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miércoles, 14 de octubre de 2015

Post data pioneril

Como un lector de este blog sugiere quizás sea el caso de Elián González el paradigma del pionero cubano, del hombre nuevo, incluso pese a su aparición tan tardía en la historia del castrismo. Con la madre muerta al tratar de escapar de Cuba se vio envuelto en un frenético proceso de reclamaciones entre su familia en Miami arropada por los políticos locales y el gobierno cubano que usaba al padre como carnada. (Se me llamará tendencioso y poco objetivo pero no nos engañemos como algunos lo hicieron en aquellos días: no hay manera de presentar los bandos en cuestión de manera equilibrada como no había equilibrio de fuerzas en aquellos días). Al final fue el gobierno cubano –con la decidida colaboración del norteamericano, vale decir- el que triunfó en esta reedición del círculo de tiza caucasiano. (La diferencia fue que esa vez al niño sí lo arrastraron por el brazo).

La advertencia histérica de las masas enardecidas de Miami de que a Eliancito, de vuelta a Cuba, lo iban a adoctrinar y convertirlo en un trofeo del gobierno resultó bastante tímida si se le compara con lo que ocurrió en realidad. Lo que consiguió el gobierno cubano al descargar toda su capacidad de manipulación sobre un solo niño puede juzgarse en cualquiera de las entrevistas recientes que se le han hecho ya entrado en la mayoría de edad. Y hasta ahora, ante la realidad que es uno de los robots humanoides más perfectos que se conocen ninguno de los que abogaban por el regreso del niño a la isla ha reconocido que aquella multitud enloquecida de miameses tenía algo de razón.

domingo, 11 de octubre de 2015

Pioneros en Manhattan

Hoy aparece en Diario de Cuba un texto mío sobre la expo “Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood” clausurada la semana pasada en Nueva York Comienza así:


A mediados de los años 70, el recientemente fallecido periodista mexicano Jacobo Zabludovsky decidió hacer un experimento. Entrevistaría a los hijos de los funcionarios de la embajada cubana en México DF. Nada complicado. Preguntas elementales como "¿A quién quieres más?", "¿Qué quieres hacer cuando seas grande?" Nada que alarmara a los funcionarios que debían autorizar la entrevista. La segunda parte del experimento era —al parecer— igualmente inofensiva, y consistía en hacerle las mismas preguntas a niños mexicanos.Lo verdaderamente revelador fue presentar en televisión en conjunto el resultado de ambas encuestas. Así, mientras los niños locales afirmaban amar más a su mamá o a su abuela y de grandes querer ser como cierto futbolista o personaje de cómic, los cubanitos decían querer más a Fidel o a la Revolución y que cuando crecieran serían como el Che o sacrificarían su vida por la Patria.
Zabludovsky trascendió por sus entrevistas a gente famosa en todo el mundo, por su conducción durante décadas de programas noticiosos en su país, pero la noche de aquella emisión le cambió la vida al menos a una persona. "Me sentí como un robot", me contó muchos años después uno de aquellos niños cubanos. Verse soltando aquellos lugares comunes de la propaganda oficial, uno tras otro, cuando resultaba bastante más natural querer más a la abuela que al gobernante del país. Como resultado de esa experiencia, aquel niño decidió que en lo adelante dedicaría todos sus esfuerzos a  escapar de aquel país al que su padre representaba.
Por supuesto que fue esa una experiencia bastante rara para los niños cubanos de aquella generación. Para la casi totalidad de los niños cubanos, aquellas consignas, aquellos lugares comunes fueron lo más normal del mundo. La exposición Pioneros: Building Cuba's Socialist Childhood, que acaba de clausurarse en Nueva York al cuidado de María Antonia Cabrera Arús y Meyken Barreto, es un intento de reconstruir aquella "normalidad", aunque la colección de juguetes, uniformes, diplomas, expedientes escolares, libros, etc, expuesta en una sala en medio de la Quinta Avenida neoyorquina resultara una suerte de naufragio doble.
Por una parte, el naufragio de un proyecto abandonado hace bastante tiempo (aunque sus efectos sigan vigentes) y, por otra, el desamparo intraducible que enfrentan esos mismos objetos en una ciudad tan ajena como es el Nueva York de 2015. Aunque puede que me equivoque en lo segundo y no haya ciudad más afín a tal exhibición que esa, obsesionada con el reciclaje de modas y exotismos.

