domingo, 5 de julio de 2026

Francia o con los santos no se juega


Tras el 3 a 0 de Francia contra Suecia me preguntaba cómo podía ser derrotado un equipo así, con tantas habilidades, tantos recursos, tanta fuerza. Y la respuesta que me di -porque tengo la cortesía de responderme cuando me hago una pregunta- era que solo podrían ser derrotados por ellos mismos. Solo el desprecio por el rival y la arrogancia sobre sus propias capacidades podían derrotar a un equipo tan superior al resto en todo. Hibris le llamaban los griegos a esa modalidad de la prepotencia que veían como “intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres mortales y terrenales”, de creerse mejores que todos, incluso de los orishas del Olimpo.

El caso es que contra Paraguay los franceses se vieron bastante más terrenales, vulnerables, derrotables incluso. No es que a los paraguayos se les viera la más mínima posibilidad de marcarle un gol a Francia pero su plan de juego parecía claro: aguantar 120 minutos sin que les marcaran y encomendarse en la tanda de penales al inmenso -literalmente hablando- a San Orlando Gill. Eso y sacar de sus casillas a los franceses, a los que se les vio provocables, descarrilables.

El plan paraguayo funcionó hasta las vísperas de la segunda pausa de hidratación (o finales del tercer cuarto del juego, como debería decirse). Fue entonces que los del VAR, negados a estirar su jornada laboral hasta los 120 minutos, trajeron a colación un penal que el árbitro principal había pasado por alto. La falta era clara y dentro del área. Y conveniente, porque ya los franceses se estaban poniendo nerviosos ante la posibilidad de que no cediera la muralla paraguaya y tuvieran que jugársela en los penales.

Sin mucha ceremonia ni nervios Mbappé cobró el penalti, fuerte y alto a la izquierda de Gill que se había lanzado al lado contrario. Y luego, no mucho más que reseñar. Excepto quizás que Mbappé no quiso saludar al portero contrario al final del juego y celebró escandalosamente la ajustada victoria delante de este. Hibris dirían los griegos. Una manera de provocar a los dioses del fútbol, tipos caprichosos donde los haya.

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