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viernes, 24 de diciembre de 2021

Diario para Luisma Día 37

Boris González Arenas me invita a participar en un diario colectivo que le están escribiendo a Luis Manuel Otero Alcántara un grupo de artistas, activistas y amigos desde hace más de un mes. De casualidad me ha tocado escribirle este 24 de diciembre.


#DiarioParaLuisma día 37


Querido Luisma:
Estos son los días en que me dedico a escribir un resumen pretendidamente humorístico del año, algo que vengo haciendo por dos décadas. Son días en los que recopilo las noticias más absurdas que ha generado Cuba en los últimos doce meses para buscarles su lado cómico, o sencillamente para reforzar su absurdo, que es lo que más produce nuestro país desde hace demasiado tiempo. Y en los últimos años, estos son días en los que pienso en ti más que de costumbre, aunque solo sea porque tu nombre se me aparece por todas partes. Porque aparentemente no se puede contar la historia cubana de estos años sin hablar del acoso al que te somete el régimen, de tus prisiones, de tus huelgas de hambre y sed con las que nunca he estado de acuerdo y que muchos vivimos como si del sufrimiento de alguien muy cercano se tratara.
En estos días se me hace más visible lo distinto que somos. O más bien lo distinto que eres a esa parte en mí que se resiste a tomarse la realidad en serio, a la que firma sus textos como Enrisco. Porque mientras Enrisco, en sus funciones de payaso, juega con el absurdo cubano tú buscas darle sentido y, lo pretendas o no, consigues infundirle un dramatismo a la realidad cubana que hacía rato no tenía. Todo lo complica más el hecho de que hoy sea 24 de diciembre. El hecho de que esta sea la noche en que nos reunimos con nuestros seres queridos a replicar el ritual del cariño y el placer compartidos mientras centenares de cubanos como tú están en prisión desde hace cinco meses y medio (si no más) por exigir libertad y derechos a un régimen que se los niega, resumiendo así el absurdo más básico de ese país nuestro: a los que más se esfuerzan por nuestra libertad es a quienes se les priva de ella.
Recuerdo la primera vez que nos pusimos en contacto, en noviembre del 2017. Estaba en el aeropuerto de Miami, de vuelta de la presentación de la antología El compañero que me atiende en una librería que ya no existe. Esperaba a que llamaran para abordar el avión cuando a mi teléfono llegó un mensaje tuyo. Me tratabas de usted. Me pedías permiso y colaboración para presentar el libro en el que llamabas entonces el Museo de la Disidencia. Una presentación simbólica en la que se repartirían copias digitales del libro. Por supuesto que accedí sin pensarlo. Ya para entonces estaba más que enterado de tus proyectos y performances. “Este chama está en la que se cayó” me dije. Acababa de lanzar el libro en Miami y ya me proponías presentarlo en La Habana. El lanzamiento se hizo días después en Damas 955, sin que los compañeros que te atendían te ocasionaran excesivas molestias. Como para llevarnos la contraria. Incluso logramos que asistieran tres de los autores que habían contribuido a la antología desde la isla.


Luego participamos en otros proyectos, pero para entonces ya no nos tratábamos de “usted” sino de “hermano”, una palabra que hablaba de una cercanía mayor sin ser del todo justa. Porque luego de unas cuantas décadas oponiéndole a aquel régimen la consciente debilidad de los bufones la rabia la conservaba intacta pero no la esperanza. Son ustedes, los jóvenes que creen en que esa tierra todavía puede ser redimida, los que nos han devuelto la esperanza que la razón hace tiempo ha descartado. Son ustedes, los que alimentan la ilusión que ya habíamos perdido, una suerte de padres espirituales de muchos de los que, sin renunciar a la libertad, esta nos parecía una causa perdida en aquella isla. No es casual que ustedes, bajo un régimen que no desiste de ninguna de las injusticias sobre las que se erige, estén hoy presos. Solo la esperanza que ustedes mantienen viva hasta en calabozos que no es difícil imaginar horrendos puede hacernos creer que esa isla tenga algo a lo que llamarle “futuro”.
Solo falta decirte -sin que suene a demagogia- que esta noche tan especial nuestro pensamiento también está con ustedes. Que de algún modo estarán sentados a nuestra mesa.
Vaya este abrazo virtual por todos los abrazos reales que nos debemos.

viernes, 17 de enero de 2020

Cuando grabas a los compañeros que te atienden

Cuando grabas a los compañeros que te atienden, como ha hecho el fotógrafo cubano Javier Caso (hermano de la actriz Ana de Armas) durante el interrogatorio que le hicieran dos agentes de la Seguridad del Estado (uno de ellos supuestamente teniente coronel) estos resultan más absurdos, ridículos, torpes y matones que como uno se lo imaginaría en la peor de las caricaturas. 

Gracias a esta grabación tenemos pruebas de:
-Que los policías cubanos se creen que pertenecen a uno de los cinco mejores cuerpos policiacos del mundo.
-Que creen que la ley los autoriza a amenazar y chantajear a quien quieran.

-Que no entienden la diferencia que existe entre ley y terrorismo: "[si no te gusta] Cambia la ley. Sube para la Sierra con un fusil".
-Que la Seguridad del Estado recluta ninjas en sus filas.
-Que en Cuba hay una sola institución (la Seguridad del Estado). 
-Y dentro de la institución todo y fuera de la institución nada.
-Y por tanto es la Seguridad del Estado la que decide quién es artista.
-Que creen que en el resto del mundo se necesita de una licencia para ser artista.   
-Que pretenden que Cuba es un país normal pero de alguna forma tienen conciencia de que "Cuba is different".
Impresionante la manera de resumir 60 años de historia de un país en apenas once minutos.

domingo, 13 de enero de 2019

Prólogo a "El compañero que me atiende"

—¡Dios mío, Dios mío! —dijo el guardián—. ¡Cómo le cuesta entrar en razón! Se diría que solo busca irritarnos inútilmente, a nosotros que, sin embargo, somos en este momento las personas que mejor le quieren.

                          Franz Kafka, El proceso

¿Cómo se escribe en un mundo en el que cada escritor, cada ciudadano incluso, tiene un policía secreto de cabecera? La respuesta en el caso cubano está en cada libro escrito en la isla a partir de 1959, en cada compromiso estentóreo, en cada silencio, según lo que imponga el momento. Lo que intenta responder este libro es algo levemente distinto. Este libro intenta exponer cómo se escribe sobre ese policía de cabecera, un ser que presume de invisibilidad. Si la obligación más constante de un escritor fuera hacer visible lo invisible, concordaríamos en que describir ese ente encargado de vigilar nuestros pasos —sobre todo los pasos en falso— es un esfuerzo esencialmente literario.

Porque —lo aclaro de antemano— este libro no es un memorial de agravios. En el caso cubano, en la lista de los agraviados por un régimen que está cerca de completar su sexta década, los escritores puntúan más bien a la baja. Comparados con otros sectores de la sociedad, hasta podría decirse que han recibido un trato preferencial, escrupuloso. Lo que intenta este libro es recopilar una mínima parte de las aportaciones cubanas a un género anunciado ya por Kafka desde las primeras páginas de El proceso. Esa primera oración que informa que K., «sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana». Un género caracterizado por la ausencia de crimen y por lo difuso, al menos en sus etapas iniciales, del castigo. Y por las peculiares relaciones entre los supuestos criminales y los agentes de la ley, agentes menos preocupados por el castigo de sus perseguidos que por su salvación. Hasta donde sé, nadie se ha tomado el trabajo de definir el género. Bauticémoslo de momento como género totalitario policiaco. No confundir, por supuesto, con el policiaco totalitario, versión totalitaria del policiaco occidental o, si se prefiere, versión policiaca del realismo socialista. Fue este muy popular donde quiera que se instaurara la dictadura del proletariado. A ese realismo socialista policial o policiaco totalitario —como prefiera llamársele— se le encomendaba convertir en narrativa los sueños del Estado sobre su propia invulnerabilidad: un género que concebía todo crimen común como ataque al pueblo en el poder y, por consiguiente, un acto contrarrevolucionario.

