sábado, 30 de marzo de 2019

Agradecimientos*

Como buena parte de las personas, me basto para hacer las cosas mal, pero para hacerlas bien necesito mucha ayuda. Si Turcos en la niebla tiene alguna virtud se la deberá a personas que, conscientemente o no, contribuyeron a que fuera un libro mejor informado, menos pobre. No poco le debe mi conocimiento sobre los sucesos en torno a la ocupación de la embajada de Perú en La Habana en 1980 y el posterior éxodo a través del puerto del Mariel a mis largas conversaciones con los hermanos Sergio y Roy de la Vega. De mi información sobre la vida de los cubanos en el condado del Hudson, en buena parte son responsables los esposos Irma y Mario Davidson, ya fallecidos, y Armando Álvarez. A María Antonia Aymerich y a Silvina Stamponi les agradezco compartir conmigo sus experiencias como exiliadas sudamericanas en la Cuba de los años setenta y ochenta y, a Hugo Stevenson, su asesoría sobre el trabajo de un psicólogo clínico. A Hugo Pezzini le debo la frase popular argentina de la que este libro toma su título. Y la conversión del manuscrito original en libro más o menos legible, le debe mucho a las lecturas y recomendaciones que de éste hicieron Nanne Timmer, Francisco García González, Armando Tejuca, César Reynel Aguilera y César Pérez. A Jorge Ignacio Domínguez le agradezco, además de su atenta lectura, su sugerencia de aliviar el manuscrito original de más de cien cuartillas que ningún lector se merecía. A la poeta Reina María Rodríguez le adeudo su cuidadosa lectura, sus detalladas recomendaciones y, sobre todo, la fe que le tuvo al manuscrito desde que lo leyera. Y si de fe y aliento se trata me veo obligado a mencionar a Eida de la Vega quien, a pesar del cuestionable aval de ser mi esposa, tiene un agudo olfato literario. Siendo la más temible de mis lectoras, hizo importantes observaciones al manuscrito y además se encargó de hacer la revisión final de las galeradas que junto al magnífico equipo de Alianza Editorial (pienso en las editoras Valeria Ciompi Di Bernardo y Marta Barrio García y en la correctora Rocío Gómez de los Riscos) ha logrado que el texto sea bastante más presentable que el que envié al Premio Unicaja Fernando Quiñones. Y al poeta José Manuel García Gil le agradezco que se comportase con este libro como el ángel guardián que ha sido de buena parte de mi vida. Quiero por fin agradecerles la compañía y el apoyo a los familiares, amigos, artistas, intelectuales, expresos políticos, exiliados y emigrantes en general que le han dado un sentido tan especial a vivir en este costado del Hudson. A todos ellos puede servirles de emblema el nombre de Jorge Valls Arango, revolucionario, poeta, intelectual, preso político y exiliado hasta el fin de sus días, un ser cuya grandeza todavía estamos digiriendo.

Y last but not least le agradezco a la Fundación Unicaja y al jurado del Premio de Novela Fernando Quiñones el haber elegido, entre todas las opciones que se presentaron al premio, esta novela. Que escogieran, entre todas, una historia tan alejada de su experiencia vital dice mucho de su amplitud de miras y vocación de riesgo que es más de lo que uno puede esperar de un jurado al uso. Agradezco la suerte inmensa de que entre los primeros lectores que le tocó a Turcos en la niebla (fuera del círculo de mis amigos más cercanos) estuvieran esos que le permitirán a la novela salir al encuentro de nuevos lectores.  
*Texto incluído al final de "Turcos en la niebla"

miércoles, 27 de marzo de 2019

"La principal enseñanza que nos ofrece la Historia es que la gente no aprende"

Entrevista a Enrique Del Risco sobre su novela Turcos en la niebla* 
Enrique del Risco

Wonder Recio, cubano exiliado en Nueva Jersey, se atrinchera con su colección de armas en su taller de carpintería a punto de ser embargado por falta de pagos y, en medio de la madrugada, comienza su larga despedida del mundo. El British, especialista en pintura norteamericana y Don Juan de internet, busca la salida de situaciones sórdidas y desesperadas enredándose en otras aún más sórdidas y desesperadas. Alejandra, luego de un divorcio, intenta poner en orden un mundo que nunca lo tuvo. Eltico, resolvedor de problemas propios y ajenos, no encuentra fuerzas para explicarle a su hijo quién es esa mujer que le ha presentado toda la vida como su madre. Un mundo de amigos, parientes, enemigos visibles e invisibles. Una novela cuyo centro se sitúa a orillas del Hudson, frente a la isla de Manhattan, pero cargada de historias que se extienden por todos los Estados Unidos, por toda Cuba, por Montreal, Buenos Aires, Costa Rica, Nicaragua. Una novela sobre naufragios colectivos y personales y cómo sobrevivir (o no) a ellos, contados en primera persona pero con mucho humor, como si fueran desgracias que les hubieran ocurrido a otros hace mucho tiempo. 


Turcos en la niebla parece ser una de las primeras novelas que usa el Facetime como dispositivo narrativo central.

