Mostrando entradas con la etiqueta La Despedida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Despedida. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de diciembre de 2016

Últimas páginas

Texto aparecido hoy en Diario de Cuba

Últimas páginas del diario del Comandante en Jefe Fidel Castro

Me morí.
No se puede culpar a nadie. Es absolutamente mía la responsabilidad.
Alguna vez lo dije. Si la Revolución fuera destruida sería por causa nuestra. Después de más de seiscientos atentados fracasados de la CIA contra mi persona fue mi propio corazón el que dejó de funcionar. Por voluntad propia. Y sin mi consentimiento, debo decir. Pero no es este momento de culpar a nadie aunque siempre haya abrigado sospechas contra él. Temí que por debilidades propias de su naturaleza inconscientemente actuaría de acuerdo con el enemigo. La ya conocida generosidad de nuestra Revolución me impidió actuar por anticipado temiendo que cualquier acción preventiva pudiera poner en peligro una vida que no me pertenecía solo a mí sino a todo un pueblo. Aprovechando un descuido mío mi corazón se detuvo y la circulación de la sangre, descrita hace siglos por el científico Miguel Servet, español como mi padre, se interrumpió y mi organismo todo dejó de funcionar. Mi conciencia, en cambio, ha sobrevivido. He ahí una ardua tarea que deberá resolver el materialismo dialéctico.
Así que estaba muerto pero nadie quiso asumir la inmensa responsabilidad de darse por enterado. Ni siquiera se atrevieron a cubrirme la cara con una sábana que es lo que se hace en las películas producidas por el imperialismo, un imperialismo que se regodea innecesariamente en la muerte y la violencia. Ese mismo imperialismo del que más temprano que tarde veremos pasar su cadáver. Pero gracias a que no me cubrieron con una sábana pude seguir atentamente todo lo que ocurría en la pantalla del televisor (Tampoco se atrevieron a apagarlo por temor, supongo, a que yo no estuviera muerto y que, al despertar, me enfureciera por haberme perdido alguna noticia. Como esta de mi muerte. No sería la primera vez). Y sí, pude ver a mi hermano anunciando mi fallecimiento. No lo hizo mal, debo reconocerlo. Realizó la tarea con una sobriedad extraña en él. Y aunque reconozco que yo lo hubiera hecho mejor, lo felicito. Ciertamente yo le habría impreso mayor solemnidad al anuncio pero no se puede estar en todo.
Al hacerse pública la estremecedora noticia de mi fallecimiento el primero en llamar fue el presidente venezolano Nicolás Maduro. Aunque se le explicó varias veces que la noticia era real y no una maniobra para confundir al enemigo insistió en ponerse al habla conmigo. Cuando ya no quedó otro remedio Raúl hizo traer a una espiritista –recomendada por Abel Prieto, un joven valioso- para que nos pusiera en contacto ultrasensorial al querido presidente venezolano y a mí. Gracias a esto Maduro me felicitó y me deseó suerte en mi nueva etapa que él llamó eterna pero a la que prefiero referirme en términos menos dramáticos. No obstante, la insistencia de Maduro nos fue útil al permitirnos dirigir cada detalle de las complejas operaciones que se requirieron para mis exequias.
Lo primero que hubo que decidir fue qué hacer con mi cuerpo. Compañeros especialistas explicaron que había pasado demasiado tiempo desde la traición de mi víscera pretendidamente más importante. De modo que ya serían impracticables los procedimientos taxidérmicos que me permitirían conservar una cercanía física con mi pueblo. Hice saber que no lo pensaran más. De no estar de cuerpo presente ante mi pueblo prefería que me cremaran. Así evitaría el lento y humillante proceso de la descomposición del cuerpo. En eso intervino mi querido Hugo Chávez quien me felicitó por la audaz iniciativa que habíamos tenido Maduro y yo de reunirnos con él. Fue difícil explicarle a Chávez que Maduro seguía vivo. Pero más difícil fue explicárselo a Maduro quien al escuchar la voz de Chávez tuvo una confusión que tardamos horas en aclararle: él, Raúl y el imperialismo seguían vivos y Chávez y yo, muertos. Y Stalin. Y Napoleón. Cuando preguntó por Cristo decidimos cambiar de conversación.
No quiero aburrirlos con detalles. Porque no voy a engañarme: sé que estas páginas serán leídas por miles de millones de personas en busca de inspiración y por tanto no deben contener detalles intrascendentes. Debo resignarme a que nada en mi vida es privado (excepto mi vida privada, que es secreta). De común acuerdo los especialistas y el difunto, decidimos proceder de inmediato a la cremación. El propio difunto ordenó, ante la mirada incrédula de la compañera espiritista, que aplicaran al cadáver la máxima temperatura posible. El fallecido estaba dispuesto a tolerar esa incomodidad con resignación, como mismo estuvo dispuesto a tolerar las peores pruebas mientras vivía. Y así fue. En medio de aquellas asfixiantes temperaturas me comportaba estoicamente cuando escuché la voz de mi querido Hugo Chávez advertirme que eso apenas era el comienzo. Pero, antes que le pudiera preguntar a qué se refería, Maduro le gritó a Chávez que la iguana que tenía de mascota en Miraflores lo miraba fijamente mientras le decía que tenía mucho calor. “Yo creo que el Comandante Fidel ha encarnado en la iguana” concluyó. Le tuve que pedir a la espiritista que cortara por completo la comunicación con Maduro para poder concentrarme en el duro trayecto que tenía por delante.
Porque todavía me quedaba por recorrer todo el país a bordo de un arcón rodante tirado por un jeep militar soviético. A todos les debía quedar claro que, aunque mi cuerpo hubiera sido reducido a cenizas, mi espíritu seguía en pie de guerra. Había perdido la batalla biológica mas no la guerra espiritual. Sólo lamento que la isla no fuera más larga para haber dilatado algo más el viaje hasta mi última morada. Y que la capital no hubiese estado en el cabo de San Antonio y darle a nuestra provincia más occidental la misma oportunidad de despedirme que al resto del país. Ya en las inmediaciones del cuartel Moncada, lugar de tanta trascendencia para la Historia patria y universal, el motor del jeep soviético, testigo de mis batallas contra los elementos, se detuvo. Como antes lo había hecho mi corazón. Tal parecía que lo sobrecogiera la significación del momento. Hubiese querido lanzarme desde el jeep como antes lo había hecho desde un tanque en las arenas de Playa Girón. Ser yo quien empujara el vehículo detenido, en lugar de esos soldados tan poco marciales que me acompañaban. Sin embargo comprendí, con la claridad de quien redescubre su lugar en este mundo, que mi misión en ese momento era mantenerme sereno al pie de mis cenizas. Que debía empezar a acostumbrarme a que mi pueblo aprendiera a arreglárselas sin mí.
“Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz” dijo el Héroe Nacional junto al cual, humildemente, di orden de guardar mis restos. Porque a eso recuerda la enorme piedra que hicimos bajar desde la Sierra Maestra para acoger mis cenizas: a un grano de maíz. Solo que en esa mole de roca sedimentaria no caben uno sino millones de granos de maíz.
Saquen ustedes sus propias conclusiones.
Chávez tenía razón. Acá el calor es infernal, muy al contrario de la edulcorada descripción que del paraíso nos dieron en escuelas regidas por jesuitas o hermanos de La Salle. Pero no pienso permanecer aquí por mucho tiempo. Mi espíritu inquieto y rebelde no lo soportaría. Trataré de reencarnar lo más pronto posible aunque quizás no lo haga en un ser humano. La escasa aptitud para la longevidad que posee la raza humana me ha resultado decepcionante. Quizás reencarne entonces en un galápago como el que vi en el patio del palacio de Miraflores. Mi única preocupación es cuán difícil le sería a una tortuga de tales dimensiones lanzarse desde lo alto de un tanque de guerra.
Porque me temo que alguna guerra habrá.