El género totalitario policiaco, en cambio, parte de la convicción (estatal) de que toda disidencia contra el Estado socialista no solo es criminal y punible sino contra natura. En este género, el agente del orden no persigue el crimen, sino su posibilidad. O dicho con las palabras de uno de los guardianes de K. «El organismo para el que trabajamos, por lo que conozco de él, y solo conozco los rangos más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la población, sino que, como está establecido en la ley, se ve atraído por la culpa y nos envía a nosotros, a los vigilantes». Más que el delito, lo que investiga y persigue es una culpa preexistente al delito mismo. Esa culpa (o «pecado original» al decir del Che Guevara) consistía en «no ser revolucionario». O si nos remitimos a una terminología todavía más refinada y condescendiente que marcó época, dicha culpa radicaba en «no estar integrado». Si no se les podía exigir a todos los ciudadanos que fueran revolucionarios («el eslabón más alto que puede alcanzar la especie humana» Che dixit) lo menos que podía pedírseles era «estar integrado». Integrado, se sobreentiende, a los rituales políticos y sociales del Estado.

¿ALGUIEN DIJO «TOTALITARISMO»?

Antes de internarnos en  la descripción de este género, demos explicación del continuo uso de términos tan desagradables como totalitario y totalitarismo. Aquí se entiende totalitarismo en la económica definición de Umberto Eco que lo describe como «un régimen que subordina todos los actos individuales al estado y su ideología». O que, añado, si no logra tal subordinación, al menos la pretende. Es justo en esa incapacidad de desentenderse de asuntos tan triviales como escuchar música o cortarse el pelo que estriba su vocación totalitaria. Más allá de la satanización que han sufrido estos términos (con los millones de muertos de Stalin y Mao en nombre de la revolución mundial y los de Hitler en nombre de la superioridad de la raza aria) nos interesa el totalitarismo en su aspecto utópico y positivo, precisamente por la aspiración a la totalidad y a la perfección que el término sugiere. (Del negativo se encargan multitud de volúmenes, como si pudiera atribuírsele la invención del mal. Y sabemos que no es así: el totalitarismo no ha creado el mal, apenas lo ha organizado como nunca antes). Hablo del siempre estremecedor intento de crear mundos en los que, al decir del poeta Emilio García Montiel, «Todo era hermoso: desde el primer ministro hasta la muerte de mi padre. Y perfecto, como debían ser los hombres y la Patria». Debe recordarse que el objetivo primordial de estos regímenes no era la opresión o el exterminio de personas o grupos, sino la emancipación y el bienestar, ya fuera de una raza o de toda la humanidad. La opresión o el exterminio serían apenas un subproducto doloroso, pero inevitable, del avance hacia dicho objetivo. Y el primer obstáculo con el que debe lidiar un régimen que aspire a una perfección tan completa son las imperfecciones y la corrupción humanas. O como dijera el fallecido paladín Fidel Castro: «el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie —por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera—, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella».

Es obvia la ventaja del ideario comunista frente al provincianismo nazi. Siendo los comunistas la vanguardia de la humanidad en su marcha hacia la Tierra Prometida de la sociedad sin clases, resistirse a su avance era sencillamente inhumano: una inhumanidad creada y estimulada por las sociedades basadas en la explotación del hombre por el hombre. Así que una vez instaurado el Estado socialista cualquier tipo de oposición o resistencia era inconcebible. Inconcebible por ser contraria a la propia naturaleza humana, una naturaleza que el socialismo había conseguido restablecer.

No pretendo decir que alguna sociedad totalitaria funcionó realmente así. Solo intento resaltar la naturaleza paternalista de cualquier régimen totalitario, su dedicación profunda al bienestar de la humanidad. Aunque esta no lo quiera. De ahí que, una vez eliminada la clase opresora, corrupta sin remedio, la policía secreta insista en la bondad intrínseca de los sospechosos, achacando sus desvaríos a simple y pura confusión. Esa concepción totalizante explica que la policía secreta racionalice sus acciones como un intento de redimir a sus investigados, devolverlos a su natural pureza. Aunque hubiese que castigarlos. (En 1984, un clásico del género totalitario policiaco, el interrogador le advierte al interrogado: «Eres un caso difícil. Pero no pierdas la esperanza. Todos se curan antes o después. Al final, te mataremos»). El problema de los culpables no es la ley, puesto que la ley no legisla qué música debe oírse, qué chistes deben contarse o con quién puedes reunirte. Su culpa radicará en ellos mismos: en sus distracciones o desvíos, en su falta de atención hacia sí mismos y hacia su entorno. Uno de los agentes que participan en el arresto de K. trata de «aconsejarle que piense un poco menos en nosotros y que se vigile a sí mismo un poco más». Al fin y al cabo, si a lo que aspira una ideología es a la perfección social e individual, no hay mejor vigilante que uno mismo. Pero por muy buena opinión que un Estado tenga de sí mismo y de la población a la que asiste y encamina, a veces la voluntad de sus ciudadanos no es suficiente: los elementos descarriados necesitan atención y estímulo. Ahí es donde entra en escena la figura legendaria del compañero que nos atendía. Que probablemente nos siga atendiendo.

UN PERSONAJE MITOLÓGICO

Allí donde los personajes de Kafka actuaban a ciegas, los del socialismo real (o del totalitarismo real) se manejan con bastante más seguridad, asistidos por una sólida red de sobreentendidos. No se preguntan, como lo hacía Joseph K.: «¿Qué clase de hombres eran aquellos? ¿De qué hablaban? ¿A qué servicio pertenecían?». Ni al reunir un poco de valor le espetan a su interrogador: «¿Quién me ha acusado? ¿Qué organismo tramita mi proceso? ¿Es usted funcionario?». Tampoco se cuestionan la ausencia de uniforme. Todos saben que se trata de «el compañero que te atiende». «En Cuba, [explica el poeta Manuel Díaz Martínez en un texto que es parte de este libro] cada escritor o artista de alguna significación tiene asignado un policía, un «psiquiatra», especie de confesor a domicilio, por lo general con grado de teniente, que vigila, analiza y orienta a su oveja para salvaguardarla de las tortuosas seducciones del lobo contrarrevolucionario». Solo que, llegado a un punto, no se requería ser escritor o artista ni tener «alguna significación». Ya ellos se encargarían de decidir si uno tenía o no alguna significación. A sus «atendidos», en cambio, no les cabía duda lo que significaba la presencia del «compañero». Quien tenían enfrente ya se había anunciado antes por alguna de las tantas series televisivas, películas y libros destinados a exaltar la labor del Departamento de Seguridad del Estado. Que no tuvieran la galanura y prestancia de los actores que encarnaban los agentes ficcionales era lo de menos. Su mera presencia hacía redundantes casi todas las preguntas de K. Ni siquiera tenía sentido preguntar por el delito cometido. En un Estado tan urgido de perfecciones cualquier cosa es delito y, en el gran esquema de las cosas, todos somos de alguna manera culpables. Y la mejor prueba de la culpabilidad propia es que el compañero que te atiende ha decidido hacerse visible. Porque hubo una época —época mucho más espiritual que la actual, queridos jovenzuelos— en la que cada región o institución del Estado estaba atendida por algún compañero de camisa a cuadros o guayabera y bigote espeso. Agentes que no disimulaban demasiado su presencia. O más bien personajes que trataban de hacerse todo lo visibles que podían dentro de su supuesto anonimato. Eran parte de nuestra realidad, como los árboles a la entrada de una escuela: igual de inadvertidos, solo que con más movilidad y menos sutileza. Hasta que les llegaba la ocasión —que iba desde una minúscula pintada disidente en el baño común hasta la urgencia del agente por cumplir sus cuotas de reclutamiento— de hacerse visible ante algún elegido. Por lo general, no se hablaba de arresto, esa instancia claramente definida en la nebulosa novela de Kafka. Para ello siempre habría tiempo, parecían decirte con su estudiada paciencia. Sus palabras iban más bien en sentido contrario. Trataban de convencerte de que no eras culpable, al menos no demasiado. Que el Estado o la Revolución, decían, confiaba en ti, que conocía todos tus pasos y era comprensivo con tus faltas y, precisamente por eso, solicitaba tu ayuda. «De vez en cuando, este «hermano de la costa» [nos advierte Díaz Martínez] confía alguna misión sencilla a su pupilo o pupila para comprobar su fidelidad a la patria, es decir, a Fidel, ya se sabe».
Catálogo de exposición del MININT de 1974 sobre la vigilancia a escritores e intelectuales

Sin pretender ser experto en el tema, conozco de suficientes casos en los que la esperanza de colaboración era lo bastante baja como para dudar de que se la tomaran en serio. Simplemente buscaban advertirte de su presencia. Evitarte que los obligaras a actuar de manera más drástica. De ahí que los que escogían como «objetivos» no fueran ni los que consideraban inofensivos ni los que ya imaginaban en el campo enemigo. Para los primeros bastaba con la guía y consejo de organizaciones más públicas. En cuanto a los segundos, suponían que las advertencias no servirían de mucho, de modo que esperaban la ocasión de darles un buen escarmiento bajo la forma de detención preventiva o algo peor.

