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domingo, 1 de septiembre de 2024

Reinaldo García Ramos o la salvación por la memoria


Cuando titulé mi artículo "Reinaldo García Ramos o la salvación por la memoria" sobre el libro Una amiga en París no sabía que su autor estaba muriéndose. La salvación a la que me refería en el artículo no era cuestión literal ni medianamente metafórica sino la salvación abstracta que nos proporciona la escritura haciéndonos distintos a nuestras circunstancias en lugar de sus víctimas. Ya le había hecho saber a través de nuestra amiga en Miami y editora común de Ediciones Furtivas, Karime Bourzac, lo mucho que me había gustado Una amiga en París pero sin avisarle que planeaba escribir una reseña. Quería darle la sorpresa a Reinaldo pero la sorpresa me la dio él a mí. Para cuando apareció el artículo ya Reinaldo se encontraba hundido en un coma del que solo salió para morir.

No puedo decir que fuera especialmente cercano a García Ramos ni que lo conociera más allá de las intimidades que se permiten los escritores con sus lectores. Sí hablamos bastante cuando vivía en Nueva Jersey y nos encontrábamos en la guagua camino a Nueva York. Hablábamos sobre todo de Mariel, revista de la que fue editor y que, para mí, hasta hacía poco era más mito que realidad palpable de papel, tinta y polvo. Porque Reinaldo no se había limitado a darle aliento a la revista mientras esta existió sino que se empeñó en conservarla en formato digital. Hablábamos tanto de los pormenores de su redacción, los cambios de sede (que no era otra que el apartamento de quien se hiciera cargo de la edición correspondiente) y de la batalla que libraba para defender el archivo digital de la revista de los ciberataques del mismo régimen que en Cuba se dedicara a hacerles la vida literalmente imposible a los futuros creadores de Mariel. El mismo régimen que ideara el éxodo epónimo para sacarse de arriba una crisis que empezaba a escapar a su control ahora se dedicaba a intentar destruir el archivo creado por los fugitivos.

A Reinaldo no había que convencerlo de la importancia preservar la memoria colectiva o personal. Aunque fuera por pura reacción al empeño que ponían sus antiguos perseguidores en borrarla. Años después nos reencontramos en Miami Beach a donde íbamos a vacacionar que es otra forma de llamarle al maratón de encuentros con amigos entre sol, playa y cervezas. Venía a ver a mi suegra, Teresita Valladares, quien trabajó por largos años en ese refugio de los parias de la cultura que fue durante tanto tiempo la Biblioteca Nacional. En esas ocasiones todo era más familiar. Ni literatura ni Mariel. Sencillamente dejarse llevar por el vaivén del verano enfático de Miami Beach.

Pasaron los años sin vernos. Solo mensajes ocasionales con el pretexto de algún proyecto o presentación. Hasta que con la publicación de Una amiga en París me llegó el pretexto perfecto de asomarme a su vida anterior a la que le conocía, de admirar la discreta y trágica firmeza con que se resistió a aquello que otros aplaudían aunque lo repudiaran en secreto, su renuncia al remedio fácil y perverso de engañarse a sí mismo. Admirar la persistencia y convicción con que finalmente Reinaldo publicó las cartas de medio siglo atrás. Publiqué el artículo, llamé a Karime para hacérselo llegar y entonces me enteré que Reinaldo, ese que se me había hecho tan presentes en las cartas recién publicadas estaba yéndose sin remedio. Como consuelo Karime me dijo que le habían leído mi reseña cuando ya estaba en coma. La manera que había encontrado de darle las gracias por esa existencia ejemplar por tranquila pero firme le llegó tarde. Tampoco es que le hiciera mucha falta, pienso. Gente como Reinaldo García Ramos no necesita de esas confirmaciones para vivir como viven. Somos nosotros, más débiles en el más profundo de los sentidos, a los que siempre nos queda algo por decir, algo por escuchar.

Reinaldo García Ramos o la salvación por la memoria

Los pueblos ya vienen de por sí olvidadizos. Por eso cuando un estado totalitario acomete su habitual borrado de la memoria colectiva no hace más que acentuar un proceso natural, si es que hay algo natural en lo que respecta a los pueblos y su memoria. Son por lo general esos seres melancólicos llamados intelectuales —cuando no cosas peores— los que se empeñan en dejar por escrito el testimonio de un pasado que no le importa a casi nadie hasta que es demasiado tarde y no queda más remedio que convertirlo en mito.

En cuestiones de memoria los cubanos hemos ido mejorando nuestra suerte. Desde que Aldo Baroni —en un libro que muchos citan el título pero que pocos parecen haber leído— definiera la isla como “Cuba, país de poca memoria” en 1944 se ha avanzado bastante en la restitución del pasado. Sobre todo, a través de la palabra escrita como en buena parte de la obra de Guillermo Cabrera Infante, uno de los primeros en darse cuenta luego del “Affaire PM” de que ese presente que se deshacía en las manos para convertirse instantáneamente en pasado merecía ser retenido a través de la literatura.

Los soviéticos resumieron muy bien la arbitraria administración de la memoria por un régimen comunista con la frase: “nadie sabe el pasado que le espera”. Bastante sabían ellos de eventos desvanecidos en las cronologías, personajes que desaparecían de fotos icónicas o de la misma memoria colectivizada en diccionarios o relatos oficiales después que el pelotón de fusilamiento, el Gulag —cuando no el exilio en el caso de los afortunados— hubiera dispuesto de la materia inservible para la historia oficial. No es casual que sea la generación de Mariel —la primera en constituirse como grupo de resistencia literaria y cultural contra el asedio totalitario— la que con más conciencia se empeñó en dejar constancia casi notarial del pasado escamoteado a todos. No solo pienso en Reinaldo Arenas y su famosa autobiografía Antes que anochezca. También está José Abreu Felippe y su pentalogía “El olvido y la calma”, un quinteto de novelas que abarca desde la infancia del protagonista en la década de los cincuenta hasta entrados los ochenta cubanos. O su hermano Juan que con sus memorias Debajo de la mesa y la suerte de diario que tituló A la sombra del mar donde reconstruye su vida desde su infancia hasta los durísimos años setenta, esos en que de ocuparle aquellos escritos en el fondo de una gaveta podía haberle acarreado unos cuantos años de cárcel. (Lo anterior me hace recordar otro chiste soviético. Aquel en que en una conversación de condenados en el Gulag le preguntan a un recién llegado cuál es su condena. “Diez años” responde este. “Y ¿por qué estas preso?”. “Por nada” vuelve a responder. “Mientes”, le dicen “porque por no hacer nada solo te meten cinco años”. Igualmente, en los años en que Juan Abreu escribe las páginas que luego irán a parar a A la sombra del mar no hacer nada era un delito que la famosa Ley contra la Vagancia castigaba con el envío a un campo de trabajo conocido entonces con el bucólico nombre de “granja”. Por escribir te tocaba un poco más).

