domingo, 29 de marzo de 2020

Teresa Mlawer


Fue en el verano de 1997. Llevábamos un mes en los Estados Unidos. Yo ya había trabajado por dos o tres semanas en esas fábricas que son una parodia de la comedia de Chaplin sobre el capitalismo en serie. En condiciones que parecen diseñadas para que todo lo que venga después parezca un regalo. Fue entonces que una amiga, la escritora y editora Yanitzia Canetti, le habló a Eida de Teresa Mlawer. Una cubana, presidenta de una compañía en el corazón de Manhattan dedicada a los libros. Fuimos los dos para allá. Eida para la oficina y yo al almacén, a mover cajas de libros de un sitio a otro. Unas vacaciones en contraste con mi experiencia en las factorías de Nueva Jersey.

Teresa era una presencia severa que recorría a paso firme el imperio que había levantado desde que “Lectorum” era solo una librería de libros en español en la calle 14. Ahora se había ampliado a casa editorial y a una de las distribuidoras de libros en español más grandes del país con oficinas y almacén en la octava avenida y decenas de empleados.


A los dos meses, o menos, Teresa se dio cuenta de que Eida valía para algo más que para entrar datos en el sistema de la empresa y le propuso convertirla en jefa de compras con el doble del sueldo que había ganado hasta entonces. El capitalismo transformado en la historia de Cenicienta. Luego de ciertas dudas ante una responsabilidad que nunca antes había presentido (es licenciada en biología: toda su experiencia en el mundo de los libros se reducía a su condición de lectora compulsiva) Eida aceptó. Mi ascenso en la empresa fue más tortuoso: concentrado en ingresar en un programa de doctorado en alguna de las universidades locales debí ser de los peores empleados que nunca pasaron por ahí.

Por suerte estaba Eida, a quien Teresa le había tomado un cariño maternal. Con el tiempo, no mucho a decir verdad, llegamos a ser como de la familia. O pasábamos fines de semana en la casa de Teresa y su esposo Bill Mlawer en Long Island o ellos nos visitaban para que Bill calmara su infinita sed de frijoles negros. (Bill Mlawer, hijo de judíos de Europa oriental, nacido en Cuba y emigrado a los Estados Unidos siendo adolescente es prueba viviente de lo pegajosa que es la cubanería: ni sus ancestros judíos ni casi ocho décadas en los Estados Unidos han conseguido borrarle sus esenciales instintos cubanos. De esos que logran que te reconcilies con lo cubano por mucho que antes lo asocies a ciertas miserias.) Durante años nuestro lugar de vacacionar en Miami fue el magnífico apartamento de Teresa Mlawer en la avenida Collins con balcón al mar.

Cuando nuestros caminos laborales se separaron fuimos más cercanos, si cabe. Cada minuto a su lado servía para explicar al detalle que la progresión de Teresa en el mundo del libro en los Estados Unidos no le debía nada a la casualidad. La expansión de Lectorum y la conversión de Teresa en una de las principales traductoras y editoras de libros infantiles al español se debían en primer lugar a una dedicación sin límites. El mayor defecto que le conocí se parecía peligrosamente a una virtud: no sabía descansar. Su incapacidad para relajarse era notoria y no había ambiente, por festivo que fuera, en el que ella no consiguiera colar, insidiosa, alguna cuestión editorial.   

Si Eida era como una hija yo era más bien un yerno al que hay que mantener a raya. Su saludo habitual cuando yo le salía al teléfono era “¿Dónde está la persona más inteligente de la casa?”. Se refería a Eida por supuesto. Como si yo no lo supiera. Cuando la visitamos por primera vez después de saber de su enfermedad quiso jugar a parecer débil. “Llévame suave que estoy enfermita” para segundos después darnos una completa demostración de que esa voluntad que era su mayor marca de distinción seguía intacta pese a la enfermedad terrible que la estaba devorando. Era como siempre, el centro de la galaxia Teresa Mlawer. Una galaxia de libros infantiles, ilustraciones y ediciones cuidadas. La última vez que fuimos a verla, ya debilísima y sin esperanzas, fue la única vez que le vi darle descanso a su voluntad de hierro. Lloró. Rodeada de amigas de toda la vida lloraba no por compasión por sí misma sino por no tener palabras para consolar a las que iban a despedirse de ella. O a Bill, más desconsolado que nadie. Teresa ya se ha ido. Su voluntad, en la forma de todo el mundo que fue construyendo a su paso nos seguirá acompañando. Y donde quiera que esté dudo que consiga relajarse. Eso de “descanse en paz” no va con ella.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

vamos a necesitar muchos cubanos como ella y Bill, muy pronto.

levantar el pais de la debacle de un par de biranitas con infulas de presidente no han dejado en la mas absoluta miseria de nacion. y despues la mala suerte del agua por todos lados!

Yanitzia Canetti dijo...

¡¡¡Hermosa reseña, Henry, mil gracias!!! Ya sabes que fue también como una madre para mí, y que vio a Eida con ese cariño maternal, además de por las razones que mencionas, por saberla mi amiga de la infancia desde que se la presenté en su casa de Long Island. Todo lo que tiene que ver con Tere y Bill me emociona mucho, ya sabes. Te agradezco este sentido y maravilloso homenaje que le has hecho. Por cierto, a ti también te quería y te admiraba, "yerno", :) y se alegraba cantidad cada vez que publicabas algo nuevo, me consta. Espero que podamos vernos pronto para abrazarnos y para continuar rindiéndole tributo a quien tanto hizo por todos los lectores hispanos.

Realpolitik dijo...

Aunque caiga mal (que no me importa) sigo pensando que, aparte de las inevitables excepciones, lo mejor de Cuba se fue al extranjero--lo cual es perfectamente comprensible y completamente justificado. Sobra decir que esa gran fuga de talento y capacidad fue funesta para la sociedad de la isla, que ya estaba gravemente enferma con el Castrovirus-26. Otro logro de la "revolución."