Muchos de los que no hayan conocido el sistema y no se hayan visto arropados por su manto protector, se sentirán tentados a compararlo con el que impera en las sociedades llamadas democráticas o, con algo más de razón, en los regímenes autoritarios no totalitarios. Pero las diferencias entre un sistema y otro son abismales. Por mucho que Foucault se haya empeñado en descubrir en las llamadas democracias liberales una suerte de Auschwitz metafórico, dotado de panópticos y vigilantes invisibles, la cotidianidad totalitaria hace inservibles las metáforas del francés sobre la vigilancia y el control. No solo porque el vigilante en las sociedades comunistas se haga visible de vez en cuando y extraiga de esa visibilidad momentánea buena parte de su poder coercitivo. Téngase en cuenta que al hacerse visible se asiste a la revelación momentánea de lo que constituye la base del poder, ese iceberg que en la superficie se manifiesta en forma de desfiles multitudinarios, frenéticos apareamientos entre el líder y la multitud, y en la incansable esperanza en un futuro mejor.

En contraste con las manifestaciones públicas la base del iceberg totalitario está constituida por un entramado de secretos, de delaciones, del conocimiento íntimo que tiene el poder de ti y de los que te rodean, de tus miedos y paranoias. A ello se añade el asfixiante estado de indefensión frente a ese poder, la desesperanza ante la posibilidad de cambio y la sospecha de que cualquiera podría ser informante o colaborador del sistema. El panóptico de Bentham y Foucault es multiplicado en el Estado totalitario por miles de ojos que vigilan cada uno de tus gestos, miles de lenguas que hacen llegar toda esa información a oídos del compañero que te atiende. Y por el temor omnipresente a la existencia del algún micrófono oculto. No por gusto comenta Gerardo Fernández Fe que «el micrófono —incluso el que deviene mental— ha quedado para nuestra historia nacional como ese punto diminuto que favorece la relación de poder que va del tirano hasta el poeta, penetrándolo, para luego domarlo o expulsarlo». Pero más abrumador que todo lo anterior resulta la convicción que intentan inocularte de que solo hay dos campos posibles: el territorio amigo, que está encabezado por el líder y custodiado a retaguardia por los compañeros que te atienden, y el enemigo, encabezado por el presidente de turno de los Estados Unidos y apoyado en la sombra por agentes encubiertos que al menor descuido podrían captarte. De modo que la mejor manera de inmunizarte contra los avances del enemigo será convertirte en informante de los órganos de seguridad. Lo que en circunstancias normales parecería hundirte en la perdición (consumir productos prohibidos, reunirte con gente equivocada), como informante significa avanzar hacia la primera línea de defensa de la patria. A partir de ahí, cualquier liviandad ideológica que te permitas será vista, en el universo paralelo de la contrainteligencia, como un sacrificio en pro del bienestar común. Ni la Iglesia medieval conoció de tantas sutilezas teologales.

Lo anterior es la descripción del funcionamiento de la sociedad bajo la perspectiva ideal de la Seguridad del Estado. No obstante, en el mundo ideal de la propaganda totalitaria, no serían necesarios siquiera los órganos de inteligencia. En condiciones ideales el pueblo mismo se bastaría para dar cuenta de cualquier avance del imperialismo. (Esa misma lógica ideal domina todavía el tratamiento a los opositores. La primera línea de defensa es negar su existencia. Cuando no queda más remedio que reconocerlos se les declara mercenarios al servicio del enemigo: en un sistema que es todo justicia no se concibe que haya gente que disienta radicalmente de este si no es alentada por el enemigo externo. Por los motivos más sórdidos e interesados posibles. Bajo esa misma lógica del absoluto, los cuerpos represivos denominados Brigadas de Respuesta Rápida representan al pueblo organizado espontáneamente en defensa de sus intereses. Los malabarismos a que se acude para mantener tales ficciones son increíblemente ridículos y poco convincentes. Sin embargo, sirven para proteger otras ficciones bastante más decisivas, como la de un poder que se justifica en la defensa del país frente al ataque de mercenarios apoyados por sus enemigos externos).

FICCIONES

Y hablando de ficciones, volvamos al objetivo fundamental de este prólogo: explicar y justificar el género que intenta reunir esta antología. Aclaremos que el género totalitario policiaco se distingue del policiaco totalitario (o socialista, si lo prefieren) en haber sido una experiencia que por lo regular demoró bastante en convertirse en literatura. El policiaco totalitario, en cambio, es una literatura que aspira a convertirse en realidad. Ni más ni menos que la ideología que lo inspira.

Excepcionales por su precocidad son algunos de los títulos más emblemáticos del género totalitario policiaco como El proceso o 1984 de Orwell. Después de todo, como reconoce el personaje K., este vive en «un Estado constitucional». Por su parte, el autor de 1984 lo más cerca que estuvo de conocer un régimen totalitario por dentro fue durante las represiones comunistas contra los anarquistas en la retaguardia republicana de la Guerra Civil española. Pero, a pesar de su brillantez, ambos textos pueden parecerle, a quien ha vivido en el interior de un régimen como el que describen, inconsistentes a la hora de representar la verdadera textura totalitaria. Incapaces de captar esa mezcla entre una vigilancia y control muy eficaces con la chapucería inherente al sistema en su conjunto. En cambio, dicha textura sí se percibe en los cultores autóctonos del género. Ya sean rusos, checos, polacos, rumanos o alemanes orientales. (Resulta paradójico que los norcoreanos, quienes han alcanzado un mayor grado de perfección totalitaria, hayan contribuido tan poco al género. Paradójico pero perfectamente explicable). Desde los libros de Mijaíl Bulgákov a los de Vladímir Voinóvich y Mijaíl Kuráyev o el monumental Los archivos literarios de la KGB de Vitali Shentalinski en la Unión Soviética; de las obras de teatro de Sławomir Mrożek a las películas de Andrzej Wajda en Polonia; de los libros de Kundera, Iván Klíma, Havel o Vaculik (su título Una taza de café con mi interrogador resume muy bien esa pegajosa textura totalitaria) a varias películas de la Nueva Ola en Checoslovaquia; desde la escritora Herta Müller al cineasta Cristian Mungiu en Rumania. En fechas más recientes, el cine alemán ha producido ciertas obras que incursionan en el género, pero a la más famosa de ellas, La vida de los otros, vuelve a escapársele la fórmula exacta de la textura totalitaria, su rara excelencia en un sistema esencialmente chambón, una película que termina debiéndole más a Orwell —si creemos a Orwell capaz de tanto sentimentalismo— que a la realidad de la desaparecida RDA).

Entre cubanos ocurre algo similar. Textos precursores de este género, como el cuento «Aquella noche salieron los muertos» (1932) de Lino Novás Calvo, o la obra de teatro Los siervos (1955) de Virgilio Piñera, publicados antes de que el totalitarismo se instalase en la isla, padecen de limitaciones similares. Así, a pesar de la brillantez con que Novás Calvo dibuja la dinámica totalitaria, o la descripción del absurdo de sus pretensiones ideológicas en el caso de la obra de Piñera, a ambos se les escapa algo del sabor esencial, del tejido de la rutina totalitaria. Pasarán unos cuantos años para que consigan describir dicha textura autores como Heberto Padilla (Fuera del juego, La mala memoria, «otro de esos libros atestados de micrófonos y de suspicacias que los estados policiales terminan generando» comenta Gerardo Fernández Fe), Guillermo Cabrera Infante (Mapa dibujado por un espía), Reinaldo Arenas (El color del verano, Antes que anochezca), Eliseo Alberto (Informe contra mí mismo), Jesús Díaz (Las palabras perdidas), Juan Abreu (A la sombra del mar), Roberto Valero (Este viento de cuaresma), Miguel Correa (Al norte del infierno) o hasta el propio Piñera. Este lo intentó primero en su obra teatral La niñita querida y, poco después, en la novela Presiones y diamantes. Todos coinciden en incluir los componentes centrales del género totalitario: la vigilancia ubicua, el miedo, la sospecha y la paranoia generalizados, la relación pegajosa y muchas veces ambigua entre vigilados y vigilantes («somos en este momento las personas que mejor le quieren» dice un guardián de El proceso), el contraste entre la miseria del sistema y la opulencia de la represión, su absurdo inagotable.

