martes, 28 de julio de 2026

El reactivo Luis Manuel Otero Alcántara*


Alguien a quien quiero y respeto me escribió con alarma sobre la entrevista que le había dado Luis Manuel Otero Alcántara al periodista Mario Pentón. Tras escuchar la entrevista, el alarmado era yo: ¿qué problemas tenemos los cubanos para entender lo que nos dicen 50 minutos de conversación con alguien que emplea la misma modalidad del español que usamos para comunicarnos todos los días?

Por supuesto que en el caso de mi amiga descarto la envidia, la animadversión política o los trastornos psiquiátricos que inspira en algunos Luis Manuel. Se trata de una persona que desea lo mejor para el país del que tuvo que huir hace unos años y que lo añora con el amor limpio de la gente honesta que es. Más que entender a Luis Manuel intento aquí entender la decepción de muchos.

En la entrevista, para el que no la haya visto, el recién desterrado habla, con su franqueza habitual, de su prisión, de su llegada a Estados Unidos y de sus planes. Pasado presente y futuro, como lo dictan los tiempos verbales. El fragmento que parece incomodar más a mi amiga y a muchos otros fue su descripción de los nueve días que mediaron entre el momento en que la Seguridad del Estado lo sacó de la cárcel y el que salió de Cuba. Un secuestro «amable», de policía bueno, mientras el poder esperaba la oportunidad de expulsarlo del país. Luis Manuel nos habla de una casa de la Seguridad, cercana a la playa de Guanabo, con una piscina que rellenaban apresuradamente con unas pipas de agua cuando él llegó. El agua que escasea hoy en Cuba, apunta el artista, traída para sobornar sus últimos recuerdos sobre el régimen que lo había encerrado un quinquenio. Una oportunidad, intuye el entrevistado, para que se relajara. Y también para recoger material con el que chantajearlo o desprestigiarlo más tarde. Y Luis Manuel —supongo que para decepción de mi amiga—, en lugar de protegerse de la trampa que le habían tendido saltó de lleno en ella, como en la piscina llenada a golpe de pipa, y así convertir aquella emboscada en otra cosa.

Queda clara la intención primera del artista con tales confesiones: evitar que el material recogido en esos días por la Seguridad del Estado pueda servir como un instrumento de chantaje y difamación contra él. El chantaje, como sabemos, es alérgico a la claridad y la trasparencia. Hay también una razón menos obvia para sus confesiones: sacarse de arriba el papel de mesías con que lo han obligado a cargar apenas llegó a Miami y así poder satisfacer su instinto natural de experimentar la libertad luego de pasar cinco años preso. Aunque eso signifique sacarse de arriba la armadura de guerrero inclaudicable que le quieren encasquetar. De ahí que Luis Manuel insista en convertir la experiencia de la prisión —deshumanizadora, por muchas vueltas que le dé— justo en lo contrario, en un doctorado en humanidad, en conocimiento del alma humana, en creatividad. Más que a recuperar el tiempo perdido, el artista se niega a admitir esos años como un desperdicio al que lo forzó el régimen que abomina. Evitarse la disyuntiva de ser héroe o víctima.

Pero basta de explicar a Luis Manuel. Bastante elocuente es a la hora de aclararse a sí mismo. Para lo que puede servir el revuelo que se ha creado a su alrededor es para entendernos a nosotros mismos. Luis Manuel, mostrándose como lo que es, un buen artista (porque no cesa de crear) y un mal político (porque no intenta engañarnos), nos obliga a reconocer qué entendemos por arte y qué por política. El arte sería, de acuerdo con el consenso general, un asunto etéreo y decorativo, donde todo se decide entre las categorías "bonito" y "feo" pero que no sirve para casi nada serio excepto cuando refuerza nuestros prejuicios, sean estéticos o políticos. La política, en cambio, se asume como simulación constante en la que el buen político es quien finge mejor estar por encima de nuestra humanidad, entendida como debilidad, flaqueza, frivolidad. Pero frente a alguien como Luis Manuel, dispuesto a sacrificar a la causa común todo menos su humanidad, nos sentimos confundidos, defraudados. Sacadas sus cuentas, Luis Manuel estuvo dispuesto a pasar cinco años de su vida en la cárcel, pero no a renunciar a esa terca individualidad que muchos ven como estorbo para llevar a cabo la misión que le asignan.

Más que el líder que le piden a Luis Manuel que sea, él se ha vuelto, sin proponérselo, en un reactivo químico que hace más visible el tamaño de nuestra desesperanza, de nuestra impotencia. Porque las dictaduras, a fuerza de reducir a sus súbditos a la impotencia, los infantilizan y los lleva a apostar sus ilusiones a personajes mágicos, relatos mágicos, soluciones mágicas. Para luego desencantarse rabiosamente cuando la magia no funciona. 

Se ve el castrismo como una pesadilla de la que bastará una buena sacudida para despertarnos de ella y no como un experimento monstruoso que nos ha calado hasta la médula. Eso cuando no lo ven como merecido castigo para expiar no se sabe cuántas culpas acumuladas. Y encima, para configurar nuestros héroes usamos los mismos mitos que nos ha proporcionado el castrismo con sus próceres incorruptibles, ascéticos y dispuestos al sacrificio a cada instante, justo todo lo que no somos. Y caemos en la paradoja de ser anticastristas que quieren que sus héroes sean como el Che, con ese ostentoso desinterés por la vida y sus goces. Con la misma aridez vital, la misma falta de simpatía por todo lo que no sirva a sus propósitos.

Después de todo, somos un pueblo secuestrado por una banda criminal que ha abusado del detalle de ser nuestros compatriotas hasta el punto de hacernos creer que le pertenecemos, que somos parte de ellos. Un pueblo que, incapaz de movilizarse, no encuentra ahora mismo otra salida que una intervención militar extranjera. Hay cierta lógica entonces en que desconfiemos de cualquiera que se parezca a nosotros mismos. O que, pareciéndose en todo lo demás, tome distancia de nuestros hábitos como manada.

Si de otra cosa Luis Manuel es un reactivo, porque la hace más visible, es de nuestra chealdad colectiva, de ese sentimentalismo redundante y morboso que nos hace renegar del sentido común y nos impone líderes profundamente deshonestos a quienes les pedimos como Olga Guillot: «Miénteme más porque tu maldad me hace feliz». La chealdad, metástasis criolla del kitsch alemán, nos persigue más allá de la ideología que escojamos: da igual la horterada dorada de la derecha o el sentimentalismo trovadoresco de la izquierda. Ante esa escasez de posibilidades, nuestro lenguaje común, el político, está dominado por lo cheo, o por esa otra variante sofisticada de la chealdad que es convertir la política o la ética en mera cuestión estética.

Como en cada totalitarismo, en el castrismo ha imperado la dictadura de los sentimientos. Incluso sobre aquellos que se les oponen y, por ejemplo, necesitan decir castrocomunismo en cada oración para que no se les confunda con los tibios que apenas nombran al régimen con el apellido de su fundador. Las principales armas contra cualquier modalidad del totalitarismo son, dice Milan Kundera, el individualismo, la duda, las interrogantes, la ironía, el humor. O sea, todo lo que ponga de relieve la deshumanización y la profunda falta de sentido y de coherencia del totalitarismo, todo lo que confronte su discurso ampuloso con la realidad mierdera que engendra. Sin embargo, como apuntaba Kundera, «quienes luchan contra los llamados regímenes totalitarios difícilmente pueden luchar con interrogantes y dudas. Ellos también necesitan su seguridad y sus verdades sencillas, comprensibles para la mayor cantidad posible de gente y capaces de provocar el llanto colectivo».

De ahí, volviendo a Luis Manuel, sería saludable para todos dejar tranquilo a quien acaba de salir de la cárcel. No cargarlo con la responsabilidad de amoldarse a la imagen que nos hemos hecho de él y encima con la obligación de ofrecernos todo lo que nos falta. No habrá verdaderos cambios en nuestro país mientras no empecemos a cambiar como pueblo, mientras no seamos capaces de madurar, de despojarnos, aunque sea en parte, de nuestro común infantilismo y de nuestra chealdad política. No avanzaremos hacia una libertad funcional y duradera mientras no tratemos de ser más libres por el procedimiento elemental de hacernos más responsables y confiar, antes que en soluciones y figuras mágicas, en la magia probada del esfuerzo, el acuerdo y el respeto común.

