sábado, 12 de abril de 2008

Zumbado o la persistencia del espíritu


A petición de Penúltimos Días escribí un texto para un dossier que acaba de sacar en memoria de Héctor Zumbado, magnífico escritor y personaje legendario (por sólo mencionar uno de los rones que frecuentaba). Desde ya ese dossier reúne el mejor y más amplio material que pueda encontrarse sobre Zumbado a quien pocos de los que lo leyeron olvidan pero que al mismo tiempo se le recuerda mucho menos de lo que merece. Todos los textos son muy buenos pero les recomiendo especialmente el de Ramón Fernández Larrea quien fuera compañero de correrías de Zumbado antes de convertirse a la sobriedad etílica (algo tienen los poetas que cuando escriben prosa hacen sonrojarnos a los simples prosistas). Los dejo con el texto con que contribuí al dossier y más abajo con el audio de “La plegaria a San Zumbado” interpretada por Osvaldo Doimeadios en el teatro Carlos Marx a inicios de 1994. Debo agradecer a Eduardo Abela, magnífico caricaturista y nieto del creador del Bobo (de Abela, precisamente) quien grabara la presentación y me facilitara una copia y a Tejuca que la pasó a formato digital y acaba de subirla a youtube con caricatura incluida.

Zumbado o la persistencia del espíritu

Héctor Zumbado fue, si la memoria no me falla, mi primer ídolo literario local. (Habrá quien haya pasado de leer “El osito Boribón” y “Había una vez” a “Paradiso” pero no es mi caso). Me leí su “Limonada” con ese placer que reservamos para muy pocas cosas y desde entonces me dediqué a buscar todo lo que publicaba en la prensa. O en sus libros, más bien escasos, cuyas ediciones se agotaban con tanta rapidez como los libros del Comandante con la diferencia de que se leían. No era difícil la elección. En una época de una grisura imponente, el humor de Zumbado brillaba casi hasta sin querer. Durante bastante tiempo creyó en el Gran Proyecto –de otra forma no hubieran podido sobrevivir ni él ni su honestidad- pero no estaba dispuesto a transigir con la letra pequeña del contrato: no por creer en la Revolución dejaba de reconocer que esta era incapaz de producir un pan decente, un café más o menos bebible y en cambio había conseguido la más grande producción de oportunistas e ineptos que hubiera conocido nunca el país. El socialismo a largo plazo podría ser justo y esperanzador pero visto a través de los ojos de Zumbado en el día a día resultaba tan inquietantemente cursi como alérgico a cualquier bienestar que no fuera el que produce martirizar al prójimo. Y el escritor nos revelaba esa obviedad con una gracia y elegancia que parecía extinta en la isla –fue, entre otras cosas, uno de los que en intramuros mejor aprovechara la lectura de Cabrera Infante, por mencionar una influencia inmediata que no suele invocarse- y en sus textos sacudió y refrescó el dialecto local como pocos. Y así, sin querer, terminó convirtiéndose en nuestro mejor humorista en estado puro: más desenvuelto y enjundioso que Eladio Secades y con menos ambiciones pero más compacto y filoso que Miguel de Marcos. Si algún otro autor del patio, de ese tumultuoso patio de escuela que es Cuba, se le aproxima en eficacia cómica es el Pablo de la Torriente Brau de “Las aventuras del soldado desconocido cubano”.
No pretenderé haber tenido un profundo conocimiento personal de Zumbado. Nunca lo conocí, por ejemplo, en su fase sobria, privilegio dado sólo a los que lo conocieron cuando era niño o justo acabado de levantar. Fui por primera vez a su casa con los miembros del grupo Nos-Y-Otros para trabajar en un proyecto televisivo que avanzó justo hasta que Zumbado se lo propuso a algún directivo que lo rechazó de plano. La colaboración no pasó a mayores pero en esos días nació una amistad si no profunda al menos todo lo higiénica que puede estar una cosa meticulosamente bañada en alcohol. Lo mismo bebíamos a la salud de su amigo Cala, – un fotógrafo en cuyo currículum etílico brillaban con luz propia las borracheras que había compartido con Marlon Brando cuando visitaba Cuba- que para, más tarde, bajar el trago amargo del suicidio de ese mismo amigo. Una tarde en la Universidad supe del “accidente” de Zumbado. Había recibido una paliza –sobre la que luego se ha especulado mucho pero de la que nadie tiene información fidedigna- y se encontraba ingresado en el hospital Calixto García a donde fui a buscar noticias. Al llegar supe que lo habían tirado a morir en un rincón como un borracho más hasta que alguien lo reconoció y entonces trataron de hacer todo lo posible por salvarlo. Regresó del coma sonriente pero sin palabras, esas que lo habían hecho famoso. Durante los meses siguientes hizo progresos –muy lentos- hasta detenerse en la enunciación de unas cuantas frases inconexas y tararear alguna canción de Benny Moré o “As time goes by”. Luego de resistirnos un tiempo sus amigos empezamos a perder la esperanza de recuperar al Zumbado que habíamos conocido pero no por ello se nos hizo menos querible.
En 1993, cuando se iba a inaugurar el primer festival de humor Aquelarre los organizadores me pidieron que le preparara un homenaje a Zumbado. En lugar del collage de los chistes del maestro que era más o menos lo que se esperaba opté por ser fiel a su espíritu, un espíritu inquieto, jodedor e irremediablemente rebencúo. Y eso fue lo que hice: convertirlo en espíritu, en un San Zumbado al que hacía responsable de los horrores del Período Especial. El texto, por supuesto, iba más allá de mencionar aquellas escandalosas miserias. Más bien era un ataque a la nostalgia de los que concebían la década de los 80 como una especie de paraíso, algo que a Zumbado le hubiera parecido una aberración. Y les recordaba a todos (como nunca dejó de hacerlo Zumbado) que Aquello nunca había conseguido organizar un presente más o menos placentero, que la Revolución nunca había cumplido 15.
Como se trataba de un homenaje a nadie se le ocurrió revisar el texto y con menos de 24 horas para prepararlo el actor Osvaldo Doimeadios llevó a las tablas del teatro Mella una interpretación espléndida. Al terminar Zumbado subió al escenario risueño como siempre y tarareando el tema de “Casablanca”. No estoy muy seguro si entendió lo que estaba pasando, si su maltratado cerebro había captado toda la ironía del asunto. Lo cierto es que de inmediato el monólogo se convirtió en parte de la rutina que varios actores repetirían durante años por todo el país sin que se atrevieran a censurarlos. En ese texto yo no había inventado nada nuevo. Apenas sintonicé el espíritu de Zumbado con la nueva época en la que habíamos entrado. Por eso me complació tanto que sin poder escribir una línea, el nombre y los hallazgos de Zumbado se mantuvieran vigentes durante la feroz década del 90 cada vez que algún actor empezara invocándolo con aquél “Oh, San Zumbado, santo patrón de los usuarios, tenaz castigador de administraiciones y/o catástrofes, escudo de los traspapelados en las envolventes aguas de la burocracia ¡auxílianos en esta hora difícil!”. Era un medio de devolverle en parte lo mucho que nos había dado. Su cuerpo no sé por dónde andará. Su espíritu no es difícil de invocar cada vez que un cubano intente entender su realidad (no sé por qué pero así es como insistimos en llamar a una pesadilla de medio siglo: “realidad”) con humor y (valga la redundancia) inteligencia.


9 comentarios:

Anónimo dijo...

Enrisco,

¿Sabe si es posible conseguir fuera de Cuba las publicaciones de Zumbado?

Gracias.

Efory Atocha dijo...

Busca en Iberlibros, o, Librería Renacimiento. Ahí es posible vendan algo de H. Zumabdo.

Laz dijo...

Ya yo me habia leido Das Kapital cuando aparecio El Capital real de Zumbado. Gracias por traer este sentido y necesario homenaje.

Jorge Fernández Era dijo...

Enrisco:
Gracias por la evocación a Zumbado. Él fue mucho más que un maestro para mí. Le debo mis primeras publicaciones y mi primer libro, cuyo prólogo (del Zumba) lo supera por amplio margen.
Aquellos encuentros nuestros en casa de Zumbado a los que haces referencia fueron muy enriquecedores para todos nosotros, pues además de discutir ideas para "Los doce trabajos de Hércules Pérez" (así se llamaba el malogrado proyecto televisivo), intercambiábamos sobre disímiles cosas, y muchos fueron los libros que logramos leer gracias a la biblioteca del Guaguabolero.
De aquellas veladas, y las que desarrollé con el Zumba para preparar los "50 cuentos de nuestro Era", me queda también el buen recuerdo de haberle preparado unas cuantas veces su acostumbrado desayuno de medio vaso de ron más medio vaso de leche (todavía había leche).

Anónimo dijo...

el "canedian"

enrisco yo no sabia q eras tu quien habia escrito eso!!! compadre como nos gusto a todos eso, cierro los ojos y me veo en el mella con doimeadios en su plegaia y nosotros rompiendonos de risa...no es facil...

carlos dijo...

gracias por este homenaje al unico intelectual creo, que en aquella terrible epoca 60ta y 70ta nos hizo reir a todos, dentro de toda aquella mediocridad.

batracio

Anónimo dijo...

Sencillamente genial!!!! Hace muchos dias no entraba por aca pues el trabajo no me deja tiempo libre, pero, al ver en Generacion Y el articulo de Yoani enseguida revise. ¡Cuanta añoranza por este humor cubano! Desde este pais donde me encuentro siempre lamento no haber traido mis libros de Zumbado y a cada rato me acuerdo del nombre que proponia al cafe "calfañal" porque era una mezcla de cafe con aguas albañales o "cafonce" por los calcetines Once Once. San Zumbado, cuanto nos hizo reir a todos con sus criticas tan acertadas. No hace falta mas homenaje hipocrita de los que hacen alla, el homenaje se lo hacemos nosotros mismos al no olvidarlo. Este tu homenaje es sencillamente genial.

Jinetero… ¿y qué? dijo...

Yo le había hecho un homenaje al maestro Zumbado en agosto en este link

http://www.conexioncubana.net/blogs/yoyo/2007/08/17/esto-le-zumba/

Yo lo daba por muerto segun las bolas y he tenido la suerte de que gracias a eso un familiar muy cercano a él me había confirmado de que hay Zumbado para rato.

Jose dijo...

Gracias por el emotivo homenaje a Zumbado.Pero donde esta Zumbado?..Como es posible que pueda desaparecer esta gloria del humor y hermano en lo etilico.Veo detras de esto la mano de un burocrata vengativo