Aviso, no obstante, que el esfuerzo de esta antología por convertir lo totalitario policiaco en género literario pasa por reconocer que más allá de la unidad temática, del similar recuento de vicisitudes, poco tienen estos textos en común. Lo totalitario policiaco, tal como lo concibe esta antología, incluye cualquier variante de lo literario: de la poesía a la prosa, de la ficción a la no ficción, del cuento a la novela, a la obra teatral o a las memorias. También habrá que reconocer que pese a lo extenso de la experiencia, son relativamente pocos los cultores del género a nivel mundial. Y eso se explica por lo poco rentable que siempre ha resultado abordarlo en medio de un régimen totalitario (pregúntenles a los norcoreanos) y lo anacrónico que resulta una vez que este ha desaparecido, dejando un rastro de pesadilla tan ardua de explicar como de comprender. En ese sentido, la extensa antología que presento a su consideración es, cuando menos, una anomalía.

ESTA ANTOLOGÍA

Debe aclararse de entrada que esta es una antología voluntaria. O sea, fueron los propios autores, no sus familiares o albaceas, los que en pleno uso de sus facultades mentales (es un decir) enviaron sus textos. Fueron los autores quienes encontraron alguna afinidad entre sus textos y el tema propuesto. Este requisito de la voluntariedad excluye automáticamente a:

1. los muertos 2. los que incluso habiendo escrito textos que pudieran entrar con pleno derecho en esta antología no desearon participar en ella 3. los que por mero descuido del antologador no fueron invitados

Esta antología incluye textos escritos para la ocasión y otros que ya habían sido escritos o incluso publicados antes. Esta antología cumple así con dos necesidades distintas pero no incompatibles entre sí: la de reunir bajo un mismo marco temático textos dispersos y la de ofrecerles la oportunidad a ciertos autores de compartir historias que esperaban una ocasión como esta para ser contadas. Esta antología no solo resalta por la variedad de géneros (relatos cortos, fragmentos de novelas, poesía, ensayo, teatro) o de estilos, sino por la diversidad de perspectivas sobre un tema en apariencia tan restringido. Entre tanta queja acerca de la decadencia de la literatura nacional, anima descubrir que maneras tan uniformes del acoso encontraran respuestas tan distintas, tan individuales. Así, estas páginas también ensayan una defensa de la individualidad, tanto en el plano sensible como en el creativo. Nos permiten ver cómo, ante la invasión continua de lo privado y lo íntimo hasta casi anularlo, los escritores han respondido como mejor saben hacerlo: con esa mezcla de obstinación y orgullo que les permite enfrentarse a sus miedos con plena confianza en un sentido (estético o hasta ético) que trasciende las rutinas de la opresión.

El orden a que se atiene esta antología intenta ser cronológico. No se trata de ordenar los textos de acuerdo a la edad de los autores sino al proceso de construcción de dos sujetos: el de los compañeros que atienden y el de los atendidos. Porque por mucho que nos empeñemos en ver una continuidad sin fisuras en el sistema cubano, al menos respecto a los sujetos en cuestión habrá que reconocer una evolución histórica. En la primera parte (1959-1979) se da cuenta de una época en que el sistema daba sus primeros pasos y le eran ajenas ciertas sofisticaciones. Los agentes no tenían otro encargo que la vigilancia y la represión directa («Impala»). De lo que se trataba era de definir si el sujeto se encontraba «dentro» o «fuera» de la Revolución. Si se determinaba que estaba «fuera», no cabían otras opciones que la cárcel, los campos de concentración al estilo de las UMAP o el exilio («Prólogos»). Fue más tarde, cuando el sistema se sintió lo suficientemente fuerte como para no concebir siquiera un exterior a sí mismo, cuando ya la Revolución lo era «todo», que empezaron a cobrar sentido las «atenciones» de los «compañeros». Ya no se trataba solo del oficial operativo que decide el momento adecuado de actuar contra determinado sujeto, de sacarlo del juego. «El compañero que atiende», ese eufemismo que a la vez sirve de sinécdoque totalitaria, es un momento posterior y superior de la llamada Revolución Cubana. El momento en que, delimitado con claridad el campo amigo del enemigo, y tras el práctico exterminio del segundo a través de la cárcel, el exilio o la marginación programática, todavía queda una zona que, sin dejar de ser considerada parte del campo propio, necesita ser reencauzada, recibir de vez en cuando un llamado de atención.

Tomemos como fecha tentativa los inicios de 1971, cuando casi simultáneamente ocurren la detención del poeta Heberto Padilla y el Primer Congreso de Educación y Cultura. En dicho congreso se lanzó una ofensiva contra el llamado imperialismo cultural, el elitismo, el apoliticismo, «el esnobismo, la extravagancia, el homosexualismo y demás aberraciones sociales», ofensiva enfilada «a la erradicación de los vestigios de la vieja sociedad que persisten en el período de transición del capitalismo al socialismo». Allí se clamó por la exclusión de todos los elementos corruptores del sistema educativo y cultural a través del famoso proceso de «parametración». En cambio, el revuelo causado por el «Caso Padilla» (ver «Edwards, Padilla, los micrófonos y los camarones principescos») debió de servir de alerta sobre lo indeseable que sería que se repitiese un escándalo similar y la necesidad de resolver situaciones parecidas con mayor discreción. El congreso preparó el camino a los procesos encaminados a separar los frutos podridos de los sanos. Pero eso no sería suficiente. Junto a la desintoxicación pública debía conducirse una labor de profilaxis. Lo que hoy, incluso en los círculos más oficiales cubanos, se llama con desdén «Quinquenio Gris» fue en realidad la década dorada del régimen. Aquella donde más se acercó la sociedad a lo que promulgaban los textos programáticos del partido comunista. Al menos en la superficie. No fueron esos años un desvío momentáneo de los puntos de vista más bien liberales y heterodoxos de los dirigentes de la Revolución, sino la culminación de un largo y complejo proceso de concentración de poder político, económico, social, cultural y simbólico. Años en que, gracias al reforzamiento de la alianza con el Bloque Soviético y al distanciamiento de los aliados de la izquierda occidental en el plano externo y al máximo control social en el interno, el régimen estuvo más cerca de parecerse a la idea que tenía de sí mismo. Mientras que para los elementos considerados contrarrevolucionarios o antisociales se habían diseñado instrumentos legales como la Ley contra la Vagancia o posteriormente la Ley de Peligrosidad (ver «Prólogos 2, 3 y 4») para el resto de la sociedad quedaba la obligación de definirse en un sentido o en otro. Fue en ese momento en el que le dieron los toques finales a un sistema en el que al decir de Daniel Díaz Mantilla «uno va cediendo espacio y libertad mientras la barbarie engorda y los rufianes se adueñan de su mundo, hasta que un buen día descubre que la cárcel se hizo ubicua. Al final, uno termina arrinconado, vencido, demasiado débil ya para luchar, convertido en mero juguete a merced de los salvajes». Y en esas labores de domesticación social la Seguridad del Estado iba tomando cada vez mayor importancia.

Sospecho que fue su confianza en lo mucho que había avanzado su Revolución en el pastoreo de almas lo que llevó a Fidel Castro a cometer uno de los mayores errores de cálculo en su larga carrera de estadista. Me refiero a su decisión de retirar la custodia de la embajada peruana en La Habana cuando su embajador decidió acoger a un grupo de solicitantes de asilo que habían empotrado un autobús en la sede diplomática. ¿Qué cifra habrá calculado que entraría en la embajada? Si acaso una cantidad —¿200? ¿500?— suficiente para incomodar al embajador, pero muchos menos que los más de diez mil que ante los ojos del mundo sacudieron la apacible realidad oficial y forzaron a las autoridades del país a recurrir a la ya probada fórmula del éxodo masivo. Hacia Perú unos centenares (como lo refleja «La isla de Pascali» de Ronaldo Menéndez) y luego, a través del puerto de Mariel hacia los Estados Unidos (ver «Departures», «Una mujer decente») alrededor de 125 mil. A juzgar por los textos reunidos aquí fue en los años ochenta cuando se hizo más visible y ubicua la figura de «el compañero que atiende» al cubano promedio. Años en que, a falta de organizaciones opositoras a las que vigilar y castigar, pero sobre todo, ante una sociedad expectante de que se reprodujeran los cambios que estaba trayendo la perestroika a Europa del Este, se hizo más necesaria la intimidación profiláctica, el susto preventivo. En aquellos años surge de manera independiente el grupo literario El Establo (representado en esta antología con los textos de Raúl Aguiar, Ronaldo Menéndez, Daniel Díaz Mantilla, Verónica Pérez Kónina, Ricardo Arrieta, Yoss) que conoció muy de cerca la atención de la Seguridad del Estado. Dicho grupo pagó su osadía de existir independientemente de las instituciones oficiales con una persecución que se refleja de manera directa o indirecta en varios textos de esta antología. (Que en los siguientes años acapararan la mayoría de los premios nacionales a jóvenes escritores puede servir a la vez para valorar el peso literario del grupo y las sutilezas de la Seguridad del Estado en tiempos tan complejos). En aquellos años ochenta, apacibles si se los compara con lo que vino después, los «compañeros» padecían de una avidez infinita por crear nuevos casos y captar informantes como muestran «Rubén», de Francisco García González o «Un verano en la barbería» de Antonio José Ponte. Como si se tomaran en serio la posibilidad de controlar cada partícula de la vida nacional.

