martes, 20 de junio de 2023

El mundo en blanco y negro


En tiempos en que la industria del entretenimiento se ha vuelto pedagógica parecería que los profesores andamos sobrando. Cada película o serie —o una buena parte, para no exagerar— se propone ser instructiva. Educar a su público al mismo tiempo en el conocimiento de la historia humana y en la diferencia entre el Bien y el Mal. La industria del entretenimiento ahora, cuando no se empeña en ser perfectamente banal, insiste en hacerle competencia a los curas, sermoneándonos sobre las virtudes de la bondad póstuma. Gracias a las series y películas nuevas, el pasado ahora se empeña en lucir mucho más benévolo que hace unos años. Hasta los nazis de las nuevas ficciones se cuidan de hacer comentarios fuera de tono y cuando se atreven es con el único objetivo de parecerles indiscutiblemente malos incluso a quienes desaprueben un examen de ética elemental. Las ficciones contemporáneas exponen las opciones morales de manera tan obvia que uno se pregunta cómo es posible que alguna vez los seres humanos hayan optado por el Mal.

A pesar de eso, insisto. No puede ser que los cineastas del universo hayan renunciado a representar el pasado y el presente con algo de inteligencia. Por eso cuando vi anunciada en Netflix la serie Transatlantic decidí darle una oportunidad. La premisa de la serie resultaba seductora: contar la historia de cómo consiguieron escapar de la Francia de Vichy algunas de las mentes más brillantes y creativas del mundo, empantanadas en Marsella y en peligro de caer en manos de los nazis. Una historia parecida a la de Casablanca, pero con personajes reales tan interesantes como André Breton, Walter Benjamin, Max Ernst, Marc Chagall, Hanna Arendt, Marcel Duchamp o Albert Hirschman.

Sin embargo, la trama y los personajes más atractivos pueden echarse a perder allí donde prima, más que el deseo de entender la complejidad de los asuntos humanos, el de imponer algún catecismo. (Eso es lo que explica que, con personajes con tantas posibilidades como Jesucristo, los apóstoles o María Magdalena, apenas se hayan hecho películas decentes con la trama de los evangelios). En el caso de Transatlantic, aburre e incomoda la manera en que se escenifican los códigos del actual catecismo social: los hombres blancos heterosexuales actúan como una partida de idiotas malvados —especialmente si son nazis, policías franceses o funcionarios y empresarios norteamericanos— mientras los representantes de las minorías son los únicos que parecen contener algo más que aire en el alma o el cerebro. Nada del simpático oportunismo del capitán Renault en Casablanca. Ni siquiera la astuta maldad del mayor Strasser. Transatlantic parece ignorar que un drama —o incluso una comedia ligera— no resulta atractivo sin un obstáculo medianamente complejo que superar. Más si se trata de la compleja misión de salvar algunas de las mentes más brillantes de la época.

Pero al naufragio que es Transatlantic no le basta con ser previsible y caricaturesco. En el esfuerzo por insertar actores afrodescendientes en la trama los creadores de la serie se inventan una improbable representante negra del servicio de inteligencia inglés paseando cubierta de pieles por delante de oficiales nazis y policías de Vichy. O le otorgan el puesto de recepcionista de un importante hotel de Marsella —hotel donde se alojan lo mismo refugiados que oficiales nazis— a un inmigrante de Benin que sospecho que le sería difícil conseguir ese puesto incluso en 2023, no digamos en una Europa invadida por el racismo de Hitler. Pero en su afán por darles protagonismo a personajes afrodescendientes a los realizadores de Transatlantic no se les ocurrió buscar en la Historia. Resulta que uno de los importantes artistas incluidos en la operación real de rescate que describe la serie fue el pintor Wifredo Lam. Lam, artista cubano con sangre africana, china y española en sus venas y reconocido por sus colegas de la bohemia parisina —desde Picasso a Matisse— iba camino de convertirse en el principal introductor del imaginario afroamericano en la pintura del siglo XX.

Pero aparte del pecado de ignorancia, a los realizadores de la serie los traicionó el subconsciente: al parecer asumieron de entrada que un artista de sangre africana como Lam no podría estar entre el contingente de artistas, intelectuales y científicos rescatados en la famosa operación. ¿Para qué investigar más a fondo la historia real si se puede impartir justicia retroactiva enmendando el pasado a golpe de buenas intenciones? No se trata en este caso del racismo beligerante de toda la vida sino de otro, buenista y condescendiente. Es la soberbia de los que se sienten llamados a redimir en ficción a los históricamente excluidos cuando la realidad ha sido bastante más interesante de lo que imaginaban.

No se trata de usar Transatlantic, serie flagrantemente mediocre en casi todo menos en el presupuesto (aunque las reseñas hasta ahora sean “mayormente favorables”) como símbolo de la cultura contemporánea. O sí. La falta de esfuerzo por crear una historia profunda o simplemente informada, permite apreciar mejor el grado cero de la cultura actual, donde muchos se hacen perdonar su falta de conocimiento —y de melanina— usando a las minorías a conveniencia para posar como sus rescatadores. Blancos y blancas aparecen una vez más como redentores de las razas oprimidas, pero sin que se note tanto porque buena parte de ellos estarán detrás de las cámaras. Una variante de racismo bastante más educada y mejor intencionada, pero igualmente ignorante. Como si no fuera suficiente con las variantes tradicionales del racismo. Porque el racismo es eso: la incapacidad de ver al otro como a un igual y a asociar la supuesta superioridad o inferioridad de alguien a un color de piel, una procedencia o a un acento. Y los humanos aceptamos ese artificio para hacer la vida más fácil de entender y asegurarnos algún protagonismo en una historia en la que casi siempre estamos condenados al papel de figurantes.

Es a esa realidad —la del desconocimiento bienintencionado como alternativa al desconocimiento malintencionado— a la que nos enfrentamos los profesores cada día: despejadas las intenciones queda claro que el factor común es la ignorancia, cuya disminución cae justo dentro de nuestro contenido de trabajo. Parecería cosa fácil, si no fuera porque —como en el famoso Siglo de las Luces— la realidad no estuviera inundada de supersticiones. La de la raza es una de ellas, e independientemente de la idea que nuestra época tiene de sí misma, hoy la superstición de la raza parece mucho más sólida que en tiempos de Hitler. Tanto que un etnólogo antirracista como Fernando Ortiz ahora se lo pensaría dos veces antes de publicar un libro que llevara por título El engaño de las razas: no estaría seguro de ser atacado más en nombre de la reacción que en el del progreso.

jueves, 15 de junio de 2023

Listado histérico

 


Veo que existe en Wikipedia una lista de campañas del Partido Comunista Chino (que incluye nombres tan pintorescos como Las Cien Flores, El Gran Salto Hacia Adelante, Las Cuatro Plas o La Revolución Cultural y me parece apropiado y útil listar las campañas del castrismo. Aquí apunto las primeras que me vienen a la mente a la esperar de que ustedes me ayuden a completarla. Si alguien necesita que le explique alguna de las listadas me avisa.

1959 -Reforma agraria*

Primera depuración universitaria

Campaña Compre Productos Cubanos

1960 -Campaña de industrialización

-Lucha Contra Bandidos

-Nacionalizaciones

1961 -Campaña de alfabetización**

1962 Las tres P (Ni putas ni proxenetas ni pederastas)

Segunda Ley de Reforma Agraria***

1965 Campaña contra el burocratismo 

-UMAP

1966 Campaña contra la “dulce vida” ****

1968 -Ofensiva Revolucionaria

1970 -Zafra de los Diez Millones

1971 -Parametración

1977 -Institucionalización

1979 -Proceso de Profundización (nueva depuración de estudiantes en las universidades)

1980 -Mariel.

