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martes, 9 de diciembre de 2025

La Liga del Ibuprofén concluye su quinta temporada


 

El pasado domingo 9 de noviembre fue posiblemente el último partido de la Liga del Ibuprofen correspondiente a la temporada 2025. Ya son cinco temporadas desde que en el 2020 nos juntamos un grupo de amigos para darle algún uso a aquellos domingos sin salida de la pandemia. Por supuesto que no nos pasaba por la cabeza que cada semana del quinquenio siguiente la pasaríamos jugando aquella pelota manigüera siempre que el clima lo permita, entre marzo y noviembre.

Al año siguiente de iniciada la Liga tuvimos que interrumpirla porque el ayuntamiento había remozar el terreno donde jugábamos. Un año completo en blanco parecía bastar para cortar el impulso de la liga naciente pero no fue así. Con el nuevo terreno de yerba sintética, un sistema de absorción de agua que permite jugar casi inmediatamente después de un violento aguacero y mejoras y añadidos en equipamiento y reglas hacen el juego más atractivos tanto para los veteranos como para la gente nueva que se añade año tras año, una semana tras otra. Le hemos hecho tantos a las reglas que ya se puede hablar de otro deporte.

Hombres y mujeres, viejos y niños padeciendo cada dia del señor alternativamente la victoria y la derrota, el ponche y el jonrón pero sobre todo el agrado infinito de juntarnos ya fuera en un terreno llagado por los baches o ya acomodados a la tersura de la hierba plástica. Confirmando que ganar o perder -por mucho que nos importe- es bastante menos que el milagro de juntarnos, de recordarnos cuánto nos necesitamos, cuán preciosas pueden ser esas tres o cuatro horas semanales en que todos somos niños.

Y al final de cada juego no puede faltar el ritual de la foto colectiva de todos los que jugamos ese día o al menos los que quedan al final de la tarde. Y en lugar del "cheese" que se estila acá para fingir la sonrisa a la hora de tirar las fotos nos despedimos con un "Díaz Canel, singao!". Ojalá que la liga dure más que ese régimen que invocamos en nuestro grito de guerra.




sábado, 15 de noviembre de 2025

Armando Capiró (1948-2025)


Hubo un tiempo, el de mi infancia, en que la pelota no se llamaba Muñoz, Cheíto, Linares o Kindelán. El nombre completo de aquel deporte era Armando Capiró Laferté. Un left fielder de brazo incomparable que fue el primero en sobrepasar los 20 jonrones conectados en una temporada con 22. Esa marca en las breves temporadas cubanas vino a equivaler a los 60 jonrones de Babe Ruth en la MLB: para sobrepasarla debieron pasar años y cambiar del bate de madera al de aluminio.


Pero todo eso antecedió a mi experiencia de fanático. Cuando empecé a ver pelota Capiró atravesaba un profundo slump que lo acompañó hasta su temprano retiro. Daba igual. Su manera de pararse en home, extendiendo el brazo izquierdo hacia adelante con el bate en la mano como si estuviera calculando las dimensiones del terreno, del juego todo, como si anunciara de antemano su próximo jonrón. Poco importaba su mala racha porque su nombre seguía siendo el del mejor bateador de cada barrio, el del que más lejos bateaba la pelota, con más frecuencia. Todavía recuerdo ver a un muchachito en el terreno de béisbol de la escuela Valdés Rodríguez de El Vedado al que le llamaban Capiró como recuerdo la emoción que sentíamos de ver jugar a alguien que se mereciera tal sobrenombre.

La jugada que más le recuerdo no fue un jonrón sino un error de su portentoso brazo. Un error por exceso. Capiró lanzó tan fuerte la pelota que había recogido en un rincon del jardín izquierdo que esta pasó por encima de la cabeza del catcher Elnudys Poulot y chocó contra el muro que estaba unos cuantos metros detrás de este con fuerza suficiente como para regresar de rebote al home y que Poulot pudiera sacar al siguiente corridor.

Un mal día que cuesta trabajo precisar Capiró desapareció de los estadios. Nadie dio explicación alguna y corrieron en su lugar millares de rumores. El más persistente era que se había descubierto que el pelotero era homosexual, acusación lo bastante grave para expulsar a cualquiera de su puesto (a menos que fuera la presidencia del ICAIC). Fue entonces que tuvimos que acudir a otros nombres, otros ídolos.

No fue hasta muchos años después que en una entrevista el gran Capiró pudo dar su version: según él, su ex, despechada, había escrito una carta al Comité Central acusándolo de todo lo que se le ocurrió. Y en el Comité Central del Partido Comunista le hicieron suficiente caso a la señora como para terminar separándolo del béisbol. Cuba era un país donde la carrera de un pelotero no se decidía en el estadio Latinoamericano sino a un kilómetro de allí, en alguna oficina con aire acondicionado del Comité Central.

Da igual. Armando Capiró Laferté debe saberlo donde quiera que se lo haya llevado la muerte esta semana: los que lo vimos jugar nunca olvidaremos el momento en que con su bate medía a su oponente, al terreno, a la vida toda.

sábado, 10 de agosto de 2024

Medallas contra materia



-¿Viste la medalla de Mijaín?

-Por supuesto. Cinco oros seguidos. Un gigante, un extraterrestre, un fuera de serie…

-Son admirables sus capacidades físicas, su grandeza deportiva, su congénita modestia, los valores que porta, el apego a su tierra…

-Lo del apego a la tierra es impresionante. Ni un boniato le hace nada. Y lo digo con admiración, por supuesto. El boniato era un tubérculo mambí. Mucha hambre que mató en las guerras de independencia.

-Su verbo florido…

-No quiero burlitas.

-Si lo digo en serio. ¿Viste cómo le dedicó la medalla al Comandante?

-Por supuesto. Y hasta recalcó que el Comandante había traído el deporte a nuestro país.

-Bueno, ahí se le fue un poco la mano. ¿Dónde metemos a Kid Chocolate, a Ramón Fonst, a Rafael Fortún, a Martín Dihigo…?

-Eran profetas que anunciaban la llegada del comandante y del deporte.

-Como Martí y el asalto al Moncada.

-Eso mismo, pero en una talla deportiva.

-¡Qué claridad la de Mijaín!

-¡Y qué autocontrol!

-¿Lo dices por los rivales a los que se enfrentó? Yo más bien vi que los descojonó como siempre. Con ese ímpetu revolucionario que lo caracteriza.

-No, hablo de la contención que mostró ante los que le gritaban “Patria y vida”. Pudo haber sacado unos cuantos dientes.

-Bueno, recuerda que por eso mismo tuvo un juicio en Chile. Los juicios enseñan.

-Pero hay que ver la vileza de esa gente. Patria y vida. Con lo linda que se ve la patria al lado de la muerte.

-Y ese cambio artero de la “o” por la “y”. Negando la superioridad moral de las conjunciones disyuntivas sobre las copulativas.

-Sí, esa “y” copulativa es una indecencia.

-Luego están los vendepatrias que ganaron las medallas en triple salto para potencias europeas. No una ni dos, sino tres. Unos jineteros deportivos.