En el último año de la década se produjo uno de los eventos más intrigantes y menos comentados de las relaciones entre las fuerzas del orden y los intelectuales. El 26 de marzo de 1989, el ministro del Interior decidió celebrar el treinta aniversario de la creación de los órganos de la Seguridad del Estado en compañía de una representación de la intelectualidad cubana. Eran, les recuerdo, los meses previos a la caída del Bloque Soviético, meses convulsos en Europa del Este, que en Cuba transcurrían con relativa tranquilidad. Una de las pocas señales de agitación social eran los frecuentes choques entre los artistas plásticos y la Seguridad del Estado. Sonaba extraño, por tanto, que el encargado de aquellas persecuciones dijera: «[y] a no podemos ceder a la tentación facilista de ponerle un rótulo político [se sobreentiende que disidente] a cualquier fenómeno que tenga lugar en la sociedad y que pueda desagradarnos e impactarnos. Muchas veces las cosas no son tan sencillas. El tratamiento tampoco puede ser en la mayoría de los casos esquemático o represivo». Francamente provocador parecía su llamado a los intelectuales a ejercer «una más auténtica y profunda libertad de pensamiento». O su ofrecimiento de «contar en este esfuerzo con la confianza, la comprensión y el respaldo sinceros del Ministerio del Interior». Poco antes del final de su discurso el Ministro recalcaba:

Estamos y estaremos siempre abiertos al diálogo, en la disposición de escuchar y de discutir cualquier idea, cualquier problema que pueda preocuparles, en el cual consideren útil nuestro conocimiento o participación. No me refiero solo a los compañeros que tienen relaciones de muchos años con el Ministerio, ni me refiero tampoco exclusivamente a los que puedan opinar más cercanos a nosotros, sino también a los que tengan ideas distintas o que vean los problemas con otros matices y enfoques.

Estremecimiento aparte por la alusión a los intelectuales con «relaciones de muchos años con el Ministerio», el discurso podía servir lo mismo para alimentar el cinismo que la esperanza. ¿El jefe de los represores invitando a expresarse con auténtica y profunda libertad de pensamiento? ¿Se había contagiado con la ola de cambios que sacudía a Europa del Este o se trataba de una trampa? ¿Había sido enviado por el capo di tutti capi o hablaba a nombre propio? La respuesta a esas preguntas llegaría primero en forma de palabras y luego de hechos concretos. «¿Y cómo se puede suponer que las medidas aplicables en la URSS sean exactamente las medidas aplicables en Cuba o viceversa?» dijo Fidel Castro en presencia del líder soviético el 4 de abril, apenas nueve días después del discurso de su ministro del Interior. Como si acabara de descubrir que la URSS y Cuba no eran el mismo país. Pero no se trataba de mero desajuste oratorio. Tres meses después de su discurso, el 28 de junio, Abrantes era cesado como titular del Ministerio en vísperas de la llamada Causa Número 1 en la que se condenarían a varios oficiales del MININT y del MINFAR a penas que incluían fusilamiento para el general Arnaldo Ochoa y el coronel Antonio de la Guardia. Pero la caída de José Abrantes no terminaría con su destitución. El mismo ministro que en marzo se había manifestado a favor del diálogo y el entendimiento sería condenado en agosto a veinte años de prisión en la llamada Causa Número 2. Veinte años de los que cumpliría apenas uno y medio: el 21 de enero de 1991 el ex ministro moría de un infarto en la misma prisión especial de Guanajay cuya construcción había supervisado personalmente. Evito añadir la coletilla insidiosa de «murió en extrañas circunstancias». Extraño hubiera sido que saliera vivo de allí.

Durante los revueltos noventa, con la caída del Bloque Soviético y la crisis que recibió el ocurrente título de Período Especial, cambiaron las reglas del juego. Podría decirse incluso que con la contracción del presupuesto nacional y del propio Estado a niveles de mera supervivencia y el abandono discreto del marxismo-leninismo a favor de un nacionalismo agresivo y difuso, el régimen cubano deja de ser totalitario para convertirse en un fascismo común y corriente. No es que abandonara su vocación totalitaria sino que carecía de medios para ponerla en práctica. Desaparecida la Unión Soviética, cuna de la ortodoxia ideológica que se había transplantado al país, el afinado instinto de supervivencia del régimen aconsejaba «el descoyuntamiento ideológico» de que habla Eco para caracterizar al fascismo. Un descoyuntamiento que apela al nacionalismo y al culto múltiple al pasado, al heroísmo, a la austeridad y al estoicismo para que tanta incoherencia conservara un orden y la confusión se mantuviera dentro de cierta estructura.

Con las sucesivas explosiones de descontento y la aparición de grupos opositores cada vez más numerosos, a los compañeros —ahora bajo nueva administración— no les quedó más remedio que ser más pragmáticos y concentrarse en los casos más urgentes y peligrosos. No quiere decir que dejasen en paz a los escritores o aspirantes a serlo, sino que decidieron establecer prioridades. Si antes el apoliticismo les resultaba sospechoso, a partir de entonces el alejamiento de las realidades sociales empezó a ser visto con aprobación. De la incesante sospecha ideológica se pasó a una vigilancia más pragmática. Tal pragmatismo lo sufrieron en carne propia los intelectuales firmantes de la famosa Carta de los Diez. Mientras el poeta Manuel Díaz Martínez sufriría un acoso continuo que lo llevaría al exilio, otros firmantes como María Elena Cruz Varela, Jorge Pomar, Fernando Velázquez, Roberto Luque Escalona, Jorge Crespo Díaz y Marco Antonio Abad irían a prisión. Posteriormente, otros autores incluidos en este libro como Amir Valle, Ángel Santiesteban u Orlando Luis Pardo Lazo también conocerían de cerca el nuevo pragmatismo seguroso. El primero por su Habana Babilonia, resultado de sus investigaciones sobre la prostitución en la Cuba de los noventa. Santiesteban y Pardo Lazo, por complementar el sentido crítico de sus textos con acercamientos a grupos disidentes, que es algo más de lo que puede soportar la probada paciencia de los que velan por la seguridad de la Nación.

Pero en general, y a diferencia de los ochenta, la presencia de dichos compañeros se hizo más discreta y puntual. Emergen en casos extremos, como cuando se trata de decidir quién viaja al exterior (ver los textos «Memoria de un teléfono descolgado» de Norge Espinosa y «Monstruo», de Legna Rodríguez Iglesias). No obstante, buena parte de los escritores más jóvenes confiesa no saber si alguna vez han sido objeto de vigilancia. Que no sea parte de su experiencia vital no quiere decir que les sea ajena como tema literario y creativo, como en el caso de la premiada novela La noria de Ahmel Echevarría o de Archivo de Jorge Enrique Lage. (En el cine nacional puede también notarse un creciente interés en el tema, desde el cortometraje Monte Rouge del director Eduardo del Llano a el censurado largometraje Santa y Andrés del realizador Carlos Lechuga. O el documental Seres extravagantes de Manuel Zayas (inspirador de Santa y Andrés), con esa escena impagable en donde, en medio de una entrevista al poeta Delfín Prats, un policía irrumpe en su vivienda para pedirles documentos de identidad a todos los involucrados en la entrevista, mientras la cámara recoge su estupor). 

