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sábado, 16 de mayo de 2026

¿Cubano o gusano? Una cuestión vital*

 


Primera anécdota personal: ¿cubano o gusano? 

Nueva York, 1998, en mi primer día en una universidad norteamericana. El primer condiscípulo con que me encuentro me pregunta de dónde soy.

—De Cuba —respondo.

—Pero, ¿cubano o gusano?

No estuve a la altura de las circunstancias, lo confieso. En lugar de explicarle lo ofensiva que podía ser esa palabra que había soltado con tanta ligereza, como si se tratara apenas de una precisión geográfica o geopolítica, le respondí que gusana sería su abuela. 

Ese resultó el camino más corto para hacernos amigos hasta que la vida nos perdió de vista, pero el incidente debió enseñarme lo que pensaría para sí cualquiera que tuviera nociones mínimas de geografía y política: ¿cubano o gusano?, ¿cubano de Cuba o de Miami? ¿representante más o menos voluntario de aquella Revolución que había iluminado los convulsos años sesenta o un desperdicio caído del carro de la Historia? 

Dependiendo de la respuesta, quedaría sellado tu destino en los medios culturales fuera de la Isla. Unos medios dominados por un progresismo que ve al régimen cubano con los mejores ojos posibles, a pesar de sí mismo.

“¿Cubano o gusano?” es una pregunta retórica. Antes de contestarla, quien la hizo ya la respondió por ti. Pregúntenle a la gran artista Antonia Eiriz. 

Pensábamos que el silencio de veinte años de la pintora obedecía a exclusivamente a la censura patria. Sin embargo, Papier maché, obra del dramaturgo Carlos Celdrán, nos revela que la primera acusación en toda regla contra la artista vino de la crítica argentina Raquel Tibol, radicada en México. 

La “descubridora” de Frida Khalo cargó contra una exposición de la Eiriz y Raúl Martínez auspiciada “por la embajada de la Cuba revolucionaria en México”. La tesis de Celdrán, puesta en boca de Eiriz, es que si “una autoridad, una leyenda [como Tibol] se dio el lujo de atacarme, ¿cómo ellos [los censores locales] no iban a posicionarse? 

Le hicieron caso, sobre todo José Antonio Portuondo, que se vio, imagino, humillado, porque la Tibol desde México despertó las alarmas que él debió haber despertado antes sobre mí”.

Celdrán expone en Papier maché el curioso caso de críticos en el “mundo libre” más celosos que los de un estado totalitario. Y de cómo los primeros terminan condicionando la labor de los segundos. Caso raro en aquellos años en que los comisarios locales dejaban muy poco trabajo a los internacionales, pero, por ello mismo, revelador. 

La permisividad local hasta entonces quizás pudiera atribuirse a la conciencia de los censores de que se hallaban ante una artista cuyo arte les costaba aquilatar. “Antonia Eiriz es actualmente el único creador, dentro de la pintura cubana, capaz de sorprenderme”, escribía el novelista y crítico Edmundo Desnoes en 1964. 

En cambio, desde fuera del país las exigencias eran otras. “¿Cómo era posible que Cuba exportara un arte nihilista, trágico, que sembraba la desesperanza, la desolación?”, le hace decir Celdrán a la Tibol en la obra: “¿Qué señal equívoca, rara, era aquella para nosotros, para Latinoamérica?”. Al arte cubano —o a los cubanos en general— le habían asignado la misión de ofrecer esperanza al mundo y, por esta vez, la había incumplido.

No obstante, la crítica original de Tibol, publicada en la revista Política en noviembre de 1966, es bastante más feroz que las alusiones de Papier maché. En Política, Tibol cuestiona a Eiriz por su “falta de claridad” y la somete a un interrogatorio retórico. 

El origen de la inconformidad manifiesta en la obra de Eiriz “¿Es el Estado socialista? ¿Es la disciplina muchas veces férrea de una sociedad que se quita los pañales y se estructura y se construye racionalmente? ¿Es la colectivización de los bienes materiales y, en consecuencia, de muchos bienes de espíritu?”. 

Luego Tibol pasa a los cuadros concretos: “¿qué nos quiere decir con esas manchas de rojo en los dedos de un barbudo? ¿Qué al ocupar la tribuna habla de hechos de sangre? ¿Que el que habla tiene sangre en las manos?”. Y concluye: “Las dos cosas serían ciertas y ninguna criticables [sic] para cualquier revolucionario que oiga el discurso del guerrillero”.


Lo que un censor estatal cubano suele ocultar tras discreto velo —la sangre derramada por ese mismo Estado— no ofrece inconveniente mayor a la crítica por cuenta propia que interroga la obra de Eiriz y concluye: “Antonia Eiriz expresa su repugnancia por hechos frecuentes en cualquier sociedad que entra en cambios estructurales”.

Los fusilamientos y la represión son reducidos a la condición de “hechos frecuentes” que la artista debería aceptar con el mismo fervor con que se los aplaude desde el exterior. Pero al no hacerlo, se le acusa por la poca claridad y el exceso de escrúpulos. El propio Celdrán le hace decir a Tibol en Papier maché: “Porque el arte no está nunca por encima de las causas del mundo, Antonia”, entendiendo que al ser reducida la realidad cubana a ilustración y cifra de una causa, no le estaba permitido a los artistas cubanos expresar sus objeciones a dicha causa. 

Tibol desde México y la censura cubana posterior sellarán el destino de Eiriz, la que dejará de pintar desde 1968 hasta su salida de Cuba en 1990. De ahí que en Papier maché el personaje de Héctor, que intenta montar la obra de teatro que ha escrito sobre Antonia Eiriz, tenga esta conversación con el español encargado de evaluar su propuesta teatral:

Programador: (Pausa. Bebe de su cerveza). Pena que no haya sido una artista muy conocida.

Héctor: Sí lo es, y mucho…

Programador: Me refiero a que no haya logrado ser una artista reconocida internacionalmente.

Héctor: Sin embargo, su factura sí es de primer nivel.

Programador: Lo sé, por supuesto, pero a veces eso no es suficiente. […] Podríamos estar hablando, entonces, de una artista local, no digo que sobredimensionada, pero sí con una obra reducida, importante, quizás, pero poco promocionada.

Un perfecto círculo vicioso: si una crítica argentino-mexicana se pregunta en 1966 por qué de la Cuba revolucionaria se exporta un arte poco ejemplar, “obviamente pequeño burgués”, condenándolo al ostracismo, al siglo siguiente un programador de teatro en España se permite rechazar una pieza teatral sobre la artista, aduciendo que no es lo bastante conocida. 

Tengamos en cuenta que, tanto la crítica del siglo pasado como el programador en este siglo, son gente progresista, integrantes de lo que el checo Milan Kundera definiría como La Gran Marcha: la “marcha de revolución en revolución, de lucha a lucha, siempre adelante”, que permite convertir cualquier vida tediosamente burguesa en parte de la revolución mundial. Porque la Gran Marcha consiste en conservar la ilusión colectiva que hace admirable a las revoluciones: “el riesgo, el coraje y el peligro de muerte, una vida vivida a gran escala”. Es la ilusión de que, pese a los continuos contratiempos causados por la reacción, la humanidad sigue empeñada en “ese hermoso camino hacia delante, el camino hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá”. 

Y si el castrismo ha fracasado en proporcionarle a su pueblo fraternidad, igualdad, justicia y la felicidad, ha conseguido en cambio que se reconozca a la Revolución Cubana como uno de los hitos indispensables de la Gran Marcha. Y que, por tanto, renegar de la Revolución Cubana se convierta en un perdonable acto de traición a la Gran Marcha. 

Segunda anécdota personal: ¿literatura o política?

Verano del 2002. Madrid. Una amiga me gestiona el contacto con una importante editorial española para entregar mi manuscrito. Al recibirlo y ver el título —Leve historia de Cuba—, la funcionaria de la editorial pregunta: 

—¿Este es un libro anticastrista?

—No. El anticastrista soy yo —le respondo—. Esto es literatura.

Donde ella dijo “anticastrista”, puede entenderse perfectamente “contrarrevolucionario”: “gusano”. O sea, contrario al rumbo de la Historia que comparten la crítica de Eiriz, el programador de Papier Maché y la propia empleada de la editorial. 

Uno se pregunta: ¿cuánta intuición debió tener aquella señora para determinar la condición política de una obra con solo leer el título? ¿Le bastó leer junto a la pesada “historia” la palabra “leve” para detectar mi condición de disidente de la Gran Marcha, de gusano? ¿Conocía mi interlocutora la subversiva connotación de la palabra “leve” en la obra del checo Kundera?

Tomemos el caso de otro artista, también cubano, pero “internacionalmente reconocido”, como preferiría el programador español en la obra Papier maché. Hablo de Wifredo Lam, quien recorrió el mundo como representante de la Cuba revolucionaria, aunque con el cuidado de no residir en el país que pretendía encarnar. 

Este año 2026 el Museo de Arte Moderno de Nueva York le dedicó una impresionante retrospectiva a su obra. No obstante, al Lam de la expo del MoMA no se lo presentó como símbolo de la Revolución Cubana, fenómeno que hace tiempo se va haciendo impresentable. 

When I Don’t Sleep, I Dream, el título de la expo del MoMA, es presentada dentro del discurso de la crítica decolonial, uno de los nuevos avatares de la Gran Marcha en los marcos de la academia: “Como declaró célebremente —nos dice el texto con el que los curadores presentan a Lam—, su obra buscaba ser ‘un acto de descolonización’”. 

Un anuncio que permite conservarle a Lam un puesto en la Gran Marcha, tan cambiante en sus consignas como las explicaciones del pintor sobre el significado de su obra. Según su ex esposa Helena Holzer en sus memorias llenas de admiración por Lam, las declaraciones de este sobre el cuadro “Le présent eternel” en los años setenta, como representación de la prostitución y los prejuicios raciales en la Cuba prerrevolucionaria, “no reflejan sus sentimientos ni sus intenciones en el momento en que creó esta espléndida y enigmática obra, en 1944. En aquel entonces, constituía una trinidad que representaba el ave del amor y el arma de la destrucción (los opuestos Yin y Yang) flanqueando al Tao supremo en el centro”.