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domingo, 27 de julio de 2014

Metáforas

Me cuentan una historia que resume de un golpe la naturaleza de los cambios que han venido operando en Cuba en los últimos tiempos. Se trata de una familia que, agobiada por el capitalismo y las cuentas por pagar, decide dar un paso impensable unos años atrás: repatriarse. El padre de él está bien situado económica y políticamente y el tránsito en ambos aspectos es menos duro. El problema es el niño. El niño y la escuela. El rechazo hacia ese niño que pertenece a otro mundo es unánime de parte de profesores y alumnos hasta llegar al punto de que el niño no podrá continuar en la escuela. “No eres de los nuestros” es el principio por el que el niño –un niño inteligente y despierto, me dicen- termina siendo expulsado. No obstante, ninguna muestra de rechazo es tan imaginativa como la de aquella profesora quien, luego de zarandear al niño, le grita: “¡Conéctate que estás fuera de área y sin cobertura!”
   
Pues a lo que iba: de no haber sido por las profundas transformaciones socioeconómicas introducidas en los últimos años dicha maestra no habría tenido acceso al imaginario poético proveniente del mundo de la telefonía celular.

miércoles, 30 de abril de 2008

Educación

La poeta Odette Alonso, radicada en México desde 1992 me envía la dirección de su blog parque del ajedrez en el que en estos días ha comentado las palabras de Eusebio Leal en el congreso. Muy interesante es su reflexión en otro post sobre uno de los grandes mitos cubanos: la educación. Mal debe andar cuando se atrevieron a criticarla en el congreso de la UNEAC. En su post pone ejemplos que me resultan chocantes aunque no me sorprenden. Lo que antes eran casos extremos ahora parecen haberse convertido en rutina. Dice Odette:

“Un muy querido amigo español casado con cubana acaba de contarme que su sobrino, que vive en la isla, no tuvo clase la semana pasada porque su maestra emergente se la tomó libre. No era vacaciones; ella simplemente no fue a trabajar y la directora repartió a los niños de su grupo entre otras aulas ya atestadas de alumnos. Al sobrino le tocó con una maestra que, en medio de las explicaciones, como quien matiza la charla, decía pinga y cojones constantemente. Cuando los demás muchachos vieron que el sobrino evitaba repetir aquella jerga, lo acusaron de maricón y se rieron de él. La maestra también se rió y le dijo, gesticulando con toda la cara y moviendo las manos: “No se puede ser tan burguesito, cojooone”.
Su maestra oficial regresó el lunes a clases y el martes lo regañó fuertemente porque el sobrino de mi amigo se atrevió a ir a clase un día de lluvia. Ella le explicó con detalle, como corresponde a una buena mentora, que cuando llueve hay que aprovechar… Lo cual quiere decir, en perfecto cubano, faltar a la escuela y al trabajo. Asombrado con la anécdota, que le parecía como de otro mundo, mi amigo le preguntó a su cuñada por qué no cambiaba al niño de grupo. Ella respondió: “Ni muerta; esa maestra falta, pero al menos no los insulta ni escribe con faltas de ortografía”.
Pues déjame contarte, le dije a mi amigo, que la seño de Camilo, que es una chusmita de chancletas metededo y bajichupa que se llama Yusimí… ¿La de los Reyes Magos?, me interrumpió él… ¡Esa misma!, la que les dijo a los niños de cinco años en preescolar que los Reyes no existían, que no fueran comemierdas… Como ésa también falta mucho, un día mi madre le propuso a Piri que cambiaran de aula a Camilo y mi hermana respondió lo mismo: “¡Ni muerta!”. Porque entonces, aunque fuera a distancia, Yusimí le iba a hacer la vida imposible al niño por haberla "traicionado" y dejar en evidencia las razones que había para pedir el traslado.
Y lo de la lluvia siempre ha sido así. Cuando digo en México —ciudad en la cual de junio a septiembre llueve todas las tardes a partir de las cinco y hasta la mañana siguiente— que en Cuba a la primera lloviznita —¡ni qué decir de los ciclones!— no íbamos a clases y en los registros de asistencia los maestros ponían L L U V I A, vertical, letra bajo letra de la primera a la última línea, no quieren creerme.
Pero déjame decirte, insiste mi amigo, que mi sobrino no estudia en un tugurio de Regla, sino en una escuela privilegiada del Nuevo Vedado. Y me cuenta que como ése es un barrio residencial de antiguos burgueses y altos funcionarios del gobierno —gente bien se diría por acá—, para que admitieran al niño, al que “no le tocaba” estudiar allí, su cuñada tuvo que sobornar a la administración escolar con dinero que los tíos mandaron puntualmente desde España. No es escuela de muchachos marginales, no, dice mi amigo: los llevan en carros hasta la entrada; ellos van con mochilas de marca, pantalones Levis, MP3 para escuchar música y meriendas con chocolates y otras cositas que sólo se compran en las tiendas de dólares. O sea, nada que se parezca a una escuela “normal”, como la de Camilo, por ejemplo, en Centro Habana.
“Hijos de yegua”, le cuento, nos decía Orestes Sánchez del Campo, el profesor de física de octavo grado, en la mejor secundaria de Santiago de Cuba en los años setenta. Pero, entonces, era una excepción. Nuestros padres fueron a protestar a la dirección por el maltrato y la grosería. Qué tiempos aquéllos… ¿Algún padre protestará ahora que pinga, cojones y sus múltiples sinónimos y derivaciones —tranca, tolete, mandarria, morrongón, similares y conexos— son el idioma cotidiano fuera, pero también dentro de las aulas?
Con las migraciones, esa desgracia rebasa las fronteras. Efraín, que es teacher de un college estatal en Miami, tiene en su aula adolescentes de muchos países latinoamericanos, revoltosos y rebeldes como todo teenager, pero ninguno como los cubanos —¡y las cubanas!—, que se le paran en medio del aula, con las manos en la cintura y moviendo el piecito —bien sabemos los cubanos cómo—, y le gritan: “¿Qué pinga le pasa al calvo e’ mierda éste?” Y cuando los reporta a la dirección, los papás llegan reclamando por qué el singao del maestro la tiene cogida con sus niños.”