Y muertos, muchos muertos. Parece algo inevitable en el destino de ciertos ejemplares superiores, dicho sea esto con toda la humildad del mundo.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Cambio de señas

Parece que se han dado cuenta de que se les ha ido la mano con el luto y le dieron vuelta al asunto. Van a celebrar el fin de año pero a mayor gloria del innombrable. Ordena el Granma:
"Fidel, ese corazón palpitante que nos conduce siempre a la superación de los obstáculos, a enfrentar los retos y alcanzar nuevos logros, es también una razón para celebrar con júbilo y optimismo, la obra inmensa que he­mos creado todos juntos.
[...] El 1ro. de enero es orgullo para los cubanos, y volverán las banderas a nuestras ca­lles, a los centros de trabajo, de estudio, a las comunidades y pueblos.Será ese el preámbulo para acoger el día 2, en la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana, la Revista Militar y marcha del pueblo combatiente, la cual está dedicada al aniversario 60 de la fundación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, al desembarco del yate Gran­ma, al aniversario 58 del triunfo de la Revolución, y que servirá de homenaje al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y a la juventud cubana.
[...] Se trata de otro fin de año con nuevas ex­pectativas y metas de trabajo, con ferias po­pulares y agropecuarias, como ya es tradicional, así como el reforzamiento de la red gastronómica y otros servicios en todas las provincias del país.
No faltarán las actividades festivas en los centros recreativos (cabarets, restaurantes, círcu­los sociales y otros), que se mantendrán como de costumbre, así como las que se organizan en áreas públicas.
En todas ellas participará el pueblo que habita este archipiélago, el mismo que se com­prometió a llevar adelante la obra y el pensamiento de Fidel y que lo conducirá, con cada enero, en caravana libertaria por toda la nación, hacia la victoria, siempre"
Reacuerdan al rey de El Principito, dictando por decreto alegrías (la normal, de disfrutar del fin de año junto a la otra, más perversa, de celebrar una muerte largo tiempo esperada) que no es necesario alentar demasiado. Cosas de Raúl I, El Pragmático.

