viernes, 9 de marzo de 2012

Mario

Mario se fue de Cuba con diez centavos en el bolsillo. Eran las normas de la aduana nacional en 1963 con los que habían decidido marcharse del país. Una muda extra de ropa y diez centavos para hacer un par de llamadas por teléfono desde el lugar de destino. Era esa la medida exacta de la generosidad de la Revolución para los que la despreciaban. No más dinero, ni ropa, ni objetos familiares. Ni siquiera los anillos de compromiso. Así salió con su esposa americana y sus dos hijos pequeños. Dueño de una joyería había recibido el triunfo de la Revolución con el entusiasmo del que ve un buen pretexto para salir de parranda pero luego había visto cómo su antigua vida, una vida alegre y despreocupada por casi todo, incluso por quién se encontraba en el poder en ese momento se fue erosionando hasta desaparecer. La esposa americana aclimatada al país al punto en que era imposible distinguirle cualquier acento extraño ya no podía hacer los mandados sin que el mero hecho de pararse en una cola no se convirtiera en un acto de repudio al grito de “¡Cuba sí, Yankis no!”

El primer año en los Estados Unidos Mario estuvo en shock, sentado en un sofá, con la vista perdida, sin ánimos para inventarse una nueva vida. Vivían del sueldo de la mujer que a la madrugada que siguió a su llegada a Nueva York consiguió trabajo en una compañía de teléfonos. Fue así hasta que un amigo lo llamó para que lo ayudara en el negocio. Mario reaccionó como quien acaba de despertarse y desentumeció sus músculos de hombre de negocios para empezar una nueva vida a sus casi cuarenta años. Con el tiempo fundó negocios, compró y vendió propiedades, recorrió todo el mundo habitable unas cuantas veces, abrió oficina en la calle 47, en el famoso Diamond District de Nueva York, por donde entonces circulaba el 70% del mercado mundial de brillantes. No le guardaba rencor al castrismo, apenas un desprecio elemental por haber llevado un país próspero a la ruina. Incluso decía agradecerle a Fidel Castro el haberlo obligado a salir de su provinciana vida habanera y obligado a conocer mundo. El asunto del rencor se lo dejaba a la mujer quien podía perdonarle todo al castrismo menos no haberle permitido sacar del país las fotos de sus hijos. Todavía, cuando décadas más tarde evocaba la noche anterior a su salida de Cuba, la noche en que tuvo que quemar el album familiar entre lágrimas en el patio de su casa, la voz le temblaba de rabia.

Mario no tenía buena opinión de la humanidad. “El humano, eso es lo peor que hay” decía como si esa fuese la suma del saber que había alcanzado en su larga vida. Sin embargo esa convicción no le impidió dedicarse a ayudar a todo el que pudiera como quien se resigna a una debilidad especialmente vergonzosa. Su bondad y generosidad las practicaba, por tanto, con el ceño fruncido, como si no se perdonara actuar de un modo contrario a su más profundo credo, como para disuadir de antemano a cualquiera que se atreviese a sugerir que lo hacía porque en el fondo y hasta en la superficie, enmascarada tras una mueca de disgusto, era bueno. Fue así que ayudó a salir de Cuba y a asentarse fuera de ella a medio centenar de personas, y se sorprendía sinceramente si recibía a cambio alguna muestra de gratitud. Aunque su consigna vital fuera “piensa mal y acertarás” y la noción del mejoramiento de la raza humana le resultaba una de las ideas más ridículas que pudieran concebirse le parecía repulsivo que hubiese gente condenada a vivir en el infierno.

Fueron él y su esposa quienes nos recibieron en el aeropuerto JFK hace casi quince años. Ellos quienes nos tuvieron en su casa de ventanales que enmarcaban a toda la isla de Manhattan durante el mes que nos tomó encontrar un alquiler. Quienes nos aconsejaban y mostraban los alrededores mientras accedíamos a esa nueva vida como quien ha nacido en una cápsula espacial y debe adaptarse a la fuerza de gravedad. “Marielito” me decía cuando por accidente le disparaba las alarmas de su casa para calificar y justificar de algún modo mi infinita torpeza. “Marielito” me dijo desde la cama del hospital mientras salía de las nieblas de un coma para hacerme saber que aún podía reconocerme. Hoy amanecí con la noticia de su muerte. La acogí con el mismo alivio con que asumo que debió aceptarla un cuerpo demasiado maltratado en los últimos meses por dolencias que no se habían atrevido a molestarlo durante ochenta y siete años de vida plena y buena. Lo inaceptable es saber que su muerte no vino sola sino que vendrá acompañada de un vacío que duele nada más que imaginarlo. Y a esa traición le correspondo con otra que es la de dejar claro que no obstante todos los honestos esfuerzos que hizo para no enterarse de su bondad, porque no la sospecháramos, quien murió anoche fue un hombre bueno.

miércoles, 7 de marzo de 2012

El legado

No por esperada la destitución de Abel Prieto al frente del ministerio de cultura sorprende menos. Sorprende porque no solo escapa a nuestra lógica sino a la que le atribuimos a los que tomaron la decisión. Porque digámoslo claro, Abel Prieto -junto al del interior- era el mejor ministro posible para el mantenimiento del castrismo. No en balde eran hasta ayer los más veteranos entre sus colegas. En la misma medida que Colomé Ibarra fungía como policía malo Prieto fue inmejorable en el papel de policía bueno del Estado cubano, al menos en relación a los artistas. Si el primero se encargaba de amenazarlos con lo que les iba a suceder si se pasaban de la raya Prieto creó condiciones para que las amenazas no se viesen reducidas a la cárcel y al destierro. Para ello lo primero que hizo con los hambreados artistas de los 90 fue permitirles que tuviesen algo que perder.

Desde sus días al frente de la UNEAC Prieto legalizó la fuga masiva de artistas para a continuación darle un sentido favorable a los intereses del poder del que dependía. Su consigna un tanto ridícula -por su aparente obviedad- de que “la cultura cubana es una sola” no fue más que una actualización de la frase “Dentro de la Revolución todo. Contra la Revolución nada”. Ya que no podía retener dentro de las fronteras nacionales a los artistas habría que persuadirlos de las inconveniencias –una vez fuera- de criticar el poder que directa o indirectamente los había expulsado de su país. O sea, brindarles la posibilidad de que quedaran dentro de la Revolución incluso viviendo fuera de la isla mientras a los díscolos se les seguiría reservando un espacio en la Nada. Fue su política la de las puertas abiertas del país en ambas direcciones mientras se cumpliera con los rituales de la docilidad, el silencio o, en caso extremo, la crítica controlada e inconsecuente. A los que permanecían les otorgó una serie de privilegios –libre venta de su obra, contratos en el extranjero, viajes, subvenciones puntuales a ciertas figuras ya en declive, adquisición de casas o vehículos, inversión en ciertos sectores, intercambio con instituciones foráneas- con los que el resto de la población cubana solo podría soñar. Fue en ese sentido un adelantado de las actuales reformas raulistas y su mayor mérito fue convencer al poder de la conveniencia de cambios en un sector altamente volátil y amenazado por la destrucción o la fuga. Entender y hacer comprender a viejos empecinados en obsoletos modelos de control que una mínima flexibilidad económica y de movimiento iba a traer dividendos impensables por el antiguo sistema de extorsión.