Afortunadamente, a diferencia de los tiempos en que los lineamientos artísticos eran trazados por Stalin, Zhdánov o Trotsky, a un artista se le perdona que un cuadro pueda ser a veces una representación de conceptos de la filosofía taoísta y, otras, una denuncia social. Más complicado para un discurso enfrascado en la crítica de las jerarquías eurocéntricas, es explicar por qué uno de los representantes de manual del discurso anticolonial vivió casi toda su vida en Europa. Sobre todo, considerando que en 1959 triunfó en Cuba ese hito de la Gran Marcha y de la narrativa decolonial que es la Revolución Cubana. 

Cierto que Lam no solo se abstuvo de criticar al régimen cubano, sino que se erigió en su incansable defensor en el mundo artístico. Sin embargo, esa insistencia en mantener prudente distancia física con su isla natal debió resultarle conflictiva a los curadores de la exhibición del MoMA. ¿La solución? Explicar la residencia de Lam en Europa hasta su muerte como rechazo al golpe de estado de Batista el 10 de marzo de 1953. Así lo expresa la prosa curatorial: “Tras el golpe militar de Fulgencio Batista, Lam abandonó Cuba de manera definitiva y se estableció en París”. 

No obstante, dicha afirmación es negada por otro texto de la misma exposición. Es el que muestra un mural realizado por Lam en el Edificio del Seguro Médico en La Habana en 1956. O sea, en pleno régimen batistiano. 

Pero no se trata de ese hecho puntual. Aunque, ciertamente, a partir de 1952 Lam fija residencia en Europa, como señala su biógrafo Lowery Stock Sims, el artista “mantuvo estrechos vínculos con Cuba a lo largo de la década de 1950” y “mantuvo su residencia en Marianao hasta la Revolución de 1959, lo cual le permitió pasar largos periodos en Cuba cada año hasta 1958”. Más adelante, el biógrafo señala que, “a pesar de la volátil situación política en Cuba durante la segunda mitad de la década de 1950, Lam continuó utilizando La Habana como base, particularmente cuando comenzó a viajar para exponer en Venezuela y México entre 1955 y 1957”. 

Por otra parte, el hiato entre su salida de Cuba en abril de 1958 y el regreso “triunfal” en 1963, el biógrafo, más atento a los hechos que los curadores del MoMA, lo explica diciendo que el artista “perdió su casa y las posesiones que había dejado en Cuba, y sus pinturas fueron nacionalizadas por el gobierno y depositadas en el Museo Nacional de Bellas Artes”. A pesar de estas pérdidas, Lam “fue ciertamente un partidario de los objetivos de la Revolución Cubana con respecto a la igualdad y la justicia social y económica”. 

Para tratar de resumir el contraste entre las declaraciones públicas y sus elecciones vitales, Stock Sims explica: “Así que para Lam mantener su reputación en un ámbito más amplio y también para ser un hijo de fe de Cuba, tuvo que lidiar con una miríada de contradicciones en su vida personal y profesional”. Léase, Lam hizo lo que hizo para no ser declarado gusano. 

Lo anterior viene a resumir el minucioso acuerdo entre el artista y el nuevo régimen: mientras Lam le ofrecía a distancia su apoyo incondicional a la llamada Revolución Cubana, esta no lo rebajaría a la condición de gusano, como sucedía con todo el que mantuviera su residencia en el extranjero. Aunque a distancia, Lam era parte de la cultura revolucionaria. A eso se refiere su biógrafo con mantener “su reputación en un ámbito más amplio”. 

Si para ello Lam debía renegar de su principal mentora en la cultura afrocubana, la etnóloga Lydia Cabrera, ahora gusanaen el exilio, lo hacía. El mismo Lam que le había comentado a Carlos Franqui que su cuadro “La Jungla” contenía los retratos de Trotsky, de Breton, del propio Lam y de Lydia Cabrera, le explica luego a un periodista francés que con su cuadro trataba de “representar el espíritu de los negros en su situación de entonces”. 

Más allá de sus relaciones con el gobierno cubano, Wifredo Lam debía de tener muy claro que para ser aceptado en el establishment cultural del Primer Mundo como artista cubano, debía estar en términos privilegiados con el régimen “revolucionario” de su país.

Ya para el momento del estreno de la retrospectiva de Lam en el MoMA en 2025, la Gran Marcha ha cambiado de forma y aspecto. Ahora las revoluciones no resultan tan atractivas y el discurso redentor de la lucha de clases ha cambiado al de la raza, el género o la teoría decolonial. 

Curiosamente, la Revolución Cubana no se menciona ni una sola vez en los textos que acompañan la expo, mientras que la gusana —y lesbiana— Lydia Cabrera es rescatada del olvido. La insistente residencia del artista en Europa viene a ser resuelta como rechazo al dictador de turno. Así su obra, presentada como “acto de descolonización”, viene a ocupar el puesto asignado al Tercer Mundo en la Gran Marcha.

Última anécdota personal: solo lo gusano es político

Feria de Guadalajara. Diciembre de 2019. Me reúno con un agente literario para que me gestione un libro con el imprudente título de Nuestra hambre en La Habana. Su primera pregunta es:

—Pero, ¿este libro es político?

Le contesto con otra pregunta:

—¿Y qué es lo que entiendes por político?

—Todo —me responde con prudencia.

—Pues si político es todo, este libro es político —replico, ya consciente de que nada voy a conseguir en esa reunión. 

En realidad, lo que me pregunta el agente (literario) es si mi libro es gusano. A treinta años de la caída del muro de Berlín, comprendo que solo lo gusano es político. Incorrectamente político, quiero decir. Porque, si todo es político, nada lo es. O lo es solo si va a contracorriente de lo que Kundera llamaba la Gran Marcha. 

Un caso similar a mi encuentro en Guadalajara puede verse en Papier maché. En su reunión con Héctor, el dramaturgo cubano que quiere montar la obra teatral sobre Antonia Eiriz, el programador español le objeta: “El tema central de tu proyecto es de interés local. En eso espero que concuerdes conmigo”.

Héctor: ¡Es una artista!

Programador: Da igual como lo veas, es un fenómeno local. Y si, además, sumamos el ingrediente político…

Héctor: ¿Cómo?

Programador: Hay mucha ideología aquí, ¿cierto o no?

Héctor: Era inevitable…

Programador: No hablo por nosotros, que se entienda. A mí me da igual lo que pienses políticamente. Es tu derecho. Sin embargo, es probable que muchos espectadores [lo] encuentren excesivo…

Esa insistencia en convertir la historia de una víctima ilustre de la tan internacionalizada Revolución Cubana en “tema local” es una de las tantas tácticas de los participantes en la Gran Marcha: ignorar las contundentes lecciones que nos va dando la historia o circunscribirlas a un ámbito muy limitado. Porque, más allá de las evidencias que aporta la realidad totalitaria, esta no afecta el prestigio imperecedero de la Gran Marcha. 

Nos explica Kundera en su novela La insoportable levedad del ser:  

¿Dictadura del proletariado o democracia? ¿Rechazo a la sociedad de consumo o incremento de la producción? ¿Guillotina o supresión de la pena de muerte? Eso no tiene la menor importancia. Lo que hace del hombre de izquierdas un hombre de izquierdas no es tal o cual teoría, sino su capacidad de convertir cualquier teoría en parte del kitsch llamado Gran Marcha hacia adelante. (…) La identidad del kitsch no viene dada por una estrategia política, sino por imágenes, metáforas, por un vocabulario.

Frente a las imágenes de Fidel Castro entrando en tanque en La Habana o del Che Guevara vivo o muerto, insertas para siempre en el imaginario de la Gran Marcha, cuentan muy poco los cuadros grotescos de Antonia Eiriz, los libros de Cabrera Infante, las investigaciones de Lydia Cabrera, los ensayos de Antonio José Ponte, la narrativa de Virgilio Piñera y Francisco García González, la poesía de Heberto Padilla, Néstor Díaz de Villegas, Emilio García Montiel, Jorge Salcedo. O ese grito permanente que es la obra de Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales, Carlos Victoria, los hermanos Abreu y el resto de la generación de Mariel. Todos ejemplos del gran arte gusano. 

Lo gusano no en su acepción estrecha de contrarrevolucionario o anticastrista, sino como rechazo profundo a ser dóciles integrantes de la Gran Marcha. Como si lo ocurrido en el último siglo no tuviera importancia. Como si no hubiera pasado nada o no quisiéramos aprender. 

Gusanos como Jorge Luis Borges, cuando escribía esos textos que se negaban a ser la ilustración de cualquier ideología. Gusanos como en los ensayos de Octavio Paz. Gusanos como Vargas Llosa en la Guerra del fin del mundo. Gusanos como en ciertos cuentos de Juan José Arreola y hasta alguno de Julio Cortázar. Gusanos como toda la obra de Roberto Bolaño posterior a 1989, en la que se negaba a ignorar las lecciones de la historia reciente. Gusanos como el propio Kundera, George Orwell, Sándor Márai, Aleksandr Solzhenitsyn, Nadezhda Mandelstam, Mijaíl Bulgakov, Andréi Platónov, Vasili Grossman, Andrzej Wajda, Agnieszka Holland, Czesław Miłosz, Bohumil Hrabal o Svetlana Aleksiévich.

No es este un catálogo de arte político en el sentido usual del término. Si la política es “el conjunto de actividades que se asocian con la toma de decisiones en grupo”, desde que el carro de la historia anda en piloto automático —y la consigna de que “todo es político” es el punto cardinal que guía a ese piloto automático—, la única decisión auténticamente política es bajarse de este y seguir a pie, como buenamente se pueda.

“A la realidad le gustan las simetrías”, escribió socarronamente Borges, sabiendo que esa afición por la coherencia no es asunto de la realidad, sino de la mente humana. Sobre todo, de aquellos lanzados a la conquista de eso inexistente que recibe el nombre poético de utopía, ya sea en nombre de la historia o del arte. 

