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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sobre el kitsch político (3 y final)

No es el kitsch totalitario privativo de sociedades igualmente totalitarias como parece sugerir Kundera. Y es que el kitsch, sobrepasada la fase ingenua de respuesta ante emociones primarias, cuando intenta cerrar el círculo del autoengaño complaciéndose eternamente consigo mismo es de por sí totalitario. Y es que la función de eliminar “de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable” hace del kitsch un instrumento totalitario por excelencia. No solo eliminando lo inaceptable, esos detalles vulgares que como la mierda invocada por Kundera nos recuerdan nuestra irredenta vulgaridad, sino convirtiendo en aceptable lo que no debería serlo. Donde el Che Guevara dice en un rapto de honestidad que el revolucionario debe ser una “efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar” el kitsch se encarga de transformarlo en algo así como “por amor se está hasta matando para por amor seguir trabajando”. Eso explica que el novelista austriaco Hermann Broch diga que “La esencia del Kitsch es la confusión de lo ético y lo estético, el kitsch no quiere producir lo ‘bueno’ sino lo ‘bello’” aunque también, como en el caso que veíamos antes, puede ser justo lo contrario. Si algo es bello –aunque sea en relación con canon kitsch- entonces será necesariamente bueno o al menos aceptable. Fundados en una concepción supuestamente materialista los totalitarismos comunistas a la larga terminaron apelando –ante la falta de resultados concretos- más a los sentimientos que a una visión objetiva y “materialista” de la realidad. De ahí la utilidad del kitsch porque “en el reino del kitsch impera la dictadura del corazón” más allá de toda la gente que hubo que fusilar por su propio bien.

Pero para que ocurra esta operación alquímica de convertir lo malo en bello y lo bello en bueno –o cualquier otro tipo de permutación- es necesaria una radical confusión de valores en primer lugar y en segundo una defensa extrema y masiva de esta confusión. Pero no es necesario un régimen totalitario para imponer el kitsch a todos los niveles de la vida. Basta con que se haya convertido, -incluso al margen de los sistemas políticos o como una suerte e contracultura- en religión. (En el fondo se trata de una imitación bastante fiel de otro kitsch, el del cristianismo, aunque con bastante menos que ofrecer a niveles trascendentales). Esa es la razón por la que el kitsch complejo requiere de tanta seriedad a su alrededor. No solo porque esté consciente de su débil artificialidad o porque no le baste tomarse en serio a sí mismo sino porque necesita el mayor consenso posible. Y su manera de adquirir consenso es siendo mucho más elástico de lo que era el comunismo del siglo XX. Esa variante de populismo que llaman socialismo del siglo XXI ha conseguido hacerse fuerte alimentándose de casi todas las variantes del kitsch que le salgan al paso: el kitsch igualitario, el kitsch nacionalista, el kitsch machista, el kitsch feminista, el kitsch populachero, el kitsch elitista, el kitsch racista y el multiculturalista. Cualquier cosa menos la crítica. Para que este autoengaño consensuado funcione debe acallarse cualquier observación sobre sus obvias falsedades. Es que el kitsch, con todo lo omnipresente que es y lo todopoderoso que parece, es muy sensible a cualquier señalamiento que haga notar sus excesos, sus inconsistencias, su falsa seriedad, su elemental desnudez. Ya lo ha advertido Kundera:

"todo lo que perturba al kitsch queda excluido de la vida: cualquier manifestación de individualismo (porque toda diferenciación es un escupitajo a la cara de la sonriente fraternidad), cualquier duda (porque el que empieza dudando de pequeñeces termina dudando de la vida como tal), la ironía (porque en el reino del kitsch hay que tomárselo todo en serio) y hasta la madre que abandona a su familia o el hombre que prefiere a los hombres y no a las mujeres y pone así en peligro la consigna sagrada  «amaos y multiplicaos»"

Si antes el kitsch latinoamericano era omnímodo y la progresía local gozaba de amplio prestigio la sólida alianza forjada entre estos para producir el neopopulismo los hace prácticamente indestructibles. Cualquier crítica que reciban ya no irá dirigida contra tal ideología o gobierno sino contra todo el pueblo, su cultura, sus valores más acendrados, la integridad patria, los derechos individuales de cada ciudadano y a favor de la reacción y del imperialismo norteamericano. Los intelectuales del continente han tomado nota y se cuidan mucho que la crítica pase de una cuestión de detalles. Nadie se atreve a señalar la densa cursilería que cubre al emperador por miedo a verse expulsado de un reino que ya lo ocupa casi todo.