*Publicado en El Toque 

lunes, 20 de julio de 2026

Se habla (y se mienta la madre) en español



Concluyó la copa Mundial para mayor gloria de la FIFA aunque quizás no del fútbol. El total de asistentes a los partidos de 6.7 millones, entre ellos el 98.7% de las estrellas de Hollywood, y la FIFA ganó 13.500 millones de dólares en la jugada. Digo esto como contexto de la final entre el equipo que menos goles había recibido a lo largo del torneo y el que más ayuda había recibido de parte del arbitraje. Me refiero al enfrentamiento entre España y Argentina, todo un canto a la hermandad hispanoamericana. Y es que el mundial que ha contado con mayor supervisión tecnológica de los celebrados hasta ahora se destacó por su meticulosa aplicación de las reglas del juego… cada vez que estas podían beneficiar a los elegidos de los dioses y la publicidad. El último favorcete a la selección sureña había sido no sancionar a los jugadores que habían exhibido un cartel que anunciaba “Las Malvinas son argentinas” como estipula el reglamento de la FIFA.

Desde el inicio de la gran final, precedida por un espectáculo con toda la chealdad que puede producir la gran nación americana, ambos equipos dejaron claro su planteamiento táctico: España controlando el balón dos tercios del tiempo total (exactamente 64.5%) y avanzando sobre el territorio contrario con el orden y la velocidad de una legión romana. Por su parte Argentina se concentraba en controlar los tobillos y las pantorrillas contrarias a base de golpes de diversa contundencia aunque apenas Lisandro Martínez recibiera una tarjeta amarilla en el primer tiempo. De momento las porterías contrarias no parecían interesarles demasiado a ninguno de los contendientes con solo tres disparos al arco por parte de los españoles y ninguno de los del país donde los bisteces caminan sueltos por la pampa. Pero ni los españoles parecían tener apuro ni los argentinos la manera de enhebrar cuatro pases seguidos.

El panorama en el segundo tiempo cambió sensiblemente con la puerta argentina recibiendo mas disparos que Sonny Corleone en El Padrino. Sin embargo, entre que los conservaron su mala puntería como si fuera una seña de identidad nacional como el flamenco y la paella y que el arquero argentino Dibu Martínez rechazaba los disparos como si fuera Superman el marcador se mantuvo más virgen que la mamá de Jesús. El equipo argentino, en cambio, seguía sin tirar a la puerta contraria, pero al menos consiguió otras cuatro tarjetas amarillas, dos de ellas a Enzo Fernández lo que le valió ser expulsado en el minuto 92 del partido.

Quedaba entonces media hora extra para decidir la final antes de llegar a la ronda de los penales. Esa era la última (y única) esperanza argentina de ganar, aunque con un hombre menos no había que hacerse demasiadas ilusiones. Y apenas a los cinco minutos de reiniciado el partido Nico Williams cazó un rebote frente al área que fue anulado por el árbitro por un pisotón a un defensa argentino imperceptible a simple vista, como los paramecios o las cosas importantes, según el Pequeño Príncipe.

Pero si algo habían demostrado los españoles durante todo el campeonato era paciencia. Y en el minuto 15 del tiempo extra un centro pasado a punto de cruzar la línea de meta fue cabeceado hacia atrás por Nico Williams y rematado por Ferrán Torres para encaminar a España a la victoria. Muchos coinciden en decir que era una victoria merecida pero ya cuando el partido agotaba sus últimos segundos Simeone Jr. pudo haber empatado el partido pero la mandó limpiamente a la tribuna, un premio excesivo para un equipo que durante 120 minutos tuvo al portero contrario muerto de aburrimiento. Pero el fútbol es así y a veces premia el esfuerzo y la constancia, virtudes poco relevantes a la hora de vender camisetas.

La FIFA y el público en general hubieran preferido otro desenlace. Victoria de Argentina con tres goles de Messi para que con su segundo mundial y la marca de más goles acumulados en la historia del torneo quedara para siempre zanjado el debate de quién ha sido el mejor jugador de todos los tiempos al menos en la Vía Láctea. (Así y todo me pareció injusto que Messi no recibiera el premio al jugador más valioso: ningún jugador en todo el mundial llevó a su equipo más lejos que él). La FIFA al menos tiene para consolarse 13.500 millones de razones con Infantino al frente que cada vez parece más un malvado de Austin Powers aunque bastante más marrullero. Y Trump, que pese a la derrota de Estados Unidos en octavos de final intentó salir en la foto de los campeones españoles. Así quedará para la historia el mundial de las pausas de hidratación y de la justicia milimétrica pero selectiva del VAR y con una final dominada por distintos modos de mentar la madre en un mismo idioma.

domingo, 19 de julio de 2026

Tarde extraña en Miami


En el pronóstico que hice antes de terminar la fase de grupos acerté de lleno en cuales serían los 4 semifinalistas (Inglaterra, Francia Argentina y España) pero erré un 100% con los finalistas. Ayer se enfrentaban Inglaterra y Francia en el partido de consuelo por el tercer lugar si es que hay algún consuelo en pelearse por la fea que nadie quiere cuando la fiesta de verdad es al día siguiente. Aun así hubo debate de por qué efectuar un partido cuya única intención era darle una oportunidad más a Mbappe de adelantarse a Messi en la pelea por el goleador del campeonato.

En principio el partido se desarrolló como un encuentro amistoso entre Inglaterra y el equipo fantasmal que había caído frente a España. Desde el minuto dos Declan Rice abrió el marcador para los ingleses mientras los franceses mostraban la misma desconexión que una termoeléctrica cubana. Ante la falta de resistencia Inglaterra, con Bellingham y Kane en calidad de observadores desde el banco, ampliaron la ventaja a 4 a 0 mientras se preguntaban si serían legales goles en aquel juego al solitario.

No fue hasta el segundo tiempo que los franceses se dignaron a aparecer en el partido aunque sin exagerar. Olise tuvo oportunidades el solo para convertir todos los goles que no había marcado en el resto del campeonato pero fue desechando una a una todas las oportunidades que tuvo. En cambio Mbappé de pronto pareció acordarse para qué estaba en aquel estadio en Miami bajo un sol criminal y a los dos minutos del segundo tiempo ya había tomado la punta como goleador del campeonato y empatado con Messi en mayor cantidad de goles acumulados en la historia de los mundiales. Seis minutos después Barcola marcaba el 4 a 2 y justo antes de la pausa de hidratación o Beckham Time Mbappé puso el juego 4 a 3 para dar la ilusión momentánea de que Francia podría pelear por la segunda más fea o la medalla de bronce, como prefieran llamarla. Emoción real no había mucha pero al menos el gol estaba sato en la cancha mayamesa.

El entrenador de Inglaterra, Tuchel, que ya bastante había tenido con someter a su equipo al tiroteo argentino en semifinales metió entonces en el juego a Bellingham. En el minuto 84 un penalti a favor de los ingleses fue cobrado por Saka haciéndolo acreedor de un hat trick y alejando las ilusiones francesas de empatar un partido que cada vez importaba menos. En el minuto 95 Dembelé todavía puso el partido 5 a 4, dando la impresión de que aunque se jugara con los pies aquello era más bien un marcador de béisbol. Pero para rematar cualquier esperanza francesa y con el juego a punto de terminar Bellingham anotó un gol conduciendo el balón desde mitad de cancha y reforzando la sensación de que esa tarde Inglaterra había ganado pero en un deporte diferente al fútbol, más animado pero con la misma emoción de un espectáculo con delfines amaestrados. Si de buscar emociones esa tarde en Miami se trataba era mejor llegarse al aeropuerto a presenciar la llegada al exilio del artista Luis Manuel Otero Alcántara

miércoles, 15 de julio de 2026

A Argentina le gusta Netflix


El partido entre Inglaterra y Argentina fue un malentendido. Inglaterra pensó que se trataba de un juego de fútbol pero en realidad era un capítulo más de la miniserie que está filmando Argentina desde el principio del campeonato. Hollywood puro, puro Netflix. Una miniserie en la que los capítulos llevan por título los equipos rivales “Cabo Verde”, “Egipto”, “Suiza” y el guion es siempre más o menos el mismo: un equipo guiado por un jugador veterano que han desahuciado por su avanzada edad se enfrenta a rivales feroces que luego de ir ganando un tramo del partido son derrotados por la astucia del veterano y sus compinches en los minutos finales del juego, casi siempre con la ayuda del hada Fifa que lo mismo anulaba goles que expulsaba jugadores contrarios. Pero eso último es pura maledicencia de los peores enemigos que hayan existido nunca en la historia de Argentina, los bicholovers, fanáticos de una bruja tan vanidosa como la de Blancanieves pero con el pelo más corto. Pero si Inglaterra no se enteraba de esos detalles era por el peso de sus propios traumas tras dolorosas derrotas en los mundiales que sus héroes Harry Kane y Jude Bellingham se aprestaban a vengar de una vez y por todas.

