lunes, 6 de julio de 2026

Crónica de una muerte anunciada

 


El día en que la iban a matar la selección mexicana se levantó más entusiasmada que nunca. Llevaba cuatro victorias al hilo en este mundial, no había recibido ningún gol, jugaba en el Estadio Azteca donde nunca antes había sido derrotada y ya había ofrecido los sacrificios humanos que exigían sus dioses: cuatro personas murieron aplastadas durante las celebraciones por la victoria frente a Ecuador.

México tenía todo a favor excepto el pasado y el presente. En el pasado está la historia de una selección que solo una vez alcanzó los cuartos de final y su paso por los mundiales está marcado por derrotas que aparecen bajo la etiqueta “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. En el presente un equipo modesto pero esforzado con casi todos los jugadores jugando en la liga local rankeada en el lugar 22 a nivel mundial enfrentado a los inventores del fútbol. Estos, con todo y su tendencia a la histeria en los momentos difíciles no estaban dispuestos a dejarse derrotar así como así por un equipo cuyos jugadores ganaban un salario colectivo ocho veces menor que el suyo.

En lo que sí México exhibe una superioridad absoluta es en el terreno de la publicidad: 
cada cuatro años consigue venderle a 135 millones de mexicanos  la idea de que esta vez con un equipo de octavos de final van a conseguir ganar el mundial. Y ya sea por la habilidad de los publicistas o por la credulidad de su público lo consiguen una y otra vez. Aunque hay que reconocer que esta vez el grito de guerra mexicano era más bien cauto: la pregunta del desengañado que quiere ilusionarse una vez más. “¿Y si sí?”.

Los primeros 35 minutos de juego parecían confirmar la ilusión colectiva con un equipo mexicano que controlaba el balón. Y generaba más oportunidades de gol las cuales fueron derrochando puntualmente una a una. Fue entonces Bellingham, especialmente inspirado en una noche que lo mismo marcaba que despejaba un balón enfrente de su portería, cabeceó de palomita un centro lanzado por Saka para abrir el marcador. Y dos minutos después repitió la dosis, esta vez con la pierna derecha a pase de Harry Kane. Como un boxeador con buena esquiva y pegada demoledora Inglaterra aprovechaba la oportunidad para ponerse al frente 2 a 0.

No obstante, Julián Quiñones, que importado desde Colombia no juega bajo el efecto de las supersticiones aztecas, cazó un rebote frente a la portería inglesa y aproximó a México en el marcador, 2 a 1. Al cierre del primer tiempo si no la confianza en la victoria mexicana al menos quedaba la posibilidad de ofrecer un bonito espectáculo.

Pero el árbitro Alireza Faghani, un terrorista del silbato que a los 30 segundos del partido había sacado la primera tarjeta amarilla, tenía sus propias ideas sobre cómo equilibrar el partido: a los siete minutos del segundo tiempo expulsó a Jarell Quansah por una falta que los propios locutores mexicanos de Telemundo reconocían que no era para tanto. Y si en el minuto 58 decretó penalti sobre una falta sobre Gordon (que cobró Harry Kane con la calma asesina que lo caracteriza) nueve minutos después 
Faghani cantó penalti a favor de México. Una supuesta falta de Kane en el área inglesa de la que los propios narradores de Telemundo renegaron con más ímpetu que Pedro a Cristo después de la última cena. La cobró sin temblores Raúl Jiménez: 3 a 2.

A continuación el equipo mexicano hizo lo que pudo para al menos empatar el partido pero no fue suficiente. Lo mismo se puede decir de Faghani. Quedó fuera así el segundo anfitrión de este mundial al que lo único que se le puede reprochar son sus expectativas. Sigue en la batalla otra selección con una historia casi tan triste como la de México pero en inglés, encomendada ahora a sus dos santos tutelares: San Jude y san Harry.

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