En ese caso digamos que me adelanté a la tecnología. No porque sea un apasionado de los adelantos tecnológicos, sino por una necesidad narrativa. La novela comienza con Wonder en su taller de carpintería esperando batirse a tiros con la policía cuando venga a embargárselo. Mi personaje necesitaba un medio por el que hablarle al mundo, contarle su historia, despedirse de la gente que quiere. Y un medio como el Facetime hace todo mucho más fluido que si, por ejemplo, se pusiera a escribir una carta. De manera que el Facetime le da una credibilidad perfecta a su monólogo. ¿Acaso la gente no pasa horas hablando por Facetime en circunstancias mucho menos dramáticas? El problema es que cuando empecé a escribir Turcos en la niebla el Facetime no existía. Pero para mí era cuestión de tiempo que apareciera algo así: el narcisismo que inunda y le da sentido a Facebook ya lo venía anunciando. Facetime puede ser un medio relativamente nuevo, pero para mí fue un recurso más para hacer literatura. De la de toda la vida.


El título de la novela es sugerente, pero es una sugerencia que no se aclara hasta bien entrado el libro.

Manejé varios títulos, entre ellos “Los náufragos de Bergenline” porque Bergenline es la calle más importante de la zona donde vivo, y veo el exilio como una especie de naufragio. Pero luego le escuché una frase a un amigo argentino: “está más perdido que turco en la niebla” que me encantó sin saber lo que significaba. Se refería, según me explicó, a los vendedores ambulantes que en cierta época en su país solían provenir del Medio Oriente (y que por esa manía simplificadora les llamaban “turcos” a todos pero que podían ser sirios o libaneses). Esos vendedores se iban al campo, a zonas que no conocían y al parecer solían perderse en aquellos caminos, más cuando había niebla. Y me pareció una imagen misteriosa y sugerente para representar el exilio, que es un tema central de mi novela: el exilio como un estado de continua incertidumbre. Incluso sin tocar temas como el desarraigo, la separación familiar o la pérdida de contacto con los amigos, el exilio es una tierra de nadie que no habita ni siquiera la gente que te rodea. Ni siquiera tú. El exilio supuestamente es temporal, un espacio permanente condicionado por acontecimientos pasados o futuros porque el presente prácticamente no te toca. Un exiliado necesita preguntarse a cada rato si lo sigue siendo, si al final el exilio no es más que una pose para distinguirse del resto de los inmigrantes. Si tiene sentido seguir siendo un exiliado, con los rituales que implica, con esa actitud de Astérix, el representante de la última aldea que resiste a los romanos. Solo que en este caso los romanos no aparecen nunca.


Una experiencia muy particular la de ese exilio que describes…

Sí, se trata de un exilio (el de los cubanos del norte de Estados Unidos) dentro de un exilio (el exilio cubano radicado mayoritariamente en Miami) dentro de otro más que son los Estados Unidos, un país de exiliados desde su fundación. La historia tiene lugar en Nueva Jersey, en la misma zona en que vivo, en el condado de Hudson, un condado que es mayoritariamente latino y cuya población en gran parte está compuesta por inmigraciones recientes: chinos, turcos, coreanos, rusos. Dentro de esos inmigrantes latinos me ocupo de un grupo de cubanos que insisten en verse a sí mismos como exiliados políticos. Y dentro de estos me ocupo de un grupo de amigos con intereses muy particulares, con una idiosincrasia muy específica. Entre ellos hay incluso una argentina que primero estuvo exiliada en Cuba como hija de guerrillero y que, por vueltas de la vida, ha terminado en medio de este núcleo cerradísimo de cubanos.


Pero al mismo tiempo se siente como una experiencia muy universal.

En algún momento de nuestras vidas todos estamos exiliados, interponiendo una barrera entre nosotros y la realidad. Queriendo que la realidad no nos toque, no nos corrompa. Encerrándonos al vacío. Pero es una falsa ilusión. Nadie puede permanecer ajeno al presente. La realidad no te va a permitir que la ignores: se va a vengar de ti, te va a dar caza. Y eso es lo que le pasa a mi protagonista, Wonder Recio. Se desentiende de la realidad para resolver sus problemas con el pasado, pero el presente viene y lo destroza: abandona el trabajo en su taller en pro de un plan para liberar su país —al menos eso es lo que le dicen— y terminan embargándole el taller por falta de pagos. De ahí este largo monólogo en el que trata de explicar qué hace allí.


Pero las voces de sus amigos no son menos importantes…

Cierto. Hay una decena de personajes entre amigos, examantes y familiares que forman parte de su círculo más cercano que son parte importante de esa vida que cuenta y de la novela. Tres de ellos tienen voz directa en la historia, hablando de sus propias vidas con sus propias voces. Está Eltico que es la voz de la memoria del barrio, hijo de preso político casi que desde que nació y, al mismo tiempo, el primero del grupo de amigos en llegar al barrio. En la novela, Eltico se encarga —entre muchas cosas— de contar la historia de los cubanos que durante años se han establecido en la zona, las leyendas urbanas que le dan sentido a ese barrio… hasta que en algún momento cae presa de sus propias ficciones. Está Alejandra, la exiliada argentina, que ofrece una mirada más distante y equilibrada, pero a la que no dejan de perseguirla un montón de conflictos. Alejandra pone en contacto dos mundos: el de la vida cubana dentro y fuera de Cuba y el mundo de la Revolución Mundial con que soñaban muchos latinoamericanos en los sesentas y setentas, sueños que más tarde desembocaron en la realidad de cierto yupismo de izquierda. Y está el British, que es lo contrario de Alejandra, cubana vocacional, que incluso lucha por eliminar su acento argentino. El British es un cubano que siempre ha lamentado haber nacido en Cuba y su utopía no es la Revolución Mundial sino su idea fantasiosa de los Estados Unidos. Y como el British es historiador del arte envuelve la novela en el mundo de las artes visuales. Porque la novela también está llena de artistas, de referencias al arte, al contrabando y, por supuesto, a las falsificaciones. Pero debo advertir que esos personajes no son símbolos de nada, metáforas de nada. Traté de que estuvieran lo más vivos posibles porque si un personaje está vivo no se quedará tranquilo representando ningún símbolo, ninguna idea, sino tratando de mantenerse con vida. O no.   