Actos de repudio

Marchas del Pueblo Combatiente

Depuraciones en centros de estudio

1981 -Creación de las Milicias de Tropas Territoriales

-Campaña contra el mosquito Aedes Aegypti

1986 -Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas

1989 -Creación del Contigente Blas Roca 

1990 -Período Especial en Tiempo de Paz

-Llamamiento al Cuarto Congreso

-Plan Alimentario

2000 -Batalla de Ideas

2006 -Revolución Energética

2021 -Tarea Ordenamiento


*El que reparte (el EStado) obtuvo el 40% de la tierra cultivable.

**Miles de maestros voluntarios fueron enviados a zonas de guerra. Nueve de ellos fueron asesinados por los rebeldes.

***El Estado alcanza el 70% de las tierras cultivables del país.

**** Contra aquellos que llevaban un tren de vida ostentoso incluidos altos dirigentes entre los que se incluyó al Comandante Efigenio Ameijeiras. A él debió tenerlo en cuenta Fidel Castro cuando se refirió a "ajustar cuentas con unas cuantas docenas de charlatanes corrompidos, unas cuantas docenas de charlatanes corrompidos, que además eran unos tremebundos tipos:  “A mí no me tocan.  Yo sí es verdad que soy un 'come-candela'.”  Es decir, guaperías con la Revolución, en una época en que la guapería individual pasó a la otra vida, y los guapos fueron aplastados por el pueblo, que es el único valiente (APLAUSOS).  “A mí no me hacen nada.  A mí no me tocan, porque yo hice, porque yo 'me la comí'.” 

Martí y el danzón

 Por Enrique Del Risco

      

A Jorge Ignacio Domínguez, quien me ha hecho volver a Martí


A los pueblos, como a la gente común, le gustan las simetrías. Y pensar, por ejemplo, que sus adalides políticos son a su vez adelantados estéticos y que las reivindicaciones sociales van de la mano con los atrevimientos culturales. Así hasta que se presta atención y se cae en que los próceres solían ser más conservadores que la media en sus gustos literarios o musicales. Pero entonces, cuando se trata de cubanos, aparece Martí, el primero entre todos en todo. El paladín de la independencia que a su vez tenía la última palabra en poesía modernista o pintura impresionista. Justo hasta que llegaba el momento del baile y entonces anotaba en una carta a un colaborador: “Tocan danzas en la casa mientras escribo, y me molesta: ¿quién tiene derecho todavía a tocar danzas?”

Pienso en esto al revisar el programa de una “Velada familiar en honor de la Señora Leonor Pérez de Martí” el 26 de diciembre de 1887 en Nueva York. Por íntima y familiar que fuera la velada el repertorio que se anuncia se muestra ambicioso. Los poemas que serían leídos procedían casi todos de autores cubanos: Juan Clemente Zenea, José Jacinto Milanés, Diego Vicente Tejera y hasta el propio José Martí. La sección musical sería en cambio más cosmopolita: canciones patrióticas norteamericanas, un trozo de zarzuela española, piezas de Donizetti, Gounod, Chopin. Por eso llama la atención que el colofón de la velada sea precisamente un danzón. Una pieza original compuesta por Beatriz Acosta de Tanco dedicada a la huésped de honor y madre del apóstol titulada, convenientemente, “La Leonora”.

Resulta curiosa la inclusión de un danzón en aquella velada familiar porque lo que es ahora el baile nacional no era visto en la isla como música para personas decentes que es con seguridad como se tenían a sí mismos los asistentes al homenaje a Doña Leonor. Allá en Cuba el danzón era visto con no poca reserva. El periodista Serafín Ramírez, a quien algunos consideran “el primer musicólogo cubano en el siglo XIX” o primer historiador de la música cubana”, no tenía empacho al referirse con repugnancia a ese “ritmo revoltoso y picante con que se acompaña esa degeneración de nuestra contradanza llamada danzón”. Y Ramírez insistía en que “todo lo que tiene de inconveniente y grotesco” no se debía a la sensualidad del baile sino a sus propios componentes musicales. “No es el danzón el que hay que corregir sino su música”.

Por las fechas en que se interpretaba “La Leonora” en honor de la madre de Martí las diatribas contra el danzón eran lugar común no solo en la prensa cubana. Narciso Gener Gonzales periodista norteamericano (e hijo del cubano Ambrosio José Gonzales, compañero de expediciones de Narciso López —con cuyo nombre bautizó a su hijo— y coronel sureño durante la Guerra Civil) describe así un baile en el Parque Central de La Habana en el último domingo de carnaval:

Cientos de mujeres, casi todas enmascaradas y casi todas de color, bailaban al son de una música fantástica —un vals nativo, lento y curioso, llamado danzón— con cientos de hombres blancos. De ninguna manera era una visión agradable; era algo repulsivo para las ideas sureñas; pero no demostraba otra cosa que [el hecho de que] los latinos exhiben las inmoralidades que los anglosajones suelen encubrir cuidadosamente. Las mujeres eran del bajo mundo, y los hombres, por regla general, eran obviamente quienes las mantenían; se encontraban en ese lugar público y hacían ostentación de sus relaciones en frente de los curiosos; era el lado sórdido del tejido social que se revela con una sangre fría propia de los latinos, quienes consideran hipócritas a sus vecinos del norte porque, teniendo los mismos vicios, se esfuerzan mucho por ocultarlos.


No obstante, la decencia es, como se sabe, un concepto muy relativo. Lo que se consideraba vulgar en La Habana, en Nueva York podía considerarse cosa patriótica, muestra de la autoctonía más venerable. Por otra parte, ahora va siendo lugar común entre los que escriben sobre finales del siglo XIX afirmar que el danzón “se asociaba con los ideales libertarios de esos años”. El crítico Roberto González Echevarría ha afirmado que “al igual que el béisbol, y quizás aún más que este deporte, la música cubana y la aparición del danzón, desempeñaron un papel fundamental en la constitución de la conciencia nacional”. En otro momento González Echevarría nos dice que bailar “el danzón, gustar de una literatura estetizante y erótica, practicar el béisbol eran todas actividades modernas y contrarias al espíritu del régimen colonial”.

El gusto humano por la simetría ha hecho que los historiadores vean avanzar codo a codo el nacionalismo político y el musical cuando la realidad suele contradecirlos. El historiador Jesse E. Hoffnung-Garskof, autor del interesantísimo Migraciones Raciales La ciudad de Nueva York y la política revolucionaria en el Caribe español, 1850–1902 reconoce que “como periodistas que se ubicaban en al ámbito público” Rafael Serra, fundador de la “Sociedad Protectora de la Instrucción La Liga” para negros cubanos y puertorriqueños que funcionaría en Nueva York entre 1890 y 1895 y Martín Morúa Delgado, futuro presidente del senado de la república cubana “tenían que preocuparse por la reputación de las sociedades de color, ya que cualquier imagen negativa de ellas restaría valor a su defensa de la igualdad de derechos civiles y políticos. Por ello, acabaron adoptando una línea dura” contra el danzón. A pesar de todas las evidencias en sentido contrario Hoffnung-Garskof se siente tentado a imaginar que la actitud sombría de Serra fuera “solo una proyección pública, que también se permitiría de vez en cuando escuchar o tocar las palmas, cuando los vecinos tocaban y bailaban rumba en su barrio, que se reiría discretamente al escuchar las inteligentes alusiones y las referencias musicales a la sociedad Abakuá en las obras de Failde”. No obstante, el entusiasta historiador norteamericano debe reconocer que no tiene pruebas de que el comportamiento de Serra “en privado respecto a los bailes y la música difiriera de la severa opinión que hizo pública”.

Otra de las grandes figuras negras del independentismo, el periodista Juan Gualberto Gómez, también abominó públicamente de las “prácticas bárbaras” que representaban los bailes afrocubanos: “¿No es verdad que los bailes que las Sociedades de la clase de color han servido mucho para el progreso, la cultura y la moralidad de nuestra raza? … Nuestra juventud, en buena parte, se dedicaba a los juegos de ñáñigos, a los tangos, a los bailes inmorales de la cuna de Guanabacoa, y de los altos de Albizu … entonces se crearon las sociedades y sus bailes vinieron a representar un positivo progreso sobre los tangos y las contorsiones del ñañiguismo…”.