martes, 13 de diciembre de 2016

La isla de Bernarda Alba


Fiestas populares ancestrales como las Parrandas de Remedios o las Charangas Bejucal suspendidas. Es el pueblo que no quiere celebrar con tanta tristeza que lleva consigo, dicen. Pero entonces no se entiende que se lleven presos a los borrachitos del barrio por tomar ron donde siempre. O que le incauten a otro el equipo de música. O hasta le confisquen el radio a otro desatornillándolo de su carro. Por incumplir con un luto a lo Bernalda Alba, dicen.
(Insisten mucho en estos días en que al difunto no le erigiran estatuas ni monumentos. Ni falta que hace. Con ese silencio mortuorio que han levantado a la fuerza quieren convertir a la isla toda en su tumba. Y algo hay de cierto: ese país hecho escombros es el mayor monumento a su existencia.)

sábado, 3 de diciembre de 2016

Test

La foto que presentamos abajo representa:

a)__ Un resumen gráfico de la historia del castrismo como apoteosis de la chapucería.
b)__ Último acto de resistencia del Cenicero en Jefe antes de entrar al infierno.
c)__ Al saber que se acercaba al cuartel Moncada volvió a entrar en pánico y decidió esperar a recibir refuerzos.
d)__ En un último gesto de humildad y sentido del ahorro Cenicero en Jefe decidió pasarse a la tracción humana.



viernes, 2 de diciembre de 2016

El sueño de los otros

Pocas oportunidades he tenido en esta vida de estar de acuerdo con el aclamado pensador neocomunista Slavoj Zizek. De curioso predicamento entre muchos intelectuales cubanos Zizek es un modelo de cómo se puede sobrevivir la disolución del mundo comunista en el papel de víctima (leve) y terminar siendo gurú del anticapitalismo Occidental. A la larga su prédica ha resultado mucho más rentable que tratar de entender por qué el comunismo terminó siendo esa cosa inhabitable y criminal en la que ni el propio Zizek quiso seguir viviendo. Si en algo falló el comunismo –es la brillante conclusión de Zizek- fue en no ser lo bastante comunista. Pero hasta con un pícaro del postcomunismo se puede concordar si lo que dice en su penúltimo artículo es que:
"Todas estas historias no cambian el triste hecho de que la Revolución cubana no produjo un modelo social que tuviera algo que ver con el definitivo futuro comunista. Cuando visité Cuba hace una década, la gente de allí me mostraba con orgullo casas en ruina como prueba de su fidelidad al hecho revolucionario: «¡Mira, todo se está cayendo a pedazos, vivimos en la pobreza, pero estamos dispuestos a soportarlo antes que traicionar a la Revolución!». Cuando las propias renuncias se experimentan como prueba de autenticidad, tenemos lo que en psicoanálisis se llama la lógica de la castración. Toda la identidad político-ideológica cubana descansa en la fidelidad a la castración; no es de extrañar que el líder se llamara Fidel Castro"
En este artículo Zizek echa mano a una de sus fórmulas de mayor éxito: la de la crítica de la izquierda Occidental desde una izquierda más pura y al mismo tiempo más realista.
"Entonces, ¿qué pasa con los izquierdistas pro-castristas occidentales, que desprecian lo que los propios cubanos llaman gusanos, los que emigraron? ¿Pero, con toda solidaridad hacia la Revolución cubana, qué derecho tiene un típico izquierdista occidental de clase media a despreciar a un cubano que decidió abandonar Cuba no sólo por el desencanto político sino también por culpa de la pobreza? En el mismo sentido, yo mismo recuerdo a principios de los 90 a docenas de izquierdistas occidentales que con arrogancia me lanzaban a la cara cómo, para ellos, Yugoslavia todavía existía y que me reprochaban que traicionara la irrepetible oportunidad de mantenerla viva, a lo que yo siempre respondía que no estaba dispuesto, sin embargo, a conducirme en mi vida de una manera que no decepcionase los sueños de los izquierdistas occidentales. Gilles Deleuze escribió en alguna parte: "Si vous êtes pris dans le rêve de l'autre, vous êtez foutus" [si te dejas atrapar en el sueño de otro estás jodido]. Los cubanos han pagado el precio de estar atrapados en los sueños de otro"