-Unos parásitos. Unos insectos dañinos que le roen el hueso a la patria que los nutre. En lugar de ser tubérculos nutritivos como nuestro Mijaín.

-Y hablando de eso… ¿tú sabes para qué es esta cola?

-A mí me dijeron que iban a sacar papas. O pollo.

-A lo mejor son los dos. El tiempo que hace que no me como un pollo con papas.

-Te veo flojito. Aquí lo importante es resistir. Y no dejarse llevar por esos cantos de sirenas de que si las proteínas son importantes. O los carbohidratos. Lo importante son las medallas. Sobre todo de oro.

-¿Oro? Te veo demasiado materialista. Además, la cosecha de medallas no ha sido como la de otros años.

-¿Y qué? Así y todo nos viene tocando un 0.0000002 de medallas por habitante. Más que a los españoles, por ejemplo que solo tienen el doble de oros pero más de cuatro veces nuestra población.

-Y si la gente se sigue yendo tocaremos hasta más.

-No me hables de eso que la semana pasada se me fue la hija con el novio.

-Igual. Le mandas su 0.0000002 de medalla y ella que te mande todo lo demás. Peor lo tiene Argentina. 45 millones de habitantes y una sola medalla de oro.

-Sí, pero tienen carne.

-¡¿Carne de qué cojones?! ¡Aquí lo que importa es el espíritu! El espíritu de Mijaín, el espíritu de …

-Yo me imagino que Mijaín también tiene carne. Un cuerpo así no se cría solo con boniato.

-¿Qué tú quieres decir? ¿Vas a hacerle caso a la propaganda imperialista?

-Yo solo decía que Mijaín tiene un cuerpo que se ve que no come lo mismo que…

-Es más, que me voy de la cola que con gente como tú no se puede ni hablar de deporte. Siempre tienen que meter la política por medio.

jueves, 30 de mayo de 2024

El telón de bagazo y el mito de las Grandes Ligas

 

Ahora parece fácil. Que cualquier pelotero cubano con un poco de talento se establezca en Grandes Ligas. Pero hay que recordar que hubo un tiempo en que, tras años de aislamiento e ignorancia, jugar con los mejores a nivel mundial parecía cosa de superhombres, un mito inalcanzable. Eso es lo que explica que durante décadas nadie se atreviera a dar el salto. Eso y el miedo a represalias que se maginaban -con razón- crueles e infinitas. Desde no ver más a la familia hasta soportar el desprecio infinito de toda una nación por haber elegido una carrera bien remunerada en lugar del honor que otorgaba un régimen que se erigía como el único representante del país. ¿Acaso nos llegaban de Bárbaro Garbey -llegado a Estados Unidos a través del éxodo del Mariel- algo más que rumores?

Tuvieron que pasar décadas de miserias e injusticias para que algún pelotero se atreviera a sobrepasar una barrera que parecía insuperable. De ahí el valor tremendo de un jugador como René Arocha para atreverse a abandonar la selección nacional e intentar alcanzar el reino mítico de las Grandes Ligas. Como Colón, más que haberlas alcanzado su mérito fue atreverse a enfrentar el miedo a lo desconocido. Luego estaba el detalle más vulgar del bate de aluminio. El uso del aluminio había deformado el béisbol en Cuba que hacía dudar a los propios bateadores del peso real de su talento. Sobre todo para aquellas generaciones que no habían conocido otra cosa.

El cambio al bate de madera al mismo tiempo que debían enfrentar un pitcheo muy superior hizo en principio el salto para los bateadores mucho más difícil que los pitchers. Que se terminara adoptando la madera nuevamente en las series nacionales para ser competitivos en topes internacionales como los Clásicos terminó facilitando la adaptación a los que intentaban un salto que cada vez se hacía más tentador. Hoy, cuando los adolescentes con un poco de talento en la isla se preparan para dar un paso que cada vez les parece más natural no está de más recordar los tiempos en que las Grandes Ligas no eran solo el sitio del béisbol más exigente del planeta sino, casi literalmente, otro planeta.

martes, 21 de marzo de 2023

Breve historia de la pelota cuadrada

“En un stadium no se juega el destino del país, pero sí su nostalgia” nos recuerda Emilio García Montiel pero cuesta trabajo compartir el aplomo, la lucidez del poeta, como cuesta sustraerse al peligro de creer que cada partido trae consigo una moraleja definitiva. Preferimos actuar como si en un juego se cifrara el destino de la nación para que luego, tras la victoria o derrota de nuestro bando, todo siga más o menos igual que antes. (Excepto en Argentina claro, donde la última copa del mundo conquistada bastará para estar celebrando hasta el 2060. Pero hablo de seres humanos, no de argentinos, que ni siquiera ellos consiguen ser argentinos todo el tiempo).

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Si no era su destino ¿Qué nostalgia se jugaba Cuba en su juego el domingo contra Estados Unidos? Ah, la nostalgia de cuando ganaba campeonatos mundiales sin parar. De cuando generaciones de magníficos peloteros, arrinconados en el potrero del “deporte revolucionario” nunca tuvieron la oportunidad de enfrentarse a los mejores representantes de su deporte. De demostrarse el peso exacto de su talento. Fue la época de la invención de la pelota cuadrada donde los cubanos eran los únicos profesionales contra equipos armados con estudiantes, carpinteros, constructores o contadores públicos que en su tiempo libre jugaban béisbol y representaban su país sin mayores consecuencias. Pero eso no importaba. En realidad, el deporte nunca le importó a los inventores de la pelota cuadrada. Lo que importaba era que jugara una bandera contra otra bandera y gracias a ello se derrotara al imperialismo una y otra vez en el terreno de béisbol. Cada campeonato era Girón deportivo.

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Entre tantos deportes ninguna cumplía a la perfección ese simulacro guerrero, de esta katá antimperialista, que el béisbol. ¿No era ese el pasatiempo nacional del enemigo? Pues se le derrotaba allí mismo donde más le dolía, sin importar que el aficionado norteamericano promedio, entretenido como estaba con el espectáculo de las grandes ligas, no tuviera la más leve idea de que el destino de su civilización se estaba jugando en alguna ciudad japonesa o italiana. El béisbol era perfecto porque además no entraba en los intereses de las hermanas repúblicas socialistas y no había que derrotar, en la lucha por el campeonato, a selecciones soviéticas o búlgaras. La cuestión quedaba entre los imperialistas yankis y nosotros.  

 

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Casi siempre las victorias contra los norteamericanos traían una victoria adicional. Era cuando a un jugador cubano se le ofrecían millones por jugar en las grandes ligas. O mejor, un cheque en blanco donde se suponía que pusieran una cifra acompañada de todos los ceros que se quisieran. Al rechazar la oferta se derrotaba al imperialismo donde más les dolía: en su pretensión de que el dinero podía comprarlo todo. Siempre la misma heroica respuesta de que, a los millones que les ofrecían preferían otros: los millones de compatriotas que profesaban amor incondicional por sus hazañas.