Estos amantes de las simetrías asumen que las vanguardias políticas y artísticas tienen que llegar por medios distintos a conclusiones idénticas. O, lo que es lo mismo, a ser parte de distintos contingentes del mismo desfile. De esto, concluyen que una obra solo tiene un valor esencial si acepta la parafernalia tribal de la Gran Marcha. 

No se trata de compartir los mismos ideales de justicia, libertad e igualdad, sino de compartir y defender las mismas señas de identidad, las imágenes y el vocabulario kitsch de la Gran Marcha. Y de mostrar pública adherencia a los mismos mitos fundacionales y a las inercias que de estos se derivan. Y de permanecer fieles “a la pureza de su propio kitsch”.

Herederos veganos del estalinismo, los granmarchantes actuales viven convencidos de la perfecta confluencia y simetría entre ideología y arte. Condenan, al que los contradiga, al gulag blando de la cancelación. 

El artista gusano que trato de perfilar aquí no es aquel que comparte los mismos resabios que la Gran Marcha, aunque avance en dirección contraria. Hablo de aquellos que, parafraseando a Andrés Trapiello, piensan que el arte es lo contrario de la política, porque la política persigue el éxito mientras que el arte nace siempre de un fracaso o tiende a él. Un fracaso que nace de la sospecha de que los dioses que animan el mundo, y los artistas que lo describen y cuestionan, nunca han de ponerse de acuerdo. Con la melancólica convicción de que es mejor que sea así.


*Publicado en Hypermedia Magazine

lunes, 11 de mayo de 2026

Quiero verte dormir*

Fotograma del video "Villa de París" canción de Raúl Ciro

 

Los textos agrupados bajo el rubro “la Cuba del mañana” constituyen un subgénero literario. Como las novelas góticas, la literatura utópica (o distópica) o la narrativa policíaca socialista. Un subgénero que combina el análisis histórico, político, sociológico, con la indagación detectivesca (¿quién es el culpable de la situación actual?) y la ciencia ficción (¿cómo será la Cuba futura?). Yo mismo he incurrido varias veces en este subgénero incluyendo alguna que otra parodia. Huelga decir que en este género el futuro que se invoca nunca ha tenido apuro en llegar. Cuba parece atrapada en el presente interminable que se inició en 1959 y que, incluso en medio de la decadencia más atroz, no da señales de acabarse.

Esta vez lo que alienta a pensar en el futuro cubano es el secuestro quirúrgico del dictador venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, (cirugía que arrojó el costo colateral de treinta y dos guardaespaldas cubanos y un número indeterminado de venezolanos que no pudieron hacer nada para impedir la abducción de su protegido). Esa repentina exhibición de fuerza y disposición por el mandatario estadounidense, sumado a sus posteriores bravuconadas (“Un nuevo amanecer para Cuba llegará muy pronto. Nos vamos a ocupar de ello”; “No tienen petróleo, ni comida, ni nada. Tengo la libertad de hacer lo que quiera con esa nación en este momento”; “Sería un gran honor para mí tomar Cuba… Tenemos a Cuba, y vamos a tomar a Cuba. Lo haremos después de Irán”) han activado el viejo sistema de especulaciones, esperanzas y temores que rodea a todo lo cubano cada vez que las circunstancias invitan a pensar más allá del herrumbroso presente.

No obstante, la experiencia de pasados ciclos de esperanzas y frustraciones (la ilusión que trajo a muchos la Perestroika, el derribo del Muro de Berlín y el desplome del Bloque Soviético, la debacle etiquetada como “Período Especial” o el “deshielo” promovido por Obama, por mencionar solo las que he vivido) invitan a ser cautos. Tanto el díscolo comportamiento del presidente Trump, empantanado en estos días en su aventura iraní, como el demostrado talento del castrismo para retener el poder a cualquier costo, no invitan a hacerse ilusiones. Véase lo que escribiré a continuación a manera de esas advertencias que las aeromozas y mozos hacen al inicio de cada vuelo de cómo actuar en caso de accidente o aterrizaje forzoso: como un ejercicio obligatorio, pero no necesariamente convencido, aunque en el fondo de nuestro corazoncito deseemos que esta vez por fin tendremos que poner en práctica las instrucciones que nunca hemos atendido a derechas. Haré como las grandes compañías aéreas recientemente: intentar que esta pantomima de emergencia resulte lo menos monótona posible. Al menos hay una buena justificación para este ejercicio: nunca ha habido más esperanzas ni más urgencia.

Las malditas circunstancias

En el género literario conocido como “la Cuba de mañana” por mucho que se repitan los ciclos de esperanza, por inamovible que nos parezca el régimen en las últimas seis décadas, resulta obligatorio actualizar las circunstancias, incursionar en el género informativo conocido como “la Cuba de hoy”. Y lo cierto es que, excepto constantes como la obsesiva concentración de poder y la vocación represiva del régimen, poco tienen que ver la Cuba de 1989, 1994, 2015 o 2021 con la de 2026. Porque si durante la crisis de los noventas del siglo pasado el país parecía haber tocado fondo, lo ocurrido en el último lustro ha rebasado las profecías más apocalípticas.

Tras la conmoción tremenda que fueron las protestas de julio de 2021, el régimen cubano echó mano a su viejo manual de instrucciones sobre qué hacer en casos extremos. Fue así que aplicó un consejo sacado del Retrato del artista adolescente: silencio, exilio y astucia. Pero en este caso, solo la astucia es propia, mientras que el silencio y el exilio han sido impuestos a los otros: aplacadas las protestas el régimen mandó un millar de personas a prisión. Unos meses más tarde, en complicidad con la tiranía hermana de Nicaragua, abrió una vía de escape hacia el enemigo imperialista, como cuando el Mariel o cuando la crisis de los balseros: esta vez cobraron tres mil quinientos dólares por cabeza por el pasaje de La Habana a Managua para que desde allí los fugitivos emprendieran una tormentosa travesía a Estados Unidos. Así el problema del empobrecimiento brutal de los últimos años y la amenaza de revuelta no fueron resueltos sino transferidos. Parafraseando la Ley de Conservación de la Masa de Lomonósov-Lavoisier: la miseria no se destruye, solo se transfiere. La transferencia de masas hambrientas ha traído, además, visibles consecuencias políticas. Los historiadores del futuro estarán en condiciones de aquilatar cuánto afectaron a las elecciones estadounidenses de 2024 la exportación de millones de personas desesperadas desde Cuba y Venezuela a Estados Unidos, donde uno de los temas más candentes del debate electoral fue precisamente la crisis migratoria.

El gigantesco éxodo cifrado en más de tres millones (compárense con los 125 mil de 1980 y los 35 mil de 1994) ha traído consecuencias catastróficas para Cuba, aunque no así para el régimen. La emigración de gente casi siempre joven, productiva y potencialmente díscola, ha provocado una catástrofe demográfica para una población estancada desde hacía décadas en los once millones de habitantes para rebajarla a menos de nueve con el agravante de quedar ahora mucho más envejecida. Encima, la necesidad de vender casas y el resto de las posesiones personales para costearse la travesía a Estados Unidos ha hecho que el poder económico de aquellos asociados al régimen —que fueron en buena parte los compradores del “fire sale” en que se convirtió la Cuba post 11J— se haya reforzado notablemente. Con ello se aceleró aún más el proceso de privatización de todo el país a manos del castrismo. Sus representantes y aliados han pasado de poseer el país a través del Estado a hacerlo a través del emporio hotelero-militar de GAESA y del entramado de MYPIMES que ha florecido en los últimos tiempos.

De ahí que mientras el país no parece dar más de sí el régimen en cambio se haya visto reforzado. Que insista en encerrar durante un quinquenio a centenares de ciudadanos por el simple acto de protestar sin tener que pagar un costo político apreciable da una idea de su fuerza actual. Que la izquierda de Occidente se haya desentendido unos días de Gaza para enviar una flotilla a La Habana o que en la IV Reunión en Defensa de la Democracia convocada por Pedro Sánchez y Lula da Silva en Barcelona lo único que pareció importar respecto a Cuba fuera la defensa de su soberanía (léase “dictadura”) da una idea del lugar que el régimen castrista, bajo el sobrenombre de “Revolución Cubana”, sigue ocupando en el imaginario progre. Poco importa que dicho régimen invierta la mayor parte del presupuesto nacional en hoteles semivacíos mientras la salud, la educación y la cultura no sobrepasan en su conjunto el 3% del presupuesto, o que reprima sin misericordia al pueblo que dice representar y defender. O que se revelara que GAESA posee reservas financieras y activos superiores a los 18.000 millones de dólares. Bastaron las inconexas amenazas de Trump para que la tribu progresista pasara del silencio cómplice al apoyo vociferante e incondicional.   

¿Qué es lo que quiere la gente?

Mientras tanto la publicación El Toque convocó a una encuesta el 24 de abril donde le preguntó a los cubanos lo que pensaba sobre el país y su destino. Sin sentirse conmovidos por los llamados de Pedro Sánchez, Lula da Silva, Sheimbaum o Petro a conservar la dictadura cubana como reliquia progresista casi 42 mil cubanos la respondieron, la mayoría de los cuales (58%) residen en un país con fuertes restricciones a la conectividad. Podrá discutirse cuán representativa es la opinión de 42 mil personas de los 13 millones de cubanos dentro y fuera de la isla. O que solo muy pocos de los más leales defensores del régimen se dignaron a responder una encuesta cuyas preguntas, por el mero hecho de ser hechas, debieron parecerles inaceptables. Incluso así los resultados impresionan.

—El 94% de los encuestados está “muy insatisfecho” con el actual sistema de gobierno.

—El 80% piensa que Cuba necesita transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado.

—El 95% considera que la ciudadanía no influye en nada en las decisiones del gobierno.

—El 95% considera que un cambio político en Cuba es urgente.

—El 82.2% identifica la falta de libertades civiles y políticas como el principal problema mientras que solo el 4.7% atribuye las dificultades cubanas al embargo estadounidense.

—El 64.6% considera que la vía de solución para el conflicto político es el “derrocamiento del gobierno actual, por cualquier medio necesario, incluyendo la vía armada”.