Pero ahí mismo se le acaba la cuerda crítica a Zizek. Y es que no se puede criticar a parte de la naranja sin condenar toda la naranja comunista que es, como dije al principio, el centro del negocio de Zizek. Así que el esloveno se encomienda al dramaturgo norteamericano Arthur Miller y a una anécdota que resumiría los logros de la Revolución cubana. En ella el norteamericano rememora a un par de cubanos pobrísimos que en medio de una "intensa discusión" entre ellos (a Miller -que no sabía español- posiblemente se le escapara el detalle que los cubanos desplegamos más energía en una conversación apacible que si todo el Upper East Side se enfrasacara en una guerra civil) y de pronto ven a una bella mujer bajarse de un carro cargada de paquetes y un tulipán. Estos interrumpen la discusión para ayudarla con los paquetes y la flor. Lo que a Miller le sorprende es que los hombres ayudaran a la joven sin pedir nada a cambio. La conclusión del dramaturgo -que al parecer ignoraba que no toda la psiquis del cubano se originó con el castrismo- es que: “Después de haber protestado durante años por el encarcelamiento y el silenciamiento de escritores y disidentes por el Gobierno, me preguntaba si, a pesar de todo, incluso del fracaso económico del sistema, se había creado una corriente alentadora de solidaridad humana, posiblemente a espaldas de la simetría relativa de la pobreza y de la uniforme futilidad inherente al sistema”.
A Zizek se le olvida mencionar que el dramaturgo de 85 años en aquel entonces (el viaje que describe ocurrió en el 2000) en medio de aquella visita había sido objeto de la asediante hospitalidad del dictador cubano. De manera que la imagen con la que el esloveno trata de resumir vicariamente una Revolución distante es aquella con la que un dramaturgo sin demasiadas energías para pelearse con el mundo trata de conciliar opuestos. En este caso se trata de conciliar la natural repulsión que le causaba un tirano con aquella inesperada y aceptada invitación a comer con este. Y Zizek, que se quejaba un par de párrafos antes de sentirse presionado por los izquierdistas occidentales de llevar una vida a la altura de los sueños de estos, no puede resistirse a la tentación de meter a toda la isla en el interior de su propio sueño. Y decir: “Es en este nivel más elemental en el que se decidirá nuestro futuro; eso que el capitalismo global es incapaz de generar es precisamente esa clase de «corriente alentadora de solidaridad humana»" de la que Cuba sería su última y más pura reserva. Y traigo todo esto a colación no para insistir en la más que demostrada falta de probidad intelectual de pensadores como Zizek. Más bien intento identificar el que posiblemente sea el mérito más indiscutible y duradero del castrismo: el de darle a un país la forma de los sueños de otros. 
Que el sueño de otro sea un lugar muy incómodo para vivir despierto ya es un asunto muy distinto.  

martes, 29 de noviembre de 2016

¿Celebraciones para qué?

¿Celebraciones para qué?
“¿Por qué celebrar la muerte de una persona?” se preguntan los que insisten en considerar a Fidel Castro como un ser humano, con sus defectos y virtudes. Y en algo llevarán razón: nunca debería ser más firme nuestra idea de humanidad que frente a ese enemigo común que es la muerte. Pero, ¿qué hacemos con los monstruos que continua y sistemáticamente hicieron todo lo posible por distanciarse de nuestra común idea de humanidad, por destruirla? ¿Qué hacer con los que son negación de todo lo bueno que nos une? ¿Con los más cumplidores representantes de la muerte? Esos que con tal de salirse con la suya no se detienen ante ciertas convenciones mínimas que nos impiden asesinar fría y conscientemente a un amigo, a alguien a quien le debemos la vida o a una decena de niños. En ese sentido, el recién finado Fidel Castro merece integrar con pleno derecho la galería de monstruos que encabezan Hitler, Stalin y Mao aunque sea en el estante menos prominente de los Kim Il Sung, Mussolini, Francisco Franco, Polt Pot, Saddam Hussein o Gaddafi. De otro modo ¿Cómo quedaría nuestra idea de humanidad y de justicia si observamos la misma reacción taciturna a la muerte de un genocida que ante la de un oscuro maestro de escuela?
