viernes, 5 de julio de 2019

Sobre el contenido de trabajo de la Seguridad del Estado

"La Seguridad del Estado nada tiene de hueca. Su actividad es absolutamente indispensable para que funcione el régimen, que sin aparato de represión se derrumbaría. [...] El objetivo de la Seguridad del Estado no son los culpables sino los inocentes, a los que es preciso mantener todo el tiempo atemorizados para que colaboren con ella y la ayuden a alcanzar este otro ideal: una sociedad totalmente transparente, bajo continua vigilancia, en la que el aparato de control pueda disponer de un conocimiento total de la población"
 
Tzvetan Todorov, "La experiencia totalitaria"

jueves, 4 de julio de 2019

Hanna Arendt sobre lo público y lo privado


Y eso que la Arendt nunca conoció Facebook:

“La segunda característica sobresaliente y no privativa de lo privado es que las cuatro paredes de la propiedad de uno ofrecen el único lugar seguro y oculto del mundo común público, no solo de todo lo que ocurra en él sino también de su publicidad, de ser visto y oído. Una vida que transcurre en público, en presencia de otros, se hace superficial. Si bien retiene su visibilidad, pierde la cualidad de surgir a la vista desde algún lugar más oscuro, que ha de permanecer oculto para no perder su profundidad en un sentido muy real y no subjetivo. El único modo eficaz de garantizar la oscuridad de lo que requiere permanecer oculto a la luz de la publicidad es la propiedad privada, lugar privadamente poseído para ocultarse”

La condición humana. Editorial Paidós, páginas 76- 77

domingo, 30 de junio de 2019

Ejercicio de imaginación


Me impongo de tarea imaginarme a Fidel Castro como algo distinto a un tirano sociópata que destruyó mi país. Por ejemplo, como al revolucionario bienintencionado que, a su pesar, el país se le hizo mierda entre las manos. No sería difícil, pienso. Lo conseguí al menos durante la infancia y la adolescencia. Poco después, cuando el desastre se iba haciendo más evidente (“hace ya mucho tiempo, ahora me es difícil recordarlo” decía el poeta) acudíamos al “Él no lo sabe”. Para que una vez y otra nos dejara entrever que Él lo sabía Todo. Incluso lo que hacíamos a sus espaldas. Como con el mercado negro: sabía dónde hacíamos nuestras compras, cuánto nos costaba. Que pudiéramos hacerlo era otra muestra de su generosidad infinita.
Durante años tratamos de exculparlo de lo que hacía y lo que dejaba de hacer y, aunque las cuentas no salían, insistíamos. Como si se tratara de una matemática superior donde las cifras se acomodaban a nuestra voluntad pero sobre todo a la Suya
Supongamos que durante décadas Fidel Castro tuvo las mejores intenciones. Que pensaba que, con todos sus defectos, el régimen que había instaurado en el país era lo mejor que le había ocurrido desde antes de la llegada de Cristóbal Colón a sus costas. Hacerse la ilusión de que, con toda su chapucería congénita, el comunismo era el caballo ganador en la carrera de la Historia. Pero llegado el año 1990 con toda Europa del Este pasándose a las huestes del capitalismo ya no podía hacerse ilusiones. Ni sobre el futuro del comunismo ni sobre la funcionalidad de un régimen como el cubano. Podría haber intentado salvar al país de la miseria mediante una reforma profunda. Pero prefirió no arriesgarse. Entre las necesidades del país y las de su poder no lo dudó un segundo. Su cálculo resulta transparente: cualquier reforma real -una reforma que solo él tenía el poder para llevarla a cabo- equivalía a reconocer el modo abusivo y temerario en que había conducido la economía del país durante años. A conceder que los fusilamientos a los que se resistieron a la implantación del comunismo en Cuba no tenían justificación. O a reconocer ante los que había enviado a difundir el evangelio leninista por el mundo fusil en mano que sus órdenes habían sido criminales e inútiles. O la poca razón que había tenido para fusilar a alguno de sus colaboradores más cercanos y eficaces poco tiempo atrás. En cambio, si conseguía sostenerse en el poder el tiempo suficiente para que pasara la calentura libertaria que trajo la desaparición del bloque soviético el mundo terminaría por darle la razón. La historia lo absolvería. Y con el tiempo de reliquia de una utopía obsoleta se convertiría en profeta de las nuevas huestes de la resistencia al neoliberalismo. Él no se había equivocado, eran los otros los que se habían reblandecido, los que habían traicionado. En todo el mundo se hablaba de la caída del Muro de Berlín, de revoluciones de terciopelo. Cuando se decidió a mencionar por vez primera el derribo del muro de Berlín, dos años después, Fidel Castro le aplicó el término desmerengamiento que implicaba como causa del desastre la blandenguería de los dirigentes comunistas.
Si antes había conducido al país de manera absurda y arbitraria ahora que no representaba otro poder que el suyo propio el Comandante en Jefe decidió hacerlo de manera aun más absurda y arbitraria todavía. Como si, de admitir que se había equivocado en algo, era en no haber sido lo bastante disparatado. No se trataba solo de la contracción brutal que le impuso a una vida cotidiana de por sí precaria. A partir de entonces intentó curar los desastres que sus proyectos faraónicos le habían causado a la economía nacional con otros proyectos igual de monstruosos, igual de ineficaces. Fue en aquellos años que llevó adelante las construcciones para los juegos Panamericanos, los antiecológicos pedraplenes para desarrollar el turismo en los cayos de la plataforma insular. Cuando intentó desarrollar el cultivo de variedades especies de plátanos que nos curaran el hambre o cubrir las carencias alimenticias con hortalizas cultivadas en medio de los edificios en las ciudades. Sí, en las mismas ciudades en las que no podías dejar nada sin encadenar porque te lo robaban. 
El invicto Comandante parecía vivir en un mundo paralelo a nuestras miserias, en el que la única crisis que parecía existir era la del sistema capitalista, donde los únicos que pasaban hambre eran los africanos o el resto de los latinoamericanos, en un país donde apenas había espacio para sus grandiosos planes. Una isla impermeable a la desnutrición, la avitaminosis y las epidemias. Se le veía a gusto con su actitud de Quijote empeñado en enfrentarse a la Historia cuando esta se dirigía en dirección contraria con once millones de Sanchos Panzas a su lado, contrastando la fantasía de su caballero con la realidad. Y sin embargo múltiples detalles desmentían su aparente desconexión con la realidad y nos hacían ver a sus desesperados Sanchos que no solo conocía a la perfección lo que ocurría sino que se esforzaba en que no lo supiéramos. Se rumoraba sobre los escasos funcionarios que se atrevían a contarle la verdad de lo que ocurría para terminar destituídos.
El caso más famoso de los que circulaba de boca en boca era el del ministro de Salud Pública: se atrevió a decirle que las epidemias de neuritis óptica y polineuritis que asolaban el país se debía a la mala alimentación y eso le costó la pérdida del puesto.
Pero quien justifique sus acciones de aquellos días como el empeño de un redentor mal informado se tropezará con el modo enfrentó a los que intentaban escapar de la isla. La manera despiadada con que trataba a los fugitivos y la perfidia con que manejó sus muertes elimina la disculpa del humanismo o la candidez. De conservarse algún respeto por la lógica tendrá que aceptar que lo que primó en aquellas decisiones no fue el bienestar del país sino su apego por el poder. Que ni siquiera era una cuestión de principios -principios absurdos peor al menos constantes- lo demuestra el uso que le dio a aquellos desesperados: lo mismo los mataba para que sirvieran como advertencia al resto que los alentaba a irse para usarlos como arma política contra Estados Unidos. Para salirse con la suya hizo todo lo que estuvo a su alcance. Inclusive matar niños y luego culpar de su muerte a los padres.
Si consiguiera hacer pasar por idealismo la conducta de Fidel Castro en los últimos cinco años en que estuve en Cuba (o en las tres décadas anteriores) sería capaz de cualquier cosa. Pero justo la clave de evitar convertirse en un sociópata es aprender a ponerse límites. 
La única manera de equiparar a Fidel Castro con el Caballero de la Triste Figura sería en el caso de un Quijote perversamente astuto que engaña y manipula a su escudero para conseguir lo que quiere. Y cuando este por fin trata de escapársele lo atrapa, lo tortura y le hace proclarar a los cuatro vientos que está más que satisfecho con acompañar a su caballero. Más que novela sería una pesadilla.