Más sorprendente aún que lo anterior es que el 47% de los encuestados prefiera mantener el embargo estadounidense como herramienta de presión (el 44% de los que respondieron desde la isla y el 51% fuera de ella) mientras que el 24,1% abogue por eliminarlo gradualmente a medida que se avance en las reformas. O que cerca de dos tercios de los encuestados (60,7%) respalde una intervención militar directa de EE UU.

Se trata de una encuesta, no de un plebiscito, pero aun así nos da una idea, más que de la esperanza en un cambio futuro, de la desesperación de los cubanos en un país condenado a muerte –en el presente– por su régimen político.

¿Dime cuándo, cuándo, cuándo (y cómo)?

La opacidad con que se han llevado las conversaciones entre el gobierno cubano y el norteamericano, la poca claridad de los términos en que las está conduciendo el propio gobierno de Estados Unidos y la escasez de resultados hasta ahora no permiten hacerse una idea de si estamos ante un cambio de régimen o una salida en falso. Las modificaciones cosméticas del régimen venezolano tras la abducción de Maduro tampoco son señales demasiado alentadoras. Y en cuanto a los derechos humanos no se trata solo de que la mayoría de los prisioneros de conciencia sigan en las cárceles cubanas sino de que otras decenas han ingresado en prisión en las últimas semanas por la misma falta de razones que los encarcelados anteriormente.

“La libertad no se mendiga, se conquista con el filo del machete”. La frase que se le atribuye al héroe nacional Antonio Maceo le viene de maravillas al Estado cubano: confiscados los machetes —metafóricamente hablando— al mismo tiempo que se ilegaliza la protesta pacífica, esa frase es una manera de restregarle a todo el país su impotencia. Una frase que no le ha impedido al régimen entrar en negociaciones con su enemigo jurado, con tal de mantenerse en poder, al mismo tiempo que le niega la palabra a su pueblo y lo castiga con desmesura cada vez que este intenta contradecirlo.  

Por otra parte, si opaco ha sido el gobierno estadounidense en sus conversaciones con el régimen cubano, el primero no parece muy dispuesto a averiguar qué quiere el pueblo que pretende liberar. Los exabruptos del presidente norteamericano, que a duras penas intenta corregir el Secretario de Estado Marco Rubio, si acaso dejan entrever sus deseos de dejar huella en la historia sin dejar claro ni los medios ni los fines. Se teme, y no sin razón, que como en 1898, tras la derrota de España en Cuba, otra vez el pueblo cubano sea echado a un lado mientras sus opresores de ahora se ponen de acuerdo con sus aspirantes a libertadores. O que suceda como en abril de 1961, cuando un contingente de cubanos desembarcó en Bahía de Cochinos sin tener el más mínimo control sobre el plan de invasión que terminó en fracaso. Esperanzado o no, el pueblo cubano vuelve a sentir la amarga sensación de no ser dueño de su destino.

Fue suficiente el golpe de mano del 3 de enero al gobierno de Maduro para hacer tambalear ciertas creencias: como la de que el régimen cubano era tan inamovible como indefendible. Bastó ver en peligro a la dictadura más antigua del continente para desnudar a la izquierda, que ha acudido en tropel a desempolvar el viejo argumento de la soberanía de los pueblos. Pero cuando el progresismo bien pensante se reúna en Barcelona, o donde sea, más que hablar de soberanía debería preguntarse por qué tuvieron que esperar a las amenazas de Trump para preocuparse por el destino de Venezuela y de Cuba. ¿No habría sido más decente y hasta ecologista —ahora que tanto les preocupa la huella de carbono que dejan aviones y portaaviones— haberse preocupado por la soberanía y demás derechos de venezolanos y cubanos cuando los reprimían o les robaban elecciones?                 

Nada de lo anterior, sin embargo, atenúa la paradoja de que la mayor esperanza de un cambio democrático en Cuba venga de manos de una administración tan poco comprometida con los valores democráticos en su propio país. O que esa misma esperanza termine disolviendo toda exigencia crítica entre los que esperan su turno para ser salvados. Si se tratara de elegir entre el mal menor no habría mucho que discutir, pero cuando se entra en el campo de la esperanza hacerlo con tanta resignación previa resulta castrante. ¿Es que la talla de la esperanza de los cubanos habrá que elegirla siempre entre diversas magnitudes del mal?

¿Pero es que los cubanos se merecen la libertad?

Antes de preguntarse qué hacer con la libertad tantas veces soñada muchos cubanos empiezan por preguntarse si la merecen. No consideran que bastaría con esa cuestión existencial para situarse en un plano inferior de humanidad tal como la consideran Dios o la Declaración de los Derechos Humanos, según los cuales todos somos iguales, merecedores de iguales derechos. Basta con que aparezca esa pregunta para tener una idea de cuánto ha afectado a nuestra conciencia colectiva siete décadas de minuciosa impotencia. Porque si al último totalitarismo se le añaden las dictaduras previas o el detalle de que fuimos la última colonia de España en América en alcanzar su independencia, puede concluirse que el gen nacional cubano gravita naturalmente hacia la servidumbre. Esa vieja manía de definir al cubano como una variante perversamente distinta del homo sapiens es ahora más dañina que nunca.

Tales fallas en la autoestima nacional, tales resignaciones, comprensibles tomando en cuenta esa misma historia a la que se echa mano para sostenerlas y justificarlas, son fatales en momentos como este. En parte por la poca claridad que ha mostrado nuestro presunto libertador sobre qué haría con Cuba una vez liberada del yugo castrista. Visto lo visto, parecería que a Trump le da lo mismo si se instala una democracia representativa o una monarquía absoluta con tal de que le sirvan de combustible a su ego. Después de todo, argumentan unos cuantos, si no hemos podido liberarnos hasta ahora de la opresión castrista, deberíamos aceptar cualquier cosa que nos impongan nuestros soñados libertadores. No obstante, tal variante del autodesprecio es un fundamento pésimo para erigir un sistema democrático funcional y sostenible: un razonamiento similar le habría valido a Europa Occidental para dejarse colonizar por norteamericanos e ingleses tras la derrota del nazismo.

Por otra parte, el presente optimismo no puede cegarnos ante lo obvio: ni dentro ni fuera de la isla los cubanos no castristas contamos con una representatividad mínima para ser interlocutores de peso en caso de transición. Si en 1898, podría argumentarse, la República en Armas con su cámara de representantes y su ejército libertador no fue incluida como una de las partes en el Tratado de París, ¿cómo va a ser tenida en cuenta ahora la voz de un pueblo disperso y fragmentado? Si en Venezuela, una oposición bastante más organizada y poderosa y con la legitimidad que le da la clara victoria electoral de 2024 ha sido desairada por la administración Trump ¿qué podremos esperar los cubanos? Pero si, encima de eso, no estamos convencidos de nuestro derecho a ser libres y soberanos ¿vale la pena siquiera interesarse por nuestro destino colectivo más allá de la compasión ecológica que se destina a los pandas o las ballenas?

La tierra comprometida

Convencido de que la transición democrática es imprescindible para sacar al país de la devastación actual, incurriré en el vicio de esbozar una Cuba futura. Parto de la base de que no se trata de elaborar la imagen de una Cuba utópica, ideal, que de entrada sabemos imposible, sino de un mínimo deseable sin el cual no tendría sentido hablar de transición democrática, ni se sostendría más allá de meras formalidades. Tomemos como punto de partida la encuesta de El Toque que nos dice que casi un 80% de los consultados considera que “Cuba debe transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado”.

Es reconfortante, pero al mismo tiempo curioso, que en tiempos en que el capitalismo, la democracia liberal y la economía de mercado son denostados por buena parte de Occidente, sean los cubanos quienes muestren tanta predilección por ese modelo. “Ellos no saben de lo que están hablando”, dirán los anticapitalistas del primer mundo sin pensar que los cubanos podrán ignorar la letra pequeña del capitalismo y la democracia liberal, pero en cambio han sido cobayas veteranas del experimento socialista. Es como si los cubanos, de vuelta del futuro ansiado por Occidente, se cruzaran en medio de la carretera con los que van en busca de ese mismo futuro. En el momento de cruzarse ambos se dan gritos de alarma (“no sigan, no vale la pena”) que los otros prefieren no entender. La incomprensión es explicable: para unos y otros la palabra “socialismo” tiene significados muy distintos.

Un día en la universidad, ante mi insistencia entre un grupo de estudiantes de origen hispano de que me dieran su opinión sobre el socialismo, esa palabra que enciende las pupilas de mis estudiantes gringos, me respondió una colombiana: “Profe, el problema es que cuando los estudiantes gringos hablan de socialismo piensan en Dinamarca y Suecia. En cambio, nosotros, cuando se nos habla de socialismo, pensamos en Cuba y Venezuela”. Porque existe una incomprensión grave cuando se le llama socialismo lo mismo al capitalismo redistributivo de los países nórdicos que a un régimen en el que el Estado es dueño de los medios de producción y controla estrictamente los precios y la distribución de bienes y servicios. El primero no solo no clasifica como socialismo (a menos que el segundo significado acceda a cambiar de etiqueta) sino que resulta difícilmente exportable al resto de los países desarrollados. Porque sucede que Escandinavia además de estar compuesta por sociedades relativamente pequeñas, manejables, prósperas y altamente educadas, posee una mínima homogeneidad étnica y (todavía más importante), ética y conductual, que ayuda a prevenir los abusos del sistema redistributivo que se producen en sociedades de mayor envergadura demográfica y complejidad social. La otra definición de socialismo, en cambio, ha dado muestras de capacidad destructiva en todos los sitios en que ha sido aplicado como para ser tomada de modelo. Al menos es lo que me gustaría pensar.

¿Qué hacer (con el comunismo)?

Una de las respuestas más unánimes que recibió la encuesta de El Toque fue en torno a la eliminación del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas (98%) y del modelo del Partido Comunista como partido único (99%). No obstante, más allá de la encuesta, persiste la pregunta de si se debiera tolerar la mera existencia del Partido Comunista, cuestión que me parece esencial a la hora de definir la –abróchense los cinturones– futura democracia cubana. Porque es de sospechar que si alguna inquietud superará a cualquier otra durante la construcción de un sistema democrático en Cuba sería cómo evitar el regreso del autoritarismo como ha ocurrido, por poner el ejemplo más notorio, con la Rusia de Putin.