Se está con la patria o con la muerte o los buitres o cualquier otra entidad fantasmagórica que decida agitar el kitsch todopoderoso. El fenómeno ha alcanzado tales proporciones que lo de menos es cuánta cursilería pueden producir o no los disidentes de ese caso perdido para la historia contemporánea que es la siempre fiel isla de Cuba. Bastante más preocupante son las escasas posibilidades de una recuperación inmediata de cierta racionalidad política y hasta cultural en el continente. Queda esperar que el sostenido soborno de la voluntad pública no la haya hecho renunciar de manera definitiva al sentido común, el único que puede garantizar evitarnos el facilismo del absurdo y la idiotez. Pero sin pretender, por supuesto, en convertirse en cruzada destinada a exterminar al kitsch en nuestras tierras, algo que sólo confirmaría al fin que no hemos entendido nada.

Coda española

El muy reciente desarrollo de la formación política Podemos de Pablo Iglesias hasta alcanzar el primer lugar en la intención de votos entre el electorado español bastaría para anular cualquier pretensión de autoctonía del kitsch político latinoamericano. No hace falta analizar ni su abigarrado y confuso programa político o ni siquiera acudir al fácil festín de las declaraciones políticas de sus principales dirigentes. Es suficiente con atender a sus gustos musicales. No hay que detenerse en “La Internacional” hurtada, como tantas otras cosas, a los antiguos comunistas. Pienso más bien en esos cantos del bando republicano durante la guerra civil, tan anacrónicos ahora. No es que aquellos himnos, entonados en medio de las trincheras bajo el fuego de la artillería enemiga tuvieran nada de kitsch. Pero que estos niñatos de Podemos entonen (es un decir) a coro y con el puño en alto canciones salpicadas de la metralla de los bombardeos de hace casi ochenta años es de un mal gusto apabullante con aquellos que se jugaban la vida en las trincheras en las afueras de Madrid o a orillas del Ebro. Que no les basten los himnos producidos en los estertores del franquismo o en plena transición, que se acojan a la furia de la última guerra española da una idea más clara de su falsedad que sus reclamos de pureza (nunca puesta a prueba) frente a la corrupta casta gobernante. Tanta alusión bélica nos habla a las claras no del ardor con que piensan entrar en la liza electoral sino de lo mucho que le van a pedir a cambio al resto de sus compatriotas empezando –como diría Ignatius Reilly, protagonista de “La conjura de los necios”- por su geometría y buen gusto.    

Sobre el kitsch político (2)

Podría suponerse que siendo un discurso subversivo “por naturaleza” el de la disidencia cubana debería, por lo mismo, rehuir del kitsch totalitario y hasta del kitsch en general. Pero claro, eso es demasiado suponer. Y no sólo por lo consustancial que es el kitsch a toda comunicación política. También debe tener en cuenta que ese pastiche de lugares comunes de las culturas europeas e indígenas que es la llamada cultura latinoamericana no puede ignorarse sin convertirse en elitismo insufrible. Y si muchos disidentes pueden darse el lujo como intelectuales de ser elitistas como políticos, no. El kitsch es a la cultura y a la comunicación lo que la alquimia es a la química: si bien la imita en los procedimientos y recombinaciones su diferencia fundamental está en lo que prometen. Como si no fuera magia suficiente obtener una nueva sustancia a partir de otras dos el kitsch, como la alquimia, promete ese imposible que es la obtención de la piedra filosofal a partir sustancias más o menos vulgares.

No es poca la tentación de los opositores cubanos de prometer una democracia perfecta o al menos funcional a partir de una sociedad carente de los más elementales gestos comunitarios, civilizatorios. (Esos que hablan de capitalismo salvaje deberían acercarse a estos poscomunismos totalitarios antes de aplicarlos a sociedades bastante más domesticadas por el interés común). Para obtener tanto de tan poco incluso el kitsch de la alquimia parece insuficiente. Y más cuando un mundo que se gastó todo su entusiasmo anticomunista tras la caída del Muro de Berlín le escatima a los demócratas cubanos la solidaridad más elemental. Unos porque ven a los demócratas cubanos, tras un nuevo ciclo de agotamiento democrático en buena parte del mundo, con curiosidad pero no mucha simpatía hacia gente tan ingenua que consigue ver en la democracia un fin, un destino deseable. Más grave aún es la hostilidad que le ofrece Latinoamérica a la disidencia cubana. Tras el fracaso en la mayoría de sus países latinoamericanos del experimento democrático el continente, hundido en su renovado arrebato populista, ha tomado al sistema que denuncian los demócratas cubanos como precursor e inspiración cuando no como asesor en manipulación social y represiones diversas.