Háblame de la estructura de Turcos en la niebla.

Es una estructura muy sencilla. Cuatro monólogos de los cuatro personajes principales (Wonder, Eltico, el British y Alejandra) que se van entrelazando, pero sin dejar espacio a la confusión. Pude pasarme de experimental y borrar el nombre de los que intervenían pero preferí la cortesía mínima con el lector de indicarle quién estaba hablando en cada ocasión. También tuve el cuidado de crear voces lo bastante distintivas como para que no se confundieran entre sí, para que fueran reconocibles sin importar en qué página abrieran el libro. Por lo demás, es un libro muy narrativo, está lleno de historias tremendas que les suceden a mis personajes o a conocidos de ellos. Y no es que no cediera al impulso de filosofar, pero un amigo que leyó el borrador me sugirió que eliminara los pasajes más reflexivos y creo que la novela ha ganado mucho con esas supresiones. 


En el libro se habla de cuestiones muy debatidas ahora: el terrorismo, la violencia policial, la tenencia de armas, el abuso sexual. Todos temas muy actuales…

Buena parte de esta novela fue concebida y escrita antes de que algunos de esos temas estuvieran de moda como lo están ahora. Varios de ellos son parte del debate cotidiano en los Estados Unidos desde hace tiempo. Otros siempre me han preocupado en lo personal, como el abuso sexual, que está mucho más extendido de lo que nos atrevemos a reconocer. Y hablo de violaciones en toda regla, no de que alguien te agarre la mano por más de dos segundos. Aparecen un par de inclusiones oportunistas de última hora: la elección de Trump como presidente de los Estados Unidos y la muerte de Fidel Castro. Eran acontecimientos que por fuerza tenían que afectar al círculo de personas que había creado en Turcos en la niebla y los aproveché en el cierre de la novela. Sobre todo la muerte de Fidel, que aunque no tenía ninguna relevancia política sí tenía relevancia psicológica y sentimental para mis personajes, que es lo que importa en una novela. Además de que esa muerte marcaba el fin de ciclo.

Pero más importante que los temas que mencioné es otro tema que vuelve a estar de moda: el de la verdad. Desde hace rato se cuestiona la relevancia de la Verdad, con mayúsculas, y se insiste en el relativismo, en la diversidad de los relatos. Varios de los personajes de Turcos en la niebla se han tomado lo del relativismo al pie de la letra y han decidido construirse o creerse historias que son esencialmente falsas, pero entonces deben sufrir sus consecuencias. Puedes creerte la historia que quieras pero luego, a la hora de compartirla con el resto del mundo, debería encajar con ese rompecabezas colectivo al que llamamos “realidad”. Por mucho que queramos relativizar los hechos, al final te emplazan preguntas que requieren respuestas claras: mi madre está viva o muerta, tuve sexo con tal persona o no, ese cuadro es verdadero o falso, traicionaste o no a tus amigos. En ese sentido, Turcos en la niebla es una novela retrógrada, reaccionaria: trata temas tan anticuados como la verdad y las mentiras, la amistad y la traición.


Pero por mucho que fabules algo tendrá que ver una novela que trata sobre un círculo de cubanos que viven a orillas del río Hudson con un escritor cubano que reside en el mismo sitio que sus personajes.

Decidí escribir sobre un mundo que conozco bien. Ya Cuba empezaba a quedarme lejos como realidad inmediata así que si iba a escribir una historia americana debía ser la de la Norteamérica que mejor conozco. De pronto, cobraba sentido llevar años viviendo allí, empapándome de sus historias. Material tenía de sobra. Lo complicado fue darle forma, hacerlo inteligible. Pero tampoco pretendo identificar mi realidad con la ficción. El exilio que me ha tocado vivir casi se podría catalogar de feliz. Y esa cotidianidad he debido compactarla, dramatizarla: el drama está ahí acechándonos todo el tiempo, basta que tomes una mala decisión, te descuides o, simplemente, tengas mala suerte. Pero la novela, sin ser especialmente feliz está llena también de esos momentos de alegría compartida que los exiliados, y los inmigrantes en general, valoramos tanto.


Turcos en la niebla está llena de humor.

Si no me gustara tanto, el humorismo sería mi profesión. Me he pasado la vida escribiendo textos humorísticos para teatro y para publicaciones periódicas bajo el heterónimo de Enrisco. Pero si escribía una historia tan compleja como la de Turcos en la niebla únicamente en clave de humor iba a terminar falseándola. Por eso mis referentes de siempre han sido El Quijote y una película de Emir Kusturica, Underground: un tono en el que puede caber todo, la comedia y la tragedia, y al final deja un poso de ironía, una amargura medio dulzona. 


En tu biografía aparece que te graduaste de Historia. ¿Ha tenido esa vocación algo que ver al concebir la novela?