No puedo hablar por todos pero sospecho nos aferramos a ese festejo rabioso, a esa tan necesaria catarsis a sabiendas que es todo lo que podremos celebrar como cubanos en mucho tiempo. Reconocemos que no es una ocasión especialmente festiva que el causante directo o indirecto de miles de muertes en todo el mundo, de la destrucción de un par de países y millones de familias haya muerto tranquilamente en su cama, sin ser enjuiciado ni pasar más sobresaltos que los que le reservó su marchito cuerpo. Tampoco que falleciera después de que el régimen que engendrara ajustara los detalles que permitirán su supervivencia por unos cuantos años. Porque por mucho que se hable del inicio de una nueva era poco puede preverse más allá que el traspaso del poder dentro de la misma familia que ha controlado el país por casi seis décadas. Los tan comentados cambios seguirán pues al paso milimétrico y receloso que han tenido hasta ahora en un país cuyo funcionamiento está hecho a la medida ruin de un gobierno empeñado en controlarlo todo.
Pero aun así queda algo que celebrar. Sobre todo si se piensa que son pocos los cubanos que recuerden un solo día en que la existencia del finado no inundara cada resquicio de sus vidas, cada instante. Dedicado como estuvo a acumular y conservar más poder que ningún otro ser a este lado del meridiano de Greenwich sus potestades siempre tuvieron un peso abrumador y brutal tanto para los que le oponían cualquier resistencia como para los que lo endiosaban. Por convicción, interés o miedo los maestros, la televisión, la radio, la prensa, la familia, los músicos, los escritores, los artistas insistían en que la Revolución de la que fue alma y guía máximo era lo mejor que le había pasado a aquella tierra. Todo se lo debíamos a él, desde los conocimientos hasta la salud, desde los alimentos hasta las medallas olímpicas. (Nadie intentó decirnos que aquello que el gobierno distribuía parcamente entre nosotros salía del bolsillo de nuestros padres). Su extensa sobrevida tras su recaída física en el 2006 trajo, junto con el grotesco espectáculo de su decrepitud, la sospecha de que nunca moriría. O que su muerte demoraría lo suficiente como para que al producirse no nos importara. Pasaron diez años en los que siguió muriendo gente buena mientras aquel ser de maldad indescriptible se aferraba a la vida como antes se había aferrado al poder. Ha muerto cuando poco o nada incide en los destinos reales del país o en los planes de sucesión familiar y sin embargo su desaparición física no deja de tener un profundo significado simbólico y psicológico. El ente sobrehumano que hizo construir a su imagen y semejanza ha sufrido el tropiezo irrevocable de no ser, además de omnipotente, eterno. De no pasar la prueba máxima de toda pretensión inhumana. (Eso me hace recordar la última escena de “Moloch” la película de Alexander Sokurov en la que Hitler le anuncia a su amante que se dispone a una nueva conquista, la de la muerte. Eva Braun, sin embargo, no se deja impresionar y le responde risueña: “Adi, cómo puedes decir eso? La muerte es la muerte. Nadie puede conquistarla”).
De manera que más que festejar la muerte del tirano de lo que se trata es de la celebración –aliviada- de nuestra propia sobrevivencia. Nuestro modo de comprobar a qué sabe la vida sin aquel que la contaminaba aunque fuera sólo con su aliento. Pero no la celebramos solos. Lo hacemos en nombre de los que no alcanzaron a llegar a ese momento y de los que pensaron que no llegarían y sin embargo lo han conseguido. O de los que en la isla, por precaución o por miedo puro, no se atreven a hacerlo. O incluso de los que en estos días se sienten genuinamente acongojados porque nunca han podido imaginarse la vida más allá de los límites mezquinos que les impusieron al nacer, como mismo muchos esclavos se estremecían de tristeza ante la muerte del amo.  Los que que hoy mismo les prohiben el alcohol, la música y los "buenos días". Visto así no es poco lo que hay que celebrar en nuestra condición de cimarrones sobrevivientes. Ser cimarrones no nos hace buenos pero nos ha hecho libres y parte de nuestra libertad reside en escoger de qué alegrarnos. Sin miedo. Y de paso cumplir con el deber mínimo de recordarle a la humanidad cuánto dolor causó ese que muchos celebran como héroe.
Lo que debería preguntarse el resto de la humanidad no es por qué los exiliados cubanos celebramos la muerte de Fidel Castro sino por qué ella misma no se apresuró a condenar a quien le negaba sistemáticamente a sus compatriotas su libertad, su condición de humanos.

