Hace unos días Diario de Cuba pedía un texto sobre la obra de literatura música o cina que más me había impresionado a lo largo del año. Más que por la reseña opté por la enumeración y la referencia breve. Aquí añado la parte musical que no quedó incluida en el texto que publicó Diario de Cuba.
Este año ha sido, entre otras incursiones, de lecturas esteparias, aunque en ocasiones avanzara un poco más allá hasta caer cabeza en plena taigá. Sí, hablo de esa raza temible que son los escritores rusos —o similares— que desde siempre, más que dedicarse a escribir historias de cómo se salva o se destruye el mundo, escriben como si lo fueran a destruir o a salvar a golpe de novelas. Como si su escritura no pretendiera representar el mundo, explicarlo, sino como si de ella dependiera su existencia.Nota: Si tienen recomendaciones que hacerme se las agradezco, sobre todo en cine para ver si me desquito en estos días con Netflix. Me valen películas aparecidas en los últimos diez años siempre que sean buenas.
Esta vez mis compañeros de viaje, o mejor, mis guías cosacos han sido Vladimir Voinóvich (Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin), Yuri Andrujóvich (Doce anillos), Sofi Oksanen (Purga) y Varlam Shalámov (Relatos de Kolimá). El libro de Voinóvich —antiguo disidente y responsable tanto del himno de los cosmonautas soviéticos como de contrabandear de la Unión Soviética el manuscrito de la majestuosa Vida y destino de Vasili Grossman— es la más hilarante épica que se pueda concebir de ese mundo espeluznante que fue la Rusia del padrecito Stalin, consiguiendo el milagro de revolcarnos a carcajadas con la piel erizada de terror. Doce anillos, el libro de Andrujóvich, es un retrato entre sarcástico y poético del paisaje postcomunista —y con postcomunista quiero decir, en este caso, desolado y ridículo— de la Ucrania actual, un paisaje reciclado por sucesivas y entusiastas barbaries de las que ahora lo único que se echa en falta es el entusiasmo.
Purga, la novela de la finlandesa Sofi Oksanen —única en este listado que puede considerarse una novedad— traduce la historia de Estonia desde los años de la ocupación soviética hasta el presente en un intenso drama familiar al que no obstante de algún modo se le escapa —como le suele suceder a los que abordan estos temas desde su exterior— la abrasiva lógica del totalitarismo.
Relatos de Kolimá es harina de otro costal. No le crean a quien pretenda presentarlo como mero testimonio del Gulag, en la estela de Un día en la vida de Iván Denísovich o Archipiélago Gulag. Se trata de un relato durísimo y al mismo tiempo sosegado y preciso, no tanto de los sufrimientos de los presos como de los modos que adopta eso que llamamos la condición humana una vez que se le despoja de todo ornamento sentimental, de cualquier oportunidad de engañarse a sí misma. Y el resultado no es especialmente alentador. Si un norteamericano optimista —perdonen la redundancia— como Hemingway vino a decirnos que un hombre puede ser destruido pero no derrotado, el ruso Shalámov nos trae pésimas noticias: un hombre puede ser destruido y derrotado incontables veces. Si acaso hay alguna señal de optimismo está en comprobar que a Shalámov todavía le quedaron fuerzas para escribir sus relatos. Aunque luego tuviese tiempo (y miedo) hasta para abjurar de ellos.
Pero mentiría si no dijese que de todas mis lecturas de este año la más apabulladora y estimulante es otra que Light in August (Luz de agosto, en la magnífica traducción que Enrique Sordo hizo para Alfaguara) de William Faulkner. Esta novela —de las menos conocidas entre los lectores cubanos: nunca se editó en la Isla ni fue traducida para Austral por Novás Calvo— comparte con el resto de la obra del escritor sureño el ambiente, los temas y hasta la trama. La distingue la elegancia con que, liberada de las servidumbres de la primera persona, la prosa de Faulkner corre por las páginas sin perder la fuerza necesaria para contar el drama de personajes como Joe Christmas que es, sin quererlo, el de todo un continente. Cualquier párrafo de Luz de agosto nos recuerda, entre tantas cosas, cuánto le deben los novelistas latinoamericanos desde Cortázar, Rulfo, García Márquez y Vargas Llosa hasta Bolaño y por qué Faulkner es en cronología y clase el primero de los noveladores del Nuevo Mundo.
En cuanto a recomendaciones musicales a riesgo de parecer un ejercicio de snobismo ahí van las mías. Del jazz etíope son muy recomendables tanto el legendario Mulatu Astatke como su copia norteamericana, Budos Band. Del funk brasileño sugiero a Marcio Local y a Joao Sabiá (y si no los han escuchado todavía a Pedro Luis e a Parede). Y a los verdaderamente curiosos les recomiendo experimentar la música de Red Baraat. Bhangra Funk es como definen su música, si es que eso les dice algo.