Sí, sobre todo si se ve Turcos en la niebla como parte de un proyecto que llamo Trilogía cubana del Hudson que intenta describir tres momentos de la larga historia que acumulan los cubanos en esta zona. Algo similar a lo que hace Hermann Broch con el mundo austro-alemán en su trilogía de Los Sonámbulos. Yo intento una reapropiación literaria de Nueva York y sus alrededores en clave cubana. Nueva York tiene una importancia decisiva en el imaginario político y cultural cubano en el siglo XIX. Y en el desarrollo musical en el siglo XX. Y ahora mismo la cantidad de músicos y artistas cubanos que hay en esta zona no se corresponde con la presencia demográfica que tenemos. Buena parte de los grandes poemarios cubanos y la novela más importante del siglo XIX se escribieron y publicaron en Nueva York. Hasta la bandera cubana se diseñó en Manhattan. A todo eso he querido darle sentido con esa Trilogía lo que me permite hablar de la existencia de una identidad cubana nómada, más abierta, rica y flexible que la que proponen los nacionalismos al uso. 



¿Qué crees que haga especial una literatura como la tuya para el resto del mundo?

Quizás el hecho de ser una literatura escrita entre dos propuestas de futuro. El futuro ya esclerótico que representó alguna vez Cuba, pero que los profetas del siglo XXI te lo siguen vendiendo como si fuera nuevo: el supuesto reino de la igualdad y la justicia. Y el otro, el monumento futurista del capitalismo hipster y bajo en calorías que es Nueva York y alrededores. 


¿Un espacio privilegiado para ver la realidad?
Eso le gustaría pensar a uno. Que la historia nos ha puesto en una suerte de atalaya para mirar la realidad desde una posición privilegiada. Pero es mejor no hacerse ilusiones. Ahí está la Historia de la Humanidad para demostrar lo poco que nos han servido las experiencias anteriores. Ahora mismo, lo vemos con el ascenso de los populismos de izquierda y derecha que tanto recuerda al ascenso del comunismo y el fascismo hace un siglo. Un ascenso al que todos estamos contribuyendo con nuestro desprecio por las instituciones democráticas a las que vemos como meros formalismos para proteger a los corruptos. La principal enseñanza que nos ofrece la Historia es esa antirrevelación a la que llega Eltico al final de la novela. 

¿Cuál?
La de que la gente no aprende.

lunes, 25 de marzo de 2019

Palabras por el Premio Fernando Quiñones*

El escritor cubano Enrique del Risco, al recoger el premio por 'Turcos en la niebla'.
Creo, al contrario de lo que escribió John Donne y subscribía Hemingway, el famoso torero americano, que todos somos islas hasta tanto no demostremos lo contrario. Y si de islas se trata, los emigrados lo somos por partida doble. Porque a la isla que nos viene de nacimiento habrá que añadirle esa a la que arribamos al dejar atrás nuestro suelo natal. Allí seremos isla y náufrago a la vez. Porque, y a veces de manera más literal que figurada, emigrar es naufragar. Y, como ocurre con los náufragos, la primera tarea del emigrante es sobrevivir, mantenerse a flote y buscar tierra firme para luego hacer el famoso recuento de lo poco que pudo salvar del desastre y lo que le sirva en el lugar de acogida para que la vida le sea soportable. Entonces llegará el momento de comprobar si no estamos solos en nuestra isla. Si habrá seres con quienes compartir nuestro náufrago destino. Y el siguiente paso será escribir un mensaje que meteremos en una botella para lanzarla al mar. Porque por más que reconozcamos nuestra condición de isla nunca nos resignaremos del todo a ella.

De eso se trata Turcos en la niebla. De naufragios, sobrevivencias y botellas al mar. Cuatro botellas que arrojan sus personajes Wonder, Eltico, Alejandra y el British al mar de sinsentidos que los rodea. La más urgente y desesperada de todas las botellas es la que lanza Wonder, cubano exiliado, mientras aguarda, armado hasta las encías, a que la policía de Nueva Jersey asalte su taller. Wonder intenta explicarnos que, pese a las apariencias, él no es un terrorista ni un asesino en masa sino alguien al que la vida lo fue despojando de opciones hasta dejarle solo esa. Para entonces caer en cuenta que hablar de “su vida” es pura exageración. Existe una quinta botella que es la propia novela Turcos en la niebla que contiene las botellas antes mencionadas y que intenté, pese a su contenido, que fuera lo más ligera posible y no terminara hundiéndose. Y esa botella, en efecto, navegó con fortuna hasta encontrarse con el Premio Unicaja “Fernando Quiñones” y con el jurado abierto y desprejuiciado que se lo otorgó: porque hay que ser muy abierto y desprejuiciado para darle tal premio a este náufrago que les habla hoy.

Me alegra de manera muy especial que a Turcos en la niebla le tocara ganar el Premio Unicaja al Mensaje en una Botella Fernando Quiñones y me trajera precisamente a la más americana de las ciudades españolas y, sin dudas, la más habanera. Cádiz es, además, la tierra de José Manuel García Gil, el poeta que me rescató de mi naufragio español hace muchísimo tiempo y con quien desde entonces, y casi al descuido, no dejo de acumular deudas de gratitud. No menos agradecido estoy a que este premio lleve el nombre de Fernando Quiñones: un escritor entregado a la recreación de su versión íntima de isla que era al mismo tiempo Cádiz y el universo. El autor de Las crónicas de al-Andalus también ejerció el oficio de náufrago reuniendo todo lo que pudo salvar de la furia del mar y del tiempo: naufragios de fenicios y romanos; de árabes y gitanos; de musulmanes y cristianos; de castellanos y andaluces; de pícaros y piratas. Recordemos que Quiñones erigió su espléndida obra con lo que en su tiempo todavía se consideraban materiales de desecho, mucho antes de que se pusieran de moda la diversidad y el reciclaje. Porque al autor de Flamenco, vida y muerte, como creador honesto y sensible que era, no lo urgían las modas sino que escribía al ritmo, -tranquilo y visionario - que le dictaba su justo tiempo humano. Y esa misma probidad y sensibilidad eran las que le evitaban a Quiñones ceder a las tentaciones de la pureza y le permitieron abrazar todo lo que la vida le puso delante para crear ese mundo habitable y acogedor que es su obra.