Permítaseme entonces la cursilería de describir a Cuba como una isla rodeada de kitsch por todas partes. (Incluso por el Norte, claro, con los norteamericanos entregados a esa otra variante del kitsch que es el paternalismo comprensivo cuando en realidad no se entiende absolutamente nada). Y es que en la base pero también más allá del kitsch político está, omnipresente el kitsch cultural, ese en el que ya están inmersas las masas y las élites cuando los políticos empiezan a hacer su trabajo. Ese kitsch que les abona el terreno o, pasando a la cursilería de las metáforas bélicas guerra, ablandan al enemigo con preparación artillera. Latinoamérica es el continente donde frente a la cursilería de la cultura de masas ha surgido una cursilería elitista que reclama ser la verdadera voz del pueblo y al mismo tiempo de la modernidad para además cumplir aquella misión del kitsch clásico de tranquilizar “al consumidor convenciéndole de haber realizado un encuentro con la cultura”. Al amparo de una suerte de proteccionismo cultural ese pastiche de cultura de masas y vanguardias no compite en pie de igualdad con el resto de los productos culturales porque en realidad están de inicio en un plano supuestamente superior. Puede o no llenar estadios pero su prestigio está garantizado de antemano.


En el despertar pseudo religioso que representa la actual ola populista en Latinoamérica todos los productos culturales que no estén iluminados por el espíritu santo del populismo están, como los personajes paganos en el infierno diseñado por Dante, condenados por el solo hecho de no reconocer su absoluta superioridad. Y poco importa que el propio Eduardo Galeano desautorice “Las venas abiertas de América Latina” como libro indigesto y aburrido; o que las canciones de Silvio Rodríguez terminen pareciéndose más a las de sus peores imitadores que a sí mismo; o que el más exitoso modo de sobrevivencia que haya encontrado la Nueva Canción latinoamericana sea al golpe del reguetón de Calle 13. No sólo seguirán siendo objetos de devoción estética y paradigmas culturales en un mundo que ha perdido hace rato cualquier referencia. Su cursilería conservará además una función política, que es nada menos que la de transformar el mundo.

[Continuará]

domingo, 16 de noviembre de 2014

Sobre el kitsch político

Hacia el final de la presentación de “Enriscopara presidente” en Nueva York hablábamos sobre lo que yo llamo lo castrismo sentimental que no es más que una variante nostálgica -pero por ello mismo persistente- de lo que Milan Kundera ha llamado el kitsch totalitario. El artista Geandy Pavón preguntó entonces si el anticastrismo no era también kitsch a lo que respondí que por supuesto, que no podía esperarse otra cosa de algo que se define así mismo a partir de otra cosa que es de por por sí profundamente kitsch como el castrismo. Fue una manera de reconocer algo bastante obvio desde el propio título de mi libro y es que “Enrisco para presidente” es también -con sus falsos programas políticos, sus estrafalarios diseños de una “Nueva Cuba”, sus clasificaciones de los diferentes tipos de anticastristas- aunque en menor medida una sátira contra el kitsch de la oposición. Y si digo “en menor medida” no es porque la oposición de por sí tenga menos predisposición al ridículo, a la cursilería que arrastra todo acto político, sino porque su carácter alterno, marginal incluso, lo hace menos opresivo. Igualar por tanto un kitsch con otro es un gesto además de injusto, pérfido, como lo puede ser otorgarle al asesino la misma compasión que extendemos hacia las víctimas. Dejemos que Kundera lo diga mejor:

“El kitsch es el ideal estético de todos los políticos, de todos los partidos políticos y de todos los movimientos. En una sociedad en la que existen conjuntamente diversas corrientes políticas y en la que sus influencias se limitan o se eliminan mutuamente, podemos escapar más o menos de la inquisición del kitsch; el individuo puede conservar sus peculiaridades y el artista crear obras inesperadas. Pero allí donde un solo movimiento político tiene todo el poder, nos encontramos de pronto en el imperio del kitsch totalitario”

Si se atiende a la definición básica que da Umberto Eco del kitsch como “comunicación que tiende a la provocación del efecto” se entiende por qué los políticos no podrían vivir sin este. La política, tal y como es entendida en estos tiempos, es el arte de la creación de efectos en las masas para moverlas en determinada dirección. Pero tampoco el resto de los seres humanos puede prescindir del kitsch. Hay circunstancias que requieren cierto abandono de las exigencias estéticas para poder ser disfrutadas confiando en los instintos más elementales y más auténticos de nuestra humanidad. Ya lo advirtió Fernando Pessoa: 

“Las cartas de amor, si hay amor,/ tienen que ser/ ridículas./Pero, al fin y al cabo,/ sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor/ sí que son/ ridículas”.

Parafraseando a Pessoa podría decirse que toda acción política tiene que ser ridícula. ¿Cómo podría inducirse a un grupo a adoptar determinada actitud si no es a través de “intuiciones, imágenes, palabras, arquetipos, que en conjunto forman tal o cual kitsh político”? Y en ello el repertorio que compone el kitsch disidente cubano no es demasiado distinto de otras variantes de kitsch político. Su núcleo lo constituyen palabras tales como “democracia”, “libertad”, “pueblo”, “hermanos”, “esbirros”, “dictadura”, “tiranía”, “cadenas”, “torturas” que no necesariamente son falsas pero cuyo abuso van depreciando su sentido, falseándolo. 