Para adobar el capítulo “Inglaterra” había otro detalle todavía más morboso: hacía cuarenta y tantos años Inglaterra y Argentina se habían enfrentado en fiera batalla por unas islitas minúsculas en la que había sido derrotada la segunda. (Curioso que la guerra desatada por la malvada junta militar para distraer al personal siga teniendo tantos seguidores hasta hoy). Pero cuatro años después, el prócer Maradona, san Juan Bautista de Messi, el actual líder de la selección argentina, había vengado a su país con el legendario Gol del Siglo y la no menos legendaria Mano de Dios.

El asunto es que en el primer tiempo ambos equipos se desentendieron del balón y se dieron toda la caña que pudieron obligando al apacible árbitro a cantar el doble de faltas que en un juego promedio y hasta repartir tres tarjetas amarillas. A nadie le extrañó que la primera mitad del partido terminara empatado a cero. Sobre todo, teniendo en cuenta el detalle de que no se hizo un solo disparo a ninguna de las dos porterías. Raro hubiera sido lo contrario, aunque peores cosas se hayan visto. Y hablando de ver, desde su palco observaba el juego el ex futbolista y exitoso hombre de negocios David Beckham con el corazón partido entre la selección de su país y la de Messi, su mejor inversión.

La segunda parte del juego, con un renovado interés de los futbolistas en la pelota, vaya usted a saber por qué. Pero de esos primeros intercambios sacó mayor partido la pérfida Albión que al minuto 54, aprovechó la primera vez que daba tres pases seguidos para clavar el primer gol de la pierna de Anthony Gordon. “El que da primero da dos veces”, dijo mi padre, que no sabe mucho de fútbol pero sí de refranes pero Thomas Tuchel no parece saber ni una cosa ni la otra. El DT de Inglaterra creyó que ese era el único tanto iban a anotar esa tarde y tomó una decisión que se va a estar discutiendo en todos los pubs ingleses hasta el siglo XXII o hasta que Inglaterra vuelva a ser campeón, lo que ocurra primero: replegó a su equipo para defender la ventaja mínima en los 35 minutos que le quedaban al juego. Más el descuento.

Eso era lo que estaban esperando los de Scaloni para montar un asedio en toda regla a la portería inglesa. Tiraron con todo: flechas, lanzas, catapultas, aceite hirviendo, obuses y misiles de medio y largo alcance. Pickford, de vacaciones en el primer tiempo, hacía lo que podía, rechazando lo que le tiraban, que no era poco. Pasaban los minutos y mientras Tuchel retiraba del terreno a Gordon, el autor del primer gol del juego, para imponer una formación algo más conservadora de diez defensas, Scaloni mandaba al frente todo lo que le quedaba en la reserva.

Quedaban cinco minutos de tiempo oficial por jugar. El que no hubiera visto los capítulos anteriores de la miniserie argentina creería que a los de la patria del bife de chorizo no les quedaba esperanza. Pero ahí estaba el guion repetido en el que luego de mucho sufrir los hijos de la pampa resuelven el partido justo en el momento de mayor drama, como cuando llegas desesperado a un baño público y te dicen que no puedes pasar porque están limpiando. Y fue justo en el minuto 85 que Messi dio un pase aparentemente inocente a Enzo Fernández y este disparó un misil a la portería de Pickford que se encajó junto al palo derecho del portero empatando el partido.

Pero ahí no paró la cosa. Argentina estaba apurada por entrar en la final o le faltaba presupuesto para filmar el tiempo extra. De manera que en el primer minuto del descuento Messi volvió a cumplir su papel de ángel de la guarda de su equipo y dio un pase perfecto que Lautaro Martínez no supo cómo desaprovechar. A esa hora fue que los ingleses se dieron cuenta al fin de que no había nada que defender y retomaron el ataque ya sin fuerzas, sin suerte, sin nada. Habían añadido nueve minutos de descuento más el descuento del descuento pero ya nada de eso podía impedir que el domingo se juegue la segunda final de mundial completamente hispanohablante, como el concierto de Bad Bunny en el Super Bowl. Una victoria argentina sin que tuviera que echar mano a ningún hada y con Beckham que no sabía si llorar por la derrota de su equipo o saltar de alegría por la victoria de su mejor inversión.

Sin plumas y cacareando

 


Luego de la demostración ofrecida por Francia en los primeros seis partidos con 16 goles a favor y dos en contra parecía que apenas le bastaba con ir a recoger el trofeo de campeones. Ah, pero le tocaba enfrentarse a España, que con diez goles y solo uno en contra había pasado de empatar a cero con Cabo Verde a eliminar a Austria, Portugal y Bélgica como Jason a los jovenzuelos sapingos de Viernes 13. El ataque vistoso del león francés contra la táctica meticulosa y asfixiante de la anaconda española.

Antes dije que si a Francia lo derrotaba alguien sería ella misma, producto de su soberbia, la hibris de los griegos, de creerse mejor que nadie. Me equivoqué. Ayer a Francia la derrotaron Deimos y Fobos, los hermanos gemelos con que los griegos explicaban el miedo paralizante ante algo terrible. Y ese algo terrible fue la selección española. En dos semifinales consecutivas (la Eurocopa del 2024 y la UEFA Nations League del 2025) los franceses habían caído eliminados ante España y en la de ayer, lo que parecía el penúltimo paso en la marcha triunfal de Francia hacia el campeonato, se convirtió en una visita al sicoanalista para hablar de traumas infantiles.

Desde el pitazo inicial el Papá España jugaba a acaparar el balón mientras Francia Hijo no se atrevía a pedírselo. O cuando lo conseguía recuperar lo perdía en menos tiempo que una tregua en el Medio Oriente. Y así transcurrieron apacibles los primeros 19 minutos de partido sin un simple disparo a ninguna de las dos puertas. Entonces que el árbitro, para romper el hielo, pitó un penalti a favor de España. Un penalti tonto o astuto, según se mire desde el punto de vista de Digne que lanzó una patada al balón sin ver a Lamine Yamal -que ha decidido entrar en cuerpo y alma al mundial antes de que se le acabe- que venía como una flecha; o del delantero español, que supo colarse a tiempo entre los tacos del francés y la pelota. Y Oyarzábal, delantero español de carácter poco dado a la caridad, puso la pelota donde Maignan, el portero francés, no pudo ni decirle adiós.

El resto del partido transcurrió más o menos en ese mismo tono. Con España controlando el balón, el juego, el marcador y el sistema de mantenimiento del estadio y Francia encangrejada en su miedo escénico que no hacía pensar en un empate, para no hablar de remontada. Y, en efecto, en el minuto 57, con una triangulación de toda la vida entre Dani Olmo y Pedro Porro este último marcó el segundo gol para España. Y unos minutos después Yamal marcó otro más anulado por un fuera de juego muy ajustado. 

Durante el resto del partido siguió España controlando el juego y Francia calculando lo que iban a ordenar en el menú de la noche, para evitarse una mala digestión en el vuelo de regreso. De pura piedad el árbitro pitó el silbatazo que anunciaba oficialmente que España sería finalista por segunda vez en la historia y que a Francia le quedan cuatro años de terapia hasta el próximo mundial. Para explicarle al sicoanalista las pesadillas que tienen cada vez que comen chorizo o paella.

domingo, 12 de julio de 2026

Cenicienta se va a casa

 



Todos los mundiales tienen una Cenicienta, o varias. Selecciones de las que se espera poco y llegan lejos aunque casi nunca más allá de cuartos de final. Equipos que se ganan la simpatía del respetable por la audacia con que se cuelan donde no les toca y el presagio de una despedida temprana retratado en la camiseta. Porque los mundiales son así de aristocráticos, con el derecho de admisión a semifinales reservado para campeones y Países Bajos, cuyo título nobiliario consiste en haber perdido tres finales. (A veces se cuela algún eléctrico aunque este año no va a haber ninguno gracias a la depuradora labor del VAR).

Esta vez las principales Cenicientas fueron Cabo Verde -caído heroicamente en octavos- y Noruega que ayer se enfrentaba a Inglaterra, inventora del juego y campeona antes de yo nacer. En el caso de Noruega, clasificada para el mundial tras 28 años lo de Cenicienta viene con truco, que es Erling Haaland, ese galán neanderthal convertido en uno de los principales azotes de las porterías de los últimos años. Yo pronosticaba un 2 a 1 a favor de Inglaterra porque asumía que el gol de Haaland era tan inevitable como los impuestos. Y me equivoqué con Haaland aunque acertara en el marcador.