Celebro por tanto que la isla metafórica de mis náufragos Wonder, Eltico, Alejandra y el British se haya abierto camino hasta la isla de Mané, de Quiñones y de un puñado de recuerdos personales que solo borrarán la muerte… o un buen Alzheimer. Mi alegría es tal que quizás consiga al fin ponerme de acuerdo con John Donne. Reconocerle que, incluso siendo islas, los humanos estamos igualados por nuestra soledad frente al mundo. Y que eso basta para identificarnos en nuestra común humanidad. No por gusto el tema central de Turcos en la niebla es el mejor remedio que hemos inventado para superar nuestra condición de islas, nuestro más eficaz mecanismo de sobrevivencia: la amistad.

Vivimos tiempos contradictorios: una época en la que cada vez más personas escriben y se comunican, y sin embargo parecen entenderse cada vez menos. En tales circunstancias, alcanzar a ser medianamente comprendido cuando nos separa un océano de circunstancias resulta un milagro. Un milagro como este premio que me ha traído hoy ante ustedes y que aprecio como no pueden imaginarse. Un milagro ante el que no encuentro palabras mejores que “muchas gracias”.      

Muchas gracias.

*Discurso leído el 19 de marzo del 2019 en respuesta a la entrega del Premio Unicaja Fernando Quiñones de novela.

sábado, 16 de marzo de 2019

“Hotel Presidente”*

Alejandra:

Ya antes de llegar a Cuba intenté imaginar cómo sería vivir en «el primer territorio libre de América». Me veía como una Alicia morocha desembarcando en el país de las maravillas, pero sin reina que me quisiera cortar la cabeza. Como cualquier niño, en aquellos días yo era muy literal. «Es un pueblo invencible, un pueblo de gigantes», decían en los panfletos políticos que trasegaban mis padres, y yo me imaginaba a gente inmensa que podía volar y detener las balas con la mano. Así que las primeras decepciones que sufrí fueron de mi entera responsabilidad. Mi llegada a La Habana, más que inmersión en el pueblo más libre del continente, fue un salto al vacío, porque del aeropuerto nos llevaron al hotel Presidente, y allí los únicos cubanos que se veían eran los empleados del hotel. Ya tendría tiempo para enterarme de que en ese hotel el salto al vacío era algo más que una expresión retórica.

«¡Viven en un hotel!», exclamaban los cubanos con los que por fin nos encontramos, con una envidia que se les chorreaba en suspiros. Y suspiraban porque ellos no sabían (creía yo) de cucarachas como nunca había visto en mi vida: criaturas enormes que paseaban tambaleándose bajo sus alas de bordes de miel convencidas —como buenas cucarachas revolucionarias— de que poco importa la muerte —a zapatazos— si de inmediato alguien va a ocupar tu lugar en el frente de lucha. Aunque eran tantas como para preguntarse si valía la pena matarlas. Años más tarde, cuando en las clases de matemáticas me hablaban de los números infinitos, los imaginaba en forma de las cucarachas enormes y parsimoniosas del hotel Presidente.

Pero éstas no eran el peor problema del hotel. Lo peor eran los huéspedes, todos exiliados de algún país sudamericano, sobre todo de Chile, aunque también había uruguayos, algunos bolivianos, colombianos y, por supuesto, argentinos. Daba lo mismo de dónde fueran: casi todas las semanas uno que otro se lanzaba desde las ventanas más altas hasta espachurrarse contra las losas del portal que rodeaba al hotel. Gente con historias terribles que no encontraba otra manera de zafarse de ellas que saltando por la ventana. Años más tarde descubrí que mi madre se había puesto de acuerdo con los que trabajaban en el recibidor para que le avisaran si alguien se acababa de suicidar y así evitar que yo viese el reguero de sangre y sesos por el piso. La llamaban y decían: «Compañera, no baje ahora que estamos limpiando». (Dicen que se trató de resolver el problema poniéndoles rejas a las ventanas del hotel, pero al final decidieron que era mucho más sencillo limpiar las baldosas del portal con agua a presión que enrejar las ventanas de ciento cincuenta habitaciones. Y lo cierto es que los compañeros se la pasaban todo el tiempo limpiando los bajos del hotel).

Compañera. Compañero. Palabras que todos los cubanos de por aquí evitan, porque les recuerda el tono de intimidación, de chantaje colectivo, con que eran pronunciadas en la isla. Aunque era preferible que te llamaran «compañero» que «señor» o «ciudadano». O peor, «sujeto», que es como los policías se refieren a quienes llevan detenidos a la comisaría. Confieso que al llegar a Cuba no encontraba palabra más dulce que compañero. Mientras en Argentina estaba impregnada de un aura de riesgo y de complicidad, en Cuba todos se llamaban así en público, como si fueran compañeros de lucha o de cama, aunque no se conocieran. Me gustaba. Era el conjuro con que una niña acompañada sólo de su madre y su abuela conseguía que todos los cubanos fueran parte de la gran familia que la estaba acogiendo. Aunque el «compañera» a veces sonara a regaño, a manera insidiosa y recíproca de humillación, a desfachatez de agua sucia que se tira a la calle sin mirar quién pasa, yo insistía en sentirla como una caricia, una mano amiga en el hombro. Algo así como «No te preocupes que no estás sola». O: «Acompáñame a resolver algo juntos». Evitaba que me sonara a «Lo siento mucho, pero si vas a vivir aquí te tienes que acostumbrar». No fue hasta después, luego incluso de cambiar el acento, que empezó a molestarme que me llamaran «compañerita», porque, excepto si se trataba de una madre hablando de las condiscípulas de su hija, no había manera de que esa palabra —compañerita— se pronunciara sin una dosis intolerable de desprecio. «¿Está segura, compañerita, de que eso fue lo que me pidió?».