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En la década del 90 empezó a resquebrajarse el hechizo de la pelota cuadrada. Por un lado empezaban afluir jugadores profesionales a los campeonatos donde Cuba se permitía competir. Equipos que empezaban a explicarle a las selecciones cubanas a qué sabía la derrota. Por otro lado, comenzaron las fugas a cuentagotas de jugadores que demostraban al menos dos cosas. Una era que la lealtad a la pelota cuadrada era menos firme de que pretendían tantas historias de cheques rechazados: los jugadores fugados, explicaban en las entrevistas, querían probarse en la pelota redonda y ser remunerados por ello. Los fugitivos, como siempre, no solo debían cargar de por vida con el san benito de “traidores” y “desertores” sino que se arriesgaban a no volver a ver más a su familia, amigos o admiradores locales. Estas fugas eran acompañadas por pequeñas o grandes hazañas en los terrenos de grandes ligas que consiguieron destruir la inconfesada superstición nacional de que los jugadores cubanos solo podían brillar en la pelota cuadrada. Y que podían ganar millones sin perder la admiración de millones de compatriotas, aunque esta tuviera que circular entre susurros.

 

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Fue con las primeras grietas de la pelota cuadrada que apareció el Clásico Mundial de Béisbol y contra todo pronóstico Cuba se logró colar en la final contra Japón. Un equipo que habían preparado como quien va a enfrentar al enemigo que va a saquear su casa y violar a su familia sorprendió a los profesionales que venían de vuelta al trabajo después del parón invernal y traían sus propias supersticiones. Como que la superioridad infinitesimal en el sueldo garantizaba la victoria en el terreno. Pocas veces una derrota ha sido tan celebrada. A los japoneses se les podía perdonar que nos derrotaban. Al menos ellos no eran imperialistas como los otros, los innombrables que quedaron por debajo en la tabla de posiciones. Una derrota que permitía asumir que las victorias de la pelota cuadrada no habían sido un espejismo. Y a eso se le añadía una victoria moral aún mayor: ya fuera por sugestión mental o por la habilidad con que los custodiaban los rancheadores del equipo ningún jugador se atrevió a escaparse durante aquel campeonato.

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La dulce derrota ante a los japoneses en el 2006, no obstante, tuvo consecuencias funestas a largo plazo para la pelota cuadrada: sirvió para convencer a cada vez mayor número de jugadores de que tenían posibilidades de brillar en el mundo de las pelotas redondas. Los dueños de la pelota cuadrada para contener la hemorragia de jugadores tuieron desde entonces que suavizar el control sobre sus jugadores permitiéndoles jugar en México o Japón a cambio de una tajada de sus ganancias. Incluso llegaron a acariciar la posibilidad de alquilarle sus jugadores a los equipos de grandes ligas a un precio razonable pero tal negocio, a causa del criminal bloqueo, no fructificó.

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Luego de la dulce derrota del 2006 se repitieron las derrotas de la selección nacional, aunque no la dulzura. La selección cubana perdía competencias cada vez más insignificantes. El mayor éxito de los últimos años fue el campeonato conseguido en la Serie del Caribe de 2015 (competencia a la que Cuba regresó tras 54 años de ausencia). Lo que abundaban eran derrotas cada vez más bochornosas en contraste con los éxitos obtenidos en los últimos años por los jugadores escapados hacia las grandes ligas. Fue entonces que en un alarde de flexibilidad y tolerancia se permitió que integraran el equipo asistente al Clásico Mundial de Béisbol de 2023 jugadores que se desempeñaban en las grandes ligas. No todos, por supuesto. Mientras el resto de los países participantes revisan el árbol genealógico de cada jugador valioso para poder incorporarlo a su selección bajo el pretexto de alguna conexión genética Cuba, selectiva, se permitió discriminar a los jugadores por su nivel de compromiso político con el gobierno. Por su obediencia vale decir. A diferencia de otras selecciones a los creadores y dueños de la pelota cuadrada más que ganar les importa dejar bien claro que ellos deciden quién representa el país, con independencia de lo duro que lance la pelota o la golpee con el bate.

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Cuba ha tenido suerte con los organigramas de los Clásicos. En lugar de topar de entrada con países del Caribe -la región geográfica con mayor tradición beisbolera fuera de Norteamérica- usualmente le ha tocado enfrentarse con naciones donde el béisbol es un deporte minoritario, prescindible. Así y todo, hasta ahora había conseguido sonadas derrotas contra países como Holanda o Israel. Este año, pese al refuerzo de los jugadores de grandes ligas, parecía seguir por el mismo camino luego de las derrotas iniciales contra Holanda e Italia. Algo pasó a mediados del juego contra Panamá que luego de ir perdiendo 4 a 2 en el sexto inning se despertó de su estado zombi para aplastar a los panameños y luego a los taiwaneses en el juego siguiente. La victoria contra Australia en cuartos de final la llevó a semifinales por primera vez desde 2006. Cuba, el equipo y buena parte de la afición, luego de tanta frustración, se sentían reivindicados. Como en el chiste que se ha hecho sobre varios políticos norteamericanos privilegiados desde la cuna, Cuba había nacido en segunda y se creía haber bateado un doble.

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Es hora de un pequeño aparte sociológico. Desde la invención de la pelota cuadrada, o sea, a partir de que el deporte se convirtiera en propiedad privada del régimen y asunto de Estado la selección nacional dejó de ser la representación más o menos unánime del país. Por un lado estaban los que se identificaban con el régimen en diferentes grados y veían al equipo como su brazo deportivo: desde el fanático que seguía la serie nacional cada día hasta el miembro del partido que no tenía tiempo para tales distracciones pero no se perdía un enfrentamiento entre los locales y los juveniles representantes del imperio. Por otro estaban los que resentían el régimen el diversos grados y pocas cosas les hacían disfrutar tanto como las escasas derrotas de la selección nacional. Más si era a manos de los norteamericanos, algo que al gobierno le creaba especial urticaria. Daba igual que fuera en un campeonato mundial o en un tope amistoso. Y mientras veían el juego insistían en que pelota era la de antes, cuando los buenos de verdad llegaban a grandes ligas y la pelota nacional se repartía entre Almendares, habana, Marianao y Cienfuegos. La crisis de los noventas trajo, entre muchas cosas un repunte nacionalista instigado por el propio gobierno, pero no reducido a este. Una equivalencia algo menos férrea entre ideología y nación (que en el plano artístico produjo la consigna “la cultura cubana es una sola”) le permitió al cubano, incluso si era “gusano” de toda la vida, apoyar el equipo nacional sin sentirse que con ello apoyara el sistema. Aunque el régimen no dejara de usar los cada vez más escasos triunfos deportivos para alimentar su propaganda esta era algo menos enfática a la hora de atribuírselos como empresas políticas. El régimen aprendió a ser algo menos burdo con tal de usar el júbilo como muestra de unidad de la nación. Después de todo “Nación” era uno de los apodos del régimen. Con el amago de tolerancia que representó aceptar en el equipo los peloteros más dóciles que juegan en grandes ligas unos cuantos se fueron con la de trapo sin tener en cuenta que el equipo volvía a conformarse no como se funda un pueblo sino como se "manda un campamento". Militar o de la escuela al campo, que el cuarto bate cubano se ufanaba de que habían abofeteado a uno de los pitchers llegados de grandes ligas tras lo que el abusado declaró que el equipo era una familia. Sirva de paso para llevarnos una idea de los valores familiares que promueve el castrismo.