Esta vez el encargado de cobrar el impuesto Haaland fue Schjelderup, un joven a quien no le auguro un gran futuro como delantero a menos que se busque un nombre más pronunciable, como Messi o Haaland. Fue su zurdazo clavado al segundo palo el que abrió el marcador en el minuto 35 y reactivó las ancestrales temblequinas de los ingleses.

Por suerte Inglaterra cuenta con un tipo como Bellingham cuyo ADN no incluye el tan inglés gen del pánico. Era el minuto 46 del primer tiempo y Belly, valiente y decidido, se internó en el área chica vikinga y cruzó al portero con otro zurdazo que le devolvió el alma al cuerpo a los desvanecidos ingleses que se fueron al descanso algo recompuestos.

Pero con el regreso al terreno volvieron las penalidades inglesas frente a los embates vikingos. Y el gol que debía decidir el partido llegó en el minuto 54 cuando Heggen cazó un rebote de Pickford, el meta inglés, tras el remate de un córner. Pero en eso se apareció el super VAR, siempre al auxilio de los favoritos en apuros para determinar que justo antes del córner Haaland había enviado al césped a un inglés con uno de sus empujoncitos.

Así terminó el tiempo que marca el reglamento, con empate a uno. Pero Bellingham, al parecer, volvió a tomar la poción mágica de Asterix en el descanso porque apenas iniciado el tiempo extra marcó un gol de rebote tras un trallazo de Morgan Rogers desde fuera del área. El resto de los 28 minutos del alargue hubo de todo, incluido un penalti a favor de Inglaterra curiosamente anulado por el VAR y el retiro del campo de Haaland, agotado tras tener que cargar con su enorme corpachón más minutos de lo que permite el sindicato de futbolistas XXXXXL. Pero nada que interfiriera con esa ley no escrita que dicta que Cenicienta debe irse en cuartos de final que viene a ser la medianoche de los mundiales.

jueves, 9 de julio de 2026

Francia gana por no presentación

 


Dado el desempeño hasta ahora de ambos equipos del Marruecos-Francia se esperaba un partido feroz. Y sin embargo el encuentro pareció más manso que parlamento norcoreano. Marruecos, que no se quiso arriesgar a la pegada de los Mbappé y Dembelé, montó una defensa paraguaya. Habrán calculado que si con los paraguayos Francia no pudo pasar del 1 a 0 (y eso, por penal) a Marruecos, que ha demostrado saber dónde está la portería y cómo meter la pelota dentro, le iría mejor.

Francia también andaba cauta, no fuera a ser que, entregados al ataque, le metieran un gol y luego no encontraran la cerradura de la puerta contraria. Así y todo, Francia consiguió un penal de los de ahora, con los que ni siquiera hay que fingir demasiado. Sin embargo a Mbappé no pareció gustarle el regalo y pateó el balón a las manos de Bono. Por cierto, el portero marroquí, entre el penal y unas cuantas paradas en el primer tiempo, ya se pagó el pasaje de avión al mundial.

Con el segundo tiempo, el sol empezaba a ocultarse y los pistoleros franceses de pronto recordaron para qué estaban ahí. En el 59 Mbbapé, rodeado por cuatro marroquíes, aprovechó el medio metro que tenía libre a su derecha y pateó una comba que Bono no la pudo parar. Y si Spiderman hubiera estado ahí, tampoco.

Seis minutos después los defensas todavía se estaban preguntando qué había pasado con el primer gol cuando en una jugada por el centro del terreno Dembelé colocó la pelota al palo derecho. Bono la tocó con la punta de los dedos, pero sin poder impedir el 2-0. Si hasta ese momento los marroquíes habían sido cautos ya a partir de ahí se desplomaron. Pudieron hacer algo más con una Francia que se permitía distracciones impensables minutos atrás pero los de Marruecos tenían la mente en otra parte. Posiblemente en si todo lo que habían comprado en el viaje cabría en las maletas que tendrían que hacer esa noche. Mbappé salió del juego, adolorido de un tobillo y por él entró Matetá que demostró con sus jugadas por qué lo han tenido sentado en el banquillo todo el campeonato.

martes, 7 de julio de 2026

De entre los muertos

 


Se enfrentaban el vigente campeón mundial y uno de los dos sobrevivientes africanos. (Solo quedaban en el torneo dos equipos africanos y dos sudamericanos. Ninguno de Asia o de la Concacaf. O sea, los cuartos de final serán una Eurocopa con invitados). Pues sin detenerse en las presentaciones Egipto empezó atacando el arco argentino y ya a los diez minutos había marcado un gol. Luego los egipcios se replegaron y al rato Argentina consiguió un penalti. Ya los locutores hablaban de a cuánto se elevaría el récord de Messi en goles en los mundiales tras cobrar el penal cuando Messi, a quien nadie le discute el turno para tirar cobrar cualquier tipo de faltas, incluidas las de ortografía, aumentó su récord en penaltis fallados en los mundiales.

Argentina seguía dominando el balón pero ese dominio no se traducía en goles. O ni siquiera en disparos decentes a puerta. Existe la idea bastante arraigada de quien domina el balón merece ganar que es como pensar que porque pagas la cuenta en el restaurante mereces que te inviten a subir a la casa. Pues Argentina se cansaba de pagar cuentas de restaurantes pero al llegar a la puerta (de Egipto) todo se trababa. 

A poco de empezar el segundo tiempo Egipto armó un ataque relámpago que remató Ziko para el 2-0 a favor de los faraones. Pero apareció el VAR para chivatear un pisotón egipcio en el otro extremo del campo y anular el gol. Así que ya saben, si antes de tomar el avión para el mundial dejaron el carro mal parqueado en el aeropuerto puede que les anulen un gol anotado tres semanas después.

A los egipcios no pareció importarles mucho porque en el minuto 66 el mismo Mostafa Ziko anotó un clon del gol anulado anteriormente, esta vez sin ningún roce previo detectable por el VAR. Luego pasaron doce minutos más en los que Argentina se veía muerta clínicamente con la película de su vida pasándole por los ojos mientras los egipcios la embalsamaban, que en eso tienen experiencia. Pero en el 78, sin apenas aviso, un centro de Messi colgado al área chica fue cabeceado sin contratiempo por Cuti Romero para el 2 a 1 de la ilusión. Y cuatro minutos después nuevo centro de Messi al área, un par de rebotes y el propio Messi que toma cartas en el asunto para empatar el partido de un zapatazo.

¿Completaría Argentina la remontada? ¿Respondería Egipto? ¿Se irían a los tiempos extras? ¿El Messías tendría que hacer todo? Pero ya por el minuto 921 un contraataque argentino llevó la pelota hasta el área egipcia para que finalmente Enzo Fernández cabeceara la pelota al fondo de la red. Fue entonces que los egipcios se indignaron porque al inicio de la jugada par de compatriotas habían caído en el área contraria y Dibu Martínez había dejado el carro mal parqueado en el aeropuerto. Penalti a favor y anulación del gol argentino pedían los egipcios pero esta vez el VAR, tan hablantín durante el partido hizo silencio. El berrinche faraónico subía de tono cuando por fin sonó el silbatazo final que determinaba el regreso oficial de Argentina del reino de los muertos. Y el triunfo gracias al empuje de los campeones, la convicción de los campeones, la suerte de los campeones y el VAR de los campeones.

Masacre en Seattle

 


De ponernos memoriosos el partido Estados Unidos vs Bélgica de octavos de finales tenía sabor a revancha. Hacía doce años, en el mundial de Brasil, Bélgica había derrotado a los yumas en un partido que solo el récord de 16 atajadas del portero Tim Howard pudo mantener el marcador en un decente 2 a 1.

Pero ahora los yumas no serían el muchachito enclenque que los belgos habían vapuleado en el 2014. Habían hecho la tarea, le habían ganado 4 a 1 a Paraguay al comienzo del campeonato y a Bosnia 
(que cuenta como rival europeo) 2 a 0 a pesar de haber jugado la mitad del juego con un hombre menos.

