
Primero debo aclarar que no soy anexionista aunque sólo sea por el profiláctico motivo de que teniendo nosotros los cubanos bastantes traumas históricos no deberíamos añadirnos alguno más. En el caso específico de la anexión a Estados Unidos considero que cualquier debate al respecto tendría la misma trascendencia que debatir sobre lo conveniente o no de que Angelina Jolie se acostara conmigo. Más allá de mi interés particular (y aunque sé que esto levantará encendida polémica confieso que la Jolie no figura ni siquiera entre mis prioridades fantásticas) sospecho que la actriz esté lo suficientemente desinteresada en mí como para considerar el debate sobre el tema pura tontería. Más o menos así yo veo el debate de la anexión a los Estados Unidos. Si teniendo la oportunidad en varias ocasiones el último intento más o menos serio que se recuerda se remonta a hace más de siglo y medio, pretender que los Estados Unidos se desviven por anexarnos no pasa de ser una de nuestras tantas maneras de halagar nuestro amor propio. La anexión, en suma, traería consigo demasiadas responsabilidades que Estados Unidos no estaría dispuesto a aceptar. Hace siglo y medio con Norteamérica en pleno expansionismo no se veía de esta manera sino que se le consideraba como el principal aliado que los cubanos podían tener a la hora de desprenderse del yugo español. Ello explica que apenas dos semanas después del alzamiento del 10 de octubre de 1868 los insurrectos enviaran una carta al secretario de estado norteamericano en la que decían como conclusión:
Por eso al acordarnos de que hay en América una nación grande y generosa, a la cual nos ligan importantísimas relaciones de comercio y grandes simpatías por sus sabias instituciones republicanas que nos han de servir de norma para formar las nuestras, no hemos dudado un solo momento en dirigirnos a ella, por conducto de su Ministro de Estado, a fin de que nos preste sus auxilios y nos ayude con su influencia a conquistar nuestra libertad, que no será dudoso ni extraño que después de habernos constituido en nación independiente formemos más tarde y más temprano una parte integrante de tan poderosos Estados, porque los pueblos de América están llamados a formar una sola nación y a ser la admiración y el asombro del mundo entero. [En: Portell Vila, Herminio. Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España. Miami: 1969, p. 217].
Encabezando las firmas estaba el futuro Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, Pedro Figueredo, el hombre que le gustaba escribir himnos montado en un caballo y Bartolomé Masó, el mismo que lanzara en 1895 el famoso Grito de Baire. No es que Céspedes se encontrara especialmente inclinado a la anexión pero posiblemente pensara que para que esa solicitud de ayuda fuera efectiva necesitaba ofrecer como señuelo una promesa de futura unión sin por ello cometer un pecado de leso patriotismo. Si Washington había solicitado la ayuda de Francia y de España y Bolívar la de Inglaterra no vería razón para no hacerlo cuando se enfrentaba a un enemigo inmensamente superior. Pero no serían ellos los únicos. Meses después (6 de abril de 1869) los representantes camagueyanos en una carta al recién elegido presidente norteamericano Ulysses Grant le decían:
Parece que la Providencia ha hecho coincidir estos acontecimientos con la exaltación al poder del partido radical que representáis, porque sin el apoyo que de ese partido aguardamos, puestos en lucha los cubanos con un enemigo sanguinario, feroz, desesperado y fuerte, si se consideran nuestros recursos para la guerra, vencerán, sí, que siempre vence el que prefiere la muerte a la servidumbre, pero Cuba quedaría desolada, asesinados nuestros hijos y nuestras mujeres por el infame gobierno que combatimos, y cuando según el deseo bien manifiesto de nuestro pueblo, la estrella solitaria que hoy nos sirve de bandera, fuera a colocarse entre las que resplandecen en la de los Estados Unidos, sería una estrella pálida y sin valor. [En: Portell Vila, Herminio. Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España. Miami: 1969, pp. 238-239.]
En este caso firmaban la carta Salvador Cisneros Betancourt (el mismo que tres décadas más tarde diera su voto particular contra la enmienda Platt y el llorado Ignacio Agramonte. Demás está decir que el gobierno norteamericano ni siquiera llegó a reconocer la beligerancia de los cubanos en armas que hubiera sido el primer paso para entrar en una guerra en la que de momento no estaban interesados. Insisto, no se trata de acumular argumentos a favor de la anexión. Apenas intento recordar que hace siglo y medio la actitud de nuestros próceres hacia los Estados Unidos o hacia la propia idea de independencia era bastante más laxa que la que ahora se les atribuye. Lo otro es que debemos considerar que si esas cartas hubieran caído en manos de nuestros actuales agentes de la seguridad del estado los 30 años a la sombra por ser agentes al servicio de una potencia extrajera no se los hubiera quitado nadie de arriba.







