the most important difference between political regimes, you will be tempted to think that illiberal democracy is simply democracy in an undeveloped form, a phase in a process of growth and maturation that, while not strictly inevitable in its outcome, tends to produce a freedom-loving type of government. For liberals such as Mill, Constant, and Tocqueville, however, there was no such law of development. There could be no assurance that illiberal democracy represented a transitional phase in history.It may be true that once a certain level of development has been attained, democracy tends to be irreversible. Discussing the level that must be reached before democratic states are sustainable, Runciman writes:There does appear to be a confidence threshold for any successful democracy. Once the threshold is passed, it becomes very unlikely that the move to democracy will be reversed…. No democracy has reverted to autocratic government once per capitaGDP has risen above $7,000.But liberal versions of democracy are not similarly irreversible, and there are signs that a shift is underway in a number of European countries. Referring to the difficulties faced by elected politicians in coping with the protracted economic slowdown, Runciman writes:In…Italy and Greece, democracy was briefly suspended for a form of technocratic executive rule: appointed experts were given temporary powers to stabilize the economy and pass budget reforms. These experiments with autocracy did not signal the abandonment of democracy; instead, they signaled the propensity of established democracies to try anything in a crisis.No doubt such experiments do not in themselves pose a risk to democracy. But wider developments in European politics, which formed the background to the decision to suspend democracy in the two countries, present a less reassuring picture.It is not just that Europe’s political classes have shown themselves incapable of dealing with the scale of social dereliction that has been produced by policies of austerity designed to shore up the single currency in a situation of a global financial upheaval. The incapacity of mainstream parties has set off a blowback, which in several countries has taken the form of the rising influence of the far right. Not only in Greece and Italy, but also in France and Hungary, an all-too-familiar type of European politics has reemerged that is based on the demonization of minorities and hostility to immigrants.Whether the parties promoting this politics are overtly neo-Nazi as in the case of the Golden Dawn in Greece, or claim to have renounced any links with fascism and Nazism as does the National Front in France, or else appear as indeterminate expressions of populist protest such as Beppe Grillo’s Five Star Movement in Italy, these are movements in which the classical themes of the European far right have been visibly renewed. Among these themes are a wholesale rejection of established elites and the assertion of an imaginary “organic” national culture from which minorities are excluded, together with suspicion or hatred of Jews, Roma, immigrants, and gay people. Demonizing and excluding these minorities are central strands in all of these movements.Though there is a real possibility that they could form a powerful coalition in the EU Parliament after the European elections in 2014, there is little chance of these parties coming to power in any European country. Instead the risk is that European politics will be diverted from the path it has followed, in most Western European countries most of the time, since World War II. Democracy is not going to be replaced by autocracy, but it could well become increasingly illiberal.Runciman devotes comparatively little space to the European situation. From one point of view this is understandable, since the book is mainly focused on illustrating the contemporary relevance of Tocqueville’s thinking on democracy in America. From another angle this is a large omission. He writes as if any connection that might exist between the emergence of democracy and the rise of the nation-state is largely incidental, when in fact the two have been closely intertwined. Democracy and national self-determination have advanced hand in hand, and while many nation-states have had authoritarian governments, the nation-state has also proved to be the upper limit of democratic accountability.There are a few multinational democracies—Switzerland, Spain, Belgium, Canada, and the United Kingdom, for example—but except for Switzerland, they are descendants of monarchy and empire rather than burgeoning forms of cosmopolitan government. There is no prospect of a democratic equivalent of the Habsburg Empire, which protected civilized values more effectively during its last sixty years than did most of the nation-states by which it was replaced during the nearly one hundred years that followed the empire’s collapse in the aftermath of World War I.The difficulty facing Europe is that while solving the eurozone’s economic problems demands a fiscal union that transcends national governments, any such construction will lack democratic legitimacy. If democracy in Europe faces a more serious crisis than democracy in America—as I think may be the case—one reason is that the US has been a cohesive nation-state for many generations, while the eurozone is highly unlikely to develop into anything similar for the foreseeable future. Even supposing the European continent wanted to imitate the American experience of nation-building, it would seem unlikely that the process, involving deep national conflicts and several visionary presidents, could be compressed into a few years or decades.Runciman is fairly optimistic about the prospects of American democracy. Writing before the recent American government shutdown and subsequent flirtation with debt default, he notes that the protest movements that emerged from the financial crisis “needed the crisis to get a lot worse for their message to stick.” Because the crisis did not get much worse, the impact of these populist forces was bound to be limited:The fact remains that in the complex moral and political economy of a long-standing democracy, the search for an authentic popular politics is always liable to run up against the capacity of the system to accommodate piecemeal change.As events have shown, the Tea Party retains substantial veto power. Possessed by apocalyptic myths of national disaster and renewal, it has derailed the practice of compromise on which democracy depends. The upshot is a course of events not anticipated in Tocqueville’s analysis. Rather than being monopolized by a tyrannous majority, American government is being immobilized by an irreconcilable minority. Against a background of polarization not only between parties but also within the Republican Party, it is piecemeal change that is being stymied.Such a high degree of polarization is not unprecedented (there were similar divisions in the aftermath of the Civil War and toward the end of the nineteenth century) and there can be little doubt that the current gridlock will eventually be overcome, in view of the basic Democratic majority. However difficult the problems of American government, solving them does not require—as it does in the eurozone—the creation of a new state. Even so, there are probably few people outside the United States who any longer regard American government as a model that should be emulated.That is not to say that authoritarian regimes possess an enduring advantage. China has been more effective to date in dealing with the effects of the financial crisis than most Western governments; but the post-Mao regime is feared rather than admired, and precisely because of its ruthless pragmatism it presents no ideological challenge to democracy. As Runciman writes, “the fellow travelers of Chinese state capitalism in the West are very thin on the ground.” Like many others, he believes that China’s economic success is likely to generate problems in the future:In the long run autocratic regimes struggle to match the rising expectation of their populations and to meet their growing demand for a greater say in their government…. It is hard to see how the present regime can keep a lid on its discontents as it continues to grow.While it is nothing like a democracy, the present regime in China is also a type of government whose survival ultimately depends on meeting the demands of the majority. Heavily dependent on continuing economic expansion, political stability is more at risk in times of low economic growth in China than it is in most democracies. China’s impressive economic advance carries with it major vulnerabilities.Yet if the present regime fails, there can be no certainty about what will replace it. Even if it were more democratic—a large if—a state headed by the now disgraced Bo Xilai would not necessarily have been more respectful of personal freedom or the claims of ethnic and other minorities. Any successor regime might be just as determined to stamp out dissidence in Tibet and Xinjiang.In general, the spread of democracy has often set off movements for secession, as groups that fear becoming permanent minorities struggle to establish their own states. In interwar Central and Eastern Europe, parts of postcolonial Africa, and post-Tito Yugoslavia, the emergence of democracy was accompanied by intense civil and ethnic conflict. It is hard to think of a convincing reason why China would be different. As in other parts of the world, any move to democracy will very likely come at significant human cost.Democracy may be the only game in town, as Runciman believes. Certainly it continues to be the great political fact of the age. With its enormous adaptability, it has repeatedly defied the prognostications of those who have declared it doomed. It may well go on doing so. But democracy is a more ambiguous achievement than most of its admirers today realize. The warnings of Tocqueville and others from an earlier generation of liberal thinkers have not lost their force.