Y hablando del hombre menos, esa era la verdadera historia previa al partido: la tarjeta roja que le habían sacado a Folarin Balogun había sido suspendida por la intercesión del mismísimo Donald Trump que, siempre atento a los asuntos de la patria, había llamado a su socito Infantino. Me gustaría decir que eran “rumores por confirmar” pero la confirmación provino del mismísimo Trump en una de sus tantas exhibiciones de modestia. Los bélgicos protestaron por el trato preferencial de Infantino hacia los anfitriones y el Team USA se convirtió de modesto aspirante eterno a cuartos de finales en representante del imperialismo yanki y embajador de Trump en el estadio de Seattle. Un equipo que todos querían ver derrotado a manos de Bélgica, representante de los pobres de la tierra para vengar el abuso imperial.

Lo que pasó en Seattle fue otra cosa. Aquella Estados Unidos que hace años pedía permiso para entrar en el terreno de los grandes tuvo una regresión freudiana. El equipo sólido y veloz de juegos anteriores exhibía la misma torpeza de los policías en las películas de Buster Keaton o del gabinete de Trump. Errores elementales, desatenciones, pases a ninguna parte. Pulisic, su jugador estrella literalmente no daba pie con bola, el perdonado Balogun no hacía nada para justificar la llamada presidencial y en general todo el equipo yuma parecía estar compuesto de hologramas sobre los que pasaban los jugadores contrarios rumbo a la portería. Como si los supermanes de los primeros partidos hubieran sido empanizados en kriptonita.

El primer gol belgo llegó apenas a los 8 minutos del inicio, nacido de una pierna de De Ketelaere que entró en la portería yuma como una Kardashian por la alfombra roja. Un tiro libre en el minuto 30 ejecutado por Malik Tillman y desviado en la barrera bélgica empató el marcador y dio el único momento de felicidad que los dirigidos por Pochetino tuvieron en todo el partido. Pero la felicidad en casa del pobre dura dos minutos, los mismos que necesitó De Ketelaere para anotar su segundo gol, este de cabeza, a pase de Trossard.

En el segundo tiempo Pochettino hizo cambios pero no mejoró la cosa para su equipo. El único que pateaba fuerte era el propio Pochettino: las botellas de agua del banquillo cada vez que sus jugadores volvían a cagarla. Y ninguna cagada mayor que la de Freese, el portero, quien hizo de Muslera e intentó despejar un balón por el extraño método de patear el césped, permitiendo a los de Bélgica ampliar el marcador a 3 a 1.

Quedaba entonces más de media hora por jugar, pero más que oportunidad para que los yumas empataran era la de que los bélgicos completaran la masacre. Y en efecto, el veterano Lukaku, quien ya había marcado en el fatídico juego del 2014, reverdeció laureles anotando el 4 a 1 en el minuto 92.

Minutos después Trump volvió a llamar a Infantino. Se barajaron varias posibilidades, incluida la de enfrentar a los belgas con los Seahawks de Seattle en un partido de fútbol americano (“pero a Lukaku me lo dejan en el banquillo”). Al final quedaron en que sea quien gane la copa se la deberá entregar a Trump en la ceremonia final del campeonato. Que está muy feo eso de organizar un mundial para quedarse solo con las ganancias.

lunes, 6 de julio de 2026

España pasa (de puntillas, para no depertar a nadie)

 


España sigue ganando, pero no enamora (excepto, claro, a los enamorados de España de toda la vida, que no se van a desencantar ahora que está ganando de nuevo). Como el tipo bien peinado, bien vestido y con la billetera llena, que todo lo que hace es contarle a la muchacha lo bien que le va en la vida mientras ella se pregunta si al menos piensa tocarle una teta. Enfrente España tenía a Portugal, que se ha gastado una generación brillante tras otra a mayor gloria del cristianismo (de Ronaldo) sin que haya ganado otra cosa que la Eurocopa del 2016, (aprovechando que a Ronaldo lo habían retirado en camilla del terreno de juego).

Esta vez hay que reconocer que al jebito de Georgina se le vio más envuelto en el desempeño del equipo, más solidario, menos Cristiano, en fin. Pero too little too late. España controlaba el juego pero sin convertir el control en la única moneda de cambio que entiende el fútbol: los goles. Y pese a las ocasiones falladas en una y otra portería el juego se iba volviendo uno de esos que te invita a ver que hay en el teléfono. Y te das cuenta que las opiniones de un viejo cascarrabias sobre un juego del que ya nadie se acuerda te interesa más que lo que está pasando en el terreno.

Así fue hasta que los portugueses se quedaron dormidos en el minuto 91 y Merino, que había entrado hacía nada, recibió la pelota solo ante Diogo Costa y no perdonó todo lo que había perdonado España en los minutos anteriores. Los portugueses despertaron entonces para darse cuenta que estaban fuera del mundial. Pero por mucho que se esforzaron por regresar a él en los minutos que había agregado el árbitro Taylor ese tren se les fue una vez más.

Lo cierto es que con todo y su fútbol somnífero no ha aparecido en este mundial otro equipo que parezca -desde el control del juego y la solidez de las líneas- capaz de ganarle a la favorita Francia. Si lo consiguen poco les importarán los bostezos. Quizás hasta sea parte de su estrategia.

Crónica de una muerte anunciada

 


El día en que la iban a matar la selección mexicana se levantó más entusiasmada que nunca. Llevaba cuatro victorias al hilo en este mundial, no había recibido ningún gol, jugaba en el Estadio Azteca donde nunca antes había sido derrotada y ya había ofrecido los sacrificios humanos que exigían sus dioses: cuatro personas murieron aplastadas durante las celebraciones por la victoria frente a Ecuador.

México tenía todo a favor excepto el pasado y el presente. En el pasado está la historia de una selección que solo una vez alcanzó los cuartos de final y su paso por los mundiales está marcado por derrotas que aparecen bajo la etiqueta “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. En el presente un equipo modesto pero esforzado con casi todos los jugadores jugando en la liga local rankeada en el lugar 22 a nivel mundial enfrentado a los inventores del fútbol. Estos, con todo y su tendencia a la histeria en los momentos difíciles no estaban dispuestos a dejarse derrotar así como así por un equipo cuyos jugadores ganaban un salario colectivo ocho veces menor que el suyo.

En lo que sí México exhibe una superioridad absoluta es en el terreno de la publicidad: 
cada cuatro años consigue venderle a 135 millones de mexicanos  la idea de que esta vez con un equipo de octavos de final van a conseguir ganar el mundial. Y ya sea por la habilidad de los publicistas o por la credulidad de su público lo consiguen una y otra vez. Aunque hay que reconocer que esta vez el grito de guerra mexicano era más bien cauto: la pregunta del desengañado que quiere ilusionarse una vez más. “¿Y si sí?”.

Los primeros 35 minutos de juego parecían confirmar la ilusión colectiva con un equipo mexicano que controlaba el balón. Y generaba más oportunidades de gol las cuales fueron derrochando puntualmente una a una. Fue entonces Bellingham, especialmente inspirado en una noche que lo mismo marcaba que despejaba un balón enfrente de su portería, cabeceó de palomita un centro lanzado por Saka para abrir el marcador. Y dos minutos después repitió la dosis, esta vez con la pierna derecha a pase de Harry Kane. Como un boxeador con buena esquiva y pegada demoledora Inglaterra aprovechaba la oportunidad para ponerse al frente 2 a 0.

No obstante, Julián Quiñones, que importado desde Colombia no juega bajo el efecto de las supersticiones aztecas, cazó un rebote frente a la portería inglesa y aproximó a México en el marcador, 2 a 1. Al cierre del primer tiempo si no la confianza en la victoria mexicana al menos quedaba la posibilidad de ofrecer un bonito espectáculo.

Pero el árbitro Alireza Faghani, un terrorista del silbato que a los 30 segundos del partido había sacado la primera tarjeta amarilla, tenía sus propias ideas sobre cómo equilibrar el partido: a los siete minutos del segundo tiempo expulsó a Jarell Quansah por una falta que los propios locutores mexicanos de Telemundo reconocían que no era para tanto. Y si en el minuto 58 decretó penalti sobre una falta sobre Gordon (que cobró Harry Kane con la calma asesina que lo caracteriza) nueve minutos después 
Faghani cantó penalti a favor de México. Una supuesta falta de Kane en el área inglesa de la que los propios narradores de Telemundo renegaron con más ímpetu que Pedro a Cristo después de la última cena. La cobró sin temblores Raúl Jiménez: 3 a 2.

A continuación el equipo mexicano hizo lo que pudo para al menos empatar el partido pero no fue suficiente. Lo mismo se puede decir de Faghani. Quedó fuera así el segundo anfitrión de este mundial al que lo único que se le puede reprochar son sus expectativas. Sigue en la batalla otra selección con una historia casi tan triste como la de México pero en inglés, encomendada ahora a sus dos santos tutelares: San Jude y san Harry.

Eutanasia


Aburre. Tener que describir una vez más cómo la selección que antes era la favorita para ganar todos los mundiales desde el 2010 es la gran favorita para ser eliminada en cuartos de final. Una sola vez logró pasar de allí, en el mundial del 2014 a condición de ofrecer alpiste y revolcadero al resto del mundo para caer frente a Alemania con un marcador que sonrojaría al mismísimo Pelé, 7 a 1. Ahora tocaba quedar fuera en octavos.

¿Han oído de la teoría conspirativa de ”El Gran Reemplazo” según la cuál la población europea está siendo sustituida por la inmigración tercermundista? En Europa no sé pero en Brasil ya ocurrió. Así la misma tierra que dio a Garrincha, Rivelino, Zico, Sócrates (el futbolista), Romario, Bebeto Ronaldo, Ronaldinho, Kaká, Rivaldo, Cafú y Roberto Carlos (el futbolista) ahora tiene que conformarse con los Neymar y los Vinicios de este mundo. Juegan a un nivel inferior, pero al menos rezan y lloran con más entusiasmo. En fin, que es mejor invitarlos a un velorio que a un campeonato de fútbol.

Ya antes de empezar el juego de ayer contra Noruega tenía mucho de velorio. Sobre todo teniendo en cuenta las nuevas reglas de la FIFA que permite que junto a los humanos compitan androides como el noruego Haaland. De entrada, los brasileños sabían que para ganar debían anotar dos goles porque de que Haaland te va a meter al menos un gol es tan seguro como de que el sol sale por la mañana y la luna por la noche.

Tuvieron su oportunidad los brasileños con un penalti que les concedió el árbitro en el primer tiempo, pero ya este Brasil no está ni para aceptar regalos: Guimarães pateó flojito y previsible como una comedia romántica un disparo que el portero noruego despejó como si fuera la x en una ecuación de primer grado: sin despeinarse. A Endrick, al que los brasileños se aferran como si fuera el nuevo Pelé, Ancelloti le dio entrada a los 12 minutos del segundo tiempo para revolucionar el partido pero, para estar a la altura del Brasil post 2006, el jovencitod e 19 años falló limpiamente. Porque los inventores del jogo bonito han adoptado el principio del México de toda la vida: al fútbol se va a sufrir.

Así fue hasta que aburrido de un juego tan insulso el androide Haaland decidió terminar con tanta agonía en el minuto 78 y aplicarle la eutanasia a Brasil con un cabezazo luego de alzarse sobre el pobre defensor brasileño que le tocó en desgracia. Y once minutos después el propio Haaland lanzó un disparo con el pie desde el borde del área para poner el juego 2 a 0. Dieron diez minutos de alargue y tras tanto esfuerzo infructuoso (rodríguez) el árbitro se apiadó de Brasil y les pitó otro penal. Esta vez Neymar pateó bien el balón para maquillar el resultado y pareciera que aparte del de Haaland había otro equipo en el terreno.

Y luego, claro, Haaland y el resto de sus vikingos se pusieron a remar mientras los brasileños se dedicaban a lo mejor que saben hacer: llorar.

  

domingo, 5 de julio de 2026

Francia o con los santos no se juega


Tras el 3 a 0 de Francia contra Suecia me preguntaba cómo podía ser derrotado un equipo así, con tantas habilidades, tantos recursos, tanta fuerza. Y la respuesta que me di -porque tengo la cortesía de responderme cuando me hago una pregunta- era que solo podrían ser derrotados por ellos mismos. Solo el desprecio por el rival y la arrogancia sobre sus propias capacidades podían derrotar a un equipo tan superior al resto en todo. Hibris le llamaban los griegos a esa modalidad de la prepotencia que veían como “intento de transgresión de los límites impuestos por los dioses a los hombres mortales y terrenales”, de creerse mejores que todos, incluso de los orishas del Olimpo.

El caso es que contra Paraguay los franceses se vieron bastante más terrenales, vulnerables, derrotables incluso. No es que a los paraguayos se les viera la más mínima posibilidad de marcarle un gol a Francia pero su plan de juego parecía claro: aguantar 120 minutos sin que les marcaran y encomendarse en la tanda de penales al inmenso -literalmente hablando- a San Orlando Gill. Eso y sacar de sus casillas a los franceses, a los que se les vio provocables, descarrilables.

El plan paraguayo funcionó hasta las vísperas de la segunda pausa de hidratación (o finales del tercer cuarto del juego, como debería decirse). Fue entonces que los del VAR, negados a estirar su jornada laboral hasta los 120 minutos, trajeron a colación un penal que el árbitro principal había pasado por alto. La falta era clara y dentro del área. Y conveniente, porque ya los franceses se estaban poniendo nerviosos ante la posibilidad de que no cediera la muralla paraguaya y tuvieran que jugársela en los penales.

Sin mucha ceremonia ni nervios Mbappé cobró el penalti, fuerte y alto a la izquierda de Gill que se había lanzado al lado contrario. Y luego, no mucho más que reseñar. Excepto quizás que Mbappé no quiso saludar al portero contrario al final del juego y celebró escandalosamente la ajustada victoria delante de este. Hibris dirían los griegos. Una manera de provocar a los dioses del fútbol, tipos caprichosos donde los haya.

sábado, 4 de julio de 2026

Una tarde martiana para Marruecos


Después de despachar limpiamente a Países Bajos en 16avos el partido contra Canadá resultó trabado y bronco, como subir a una 400 rumbo a Guanabo, cuando todavía los conceptos transporte urbano y playa se podian conjugar (con dificultad) en la misma oración. Un juego correoso y combativo, como los bailables de La Tropical. (Ah, esas met
áforas que emanan de un tiempo legendario que vemos con la misma nostalgia con que entonces nuestros padres recordaban los bisteces).

Fue entonces, a los cinco minutos del segundo tiempo que Marruecos, aprovechando que yo todavía estaba en la cocina preparándome un gazpacho anotó su primer gol. (La FIFA o la NASA deberían estudiar la correlación directa que hay entre los momentos en que me levanto a hacer cualquier cosa y la anotación de goles en los partidos. Como si con premeditación y alevosía los jugadores afinaran su capacidad goleadora para hacerme rabiar cuando regreso a mi puesto frente al televisor).

Ese primer gol fue suficiente para destrabar el partido. Así, mientras los canadienses se esforzaban por no ser expulsados en 16avos de la Copa que habían coauspiciado con tanto mimo Marruecos iba aprovechando los espacios que se abrían ante sí para ampliar su ventaja a dos y tres goles. Porque por mucho que suene feo mandar a casa a uno de los tres anfitriones de esta copa se veía que los norteafricanos lo estaban disfrutando. Era como si te brindaran hospitalidad, techo y comida y la única manera que se te ocurriera de agradecer el gesto a tu anfitrión fuera acostarte con su mujer. Exactamente lo mismo que hizo Jose Martí con su hospedero Manuel Mantilla, ahora que lo pienso. Y si se lo hemos consentido al apostol (o peor, lo hemos embarajado diciendo que María Mantilla no es hija suya) no veo por qué no hacerlo con los marroquíes.

Réquiem por Cabo Verde


“Yo recuerdo a los hombres en el momento mejor de su caída/ Cerca ya de la noche/ Cuando apenas ya se advierte una sombra, una nostalgia,/ un temblor hacia el fin”. Eso escribió el gran poeta Emilio García Montiel en un poema para celebrar al pelotero Rey Vicente Anglada, víctima de una acusación infame de la que ya ni el ex deportista quiere acordarse. Lo mismo vale decir de la selección de Cabo Verde que irrumpió en el mundial con un empate a cero ante la favoritísima España a lo que le siguió otro pero a dos con Uruguay (con la ayuda desinteresada del arquero Muslera) y otro más a cero ante Arabia Saudita para pasar a los 16avos sin haber ganado y con la menor cantidad de puntos posibles. Pero nunca brilló más una de las pocas selecciones que se estrenaba en el mundial este año que en su derrota ante Argentina. 

No es que el vigente campeón mundial pareciera haberlo sido alguna vez con su juego previsible y penoso. Pero así y todo ya en el minuto 28 Argentina se puso delante en el marcador gracias a -¿quién si no?- Messi que controló un pase de Lisandro Martínez y remató con la pierna izquierda con la misma facilidad con que Federer se rasca el cuello con la mano derecha.

