domingo, 27 de abril de 2008

Más sobre Ramón


Con motivo de la presentación del libro Nunca canté en Broadway de Ramón Fernandez Larrea en New York University Raúl Rivero desde Madrid y Victor Fowler desde La Habana escribieron sendos textos sobre el poeta que aparecen a continuación. Y pueden ver otro reportaje gráfico en Remandingo.

Ramón canta donde puede
Por Raúl Rivero
El público, los hombres y las mujeres que aman la poesía de Ramón Fernández-Larrea viven y se aprenden de memoria sus versos en La Habana; sin embargo, el poeta dio esta semana un recital en Nueva York.
Es un hombre difícil y tierno, un tipo avasallador y brillante que, a juicio de muchos críticos, entró a la poesía con unas músicas y un lenguaje que nadie más puede leer en el papel pautado.

Fue invitado por la Universidad de Nueva York (NYU) a presentar su antología personal, Nunca canté en Broadway, editada por Linkgua, de Barcelona.

La selección incluye poemas de sus libros El pasado del cielo, Poemas para ponerse en la cabeza y El libro de los salmos feroces.

Guionista de populares seriales de radio y televisión, Fernández-Larrea nació en 1958 en Bayamo, Cuba. Vivió varios años exiliado en España. En la actualidad escribe para un canal de televisión de Florida.

Me contó una mañana en Madrid, en el playazo de una resaca de campeonato, que en todos los inviernos de su exilio unos doctores le miran el corazón con aparatos y le dicen que se ve claramente a una mujer atravesada entre el pecho y la espalda.


Víctor Fowler:

“Por desgracia, los libros son hechos para ser vendidos y es necesario convencer al público de que se encuentra en presencia de algo trascendental, único o, aunque sea, especial. No dudo de que Ramón, que suma a la condición de poeta excelente la de humorista extraordinario, merezca el recuerdo de unas cuantas buenas anécdotas acerca de los chistes que hizo en esta o aquella ocasión. Pero hay otro aspecto, a mi juicio el más hermoso, que ojalá alguien destaque de entre los presentes: su generosidad. Soy de los que tuvo el privilegio de merecer su consejo cuando comencé a escribir poesía y él era mi ídolo. A la humilde casita de Guanabacoa, donde Ramón vivía, me encaminé no pocos domingos a escucharlo hablar de poesía, disfrutar con sus ironías y registrar su biblioteca de la cual siempre me prestaba algo. Muchos poetas norteamericanos y europeos los conocí gracias a él. Años más tarde lo vi en Barcelona, conversamos, asistí a una lectura de poemas nuevos que hizo en una Feria del Libro y me avergonzó contarle que le había dedicado un poema. No sé si alguien, en esta presentación, va a poder contar el milagro que era Ramoncito en los años 80 cubanos, lo que podían conseguir la mezcla de irreverencia e intensidad que había en su poesía. Una lectura de él, en la Casa de las Américas habanera, fue tan espectacular que el salón se llenó y la gente quedó afuera, tratando de captar las palabras, en un silencio casi sagrado porque todos esperábamos sus Variaciones sobre la boca del lobo, verdadero emblema generacional. Pero a mí me gustaba, sobre todo, el poema titulado Contemplaciones, para el cual Ramoncito eligió un primer verso tomado de Andre Breton: Sal mi querido amanecer no olvides nada de mi vida. Así comienza el poema que le dediqué."


SAL, MI QUERIDO AMANECER….
Ramoncito y Breton

En la madrugada donde hubiéramos conversado,
amigo, donde la invención del recuerdo nos hubiera
hecho felices: tramo de vida donde no estaremos ni
estás. Más cercano que Breton me eras, una especie
de puente; en el encantamiento de la vieja casita de
Guanabacoa descubría el poema. Abriste la habitación
de Dylan Thomas, la inconformidad de Bob Dylan o la
poesía en el rock. También recuerdo a Gingsberg,
tendido sobre el sofá. Eran los años. La noche en la
que saliste a ser golpeado o aquella mañana única,
que hoy te será un borrón, donde me indicaste que
resistiera para una maravilla posible. Sí, amigo, eran
los años, los buenos. Teníamos miseria, persecución,
bajezas, caminatas sin término, la modorra del ómnibus
que -domingo trás domingo- me llevaba hasta allí.
Eco de aquellas horas que guardo como un mito.
Se descubre con el paso del tiempo, cuando la iluminación
sobre el rostro es desconectada, el alegre vestido de
las celebraciones yace, arrugado, encima de cualquier
mueble y no queda otro ruido que el de la respiración
propia. Amo y temo esa hora: toda la soledad, animal,
despiadada y lenta, bajando del cielo para aplastar
cabezas. La mía, las de mi generación como astillas
de vidrio después de un accidente. No quiero ver,
escuchar o sentir. A vagabundear por la ciudad vacía
salgo, como tú aquella noche en la que regresaste
golpeado, y quizás en alguna grieta me espere
el amigo.

(de: El maquinista de El maquinista de Auschwitz)

2 comentarios:

Eduardo Frias Etayo dijo...

Enrisco, dos menciones a mi blog merecen que te mande las fotos a tu e.mail, o lo hiciste para recordarme que aun no las he mandado?

Laz dijo...

No veia una foto de Ramon desde hace ... no se no recuerdo. Enlazo el post.Me alegro muchisimo por el y por lo que representa.