[Si necesitan imágenes que confirmen lo anterior aquí van las de “Seremos como seremos” documental independiente realizado en Cuba en que se recogen las actividades en una escuela cubana durante un día completo. Lo mejor que tienen es la ausencia de comentarios. Ni siquiera una ironía que nos distraiga de esa cosa terrible que estamos viendo y que se supone que justifique la falta de libertades.]


Segunda parte

jueves, 21 de febrero de 2008

Fenomenología del castrismo melancólico [con coda]

No estoy de acuerdo con ele kobio cuando dice que “no le dan pena los castristas vencidos” (parodiando aquél verso célebre de Guillén que decía “no me dan pena los yogures vencidos”). No estoy de acuerdo por la sencilla razón de que el castrismo es inmune a la derrota. Y no me refiero tanto al castrismo como régimen que en medio del desmoronamiento de todo lo que no concierna a la retención de poder se proclama vencedor moral de no se sabe qué difuso enemigo como al personal y portátil con el que carga cada castrista, consciente o no de serlo. No pienso aquí en el castrismo como modelo ideológico o desviación moral sino más bien como una curiosa modalidad de desequilibrio afectivo. El de personas que por incómodo que el castrismo les pueda resultar en su vida cotidiana buscan en él lo que la democracia más perfecta no le podrá nunca dar: sentido a su existencia, un sentido profundo, ajeno a la banalidad capitalista junto a otro sentido, el de pertenencia a algo (“a un proyecto” dicen los más sutiles entre ellos y luego lo repiten los demás).

Se puede ser un castrista sentimental y abominar de los desfiles, las fiestas de los CDR pero llegado el momento la palabra “unidad” convoca sus almas sin que tengan que soportar los olores y gritos vulgares de las coreografías colectivas. Hay una melancolía permanente en esos castristas sentimentales, no siempre justificada por las humillaciones que deben soportar a cada rato en nombre del “proyecto” o de la dignidad de la nación. Pero no por ello son menos tenaces en cualquier circunstancia. No importa si están cerca o lejos de la isla, se dan por cumplidos si hacen notar la incomodidad que les produce el mundo exterior o en descubrir las más sorprendentes y nimias satisfacciones que les produce el interior (sí, siempre terminan quedándose con esas pequeñas cosas o inhibiéndose en tierra firme: si tienen alguna ideología está resumida en un par de canciones de Pablito o en una estrofa de Silvio). Su estado natural es la nostalgia. Ya sea por los 80 con sus huevos al por mayor y sus hoteles más o menos accesibles o los 60 con su entusiasmo; o en el futuro en el que sentirán nostalgia por un tiempo en el que si algo no faltaba era seguridad al cuerpo y al alma. (En eso nuestros castristas no se distinguirán demasiado de los nostálgicos de Franco o Pinochet excepto en el repertorio musical). No, no conocen la derrota. Si acaso, como ahora en la resaca de la renuncia de quien da nombre a su síndrome, conocerán la orfandad.