Por su parte, figuras definitorias del independentismo como los generales Antonio Maceo y Máximo Gómez parecían menos reacios a participar en los bailes populares. Si de Maceo se dice que era un buen bailador y no se hacía de rogar a la hora de demostrarlo Máximo Gómez da fe en varias entradas de su diario de campaña que no le disgustaba participar en los bailes a que lo convidaban en tiempos de guerra o de paz. En la Nochebuena de 1872 Gómez atesta que en Buenaventura los vecinos lo obsequiaron esa noche “con una cena y un baile que pasé divertido en compañía de aquella buena gente”. Y el 22 de septiembre de 1888 en Puerto Plata en su natal República Dominicana hace constar que fue “invitado a un gran baile donde conocí muchas más personas de ambos sexos”. No obstante, casi justo una década más tarde, el 24 de septiembre de 1898, conclusa la guerra por la intervención norteamericana Gómez expresa su disgusto “por la pena de ver separarse de mi lado a varios de mis ayudantes disgustados porque yo no acepté excesos de baile en mi propia tienda. Esto causó una impresión desagradable en todos, y constituyéndose cabeza de sedición Valdés Domínguez [el amigo de Martí, quien] arrastró en su locura hasta a Miguel Varona, el joven oficial más mimado del Estado Mayor”.

La inclinación —o no— por el baile dependía, como suele suceder, de la naturaleza de la persona en cuestión, aunque a nivel popular los cubanos solían distinguirse de los españoles por el gusto por ciertos bailes y ritmos autóctonos que las élites de uno y otro bando coincidían en despreciar por consideraciones racistas o clasistas. No en balde uno de los apodos despectivos con los que los cubanos se referían a los españoles era el de “patones” sinónimo local de ineptos para el baile. En cambio, los líderes cubanos, ya fuera por inclinación personal o porque en ellos el peso de la opinión pública era mayor, solían cuidarse de que su inclinación por los bailes populares no los hiciera parecer frívolos o indecentes.

Por otra parte, en el caso de las élites blancas criollas se puede apreciar el intento de homologar su racismo con el de las “naciones civilizadas” que, como Estados Unidos, le daban a este una justificación científica, darwiniana, antes que moral o clasista. El más conocido y feroz ataque público contra el danzón salió de la pluma del criollo Benjamín de Céspedes, plasmado en su libro La prostitución en la ciudad de La Habana. El mismo autor que un año más tarde describe el béisbol como “un pintoresco ensayo de democracia en sus formas más amables y sencillas” describe así los bailes habaneros:

Desde el modesto estrado hasta el amplio salón de la más encopetada sociedad pública, acuden todos confundidos y delirantes á remedar sin pudor ni decoro escenas sáficas de alcoba, bautizadas con los nombres de danza, danzón y Yambú. Músicos y compositores,—por lo general de la raza de color,—rotulan con el dicharacho más expresivo, recogida de la calle o del tugurio, sus abigarradas composiciones, cuyos ritmos son la expresión musical imitativa de escenas pornográficas, que los timbales fingen como redobles de deseos, que el ríspido sonsonete del guayo como titilaciones que exacerban la lujuria y que el clarinete y el cornetín, en su competencia estruendosa y disonante, parecen imitar las ansias, las suplicas y los esfuerzos del que lucha ardorosamente por la posesión amorosa.

No era De Céspedes, en lo político un representante de la reacción integrista. Todo lo contrario. Según el estudioso Jorge Ignacio Domínguez “De Céspedes, médico de familia acaudalada, había estudiado en Francia y España, era separatista, profesaba un criollismo ingenuo y extremista, y en sus ratos libres era presidente de la Liga Anticlerical de la Isla de Cuba”. Téngase en cuenta además que La prostitución en la ciudad de La Habana fue prologado por Enrique José Varona —el mismo que sustituiría a Martí al frente de Patria— quien comenta allí que “si Cuba participa imperfectamente de la cultura europea, en cambio ha recibido sin tasa el virus de su corrupción pestilente” y que en el libro se verá como efecto de la “colonización europea […] lo que han dejado las piaras de ganado negro, transportadas del África salvaje”. Salvaje como nos puede parecer el racismo de La prostitución en la ciudad de La Habana este libro fue percibido en su época antes que nada como ataque al régimen colonial. Al año siguiente el escritor integrista Pedro Giralt en un libro titulado El Amor y la Prostitución, Réplica a un libro del Dr. Céspedes denuncia al de De Céspedes como inspirado por “la musa histérica del criollismo exaltado”. A diferencia de lo que preferirían estudiosos como González Echevarría o Jesse E. Hoffnung-Garskof la realidad entonces como ahora no andaba muy interesada en las simetrías y hubo independentistas racistas, defensores del béisbol que despreciaban el danzón y antirracistas afrocubanos que consideraban el futuro baile nacional como indecente, salvaje y corruptor.

Como en casi todo, la actitud de Martí hacia el danzón en particular y hacia el baile en general es bastante más compleja —y documentada. El baile no parece haber sido lo suyo. En un poema poco conocido —lleno de lugares comunes y apenas notable por el ímpetu que el autor imprimía en todos sus escritos— Martí comienza exaltando la danza en lo que tiene de sensualidad (“¡Bella es la vida en mágico embeleso!”) para luego interrumpir el placer del baile con una pregunta “¿qué es esto con que mis pies tropiezan?/-¿Esto? Nada./ La honra de una mujer que se ha caído”.

En otros escritos y al igual que otros escritores citados antes, Martí asocia el baile a la corrupción del régimen colonial y celebra el aparente abandono del estereotipo del cubano bailador: “¡Se acabó el cubano bailarín, como tipo del cubano, y hay menos danza y vicio entre los hijos de Cuba, aunque no lo parezca así en esta ciudad o la otra, que en la mayoría de los pueblos del mundo!”. En buena parte de las escasas referencias de Martí al baile, este cuando no corrompe distrae de la magna tarea de liberar la patria. Es así como compara a unos tabaqueros fiesteros de Cayo Hueso con los que en una fábrica de Tampa trabajan el domingo para entregar sus honorarios a la causa. Por eso el periódico Patria opta por:

celebrar a los cubanos que después de trabajar toda la semana para sus casas, trabajaron: como muchas otras veces su día de descanso, su domingo, para el tesoro con que han de conseguir su honra de hombres y la de sus hermanos. Algún danzón, recién salido de quién sabe dónde, puede fisgar entre un coñac y otro, del codo, de su teniente, a esos “tabaqueros” del Cayo: Patria prefiere, desde el corazón, enviar su saludo a los tabaqueros de la casa de O’Halloran.

Pero Martí sabe que no puede ignorar la importancia del baile en el mundo que lo rodea. Por mucho que el patriota insista en su raro ascetismo mientras el escritor celebra el placer de las bellas artes, el baile está demasiado enraizado en la sociedad moderna, en la cultura cubana e incluso entre sus seres queridos, como para renunciar a él. Al comunicarse desde México en 1894 con su María Mantilla en Nueva York le anuncia un regalo: “¿A que no sabes qué te llevo? ‘Cuatro danzas’ lindas, de un señor de acá de México, [dedicadas] a las cuatro hijas de mi amigo Mercado”. A continuación, Martí describe el ambiente festivo con que lo han agasajado en casa de Manuel Mercado pero no puede contener la advertencia impertinente: “lo admirable aquí es el pudor de las mujeres, no como allá, que permiten a los hombres un trato demasiado cercano y feo. Esta es otra vida, María querida. Y hablan con sus amigos, con toda la libertad necesaria; pero a distancia, como debe estar el gusano de la flor. Es muy hermoso aquí el decoro de las mujeres. Cada una, por su decoro, parece una princesa”.