Preguntarse por qué aún hoy sigue sin condenarlo.  

lunes, 28 de noviembre de 2016

Dos noticias

Una mala y una buena. La mala es que la cola es larguísima. La buena es que no están dando nada.



sábado, 26 de noviembre de 2016

Desmentido de Fidel Castro

Fidel Castro desmiente rotundamente los rumores sobre su inmortalidad demostrando una vez más cuan equivocados estábamos con él. Los dejo con el cuento "Epílogo" con el que cierro "Leve historia de Cuba" en alusión al esperado evento.                                                           

EPÍLOGO

Pese a que en la eternidad a nadie le importan los días de la semana, un inconfundible espíritu dominical envuelve hoy a la Gloria y sus alrededores. Un palpable entusiasmo multiplica gestos y palabras. En un día como éste, héroes viejos y nuevos se igualan en febrilidad. Héroes de todas las guerras, de la pluma, de la palabra o del trabajo. Ahí vemos al general Flor Crombet, pañuelo en mano, pulir sus galones y ajustarse su filipina de manera que se vea bien el orificio que abrió la bala fatal y que en todos estos años no ha querido zurcir. Cerca de él, el León de Oriente conserva aún firme el pulso para pintarse una cana sí y otra no y aplacar aunque sea en algo los embates de la edad. O el viejo Quintín que contempla la herrumbre de su machete mientras dice al que lo quiera oír que no hay nada mejor contra el óxido que el lomo de un español o de un cubano traidor, lo mismo da. “Por favor, general, guárdese el machete, que Él está al llegar y no quiero un incidente desagradable”, dice Consuelo, la maestra de ceremonias. Y hay que comprenderla porque en el que quizás sea el día más trascendental de toda la Gloria, ella carga con no poca responsabilidad. Se trata nada menos que del recibimiento al Superhéroe. De sólo pensarlo, a Consuelo se le eriza su larga espalda. ¡Es tanta la grandeza del Superhéroe y tantos los detalles que debe atender! Y si algo ella tiene claro es que la grandeza es una cuestión de detalles.
Detalles a resolver se sobran. El evidente logro que representó la admisión sin distingos de toda clase de héroes ha traído ciertos inconvenientes. La superpoblación ha dificultado el mantenimiento de la Gloria y hay que reconocer ciertas señales de decaimiento. Las paredes se sostienen de milagro, los hermosos árboles de antaño son ahora postes secos clavados en la tierra,  los ángeles apenas pueden levantar vuelo y las nubes, desinfladas, son usadas como alfombras. Pero de algo le tiene que servir a la maestra de ceremonias su experiencia en vida como empleada de la mejor tienda del país antes que un sabotaje la quemara. Con limpieza, pintura e iluminación discreta se puede decir que el Walhalla criollo está presentable. Por suerte se ha podido contar con el apoyo casi unánime de los héroes, sobrecogidos como están ante la jerarquía heroica del futuro huésped.
Sí, casi todos han sabido ver en aquel Elegido la versión suprema del heroísmo. Acá ¿quién puede comparársele? ¿Qué son quince años dando machete -cifra máxima acumulada por los más brillantes paladines aquí reunidos- al lado de sus 100 años de  lucha? Y aún en esos quince años en que un Maceo o un Quintín Banderas ejercitaron su muñeca, siempre hubo tiempo para el baile, el sueño, las mujeres o el ron. Ahora le remuerde a Quintín todas las horas perdidas en templeta y bebesón y en esos sueños llenos de mujeres y música o aquella visión rara que tenía aún despierto en que una niña, una blanquita, le trae una jícara con agua porque él siente mucha sed y al final siempre termina derramándola toda en su cara. Frente al Superhéroe, todo eso parece tiempo perdido porque ese Mimado del Destino siempre supo convertir cada instante en combate contra el enemigo, las fuerzas del mal o la adversidad. No es que se pasara todo el día tirando tiros o descuartizando adversarios. En 100 años, por supuesto que ha tenido que hacer de todo, pero nunca se limitó a la hazaña evidente. En cada detalle, por trivial que pareciera, invariablemente logró  hallar una fuerza adversa a la que derrotar. Mientras un tipo cualquiera se conformaría con masticar, por ejemplo, un trozo de bistec, Él restauraba energías para la lucha. Cuando ese mismo tipo se cepillara los dientes, el Superhéroe en cambio le estaba dando decisiva batalla a las caries, y así con todo. Contra alguien de esa estirpe definitivamente no se puede, porque mientras más relajado tú lo ves y piensas que lo puedes coger desprevenido, ¡ZAS! destruye a sus oponentes porque así son los Superhéroes: seres entregados perpetuamente a la lucha. Eso facilita la labor de la maestra de ceremonias, pues a ningún héroe le ofende recoger una hojita seca o un papel del piso o remendar cualquier detalle en el que el Superhéroe pueda ver un intento de agresión.
De esta suerte ha podido higienizar la Gloria y mejorar su presencia. Una restauración a fondo puede esperar incluso a que el mismísimo Elegido la dirija. Ahora el problema son los abastecimientos. Desde que las matas de mango se secaron, las frutas son una añoranza de tantas que pueblan el glorioso recinto. Maceo mismo sacrificó su yegua (blanca por supuesto) para el banquete de recibimiento pero luego se supo que el Superhéroe es alérgico a la carne de caballo. Hay que ir a las afueras de la Gloria a convencer a esos muertos que pululan por sus alrededores de que contribuyan a los festejos del recibimiento. Cuando Consuelo se enteró de que las butifarras eran el manjar predilecto del Superhéroe, decidió que había que comprar un buen lote a toda costa. Pero para eso hace falta gente responsable. No hace mucho que envió a Hiliodomiro del Sol, presidente de la Gloria por muchos años, junto a su amigo escritor, para que le compraran butifarras al Congo. ¿Y que pasó? Todavía los está esperando. Ante cosas así hay que ser cada día más cuidadosos.