Lo peor del kitsch no es la exageración original del mensaje o las impresiones que nos causa sino la fruición con que nos tratamos de convencer de que esa falsificación original es auténtica. La exageración pasa de la búsqueda pragmática de exaltación momentánea en pos de un objetivo concreto a un engaño o autoengaño permanente. Es el momento de la segunda lágrima de Kundera. Primero se llora ante la visión de unos niños corriendo alegres: “La primera lagrima dice: ¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!”. En cambio “La segunda lágrima dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”. Esa falsificación de segunda mano que se regodea en la exageración original de los sentimientos es lo que convierte al kitsch en un círculo vicioso del que se hace casi imposible escapar. Como reconoce Pessoa en el famoso poema: “La verdad es que hoy mis recuerdos/ de esas cartas de amor/ sí que son/ ridículos”.

Negar al kitsch por completo es negar nuestra propia humanidad, aunque no sea en su mejor versión. Tan peligroso es regodearnos en nuestras debilidades como pretender  que podemos prescindir de ellas.

“Esa canción le emociona, pero Sabina no se toma su emoción en serio. Sabe muy bien que esa canción es una hermosa mentira. En el momento en que el kitsch es reconocido como mentira, se encuentra en un contexto de no-kitsch. Pierde su autoritario poder y se vuelve enternecedor, como cualquiera otra debilidad humana. Porque ninguno de nosotros es un superhombre como para poder escapar por completo al kitsch.  Por más  que lo despreciemos, el kitsch forma parte del sino del hombre”


Pretender no engañarnos en absoluto es el inicio de un engaño mucho mayor y más perverso. Más humanamente realizable, mucho más honesto, sería aspirar a engañarnos lo menos posible. Y un buen principio sería imponernos como principio elemental que por justa que nos parezca nuestra lucha y limpios nuestros ideales no nos está permitida cualquier exageración, cualquier violación de una idea más o menos básica de decoro. Que por mucho que nos enfrentemos a una feroz y sangrienta tiranía castrocomunista que se ensaña con nuestros heroicos y pacíficos hermanos de lucha el daño que le podemos infligir a esa misma idea de decoro puede ser permanente.

[continuará, cuando pueda]

jueves, 11 de septiembre de 2014

Entrevista

A continuación los dejo con un fragmento de la entrevista que me hiciera el periodista argentino Hernán Vera Alvarez para El Nuevo Herald con motivo de la presentación hoy jueves a las 6:30 pm (Books & Books de Coral Gables, 265 Aragon Ave.) de mi libro Enrisco para presidente. La versión íntegra será públicada próximamente.