.

sábado, 29 de junio de 2019

Fábula de la Diosa y el Tosco


La denuncia de Dianelys Alfonso Cartaya, cantante conocida como La Diosa, de los maltratos físicos continuados que sufriera a manos de Jose Luis Cortés, músico conocido como “El Tosco”, ha servido para que el machismo cubano se muestre en todo su esplendor. No por la denuncia en sí que, aunque perfectamente creíble, se limita al acusado. Ha sido la reacción más o menos unánime del estamento artístico cubano y de buena parte de la sociedad lo que muestra el funcionamiento de ese sistema perverso de abuso que por comodidad llamamos machismo. De un lado están las voces de amigos músicos del artista que han salido a defenderlo. Sus argumentos son básicamente dos:  José Luis Cortés es un gran músico; Dianelys Alfonso Cartaya no lo es. Aparte de la nula pertinencia que tienen las virtudes musicales de alguien para exculparlo de una acusación de maltrato físico (piénsese en Ike Turner, tan gran músico como maltratador) la defensa consiste en reforzar la base que sostiene y alimenta tal abuso: insistir en la pequeñez de la víctima y en la grandeza del victimario.

No menos preocupante es el obstinado silencio del resto de la sociedad empezando por el estamento musical y terminando por instituciones y personalidades que justifican su existencia en la lucha por la igualdad de género. A cualquiera que, para poner en duda la acusación de Dianelys, pregunte ¿Por qué ahora y no antes? bastaría con responderle: porque incluso ahora una acusación de ese tipo en Cuba parece demasiado prematura. Porque después de años de campañas en todo el mundo contra abusos bastante menos graves que los que describe Dianelys Alfonso Cartaya la mayor parte de la sociedad cubana prefiere ignorar esta oportunidad única de enfrentar y debatir un tema tan vital como el abuso doméstico.

Aunque parezca que todos los ciudadanos cubanos carecen de los mismos derechos casos como el de Dianelys recuerdan que allí donde impera el abuso las mujeres suelen encontrarse en un grado mucho mayor de indefensión. Si hay algo que la fábula del Tosco y la Diosa viene a confirmarnos es que incluso a la hora de sufrir la injusticia unas son menos iguales que otros.