Frente a esta posibilidad muchos piensan que el antídoto más seguro sería la ilegalización del Partido Comunista, una medida que se me antoja comprensible y al mismo tiempo, torpe y contraproducente. Si bien a dicho partido se le puede atribuir la mayor parte de los desmanes políticos y los desastres económicos que han plagado a Cuba en las últimas décadas, ¿qué diría de la vocación democrática de la Cuba futura si comienza ilegalizando el partido al que hasta ayer pertenecía un diez por ciento de la población adulta del país? Es más ¿qué diría de la sensatez de la nueva democracia, de su relación con la realidad? El Partido Nacionalsocialista fue ilegalizado en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, ya sé, pero no me negarán que el impacto de sesenta y siete años de poder comunista en Cuba es de muy distinta naturaleza al de doce años de poder nazi en Alemania.

La tentación de la tabula rasa, del borrón y cuenta nueva que acecha toda reconstrucción política debe esquivarse por fuerte que sea, a menos que queramos engañarnos y sustituir la simulación totalitaria del castrismo con nuevas simulaciones, esta vez en nombre de la democracia. En lo personal no se me oculta el carácter intrínsecamente maligno del comunismo, su esencia totalitaria: una secta con capacidad especial para aprovecharse de las debilidades y ligerezas de las sociedades democráticas y convertirse en metástasis. Ahora, pretender que con la ilegalización de un partido se extirpa para siempre esa posibilidad del mal es como pretender abolir los tumores cancerígenos a golpe de decretos presidenciales.

Antes que nada, se debe tener en cuenta que una sociedad como la cubana, enferma de hipocresía, oportunismo, simulación y miedo, deberá pasar por una larga y delicada convalecencia que incluye, entre otras cosas, el entrenamiento en transparencia democrática y convivencia con adversarios políticos e ideológicos. Décadas de reflejos condicionados por el totalitarismo no desaparecerán con la abolición de un partido. Más sino mutarán hacia otras ideologías mejor aceptadas, pero con el mismo impulso intolerante y la misma ansia de control absoluto. Y peor aún, de pretender extirpar el comunismo de la faz de la isla se pasaría a perseguir a los críticos más honestos (los deshonestos siempre encontrarían donde reubicarse, incluidas las filas del extremismo de signo contrario) acusándolos de comunistas solapados. Ningún esfuerzo será suficiente para prevenirse contra esa aspiración a la pureza que enloqueció a los españoles en tiempos de la Inquisición. Esa que se saldó con conversiones masivas para luego dedicarse a la persecución de conversos tan poco convincentes.

Que todo vuelva a ser… como no era ayer

Quizás el mayor riesgo del subgénero literario “la Cuba del mañana” consista en parecerse a una carta a los Reyes Magos. Que responda más a los deseos propios que a la realidad a la que se intenta dar una forma más o menos habitable. Uno de los impulsos más comunes es la ilusión de que la Cuba del mañana sea una reedición digital y con wifi de la Cuba del ayer. Sí, esa imagen con la que nos hemos consolado por años en la que el peso cubano estaba a la par con el dólar estadounidense, había un canal de televisión a color antes que en cualquier otro lugar del mundo —exceptuando Estados Unidos— y el país aparecía entre las dos o tres economías más robustas del continente.

Por mucho que nos haya servido ese recuento nostálgico para convencernos de que la debacle de ahora no tiene por qué ser el estado natural de la isla, como modelo de futuro resulta engañoso. Si es reconfortante saber que Cuba alcanzó esos niveles de prosperidad luego de la guerra de 1895, casi tan devastadora como los 67 años de castrismo, tanto Cuba como el mundo han cambiado muchísimo desde 1898. Hace siglo y cuarto bastó —en lo económico— con reconstruir la industria azucarera y tabacalera para abastecer a un planeta ávido de sacarosa y nicotina. Y en lo espiritual se encontró en la mística mambisa y martiana el emplasto que restañó la autoestima nacional. Ahora empezaríamos unos cuantos escalones más abajo, con una economía en ruinas sin otro horizonte que el turístico y una sociedad reprimida, paralizada y desmoralizada durante demasiado tiempo y con un hambre insaciable por todo tipo de justicias. Sospecho que, una vez resueltos los tres grandes problemas cubanos —el desayuno, el almuerzo y la comida— todo lo que ofrezca la nueva democracia va a parecer poco comparado con lo que prometió y nunca cumplió el castrismo.     

Boris Larramendi, uno de mis músicos de cabecera y de los más insistentes en imaginar a Cuba más allá del castrismo, creó en su canción “Enfermera” una de las fórmulas más prometedoras para el futuro cubano: “ojalá que todo vuelva a ser como no era ayer”. En esa paradoja el cantautor mezclaba los dos impulsos que laten en las últimas décadas de historia cubana: el del regreso a un pasado dorado y la búsqueda de un futuro de posibilidades infinitas. Boris en cambio propone un nuevo comienzo donde la nostalgia por el pasado no nos haga regresar a él pero sin abandonarnos a la quimera de los futuros perfectos. Del gesto contradictorio de volver a ser lo que no se era me atrae su astuta cautela: el abandono de las ilusiones desmedidas no implica renunciar a tener sueños algo más factibles.

De ahí que si se me pidieran instrucciones para un aterrizaje forzoso en la Cuba del mañana mis recomendaciones serían mayormente negativas. Versarían menos sobre lo que se debe hacer que sobre lo que deberíamos evitar a toda costa. Aunque ya las haya anunciado en las páginas anteriores, aquí las resumo.

—No aspirar a la pureza, menos en un país en que un régimen totalitario cultivó todo tipo de complicidades durante siete décadas. Porque el totalitarismo es en esencia eso: una fábrica monstruosa de complicidades. Recordar que todas las sociedades se componen de gente buena, mala y hasta regulares. Y que las buenas no están exentas de ejercer el mal de vez en cuando y las malas pueden hacer el bien a veces, aunque no lo pretendan. Que una sociedad sensatamente organizada debe regular los impulsos naturales de la gente recompensando los buenos y desalentando los malos. Pretender algo más es preparar otro descenso a los infiernos.

—Renunciar al viejo hábito de creernos excepcionales, para lo bueno o para lo malo. Los cubanos no somos mejores que nadie ni radicalmente peores. Puede que la experiencia totalitaria parezca excepcional en un continente más proclive a las salvajadas bananeras que al puntilloso control norcoreano, pero no olvidemos que esa experiencia fue lugar común en buena parte del mundo durante demasiado tiempo.

—Evitar los métodos radicales y las metas absolutas. No se trata de edificar una sociedad perfecta sino una medianamente habitable. Eso incluye a la justicia y esta disyuntiva: ¿priorizar el castigo como en los tribunales revolucionarios de 1959 o gestionar una transición incruenta como la española, la argentina o la chilena, donde los culpables escaparon a cambio de no hacer mayor resistencia?

—Aprendamos de la experiencia totalitaria: no hay almuerzo gratis, ni atajos al paraíso. Desconfiemos de los mesías carismáticos, las promesas irrealizables y los planes faraónicos con costos ridículamente bajos.

—Evitemos la trampa de las ideologías. No hay sistema universal de comprensión de la realidad, ni respuestas automáticas y perfectas a los problemas que presenta lo real. Ni siquiera antídoto absoluto a las ideologías que detestamos. Y aprendamos de una vez que una ideología que se ocupe en contrarrestar la ideología rival en cada uno de sus detalles terminará pareciéndose a esta más de lo que le gustaría reconocer.

 —Si lo único que hemos aprendido luego de casi siete décadas de régimen comunista es que “el comunismo es malo” habremos aprendido muy poco. Reconozcamos también la maldad intrínseca de cualquier régimen autoritario por mucha simpatía que nos puedan inspirar sus líderes. Tengamos en cuenta que todo el poder que se les ceda en caso de emergencia difícilmente le será devuelto al pueblo cuando las circunstancias mejoren. O que la tolerancia no es un acto de bondad sino un método elemental de convivencia. O que confundir la moral vigente con la ley y la justicia es el camino a nuevos totalitarismos.

—Protejamos a las minorías, sobre todo a esa minoría esencial que es el individuo. Asumamos que mientras las minorías y los individuos no contravengan leyes claras y bien delimitadas deberá permitírseles su accionar sin restricciones, por mucho que su actuación contraríe las concepciones o costumbres de la mayoría.

—No idealicemos el pasado, pero tampoco el futuro. La constitución de 1940, por mucho que se la presente como una de las más avanzadas de la época, no pudo evitar la destrucción de las bases sobre las que estaba asentada. Y de poco servirá que futuras constituciones se pretendan igual de avanzadas, si las instituciones y la ciudadanía que deberán hacerlas funcionar no están conscientes de la necesidad de respetar las reglas democráticas, sobre todo cuando las vean como un estorbo. Porque esa es la principal función de dichas reglas: estorbar nuestras borracheras de entusiasmo.

—Seamos conscientes de que, por abrumadoras que puedan parecer las secuelas del castrismo, apenas la sociedad cubana empiece a experimentar una leve mejoría comenzarán a aparecer nuevas dificultades que antes nos parecerían inimaginables: desde la obesidad y la congestión del tráfico hasta el control de la inmigración y la gentrificación. Preparémonos para ello, aunque no parezca urgente. Pronto lo será.

—Evítese tirar el niño de la bañera junto con el agua sucia. El sistema de salud y educación universales —por poner un único ejemplo— del que tanto se ufanaba el castrismo y que hoy está en ruinas no es un invento comunista. Funciona en buena parte del mundo con más o menos eficacia, aunque sin abolir los sistemas privados de educación y salud. Y así con otras cosas que el castrismo se atribuyó como propias, pero son parte de cualquier sociedad moderna sin tanta alharaca. Suprímase, eso sí, la propaganda sobre aquello que debería ser parte del funcionamiento de cualquier sociedad normal como el éxito de la cosecha de papas, por ejemplo.   

