Por Carla Colomé Santiago
Son las nueve de la noche, acaba de llegar la luz después de 17 horas en la casa de Santo Suárez, en La Habana, y el escritor Rodolfo Alpízar enciende la vieja computadora y busca fotos de otras épocas. “Tengo muy pocas”, se disculpa. Conserva una imagen de sus tres meses de nacido, en 1947; un recorte de periódico de su paso por la antigua escuela de Letras, de 1970; una de cuando se fue a la guerra en Angola, en 1976; e incluso otra del momento en que el fallecido exministro de Cultura, Rafael Bernal, le coloca una medalla en el pecho. No hay imágenes de cuando se fue a recoger café al Oriente, ni de los cortes de caña, ni de los trabajos voluntarios, las donaciones de sangre, de su paso por las Fuerzas Armadas como fundador de las tropas coheteriles antiaéreas, o de su rol como delegado del Poder Popular. Es decir, no hay un retrato que capte todo lo que le entregó a Cuba. “He hecho cuanto creí que me correspondía como hombre de la Revolución”, dice. “Y no me arrepiento, porque creí en lo que hacía, y porque nunca mis convicciones me llevaron a hacer mal a nadie”.
Tiene 78 años y
todo parece indicar que así como vio triunfar la Revolución en enero de 1959,
pudiera asistir al entierro definitivo de la mayor gesta del siglo XX en
América Latina. Se dice fácil, pero Alpízar lo vive con dolor, el de alguien
que ha visto colapsar lentamente el edificio de su altar político y
sentimental.
—¿Qué siente?
¿Tristeza?
—Más que
tristeza. Recordando al poeta Miguel Hernández, para mí Cuba es hoy “la llaga
que no cesa”— dice. —Me duelen mis calles, mi barrio, mi gente, los
menesterosos que veo a diario, la desesperanza generalizada, mi país, el daño
antropológico sufrido por mi pueblo. Todo arruinado, en lo físico y en lo
espiritual.
Lo sabe bien él,
un niño de la República a quien le costó estudiar, que más de una vez se fue “a
la cama con hambre” y empezó a trabajar desde los 13 años. El proyecto del
joven Fidel Castro prometió acabar con todo esto. “Enero de 1959 fue para mí,
al igual que para millones de cubanos, un gran deslumbramiento”, cuenta.
Alpízar se sumó, con los adultos, a las huelgas de los obreros por esos años,
participó en la patrulla juvenil del barrio, y junto a los padres visitó el
Quinto Distrito Militar, donde desengrasaban todo tipo de armas, como si
estuvieran asistiendo a una fiesta nacional. “Muchos soñaron con empuñarlas
algún día en defensa de esa Revolución que unos barbudos habían traído para que
no hubiera más pobres en el país. Esa efervescencia popular fue como un virus
que se instaló en cada una de mis células. Me entregué con total desinterés a
cuanto consideraba un aporte a la construcción del prometido mundo de justicia
y felicidad generalizada”.
La apuesta de
Castro y otros líderes carismáticos, como el Che Guevara o Camilo Cienfuegos,
era grande: hacer de Cuba, una isla de unos 110.000 kilómetros cuadrados, a
noventa millas del imperio estadounidense, un bastión en el mapa de la Guerra
Fría. “Llega en medio de la tensión histórica entre el bloque occidental
capitalista y el bloque socialista, y Cuba se convierte en el orgullo de los No
Alineados, de los países pequeños, pobres, pero con potencialidades de
independencia y soberanía. También se convierte en paradigma de apoyo a las
causas de descolonización en África y a las guerrillas que se enfrentaban a las
dictaduras militares en América Latina”, dice el historiador y jurista Julio
Antonio Fernández Estrada. Para el escritor y también historiador Enrique del
Risco, “en su momento Fidel Castro vino a representar para la izquierda lo que
hoy Trump es para la derecha: alguien que rompe todas las reglas del juego
aceptadas hasta entonces y trastoca el tablero geopolítico”.