RECONOCIMIENTO

Este libro demuestra exhaustivamente que la vigilancia y la atención de los compañeros no solo han infundido temores de todo tipo en los escritores patrios sino también una profusa y variada creatividad. Creatividad que incluye incursiones en el género fantástico («Ganas de volar», «La ciudad de las letras»), en la ciencia ficción («El co. que me atiende», «Mi comisario del otro mañana»), el humor («Lengua», «Universos paralelos») y la recreación de realidades paralelas («Un día en la vida de Daniel Horowitz», «Nuevas revelaciones sobre la muerte de mi padre»). El punto de vista de la narración no se limitará al del vigilado o al de un narrador omnisciente: a veces aparecerá el del vigilante («Un verano en la barbería», «El agente Ginger») o el de testigos confusos sobre su papel en la historia que se desarrolla ante sus ojos («Los hombres de Richelieu», «La isla de Pascali»). Pero dentro de esta variedad vuelve a haber coincidencias que podrían considerarse como ejes temáticos del género: la vigilancia («La Carta de los Diez», «Seres ridículamente enigmáticos con nombres simplones», «Un día en la vida de Daniel Horowitz»), el interrogatorio («Honecker en la campiña», «Mississippi tres», «Infórmese, por favor»), la intimidación («Cállate ya, muchacho», «Controversia»), la invitación a «colaborar» («Interrogatorio con música de fondo», «Rubén»), el reencuentro con los vigilantes muchos años después, casi siempre en otras funciones distantes de la original («El cabrón rampante», «Opuscero», «De vez en cuando la vida») y los arrestos («Los hombres de Richelieu», «Nada de “compañeros”»). En este libro se intenta incluso entender al compañero que alguna vez nos atendió. Al fin y al cabo, con todo y que su oficio es incompatible con «la dignidad plena del hombre», son también víctimas de un sistema que ve en ellos meras herramientas represivas. Un sistema que no se compadece de la humanidad que puedan conservar. «Nunca le tuvimos odio» dice Rafael Almanza de su represor particular: «algo en esa persona era valioso, el escritor de las décimas se imponía al soldado, por mucho que él se esforzara en reprimirlas. Él no lograba reprimir con eficacia, porque él mismo reprimía lo mejor de sí, las décimas y las críticas que le acudían a la garganta, y tal vez ya se había dado cuenta, demasiado tarde, que había perdido lo mejor de sí mismo». He decidido dejar para el final el texto del poeta Néstor Díaz de Villegas («Cargaré con la cruz del compañero») no solo por ser un caso paradigmático de la represión en Cuba: el de un adolescente que sufre cinco años de prisión por un poema en que se disculpa con una calle a la que han cambiado su antiguo nombre por otro más acorde a los nuevos tiempos. Amerita que su texto cierre la antología el que consiga conectar viejas vigilancias y represiones con otras nuevas, nacidas en sociedades democráticas, algo que yo definiría como totalitarismo por cuenta propia. Cuando el poeta ha creído dejar atrás para siempre los fanatismos laicos que lo atormentaron en su juventud, los descubre echando raíces en los más frívolos terrenos del capitalismo tardío (me refiero, por supuesto, a las universidades). 

Hela aquí, otra vez, la certeza inconmovible, la convicción cuasirreligiosa. Su ropa cuenta la consabida historia de falsa modestia, de recato militante (¿no es cualquier uniforme la expresión de la entrega a la causa de moda?), también una historia de rebajas, no comerciales, sino espirituales, el deseo de ser menos, de creerse menos —y hacérselo creer a los otros.

Al contrario de lo que sugiere Néstor Díaz de Villegas en su texto, esos nuevos brotes totalitarios no parecen obedecer a ninguna ideología concreta sino a la fe difusa en alguna forma de pureza. Eso que George Steiner llama La nostalgia del absoluto. Si el compañero que nos atiende en los estados totalitarios concentra papeles surgidos en sociedades previas (el policía, pero también el maestro, el confesor, el psicoanalista, el testigo de Jehová, el crítico literario, el verdugo: la poeta María Elena Hernández lo describe como «lector./ Corrector voraz./ Casi un padre./ Casi una patria»), estas nuevas encarnaciones del espíritu totalitario se vuelven a multiplicar en variantes menos profesionalizadas, más fanáticas y menos cínicas del compañero que atiende. Vuelven a perseguir con saña el menor diversionismo, el más mínimo desvío del sentido (histórico, social) que asumen como inevitable. Su objetivo no es el de la sociedad sin clases como pretendía el ideal comunista, sino construir un mundo libre de toda incorrección política. Y lo intentan con la misma convicción medieval sobre la necesidad de la erradicación absoluta del mal que exhibían los viejos vigilantes totalitarios.

Esta antología, por otro lado, aunque la supongo pionera en su especie y envergadura (al menos entre los escritores cubanos), no aspira a la originalidad, como originales no fueron las circunstancias que engendraron sus textos: recuerden que en los últimos cien años un tercio de la población mundial padeció alguna forma de totalitarismo. (El poeta alemán Hans Magnus Enzensberger anota en su Tumulto —otro libro atiborrado de micrófonos— la reacción de su esposa soviética al llegar a Cuba: «Muy al contrario de mí, Masha comprendió desde el principio cuáles eran las reglas del juego que imperaban en la isla. Se sentía a sus anchas»). Esta antología no será muy distinta de otras sobre el mismo tema en cualquier sitio donde la realidad totalitaria se instaló. Este libro es —como hemos dicho— un reconocimiento al aporte que han dado los órganos de la Seguridad del Estado cubana a nuestra literatura más allá de la detención e internamiento de Jorge Valls, Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, Reinaldo Arenas, José Mario, Rogelio Fabio Hurtado, Manuel Ballagas, Ángel Cuadra, Juan Abreu, Nestor Díaz de Villegas, René Ariza o Ángel Santiesteban entre tantos otros. Es una manera de agradecerle haber puesto a prueba nuestro carácter como seres humanos, pero también como escritores, de permitirnos conocer cuán resistente era nuestro impulso creativo al miedo y la intimidación. Y también agradecerles su perseverancia como lectores y críticos porque, como escribe Verónica Pérez Kónina, «¿Quién sino ellos se hubiera leído nuestras primeras obras, tan imperfectas, tan ilegibles? ¿Quién hubiera seguido con tanta atención todo lo que escribíamos? ¿Quién otro podría haberle dado ese aire de azarosa aventura al oficio de escribir?». ¿Quiénes —añadiría yo— sino los compañeros que nos atendieron, podrían haber insistido en darnos una idea desmesurada, pero por eso mismo estimulante, de la importancia de nuestra escritura, al conectar cualquier hoja garrapateada por nosotros con la estabilidad del todopoderoso régimen que defendían?

Se agradecerá de antemano la respuesta de estos órganos por boca de sus literatos de guardia. Sus previsibles reclamos de que los hechos que se mencionan en este libro son absoluta invención de los autores. Es por ello que no me he tomado el trabajo de deslindar los testimonios de las obras de ficción, como mismo la realidad totalitaria es indistinguible de las paranoias que produce. Declarar —como sospecho que harán muchos— que lo que se describe aquí es mero producto de la imaginación será una manera de reafirmar la índole literaria de este libro. Un libro que, de inicio, quedará condenado a perdurar más que la realidad en la que dice inspirarse. Y eso no es poca cosa.

Enrique Del Risco West New York, New Jersey, Julio del 2017

jueves, 10 de enero de 2019

Al compañero lo reseñan

Reseña que acaba de aparecer en la española Revista de Libros:



La posibilidad del crimen

Por José Lasaga Medina

El totalitarismo no ha creado el mal,
apenas lo ha organizado como nunca
antes.

Enrique Del Risco

Después de la devoción de un lector, el odio de una dictadura es el mejor
premio a que puede aspirar un poeta.