Tampoco en el ámbito patriótico Martí puede prescindir de la fiesta, como mismo la fiesta cubana no puede prescindir del baile. El pueblo al que Martí pretende servirle de mesías disfruta demasiado de un buen danzón para pedirle que renuncie a disfrutarlo. Mejor seráusarlo entonces como patriótico cebo. Por eso al anunciar en Patria una fiesta de “la honrada Sociedad de Beneficencia” afrocubana “La Igualdad”, el lunes 27 de junio de 1893 “en el parque de Sultzer, en la calle 126 y la Segunda Avenida” Martí insiste en anunciar al son de cuáles músicos se bailará y así garantizar la asistencia del público: “esta vez no habrá en el jardín palmo de tierra vacío, porque los profesores Hourruitiner y Duarte van a tocar la música de Cuba”.

Pero más allá del pragmatismo de no oponerse a que sus compatriotas se reúnan para divertirse Martí necesita distanciarse de los políticos al uso. Martí, además de comprobar la eficacia de la fiesta y el baile para convocar a los emigrados siente que debe exigirse un mínimo de coherencia. Ese que se ha llamado “hombre sincero de donde crece la palma” necesita un punto de comunión con el entusiasmo de sus compatriotas por un baile que no parece entender del todo. Quien ha hablado en “Nuestra América” de “los hombres naturales” que “han vencido a los letrados artificiales” debe demostrarse a sí mismo que no es un letrado artificial. Quien afirma que “el mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico” necesita convencerse que no es él ese criollo que solo se entusiasma con las bellas artes procedentes de Europa. Martí, tan exquisito en sus gustos musicales, necesita encontrar en la fiesta y la música de sus compatriotas un sentido trascendente para hacerla suya, íntima y, al mismo tiempo, útil para la patria futura. Aquellos que van a reunirse en la fiesta de “La Igualdad” son “nuestros hombres, y gozamos con verlos adelantar, y vencer, en el arte difícil de asociarse, que es el secreto único del bienestar de los pueblos, y la garantía única de su libertad” comenta en el anuncio de la fiesta. Con esa famosa incapacidad martiana para tomarse algo a la ligera, al mismo tiempo que convoca a los bailadores Martí necesita asegurarse de que un baile no se reduce al goce efímero que experimenta quien se contonea con el ritmo de moda. Por eso cree sorprender en los bailadores, en el momento de comenzar a moverse al compás de las notas excitantes de un danzón, el mismo fervor que él le consagra a sus labores de desterrado: “¡La danza más inquieta, en el destierro, se oye con religiosidad! Y antes de bailar, —como que se detiene el bailador a pensar un instante, como que saluda! Va a ser extraordinaria la concurrencia a la fiesta de “La Igualdad”, concluye.

 

sábado, 20 de mayo de 2023

La brecha

 


Sabes que te has puesto viejo sin remedio cuando te reenvían un mensaje que dice:


“Un día un joven le preguntó a su abuelo: "¡Abuelo! Cómo pudieron vivir antes...

- Sin tecnología

- Sin internet

- Sin computadoras

- Sin drones

- Sin bitcoins

- Sin celulares

- Sin Facebook

El abuelo respondió:

Al igual que tu generación vive hoy…

- Sin dignidad

- Sin compasión

- Sin vergüenza

- Sin honor

- Sin respeto

- Sin personalidad

- Sin carácter

- Sin amor propio

- Sin modestia

- Sin honra”

Poco importa que no compartas el mensaje. O sus razonamientos. Basta estar en la lista de correos de alguien con una idea tan rancia del mundo para asumir que perteneces a otra época. Pero mucho más preocupante aún que sentirse viejo es asomarse a la brecha inmensa que se va abriendo entre tu generación y la de tus estudiantes, que en mi caso es la misma que la de mis hijos. Preocupante es la evidencia de que seres que están condenados a compartir planeta y sociedad durante unas cuantas décadas se sientan tan profundamente incompatibles. Como si además de la inevitable brecha tecnológica los separara una brecha espiritual y moral. Como si manejarse bien en el mundo virtual incapacitara a los jóvenes para tener sentimientos, compasión. O viceversa: como si la torpeza tecnológica impidiera a los mayores tener la mínima empatía con todo aquel que sea diferente.

El mensaje que recibí, pese a su torpeza y dogmatismo, apunta a un recelo real. Una desconfianza que se ha ido abriendo paso entre las generaciones alimentada por la llamada guerra cultural que ya va teniendo aires de cruzada. Aunque sin exagerar. Los cruzados que iban a rescatar la Tierra Santa y los sarracenos que la defendían tenían bastante más en común que las actuales generaciones X y Z. Después de todo, los cristianos y musulmanes de entonces compartían un parecido sistema de valores, incluida la creencia en un dios único, aunque lo llamaran de manera distinta y usaran rituales diferentes para reverenciarlo. Podría decirse que las actuales generaciones tienen, por ejemplo, un común descreimiento en la existencia de un ente superior que le dé sentido al universo, pero si se las mira con más detalle se encontrarán diferencias bastante más radicales que las que separaban a los creyentes en los evangelios de los seguidores del Corán. La diferencia llega al punto que incluso compartiendo el objetivo de luchar por la igualdad de género o de razas, el antirracismo o el feminismo en el que nos formamos es visto por los más jóvenes como variantes refinadas de la exclusión y el desprecio hacia el otro. La vieja creencia en la igualdad de razas y géneros va dando paso a la certidumbre de que hay una raza y un género esencialmente perverso aunque ahora le toque a los hombres blancos, identificados como opresores milenarios y absolutos. Hay quienes llaman a esto “marxismo cultural” pero al propio Marx le estarían dando convulsiones.

Los profesores, atrapados en la primera línea de ese choque intergeneracional, tenemos pruebas de sobra que a las nuevas generaciones no les falta dignidad, compasión, vergüenza u honra. Cierto que buena parte de esos muchachos pueden ser frívolos o irresponsables, pero en eso no se distinguen de ninguna de las generaciones que en el mundo han sido. Ser joven es, entre otras cosas, actuar como si se fuera inmortal y de alguien que tome a la ligera su propia mortalidad no se puede esperar que sea mortalmente serio. Tengo para mí que lo que distingue a la nueva generación de la nuestra es más bien lo contrario: son mucho más serios de lo que fuimos a su edad. Frente a nuestra resignada certeza de que el deseo de sobresalir sobre el resto e imponerse a otros es consustancial a la condición humana choca el convencimiento de los más jóvenes de que tales impulsos son parte de una ideología -masculina, blanca y heteropatriarcal- que debe y puede ser extirpada de la faz de la tierra para poner fin a tantos milenios de abuso.

Tales aspiraciones suenan ingenuas, lo sé, pero la queja que impera sobre los objetivos de la generación woke no responde tanto a lo ingenuo de sus objetivos ideológicos sino a sus posibles perversiones. El peligro de que, por ejemplo, tanto deseo de justicia se lleve por delante ese tótem de la sociedad liberal que es la libertad de expresión. O que incluso destruya el mismísimo sentido común que nos cohesiona como sociedad. Pero es justo en nombre del sentido común que los educadores debemos resistirnos a cualquiera de los bandos de la llamada guerra cultural. En parte porque la condición de educador impide verle sentido a cualquier guerra, por metafórica que sea. Porque educar consiste no en vencer a un enemigo sino en transmitir civilización, o sea, en entregar a las nuevas generaciones herramientas que las ayude a desarrollarse como seres humanos y como sociedad y a aprender a convivir en tanto tales. Y a evaluar el peso y las consecuencias de sus acciones. Tal concepción de la educación es, como quiera que se mire, justo lo contrario de la guerra. Por otro lado, tengo el convencimiento de que en cualquier debate intergeneracional las más jóvenes siempre terminarán imponiéndose, aunque sea por el simple detalle de que están destinadas a sobrevivirnos unas décadas más junto con las ideas que lleven consigo.