La Revolución
cubana nacía como un experimento a mitad de siglo, o la probeta donde Castro
iba a ensayar sus ideas más sublimes. El desafío era hacer de los cubanos el
mejor de los pueblos posibles: el país “más culto del mundo”, donde las vacas
iban a producir 100 litros de leche diarios, la gran potencia médica, con la
“mayor hilandería de algodón” de América Latina, localizada en Santiago de
Cuba, o “la mayor imprenta de América Latina”, en Guantánamo.
Pero hubo un
momento en que el relato de la Revolución comenzó a desmoronarse en la hora
colectiva de la nación, y también en el tiempo individual de cada cubano. El
fin de la gesta, de Cuba como símbolo, no llegó cuando Donald Trump declaró la
emergencia nacional el 29 de enero, despojándola así de cualquier gota de
combustible. Ni siquiera el día en que fueron más las horas de apagones o menos
la comida en la mesa. Hay quien dirá que la Revolución empezó a fallar en el
mismo 1959, otros que con la centralización de todos los sindicatos en 1960, o
hay quien ve el inicio del fin en el discurso Palabras a los intelectuales,
cuando Castro definió la política cultural del país con la frase: “Dentro de la
Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.
Alpízar cree
hasta hoy que “la Revolución no le falló nunca a nadie; a ella le fallaron”.
“La han ido demoliendo poco a poco los mismos que la encabezaron. Su caída
ocurrió desde el mismo principio, solo que los revolucionarios idealistas de a
pie no nos percatábamos; veíamos errores, actitudes extremistas u oportunistas
de este o aquel, incluso algunas traiciones, cuando en realidad lo que existía
era un fenómeno más complejo y profundo”, asegura.
Por estos días,
en que han llegado desde la Casa Blanca amenazas directas de una posible toma
de Cuba por parte de Trump y su equipo, Alpízar ha comenzado a oír a la gente
en la calle pedir, incluso, una intervención de los Estados Unidos. “Lo que
sea, con tal de salir de esto”, dicen. “Es una frase pronunciada por gente de
cualquier edad, en cualquier lugar. Significa aceptar todo, incluso una
intervención militar, incluso la conversión de la república en protectorado
norteamericano”, cuenta el escritor.
—¿Qué le provoca
que, a estas alturas, el destino de Cuba se decida en la mesa de juego de los
estadounidenses?
—Estoy
decepcionado, viendo morir mis sueños, ni siquiera me han dejado la esperanza
de algún día volver a soñar.
Forjados por la
Revolución
Para Enrique del
Risco, en términos de libertad y bienestar de los cubanos, la Revolución
traicionó a su gente apenas triunfó, al desmontar el Estado de derecho. “Lo que
debía ser una Revolución democrática que acababa de derrocar una dictadura y le
debía reintegrar el poder al pueblo, empezó por disolver los partidos y el
parlamento, desmanteló el poder judicial con juicios de diez minutos y condenas
a muerte fijadas de antemano. Y ese sistema de justicia con procedimientos
expeditos y reglas hechas a su medida muy pronto empezó a utilizarse contra
todo el que cuestionara al nuevo régimen”.
Fue lo que
padecieron luego las intelectuales Alina Bárbara López y Jenny Pantoja. La
Revolución las forjó, como a muchos, y hoy las quiere condenar a ambas a cuatro
y tres años de privación de libertad, respectivamente, por el delito fabricado
de atentado, tras un enfrentamiento con agentes de la policía por ejercer sus
derechos. Eso no era, aparentemente, para lo que la Revolución las había
preparado.
López fue una
niña pobre del barrio de Jovellanos, en Matanzas, en cuya casa de muebles de
cabillas no hubo televisor ni refrigerador hasta que ella tuvo 10 años. Su
padre, que vio niños pasar hambre o detenerse detrás de las vidrieras repletas
de juguetes, creyó que la Revolución se iba a encargar. “Esa idea de la
igualdad, de luchar por una sociedad de justicia, donde no hubiera niños
pasando hambre, que pudieran estudiar, que los llevaras a un médico y no
tuvieras que pagar, para él fueron un destello”, dice López desde su actual
casa en el barrio El Naranjal, un reparto construido con tecnología soviética,
donde a la Doctora en Ciencias filosóficas y miembro de la Academia de la
Historia de Cuba se le filtra el techo y ya cuenta cuatro días consecutivos sin
luz eléctrica.