Del hotel Presidente nos mudamos al apartamento de Altahabana. Era en la planta baja. Al llegar me llamaron la atención los canteros llenos de yerba y sin más flores que un marpacífico que crecía aturdido: por qué justo a él le había caído la responsabilidad de que aquello pareciera un jardín. Las paredes exteriores estaban manchadas de tierra, más o menos a la altura de la rodilla, como si a cada rato se levantara una marea de fango colorado que al retirarse dejara su marca. Pero lo que más me impresionó —me sobrecogió, podría decir— fue el tamaño del apartamento. Daba la impresión de que cabía dentro de nuestra habitación del hotel Presidente y sobraba espacio. Miré a mi madre de frente y le dije: «Compañerita, ¿así que éste es el apartamentito que le han dado?», y con una crayola me puse a pintar una casita en la pared. Una casita con chimenea, un caminito hasta ella y flores alrededor: una manera de decirle que después de todos esos meses en el hotel Presidente mi idea de casita seguía siendo la misma de siempre, aunque nunca hubiera vivido en una casa con chimenea.

Años más tarde le contaba la historia de mi llegada al apartamento de Altahabana a una amiga cubana y el padre, un ingeniero de barba y arrugas talladas en la frente, levantó la vista de un atlas y me dijo: «Pues por un apartamentito de ésos yo estuve trabajando en la construcción durante tres años para que al final nos dijeran que tendríamos que trabajar tres años más porque los que construimos había que dárselos a unos compañeros latinoamericanos». Nunca la palabra compañeros me supo tan amarga.

De los meses tenebrosos en el hotel Presidente recuerdo en especial a Carlos el Polaco, compañero de mi padre —y aquí compañero debe oler a clandestinaje, a reuniones susurrantes, a llamadas en clave—. Carlos había podido escapar por puro milagro de Argentina y, por lo inverosímil de su huida, sobre él recaía la sospecha de ser un infiltrado de la dictadura. Vivía justo encima de nosotros y tenía la costumbre, al llegar de la calle, de dar un par de taconazos en el piso, como para invitarnos a hacerle la visita. Si mi madre prefería que fuese él quien nos visitara, daba a su vez unos golpes en el techo. Pero mi madre prefería dosificar nuestros encuentros con Carlos, porque —según me contó más tarde— ya le había declarado su amor por ella. Entre eso y haber sido oficialmente reconocida como viuda de la Revolución Latinoamericana, hacía que Carlos se sintiera obligado a acosarla cada vez que la viera.

No siempre daba éste taconazos de aviso al llegar. En ocasiones se desplazaba por su habitación con todo el cuidado que podía —que no era mucho, porque Carlos se movía con la delicadeza de un elefante miope— y al rato su cama empezaba a tambalearse y a rechinar. Era lo que el propio Carlos llamaba su «servicio social». Tal servicio consistía en consolar a las exiliadas que habían perdido a sus maridos en algún recodo de la Revolución Latinoamericana, y evitar así que se lanzaran por las transitadas ventanas del hotel Presidente. No serían pocas las vidas que Carlos salvó.


*Fragmento de la novela Turcos en la niebla publicado en La libélula vaga.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Lo claro


Llevan días dando la tabarra con un reportaje del New York Times que afirma que quien prendió -accidentalmente- fuego a la ayuda humanitaria en la frontera colombo-venezolana fue un miembro de la caravana misma y no la policía fronteriza. No lo sé, no estaba ahí pero uno tiende a pensar que el principal sospechoso de que la caravana se incendie es el mismo gobierno que ha hundido al país en la miseria para luego negarse a aceptar ayuda, el mismo gobierno que masacra al pueblo en las calles de todo el país y que puso todo tipo de obstáculos físicos para impedir el paso de dicha caravana. Pero va y no. Va y en ese caso específico quien inició el fuego fue un antimadurista algo que no puede descartarse porque la estupidez nunca ha sido monopolio de ningún bando. Lo verdaderamente claro es el deseo de hablar de cualquier cosa excepto de los crímenes que día a día el gobierno de Maduro comete contra Venezuela. Y eso, señores, se llama complicidad.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Making of

Zenda, la prestigiosa revista de libros, publica hoy mi making of de Turcos en la niebla:

No soy precisamente un escritor realista, pero la realidad me es igual de necesaria. Sobre todo si se trata de mentir. Por eso, la novela que pensaba escribir sobre Cuba debía esperarse a que yo pudiera viajar a la isla como cualquier persona normal regresa a su país. Porque, por mucho que intento pasar por normal, mi país insiste en no serlo. Esa fue la circunstancia que me llevó a escribir sobre la realidad que me rodea desde hace más de veinte años.
Ya era hora, después de todo. West New York, en Nueva Jersey, es un pueblo más bien feo, a un cuarto de hora del Nueva York que todo el mundo conoce. Entre mi pueblo y Manhattan se extiende un río, el Hudson, que convierte esos quince minutos en otra dimensión. Tampoco se trataba de contar la historia del pueblo, algo de lo que West New York carece, como casi todos los pueblos feos. Contaría la historia de un grupo de amigos que se van asentando allí en diferentes momentos sin saber que están condenados a conocerse. Me proponía contar —en lo que todavía no era Turcos en la niebla el nacimiento de un mundo. Como en la Biblia, o en las historias tribales de Chinua Achebe. Pero por muy optimista que fuera, debía asumir que crear un mundo —como saben por igual Dios y Achebe— es iniciar el camino de su destrucción.