—Es indudable que la diáspora deberá tener un papel fundamental en la recuperación del país, pero esta deberá ser generosa y comprensiva con la población de la isla para evitar que las obvias diferencias del presente se conviertan en una relación abusiva y aprovechada en el futuro. Pero como la generosidad humana no está garantizada deben crearse reglas que prevengan posibles abusos.

—Si la desconfianza, la sospecha y la polarización social y política fueron las armas fundamentales del castrismo para dividir a la sociedad cubana y así ejercer mejor su poder sobre ella, pensemos en formas de superarlas y, desde el reconocimiento de las diferencias, conseguir una necesaria cohesión social basada en el respeto de la ley y la asociación en torno a intereses comunes.   

Si antes invocaba una frase de Boris Larramendi como clave para avanzar hacia una nueva posibilidad de nación, ahora pienso en otra, la de otro amigo infelizmente desaparecido, Raúl Ciro. Este, en una canción que invocaba en el título el aerostato de Matías Pérez “Villa de París”, terminaba deseándole al país un descanso tras el incesante ajetreo histórico de las últimas décadas: “quiero verte dormir, Cuba”. De eso se trata en primer lugar, de asegurarle a aquella pobre isla un instante de reposo.

*Publicado originalmente en In-cubadora

miércoles, 17 de agosto de 2022

El nombre de la cosa*


Una cuestión de principios

“Revolución Cubana” ha sido por mucho tiempo el nombre más aceptado del régimen instaurado en 1959 no solo entre sus partidarios sino incluso entre muchos que intentan juzgarla con cierta objetividad. Sus adversarios son menos unánimes al respecto: van desde el antropónimo “castrismo” al compuesto “castro-comunismo” pasando por los conceptos genéricos de comunismo, dictadura, estado totalitario, etc. A los partidarios del término “Revolución Cubana” no se les oculta que el propio concepto tiene fecha de caducidad: por laxo que sea nuestro concepto de revolución resulta difícil sostener que esta dure veinte años, para no hablar de sesenta y tres.

Una de las cuestiones que parece desvelar a los estudiosos es determinar el momento en que la Revolución Cubana dejó de serlo. O sea, cuándo dejó de comportarse como una revolución. Eso nos trae a debatir qué definición manejar: si la de revolución como cambios que terminan cristalizando en una constitución política o la de la sustitución de un sistema, mandatario o régimen por otro. De acuerdo a si se insiste en el lado legal o en el socio-político se definiría entonces el cierre de la revolución en 1976, con la aprobación de la constitución de ese año o, en 1968 con la llamada Ofensiva Revolucionaria y la eliminación de la pequeña empresa privada o, incluso, en 1961, con la proclamación oficial del carácter socialista de la Revolución. Sin embargo, ni siquiera este carácter socialista de la economía parecería ser definitorio en el caso cubano. Teniendo en cuenta la entusiasta rapacidad con que la cúpula del poder ha asumido su capitalismo hotelero desde la década de los noventa, el socialismo parece más bien un cascarón dentro del que el régimen va mutando para mantenerse con vida.

En cuanto a la ideología, esta se ha demostrado incapaz de definir el régimen cubano si se tiene en cuenta que también ha mutado de acuerdo a las circunstancias: del nacionalismo de los inicios al comunismo inmediatamente posterior para retomar el nacionalismo a la caída del comunismo en Europa del Este y adscribirse al Socialismo del Siglo XXI enarbolado por su aliada Venezuela. La ideología parece así más mimetismo camaleónico que esencia del sistema.

Habrá incluso el impertinente que recuerde a Condorcet cuando escribió que “La palabra ‘revolucionario’ puede aplicarse únicamente a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad”, para afirmar que la famosa revolución nunca lo fue sino más bien resultó un amago de cambio social que degeneró muy pronto en mera tiranía. Y lo cierto es que incluso desde sus entusiastas inicios cada vez que los líderes de la revolución se vieron en la disyuntiva entre permitirles mayor margen de libertad a los cubanos y extender su poder optaron por lo segundo sin dudarlo. En cualquier caso, haya concluido la revolución en 1959, 1961, 1968 o 1976 esta constituiría una parte insignificante de los sesenta y tres años que el régimen lleva controlando los destinos del país. Antes de establecer cuándo el régimen cubano dejó de ser revolucionario tendría más provecho definir cuándo empezó a ser tiránico.

La mala palabra

“Somos continuidad” es el mantra del actual presidente de gobierno cubano. Tanta insistencia resulta sospechosa. No debería serlo. Díaz Canel es, después de todo, bastante más castrista que los fundadores del régimen que ahora aparenta dirigir. Bastante más ortodoxo al menos. Y tiene sentido: con su falta de talento político, de carisma, de personalidad y de carácter no se puede permitir improvisaciones, heterodoxias. No puede acudir ni a las crisis provocadas del primero de los Castro ni a las salidas de tono del segundo. Por su parte ni el uno ni el otro insistieron demasiado en la cuestión de la continuidad: les bastaba con la garantía del apellido —y con su antiyankismo oral— para darle una aparente cohesión al régimen en medio de sus continuos cambios ideológicos, políticos o de alianzas. No debe olvidarse que la revolución fue declaradamente humanista, nacionalista y anticomunista en un principio, comunista más tarde con ramalazos de martianismo o chavismo en las últimas décadas. O que el régimen fue prosoviético a inicios de los sesenta, antisoviético en los meses posteriores a la Crisis de los Misiles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita” fue la consigna oficiosa ante la retirada de los misiles por los soviéticos) y prosoviético de nuevo hasta más allá de la desaparición de la Unión Soviética. Ese régimen del que Díaz Canel proclama ser continuidad pasó de prochino a mediados de los sesenta, a ferozmente antichino en los setenta y ochenta para hacer las paces con el régimen de Beijing a partir del derrumbe de la Unión Soviética; de ser ostentosamente católico en los inicios para ser ferozmente ateo más tarde y aliarse a cuanto culto le ofrezca su apoyo desde hace décadas. De enemigo público número uno de Pinochet a aliado secreto de la junta militar argentina frente a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU o el Movimiento de Países No Alineados. Si en algo ha dado muestras de continuidad ha sido en su talento para las metamorfosis.

No obstante, pese a los cambios, el régimen ha conservado cierto aire de familia. Y no me refiero a la continuidad del apellido en el poder o, en su defecto, en su veneración. Si debe aislarse lo que le da origen y sentido al régimen cubano, lo que lo identifica en todo momento y a la vez le ha permitido persistir en su ser es su condición totalitaria. Ya sé. Totalitarismo es una palabra que no debiera mencionarse en un cónclave serio. Es, nos dicen, un invento de la Guerra Fría, si no directamente de la CIA, para calumniar lo que por otro lado se llamaba con resignación “socialismo real”, vaciarlo de ideología y equipararlo al fascismo y el nazismo, contaminando el ilusionante socialismo con la fama inhumana de los otros. Convirtiendo “comunismo” en sinónimo de campo de concentración.

Lo cierto es que los campos de concentración, con todo lo terribles que han sido, representaron solo una pequeña parte de la experiencia totalitaria. La mayor parte de los ciudadanos de los estados totalitarios nunca pisó un campo de concentración (a excepción de la Kampuchea de Pol Pot claro). Si acaso lo conocían como un rumor y eso bastaba. A los campos de concentración iban a parar los subproductos, los desechos de la sociedad totalitaria, ya fuera para deshacerse de ella o para reciclarla, si es que el régimen, además, tenía temperamento ecológico. Pero los campos de concentración no alcanzan a explicar el totalitarismo como mismo los basureros no alcanzan a explicar el funcionamiento de una ciudad moderna, por muy útiles que les resulten a los arqueólogos del futuro.

Por más que nos tiente asimilarlo al concepto clásico de tiranía el totalitarismo es bastante más que un régimen de poder absoluto, más o menos ilegítimo, más o menos arbitrario. El totalitarismo es una civilización. No se trata solo de un régimen político o económico: es una cultura en la más amplia acepción de la palabra. Una cultura que podrá resultarnos pobre, contrahecha y chapucera pero cultura al fin y al cabo. El totalitarismo crea un mundo material insuficiente y feo, es cierto, pero entrañable si se observa a distancia y encima se encarga de incidir en todos los aspectos de la socialidad y hasta de la intimidad. La cultura totalitaria sobrevive incluso a la desaparición del poder político que la originó como explica Svetlana Alexievich en El fin del homo sovieticus. Y, como demuestra el caso ruso, puede reencarnar con posterioridad en un nuevo régimen autoritario por pura fuerza de la costumbre y la añoranza.

Una de las críticas más insistentes al concepto de totalitarismo es que la vida real bajo los regímenes así etiquetados era mucho más compleja de lo que sugieren las caricaturas cinematográficas de la Guerra Fría o las pizarras humanas de Corea del Norte. Un argumento que, pretendiendo ser sutil, es tan absurdo como demostrar la inexistencia del capitalismo arguyendo que este es mucho más complejo que lo que sugieren las escenas de la fábrica en Tiempos modernos de Chaplin. Cierto que el totalitarismo nunca alcanzó a imponer en la sociedad el control que pretendía, pero también es cierto que su control es mucho más extendido que el de cualquier autoritarismo que lo precedió y eso, aunque no esté a la altura de sus expectativas resulta perfectamente funcional para los que ejercen el poder.  

Un poco de historia

Si dejamos de ver el castrismo como asunto ideológico, si renunciamos a regalarle esa coartada, nos evitaremos debates teológicos al estilo de si Fidel Castro ya era comunista en 1959 —algo que en esos días negó más de tres veces y luego lo afirmó muchas más— o si fue una ideología adquirida con posterioridad. Más pertinente sería preguntarse por ejemplo si en aquellos inicios ya él y el régimen que propugnaba tenía inclinaciones totalitarias o si, de lo contrario, fue arrastrado al totalitarismo por las presiones norteamericanas. Sobre este último punto muchos estudiosos, tan atentos en otros casos a lo que tuviera que decir el fundador del régimen, prefieren desoírlo. Insisten en que el comunismo y la alianza con la Unión Soviética fue más una reacción a la agresividad norteamericana que parte de su proyecto original. Si en algo concordamos tales estudiosos y yo es que a Fidel Castro no se le puede creer todo lo que dijo, pero pienso que al menos deberíamos creerle lo que dijo a pesar de sí mismo.  