La familia de
Torres fue “muy comprometida” con el proceso revolucionario. “Mi mamá trabajaba
en el Partido, en el comité Central, casi todos en la familia eran jefes, o
dirigentes, o militares”, cuenta desde la azotea de su casa en La Habana, el
único lugar donde logra conectarse a Internet en medio de un apagón. El hogar
de su infancia era modesto, no tenían excesos, ni parientes en el exterior.
“Todo era resultado del trabajo de las personas. Me educaron así, con valores
reales, cívicos, patrióticos, con compromiso con el país y con la patria”.
La familia de
Pantoja apostó porque ella fuera la pionera que la Revolución esperaba que
fuera. El padre de López, que tuvo que dejar la escuela para trabajar, aspiró
siempre a que sus hijos pudieran ir a la universidad. Así fue. Pantoja comenzó
la carrera de Medicina, la dejó, luego empezó Derecho, se cambió a Historia.
Fue actriz, se volvió astróloga y licenciada en Ciencias de la Religión. López
estudió Historia, se hizo editora, estudió marxismo-leninismo y fue profesora
de historia contemporánea de Europa. La educación que ambas tuvieron les dio
las herramientas para diseccionar el proyecto del castrismo.
Pantoja leyó La
gran gesta, 1984 o Rebelión en la granja. Conoció mucha gente, encontró otros
espacios y otros diálogos. “En la secundaria yo era muy inflexible. Creía que,
si uno era fuerte, era tenaz, pues iba a construir un mundo mejor. Pero ya para
mis 20 años había cambiado mucho”. En algún momento, empezó a ver cosas que
antes no sabía detectar: “Los oportunismos, las dobleces, me declaré enemiga de
eso”. El año 1989 llegó para descolocar mucho de lo que hasta entonces López
daba por sentado. El marxismo también le mostró el camino. “Todas esas
categorías de lo que es la base económica, la superestructura, las relaciones
de propiedad, de producción, me han servido para deconstruir lo que pasa en
Cuba”.
Por tiempo,
Pantoja fue una mujer de la Revolución. “Lo que vi en mi familia fue el
esfuerzo por construir ese futuro bueno para toda la nación, trabajar hasta el
sábado y el domingo, ir a trabajos voluntarios para fabricar un edificio, un
círculo infantil, en función del futuro que íbamos a tener, donde todos íbamos
a ser felices”. López, dice, fue una reformista. Creyó que había mucho que se
podía cambiar desde dentro. “De joven estaba convencida de que vivía en un
sistema que no era democrático, donde había una gran autoridad en el
tratamiento a las personas, pero lo que sí creí durante un tiempo es que el
propio sistema podría generar transformaciones”.
Nunca fue así. El
país, en algún sentido, estafó a su pueblo. Dice del Risco que el desencanto de
los cubanos hacia la Revolución se puede medir por sus éxodos: “El medio millón
de los primeros años, los 135.000 del Mariel, en 1980, los 200.000 de los noventa
y los casi tres millones en el último lustro”, asegura. Fue lo que le sucedió a
López. El éxodo del Mariel llegó a su vida como la primera revelación. Fidel
abrió las fronteras del país para que se fueran las “lacras sociales” que
quisieran llegar a los Estados Unidos. “Ver en los centros de trabajo que los
sindicatos se organizaron para gritarle a alguien que había sido parte hasta el
día antes, y todo eso organizado de una manera estratégicamente efectiva por el
Estado cubano, para mi fue decepcionante. Me convencí de la doble moral de las
personas que decían defender al sistema”.
Para Pantoja, sin
embargo, hay un suceso del que no hubo vuelta atrás. El punto de inflexión en
su vida fue cuando vio por televisión, como toda Cuba, el juicio al general de
las Fuerzas Armadas Revolucionarias Arnaldo Ochoa, en 1989. El castrismo terminó
ejecutando a un alto jefe militar que antes había sido considerado un héroe de
la Revolución, a quien luego culparon de tráfico ilegal de drogas. “Me hizo
darme cuenta de que esto no era lo que se decía”, dice Pantoja. “Había todo un
propósito de dominio sobre el resto del país para administrarlo por una élite,
como una finca familiar, donde los beneficiados eran los que tenían lazos con
ellos. A partir de ahí rompí totalmente”.