Negar que la brecha existe -brecha ahondada por la aceleración tecnológica, el drástico cambio de las condiciones de vida y la creciente incertidumbre ante tales cambios- más que obtuso es suicida. Porque en esa brecha los educadores deberíamos ver, más que un foso que nos distancia y nos aísla, un estímulo especial para tender puentes que permitan una mejor convivencia. Puentes de doble vía quiero decir: no se trata de entregarse al neopuritanismo woke pero tampoco de ver en sus portadores un enemigo a derrotar siendo, como son, nuestros sucesores. Mucho nos queda por aprender de las llamadas “nuevas sensibilidades” hacia los componentes menos protegidos de la sociedad, por inspirarnos en el afán de los más jóvenes por hacer parte activa de la sociedad a sectores tradicionalmente excluidos. Pero, aunque nos preocupe no parecer radicalmente obsoletos -o mantener a salvo nuestro empleo- no podemos renunciar a nuestro deber de educar. Eso en estos tiempos significa, entre otras cosas, recordarles a nuestros estudiantes que la libertad de expresión no solo no está reñida con la igualdad sino que es su más profunda garantía. Y que ninguna causa es lo suficientemente buena como para renunciar a decir lo que pensamos y a tratar de entendernos racionalmente, porque entonces dicha causa se convertiría apenas en un magnífico pretexto para opresiones aún mayores que las que pretende eliminar.

martes, 2 de mayo de 2023

El caso Jesús Castellanos



Jesús Castellanos Villageliú (La Habana, 1879-La Habana, 1912) más que un escritor es un caso. O varios juntos: a) el del escritor brillante que muere justo cuando más se esperaba de él, a la desconsoladora edad de 33 años; b) el de ser, pese a su brillantez, el más desconocido de sus contemporáneos cubanos; c) el de aparecer asociado a un grupo de escritores —la llamada “primera generación republicana” a la que pertenecen Carlos Loveira (1882-1928), Miguel de Carrión (1875-1929) y, estirando un poco la denominación, José Antonio Ramos (1885-1946)— tan distante en apariencia de nuestras preocupaciones e intereses y, sin embargo, tan tremendamente vigente; d) el de ser autor de La manigua sentimental, una noveleta maldita que a cien años de su publicación en la revista madrileña Los Contemporáneos nunca ha sido editada como libro independiente. Castellanos es un caso tan complicado que hace este prólogo casi necesario.

Sin dudas, la vigencia queda fuera del alcance de un escritor: no hay manera cierta de imaginar cuáles serán los problemas que afrontará una sociedad dentro de tantos años y la maña que se dará para resolverlos o cuál de los ciclos habituales que afronta una civilización (nacimiento, crecimiento, plenitud y decadencia) se cumplirá en determinado momento del futuro, sintonizando sus preocupaciones con las de cierto texto anterior. La vigencia o trascendencia es una lotería que más que hablar bien de un texto habla mal de la sociedad que no ha sabido superar insuficiencias que ya se percibían uno o dos siglos atrás. Sí es culpa del que escribe su capacidad para afrontar los dramas colectivos o individuales con mirada aguda y lúcida, al margen de las conveniencias del momento, misión que Castellanos cumplió con creces.

El talento de Castellanos no pasó desapercibido en su época. Merced a los cuatro títulos que publicó entre el nacimiento de la República cubana (1902) y la muerte del autor (1912) (Cabezas de estudio, De tierra adentro, La conjura y La manigua sentimental) y a las decenas de artículos que escribió en aquella década como columnista de La Discusión, el autor de La manigua sentimental llegó a ser reconocido como la principal figura literaria de aquella generación. Ese prestigio le valió para fundar y dirigir algunas de las instituciones culturales más importantes de la época. O para que, al margen de su activa labor como organizador y animador de la vida cultural de la época, el crítico Max Henríquez Ureña le atribuyese el “más vigoroso temperamento de novelista de la primera generación republicana”. Su intenso, aunque breve, currículum hace de su olvido un fenómeno sospechoso.

Una breve biografía (a su pesar)

Nacido en La Habana el 8 de agosto de 1878, meses después de concluir la Guerra de los Diez Años, Jesús Castellanos Villageliú venía de una familia “bien establecida”, como se decía por entonces. Y amplia: Jesús fue el tercero de ocho hermanos. Ambos padres, Manuel Sabás Castellanos Arango y Mercedes Villageliú Irola eran cubanos, patriótico detalle del que no podían presumir Martí o Maceo. Manuel Castellanos, el padre, había estudiado medicina en la Sorbona de París y ratificado su título en España, para luego obtener los doctorados de Ciencias y de Farmacia en la Universidad de La Habana. Tenía seis años Jesús cuando su familia se traslada a la entonces población de extrarradio de Jesús del Monte donde el pequeño aprende sus primeras letras en la modesta escuela que dirigía la maestra Carmen Chamorro. En 1889 Jesús, quien ya tiene once años, se muda con su abuelo Nicolás a San José de las Lajas, donde comienza sus estudios de bachillerato “siguiendo el sistema de estudios privados” aunque el último año de sus estudios intermedios lo realiza en el Instituto de La Habana.

Jesús parece haber sido un joven brillante, precoz e inquieto. En 1893, con solo quince años matricula en la Universidad de La Habana. Allí comienza estudiando Filosofía y Letras para luego pasarse a la carrera de Derecho. Descubiertos su talento y vocación por las artes visuales toma clases de dibujo con el pintor Leopoldo Romañach en la Academia de San Alejandro. En la universidad, Castellanos ayudaría a fundar los semanarios La Joven Cuba (1894) y La Juventud Cubana (1894) que luego se convierte en El Habanero (1895), donde publica principalmente poesía. Hay suficientes referencias patrias en los títulos de esas publicaciones como para preocupar a los padres. Pero no se trataba solo de fundar revistas. Jesús planea incorporarse al bando independentista de la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895. Al confesarle su proyecto a su hermana María esta, preocupada por la juventud del hermano, se lo cuenta a sus padres. Como no todos los padres cubanos son Carlos Manuel de Céspedes o Mariana Grajales, los de Jesús, para evitarle la tentación de unirse a la guerra, lo enviaron a México en 1896 a vivir con su tío Pedro Calvo.



Poco después de su llegada a la capital mexicana, Castellanos entra en febrero de 1896 en la Academia San Carlos para proseguir sus estudios de dibujo iniciados en La Habana. Pero ni los estudios ni la distancia atenúan el ardor patrio del muchachito: pronto entra en contacto con el representante del Partido Revolucionario Cubano allí, Nicolás Domínguez Cowan, y se asocia a cuanta organización separatista encuentra, organizando colectas para las llamadas “México y Cuba”, “Morelos y Maceo” e “Hijas de Baire”. Cuando años más tarde, en el prólogo de su primer libro, declara que allí ha querido sincerarse “de una vez de toda la enorme dosis de cursilería que en mi alma supusieron tres años de emigración” Castellanos sabía de lo que estaba hablando. Según Max Henríquez Ureña “Jesús disponía de una corta mesada para cubrir sus atenciones; de ella deducía cuanto le era posible para las cajas de la revolución: en momentos de gran aflicción para la causa separatista como fueron aquellos en que se desplomó inerme Antonio Maceo, cedió íntegra la cantidad de que disponía para todo el mes”. En febrero de 1898, Castellanos viaja a Cuba con intenciones presumiblemente subversivas, pero debe “regresar casi enseguida con sus padres a México donde esperaron juntos el desenlace de la guerra hispano-americana”.

La guerra concluye en el mismo 1898 pero no es hasta el año siguiente que los Castellanos Villageliú regresan a Cuba. Esta vez Jesús iniciará estudios de Arquitectura en la Universidad de La Habana que abandonará, faltándole dos asignaturas para graduarse, para retomar la carrera de Derecho y titularse Doctor en Derecho Civil en 1904. Ya para entonces, Jesús Castellanos se había convertido en uno de los periodistas y caricaturistas más conocidos del país. Desde 1901 Castellanos había comenzado a colaborar con el periódico La Discusión de Manuel María Coronado y con Patria, dirigido por Mario García Kohly, para el que creó sus famosas “Siluetas Políticas” que luego convertirá en el libro Cabezas de estudio (1902).