Los castristas sentimentales hablan de los logros de la revolución como otros hablan de la habilidad para arreglar motores que tenía su padre, ese que un día fue a comprar cigarros y no regresó cuando lo cierto es que hace años que en la casa ningún motor funciona. Cada cual a su modo ha intentado crecer pero siempre se sentirán pequeños ante Aquél que secretamente emulan. Por eso no pueden entender a quienes pretender zafarse de esa tutela y los miran en el mejor de los casos como niños descarriados y absurdos. Y por razones parecidas desprecian a aquella masa que públicamente defienden. No son oportunistas no, y encima suelen ser ascéticos y pasear con abrigos desgarbados por las calles de Nueva York, París o Berlín de modo que pueda notárseles mejor su grandeza interior.

Pero sucede que esa grandeza, como el abrigo, es prestada y nunca se alejarán demasiado del centro emisor de esa grandeza (tratarán de llamarle patria o cultura o utopía para que suene más elegante) por miedo a sentirse solos y desnudos sin remedio. En estos días que languidece esa figura tutelar se apresurarán a acusar a sus contradictores (no sin razón en muchos casos) de una orfandad inversa a la que ya empiezan a sentir. No estoy seguro si me darán lástima o no pero lo cierto es que gente así nunca abandonará su ilusión por el “proyecto”. Es preferible –se dirán- tener el alma de luto que vacía. Y ya es muy tarde para convencerlos de que el alma requiere de una dieta más variada.

Coda: Apartando a oportunistas y cobardes (sobre los que puede decirse muy poco que no pueda resolverse con esas mismas definiciones) estos melancólicos me recuerdan un viejo cuento con los que se esperaba educarnos en aquellas escuelas primarias del castrismo clásico. Era un cuento soviético y hablaba de un niño al que un compañero de juegos había hecho dar su palabra de honor (o de pionero, no recuerdo bien) de que se mantendría de guardia en el parque hasta que vinieran a relevarlo. Pasan las horas y el niño se mantiene de pie haciendo guardia, aterido de frío sin que el supuesto relevo aparezca. Al fin un transeúnte le pregunta qué hace allí y el niño le explica. El hombre trata de convencerlo de que se trata sólo de un juego, que seguramente los niños que le encomendaron hacer guardia estarán en sus casas calentitos pero el niño se aferra a la palabra empeñada. Por fin el hombre, convencido de la firmeza del muchacho busca a un policía y le explica la situación. El policía va entonces hasta el muchacho y le dice que él es un oficial superior y ha venido a informarle que su turno de guardia ha terminado tras lo cual el niño medio congelado entiende que ya no se trata de romper con su palabra sino de acatar nuevas órdenes y haciendo un saludo marcial se marcha. El cuento terminaba, si no recuerdo mal, con el hombre que había ido en busca del policía admirado ante la firmeza del niño.

De más está decir que no era un cuento destinado a enaltecer nuestra firmeza sino a reafirmarnos la docilidad. A los melancólicos sinceros, (alguno tendrá que haber), no los veo muy diferentes a aquél niño aunque no me despierten precisamente admiración. Ya no somos niños, hace mucho tiempo todos hemos visto que todo no se trata más que de un juego. Los que dieron la orden original están calentitos en su casa o simplemente muertos mientras nuestros melancólicos no hacen más que aferrarse a viejas consignas, a las viejas palabras empeñadas, como a un instinto en el que al parecer les va casi todo, empezando por su propia idea de sí mismo. Sólo les digo esto: la realidad no es tan generosa como el cuento. Si aparece un nuevo policía será para decirles que todavía les quedan unas cuantas horas de guardia.