Historias sobraban. Había pasado años escuchándolas. La zona donde vivo es un tesoro arqueológico de cuentos para quien quiera recogerlos. Aquí se han asentado generaciones de migrantes como naufragios sucesivos (Los náufragos de Bergenline fue el primer título que manejé). Desde los inmigrantes económicos de mediados de siglo a los exiliados de las décadas siguientes. Huyendo de Batista o de Fidel. Muchos enfrentaron a ambos, escaparon de ambos. Trabajadores, campesinos, músicos, tenderos, deportistas, traficantes varios. Prisioneros políticos por veinte y hasta por treinta años. Marielitos y balseros. O gente que ha atravesado medio continente caminando desde Ecuador hasta llegar a Estados Unidos. Y lo siguen haciendo. A muchos, sobre todo en los primeros años de la estampida, no los dejaron llevarse ni el anillo de compromiso ni las fotos familiares, pero todos se trajeron sus historias. Mi reto como novelista consistía en darles coherencia, vida propia, en la carne inventada de unos cuantos personajes. Justo entonces la realidad vino a auxiliarme en la forma de un edificio gris, chato y macizo de dos pisos con el que mi vista tropieza cada vez que salgo de mi casa. Está justo en la esquina y domina el cruce de calles. Parece un cuartel, un sitio adecuado para atrincherarse y desafiar el mundo. En los bajos funciona una tapicería. O fábrica de muebles, no estoy seguro. En cualquier caso, uno de esos artefactos dedicados a mantener gente ocupada en algo aparentemente útil. No fue difícil imaginarme a mi héroe parapetado en el piso superior, rodeado por armas coleccionadas durante años, listo para dispararle a los policías y al cerrajero cuando vinieran a embargarle el taller por falta de pagos. Un claro intento de suicidio, teniendo en cuenta que estos, al ser atacados, pedirían refuerzos. Y que en cuestión de minutos, esa obsesión norteamericana por el control sobre lo real convertiría esa esquina en la mayor concentración de policías de todo el condado. Mientras los policías fueran cercando a mi héroe, Wonder Recio, este le explicaría al mundo la acumulación de traiciones (de la familia, las amantes, los amigos, la Historia) que lo habían llevado hasta ese punto. Hablaría (al menos cuando empecé a escribir la novela) a través de una cámara que de alguna forma transmitiría la grabación por Internet. Tiempo más tarde, la irrupción de Facetime en el mundo real me ha evitado tener que dar demasiadas explicaciones.
El monólogo rabioso de Wonder lo entrelacé con los de otros tres personajes. El de Alejandra, su examante, psicóloga argentina exiliada durante buena parte de su vida en Cuba. Una cubana exiliada a todos los efectos, a excepción de lo fácil que le fue salir de la isla. O de la distancia mínima que pone entre la visión de sus compatriotas postizos y la suya propia. También estaba el monólogo del British, un historiador del arte para quien el momento más alto de su vida fue la posibilidad frustrada de nacer en otro país. Un mentiroso en serie a la búsqueda de maneras cada vez más sofisticadas de complicarse la vida. Y estos monólogos a su vez se alternan con el de un marielito, esto es, un hijo del éxodo más profuso de la historia cubana. Un Ulises caribeño, bromista y fecundo en ardides, que tampoco puede evitar que los dioses tejan desdichas para entretenerse a su costa.

Pero la concepción de Turcos en la niebla también puede contarse así: abandonada mi novela cubana, decidí escribir una trilogía de novelas sobre el exilio cubano a orillas del Hudson, un sitio en el que los compatriotas, urgidos por motivos variados, han venido a recalar durante casi doscientos años. Y comencé a escribir la correspondiente al siglo XIX hasta comprender que me faltaba información suficiente. Cuando ya rebasaba el centenar de páginas decidí abandonarla (de momento) y, mientras seguía investigando sobre el siglo XIX, escribir algo más fácil. Tan fácil como poner a cuatro personajes contemporáneos a contar las historias de sus respectivas vidas. Fácil como hablar unas cuantas horas sin parar y luego editarlo un poco. Al menos eso fue lo que pensé.
Casi seiscientas páginas (y varios años) más tarde ya tenía idea de lo complicado que era crear cuatro historias paralelas contadas con un estilo distinto en cada uno de ellas, con voces reconocibles, personajes coherentes. Con tramas con intensidad y consistencia dramática suficientes para invitar al lector a seguirlas durante tantas páginas. Para tratar de conseguir esa continuidad en las diferentes voces escribí cada uno de esos monólogos por separado y luego los fui trenzando unos con otros hasta conseguir una historia compacta de conjunto. Creé incluso un tablero con los capítulos de los monólogos de cada uno de los personajes anotados en post-its de diferentes colores para tener una idea más clara de la estructura que iba a armar. Tampoco fue fácil decidir qué personajes morirían y cómo. Quiénes seguirían viviendo y cómo. Siempre cuesta trabajo, por ficticios que sean los personajes.
Luego quedaba afinar las historias, eliminar las incoherencias, aclarar ciertos puntos de la trama, ajustar el tono de las voces. Y eliminar más de cien páginas con la ayuda de un amigo, excelente lector, a quien le tembló el pulso menos que a mí. Y luego más ajustes, relecturas y la sorpresa del Premio Unicaja Fernando Quiñones: la noticia de que mis personajes, esa tribu peculiar que había armado con materiales locales, se hacían entender al otro lado del Atlántico. ¿Se imaginan a un investigador de la NASA en el momento de escuchar un mensaje proveniente desde otra esquina de la galaxia? Bueno, ese premio fue la manera de enterarme de que Wonder, Alejandra, British y Eltico estaban menos solos de lo que pensaba.