Un incidente nos retrata al Castellanos de aquellos años al mismo tiempo que a su época. En la Semana Santa de 1901 publica en La Discusión una caricatura en la que se burla de la Enmienda Platt (el artilugio legal impuesto por el gobierno norteamericano que anulaba de hecho la soberanía de la naciente constitución permitiendo la intervención militar en el país cuando los Estados Unidos lo considerara necesario). La caricatura hace que el gobernador militar de la isla, Leonard Wood, mande a detener a Castellanos y a Coronado, el dueño del periódico, y a clausurar la publicación. No obstante, ante el malestar público causado por la medida, el gobernador Wood debe revocarla al siguiente día. La caricatura en cuestión representaba al pueblo cubano como Cristo en la cruz mientras el senador Orville Platt, vestido de soldado romano, empuña una lanza con la famosa esponja con vinagre en la punta en representación de su enmienda. No está claro si esto fue lo que le molestó al gobernador Wood o el verse dibujado como uno de los dos ladrones de la imaginería cristiana crucificados a los costados del pueblo cubano. El otro ladrón crucificado era ni más ni menos que el presidente norteamericano William McKinley.



Aunque toda la obra de Jesús Castellanos pudo reunirse póstumamente en tres gruesos tomos impresiona que esta la realizara en apenas once años, al mismo tiempo que desarrollaba su carrera de abogado. En 1906, el mismo año que publica la colección de cuentos De tierra adentro, es nombrado abogado de oficio de la Audiencia de La Habana. Y en 1908, año en que su novela La conjura obtiene el primer premio de los Juegos Florales del Ateneo de La Habana, es nombrado fiscal de la Audiencia de La Habana. El 26 de agosto de ese mismo año, Jesús Castellanos contraerá matrimonio con Virginia Justiniani en la Iglesia del Ángel para luego emprender viaje por Francia, Bélgica y Estados Unidos.

Al año siguiente Castellanos publica en Madrid la premiada novela La conjura y, en 1910, se le desata la fiebre fundadora: con su gran amigo, el intelectual dominicano Max Henríquez Ureña, crea la Sociedad de Fomento del Teatro, que no tuvo mucho éxito, y luego la Sociedad de Conferencias. También ese año fue miembro fundador y primer director de la Academia Nacional de Artes y Letras y publica, en Madrid, la noveleta La manigua sentimental en la revista Los Contemporáneos.

Sin embargo, el cuerpo de Castellanos no estuvo a la altura de su espíritu creador. Una afección digestiva lo lleva a intentar recuperar su salud en Lake Placid, en el estado de Nueva York, y luego por las mismas razones pasará temporadas en la Isla de Pinos, en el pueblo de Santa María del Rosario y en Amaro en la antigua provincia de Las Villas. A pesar de tales cuidados, Castellanos contrae fiebre tifoidea y muere el 29 de mayo de 1912 en La Habana. Al morir, además de su viuda, el escritor dejaba dos huérfanos, Julio y Alicia, de dos años y nueve días de nacida respectivamente, y una novela, Los argonautas, inconclusa.

La República y las letras

¿Cómo asistir al nacimiento de un Estado? Es probable que esa pregunta se la hiciera cada cubano alrededor del 20 de mayo de 1902, la fecha en que técnicamente Cuba pasaba de ser una suerte de protectorado norteamericano a convertirse en República. Todo parece indicar que en aquellos primeros momentos la mayoría de los intelectuales cubanos se unió a la euforia del resto de sus compatriotas (“Tendrá que ver cómo mi padre lo decía: la República” escribiría décadas más tarde el poeta Eliseo Diego).  El famoso desencanto republicano de que hablan tantos críticos e historiadores fue una invención posterior, afincada en el gesto de un poeta, Bonifacio Byrne, quien desde “distante rivera” ya venía con “el alma enlutada y sombría”.

Jesús Castellanos estaba entre los entusiastas, aunque desde su primer libro, Cabezas de estudio, no pareciera hacerse demasiadas ilusiones con los hombres que le estaban dando forma al nuevo Estado. Mientras otros veían en aquellos primeros representantes de la República la condensación de todas las virtudes patrias, Castellanos describió personas cuyos méritos pasados no borraban su humana vocación por el error ni las más profundas miserias. ¿Por qué pensar que de aquellos personajes que paseaban sus vanidades o torpezas en la Asamblea Constituyente saldría mágicamente la república magnífica y justa que deseaba el difunto Martí? ¿Era sensato esperar que del envilecimiento colonial o la destrucción de la guerra surgiría, por arte de una constitución copiada con más o menos aplicación de la de Estados Unidos, un estado exitoso y ejemplar? Impacta de esa galería de retratos escritos y literales (Castellanos era, además de escritor, un excelente dibujante) recogidos en Cabezas de estudio, la resistencia de Castellanos a dejarse impresionar por figuras que, en buena parte, eran leyendas del proceso independentista. Del futuro presidente Alfredo Zayas nos dice que “Durante la guerra conspiró con entusiasmo. Seguramente no pudo contener su fiebre de elocuencia, y bien pronto lo detuvieron. Lo facturaron a Ceuta, tal vez para estudiarlo como nuevo suplicio para los deportados en aquella plaza fuerte. ¡Oh, crueles refinamientos del despotismo colonial!”. De Luis Estévez y Romero, quien se convertiría en el primer vicepresidente de la nueva República comenta que “une a sus buenas cualidades la modestia, y la modestia en nuestra tierra es como los zapatos: muy bonitos, pero estorban para trepar”. De Enrique Messonier representante y “ex -anarquista” concluye que “pensó con juicio que donde no existía nación, no había gobierno que destruir y que por lo tanto lo mejor que se podía realizar era hacer esa misma nación para después hacerla víctima de sus arraigadas convicciones”. Y del poeta y patriota Esteban Borrero Echevarría (padre a su vez de la malograda poeta Juana Borrero y amigo de Julián del Casal) nos comenta que “más que en sus esfuerzos por la patria, era en su estro poético, a fuerza de gritos, en lo que confiaba siempre don Esteban para la realización de sus ideales. Prueba de ello es que acto continuo a la terminación de la guerra de los diez años, disparó sobre el país su primer tomo de poesías, como si ya no hubiese bastantes calamidades públicas en Cuba con la presencia del señor Marcos García[1] y la fundación del partido autonomista”.

No era sin embargo Castellanos un cínico profesional; más bien todo lo contrario. Asumió con terquedad casi ingenua la misión social de los intelectuales “de enseñar y aun de padecer en la enseñanza”. Consideraba que los intelectuales deberían

sentir la obligación política que implica la fortuna del talento y cómo a la sociedad pertenece, en la justa proporción en que los dones han sido repartidos y lo mismo que los músculos del gañán y el valor del héroe, la cantera de pensamientos en embrión que la casualidad puso bajo su cráneo y que es su deber pulir siempre, como un diamante que da luz y raya el vidrio.

Pese a todo su esfuerzo por dotar de un corpus institucional al gremio de los intelectuales parece ser que Castellanos antes que edificar una República de las Letras se propuso forjar las letras de la nueva República. Comprendía, como ninguno de sus contemporáneos, la necesidad de reconstruir la imagen de lo nacional no en mera oposición al dominio metropolitano sino como un ente con el mayor grado de autonomía posible. Lo que Castellanos constataba era que, al llegar la oportunidad de poner en práctica los antiguos proyectos de emancipación (no sólo política), la sociedad prefería entregarse a los rituales más elementales de lo inmediato. Viendo peligrar el proyecto de reconstrucción nacional y, al mismo tiempo, el estatus de los intelectuales, Castellanos advertía que “Contra ese feroz mercantilismo que nos incapacita para saber cuáles son nuestros propios destinos, hay que reaccionar a tiempo. Nuestra sociedad está necesitada de desinterés, de vistas largas al mañana; nuestra sociedad muere de provisionalismo, de impaciencia ignorante para hacer el negocio rápido y sobre andamios”. Pero —pese al empeño del crítico Luis Toledo Sande en describirlo como un narrador “agonizante”— Castellanos era, como el título de un proyectado libro suyo, un optimista. Contrariaba el aserto de que un pesimista es un optimista bien informado. Castellanos, siendo uno de los intelectuales cubanos más actualizados de su tiempo —al punto de escribir una excelente columna semanal sobre relaciones internacionales— compartía el entusiasmo de la Belle Époque europea lo bastante como para decir que “Libre de terrores religiosos, libre aun de la comezón ideológica que devoró a tantos antepasados suyos por saber el origen del mundo, libre de cuanto pueda trabar el amplio juego de su pensamiento y de su expresión, el ciudadano del siglo XX puede considerarse relativamente redimido del pesimismo”. Y tanto optimismo, claro, no le permitió ver la hecatombe que se aproximaba bajo la forma de Primera Guerra Mundial.