Ahora mismo, Juan Candela, alguien de poco fiar, se está ofreciendo con demasiada insistencia para mercadear con los de afuera pero, por supuesto que no va a ser tan tonta. La maestra de ceremonias tiene una idea mejor. Irá ella misma porque al fin y al cabo bastantes muestras de confianza ha dado evitando caer en tentaciones baratas. Ella, que pudo huir de la tienda en la que trabajaba cuando el incendio se reducía al departamento de perfumes, hizo todo lo posible por apagarlo. Cierto que, después de muerta, lenguas infames intentaron hacerla cómplice del sabotaje, pero al final la verdad se impuso y pudo acceder a la Gloria. Claro que ahora puede ausentarse y dejar el control del perímetro inmortal en manos de los guardaespaldas del Superhéroe. Sólo Alguien así puede tener tal previsión. Con esa prudencia que lo multiplica, tomó la precaución, ahora que está próximo a morir, de fusilar a la mitad de su escolta para que fuera tomando posiciones en el recinto glorial y ahorrarse cualquier tipo de sorpresas. Cuando el Padre de la Patria se enteró del hecho lanzó un suspiro y exclamó “A un tipo así no lo madruga nadie”, posiblemente recordando su propia deposición.
Consuelo da las últimas instrucciones antes de salir. Advierte a los escoltas de los provocadores vuelos de una especie de velocípedo aéreo puesto en acción por un irresponsable de los alrededores. Luego pasa revista a los músicos, apremia la colocación de los altavoces y le pregunta al indio Hatuey, decano de los héroes, si tiene alguna duda sobre el texto que le dio a leer. Ya va llegando a la puerta cuando se vuelve para recordarle a Alipio, el héroe del trabajo, que pase lista cada media hora. Ahora sí parece que va a salir. Le muestra su identificación al viejo portero al tiempo que le pregunta si ya sabe qué tiene que hacer cuando el Superhéroe llegue. Éste le responde que sí, que se ve muy linda. Sale.
Muertos van, muertos vienen, desesperados por llegar a tiempo a ninguna parte. Da lástima tanta muerte desperdiciada en gente que no supo empeñarse en algo grande o se rindieron antes de tiempo. Ahora míralos ahí, los pobres, en lo mismo de siempre. Pero acá no es como allá adentro, acá hay de todo y Consuelo se incrusta la cartera contra el pecho y tensa las nalgas, presta a detectar cualquier exceso de confianza.
La maestra de ceremonias no se detiene ante nada. Directo a lo suyo, que es otra forma de decir lo de todos, logra abrirse camino hasta la tienda del Congo. Ésa, como todas las de por aquí, fue construida con materiales que alguna vez se pensaron destinar a la ampliación de la Gloria. Ya va a pedir las butifarras pero su brazo no se mueve como ella desearía. Se lo está sacudiendo una mulata gruesa y ronca que en nombre del pueblo le exige que busque su lugar en la cola y espere su turno. Consuelo se acuerda de su pecho y de la cartera y de allí extrae un trozo de cartulina que inmoviliza a la mulata.  Libre el brazo se encara con el Congo que se está sacando el pulgar de la nariz para restregárselo en el delantal. El Congo le pregunta qué desea mientras espanta las moscas con un periódico enrrollado. Si Consuelo pudiera verlo extendido sabría que se trata del Diario de la Marina que anunciaba la caída de Machado, pero ella ahora reclama toda la butifarra que haya en existencia. Tensión. El Congo habla de cantidades limitadas y de la necesidad de que todos alcancen al menos un trozo de butifarra como ustedes ordenaron. Consuelo vuelve a apelar a su cartoncito mágico hasta lograr arrancarle 15 libras que el vendedor envuelve en el periódico de agosto de 1933. Hace un mohín que bien pudiera deberse a la falta de higiene y le paga con bonos a falta de efectivo. Los bonos tienen escrito: “La patria os contempla orgullosa” y un número 10 en cada extremo. A su espalda chilla un coro de mujeres encabezadas por la mulata. “Mujeres, mujeres, mujeres”. Consuelo se alegra de que en la Gloria haya tan pocas aunque quizás ésa sea la causa de las deserciones. Algún traidorzuelo ha descubierto intentando confundirse con la multitud que ahora, conducida por los altavoces, intenta encontrar su lugar para recibir al Superhéroe. El Superhéroe seguramente los perdonará. Ella no. No puede entender a gentes que a minutos de Su llegada todavía discuten si es mejor el Chevrolet del 57 o el del 58. Ni a esos rusos que insisten en venderle latas de carne o ese enano y sus pastillas para los nervios. Si al menos aceptasen cobrar en bonos...
Parece que alguien te reconoce y brinca y levanta las manos y ahora quiere abrirse paso hasta ti. Un desertor nunca haría eso. Seguro se trata de alguien de la familia. Chichi puede ser, o Fito el sobrino que se ahogó en Boca Ciega. Piensa salir a su encuentro pero recula. Seguro querrá que se quede un rato con la familia y ella no tiene tiempo que perder. Un pellizco en la nalga la pone a girar pero entre tantos cuerpos no logra descubrir los dedos culpables de un tipo sableado hace cuatro siglos en Bayamo por cuestiones de faldas. Ahora siente que la tocan por el brazo y entonces puede descargar su furia en el atrevido. Éste se declara inocente del pellizco. Él sabe que ella viene de la Gloria y dice que también estaría allí si no fuese porque aquel día se apartó un poco para cagar y ahí mismo se quedó dormido. La columna reinició su marcha y el enemigo lo sorprendió. Luego lo dieron por desertor. Que, por favor, interceda allá dentro que lo que es aquí no puede seguir. “Para esta gente el recibimiento del Superhéroe no es más que un pretexto para seguir su cumbancha”. Consuelo  mira a su alrededor, le pide sólo un poco de paciencia. En cuanto el Superhéroe llegue pondrá las cosas en orden y todo será como debe ser. Consuelo no puede añadir nada más porque acaba de oír el “¡Ya viene, ya viene!” (como si les importara mucho) y sale corriendo para la Gloria con las butifarras bajo el brazo derecho y el cartoncito mágico en la otra mano.