El éxito de su política está a la vista. Nunca como ahora la clase intelectual y artística ha gozado de mayores privilegios en la historia del país hasta el punto que la fuga ha dejado de ser una prioridad y muchos de los que escaparon años atrás se plantean la conveniencia de asentarse en Cuba o al menos invertir en bienes raíces mientras mantienen abiertas las puertas del mercado internacional. Mérito suyo es que muchos artistas e intelectuales que en otras circunstancias hubiesen sido mucho más críticos hoy sean extraoficiales embajadores de buena voluntad del régimen minimizando la represión a que sigue sometida la sociedad cubana y proclamando la buena nueva del apoliticismo dócil. Convertirlos en una suerte de castristas por cuenta propia.

El resultado global es una cultura que se vuelve cada vez más pobre mientras sus representantes consiguen enriquecerse o algo parecido. Pero lo cierto es que todos los cambios en la esfera cultural se han producido sin que el poder tuviese que esforzarse en respetar la libertad de expresión. No es menos evidente que las reformas introducidas por Prieto habrían sido imposibles sin la conservación y reajuste de un aparato represivo que distribuye privilegios o castigos en correspondencia con la conducta política –u ocasionalmente apolítica- de sus súbditos. Que solo en contraste con la saturación ideológica que imperó en la era del castrismo clásico se le viera a la neutralidad promovida desde las oficinas del ministerio de cultura un cariz liberador. Se trata de una situación penosa si se mide desde la perspectiva de la cultura o los derechos individuales pero inmejorable para el mantenimiento de un sistema opresivo que no se encuentra en su mejor momento. Es ese legado entre astuto y atroz de Abel Prieto lo que hace sorpresiva una destitución que se venía anunciando desde hace más de una década.  

martes, 6 de marzo de 2012

Cuba contra el Dream Team

Varias veces escuché hablar de una supuesta paliza que le propinó el Dream Team a la selección nacional de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992, juego que no habrían transmitido en Cuba por prurito político. La historia era creíble pero lo cierto es que el equipo cubano no llegó a ir a Barcelona porque no clasificó en el Torneo de las Américas celebrado semanas antes en Portland al quedar en penúltimo lugar. Allí Cuba se enfrentó por única vez al equipo que llevaba en total propiedad el nombre de Dream Team, justamente en el debut de este. En ese partido el Dream Team derrotó a los cubanos por 79 puntos de diferencia (136 a 57). Ese fue el que no se transmitió en Cuba y no el de la Olimpiada de Barcelona que incumplió con el relevante detalle de ser real. Tras la derrota verdadera en Portland al entrenador cubano Miguelito Calderón no le quedó otro remedio que reconocer: “No se puede tapar el sol con un dedo”.

Pero no todo fue de lamentar. Escarmentados por la experiencia al año siguiente los directivos del INDER crearon en Cuba la Liga Superior de Baloncesto que celebró algunos de los campeonatos nacionales más fuertes y espectaculares de los que se tienen memoria con los mejores jugadores del país concentrados en cuatro equipos. Trataba de no perderme en aquellos días ningún partido entre los Capitalinos de Matienzo, El Flecha Amaro, Roberto Carlos y Ruperto Jr. Herrera y el Helicóptero Vázquez y los Centrales de Lázaro Borrell o los Orientales de Ángel Oscar Caballero. Sin dudas algo habían aprendido de aquella derrota. Y no fue la menos importante comprender que el baloncesto podía ser una diversión y un espectáculo.


Cambios en el montículo de la cultura cubana

Esto sí es una sorpresa. Cuando había sobrevivido a todas las tormentas sin hundirse, cuando parecía, más que barco, eterno como el mar mismo a Abel Prieto lo quitan de ministro de Cultura. Era al ser "liberado" el más veterano de los ministros cubanos a excepción de Abelardo Colomé Ibarra, al frente del ministerio del interior desde 1989:




NOTA OFICIAL

El Consejo de Estado, a propuesta de su Presidente, acordó liberar del cargo de ministro de Cultura al compañero Abel Prieto Jiménez, quien durante 15 años ha ocupado esta responsabilidad.
Atendiendo a su experiencia y los resultados positivos obtenidos en el ejercicio de su cargo, el compañero Abel Prieto Jiménez ha sido designado asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.
Igualmente se aprobó promover a ministro de Cultura al compañero Rafael Bernal Alemany, actual viceministro primero de este organismo, cargo que ocupa desde 1997.

Se trata sin dudas de un cruel atentado contra la cultura cubana: a partir de ahora Prieto tendrá mucho más tiempo para escribir.

H/T: Penúltimos Días 

lunes, 5 de marzo de 2012

Crónica social

Su Excelencia el señor Don Leonardo Padura y Gamboa escribe una Carta respuesta a un discípulo de Domingo del Monte. El discípulo de del Monte resulta ser Andrés Reynaldo cimarrón apalencado en Miami quien antes le había escrito una carta pública al Domingo Aldama de la literatura cubana. Se rumora que el Marqués de Mantilla en breve le enviará sus padrinos al cimarrón Reynaldo para acordar los pormenores del duelo pero dudamos que tan alta figura de la aristocracia literaria de la isla se rebaje a tanto con alguien en las antípodas de su condición. Ya bastante ha condescendido en escribirle en su señorial estilo: 
"Señor: No suelo responder a ciertos tipos de ataques. No está en mi ánimo ni personalidad. Pero esta vez me he sentido motivado a escribirle estas breves líneas. Seguramente usted, porque sí es su ánimo y propósito utilizar a otros para intentar sobresalir, responderá a esta con otra caterva de improperios y sandeces"
Es de agradecer que entre tanta bajeza cibernética Don Leonardo se ocupe de situar tan alto el listón de las buenas maneras con esos aires que nos remiten a la época de las contradanzas y los abanicos. Debo aclarar no obstante que el antedicho Marqués de Mantilla es el mismo que antes se había pronunciado sobre la necesidad de tender puentes y buscar un acercamiento con los esclavos fugados de la plantaciones de la Llave del Golfo y Antemural de las Indias. Estrecha y tortuosa resulta la guardarraya de la reconciliación rococó.

domingo, 4 de marzo de 2012

Dilema 2012: Heredia, del Monte o el Himno del Poeta Residente en el Exterior

Las cosas por su orden. Primero el compañero Padura* residente en la siempre fiel isla de Cuba participa con otros dos más en un panel en el que se habla de la posibilidad de que los escritores exiliados viajen a la isla o hasta publiquen allá. Desde el exilio varios escritores responden cada cual en sus propios términos pero con razones que vienen a ser una sola: ven improcedente la invitación a regresar aunque sea de visita porque la razón por la que pusieron mar u océanos por medio conserva plena vigencia. Pero Padura, en lugar de reprocharles sus remilgos hacia la exquisitez de una dictadura con solera de más de medio siglo, los acusa de envidiosos del éxito ajeno (podemos sospechar legítimamente que se refiere al éxito del escritor Padura) y de andar a la “búsqueda de protagonismo y hasta de soñadas dosis de poder”. (Esto de un escritor acusando a otro de buscar protagonismo no deja de resultarme divertido: si lo que les molesta es el protagonismo ¿por qué en primer lugar no se buscaron una profesión más inclinada a la humildad? Rellenador de fosforeras o forrador de botones, por ejemplo, que además de humildes tienen la ventaja de hasta ser legales en la isla en cuestión).

Lo realmente interesante en la carta del compañero Padura es su mención a un incidente ocurrido hace casi dos siglos entre el crítico y promotor cultural Domingo del Monte y el poeta José María Heredia. Heredia, “desterrado en México por sus ideas independentistas, pidió un permiso a las autoridades coloniales para realizar la que sería su última visita a Cuba, deseoso de ver a su madre antes de morir” y del Monte, residente en la isla, le afeó la conducta por haber escrito una carta que le pareció servil. Padura insinúa que él es algo así como un Heredia policiaco aferrado al carapacho de la Mantilla de sus amores mientras que los que han rechazado la invitación serían del Montes que por vueltas que da la historia se han quedado en la parte de afuera de la isla. La insinuación llega un tilín más lejos y tal parece que sus contradictores se las han arreglado para delatar la conspiración de la Escalera hacia 1844. La maldad no conoce límites, ni siquiera los que impone la irreversibilidad del tiempo.

Pero si se quiere que el ejemplo que propone el compañero Padura tenga validez en estos días debería hacérsele ciertos ajustes. Primero, por muchos esfuerzos que haga nuestro querido Padura no hay manera que le sirva el traje de Heredia: ni por su empeño en aferrarse a su residencia en Mantilla (un detalle que en mi opinión lo enaltece, al menos en su capacidad de encontrar alquileres bajos) ni por un éxito editorial que supera en mucho al que tuvo en vida el autor de la “Oda al Niágara”. Padura, compañero o escritor, deberá reconocer que en sus circunstancias geográficas y políticas anda más cerca del Domingo del Monte de 1836 que de Heredia. Es sin embargo un del Monte que ha optado por no recriminar a los desterrados de este mundo que visiten su país ya sea para ver a su madre moribunda o presentar una edición de su último libro sino que en cambio los insta a hacerlo. (Si cursa la invitación a nombre propio o en el del capitán general de la isla ya es otra discusión).

Si adoptamos una visión circular y budista de la vida y no toscamente anclada en la Historia y la Política, entenderemos que esa actitud indulgente en verdad honra al autor de la “Oda a Párraga”, nuestro estimado Padura. Pero también habrá que aceptar que si los tristes colegas de Heredia que andan regados por medio mundo se niegan a transformar el “Himno del Desterrado” en el “Himno del Poeta Residente en el Exterior” acusarlos de profesionales del odio o jornaleros de la envidia es una banalidad y un  exceso. Un exceso y una banalidad que calumnian los esfuerzos de Padura por dominar el arte de la reconciliación, arte más complejo –y menos rentable- que el de producir libros como “La novela de mi vida”.  

*Puede confundírsele con el escritor Padura sin demasiados riesgos: en la mayor parte de los párrafos escriben con idéntico estilo.

jueves, 1 de marzo de 2012

El Anticristerio

En el cuarenta aniversario de la revista Criterios, una publicación cubana dedicada a los aficionados a la captura y doma de unicornios, Arturo Arango lee una ponencia. No es difícil imaginárselo con los mismos ademanes con que Carlos Manuel de Céspedes leería su proclama del 10 de octubre de 1868. Salvando las distancias Arango, de larga estirpe reformista, también estaba alcanzando la cumbre de su osadía:


Lo digo muy directamente: espero cambios que se realicen, ante todo, en la forma como los órganos de poder político (Partido, Estado, gobierno) intervienen en la esfera pública.

Trato de decirlo de otra manera, de invertir el punto de vista: los cambios que necesitamos, los que ya están en marcha, me parecen insuficientes y, sobre todo, contradictorios, a veces hasta reaccionarios (en el sentido en que comprendo esa palabra) si no se democratizan los modos de participación en la esfera pública: los modos en que, en un proyecto de sociedad que espero sea de una vez por todas democrático, esa esfera sea pública en un sentido horizontal, en la que “han de estar repartidas por igual no sólo las posibilidades de escuchar y de formarse un juicio privadamente, sino también las posibilidades de expresarse” y de “ser escuchado” (Peters).
Hasta ahí no hay problemas. O sí. Arango espera que se realicen cambios en la forma en que los órganos de poder intervienen en la esfera pública pero, fiel reflejo de una impotencia largamente cultivada, no espera ningún cambio en la manera en que los ciudadanos intervengan en la política nacional. Pero eso es una objeción menor. El problema real surge porque Arango no se detiene allí mismo sino que sigue leyendo. Y de lo que se trata su lectura es de algo más difícil de conseguir que el cruce entre un unicornio y una quimera. Del animal mitológico de que habla Arango es del socialismo democrático. Téngase en cuenta que se refiere al socialismo tal y como se concibe en Cuba. O sea, monopartidista y mononeuronal.

Monopartidismo democrático, castrismo democrático, son oxímoron tan ejemplares como “hielo abrasador”, “fuego helado” y “caballerosidad proletaria”. Pero más allá de los hallazgos retóricos Arango debería entender que el primer deber de todo debate intelectual es no enturbiar los temas en discusión. El viejo recurso con la intelectualidad cubana disimulaba cualquier debate sobre el carácter totalitario del régimen (la oposición capitalismo- socialismo) hace rato que dejó de tener sentido. En economía el gobierno ha optado por el capitalismo de estado y por el fascismo en política. Un fascismo con retórica de izquierdas, claro está, para no incomodar a los viejos aliados. Pero lo único debatible, si es que a Arango y los suyos les interesa seguir escribiendo ponencias, es la disyuntiva dictadura – democracia y por lo visto (por mucho que lo disimulen) al castrismo le anda faltando un Alberto Lamar de Schweyer que lo justifique con un mínimo de sinceridad.

Cita

Nunca mejor dicho:


Las respuestas para algunas de estas preguntas vienen forzadas por las mismas condiciones imperantes en Cuba en la actualidad. El intelectual cubano ―en la Isla y el exilio― no está obligado a definir su obra en términos políticos, pero al mismo tiempo no debe eludir su responsabilidad ciudadana. No es un problema político. Es una condición moral.
Lo publica hoy -y no es menos importante- Alejandro Armengol.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Miami, Malcolm X y la recepcionista negra

Injuriar a Miami es un arte que no por frecuentado deja de ser curioso. Es fácil ensañarse con su urbanismo discontinuo y lunar, su cultura casi clandestina, sus erupciones folklóricas de intolerancia pero no son razones suficientes para explicar tanta inquina. Sobre todo si se piensa que el mundo está cuajado de ciudades peor trazadas, más pobres culturalmente y en donde la intolerancia se cobra en muertos constantes y sonantes. Sorprende más aun cuando el desprecio lo ejercen los compatriotas si se piensa que Miami está más cerca del gusto individual de cada cubano que la propia Habana, ciudad en la que intervinieron a partes más o menos iguales la arquitectura y el gusto de españoles y norteamericanos dejándole a los nacionales el papel de herederos, imitadores o fabricantes de suburbios. (Quizás es por eso que, puestos a fabricar una ciudad, los cubanos optaron por la multiplicación de los suburbios antes de la erección de una urbe). Se habla de la mutación de cubanos en mayameses como si se tratara de la influencia perversa de los Everglades o el capitalismo, como si cada cubano no fuera un mayamés en potencia. Como si los mayameses no fuesen cubanos con más dinero y libertad. Como si los recién llegados no empezaran a cambiar incluso antes de conocer el dinero y la libertad. Como si rodeados de paisanos no les quedara otro remedio que explorar sus posibilidades sin influencias extrañas.
Ya sea que vivan en México, Santiago de Chile, Nueva York, Madrid, Barcelona, París, Estocolmo, La Habana o Caibarién cuando los cubanos comparten sus críticas a Miami con extranjeros vienen a decir lo mismo: “No se confundan. Yo no soy como ellos”. Eso siempre me recuerda una anécdota que contaba Malcolm X en su autobiografía. Mucho antes de convertirse en líder político, cuando era un buscavidas en Harlem fue citado para integrar el ejército norteamericano que peleaba en la Segunda Guerra Mundial y se fingió loco para eludir el servicio militar. Un loco escandaloso que le contaba a todo el que lo quisiera oír que se moría por unirse al ejército japonés. Fue así como uniformado como los chucheros de la época se apareció en la consulta del psiquiatra que debía determinar si estaba apto para ingresar al ejército:

La recepcionista allí era una enfermera negra. Recuerdo que estaba en sus veinte años de edad, y no lucía nada mal. Era una de esas “primeras negras”.
Los negros saben de lo que estoy hablando. En aquel entonces, los blancos durante la guerra tenían tanta necesidad de personal quecomenzaron a dejar que algunos negros dejaran sus cubos y fregonas y plumeros y usaran un lápiz, o sentarse en algún escritorio, o teneralgún título de veinticinco centavos. No se podía leer la prensa negra por las grandes fotos de esos engreídos “primeros negros”.
Alguien estaba dentro con el psiquiatra. Ni siquiera tuve que montar una escena para aquella muchacha negra; ella ya estaba harta de mí.
Cuando, por fin, se escuchó un timbre en su escritorio, ella no me hizo pasar, sino que entró ella misma. Yo sabía lo que estaba haciendo. Iba a dejar claro por adelantado lo que pensaba de mí. Este sigue siendo uno de los grandes problemas de los negros hoy. Muchos de losllamados "negros de clase alta" están tan ocupados tratando de convencer a los blancos de que son "diferentes de los otros" que no pueden ver que sólo están ayudando a que los blancos mantengan su baja opinión de todos los negros.
Pues eso.


lunes, 27 de febrero de 2012

Bajo sospecha

Sospechar eternamente de las intenciones del prójimo por buenas que parezcan -o precisamente por lo buenas que nos parecen- es uno de los más duraderos e indiscutibles logros de la Revolución Cubana. Recuerdo haber conocido a un señor cuya acumulación de virtudes (buen cocinero, mejor amigo, inteligente, sensible, divertido, franco y abrumadoramente generoso) nos sorprendió en cuanto lo conocimos. Pero como no podía ser de otra manera alguien nos dijo saber de muy buena tinta que bajo esa apariencia tan amable se escondía un agente de la Seguridad. La sospecha –por fortuna- demoró el mismo tiempo que uno de nosotros concluyó: “Pues si él es seguroso yo también quiero ser de la Seguridad”. Quien lo dijo nos estaba poniendo ante un dilema sencillo: si la aborrecida Seguridad había conseguido producir a aquél dechado de virtudes qué sentido tenía oponérsele. O visto de otra manera: ¿Nos íbamos a negar al disfrute de su amistad por la mera sospecha que engendraba un regimen cuya existencia se debe a su capacidad de generar división? ¿Íbamos a permitirle a ese regimen que triunfara sobre nuestros mejores instintos? Hoy, cuando me averguenza el solo recuerdo de las dudas que sentimos sobre aquél hombre, un dilema parecido les presenta a otros la aparición de Estado de Sats, un espacio donde por primera vez en mucho tiempo se discuten pública y abiertamente dentro de Cuba los problemas más urgentes y esenciales de la actual sociedad cubana. El escritor Ernesto Santana aborda ese caso en un artículo frontal y lúcido. Aquí algunos de los párrafos más importantes:     

¿De qué se ha debatido en tales encuentros? He aquí la entraña del proyecto, lo que lo define y lo impulsa más allá de las tímidas expectativas y las dudas acerca de su autenticidad. Se ha definido la urgencia de cambiar la Carta Magna de la nación y cuantas leyes haga falta de manera que estas correspondan a los verdaderos intereses del país y a su inserción en la realidad global que vivimos. Y no hay manera de superar la profunda crisis que padecemos si no se priorizan la constitucionalidad, el respeto de los derechos de propiedad y, en fin, el marco legal que promueva y apoye la empresa privada. De manera que cualquier reforma que no procure en primer lugar un avance inminente del estado de la nación será solo una postergación de las transformaciones que de todas maneras tendrán que llegar.
Y para poner en contexto estas urgencias, se han hecho preguntas como: ¿Cuánto invertiremos en los campos de golf por construir y como se manejarán estas ganancias? ¿Qué ciudadano puede consultar las inversiones y ganancias de la Oficina del Historiador de la Ciudad o de la corporación CIMEX? ¿Alguien conoce dónde está depositado o en que se invirtió todo lo recolectado en las famosas “casas del oro y la plata”? ¿Dónde se encuentran los datos sobre los ingresos que recibe Inmigración por el exagerado e injusto cobro de impuestos a sus ciudadanos? ¿Dónde se puede consultar las finanzas de la empresa de telecomunicaciones ETECSA? ¿Quién conoce los presupuestos reales de las FAR, el MININT y sus grupos empresariales?
Y esas no son las únicas preguntas que debieran ser contestadas con la claridad y la urgencia debidas, insiste Estado de Sats, porque además es precisa la creación de mecanismos jurídicos que permitan fiscalizar el uso de los bienes y recursos. Debido a que vivimos en una sociedad en la que no se han definido con precisión los derechos de propiedad, es lógico que haya falta de transparencia en el manejo de esos recursos y bienes.No es que Estado de Sats sea una panacea, ni lo más avanzado de los proyectos civilistas cubanos, ni el intento más inteligente de establecer la conversación como condición primordial para todo paso adelante, ni la única vía para quienes pretendan escapar de la parálisis sociopolítica, sino que, sencillamente, tiende en esa dirección: abre caminos que hasta el momento no habían sido explorados de una manera tan franca —partiendo del indispensable derecho de toda persona a pensar libremente y a expresarlo con idéntica libertad en diálogo con otras personas que, por supuesto, pueden tener una opinión diferente acerca de los mismos temas.
Sin embargo, eso es suficiente para que la Seguridad del Estado haya instalado dos cámaras ante la casa donde, abiertos libremente al público, se celebran los encuentros, en Miramar, justo al lado del Acuario Nacional, y para que incluso ya hayan sido detenidas algunas personas que habían sido invitadas como panelistas, para evitar su participación.
Dicho de otra manera: si para discutir públicamente los temas más acuciantes de la sociedad cubana hay que ser de la Seguridad seamos todos de la Seguridad. Todos, los 13 millones de cubanos. A ver cuánto aguanta aquello.
H/T: Penúltimos Días