Manuel Díaz Martínez

Un título descriptivo para este libro podría ser: «Textos sobre las aportaciones del totalitarismo caribeño al control social de especies intelectuales y afines». El autor, con buen criterio, ha preferido titular con una imagen alusiva, inspirada en una cita del narrador cubano Leonardo Padura que aparece al comienzo del libro como motto del mismo.
Si traducimos el eufemismo, surgirá diáfano el tema y motivo de la presente antología: «el compañero que me atiende» es el «seguroso» (magnífico hallazgo verbal), es decir, el oficial de la Seguridad del Estado encargado de vigilar, escuchar, observar, en definitiva, «atender» al escritor, artista, poeta, periodista, de forma que sepa que es sometido a «cuidados» tan solícitos como intimidatorios, para que no cometa «errores» o desviaciones respecto de la «verdad» revolucionaria. La aportación que el castrismo ha hecho a los hitos precedentes en las relaciones de los Estados totalitarios con sus intelectuales reside en que, antes, el intelectual era perseguido cuando había escrito o declarado algo considerado por el poder peligroso o nocivo; en Cuba, como queda bien acreditado en muchas de las entradas de la antología, los agentes de seguridad se preocupan antes de que haya algún dato objetivo sobre posibles desviaciones, disidencias o desafecciones. En otras palabras, se dedican a vigilar para interesarse por lo que leen, escriben, pintan o componen; o solicitar su colaboración ‒prueba de que está con «nosotros»‒ para espiar a otros colegas, a «compañeros» que no habrían hecho nada, y que aún mantendrían intacta su fe en el proyecto revolucionario o que, en el peor de los casos, se moverían en la zona templada.
Eso explica un dato que, a buen seguro, chocará al lector: muchos de quienes merecieron la atención del «seguroso» de turno recibieron o recibirían premios de las instituciones culturales de la revolución. Así, los cuerpos de seguridad del Estado se parecían más al confesor de adolescentes que, en el silencio del confesionario ‒inevitable no recordar que los hermanos Castro se educaron con jesuitas‒, pregunta con discreción, pero con firmeza, sobre prácticas prohibidas, que a la imagen del sudoroso «poli» que berrea preguntas en el cuarto inhóspito al aterrado ciudadano. Pero de todo hallará el lector.
Hay que agradecer al autor de la antología, el escritor exiliado Enrique Del Risco (autor, entre otras obras, de unas memorias sobre su paso por Madrid inexplicablemente amables y generosas ‒tampoco nos portamos tan bien‒), hay que agradecerle, decía, además de la existencia de este centón de textos, casi sesenta colaboraciones (cincuenta y siete, para ser exactos), que le haya antepuesto un prólogo tan breve y penetrante como sustancioso.
Comienza por aclarar que esta antología inaugura un nuevo género literario, que denomina «totalitario policiaco», que, por razones fáciles de entender, se basa en un tipo de experiencias que «demoró bastante en convertirse en literatura». A diferencia de ciertos libros que hablan de esto mismo, como los relatos de Kafka o 1984 de Orwell, aquí el camino es el inverso: si estos fueron de la ficción a la realidad, los autores de la antología van de la realidad a la ficción. La coincidencia con los héroes virtuales de las obras mencionadas reside en que los protagonistas de los relatos, poemas, informes o cuentos aquí recogidos tampoco saben muy bien por qué merecen las atenciones del MinInt (abreviatura del Ministerio del Interior). Como dice el antólogo, «no persiguen el crimen, sino su posibilidad», lo cual viene a ser, si se para uno a pensarlo, una especie de monstruo metafísico: lo posible no existe. De ahí la extraña síntesis kafkiano-caribeña: el escritor de turno sabe sobre los motivos por los que es «atendido» tanto como el protagonista de El proceso, pero recibe una calurosa advertencia en un lenguaje tan coloquial como eufemístico. Hablamos de nuevos refinamientos en viejos mecanismos de terror: el advertido o detenido no tiene que conocer su (posible) crimen, y sus compañeros y familiares, menos aún. En el fondo, tratan de convencerte de que no eres culpable, al menos no demasiado, explica Del Risco, resumiendo algunas de las experiencias en que coinciden los relatos: el Estado o la Revolución confían en ti, conocen tus pasos y son comprensivos con tus faltas. Quieren tu ayuda. Y, de vez en cuando, el «compañero» intenta comprometer al pupilo o pupila con alguna tarea sencilla para comprobar su grado de fidelidad a la Revolución, es decir, a Fidel.
Alguien podría extrañarse de que escritores jóvenes, educados en los principios de la filosofía marxista-leninista, anticapitalistas convencidos y algunos antiyanquis, sean vigilados y presionados para colaborar. Pero hay una explicación lógica y convincente que fue ya descubierta por Hannah Arendt en su clásico estudio Los orígenes del totalitarismo (1951) y confirmada por el comportamiento de las policías de seguridad con los disidentes en los países de Europa del Este en la crisis de los años ochenta. Václav Havel, entre otros, teorizó desde la cárcel que, cuando una dictadura se basa en la ideología, es decir, en la deformación sistemática de la realidad para que ésta encaje, sí o sí, en el ideal, el simple hecho de declarar la verdad se convierte en un auténtico ataque al corazón del Estado. En el fondo, saben lo que se hacen.
Del Risco escribe su prólogo con el estilo que va a predominar a lo largo de la antología, estilo que puede nombrarse con una palabra: ironía. Me ha llamado la atención el hecho de que la mayoría de las descripciones no incluyan emociones de odio o resentimiento. Coinciden muchas en la perspectiva oblicua que ve en el humor la mejor arma contra la estupidez totalitaria. (Alguna vez, alguien se dedicará a estudiar el rebajamiento ético, estético e intelectual que todo proceso revolucionario termina generando). Así, el autor de la antología no duda en agradecer a los cuerpos de seguridad de la revolución cubana su aportación a la literatura. A la monotonía y uniformidad del acoso, a las formas estandarizadas de «atención» al compañero, que admite muy pocas variantes, corresponde una notable diversidad en las formas literarias que describen la experiencia, y que van desde el informe o las memorias al relato de ciencia ficción, pasando por el poema o la obra de teatro. Un ejemplo magnífico de esa ironía, que pocas veces se desliza hacia el sarcasmo, lo tenemos en las líneas iniciales del texto de Verónica Pérez Kónina, «Carta de agradecimiento a los censores», texto escrito expresamente para esta antología, cosa no infrecuente: «Debo confesar que mis mayores agradecimientos los guardo para los censores. Sin ese Ejército Secreto, ¿quiénes seríamos nosotros, los que aspirábamos y aspiramos a ser escritores? ¿Quiénes sino ellos se habrían leído nuestras primeras obras, tan imperfectas, tan ilegibles? ¿Quién hubiera seguido con tanta atención todo lo que escribíamos? ¿Quién otro podría haberle dado ese aire de azarosa aventura al oficio de escribir?»
Con la precisión que ya hemos elogiado, Del Risco capta la nota de originalidad que caracteriza el programa de represión castrista: «esa mezcla entre una vigilancia y control eficaces con la chapucería inherente al sistema en su conjunto», que se manifiesta en «la opulencia de la represión», en «su absurdo inagotable», de los que hallará el lector abundantes ejemplos. Menciono uno: la historia del escritor exiliado que decide regresar a Cuba para rodar clandestinamente una película que refleje la realidad de la vida cotidiana. La pone en marcha en un apartado rincón de un pueblo perdido. La filmación no escapa a la mirada de algún chivato y el escritor recibe una citación. Se presenta ante el jefe de seguridad, al que convence de que, si no le permite terminar una filmación que pretende ensalzar «la belleza de la cultura cubana», cuando vuelva a París contando que les impidieron filmar, dará la impresión de «que vivimos en un terror completo». El jefe de la Seguridad responde con una sonrisa maliciosa: «Necesitamos gente como usted allá afuera. Gente que se codee con las altas esferas de la sociedad para saber qué planes tienen en contra de nuestra Revolución». Y le pasa una pequeña tarjeta con el número del agente Vladimir.
La antología cubre el medio siglo largo de vida de la dictadura castrista. Organizada cronológicamente, se divide en una primera sección más breve que abarca los primeros veinte años, de 1959 a 1979, a la que siguen los apartados dedicados a las siguientes décadas, los años ochenta y los noventa y una última sección, quizá la más poblada, que reúne los textos que tienen lugar «Después del dos mil». Del Risco invitó a colaborar expresamente a los participantes, lo que exigía que estuvieran vivos para dar su consentimiento. Algunos de los textos han sido expresamente escritos para la ocasión y se identifican como tales. Otros habían sido ya publicados o proceden de manuscritos inéditos. Al final de los textos, el lector encontrará un breve currículo profesional de cada colaborador. El más viejo, nacido en 1936, es el poeta Manuel Díaz Martínez y, la más joven, la también poeta y novelista Legna Rodríguez Iglesias, nacida en 1984. Ambos fueron premiados por instituciones de la revolución cubana y ambos viven actualmente en el exilio y. por supuesto, ambos recibieron la visita del «seguroso compañero».
Este libro es muchas cosas, entre otras, una magnífica antología literaria, pero también una radiografía de los instrumentos de represión que la Revolución fue dándose a sí misma conforme cambiaban los tiempos. Después de que esta se afianzara y no fuera ya necesario aplicar la dialéctica «amigo/enemigo» porque los enemigos, bien estaban muertos, bien se habían exiliado, llegaron la ley de peligrosidad, la ley contra la vagancia y sus complementarios «espontáneos», tales como los actos de repudio o los «asesinatos de reputación». Más adelante se depuraron los procedimientos, especialmente los de tipo preventivo. Existía ‒y seguramente aún está en vigor‒ un procedimiento por el cual, si no te mostrabas colaborador con el «compañero que te atendía» te llevaban detenido y te «invitaban» a firmar un Acta de Advertencia oficial por la que el «atendido» se autoincrimina al reconocer que se halla en un estado de «peligrosidad predelictiva” (sic). Pero no es una broma. Si el estado «predelictivo» ‒de nuevo el monstruo metafísico: el delito no existe, pero sí tiene consecuencias‒ se sostiene en el tiempo, a juicio de los vigilantes, tenemos que tres actas equivalen a peligrosidad y esto a tres años de cárcel sin juicio.
No me corresponde recomendar unos relatos frente a otros. Sorprende el excelente nivel literario que alcanza la inmensa mayoría. Me parece un acierto comenzar con un ensayo que reconstruye el famoso «caso Padilla» a partir del testimonio de uno de sus protagonistas, el novelista chileno Jorge Edwards, autor de Persona non grata. Fue la primera puesta en escena de que la Revolución iba a tolerar pocas cosas, a pesar de haberse envuelto desde el primer momento en las banderas de la cultura y la creación. Faltaba hacer explícito lo implícito, que los más avisados sí intuyeron: una obra pasará la aduana si y sólo si sirve a los intereses de la Revolución, es decir, a los de Fidel (los hermanos Castro). De esas primeras experiencias se decantaron ciertas sabidurías: un amigo advierte a Edwards durante su primer viaje a La Habana para abrir la embajada de Chile, por encargo de su amigo Salvador Allende: «Habla bajo. ¡La policía se mete en todo!» Y el cronista concluye: «De manera que el micrófono ‒incluso el que deviene mental‒ ha quedado para nuestra historia nacional como ese punto diminuto que favorece la relación de poder que va del tirano hasta el poeta, penetrándolo, para luego domarlo o expulsarlo».
No me resisto a citar el relato ‒por cierto, el más breve‒ que mejor refleja el espíritu de resistencia que los autores de este libro comparten en defensa de su libertad de escribir, pensar y actuar. Se titula «Hasta que la delación te alcance»:
El delator del cual hablamos [...] se sentó frente a Olmo y le dijo:
‒ Te voy a delatar.
Olmo amaba la rectitud de la gente. Y la transparencia de alma en la gente. Y la resolución en los ojos de la gente. «Un delator honrado», se dijo Olmo con las pupilas húmedas. Y lo abrazó, lo abrazó como no abrazaba a nadie en muchísimo tiempo.
Y como el universo totalitario basado en la ideología es el mundo del revés, a mayor inverosimilitud en los hechos relatados, mayor veracidad de la ficción.