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Siempre existirá quien cuando de pelota se trata no ve otra cosa que el deporte, actitud tan respetable pero a la vez tan rara como la del esteta puro, que también los hay. Pero incluso al fanático puro le costaría entender cómo el equipo no fue conformado por parámetros estrictamente deportivos. (Se sabe, por ejemplo, que el pelotero Yasmany Tomás fue excluido al poner como condición no participar en actos políticos). Lo cierto es que era raro encontrar quien no le convoyara algún significado extradeportivo a su deseo de ver ganar o perder al Team Asere. Muchos en la diáspora insistían en que su apoyo o rechazo al equipo obedecía no a sus propios deseos sino a los de quienes permanecían en la isla. En la Cuba extramuros hubo quien por generosidad o condescendencia deseaba que el equipo cubano ganara y así los cubanos de la isla "los pobres" tendrían alguna satisfacción en medio de la miseria. Otros, ya fuera por falta de sensibilidad o por espíritu pedagógico deseaban que el Team Asere perdiera para que los cubanos de la isla aprendiesen de una buena vez de qué estaba hecha la propaganda castrista. Ambos asumían demasiadas cosas. Una: que todos los cubanos en la isla deseaban que su equipo ganara y necesitaban un chutazo de euforia o una lección. Otra: que la escuadra nacional requería ser derrotada para que el cubano de a pie se enterase que el gobierno le mentía. Y hasta que, indignado, se rebelara contra el castrismo. Unos y otros le atribuían demasiado poder a la pelota, aunque viendo el entusiasmo con que los argentinos siguen celebrando el último Mundial uno empieza a pensar en la omnipotencia del deporte.

 

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Luego de las dos primeras derrotas en el Clásico de 2023, la milagrosa clasificación del equipo  primero y el avance a semifinales después fueron la señal para que los inventores de la pelota cuadrada insistieran en asociarse al éxito parcial de la empresa. En un acto inédito de populismo un régimen que suele ser tan indigente de casi todo como elitista en su trato con la gente común bautizó o confirmó el bautizo de la selección como Team Asere. Sí, el mismo gobierno que lanza decretos contra la vulgaridad, trata de antisociales y marginales a los que protestan contra él y solo autoriza el uso oficial de la palabrita cuando está en boca de algún personaje delincuencial, usó el saludo popular para tratar de confundir su entusiasmo con el del pueblo llano. En un gesto que replica la visita pública a altares afrocubanos tras las protestas del 11J la Primera Dama habló de usar cascarilla para asegurar la victoria cubana. Esta vez se enfrentarían a los Estados Unidos. Vale decir: se enfrentarían por primera vez a una selección nacional norteamericana integrada por jugadores de las ligas mayores. Y no era que Díaz Canel se viera muy convencido de la victoria. Por eso dijo el día anterior que “ya ganaron” como sugiriendo que, salvo un milagro, debían conformarse con lo obtenido hasta el momento.

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El fin de semana fuimos testigos del hecho asombroso de que los creadores de la pelota cuadrada acusaran al exilio de politizar el deporte. Como si no fueran políticos los criterios para integrar los equipos, administrar su desempeño y manipular sus resultados. O expulsar al mejor jugador del momento del deporte al encontrarle 80 dólares regalados por un colega extranjero. Nada más político que la pelota cuadrada diseñada exclusivamente para encajar en el repertorio propagandístico del régimen. Poco importa que acepten ahora jugadores de grandes ligas si condicionan su participación a la obediencia política y a su silencio cívico. O si dentro del equipo se mantiene el mismo apartheid con que se controla al resto de la sociedad. O si sigue interviniendo en la conformación y manejo de la selección nacional como ninguna otra dictadura del continente, pasada o presente, se ha atrevido a hacerlo.

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Hablemos por un instante de béisbol. Un viejo dicho deportivo afirma que ningún equipo es tan bueno como luce cuando gana ni tan malo como luce cuando pierde. Sin embargo, luego de anotar solo una carrera en un primer inning que iniciaron con las bases llenas sin outs era evidente que el equipo tenía muy poco que hacer en el terreno del LoanDepot park frente a la escuadra norteamericana. Aunque el desenvolvimiento de los yankis durante la ha sido cualquier cosa menos un paseo, frente a los cubanos parecían un equipo adulto enfrentando adolescentes. Adolescentes con fuerte tendencia a la obesidad, vale decir, y no especialmente talentosos. Los bateadores cubanos lucían desorientados contra pitchers que no son los más destacados de las grandes ligas mientras los lanzadores isleños hacían lucir a los contrarios como si estuviesen de práctica de bateo. Visto lo ocurrido sobre el terreno el marcador de 14 carreras a 2 parece un acto piadoso. Pudo ser aún peor.

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Las gradas replicaban la confusión que parecía reinar en la mente de los jugadores cubanos. Repletas con un público que, según la profusión de banderas cubanas, estaba compuesto en su mayoría por compatriotas, jaleaban lo mismo las discretas amenazas de los visitantes como la demoledora artillería local. Resuelto el partido cuando apenas empezaba la ocasión se convirtió en multitudinaria protesta contra los creadores de la pelota cuadrada, no contra sus pobres representantes en el terreno. Nada demasiado alentador si nos atenemos a la frivolidad de quienes en los últimos tiempos se han erigido en voceros del exilio: nunca quedó tan clara como esa noche su condición de faranduleros con ínfulas vagamente políticas. Y los carteles que alzaban detrás de home, como las penas de aquella canción, eran tantos que se atropellaban. Intentos individuales, heroicos pero aislados trataron de romper la monotonía del juego y de las protestas, de darle un mínimo de drama a algo que se parecía a la fatalidad, ya fuera el juego de pelota o el régimen dueño del equipo perdedor. El exilio no ganó ese juego. El único exiliado que jugó en el torneo fue Randy Arozarena y lo hizo por México. Pero la pelota cuadrada recibió la derrota más humillante de su historia.

