Al salir de Cuba pasamos un mes en el hostal Lamar de Madrid. El hostal era una especie de arca de Noé de especies, si no en peligro de extinción, al menos provenientes de los rincones más inhabitables del planeta sólo que no todos andaban en pareja. Además de cubanos había iraníes, bosnios, nigerianos, peruanos, gitanos de los Balcanes, y a menudo gente de países que acababan de desaparecer o aparecer en el mapa. Juntos nos sentábamos a la hora de comer unos platos sencillos y sabrosos servidos por un camarero cuya amabilidad hacía un curioso contrapunto con el hedor de sus axilas. Yo ya estaba bastante agradecido de que la Cruz Roja nos hubiera dado comida y techo por un mes. Como no pretendía que también se encargara de facilitarle jabones a nuestro camarero junto con un manual de instrucciones de cómo utilizarlos me limitaba a hacer todo el esfuerzo posible por no vomitarme sobre los mismos platos que diligentemente servía el camarero. No quería que pensara que, además de hambrientos, los emigrantes éramos descorteses. Fue así –una vez liberados de mis hasta entonces fieles giardias- que conseguí aumentar diez kilos en las primeras dos semanas.
En nuestra mesa solía sentarse un muchacho bosnio al que luego de un par de conversaciones Cleo y yo comenzamos a llamarle en secreto “El Niño Caníbal”. Ese era el nombre de una canción de un comediante cubano en la que el protagonista se quejaba de no tener familia porque se la había comido. No podía decirse que nuestro bautizo fuese injusto. Era un rubio alto joven y renqueante con un aire infantil que invitaba a la compasión en días en que los bosnios todavía eran masacrados en Sarajevo y alrededores. Era del bando de las víctimas. Pero en cuanto abría la boca todo cambiaba. Se declaraba musulmán para a continuación afirmar sin una brizna de duda que su bando le ganaría la guerra a los cristianos. Su argumento era tan sencillo como irrefutable: de momento podían estar en desventaja pero los musulmanes bosnios contaban con un recurso a su favor que garantizaría su victoria a largo plazo. Alá les permitía tener hasta cuatro esposas lo cual aumentaba enormemente la capacidad de reproducción de los musulmanes. Si no sus hijos al menos sus nietos estarían en condiciones de ejercer una superioridad numérica aplastante sobre los cochinos cristianos. Gente paciente la que cifra sus esperanzas en el ciclo reproductivo. Cleo, escandalizada le preguntó si iba a tener hijos con el único objetivo de que fueran a la guerra a matar y dejarse matar. Que si no era mejor intentar convivir pacíficamente. (Cleo es así, alguien inmune a la noción de que para los hombres lo más cercano a la idea de convivencia pacífica es aporrearse en un campo de fútbol bajo el pretexto de meter la pelota en la portería. No entiende que si eso ocurre en el imperio de la monogamia qué no hará esa especie arrogante que es el hombre cuando tiene la posibilidad de casarse con cuatro mujeres).
El Niño Caníbal no habló de vengar humillaciones o alguna reciente masacre familiar. Simplemente respondió que ellos no podían convivir con gente que tomaba alcohol y que permitía que sus mujeres anduvieran semidesnudas por la calle y entonces hizo una mueca como para contagiarnos con su asco. Y coronaba las conversaciones de ese tipo con la sonrisa de superioridad propia de cuando hay que dar explicaciones a gente incapaz de entender un concepto tan sencillo como la eternidad de la violencia. Fuera de sus ideas el Niño Caníbal era un ser agradable. Me hubiera gustado pensar que la convicción infantil con que decía todo era una garantía de que no pensaba tomársela en serio cuando posiblemente era lo contrario y los planes que tenía para su vida inmediata –reunir dinero para regresar a Bosnia y casarse por cuadruplicado- no parecían sino confirmarlo.
El Niño Caníbal intentaba ejercer cierta autoridad gastronómica sobre una familia de gitanos bosnios que se declaraban musulmanes. Un día que descubrió en sus spaghetti trozos de chorizos no sólo le protestó al camarero de las axilas radiactivas sino que fue hasta la mesa para indicarles a los gitanos que estaban en peligro de contaminarse con un derivado del cerdo, ese animal impuro. Los gitanos reaccionaron con falsa sorpresa y agradecimiento por haberlos salvado de tamaña herejía pero, en cuanto en Niño Caníbal se fue, regresaron a sus spaguettis contaminados con lo que aprendí que la versión gitana del islamismo es en cualquier caso bastante flexible. (Tuve en aquél mes un sólo contacto directo con los gitanos islámicos. Uno de ellos me pidió por señas que le escribiera algo en español. Unas cuantas señas después ya sabía que se trataba del boceto de un cartel con el que irían a pedir dinero en la calle. Luego se acerco otro y empezó a discutir con el primer gitano los términos del letrero y por señas entendí que sopesaban la idea de que la petición también incluyera comida. Terminé incluyendo las dos y con la redacción del cartel di por finalizada mi contribución a la nueva empresa acabada de fundar. Lamento mencionar aquí tópicos tan frecuentes como el del musulmán entusiasta de la guerra eterna o el gitano pedigüeño pero tengan la convicción que me hubiera gustado presenciar situaciones que le dieran cierta originalidad a este recuento).
En general mis relaciones con el resto de los habitantes de aquél hostal se concentraron en mis compatriotas, todos hombres, todos solos. Siempre les sorprendía que hubiéramos conseguido salir juntos como pareja y debíamos resumir la historia de nuestro viaje una y otra vez para sacudirnos la sospecha de que éramos enviados del gobierno o algo por el estilo. Ya me he acostumbrado a eso: siempre que dos compatriotas se encuentran en cualquier sitio del mundo comienza el juego de las sospechas. El juego no se practica de esa manera en Cuba o al menos no con esa intensidad. Allá no teníamos que dar explicaciones de cómo y por qué estábamos allí porque lo natural era que estuviéramos dentro. Pero una vez afuera no queda otro remedio que convertirse en interrogado e interrogador. En ambas posiciones he jugado y la mayor parte de las veces al mismo tiempo. El objetivo del juego es sencillo: calcular el grado de comodidad con que se va a hablar con el otro, saber si se puede hablar con cierta libertad o mantenerse en el nivel básico de la cortesía. Una paranoia muy común cuando se viene de un lugar donde todo el mundo es sospechoso de algo. Aún así una vez que se detecta a un compatriota por los alrededores se va en busca de él. A pesar de tanta sospecha atrae la esperanza de una familiaridad imposible con cualquier otro grupo humano. Una frase despectiva sobre el gobierno del país de origen y ya era como sellar un pacto de complicidad que luego redundaba en intercambios mutuos de quejas y ofensas recibidas por ese gobierno. Recuérdese que tanto el gobierno como todos los que huíamos de él procedíamos del país que inventó el bolero, esa retahíla de quejas ritmadas. Rodeados de gente que fácilmente podía aducir que acababa de escapar por los pelos de una masacre los cubanos nos sentíamos especialmente incomprendidos. No hace falta estar en una guerra para creer entenderla. Basta con ver una película para enterarse en hora y media que excepto un puñado de fanáticos nadie querría estar allí. Pero no hay ninguna película que dure 35 años, nos decíamos, y para entendernos hay que vivir lo mismo que nosotros y por ahí seguía el bolero sonando hasta el infinito. Y, como en los boleros, luego de las quejas venían las bromas, la gozadera, porque el bolero es el producto de una raza que no puede pasarse demasiado tiempo contemplando su propia tristeza.