Ese optimismo Castellanos lo extendía al mejoramiento patrio, aunque el propio concepto de patria le pareciera sospechosamente utilitario:

Las patrias políticas no han nacido solas —escribía en 1907—; que ha sido necesario inventarlas, seguramente para la conveniencia de una época. […] Esto de las patrias es nuevo: lo concibieron Cromwell, los revolucionarios del 89, Washington, que no encontraron otra manera de sujetar la antigua cohesión nacional, económicamente ventajosa, sobre la base tambaleante, indecisa, de la democracia, que siempre significó el desencaje, la diversificación, el desmoronamiento.

La patria, asumía este positivista confiado en las potencialidades del progreso y la razón, era una convención, pero “las convenciones humanas se consuman para el bienestar; no sé de ninguna asociación dispuesta y conservada para sufrir”. Castellanos creía en las virtudes de un nacionalismo “constructivo” en tanto asociación creada para asegurar y multiplicar el bienestar colectivo, en la misma medida en que recelaba de la variante del nacionalismo que “nutre el entusiasmo por entidades jurídicas, como la nación, el estado, y por símbolos correlativos como el pabellón, el escudo”. El nacionalismo, sea cual fuere, afirmaba, “es cosa perfectamente artificial y por lo tanto modificables los prejuicios que de él se derivan”.

Entrando en la manigua

Creo que hablar de premeditación en los participantes del movimiento sería completamente erróneo. Subjetivamente puede suponerse que poseían las motivaciones y los sentimientos que tan bien expresó la literatura de la resurrección nacional. (…) La forma en que Ruritania consiguió su independencia cuando la situación política internacional lo propició es ya parte de la historia, y no es este el lugar para repetirla.

                                                                                    Ernst Gellner

 

En 1910 Jesús Castellanos publica La manigua sentimental en la revista madrileña Los Contemporáneos, editada por Eduardo Zamacois, novelista empeñado en difundir el género narrativo conocido como nouvelle. La manigua sentimental cuenta las peripecias de Juan Agüero Estrada, un “estudiante de Derecho boquirrubio y almidonado”, que bajo el peso de apellidos que resumían buena parte de la historia insurreccional de la isla, decide incorporarse a la última guerra de independencia cubana.

En mis abuelos fue costumbre el guerrear contra la España colonial. (…) Mi padre, pobre viejo maniático de hoy, fue aquel Agüero y Castillo que con su bello gesto de libertar en la mañana de la sublevación en su batey, a sus trescientos negros de dotación, asombró a los oficiales que semanas antes le saludaban en un besamanos de palacio, y hasta inspiró una oda —conservada en la familia— a cierta poetisa que era la preocupación celosa y ¡cuán poco artística! de mi madre.

Juan (“Mis padrinos, desdeñosos acaso ante mi lámina esmirriada y lamentosa, no me creyeron digno de ser Bernabé o Serapio, como los héroes de aquel entonces de hace treinta años”) es a un tiempo un personaje bastante bien delineado y un arquetipo: el del joven urbanita y elegante que ha de pasar de su idea edulcorada del campo insurrecto en la que “un general reunía cada noche en su rancho a todo su estado mayor en arduas disquisiciones sobre el porvenir de la patria y las relaciones de la música con la poesía” a la incómoda y vulgar realidad de jefes tercos en el campo de batalla e inescrupulosos en la lucha sorda, pero constante, por saciar sus apetitos sexuales en los campamentos mambises.

Pese al escandaloso tratamiento que dio Castellanos —en su dimensión bélica y en la sexual— a un tema que parecía destinado a tonos estrictamente épicos no ha trascendido ningún debate contemporáneo a su publicación. Esto podría achacarse a la escasa difusión que pudo tener dentro de la isla una novela editada en Madrid y a que el más constante estudioso de la obra de Castellanos —el dominicano Max Henríquez Ureña—, quizás preocupado por la recepción que podría tener el libro, lo describiera como “una de las más bellas evocaciones narrativas, si no la más bella que se conoce de la guerra de independencia cubana, por la interesante armazón episódica y por los pintorescos y exactos cuadros de la vida de los cubanos en la manigua”.

Ninguna alusión a la relajada moral de su protagonista, a sus poco patrióticos devaneos, a su tragicómica convivencia con el enemigo. Tampoco al tremendo personaje de Timotea la Tenienta, descrita con una ferocidad no exenta de admiración como “temible marimacho” y “una de esas amazonas negras, que aterraban a los soldados bisoños, extraña bestia andrógina que ninguna lujuria hubiera profanado”.  Timotea debe figurar entre las primeras representaciones de un personaje transgénero en el más bien mojigato canon cubano.

Una lectura atenta de las crónicas y documentos de las guerras de independencia ofrece otro motivo que explica por qué La manigua sentimental no provocó un escándalo en el momento de su publicación: la representación que nos da de la guerra era mucho más fiel a los recuerdos de los que participaron directamente en ella que los entusiastas recuentos de los manuales de historia que desde entonces se han publicado para ilustrar a los futuros ciudadanos de la república.

Si algún escándalo provocó el libro de Castellanos fue en las muy posteriores valoraciones de los críticos que han abordado su obra después de 1959. Luis Toledo Sande, al referirse a la novela en su prólogo a la edición de la obra de Castellanos, dice que “La manigua sentimental es un testimonio de una forma de pensar que fue felizmente superada por la búsqueda de lecciones heroicas, fáciles de encontrar en las gestas independentistas del país, para estimular la lucha gracias a la cual se transformaría la realidad de la patria”. La molestia que le produce esta noveleta al crítico lo lleva a pasar del análisis de la obra al de las carencias de la biografía del autor al que considera afectado como otros “hombres de su condición social y que no se habían relacionado con la lucha de la manera más directa y comprometida posible; es decir, como combatientes”. Poco le faltó a Toledo Sande repetir con el Che Guevara que el pecado original de Castellanos fue no ser un verdadero revolucionario.

Me gustaría repetir con Toledo Sande que críticas como la suya son testimonio de una forma de pensar que fue felizmente superada, pero un crítico posterior —Alberto Garrandés— nos dice en 1993 que Castellanos “ofrece una incorrecta e injusta valoración de la última guerra de independencia” porque el autor “había olvidado la índole aleccionadora de un pretérito heroico”. Les traduzco: lo que Garrandés le echa en cara a Castellanos es no haber concebido una representación del proceso independentista desde un punto de vista modélico, moralizante, con el Bien y el Mal debidamente repartidos a los lados de las fuerzas que se enfrentaban. O, al menos, como sí hicieron otros escritores, ver en los malos mambises el germen de los funcionarios corruptos de la República.

El juicio de Salvador Arias sobre la noveleta fue, en este contexto, una excepción, al analizarla fuera de las coordenadas ideológico-patrióticas de los anteriores. Y, sin embargo, no le encuentra mejor defensa a La manigua sentimental que encuadrar a su protagonista en la condición de pícaro. No se atreve a preguntarse por qué Castellanos insiste en describir “la evolución del pícaro durante las guerras independentistas”, ni cómo esta picaresca pone en entredicho el relato épico sobre el que se edificó la Nación y que parece el único género posible para narrar este proceso.       