viernes, 1 de marzo de 2019

Hablando de la patria en CASA


El lunes pasado estaba invitado a una charla con los integrantes de la Cuban American Student Association (CASA) de mi universidad. Una experiencia magnífica por varias razones. En primer lugar por la oportunidad de reunirme con un grupo de muchachos magníficos, sanos, casi todos cubanos de tercera generación que sin embargo hablaban en perfecto español. La conversación, no obstante se desarrolló en inglés en atención a una muchacha norteamericana que se unió al grupo. También me había pedido permiso para asistir una pareja de jóvenes cubanos llegados no hace mucho y, por supuesto, accedí.

El tema de la charla se suponía que fuera la historia de la presencia de los cubanos en Nueva York pero preferí no extenderme en él. Apenas expliqué los datos elementales para que entendieran la importancia de la ciudad no solo para la historia cubana de la inmigración (lo que convertía a Nueva York en un equivalente del Miami) sino para la propia formación de la idea de lo cubano y de muchos de sus símbolos más reconocibles. Insistí en lo mucho que se ha subestimado este aspecto y lo compleja que debió ser para la joven república intentar poner en práctica las ideas de democracia, política republicana y modernidad que importaron los exiliados cubanos al regresar a la isla.

Bastante más interesante fue, al menos para mí, que los estudiantes me hablaran de su idea de ser cubanos, el modo en que se comunican con esa parte de su identidad, la manera en que transitan entre sus diferentes avatares. Tuve que confesarles que ese no era mi caso. Que no tengo opciones. Que soy cubano las 24 horas. Que apenas soy norteamericano a la hora de ejercer mis derechos como ciudadano (a la hora de viajar o votar) o como consumidor (como cuando voy al costumer service con un artículo defectuoso y regreso cantando “God Bless America”). Y todo ello sin que sienta un ápice de nostalgia por el país que dejé atrás. Que como cualquier exiliado, cargo mi país conmigo. Les expliqué que en ciertos detalles esenciales la mentalidad del exiliado es distinta a la del inmigrante. Que su objetivo no es integrarse por completo al país de llegada ni reunir dinero suficiente para volver al país de origen. Que algo en él se resiste a disolverse en el país de acogida, por hospitalario que le resulte. Por eso insiste en que sus hijos hablen su idioma, que preserven sus raíces. Para que de inmediato yo les advirtiera a los muchachos de CASA del peligro que entraña la propia idea de raíces, de vernos como una especie de boniatos incapaces de ser trasplantados a ningún otro sitio.

Porque también de eso se trata. De vencer la superstición que desde hace rato fomenta el régimen cubano de que los cubanos quedamos irremediablemente disminuimos una vez que escapamos del suelo que tan bien controlan. Y entre las tantas cosas que perdemos, supuestamente están nuestras facultades creativas. Que sobre eso escribo obsesivamente desde hace años. No para demostrarme que soy algo más que un boniato. Se trata de desarrollar nuestra capacidad individual y colectiva de crearnos un país fuera del país, una patria portátil donde quepa lo bueno que puede tener ser cubano y mantener a distancia sus infinitas miserias. Creo que en algo así pensaba Martí cuando decía "Aquí no somos desterrados sino fundadores". Un experimento en el que los judíos nos llevan milenios de ventaja y que nos ofrece un buen modelo  seguir.

Y entonces entramos de lleno en la política. O en lo que llamamos política que no es más que el lenguaje concreto de lo molesto abstracto, disculpen el retruécano. Que si la salud y la educación, esa vieja tonada. Y ahí entró en acción aquella pareja que mencioné antes y que me acompañó en la labor cansona de ir desbrozando lo obvio. Y como si de una coreografía se tratara nos íbamos completando los argumentos y ejemplos evitándome la fea impresión de que a casi 24 años de salir de Cuba estuviera hablando de un país que solo existe en mi imaginación. Dejarle claro a aquellos muchachos que no es manía de sus padres o mía, sino que aquella realidad insiste en repetirse miserablemente como si para aquella isla no hubiese otra opción. Cuando llegó el momento en que debí ofrecer alguna esperanza opté por la mala política de la sinceridad. Les confesé que yo era optimista con todo menos con Cuba. Que no veía salida ni siquiera a mediano plazo. Y que a largo plazo ya se sabe: todos estaremos muertos. Que si alguna esperanza me quedaba era la que alentaba la existencia de gente como ellos. Muchachos que tres generaciones más tarde seguían identificándose como cubanos, hablando español y persistiendo en la religión de los frijoles negros, Celia Cruz y Martí. Y luego, poco más. Había que entregar el local tras dos horas que habían pasado como un instante y salí de allí sintiéndome más vivo que como había entrado. Espero que con ellos pasara lo mismo. 

P.D.:

Y hablando de patrias portátiles. Escúchese la patria magnífica de sonidos  que ha erigido el pianista Pepe Rivero con su Yoruba Suite ejecutada por su noneto de jazz acompañado por orquesta sinfónica en Madrid: