lunes, 22 de agosto de 2022

La Habana hambrienta de Enrique del Risco*


Por Luis Felipe Rojas 

La toma de La Habana por los hambrientos no ha ocurrido todavía. Los amos despiadados, culpables de 63 años de hambre siguen encaramados en el poder, algunos incluso han muerto sin pagar el daño. Pero no hay sepultura oficial que dure cien años ni escritor que no se resista. Por eso Enrique del Risco ha descrito en Nuestra hambre en La Habana —con precisión de relojería y en clave de humor— cada patada en el estómago que sintieron los habaneros en lo que de manera infame el totalitarismo cubano llamó Periodo Especial.

En cambio, en la región oriental, el hambre que sentimos "los palestinos" probablemente tenía, sino "cien años" al menos algunos meses de adelanto. El hambre habanera del Periodo Especial… es un eco que venía recorriendo toda la isla.

Enrisco, como se le conoce al profesor universitario y autor de una novela y algunos textos de no fiction, se ha encargado de pasar por los rayos X a la propaganda oficial cubana. No hay cifras de muertes por hambre desde que a inicios de la década de 1990 arrancara una de las peores hambrunas que haya vivido la Isla en el siglo XX. Nunca contamos los muertos a puñaladas en las colas para la cerveza, los jalones de moño que se dieron las cubanas en la larga espera por comprar diariamente el pan de la bodega, los que quedaron inválidos al ser asaltados para robarles la bicicleta o las cadenas de oro Goldfish de 10k o menos.

No creo que haya tampoco estadística exacta sobre el hambre en Rumanía.

Bitácora de la debacle

El libro fue presentado hace pocos días en el Koubek Center de Miami y si una cosa no podía hacer Enrisco era mentir. El salón estaba repleto de ex vecinos, ex condiscípulos universitarios y cubanos hambrientos de diferentes épocas y lugares a los que habría que contarles muy bien la historia del hambre para no aburrirlos. Y eso hizo, escribirlo en clave de humor.

En 1991 los hilos que tiraban desde Moscú y Berlín del último reducto de comunismo le metieron tremenda finta a su par verdeolivo en el Palacio de la Revolución. En La Habana empezó a hablarse de la Opción Cero, y cuando los mandamases dicen cero, es cero.

En el libro de Enrisco pueden verse en cámara lenta e imágenes dropadas y raídas a más no poder las bombas de gasolina repostando el maltrecho parque automotor con su última gota de combustible, los anaqueles de las tiendas vacíos, los autobuses llenándose de telaraña en los parqueaderos. La gente muriendo como en un bolero donde el marido despechado le mete una puñalada a la amante. Pero no hay cifras.

Y algunos lectores se preguntarán: "¿Bueno, y qué?", porque al fin y al cabo la biografía de la revolución cubana es la biografía del hambre desde 1959. Sin embargo, explicación de por medio, el libro está escrito para checoslovacos, si es que ese gentilicio existe, o para profesoras guatemaltecas despistadas o para turistas incautos a los que todavía les da morbo sentir el olor del derrumbe.

En clave profesoral, el escritor, quien radica en Nueva Jersey, explica que "esto" es el sistema, "Quien tú sabes" es el "Innombrable" de Fidel Castro y se segura de llamar HAMBRE al Periodo Especial.

"No la llores, enterrador"

Muchos tienen por sepulturero al que sepulta a los muertos y pocas veces se le relaciona con la exhumación. Porque a falta de estadísticas oficiales, que nadie sabe si las tendremos algún día, Enrisco se ha encargado de por lo menos marcar el día a día de la desgracia de esos tiempos con una rayita, como la única arma que guarda un prisionero en un cadalso para llevar la memoria de su condena. Lo hace escribiendo, que es como mejor puede hacerlo. Su trabajo durante un lustro en el Cementerio de Colón le ofreció la oportunidad de ver, junto al hambre que arrasaba con todo, el HAMBRE en sentido general que se llevaba casi todo a la tumba.

En esa vía su trabajo de historiador en la principal necrópolis habanera lo convirtió en un excavador, más que en un enterrador.

Un documento necesario

De los inventos del socialismo criollo, traducido para los cubanos y no cubanos que no estaban en la Isla por entonces tenemos: picadillo de soya, picadillo texturizado, ron y cerveza a granel y los camellos, esas bestias rodantes en que nos obligaron a meternos a falta de transporte público. Y pasta de oca; por cierto, ¿alguien ha vuelto a ver una oca en Cuba? El imaginario popular habla todavía de pizzas rebozadas de preservativos (condones) a falta de queso parmesano.

"En los países totalitarios (la Alemania nazi, la Unión Soviética, Cuba) la historia no se escribe sino que se rescribe constantemente", decía Cabrera Infante. Del "HAMBRE" se ha escrito más en clave de timba cubana, exabruptos del "Tosco" José Luis Cortés y su NG La Banda o el fenómeno Buen Vista Social Club que de los años del hambre atroz. La memoria es (s)electiva, ya se sabe. No se puede pedir mucho.

El hambre que trajo la zafra de los 70, la "llenura" que trajo la pacotilla de los vuelos de la Comunidad y el hastío de la Crisis de los Balseros dieron su literatura. A lo mejor por vergüenza o dolor el ahogo estomacal, político y moral, del Periodo Especial no se tenía hasta ahora un libro tan exacto.

Para describir el fascismo eterno o ur-fascismo el gran Umberto Eco apelaba, casi a gritos, a  no perder la memoria, para que el crimen no vuelva a suceder sin que al menos estemos advertidos. "Los seguidores deben sentirse humillados por la riqueza que ostentan los enemigos y por su fuerza", dice en su magnífica conferencia titulada "Contra el fascismo".

El "HAMBRE" eterna

En la Cuba subterránea, la negada a los cubanos, había "de todo". Por eso el alcohol medianamente bueno, un perfume, unos pantalones vaqueros de buena hechura, un libro reciente, un disco extranjero, eran mirados como una ostentación. El poder que humilla.

Y es que tras el hambre general descrita por Enrisco hay filigranas de la precariedad y la escasez que hablan por sí sola. Al tirar de los cables de las carencias como los zapatos nuevos, las golosinas, la falta de lugares para la intimidad, la proliferación de la chivatería, el arribismo en múltiples facetas y la falta de libertad total, aflora en ese tapiz que el régimen, todo régimen, tiende sobre la realidad más inmediata.

El trabajo de Enrisco ha sido el de desvelar un fresco oculto por una tonelada de lodo y oprobio. Sobre el hambre cubana cayó la nieve y el deshielo no llega todavía.

Entre Siempre nos quedará Madrid (Sudaquia Editores, Nueva York, 2012) y esta Nuestra hambre en La Habana no ha discurrido más que un diario puntual que Enrisco ha camuflado poniéndole subtítulos y renombrando capítulos y no con el acostumbrado fechado de los días sufridos.

Esté donde esté el hambre es una sola y ya tiene un guardagujas.


Enrique del Risco, Nuestra hambre en La Habana (Plataforma Editorial, Barcelona, España, 2022).


*Tomado de Diario de Cuba.

jueves, 18 de agosto de 2022

Repetimos: Estados Unidos no es el centro del universo



"El siglo americano” le llamaron a la segunda mitad del XX, cuando, concluida la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos pasó a ser la potencia dominante en el planeta. Así tomaba el relevo del imperio inglés, en trance de disolución entonces tras el proceso de descolonización que sobrevino tras la guerra, y servía de barrera de contención del imperio soviético, también reforzado tras la guerra. Desde entonces era difícil algún rincón en el planeta en el que Estados Unidos no tuviese algún interés, alguna influencia. Los partidarios de la nueva modalidad de imperialismo que no se basaba en el establecimiento de colonias tal y como se concebían hasta entonces, alababan la influencia benéfica y la capacidad infinita de Norteamérica para transformar el mundo.

Eran los años del Plan Marshall en el marco europeo y luego, de la Alianza para el Progreso en el latinoamericano, programas que propugnaban la incesante bondad del modelo norteamericano y su capacidad para reproducirse donde quiera que llegara. A nivel de relaciones terrenales Estados Unidos pasaba a ocupar el lugar de Dios: omnipotente, ubicuo y universal propagador de virtudes democráticas.

No tardó tan idílica visión en ser contradicha por la realidad: desde el papelazo de Bahía de Cochinos hasta el cenagal interminable en que se convirtió la guerra de Vietnam pasando por el apoyo a regímenes dictatoriales en medio mundo con la justificación de detener la amenaza comunista. Aunque es difícil exagerar el peligro que representaba la expansión del comunismo para la mera existencia de la democracia en el mundo, este peligro se usó como patente de corso para cometer o justificar cualquier clase de desmanes. Si usted planeaba instaurar una dictadura y quería a Estados Unidos como patrocinador se montaba una buena amenaza comunista con la confianza firme de que sería atendido y apoyado por el Departamento de Estado. Cuando no por la CIA y el Pentágono. Nada de esto contribuyó a mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo para no hablar de la libertad de los pueblos sometidos a tales dictaduras.

El desmoronamiento del bloque comunista de Europa del Este pareció restaurar el crédito norteamericano, como si la CIA o el Departamento de Estado hubiera tenido algo que ver con la profunda disfuncionalidad de un sistema incapaz de ser reformado como el comunista. Sin embargo, luego de algunos años de entusiasmo injustificado (¿recuerdan que hasta se llegó a hablar de “el fin de la Historia”?) lo que ha predominado desde entonces es una especie de imperialismo invertido en la interpretación de la Historia. Si en algún momento se vio a Estados Unidos como reserva última de la civilización occidental o de la bondad humana, ahora ha pasado a ocupar el papel de Mefistófeles.

Escuche cualquier recuento de historia universal o local en boca de un estudiante universitario norteamericano. Parecería que le es imposible entender la dinámica de cualquier rincón del mundo sin atribuírsela a los Estados Unidos, especialmente cuando las cosas andan mal. El mismo monopolio del bien que se atribuía el país en tiempos más optimistas se ha transformado en el origen único de la maldad del universo. Da igual que se trate de golpes de Estado, guerras, genocidios, dictaduras, contaminación: todo se explica con la acción norteamericana o, en su defecto, con su inacción. No cabe espacio para más responsabilidades que las de Estados Unidos. Peor si se trata de la historia latinoamericana donde el continente es representado como un grupo de adolescentes sistemáticamente abusados por el único adulto del lugar, el gringo rubio.

No trato aquí de defender el buen nombre de Estados Unidos. No se trata de una cuestión de justicia histórica sino de un entendimiento básico de cómo funciona la realidad que debería ser, en definitiva, el objetivo de los estudios universitarios. Alcanzar cierta madurez intelectual pasaría por abandonar el ordenamiento teológico y maniqueo del mundo con el mal y el bien agrupado por zonas geográficas. De entender la realidad como un sistema complejo donde —excepto el caso de unos cuantos sicópatas— los que están en pugna no son la maldad y la bondad sino diversas concepciones del bien, ya sea para un grupo determinado o para toda la humanidad. Que el mal es, más que un objetivo en sí, el subproducto de alguna variante defectuosa del bien. Tan importante como lo anterior es concederle alguna agencia e iniciativa a las diferentes fuerzas que actúan en el mundo en lugar de ejercer el colonialismo inverso de atribuir a un único origen el funcionamiento (perverso) del mundo.

Es fácil entender el atractivo de una explicación tan simplista: aplaca los diferentes complejos de culpa (de ser norteamericano, occidental, del disfrute de privilegios con respecto al resto de la humanidad) al tiempo que evita gastar mucho tiempo en entender cómo funciona el planeta. Culpar a Estados Unidos de cada desastre universal, además de ahorrar tiempo y neuronas, le ofrece una coherencia al universo digna de las religiones monoteístas solo que en este caso la coherencia no se construye a partir de un dios como fuente única del bien sino del demonio norteamericano.

De ser así, la solución de los problemas de este mundo estarían a la vuelta de la esquina. Bastaría con colaborar de maneras directas o indirectas en la extinción de Estados Unidos para solucionar todos los problemas de la humanidad. Si se trata de pensar radicalmente, ¿por qué no buscar soluciones igualmente radicales? Solo que antes de empezar a arreglar el mundo imaginemos la historia universal de los últimos doscientos cincuenta años sin la existencia de Estados Unidos y respondámonos honestamente: sin su existencia ¿estaríamos mejor que ahora?

Con esta reflexión no intento exculpar al país en que vivimos de los muchísimos errores que ha cometido a lo largo de su historia y de las tremendas responsabilidades para con el resto del planeta en el presente y el futuro. No obstante, exagerarlos terminaría por enajenarnos de su comprensión más cabal de la realidad que es —nunca está de más recordarlo— el objetivo primero de las universidades. Entendamos además que a medida que el mundo se complejiza y más actores entren en la palestra, la importancia política y económica de este país se irá reduciendo. No así la importancia cultural y social porque a la larga, tanto en sus mayores frivolidades como en sus más abarcadores reclamos, el mundo se va volviendo más norteamericano. Para bien y para mal.

miércoles, 17 de agosto de 2022

El nombre de la cosa*


Una cuestión de principios

“Revolución Cubana” ha sido por mucho tiempo el nombre más aceptado del régimen instaurado en 1959 no solo entre sus partidarios sino incluso entre muchos que intentan juzgarla con cierta objetividad. Sus adversarios son menos unánimes al respecto: van desde el antropónimo “castrismo” al compuesto “castro-comunismo” pasando por los conceptos genéricos de comunismo, dictadura, estado totalitario, etc. A los partidarios del término “Revolución Cubana” no se les oculta que el propio concepto tiene fecha de caducidad: por laxo que sea nuestro concepto de revolución resulta difícil sostener que esta dure veinte años, para no hablar de sesenta y tres.

Una de las cuestiones que parece desvelar a los estudiosos es determinar el momento en que la Revolución Cubana dejó de serlo. O sea, cuándo dejó de comportarse como una revolución. Eso nos trae a debatir qué definición manejar: si la de revolución como cambios que terminan cristalizando en una constitución política o la de la sustitución de un sistema, mandatario o régimen por otro. De acuerdo a si se insiste en el lado legal o en el socio-político se definiría entonces el cierre de la revolución en 1976, con la aprobación de la constitución de ese año o, en 1968 con la llamada Ofensiva Revolucionaria y la eliminación de la pequeña empresa privada o, incluso, en 1961, con la proclamación oficial del carácter socialista de la Revolución. Sin embargo, ni siquiera este carácter socialista de la economía parecería ser definitorio en el caso cubano. Teniendo en cuenta la entusiasta rapacidad con que la cúpula del poder ha asumido su capitalismo hotelero desde la década de los noventa, el socialismo parece más bien un cascarón dentro del que el régimen va mutando para mantenerse con vida.

En cuanto a la ideología, esta se ha demostrado incapaz de definir el régimen cubano si se tiene en cuenta que también ha mutado de acuerdo a las circunstancias: del nacionalismo de los inicios al comunismo inmediatamente posterior para retomar el nacionalismo a la caída del comunismo en Europa del Este y adscribirse al Socialismo del Siglo XXI enarbolado por su aliada Venezuela. La ideología parece así más mimetismo camaleónico que esencia del sistema.

Habrá incluso el impertinente que recuerde a Condorcet cuando escribió que “La palabra ‘revolucionario’ puede aplicarse únicamente a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad”, para afirmar que la famosa revolución nunca lo fue sino más bien resultó un amago de cambio social que degeneró muy pronto en mera tiranía. Y lo cierto es que incluso desde sus entusiastas inicios cada vez que los líderes de la revolución se vieron en la disyuntiva entre permitirles mayor margen de libertad a los cubanos y extender su poder optaron por lo segundo sin dudarlo. En cualquier caso, haya concluido la revolución en 1959, 1961, 1968 o 1976 esta constituiría una parte insignificante de los sesenta y tres años que el régimen lleva controlando los destinos del país. Antes de establecer cuándo el régimen cubano dejó de ser revolucionario tendría más provecho definir cuándo empezó a ser tiránico.

La mala palabra

“Somos continuidad” es el mantra del actual presidente de gobierno cubano. Tanta insistencia resulta sospechosa. No debería serlo. Díaz Canel es, después de todo, bastante más castrista que los fundadores del régimen que ahora aparenta dirigir. Bastante más ortodoxo al menos. Y tiene sentido: con su falta de talento político, de carisma, de personalidad y de carácter no se puede permitir improvisaciones, heterodoxias. No puede acudir ni a las crisis provocadas del primero de los Castro ni a las salidas de tono del segundo. Por su parte ni el uno ni el otro insistieron demasiado en la cuestión de la continuidad: les bastaba con la garantía del apellido —y con su antiyankismo oral— para darle una aparente cohesión al régimen en medio de sus continuos cambios ideológicos, políticos o de alianzas. No debe olvidarse que la revolución fue declaradamente humanista, nacionalista y anticomunista en un principio, comunista más tarde con ramalazos de martianismo o chavismo en las últimas décadas. O que el régimen fue prosoviético a inicios de los sesenta, antisoviético en los meses posteriores a la Crisis de los Misiles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita” fue la consigna oficiosa ante la retirada de los misiles por los soviéticos) y prosoviético de nuevo hasta más allá de la desaparición de la Unión Soviética. Ese régimen del que Díaz Canel proclama ser continuidad pasó de prochino a mediados de los sesenta, a ferozmente antichino en los setenta y ochenta para hacer las paces con el régimen de Beijing a partir del derrumbe de la Unión Soviética; de ser ostentosamente católico en los inicios para ser ferozmente ateo más tarde y aliarse a cuanto culto le ofrezca su apoyo desde hace décadas. De enemigo público número uno de Pinochet a aliado secreto de la junta militar argentina frente a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU o el Movimiento de Países No Alineados. Si en algo ha dado muestras de continuidad ha sido en su talento para las metamorfosis.

No obstante, pese a los cambios, el régimen ha conservado cierto aire de familia. Y no me refiero a la continuidad del apellido en el poder o, en su defecto, en su veneración. Si debe aislarse lo que le da origen y sentido al régimen cubano, lo que lo identifica en todo momento y a la vez le ha permitido persistir en su ser es su condición totalitaria. Ya sé. Totalitarismo es una palabra que no debiera mencionarse en un cónclave serio. Es, nos dicen, un invento de la Guerra Fría, si no directamente de la CIA, para calumniar lo que por otro lado se llamaba con resignación “socialismo real”, vaciarlo de ideología y equipararlo al fascismo y el nazismo, contaminando el ilusionante socialismo con la fama inhumana de los otros. Convirtiendo “comunismo” en sinónimo de campo de concentración.

Lo cierto es que los campos de concentración, con todo lo terribles que han sido, representaron solo una pequeña parte de la experiencia totalitaria. La mayor parte de los ciudadanos de los estados totalitarios nunca pisó un campo de concentración (a excepción de la Kampuchea de Pol Pot claro). Si acaso lo conocían como un rumor y eso bastaba. A los campos de concentración iban a parar los subproductos, los desechos de la sociedad totalitaria, ya fuera para deshacerse de ella o para reciclarla, si es que el régimen, además, tenía temperamento ecológico. Pero los campos de concentración no alcanzan a explicar el totalitarismo como mismo los basureros no alcanzan a explicar el funcionamiento de una ciudad moderna, por muy útiles que les resulten a los arqueólogos del futuro.

Por más que nos tiente asimilarlo al concepto clásico de tiranía el totalitarismo es bastante más que un régimen de poder absoluto, más o menos ilegítimo, más o menos arbitrario. El totalitarismo es una civilización. No se trata solo de un régimen político o económico: es una cultura en la más amplia acepción de la palabra. Una cultura que podrá resultarnos pobre, contrahecha y chapucera pero cultura al fin y al cabo. El totalitarismo crea un mundo material insuficiente y feo, es cierto, pero entrañable si se observa a distancia y encima se encarga de incidir en todos los aspectos de la socialidad y hasta de la intimidad. La cultura totalitaria sobrevive incluso a la desaparición del poder político que la originó como explica Svetlana Alexievich en El fin del homo sovieticus. Y, como demuestra el caso ruso, puede reencarnar con posterioridad en un nuevo régimen autoritario por pura fuerza de la costumbre y la añoranza.

Una de las críticas más insistentes al concepto de totalitarismo es que la vida real bajo los regímenes así etiquetados era mucho más compleja de lo que sugieren las caricaturas cinematográficas de la Guerra Fría o las pizarras humanas de Corea del Norte. Un argumento que, pretendiendo ser sutil, es tan absurdo como demostrar la inexistencia del capitalismo arguyendo que este es mucho más complejo que lo que sugieren las escenas de la fábrica en Tiempos modernos de Chaplin. Cierto que el totalitarismo nunca alcanzó a imponer en la sociedad el control que pretendía, pero también es cierto que su control es mucho más extendido que el de cualquier autoritarismo que lo precedió y eso, aunque no esté a la altura de sus expectativas resulta perfectamente funcional para los que ejercen el poder.  

Un poco de historia

Si dejamos de ver el castrismo como asunto ideológico, si renunciamos a regalarle esa coartada, nos evitaremos debates teológicos al estilo de si Fidel Castro ya era comunista en 1959 —algo que en esos días negó más de tres veces y luego lo afirmó muchas más— o si fue una ideología adquirida con posterioridad. Más pertinente sería preguntarse por ejemplo si en aquellos inicios ya él y el régimen que propugnaba tenía inclinaciones totalitarias o si, de lo contrario, fue arrastrado al totalitarismo por las presiones norteamericanas. Sobre este último punto muchos estudiosos, tan atentos en otros casos a lo que tuviera que decir el fundador del régimen, prefieren desoírlo. Insisten en que el comunismo y la alianza con la Unión Soviética fue más una reacción a la agresividad norteamericana que parte de su proyecto original. Si en algo concordamos tales estudiosos y yo es que a Fidel Castro no se le puede creer todo lo que dijo, pero pienso que al menos deberíamos creerle lo que dijo a pesar de sí mismo.  

No existe mejor cuaderno de bitácora del castrismo que los discursos que pronunciara su fundador entre el primero de enero de 1959 y el 26 de julio de 2006. Son éstos registro minucioso de sus proyectos, intenciones, rabias momentáneas y rencores a largo plazo. Si estas alocuciones podían ser opacas para su público inmediato que ignoraba mucha de la información que él se guardaba para sí, con la perspectiva que dan los años los discursos de Fidel Castro resultan casi transparentes. La distancia y el conocimiento nos ayudarán a distinguir las declaraciones tácticas de las convicciones profundas. De manera que, para determinar si su régimen tenía una clara vocación totalitaria desde el inicio o si fue una construcción accidental causada por las presiones externas convendría visitar aquellas eufóricas semanas que siguieron a la fuga de Batista, el que quizás fuera el momento de mayor regocijo y consenso colectivos en la historia de la nación.


Una mirada superficial, estadística, a aquellos discursos nos haría pensar en un proyecto profundamente democrático, libertario casi hasta la ingenuidad. Pero a Fidel Castro se le ha acusado casi de cualquier cosa menos de ingenuo y yo no seré el primero en hacerlo. Hago constar no obstante que en las primeras cinco semanas —más allá de las entrevistas y alocuciones televisivas más o menos informales— Fidel Castro pronunció 15 discursos oficiales, prácticamente uno cada dos días, y en ellos repitió la palabra “libertad” 187 veces, lo que equivale a más de doce por alocución. En un principio sus declaraciones en favor de la libertad no pudieron ser más diáfanas. El mismo primero de enero promete que se “decretará el restablecimiento de las garantías y la absoluta libertad de prensa y todos los derechos individuales en el país” y que…

Habrá libertad absoluta porque para eso se ha hecho la Revolución; libertad incluso para nuestros enemigos; libertad para que nos critiquen y nos ataquen a nosotros; que siempre será un placer saber que nos combaten con la libertad que hemos ayudado a conquistar para todos. Nunca nos ofenderemos, siempre nos defenderemos y seguiremos solo una norma: la norma del respeto al derecho y a los pensamientos de los demás[1].

Pero apenas dos semanas después, el 15 de enero, Castro empezaba a encontrarle inconvenientes a tanta libertad. En un discurso ante el Club Rotario de La Habana responde a los que critican los fusilamientos de miembros del antiguo régimen.

¿Qué nos dicen? ¿Que sometamos a los tribunales ordinarios a los criminales de guerra? ¿Y qué tribunales ordinarios hay en Cuba? ¡Si la dictadura no dejó tribunales de ninguna clase! ¿O es que los vamos a llevar […] a todos aquellos tribunales que eran cómplices de la dictadura en general, salvando las excepciones honrosas? […] Si se quieren escoger jueces capacitados y escogerlos por oposición, como deben escogerse, pues nos estamos cinco meses, seis, hasta terminar y tener un poder judicial. ¿Y vamos a esperar eso para juzgar a esos señores?[2]  

En el mismo discurso se molesta hasta con que hayan difundido ciertas declaraciones suyas: “Y yo creo que esa noticia no se debió haber divulgado”. Insiste en que hay “libertad, la pueden divulgar, los que lo hicieron tienen garantizado todo y si quieren una escolta para que los cuiden allí, se la pongo, porque esa es libertad [sic]; pero, honradamente, si se quiere ayudar a la Revolución, es peligroso dar este tipo de noticia”.

Ya el 21 de enero, ante el aumento de las críticas por los fusilamientos afirma —con una tendencia al exceso que pronto se hará habitual— que “hay en Cuba un respeto a los derechos humanos como no lo hay en ninguna parte del mundo”. A seguidas, para legitimar los fusilamientos, somete la cuestión al arbitrio de la multitud que lo escucha.

Imaginad, señores periodistas de todo el continente, señores representantes diplomáticos acreditados en Cuba, imaginad un inmenso jurado, imaginad un jurado de un millón de hombres y mujeres de todas las clases sociales, de todas las creencias religiosas, de todas las ideas políticas, que yo le voy a hacer una pregunta a este jurado, yo le voy a hacer una pregunta al pueblo. Los que están de acuerdo con la justicia que se está aplicando, los que están de acuerdo con que los esbirros sean fusilados, que levanten la mano. (LA MULTITUD LEVANTA LA MANO UNANIMEMENTE.) Señores representantes del Cuerpo Diplomático, señores periodistas de todo el continente: ¡El jurado de un millón de cubanos de todas las ideas y de todas las clases sociales, ha votado![3] 

Un discurso esclarecedor

Más sintomático es el discurso que dirige el 6 de febrero a los trabajadores de la sucursal cubana de la inglesa Shell. A menos de un mes de su entrada triunfal en La Habana, cuando todavía no es miembro oficial del gobierno (en diez días será nombrado primer ministro) esbozará la lógica que sigue su régimen hasta el día de hoy. Mientras rechaza la condición de dictador se presenta como intérprete del “sentimiento mayoritario del país”. Se vanagloria de que la cubana “es la única revolución en el mundo que se está haciendo con un respaldo del 95% del pueblo” y al mismo tiempo acusa a sus críticos de forzar a la revolución a convertirse en dictadura porque “si a nosotros como gobernantes nos quitan la opinión pública, no nos quedaría otra alternativa que usar la fuerza para llevar adelante la Revolución o renunciar”. No obstante, descartados —nominalmente— el uso de la fuerza o la renuncia solo queda plegarse unánimemente a esa voluntad popular que él dice encarnar.

En ese discurso Fidel Castro usa como pretexto una caricatura publicada en una popular revista para convertir cualquier crítica o sátira no solo en ofensa personal sino en ataque a la revolución y por tanto al pueblo cubano: “Los ataques contra la Revolución van contra el pueblo, los ataques contra nosotros van contra el pueblo, porque nosotros aquí no representamos otro interés que el interés del pueblo”. Más de dos años antes de las famosas “Palabras a los intelectuales” Fidel Castro ya expone su lógica totalitaria: si los dirigentes de la revolución encarnan la voluntad popular, toda crítica o burla hacia estos es traición al pueblo, al que no le quedará otro remedio que alinear su opinión con la de su líder so pena de traicionarse a sí mismo. En medio de tal unanimidad hablar y escribir se convierten en actos potencialmente criminales:

Hay muchos que hablan por hablar y escriben por escribir. Hay muchos Otto Meruelos, muchos Díaz-Balart que, bajo la capa de un idealismo que no sienten, bajo la capa de una honradez que no practican, bajo la capa de una lógica que jamás han aplicado a su conducta, hoy parece como si se empeñaran en destruir los valores que la Revolución ha creado; en destruir la fuerza más poderosa con que la Revolución cuenta, que es la fe del pueblo; en destruir la fuerza más poderosa con que la nación cuenta, que es su opinión pública[4].

Más adelante, refiriéndose a caricaturistas que lo han aludido en sus sátiras, añade: “yo no creo que nuestros artistas sean tan poco revolucionarios, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño al pueblo, que la única manera que tengan de divertir al pueblo sea haciéndole daño a la Revolución, sembrando la intriga y sembrando la insidia contra la Revolución”. No significa esto que estén prohibidas las bromas. El poder mismo se permite bromear. Como cuando el propio Castro dice acatar el poder judicial: “Si un tribunal diera la orden de soltar a Sosa Blanco, yo me ajustaría al mismo principio, no desacataría la orden del tribunal.  Ahora sí, pediría que fusilaran al tribunal”. Siniestra como suena bastará un mes para que la broma se trueque en realidad más macabra aún: molesto ante la absolución de un grupo de pilotos por su actuación en la guerra, Castro anula el juicio, manda a repetirlo y, ante tamaña arbitrariedad, Félix Pena, comandante del Ejército Rebelde y presidente del tribunal, se suicida. 

El discurso del 6 de febrero de 1959 es significativo no solo por lo que puedan significar esas tempranas señales de autoritarismo. Téngase en cuenta también que en aquellos días el líder de la revolución rechazaba todo vínculo con el comunismo en lo ideológico o con el socialismo en lo económico. De hecho, el objetivo principal de dicho discurso era convencer a los trabajadores de la Shell de que el gobierno no debía nacionalizar dicha empresa ya que “sería en este momento una medida antitáctica”. Esa y otras medidas deberían ser aplicadas en “una etapa posterior”.



Aunque a la larga le resultara imprescindible el orden totalitario, Fidel Castro no tuvo que esperar por las concreciones ideológicas o económicas del socialismo. De momento le bastaba el fervor. El totalitarismo se nos muestra así como estado de fervor multitudinario donde la masa vibra en la misma frecuencia que su líder a quien le basta con la palabra para aplastar cualquier opinión incómoda. Más que la censura tradicional —que a Fidel Castro parece repugnarle— opta por el boicot o, como llamaríamos en lenguaje contemporáneo, la cancelación. De ahí que con respecto a los caricaturistas incómodos recomiende que “el pueblo se encargue de saber y de discernir quiénes son aquellos a los que no debe leer […], lo que tiene que hacer el pueblo es no leerlos”[5].

Visto así, el totalitarismo se manifiesta como una gigantesca escenificación teatral de la voluntad del líder o del partido. Lejos de ser una sociedad controlada en los más pequeños detalles conforme a una ideología de estado debe verse como el resultado grotesco de la representación de esa pretensión. Allí la sociedad actúa como si apoyara unánimemente las opiniones o decisiones del líder o más bien como si esas opiniones y decisiones no fueran más que la asunción telepática de los deseos más profundos del pueblo.

El totalitarismo debe entenderse en cierto sentido como una gran simulación: el pueblo simula que su voluntad se ve expresada al detalle en las ideas y acciones del partido y el líder junto al pueblo simulan a cada instante volver a aquel estado originario de la revolución en que parecían vibrar exactamente en la misma frecuencia. Una simulación que —espoleada por el aparato político-represivo del régimen— a fuerza de ser repetida ya no pueda distinguirse de las conductas auténticas. Una simulación que está diseñada no solo para encausar —o doblegar— la voluntad del pueblo sino para facilitar el autoconvencimiento de dirigentes y pueblo. De otra manera no se entendería tanta insistencia en realizar actos masivos, votaciones con un único candidato, referendos sin opciones reales. O explica la insistencia a través de los años en aparentar que quien ejecuta la represión de los disidentes es el pueblo por iniciativa propia como ocurre en los famosos “actos de repudio”.  

Un mundo nuevo 

Una lectura atenta de aquellos primeros discursos nos deja claro que pese a la repetición de la palabra libertad, no era “el poder de actuar, hablar o pensar sin traba o restricción” lo que tenía Fidel Castro en mente cuando la invocaba. O la libertad solo le parecía aceptable cuando se aplicara a sí mismo —o a los demás en la medida en que coincidieran con él— lo que viene a ser una definición bastante literal de tiranía. De las medidas que tomara Fidel Castro desde los mismos inicios de la revolución tampoco cabe hacerse ilusiones sobre sus propósitos originales. Y no hablo de medidas estrictamente represivas. En aquellos inicios populistas cada vez que entraban en conflicto la libertad y el control siempre se optó por el control, incluso en las medidas más populares como la Ley de Reforma Agraria, la Ley de Reforma Urbana, las expropiaciones a las grandes compañías, la campaña de alfabetización, etc.

La reforma agraria, lejos de convertir a la masa de campesinos pobres en propietarios de tierras, convirtió al Estado en el único latifundista del país con más del 70% del terreno cultivable. Otro tanto ocurrió con las expropiaciones de casas y negocios, incluso antes de que el régimen se planteara seriamente instaurar una economía socialista: tras cada una de aquellas medidas era el Estado y no los ciudadanos el que salía reforzado. Aún la más aplaudida de aquellas medidas iniciales, la campaña de alfabetización, estuvo concebida desde un inicio como una gigantesca operación de inteligencia y control ideológico más que de superación educativa: desde la cartilla altamente politizada que empleaban los alfabetizadores a la carta a Fidel que debían escribir los alfabetizados como testimonio de su aprendizaje para no hablar del amplio uso de los alfabetizadores como informantes en zonas rurales atestadas de guerrillas anticastristas.

Por otra parte, los congresos obreros y las elecciones estudiantiles que se realizaron en esos primeros años terminaron sometiendo ambos al mandato directo del régimen. Igual pasó con la creación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y el ICAIC. Otro tanto ocurrió con las luchas por la igualdad de mujeres y afrocubanos a los que Fidel se refirió en el discurso a los obreros de la Shell como “sectores discriminados”. La creación de la Federación de Mujeres Cubanas en 1960 no solo sirvió para agrupar las más de mil organizaciones femeninas y feministas existentes bajo el control del régimen, sino para excluir cualquier otra organización que aspirara a desarrollarse en paralelo. Bajo el pretexto de que el racismo había sido abolido por la revolución, las sociedades negras fueron disueltas y no fueron reemplazadas por ningún tipo de representación de la comunidad afrocubana.    

El régimen cubano surgido a partir de 1959 se tomó en serio la tarea de crear una sociedad nueva y para ello la vía más rápida y económica que encontró fue el reciclaje. Una de las formas más socorridas fue renombrando todo lo que encontró a su paso, desde escuelas, hospitales, fábricas, calles y plazas, hasta instituciones, organizaciones, municipios y provincias completas, de manera que las nuevas generaciones crecieran bajo la impresión de que prácticamente todo lo que los rodeaba había sido obra del nuevo régimen. Pero el cambio de nombres no siempre fue suficiente. Con el cambio de propiedad de manos particulares a las del Estado vino la refuncionalización de muchos de los movimientos, organizaciones e instituciones preexistentes. Un caso emblemático por su alcance posterior fue la reconversión de la Casa Continental de la Cultura —fundada en 1953— en la afamada Casa de las Américas, con larga y fecunda trayectoria en la proyección del régimen cubano en el continente.

En lo que sí cambió de manera profunda la sociedad cubana fue en cómo el régimen político e ideológico invadió la vida del país en todos los niveles y posibilidades: se hablaba de una cultura revolucionaria, un deporte revolucionario, una moral socialista y hasta de una caballerosidad proletaria. El antiguo calendario de fiestas y celebraciones nacionales fue reformulado completamente. A las intemporales aspiraciones humanas de crear, innovar, destacarse entre sus iguales y ayudar al prójimo se les dio nuevo sentido a través del sustantivo “revolución” y el adjetivo “revolucionario”, pero todavía se fue más eficaz en la canalización y aprovechamiento de los peores instintos individuales y colectivos. La creación del hombre nuevo no era mero alarde guevarista: el sistema educativo, los medios de difusión masiva y las organizaciones políticas se propusieron como objetivo no solo que las nuevas generaciones fueran educadas en función de los intereses del régimen, sino que no entraran en contacto con nada que contradijera la “moral socialista” y la “concepción dialéctico-materialista del mundo”. Que no lo lograran por completo no significa que no consiguieran distorsionar de manera notable la capacidad de dichas generaciones para analizar críticamente la realidad en que crecían.

Pese a todas estas restricciones el régimen cubano otorgó a sus súbditos una amplia libertad a la hora de vigilar, inmiscuirse y controlar la vida de los demás. La persecución, primero contra los asociados a la dictadura recién derrocada, luego contra los llamados contrarrevolucionarios y restos de la burguesía, y más tarde contra los religiosos, homosexuales y los aquejados de “conductas extravagantes”, “diversionismo ideológico” o “penetración cultural”, daba carta blanca a quien quisiera inmiscuirse en la conducta política, los intercambios económicos, las preferencias espirituales, sexuales, culturales, los gustos musicales o la vestimenta de cada cual. Esta combinación de disrupción social seguida de control y ortodoxia, sometimiento y conservadurismo extremos, es lo que en Cuba ha terminado respondiendo al nombre de “Revolución”. “Revolución” es, junto a la figura totémica de Fidel Castro, lo que le ha dado cohesión a un régimen político cambiante, una economía desquiciada, una ideología rígida y al mismo tiempo acomodaticia y una sociedad disfuncional. Llamar así al proceso iniciado en 1959 no solo contribuye a conservar su destartalada aureola, sino que fracasa en comprender su dinámica.

Que no es lo mismo, pero es igual

De aceptar el término “totalitarismo” para describir el régimen cubano queda preguntarse si ahora, a la altura de 2022, continúa siendo aplicable. Si el abandono de una economía socialista por una mixta, de la ideología comunista por un batiburrillo fascistoide que se dice de inspiración marxista y martiana ameritaría el término “totalitario”. Si en la medida en que una mayor porción de la población se desentiende del Estado como empleador y proveedor no puede hablarse de un sistema distinto al que imperó en los primeros treinta años. O incluso si un hecho como las protestas masivas que sacudieron toda la isla en julio de 2021 no es la demostración más fehaciente del fin de la hipnosis totalitaria del régimen sobre la población.

Los cambios ocurridos a partir de la disolución del bloque soviético y la adopción de un régimen de emergencia que pronto se hizo más o menos permanente obliga a replantearse incluso el concepto de totalitarismo. En parte porque el Estado ya no ejerce el control que ejercía antes sobre la población ni como proveedor de servicios subvencionados, ni de empleos, y ni siquiera como vigilante y represor. En parte porque la construcción de una nueva sociedad ha sido desplazada del centro del discurso oficial para dar lugar a la conservación de las supuestas conquistas ya alcanzadas. También cabría preguntarse si es compatible el ascenso del trabajo por cuenta propia y la existencia de una creciente sociedad civil con la propia idea de totalitarismo.

Prefiero no arriesgar una respuesta definitiva, pero vale la pena recordar que el totalitarismo nazi, el fascista o el franquista, no solo supieron convivir con la economía de mercado sino que incluso se propusieron como su salvaguarda frente a la socialización comunista y la monopolización capitalista. Pero si es cierto que la sociedad civil no solo da señales de vida, sino que se muestra reacia a renunciar a los espacios alcanzados en las últimas décadas, también lo es que el régimen se resiste a renunciar a sus simulacros de obediencia absoluta. La reacción del régimen a las protestas del año pasado es sintomática. En lugar de buscar algún tipo de contemporarización o pacto con los que protestaban, no solo apeló a la movilización forzosa para aplastar las protestas, sino que está aplicando condenas a los cientos de detenidos, desproporcionadas incluso para la propia idea de legalidad del régimen. Frente a una sociedad que se resiste a reducirse a los viejos moldes totalitarios, el régimen apela a ellos una vez más: mientras impone condenas monstruosas a los que protestaron actúa como si nada hubiera ocurrido.

Poco importa que al final el consenso que consiga el régimen sea más o menos simulado. Si lo logra imponer durante suficiente tiempo valdrá tanto como si fuera auténtico. De cualquier manera, los reflejos totalitarios han sido el sostén del régimen durante demasiado tiempo como para que ahora se atrevan a intentar otra cosa. Y por mucho que haya cambiado la sociedad cubana en los últimos treinta años —o cambie en el futuro— el régimen seguirá refiriéndose a sí mismo como “revolucionario” y “socialista” por la misma razón por la que insiste en utilizar métodos totalitarios para sostenerse: si hasta ahora les ha funcionado, ¿para qué cambiar?


[1] Castro Ruz, Fidel (1959): Discurso del 1 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f010159e.html

[2] Castro Ruz, Fidel (1959): Discurso del 15 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f150159e.html

[3] Castro Ruz, Fidel (1959). Discurso del 21 de enero de 1959. En línea: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/f210159e.html

[4] Castro Ruz, Fidel (1959). Discurso del 6 de febrero de 1959. En línea: https://es.wikisource.org/wiki/Discurso_pronunciado_en_la_Empresa_Petrolera_Shell,_el_6_de_febrero_de_1959

[5] Ídem (1959).


*Tomado de In-cubadora.

Nutricionistas del alma*



Una de las consecuencias más evidentes de la corporativización de las universidades es la conversión de los estudiantes en clientes.

Y si, como afirma ese principio básico de las relaciones comerciales, el cliente siempre tiene la razón, habrá que adaptarse a sus necesidades y exigencias con el derecho que le dan las decenas de miles de dólares que paga cada año para adquirir un producto que, en principio, ni él mismo entiende del todo. De eso trata la educación convertida en negocio: de vender un producto que el propio cliente no sabe bien para qué sirve.

Habrá materias cuya utilidad se hace menos cuestionable, como la biología para los que aspiren a convertirse en médicos o las matemáticas en un mundo regido por algoritmos. Hay otras que, en cambio, necesitan de justificaciones constantes. Cuyo sentido, más allá de inercia de los programas escolares, es tan difuso como el de la vida misma. ¿Cómo responder de manera breve y terminante para qué se estudia la literatura, la filosofía, el arte, o incluso las diferentes lenguas, ahora que hay aplicaciones al alcance del teléfono que pueden traducir instantáneamente desde y hacia cualquier idioma? La indefensión de tales materias en un mundo de un pragmatismo cada vez más soberbio lleva a respuestas desesperadas como aquella que Jorge Luis Borges, fecundo en ardides, dio en una entrevista: “Dos personas me han hecho la misma pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qué sirvo yo? ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?”.

La utilidad imprecisa de la vida, nuestro siempre cuestionado lugar en el universo, hace que tales preguntas sean, al mismo tiempo, perturbadoras e imprescindibles. Un cirujano, para mencionar una de esas profesiones cuya utilidad estamos lejos de discutir, nos puede conceder con una operación exitosa, diez, veinte, treinta años más de vida. Queda, en cambio, fuera del alcance de su profesión cómo rellenar de sustancia aquella vida que nos ha regalado. Un vacío insondable, de esos que pueden conducir al suicidio y arruinarle la obra al mejor cirujano.

De ahí la importancia de las humanidades no como antídoto contra el suicidio, pero sí como manera de entendernos con el universo, por grandilocuente que suene. Dicho de otra manera, las humanidades nos ofrecen un idioma universal para comunicarnos con la realidad o, si se prefiere, para apaciguar la insoportable extrañeza del mundo. La heterofobia, el rechazo a lo que consideramos extraño, no es más que la contraparte de la necesidad de los humanos de pertenecer a algo, ese impulso que el psicólogo social Eric Fromm describía como esencial para nuestra existencia en su obra El miedo a la libertad. El debilitamiento de las estructuras comunitarias, rituales y religiosas que ha sobrevenido con la modernidad requiere una renovación racionalizada de esos puentes comunicativos que proporcionan las humanidades y las hacen todavía más importantes que en la época en que fueron fundados los primeros centros universitarios.

Justo en esta época en que la sociedad va asumiendo niveles de especialización antes desconocidos, en que los canales de información y conocimiento se multiplican, segmentando el espacio público en múltiples tribus extrañas entre sí, la tradición humanística de ofrecer sentido donde solo se alcanza a ver caos y hostilidades se hace más necesaria que nunca. Eso es algo que noto no solo en mis estudiantes más idealistas y fantaseadores sino precisamente en aquellos que vienen de carreras técnicas, desde la cibernética a la bioquímica. Estudiantes que en materias ajenas en apariencia a sus prioridades académicas encuentran resueltas necesidades que ni siquiera sospechaban, maneras de completarse a sí mismos.

Pero, para que eso ocurra, para que las humanidades recobren su sentido literal de hacernos más humanos, es necesario esquivar las trampas de la inercia. Es vital que las humanidades sean algo más que aquellas materias que necesitan menos esfuerzo para sacar mejores notas, en que casi cualquier respuesta valga si está decentemente argumentada. Para que las humanidades sean algo más que la clase que sirve como descanso en medios de otras más exigentes, deben ayudar a los estudiantes a completar su ser conectando sus experiencias de un modo coherente. Pero para convencerlos del valor de las humanidades los primeros que debemos estar convencidos somos nosotros, los profesores. Persuadidos de la utilidad de las materias que impartimos para atar los flecos del mundo, pero a la vez evitando cualquier engreimiento. Entender nuestro trabajo como vehículo para incitar la curiosidad incesante y dispersa por lo desconocido de manera tranquila, discreta. Como para que parezca que ser humano —entendido en su sentido más profundo y universal— es algo tan natural como la respiración, aunque no lo sea. Y con la naturalidad debe venir la humildad de reconocer “la mutabilidad y el misterio del mundo” al decir del checo Ivan Klíma. Y hacerlo con la convicción de que, por importante que sea la materia que impartimos, no somos sacerdotes consagrados a la única explicación verdadera del universo sino meros instigadores de la curiosidad y la duda. Desde esa elemental humildad deberemos animar a nuestros estudiantes, más que a asumir certezas, a hacerse nuevas preguntas. Porque, como dice el propio Klíma, “la persona que deja de hacer preguntas deja de pensar, porque pensar es, al fin y al cabo, formular preguntas y responderlas”.

*Publicado originalmente en Hispanic Outlook on Education Magazine

jueves, 28 de julio de 2022

Sobre el 11J

Semanas atrás la periodista Yoani Sánchez nos invitó a un grupo de personas a responder un cuestionario para 14yMedio como manera de conmemorar el primer aniversario del 11J. Estas fueron mis respuestas:



¿Qué fue el 11J para usted?


La fecha más importante en la historia cubana desde el primero de enero de 1959. Aunque aparentemente no se haya conseguido nada lo alcanzado ese día fue enorme: fue el día de la pérdida casi unánime del miedo en un país corroído por el terror a desobedecer. Fue el día en que los cubanos, que hasta entonces habían parecido ser puros figurantes en la restrictiva coreografía del castrismo, recuperaron su agencia como pueblo, como actor dueño de su voluntad. Hasta ese 11 de julio era más fácil imaginarse un cambio de régimen (por un golpe de estado, etc) que la posibilidad de que ese pueblo, sometido durante décadas a la tiranía de la inercia, se movilizara de manera tan espontánea, y masiva por toda la nación (aunque sea un error pensar que todos los cubanos se lanzaron a la calle ese día). Insisto en este punto: en ningún momento de la historia de Cuba se había visto una movilización tan grande contra un régimen en el poder. Las únicas manifestaciones comparables, las que siguieron a la caída del régimen machadista en agosto de 1933 y a la del batistiano en enero de 1959 fueron contra regímenes ya depuestos. Eso lo afirmo como estudioso de la historia cubana. Como ciudadano el 11 de julio fue el día de la recuperación de la vergüenza nacional frente al único sistema totalitario que ha generado este continente.

¿Cómo vivió el 11J desde la distancia, dónde estaba, se sorprendió, cómo se informó y cree que viene pronto otro estallido social?

Viví el 11J casi en tiempo real dentro de las limitaciones que impone la distancia de quien vive al norte de Estados Unidos. Primero mi hermano me llamó advirtiéndome de lo que estaba ocurriendo en San Antonio de los Baños. De inmediato fui a ver los videos que se estaban transmitiendo en Facebook en aquellos momentos y la impresión era inequívoca: la gente marchaba pacíficamente, pero coreando consignas muy claras como “Abajo el PCC” o “Libertad”, muy distantes de la interpretación que luego le dio la prensa extranjera presentándola como una protesta estrictamente económica. Esas protestas reflejaban un hartazgo claro y generalizado contra un régimen que siempre ha intervenido de manera excesiva en la vida de los cubanos y ha estado mucho más dispuesto a reprimir las protestas que a resolver los problemas que las causan.

En ese momento yo estaba en casa, en West New York, Nueva Jersey, y por supuesto que me sorprendió. Dábamos por sentado que los cubanos habían perdido toda capacidad de reaccionar sin importar lo terrible que fuera su situación. Pero incluso en medio de la sorpresa a muchos nos quedó claro que debíamos mostrar nuestro apoyo inmediato a lo que en ese momento eran todavía manifestaciones dispersas en San Antonio y Palma Soriano. Así que un grupo de amigos nos pusimos de acuerdo para manifestarnos a las dos de la tarde de ese mismo domingo en Times Square, en el centro de Manhattan. Íbamos en camino para allá cuando nos dimos cuenta de que la protesta se había extendido por todo el país. Estuvimos manifestándonos el resto de la tarde en diferentes puntos de la ciudad, desde Times Square hasta el monumento a Martí a la entrada del Central Park. Luego unos cuantos nos fuimos a celebrar en la rumba que se organiza los domingos en el corazón del Central Park porque el ánimo en ese momento era de inmenso júbilo y esperanza.


Dudo que se repita pronto otro estallido social porque creo que la condición decisiva del 11J fue el factor sorpresa. Desde entonces el régimen se ha venido preparando para que no se repita. Han hecho de todo: desde poner a punto del sistema represivo y movilizar las fuerzas de choque del régimen hasta la activación de un protocolo antiprotestas que incluye apagones digitales para evitar que se difundan tanto las imágenes de las protestas como de la represión que le sigue. Y lo más importante: las tremendas condenas que les han impuesto a los que se manifestaron ese día, condenas que tienen el claro objetivo de disuadir al resto de los cubanos de la tentación de volver a tomar las calles. Así es muy difícil que ocurra nada. Pero si ya nos equivocamos el año pasado bien podríamos equivocarnos de nuevo.

jueves, 14 de julio de 2022

El remolcador*

NOTI





remolcador 13 de marzo

En la mañana del 13 de julio de 1994 la radio cubana anunciaba con una celeridad rarísima cuando de noticias importantes se trataba: «Zozobró embarcación robada por elementos antisociales. En la madrugada de hoy, elementos antisociales sustrajeron por la fuerza una embarcación del puerto de La Habana con el fin de abandonar ilegalmente el país». En los días siguientes la propaganda oficial insistió en los términos «robo», «antisociales», «naufragio». Una semana después del hundimiento del remolcador Trece de Marzo presentaron a uno de los supervivientes en televisión declarando que el hundimiento había sido accidental. Que los únicos culpables del naufragio en el que murieron hijos suyos eran él y los que lo acompañaron en la fuga al usar una embarcación demasiado vieja para resistir la navegación en alta mar.

Ya para entonces la radio de Miami llevaba días difundiendo declaraciones de supervivientes que se habían comunicado por teléfono desde La Habana. De las setenta y dos personas que viajaban en el Trece de Marzo, se habían ahogado treinta y siete, diez de las cuales eran niños de entre seis meses y doce años de edad. Los organizadores de la fuga eran trabajadores del puerto: gente que sabía navegar y que en los meses previos se ocupó de reparar y poner a punto la embarcación. Por la radio «enemiga» también supimos que el remolcador fue hundido intencionalmente por cuatro naves que lo esperaron a la salida de la bahía. Que embistieron al Trece de Marzo y le lanzaron chorros de agua para hundirlo. Que en un último intento por frenar el ataque, una madre salió a cubierta mostrando su niño a los atacantes, pero el chorro de uno de los cañones de agua se lo arrebató de las manos.

En Cuba el más amplio recuento del hundimiento del Trece de Marzo lo hizo Fidel Castro en persona. Ya el escándalo se había extendido lo suficiente como para que las versiones de los amanuenses de turno no bastaran. En la versión de Quientusabes —como puede comprobarse en la correspondiente edición del Granma—, un grupo de obreros del puerto, en su afán por recuperar su instrumento de trabajo —el remolcador—, chocan accidentalmente con la embarcación cargada de antisociales y la hunden. No menciona que en el Trece de Marzo viajaban niños. Ni siquiera habla de los chorros de agua, a los que se aludía en una versión oficial anterior, y justifica las acciones de los responsables directos del hundimiento diciendo que «El comportamiento de los obreros fue ejemplar porque trataron de que no les robaran su barco». Quientusabes descarta cualquier posibilidad de enjuiciarlos por la muerte de casi cuatro decenas de personas preguntándose retóricamente: «¿Qué les vamos a decir ahora? ¿Que dejen que les roben los barcos, sus medios de trabajo? ¿Qué vamos a hacer con esos trabajadores que no querían que les robaran su barco, que hicieron un esfuerzo verdaderamente patriótico, pudiéramos decir, para que no les robaran el barco? ¿Qué les vamos a decir?».