En otro de los artistas, esta vez, sí que vuelca el humor: Silvio Rodriguez. ¿Es porque, entre otras cosas,  él es una cara del régimen castrista? 
Silvio, en tanto crítico inicial del castrismo y defensor acérrimo luego es la encarnación, para muchos, del héroe y el traidor de varias generaciones que no es poca cosa. Luego hace declaraciones que son muy generosas con los humoristas porque cuando no tienen nada que decir siempre pueden echar mano a lo último que dijo Silvio. Y más allá o más acá de la política Silvio, al margen de que ha compuesto muchas canciones bellas, es a su vez una de las máximas encarnaciones del kitsch latinoamericano de izquierdas, ese que criticaba al kitsch más tradicional para caer de inmediato en cursilerías y ridiculeces más penosas aún. Mucha gente no me va a perdonar que diga esto pero el “problema” de Silvio, más que político, es estético. Tiene canciones muy buenas pero su poética es tan llorona y enfermiza que se ha convertido en patente de corso para decir y -lo que es peor- hacer cualquier barbaridad. Vaticino que en un futuro, cuando el castrismo no sea más que un mal recuerdo el silvismo –o sea, el lado más cursi y plañidero de las canciones de Silvio- seguirá causando estragos. Los hombres mueren pero el mal gusto es inmortal. 
¿Cómo recuerda que era su vida en Cuba, la de los últimos años? 
Un horror absoluto atenuado por la amistad y la juventud que hacen que cualquier circunstancia, por terrible que sea, parezca mucho más divertida. Fueron años de mucha indignación ante la realidad que no te daba tregua en casi ningún espacio de tu vida pero, al mismo tiempo, muy vitales y creativos. De creación y colaboración porque debe de ser la época de mi vida en la que más he colaborado con otras personas. Con Francisco García González para escribir “Leve Historia de Cuba” (otra lectura obligada de mi futuro gabinete); con Daniel Díaz Torres y Eduardo del Llano en el cine; con este último y otros humoristas en la que fue la revista “Aquelarre” de cortísima duración; con grupos como Nos-Y-Otros, Sala-manca, La Oveja Negra y Los Hepáticos en proyectos teatrales y con Jesús Castillo, Ernesto Hernández y Armando Tejuca en exposiciones de un cierto humorismo plástico-conceptual muy locas y que nos divirtieron mucho pero de las que apenas queda documentación. Para más información consultar “Siempre nos quedará Madrid” que como ya le dije será de lectura obligada en el gabinete y las escuelas de mi futura república. 
En la presentación estará  Ramón Fernández-Larrea. (¿Lo ha elegido por alguna razón en particular?) 
Ramón es uno de los humoristas cubanos que más respeto y a pesar de que nos separan muy pocos años de edad lo he visto siempre como un maestro. Encima de eso somos compinches desde hace miles de años y tiene una soltura en público absolutamente envidiable. Mejor hubiera sido que encima de eso fuera él quien hubiese escrito el libro pero no me atreví a pedírselo, algo que los lectores seguramente lamentarán.
 ¿Por qué cree que la comunidad cubana de Miami muchas veces ha sido atacada por los intelectuales y escritores de América Latina y EEUU? 
Porque es muy fácil. Y no sólo porque todavía es una ciudad a medio hacer y es fácil burlarse de ella como de cualquier cosa a medias, algo que todavía no se sabe lo que terminará siendo. El caso es que es la única ciudad importante de Estados Unidos en que los latinos son el Poder, con mayúsculas, y sin embargo les permite a los intelectuales norteamericanos manifestar su desprecio por los latinos sin parecer racistas, como si fuera una pura cuestión ideológica. Y a los latinoamericanos les permite despreciarse a sí mismos (y sobre todo a la gente que en sus sociedades estaría condenada a ser sus sirvientes y aquí encuentran otras oportunidades) y que parezca que le están haciendo un servicio a la humanidad.
 Ha publicado libros de cuentos y antologías. ¿Qué lugar ocupa este libro dentro de su obra? 
El noveno. Ni más ni menos. No debe pedírsele a los escritores que comparen sus libros con los otros como no se le pregunta a un padre a qué hijo quiere más. Lo que sí te puedo decir (en nombre mío y en el de Enrisco) es que reúne lo mejorcito de más de diez años de trabajo y si comparado con la cultura y la historia de la humanidad no es absolutamente nada, en relación conmigo es muchísimo.

miércoles, 24 de abril de 2013

El legado de Alfredo Guevara

La famosa anécdota que cuenta que cuando al Primer Ministro chino Zhou Enlai le preguntaron qué pensaba de la Revolución Francesa respondió que todavía era demasiado pronto para opinar de ella no aplica para el caso de Alfredo Guevara por las mismas razones que en los de Fidel Castro o Alicia Alonso: su larguísima existencia más que física, geológica, ya permite tomar la suficiente distancia para evaluar sus acciones. A esta altura puede determinarse que la herencia más duradera del fundador del ICAIC no es ni dicha institución, ni esa mezcla de pretensiones “artísticas” y chabacanería que es el cine cubano o ni siquiera su manera singular de colgarse la chaqueta de los hombros que pese a su insistencia nunca llegó a adquirir el rango de moda. Su mayor legado, el que sospecho más persistente y duradero, es de cierta concepción de la cultura cubana o más valdría decir de la Alta Cultura de la Revolución Cubana (dicho sea con mayúsculas para que ese conjunto de meras palabras parezca importante) que puede notarse en polémicas tan apartadas en el tiempo como las que rodearon al documental “PM” en 1961 o al reguetón al inicio de la segunda década del siglo XXI.

La famosa polémica que precedió las “Palabras a los intelectuales” fue, además de una lucha por el poder (cinematográfico) entre el grupo de Lunes de Revolución y el del ICAIC, una riña estética: la de cineastas forjados en una de las escuela europeas más pujantes del momento, la italiana, a donde habían ido a estudiar el núcleo de fundadores del ICAIC frente la más anglosajona o directamente filonorteamericana lidereada por Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros y otros que habían pasado fructíferas etapas de formación en los Estados Unidos. Si fue Fidel Castro quien se encargó de fijar de una vez y para siempre los límites de la política cultural (el dentro y el contra, el todo y la nada) fue este Guevara quien se encargó de infundirle un tono: ese que se pretendía refinado pero que encarnó en la forma más vulgar del elitismo, la que representa al pueblo por el curioso procedimiento de darle la espalda y suplantarlo con una versión épica o romántica pero escandalosamente falsa.