Ahora no se trataba para los de Cabo Verde de defender un cero a cero como ante España o la más saudita de las Arabias, o de aceptar los regalos de Muslera, sino de sobreponerse a la desventaja inicial frente a un Dibu Martínez, el arquero argentino, tacañísimo en cuestión de errores. Pues luego de intentarlo antes los caboverdianos al minuto 9 del segundo tiempo tiraron un caño doble a través de la defensa argentina para crear un goleaducto por el que llegó el empate salido de la pierna derecha de Deroy Duarte. Luego llegó la hora Voizinha, el portero caboverdiano, serio y seguro como una inspección de hacienda, para recordarle al gobierno de Cabo Verde por qué deben erigirle una estatua a la entrada del estadio de Praia. Gracias a eso el tiempo reglamentario terminó con el campeón del mundial pasado y el sentimental de este empatados a cero.

Pero por mal que jueguen los argentinos la vergüenza de ser eliminados por un debutante en copas mundiales tenía que servir de algo. Y justo al comenzar el tiempo adicional, luego de que McAlister cabeceara un corner Lisandro Martínez aprovechó para acribillar la escuadra del primer palo de Voizinha y poner delante a Argentina. Ahí fue cuando el conjunto de Cabo Verde lució en toda su grandeza. Porque en vez de arrugarse y encomendarse a un contragolpe o a un penalti favorable fue a cercar a Argentina en su propia madriguera, la que defendía el Dibu Martínez. Fue allí que Sidney Lopes Cabral, Cindy Lauper para sus amigos, pateó una slider con la derecha que entró junto al segundo palo donde ni el super Dibu podría llegar.

A los vigentes campeones, cuyas zapatillas cuestan más que toda la plantilla contraria no tuvieron más remedio que volver a marcar o de lo contrario estarían condenados a ver a su familia en Argentina solo por zoom. Y el gol llegó a diez minutos de tener a ir a la ruleta de los penales con un corner sacado por Messi y cabeceado por Cuti Romero. Pero los vigentes campeones sentimentales del mundial querían demostrar que no estaban en Miami para comerse la merienda o hacer compras. E insistieron en empatar el partido y forzar los penales hasta que el silbatazo final sonó como tiro de gracia o toalla lanzada al centro del cuadrilátero.

Disculpando la infinita chealdad -porque recuerden que de acuerdo a Pessoa las cartas de amor tienen que ser ridículas- si según las reglas el fútbol debe ser jugado con los pies a veces la pelota se juega con el corazón u otros órganos que mejor me callo. Y esas nunca se olvidan.

miércoles, 1 de julio de 2026

Tener o no tener (fe)


“Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti” dijo Martí en el prólogo del “Ismaelillo”. Y dijo lo del mejoramiento humano porque no vio jugar a la selección inglesa en los últimos 60 años, o sea, desde que ganó su único mundial en 1966 hasta ahora. Porque si Alemania ha perdido carácter con los años Inglaterra nunca lo ha tenido. No bien entra en la tensa atmósfera de los partidos de eliminación directa Inglaterra se descompone, como el Challenger, y lo que parecía una selección rutilante llena de estrellas se derrite en vivo y en directo. Da igual si tenemos delante la generación de Lineker, la de Beckam o la de cualquiera de sus sucesores.

Este año son un Harry Kane o un Bellingham los que hacen creer por un ratico en el mejoramiento humano. Pero entonces viene Cipenga, extremo izquierdo de la República Democrática del Congo, y en el minuto seis mete un gol junto al primer palo, el mismo en el que Pickford estaba parado. Porque el nerviosismo inglés nace desde la portería propia para extenderse sobre el resto del campo. Pues desde ese momento y durante todo el primer tiempo ya la selección de Su Majestad británica no se encontró a sí misma. Y hablando de majestades, especialmente penoso era el caso de Rashford convertido en un rey Midas a la inversa, cada balón que tocaba lo convertía en mierda. Los congoleses democráticos por su parte, luego de irse delante en el marcador parecieron tener suficiente con esa mínima ventaja. Mientras los ingleses ametrallaban al portero M’Pasi convirtiéndolo en héroe del partido, los congoleses desde que marcaron el gol, en 90 minutos restantes tiraron a la puerta inglesa solo una vez más.

Para el segundo tiempo se esperaba que el entrenador inglés se apiadara del pobre Rashford y el penoso día que estaba teniendo pero lo dejó jugando. Así fue hasta el minuto 60 en que lo sustituyó por Gordon. Y quince minutos después Harry Kane recibió un pase de ¿adivinan?, ese mismo, Gordon, y empató el juego de un cabezazo. King Harry. Porque, como diría el apóstol, cuando hay muchos futbolistas sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos futbolistas. Y el olfato de gol. Pero Kane sabía que eso no era todo y no quería llegar a los penales, en los que no podría tirar los cinco él solo. Así que en el minuto 85, nuevamente a pase de Gordon, Kane puso por delante a Inglaterra para remontar por primera vez en su historia en partidos de eliminación directa en los mundiales.

Y ahora dígame usted: ¿tiene fe en el mejoramiento humano?

martes, 30 de junio de 2026

Haaland: de la conversión al cristianismo a ser él mismo

 


Era un encuentro de segundones en sus respectivos grupos: Noruega vs Costa de Marfil. Los marfileños eran como un cuchillo de mesa, sólidos, compactos, pero les faltaba filo. Noruega tiene uno de los mejores delanteros del mundo Haaland con un equipo mediocre detrás: era más como el puñal de un presidiario, punta nada más. Así fue buena parte del primer tiempo. Los depredadores de elefantes asediaban la portería vikinga sin mucha suerte mientras los vikingos se daban escapadas que cada una parecía más peligrosa que la anterior. Así llegó el primer gol, nacido de la bota izquierda de Nussa, noruego atípico donde los haya, bajo, oscurito y habilísimo con los pies para dejar a su equipo adelantado en el minuto 38.

El segundo tiempo no era muy distinto, con Noruega en ventaja entregada a la extraña estrategia de confiar en la incapacidad de los marfileños para meter un gol. Hasta que Diallo (que es como decir Gonzalez en Costa de Marfil) luego de despejar un balonazo a punto de entrar en su portería se fue al área contraria y tras regatear a dos postes vestidos de blanco que eran parte de la alineación noruega metió un zapatazo con la izquierda que empató el partido al minuto 74.

Fue entonces que al parecer a Noruega le llegó el reporte de ancestry.com que confirmaba que, de hecho tenían sangre vikinga y por fin decidieron arrinconar a Costa de Marfil en su propia portería. Once minutos después a Haaland, la punta del ataque vikingo, que hasta ese momento estaba jugando a ser Cristiano Ronaldo, o sea, a no hacer nada, se encontró con un pase frente a la portería y remató. Bueno, quizás no remató. Quizás lo que intentó hacer fue controlar el balón para entonces rematar. El hecho es que la pelota salió en dirección a la portería con una calma desesperante que le dio tiempo al portero Fafana de dar un estirón desesperado en dirección al balón que no consiguió detener pero que en la repetición le da un tono más dramático. “La definición de inevitable” dijo una locutora inglesa y pareció ser así.

Lo que quedaba de partido los cazaelefantes lo gastaron lanzando ataques febriles contra la portería vikinga incluyendo un tiro libre del propio Diallo que el portero Noruego consiguió despejar con la punta de una uña. Ahora dirán que era inevitable pero los vikingos terminaron rezando porque se acabara el partido que Costa de Marfil intentaba alargar a toda ídem. Porque la otra opción que les quedaba es lo que están haciendo ahora: las maletas.

lunes, 29 de junio de 2026

Borges, fútbol y meritocracia


El pronóstico del partido entre Países Bajos y Marruecos era más reservado que una operación de cadera de la abuela. Países Bajos venía con la historia de ser la selección que ha perdido más finales (tres, 1974, 1978 y 2010). Marruecos en cambio, trae un pedigrí más fresco. Cuarto lugar en el 2022 y un empate a uno en su primer juego con Brasil este año. Lo mismo la abuela podía salir bien de la operación que no acordarse del nombre de sus hijos.

Y el juego fue más o menos así. Marruecos atacando más, aunque sin exagerar y Países Bajos esperando tener suerte en un contragolpe. Como dos rivales que reconocen la pegada del otro y prefieren no arriesgarse demasiado a que le rompan la cara. O como cuando crees que te has encontrado con la mujer de tu vida pero piensas que es demasiado temprano para dejar de usar condón. Luego de un primer tiempo con el marcador virgen, contra lo que cabía esperar, Países Bajos golpeó primero. En un saque del portero neerlandés alargado por un cabezazo a mitad de cancha, Sommerville, uno de los más esforzados jugadores de Países Bajos, sale corriendo entre dos defensas, cae (o lo tumban, eso ahora no es importante) y desde la yerba le pasa la pelota a Gapko que la mete en la portería con la furia de quien se desquita de algo terrible.