Fidel Castro podría haberse desentendido de los que hundieron el remolcador, haber cuestionado su decisión de perseguirlo. Podría incluso haber simulado un juicio y un castigo. Pero con ello habría anulado el objetivo principal del hundimiento del remolcador: advertirles a todos los cubanos lo que les esperaba si insistían en escaparse de la isla. La versión de Fidel Castro terminaba confirmando indirectamente la de la radio de Miami. Quien conozca la mecánica de Aquello sabe lo impensable que resulta que un grupo de trabajadores tengan la iniciativa de tomar cuatro barcos del Estado para perseguir a otro en fuga. De ser sorprendidos durante el asedio al barco prófugo, la mayor preocupación de los perseguidores consistiría en demostrar que no intentaban escapar junto con los fugitivos.

Los detalles de las diferentes versiones, oficiales o no, sugieren que todo sucedió más o menos así: alertadas de que un grupo considerable planeaba escapar de la isla usando un remolcador del puerto de La Habana, las autoridades deciden poner en marcha su propio plan. No se trata de sorprender a las setenta y dos personas mientras abordan la embarcación. Ni luego, mientras salen de la bahía. El plan será hundirlos en alta mar con discreción suficiente para que parezca un accidente, aunque no tanta como para que el resto de los cubanos no capte la advertencia: a partir de entonces no habrá contemplaciones con nadie, ni siquiera ante mujeres o niños. Pero para llevar a cabo el plan no usarían a las tropas guardacostas, la opción más lógica, sino a los trabajadores del puerto. Para que parezca una iniciativa de la clase obrera en defensa de sus intereses.

Suena increíble, por supuesto, pero Quientusabes tenía especial debilidad por que sus actos represivos parecieran iniciativa espontánea del pueblo. Ese mismo pueblo al que había privado de toda capacidad para tomar decisiones propias. Una táctica vieja y repetida. Como al crear las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, supuesta organización popular dedicada a reprimir a la oposición. O al usar un contingente de obreros de la construcción en labores represivas cuando en realidad se trataba en muchos casos de policías secretos disfrazados de constructores que repartían golpes en nombre del pueblo. Un recurso que puede parecer ridículo, pero que, para quien tenga suficientes ganas de creérselo, funciona.

Quienquiera que organizara la operación (y una de esa envergadura solo podía tener un nombre) debió apostar los barcos en las afueras de la bahía. Hacer que todo ocurriera en alta mar, sin testigos ni supervivientes. Eso explicaría que no se detuvieran cuando las mujeres mostraron a sus niños. O que no les bastara con embestir el barco o dispararle con cañones de agua y que, una vez hundido el remolcador, los barcos atacantes dieran vueltas alrededor de los supervivientes para que terminaran de de ahogarse. De acuerdo con estos, solo fueron rescatados cuando un barco mercante griego se aproximó al lugar del hundimiento y los obligó a cambiar de plan. Un crimen perfecto si tu idea de la perfección incluye la muerte de casi cuarenta personas, incluidos diez niños.

lunes, 11 de julio de 2022

11J



Respondiendo a un breve cuestionario que me envía Yoani Sánchez

¿Qué fue el 11J para usted?

La fecha más importante en la historia cubana desde el primero de enero de 1959. Aunque aparentemente no se haya conseguido nada lo alcanzado ese día fue enorme: fue el día de la pérdida casi unánime del miedo en un país corroído por el terror a desobedecer. Fue el día en que los cubanos, que hasta entonces habían parecido ser puros figurantes en la restrictiva coreografía del castrismo, recuperaron su agencia como pueblo, como actor dueño de su voluntad. Hasta ese 11 de julio era más fácil imaginarse un cambio de régimen (por un golpe de estado, etc) que la posibilidad de que ese pueblo, sometido durante décadas a la tiranía de la inercia, se movilizara de manera tan espontánea, y masiva por toda la nación (aunque sea un error pensar que todos los cubanos se lanzaron a la calle ese día). Insisto en este punto: en ningún momento de la historia de Cuba se había visto una movilización tan grande contra un régimen en el poder. Las únicas manifestaciones comparables, las que siguieron a la caída del régimen machadista en agosto de 1933 y a la del batistiano en enero de 1959 fueron contra regímenes ya depuestos. Eso lo afirmo como estudioso de la historia cubana. Como ciudadano el 11 de julio fue el día de la recuperación de la vergüenza nacional frente al único sistema totalitario que ha generado este continente.

¿Cómo vivió el 11J desde la distancia, dónde estaba, se sorprendió, cómo se informó y cree que viene pronto otro estallido social?

Viví el 11J casi en tiempo real dentro de las limitaciones que impone la distancia de quien vive al norte de Estados Unidos. Primero mi hermano me llamó advirtiéndome de lo que estaba ocurriendo en San Antonio de los Baños. De inmediato fui a ver los videos que se estaban transmitiendo en Facebook en aquellos momentos y la impresión era inequívoca: la gente marchaba pacíficamente, pero coreando consignas muy claras como “Abajo el PCC” o “Libertad”, muy distantes de la interpretación que luego le dio la prensa extranjera presentándola como una protesta estrictamente económica. Esas protestas reflejaban un hartazgo claro y generalizado contra un régimen que siempre ha intervenido de manera excesiva en la vida de los cubanos y ha estado mucho más dispuesto a reprimir las protestas que a resolver los problemas que las causan.

En ese momento yo estaba en casa, en West New York, Nueva Jersey, y por supuesto que me sorprendió. Dábamos por sentado que los cubanos habían perdido toda capacidad de reaccionar sin importar lo terrible que fuera su situación. Pero incluso en medio de la sorpresa a muchos nos quedó claro que debíamos mostrar nuestro apoyo inmediato a lo que en ese momento eran todavía manifestaciones dispersas en San Antonio y Palma Soriano. Así que un grupo de amigos nos pusimos de acuerdo para manifestarnos a las dos de la tarde de ese mismo domingo en Times Square, en el centro de Manhattan. Íbamos en camino para allá cuando nos dimos cuenta de que la protesta se había extendido por todo el país. Estuvimos manifestándonos el resto de la tarde en diferentes puntos de la ciudad, desde Times Square hasta elmonumento a Martí a la entrada del Central Park. Luego unos cuantos nos fuimos a celebrar en la rumba que se organiza los domingos en el corazón del Central Park porque el ánimo en ese momento era de inmenso júbilo y esperanza.

Dudo que se repita pronto otro estallido social porque creo que la condición decisiva del 11J fue el factor sorpresa. Desde entonces el régimen se ha venido preparando para que no se repita. Han hecho de todo: desde poner a punto del sistema represivo y movilizar las fuerzas de choque del régimen hasta la activación de un protocolo antiprotestas que incluye apagones digitales para evitar que se difundan tanto las imágenes de las protestas como de la represión que le sigue. Y lo más importante: las tremendas condenas que les han impuesto a los que se manifestaron ese día, condenas que tienen el claro objetivo de disuadir al resto de los cubanos de la tentación de volver a tomar las calles. Así es muy difícil que ocurra nada. Pero si ya nos equivocamos el año pasado bien podríamos equivocarnos de nuevo.