 

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Muchos exiliados se fueron a dormir felices esa noche como, sospecho, lo harían no pocos cubanos en la isla. Una felicidad incómoda, desazonada. Porque después de todo ¿qué se había ganado? ¿Y quiénes? (A excepción de la escuadra yanki, claro). La dictadura no se había movido un milímetro. Los presos siguen presos. El hambre y la represión siguen asolando la isla sin siquiera el consuelo de que al menos Cuba es primera en algo. Porque, debemos reconocerlo, por muchas quejas que haya sobre el deporte nacional este funciona bastante mejor que el resto del país. Ya quisiera Cuba quedar en cuarto lugar mundial de producción de alimentos o de zapatos. O el cuarenta. La reacción eufórica del Granma ante la derrota (“El Team Cuba, asere, la partió”, “Cuba cumplió, no se achicó”) nos recuerda que pudo ser mucho peor. Que de ganar Cuba, o incluso de perder de manera menos escandalosa, la propaganda que deberían soportar los compatriotas en la isla habría durado meses. Tan o más abrumadora que aquella que cundió en los días de la pugna por el balserito Elián. Eso, por supuesto, es apenas un consuelo. Si como decía el poeta, en los stadiums no se juega el destino de un país sino su nostalgia el domingo la nostalgia perdió por paliza. Y ya no queda nada donde reposar la añoranza “de esta ciudad podrida, remendada con boleros y con tristes anuncios que ya no significan nada”.

sábado, 10 de julio de 2021

Alex Pompez y los Cubans de Nueva York

Los cubanos, si los dejas, te dicen que inventaron el béisbol. Te explican que el béisbol es igual al batos que jugaban los taínos aunque el juego aborigen, de acuerdo a los cronistas de Indias, más bien parecía una mezcla de voleibol, fútbol y nudismo. Hay que recordarles que los taínos llegaron a Cuba solo un ratico antes que los españoles. Que venían de Haití, donde llevaban siglos jugando batos. Solo entonces los cubanos reconocerán que el béisbol es un invento yanqui.

Lo cierto que el primer equipo profesional latino en jugar en Estados Unidos fueron los All Cubans. Desde 1899 manejados por Abel Linares y Tinti Molina, los All Cubans dieron giras por Estados Unidos jugando contra equipos del noreste del país incluyendo los Cuban X Giants, conjunto que no incluía ningún cubano: todos eran afroamericanos que, aprovechando que Cuba estaba de moda tras la guerra de independencia, tomaban descanso del racismo de su país pasando por cubanos. (Ya en 1885 existió un exitoso equipo llamado Cuban Giants que, como su nombre lo indica, no contenía ni cubanos ni gigantes, pero al menos jugaron un par de temporadas en la isla del Caribe).

En 1907 los All Cubans pasaron a ser los Cuban Stars y al incluir jugadores afrocubanos el equipo fue considerado parte de las Ligas Negras norteamericanas. En 1916, cumpliendo esa ancestral costumbre cubana que comparten con las esponjas los Cuban Stars se dividieron en dos: los del Este y los del Oeste.

Hijo de emigrantes cubanos, Alex Pompez nació en 1890 en Cayo Hueso, Florida, y se convirtió en el más grande promotor de las ligas negras.

Los del Oeste llegaron a ganar su liga en 1919. Los Este fueron organizados por el legendario Alex Pompez. Nacido en 1890 en Cayo Hueso, Florida, Pompez era hijo del cubano José Pompez, abogado, tabaquero, amigo de José Martí y representante estatal de la Florida.  Al morir dejó todos sus bienes a la causa de la independencia por lo que la familia pasó grandes dificultades económicas. Patrióticamente, claro.

Alex resultó tener vista para los negocios y las formas esféricas. Fundó equipos de béisbol y fue banquero de bolita, la legendaria lotería clandestina que alguna vez tendrá su Salón de la Fama. Además de ser propietario de los Cuban Stars del Este, Pompez ayudó a organizar al primera Serie Mundial de las ligas Negras en 1924 y en 1935 fundó los famosos New York Cubans. Por causa de la bolita que tuvo que correr más que Jesse Owens y llegar hasta México, huyendo del FBI y de la mafia. Luego llegó a un acuerdo con el FBI para poder regresar a competir con sus Cubans en 1938.

Por los New York Cubans pasaron alguna de los grandes jugadores afrocubanos de la época: Luis Tiant Sr., Orestes Miñoso y el futuro miembro del Salón de la Fama, Martin Dihigo. También acogieron talento de toda Latinoamérica incluyendo al boricua Perucho Cepeda y al dominicano Tetelo Vargas.

Por fin en 1947 los New York Cubans ganaron su primera y única Serie Mundial de las Ligas Negras contra los Cleveland Buckeyes cuatro juegos a uno y un empate. Con el bate en la mano se destacaron los cubanos Miñoso, Claro Duany y Silvio García y el norteamericano Ray Noble. El panameño Pat Scantlebury se lució lanzando y bateando.

Pero Pompez, lince en los negocios, comprendió que el éxito de Jackie Robinson al romper la segregación racial de las Mayores ese mismo 1947 significaba el próximo fin de las Ligas Negras. De manera que al siguiente año convirtió a sus Cubans en sucursal de los New York Giants de la MLB. Pompez devino en uno de los mayores cazatalentos latinos de su época, contribuyendo enormemente a que el español se convirtiera en la segunda lengua de la MLB.

Pompez murió en 1974. En 2006 fue elegido al Salón de la Fama. El del béisbol, porque el de la bolita no lo han fundado todavía.

domingo, 14 de febrero de 2021

No se culpe a la Revolución de nada


A la penosa caterva de los habaneritos fanáticos al béisbol a finales de los setenta Pedro José Rodríguez nos inspiraba terror. De la terrorífica batería de los equipos de Las Villas nadie más generoso en infundirnos pánico que aquel taponcito de pelotero para quien desparecer la pelota al conjuro de su bate de aluminio y sus prodigiosas muñecas era un truco fácil, casi vulgar. El jonrón, la jugada que resume la magia del béisbol, no parecía tener para Cheíto ningún misterio. Frente a Las Villas, pensábamos los habaneritos supersticiosos, la única posibilidad de ganar que teníamos era que Cheíto, por generosidad o distracción, no decidiera arruinarte la noche.

Nos reconciliábamos con él en las competencias internacionales, cuando usaba la magia de sus muñecas en favor de tu equipo y en contra de los demás. Como una noche de octubre de 1979 durante la Copa Intercontinental que se jugaba en La Habana. Cuba perdía frente al Estados Unidos de los luego famosos Terry Francona y Joe Carter y Cheíto decidió cambiar el resultado del juego con dos soberbios jonrones. El segundo le provocó a mi padre un rarísimo rapto de entusiasmo beisbolero que nos hizo saltar juntos en el portal de casa celebrando una victoria que parecía imposible. A la semana siguiente estábamos juntos en el estadio Latinoamericano para ver cómo Cuba derrotaba por segunda vez a Estados Unidos y se coronaba campeona de aquella famosa Copa de la que hasta hacía poco no habíamos oído hablar.

En los años siguientes Cheíto siguió simultaneando sus funciones de terrorista doméstico y héroe internacional hasta el oscuro incidente que cortó su carrera. Digo “oscuro” porque la prensa nacional, en cuyas páginas deportivas Cheíto había reinado hasta entonces, no consideró airear las causas de su caída. En cambio el rumor que nos llegó a todos resultó ser milimétricamente exacto. Cheíto había sido expulsado para siempre del béisbol al serle encontrados menos de cien dólares. Se los había regalado un pelotero venezolano en medio de alguno de los topes que por aquella época se celebraron contra equipos profesionales, supongo que conmovido ante la inaudita indigencia monetaria de sus rivales.