José Lasaga Medina es catedrático de Filosofía de enseñanza media, profesor de Filosofía en la UNED y profesor investigador en la Fundación José Ortega y Gasset. Ha sido comisario de la exposición El Madrid de José Ortega y Gasset (Residencia de Estudiantes y Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, mayo de 2006).  Es autor de José Ortega y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía (Madrid, Biblioteca Nueva, 2003) y Figuras de la vida buena. Ensayo sobre las ideas morales de Ortega y Gasset (Madrid, Enigma, 2006), y editor de Ortega en pasado y en futuro. Medio siglo después (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007).

lunes, 25 de junio de 2018

Seguridad del Estado: ¿quién escribe a quién?

Hoy en Diario de Cuba Antonio José Ponte escribe sobre "El compañero que me atiende":

Lo que más me gusta de El compañero que me atiende, la antología de Enrique del Risco, es que rebate el reparto habitual de roles, y en sus páginas un buen grupo de escritores —incluso algunos residentes en la Isla— es quien escribe de los policías políticos. O sea, los expedientados componen expedientes. Expedientan, no solo a un puñado de atentos compañeros y toda esa ralea, sino al Estado, a la violencia de Estado. Se trata, creo, de una antología que ayudará a levantar la tácita veda existente entre la policía política y sus escritores vigilados, prohibición de que la primera no sea aludida en ningún texto.
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jueves, 3 de mayo de 2018

EL COMPAÑERO QUE ME ATIENDE se presenta en NYU este viernes

El Centro Cultural Cubano de Nueva York


le invita al lanzamiento de


EL COMPAÑERO

QUE ME ATIENDE

una antología sobre la vigilancia omnipresente
en la Cuba revolucionaria



Con la presencia de los autores Jorge Ignacio Domínguez, Alexis Romay, Ricardo Arrieta y Enrique Del Risco.
VIERNES 4 de MAYO, 2018
7:15 PM
NEW YORK UNIVERSITY
19 University Place,  NYC
GREAT ROOM ~ FIRST FLOOR

FREE ADMISSION

viernes, 13 de abril de 2018

Dos diálogos

Uno de ellos ocurre en La Habana entre un activista de derechos humanos y un desconocido que se le presenta:

-Y usted quién es?
-Este...
-Sí, que viene a hacer aquí?
-Tú no conoces ese libro, "El compañero que me atiende"?
-No.
-Pues... yo no te voy a atender porque yo no soy médico, como tú. Digamos que soy el compañero que va a trabajar contigo.

El otro lo sostuve semanas atrás con uno de los autores incluídos en "El compañero que me atiende":

Autor: No hace falta que me mandes el libro. Ya me lo dieron.
Yo: Quién?
Autor: Adivina.
Yo: No sé.
Autor: La compañera que me atiende! Vino a regañarme por haber participado en la antología. Pero al final me pasó el PDF en una memoria que llevaba arriba.
Yo: Y qué te dijo?
Autor: Se quejó de que los habían llevado muy tenso.

domingo, 10 de diciembre de 2017

A tiro de Kim Jong-un


Reseña del escritor español Ignacio Vidal-Folch aparecida en el semanario Tiempo en la edición del pasado 7 de diciembre:

A tiro de Kim Jong-un
Por Ignacio Vidal-Folch
Tuve el privilegio –muy relativo– de conocer, en algunos países del bloque comunista europeo, a algunos delatores, al servicio de la Seguridad del Estado. Solo más adelante, cuando fueron públicamente desenmascarados, me enteré de que aquel señor un poco borrachín empleado en la embajada y aquella atractiva secretaria un poco enigmática de una empresa comercial despachaban informes sobre la gente con la que trataban y las conversaciones que oían. Al enterarme pensé que ya antes me había percatado de que había algo en ellos –una permanente atención prevenida, una reserva o secundarismo del carácter, una frialdad o distancia perceptible incluso en los momentos de cálido compañerismo–, que me había puesto sobre aviso, pero no hice caso a la advertencia de mi intuición y luego al enterarme por las listas publicadas en la prensa mi sorpresa fue grande. La verdad es que enterarme de aquellas deslealtades no me ofendió: me dio para pensar en ellos, sus motivos, su moralidad, etcétera. En una novela hablé de pasada sobre este asunto. Y por algún sótano abandonado debe de andar aún, si no ha ardido en algún estercolero, una carpeta con un informe sobre mi conducta, ideas y debilidades... que quizá nadie llegó siquiera a leer, pues aquel mundo totalitario ya estaba zozobrando y era el sálvese quien pueda. Todo eso me lo ha recordado un libro que explica estas realidades sociológicas –el espía, el chivato, el delator, el provocador infiltrado, el confidente, el amigo traidor–en circunstancias mucho más graves que las que alcancé a conocer: en la Cuba de la dictadura de los hermanos Castro, que empezó en 1959, sigue en marcha y por consiguiente va camino de cumplir los sesenta años. Tanta duración desde luego que merece las quinientas páginas, con 57 testimonios autobiográficos y ficciones de otros tantos autores (algunos ya previamente publicados en libros y revistas y otros escritos especialmente para la ocasión), que Enrique del Risco ha reunido y editado para Hypermedia bajo el título El compañero que me atiende. Historias sobre “el miedo que asiste a los cubanos, que nunca sabemos desde dónde, ni desde quién, llegará la vigilancia y la delación. No hay que confiar en nadie, porque cualquiera puede ser el enemigo”, como dice José Ángel Pérez, uno de los 57. Sobre la atmósfera paranoica que impone en una sociedad totalitaria la vigilancia, el espionaje y la delación, algunos documentos impresionantes que recuerdo son el tristísimo dietario de Ludvik Vaculik del año 1979, no traducido al español; las memorias del búlgaro Vesko Branev El hombre vigilado. Y la memoria póstuma de Cabrera Infante Mapa dibujado por un espía. Tres obras magistrales. Ahora a esa tradición se viene a sumar El compañero que me atiende. Si a un libro tan vario y tan interesante hubiera que reprocharle una debilidad sería la contigüidad de testimonios autobiográficos y ficciones literarias. Pero entre estas últimas hay joyas refulgentes, como los relatos de Sánchez Mejías y de Antonio José Ponte, excelentes autores que se evadieron de la isla y ahora viven y escriben en España.
Otro texto del mismo autor sobre "El compañero que me atiende" (ahora mismo en oferta por solo $18.68 en amazon) apareció en El Español.