Ahora Ediciones Furtivas nos trae una reconstrucción arqueológica de hace más de medio siglo con el libro Una amiga en París (Cartas 1968-1972) de Reinaldo García Ramos. García Ramos es una figura clave de la generación de Mariel, recordado tanto por sus poemarios como por su participación en la revista que recogiera el nombre del éxodo que el castrismo había convertido en carne de infamia. Lo natural es que las páginas de Una amiga en París se hubieran perdido entre otras tantas que los cubanos nos hemos exprimido dentro y fuera de la isla con la misma vocación de náufragos. Porque lo que recoge García Ramos en Una amiga en París es una selección de 33 de las más de doscientas cartas que este le escribiera a la poeta Ana María Simo miembro de la generación agrupada alrededor de Ediciones El Puente, la editorial fundada por el también poeta José Mario y una de las tantas víctimas del ansia castrista de control absoluto. Simo es la amiga en París a que se refiere el título y a quien García Ramos le escribía para coordinar las gestiones para sacarlo de Cuba, la isla donde la homofobia de Estado y la persecución ideológica la habían vuelto inhabitable para el autor de las cartas.

Las cartas de Una amiga en París van desde abril de 1968 hasta septiembre de 1972. Son años de triste recordación que incluyen la mencionada Ofensiva Revolucionaria; el escándalo que fueron objeto los libros Fuera del juego de Heberto padilla y Los siete contra Tebas de Antón Arrufat tras recibir los Premios UNEAC de 1968; la devastadora Zafra de los Diez Millones; la detención del propio Padilla por la Seguridad del Estado; el feroz Congreso de Educación y Cultura de 1971 y el subsiguiente proceso de “parametración” con que expulsaron del mundo de la cultura a todo el que no les pareciera lo suficientemente adecuado política, sexual o estéticamente. A todos estos sucesos se refiere García Ramos en medio de sus tribulaciones burocráticas ya sea para gestionar su salida como para encontrar algún oasis en el desértico mundo laboral cubano, árido sobre todo para aquellos de quienes se sospechaba poca simpatía por el régimen o “desviaciones” ideológicas o sexuales que por aquellos años venían a ser más o menos lo mismo.

Gracias a la sensibilidad y a la acuciosa disciplina con que García Ramos reporta desde las incidencias del Salón de Mayo en La Habana hasta un artero ataque de ladillas nos vamos haciendo una idea íntima y tremendamente compleja de aquellos años. García Ramos no es lánguido burgués de Memorias del subdesarrollo y cuyo distante reporte se interrumpe en la Crisis de los Misiles de 1962. El protagonista de Memorias al menos vivía de las rentas y sus amoríos eran vistos con cierta comprensión por los mismos encargados de vigilarlo. El reportaje de García Ramos viene de años tan terribles como los de Memorias pero todavía más oscuros, menos iluminados por el recuerdo colectivo. Encima, en su doble condición de “gusano” y homosexual, García Ramos era doblemente marginado, vigilado y sus aventuras sexuales debían ser tan clandestinas como sus lecturas. Uno puede entender lo importante que fueron para el autor estas cartas donde podía expresarse con una libertad y una lucidez imposibles en su vida cotidiana. Lo mismo da cuenta de las últimas medidas tomadas por el gobierno para apretar las clavijas económicas o políticas que de su propio embrutecimiento y alienación y del “espectáculo de mi propia depauperación individual”.      

Se puede pensar que cualquiera con dos dedos de frente y con ojos y oídos para percibir lo que ocurría a su alrededor podría haber escrito una crónica honesta de aquellos años. Pero sucede que no. Donde los Carpentier, los Vitier o los Eliseo Diego sobornados por las imposiciones de la Historia o incluso los Lezama o los Piñera, atenazados por el miedo, no se atrevieron a confesar en sus cartas más íntimas lo que sentían y pensaban, la coherencia intelectual y la integridad ética de un García Ramos (auxiliado por cierto candor juvenil) fue capaz de dar cuenta honesta de tiempos en que tantos aplaudían a los verdugos de su libertad. Aún consciente del peligro de hablar por lo claro (“No puedo manifestar ni un segundo, con nadie, mis preferencias políticas o sexuales, por ejemplo. Me liquidarían sin contemplaciones”) el autor de las cartas no incurre en el pecado mayor de mentirse a sí mismo y rechaza el régimen en el que sobrevive no por sus fallas circunstanciales sino por su propia esencia: la de “encasillar en patrones abstractos los deseos y necesidades de millones de criaturas vivas y darles (o pretender darles) a todos ellos por igual, la misma supuesta satisfacción”. 