La posesión de dólares estaba estrictamente penada por la ley y la Revolución no iba a perdonarle al más temible jonronero de su historia lo que no le perdonaba al último de sus súbditos. Así de justa era la Revolución. Supongo que los habaneritos tomamos la noticia con la astuta indiferencia con que aceptábamos los veredictos de la justicia revolucionaria: un problema menos de qué preocuparnos en los campeonatos nacionales y en los internacionales ya se le encontraría reemplazo. En efecto, de inmediato apareció en la tercera base por esa maravilla adolescente que era el “Niño” Linares para hacernos olvidar el ídolo anterior. Horrores peores se cometían en aquellos años pero pocos tan públicos, tan a la vista de todos. Así de vasta era nuestra entrenada cobardía.

El regreso discreto de Pedro José Rodríguez al béisbol años después fue el de un jugador roto que nunca logró reencontrarse consigo mismo. Apenas añadió a su carrera más de la tristeza que ya le había causado su expulsión inicial. Como para que nos convenciéramos de que la magia anterior había sido mero espejismo.

No se culpe a la Revolución de nada. Esa cosa monstruosa sin alma ni conciencia, que solo entiende de objetivos, conquistas, necesidades es inmune a la culpa. Con Cheíto la Revolución se limitó a hacer a la perfección lo que ha hecho imperfectamente con el resto del país: servirse de él mientras quiso y destruirlo cuando lo consideró innecesario. Es Cuba la que le debe a Cheíto el homenaje y el desagravio que no le dio en vida. Esa Cuba que lo admiró en sus mejores momentos y miró para otro lado cuando cayó fulminado por la impecable justicia revolucionaria: ese inmoral desvío de mirada que consigue el prodigio de hacer nuestra miseria colectiva todavía más profunda de lo que ya es.

viernes, 27 de octubre de 2017

La pelota y el tiempo


22 meses separan la condena del Granma de la deserción de los hermanos Gurriel “en franca actitud de entrega a los mercaderes del béisbol rentado y profesional” del elogio en esemismo periódico por su actuación en grandes ligas (circuito al que ahora comparan con la escala de Milán). 22 meses de pasar de condenarlos en público a transmitir -con 24 horas de diferencia que el resto del mundo beisbolero- la final de las grandes ligas. Un gran paso para el castrismo, un pequeño paso para la humanidad. No soportan la competencia del “paquete” que también trafica con los partidos diferidos, pensarán algunos. O que es el aperitivo de lo que se veía venir desde la sospechosa fuga de los Gurriel: la venta de peloteros cubanos a las Grandes Ligas con Tony Castro como principal empresario. 22 meses parecen mucho comparados con las 24 horas que demora un cubano de la isla en ver cada partido de la final por televisión. O poco comparado con los 62 años que separan a los cubanos de la primera vez que pudieron una serie mundial en televisión… en vivo. Sí, aquella Serie Mundial de 1955 que enfrentó a Los Dodgers con los Yankees. Esa que consiguió llevarse instantáneamente a la isla mediante el legendario vuelo del DC-3 que dio vueltas durante tres horas sobre el estrecho de la Florida haciendo de torre de retransmisión y adelantándose a la comunicación satelital. Pero ninguna de esas cifras alcanza para determinar el anacronismo que es Cuba en este mundo. 

martes, 24 de octubre de 2017

Reconocimiento

Después de ignorarlos por medio siglo, o de solo acordarse de ellos para llamarlos traidores, desertores, el Granma decide hablar de los cubanos que juegan en las Ligas Mayores. Y es para reclamarlos como suyos, para hacer notar la marca estatal de calidad de sus productos, la marca a hierro sobre su ganado amaestrado.

"Yulieski Gurriel, debutante en esa fase del encumbrado certamen, tiene 15 jit [sic] en 41 turnos para un «lujoso» average de 366. Nadie que no haya tenido un meticuloso y avalado proceso de aprendizaje llega allí y se aparece con semejantes indicadores, que incluye además un por ciento de embasado (OBP) de 409; slugging de 512 y OPS (toma en cuenta poder y capacidad de embasarse)"

Solo me pregunto: ¿allá también enseñaron a Gurriel II a batear para doble play en la hora difícil o ya eso de su propia inspiración?

sábado, 18 de marzo de 2017

Peloteros Anónimos


Durante más de cuarenta años a los cubanos de la isla les gustaba creer que equipo nacional de béisbol estaba entre los mejores del mundo. Para alimentar dicha creencia estaban los torneos mundiales amateurs donde casi indefectiblemente los cubanos derrotaban a equipos norteamericanos compuestos exclusivamente por universitarios. Tan acostumbrados andaban a la victoria que bastaba un sofocón o hasta una derrota contra alguno de aquellos equipos para hablar de crisis. Se entraba en pánico cada vez que el equipo sufría por alcanzar el primer lugar de cualquier competencia cuando lo cierto era que los mejores jugadores del segundo país con mayor tradición beisbolera se conformaban con toparse con un nivel muy inferior al que le correspondía. Algo así como si a un jugador de baloncesto adulto le bastase con enfrentarse con equipos de categoría infantil para poder creerse Lebron James. (Eso vale incluso para la generación de oro del beisbol post 1959, la de Víctor Mesa, Casanova, Gourriel, Pacheco o Kindelán que luego de peleadas victorias sobre equipos universitarios norteamericanos se les repartían títulos de héroes como a quien se le otorga un título de nobleza por vencer en un tablero de parchís).
Tal creencia comenzó a tambalearse en el 2000 cuando en los juegos olímpicos de Sidney los cubanos cayeron derrotados ante profesionales norteamericanos que ni siquiera jugaban en las grandes ligas. Pero el espejismo reaparecía cuando un equipo cubano derrotó a los Orioles de Baltimore o cuando en el Clásico Mundial de Béisbol del 2006 contra todos los pronósticos una bien aceitada selección nacional derrotó una tras otra a selecciones que apenas entraban en su pretemporada. Solo la inobjetable caída en la final ante Japón le impidió creerse a los cubanos que su equipo era el mejor del planeta. Pero bastaba verse en la tabla de posiciones por encima de los norteamericanos y del temido equipo dominicano para sentirse casi como si lo fuera.
Las pobres actuaciones del equipo cubano en las siguientes ediciones del Clásico así como su reingreso en la Serie del Caribe han terminado por darnos una imagen más realista del béisbol nacional. Sobre todo la participación cubana en la Serie del Caribe, un torneo que antes de 1959 dominaba casi por completo y que ahora gana o, mayormente, pierde. Es en esa competencia, (en la que tampoco el resto de los equipos pueden contar con los mejores jugadores del país, debido a sus contratos con los equipos de Grandes Ligas), donde puede llevarse una idea más o menos clara de cuánto ha decaído el deporte nacional en el último medio siglo. De pasar de ser ―extraoficialmente― la segunda potencia mundial de ese deporte  a ser un equipo más en el Caribe, ese ámbito donde antes solo se veía como rey absoluto.
En estos días ―tras sufrir humillantes derrotas ente Israel (41 en la clasificación mundial) y Holanda― el clamor por un equipo unificado se vuelve casi unánime. Y por equipo unificado se sobreentiende un equipo que reúna a los que hoy todavía juegan en Cuba con los que prestan sus servicios en las Grandes Ligas. O sea, los que hasta ahora se han considerado desertores por parte de las autoridades cubanas y de los que hasta se resisten a admitir su existencia, empeñados en borrarlos de la memoria nacional. Porque mientras la prensa de todos los países que tienen jugadores en las grandes ligas refleja día a día la actuación de estos la cubana actúa como si donde único jugaran béisbol los cubanos es en la isla y ocasionalmente y con permiso oficial, en Japón. Todos insisten en el equipo unificado aunque sepan que un equipo unificado no los llevará a la victoria sino a una derrota más o menos digna. Porque un equipo unificado en el 2017 hubiera incluido más o menos los mismos jugadores que en el 2013 fueron eliminados del Clásico por Holanda. El problema se remonta mucho más atrás: a aquellos tiempos pretendió ser el mejor mediante el subterfugio de mangonear a los pobres jugadores amateurs. Ganaba competencia de ratones y se anunciaba como cabeza de león.
Así del autoengaño épico se fue pasando al delirio y hace mucho que se ha perdido contacto con la realidad. Se invocan viejas glorias que nunca existieron como falsas marquesas invocan collares no menos falsos como si fueran verdaderos. La solución debería la misma del famoso sistema de Alcohólicos Anónimos: empezar por reconocer la realidad y cambiar de forma de vida. Aunque solo se trate de béisbol.      