Dentro de la Gloria, Alipio, discreto, la recibe con la peor de las noticias: Martí y el Bobo han desertado. Al principio pensó en cualquier posibilidad hasta que tuvo que afrontar los hechos. Los traidores - y disculpe que así hable pero no hallo otro calificativo- aprovechando su levedad post-mortem se descolgaron por una cadeneta de papel de las usadas en la decoración de la Gloria. Algo hay que hacer porque Consuelo está segura de que, nada más entrar, el Superhéroe preguntará por el Apóstol. El jefe de los escoltas se ofrece para su búsqueda y captura. De contar con el apoyo aéreo de los ángeles, la localización sería inmediata. Pero Consuelo prefiere otra salida. Ya. La solución es Lino Recio, Rey de la décima campesina, Maestro de repentistas. Por su  parecido físico con Martí -aunque en verdad le saca más de medio pie de alto- será el encargado de suplirlo. Éste, al principio, no entiende bien de qué se trata y pide que le den un pie forzado para la décima sobre el Apóstol, hasta que se le convence de que, con encorvarse un poco, dar la mano y decir algo como “Patria es humanidad” es suficiente por ahora.
Superado el percance Consuelo va a ver al decano de los héroes. El indígena, de no muy buena gana, está ensayando la lectura del pequeño discurso de recibimiento. Quien primero hiciera resistencia a la conquista española es un caso especialísimo. Condenado a morir en la hoguera, rechazó un bautizo de última hora para no tener que seguir viendo españoles en el paraíso. Desde entonces su alma estuvo vagando hasta la inauguración de la Gloria cubana, de la que consintió ser su primer inquilino. Acá ha tenido que aprender la lengua que presidió su suplicio y ser testigo de cuanto suceso haya ocurrido en el recinto glorial. Tantos recuerdos quizás expliquen su eterna sonrisa. Ahora tiene que darle la bienvenida al Superhéroe en lengua prestada, a pesar de que piensa que en aruaco sonaría mejor. La maestra de ceremonias termina consintiendo en reducir el texto a lo imprescindible. La deferencia de Consuelo tiene, como casi siempre ocurre, motivos muy íntimos. Son dos destinos marcados por el fuego. De suplicio o de sabotaje, el fuego siempre es el mismo aunque Consuelo no soporta la idea de que el fuego que los recorrió a ambos pueda compararse con el que han utilizado para darse muerte todas esas negras que se amontonan allá afuera.
Y ahora ¿qué falta? Ya cada cual está en su lugar. Los héroes forman en dos hileras frente  a frente, un largo pasillo, ubicados en estricto orden de importancia. Al fondo del corredor de héroes, Hatuey, y a su lado, un encogido Lino Recio en sus funciones de Apóstol. Más atrás, letras blancas sobre fondo rojo componen una sencilla pero contundente frase sobre la inmortalidad, atribuida -la frase- al Superhéroe. A la derecha de la entrada, a falta de banda militar, el Septeto Nacional con el refuerzo del trío Matamoros -rebautizados extraoficialmente como “Los Diez Negritos”- están listos para ejecutar la marcha favorita del que todos esperan.
¿Qué falta? Pues que la maestra de ceremonias, tan ocupada por los demás, se ponga algo presentable. Ni pensar en la ropa que usaba al morir, pues el fuego dejó bien poco para cubrir su extenso cuerpo. Desesperada, busca a su alrededor, hasta que se detiene en la enseña nacional. Sin pensarlo mucho, Consuelo se envuelve en ella. Luego se ajusta un pliegue allí y en el pecho rectifica la posición de la estrella, hasta que en un inspirado rapto deja al descubierto el seno derecho y  toma prestado el gorro frigio al escudo que preside el salón. Ya puedes venir cuando quieras.
Treinta horas después, en la Gloria se empiezan a inquietar. Ya el asado de yegua de Maceo comienza  a oler mal. El general Quintín manotea en el aire y le grita a la nada que acabe de darle agua. Explica el jefe de los escoltas que el Superhéroe es así de impredecible, siempre cambiando de horarios para despistar al enemigo, lo que recibe un gruñido de aprobación del Padre de la Patria. En los días siguientes, el entusiasmo empieza a decaer y a la semana exacta de espera parece inminente el desplome de los reunidos. Consuelo hace un llamado a la cordura y pide un último esfuerzo. De momento permite que los músicos toquen algo movido para levantar el ánimo. El viejo Quintín quiere sacarla a bailar pero ella prefiere sentarse un rato. Así está hasta que oye unos discretos golpes que vienen de la entrada. A duras penas logra recomponer las filas y luego de ordenar silencio, hace abrir la puerta.
No es el Superhéroe quien hace su entrada sino un calvo de ojos hundidos y ajada cara de niño bueno, que sin decir nada le entrega a la maestra de ceremonias un sobre. De éste saca estremecida una carta del mismísimo Superhéroe. Con letra vibrante se disculpa y anuncia que de momento le ha ganado una batalla más a la muerte, por lo que piensa emplear el tiempo que le reste entre los vivos –“digamos, unos 20 años”- en llevar a cabo algunos proyectos que tiene en mente. Luego con mucho gusto les hará compañía. Silencio profundísimo acompaña la lectura en alta voz, sólo tronchado por la exclamación de “¡Veinte años!” que los más impacientes dejan escapar. Consuelo, por instinto, mira hacia Hatuey pero éste se limita a sonreír. Para el indígena eso no es cosa nueva. Ahora recuerda los casos de Matías Pérez y Camilo Cienfuegos. Lo mismo cuando se perdió el globo que el avión, se les preparó acá una regia acogida y al final no aparecieron ni siquiera en la Gloria. En cambio, los demás no reparan en la sonrisa de Hatuey. En ese momento todas las miradas se concentran en Don Miguel Matamoros quien niega con la cabeza varias veces hasta que finalmente suspira y dice que sí, que va a tocar “Lágrimas Negras”.

Ya empieza con el aunquetumeasechadoenelabandono. Unos hacen coro, otros intentan bailar con alguna de las escasas heroínas o incluso entre sí. Los más van hacia las hamacas arrastrando sus viejos pies, pero en todos logra ver Consuelo la irreductible confianza de que algún día llegará Aquel que los redima definitivamente de tanta eternidad y hasta cure al General Quintín Banderas de su infinita sed.