Esa concepción pueril de la literatura como proveedora de modelos de conducta, de lecciones inspiradoras para transformar la realidad de la patria, ya la había superado Jesús Castellanos en sus treinta años de vida. El pecado que le achaca Luis Toledo Sande a Castellanos de no escoger “las grandes heroicidades de la gesta” tuvo menos de negligencia que de alevosía. En su largo panegírico sobre la vida y obra de Castellanos que encabeza la Colección Póstuma de sus textos Max Henríquez Ureña reproduce las notas preparatorias para la noveleta. Estas incluían un nutrido listado de acciones bélicas que Castellanos pensaba incluir en La manigua sentimental: “El protagonista se une a Maceo en uno de sus altos. De ahí sigue con él a la invasión (al Occidente del país) (…) 29 de noviembre. Paso Trocha Júcaro a Morón”. Y así prosigue enumerando parte de las acciones más importantes de la guerra en las que supuestamente haría participar a su personaje. Sin embargo, luego de enrolar brevemente a Juan Agüero en la epopeya de la invasión, lo hace desviarse por uno de los tantos callejones laterales de la Historia nacional. En alguna parte apunta que “os he hablado más de lo que quería del curso homérico de la insurrección”. Esa elección nos dice mucho de sus intenciones al escribir La manigua sentimental. No es la guerra lo que le importa a Juan Agüero. De ella dice algo que podría suscribir ese Castellanos amigo del progreso: “Con permiso del coronel ¿Puede haber cosa más inhumana que la guerra?”.

A diferencia de novelas anteriores y posteriores, Juan Agüero Estrada no es una personalización de la idea de revolución, ni siquiera de su traición o de una corrupción de esta. Las causas que determinan las decisiones del protagonista no se originan en la confirmación o negación del sentido de la revolución: la responsabilidad y las consecuencias de sus acciones le conciernen únicamente al personaje. Pero ni siquiera en su individualidad —y eso posiblemente es lo más conflictivo de la novela— Agüero Estrada es demasiado excepcional. Si lo asumiéramos como pícaro tendríamos que reconocer que casi todos los personajes de la noveleta participan de esa picaresca. El lugar sagrado de la fundación de la Nación se convierte en el campo de batalla de pillos empeñados en repartirse un botín en la forma de cargos y mujeres.

Por otra parte, Castellanos, como letrado de la nueva república cree necesario darle voz al individuo en la vorágine de la guerra como manera de recordarnos que esos individuos, con sus muy particulares defectos y virtudes, van a ser los futuros ciudadanos de la república. En su artículo de 1907, “Las transformaciones del patriotismo”, Castellanos sintetiza la transferencia del espíritu bélico a la vida republicana en la alusión a un amigo que es “hombre de guerra; sus ojos tienen un borde sanguinolento de viejas indignaciones acumuladas. Revolucionario, respira por el muerto respeto a las categorías y lamenta cordialmente el desuso de las condecoraciones”. Castellanos resiente cómo la idea de patriotismo que enarbola su amigo se haya ido imponiendo socialmente a otras más constructivas: “Este mi amigo es patriota; el ser hombre de guerra no es un obstáculo para ello. Parece antes bien, que entre sus conciudadanos una cosa es comprobación de la otra”.  Castellanos establece una preocupante conexión entre el provincianismo de su amigo y su incapacidad para resolver las cuestiones nacionales de otra forma que no sea a través de la violencia. “Mi amigo suspira por una patria aislada del cosmopolitismo contemporáneo, exenta de toda extraña férula moral o legal; y en ella una vida indómita que florezca al menos en tres revoluciones anuales”.

Lo que defiende Castellanos tanto en “Las transformaciones del patriotismo” como en La manigua sentimental es la defensa del hombre común, ese mito pequeño burgués, frente a los que dicen representar las más íntimas voluntades del panteón patrio. Una rara defensa del derecho y del deber de los primeros a no dejarse arrastrar por los segundos a la sangrienta tradición del heroísmo como forma de vida, usando como ideología sus instintos más elementales:

Justo es que los hombres de guerra acaricien perspectivas de revoluciones. Es tendencia humana el conducir insensiblemente nuestras opiniones hacia el rumbo de nuestros intereses. El reino de la teoría no tiene vallas que no invada la pasión. Pero ¿compartirán el pensamiento de mi amigo las buenas gentes que comen a hora regular y observan las modas?

Jesús Castellanos en La manigua sentimental evita repetir el gesto de Manuel de la Cruz, maestro particular de Castellanos cuando éste se preparaba para entrar en el Instituto de La Habana, y a su vez autor de los Episodios de la Revolución Cubana, libro que educó a la generación de la última guerra de independencia sobre los heroísmos de la primera. No es que Castellanos despreciase las virtudes educativas de la historia de la que afirmaba que tenía “un valor sensible en la dirección de los pueblos: admirando lo pasado se aprende a querer lo presente”. Replicando el ademán de su admirado Émile Zola de hacer literatura social escribiendo contra la sociedad, Castellanos apuesta por hacer literatura nacional escribiendo contra la nación o al menos fuera de ella, desde la mirada deliberadamente estrecha de un personaje no especialmente ejemplar. Juan Agüero no es héroe, pero tampoco antihéroe: sólo hace suya la guerra cuando le es imposible alcanzar cierta paz interior. Sande nos dice que el drama de Castellanos fue no haber participado en la guerra mientras que Julio E. Hernández Miyares insiste en sus intentos en 1895 y 1898 todavía un adolescente por incorporarse a la manigua, ambos frustrados por su propia familia. No es difícil imaginar en la biografía bélica de Juan Agüero el modo en que Castellanos trató de imaginar cómo hubiera sido su propia participación en la guerra. Y no se hace ilusiones: en la manigua él habría estado tan fuera de lugar como Juan Agüero. O como Martí, de quien Castellanos afirma en un artículo: “Se comprende la lamentación sorprendida de Rubén Darío al verlo metido en estos trigos de heroísmo y martirio: ‘Maestro, ¿por qué nos has abandonado?; ese no es tu campo’”.

Escribir contra la nación es para Castellanos un modo de recordarnos que su aceptada sacralidad no es más que una convención colectiva para intentar recuperar el sentido cuando se nos escapa individualmente. La disidencia de Castellanos respecto al Gran Relato de la Nación es un modo de devolverle sentido a los nexos entre la nación y los individuos que la componen. Es su manera de coincidir por anticipado con Brodsky cuando el poeta ruso dijo que la literatura es “el mejor argumento contra cualquier teoría política que solo tenga en cuenta a las masas y aplaste al individuo”. Cuando Castellanos se sumerge en esta manigua de ficción no va en busca de la independencia del país sino de su personal libertad de escritor que hasta entonces había consagrado sus esfuerzos a intentar complacer las necesidades nacionales. La libertad de representar sus obsesiones con esa soltura, gracia y precisión es la única vigencia que en definitiva cuenta: saber que en medio de la borrachera ritual ante la epopeya recién concluida —cuando, como en toda épica, los hombres estaban más cerca de sus dioses— hubo alguien que pudo verla desde esa distancia y, al mismo tiempo, con tanto detalle.

 

 

 



1 Político nacido en Sancti Spíritus, participante en la Guerra de los Diez Años y luego fundador del partido Autonomista, que llegaría a ser alcalde de la ciudad y luego Gobernador General de la provincia de Santa Clara durante el breve gobierno autonómico de 1898. De él dirá Jesús Castellanos en Cabezas de estudio que “se distinguió notablemente cuando la guerra de diez años. Como el militar de la novela de Constantino Gil era especialista en retiradas: no tenía rival para preparar una salida a tiempo y era un héroe temible a la hora del rancho. Hay quien asegura que recibió honrosas heridas en el calcañal y en ambos codos”.


*La noveleta La manigua sentimental puede adquirirse aquí