domingo, 7 de noviembre de 2021

El humor y el canario en la mina

 


Caricatura de Antonio Rubio Nuñez

¿Qué fue primero? ¿El huevo o la gallina de la intolerancia?

El acta de nacimiento de la intolerancia hacia la creación artística en Cuba —o el acta de defunción de la libertad de expresión, como quiera mirársele— suele fijarse en junio de 1961. En esos días Fidel Castro celebraría una serie de reuniones con intelectuales cubanos que cerraría él mismo Comandante en Jefe con un discurso más conocido por la frase que traza la línea de lo permisible bajo su régimen: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Fijar tal fecha no es asunto de poca monta. A dos años y medio del triunfo fidelista tal declaración puede verse como consecuencia inevitable de la creciente hostilidad norteamericana encarnada en la ruptura de las relaciones comerciales y en la planificación y apertrechamiento del desembarco de exiliados cubanos en Bahía de Cochinos.

Al fijar el inicio de censura fidelista en 1961 termina viéndose la intolerancia más como reacción o desvío a las intenciones originales de la Revolución que como parte de su naturaleza represiva. Pero también porque cuando se habla de cultura, creación y libertad de expresión, se suele desconocer a una de las primeras víctimas de la intolerancia en cualquier época. Me refiero, por si no acaban de captar la indirecta, al humor y al gremio que lo produce. Si se descartan los periodistas y medios de prensa más cercanos al régimen depuesto el primero de enero de 1959, serán los humoristas los primeros en ser atacados por el líder de la revolución triunfante. Y esos ataques se produjeron en las primeras semanas de gobierno revolucionario cuando prácticamente todo el mundo aplaudía la revolución triunfante: desde las clases populares hasta la alta burguesía. Incluso el Departamento de Estado norteamericano saludó complacido a los rebeldes y se tomó mucho menos tiempo en reconocer oficialmente al nuevo gobierno que el que se había tomado con el gobierno de Batista. Y entre los que aplaudían el nuevo poder estaban los humoristas que, entre un aplauso y otro, tenían a bien hacer alguna observación punzante. Pero desde ese mismo comienzo el líder revolucionario demostró no estar dispuesto a tomarse a la ligera sus observaciones.

Una aclaración necesaria

Hace cuatro años publicaba un artículo que comenzaba con una declaración del caricaturista Arístides Pumariega:

“En el proceso revolucionario cubano el primero que sufrió la embestida de esa severa intolerancia del triunfante Fidel Castro fue Antonio Prohías, este increíble artista que a fines de la década de 1940 comenzó a trabajar como caricaturista en el periódico El Mundo y entre sus tiras cómicas se encontraba el increíble personaje El Hombre Siniestro, a fines de la década de 1950, era el presidente de la Asociación de Caricaturistas de Cuba. Cuando Castro fue con el primer gabinete de su gobierno a la Sierra Maestra a firmar la Reforma Agraria, Prohías hizo una caricatura que reflejaba al séquito como un grupo de bombines. Eso encolerizó a Castro a tal punto que Prohías debió marcharse a la carrera de Cuba hacia Estados Unidos”.

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A continuación yo añadía:

"Hay varias imprecisiones al respecto que vale la pena aclarar: una es que la mencionada caricatura no se publicó a raíz de la firma de la Ley de Reforma Agraria, ocurrida el 17 de mayo de 1959 sino unos meses antes, el 31 de enero. Y Prohías no se marchó de Cuba “a la carrera” sino quince meses más tarde 'el día 1 de mayo de 1960, tres días antes de que Castro aboliese por completo la libertad de prensa en Cuba'”.

Pues ahora descubro una imprecisión todavía más importante. Y es que la caricatura aludida de los bombines no es del famoso Antonio Prohías sino de un tocayo suyo, el menos conocido Antonio Rubio Nuñez quien firmaba sus caricaturas simplemente como “Antonio”. Lo afirmaba así Yamile Regalado Someillan en su tesis de grado “The Cartooned Revolution: Images and the Revolutionary Citizen in Cuba, 1959-1963” presentada en la Universidad de Maryland. Por las dudas comparé la firma de la caricatura de los bombines (aunque borrosísima) con la de otra caricatura de Rubio y el parecido es inobjetable.