No existe mejor cuaderno de bitácora del castrismo que los discursos que pronunciara su fundador entre el primero de enero de 1959 y el 26 de julio de 2006. Son éstos registro minucioso de sus proyectos, intenciones, rabias momentáneas y rencores a largo plazo. Si estas alocuciones podían ser opacas para su público inmediato que ignoraba mucha de la información que él se guardaba para sí, con la perspectiva que dan los años los discursos de Fidel Castro resultan casi transparentes. La distancia y el conocimiento nos ayudarán a distinguir las declaraciones tácticas de las convicciones profundas. De manera que, para determinar si su régimen tenía una clara vocación totalitaria desde el inicio o si fue una construcción accidental causada por las presiones externas convendría visitar aquellas eufóricas semanas que siguieron a la fuga de Batista, el que quizás fuera el momento de mayor regocijo y consenso colectivos en la historia de la nación.


Una mirada superficial, estadística, a aquellos discursos nos haría pensar en un proyecto profundamente democrático, libertario casi hasta la ingenuidad. Pero a Fidel Castro se le ha acusado casi de cualquier cosa menos de ingenuo y yo no seré el primero en hacerlo. Hago constar no obstante que en las primeras cinco semanas —más allá de las entrevistas y alocuciones televisivas más o menos informales— Fidel Castro pronunció 15 discursos oficiales, prácticamente uno cada dos días, y en ellos repitió la palabra “libertad” 187 veces, lo que equivale a más de doce por alocución. En un principio sus declaraciones en favor de la libertad no pudieron ser más diáfanas. El mismo primero de enero promete que se “decretará el restablecimiento de las garantías y la absoluta libertad de prensa y todos los derechos individuales en el país” y que…

Habrá libertad absoluta porque para eso se ha hecho la Revolución; libertad incluso para nuestros enemigos; libertad para que nos critiquen y nos ataquen a nosotros; que siempre será un placer saber que nos combaten con la libertad que hemos ayudado a conquistar para todos. Nunca nos ofenderemos, siempre nos defenderemos y seguiremos solo una norma: la norma del respeto al derecho y a los pensamientos de los demás[1].

Pero apenas dos semanas después, el 15 de enero, Castro empezaba a encontrarle inconvenientes a tanta libertad. En un discurso ante el Club Rotario de La Habana responde a los que critican los fusilamientos de miembros del antiguo régimen.

¿Qué nos dicen? ¿Que sometamos a los tribunales ordinarios a los criminales de guerra? ¿Y qué tribunales ordinarios hay en Cuba? ¡Si la dictadura no dejó tribunales de ninguna clase! ¿O es que los vamos a llevar […] a todos aquellos tribunales que eran cómplices de la dictadura en general, salvando las excepciones honrosas? […] Si se quieren escoger jueces capacitados y escogerlos por oposición, como deben escogerse, pues nos estamos cinco meses, seis, hasta terminar y tener un poder judicial. ¿Y vamos a esperar eso para juzgar a esos señores?[2]  

En el mismo discurso se molesta hasta con que hayan difundido ciertas declaraciones suyas: “Y yo creo que esa noticia no se debió haber divulgado”. Insiste en que hay “libertad, la pueden divulgar, los que lo hicieron tienen garantizado todo y si quieren una escolta para que los cuiden allí, se la pongo, porque esa es libertad [sic]; pero, honradamente, si se quiere ayudar a la Revolución, es peligroso dar este tipo de noticia”.

Ya el 21 de enero, ante el aumento de las críticas por los fusilamientos afirma —con una tendencia al exceso que pronto se hará habitual— que “hay en Cuba un respeto a los derechos humanos como no lo hay en ninguna parte del mundo”. A seguidas, para legitimar los fusilamientos, somete la cuestión al arbitrio de la multitud que lo escucha.

Imaginad, señores periodistas de todo el continente, señores representantes diplomáticos acreditados en Cuba, imaginad un inmenso jurado, imaginad un jurado de un millón de hombres y mujeres de todas las clases sociales, de todas las creencias religiosas, de todas las ideas políticas, que yo le voy a hacer una pregunta a este jurado, yo le voy a hacer una pregunta al pueblo. Los que están de acuerdo con la justicia que se está aplicando, los que están de acuerdo con que los esbirros sean fusilados, que levanten la mano. (LA MULTITUD LEVANTA LA MANO UNANIMEMENTE.) Señores representantes del Cuerpo Diplomático, señores periodistas de todo el continente: ¡El jurado de un millón de cubanos de todas las ideas y de todas las clases sociales, ha votado![3] 

Un discurso esclarecedor

Más sintomático es el discurso que dirige el 6 de febrero a los trabajadores de la sucursal cubana de la inglesa Shell. A menos de un mes de su entrada triunfal en La Habana, cuando todavía no es miembro oficial del gobierno (en diez días será nombrado primer ministro) esbozará la lógica que sigue su régimen hasta el día de hoy. Mientras rechaza la condición de dictador se presenta como intérprete del “sentimiento mayoritario del país”. Se vanagloria de que la cubana “es la única revolución en el mundo que se está haciendo con un respaldo del 95% del pueblo” y al mismo tiempo acusa a sus críticos de forzar a la revolución a convertirse en dictadura porque “si a nosotros como gobernantes nos quitan la opinión pública, no nos quedaría otra alternativa que usar la fuerza para llevar adelante la Revolución o renunciar”. No obstante, descartados —nominalmente— el uso de la fuerza o la renuncia solo queda plegarse unánimemente a esa voluntad popular que él dice encarnar.

En ese discurso Fidel Castro usa como pretexto una caricatura publicada en una popular revista para convertir cualquier crítica o sátira no solo en ofensa personal sino en ataque a la revolución y por tanto al pueblo cubano: “Los ataques contra la Revolución van contra el pueblo, los ataques contra nosotros van contra el pueblo, porque nosotros aquí no representamos otro interés que el interés del pueblo”. Más de dos años antes de las famosas “Palabras a los intelectuales” Fidel Castro ya expone su lógica totalitaria: si los dirigentes de la revolución encarnan la voluntad popular, toda crítica o burla hacia estos es traición al pueblo, al que no le quedará otro remedio que alinear su opinión con la de su líder so pena de traicionarse a sí mismo. En medio de tal unanimidad hablar y escribir se convierten en actos potencialmente criminales:

Hay muchos que hablan por hablar y escriben por escribir. Hay muchos Otto Meruelos, muchos Díaz-Balart que, bajo la capa de un idealismo que no sienten, bajo la capa de una honradez que no practican, bajo la capa de una lógica que jamás han aplicado a su conducta, hoy parece como si se empeñaran en destruir los valores que la Revolución ha creado; en destruir la fuerza más poderosa con que la Revolución cuenta, que es la fe del pueblo; en destruir la fuerza más poderosa con que la nación cuenta, que es su opinión pública[4].

Más adelante, refiriéndose a caricaturistas que lo han aludido en sus sátiras, añade: “yo no creo que nuestros artistas sean tan poco revolucionarios, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño al pueblo, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño a la Revolución, sembrando la intriga y sembrando la insidia contra la Revolución”. No significa esto que estén prohibidas las bromas. El poder mismo se permite bromear. Como cuando el propio Castro dice acatar el poder judicial: “Si un tribunal diera la orden de soltar a Sosa Blanco, yo me ajustaría al mismo principio, no desacataría la orden del tribunal.  Ahora sí, pediría que fusilaran al tribunal”. Siniestra como suena bastará un mes para que la broma se trueque en realidad más macabra aún: molesto ante la absolución de un grupo de pilotos por su actuación en la guerra, Castro anula el juicio, manda a repetirlo y, ante tamaña arbitrariedad, Félix Pena, comandante del Ejército Rebelde y presidente del tribunal, se suicida. 

El discurso del 6 de febrero de 1959 es significativo no solo por lo que puedan significar esas tempranas señales de autoritarismo. Téngase en cuenta también que en aquellos días el líder de la revolución rechazaba todo vínculo con el comunismo en lo ideológico o con el socialismo en lo económico. De hecho, el objetivo principal de dicho discurso era convencer a los trabajadores de la Shell de que el gobierno no debía nacionalizar dicha empresa ya que “sería en este momento una medida antitáctica”. Esa y otras medidas deberían ser aplicadas en “una etapa posterior”.



Aunque a la larga le resultara imprescindible el orden totalitario, Fidel Castro no tuvo que esperar por las concreciones ideológicas o económicas del socialismo. De momento le bastaba el fervor. El totalitarismo se nos muestra así como estado de fervor multitudinario donde la masa vibra en la misma frecuencia que su líder a quien le basta con la palabra para aplastar cualquier opinión incómoda. Más que la censura tradicional —que a Fidel Castro parece repugnarle— opta por el boicot o, como llamaríamos en lenguaje contemporáneo, la cancelación. De ahí que con respecto a los caricaturistas incómodos recomiende que “el pueblo se encargue de saber y de discernir quiénes son aquellos a los que no debe leer […], lo que tiene que hacer el pueblo es no leerlos”[5].

Visto así, el totalitarismo se manifiesta como una gigantesca escenificación teatral de la voluntad del líder o del partido. Lejos de ser una sociedad controlada en los más pequeños detalles conforme a una ideología de estado debe verse como el resultado grotesco de la representación de esa pretensión. Allí la sociedad actúa como si apoyara unánimemente las opiniones o decisiones del líder o más bien como si esas opiniones y decisiones no fueran más que la asunción telepática de los deseos más profundos del pueblo.