lunes, 26 de septiembre de 2016

José Fernández (1992-2016)

Nunca un jugador cubano tuvo comienzo más impresionante y prometedor en las ligas mayores. Debutó con veinte años con los Marlins de Miami y meses después ya participaba en un partido de todos estrellas. Al final de la temporada resultó siendo al mismo tiempo candidato a novato del año y al premio Cy Young al mejor pitcher del año por la Liga Nacional terminando primero y tercero en las votaciones, respectivamente. Tras dos temporadas reducidas por las lesiones y la convalecencia de una operación Tommy John en la del 2016 volvió a ser el lanzador dominante que asombró al mundo del béisbol y que desde ya lo mencionaba como uno de los mejores de todo el deporte, llamado a desarrollar una carrera a la altura de su talento monstruoso, incalculable. Cada salida suya al terreno de juego en las que desarrollaba una energía, competitividad y alegría muy poco comunes era una fiesta en la que entraba y disfrutaba todo el que deseara ser parte de ella. Calculo que muchos fueron los niños que se acercaron al deporte por seguir sus hazañas. Y lo calculo por la devoción con que yo mismo seguía sus actuaciones, comprobaba sus estadísticas o admiraba sus lanzamientos hipnóticos y devastadores: con el interés que uno le dedica al deporte solo en la infancia.
No me quedan dudas que su muerte ha sido una de las mayores catástrofes de un deporte –el cubano- tan abundante en tragedias. Y lo más triste es que allá en la isla de la que escapó siendo adolescente nunca se darán por enterados de lo que se perdió la pasada madrugada: todo el orgullo equívoco y la alegría genuina que nos debía una carrera que apenas comenzaba.

P.D. Como no podía ser de otro modo la página deportiva del Granma ha ignorado olímpicamente la noticia de la muerte del lanzador.



domingo, 28 de febrero de 2016

Lo que viene

Hace días el multioficio Guillermo Rodríguez Rivera (profesor, poeta, plagiario y últimamente crítico deportivo) dejaba caer al desgaire en un artículo dedicado al infinito tema de La crisis del béisbol cubano: 
"... es el dinero de las Grandes Ligas amparado por el bloqueo a Cuba, que contrata nuestros mejores peloteros y no ya jugar, sino que hasta les prohíbe vivir en su patria"
Nótese el detalle: cómo un régimen pasa de vigilar y castigar a sus deportistas "desertores" a culpar al embargo y las ligas extranjeras de que los deportistas estén excluídos de su país. Después de décadas de negarles la entrada en el país, de entorpecer su desempeño en otros países, de prohibir la sola mención de tantos atletas y de borrarlos de la historia deportiva pretender que tanta persecusión no se trata más que de una normativa extranjera. Curioso cómo los intelectuales cubanos pasan de ser aquellos ingenieros de almas de que hablaba Stalin a convertirse en productivos fabricantes de olvidos. 
Y esto es solo un avance. Prepárense para lo que viene.

martes, 9 de febrero de 2016

¿La fuga de los Gourriel o los peloteros de Troya?


La fuga de los hermanos Gourriel de la concentración del equipo que representaba a Cuba en la Serie del Caribe en República Dominicana vendría a resultar para el béisbol cubano algo así como el derrumbe de la fortaleza del Morro para La Habana: no es que hagan mucha diferencia a nivel deportivo –los Gourriel sirven para ganar campeonatos tan poco como el Morro para defender la ciudad- pero su efecto simbólico para el paisaje beisbolero local -o sea, el corazón mismo de la patria- resulta devastador. Hijos de un símbolo de los momentos de mayor gloria de la “pelota revolucionaria” de Yulieski se dice que “es novio de una nieta de Raúl [Castro]”. O sea, que dentro del deporte actual es de lo más cerca que se puede estar de la familia real cubana, (esa que lleva apellido Castro por si no estaban atentos a las noticias de los últimos 57 años). En un artículo del primero de mayo del año pasado se decía que
“Yulieski tiene una categoría especial dentro del equipo. En una de las subseries que se jugó en la región oriental, no viajó en ómnibus con el grupo. Lo hizo en el avión presidencial, que se estaba probando para los viajes de Raúl Castro al extranjero”
Tal era la condición de privilegio de los Gourriel en el deporte nacional que incluso fueron trasladados al equipo de la capital para que, según se decía, estuvieran más cerca de su padre, comisionado nacional del deporte. Digamos que si el general Arnaldo Ochoa oliéndose que lo querían convertir en tiro al blanco se hubiese dado a la fuga antes que lo detuvieran habría creado menos conmoción entre el cubano de a pie, bastante más familiarizado con el rostro de Yulieski que con el de aquel general antes de protagonizar el programa estelar “Causa número 1 de 1989”. Si se piensa en esto la reacción del Granma acusándolos de “franca actitud de entrega a los mercaderes del béisbol rentado y profesional” parece sacada de un buzón automático de respuestas a deserciones y no indignación auténtica ante la pérdida de un par de joyas de la corona. Y bastante inoportuna ahora que el sobrino del Suegro-abuelo de Yulieski, el tan mentado Tony Castro, se reúne cada vez que puede con “los mercaderes del béisbol rentado”. 
Ahora se señala "la horripilante gestión administrativa de los directivos del béisbol y de los propios dirigentes del país" como causa eficiente de la fuga pero con un jugador que recibía un trato tan especial no valen razones generales. Hace casi un año un jugador declaraba desde el anonimato que para Yulieski había “un precontrato fabuloso en la MLB, solo están esperando a que Obama autorice a contratar jugadores cubanos que residan en la Isla". De manera que si la fuga es tal se debió al desespero de los jugadores ante un plan que no acababa de concretarse más que al desastroso funcionamiento de un béisbol dirigido, entre otros, por su propio padre (o de un país dirigido por el abuelo de su novia).
No debe descartarse sin embargo que se trate de una “fuga” tan autorizada como el traslado de los hermanos Gourriel a Industriales. O más que autorizada, promovida por los más altos dirigentes del país que contarían con al menos dos razones de peso. La económica, ya que podría tratarse del primer paso de un acuerdo entre el gobierno cubano y la MLB, sin intermediarios, con el primero convertido en agente de los jugadores y llevándose una respetable tajada en la transacción. La política fue enunciada justo a raíz de la visita de una comisión de la MLB a Cuba en diciembre pasado cuando periodistas en la televisión cubana –con su famosa independencia de opinión- achacaban al embargo norteamericano la fuga de beisbolistas de la isla ignorando el detalle que durante medio siglo a los atletas cubanos de cualquier deporte no se les ha permitido marcharse legalmente a competir en otro país independientemente de las relaciones diplomáticas o comerciales que este tenga con Cuba. 
“Que se acabe la discriminación hacia el beisbol cubano por parte de la Grandes Ligas" fue la consigna esgrimida por los periodistas oficialistas -valga la redundancia- a raíz de la visita en diciembre pasado de una delegación de la MLB compuesta, entre otros, por varios desertores. No sería extraño que los Castro esperen que los Gourriel funcionen como una suerte de caballos de Troya de Sancti Spíritus en Estados Unidos (pasando por Industriales). Como lo fueron en su momento aquellos pollos congelados que el gobierno de la isla pagaba al contado a los granjeros del Medio Oeste y así convencer a los representantes de aquellos estados que abogaran por el fin del embargo. De los pollos a los peloteros de Troya. No sería más que continuar una política que hasta el momento ha dado buenos resultados. En ese caso no sería un plan de última hora. Cuando Yulieski incumplió el contrato que tenía en Japón el año pasado un colega suyo comentaba anónimamente: "Cualquiera que deja de ganar un salario elevado estuviera deprimido. El 'Yuli' anda como si nada. Es evidente que algo se cocina entre bambalinas”. Y hasta el propio Yulieski comentó en su cuenta de Facebook “que a lo mejor llegaban buenas noticias en los próximos meses”.
En cualquier caso el béisbol local más que sin peloteros se va quedando sin razones “sentimentales” para retener a los jugadores de talento que le quedan. Que las autoridades del país empiecen a lucrar directamente con la exportación de uno de los pocos renglones atractivos para el mercado norteamericano es cuestión de tiempo si no es que ya empezaron a hacer tratos con “los mercaderes del béisbol rentado y profesional”. No sería la primera vez que le extraen todo lo que pueden al talento de deportistas que controlan como a ganado propio. Solo que esta vez las cuentas serán bastante más claras. Y los aficionados cubanos tendrán escoger equipo de Grandes Ligas ya no como alternativa a los locales sino como simple deber patriótico. Aunque siempre habrá cuestiones difíciles de dilucidar como por ejemplo ¿Cuál será el equivalente de Ciego de Avila en la Liga Americana? ¿Y el de Mayabeque?