 Frente a los borrachitos de “PM” el ICAIC enarbolaba campesinos infelices o jubilosos de acuerdo a la temporada de la Historia que se tratara, a milicianos enérgicos, a brigadistas dispuestos y obedientes hasta en sus desobediencias, a chivatos glorificados por el martirologio. No es de extrañar que la película más emblemática del cine cubano tenga por protagonista a un burgués frustrado y distante observador en funciones. Una cultura que se había “nacionalizado” a partir del reconocimiento de sus raíces por parte de las vanguardias locales desde las décadas del veinte y del treinta se reeuropeizaba en nombre de la batalla entre el socialismo y el capitalismo, entre el arte verdadero y el comercialismo, entre los rezagos del pasado y el futuro luminoso. Así como lo popular se rebajó a turístico y decadente, todo el cine cubano anterior a 1959 desapareció por decreto y Alfredo Guevara devino en fundador del cine nacional en un vuelo sin escalas de los hermanos Lumiere al ICAIC. De un cine sobrecargado de números musicales y cantantes y comediantes de moda se saltó al de imágenes de una severidad recién conquistada acompañadas con música electroacústica o cantautores quejosos pero combativos. Y a eso se le llamó progreso.

Habría que reconocer que como jefe de proyeccionistas Alfredo Guevara tuvo más fortuna que como pastor de cineastas. Se impuso, gracias a la intervención de su viejo cómplice en la universidad –el entonces primer Ministro Fidel Castro-, en una polémica con la ortodoxia de los viejos comunistas lo que permitió que en los años siguientes además del cine “socialista” se pudieran estrenar en Cuba producciones del capitalismo decadente. Su gran mérito fue defender que entre una y otra muestra del realismo socialista se pudiesen ver películas de Fellini o Antonioni. Pese a las potencialidades norcoreanas del comunismo criollo las pantallas habaneras fueron siempre mucho más abiertas que las de Pyongyang o hasta las de Moscú. Fue así cómo Alfredo Guevara se convirtió en un modelo a seguir de intelectual liberal sin ser lo uno ni lo otro.

En cuanto a la producción de cine se encargó de remedar los experimentos de Fidel en la ganadería con resultados parecidos: híbridos que reunían lo peor de sus fuentes de inspiración con uno que otro ejemplar que trataba de redimir a la manada. Decidir cuál sería la Ubre Blanca del cine cubano es tarea algo más difícil. En cambio si alguien le echa en cara su esterilidad cinematográfica yo seré el primero en defender su contención. Cualquiera que se haya asomado a sus libros sabe lo mucho que le debemos agradecer por tanto silencio.

El crítico Justo J. Sánchez intentó en estos días un epitafio: “Vivió en el poder absoluto la contradicción de ser Oscar Wilde en tierra de los Van Van”. La frase es sin embargo más rotunda que precisa. No sólo porque un homosexual con aspiraciones artísticas está tan cerca de Wilde como cualquier bizco con resabios filosóficos de Jean Paul Sartre sino porque Cuba antes de ser la tierra de los Van Van fue la de Matamoros, Piñeiro, Lecuona, Arsenio Rodríguez y Benny Moré. Los Van Van, Buenavista Social Club o el reguetón es lo que todavía puede producir el país a pesar de medio siglo de intervencionismo estatal, de ofensivas contra los “rezagos del pasado” y de experimentación diversa con la cultura nacional atendiendo a caprichos personales convertidos en ley.

Sería fácil y hasta útil emprenderla contra el gusto más o menos kitsch de Alfredo Guevara que propició tanta cursilería con ínfulas, contra su rechazo a la vitalidad de la cultura en nombre de la corrección (ya fuera política o estética), contra su confusión entre arte y propaganda, cultura y festivales pero todo esto oscurecería el sentido (¿profundo?) de su legado. Su herencia se hace presente cada vez que un funcionario de la cultura trata de darle un aspecto liberal a la obediencia estricta de las órdenes de los que mandan como intentó hacerlo Abel Prieto, quizás su más ajustado discípulo, hoy ya pasado a retiro. El legado de Guevara consistió sobre todo en que la destrucción de una cultura y de un país completo adquiriera un aire renovador de manera que en medio de las ruinas todavía se consiga hablar de una ganancia espiritual, la del espíritu de la Revolución o de cualquier otro. Atendiendo a sus deseos cremaron su cuerpo y las cenizas resultantes fueron esparcidas en la escalinata de la universidad de La Habana. Su espíritu en cambio está por todas partes.