La estrecha vigilancia ética a la que García Ramos somete al régimen que lo constriñe se redobla cuando juzga sus propias tácticas de supervivencia. Reconoce que por mucho que se refugie en su ironía y sus lecturas

cuando llega la hora de celebrar chistes y comentarios mediocres, cuando es preciso perder tiempo y hacer concesiones (porque hacer lo contrario, rebelarse, carece absolutamente de sentido), todas esas lecturas se van a la mierda. y un diálogo genial de una obra de Camus no penetra sino nominalmente en nuestra sensibilidad y sólo tenemos escasamente unos segundos para darnos cuenta, con un estremecimiento de sorpresa y de confirmación a la vez, que estamos siendo tragados por ese personaje que nos hemos visto obligados a inventar, y que nuestros actos ya no se corresponden ni en lo más mínimo con nuestro ser más íntimo ni con nuestras aspiraciones ni con nuestra inteligencia.

Hundido en los intestinos del castrismo García Ramos no renuncia a entender el régimen más allá de sí mismo. Sobre todo en relación con el mundo occidental que todavía veía el comunismo con simpatía. Pero no por ello acepta el relativismo “de que la existencia es prácticamente insoportable en cualquier parte” para hacer de su vida en Cuba algo más aceptable. En los mismos días en que Michel Foucault se declara admirador de Mao Zedong en el París al que García Ramos sueña escapar, el cubano acepta con orgullo su condición de desertor de la Gran Marcha de la Humanidad hacia el Porvenir. Al escribir estas cartas se resiste a que su experiencia sea reducida a lo que aparezca en “los sesudos ensayos de periodistas ladinos y experimentados, ni en los discursos, ni en las estadísticas, ni en los libros de historia académica, vida que sólo se puede captar por la expresión desgarrada del que la sufre”. El corresponsal se resiste a ser mero objeto de la descripción de los que peregrinan al paraíso revolucionario. Como Padilla en su famoso poemario García Ramos se sale del juego en el que solo tienen derecho a ser escuchados los devotos de la religión del progresismo. “Quizás, sí, me he convertido sin remedio en un reaccionario ajado y sin gran dosis de vitalidad: no me importa. No es de los libros ni de las creencias políticas en boga de donde tengo que sacar una verdad; es de mí mismo, de lo que con mi torpe existencia pueda llegar a descifrar”.  

En todo caso, a pesar de contar con todas las disculpas posibles Una amiga en París evita caer en el patetismo. El humor que recorre estas cartas se lo impide. Un humor entendido no como el impulso de tirar a broma incluso lo más terrible sino el esfuerzo por distanciarse de su propio sufrimiento para poder apreciar mejor el profundo sinsentido que lo produce. Al fin y al cabo la tragedia siempre termina dignificando sus causas. En cambio, todo el acoso y la marginación por los que pasa García Ramos no le impiden apreciar la ridiculez y el absurdo del régimen que lo oprime. Comprende, por ejemplo, que de aceptar los principios sobre los que erige el “hombre nuevo” guevariano él mismo quedaría despojado de todo rastro de dignidad.

Digámoslo: sobrevivimos sólo para que sobre nuestros huesos pasen las sonrosadas piernecitas de estos gozadores del futuro. Ellos son la pureza. Ellos son la garantía de una salvación. Nosotros no; nosotros somos un rebaño de seres monstruosos y deformes, viles y cínicos, que apenas logramos por momentos convencernos de nuestra inservible condición histórica. Por eso estamos (sí, desde luego, dichosa y divinamente) preparados para desaparecer. [...] Somos criaturas, repito, convencidas de su próxima, necesaria e inexorable desaparición.

En el episodio más humillante que recogen estas cartas, el del interrogatorio por el que debe pasar su autor sobre sus preferencias sexuales conducido por militares que supuestamente evalúan su incorporación al Servicio Militar Obligatorio, termina convertido en una falsa teatral titulada El golpetazo del oprobio. En dicha farsa, mientras que el autor se reserva el papel de “El Incomprendido”, le asigna a sus interrogadores personajes nombrados “Primera Señora” y “Segunda Señora”. No obstante, las hilarantes escenas que describe no le ahorran al lector lo vejatorio de una situación que incluye parlamentos (tomados del natural) dignos del orwelliano interrogador de 1984:

Aquí tenemos nosotros toda la información, pero queremos que seas tú mismo el que nos hables del asunto y ver hasta qué punto podemos confiar en ti. Nosotros no queremos destruirlos a ustedes [los homosexuales, se sobreentiende], sino ayudarlos. Cuando tú termines de hablar, nosotros te vamos a dar un consejo. Nosotros no hacemos nada con pasar este expediente tuyo al departamento de lacras sociales…

Hay que agradecer la escritura, rescate y publicación de estas cartas de cuya importancia el autor estaba consciente incluso a medida que las redactaba. En algún momento, García Ramos al revisar correspondencia acumulada reconoce quedar impresionado por su volumen: “¿es así como se escriben esos enormes libros que leemos? ¿Esas novelas alemanas interminables? […] ¿Te imaginas que en esas trecientas cuartillas puede haber por lo menos cien de un interés más permanente?”. La edición de estos cinco años de confesiones epistolares, interrumpidas por el traslado de la destinataria a Estados Unidos, suma 161 páginas que nos traen, junto con noticias fresquísimas del pasado, una pequeña epopeya de la dignidad humana. La de un escritor que, abandonada toda esperanza de expresarse públicamente, no renuncia al deber fundamental de todo ser humano de ser honesto consigo mismo, cualesquiera que sean las circunstancias. Y pocas circunstancias pueden ser más asfixiantes que las de un ser inteligente, honesto, independiente y sensible en medio de una sociedad que ha optado por la necedad y la obediencia.

Interrumpida la correspondencia en 1972 a García Ramos todavía le faltarían ocho años para poder escapar de Cuba a través del éxodo de Mariel. Uno puede lamentar la pérdida de lo que el autor pudo haberle contado a su confidente en aquellos años pero también vale preguntarnos si estamos dispuestos a padecer tanta verdad.


jueves, 24 de marzo de 2022

Mito, literatura, academia

 


Dos semanas atrás estaba en un congreso en Puerto Rico. Presentaba una ponencia sobre tres novelas de la generación de Mariel La travesía secreta de Carlos Victoria (1994) y Sabanalamar (2002) y El instante (2011) de José Abreu Felippe. El argumento de mi ponencia -resumido- no podía ser más sencillo: la verdadera Novela de la Revolución Cubana no la habían escrito sus partidarios sino sus perseguidos, sus resistentes, sus víctimas (aunque la condición de víctima en un escritor siempre me ha resultado cuestionable). Luego la ponencia intentaba demostrar por qué las novelas mencionadas eran precisamente novelas. Cómo, a pesar de la carga de sufrimientos que podían atestiguar, conseguían superar la condición de memorial de agravios, de panfleto, de buzón de quejas y sugerencias de la Historia, para llegar a ser esa otra cosa tan difícil de definir pero fácil de reconocer que es una obra de arte.

Al final, como para animar la discusión la investigadora Mónica Simal, una de las poquísimas especialistas en la generación de Mariel, preguntó que por qué pensaba yo que aquellos escritores siguen siendo ignorados, más allá de la obra de Reinaldo Arenas. La respuesta era fácil. El problema consistía en decirla. Porque -como le expliqué a la audiencia aquella tarde- mientras la Revolución Cubana siguiera existiendo como mito nadie estaría interesado en leer a esos heraldos de la mala vieja de que aquella Revolución llevaba la simiente del autoritarismo y la opresión desde su mismo comienzo. Y eso -no contado por latifundistas y burgueses sino por escritores de origen humildísimo que en no pocos casos creyeron en ella- era algo que la gente prefería no escuchar.

"En vez de eso -añadí- prefieren leer novelas de Leonardo Padura, que si bien pueden pasar por críticas se cuidan de conservar una visión nostálgica que no afecta en absoluto al mito de la Revolución Cubana". Si acaso le añade la elegante pátina que da la melancolía que producen las buenas intenciones que no han podido ser cumplidas. Debe tenerse en cuenta que mis compañeras de panel presentaban justamente sendas ponencias sobre novelas de Padura. Las ponentes no se dieron por aludidas lo cual agradezco e incluso una de ellas asistió a la presentación que hice de “Los que van a escribir te saludan” en la librería Laberinto del Viejo San Juan. Después de todo mi intención declarada no era iniciar una guerra civil en aquel apacible panel pues encima de todo alguien tuvo la mala idea de asignarme la responsabilidad de moderador de aquel evento. Me bastaba con dejar clavada allí mi certeza de que ante ciertos mitos el espíritu crítico de la academia se desvanece y acude a respuestas tranquilizadoras, sedantes. Como cualquier ama de casa se sienta cada noche a ver su telenovela favorita.       

viernes, 22 de octubre de 2021

Los que van a escribir te saludan



Tengo el placer de anunciarles la salida a la venta de mi libro Los que van a escribir te saludan. Ensayos sobre literatura y poder. Se trata de una recopilación de ensayos escritos durante más de veinte años sobre "lo que llamo política literaria: una suerte de guerra de guerrillas empeñada, no en favorecer o contradecir determinado proyecto político, sino en enfrentarse a las presiones que, desde los diferentes poderes, intentan apagar su voz o domesticarla". Porque "por inocente o etéreo que se pretenda, el ejercicio literario siempre representará una revuelta contra el monopolio de sentido al que aspira el poder". El libro comienza por ser un recorrido por la literatura nacional desde su llamado texto fundacional, Espejo de paciencia, hasta poetas contemporáneos como Néstor Díaz de Villegas y Gleyvis Coro Montanet pasando por las batallas que libró Virgilio Piñera contra la Ciudad Letrada primero y contra el totalitarismo local después; y por el ejemplar ejercicio literario de la generación del Mariel que según mi opinión terminó resultando "la verdadera Novela de la Revolución Cubana". También 
Los que van a escribir te saludan incluye una sección que explora el mismo tema en escritores ajenos a "la maldita circunstancia del agua por todas partes" y que incluye textos sobre Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Joseph Brodsky y Vaclav Havel. 

Del libro ha dicho Jorge Brioso:

El enemigo de un escritor lo define. Trilce de Vallejo resulta inconcebible sin ese ruido que viene de afuera y no deja cantar al poeta. A Borges no se le puede entender sin ese concepto que corrompe y desatina todo, el infinito. La obra de Enrique Del Risco resulta inimaginable sin su ubicuo contrincante: el poder que aspira, según sus propias palabras, al monopolio del sentido. La literatura se le revela y se le rebela al poder -valga aclarar que la buena literatura es pródiga en revueltas pero no puede ser revolucionaria, eso equivaldría a plegarse a la política- al oponerle su "ambigua levedad". Los ensayos de este libro exponen a través de múltiples escenarios -que van de Espejo de paciencia a Néstor Díaz de Villegas, de Roberto Bolaño a Joseph Brodsky- los flancos de esa batalla. 

Para adquirir el libro pueden pinchar aquí.


domingo, 22 de marzo de 2020

Una recogida

Ahora que se han puesto de moda las detenciones en Cuba -como si no lo estuvieran siempre- pensé que valía la pena reproducir aquí un fragmento de la magnífica y poco comentada novela El instante de José Abreu Felippe, uno de los principales representantes de la generación de Mariel y uno de los mejores novelistas cubanos vivos. En El instante, cuarta parte de la pentalogía El olvido y la calma Abreu intenta resumir la experiencia de jovenes inconformistas en la Cuba de finales de la década del sesenta hasta el éxodo del Mariel en 1980. El fragmento en cuestión trata sobre una de las famosas recogidas de jóvenes por parte de la policía. La recogida en cuestión tuvo lugar durante un amago de protesta ante la invasión soviética a Checoslovaquia en agosto de 1968. Al pedirle permiso al autor este me comentó: 

Releer ese texto ahora me produjo escalofríos. Así fue en realidad, la única diferencia es que aquí yo lo reduzco por intereses de la novela a lo esencial, pero el confinamiento duró más de una semana. Después supe que mi madre me buscó por morgues y hospitales, que cuando se enteró de la inmensa recogida -más tarde salió un artículo de una página en Juventud Rebelde- fue a Villa Marista y allí le dijeron que yo no estaba. Así que estuve desaparecido oficialmente.


Sin más, los dejo con este fragmento de un capítulo mucho más largo que podría titularse -el fragmento- "Una recogida":

"Hacía unos días me habían cargado cuando salía de la Cinemateca. Ese día acabaron con media Habana. Los hippies ha­bían organizado una manifestación frente a la embajada de Checos­lovaquia para protestar por la invasión rusa y, como era de supo­ner, cargaron con todos. Igual había pasado cuando les dio por interrumpir el tráfico en pleno Galiano acostándose en la calle; lo mismo cuando se reunían en el Capri, en La Rampa. Un hippie para la policía era cualquier joven que estuviera peludo, o lle­vara camisa ancha y pantalones estrechos; cualquiera que anduvie­ra con un radio portátil o que usara gafas oscuras; sin hablar de las sandalias sin medias. De ahí se desprende que la recogida fue inmensa.
Esa tarde yo me tomé un helado en el Ten Cent del Vedado. Había ido a visitar a mi abuela y después me metí en el cine a ver una película americana de gangsters que estaba de lo más buena. A la salida, cuando me encaminaba a la parada de la guagua, un tipo se me arrimó, me tiró un brazo de hierro por arriba y me dijo:
—¿Y qué mi socio?
Ya casi llegaba a 12 y 23 cuando me alcanzó, me hizo doblar, y junto a la pared de un garaje me registró para ver si llevaba armas. Yo lo miraba asombrado.
—Lo que tienes es un mundo atrás –me dijo.
En el acto parqueó una máquina junto a nosotros  y me montaron. Dentro iban tres tipos. Me sentaron en la parte trasera, entre dos de ellos.
—¿Se puede saber por qué me llevan y adónde? –pregunté.
Incomprensiblemente no estaba nervioso. Casi siempre en los momentos de mayor tensión es cuando más tranquilo me siento.
—Vamos a Villa Marista –me contestó el que iba junto al chofer y ese mismo me preguntó:
—¿Qué tú haces, estudias o qué?
—Me desmovilicé el mes pasado. Estudio en el Pre de La Víbora.


—¿Y tú conoces la historia de los mártires del Pre de La Víbora? –me gritó el que parecía el jefe.
Me quedé callado. No volví a hablar en todo el viaje.
Villa Marista estaba atestada de muchachos. Cuando llegamos me metieron en un salón. Los que habían traído antes, unos veinte, esperaban sentados en unos bancos que había pegados a la pared. Cada cierto tiempo entraba un policía y se llevaba a uno. Conti­nuaban llegando máquinas atestadas. Allí, junto a un mostrador me volvieron a registrar y me vaciaron los bolsillos, me zafaron el cinto y me halaron el pantalón por la cintura. Después me hicie­ron quitar las medias y revisaron el interior de mis zapatos. Los objetos personales los iban guardando en un sobre. A algunos muchachos los retrataban a otros no. Cuando acabaron conmigo me llevaron a otro recinto que estaba lleno de unas celdas donde só­lo cabía una persona. En la pared había un saliente que servía de asiento y que no estaba completamente horizontal, sino algo in­clinado hacia adelante, lo que obligaba a mantenerse atento, pues uno se resbalaba constantemente. La pared del fondo y las latera­les estaban repelladas de forma tal que hincaban, lo cual impedía recostarse a ninguna de ellas. De cualquier manera, estaba prohi­bido dormir y un policía vigilaba para que nadie cerrara los ojos.
—Ciudadano –decía–, abra los ojos.
Dije que quería orinar y me sacaron. En mi recorrido pude obser­var las otras celdas, los rostros de los muchachos que me miraban al pasar. En una esquina había una pila.
—Orina ahí –me gritó el policía como si estuviera a cien kilóme­tros de él.


Me llamaron varias veces en la noche. Me conducían por largos pasillos hasta un cuartico donde un oficial me interrogaba. Nunca estuve seguro que fuera el mismo sitio, pues siempre me llevaban haciendo un recorrido diferente. Había que andar rápido, escolta­do por dos policías.
—No mire hacia los lados, ciudadano –ordenaban.


La primera vez me condujeron a una minúscula habitación de paredes blancas. Los perros salieron y me dejaron solo. Me quedé parado junto a la puerta sin saber qué hacer. Sentía mucho frío. El cuarto no tenía ventanas ni ningún tipo de decoración en las paredes. Sólo había un pequeño buró con una silla. Al rato, se abrió una puerta medio disimulada en la pared del fondo y entró un oficial. Su uniforme era diferente a los del ejército. Era un híbrido entre overol y uniforme de gala de las FAR. El hombre me miró sin decir palabra y después se sen­tó y se puso a estudiar un file que había sobre la mesa. Yo lle­vaba un camisón de seda cerrado hasta el cuello que era un escándalo, anchísimo y tan largo que me daba por las rodillas –yo adoraba aquella camisa enorme que había heredado del padre de La Lechuza–, y un pantalón de mecánico virado al revés, para que pareciera mezclilla, tan estrecho, que sufría y sudaba cada vez que me lo ponía. En los pies portaba unas botas cañeras estupendas. No estaba muy peludo, eso sí. Hacía poco que me había desmovilizado del servicio y el pelo no había tenido tiempo de crecer. Yo seguía parado junto a la puerta, el corazón se me que­ría botar y temía que cuando hablara la voz me saliera en false­te. El oficial me preguntó que si no me daba vergüenza andar con aquella ropa, tan indecente, y de clara filiación capitalista. Yo le di la razón y le prometí que en cuanto llegara a la casa la iba a quemar en el patio. Él me dijo que bastaba con anchar el pantalón un poco y estrechar la camisa. Después indagó sobre la película que había visto en la cinemateca, de qué trataba, si es­taba buena, a qué hora se acabó. Luego cambió el tono y me pre­guntó si yo sabía quién había organizado la manifestación y a qué banda de hippies yo pertenecía.
Siempre me hacían las mismas preguntas y me llenaban las mismas tarjetas. Después me devolvían a la capilla. En una de las veces que me llevaron a interrogar lo único que me obligaron a hacer fue llenar una hoja desde el principio hasta el fin con mi firma. Me dio la impresión de que me estaban castigando, como cuando en la escuela la maestra me mandaba a escribir 500 veces "debo por­tarme bien en clase". En otras insistían en que confesara, que ya "mi amigo" lo había dicho todo. "Mi amigo" era un muchacho que me había encontrado a la salida del cine, nos saludamos, conversamos unos segundos, y él siguió su camino. En aquella época yo iba mu­cho a la cinemateca y nos conocíamos de allí. Algunas veces ha­bíamos caminado juntos hasta el malecón. Tenía unos 16 años y un pelo lacio, rubio, muy lindo.
A un muchacho de 14 o 15 años, le dio un ataque de nervios, y se formó un escándalo en las capillas. El muchacho se daba con la cabeza contra el cemento corrugado y el policía frente a él, lo incitaba.
—Date más, aún no te has sacado sangre.


Después se apareció otro policía con un vaso con agua y una pas­tilla. Los golpes resonaban como bombazos. No hacía mucho, un mu­chacho que yo conocía me había contado que cuando lo detuvieron, en los interrogatorios, lo habían obligado a subir y bajar conti­nuamente una escalera calzando unas botas de plomo para que con­fesara no sabía qué. También conocía de la existencia en los só­tanos de los cubículos herméticamente cerrados, donde te encuera­ban y después hacían bajar y subir la temperatura alternativamen­te. Yo estaba que me cagaba. Había perdido la noción del tiempo; me habían quitado el reloj y los cigarros. Hacía frío allá aden­tro. De pronto dijeron que podíamos salir de las capillas y ti­rarnos en el suelo a dormir hasta nueva orden. La cantidad de mu­chachos allí reunidos nos acomodamos como pudimos entre la pared y los bordes de las celdas, y al oído, nos hacíamos preguntas.
—¿Dónde te cogieron a ti?
—En la cinemateca.
—¿Y a ti?
—En Coppelia.
—A mí me cargaron en La Rampa –dijo el que estaba a mis pies.
Empezó a circular un cabo de cigarro. Cuando me estaba embelesan­do mandaron a regresar a las celdas; nuevos interrogatorios. Vo­ceaban los nombres. No sé cuántas horas llevábamos ya allí. Re­partieron unas bandejas con una bola de espaguetis empegotados y blancuzcos que no había quién se los metiera, un verdadero vomi­tivo. La gente protestaba. Alguien  tiró una bandeja y lo desapa­recieron. Uno de los policías nos advirtió.
—Ustedes no conocen nada todavía. Esténse quietos que les con­viene.
Hasta ese momento yo no había pensado en mi casa,  ni en ella. Me habían preguntado si tenía novia y yo había dado, un poco por im­bécil, un poco por miedo, la dirección de C. Qué estaría pasando en mi casa. No sabían nada de mí y yo no podía avisarles. Comencé a desesperarme. Durante mucho tiempo  –¿cuatro, cinco horas?–, no me volvieron a llamar. Pasó el tiempo. De pronto, me sobresalté cuando oí mi nombre.


—Aquí –dije, y me levanté.
Me llevaron a otro salón donde había un grupo grande de mucha­chos. Me preguntaron mi nombre una vez más, y sacaron un sobre con mis pertenencias, entre ellas, ahora lo recordaba, un libro de poemas míos y una revista de la Universidad de La Habana; tam­bién el periódico de la tarde anterior o de la otra, o de la otra. Un oficial hojeó el libro durante varios minutos sin hacer ningún comentario. Me producía una desagradable sensación que aquel tipejo leyera mis cosas; me sonrojé. Al fin tiró el libro sobre el mostrador. Me hicieron firmar, recogí mis pertenencias y me llevaron a otro salón. Allí me hicieron esperar de nuevo. Lle­gaban nuevos muchachos.
—Yo creo que nos vamos –dijo uno.
Lo mandaron a callar. Cuando al parecer estaba el grupo completo, un policía empezó a hablar. Entre otras cosas dijo que ya todos nosotros estábamos fichados y que al que volvieran a coger por ahí lo iban a mandar para una granja en Camagüey, por dos años como mínimo, a trabajar en la agricultura.
Nos sacaron de Villa Marista en máquinas, por pequeños grupos, y nos fueron dejando regados por distintos lugares de La Habana. Era casi de noche"

miércoles, 11 de diciembre de 2019

JOSÉ ABREU: EL CAMINO HACIA EL AYER*

Por Francisco García González
Tanto el grupo del Mariel, así llamado porque casi todos sus miembros abandonaron la isla a través del éxodo de 1980 por el puerto del litoral oeste habanero, como su obra son poco conocidos y leídos en Cuba. Excepto Reinaldo Arenas cuya obra se lee, al menos sus libros más conocidos, el resto, o sea, escritores como Roberto Valero, Carlos Victoria, Miguel Correa, Reinaldo García Ramos y Juan y José Abreu** (por solo mencionar algunos), son pura deuda. Gracias a su salida del país algunos de ellos alcanzaron su madurez literaria fuera de Cuba. Exiliados del campamento agrícola, pusieron pie en otras costas en las que sus dramas personales, forjados bajo la experiencia totalitaria y la del posterior exilio, tomaron la forma de los libros que soñaron o se imaginaron en sus días grises bajo las botas del caudillo.
El camino de ayer (Alexandria Library, Miami, 2019) es la última publicación de José Abreu Felippe, narrador, poeta y dramaturgo. Se trata, en este caso, de un volumen de diez cuentos prologado por la escritora Zoé Valdés.
Lo primero que llama la atención de El camino de ayer es la variedad de registros en la que se mueve, y apuesta, José Abreu. Registros que atestiguan la manera individual que aborda las líneas temáticas del cuaderno, que van de lo fantástico a lo erótico (versión homo, versión bisexual, no importa), y de lo erótico a la evocación ficcional del entorno familiar del autor (sin olvidar algún que otro atajo). Temas aparte, cada cuento es un universo diferente marcado siempre por el desenfado, casi desvergüenza soterrada, en cuanto a la manera de abordar y desenfocar las historias que cuentan. Y en calidad de lector quizás, más que de temas y registros, además pudiera hablarse de un peregrinar a través de las zozobras y desvelos del presente a la semilla o raíz primigenia. Nunca se sabe, leer es volver a escribir, pero bajo las zozobras y desvelos no del autor, sino de los ajenos.
Un anticipo
Si es de los que no les gusta que le cuenten, le aseguro que no importa. Lo apasionante de estos cuentos, y de toda la obra de José Abreu, no es el qué pasa y en qué acaba el rollo. Lo que usted no debe perderse es el mundo contado de las historias que contiene su narrativa, así como el viaje de los personajes y del propio Abreu. Y todavía más, lo importante en El camino de ayer es lo que el autor no dice, esas hendiduras y sobrentendidos y silencios tácitos interpuestos entre las frases, los diálogos.
De eso se trata la literatura.
Los cuentos fantásticos “La inserción en la piedra de la locura” y “Está lloviendo ángeles”, con los que José Abreu abre El camino de ayer, claman no por la exaltación de un universo inexplicable que toma la realidad por asalto, estos van por la recuperación del mundo ordinario existente antes de que la realidad fuera alterada, quebrada por un suceso, que puede ser el encuentro de un hombre con la noche en forma de ser (la forma de su madre, el rostro de su amante) que lo visita al final de la madrugada, justo en el momento de la oscuridad más perfecta (“La inserción en…”). O por el retorno a la normalidad luego de una intensa lluvia de ángeles, en el caso del segundo. No obstante, más allá de encarnar a un avezado pastor que sabe conducir el redil de las palabras, la actitud del autor ante el material literario es muy diferente en cada uno. El primero es un cuento desgarrador, el narrador es un hombre con un pie en la vida que aún le resta y el otro en la barca que ya imaginamos. ¿En qué momento del paso la vida se nos puede aparecer lo que José Abreu denomina “el claror”? ¿Cuál es su naturaleza? Solo con palabras magistrales puede registrarse dicha visita.
El segundo texto destila ironía y humor sutiles. Llueve ángeles y qué. El gobierno, y la gente, responde como sabemos. ¡Siempre las películas norteamericanas! No faltan hangares, movilización policial, tipos aferrados a la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Luego cae el velo de la otra ironía, no la inexplicable, sino la grosera, la del olvido. Por suerte, José Abreu estaba allí…
“La estatura ideal” y “Como sombras azules” constituyen, como en los dos primeros, dos caras opuestas, dos modos diferentes de asumir el género fantástico. “La estatura ideal” es puro deleite, pura fábula no tan fábula (ya que coquetea con el tono para saltarse cualquier enseñanza) sobre la esclavitud de las modas y sus modos y sus referentes en las redes sociales. La evolución que va de usar jeans hasta explorar procedimientos más de la ciencia ficción que de Victoria Secret. Viaje de los almacenes al quirófano todo incluido en un solo ticket: la frivolidad. Parece un cuento que nos va a hacer reír y seguir adelante con el próximo; pero no. Debajo de la historia, y de su delicado humor expresados en una crítica de cariz conservador ante lo incomprensible, aflora la tragedia del autor: una criatura que vaga extraviada por los sitios del Nuevo Mundo tecnológico que lo echa a un lado sin miramientos hasta hacer encallar, o naufragar, los viejos barcos a los que aún, a Dios gracias, se aferran los escritores sobrevivientes del Mariel.
En “Como sombras azules”, José Abreu explora ambientes claustrofóbicos y espacios kafkianos. Biblioteca total, laberíntica, de Borges a Eco, que engulle lo mismo libros, autores o incautos lectores. Coda: la literatura y la arquitectura pueden ser monstruos autónomos de vientre insaciable.
Con los cuentos “Kukulkán” y “Mulato”, el autor apuesta por el erotismo elusivo apenas descriptivo. En el primero, durante un viaje a México una pareja descubre los pliegues del intercambio lúbrico bisexual. El erotismo viene arropado de incursiones artísticas y suposiciones mitológicas para narrar el encuentro (bastante vulgar y previsible como suelen serlos en esas experiencias) con un trabajador del turismo que comparte danza con prostitución, y al que la protagonista del relato bautiza como Kukulkán por aquello del dios en forma de serpiente.
“Mulato” es uno de los cuentos más ambicioso del cuaderno. La sucesión de incidentes es digna de una novela, donde el homoerotismo pasa factura al régimen cubano en toda su extensión. Lo que muestra la heterodoxia de José Abreu en cuanto a técnicas narrativas en la que cohabitan el tema novelístico con los recursos del relato empujados hasta el límite en que colindan literatura y pornografía.
El ciclo erótico del libro cierra con “Una proposición”, nuevo coqueteo, en clave de humor, con las regiones adyacentes a la pornografía. Una sátira sobre uno de los temas más desgarradores y raigales del amor carnal: el coito anal, visto en este caso desde el punto de vista femenino.
Tal vez el único relato que escapa a las líneas temáticas expresadas en El camino de ayer es “La vida de Ryan” o del naufragio de la educación y las buenas costumbres y maneras. Un texto raro dentro del índice del cuaderno y difícil de acomodar dentro de este. Sin embargo, mediante el recurso del sarcasmo, pariente cercano del humor, José Abreu, obcecado inconforme, hace una crítica demoledora a la vida burguesa. Su diatriba recuerda el modo en que el cine de Fellini tomaba cartas en el asunto. Por supuesto, tal emplazamiento no significa que “La vida de Ryan” devenga en una lección de izquierda, porque en la obra de José Abreu no hay intensiones de trasmitir mensaje alguno, su riesgo es ocultarlos, camuflarlos para invitar al lector a ir por ellos. Cuento atípico en la composición del cuaderno, insisto, pero que sugiere una idea bastante acabada acerca de las motivaciones anárquicas que se esconden detrás de cualquier colección y que se relacionan únicamente con el espíritu del autor.
Por último, los cuentos “Micenas” (que además es otro relato fantástico) y “Concha & Dago” son una especie de travesías literarias del autor, a través de las cuales comparte con el lector las esquinas inquietantes de una existencia en la que no importa, o es superfluo, el devenir. En este sentido, “Concha & Dago” recrea parte de su patrimonio familiar, su entorno más íntimo. Más allá de un suave y dulce costumbrismo, con sabor a viejas fotografías de familia, y saltándose todo tipo de modas literarias, José Abreu indaga por el peso de un pasado escamoteado abruptamente por lo que a secas el autor llama al evento comenzado en enero de 1959: “la debacle”.
“Micenas”, tema para dramaturgos, no es solo el final de un viaje. Fantástico. Atemporal. El hijo del atrida no viene por la venganza. Ni siquiera por la fútil revancha como el Orestes de Álvaro Cunqueiro en su novela El hombre que se parecía a Orestes. Carácter que gravita y gravita en torno a la corte hasta que su reclamo pierde todo el sentido. El Orestes de José Abreu ha llegado. Adónde. Adivine. Les doy una pista: el vecindario es pobre, afuera hay un almendro, el piso es ajedrezado, lozas negras y blancas… ¿Hay otra más descrita en la literatura cubana? Lo digo sin tapujos: “Micenas” es un relato bellísimo, exquisito en su estilo, irreverente en cuanto al mito.
Si algo pudiera decir a manera de conclusión, es que tanto El camino de ayer, como toda la obra leída de José Abreu, está signada por una honestidad intelectual y una sensibilidad sin fisuras, a toda prueba. Compartir el tramo que sea de este oficio, si no nos hace mejores, al menos dignifican, nos devuelven la fe en la tribu a la que pertenecemos.
Montreal. Noviembre de 2019

*Aparecido originalmente en La Santa Crítica
**Iniciarme en su narrativa fue cortesía de Enrique del Risco. 
José Abreu Felippe, El camino de ayer, Miami, Alexandria Library, 2019

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Tras las huellas literarias de la generación del Mariel


La editorial Hypermedia lanza en la trigésimo quinta Feria del Libro de Miami su nueva Colección Mariel, que incluye títulos significativos de los autores llegados a Estados Unidos a través del puente Mariel-Miami y que dieron un giro a la literatura escrita por cubanos en este país. Esta mesa cuenta con la presencia de José Abreu Felippe, poeta, narrador, dramaturgo y crítico literario y de teatro, quien nos trae Dile adiós a la virgen, novela que narra el drama de un hombre que quiere abandonar Cuba y al que le han robado su pasaporte. El narrador, poeta, periodista y promotor cultural Luis de la Paz ofrece su colección de cuentos Del lado de la memoria. Por su parte, el narrador, poeta, ensayista y editor Rolando Morelli comparte con el público de la feria Impresiones en el viento, una colección de relatos que reflejan el difícil proceso de adaptación y asimilación de la cultura estadounidense que deben enfrentar los exiliados. Los tres creadores serán presentados por el narrador, ensayista y profesor universitario Enrique Del Risco y por el director de Hypermedia y de la colección Mariel, Ladislao Aguado. [Sunday, November 18 @ 11:45 am. Room 8503 (Building 8, 5th Floor) 300 NE Second Ave., Miami, Fl 33132 United States]

miércoles, 31 de octubre de 2018

Colección Mariel

Nota de prensa de la editorial Hypermedia anunciando su nueva colección Mariel:

La editorial Hypermedia presenta su Colección Mariel, una colección dirigida por Juan Abreu.
Mariel reúne los 11 libros imprescindibles para entender y evaluar una de los momentos literarios y socioculturales más silenciados durante las últimas décadas en la literatura cubana.
Mariel es el resultado de la llegada a los Estados Unidos de jóvenes escritores cubanos expulsados de la isla por las medidas represivas y de control social establecidas por el gobierno de Fidel Castro. Muchos de ellos arribaron al exilio tras el éxodo masivo que tuvo lugar desde el puerto de Mariel a las costas de Florida.
Mariel, los nombra como generación y es al mismo tiempo, el nombre de la revista que fundaron al llegar a Miami.
Sirva esta colección entonces como un homenaje a aquellos que ya no están, a la perseverancia y la tenacidad de los que aún, y por fortuna, nos acompañan.
Muchas gracias.
Las obras que comprenden la Colección Mariel son:
1. Dile adiós a la Virgen (novela), de José Abreu Felipe
2. Al norte del infierno (novela), de Miguel Correa
3. La travesía secreta (novela), de Carlos Victoria
4. Este viento de Cuaresma (novela) de Roberto Valero
5. Miami en brumas (novela), de Nicolás Abreu Felippe
6. Curso para estafar y otras historias (cuento), de Leandro Eduardo (Eddy) Campa
7. Del lado de la memoria (cuento), de Luis de la Paz
8. Impresiones en el viento (cuento), de Rolando Morelli
9. La loma del Ángel (novela), de Reinaldo Arenas
10.Boarding Home (novela), de Guillermo Rosales
11.El gen de Dios, de Juan Abreu



miércoles, 24 de octubre de 2018

Jorge Valls en Mariel

Jorge Valls y Aniceto Cuesta. Foto de Geandy Pavón 

 A Jorge Valls -de cuya muerte ayer se cumplieron tres años- se le aludió en la revista Mariel en varias ocasiones. Ya fuera para exigir su libertad (cuando todav ía cumplía su sentencia de 20 años de prisión) o para celebrarla. Les incluimos dos muestras más directas de su presencia en la revista: su poema "Donde estoy no hay luz..." que da título a uno de sus poemarios y un breve texto que Esteban Luis Cárdenas le dedicara: