Cuando se habla de historia de Cuba se dan por sentadas una serie de falsedades que muchos dan por ciertas. Son muchas y sobre todo muy extendidas incluso entre aquellos que descreen bastante del discurso oficial. En un texto que escribi hace un tiempo menciono algunas de ellas tanto sobre las guerras de independencia como sobre la insurrección contra Batista.
Entre las primeras:
A continuación en el mismo texto paso a analizar estas últimas falacias:
Entre las primeras:
“1) la afirmación de que la guerra de los diez años cesó por la traición de algunos dirigentes (desconociendo las dificilísimas condiciones en que se hallaba en aquel momento el campo insurrecto que le hicieron imposible incluso a los más decididos independentistas proseguir la guerra). Incluso se sugería en los libros de texto que después de la Protesta de Baraguá ante la negativa de las tropas españolas a pelear el general Maceo había optado por retirarse al exilio. 2) que la intervención norteamericana en la guerra en 1898 era indeseada por los cubanos que combatían a España y que no hizo más que arrebatarles un triunfo inminente y que sin lugar a dudas la explosión del acorazado Maine frente a las costas de La Habana había sido una autoprovocación urdida por el propio gobierno norteamericano. 3) que el fracaso de la república martiana se había debido a la propia intervención norteamericana en complicidad con elementos autonomistas que habían usurpado el poder legítimamente conquistado por los independentistas.”Sobre las segundas:
“1) la dictadura de Fulgencio Batista apoyada incondicionalmente por el gobierno norteamericano había asesinado a 20 000 cubanos. 2) la revolución había triunfado tras la derrota militar del ejército batistiano a manos de guerrillas fundamentalmente campesinas dirigidas por Fidel Castro. 3) todas las fuerzas revolucionarias (reducidas por obra de la historiografía al Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Socialista Popular) habían reconocido durante el enfrentamiento a Batista el liderazgo de Fidel Castro y su estrategia de la lucha guerrillera como la única verdaderamente correcta.”
A continuación en el mismo texto paso a analizar estas últimas falacias:
Sobre estas últimas la más difícil de verificar con precisión es la cantidad de asesinatos cometidos por la dictadura batistiana. La cifra de 20 000 muertos publicada por primera vez en la revista Bohemia el 11 de enero de 1959, luego aceptada como verdad universal, ha sido atribuida por unos al ex presidente Ramón Grau San Martín y por otros a Miguel Ángel Quevedo director de la revista en esa fecha. Este antes de suicidarse declaraba en su carta de despedida que tal cifra era “invención diabólica del diptómano [sic] Enrique de la Osa [editor de la revista], que sabía que Bohemia era un eco de la calle pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia”(Machado.223) Lo cierto es que esta fue acogida como verdad oficial y comprobada. Sin embargo un pormenorizado estudio de Armando M. Lago al respecto ha podido establecer una cifra bastante exacta de víctimas de la dictadura batistiana que alcanza apenas el 10% de la cifra mencionada. La diferencia numérica es cualitativa: permite pasar de la descripción del régimen de Batista como una dictadura sangrienta a convertirlo en un genocida tal que cualquier violencia que empleara el nuevo régimen pareciese poca. Los juicios improvisados y sumarísimos y los fusilamientos indiscriminados que estaban teniendo lugar desde los primeros días del triunfo revolucionario tuvieron en esta cifra su legitimación universal. Otro tanto pasaría con toda la violencia revolucionaria posterior y la cifra sigue siendo usada hasta la actualidad aunque cada vez con menos convicción.
La tercera de las afirmaciones puede ser contrastada por numerosos documentos –casi imposibles de consultar dentro de la isla- que demuestran que mientras diversas fuerzas rechazaban el liderazgo de Fidel Castro, cuestionaban sus métodos y optaban por estrategias distintas a las preconizadas por Fidel Castro a posteriori. Otros documentos incluso demuestran que el propio Fidel Castro en un principio contemplaba la lucha guerrillera como alternativa secundaria al plan original de intentar derribar el régimen batistiano mediante una insurrección general urbana secundada por una huelga general. Afirmar el liderazgo indiscutido de Fidel Castro de las fuerzas antibatistianas también equivale a desconocer el papel decisivo que tuvo el Movimiento 26 de Julio en las ciudades, con amplia autonomía durante buena parte de la lucha antibatistiana, tanto en la desestabilización del régimen como en la conversión del grupo puramente anecdótico comandado por Fidel Castro en una guerrilla mínimamente operativa capaz de atraer a campesinos y a elementos de diferentes sectores cada vez en mayor escala. Desconoce asimismo tanto la progresiva retirada del apoyo a Batista por parte del gobierno norteamericano así como el apoyo creciente de la alta y pequeña burguesía y la mayoría de los llamados partidos tradicionales a la causa insurreccional que crearon un decisivo vacío político en torno al régimen. También se suelen desconocer los contactos que sostuvo el propio Fidel Castro con altos oficiales del ejército con el objetivo de acelerar la caída del régimen y propiciar la transición de poderes.
Sin dudas que desconocer todo esto era desconocer demasiado. Tanto las afirmaciones a las que hacemos referencia como aquello que debían ignorar para sustentarlas fueron objeto de un celo que sólo puede parecer exagerado si se desconoce las dimensiones de su tarea. Esta debía responder a exigencias que iban desde el orden estrictamente práctico al más puramente simbólico. Por su lado más obvio se intentaba legitimar el origen del liderazgo de Fidel Castro y rediseñar su pasado de acuerdo al modelo de revolucionario marxista que se había erigido y del que él mismo sería el arquetipo. Sus años universitarios, dominados por sus vínculos con varios de los “grupos de acción” que habían derivado hacia un abierto gansterismo político fueron totalmente extirpados de su biografía política oficial que comenzaba prácticamente con su reacción ante el golpe de estado de Batista. [nota] Siendo Fidel Castro el máximo líder de la revolución y la revolución la culminación natural y necesaria de toda la historia cubana era necesario a su vez presentarlo como poseedor absoluto del conocimiento de las leyes que regían la historia nacional. Como premio de consolación en esta reconstrucción histórica resultado del pacto desigual entre las fuerzas que compartían el poder, al Directorio Revolucionario se le perdonaba su “errónea” insistencia en el magnicidio disimulándola y en cuanto al PSP se ignoraban sus fuertes acusaciones de putchista y aventurero a Fidel Castro y sus planes insurreccionales y la escasa participación de los miembros del partido en la insurrección contra Batista. El argumento más eficaz para este consenso era el de la unidad revolucionaria. Las mismas razones que justificaban la defensa de la infalibilidad revolucionaria de Fidel Castro llevaban a insistir en el monolitismo de la revolución: si esta era la revolución que había sido esperada durante tanto tiempo, la verdadera y definitiva, la sola existencia de diferentes organizaciones ponía en cuestión su sentido único e indiscutible. De ahí que el propio Castro insistiera en la creación en 1965 del Partido Comunista de Cuba, título que borraba la alusión a la existencia de organizaciones previas como lo sugerían los nombres anteriores de Organizaciones Revolucionarias Unidas y Partido Unido de la Revolución Socialista.
Todo esto redondeaba la imagen del nuevo mito del modo siguiente: un grupo de jóvenes comandados por Fidel Castro habían decidido derrocar a una dictadura que venía a ser el resumen de los males republicanos que durante décadas generaciones de revolucionarios habían intentado destruir. El objetivo final era el socialismo pero este no había podido ser hecho público a causa de la profunda propaganda anticomunista que existía en la época. Luego del revés del Moncada Fidel Castro había descubierto que la lucha guerrillera le daría la victoria para lo cual organizó la expedición del yate Granma. Al desembarco habían sobrevivido doce hombres (como los doce apóstoles o como, según contaban los textos escolares, el número de hombres que acompañaban a Carlos Manuel de Céspedes, el iniciador de la Guerra de independencia, cuando tras el primer revés pronunció su famosa frase de que con doce hombres bastaban para hacer la independencia de Cuba). Luego el campesinado en masa junto a obreros y estudiantes se unió a la guerrilla que finalmente derrotaría al ejército batistiano.