El humor y el canario en la mina     El humor y el canario en la mina

El humor y el canario en la mina

Nacido el 26 de noviembre de 1920 Antonio Rubio inició su carrera profesional a los 25 años tras ser descubierto por el famoso Conrado Massager. Colaborador de Zig ZagAvanceBohemiaEl CrisolInfomaciónPuebloPrensa Libre, y el Diario de la Marina tuvo una carrera en Cuba jalonada de premios incluido el importante Premio Juan Gualberto Gómez a la mejor caricatura del año que recibiera en cinco ocasiones. Fue además fundador y presidente de la Asociación de Caricaturistas de Cuba y vicepresidente del Colegio de Periodistas de La Habana.

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El haber reproducido ese error es imperdonable de mi parte. Que Fidel Castro en su discurso y siguiendo su costumbre no mencionara al caricaturista tampoco era de mucha ayuda. No ayudan tampoco otros detalles que apuntalan la confusión como una carta de renuncia de Prohías al periódico El Mundo en los días posteriores al discurso de Fidel. O como que la propia hija piense que el mencionado dibujo era de su padre. De acuerdo con un artículo del periodista José Antonio Évora:

Las caricaturas que más irritaron entonces a Castro, de acuerdo con su hija Marta y con Fabiola Santiago, autora de un texto incluido en el libro Spy vs. Spy-Omnibus, que publicó en 2011 la revista Mad, fueron la de una calavera que decía sentada frente a un plato vacío: “Señores, qué difícil es comer con un martillo y una hoz”, y la del propio Fidel Castro seguido por un ejército de personajillos con bombín, símbolo de la politiquería oportunista.

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Descartada la caricatura de los bombines como el motivo de la renuncia de Prohías, firmada en fecha tan temprana como el 13 de febrero de 1959, esta podría deberse a presiones recibidas por una caricatura suya aparecida en El Mundo en el que un vendedor de periódicos anunciaba “Extra… extra… última hora…. 45 minutos Fidel sin hablar”. Pero como no he podido determinar la fecha de publicación de dicha caricatura cualquier conexión entre esta y la renuncia del caricaturista es pura especulación. Tampoco hemos encontrado ninguna referencia en los discursos del aludido. Lo único seguro es que no le hizo mucha gracia.

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Dónde empezó todo

Pero ahí no acaban los errores de mi artículo anterior. Me encuentro con que ni siquiera ese del 6 de febrero de 1959 ocurrió el primer ataque público de Fidel Castro contra una caricatura ni tampoco será el único de ese año. Ya en un discurso del 21 de enero de 1959, a menos de dos semanas de su entrada triunfal en La Habana, se refería a una caricatura aparecida en una publicación mexicana diciendo

“Repugnaba abrir algunos periódicos extranjeros, algunos periódicos de México, por ejemplo, y encontrarse allí una caricatura donde aparecía Cuba vestida de blanco en un charco de sangre y nosotros ahí con barba y fusil, como unos vulgares verdugos”.

“Me tiene sin cuidado”

Semanas después del ataque abierto contra la caricatura de los bombines, el 22 de marzo de 1959 en un discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial, Castro vuelve a arremeter contra caricaturistas de los cuales tampoco menciona nombres. Primero hace una alusión oscura al pasado de uno de ellos diciendo:

“ustedes me dicen que el pueblo está conmigo [pero] se olvidan de algunos cintillos y de algunas caricaturas, y se olvidan o no han reparado tal vez cómo algunos de los que hasta hicieron fotografías y retratos del esbirro Salas Cañizares, hoy hacen caricaturas y fotografías contra la Revolución”.

De inmediato Fidel se enfila a otro caricaturista

“que esta mañana, en un rotativo —no sé si de motu proprio o mandado por el dueño—, ponía unos versitos y en los versitos ponía a un lado: “aumento de sueldo”, y por otro lado un cartelito que decía: “contrarrevolucionario”, y lo titulaba: “El parche antes de que salga el grano.”