Luego las
protestas del 11 de julio de 2021, en que el Gobierno desató una gran represión
y convirtió a más de mil ciudadanos en presos políticos, resultaron un punto de
inflexión tanto para Pantoja como para López. “Después de eso no he trabajado
más para el Estado, y ahora sería muy difícil, a no ser que el sistema cambie”,
dice Pantoja. Desde 2023 se une junto a López en protestas pacíficas los días
18 de cada mes, y desde entonces son incontables las detenciones que han tenido
por su enfrentamiento directo contra el Gobierno. Hoy están pendientes de
juicio por el supuesto delito de atentado. A López, dice, cada injusticia le ha
servido para desarticular desde dentro el sistema cubano. “Cada proceso por el
que he pasado ha sido como una especie de modelo pedagógico de cómo funciona el
poder en Cuba desde lo judicial, la policía, la fiscalía, tribunales. Nosotros
fuimos durante mucho tiempo un Estado totalitario, con un control total sobre
las personas mediante dispositivos más sutiles, y devinimos un Estado policial
dictatorial con mecanismos de control abiertamente represivos”, asegura. “Lo
que siento es una vergüenza tremenda de vivir en un sistema como este que no
respeta su propia legislación, ni al ser humano, ni la dignidad humana”.
El fin del relato
A pesar de que el
relato de la Revolución desapareció hace tiempo para muchos de los cubanos, aún
gran parte del pensamiento de la izquierda mundial lo celebra. “La Revolución
cubana fue y es todavía un símbolo, aún vivo, de la resistencia del Tercer Mundo
a la dominación de los Estados Unidos en el contexto de América Latina y es
símbolo también de la experiencia del socialismo real en el continente”, dice
el historiador Fernández Estrada. Para Del Risco, aunque hace mucho que el
castrismo dejó de ser “una referencia redentora, se prefiere mirar para otro
lado porque la crítica al castrismo se percibe como un gesto de colaboración
con el imperialismo yanki. En esa trampa ha caído prácticamente toda la
izquierda mundial que dice solidarizarse con el pueblo cubano”.
Cuba, el país de
la campaña de alfabetización, ha llegado al siglo XXI con una educación
colapsada; el lugar que exportó médicos, con un sistema de salud en ruinas; el
que ofreció seguridad social, con sus ancianos abandonados; la nación que
prometió un futuro, es de donde se han fugado sus jóvenes. Ahora, mientras unos
aplauden la posibilidad de que cualquier cambio venga inducido de la mano de
Trump, hay quien mira atrás en el tiempo con desolación. Como si los hubieran
defraudado a todos por igual. “Me mata, me desbarata, me da un dolor terrible.
Yo creo que el problema de Cuba lo debemos resolver entre cubanos, no Estados
Unidos ni ningún país”, dice Pantoja. A López le cuesta ver cómo un pueblo ha
terminado sin esperanzas, “con esta crisis de patriotismo”. “Mucha gente que no
quiere anexión o una intervención extranjera están poniendo sus esperanzas en
que sea un gobierno externo al nuestro el que pueda provocar cambios en Cuba.
Es imperdonable para la historia de un país como Cuba haber llegado a este punto”.
Entre tantas
preguntas que algunos se hacen hoy, hay quien piensa en si realmente estamos
llegado al fin de algo histórico, o qué podrá sobrevivir en el tiempo de la
Revolución de 1959. “La Cuba que hemos conocido ya no puede seguir siendo
porque el pueblo de Cuba no está presente, como antes, parado en posición de
firmes, escuchando un discurso interminable de Fidel. Ya eso fue y no será
más”, dice Fernández Estrada. Hay quien cree, como Pantoja, “que el símbolo
quedará para los estudiosos y para no repetirnos nunca más”. Del Risco es un
poco más lapidario: “Ya hace mucho que Cuba se cae en pedazos y de la
Revolución no queda rastro. Si algo falta por caer es el castrismo”.
*Aparecido en El País
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