viernes, 30 de marzo de 2012

Visitar, legitimar


Antonio Elorza, el más informado y agudo observador español de la realidad cubana resume el significado de la visita del Papa a Cuba en un artículo en que la compara con la de Juan Pablo II.  
Nadie esperaba que Ratzinger llegara a Cuba con un llamamiento a la insurrección democrática en la mano, ni que considerara las limitaciones inevitables. Pero no tenía en cambio sentido ceñirse a recabar mayor margen de actuación estrictamente religiosa al clero, si la contrapartida era otorgar en definitiva su bendición a un régimen que durante décadas persiguió a los católicos, y que aún en fecha reciente ha detenido a los democristianos opositores e impedido sus publicaciones y reuniones. Además, la situación de Cuba no es ya la de 1998. Con la espada de Damocles de la enfermedad del proveedor Chávez sobre la cabeza, resulta mucho más frágil, y en consecuencia más necesitada de apoyos exteriores.
A pesar de la debilidad endémica del catolicismo en Cuba, la primera visita de un Papa supuso un golpe de aire fresco, al presentarse ante la sociedad cubana un líder mundial, vencedor en su país del comunismo, y portador de una identidad política y cultural opuesta al régimen. Pegar en el exterior de la casa un póster de Juan Pablo II constituyó una afirmación ideológica. Su consigna de que Cuba se abriese al mundo y el mundo a Cuba equivalía a proponer sutilmente un vuelco general, bien distinto del ambiguo deseo antes citado de que Cuba y el mundo cambien ambos, proclamado por Benedicto XVI. No hablemos de la propuesta continuista de que «es preciso seguir adelante y deseo animar a las instancias gubernamentales a reforzar lo ya alcanzado y a avanzar por este camino…». El antiguo alumno de la Compañía de Jesús que es Raúl Castro debió de sentirse feliz.