A continuación en labores de Crítico en Jefe interpreta el dibujo:

"por lo que yo entendí, no sé si quería decir que por un lado queríamos comprar a los periodistas hablando de un aumento de sueldo y por otro lado queríamos intimidarlos con el cartelito de contrarrevolucionario”.

Castro entonces hace una aclaración que termina convirtiéndose en amenaza:

“ni queremos comprar a nadie, ni queremos intimidar a nadie, porque nosotros no tenemos que comprar a nadie para que nos defienda, porque sabemos defendernos; nosotros no tenemos que intimidar a nadie para que no nos ataquen, porque no le tememos a nadie, y porque al que tienen que venir a convencer es al pueblo”.

Pero de inmediato el entonces flamante Primer Ministro contradice su propia rabieta diciendo que “desde ahora declaro que me tienen sin cuidado las lisonjas y los ataques” porque, generoso como es, “en definitiva nos atacarán haciendo uso de la misma libertad que hemos conquistado para el pueblo”.

Con nombre y apellido

El único humorista al que ataca Fidel Castro con nombre y apellidos en sus discursos de 1959 será Carlos Robreño Dupuy, hijo del teatrista Gustavo Robreño y hermano del escritor Eduardo Robreño. Carlos Robreño, libretista que había saludado el triunfo de los rebeldes con el sainete “El general huyó al amanecer” en alusión a la caída de Batista en la madrugada del primero de enero de 1959 vuelve a comentar los acontecimientos políticos en un breve texto. En este caso se trata de la renuncia forzada por Fidel Castro del hasta entonces presidente de la República Manuel Urrutia Lleó a quien el propio Comandante había impuesto tras su llegada al poder. Por el carácter ornamental del cargo que ostentaba Urrutia el pueblo le había endilgado el sobrenombre de “Cuchara”, ya que “ni pinchaba ni cortaba”. La sustitución de Urrutia por otro presidente ornamental más manejable que el anterior, el cienfueguero Osvaldo Dorticós Torrado, hizo que Carlos Robreño publicara un artículo titulado “Cambio de cucharas”.

En su discurso del 22 de julio de 1959 Castro rompe con su tradición de denostar anónimamente y se refiere a:

“un señor periodista publica [que] con un título verdaderamente insolente —un señor que confunde el humorismo con la grosería muchas veces, que se llama Carlos Robreño” [a quien] “no se le ocurre sino escribir un artículo indecente que titula “Cambio de cucharas”. Se trata, sencillamente, de una historieta de mal gusto de este señor que hace un cuento y lo termina diciendo que un cliente que llegó a un restaurante pide un menú...” [y hace que le cambien la cuchara].

Ya se sabe lo que significaba entonces ser atacado en público por el máximo líder de la Revolución: demonización, acoso, inexorable muerte civil y al final no la quedará otra salida que el destierro.

Dos años antes de las famosas “Palabras a los intelectuales” ya Fidel Castro andaba fijando los límites de la creación artística. Estos ataques públicos dejaban claro que el ejercicio de la sátira en el país se había convertido en una actividad de alto riesgo. Las críticas aireadas por Fidel Castro dejaban claro que cualquier alusión burlesca a su figura, a sus decisiones o a todo lo que lo rodeara sería atacada sin piedad. Poco importaban los méritos acumulados por los humoristas en satirizar el régimen anterior. Contra él o sus alrededores Fidel Castro no estaba dispuesto a admitir nada. Previsiblemente los dueños de las publicaciones en que aparecieron estas caricaturas y escritos se vieron forzados primero a expulsar a los infractores (o a aceptar sus renuncias como en el caso de Prohías) para luego ver cómo eran clausurados uno tras otro los diarios y revistas que hasta entonces habían funcionado con independencia del Estado.

