Con el talento para el divisionismo que nos caracteriza y ante la nueva situación que la actual administración estadounidense ha creado respecto a Cuba los cubanos nos hemos separado en tres bandos bastante definidos.
1.-Los antitrumpistas
esenciales: Convencidos que de Trump y sus políticos no puede ni debe salir
nada bueno necesitan que la realidad se lo confirme. Por eso preferirían que
Cuba se quede como está ante que ocurra cualquier cambio que pueda atribuirse a
la intervención directa o indirecta del gobierno norteamericano. De lo
contrario sus credenciales progres y hasta su cosmovisión del mundo serían
afectadas de un modo tal que no estarían capacitados para digerirlo.
2.- Los
trumpistas esenciales. Su convencimiento es simétrico al de los anteriores,
aunque de signo contrario. Les da igual lo que proponga o consigue su amado
líder: si su presión promueve cambios cosméticos en el régimen cubano, o si
simplemente no ocurre nada, les parecerá magnífico: viven convencidos de que
Trump es inmune al error y de que cada una de sus decisiones está animada por
una grandeza que los simples humanos no sabemos aquilatar. Si lo que se negocia
es una continuidad del castrismo ya encontrarán los argumentos para
justificarlo.
3.-Estamos los
otros, los que independientemente de lo que pensamos de Trump vemos en la
actual situación una oportunidad única para que nuestros viejos sueños de
democracia y libertad para Cuba pasen a un plano más concreto. El problema es
que no tenemos idea de cómo va a ocurrir ni qué papel podemos cumplir los
cubanos para que esto ocurra. Lo que sí deberíamos tener claro que no podemos
esperar que los intereses de Trump, o incluso de Marco Rubio, coincidan con los
nuestros ni que la dictadura caiga por su propio peso. Sesenta y siete años
deben habernos demostrado que la ley de la gravedad no opera a favor de los
cubanos. Nuestro rol por tanto debería ser más activo. Así lo veo.
Debemos:
-Ponernos de
acuerdo en lo básico: liberación de los presos, legalización del derecho de los
cubanos a expresarse, reunirse, formar partidos y buscar la prosperidad sin que
el Estado los persiga por ello; la separación de la cúpula castrista del poder
político en Cuba; todo esto llevaría a una transición democrática en la que los
cubanos puedan sentirse nuevamente partícipes activos de su destino como nación.
-Tratar de
convencer a los de los grupos 1 y 2 de lo inútil de su posición e invitarlos a
que tomen un papel más activo en los cambios.
-Crear un diálogo
nacional entre la sociedad civil cubana y el exilio para presentar un frente
común que propicie los cambios que buscamos.
-Tratar de
incidir en todos los foros internacionales y locales que podamos dejándoles
claro cuáles son los intereses del pueblo cubano más desesperado y al mismo
tiempo más esperanzado que nunca.
Todo lo dicho
anteriormente me da una vergüenza infinita. Mi lengua materna es la ironía y el
sarcasmo y no lo anterior que apesta a programa político y a las respectivas
aspiraciones, pero al ver que nadie acaba de decirlo. No es un programa
político sino una invitación a que todos, incluso los más escépticos lleguemos
a un acuerdo esencial. El cambio deber ser ahora y debemos todos ser parte de
él.
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