El totalitarismo debe entenderse en cierto sentido como una gran simulación: el pueblo simula que su voluntad se ve expresada al detalle en las ideas y acciones del partido y el líder junto al pueblo simulan a cada instante volver a aquel estado originario de la revolución en que parecían vibrar exactamente en la misma frecuencia. Una simulación que —espoleada por el aparato político-represivo del régimen— a fuerza de ser repetida ya no pueda distinguirse de las conductas auténticas. Una simulación que está diseñada no solo para encausar —o doblegar— la voluntad del pueblo sino para facilitar el autoconvencimiento de dirigentes y pueblo. De otra manera no se entendería tanta insistencia en realizar actos masivos, votaciones con un único candidato, referendos sin opciones reales. O explica la insistencia a través de los años en aparentar que quien ejecuta la represión de los disidentes es el pueblo por iniciativa propia como ocurre en los famosos “actos de repudio”.  

Un mundo nuevo 

Una lectura atenta de aquellos primeros discursos nos deja claro que pese a la repetición de la palabra libertad, no era “el poder de actuar, hablar o pensar sin traba o restricción” lo que tenía Fidel Castro en mente cuando la invocaba. O la libertad solo le parecía aceptable cuando se aplicara a sí mismo —o a los demás en la medida en que coincidieran con él— lo que viene a ser una definición bastante literal de tiranía. De las medidas que tomara Fidel Castro desde los mismos inicios de la revolución tampoco cabe hacerse ilusiones sobre sus propósitos originales. Y no hablo de medidas estrictamente represivas. En aquellos inicios populistas cada vez que entraban en conflicto la libertad y el control siempre se optó por el control, incluso en las medidas más populares como la Ley de Reforma Agraria, la Ley de Reforma Urbana, las expropiaciones a las grandes compañías, la campaña de alfabetización, etc.

La reforma agraria, lejos de convertir a la masa de campesinos pobres en propietarios de tierras, convirtió al Estado en el único latifundista del país con más del 70% del terreno cultivable. Otro tanto ocurrió con las expropiaciones de casas y negocios, incluso antes de que el régimen se planteara seriamente instaurar una economía socialista: tras cada una de aquellas medidas era el Estado y no los ciudadanos el que salía reforzado. Aún la más aplaudida de aquellas medidas iniciales, la campaña de alfabetización, estuvo concebida desde un inicio como una gigantesca operación de inteligencia y control ideológico más que de superación educativa: desde la cartilla altamente politizada que empleaban los alfabetizadores a la carta a Fidel que debían escribir los alfabetizados como testimonio de su aprendizaje para no hablar del amplio uso de los alfabetizadores como informantes en zonas rurales atestadas de guerrillas anticastristas.

Por otra parte, los congresos obreros y las elecciones estudiantiles que se realizaron en esos primeros años terminaron sometiendo ambos al mandato directo del régimen. Igual pasó con la creación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y el ICAIC. Otro tanto ocurrió con las luchas por la igualdad de mujeres y afrocubanos a los que Fidel se refirió en el discurso a los obreros de la Shell como “sectores discriminados”. La creación de la Federación de Mujeres Cubanas en 1960 no solo sirvió para agrupar las más de mil organizaciones femeninas y feministas existentes bajo el control del régimen, sino para excluir cualquier otra organización que aspirara a desarrollarse en paralelo. Bajo el pretexto de que el racismo había sido abolido por la revolución, las sociedades negras fueron disueltas y no fueron reemplazadas por ningún tipo de representación de la comunidad afrocubana.    

El régimen cubano surgido a partir de 1959 se tomó en serio la tarea de crear una sociedad nueva y para ello la vía más rápida y económica que encontró fue el reciclaje. Una de las formas más socorridas fue renombrando todo lo que encontró a su paso, desde escuelas, hospitales, fábricas, calles y plazas, hasta instituciones, organizaciones, municipios y provincias completas, de manera que las nuevas generaciones crecieran bajo la impresión de que prácticamente todo lo que los rodeaba había sido obra del nuevo régimen. Pero el cambio de nombres no siempre fue suficiente. Con el cambio de propiedad de manos particulares a las del Estado vino la refuncionalización de muchos de los movimientos, organizaciones e instituciones preexistentes. Un caso emblemático por su alcance posterior fue la reconversión de la Casa Continental de la Cultura —fundada en 1953— en la afamada Casa de las Américas, con larga y fecunda trayectoria en la proyección del régimen cubano en el continente.

En lo que sí cambió de manera profunda la sociedad cubana fue en cómo el régimen político e ideológico invadió la vida del país en todos los niveles y posibilidades: se hablaba de una cultura revolucionaria, un deporte revolucionario, una moral socialista y hasta de una caballerosidad proletaria. El antiguo calendario de fiestas y celebraciones nacionales fue reformulado completamente. A las intemporales aspiraciones humanas de crear, innovar, destacarse entre sus iguales y ayudar al prójimo se les dio nuevo sentido a través del sustantivo “revolución” y el adjetivo “revolucionario”, pero todavía se fue más eficaz en la canalización y aprovechamiento de los peores instintos individuales y colectivos. La creación del hombre nuevo no era mero alarde guevarista: el sistema educativo, los medios de difusión masiva y las organizaciones políticas se propusieron como objetivo no solo que las nuevas generaciones fueran educadas en función de los intereses del régimen, sino que no entraran en contacto con nada que contradijera la “moral socialista” y la “concepción dialéctico-materialista del mundo”. Que no lo lograran por completo no significa que no consiguieran distorsionar de manera notable la capacidad de dichas generaciones para analizar críticamente la realidad en que crecían.

Pese a todas estas restricciones el régimen cubano otorgó a sus súbditos una amplia libertad a la hora de vigilar, inmiscuirse y controlar la vida de los demás. La persecución, primero contra los asociados a la dictadura recién derrocada, luego contra los llamados contrarrevolucionarios y restos de la burguesía, y más tarde contra los religiosos, homosexuales y los aquejados de “conductas extravagantes”, “diversionismo ideológico” o “penetración cultural”, daba carta blanca a quien quisiera inmiscuirse en la conducta política, los intercambios económicos, las preferencias espirituales, sexuales, culturales, los gustos musicales o la vestimenta de cada cual. Esta combinación de disrupción social seguida de control y ortodoxia, sometimiento y conservadurismo extremos, es lo que en Cuba ha terminado respondiendo al nombre de “Revolución”. “Revolución” es, junto a la figura totémica de Fidel Castro, lo que le ha dado cohesión a un régimen político cambiante, una economía desquiciada, una ideología rígida y al mismo tiempo acomodaticia y una sociedad disfuncional. Llamar así al proceso iniciado en 1959 no solo contribuye a conservar su destartalada aureola, sino que fracasa en comprender su dinámica.

Que no es lo mismo, pero es igual

De aceptar el término “totalitarismo” para describir el régimen cubano queda preguntarse si ahora, a la altura de 2022, continúa siendo aplicable. Si el abandono de una economía socialista por una mixta, de la ideología comunista por un batiburrillo fascistoide que se dice de inspiración marxista y martiana ameritaría el término “totalitario”. Si en la medida en que una mayor porción de la población se desentiende del Estado como empleador y proveedor no puede hablarse de un sistema distinto al que imperó en los primeros treinta años. O incluso si un hecho como las protestas masivas que sacudieron toda la isla en julio de 2021 no es la demostración más fehaciente del fin de la hipnosis totalitaria del régimen sobre la población.

Los cambios ocurridos a partir de la disolución del bloque soviético y la adopción de un régimen de emergencia que pronto se hizo más o menos permanente obliga a replantearse incluso el concepto de totalitarismo. En parte porque el Estado ya no ejerce el control que ejercía antes sobre la población ni como proveedor de servicios subvencionados, ni de empleos, y ni siquiera como vigilante y represor. En parte porque la construcción de una nueva sociedad ha sido desplazada del centro del discurso oficial para dar lugar a la conservación de las supuestas conquistas ya alcanzadas. También cabría preguntarse si es compatible el ascenso del trabajo por cuenta propia y la existencia de una creciente sociedad civil con la propia idea de totalitarismo.

Prefiero no arriesgar una respuesta definitiva, pero vale la pena recordar que el totalitarismo nazi, el fascista o el franquista, no solo supieron convivir con la economía de mercado sino que incluso se propusieron como su salvaguarda frente a la socialización comunista y la monopolización capitalista. Pero si es cierto que la sociedad civil no solo da señales de vida, sino que se muestra reacia a renunciar a los espacios alcanzados en las últimas décadas, también lo es que el régimen se resiste a renunciar a sus simulacros de obediencia absoluta. La reacción del régimen a las protestas del año pasado es sintomática. En lugar de buscar algún tipo de contemporarización o pacto con los que protestaban, no solo apeló a la movilización forzosa para aplastar las protestas, sino que está aplicando condenas a los cientos de detenidos, desproporcionadas incluso para la propia idea de legalidad del régimen. Frente a una sociedad que se resiste a reducirse a los viejos moldes totalitarios, el régimen apela a ellos una vez más: mientras impone condenas monstruosas a los que protestaron actúa como si nada hubiera ocurrido.

Poco importa que al final el consenso que consiga el régimen sea más o menos simulado. Si lo logra imponer durante suficiente tiempo valdrá tanto como si fuera auténtico. De cualquier manera, los reflejos totalitarios han sido el sostén del régimen durante demasiado tiempo como para que ahora se atrevan a intentar otra cosa. Y por mucho que haya cambiado la sociedad cubana en los últimos treinta años —o cambie en el futuro— el régimen seguirá refiriéndose a sí mismo como “revolucionario” y “socialista” por la misma razón por la que insiste en utilizar métodos totalitarios para sostenerse: si hasta ahora les ha funcionado, ¿para qué cambiar?


[1] Castro Ruz, Fidel (1959): Discurso del 1 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f010159e.html

[2] Castro Ruz, Fidel (1959): Discurso del 15 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f150159e.html

[3] Castro Ruz, Fidel (1959). Discurso del 21 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f210159e.html

[4] Castro Ruz, Fidel (1959). Discurso del 6 de febrero de 1959. En línea: https://es.wikisource.org/wiki/Discurso_pronunciado_en_la_Empresa_Petrolera_Shell,_el_6_de_febrero_de_1959

[5] Ídem (1959).


*Tomado de In-cubadora.