sábado, 3 de enero de 2009

Correo equivocado

De cuando en cuando me llega un correo por equivocación. En este caso se trata de alguien que envía el comentario y las letras del último disco de Silvio. En el primero insiste con metáforas castrenses y esa falta de gracia que lo hace tan especial. En las segundas simplemente insiste. Después de su “Canción en harapos” vienen sus canciones en ripios (como estos): "Profundícese el surco de la huella; reverdézcanse sol, luna y estrellas"; "El nuevo trovador antiguo/se acerca a la procesión./Le dice adiós al mundo ambiguo/y pone pie en el caracol". Reverdecer un sol, bella imagen. Así también se podría reverdecer un viejo y obtener un viejo verde. Incluso el nuevo trovador de sesenta años se las da de audaz como en esa discreta alusión a la Ofensiva Revolucionaria del 68: "Quisiera ir al punto naciente/de aquella ofensiva/que hundió con un cuño/ impotente/ tanta iniciativa". Y lo dice así, como si el viaje fuera tan largo y tan imposible y no siguiera teniendo delante de las narices los mismos cuños con mayores impotencias. Como si no les hubiera cantado una y otra vez. Como si no les siguiera cantando. Sirva esto en todo caso como confirmación a lo que dije antes del Subcomandante Marcos: el kitsch –el engreído y feroz, no aquél pueril y tierno de nuestros abuelos- es el arma más poderosa de una Revolución (después de las armas propiamente dichas, claro está).


Del nuevo Disco de Silvio Rodriguez

(por él mismo)


Tropa y civiles:

Hoy tuve que parar el trabajo. De nuevo hay líos con un micrófono y hasta enero no llegan los recambios (que antes de aterrizar en mi país deberán dar algunas vueltas de despiste). Pero no crean que estoy alicaído. He trabajado mucho últimamente. Al fin estoy grabando un disco con base de trío acústico, casi cuarteto, porque por ahí también cuelo alguna guitarrita. Al piano está Roberto Carcassés, al contrabajo Feliciano Arango y en la batería Oliver Valdés. Ocasionalmente aparecen algunos otros músicos jóvenes, invariablemente graduados o por graduar en las Escuelas de Arte. Graba la ingeniera Olimpia Calderón. Juan Mario y Enzo a mano, para lo necesario. La escuadra de Ojalá garantizando la retaguardia, como siempre.

Hay un tema que parece un cuento de Pushkin, dedicado a García Márquez. Él una vez me regaló un argumento parecido para una canción. Era sobre una novia abandonada. Nunca lo usé y años después lo vi infiltrado en una de sus novelas. La canción se llama San Petersburgo y tiene un bello contrapunto de clarinete que escribió Roberto para Niurka. Esta es una canción bastante rusa, pero en el resto del disco se asoma un poquito de rock, además de baladas, sones y danzones. Demasiado es un bolero que le dedico a César Portillo de la Luz, gran autor de todos los tiempos, a quien Odilio Urfé llamaba "el filósofo del bolero". Hay un hermoso texto de Víctor Heredia que pude musicarle, llamado Lo cierto. Hay una Carta a Violeta Parra en la que le cuento algunas impresiones y les beso a sus hijos, que han sido mis amigos.

Casi todas las canciones fueron compuestas entre el año pasado y este 2008 que se está yendo. El trabajo creo que se llamará Segunda cita, que también es una canción, en este caso sobre el ángel postizo que a veces llevamos dentro.

Aquí les van algunas letras, a modo de anticipo.

Felices fiestas y, como dice un amigo parisino, que en todo les vaya antambalé.

Siempre queriéndoles,
aprendiz.


23 de diciembre de 2008, 22:00

SEA SEÑORA

Sea señora la que fue doncella.
Hágase libre lo que fue deber.
Profundícese el surco de la huella;
reverdézcanse sol, luna y estrellas
en esta tierra que me vio nacer.

A desencanto, opóngase deseo.
Superen la erre de revolución.
Restauren lo decrépito que veo,
pero déjenme el brazo de Maceo
y, para conducirlo, su razón.

Seguimos aspirantes de lo mismo
que todo niño quiere atesorar:
una mano apretada en el abismo,
la vida como único extremismo
y una pequeña luz para soñar.

Las fronteras son ansias sin coraje.
Quiero que conste de una vez aquí.
Cuando las alas se vuelven herrajes,
es hora de volver a hacer el viaje
a la semilla de José Martí.

EL GIGANTE

Un gigante,
cuando era infante,
lanzaba pedos
que daban miedo.
Y aquel bellaco
a un gran saco
fue traspuesto,
por molesto.

El gigante,
porque era infante,
gritó tan duro
que hasta el futuro
llegó su queja,
cierta y vieja
como un viento
descontento.

No se sabe si al fin la grey
supo tratar gigantes
poco elegantes,
pero de ley.

Dale a tu niño besos,
pues para eso
nos llora el rey.

SAN PETERSBURGO
A Gabriel García Márquez

Sobre algún puente del delta del Neva,
la noche blanca cautiva y revela
cada suspiro de Elena.

Canta una troika con voz de abedules
y el as de espadas se bate entre nubes
para sus ojos azules.

San Petersburgo
juega al absurdo
con falsa claridad.
Y a quien no duerme
se le disuelve
la frágil realidad.

Sobre algún puente Elena soñaba,
y en el oscuro temblor de las aguas
una cigüeña volaba.