El gol fue en el minuto 71 y los neerlandeses lo celebraron como si ya estuvieran en octavos. Pero 19 minutos más descuento es demasiado tiempo. Pero Marruecos ni siquiera tuvo que aprovechar un descuento generoso. Justo rayando el minuto noventa un centro desde tres cuartos de cancha fue cabeceado por esa torre llamada Issa Diop sin que Verbruggen, el arquero neerlandés, pudiera hacer nada.

Si el fútbol fuera una meritocracia Marruecos debió haber ganado en el tiempo extra. Pero no lo es. Borges, el Messi de la literatura, habría dicho de haberle gustado el fútbol: "ciego a los méritos el fútbol puede ser despiadado con las mínimas distracciones". Y Países Bajos no acumuló méritos pero tampoco se distrajo. Los saharianos campeaban por el área de Países Bajos a sus anchas sin apenas ser molestados y cuando Rahimi se plantó en la portería y disparó a bocajarro todos cantamos el gol para descubrir que no. La pelota no había entrado en el arco holandés gracias a la rodilla milagrosa de Verbruggen que, de haber pasado su equipo a octavos, debería exhibirse como reliquia en las iglesias del futuro.

Los titulares ya hablan de una tanda de penales para la historia con lo que estoy de acuerdo siempre que se empiece reconociendo que la historia es esa cosa horrible de la que, como en las relaciones con la ex que te engañó, recuerdas solo lo peor. Pocas veces se ha ejecutado una tanda de penales más chapucera, con tan mala puntería y hasta con mala suerte en el caso de Verbruggen. El primer marroquí en tirar incrustó la pelota en el travesaño, el segundo neerlandés en el poste izquierdo, al segundo marroquí Verbruggen le paró la pelota para luego meterla dentro con la pierna, el cuarto de Países Bajos la echó afuera, el cuarto lanzador marroquí, Hakimi, el capitán incansable, volvió a golpear el poste izquierdo con el balón y al quinto neerlandés Bono, el arquero marroquí le paró el disparo con una mano sin siquiera tener que lanzarse de cabeza.

Así hasta que por fin, el golpeado y ensangrentado Saibari de hacía unos minutos, por pura piedad con Países Bajos, con su propio equipo y con el público tuvo a bien acabar con aquella vergüenza que ahora quieren pasar por tanda histórica de penales.

“Ah, pero Alá es más sabio” habrá dicho Sherezada al ver que la noche concluía con los jugadores marroquíes arrodillados sobre la hierba y con los culos apuntando a la Meca pero por la vía más distante. Eso si la tierra es una esfera, como las pelotas de fútbol.

Auf Wiedersehen, Deutschland!






El partido entre Alemania y Paraguay era una magnífica oportunidad para presenciar ese extraño espectáculo que es encontrar a más de diez paraguayos juntos. Como el juego entre Brasil y Japón el más modesto de los dos se le adelantó al favorito Alemania en el primer tiempo con remate de cabeza del pequeñajo de Enciso. Y a principios del segundo tiempo la favorita empató. Hasta ahí un calco exacto del partido nipo-brasileño. Pero ya fuera por miedo a que los brasileños lo demandaran por plagio en el guion o por pura incapacidad Alemania fue incapaz de irse arriba en el descuento del tiempo reglamentario. Y tuvieron que irse a tiempo extra.

Si un equipo estuvo cerca de anotar en el tiempo extra fue Alemania. De hecho en el minuto 9 del primer tiempo extra el alemán Tah consiguió poner adelante a su equipo de un cabezazo tras un corner. Ya festejaban, ya se veían en octavos de final tras haberse desembarazado de aquellos pequeñajos sudamericanos tan ineptos para atacar como pegajosos en defensa pero tuvo la palabra el camarada VAR y se descubrió que hubo una falta previa al cabezazo de Tah y anularon el tanto. Luego siguieron veinte minutos más de exhibición de incapacidad mutua para anotar goles y luego, los penales.

Tal parece que los alemanes nacieron para tirar penales. Ahí está la historia de los mundiales. Ahí está el experimentado Neuer, quien esta debajo de los tres palos desde la época en que las porterías las cubrían con redes de pescador y Cristiano era un novato. La historia de los paraguayos con los penales era menos esperanzadora pero tenían al portero Orlando Gill, un grandulón que al parecer se comía toda la merienda escolar de Paraguay él solo y con su corpachón bastaba para tapar buena parte de la portería. Y en efecto, con la ayuda desinteresada de los pateadores alemanes Gill consiguió tapar dos de los primeros cuatro disparos mientras que los paraguayos habían acertado con los tres primeros.

Sin embargo Paraguay, tan sudamericano en el gusto por el drama y las emociones fuertes hizo lo que no había hecho hasta entonces y fallaron el penal. No uno sino dos seguidos. Pero la vieja Meryl Streep estaba decidida a perder a como fuera y Tah mandó la pelota a la grada como souvenir a sus seguidores. Hasta que se apareció Canale, cansado de tanta telenovela y encajó su disparo donde anidan las arañas, fuera del alcance de Neuer. A Alemania le toca hacer las maletas y a los paraguayos, pase lo que pase en lo adelante saben que podrán regresar a Asunción como los héroes que sacaron del campeonato a la chocha de Meryl Streep.

Brasil suda frío



Así, por afuerita, el resultado entre la pentacampeona Brasil y una escuadra, la de Japón que nunca ha llegado a cuartos de final parecía cantado antes de que el árbitro soplara el silbatazo inicial. Ah, pero los brasileños estaban nerviosos y con razón. Tradicionalmente Brasil ha sido la Marilyn Monroe del futbol, tremendo talento natural pero con graves problemas de personalidad. Eso explica sus derrotas en 1982, 1990, 1998 o 2006. Pero eso era antes. Ya Brasil no tiene talento que le sobre (un ejemplo: mientras Japón solo tiene en su alienación los dos porteros suplentes y un veterano que no juegan en Europa en Brasil son siete los jugadores que no se ganan la vida en las ligas más competitivas) pero conserva la misma falta de carácter de siempre.. Y si se le añade el detalle de que Japón había derrotado a Brasil 3 a 2 en su último choque amistoso luego de estar abajo 0-2 se entiende el frío que recorría el espinazo brasileño antes de iniciar el partido.

El primer tiempo fue una confirmación de los peores temores. Mientras Brasil desarrollaba un acoso lento a la portería de Brasil, quizás con la esperanza de los defensas contrarios se durmieran y aprovechar la oportunidad para anotar los hijos del sol naciente estaban atentos al menor pestañazo de los inventores de la feijoada. Y hubo pestañazos, abundantes y uno de ellos lo aprovechó Sano para avanzar y meter el balón donde el portero Allison solo pudo estirarse para salir bien en la foto pero no para alcanzar el balón. Así Japón se adelantó 1 a 0 en el minuto 28 del primer tiempo.

Brasil vino este mundial a sufrir, como viene al mundo la gente acomplejada. Se alivió un tanto a los diez minutos del segundo tiempo cuando Gabriel colgó un centro frente a la portería que pudo cabecear si estorbos el experimentado Casemiro para empatar el juego. Pero todavía necesitaba Brasil irse arriba para evitarse la angustia del tiempo extra y hasta de los penaltis y gastarse los honorarios de este mundial en psicoanalistas. Ancelloti, que estará preguntándose por qué aceptó un cargo tan ingrato movió los caracoles -es decir, le dio entrada a Endrick y a Martinelli mientras dejaba sentado a Neymar al que parece que han traído al mundial como se trae una pata de conejo, para atraer la buena suerte pero sin ninguna utilidad práctica.

Pero si la tradición y el prestigio sirven de algo fue para empujar a Brasil a no dejarse ganar por un equipo que es carne de octavos de final. Y al minuto 95, cuando ya el tiempo extra y los penaltis eran una realidad tangible funcionó la táctica del aburrimiento y un pase filtrado de Bruno Guimaraes pasó entre los pies japoneses para llegar a los de Martinelli quien remató al segundo palo. Así fue que Brasil se libró de su tercera mayor vergüenza en mundiales (la primera es el Maracanazo y la segunda el 7 a 1 que le propinó Alemania en el 2014 aunque el orden es discutible) y a sus jugadores de un abono permanente a la consulta con el psicoanalista.