1.
De cuando en cuando los cubanos
se enzarzan en debates sobre la crisis de algún aspecto específico de la vida
nacional ya sea la música, el béisbol o el humor. Curioso ejercicio cuando cualquiera
de estas manifestaciones de la vida nacional funciona –con todo y la crisis que
le atribuyen- muchísimo mejor que el país en su conjunto. Cuba termina en octavo
lugar en un campeonato mundial de béisbol y desata bastante más alarma que el
detalle de que el ingreso per cápita ande por el lugar 150 o la libertad de
prensa en el 173. Todo ello dice mucho
de la sensibilidad cubana y de su carácter profundamente austero y discreto.
2.
Uno de los humoristas cubanos que
más respeto lanza leña al eterno fuego de la polémica afirmando “que el humorismo cubano cayó en ‘picada’
debido a un factor muy importante. ‘El cambio de escenario’, Del teatro a la
tv. La televisión es más permisiva con el mal gusto que con el humor inteligente”.
Supongo el humorista se refería al fenómeno al que asistí al menos en sus
comienzos. El de ver a mediados de los
90 cómo el pujante movimiento humorístico, emergido en la segunda mitad de la
década anterior en peñas y teatros, se vulgarizaba al contacto con un medio
mucho más masivo como la televisión, proceso que encontró en el programa “Sabadazo”
su expresión más conocida pero no necesariamente peor. Si todo se tratara de la
caída de calidad de una disciplina artística cuando transita de un medio más
selectivo a otro masivo el caso, por repetido, no resulta demasiado interesante
discutir. En la relación entre masividad y calidad, más suele ser menos. Veamos
si vale la pena aproximarse de otro modo.
3.
Primero
una reconstrucción de la historia del humor en esos años. Habría que partir de
la llamada crisis del humor que se debatía a principios de los ochenta. En eso
hay poco que discutir: todos concuerdan que en aquellos años casi todo lo que
pasaba bajo la etiqueta de “humor” podría añadírsele la de “infumable”. Los
viejos programas se iban anquilosando y las “nuevas” propuestas parecían más
viejas todavía. (Yo tengo una teoría. ¿Si en aquel Quinquenio Gris que duró
quince años a Lezama o a Piñera se les negaba el derecho a ser publicados qué
podrían esperar los pobres humoristas? Años en que lo más atrevido que se dijo
en televisión fue aquella famosa morcilla de “Si no te portas bien te pongo a
ver muñequitos rusos” y no quedó sin inmediato castigo. Pero ya ustedes saben
de qué pata cojeo.) El llamado movimiento humorístico de los 80 fue una
respuesta espontánea a esa crisis. Espontánea y sumergida: la televisión
mantenía los mismos niveles de infumabilidad mientras las peñas y teatros
empezaron a ser invadidos por grupos aficionados, casi siempre universitarios,
que exponían su humor a un público con una preparación similar que acudía a
dichos espacios a buscar lo que la televisión no les ofrecía. La más notable y ssotenida presencia de los humoristas de nuevo cuño en los medios fue a través del radial Programa de Ramón en una emisora provincial.
4.
Hasta
que llegó aquella cosa terrible que llamaron Período Especial y en medio de
ello un programa como “Sabadazo”. No tengo idea de cómo fue su concepción,
apenas puedo hablar de sus resultados: aunque fue incorporando a varios de las
figuras del pujante movimiento humorístico surgido en la década anterior (de
una manera bastante arbitraria e independientemente de la relevancia,
experiencia y calidad que habían adquirido durante años en otros medios) la
puesta en escena sabía a retroceso. Se trataba, sin mucho disimulo, de una
vuelta al viejo teatro bufo de la república que la cultura oficial había
tratado de exterminar durante décadas. El resultado era burdo, es cierto, pero
bastante más eficaz de lo que habían tratado de pasar por humor en la
televisión durante décadas y el éxito fue, lógicamente, avasallador. (No
reniego del bufo, un género que alcanzó una calidad altísima, pero surgido y
desarrollado en un una sociedad muy distinta a la Cuba de los noventas).
5.
Ese
fue el inicio de lo que se ha visto como una caída imparable de la calidad del
humor que se producía en la isla con respecto a la (discutible) excelencia de
años anteriores. Pueden buscarse las causas en muchos sitios. Yo me limito a
señalar la más obvia: la condición profundamente disfuncional de la sociedad
cubana. Una disfuncionalidad que explica que surgiese con tanta fuerza en un
país pobre un movimiento de humoristas compuestos por futuros profesionales que
actuaban gratuitamente para un público con un nivel cultural más o menos alto y
sin que durante años tal fenómeno acabara de profesionalizarse. Y cuando se
llega a la fase mediática y comercial, la de la televisión primero y la de los
centros nocturnos más tarde, lo hace en condiciones igualmente anormales: no se
trata, a mi entender de que las autoridades de la televisión (y quien dice “televisión”
en Cuba, dice “país” dice Poder, con mayúsculas) fueran más permisivas “con el
mal gusto que con el humor inteligente”. Más que permisivas con el mal
gusto eran intransigentes con todo lo que oliera a conflictivo y, como en aquel
viejo chiste, no hay nada más conflictivo que la inteligencia. El resultado, de
repetirse tanto en la historia reciente cubana no debería sorprender a nadie. Ahí
lo tenemos con la música bailable: no es que las autoridades estuviesen
especialmente interesadas en promover el reguetón pero veían a este género, comparado
con opciones más “conflictivas”, como un mal menor. Luego se quejará de la
vulgaridad pero en su fuero interno debería saber que la prefiere y que de
muchas maneras la ha estimulado. Pueden tales autoridades lanzar todas las campañas
que quieran contra la vulgaridad pero prefieren la peor de las groserías a un
chistecito sobre el contenido del seboruco de Santa Ifigenia.
6.
Esa
es más o menos mi versión sintética de la llamada crisis que insisto, no me
parece especialmente preocupante. Me preocupan crisis más profundas y antiguas que
los humoristas solo mencionan de refilón y que se reflejan categorías tales
como Producto Interno Bruto, Libertad de Prensa y Posibilidad de que el Jefe de
Estado Cambie de Apellido. Pero tampoco hay que insistir en ello porque el
principio fundamental de cualquier humorista no es el de ser inteligente sino
evitar caer pesado.