domingo, 20 de diciembre de 2015

Llega la respuesta

Me preguntaba qué dirían -entre otros- los periodistas cubanos sobre las intenciones de Tony Castro de convertirse en exportador de talentos a las Grandes Ligas luego de tantísimos años de demonizar el deporte profesional y mucho antes de lo que esperaba recibo la respuesta: amnesia y bobería. "Que se acabe la discriminación hacia el beisbol cubano por parte de la Grandes Ligas", es la consigna del momento de los mismos que hasta ahora negaban la presencia y los éxitos de los jugadores cubanos en las Mayores. "Privatizar, privatizar" dice otro componente de este trío con un patetismo que sin querer se le desliza hacia la comedia.

viernes, 18 de diciembre de 2015

El béisbol y la nada



¡Ah, como debe chocarles a todos esos mandamases del INDER, a todos sus segurosos perseguidores de deportistas, a todos los voceros que durante décadas se dedicaron a hablar de la superioridad del deporte “libre”  sobre el deporte “rentado”, a los que hasta ayer llamaban vendepatrias a los que decidían irse a otro sitio en el que le dieran valor real a su talento ese abrazo entre Yasiel Puig y Tony Castro! ¿Qué pensarán todos esos deportistas que rechazaron ofertas millonarias con la consigna de que preferían el amor de sus millones de compatriotas que los millones que les ofrecían los cazatalentos, esos que vieron pasar sus mejores años en condiciones miserables del deporte nacional sin lograr medirse con los mejores de su deporte y ahora andan alcoholizados y pobrísimos? ¿Qué dirá Pedro José Rodríguez, expulsado del béisbol en el clímax de su carrera al encontrársele unas decenas de dólares en el bolsillo regalados por un colega extranjero al que le apenaba la pobreza de un jugador tan talentoso? 

Basta que al hijo del antiguo dueño del país, del propietario de sus vidas y al que le dedicaban sus medallas se le haya ocurrido  la idea de hacer fortuna alquilándole los talentos que quedan en la isla a las ligas mayores de béisbol de los Estados Unidos (preocupado, dice, por el peligroso tráfico humano) para que las consignas que regían el deporte dentro de la isla hasta hace unos días se conviertan en cosa del pasado. ¡Qué trágico y qué ridículo todo al mismo tiempo! Trágico y ridículo como la historia de un país entero entregado durante tanto tiempo a la más grandilocuente y desastrosa nada. 

sábado, 24 de octubre de 2015

Urquiola se desencadena

De paso por Miami a donde fue a visitar a su hijo Barbarito Urquiola hace declaraciones sobre el estado actual del beisbol cubano, el de sus antiguas estrellas y otras lindezas más. Algunos fragmentos:

"Ya es otra época, ya esos atletas no quieren jugar por unas latas de refresco, una guagua refrigerada o un hotel con aire acondicionado, si cuando llegan a sus casas sus hijos no tienen ni zapatos para ir a la escuela"

"¿Te enteraste de lo que pasó con Fermín Laffita, que lo encontraron muerto, por la peste, a varios días de haber fallecido?Y no te hablo de Luis Crespo o Porfirio Pérez, que nadie los atiende y se la pasan borrachos y eliminados del INDER, y no los tienen en cuenta para nada, y no es por el alcohol, pero a ellos no les ha quedado más remedio que dedicarse a eso. Pero la lista de ex peloteros, boxeadores o ciclistas retirados que están abandonados es interminable de San Antonio a Maisí" "Y no me jodan más con el bloqueo Yanqui, la incapacidad de los dirigentes de la Comisión Nacional nada tiene que ver con el famoso Imperialismo, las pésimas condiciones de los terrenos, que los únicos que los chapean son los chivos, porque ni machete tienen, y eso no lo venden los americanos, eso es culpa de ellos"

"Con la salida de Barbarito también me jodieron un poco, pero los ubiqué enseguida, les respondí que mi hijo es mi hijo, esté donde esté, que la familia no la separo por metas, ni por ideas políticas, pues ese ha sido un daño de 56 años, donde nos obligaron a pelearnos con parientes y amigos por pensar diferente, y mira hoy queremos ser amiguitos de los yanquis otra vez después de tanto tiempo de consignas y marchas contra esta gente del Norte"


Para ver la entrevista completa pinche aquí