sábado, 25 de febrero de 2012

¿Quiénes son los fundamentalistas?


Con el título de “¿Quiénes son los fundamentalistas?” Alexis Jardines aborda desde la página de Estado de Sats el tema de los acercamientos que proponen sectores oficialistas en Cuba con la emigración. A continuación transcribo los que considero son los párrafos decisivos:

[…]  Es un hecho: el reclamo de acercamiento proviene de la alta dirección del Partido único, que con su estilo peculiar de trabajo ha movilizado a «todos los factores» (Iglesia, incluida) en pos de tal meta. También es obvio que, viniendo de esa instancia la petición, solo cabe esperar la exclusión de los no deseados por el régimen. A los que se dejan llevar por esos cantos de sirena es bueno hacerles ver que no se trata de algo nuevo, sino de la adaptación a condiciones aún más adversas del mandamiento castrista de Palabras a los intelectuales. Otra vez la práctica del divide y vencerás: se amplía el concepto «dentro de la Revolución» de tal modo que el propio exilio termine aislando a los ahora rebautizados como «incorregiblemente contrarrevolucionarios». De acuerdo a la idea castrista de reconciliación, esos ―como dice la tonada― no son cubanos. La parte positiva del asunto es que la historia de la Revolución se puede contar desde la perspectiva de la ampliación del concepto «dentro la Revolución»: mientras más se expande este, más aquella se diluye y volatiliza. Hablando en plata, la emigración (económica o no) no necesita hacer las paces con nadie, pues tampoco es la responsable (con beligerancia o sin ella) de la ruina de la nación, sino, en todo caso, de su sobrevivencia. Es evidente que la división, la separación y las diferencias comenzaron a afectar ya ―más que a las familias― al propio funcionamiento del sistema (régimen). La emigración (exilio, incluido) no debe confundir el reencuentro con la permisibilidad. Con la élite partidista y la nomenklatura de segunda y tercera generación ―que se prepara para controlar el país tras una muy previsible privatización de empresas estatales― no se negocia. Si algún acuerdo hará menester sea, pues, con la sociedad civil. Los militantes simples del Partido (único) tienen todas las posibilidades de insertarse sin pasado lastrante alguno en la futura sociedad democrática, pero pudieran comenzar desde ahora a ayudarse a sí mismos. Nada los obliga ya a seguir apoyando y participando de los excesos del régimen si tienen una posibilidad mínima de ganarse la vida en el sector privado. Ya nada justifica ni la indiferencia ni el desconocimiento.
No es posible que los creadores y pensadores independientes sean hostigados, vejados, arrestados, mientras los orgánicos y oficialistas viajan alegremente al extranjero capitalista e “imperial” como premio por su sórdida lealtad. No es posible que los opositores sean apaleados y encarcelados al tiempo que se habla en Cuba de recuperación de la diáspora. De manera que no es suficiente el estar en desacuerdo con el régimen ni tampoco soltar por aquí y por allá alguna que otra frase filosa. No se obliga a nadie a definirse, pero se debe explicitar lo que se siente. Hay muchos profesionales en la Isla que se ven ante el dilema de ser sinceros y consecuentes o derrumbarse internamente, corrompidos por la doble moral revolucionaria. El bocadillo de Padura fue osado, sin duda alguna, pero el guión de la reconciliación ya estaba escrito. […] En mi opinión, hay una jugada clara en todo esto: la reconciliación, además de ser el cebo para que la propia emigración financie la Cuba postchavista, es también la manera de involucrar a los emigrantes en la política de cambios raulistas con lo cual, de paso, se divide al exilio acorralando a la parte beligerante. 
Todavía circula en la blogosfera una declaración hecha por Fidel Castro en los ochenta y en la que conmina a marcharse de Cuba a los que no son revolucionarios, acotando que no se les quiere y no se les necesita. Pues bien, hoy cabría revertir la situación: el exilio no necesita de intelectuales orgánicos y académicos oficialistas, sino de esos florecientes proyectos independientes que coordinan a los que ―además de crear y pensar― trabajan también por la libertad y la democracia dentro del país. En realidad, ¿quién podría querer a unos profesionales cuyo desempeño se enmarca entre el lamido de botas (de la nomenklatura), el ser mantenidos (por el “Imperio”) y la delación periódica (de los no revolucionarios) a fin de conservar la posición ganada? Definitivamente, los anfitriones “imperialistas” deberían revisar sus políticas de intercambio, pero también los promotores de Miami harían bien con sacar otras cuentas a la hora de enrolarse en una empresa tan unilateral, sobre todo con músicos y artistas. Es posible ―hasta un punto― mantenerse dentro de la institucionalidad sin ser políticamente confiable, solo que en tal caso el infiel suele ser anulado bajo un manto de silencio y denegaciones. Ante la opción de la complicidad, con el fin de obtener prebendas y reconocimiento, aplaudo la renuncia y la relocalización en proyectos independientes. Así, pues, si bien no el gobierno norteamericano pero si la emigración ―desde las universidades, galerías, museos, etc.― podría enfocarse en facilitar el intercambio con esta vía alternativa. Solo entonces será válido plantearse la pregunta por la morada de la cultura cubana, cuyo futuro no está en la Cuba oficialista sino en los espacios alternativos hacia donde se escurren día a día los nuevos creadores, obviando olímpicamente a las vacas sagradas que, desde aquellas reuniones de 1961 en la Biblioteca Nacional, crecieron más bien como carneros. Si algo debe quedar claro hasta para las mentes más obtusas es que el punto de unión de todos los cubanos no puede ser el topos «dentro de la Revolución», sino el espacio público de la sociedad civil. 
Fundamentalistas, en suma, son los que todavía hoy permanecen bajo el amparo de las instituciones y legitiman con su participación, letra y membrecía las políticas culturales, educacionales y científicas, asentadas todas en aquél abominable y bochornoso acto inaugural (Pecado Original) de la cultura revolucionaria que fue Palabras a los Intelectuales, en el que Fidel trazó las pautas de su aventura dictatorial y exclusionista: «Dentro de la Revolución, todo; [fuera] de la Revolución, ningún derecho». Y donde lo más osado que se le oyó musitar a un intelectual fue: «Tengo miedo».

jueves, 23 de febrero de 2012

Gorilla Warfare Tactics

Estar rodeado de gente joven y efervescente estimula. En estos días descubro que un estudiante de uno de mis cursos de escritura creativa es rapero y muy bueno. Es el cantante líder de Gorilla Warfare Tactics. Elegir como nombre "Táctica de guerra de gorilas" ya implica un saludable sentido del humor. Ahí va una una pieza, "Temptations" donde samplean al grupo homónimo y sueltan frases como "Life gave me lemons, didn't make no lemonade. Threw the fucking lemons back and busted out the cabernet".  

Cortesía obliga

Alejandro Armengol, seguramente sin pretenderlo, es alguien que invita a la discusión. Lo avala su talante civilizado incluso cuando se habla asuntos cubanos, un tema en el que suelen florecer el exabrupto y la injuria. Por si fuera poco reconoce que el régimen que ha controlado la isla por más de medio siglo debe considerarse dictatorial, algo tan necesario para entrar en un debate serio sobre Cuba como admitir la esfericidad de la Tierra cuando se discute de astronomía. No obstante, Armengol se permite equiparar con demasiada frecuencia la intolerancia de ciertos medios de Miami con la dictadura cubana lo cual obliga a concluir que también tiene cierta inclinación por la poesía y esto es sin duda otro rasgo de civilización.

Pero vayamos al grano: en La Habana tres intelectuales (Reynaldo González, Leonardo Padura y Senel Paz) hablan en un panel de la posibilidad de “tender puentes [con los escritores del exilio] sobre la base de la identidad común" y Armengol se entusiasma. Si algo lo frustra es que el resto del exilio no lo acompañe en su fervor pero como persona educada en lugar de exhibir su incomodidad da una lección de cortesía: “no hay tampoco necesidad de despreciar el encuentro –dice- y mucho menos desdeñar a quienes intentan acercarse a nosotros”. Educadamente le reprocha a ciertos intelectuales exiliados (en concreto Andrés Reynaldo, Antonio José Ponte, Heriberto Hernández) que no celebren, por ejemplo, que el escritor Leonardo Padura haya comentado que es “inadmisible desde todo punto de vista invalidar el vínculo o excluir por razones política a los escritores radicados fuera de la Isla”. Lamenta, además, que no se aprecien las “preguntas fuertes” que se hicieron desde el público, el ambiente “inclusivo, no exclusivo” en que se celebró el encuentro.

Y la verdad es que abochorna un poco no apreciar que Padura diga que la opinión política de los intelectuales no debería ser motivo para excluirlos de los planes de publicación de las editoriales cubanas cuando muy bien podría haber dicho que la Tierra es plana y descansa sobre cuatro elefantes que a su vez están parados sobre una tortuga. Eso me da la pista para sospechar que en realidad el diferendo entre Armengol y los escritores exiliados a los que alude no es político ni civilizatorio sino sólo generacional. Un desencuentro basado –como casi todos- en la falta de sincronía. Esa debe ser la razón por la que donde Armengol aprecia una revolución copernicana en toda su lozanía los otros ven viejas lecciones de astronomía elemental. Donde uno ve cambios y avances los otros observan variantes de un discurso que existe desde hace más de dos décadas sin que la realidad se haya dado por enterada. Donde Armengol saluda el género del debate los otros creen reconocer el de la farsa en un acto.

No obstante el principal punto de discordia no es tanto lo que dijeron los miembros del panel sino a nombre de quién lo hicieron. Los críticos presumen que al hablar en un evento oficial en una sede no menos oficial es como si lo hicieran a nombre del gobierno cubano. Seguidores de McLuhan en este punto están convencidos que el mensaje es oficial porque el medio también lo es. Armengol arguye que no tienen razón, que los de La Habana hablan a título propio y por tanto no debe atribuírsele ni el historial de censura del gobierno cubano ni sus previsibles intenciones de manipulación. En caso de que los primeros tengan razón también es comprensible su resistencia a concederle al gobierno autoridad para establecer quién debe o no pertenecer a la cultura nacional si es que a estas alturas aparecer en los diccionarios peor editados del planeta tiene alguna importancia. En caso de que se trate de una iniciativa personal como asegura Armengol todos los que la han atacado deberían disculparse por su suspicacia y malos modales pero nadie debería obligarlos a enviar colaboraciones a La Siempreviva de Reynaldo González, conversar sobre misterios policiales con Padura o tratándose de Senel Paz debatir sobre los nuevos retos que le ofrece el bosque al hombre nuevo o a los lobos. Esos acercamientos, que están muy bien cuando se practican por propia voluntad, resultarían insoportables de convertirse en imperativo categórico. Y hablemos claro. Con independencia de las diferencias políticas lo mejor que uno puede hacer es mantenerse alejado de los escritores: empiezan queriendo que los invites a una cerveza para terminar obligándote a que leas sus libros.

Pero siendo consecuentes con el llamado de Armengol a reaccionar de un modo distinto ante un país que ha cambiado bastante en las últimas décadas –por más que el gobierno siga siendo fiel a sí mismo, o sea, tiránico- confundir una cultura con un ministerio o una institución sería un error -como siempre lo fue- solo que ahora mucho más patético. Un error tan desmesurado como no distinguir a una persona de uno de sus zapatos, un zapato que por lo demás le queda demasiado apretado y encima con mierda incrustada en las suelas (como se ve Armengol no es el único al que le entusiasman las metáforas). Digo que se puede reestablecer contactos con la cultura cubana sin necesidad de pasar por la aduana de los ministerios, acercarse a artistas e intelectuales cubanos sin previa presentación de carnet de la UNEAC una tarea que debe dejársele a policías y C.V.P.s. No sería urgente, en cambio, “buscar nuevos espacios, a través de Internet principalmente, en que tuvieran cabida todos los escritores cubanos” porque esos espacios ya existen tanto fuera de Cuba (empezando por la plataforma digital Encuentro en la Red que dirige el propio Armengol) como dentro (la plataforma Voces Cubanas, Estado de Sats, Havana Times, el Proyecto Desliz, la revista Voces y un variado etcétera). Basta la voluntad de usarlos o no. Que cada uno lo haga de acuerdo a su propio entender es parte de las ventajas de la libertad individual como lo es elegir el nivel de intensidad de las relaciones de cada uno con su tribu de origen.

Lo que sería lamentable es que no se entendiera la posibilidad de los intelectuales del exilio de publicar y ser leídos en su país como porción del tema mucho más amplio y decisivo que es la libertad de expresión de todos los cubanos. En dicho caso estaríamos hablando de un privilegio de casta que se negocia al precio de la negación de esa y otras libertades al resto de los paisanos. Algo más vergonzoso aún si se recuerda que cada día decenas de nuestros compatriotas son golpeados y vejados por defender el derecho de todos nosotros a expresarnos, si se piensa que las concesiones que se les hacen a unos está basada en el miedo (y la represión) a los otros.

“Es absurdo enemistarse con las personas porque éstas no comparten exactamente nuestras preferencias literarias. Lo cierto es que a la mayoría de las personas no les interesan los libros” decía el escritor escocés Andrew Lang. Aunque lo que se discute no son las preferencias literarias sino algo bastante más vital para cada ser humano no debería autorizarnos a la agresividad verbal. Dada la naturaleza del tema que se discute –crear reglas aceptables de convivencia- sería absurdo que el señor Armengol o yo lo tomáramos como un pretexto para practicar la vulgar afición de la enemistad. Ya aparecerán ocasiones más propicias.

23 de febrero #OZT

Pero que tanto debate marrullero no nos haga olvidar que hoy es 23 de febrero, segundo aniversario de la muerte de Orlando Zapata Tamayo, día pactado en el calendario para que todo el que lo recuerde dentro de Cuba agarre su prescriptiva ración de palos e insultos. Esa tristeza. Orlando Luis Pardo Lazo resume en su blog lo esencial de esa batalla perdida contra el olvido:

Los febreros continúan acumulándose, como una conjura de complotados contra nosotros mismos. Hasta que la muerte nos reúna. Que el capitalismo nos coja confesados. ¿Fue hace dos o tres años? ¿Orlando Tamayo Zapata o con los apellidos al revés? ¿En una unidad de cuidado intensivos o en una celda de castigo de máxima inseguridad? ¿Antes o después del caso cínico de Laura Pollán...?


Irreconocibles cubanos. Irreparables cubanos. Cuando un pueblo enérgico y viril tiembla, la justicia llora.

Oro parece

Hace días que no puedo postear directamente desde casa algo que me imagino que nadie eche en falta y eso es un alivio. Vaya por delante este post del escritor César Reynel Aguilera sobre uno de los temas más debatidos de estos días: los intelectuales de la isla y el exilio se acercan o no, hacen la cola del preticket para ser invitados por la UNEAC, queman la invitación en público o se hacen los desentendidos para luego echarle la culpa al correo de que la invitación no llegara nunca. En fin...


Oro parece...






Hay una adivinanza muy vieja que dice así: mientras más lejos más cerca y mientras más cerca más lejos.


La respuesta, cantada como en muchas adivinanzas, es la cerca.


Pensé que la había olvidado, pero no, la recordé hace unos días cuando supe que tres escritores cubanos, residentes en la isla, se habían reunido para entonar un coro de sirenas.


Senel Paz, Leonardo Padura, y el otro, se reunieron allá en La Habana para discutir la posibilidad de publicar, dentro del perímetro carcelario, a escritores cubanos exiliados. El título que decidieron darle al concierto fue: Tan cerca y tan lejos.


La cerca, pensé.


El resto es bagazo.


Y de cantos nada, en todo caso ululares de sirenas.


Pero no, estaba equivocado, porque tal parece que nuestra ilustre intelectualidad va camino, una vez más, de derramar más tinta alrededor de ese asuntillo que toda la que usaron para referirse, por ejemplo, a las atroces muertes de Orlando Zapata o Willman Villar.


Poco parece importar que Andrés Reynaldo haya escrito un texto que se basta y se sobra para poner en su sitio al trío de La Cabaña. Poco parecen importar las sabias palabras de Raúl Rivero sobre el tema. No, ahora resulta que todos los días se levanta uno para enterarse del último gesto heroico protagonizado por alguno de nuestros pensadores alrededor de algo que —en el mejor de los casos— empezó siendo una simple tomadura de pelo.


Corren el riesgo nuestros intelectuales de malgastar sus poderosos intelectos en algo tan improductivo; en dejarse arrastrar desde la broma hasta una propuesta que puede llegar a parecer seria, pero nunca lo será; en pasar de las razones para no prestarse a semejante farsa, a las condiciones para hacerlo; y en terminar escribiendo listicas de quiénes sí —o quiénes no— podrían ser invitados al supuesto banquete que nunca ocurrirá. Todo eso aderezado con el combativo grito de ¡Ah, bueno, así sí!


Sería triste que algo así terminara sucediendo. Sería triste porque vendría a confirmar esa visión que el castrismo siempre ha tenido de la intelectualidad cubana: un zoológico que necesita cualquier cosa menos cercas, porque “solitos se entrampan por presumidos”, basta tirarles una cascarita de plátano para que enseguida formen la resbaladera. 

miércoles, 22 de febrero de 2012

Los relatos de Maurice Sparks

El año pasado el escritor y narrador Ernesto González publicó el libro Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta), del que ahora sale una reseña en El Nuevo Herald. La generosidad del autor me permite ofrecerles un adelanto del libro en este blog:

Un presidente abre una botella de champán


Un presidente abre una botella de champán, el corcho sale volando, cae por la ventana y golpea a un transeúnte en pleno rostro. El transeúnte, molesto, agarra el corcho y lo lanza hacia la ventana de donde vino. El guardia que cuida la entrada del palacio presidencial lo ve y le dispara, matándole en el acto. Los otros transeúntes se molestan, se reúnen, hacen una protesta a la que se van uniendo otros transeúntes. La protesta se extiende por todo el país. El ejército interviene con sus tanques, mueren más civiles, la comunidad internacional exige la renuncia del presidente. Al mandatario no le queda más remedio que huir con toda su familia hacia un país vecino que le ofrece asilo político.


Sentado en la cama de su habitación en un hotel de la capital del país vecino, el presidente trata de entender los acontecimientos de las últimas semanas mientras se toma una cerveza.





Un asunto de gravedad



Un señor decide tomar el elevador para visitar a un amigo en el décimo piso. Le lleva una botella de vino. Al entrar al cajón lo invade el pánico. ¿Si se cae? ¿Si se descompone? El señor decide regresar a la calle y no visitar a su amigo. Mientras tanto, el amigo camina de un lado a otro en su oficina del décimo piso. Se siente deprimido. Ha llegado muy alto pero no es feliz. Apenas tiene tiempo para los amigos. Su esposa lo ha abandonado. Sus hijos se han mudado lejos, a otro estado. Sale al balcón y sin pensarlo mucho se lanza al vacío. Cae con todo su peso sobre un hombre que camina con una botella de vino debajo del brazo.





