domingo, 12 de julio de 2026

Cenicienta se va a casa

 



Todos los mundiales tienen una Cenicienta, o varias. Selecciones de las que se espera poco y llegan lejos aunque casi nunca más allá de cuartos de final. Equipos que se ganan la simpatía del respetable por la audacia con que se cuelan donde no les toca y el presagio de una despedida temprana retratado en la camiseta. Porque los mundiales son así de aristocráticos, con el derecho de admisión a semifinales reservado para campeones y Países Bajos, cuyo título nobiliario consiste en haber perdido tres finales. (A veces se cuela algún eléctrico aunque este año no va a haber ninguno gracias a la depuradora labor del VAR).

Esta vez las principales Cenicientas fueron Cabo Verde -caído heroicamente en octavos- y Noruega que ayer se enfrentaba a Inglaterra, inventora del juego y campeona antes de yo nacer. En el caso de Noruega, clasificada para el mundial tras 28 años lo de Cenicienta viene con truco, que es Erling Haaland, ese galán neanderthal convertido en uno de los principales azotes de las porterías de los últimos años. Yo pronosticaba un 2 a 1 a favor de Inglaterra porque asumía que el gol de Haaland era tan inevitable como los impuestos. Y me equivoqué con Haaland aunque acertara en el marcador.

Esta vez el encargado de cobrar el impuesto Haaland fue Schjelderup, un joven a quien no le auguro un gran futuro como delantero a menos que se busque un nombre más pronunciable, como Messi o Haaland. Fue su zurdazo clavado al segundo palo el que abrió el marcador en el minuto 35 y reactivó las ancestrales temblequinas de los ingleses.

Por suerte Inglaterra cuenta con un tipo como Bellingham cuya composición genética no incluye el tan inglés gen del pánico. Era el minuto 46 del primer tiempo y Belly, valiente y decidido, se internó en el área chica vikinga y cruzó al portero con otro zurdazo que le devolvió el alma al cuerpo a los desvanecidos ingleses que se fueron al descanso algo recompuestos.

Pero con el regreso al terreno volvieron las penalidades inglesas frente a los embates vikingos. Y el gol que debía decidir el partido llegó en el minuto 54 cuando Heggen cazó un rebote de Pickford, el meta inglés, tras el remate de un córner. Pero en eso se apareció el super VAR, siempre al auxilio de los favoritos en apuros para determinar que justo antes del córner Haaland había enviado al césped a un inglés con uno de sus empujoncitos.

Así terminó el tiempo que marca el reglamento, con empate a uno. Pero Bellingham, al parecer, volvió a tomar la poción mágica de Asterix en el descanso porque apenas iniciado el tiempo extra marcó un gol de rebote tras un trallazo de Morgan Rogers desde fuera del área. El resto de los 28 minutos del alargue hubo de todo, incluido un penalti a favor de Inglaterra curiosamente anulado por el VAR y el retiro del campo de Haaland, agotado tras tener que cargar con su enorme corpachón más minutos de lo que permite el sindicato de futbolistas XXXXXL. Pero nada que interfiriera con esa ley no escrita que dicta que Cenicienta debe irse en cuartos de final que viene a ser la medianoche de los mundiales.

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