¿Qué hacen las aves
cuando no saben
la dirección del sur?
Buscando estío
surcan el frío
en alas del albur.

Sobre algún puente bordado de historias,
abandonada, lloraba la novia
su blanca noche sin gloria.

DEMASIADO

Demasiado tiempo,
demasiada sed
para conformarnos
con un breve sorbo
la única vez.
Demasiada sombra,
demasiado sol
para encadenarnos
a una sola forma
y una sola voz.

Demasiadas bocas,
demasiada piel
para enamorarnos
de un mal gigantesco
y un ínfimo bien.
Demasiado espacio,
demasiado azul
para que lo inmenso
quepa en un destello
solo de la luz.

Demasiado polvo,
demasiada sal
para que la vida
no busque consuelo
en el más allá.
Demasiado nunca,
demasiado no
para tantas almas,
para tantos sueños,
para tanto amor.

TONADA DEL ALBEDRÍO

Dijo Guevara el hermoso,
viendo al África llorar:
en el imperio mañoso
nunca se debe confiar.

Y dijo el Che legendario,
como sembrando una flor:
al buen revolucionario
sólo lo mueve el amor.

Dijo Guevara el humano
que ningún intelectual
debe ser asalariado
del pensamiento oficial.

Debe dar tristeza y frío
ser un hombre artificial,
cabeza sin albedrío,
corazón condicional.

Mínimamente soy mío,
ay, pedacito mortal.

SEGUNDA CITA

Quisiera enmendar los comienzos
de todas las brumas.
Quisiera empezar cada lienzo
con mejor fortuna.

Quisiera pegarme unas alas
y en una cornisa
soplar una dulce balada
que esparza la brisa.

Quisiera viajar al pasado
de cierta muchacha
que andaba de noche El Vedado,
liviana y borracha.

Quisiera posarme en su vida
para convencerla,
para que con menos heridas
hoy pudiera verla.

El dolor que no curen los ángeles
ojalá que no pueda volver.
La canción que no canten los ángeles
sólo el viento la puede saber.

Quisiera ir al punto naciente
de aquella ofensiva
que hundió con un cuño impotente
tanta iniciativa.

Quisiera ir allí con las cruces
del tiempo perdido
y hacer un camino de luces,
sin odio ni olvido.

El dolor que no curen los ángeles
ojalá que no pueda volver.
La canción que no canten los ángeles
sólo el viento la puede saber.

Quisiera dar vuelta a la rueda
que para en lo mismo:
un simple mortal que se juega
abismo y abismo.

Y, antes de darle al perchero
mis alas de atrezo,
quisiera dejar como fuero
certeza y progreso.

El dolor que no curen los ángeles
ojalá que no pueda volver.
La canción que no canten los ángeles
sólo el viento la puede saber.

TROVADOR ANTIGUO

Sin brillantes conclusiones
ni versículos de fuego;
sin palabras que hagan juego
con grandes decoraciones;
sin humos o presunciones,
más bien con talante exiguo
me declaro trovador antiguo.

Soy de donde los patriotas
daban nombres a las calles.
Soy de un río, soy de un valle
y de una familia rota.
Soy de un pueblo en bancarrota,
de un San Antonio fiestero
donde hoy sólo el viento sopla entero.

El nuevo trovador antiguo
se acerca a la procesión.
Le dice adiós al mundo ambiguo
y pone pie en el caracol.
Escena sucedida tanto,
anónimo el compositor.
El horizonte es el espanto;
la miniatura, el amor.

También nací en Centrohabana,
rumba de supervivencia,
son de perdida inocencia
en clamor de pena urbana;
venerable afrocubana
de existencia fabulosa,
hembra sobrenatural y diosa.

Recorriendo sus esquinas
vuelvo a sentir la fragancia
de una calle de mi infancia
barrial y capitalina:
San Miguel, ángel en ruinas
de inmaculada bandera,
luz vitral de mi canción primera.

El nuevo trovador antiguo
se alinea con la procesión.
Le dice adiós al mundo ambiguo
y pone pie en el caracol.
Escena sucedida tanto,
anónimo el compositor.
El horizonte es el espanto;
la miniatura, el amor.

Ahora soy de la memoria,
ahora pertenezco al viento;
otro dirá en su momento
si fui más pena que gloria.
Lo que fue nuevo es historia
y lo que nace alza vuelo
con el sueño de tocar el cielo.

Partero fui de un futuro
escurridizo, inasible,
seguramente posible
si no le ponemos muros.
El amor es el más puro
néctar contra la tristeza.
Bienvenida su naturaleza.

El nuevo trovador antiguo
se alinea con la procesión.
Le dice adiós al mundo ambiguo
y pone pie en el caracol.
Escena sucedida tanto,
anónimo el compositor.
El horizonte es el espanto;
la miniatura, el amor.