Todos se van

Mientras Antonio Prohías se vio obligado a irse de Cuba el primero de mayo de 1960, Antonio Rubio Núñez (Antonio) debió hacerlo en julio de 1961. Los acompañaron en el camino al exilio otros importantes humoristas como el comediante Guillermo Álvarez Guedes en 1960 y los caricaturistas Ramón Arroyo Cisneros (Arroyito) en 1963, Silvio Fontanillas Quiroga (Silvio) en 1964. De otros desconozco la fecha de exacta de partida, aunque me consta que escaparon en los primeros años de la dictadura cubana. Entre estos están el mencionado Carlos Robreño y los caricaturistas José Manuel Roseñada, Niko Lursen, Luaces y Vergara así como los comediantes Alberto Garrido, Federico Piñero, Mimí Cal, Leopoldo Fernández o Aníbal de Mar.

Y es que el humorista, como el famoso canario en la mina, es de los primeros en resentir la pérdida de libertades, en no poder respirar sin ellas y, al mismo tiempo resulta el más indefenso de todos los creadores ante los embates de la censura. Es parte del destino de los humoristas que no se les tome en serio, ni siquiera cuando se les ataca y caen en desgracia.

Confiemos las averiguaciones sobre el origen de ese desprecio al humor a los especialistas, pero no dejemos de tener en cuenta que uno de los síntomas más fácilmente reconocibles del autoritarismo —ejecuciones sumarias aparte, claro— es su incapacidad de percibir su propio ridículo, su falta de sentido del humor para lidiar con las burlas. Porque al autócrata no le basta con detentar el poder absoluto. También necesita convencerse de que tiene la razón en todo, de que solo él tiene la solución para cada problema. De ahí que la sátira, la burla y el humor siempre resulten un recordatorio insoportable de lo falso de esa pretensión y que los ataques a los humoristas resulten una señal infalible para detectar aspirantes a tiranos.

Así que cuando veas caricaturas arder pon tu constitución en remojo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Por desgracia, a los americanos no cabe preguntarles pero, con los intentos de cancelación a Dave Chapelle y otros humoristas hoy en día, a los cubanos (muchos con muy mala memoria) que escapamos del socialismo isleño y por suerte vivimos en Estados Unidos desde hace muchos años sí les pregunto:
Sounds familiar…?

Anónimo dijo...

Contra Presi, cuanta aplicacion tiene ese articulo en otras situaciones actuales: Polonia, Hungria, Turquia, Trumpia...

saludos, Nestor

Realpolitik dijo...

Mientras mayor el fraude, menor la tolerancia por cualquier cosa que lo cuestione o lo ponga en duda. El Máximo Mentiroso siempre optó por eso de "la mejor defensa es una buena ofensa," sobre todo porque tenía el poder y los medios para hacerse temer, y además esa era su manera de ser.

Esos bien tempranos ejemplos de lo que había (y siempre hubo) en el caso sirven para ilustrar la patética fantasía de "la revolución traicionada." No hubo tal cosa, aunque hubiera bastante de la revolución tomada por lo que no era y nunca fue, sobre todo en la mente de su principal figura. Hace mucho rato, por supuesto, que todo está descarnadamente claro, al menos para los que se dignen a verlo. Sobra decir que tal claridad resulta lacerante y profundamente penosa, por ponerlo de forma relativamente piadosa.

Miguel Iturralde dijo...

Es una pena que ante el auge de la prensa digital a costa de la escrita, también merma la presencia de los caricaturistas. Por lo menos en EE.UU. y su territorios, no sé en el resto de América y Europa. Los que crecimos con las tirillas saben cuánto se extrañan.

Hablando de humoristas... a Puerto Rico llegaron en ese primer lustro de los 60's libretistas y humoristas cubanos curtidos en las luchas de las cuales hablas en tu artículo. Aquí no se acostumbraba utilizar a los políticos de mingos y esos cubanos empezaron a probar la profundidad del agua. Hubo uno, que se hacía llamar "El Bachiller", quien fue la primera, y única, víctima cuando se atrevió a comentar sobre el gobernador de ese entonces, que había dejado a su esposa de toda la vida por una abogada muy joven e hija de un político prominente. Pero ya habían abierto la compuerta. Saludos.