La caza



Por un momento me pareció que estaba desnuda. Pero no. Fue sólo una ilusión óptica. Vestía unos “blue jeans” y una blusa bien estrecha, pegada a su cuerpo sensual y juvenil. Yo iba manejando, absorto, feliz porque el fin de semana ya había llegado, gracias a dios. Iba camino al mercado a comprar una botella de whisky. Para relajar. Mi trabajo es super estresante, agotador, quemador de neuronas, asesino, criminal. Un trabajo que paga bien pero que no me merezco. Yo merezco ser rico, pero esa es otra historia y se las cuento otro día.

Lo mejor no era que pareciera desnuda. Lo mejor no era que fuera tan sensual. Lo mejor no era que fuera joven. Lo mejor era que me miraba, lo mejor era que sonreía, lo mejor era que seguía mirándome, como pidiendo que le hablara, que le pidiera su teléfono, que la llevara a un motel, que le hiciera el amor (más bien que me la templara, hacer el amor es otra cosa, más leve, más delicada, más romántica; esto parecía ser un deseo animal).

Hay algo que no les he contado todavía. Soy casado. Un hombre felizmente casado. Mentira. No hay hombre que sea totalmente feliz en su matrimonio. Me gustan las aventuras. Me gusta conquistar a esas damas débiles que se dan fácil, esas frágiles criaturas que el azar nos regala. Me gusta salir a buscarlas, me gusta encontrarlas, me gusta después zafarme de ellas. Me gusta decir: “Lo siento, pero soy casado. No te puedo ver más.”

Lo sé. Soy un verdadero hijo de puta. Pero todos los hombres lo somos. Levante la mano el hombre que no ha tenido una aventura, o dos, o tres, o mil.

Miren a Tiger Woods: bien parecido, millonario, famoso. Casado con una bella mujer. Pero, ¿y eso qué importa? Los hombres somos cazadores. Nos gusta la carne. Nos gusta la caza. ¿Quién lo puede negar? Tiger Woods es un cazador. Yo soy un cazador. Todos los hombres somos cazadores.

A mí las mujeres se me dan fácil. No se los niego. Tengo un no sé qué. Esta no era una excepción. Caería fácil. Era un presa. Ya había caído en la trampa.

Me bajo del carro. Camino hacia ella. Ella camina hacia mí. Esto se pone bueno, me digo. Gracias, dios, por todo lo que me das. Gracias por ser tan generoso. Pero la verdad es que me lo merezco.
Me mira. La miro. Abre la boca. Me dice:

-- Señor, ¿le gustaría donar sangre hoy?

martes, 21 de febrero de 2012

La Guapería y el Silencio

El artista Geandy Pavón publica esta nota sobre un tema que los locutores de noticieros llamarian "de quemante actualidad":

La Guapería y el Silencio: Los artistas cubanos y el apoliticismo

Es paradójica la bravuconería con que algunos de nuestros artistas defienden su derecho a ser cobardes, reprochando a la prensa libre una simple pregunta mientras, sin cuestionarlo, asumen un silencio y una neutralidad impuestos por un gobierno que antes exigía militancia y ahora mutismo. En resumen, lo que estos artistas piden es su derecho a la indignidad.

El viejo anatema se ha fragmentado, ya no importa el “dentro de la revolución todo;” lo que ha sobrevivido de aquella frase es su ruina: “contra la revolución nada.”

En Cuba ha comenzado un proceso de destotalitarización, pero a este proceso no lo sigue la democratización del país, sino su fase de dictadura. En la etapa totalitaria se exigía militancia, en esta nueva etapa, complicidad disfrazada de apoliticismo.

Es cuando menos extraño, por no decir contranatural, que un cubano no tenga opinión sobre algo, pero aparentemente una gran parte de nuestra fauna cultural escapa al estereotipo. Creo que estos artistas han querido confundir la política con tener una opinión política y en más de un caso con el tener simplemente una opinión.

Esta supuesta neutralidad no pasa desapercibida, es una neutralidad aparatosa, falsa, ruidosa y que, llegado el caso, presume hasta de originalidad. ¿Cuál es la novedad? ¿Cobardía disfrazada de hermandad, reconciliación?

Al menos tratemos de definir. ¿Reconciliarnos con quién? Con el pueblo no ha de ser, este exilio ha cumplido con creces su responsabilidad, hasta el ridículo de ser una de las principales fuentes económicas del gobierno, si no la principal.

Es cierto que no tiene nada de original el llamarle a una dictadura, dictadura. También es cierto que aburre la misma cantaleta, pero la culpa no es de quienes hemos decidido llamar las cosas por su nombre. La culpa es de la dictadura y de los que no se atreven a nombrarla, para usufructuar de ella mientras dura.

Vive Zapata

Cerca ya del segundo aniversario de la muerte de Orlando Zapata comparto un video casero de la banda de punk rock de Toronto I.H.A.D. tocando una canción en su memoria.

domingo, 19 de febrero de 2012

sábado, 18 de febrero de 2012

Revolusignación

“La Revolución no inventó la homofobia”. “La Revolución no inventó la prostitución”. “La Revolución no inventó la censura”. Si no hasta el infinito (por respeto a las matemáticas) se puede seguir hasta que casi lo parezca. Como si una Revolución tan poco inventiva haya sido en realidad una suerte de continuismo histórico. Una versión entusiasta de la República. O un batistato sin muertos en la calle (porque para matar están las cárceles o los hospitales) ni prosperidad (insultante y desigual, por supuesto). Esa es la última línea de defensa del proceso que pretendió convulsionar el país y ponerlo al frente de Latinoamérica y el mundo. Con el país en coma se defiende una normalidad que la Revolución nunca tuvo ni pretendió. El proceso que no admitía comparación con cualquier fecha anterior ahora se conforma con buscar continuidades y parecidos, normalizar con el discurso un país que estámuy lejos de serlo en la realidad. (Eso entre los defensores más sutiles porque los estentóreos, ya se sabe, quieren convencernos que en 1958 Cuba se hallaba en pleno pleistoceno y la simple existencia de homos erectus profesores de salsa debe parecernos un gran avance). Se habla de la Revolución como si no hubiese aplicado la homofobia de Estado por primera vez en la historia del país, como si antes de ella las graduadas universitarias contemplasen la prostitución como salida laboral, como si Batista hubiera pronunciado sus propias Palabras a los intelectuales: "Con el Indio todo, fuera del Indio nada". Como si la humanidad se hubiese quedado detenido en la década de los cincuenta a la espera de los cambios en Cuba. O como si Revolu fuera en el peor de los casos no más que la continuación de los más arraigados defectos nacionales a los que sus dirigentes, luego de combatirlos durante décadas, se han debido resignar.