Por Luis de la Paz
El escritor y profesor Enrique del Risco nacido en 1967, cuando ya el castrismo había destruido gran parte de Cuba y adoctrinado a un considerable sector de la población, logró sobrevivir mejor que mucho de sus contemporáneos a la educación politizada.
En sus libros se aprecia un detallado poder de análisis y observación. Entre sus publicaciones se encuentran Nuestra hambre en La Habana y Los que van a escribir te saludan, y más recientemente, El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika, publicado por la editorial Hypermedia, en junio de 2025.
Eres el editor
de El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika libro
donde más de sesenta autores exponen “la revuelta cultural y social que se
produjo en Cuba en paralelo a la perestroika soviética”. Háblanos del resultado
de ese libro.
Estoy muy
contento con el resultado. Fue un libro que nació de una conversación casual
con mi mujer a la hora del desayuno y con el que terminé arrastrando a más de
medio centenar de artistas, escritores, periodistas, críticos y activistas de
todo tipo a reconstruir a través de la memoria unos años en los que muchos
creímos que podíamos cambiar el país. Es un libro coral llenos de historias y
observaciones importantísimas. El título ya revela el final penoso de ese intento,
pero creo que tanto aquel movimiento como el libro que hemos hecho valieron la
pena. En el caso del libro, porque ha servido para crear conciencia sobre aquel
movimiento, sobre sus posibilidades y sus imposibilidades.
Cuando hablo de
crear conciencia no solo me refiero a los que no tomaron parte en él. También
hablo de los que participamos en ese proceso y, aun así, teníamos una visión
fragmentaria de aquellos años. Creo que a través de los testimonios recogidos
en el libro podemos ver ese fenómeno como lo que fue: un movimiento social y
político -además de cultural y artístico- que pudo darse por circunstancias
históricas muy específicas. Pero justamente esas circunstancias -las reformas
que se acometieron en la URSS y el resto de Europa del Este- impedían ver de
antemano la conclusión a la que arribó ese movimiento: que el socialismo -o
sea, un régimen donde un partido tiene el monopolio de los mecanismos políticos
y el Estado el del sistema productivo del país- es antidemocrático e
irreformable por naturaleza.
Naces en 1967
en medio de apagones, colas y hambre, la misma situación (quizás menos
dramática que la actual), pero con los mismos componentes. Pasas la infancia,
la adolescencia… ¿en qué momento tomas conciencia del desastre nacional?
La conciencia del
desastre en Cuba yo creo que todos la hemos tenido desde una edad muy temprana.
Recuerdo un día, con menos de diez años, en que luego de larga odisea
llegábamos por fin al Parque Lenin en la cama de un camión, le pregunté a mi
padre: “Papi ¿cuándo es que vamos a salir del subdesarrollo?”. Esa pregunta ya encerraba
la conciencia plena del desastre. Pero claro, siempre quedaba el recurso de
echarle la culpa al pasado capitalista (que en esa época quedaba a unos quince
años de distancia) o al embargo.
La adquisición de
la otra conciencia, la de que el desastre era producto del mismo sistema fue
más lenta y progresiva. Estudié tres años en la Escuela Vocacional Lenin que
era una escuela-vitrina para mostrarla, junto con Ubre Blanca y otros logros de
la revolución, a los visitantes extranjeros. O hasta a los mismos presos
políticos cuando los excarcelaban luego de estar veinte años en la cárcel, para
que se arrepintieran de haberse opuesto a una revolución capaz de crear
escuelas así, como cuenta Jorge Valls en sus memorias. Pues mi estancia en La
Lenin se convirtió en un curso intensivo sobre simulación socialista: desde
cómo la comida mejoraba en momentos estratégicos hasta instalaciones deportivas,
laboratorios de lengua, estudios de música que solo se abrían cuando llegaba
una delegación extranjera. O piscinas que solo se llenaban un par de semanas al
año. Por cierto, de esas falsedades mi amigo Ernesto Chao y yo dimos cuenta
públicamente a Carlos Lage, entonces secretario general de la Juventud
Comunista en una visita que hizo a la escuela y lo único que conseguimos fue
que más tarde el director general intentara intimidarnos. Y de esa experiencia
de simulación e intimidación salió el primer texto de ficción que escribí en mi
vida, una obrita de teatro titulada “Galileo y el masarreal” que nunca pude
montar. Pero aún así nos quedaba la excusa de que tanta falsedad era obra de
funcionarios intermedios.
Llegado a la
universidad, entre las conversaciones con condiscípulos más enterados que uno,
la comparación entre las revelaciones sobre el comunismo en Europa del Este y
la realidad cubana y el terror pánico de buena parte de mis profesores para
lidiar con ciertas verdades, fue que me quedé sin excusas racionales que
ofrecer. Luego, la vigilancia y la persecución sobre los que intentábamos
mejorar la realidad en que vivíamos, de democratizarla (todavía la palabra “totalitarismo”
no era parte de nuestro vocabulario, pero “democracia” definitivamente sí)
hicieron el resto. Esos años cubanos de la perestroika me enseñaron no solo que
era el sistema el que generaba el desastre, sino que este no estaba interesado
en ningún cambio que significara renunciar a un ápice de su poder y cedérselo a
los ciudadanos.
Tu libro
brinda una cronología de los años ochenta en Cuba, y todo marca en general
retrocesos. Aun así la juventud presenta nuevos proyectos y desafíos. Tú fuiste
parte de ellos. Cómo es la visión de impulsar arte y cultura, sabiendo que
lograr el éxito es difícil.
Había mucha
ingenuidad por parte de nosotros, ingenuidad de la que nos fueron curando los
agentes de la seguridad del estado, los funcionarios del castrismo y el propio
Fidel Castro cuando no solo rechazaban nuestras propuestas, sino que nos
perseguían por hacerlas. A esa ingenuidad inicial súmale el aliento que nos
daba saber que en la Unión Soviética se estaban reconociendo los errores y
horrores que se habían cometido y existía una voluntad real de cambios. Y ver que
nuestros represores inmediatos también sabían lo que ocurría en la URSS y eso
los hacía comportarse con más contención que unos años antes.
Por lo demás si
uno es joven y está vivo lo mínimo que puede hacer es intentar dotar a la existencia
(artística, social, política) de vitalidad y sentido. Eso fue lo que tratamos
de hacer en esos años. Si no cambiamos el país al menos nos cambiamos a
nosotros mismos. Y cambiamos la idea que se tenía en Cuba por entonces sobre el
arte y sus posibilidades. Cuando uno ve un performance callejero de Luis Manuel
Otero Alcántara o un monólogo crítico de cualquier humorista actual o una
galería o una compañía teatral que usa un espacio privado para crear proyectos
al margen del Estado comprende que esas posibilidades empezamos a crearlas en
la segunda mitad de los ochenta, a pesar del rechazo del propio Fidel Castro a
aceptar los cambios que se estaban produciendo en Europa del Este. Cuando al
fin los represores vieron sus manos libres tras el derrumbe del Bloque
Comunista ya era demasiado tarde para retrotraer la vida cubana a los años del
totalitarismo más cerrado, meter al genio de la libertad en la botella de la
que había salido.
Hay quienes
dicen que los cubanos no han hecho nada para procurar un cambio en el país.
¿Qué responderían a ello?
Siempre ha habido
cubanos deseando y tratando de cambiar el país. Lo mismo con los movimientos
guerrilleros y clandestinos de principios de los sesentas, que la contracultura
de catacumbas que surgió luego y que vino a florecer con la generación del
Mariel, o los movimientos políticos y artísticos surgidos en los ochenta, así
hasta llegar a hoy. Piénsese en un detalle: los que participaron activamente en
el derrocamiento del régimen batistiano no pasaban de diez mil, la misma
cantidad de personas que, por cierto, se apretujaron en la embajada de Perú en
1980 en cuanto quitaron la guardia. En cada momento del castrismo ha habido una
cantidad semejante o mayor opuesta al régimen, solo que, a diferencia de los
opositores a Batista, no tenían enfrente un estado totalitario capaz de
aplastar la más mínima señal de disidencia. Si durante el castrismo unas
generaciones consiguieron hacerse más visibles que otras ha sido por
circunstancias históricas que contuvieron en cierto grado la ferocidad del
estado totalitario.
¿Qué aporta el
humor a un mejor entendimiento de tus libros y la situación cubana?
La respuesta más
corta es la de Woody Allen: “comedia es tragedia más tiempo”. Y a la tragedia
cubana le ha sobrado tiempo para convertirse en comedia. No se me malentienda,
la situación en Cuba sigue siendo trágica. De hecho, ahora es mucho más trágica
de lo que lo haya sido nunca con la hambruna, el despoblamiento galopante, el
envejecimiento de la sociedad, la parálisis productiva, la caída abismal de las
condiciones de vida y la represión rampante y descarada. Pero también hay que
reconocer que el sistema que sostiene esa tragedia es profundamente ridículo:
solo hay que ver las justificaciones que usan para explicar tanto desastre.
Por otro lado, el sistema que rige Cuba no es
una simple dictadura. Es un sistema de control mucho más complejo -el del
totalitarismo- que a su vez crea un impacto muy complicado en los seres humanos
y en las relaciones que se establecen entre ellos. Y yo creo que el humor es la
perspectiva ideal para lidiar con tanta complejidad asentada a su vez sobre una
base tan ridícula: un tirano y un partido que determinan que la realidad es de
cierto modo y todo el aparato del régimen -represivo, propagandístico, educativo,
cultural- tiene que encargarse de acomodar el mundo real a como ellos digan. Y
en esos casos solo te quedan dos opciones: el humor o la esquizofrenia. Yo
prefiero el humor.
Asombra y
entristece ver el grado de degradación a la que ha llegado Cuba como país. El
castrismo tocó fondo hace mucho tiempo y sigue perforándolo con la esperanza de
encontrar algo, que no sea otra cosa que más miseria y fango. ¿Qué más se puede
esperar en Cuba?
Esa es una
pregunta ante la que no tengo palabras ni ideas, solo fe o tozudez pura.
Sospecho que si, luego de treinta años viviendo fuera de mi país, Cuba fuera un
lugar medianamente normal y próspero me daría más o menos lo mismo ejercer de
cubano. Es la tragedia en la que sigue atrapada Cuba la que nos hace seguir
preocupados por su destino, la que nos convence de que su única esperanza -sus
Obi Wan Kenobi- somos los que todavía nos desvelamos por ella.
Tus
libros generalmente requieren trabajo de investigación, consulta y redacción.
¿Cuáles son tus próximos desafíos literarios y ensayísticos?
Tengo un par de
libros terminados, buscando editorial: la novela “Los cimarrones de Greenwich
Village”, que es la segunda parte de la Trilogía Cubana del Hudson en la que
estoy empeñado y que trata sobre la presencia cubana en la zona de Nueva York y
Nueva Jersey desde el siglo XIX hasta ahora. En 2019 se publicó la primera
parte, “Turcos en la niebla” que se enfocaba en la época actual. Con “Los
cimarrones…” retrocedo al siglo XIX, centrado en la figura de Cirilo
Villaverde, el autor de la novela “Cecilia Valdés” quien vivió más de cuarenta
años exiliado en Nueva York. El otro libro que tengo terminado es “Nueva York
se escribe con Ñ” que es una historia de la presencia hispana en Nueva York desde
el siglo XVI hasta 1960 contada a través de viñetas de corte humorístico. Por
ejemplo, ¿sabías que el primer habitante no aborigen de Manhattan era
dominicano? Por ese libro desfila todo el mundo: desde Francisco Miranda y José
Martí hasta Diego Rivera y Rita Moreno.
Ahora mismo estoy
trabajando en la tercera parte de la Trilogía Cubana del Hudson, la novela
“Homero y yo”, que trata sobre la vida del gran músico ciego Arsenio Rodríguez
en Nueva York, donde vivió sus últimos veinte años de vida. Ya terminé la
primera versión, pero todavía requiere unas cuantas reescrituras. También trabajo
en una obra de teatro, “Palíndrome”, con solo dos personajes remando en un
kayak con los que abordo la actual polarización política en este país. En la
primera mitad de la obra los personajes viven bajo una distopía de derechas y
en la segunda mitad, una de izquierdas. Y ya que me preguntas por los ensayos
empiezo a darle forma a uno sobre la recepción fuera de Cuba del arte y la
literatura producida en el exilio. De este solo te adelanto el título: “¿Cubano
o gusano?”.
*Aparecida en Libre.
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